Asesinatos del Doctor Muerte Practicaba Eutanasia con sus Enfermos Terminales


Asesinatos del Doctor Sander: Practicaba Eutanasia con sus Enfermos Terminales

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El caso del Dr. Sander, que practicó la eutanasia en una enferma incurable de cáncer generalizado. EL proceso contra el Dr. Hermán Sander despertó el interés del mundo entero. La vista de la causa se inició el 20 de febrero de 1950. El médico fue acusado de dar muerte a una enferma por piedad. El problema de te eutanasia había sido largamente discutido en los Estado» Unidos y hasta el famoso Instituto Gellup sondeó a la opinión pública sobre esta controvertida materia.

El tema de la eutanasia, sin embargo, casi no fue discutido en el juicio mismo. El doctor Sander tenía 41 años de edad y era uno de los facultativos más conocidos de la ciudad de Manchester, en Nueva Hampshire. Era médico del Hospital de Manchester. Fue conducido ante la Corte por haber inyectado aire en las venas de una paciente de 59 años de edad, Ms. Borroto, víctima de un cáncer generalizado y sin ninguna esperanza de sobrevivir, por compasión.

Mrs. Borroto, esposa de un empleado de comercio, había estado hospitalizada durante largas semanas. Fue operada quince veces, ‘hasta que los médicos se convencieron de que era un caso perdido. En sus últimos dos meses de vida, de une mujer robusta de 62 kilos de peso se había transformado en una suerte de esqueleto con piel de 35 kilos. Ya no estaba en condiciones de’ alimentarse con sus manos.

Toda la comida se le daba por medios artificiales. En su estado, ninguna de las drogas calmantes surtía ningún efecto debido el acostumbramiento de su organismo. Durante sus últimos días, de acuerdo con el testimonio de médicos y enfermeras, pedía a gritos que la aliviaran de sus sufrimientos.

En te tarde del 4 de diciembre dé 1949 el doctor Sander echó un vistazo a te moribunda que parecía inconsciente y pidió a la enfermera una jeringa esterilizada. Según la enfermera, inyectó 10 centímetros cúbicos de aire, dos o tres veces, en el antebrazo de te enferma. Unos minutos después, de acuerdo con este testimonio, ‘la paciente moría. El médico señaló que él se encargaría de avisar a la familia y poco después entregó un certificado atribuyendo el deceso al cáncer.

De inmediato no se produjo ningún problema. Pero una semana más tarde la secretaria del médico, miss Connor, encontró en la libreta de notas de su patrón un párrafo que decía: “La enferma recibió diez centímetros cúbicos por vía intravenosa. La inyección fue renovada cuatro veces. La muerte sobrevino en diez minutos.”

La secretaria preguntó el significado. El Dr. Sander contestó: —La “enferma tuvo una muerte indolora”.

La muchacha rumió el significado de estas palabras durante una quincena, ‘basta que el 29 de diciembre habló con el director del Hospital, a quien le comunicó lo que sabía. Este a su vez Hamo al legista Dr. Biron y puso el hecho en conocimiento de las autoridades judiciales. El Dr. Biron sostuvo una larga conversación con el Dr. Sander. Este contestó: —No he infringido ninguna regla moral.

El mismo día el Dr. Sander fue interrogado por el Sheriff. Sander Se mostró tranquilo. Dijo que el marido le había pedido que pusiera fin a los dolores de la enferma. Pero además, señaló, ella no habría vivido más que una semana, a lo sumo. —Pero, doctor, no hay ninguna ley que permita eso —replicó el sheríff. —Ya lo sé.

Todos los médicos lo saben. Mi acto es quizá contrario a la ley, pero desde el punto de vista moral estoy convencido de no haber cometido ninguna infracción. Todos estos antecedentes fueron esgrimidos con posterioridad en el juicio y provocaron un debate muy agudo, ya que el Dr. Sander negó haber pronunciado tales palabras y dijo haber sido mal interpretado. Sander quedó el mismo día bajo prisión preventiva, pero el 31 de diciembre, en vísperas de Año Nuevo, fue dejado en libertad pagando urna fianza de 25 mil dólares.

El Colegio Médico de New Hampshire, ente la conmoción despertada por el caso, entregó una declaración en la cual señaló que la institución no deseaba pronunciarse por el hecho en sí mismo, pendiente de una resolución judicial. Puntualizó, en todo caso, que el Dr. Sander era un “médico capaz y de altas cualidades morales” y que, mientras no se probaran las acusaciones, podía perfectamente seguir ejerciendo su profesión. LoS preliminares del juicio fueron largos.

El Dr. Sander encargó de la defensa a un viejo amigo de su padre, el abogado Wynann. Este recusó a los jurados y dijo que no podría serlo ningún católico —hay gran cantidad de católicos en la población de esa zona norteamericana vecina al Canadá—, dada la conocida posición de la Iglesia en contra de la eutanasia.

En definitiva, sin embargo, el jurado quedó compuestos por nueve católicos y tres protestantes. El Dr. Sander fue llevado ante el Gran Jurado bajo la acusación de asesinato en primer grado. ‘Este delito significa cadena perpetua en el Estado de New Hampshire.

El desfile de los cinco primeros testigos puso al Dr. Sander en una situación crítica. Ellos fueron el sheriff, la enfermera, ‘la secretaria, el marido de Mrs. Borroto y el Dr. Biron. Mr. Borroto declaró, causando sensación en la sala, que él jamás había pedido ni autorizado al Dr. Sander para que diera “muerte piadosa” a su mujer.

El Dr. Biron, por su parte, recordó detenidamente la conversación tenida con el Dr. Sander, quien, según dijo, estaba convencido de haber realizado una buena acción moral y que, en cualquier caso, podría ser objeto de una reprobación, pero no de una condena judicial. Poco antes, en un tenso silencio de la audiencia, la enfermera, miss Rose, relató los últimos momentos de la paciente. Dijo que el estado de la enferma era desesperado, pero luchaba contra la muerte.

Poco después de que el Dr. Sander le aplicó la inyección de aire, la mujer pareció debatirse y luego se oyó un breve estertor. Prácticamente todo el mundo estaba convencido de que el abogado buscaría la salvación de su cliente aludiendo a la eutanasia, causa que despertaba simpatía en el público norteamericano.

UNOS veinte años antes se había realizado una encuesta entre los médicos de Nueva York sobre el tema. De las 3.700 respuestas recibidas el 80 por ciento se pronuncióe por regularizar la muerte piadosa”. Otra encuesta realizada por el Instituto Gallup, el 48 por ciento del público adoptó el mismo partido. En Inglaterra un sondeo semejante había arrojado un 68 por ciento de contestaciones favorables.

En el Parlamento británico se había presentado recientemente un proyecto de ley para legalizar y reglamentar la eustanasia. Uno de dos argumentos que se esgrimían era que se trataba de algo aplicado innumerables veces en la historia de la medicina y que se trataba, simplemente, de reconocer una situación de hecho. El defensor, sin embargo, escogió otra ruta.

Su alegato fue que el Dr. Sander había puesto la inyección a la paciente siguiendo un impulso irracional cuando la mujer ya estaba muerta. Comenzó por presentar una anotación hecha por la enfermera, la misma cuyo testimonio —por haberle entregado la jeringa al medico— era uno de los más importantes de la acusación.

La nota, fechada el mismo 4 de diciembre, decía: “Enferma inconciente. Cuerpo rígido. Extremidades frías”.

Llamó también a un testigo, otro médico del mismo hospital, el Dr. Snay: —Reconocí a Mrs. Borroto poco antes de que llegara el Dr. Sander —dijo éste—. Mostraba todos los signos de la muerte. Le apliqué el estetoscopio. No tenía pulso ni tampoco latía el corazón.

El defensor resumió también el informe de la autopsia. Mrs. Borroto padecía de un cáncer generalizado que se había extendido desde el intestino grueso a los riñones, la glándula tiroides, los ganglios linfáticos y otros órganos internos. —¿Qué se entiende por la muerte? —preguntó el abogado—. ¿En qué momento, execranenie, Bobreríette? ¿Ciertas células y órganos pueden continuar viviendo algunos instantes, aunque la persona ya esté clínicamente muerta? ¿Cuando cesa la vida realmente?.

En su opinión, la exhalación de aire del “estertor” que testimonió la enfermera) es algo que se produce con cierta frecuencia en los cadáveres minutos después de que el corazón deja de latir. Si Mrs. Borroto ya estaba muerta, —¿por  qué le aplicó la inyección el Dr. Sander?.

Esta fue una de las preguntas claves de la acusación. El médico contestó: —No puedo decirlo. Fue cosa de segundos. Un gesto instintivo. Una idea fija que duró unos segundos.

Durante el juicio se discutió, asimismo, en qué condiciones una inyección de aire en las venas puede provocar la muerte (por embolia cardíaca). El Dr. Biron opinó que la cantidad necesaria para surtir efecto mortal “oscila entre diez cm. y quinientos cm.”.

A pesar de que existía manifiesta contradicción entre lo aseverado por la defensa y los testimonios recogidos por el Ministerio Público, el jurado, después de deliberar poco más de una hora, el 9 de mayo de 1950, emitió un veredicto de “no culpable”.

El fallo despertó manifestaciones de entusiasmo en la sala. Diez días después el Colegio Médico de New Hampshire retiró la licencia al Dr. Sander “por no haber observado las obligaciones morales que le imponen la profesión y la ley”. La resolución, sin embargo, daba a entender que la prohibición era sólo temporal y, en el hecho, cuando se acalló la conmoción pública, el Dr. Sander volvió a ejercer su profesión.

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