William Beebe conquista el oceano Atlántico Se sumerge en la Profundiad del Oceano





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William Beebe Conquista el Oceano Atlántico

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William Beebe conquista el oceano Atlantic

 Bebee Se Sumerge En El Océano:

Una tarde, a principios de este siglo, el joven zoólogo William Beebe discutía posibilidades y recursos para el buceo a gran profundidad con su buen amigo el presidente Theodore Roosevelt.  Aunque ambos sentían viva curiosidad por saber qué misteriosos seres vivían bajo la delgada capa de agua explorada hasta entonces por el hombre, no sabían qué hacer ante el eterno problema de la presión.

Sabían que el peso de las capas de agua, sin más, bastaba para hacer que un buzo no protegido perdiera el conocimiento a los 60 metros.  En el caso de que descendiera mucho más, sería triturado por la presión.  Antes de concluir la discusión, Beebe esbozó un cilindro como forma ideal de cámara de buceo, en tanto que Roosevelt dibujó una esfera.  En 1930, el propio Beebe demostró lo atinado de la teoría del presidente.

Para entonces, hacía ya diez años que Roosevelt había muerto, y Beebe era director del departamento de investigaciones tropicales de la Zoological Society de Nueva York.  A los 51 años era alto y algo calvo, vigoroso, un hombre inteligente y agudo en quien se combinaba la pasión científica con un temperamento poético.

Su autor favorito era Lewis Carroll, con quien compartía la fascinación ante los animales extraños y exóticos.  Provisto de escafandra, había realizado centenares de inmersiones oceánicas, en busca de seres marinos.  Pero, según su compañero de inmersión, Beebe no tenía “talento para las máquinas”, lo cual dificultaba su búsqueda de una cámara eficaz para la exploración submarina.

Su falta de éxito no se debíó a carencia de proposiciones.  Año tras año, Beebe había recibido tantos planes -impracticables todos-, que empezaba a sospechar que la mitad de la gente desocupada de los Estados Unidos se dedicaba a diseñar tanques de buceo.  Por fin, en 1928, entró en su oficina un joven ingeniero con inventiva, Otis Barton, y desplegó un plano sobre la mesa.  “Mi idea es muy sencilla”, dijo Barton, “sólo una esfera hueca de acero colgada de un cable.”

El dibujo le recordó algo a Beebe.  Sabía que la presición se distribuía más uniformemente por la superficie de una esfera.  La simplicidad de aquella esfera era engañosa; a medida que Barton iba explicando las sutilezas de ingeniería que sustentaban el plan, Beebe se iba convenciendo de que allí estaba, por fin, el receptáculo ideal.

La bola de acero tendría un diámetro de 1.40 m, y un peso muerto de dos toneladas y media.  En sus paredes de más de 3 centímetros de espesor habría tres ventanas redondas de 20 cm, hechas de cuarzo fundido, una de las sustancias más resistentes y transparentes conocidas.

Del otro lado de las ventanas estaría la puerta, una tapa de acero sujeta con pernos y tan pesada que tendría que ser puesta y quitada con poleas.  Un cable de acero irretorcible, de un kilómetro de largo y casi dos centímetros y medio de grueso, que no se rompería con menos de 29 toneladas de tensión, bajaría y subiría la bola, y la comunicación con el mundo exterior sería por un tubo de hule compacto que alojaría alambres para luz eléctrica y teléfono.

No bien tuvo la aprobación de Beebe, Barton, que disponía de fortuna personal, hizo un contrato con una compañía hidráulica de Nueva Jersey para que realizara la construcción a expensas suyas.  Quedaba el problema del nombre.  Después de cuidadosa consideración, Beebe optó por “batisfera”, formado por dos palabras griegas, y que venía a significar “esfera de las profundidades”.

En la primavera de 1930, Beebe estaba en condiciones de emprender la primera exploración humana del interior desconocido del océano.  Decidió sumergirse en un lugar a unos 15 kilómetros al sur de la islilla Nonsuch, una de las Bermudas, donde había establecido previamente una estación completa de investigación oceanográfica.

A principios de junio, la gran embarcación portadora de la batisfera fue remolcada mar adentro.  Con Beebe iba Barton, que lo acompañaría en la inmersión, y un equipo de más de 26 auxiliares.

La montaña submarina que asoma en las Bermudas descendía rápidamente bajo la barcaza.  Cuando la profundidad llegó a un par de kilómetros, Beebe dio la señal de detenerse y se dio comienzo a algunos ensayos previos.  Todo el mundo comprendía bien el riesgo a que se expondrían los buzos.



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La batisfera no tenía ningún dispositivo de seguridad.  Como no flotaba, le era imposible volver automáticamente a la superficie.  Si se rompía el delgado cable, se iría al fondo sin esperanza de rescate. (Más tarde, la esposa de Beebe se preguntaba por qué la esfera y el cable no se habrían encerrado, por si acaso, en una red de acero.  La respuesta es sencilla: al parecer, a nadie se le había ocurrido.)

El 6 de junio amaneció tranquilo y despejado, tiempo perfecto para el primer descenso de la batisfera con sus ocupantes.  Alrededor del mediodía, Beebe y Barton se deslizaron por la puerta de 35 centímetros, sufriendo magulladuras con los pernos, y se hicieron un ovillo en el frío suelo de la cámara de observación.

Beebe iba al lado de las ventanas (sólo dos llevaban cuarzo; la tercera estaba tapada con una placa de acero); Barton se agazapó junto a la puerta, donde pudiera ver los instrumentos.  Los dos buzos llevaban audífonos telefónicos, que les dejaban las manos libres.  La zoóloga Gloria Hollister anotaría sus observaciones transmitidas telefónicamente desde las profundidades.  Le enviarían información cada cinco segundos, para que los de la superficie supieran que seguían a salvo.

A pesar de todo el equipo hacinado en la batisfera -tanques de oxígeno, productos químicos, luces, interruptores, sistemas de comunicación y herramientas-, los buzos anunciaron que tenían “espacio de sobra”.

Satisfecho, Beebe dio la señal de que empezara el cierre, y la tapa de casi 200 kilos fue aplicada a los pernos.  Para evitar cualquier falla en las roscas, cada tuerca fue afianzada con llaves y martillos. Dentro de la batisfera el ruido era tan tremendo que Beebe temió que se rajaran las ventanas de cuarzo.

Pero resistieron, y los martillazos cesaron.  Barton probó el reflector y ajustó las válvulas para que saliera oxígeno de los tanques a razón de dos litros por minuto.  Un ventilador eléctrico hacía circular el aire; bandejas de cal eliminaban el dióxido de carbono exhalado, y otras, con cloruro de calcio, absorbían el exceso de humedad.

A la una en punto chirriaron las poleas; la batisfera se columpió sobre la borda y descendió junto al costado de la embarcación hacia el mar.  Beebe, confundido por la transparencia inusitada de las ventanas de cuarzo, sintió que la esfera se balanceaba demasiado cerca de la nave.  “Gloria pregunta por qilé el director maldice así”, preguntó una voz por el alambre.  Beebe replicó que lo que dijera sería poco, pues el costado del barco estaba apenas a un metro.  Fue tranquilizado en seguida: había cinco metros de distancia.

La batisfera chocó con el agua, pero sus ocupantes apenas lo sintieron.  La espuma se arremolinó en los cristales y todo se puso verde.  Se veía el casco de la barcaza.  Beebe lo describió como “un escollo pasajero y fluctuante, con banderines agitados de algas, largas esponjas tubulares, pellas de ascidias negras como el azabache y placas delgadísimas de conchas con agudas espinas”.

La quilla se perdió de vista rápidamente por encima de él.  A 15 m de profundidad, Beebe comentó que nunca había bajado más con escafandra.  A los 30 m, mientras se alejaban sin cesar de los rayos solares, la luz verde que iluminaba el mar empezó a menguar.

A los 90 metros, Barton dio un repentino grito de alarma.  Había sentido algo mojado.  Beebe dirigió su luz hacia la puerta y vio que se filtraba agua.  Ya había medio litro en el suelo.  Beebe no se inmutó y dio orden de que los bajaran más aprisa.  Sabía que la mayor presión del agua ajustaría la puerta contra la batisfera.  El agua dejó de penetrar.

Estaban a más de 150 metros.  La batisfera descendía ahora por regiones totalmente inexploradas del mar.  A los 200 metros, Beebe, deslumbrado por la belleza circundante, pidió una detención transitoria.  Se le ocurrió que hasta entonces sólo cadáveres humanos habían llegado a aquellas profundidades.

La luz se había vuelto de “un azul translúcido indefinible … que parecía materialmente entrarnos por los ojos”.  Por primera vez en el descenso de la batisfera, el haz del fanal eléctrico fue visible, “pálido rayo de luz amarilla, muy amarilla”.

A medida que continuaba el descenso, se oscurecía el resplandor azul.  A 240 metros, “cierto aviso mental” le dijo a Beebe que no debían descender más aquella vez.  Sin vacilación, dio orden de que los izaran a la barcaza.  “El ascenso a la superficie y la salida al aire dio la impresión de un vuelo hacia un techo duro; hasta me agaché esperando el choque, pero todo se redujo a un remolino de espuma y burbujas, y el resto fue cielo.”

Uno por uno, fueron soltados los diez pernos, y los buzos se desplomaron sobre la cubierta, tiesos y doloridos.  Habían pasado encerrados en la batisfera exactamente una hora.  Beebe, enteramente absorto, había estado sentado sobre una llave de tuercas todo el tiempo, y durante varios días llevó la marca en el trasero.

Cuatro días después, la vía de agua de la puerta había sido tapada con albayalde y los buzos emprendieron el segundo descenso.  Pero a los 75 metros la comunicación telefónica se suspendió súbitamente, aterradoramente. “Ninguno de los dos nos habíamos dado antes cuenta cabal de nuestra posición en el espacio.  Nos habíamos convertido en verdadero plancton.” La batisfera fue subida a toda prisa y se aplazó el descenso para llevar a cabo reparaciones.

A las 10 de la mañana del 11 de junio, los buzos volvieron a ser sumergidos en las aguas del sur de la isla Nonsuch.  Esta vez Beebe se proponía hacer un estudio serio de los seres que apenas había entrevisto a causa de la emoción del primer descenso.

La batisfera llevaba atadas las banderas del Club de Exploradores y del Departamento de Investigaciones Tropicales de Beebe; debajo de las ventanillas de observación colgaba tentadoramente un calamar descompuesto envuelto en paño fino, rodeado de anzuelos luminosos cebados.

Mientras descendía la batisfera, Beebe realizaba un estudio científico de los colores cambiantes del mar.  Empezó por desaparecer la luz roja y anaranjada a 45 metros, luego la amarilla a 90 metros. Hacia los 105 metros, aproximadamente, la mitad del espectro era azulvioleta, una cuarta parte verde, y el resto un resplandor pálido incoloro.  A 135 metros sólo se veía en el espectroscopio el violeta y una fracción del verde.  Cuando llegaron a los 240 metros, no quedaba más que una estrecha línea de blanco grisáceo pálido.

Entonces, mucho más allá del alcance de los rayos solares, Beebe empezó a experimentar con su poderoso fanal, Pero el intenso haz le molestó: casi todo el tiempo prefirió observar los animales que nadaban detrás de la ventana aprovechando el resplandor de su propia luminiscencia.

Con su extraordinaria facultad de observación y un conocimiento aparentemente instintivo de toda la vida marina, aprendió en seguida a buscar detrás de los puntos brillantes de los seres marinos tratando de determinar las tenues formas circundantes.

A cualquier profundidad se podía observar el constante ajetreo del plancton microscópico y los copépodos, los organismos más abundantes en el mar.  La mayoría de los peces vistos entre los 60 y los 90 metros eran de la familia de los carángidos, como pámpanos y peces piloto.

A tales profundidades vivían también delicados y sinuosos sifonóforos, enjambres de medusas y nubes de caracoles con conchas sutiles como telarañas.  A los 120 metros pasaron resplandecientes peces linterna y anguilas bronceadas, seguidos a los 165 metros por la fantasmagórico larva de una anguila, “pálida cinta transparente, anunciada por un par de ojos iridiscentes”.

Cincuenta metros más abajo, Beebe vio una medusa que “con el estómago lleno de una masa luminosa de alimento” rebotaba en la ventana.  Era difícil creer que seres de aspecto tan frágil soportaran una presión suficiente para triturar a un hombre.  Beche fue el primer ser humano que vio vivos un cardumen de ciertos pece cillos plateados, con luces chispeantes en los costados.

Los buzos dejaron atrás su anterior límite de 240 metros y siguieron hasta los 360, donde el fanal descubrió la forma serpentina de un pez dragón de cola dorada,con aletas transparentes.  Beche sabía que este animal tiene al menos 300 órganos luminosos, pero desgraciadamente no se notaban, a causa de la luz del fanal.

A 435 metros, la presión total sobre la batisfera era de casi 3400 toneladas, pero aun así Beche sentía un peligroso impulso de abrir la portezuela y salir a nadar. Escribió:

“Los anzuelos cebados se agitaban de aquí para allá, y el borde de una de las banderas se movía perezosamente.  Tuve que hacer un enorme esfuerzo y refrenarme, recordando que la menor fractura del cristal o falla del metal significaría una muerte instantánea.  No había la menor posibilidad de ahogarse, pues las primeras gotas se habrían clavado en la carne y los huesos como balas.”

Mientras los dos exploradores se mecían en la negrura abisal, se sentían tan aislados como átomos flotantes en el espacio exterior.  Aunque Beche no percibió esta vez ningún “aviso mental”, mandó que los izaran.  Cuarenta y tres minutos más tarde, después de cerca de dos horas de inmersión, los dos hombres ya estaban en la cubierta, con “el recuerdo de escenas de vida en un mundo tan extraño como el de Marte”.

Pasaron dos años antes de que Beche y Barton tuvieran oportunidad de realizar otra inmersión.  La batisfera casi no había cambiado, salvo por la adición de otra ventana de cuarzo en la tercera abertura. En vista de que los observadores se proponían descender más que nunca, la esfera fue sumergida, vacía, a casi 1000 metros.  Fue una precaución muy oportuna, pues la nueva ventana no cerraba herméticamente.

Cuando reapareció la batisfera, venía llena de agua de las profundidades y su presión interior era tal que el perno central de la puerta, al empezar a ser aflojado, saltó de las manos de Beche y cruzó la cubierta como un proyectil, seguido de un estruendoso chorro de agua.  Hizo un impacto de 2.5 cm de profundidad en la cabria de acero, situada a 10 metros.  “Si hubiera estado en medio, me decapita”, observó Beebe.

El cuarzo fue sustituido por la placa de acero, y a la una y cuarto del 22 de septiembre de 1932 volvieron a agazaparse como ya sabían.  Esta vez se puso afuera una langosta viva a modo de cebo.  El equipo fue soltando cable despacio, de manera que Beebe y Barton casi no sentían el descenso.

Luego de hora y media de contemplación absorta del panorama que se iba oscureciendo, oyeron por los audífonos sonar las sirenas del remolcador, indicando que alcanzaban la profundidad máxima que habían alcanzado en 1930.  Poco después, la señorita Hollister recordó a Beebe que durante los siguientes 30 minutos todo lo que dijera sería transmitido al mundo por la NBC.  Fascinado a la vista de dos anguilas bronceadas, no tardó en olvidar la advertencia y siguió recitando los nombres zoológicos de las especies que reconocía, incomprensibles para la mayor parte de los oyentes.

Hacia los 500 metros, el mar era impenetrablemente negro, salvo por “un enjambre de peces linterna brillantemente iluminados con luces verde pálido”.  Quince metros más abajo, la oscuridad dentro de la batisfera parecía casi tangible.  Beebe había alcanzado uno de los principales propósitos de su expedición:

“Llegar más abajo del límite de la luz humanamente visible.  Estaba más allá del alcance de la luz solar por lo que se refiere al ojo humano, y a partir de allí no había habido día ninoche, invierno ni verano desde hacía dos mil millones de años.”

Beebe llevaba abajo dos horas y media y sus descripciones se hacían cada vez más inarticuladas.  Casi todos los animales que pasaban por las ventanas jamás habían sido vistos, así que no tenían nombres.  Reconoció, sin embargo, un monstruo que se abalanzó contra el cuarzo enseñando largos colmillos y luciendo escamas hexagonales.  Era el pez víbora, de agudos dientes, que mide unos 25 centímetros y engulle presas tan grandes como él.

De pronto, a los 594 metros, la barcaza empezó a zarandearse en mar picado y a dar tirones al cable.  Beebe fue lanzado contra la ventana y se partió el labio y la frente, y Barton dio de cabeza contra la puerta.  Pero Beebe no se decidía a interrumpir el descenso.  Por fin, a los 677 metros, Beebe y Barton decidieron volver a la superficie.

También el ascenso reservaba sorpresas.  A 640 metros se cayó al suelo una bandeja de cloruro de calcio y distrajo a Barton.  Beebe, como de costumbre, no dejó de observar, según señaló Barton disgustado.  “Un dragón de mar de casi dos metros pasó ante la ventana y volvió un momento después con su pareja.

Hasta entonces los científicos dudaban de la presencia de peces tan grandes a profundidades medias.  Era el único gran dragón jamás visto, y casi me lo pierdo.” Beebe llamó a este importante descubrimiento Bathysphaera intacta (“pez batis’fera intangible”).

A 580 metros, pasó nadando una hembra de balderraya de medio metro, “con boca y dientes enormes” y un tentáculo en lo alto de la cabeza.  Beebe sabía que aquel pez, como otros muchos que veía, no había experimentado ninguna transformación en centenares de millones de años.  Mientras la batisfera seguía subiendo despacio,

Beebe meditaba acerca de la inmutabilidad del mar, en contraste con la tierra siempre cambiante.

A las cuatro de la tarde, la batisfera llegó a la superficie, y los que la subían advirtieron con sorpresa que la langosta, dada por muerta desde hacía mucho, seguía retorciéndose indignada.  El resistente crustáceo había soportado toneladas de presión marina.

Pasaron otros dos años.  En 1934 la National Geographic Society ofreció patrocinar otra expedición.  La batisfera, exhibida en el Hall of Science de Chicago, fue sometida a una renovación a fondo.  Se le pusieron ventanas nuevas, tanques de oxígeno, ventilador, bandejas de productos químicos y audífonos.  Al acabar, poco quedaba del viejo casco, a no ser la esfera azul oscura.

A las 9:41 de la mañana del 1 1 de agosto, la batisfera entró en el agua a diez kilómetros al sudeste de la isla Nonsuch y en seguida se perdió de vista.  Dentro, Beebe y Barton contemplaban los ya familiares ejércitos de sifonóforos, peces de cola amarilla y pámpanos con franjas azules.

A los 240 metros aparecieron quetognatos y cardúmenes de copépodos, ávidamente perseguidos por voraces peces con la boca abierta.  El espectro azul volvió a pasar al gris, y a 460 metros Beebe vio un nuevo pez, de mas de medio metro, con aletas como “velas fantasmales”.  Con su sagacidad imaginativa, lo llamó “velapálida”.

La sirena del remolcador anunció una nueva marca al llegar la batisfera a 700 metros.  Pero la inmersión continuó.  A 760 metros, dur{tnte media hora de descan so, Beebe vio en el haz del fanal “un extraño cuarteto” de peces que llamó arcoiris abisales.  Medían diez centímetros y nadaban en formación cerrada, casi verticales.  Tenían mandíbulas y cabezas carmesí, cuerpos de opulento azul y colas amarillas.  Beebe señaló el despilfarro que representaba la exhibición de tan vivos colores en la negrura eterna de las profundidades.

Después de una prolongada sesión fotográfica, los exploradores se sintieron cansados y pidieron que los subieran a la superficie.  El momento fue oportuno, ya que a 580 metros apareció un extrardinario pez en forma de hoja.  Tenía el cuerpo plano y pardo tachonado de hileras de luces amarillas y moradas.  Beebe lo llamó “pez constelación de cinco líneas” y lo tuvo por “una de las cosas más encantadoras” que había visto.

La inmersión final y más profunda de Beebe y Barton juntos en la batisfera fue cuatro días después, la mañana del 15 de agosto de 1934.  Bajar sólo para superar marcas no tenía sentido para Beebe.  Su única ambición era descubrir nuevas especies y observar comportamientos insólitos. A 510 metros, éstos no faltaron: “Vi un animal de varios centímetros de largo precipitarse contra la ventana, volverse y estallar.

A la luz del destello, tan intenso que me iluminó la cara y el borde de la ventana, vi el gran camarón rojo y el líquido ígneo que derramó … Es bien sabido que distintos camarones de las grandes profundidades se defienden así … Es la versión abisal de la cortina de protección de tinta del pulpo en la superficie.”

A 745 metros, el explorador se sorprendió al ver una masa confusa de unos 6 metros pasando tranquilamente al final del haz del reflector.  Beebe supuso que debía de ser un miembro pequeiío de la familia de las ballenas, capaces de “una adaptación química en la sangre que les permite descender más de kilómetro y medio y volver a subir sin padecer por el cambio de presiones”.

Barton, que no vio la ballena, no tardó en hacer un descubrimiento por su cuenta: el primer Stylophthalmus vivo, “uno de los más notables peces de las profundidades”.  Tiene los ojos alojados en la punta de pedúnculos periscópicos que miden casi la tercera parte del cuerpo.

A las 11:12 a.m. la batisfera se detuvo al fin a 923 m. Beebe y Barton estaban a casi un kilómetro de profundidad, marca que tardó 15 años en ser superada, por el propio Barton.  Beebe, pensativo en el interior de su esfera, sentía a través de la absoluta negrura circundante la pureza de las aguas y adivinaba una analogía entre los cuerpos luminiscentes de las profundidades del mar, y los planetas, soles y estrellas en el espacio.




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