El fin del eter de Aristoteles Quintaesencia llena el espacio Quinto






Durante el siglo XIX la idea de que la luz era un fenómeno ondulatorio estaba bastante afirmada. Las ondas que pueden observarse habitualmente a nivel macroscópico siempre son perturbaciones de algún medio material: las ondas de sonido son oscilaciones de las moléculas de aire, las ondas en un estanque son oscilaciones de las moléculas de agua, las ondas en una soga son oscilaciones de las moléculas que componen la soga, etc.

Por ese motivo resultó natural suponer que existía un medio material necesario para la propagación de las ondas luminosas. A este medio se lo llamó éter. Esta palabra ha tenido muchos usos a través del tiempo en explicaciones sobre la naturaleza, cuando se necesitaba postular la existencia de algún fluido que hiciera posible algún proceso (se ha hablado alguna vez de cierto éter que conduciría las sensaciones de una parte a otra del cuerpo humano).

El éter lumínico, de existir, debía tener propiedades muy particulares: ser lo suficientemente tenue como para llenar todos los espacios, incluso el interior de los cuernos transparentes o traslúcidos, y ser lo suficientemente rígido como para poder transmitir ondas de altísima frecuencia como las que conforman la luz. Los años pasaban y nadie podía diseñar una experiencia en la que se manifestara claramente la presencia del éter.

Si el éter llenaba también el espacio interestelar a lo largo de todo el Universo, esto hacía surgir una pregunta: ¿El mar de éter estaba fijo en el espacio y a través de éste se movían los astros sin perturbarlo, o cada planeta arrastraba el éter como si friera una atmósfera? La sistema de referencia absoluto respecto del cual se moverían todos los otros cuerpos. Y como la luz se propagaría a velocidad c en el éter estacionario, desde un cuerpo en movimiento, como la Tierra, se vería que la luz se mueve a distintas velocidades según lo haga en la misma dirección del movimiento terrestre, en sentido contrario o perpendicularmente.

Cuando el haz de luz viaja en la misma dirección y sentido que la Tierra, su velocidad relativa a ésta es c — y. Cuando viaja en una sentido contrario, su velocidad vista desde la Tierra es c + y.

En 1887, el físico Albert A. Michelson (1852-1931) diseíió un interferómetro y, junto con el químico Edward W Morley (1838-1923), realizó un experimento que debía mostrar la diferencia en las velocidades, vistas desde la Tierra, de dos rayos que se mueven en direcciones diferentes. Se usaban dos rayos provenientes de la misma fuente (para asegurar la coherencia), y luego de desplazarse en direcciones perpendiculares, se los hacia interferir.

La clave del experimento residía en que el patrón de interferencia debía cambiar si se rotaba el aparato con respecto a la dirección del movimiento de la Tierra.

El aparato original tenía muchos espejos para aumentar el camino recorrido por los rayos hasta unos 10 m, y así aumentar el efecto de interferencia. El dispositivo descansaba sobre una gran piedra que flotaba en mercurio.

El experimentador iba observando el patrón de franjas mientras hacía rotar lentamente la piedra. Hicieron miles de mediciones en diferentes puntos de la órbita terrestre y nunca notaron ni siquiera el mínimo corrimiento en el patrón de franjas. La orientación de los rayos de luz con respecto al movimiento de la Tierra no parecía afectar el movimiento de aquéllos. Algunos años más tarde, Michelson también investigó interferométricamente la posibilidad de que la Tierra arrastrara con ella al éter y demostró que esto tampoco era posible. La teoría del éter fue abandonada.





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