Estupefacientes Utilizados Por Los Aborígenes Americanos





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Estupefacientes Utilizados Por Los Aborígenes Americanos

Cuando un coya transita por el altiplano boliviano o se encuentra entregado a sus faenas, acostumbra a sacar de vez en cuando de su chuspa (bolsita de buche, vejiga o pellejo), una porción de hojas de coca para mascar, que a veces acompaña con otra porción de “llicta” (ceniza de algunas plantas), para facilitar su salivación.

Este hábito de masticar el “acullico” (bocado de coca) no tiene un sentido vicioso; por el contrario, resulta un eficaz reconfortante que ayuda a soportar el trabajo y el cansancio a gran altura.

El efecto alcaloideo de la coca hizo suponer, a los antiguos aimaraes y aborígenes del Perú, que esa planta tendría divinas virtudes. Los hechiceros la ingerían para entrar en trance y decir sus predicciones y sortilegios. Y en homenaje a la Mamapacha el acullico era enterrado como ofrenda o depositado en las apachetas del camino  (montículos de piedras).

Los aborígenes americanos, y entre ellos especialmente los agricultores, acostumbraban ingerir diversas sustancias embriagantes y estupefacientes, en  relación con sus creencias supersticiosas.

Conociendo esas drogas, podemos estimar la importancia que esta contribución americana ha tenido para la farmacopea universal. Veamos qué se sabe de algunas de ellas, valiéndonos para el caso especialmente de los estudios del Dr. Ramón Pardal.

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EL PEYOTL
Cuenta Sahagún que los antiguos mexicanos, en sus banquetes, comenzaban por comer el “hongo divino”, al que llamaban “teonanácatl”, narcótico que les hacía ver visiones, en cuyo relato se solazaban luego.

Pero es más frecuente en los cronistas encontrar referencias al “epotl”, especie de cactus del norte de México que ha desempeñado un importante papel en la vida ritual de los toltecas, aztecas y de ios indios del sur de los Estados Unidos. “Raíz diabólica”, le llamaron algunos misioneros, por las hechicerías en que se utilizaba.

Se cuenta que cierto personaje legendario, llamado Majacuagui, fue abandonado en Reitomuani por sus enemigos, quienes lo habían maltratado y le habían roto sus utensilios. Imploró entonces el infeliz a los dioses, y éstos lo auxiliaron creando el peyotl, con cuya raíz no sentiría hambre ni sed ni pena.

Los  indios molían  peyotl  y bebían  un brebaje  del  mismo,esperando curar con él cualquier enfermedad, y a los niños les colgaban una bolsita con peyotl para que en virtud de su influencia resultaran diestros domadores. Para conocer lo futuro y saber cómo saldrían de las batallas, la bebían disuelta en agua, y como les causaba una embriaguez tan intensa y delirante, todas las imaginaciones fantásticas que les producía esa bebida las suponían un presagio.

El peyotl —con su nombre técnico Anhalonium Lewinii— posee cuatro alcaloides: anhalonina, anhalonidina, lofoferina y sobre todo mescalina, droga a la que debe su poder embriagante. De ahí que produzca efectos consistentes, sobre todo, en ilusiones ópticas y sinestesias. Estas últimas suscitan sensaciones que reponden a la excitación de otro sentido; por ejemplo, impresiones acústicas o cutáneas se traducen en visuales o viceversa.

Afirma un investigador que un dolor es un color rojo; la sensación de hambre es verde; el sonido de una campana es púrpura. Cada sensación cutánea es transformada en una sensación luminosa.

LA AYAHUASCA O CAAM
En toda la región amazónica, la del Mato Grosso y la del norte del Brasil, ha sido bastante común entre los indígenas ingerir, triturado y con agua, el tallo inferior de cierta liana técnicamente llamada “banisteria caapí”, a la que unas tribus decían “ayahuasca” y otras “caapí”. Con este estupefaciente los nativos se provocaban alucinaciones, excitación y, según algunos, efectos telepáticos.

En 1912 el investigador Reimburg logró convencer a un nativo para que le suministrase dicha droga. Éste maceró entonces cuatro trozos de ayahuasca en un mortero, con algunas hojas de “yaje” (arbusto con efectos euforizantes), los hizo hervir con agua durante ocho horas y se lo dio a beber.



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Era un líquido turbio, de sabor acre y nauseabundo, que debía tomarse en reposo, en silencio y en la oscuridad, para que apareciesen los ensueños “y se pudiera ver claramente el porvenir”. Reimburg bebió la droga y llevó adelante su experiencia: “Ante mis ojos —explicaba— brillan algunos círculos luminosos, fosforescentes, y veo brillar, en un cielo esplendoroso, algunas mariposas pertenecientes a las especies recogidas por mí, esa mañana. La vista es muy neta, demasiado neta, y me parece que veo las cosas a través de un pequeño agujero practicado en una  cartulina.    La inteligencia  parece  sobreexcitada…”.

Como la droga le produjese efectos tóxicos desagradables, Reinburg dio por terminada la experiencia con una dosis de cafeína.

PARICÁ Y CEVIL
Cuando Colón llegó a La Española, vio que los indios fumaban tabaco, y también que sorbían por la nariz mediante un tubo, cierto polvillo fino “parecido a la canela”. La misma costumbre fue observada posteriormente en Brasil y en el norte de los territorios chileno y argentino hasta las sierras de Córdoba, y se han encontrado multitud de tablillas, en su mayor parte de madera, donde molían el estupefaciente  para   sorberlo. Hoy sabemos que esa droga se obtenía pulverizando semillas de ciertas variedades de mimosas llamadas piptadenias, a las que los indios les decían paricá  y cevil.

EFICAZ ANESTÉSICO
Como sabemos, las altas civilizaciones occidentales, desde México hasta el Arauco, practicaban operaciones quirúrgicas, y los antiguos peruanos también efectuaban con frecuencia trepanación craneana. En tales casos se utilizaban anestésicos, de los cuales el más notable era la datura arbórea (floripondio).

Este poderoso anestésico producía al paciente un estado de semi-coma, mandándolo al “país de los  sueños”,  y  como  estupefaciente  provocaba delirios y alucinaciones. Y entre tantos narcóticos y estupefacientes, ninguno tan sigular como el “tuluachi”, llamado el “veneno sagrado” de los mayos (México). Su ingestión suscitaba un delirio que derivaba en una especie de baile alocado, y después en un sueño voluptuoso.

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