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La papisa Juana: Roma, siglo IX. Los habitantes de la dudad están atemorizados por la .plaga de langostas: no sólo destruyen los cultivos sino que los millones de cadáveres de insectos contaminan el aire causando innumerables muertes por intoxicación entre los animales e incluso entre las personas. Desesperados, los ciudadanos salen a las calles exigiendo la presencia del papa, que desde hace meses no ha sido visto en público.


Finalmente el papa comparece ante los romanos para contrarrestar con sus plegarias la aparente ira divina. La procesión parte de la plaza de San Pedro en dirección a Letrán, cuando de repente, en un callejón, sucede algo espantoso: inesperadamente el papa cae al suelo y, en mitad de la calle, da a luz un niño. El papa es una mujer!

 La multitud, enfurecida, arrastra a madre e hijo hacia los muros de la dudad donde los apedrean hasta la muerte.

Algunos cronistas de la época sostienen que la papisa era natural de Mainz, Alemania (otros en cambio afirman que nació en Inglaterra), y se dice que estudió en Atenas disfrazada de hombre. Gradas a su erudición fue ascendiendo hasta llegar a las más altas instancias de la iglesia católica y, en el año 855, tras la muerte de León IV, se convirtió en papa con el nombre de Juan VIII. Su pontificado duró dos años, siete meses y cuatro días.

Por lo visto nadie conocía la auténtica identidad del papa excepto su ayuda de cámara, con el que supuestamente mantenía una apasionada relación amorosa. Según parece gradas a la sotana pudo ocultar el embarazo sin problemas.

Aunque la Iglesia católica considera que esta historia obedece tan sólo a una leyenda, existen indicios que nos hacen sospechar que realmente existió una papisa Juana: no sólo se encontró una estatua de una mujer con su hijo y una placa conmemorativa en el lugar en el que se habría producido el parto, sino que, por orden del Santo Padre, el callejón en cuestión fue eliminado para siempre del recorrido de las procesiones.

Además, en el siglo XV se incluyó un busto en la galería de los papas de la catedral de Siena con la inscripción: «Juan VIII, una mujer de origen inglés» donde permaneció hasta que fue sustituido en el siglo XX por una estatua del papa Zacarías.

Sin embargo, la que considero la prueba más fehaciente de la existencia de una papisa es, precisamente, la silla de mármol que se utilizó desde el año 1099 hasta el siglo XVI para la ceremonia de apertura de un nuevo pontificado. En el centro del asiento se había dispuesto un agujero circular a través del cual se debían verificar los atributos masculinos del nuevo candidato. ¡Nunca más debía repetirse un caso como el de la papisa Juana!

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