La Guerra de Los 100 Años:Francia Contra Inglaterra Juana de Arco


La famosa «Guerra de los Cien Años» que enfrentó a Francia y a Inglaterra en la Edad Media, duró exactamente ciento dieciséis años, desde 1337 a 1453. El conflicto estuvo frecuentemente interrumpido por largos períodos de inactividad, debidos al cansancio de los combatientes o a treguas.

En medio de las desgracias, se produjeron en Francia profundas transformaciones, que favorecieron el paso de la antigua sociedad feudal a una forma de Estado más moderno, en el que la autoridad monárquica se hallaba considerablemente reforzada. Pero, incluso conservando la cronología clásica, no hay que olvidar que, en realidad, el conflicto franco-inglés comenzó en el siglo precedente por el matrimonio de Enrique II Plantagenet y Leonor de Aquitania.

Para los soldados de la época, el año 1337 no señalaba el comienzo de una nueva guerra, sino la continuación de las luchas que anteriormente habían enfrentado ya a Enrique II y Ricardo Corazón de León con Luis VII y Felipe Augusto.

batalla de CrecyLa principal riqueza de Inglaterra en los tiempos medios radicaba en la exportación de lanas a las ciudades flamencas. Entre el rey de Francia y el conde de Flandes reinaba excelente armonía, mal vista por los ingleses, temerosos de perder sus mercados.

Una disputa dinástica estimuló la ambición del monarca inglés Eduardo III (1327-1377) el cual hizo valer sus derechos a la corona de Francia, por ser hijo de Isabel, hermana del último monarca francés Carlos IV el Hermoso, fallecido sin dejar descendencia.

Los franceses eligieron rey a Felipe de Valois (1328-1350) y ello fue causa del estallido del conflicto. Flandes se vio invadido por Felipe VI de Francia, mientras Eduardo desembarcó en las costas de Normandía con un ejército de 30.000 hombres.

Los franceses fueron vencidos en la batalla de Crecy (1346), que tuvo una gran significación militar, ya que en ella fueron empleadas por primera vez las armas de fuego. Poco después los ingleses tomaron la plaza de Calais. Muerto el rey francés, le sucedió su hijo Juan el Bueno, y la guerra volvió a reanudarse, viéndose Francia nuevamente invadida.

El príncipe de Gales, llamado también el Príncipe Negro (por el color de su armadura), derrotó a un numeroso ejército francés en la batalla de Poitiers, en la que Juan el Bueno, extenuado, chorreando sangre y sudor, fue hecho prisionero y conducido a Inglaterra. Varios años después fue puesto en libertad después de haberse comprometido a pagar un fuerte rescate.

No obstante, la batalla de Crécy no fue decisiva. Los ingleses sencillamente no contaban con los recursos para subyugar a Francia. Las treguas, las hostilidades a pequeña escala y algunas batallas importantes se combinaron en una orgía de —al parecer— interminable lucha. Eduardo III y su hijo Eduardo, el príncipe de Gales —conocido como el Príncipe Negro—, libraron las campañas inglesas. Las campañas que el Príncipe Negro realizó en Francia fueron devastadoras. Evitando las batallas campales, sus fuerzas arrasaron deliberadamente las tierras y quemaron las cosechas, así como ciudades y villas completas no fortificadas, además de saquear cualquier cosa que fuera de valor. Para los ingleses, tales campañas fueron fructíferas; para los franceses significaron hambre, privaciones y muerte. Cuando al ejército del Príncipe Negro se le forzó a presentar batalla (bajo el mando del rey Juan II) fueron derrotados y el rey capturado. Con esta batalla de Poitiers concluyó la primera fase de la Guerra de los Cien Años.

Al llegar a Francia, encontró a su país empobrecido y sumido en la anarquía. Los vasallos, aldeanos y burgueses se habían sublevado contra los nobles a quienes culpaban de los reveses guerreros y de la derrota de Poitiers, y los caminos se encontraban infestados de salteadores.

Juan el Bueno no pudo pagar el rescate equivalente a unos cuarenta millones de francos y regresó a Londres donde vivió prisionero aunque esta condición no le impedía divertirse en continuas fiestas. Por la paz de Brétigny, Inglaterra adquirió la cuarta parte del territorio francés.

Carlos V el Sabio (1364-1380), hijo de Juan el Bueno, fue quien sacó a Francia de su lamentable estado, gracias a los méritos personales de un joven caballero bretón llamado Beltrán Du Guesclín (1320-1380).

Reorganizó el Ejército y libró al país de la terrible plaga de las “Compañías” constituidas por bandas de mercenarios dedicados al pillaje y que sembraban el terror. Debido a dichas bandas, comarcas y pueblos enteros quedaron deshabitados. En Picardía, los aldeanos llegaron a vivir escondidos en cuevas.

Du Guesclín, nombrado condestable, expulsó a los ingleses de casi todas las plazas que ocupaban, con la sola excepción de una estrecha faja de litoral (Calais, Cherburgo, Brest, Burdeos, Bayona). Después pudo dar un gran impulso a la prosperidad del país. Muerto Carlos V, y durante la minoridad de su hijo Carlos VI, Francia se vio ensangrentada por una guerra civil ocasionada por el asesinato de Felipe de Orleans.

En ella lucharon dos bandos rivales: los Borgoñeses y los Armagnacs. El país se cubrió de ruinas y de sangre. Unos y otros, con tal de exterminar a los contrarios, llegaron a ofrecer a los ingleses la mitad del reino. El rey de Inglaterra, Enrique V, se declaró en contra de los Armagnacs, derrotándoles en Azincourt.

Tras apoderarse de Caen y Rouen, logró la firma del Tratado de Troyes, en virtud del cual resultaba el rey inglés heredero de la corona francesa. Al fallecer en 1442 los monarcas Enrique V de Inglaterra y Carlos VI de Francia, se intentó proclamar rey de este país al niño Enrique VI de Inglaterra, de acuerdo con una de las cláusulas del famoso Tratado de Troyes. Un movimiento nacionalista se colocó al lado del Delfín desposeído, verdadero heredero de la corona, que fue proclamado rey de Francia con el nombre de Carlos VII.

Solamente las provincias centrales guardaron fidelidad al monarca. Muchos nobles y ciudades francesas, entre ellas París, se habían pasado al bando inglés, mientras la guerra se recrudecía ante la indiferencia e ineptitud del rey francés al ver que los ingleses sitiaban a Orleans, la única ciudad que les cerraba el paso hacia el Sur de Francia.

ESTADO DE FRANCIA E INGLATERRA AL INICIO DE LA GUERRA: En las primeras décads del siglo XIV el reino de Francia era, indiscutiblemente el mas poderoso de Europa. Felipe el Hermoso había sabido mantener la paz de Francia. cuyas fronetras se habían ensanchado por la anexión de Borgoña, aportada en dote al futuro Felipe V; por otra parte, alcanzó un gran impulso demográfico, y contaba alrededor de quince millones de habitantes-al comienzo de la guerra. Este desarrollo permitió emprender grandes roturaciones y desecamientos, emigrando el excedente de la población rural hacia las ciudades, que conocieron en esta época una intensa actividad comercial y artesana. París, con sus 200.000 habitantes, estallaba dentro del recinto construido por Felipe Augusto.

La industria pañera, la primera del reino, estaba concentrada en las ciudades de Flandes, tales como Arras, Douai, Ypres, Brujas, Gante, Lille, Toutnai. Las Ferias de Champaña, a pesar de cierta decadencia, seguían siendo un lugar de cita internacional.

Este desarrollo económico general se traducía en un importante tráfico marítimo; el rápido desenvolvimiento de puertos como Calais y La Rochelle, lo testimonia. Paz y prosperidad son siempre signos de un Estado fuerte; la autoridad monárquica aumentaba, apoyándose en consejos y resortes administrativos cada vez más perfeccionados, como aquellos bailes y senescales enteramente entregados a la causa monárquica, cuyo espíritu hacían triunfar en las provincias; el clero, sometido al rey, le proporcionaba el dinero que necesitaba y había renunciado, en parte, a su fuero,, puesto que los acusados de los tribunales eclesiásticos podían siempre apelar al del rey. Pero lo que aureoló de un prestigio moral particular al reino de Francia, fue la presencia, durante cerca de un siglo, de papas franceses en Aviñón (1309-1378), los cuales mostraron sus simpatías, quizá demasiado frecuentemente, hacia su país de origen.

En fin, la nobleza era impotente ante esta realeza que consiguió imponerle un edicto que prohibía las guerras entre vasallos, y que, por medio de arma tan eficaz y potente como la apelación al Parlamento, pudo inmiscuirse en los tribunales señoriales y en la administración de los grandes feudos. La nobleza francesa, batalladora y revoltosa, había quedado reducida a los torneos y a las fiestas.

DEBILIDAD DEL EJERCITO
Pero dos cosas faltaban a la monarquía: un ejército regular y finanzas estables, debilidades que habían de serle fatales durante la Guerra de los Cien Años. En caso de guerra, el rey de Francia convocaba la hueste de los vasallos, que comprendía, de una parte, a la nobleza, que debía armar por su cuenta a cierto contingente de caballeros, y, de otra, a las «gentes de a pie» enviadas por las comunidades rurales y las ciudades. Pero los grandes vasallos no llevaban con ellos más que un número reducido de caballeros, y la hueste llegaba a reunir con dificultad un ejército mayor de 10.000 hombres, de los cuales los dos tercios eran jinetes, y el tercio restante, soldados de a pie.

La caballería había sido considerada en Francia, en todo tiempo, como la única fuerza válida, porque este cuerpo agrupaba a toda la flor y nata de la nobleza francesa, famosa por su valor, su temeridad y sus hazañas, mientras que la gente de a pie, constituida por villanos y burgueses, no era más que una fuerza secundaria, considera incapaz de hazañas caballerescas. La Guerra de los Cien Años había de revelar el error de tal apreciación.

La hueste, convocada en el último momento, se reunía muy lentamente, hacia la mitad del verano; como los caballeros no prestaban servicio más que 40 días al año, y tres meses la infantería, no podía acometerse ninguna acción de envergadura, ya que el ejército se deshacía al cumplir el tiempo de servicio y con la llegada de los primeros fríos. Este hecho explica la escasez de grandes batallas campales en la Guerra de los Cien Años, cuya historia queda reducida a breves incursiones devastadoras en terreno enemigo.

La imposibilidad de constituir un ejército permanente y numeroso se debía, sobre todo, a la debilidad de los recursos financieros del reino. No existía ninguna legislación fiscal permanente y, fuera de las rentas de su dominio, el rey no disponía más que del producto de impuestos excepcionales, decretados cuando estallaba una guerra, los cuales no eran concedidos por los tribunales soberanos más que después de largas discusiones y a cambio de beneficios sustanciales, y que la población pagaba a regañadientes.

CINCO MILLONES DE INGLESES
¡Cuánto más fácil y menos próspero aparecía en la misma época el reino de Inglaterra! El país era pobre y poco poblado,puesto que contaba alrededor de cinco millones de habitantes. El suelo estaba mal explotado, y los recursos agrícolas eran mediocres. La única riqueza consistía en la cría extensiva de ovinos, cuya lana era exportada en bruto a las ciudades pañeras de Flandes. Londres parecía un burgo, en comparación con París.

En cuanto al poder real, si bien se apoyaba en un administración y en órganos de gobierno más numerosos y más especializados que en Francia, porque estaban constituidos desde la época del Conquistador, tenía que hacer frente continuamente a las revueltas de los barones, que trataban de acrecentar su independencia y someter la monarquía. Eduardo I supo contenerlos, arrastrándolos a la conquista del país de Gales y de Escocia, pero su hijo, Eduardo II, luchó toda su vida contra ellos, antes de acabar asesinado, víctima de una conjura de la que formaba parte su propia mujer, Isabel, así como el amante de ésta, Mortimer, y los barones cansados de la tiranía real.

El 20 de enero de 1327, el joven Eduardo III, que contaba entonces 16 años, subía al trono de Inglaterra. Pero, demasiado inexperto, dejó dirigir el reino, durante tres años, a Mortimer. Este impuso tal terror que se atrajo muy rápidamente la hostilidad de la nobleza. Cuando, en el año 1330, Eduardo quiso reinar solo, mandó asesinar a este aventurero que le estorbaba, inaugurando solemnemente su reinado, que había de ser uno de los más largos de la historia (1327-1377). Elegante, muy cultivado, Eduardo era también un rey hábil, tenaz en sus propósitos, gran diplomático y. sobre todo, notable estratega.

CRONOLOGÍA GUERRA DE LOS CIEN AÑOS

1337 Comienzo de Hostilidades
1346 Batalla de Crecy
1356 Batalla de Poitiers
1359 Paz de Bretigny
1377 Muerte de Eduardo III
1396 Tregua de 20 años
1415 Enrique V reinicia la guerra (1413-1922)
1415 Batalla de Agincourt
1429-1431 Recuperación Francesa Bajo Juana de Arco
1453 Fin de la Guerra

LA GUERRA SEGÚN UN CRONISTA DE LA ÉPOCA: En su narración de la Guerra de los Cien Años, el cronista del siglo XIV Jean Froissart describió el saqueo de la ciudad fortificada francesa de Limoges perpetrado por elPríncipe Negro (Eduardo, príncipe de Gales). Proporciona un vivido ejemplo de cómo eran tratados los no combatientes durante la guerra.

Jean Froissart, Crónicas
Por aproximadamente un mes, ciertamente no más, el Príncipe de Gales permaneció a las puertas de Limoges. Durante ese tiempo no permitió que se llevaran a cabo asaltos o escaramuzas, sino que avanzó de manera constante y laboriosa en la tarea de zapa. Los caballeros y la gente de la ciudad que estaban dentro —que sabían lo que estaba pasando— comenzaron a cavar por su parte, con la esperanza de matar a los mineros ingleses, pero resultó un fracaso.

Cuando los zapadores del rey, quienes conforme cavaban apuntalaban constantemente el túnel completaron su trabajo, le dijeron al príncipe: “Mi señor, cuando os plazca, podemos ya derribar una gran parte del muro en el foso, de manera que entréis a la ciudad de la manera más fácil y segura”.

El príncipe estuvo muy complacido de oír esto. “Excelente”, comentó. “Mañana, a las seis en punto del día, enseñadme lo que podéis hacer”.

Cuando supieron que era la hora señalada, los mineros comenzaron un fuego en la mina. En la mañana, justo a la hora que el príncipe había especificado, una gran sección de la muralla se desplomó, atascando el pozo en el lugar donde cayó.

Para los ingleses —que estaban armados y a la espera— fue un signo placentero. Los soldados de infantería pudieron entrar a sus anchas, y así lo hicieron. Corrieron hacia la puerta, cortaron las barras que la sostenían y la derribaron. Hicieron lo mismo con las barreras exteriores sin que enfrentaran resistencia alguna.

Todo se hizo tan rápido, que a la gente de la ciudad la tomaron desprevenida. Enseguida el príncipe, el duque de Lancaster, el conde de Cambridge, Sir Guichard d’Angle, junto con todos los demás y sus respectivos hombres irrumpieron en la ciudad, seguidos por los saqueadores de a pie, y todos con un humor como para dar rienda suelta a la devastación y para cometer asesinatos de manera indiscriminada, pues ésas eran sus órdenes. Se dieron escenas lamentables. Hombres, mujeres y niños se arrojaron de rodillas ante el príncipe suplicando: “¡Tened piedad de nosotros, gentil señor!” Pero estaba tan encolerizado que no escuchó. A ningún hombre ni mujer se les hizo caso, sino que a todos los que pudieron encontrar fueron pasados por las armas, incluyendo a muchos que, por ningún motivo, podían ser culpables.

No entiendo cómo pudieron ser inmisericordes con gente que era tan insignificante para cometer traición. Pero incluso ellos pagaron por eso, y pagaron más caro que los jefes que sí cometieron traición.

No hay hombre tan insensible que, si hubiese estado en Limoges ese día, y recordara a Dios, no hubiera llorado amargamente ante la espantosa carnicería que aconteció allí. Más de tres mil personas —hombres, mujeres y niños— fueron sacadas a rastras para cortarles la garganta. Que Dios haya recibido sus almas, porque fueron verdaderos mártires.

batalla de crecy

Batalla de Crécy. En esta ilustración de un manuscrito del siglo xv se muestra la batalla de Crécy, el primero de varios desastres militares sufridos por los franceses en la Guerra de los Cien Años; además, se ilustra la razón de por qué los ingleses preferían los arcos largos sobre las ballestas. A la izquierda, los ballesteros franceses dejan de disparar y aprestan sus armas dándole vuelta a la manivela, mientras que los arqueros ingleses siguen disparando sus arcos (un arquero diestro podía disparar diez flechas por minuto).

PARA SABER MAS…

A PESAR DE SU NOMBRE, la guerra de los Cien Años no fue una larga contienda, sino una serie de cortos conflictos interrumpidos por largas treguas. La guerra, que persistió durante 116 años, de 1337 a 1453, giraba alrededor de la legitimidad del trono de Francia.

LUCHA POR EL TRONO En 1328, el rey francés Carlos IV (1294-1328) murió sin heredero. Los nobles coronaron a su primo, Felipe de Valois (1293-1350). En 1337, Eduardo III (1312-77), rey de Inglaterra, reclamó sus derechos al trono francés, debido a que su madre, Isabel, era hermana de Carlos IV. En 1337, el rey de Francia confiscó los terrenos de Eduardo III en el país, lo cual motivó el estallido de la guerra.

LA PRIMERA INVASIÓN La flota inglesa derrotó a la francesa en la batalla de Sluis (1340), lo que otorgó a Eduardo III el control del canal de la Mancha, el estrecho marítimo que separa Francia de Inglaterra. Desde sus bases en la costa norte de Francia, los soldados asediaban y destruían pueblos franceses.

VICTORIAS INGLESAS: Al comienzo, los ingleses obtuvieron grandes victorias. En 1346 los arqueros ganaron frente a la caballería francesa la importante batalla de Crécy, en el norte de Francia. En 1355, los ingleses, encabezados por el hijo mayor de Eduardo III, el príncipe de Gales (1336-76), vencen nuevamente a sus enemigos. Eduardo era conocido también como el Príncipe Negro debido al color de su armadura. En 1356, en la batalla de Poitiers, en Francia central, el príncipe de Gales obtuvo otra gran victoria. El rey francés Juan II (1319-64) fue capturado durante la batalla y se pidió por él un rescate de 4 millones de coronas de oro.

EL TRATADO DE BRETAÑA Tras una serie de derrotas, los franceses terminaron por aceptar la devolución a Eduardo III de sus territorios en Francia por medio del tratado de Bretaña. El rey inglés desistió de sus pretensiones al trono y rebajó el rescate por el rey francés de 4 a 3 millones de coronas de oro.

MUERTE DE EDUARDO III: La muerte de Eduardo III (1377) determina una tregua. Como los ingleses no disponían de hombres suficientes para controlar sus territorios en Francia, los franceses recuperaron muchas tierras.

ENRIQUE V: Al cabo de 38 años, la guerra se reinició. Enrique V (1387-1422), el hijo mayor de Eduardo III, vuelve a reivindicar los derechos al trono francés. En la batalla de Azincourt (1415), las reducidas fuerzas de Enrique logran vencer a un gran ejército francés. Como el Príncipe Negro, Enrique V utilizó a la perfección a los arqueros. Bajo su mando, los ingleses ganaron muchas batallas.

EL MATRIMONIO DE ENRIQUE V Enrique V ocupó gran parte del norte de Francia, forzó al rey francés Carlos VI (1368-1422) a desheredar a su único hijo, el Delfín, y a nombrar a Enrique como heredero del trono francés. Enrique V se casó con la hija del rey de Francia, Catalina de Valois y, según lo estipulado en el tratado de Troves, se reconoció que el hijo de ambos debía ser rey de Francia e Inglaterra. Sin embargo, Enrique V murió tan sólo 15 meses después de su boda. Dejaba un hijo, quien se convertiría en Enrique VI de Inglaterra (1421-71). Cuando el rey francés Carlos VI murió, ese mismo año, el infante Enrique VI de Inglaterra no heredó el trono de Francia.

JUANA DE ARCO
Una joven campesina francesa conocida como Juana de Arco (1412-31) dominó la última etapa de la guerra de los Cien Años. Decía haber tenido visiones y escuchado voces que le ordenaban salvar a Francia de sus enemigos. Juana acudió en ayuda del hijo desheredado de Carlos VI, el Delfín (heredero al trono francés). Al mando de las fuerzas de éste, Juana de Arco condujo a los franceses a la victoria.

EL SITIO DE ORLEANS
En 1429, Juana de Arco levantó el sitio de Orleans y logró que Carlos VII (1403-61) fuera coronado rey de Francia. Pero Juana fue capturada por los borgoñones, aliados de los ingleses, quienes la vendieron a Inglaterra. Juana de Arco fue sometida a un juicio por brujería y quemada en la hoguera como hereje en 1431, a la edad de 18 años, en la ciudad francesa de Rúan.

FIN DE LA GUERRA Las ludias continuaron intermitentemente durante algunos años. Alrededor de 1453, los ingleses sólo conservaban en Francia el puerto de Calais. La guerra de los Cien Años había terminando. A pesar de ello, los reyes de Inglaterra continuaron llamándose a sí mismos “reyes de Francia e Inglaterra” hasta 1801.

Fuente Consultada:
Civilizaciones de Occidente Tomo A y B Jackson Spielvogel
La Aventura del Hombre en la Historia Tomo 1
Historia del Mundo Grupo Z Multimedia DK
Atlas de la Historia del Mundo Kate Santon y Liz McKay
Gran Enciclopedia de la Historia Todolibro

Ver: Juana de Arco y El Final de La Guerra de los 100 Años

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