Biografia de Enrique Santos Discepolo Historia del Tango




Biografia de Enrique Santos Discépolo
Historia del Tango

Enrique Santos Discepolo:
El tango y su tristeza

Biografia de Enrique Santos Discepolo Historia del TangoSin lugar a dudas, uno de los más grandes poetas que han surgido en el país a través del universo del tango ha sido Enrique Santos Discépolo, quien a través de un estilo original en el que se entremezclan sensaciones, pasiones y el ritmo orillero propio de la música ciudadana logró plasmar la idiosincrasia de los argentinos y su visión de este frágil mundo fugaz y muchas veces injusto.

El poeta logró expresar de manera sencilla y directa la dualidad del hombre, sus desventuras, y el universo global que lo rodea y en oportunidades los asfixia, sin alejarse de la línea armónica que requieren los versos para ser parte de una composición musical que también gustara al público.

No en vano, en infinidad de ocasiones diversos escritores provenientes de las corrientes del pensamiento han considerado a Discépolo como un verdadero filósofo de su época, ya que supo resumir en sus poemas ideas básicas y a la vez grandiosas del fugaz paso del hombre por esta vida.

Y es precisamente en esta característica en la que Discépolo logró diferenciarse del resto del los creadores populares del mundo del tango, debido a que su obra siempre continúo una línea única, que condujo al surgimiento de lo que podría ser considerado un nuevo género de composición basado en el espíritu discepoliano.

Este estilo único es indudablemente reconocido de forma inmediata por todos, quienes observamos con admiración y cariño su obra, que no en vano es considerada como profética, siendo por supuesto un conjunto de composición que jamás perderán vigencia, porque en definitiva hablan del hombre y de su condición.

El polémico Discepolín nació un 27 de marzo de 1901 bajo el nombre Enrique Santos Discépolo Deluchi en el barrio porteño de Balvanera, en medio de una familia de clase media que gustaba del arte y sobre todo de la música.

Su padre, llamado Santo y de origen napolitano, era un destacado músico que había decidido trasladarse y establecerse en Buenos Aires con el fin de mejorar la situación económica de su incipiente familia, y así fue que lo hizo, junto con su mujer Luisa Deluchi.

Muchos historiadores aseguran que fue su progenitor quien funcionó como punto de partida para que el pequeño Discépolo optara por continuar el camino de la música.

Sin embargo, gran parte de las opiniones coinciden en señalar a su hermano Armando, varios años mayor que él, como la influencia más importante que tuvo en su vida, en lo que se refiere al despertar de su vocación como poeta.

Enrique Santos Discépolo tuvo el infortunio de experimentar una infancia triste, que lo enfrentó a la muerte de sus padres cuando aún era muy pequeño, pero que afortunadamente encontró la contención y el cariño paternal en la figura de su hermano mayor.

En este sentido, el poeta expresó en una oportunidad: “Tuve una infancia triste. No hallé atractivo en jugar a la bolita o a cualquiera de los demás juegos infantiles. Vivía aislado y taciturno. Por desgracia no era sin motivo. A los cinco años quedé huérfano de padre, y antes de cumplir los nueve perdí también a mi madre. Entonces mi timidez se volvió miedo, y mi tristeza desventura”.

A pesar de que con los años se convertiría en un destacado hombre de letras, Enrique Santos no poseía en su haber una educación formal, ya que poco después de iniciar sus estudios secundarios en la Escuela Normal Superior “Mariano Acosta”, ubicada en el barrio porteño de Once, decidió abandonarlos para dedicarse por completo al teatro, luego de que su hermano Armando lo influyera notablemente para desarrollar dicha vocación.

Así fue que el joven Enrique Santos dio sus primeros pasos en el escenario teatral, debutando como actor en 1917, con sólo 16 años de edad, en la obra “El chueco Pintos”, un sainete que había sido compuesto por su hermano en colaboración con Rafael José De Rosa, producido por la compañía de Roberto Casaux. Luego llegaría su primer papel protagónico en la obra “Mateo”, también compuesta por su hermano Armando.



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Paralelamente, Enrique Santos ya había comenzado a incursionar en la escritura, produciendo sus primeras obras de teatro en 1918, con títulos tales como “El señor cura”, “El hombre solo” y “Día feriado”, éste último se convirtió en un verdadero éxito, cuando fue estrenado por la compañía de Blanca Podestá en 1920.

A medida que pasaban los años, Discepolín mejoraba notablemente su estilística, y cada vez más se acercaba a lo que se convertiría su mayor fuente de inspiración: el tango.

Fue así que en el año 1924 estrenó en la ciudad uruguaya de Montevideo su primera letra compuesta para el 2×4, titulada “Bizcochito”, la cual había sido compuesta a pedido del prestigioso dramaturgo Saldías.

Sin embargo, la figura de Discépolo no logró brillar con aquella composición, que muchos catalogan de insípida, y que por fortuna fue inmediatamente olvidada tras su segunda composición, el destacado y revolucionario tango “Qué vachaché”, compuesto en 1925, con el cual el poeta se iniciaba en una producción literaria contestataria, que lograba describir con crudeza y realidad la situación social que se reconcentraba atravesando la Argentina de aquella época.

Muchos expertos tangófilos aseguran que la línea compositiva que Enrique Santos inició con “Que Vachache”, maduró la idea en “Yira… yira”, se prolongó en tango tales como “Qué sapa, señor” y evolucionó hasta llegar al famoso “Cambalache” en 1935.

No es de extrañar entonces que Discépolo sea considerado por muchos como un verdadero crítico de la realidad social, lo que lo convierte en muchas oportunidades en un completo filósofo de su tiempo, brindando al universo del tango composiciones memorables, que por lo general han sido señaladas de proféticas.

Entre sus composiciones destacadas no podemos olvidar mencionar letras de tango tales como “Malevaje”, “Sueño de juventud”, “Chorra”, “Soy un arlequín”, “Confesión”, “Uno”, “Cafetín de Buenos Aires”, “Esta noche me emborracho”, “Sin Palabras”, “Tormenta”, entre otras.

Quizás la mejor manera de describir su obra poética es a través de sus propias palabras, cuando en una oportunidad Discepolín manifestó: “Una canción es un pedazo de mi vida, un traje que anda buscando un cuerpo que le ande bien. Cuantos más cuerpos existan para ese traje, mayor será el éxito de la canción, porque si la cantan todos es señal de que todos la viven, la sienten, les queda bien”.

La muerte llegó a la vida de Discépolo un día antes de la Navidad del año 1951, quizás de sorpresa, aunque para él y para muchos que lo acompañaron junto a su lecho había sido en realidad una muerte anunciada.

Las certezas en cuanto a las causas de su fallecimiento aún hoy son desconocidas, rodeadas de noticias confusas y difusas, aunque la mayoría de los investigadores coinciden en señalar que Enrique Santos murió de tristeza.

Esa desolación y esa tristeza que se hizo presente en la mayor parte de su producción poética, fue la que finalmente se adueñó de su alma, y nos arrebató para siempre su arte.

No en vano, Discepolín había mencionado días antes de su muerte, “La tristeza es el corazón que piensa”, definiendo quizás su paso por este mundo.

En la radio, donde este charlista brillante tuvo un medio a su medida, Discépolo develó algunas intimidades de sus procesos creativos: “Mis canciones nacen así: voy caminando por Corrientes y se me aparece un tango en el oído. Primero se me ocurre la letra, es decir, el asunto. El tema me empieza a dar vueltas en la cabeza durante varios días. Hasta que de pronto estoy sentado en la mesa de un café, leyendo en mi casa o caminando por la calle y empieza a zumbarme en el oído la música que corresponde a ese estado de espíritu, a esa situación de tango. Y aquí se me presenta la tragedia porque yo no sé música (…) Corro a buscar un amigo que me lo escriba. Muchas veces, no lo encuentro enseguida. Y aquí empieza la desesperación para que esas notas, esas notas que de repente se me han presentado, no se me vayan.” Por cierto, algunos de grandes clásicos del tango llevan letra de Discépolo y música de otros compositores. En la década del 40, logró con Mariano Mores la química esencial que hizo posibles Cafetín de Buenos Aires, Sin palabras y, sobre todo. Uno: según cuenta Mores, una vez que Enrique tuvo la música en sus manos demoró nada menos que tres años en escribir la letra. Valió la espera.

Fuente Consultada: Para Planeta Sedna Graciela Marker




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