Hombres Lideres de las Cruzadas SIMÓN DE MONTFORT Barbarroja Pedro el Ermitaño

Hombres Líderes de las Cruzadas
SIMÓN DE MONTFORT

SIMÓN DE MONTFORT El conde de Montfort fue un caudillo galo que nació en 1160 y murió en 1218, víctima de una pedrada mientras participaba en el sitio de Toulouse.

Pasó toda su vida “combatiendo a. infieles y herejes” y ha sido juzgado muy diversamente por la historia. Para unos fue un “defensor de la fe y paladín de la religión”. Para otros, “un fanático sanguinario y cruel”. En lo que parece no hay dudas es en cuanto a sus cualidades militares.

Desde un puesto relativamente secundario se destacó en la Cuarta y Quinta Cruzada y luego participó en las luchas de religión y dinásticas de su país.

Entre las batallas que ganó se recuerdan las de Castelnaudary en 1212 y la de Muret en 1213. En esta última, con fuerzas inferiores, batió al rey de Aragón, Pedro II, quien murió en la batalla, y a los condes de Toulouse y de Foix. Luchó largamente contra el conde Raimundo VI de Toulouse y murió cuando atacaba la ciudad del mismo nombre al frente de su ejército.

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FEDERICO BARBARROJA El emperador Federico I de Alemania fue descrito como un hombre cortés, instruido, inteligente y valeroso. Pasó gran parte de su vida guerreando contra los Estados italianos y el Papa Alejandro III. En esta última pugna apoyó sucesivamente a tres Antipapas.

Sin embargo a los 70 años se reconcilió con la Iglesia y fue uno de los dirigentes de la Tercera Cruzada, que fue encabezada por los monarcas de Alemania, Francia e Inglaterra. Federico I no alcanzó a llegar al Santo Sepulcro.

Murió ahogado en un río cuando dirigía un poderoso ejército, muy bien adiestrado, capaz de batir a los musulmanes, y que se desbandó a raíz de su muerte. Federico nació en 1123. Era sobrino del emperador Conrado III de Alemania, quien lo nombró su sucesor. Ocupó el cargo desde 1152, a los 29 años de edad.

Desde el comienzo de su reinado se aplicó a construir un gran imperio, tarea a la que se dedicó sin descanso durante los próximos 40 años. Después de pacificar su país se dirigió a Italia, que estaba dividida entonces en una serie de ciudades independientes. Asnaldo de Brescia había expulsado al Papa Adriano IV y apoderándose de Roma.

Federico lo derrotó, se erigió en rey de Italia y devolvió el trono pontificio a Adriano IV. Federico volvió a Alemania, nuevamente sacudida por guerras intestinas, y logró restablecer la paz. Al cabo de un tiempo disputó con el Papado e invadió otra vez a Italia.

El Papa Alejandro III le hizo frente, pero las fuerzas de Federico derrotaron fácilmente a los soldados italianos y entraron a Roma. Federico instaló en la Santa Sede a Pascual III (el segundo de los Antipapas), pero entonces ocurrió un acontecimiento que hizo pensar a la gente de esa época en un milagro. Se desató una terrible peste que diezmó al ejército de Federico Barbarroja. En una sola semana perecieron 25 mil alemanes.

Los sobrevivientes huyeron a otras ciudades, donde continuaron siendo víctimas del mal. El emperador, sin embargo, mantuvo su dominio sobre Italia durante los años siguientes y apoyó a un tercer Antipapa, Calixto IV. En 1189, en el deseo de terminar su vida en forma gloriosa, Federico Barbarroja organizó un gran ejército para participar en la Tercera Cruzada. Derrotó al sultán de Iconium en el Asia Menor, en 1190, pero no pudo seguir adelante.

Federico quiso bañarse en las aguas del río Cidno, a pesar de la oposición de sus acompañantes. Mientras estaba sumergido sofrió una apoplejía y fue arrastrado por la corriente. El corazón y las entrañas del emperador fueron llevados a Tarso, las carnes a Antioquia y los huesos a Tiro.



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