El Arte Rococo Origen del Estilo Historia y Características





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ARTE: ORIGEN E HISTORIA DEL ESTILO ROCOCÓ

El arte rococó: El refinamiento y la elegancia de las cortes europeas del siglo XVIII se vio reflejado en el arte rococó. El espíritu ligero y aparentemente despreocupado del siglo XVIII se refleja en el rococó. Toda realización artística existió entonces en función de la frivola vida sans souci, o “sin preocupaciones” (nombre que el rey filósofo Federico II puso a su residencia de campo cerca de Berlín). En efecto, se quiso huir de las preocupaciones cotidianas para volver a crear, en la naturaleza o en un interior esmeradamente decorado, el soñado marco de la alegría de vivir.

Un estilo esencialmente decorativo: El término “rococó” deriva del francés rocaille, que puede traducirse como rocalla, dibujo en forma de valva de ostra, elemento principal de la decoración rococó. Esta forma, al combinarse con elementos vegetales, adquirió un carácter antinaturalista y fantástico. Este tipo de decoración se empleó en los techos y en las paredes de los palacios, complementada con grandes espejos dorados y suntuosos cortinados.

Durante el reinado de Luis XV, el estilo presenta innumerable cantidad de curvas y contracurvas y es muy recargado; en la época de Luis XVI aparecen, en cambio, líneas rectas y ciertos elementos decorativos de origen greco-latino que se vinculan con el descubrimiento de la ciudad romana de Pompeya. Este gusto por una mayor sobriedad se relaciona también con la presencia del racionalismo burgués expresado en las ideas de la Ilustración.

En la pintura y la escultura los personajes son representados con mucha elegancia y la naturaleza está idealizada. La pintura desarrolló diferentes temas, entre los que predominaron el retrato, los temas mitológicos, las escenas cortesanas y el paisaje. Este último tuvo gran desarrollo en Venecia, donde pintores como Canaletto y Guardi captaron distintas vistas de la ciudad y diferentes ceremonias que se desarrollaban en sus calles y plazas.

En Francia, lugar de origen del arte rococó, sobresalieron Watteau, Fragonard y Boucher, que pintaron escenas aristocráticas y cortesanas.

Durante el siglo XVII, el barroco alcanzó un brillante desarrollo: tradujo de modo exuberante y artístico el espíritu de la Contrarreforma y el absolutismo de los soberanos. Después cambiaron las costumbres y el espíritu arquitectónico hizo lo mismo; así, en el siglo XV el barroco se transformó en rococó.

El columpio (detalle). Óleo de Jean-Honoré Fragonard (1732-1806).
A partir de 1767. Fragonard comenzó a pintar una serie de paisajes, retratos y escenas a la que llamó Fiestas galantes. De esa serie, El columpio fue su obra más conocida.

Estuco: Masa de yeso y agua de cola que se utiliza para hacer esculturas y relieves en muros y bóvedas, así como objetos que luego se doran o pintan. También recibe ese nombre la masa de yeso fino, cal apagada y polvo de mármol con la que se revocan paredes, que luego se pintan o barnizan.

Salón con decoración rococó de la academia del Teresianum, en Viena.
El mármol simulado, los estucos y las maderas pintadas son recursos decorativos habituales en el estilo rococó.

Vista de San Marcos desde San Giorgio Maggiore. (detalle)
Óleo de Canaletto (1697-1768).

Las pinturas de Canaletto constituyen un documento gráfico de gran exactitud. Al dibujo minucioso de los edificios y de otros elementos representados, Canaletto agregaba un cuida­doso trabajo para representar las características atmosféricas y los detalles de color. El conjunto, sin embargo, no sólo produce un efecto realista. La composición de la imagen y el uso del color le confieren teatralidad, un rasgo característico de la pintura del siglo XVIII.



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Retrato de Mademoiselle Henriette. Óleo de Jean-Marc
Nattier (1685-1766), 1754.

El retrato fue el género pictórico más desarrollado durante el siglo XVIII. La monarquía y los miembros de la nobleza y la alta burguesía encargaban a los artistas retratos que expresa­ran sus ideales de vida. El retrato de Mademoiselle Henriet­te, princesa de la casa real francesa, muestra las característi­cas de estas pinturas destinadas a engalanar los ambientes de las residencias de la nobleza.

Mademoiselle Henriette, vesti­da con ricas telas, aparece delante de un enorme cortinado mientras se dispone a tomar el cello. El pintor la ha retratado como si la hubiera sorprendido tocando música y ella en rea­lidad no hubiera posado. Los instrumentos musicales presen­tes —detrás del cortinado se asoma un clave— sirven para convertir a la joven en una alegoría de la música.

Gules. Óleo de Antoine Watteau (1684-1721), 1717.
Watteau fue uno de los máximos representantes del arte rococó. En esta obra, cuya figura central es un payaso, rompe con los esquemas tradicionales de tomar como protagonista a un rey, a un santo o a algún otro personaje destacado.

PARA SABER MAS…

Este nuevo estilo es fiel reflejo de las tendencias de la época: durante este siglo de los filósofos, la Iglesia y el absolutismo sufrieron duros golpes. La nobleza, que se sentía más independiente, empezó a hacer encargos a los artistas. Al mismo tiempo, la fastuosa vida de la corte cedió el paso a la vida de los salones, más íntima. Los salones, que gozaron de inigualable favor, permitieron valorar al «hombre culto».

Tanto en las conversaciones como en el arte, la solemnidad desapareció y dio paso al desenfado. Mientras que el barroco sólo tendía a impresionar a la masa, el rococó quería, sobre todo, agradarle. Abusó de la concha y la rocalla (de rocaille, trabajo en roca), hasta el punto de que los admiradores del clasicismo llamaron burlonamente «rococó» a este estilo.

El rococó fue, esencialmente, un arte de interiores. La estructura exterior de un edificio podía conservar un orden severo y clásico, pero el interior estaba totalmente concebido en estilo rocalla.

En Francia, Luis XV se mostró tan entusiasta de este estilo que mandó transformar toda un ala del Palacio de Versalles e hizo decorar numerosos saloncitos íntimos al gusto de la nueva moda. Las paredes se dividieron en paneles enmarcados por decorativos revestimientos de madera. Para esto se empleó más la madera y el estuco que el mármol, porque estos materiales se prestaban más a las curvaturas atormentadas.

El barroco ya había destronado la línea recta en benefic’ ) de la curva. El rococó hizo más: la sustituyó definitivamente por un juego de líneas ondulantes. Además, se dio preferencia a los delicados tonos pastel y al dorado (e incluso al blanco), de modo que los interiores se hicieron más alegres y agradables. Los muebles, artísticamente taraceados y llenos de gracia y refinamiento, subrayaron, también, el carácter íntimo y alegre del interior rococó.

Este estilo no se limitó a Francia, sino que también se implantó firmemente en Alemania, sobre todo en el sur. Famosos arquitectos como Baltasar Neumann (1687-1753) y Dominikus Zimmermann (1685-1766) construyeron iglesias en las que aplicaron con la mayor perfección estos nuevos conceptos. Lograron combinar en un conjunto armonioso los elementos arquitectónicos y decorativos.

Con la iglesia de peregrinación de Vierzehnheiligen, Neumann alcanzó, indudablemente, la cúspide de esta elegante arquitectura religiosa. De dimensiones sin duda más modestas y de concepción más rústica, la iglesia de Wies (cuya nave reproducimos en la página de la derecha), que fue proyectada por Zimmermann en 1745, es otra joya de la arquitectura rococó.

Iglesia Weiss Estilo Rococo

La atmósfera de pomposa exuberancia que reina en estos lugares está aún más subrayada por los efectos de luz producidos por el juego del sol en las ventanas sabiamente dispuestas. Viendo estas líneas atormentadas, con magníficos frescos y doradas estatuas, se podría creer que los arquitectos quisieron mostrar a los peregrinos un rincón del paraíso.

El rococó también influyó en las demás artes. Por la delicadeza de formas y colores, pintores como Jean-Antoine Watteau (1684-1721), de Valenciennes, testimoniaron los conceptos de vida refinada y la alegre despreocupación de su época.

Pero examinemos de cerca un cuadro de Watteau: el indefinible matiz de melancolía del que están impregnados sus galantes personajes de desenfadado aspecto, a veces nos sugiere la idea de que danzan sobre un volcán. Esto nos hará deducir también que el siglo xviii intentó, sin duda, huir de las preocupaciones cotidianas y regresar a la naturaleza.

La obra de Watteau ejerció gran-influencia sobre Boucher, Fragonard y el inglés Gainshorough. El maestro de la pintura sobre bóveda Juan Bautista Tiépolo, un veneciano que tuvo un éxito colosal, fue otra gran figura de esta época. Sus frescos, por lo general alegóricos, destacan por su movimiento, sus vivos colores y su resplandeciente luminosidad.

En el adorno de los interiores se utilizó tanto la escultura como el grabado, del que el antuerpiense Verbercht dejó en Versalles ejemplares especialmente logrados. Además, las porcelanas, pintadas o no, de Sévres, cerca de París, o de Meissen en Sajonia, estuvieron muy de moda. Todavía hoy estas gráciles figurillas llenas de gracia siguen siendo buscadas por los coleccionistas.

Por último, con su música fresca, graciosa y radiante, compositores como Haydn y Mozart quisieron no sólo animar esta vida frivola, sino también representarla.

Fuente Consultada: Historia 2 El Mundo Moderno (Desde el siglo XV hasta comienzos del XIX) Omar Bagnoli y Otros.




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