Biografía de Manzoni Alessandro Resumen de LOS NOVIOS Poeta Italiano






Resumen Biografía de Manzoni Alessandro
Prosa Cumbre “Los Novios” del Poeta Italiano

La vida de Alejandro Manzoni (1785-1873) ofrece pocos motivos al biógrafo; carece de rasgos notables o hechos espectaculares, encerrada en el triste cerco de los muros milaneses. Manzo-ni vive en sus obras, y solamente en ellas revela la profunda e invisible intensidad de una vida hecha de meditación y de inagotable y fecunda inspiración artística.

LOS NOVIOS escrita por primera vez entre 1821 y 1823, rehecha lentamente y publicada por segunda vez en 1840-42, es aún hoy el mayor éxito de la literatura romántica italiana y también universal. Es una obra perfecta y terminada, admirablemente armónica, en la que la inventiva poética fluye suave e igual, sin monotonía ni ampulosidad; de frases sobrias y brillantes como una imagen dantesca recurre por momentos a un sutil sentido del humor que nunca aflora abiertamente, pero que da vida al relato como un reflujo de aguas escondidas.

Manzoni Alejandro Poeta Italiano

Manzoni Alejandro: De joven se sintió atraído por el racionalismo y el escepticismo, corrientes que dominaban en la literatura francesa del Siglo de las Luces, y por las ideas jacobinas y anticlericales, filosofía que aparece en su poema El triunfo de la libertad (1801), en el que canta la derrota del despotismo y de la superstición gracias a la labor de Napoleón. Sin embargo, a partir de 1808 sus ideas cambiaron. Contribuyeron a ello varios hechos. El más importante fue su matrimonio con Enrichetta Blondel, que aunque calvinista se convirtió al catolicismo y arrastró a la Iglesia católica al marido, el cual hizo pública y notoria su nueva adhesión religiosa.

Cada uno de sus protagonistas está muy bien delineado, desde don Abundio, despiadadamente analizado, hasta el sastre que hospeda a Lucía, apenas esbozado. Los episodios se suceden enlazándose uno con otro, siempre vividos y exactos, interrumpidos de vez en cuando por largas digresiones que atenúan la intensidad del relato sin interrumpir su ilación.

El mundo de 1600, lejano en todo sentido del nuestro, revive con tan genuina frescura que no se advierte esa distancia, aun conservando una adecuada perspectiva histórica. Es obvio que sólo puede ofrecerse al lector un resumen de los hechos, es decir el argumento en sí. Los novios debe ser leída y releída, para descubrir los infinitos y delicados matices que escapan a primera vista, y que dan, aun a quien cree conocer perfectamente la novela, la sensación maravillosa de encontrarse frente a una obra siempre nueva y fresca.

A lo largo de una de esas callejuelas encerradas entre dos muros que corren junto a la orilla del lago de Lecco, cruzando por campos y prados, paseaba, un atardecer de noviembre de 1628, don Abundio párroco de una aldea de los alrededores. Era éste uno de esos hombres perezosos y bonachones, que tratan de ahorrarse molestias y responsabilidades. Es fácil pues imaginar su sorpresa cuando, precisamente esa tarde, vio frente a si dos hombres armados que parecían esperarlo y en los que reconoció a dos “bravos”. Dominándolo con su estatura y su arrogancia, le informaron con pocas palabras que no debía celebrar al día siguiente cierta boda: el casamiento entre un modesto tejedor de seda, Renzo Tramaglino, y Lucía Mondella, obrera del lugar.

El pobre don Abundio no sabía en qué mundo se encontraba; temblando de miedo, balbució algunas palabras de protesta, pero al oír mencionar el nombre de don Rodrigo, amo de los “bravos” y señor sin discusión del lugar, calló e inclinó la cabeza. Cuando poco después volvió a la iglesia, estaba tan pálido y tembloroso que su ama de llaves, Perpetua, lo interrogó cautamente, y don Abundio le narró lo sucedido.

A la mañana siguiente; la entrevista con el novio resultó difícil; debió recurrir a pretextos vagos, a oscuras disposiciones de los superiores (todo ello reforzado con algunas frases latinas), para tratar de obtener una postergación de la boda. Pero Renzo, con todo ese embrollo de medias palabras y argumentos rebuscados, nada entendió y no se conformó, por lo que trató de sonsacar algo más claro a Perpetua que no era precisamente una tumba. Así supo parte de lo sucedido, obligando al párroco a referirle lo demás. Furioso, el joven corrió a casa de Lucía a contarle el hecho y tratar de descubrir la razón por la cual don Rodrigo se oponía a su casamiento.

La supo y demasiado bien. Lucía le dijo que don Rodrigo la había molestado repetidas veces con ofertas galantes que ella no había aceptado. Tampoco el padre Cristóbal, el viejo capuchino que los campesinos de los alrededores consideraban un santo y que protegía con particular solicitud a Lucía y a Inés, su madre, pudo darles una solución; prometió que haría todo lo posible, pero, desgraciadamente, él también sabía lo poco que contaban las palabras persuasivas y los derechos contra los prepotentes señores feudales de la época.

Inés, en medio de tanto desconcierto, tuvo una idea que comunicó con gran secreto a los jóvenes: si, como se decía, para que la ceremonia fuese válida, bastaba pronunciar las palabras rituales ante el sacerdote y dos testigos, se podría intentar sorprender a don Abundio en su casa, y celebrar el matrimonio a pesar suyo. Lucía, llena de escrúpulos religiosos, dudaba, pero Renzo, todavía indignado por la ofensa sufrida, aceptó inmediatamente el plan, preparó los detalles y buscó los testigos.

Mientras tanto el padre Cristóbal se había dirigido al palacio de don Rodrigo a quien encontró de sobremesa, rodeado de amigos. Don Rodrigo, aun ignorando el motivo de la visita, se sintió molesto al ver al padre capuchino y, para terminar cuanto antes la entrevista, se levantó prontamente y lo invitó a pasar a otra habitación. El padre Cristóbal con toda cautela empezó a explicarse, pero desde las primeras palabras se dio cuenta de que el señor no lo escuchaba con la debida humildad; entonces él también empezó a acalorarse y el diálogo se tornó violento.

Como era de prever, el buen fraile se vio obligado a irse sin haber sacado nada en limpio; todavía más, debió agradecer al cielo el haber salido sano y salvo, y recomendó a los dos jóvenes que se mantuvieran tranquilos confiando en la divina Providencia. Los novios, por el contrario, se prepararon para actuar: Renzo había pedido a dos amigos que le sirvieran de testigos, y juntos habían preparado el plan para sorprender a don Abundio.

Así pues, la noche siguiente, Inés, Renzo y Lucía llegaron a la casa parroquial acompañados por Antonio, un joven despierto y activo, y por su hermano Gervasio, un muchacho algo tonto, pero que en esta emergencia serviría muy bien como segundo testigo. Con una estratagema, consiguieron eludir la vigilancia de Perpetua, pero don Abundio no se dejó sorprender y, con insospechada rapidez, se encerró en una habitación próxima, sin pronunciar las palabras sacramentales. Después, mientras los cuatro jóvenes, a oscuras, buscaban la salida, abrió la ventana y pidió auxilio.

Le oyó el sacristán que, somnoliento y asustado, no atinó a otra cosa que a tocar las campanas, poniendo en conmoción a todo el poblado. El azar quiso que precisamente esa noche don Rodrigo tratara de llevar a cabo el proyecto de apoderarse de Lucía, enviando a tal fin un grupo de “bravos”, capitaneados por un tal Griso. Los malhechores penetraron en la casita de Inés encontrándola vacía, y estaban discutiendo entre ellos cuando se oyó el alboroto.

Manzoni Alejandro


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La noche de los engaños y subterfugios. Lucía y Renzo habían entrado con una estratagema a la casa de don Abundio; en lugar de pronunciar las palabras sacramentales, el párroco vuelca la lámpara y arroja el tapete a la cabeza de Lucía, impidiéndole hablar, y se atrinchera en su habitación.

Un vecino, despierto por tanta alarma, los vio escapar por el camino, seguidos por los toques de campana. Así los valientes que acudieron en ayuda del sacerdote se enteraron también de esa misteriosa invasión. Renzo y Lucía, advertidos por el padre Cristóbal que conocía el plan del rapto por un servidor de don Rodrigo, se refugiaron en el convento de los capuchinos, de Pescarénico; y aquella misma “noche, no estando ya seguras en el pueblo, las dos mujeres fueron a un convento de Monza, y Renzo a Milán, con una carta del padre Cristóbal que lo recomendaba a un capuchino de esta ciudad.

Para su desgracia, Renzo llegó a la ciudad en un momento crítico. El pueblo, hambriento a causa de una larga escasez, se había sublevado y se volcaba a la calle decidido a hacerse justicia por sus manos. Renzo se encontró en medio del tumulto y trató, con algunos voluntarios, de contener la violencia de la plebe; durante todo el día no hizo más que agitarse y gritar, olvidando su misión y sus preocupaciones personales.

Avanzada la tarde se alojó en un hotel al que le acompañó un amigo ocasional. Durante la cena nuestro joven bebió más de la cuenta y no advirtió que su nuevo amigo le hacía decir toda clase de despropósitos; mucho menos advirtió que su solícito amigo era un delator de particular que buscaba una víctima expiatoria para ofrecer a la autoridad. Lo supo a la mañana siguiente cuando lo despertaron bruscamente y se encontró rodeado de policías que venían a arrestarlo. Por suerte, el pueblo continuaba convulsionado y los policías que lo escoltaban camino a la cárcel tenían más miedo que él. No tuvo, pues, más que gritar para encontrarse rodeado de una muchedumbre dispuesta a liberarlo.

En vista que llevaban las de perder, los policías se ocultaron y Renzo hizo otro tanto. Media hora después se hallaba fuera de la ciudad, y se dirigía rápidamente hacia el río Adda, que señalaba el límite del ducado de Milán, con la intención de buscar luego refugio en un pueblo de Bérgamo.

Dejemos por ahora a Renzo ya a salvo, y volvamos a los otros personajes de nuestra historia. Don Rodrigo, como es de imaginar, no quiso resignarse a la derrota sufrida. Informado del nuevo domicilio de Inés y Lucía, recurre al consejo y ayuda de un hombre poderoso y temido, una especie de príncipe bandido que, desde su viejo y ruinoso castillo de los confines, dirigía las aventuras más riesgosas y malvadas.

Tomó a su cargo el raptar a Lucía del convento de Monza, empresa que le resultó fácil con la ayuda de amigos del lugar. La pobre muchacha llegó al castillo del señor, que llamaremos el “Innominado”, más muerta que viva: el rapto, el aspecto de los “bravos”, el viaje en carruaje, el lugar salvaje al que fue conducida, la llenaron de espanto. Cuando se vio ante el “Innominado”, de quien ignoraba la identidad, se desesperó, lloró, rogó, que la dejaran volver junto a su madre. Tanto suplicó y con tan vivo dolor, que finalmente llegó al corazón de ese hombre que no conocía la piedad.

La noche en que Lucía llegó al castillo, algo ocurrió en el alma del “Innominado” ; un cambio que quizás estuvo preparado desde tiempo atrás y que ahora, ante el desesperado llanto de la joven, se operaba lentamente. El hecho es que a la mañana siguiente, sabiendo que el cardenal Federico Borrcmeo. arzobispo de Milán, estaba de visita en un pueblo de los alrededores, se presentó allí y solicitó una entrevista con el prelado. Salió transformado; la poderosa personalidad de Federico había completado la obra que las palabras de Lucía habían iniciado.

Lleno de remordimientos, el “Innominado” se dispuso a reparar el inmenso daño hecho hasta ese momento; ante todo, liberó a Lucía, la restituyó a su madre y le obsequió una gran suma de dinero que le permitiría casarse. Madre e hija, después de la alegría del reencuentro, estuvieron poco tiempo juntas. Inés quedó en el pueblo, esperando noticias de Renzo, mientras Lucía se dirigía a Milán, sin peligro ya, en compañía de una noble señora (doña Práxedes) que le había ofrecido hospitalidad. Mientras tanto, la guerra por la sucesión al ducado de Mantua que ya amenazaba a Europa se acercaba a la región en que se desarrolla nuestra historia.

Los ejércitos de esa época eran, tocante a disciplina y respeto de los bienes ajenos, peores que una banda de forajidos; su paso era desastroso aun por territorios neutrales o aliados, que saqueaban sin misericordia. Es fácil suponer el terror que se apoderó de las poblaciones de Lombardía cuando se supo que el ejército imperial (los tristemente famosos soldados aventureros alemanes) había entrado en Valtellina y bajaba a la llanura. Las, calles se llenaron de gente que huía, cargada de bultos, a buscar refugio en la montaña, abandonando los pueblos desiertos a los saqueadores. Pero lo peor fue cuando advirtieron que las tropas traían consigo un flagelo más terrible: la peste.

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Cuando Renzo llegó a Milán, el tumulto estaba en su apogeo. Aquí vemos el asalto al “Horno de las muletas”, uno de los mas céntricos de-la ciudad, del que el pueblo sublevado roba no sólo pan y harina, sino también artesas v bancos, quemandólos en la plaza. Renzo, en medio de esa confusión, se conserva lúcido, lo cual no impide que lo arresten.

En efecto, apagados los ecos de los tambores alemanes, y cuando se empezaba a reparar los destrozos causados por el paso de los soldados, comenzó a manifestarse aquí y allá, sn los alrededores y en los pueblos devastados, una peste rápida y casi siempre mortal a la que los médicos no sabían o no osaban dar nombre.

La epidemia terminó por invadir Milán, donde rápidamente se propagó con virulencia. Por fin, tarde ya, se decidieron a aislar a los enfermos en un recinto especial, el lazareto, y a organizar un cuerpo sanitario adecuado. El aspecto de la ciudad, en lo más intenso de la epidemia, era desolador; por todas partes ventanas cerradas, enfermos que agonizaban por las calles, carros cargados con muertos, conducidos por monatti (por lo general gentuza que se dedicaba a esa tarea para robar a los muertos).

Y por todas partes el terror a los “untadores” de los que se decía que untaban la ropa y las puertas con un ungüento pestífero, por orden del demonio o de imaginarios mandatarios. Renzo, escondido siempre en un pueblo de Bérgamo, enfermó y, felizmente, logró salvarse. Cuando se restableció, comprendió que aquél era el momento de volver a su pueblo en busca de noticias, en la seguridad de que, después de aquella pesadilla y de tanta tragedia, nadie recordaría sus pasados contratiempos. Así fue, en efecto: Renzo llegó preocupado a su pueblo, encontrándolo casi desierto, y se enteró de que Inés había buscado refugio en una villa vecina, y Lucía estaba aún en Milán.

El joven se dirigió allí, con el corazón oprimido por una duda atroz: ¿la encontraría viva, precisamente cuando era mayor la virulencia del mal? En Milán le dijeron que Lucía había sido llevada al lazareto y Renzo entró en aquel terrible lugar, del que pocos salían vivos, con escasa esperanza. La primera persona que allí vio fue el padre Cristóbal, que se prodigaba entre los enfermos, grave él mismo, pero aún en pie. El padre Cristóbal trató de serenarlo a la vez que le mostraba sobre un camastro destartalado a don Rodrigo agonizante.

Al ver postrado a su enemigo, miserable ahora como todos, Renzo se sintió invadido por una inmensa piedad y una profunda resignación a la voluntad del cielo. Continuó buscando a Lucía, pero con el ánimo de quien no espera ya un milagro y acepta lo inevitable. Pero el milagro se produjo: en un cuartucho del lazareto, y al pasar allí por casualidad, Renzo encontró a Lucía, apenas convaleciente pero ya fuera de peligro.

Pocos días después, los dos jóvenes se encontraron de nuevo en su pueblo; la peste ya se extinguía y las poblaciones diezmadas comenzaban a organizarse y a retomar las costumbres de otros días. Don Abundio, atormentado todavía por el terror que le habían infundido don Rodrigo y sus ‘”bravos”, tuvo aún algunas dudas; sólo cuando estuvo seguro de la muerte del señor, accedió a celebrar el matrimonio. Lucía y Renzo no quisieron permanecer ya en ese lugar que les recordaba tantas amarguras; emprendieron viaje a Bérgamo y allí vivieron en paz y felices.

Fuente Consultada:
LO SE TODO Tomo IV Editorial Larousse – Biografía Alejandro Manzoni y Su Obra Máxima: Los Novios –
Enciclopedia Electrónica ENCARTA Microsoft
Historia Universal de la Civilización  – Editorial Ramón Sopena Tomo II del Renacimiento a la Era Atómica





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