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CONCEPTO DE ECOLOGIA SOCIAL

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La sociedad establecida hace frente hoy a una descomposición no sólo de sus valores e instituciones, sino también de su medio ambiente natural. Este no es un problema exclusivo de nuestra época: las desecadas tierras del Cercano Oriente, las áreas donde tuvieron su origen la agricultura y el urbanismo, son una evidencia de lo antiguo del saqueo humano. Pero estos ejemplos empalidecen ante la destrucción masiva del medio ambiente que viene aconteciendo desde los la Segunda Guerra Mundial. Los daños ocasionados al entorno natural por la sociedad contemporánea afectan al planeta íntegro.

La explotación y polución de la tierra ha dañado tanto la integridad de la atmósfera, el clima, los recursos hídricos, el suelo, la flora y la fauna de regiones específicas, como también los ciclos naturales básicos de los cuales depende toda la vida sobre el planeta.

No obstante, la capacidad de destrucción del hombre contemporáneo es una quijotesca evidencia de su capacidad para la reconstrucción. Los poderosísimos agentes tecnológicos que hemos desencadenado contra el entorno natural incluyen muchos de los factores esenciales que serán imprescindibles para su rehabilitación.

De lo que principalmente carecemos es de la consciencia y sensibilidad que nos ayudarían a alcanzar tan deseable finalidad; una consciencia y una sensibilidad mucho más totalizadoras y profundas de lo que habitualmente estos dos términos definen.

Nuestras definiciones deberían incluir no sólo la habilidad para razonar lógicamente y responder emocionalmente de un modo humanístico; sino que, además, deberían implicar una capacidad de darse cuenta del parentesco existente entre todas las cosas y una predisposición imaginativa ante lo posible.

Esa consciencia y esa sensibilidad nuevas no podrán ser sólo poéticas; deberán ser científicas también. Por cierto, hay un nivel en el que nuestra consciencia no debe ser ni poética ni científica, sino una trascendencia de ambas cualidades en pos de una relación nueva entre la teoría y la práctica, una habilidad para combinar la fantasía con la razón, la imaginación con la lógica, lo visionario con lo técnico. No podemos deshacernos de nuestro legado científico sin retornar a una tecnología rudimentaria con sus grilletes de inseguridad material, fatiga y renunciación.

Por lo mismo, tampoco podemos permitirnos caer en una visión mecanística, colectivista y de tecnología deshumanizante, con sus grilletes de alineación y brutal negación de las potencialidades de la Humanidad. La poesía y la imaginación deben estar integradas con la ciencia y la tecnología, pues hemos evolucionado más allá de una inocencia que sólo puede nutrirse de mitos y sueños.

¿Hay una disciplina científica que deje espacio para la indisciplina de la fantasía, de la imaginación, de la habilidad? ¿Podría tal disciplina englobar los problemas creados por la crisis social y ambiental de nuestra época? ¿Podría integrar la crítica con la reconstrucción, la teoría con la práctica, la visión con la técnica?

En vista de las enormes dislocaciones con las que hoy nos confrontamos, nuestra época genera la necesidad de un cuerpo de conocimientos -tanto científicos como sociales- más comprehensivo y visionario, para resolver nuestros problemas. Sin renunciar a los beneficios de las teorías científicas y sociales precedentes, estamos obligados a desarrollar un análisis crítico más maduro de nuestra relación con el mundo natural.

Debemos hallar las bases para un aproximación más reconstructiva a los graves problemas que nacen de las aparentes “contradicciones” entre naturaleza y sociedad. No podemos permitirnos seguir cautivos de la tendencia habitual dentro de las ciencias tradicionales, que diseccionan los fenómenos para examinar sus fragmentos. Debemos combinarlos, relacionarlos y verlos en su totalidad así como en su especialidad.

En respuesta a esas necesidades hemos formulado una disciplina específica para nuestra época: la ecología social. El mejor conocido término “ecología” fue acuñado por Erns Haeckel en el siglo pasado para definir la investigación de las interrelaciones entre animales, plantas y su entorno inorgánico. Desde los días de Haeckel el término se ha ido expandiendo hasta incluir ecologías de ciudades, de la salud y de la mente.



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Esta proliferación de una palabra en áreas tan dispares pueden aparecer particularmente deseable en una época que busca fervientemente algún tipo de coherencia espiritual y unidad de percepción. Pero también puede demostrar ser extremadamente traicionera.

Al igual que otras palabras recientes como “holismo” o “descentralización”, el término “ecología” corre peligro de quedar suspendido en el aire, sin raíces, ni contexto, ni textura. A menudo es utilizado como una metáfora, como un tentador reclamo que pierda la lógica, potencialmente estimulante, de sus premisas.

Así es como la radical verdad de estas palabras puede ser fácilmente neutralizada. “Holismo” se evapora en un suspiro místico, una expresión retórica del compañerismo y comunitarismo ecologista que acaba siendo utilizada hasta en salutaciones como “holísticamente suyo”. Lo que alguna vez fue una seria postura filosófica hoy se ve reducido a kitsch ambientalista.

Con “descentralización” se dan a entender comúnmente opciones logísticas al gigantismo, pero no la escala humana que haría posible una democracia íntima y directa. “Ecología” lo pasa peor aún. Demasiado a menudo se torna una metáfora, como la palabra “dialéctica”, para cualquier clase de integración o desarrollo. Quizá más alarmante aún, ese término ha identificado en los últimos años a una muy cruda forma de ingeniería natural que bien podría denominarse “ambientalismo”.

Soy consciente de que muchos individuos orientados hacia el ecologismo utilizan indistintamente “ecología” y “ambientalismo”. Aquí yo desearía establecer una distinción semánticamente conveniente. Por “ambientalismo” propongo designar una perspectiva mecanística e instrumental que ve la naturaleza como un hábitat pasivo, compuesto de “objetos” tales como los animales, las plantas, y los minerales, que deben suministrarse del modo más aprovechable para el uso humano.

Según mi utilización del término, el “ambientalismo” tiende a reducir la naturaleza a un depósito de “recursos naturales” o “materias primas”. Dentro de tal contexto muy poco puede extraerse del vocabulario ambientalista que se fundamente en una naturaleza social. Las ciudades devienen “recursos urbanos” y sus habitantes “recursos humanos”. Si la palabra “recursos” afloran tan frecuentemente en las discusiones ambientalistas sobre la naturaleza, ciudades o individuos, hay un factor mucho más importante que el mero uso del término, que está en cuestión.

El ambientalismo, según yo utilizo esta palabra, tiende a considerar el proyecto ecologista para lograr una relación armónica entre la humanidad y la naturaleza, más con una tregua que como un equilibrio permanente. La armonía de los ambientalistas se centra en el desarrollo de nuevas técnicas para saquear el entorno natural con la menor alteración posible del hábitat humano.

Los ambientalistas no cuestionan la más básica premisa de la sociedad contemporánea; que la humanidad debe dominar la naturaleza; más bien, trata de favorecer tan noción mediante el desarrollo de técnicas que reduzcan los riesgos ocasionados por irreflexiva expoliación del medio ambiente.

Para distinguir ecología del ambientalismo y de otras definiciones abstractas y, a menudo, confusionistas, debo regresar a su origen y explorar su importancia directa sobre la sociedad.

Dicho simplemente, la ecología trata del equilibrio dinámico dentro de la naturaleza, de la interdependencia entre lo viviente y lo inanimado. Puesto que la naturaleza incluye también a los seres humanos, la ciencia debe comprender el papel de la humanidad dentro del mundo natural; específicamente el carácter, la forma y la estructura de las relaciones humanas respecto a las demás especies y a los substratos inorgánicos del entorno biológico.

Desde un punto de vista crítico, la ecología presenta de un modo amplio el enorme desequilibrio resultante de la división entre humanidad y mundo natural, el homo sapiens, se ha desarrollado lenta y laboriosamente desde ese mundo natural hacia un mundo social propio. Puesto que ambos mundos interactúan recíprocamente mediante fases evolutivas sumamente complejas, se ha vuelto tan importante hablar de una ecología social como hablar de una ecología natural.

Permítaseme recalcar que el error al estudiar esas fases de la evolución humana -que han producido una larga sucesión de jerarquías, clases, ciudades y, finalmente, estados- se origina al ignorar el concepto de “ecología social”. Desafortunadamente, esta disciplina ha sido bloqueada por acólitos autoproclamados que continuamente intentan confundir todas las fases de desarrollo natural y humano en una “unicidad” (no totalidad), universal, una monótona “noche en la que todas las vacas son negras”, para aplicar una de las cáusticas frases de Hegel, a un jarabe ampliamente aceptado que se disfraza con la verbocidad ecologista.

Por lo menos, nuestro común uso del término “especie” para referirnos a la riqueza de vida que nos rodea, debería alertarnos sobre el hecho de la especificad, y de la particularidad; la rica abundancia de seres y cosas diferenciadas que constituyen el motivo básico de la ecología natural. El explorar esas diferencias, el examinar las fases que colaboraron para su existencia, con el largo desarrollo humano de la animalidad a la sociedad -un desarrollo latente, con tantos problemas como posibilidades- implicaría hacer de la ecología social una de las disciplinas más aptas para reforzar nuestra crítica del actual orden social.

Pero la ecología social no sólo aporta una crítica de la brecha entre humanidad y naturaleza; también afirma la necesidad de subsanarla. Más aún, afirma la necesidad de trascenderla radicalmente.

Como señalara E. A. Gutkind: “La meta de la ecología social es la totalidad y no la mera suma de innumerables detalles tomados al azar e interpretados subjetiva e insuficientemente”.

La ciencia se ocupa de las relaciones sociales y naturales en las comunidades o “ecosistemas”. Al concebirlos holísticamente, es decir, en los términos de su interdependencia mutua, la ecología social busca descubrir las formas y modelos de interrelación que permiten comprender una comunidad, ya sea natural o social.

El holismo, en este caso, es resultado de un esfuerzo consciente para discernir cómo se ordenan las particularidades de una comunidad, cómo su geometría (según lo plantearían los antiguos griegos) hace que el todo sea más que la suma de sus partes. Por ello, la totalidad a la que Gutkind hace referencia no debe confundirse con una unicidad espectral que torna a la disolución cósmica en un nirvana sin estructura alguna; la totalidad es una estructura ricamente articulada que posee una historia y una lógica internas propias.

Lo hasta aquí expresado basta para señalar que la totalidad no es una pálida e indiferenciada universalidad que supone la reducción de un fenómeno a lo que tiene de común con alguno otra cosa. Ni tampoco es una energía celestial, omnipresente, que reemplace las vastas diferencias materiales que constituyen el reino animal y el ámbito social. Por lo contrario, la totalidad comprende las diversas estructuras, articulaciones y mediaciones que le otorgan al todo una rica variedad de formas y le incorporan cualidades únicas a aquello que una mentalidad estrictamente analítica reduciría habitualmente a detalles “innumerables” y “casuales”‘.

Términos como “totalidad”, “integridad” y aún “comunidad” poseen matices peligrosos para una generación que ha conocido tantas ideologías totalitarias. Tales palabras evocan imágenes de una “totalidad” lograda mediante la homogeneización, la estandarización y la coordinación represiva de los seres humanos. Estos temores se ven reforzados por una totalidad que parece estipular una finalidad anexo rabie al curso de la historia humana -lo que implicaría un concepto teológico estrecho, sobrehumano de “ley social” que niega la capan dad de la voluntad humana y la elección individual para dar la forma al curso de los acontecimientos sociales.

En realidad, tan totalitario concepto de “totalidad” se opone radicalmente al que hacen referencia los ecologistas. Después de haber comprendido su elevada consciencia de la forma y la estructura, llegamos ahora a un principio fundamental de la ecología; la totalidad ecológica no significa una homogeneidad inmutable, sino más bien todo lo contrario: una dinámica unidad de diversidades. En el reino natural el equilibrio y la armonía se logran mediante una siempre cambiante diferenciación, mediante una diversidad siempre en expansión. La sensibilidad ecológica, en efecto, es una función no de simplicidad y homogeneidad, sino de complejidad y variedad. La capacidad de un ecosistema para mantener su integridad no depende de la uniformidad del medio ambiente, sino de su diversidad.

Pretender que la ciencia gobierne el vasto nexo vital de interrelaciones orgánicas e inorgánicas en todos sus detalles, es algo peor que arrogancia; es pura estupidez. Si la unidad en la diversidad constituye uno de los principios cardinales de la ecología, la riqueza de bioelementos existentes en un sólo acre de terreno nos conduce a otro de los principios ecológicos básicos: la necesidad de permitir un alto grado de espontaneidad natural. La apremiante sentencia: “Respetad la naturaleza” tiene implicaciones concretas.

Por ello, deberíamos conceder una buena dosis de libertad de acción para la espontaneidad natural de las variadas fuerzas biológicas que dan lugar a una situación ecológica diversificada. Trabajar con la naturaleza implica, en gran medida, que debemos alentar la diversidad biótica que emerge del desarrollo espontáneo de los fenómenos naturales. No quiero decir con esto que debamos abandonarnos a una mítica naturaleza que esté más allá de la comprensión e intervención humanas y que demande nuestra temerosa subordinación. Tal vez la conclusión más obvia que podamos extraer de estos principios ecológicos sea la delicada observación de Charles Elton: “El futuro planeta tiene que ser administrado, pero tal administración no debería asemejarse a una partida de ajedrez sino más bien a timonear una embarcación”. Lo que la ecología, tanto natural como social, puede pretender enseñarnos es el modo de hallar el curso y descubrir la dirección de la comente.

Lo que distingue esencialmente a la perspectiva ecológica como un proceso liberador es su desafiante propuesta ante las convencionales nociones de jerarquía. Los ecologistas no son demasiado conscientes de que su ciencia provee sólidos fundamentos filosóficos a una visión no-jerárquica de la realidad. Como muchos estudiosos de las ciencias naturales, se resisten a la generalizaciones filosóficas por considerarlas ajenas a sus investigaciones y conclusiones; prejuicio éste cuyo origen puede rastrearse en la tradición empírica anglo-americana.

Si reconocemos que cada ecosistema puede contemplarse como una trama alimentaria, podremos imaginarlo como un nexo circular de relaciones planta/animal (más que una estratificada pirámide con el ser humano en la cima) que incluye una gama variadísima de criaturas, desde microorganismos hasta grandes mamíferos. Cada especie, sea una bacteria o un ciervo, es parte de una red de enlace interdependiente de todo el resto, por más indirecto que sea el vínculo. Un predador es, en esta trama también una presa, cuando quizá el “más bajo” de los organismos le ponga enfermo o colabore a consumirlo después de su muerte.

La rapacidad no es el único vínculo que hay entre las distintas especies. Hoy existe una resplandeciente literatura que nos revela hasta qué punto el mutualismo simbiótico es uno de los grandes factores que protegen la estabilidad ecológica y la evolución orgánica.

No debemos caer en la simple y directa comparación de plantas, animales y seres humanos ni entre los ecosistemas de plantas, animales y seres humanos con las comunidades humanas. Ninguno de ellos es completamente congruente con los demás. No es en lo particular de la diferenciación que las comunidades de plantas y animales están ecológicamente unidas con las comunidades humanas, sino más bien en su lógica de diferenciación. Totalidad es, de hecho, integridad. La estabilidad dinámica del todo deriva de un visible nivel de integridad tanto en las comunidades humanas como en los ecosistemas en su cénit. Lo que vincula a estos modos de totalidad e integridad -por muy diferentes que sean en sus especificidades y en sus cualidades- es la lógica del desarrollo en sí misma. Un bosque en plenitud es un todo integrado, como resultado del mismo proceso de unificación, la misma dialéctica que hace de una determinada forma social un todo integrado.

El énfasis sobre las biorregiones como marcos de referencia para determinadas comunidades humanas, provee un nuevo elemento en favor de la necesidad de readaptar las técnicas y formas de trabajo según los requerimientos y las posibilidades de cada área ecológica.

Dentro de este contexto de ideas tan complejo, debemos tratar de trasladar el carácter no-jerárquico de los ecosistemas naturales a la sociedad. Un importante aporte de la ecología social es su negación de la jerarquía como principio estabilizador u “ordenador” tanto en el reino natural como en la sociedad. Esta asociación del orden como tal con la jerarquía es quebrada sin por ello afectar la asociación de naturaleza y sociedad. El hecho de que las jerarquías existen en la sociedad actual no significa que ello deba permanecer así. El que la jerarquización amenace la existencia de la vida social de hoy indica, por cierto, que tal cosa no pueda mantenerse como hecho social, así como tampoco puede hacerlo cuando amenaza la integridad de la naturaleza orgánica.

El mismísimo término “democracia” como la apoteosis de la libertad social, ha sido suficientemente desnaturalizado hasta lograr, según Benjamín Barber. “El gradual desplazamiento de la participación por la representación. Donde la democracia, en su forma clásica, significó el gobierno por el pueblo mismo, aparece hoy (mediante el ardid de la representación) como el gobierno de una élite sancionado por el pueblo. Élites rivales compiten para obtener el apoyo de un público cuya soberanía popular se ve reducida al patético derecho a participar en la elección del tirano que habrá de gobernarlo.

Más significativo aún, el concepto de una esfera pública, de cuerpo político, ha sido literalmente desmaterializado por una aparente heterogeneidad -más precisamente, una atomización que va desde lo institucional hasta lo personal- que ha reemplazado la coherencia política por el caos. El desplazamiento de la virtud pública por los derechos personales ha provocado la subversión no sólo de un principio ético unificador que alguna vez le otorgó sustancia a la noción de público, sino también de la condición de persona que le otorgaba sustancia a la noción de derecho.

En términos concretos: ¿Qué atormentadores temas propone la ecología social a nuestro tiempo y al futuro? Al restituir una vinculación más avanzada con lo natural, ¿será factible lograr un nuevo equilibrio entre humanidad y naturaleza mediante una sensitiva adecuación de nuestras prácticas agriculturales, nuestras áreas urbanas y nuestras tecnologías a los requerimientos naturales de una región y de los ecosistemas que la componen? ¿Podemos esperar lograr una drástica descentralización de la agricultura que haga posible el cultivar la tierra como si fuese un jardín, equilibrado por la diversidad de su fauna y flora? ¿Requerirán tales cambios la deseen tralización de nuestras ciudades en comunidades a escala moderada, generando una nueva y armónica relación entre aldea y campo? ¿Que tecnología se requerirá para lograr estas metas, evitando el incrementó de la polución del planeta? ¿Qué instituciones se precisarán para crear una nueva esfera pública, qué relaciones sociales serán necesarias para dar origen a una nueva sensibilidad ecológica, qué formas de trabajo para volver creativa y gozosa la práctica humana.

qué tamaño y población tendrán las comunidades a escala humana para ser controlables por todos? ¿Qué tipo de poesía? Cuestiones concretas: ecológicas, sociales, políticas, de comportamiento; se nos abalanzan como un torrente que hasta hace muy poco fue refrenado por las ideologías y los hábitos de pensamiento tradicionales.

Que no nos quede ninguna duda al respecto: las respuestas que encontremos a tales cuestiones tendrán una relación directa con la habilidad humana para sobrevivir en el planeta. Las tendencias de nuestro tiempo están visiblemente dirigidas contra la diversidad ecológica; de hecho, apuntan hacia una brutal simplificación de la biosfera integra. Las complejas cadenas alimentarias vienen siendo despiadadamente socavadas por la aplicación de técnicas industriales en la agricultura, con el resultado, en muchos lugares, de ver los suelos transformados en esponjas absorbentes de fertilizantes químicos.

El monocultivo sobre enormes superficies de tierra está borrando la variedad natural, agrícola y aún fisiográfica. Inmensos cinturones urbanos están usurpando implacablemente la campiña, sustituyendo la fauna y flora por hormigón, metales y vidrio y envolviendo a vastas regiones en una nube de polucionantes atmosféricos. En este masivo mundo urbano, la experiencia humana se torna cruda y elemental, sujeta a toscos estímulos y a una crasa manipulación burocrática. Una división nacional del trabajo está reemplazando la variedad regional y local, reduciendo continentes enteros a inmensas fábricas humeantes y convirtiendo las ciudades en ostentosos supermercados.

La sociedad moderna está poniendo en peligro la complejidad biótica lograda por la evolución orgánica. El gran movimiento vital, desde lo más simple hasta las más complejas formas y relaciones, está siendo revertido en dirección a un medioambiente que será capaz de soportar sólo formas simples de vida. De continuar este retroceso de la evolución biológica al socavarse las tramas alimentarias de las que depende la humanidad, estará en peligro la supervivencia misma de la especie humana. Si continúa la reversión del proceso evolucionado, hay buenas razones para creer que las precondiciones necesarias para la exisetncia de formas complejas de vida serán destruidas irreparablemente y que el planeta será incapaz de mantenernos como una especie viable.

En esta confluencia de crisis sociales y ecológicas no podemos permitirnos carecer de imaginación; no podemos seguir ignorando al pensamiento utópico. Las crisis son demasiado serias y las posibilidades demasiado arrebatadoras como para ser resueltas mediante los modos habituales de pensamiento, aparte de ser éstos los origina-dores de dichas crisis. Años atrás, los estudiantes franceses durante los alzamientos de mayo y junio de 1986 expresaron magníficamente este agudo contraste de opciones en su slogan: Seamos realistas, hagamos lo imposible.

A esta demanda, la generación que se confrontará en el próximo siglo tendrá que agregarle este mandato más solemne: “Si no hacemos lo imposible debemos afrontar lo inconcebible”.

Fuente Consultada:
HECHOS, sucesos que estremecieron al siglo Tomo N° 36 Terrorismo Ecológico
La Enciclopedia del Estudiante Tomo 14 Ecología
Introducción a la Ecología Ciencia de la Vida
Biología II Ecología y Evolución Bocalandro-Frid-Socolovsky




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