Historia del Matrimonio Origen del Uso del Anillo y Arrojar Arroz





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HISTORIA DEL MATRIMONIO
Arrojar Arroz y Uso del Anillo

CUANDO UN HOMBRE Y UNA MUJER SE AMAN. CUANDO UNA PAREJA PIENSA SU VIDA EN FUNCIÓN DE DOS PIENSA TAMBIÉN, CASI NATURALMENTE, EN EL MATRIMONIO.

PERO ESTO NO SIEMPRE FUE ASI, EN LA PREHISTORIA UN SEÑOR BASTANTE POCO CABALLEROSO RAPTABA POR FUERZA A LA MUJER DE SUS SUEÑOS. MAS TARDE. EL RAPTO NO ERA EN ABSOLUTO RENTABLE, PORQUE YA MIL AÑOS ANTES DE CRISTO, LA GENTE SE CASABA PARA ENRIQUECERSE MEDIANTE EL SISTEMA DE LAS DOTES.

REALIZABA ASI FUERTES ALIANZAS FAMILIARES, AMPLIABA SUS DOMINIOS TERRITORIALES Y TENIA LEGÍTIMOS VÁSTAGOS QUE LOS HEREDABAN. HOY, LA MENTALIDAD HA CAMBIADO Y LA INSTITUCIÓN MATRIMONIAL TAMBIÉN.

NOS ACERCAMOS, PARECE A LA ÉPOCA DEL “MATRIMONIO A LA CARTA”. ARREGLADO Y PROYECTADO ESTRICTAMENTE POR QUIENES LO INTENTARAN: LA PAREJA Y AQUELLO QUE LOS UNE.

matrimonio a principio de siglo xx

Breve Historia del Matrimonio

Paradójico y vacío de amor, arreglado por los padres de los novios o negociado por casamenteras profesionales, con todas la variantes que ha tenido en cada época y lugar, el matrimonio ha resistido hasta hoy por marcar la entrada en cierto orden social que aseguraba también la correspondencia con el orden del Universo.

Motivos muy precisos y deberes muy claros tuvo la gente durante siglos para casarse: hacerse rico por medio de una dote (era el modo más honorable), realizar alianzas entre las distintas familias, ampliar dominios territoriales y tener hijos legítimos que, como tales, perpetuarían de forma civilizada el núcleo de la tribu o sociedad.

Pero sucede que la unión entre una mujer y un hombre ha sido siempre el símbolo de la vida; el matrimonio, por tanto, ha tenido también un significado ritual y sacro, entendiendo por sacro aquello que no muta en el tiempo y cuyas motivaciones son presentes pero también futuras.

De amor ni hablar. Los sentimientos que podrían haber sentido ciertos cónyuges no quedaron registrados en ningún texto laico o religioso anterior al siglo XV, tiempo de Cristóbal Colón. Matrimonio-patrimonio fue la rima predominante desde la prehistoria: armonizaba con lo humano y también con lo divino.

Aquella mujer que fuera comprada por el cazador-jefe de una tribu prehistórica, tenía alimentación asegurada (eran tiempos de escasez y pocos recursos) y el respeto absoluto de sus congéneres. El cazador, por su parte, como todos los hombres del mundo hasta la modernidad, tenía pleno dominio sobre su esposa.

Desde siempre –aunque algunos historiadores sostienen que hace 10.000 años atrás la gente vivía en la más libre promiscuidad sexual y se producían matrimonios por rapto- las familias negociaron para obtener del matrimonio réditos económicos. En algunas sociedades primitivas, los padres de la novia cambiaban objetos con los padres del novio y de este intercambio nació el sistema de matrimonio por dote que prevaleció en Babilonia, Grecia y Roma.

adan y eva primer matrimonio

Si tuvieramos que  poner un punto de partida simbólico a la historia del matrimonio, deberíamos pensar en Adán y Eva. Desde la mítica manzana, mucha agua corrió bajo los puentes de la relación hombre – mujer.



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Breve Historia del Matrimonio

Con una fuerte moral impuesta más tarde por la Iglesia Católica, el matrimonio atravesó la historia erigido como un deber cívico que había que cumplir a rajatablas. A nadie se le ocurrió, antes del siglo XVIII en pleno auge del romanticismo, el tiempo en que Goethe escribió Werther, el joven enamorado de la casada Carlota, pensar que la felicidad se hallaba en el matrimonio. Ni el amor, ni siquiera los buenos tratos formaban parte de la realidad matrimonial.

Esa realidad ha cambiado, está a la vista. Ahora, existe en las parejas el doble deseo de la felicidad, una búsqueda de una libre expresión amorosa y también personal, todo sin perturbar la autonomía individual del otro. Este cambio de mentalidad operado desde tiempo atrás produjo que el matrimonio como institución esté, al menos en Europa, “totalmente obsoleto de aquí al año 2000”, según un reporte de la asociación británica One plus One y un estudio del Instituto Nacional de Estudios Demográficos de París (INED).

La pareja, es claro, no desaparecerá sino que al estar establecidas otras formas de unión la institución fundamental de la sociedad pasará a ser la familia, no el matrimonio. Ya no se trata de un intercambio de obligaciones ni de una relación semiamistosa entre los esposos que tienen el deber de procrear. Por eso, el modelo matrimonial que dominó casi 2.000 años de historia, tal parece que tendería a desaparecer.

La nueva fórmula parece difícil de practicar en este final de siglo, pero ya está impuesta en todo el mundo. El matrimonio acaso sea “a la carta”, de acuerdo con el gusto del consumidor, y sus ingredientes serían entonces mucho amor y responsabilidades compartidas, todo mezclado con la justa medida de libertad individual.

MATRIMONIO – PATRIMONIO
El divorcio existe desde que existe el matrimonio; fue su sustento. Hablamos de tribus primitivas, de egipcios, griegos y romanos que vivieron cientos de años antes de Cristo. No se trataba, es claro, de un divorcio legal entendido en 1993 sino de la separación de los cónyuges. Pero tratándose de pactos, alianzas, deberes y obligaciones era de esperar que hombres y mujeres se unieran para un día romper el contrato e intentar otro negocio.

Tampoco existían pruritos respecto de segundas nupcias e incluso terceras. Cupido podía errar su flechazo, pero la posibilidad de hacer un buen arreglo para pasar el resto de los días en una buena posición seguía vigente tanto para los señores como para las damas.

cupido y el amor matrimonial

Breve Historia del Matrimonio

Hasta el siglo III en la Italia romana y pagana, el matrimonio era una institución privada: no había que presentarse ante un juez o un sacerdote, no era un acto escrito (sólo se establecía la dote por anticipado) ni había nada considerado de rigor. Era como entre nosotros el compromiso. Y el divorcio en ese entonces se estipulaba del mismo modo: bastaba con que el hombre o la mujer se separase y quisiera romper el acuerdo.

Como además las divorciadas recobraban su dote, los divorcios eran muy frecuentes en la clase alta romana. César, Ovidio, Claudio y Cicerón, se casaron tres veces. Se cuenta que Nerón, le “prometió” su esposa Livia al futuro emperador Augusto.

Después de la consolidación de la Iglesia, las condiciones se agrávarón para los futuros esposos. Había que ser consecuente con las exigencias morales referidas a los deberes matrimoniales pues la institución debía ser mantenida a cualquier precio. Así fue como el matrimonio hizo su entrada en Occidente en los primeros siglos de nuestra era. Ambos cónyuges debían ser agentes de la moral y permanecer unidos pero la ley romana, a pesar de la Iglesia, autorizaba el divorcio.

Tras la caída del Imperio Romano, a partir del siglo V, la pareja bien avenida era la réplica en miniatura de la armonía social y orden cívico. La separación, por tanto, empezó a ser mal vista. Eran tiempos violentos en los que había que preservar la vida y todas las medidas tendían a evitar la ruptura del matrimonio. “Un hombre que se divorcia de su mujer admite que ni siquiera es capaz de gobernar a una mujer”, se decía.

Unos setecientos años después de Cristo, tanto en los hogares cristianos como en los pueblos de Oriente Próximo un joven “entraba al mundo” cuando se casaba. El matrimonio era arreglado por sus padres desde su adolescencia; elegían una futura esposa oficial para su hijo que estuviera socialmente a su altura y, para asegurar la alianza familiar, la parentela tenía en cuenta los bienes y recursos de ambos adolescentes. Y a partir de entonces, lo que era unido por Dios, nada lo podía separar. Entre los años 814 y 840, la Iglesia prohibió totalmente el divorcio.

Algunas costumbres se arraigaron fuertemente en el rito matrimonial como la fiesta (hubo tiempos de banquetes que duraban tres días) y los regalos de bodas. Aun hoy es impensable una fiesta sin regalos; su valor indica la clase económica de los recién casados y la de los invitados.

Además, la Iglesia fue introduciendo paulatinamente estrictos procedimientos a partir del siglo XII, en la época de los señores feudales: había que separar el compromiso de la boda, hacer la promesa de matrimonio frente a testigos, publicar bandos y por último realizar una solemne ceremonia nupcial en la Iglesia. El matrimonio cristiano fue bendecido como sacramento en el Concilio de Letón de 1215.

AMORES DE FIN DE SIGLO
De golpe, hacia el final del siglo XVIII el control del matrimonio pasa de la Iglesia al Estado: había que casarse primero ante la ley y después religiosamente. Esto marcó un hecho importante porque la Iglesia perdió el control de uno de sus privilegios más preciados: llevar registro del nacimiento, matrimonio y muerte de las personas, responsabilidad adjudicada a los municipios hasta la actualidad.

Finales del siglo XX. Cambios profundos en la mentalidad humana y en la sociedad. La vida, sin embargo, sigue igual, regulada por el hilo conductor del nacimiento, la adolescencia, el matrimonio y la muerte.

Este hilo conductor, de acuerdo con el investigador del comportamiento humano Vittorino Andreoli, pone en evidencia tres modelos matrimoniales elaborados por la humanidad: el primitivo modelo matrimonio-patrimonio, el matrimonio religioso y el de la sociedad actual donde las motivaciones se encuentran en el vivir al día, donde el valor de los afectos se mide según la cultura de las decisiones provisorias y reversibles, donde la lógica, en suma, es la del control remoto: cambiar el programa que nos aburrió o no nos gusta más por otro mejor.

Sin embargo, la convivencia resulta el modo de vida más protector. Las personas casadas tienen una mejor alimentación, mantienen mejor su salud y tienen una mejor inserción social y la encuesta ha revelado además que las tasas de mortalidad fluctúan de acuerdo con el estado civil de la gente: quienes viven en pareja presentan más esperanzas de vida que los divorciados/as, solteros/as o viudos/as. Y la mortalidad aumenta, por diversas causas, en un 80% para los hombres y un 50% para las mujeres.

Hoy no existe hostilidad hacia el matrimonio y las parejas siguen unidas, sólo la institución matrimonial tiende a desaparecer como tal. Hombres y mujeres eligen la mejor forma de relacionarse casándose civil y religiosamente, si lo prefieren. Demógrafos y sociólogos ya no hablan de concubinato sino de cohabitación cuando se menciona a la convivencia y señalan que existe, incluso, un reflote en el matrimonio, aunque no es significativo.

Aquella puesta desplegada en escenarios antiguos donde el matrimonio era una imagen familiar –alianza de dos linajes y dos patrimonios– se traduce ahora en una puesta en escena de la pareja. Es allí y no en los progenitores donde se encuentra el poder de la unión entre un hombre y una mujer. En los sentimientos, en el establecimiento de un vínculo afectivo, un matrimonio acordado por ambos, con responsabilidades compartidas y proyectos comunes. Un matrimonio de amor y deberes. Una unión “a la carta”.

UN ANILLO PARA LA ETERNIDAD:

En las primitivas sociedades guerreras donde la conquista era primordial, si un joven deseaba a una chica, debía literalmente conquistarla. No hablamos de galanteos sino de posesión, como la territorial. El joven en cuestión, entonces, debía diseñar un gran círculo en la tierra, una especie de ring (que quiere decir anillo) y meter dentro a la chica.

Después, invitaba a cualquiera a batirse con él, a pelear por ella, rito y ceremonia realizada delante de toda la comunidad. La lucha se desenvolvía en aquel ring y, quien era echado fuera del círculo, perdía todo derecho sobre la mujer. El conquistador, ni bien terminaba la peiea, adquiría el dominio sobre la mujer y se celebraba la unión.

El círculo, aquel simbólico anillo no era otra cosa que la representación de una conquista. Pero el concepto de lucha está presente aun cuando la conquista sea actual y de carácter puramente psicológico. La literatura es rica en ejemplos de conquistadores de corazones femeninos.

El anulo de oro, característico de la unión matrimonial, es un objeto que se encuentra.en muchos ritos cristianos y, sin embargo, el significado de eternidad que posee –por carecer de principio y de fin– proviene de las conquistas, de aquellas sociedades en que la posesión también era eterna.

El anillo de oro adquiere entonces poderes mágicos mantenidos en el tiempo: en la Roma Antigua se llevaba en el dedo anular de la mano izquierda porque, según una antigua concepción médica de los egipcios, había un nervio que se dirigía directamente al corazón.

PARA VIVIR OTRAS LUNAS
Amor que destruye, amor maléfico, amor influenciado por la Luna. Tales eran las creencias del siglo VIII en pleno auge de la brujería femenina. Las mujeres -se pensaba- pertenecían al Cosmos y estaban, por tanto, poseídas por fuerzas del Infierno y de la noche. Su ciclo, ¿no es acaso de 28 días como el de la Luna?.

Cuando un eclipse de Luna se producía, el terror se apoderaba de todos: las mujeres dejarían de tener hijos y la especie humana estaría pronta a desaparecer. Para conseguir entonces que la Luna volviera a salir con su luz de las profundas tinieblas, se realizaban ceremonias con cánticos y ruidos tituladas vince luna (Luna, tuya es la victoria).

El concilio de Leptines condenó estas ceremonias en el año 744 y precisó al respecto que algunos sostenían que “las mujeres se entregan a la Luna para lograr apoderarse del corazón de los hombres igual que hacían los paganos”. De hecho, la mujer seguía siendo todo un misterio maléfico y benéfico, puro y destructivo sí, pero misterio al fin.

Por eso, cuando los jóvenes se casaban, debían beber una copa de hidromiel -el alcohol procedente de la fermentación de la miel– a fin de apaciguar los miedos, las angustias y a los dioses.

Este filtro del amor tenía que darles el coraje suficiente para penetrar en otro gran misterio: el de la carne. Así surge la reveladora expresión Luna de miel, ese primer acercamiento de los recién casados en el que sienten su coincidencia con el Universo al desaparecer el uno para aparecer en el otro. Así, también, quedaba exorcizada la furia del amor para que juntos pudieran vivir muchas lunas más y para cooperar en la salvación del orden del mundo.

¿Por qué les lanzamos arroz a los novios?

Los romanos les lanzaban nueces, dulces o trigo a los novios que se dirigían a casa al finalizar la ceremonia, para augurarles fertilidad. En algunas regiones de Alemania aún existe esta costumbre, pero los invitados le entregan las nueces a la novia en lugar de arrojárselas; en otras, se les coima de regalos de diversa índole, como dulces, pastelitos y puñados de arroz.

Leer Mas Sobre Esta Tradición

matrimonio oriental

En la actualidad, el matrimonio puede celebrarse con una infinidad de rituales que combinan, incluso mas de una religión. En este caso, se mezclan símbolos orientales y cristianos.

Ceremonia matrimonial en Corea. Según la tradición de muchos países asiáticos, las distintas familias “decretan” el casamiento de sus hijos, incluso desde antes de su nacimiento.

A comienzos de siglo, el banquete era uno de los momentos esenciales en todo casamiento. El que vemos en la foto fue celebrado en 1909, en la Bretaña francesa.

EL MATRIMONIO COMO INSTITUCIÓN:
La responsabilidad compartida: Si los viejos valores que sostenían la institución matrimonial están en crisis, hay que aprender a buscar otros nuevos compartiendo responsabilidades.

arroz a los novios

Breve Historia del Matrimonio

“Yo estoy en completo desacuerdo con el feminismo. Creo que la mujer es más débil que el varón, y esto hay que aceptarlo como un hecho. Por eso, en mi matrimonio dejo que mi marido asuma todas las responsabilidades económicas.

Mi trabajo —que no es poco— se concentra en los cuidados del hogar, en las tareas domésticas, en la educación de los chicos. ¿Que no soy moderna? No me interesa ser moderna, si por tal se entiende trabajar en labores masculinas. Prefiero que me crean chapada a la antigua, y conservar así la serenidad de mi matrimonio.”

SÍ, PERO…
Que cada uno puede elegir su estilo de vida es cierto. Pero a la mujer que opina como la del ejemplo precedente se le podría decir: “Sí, pero… ¿acaso su actitud conserva la serenidad del matrimonio?”

Sea cual fuere la actitud que se adopte frente a la responsabilidad de casarse, hay que tener en cuenta algo esencial: hoy la institución del matrimonio está en crisis. Se discuten sus fundamentos y los valores que la sostenían. Y aunque una pareja crea aferrarse a aquellos fundamentos y valores tradicionales, muchas veces éstos tambalean por la misma presión social.

Hasta hace pocos años los roles del hombre y la mujer en la sociedad estaban definidos claramente, casi podría decirse que separados en compartimientos estancos.

Entonces era bastante lógico que, desde el momento en que se casaba, el hombre se hacía completamente responsable de su mujer y de sus hijos, dado que era el sostén económico del hogar. Por consiguiente, su deber era proteger y alimentar a toda la familia.

La mujer, por su parte, debía posibilitar  sin mayores muestras  de placer la satisfacción sexual de su marido. Al mismo tiempo debía organizar la vida doméstica —cuidar de la casa, de las comidas, de la ropa, etc.—. Y su responsabilidad con respecto a la crianza de los hijos era mayor.

Es decir que esta especificación de roles, apoyada por los esquemas de la sociedad burguesa, hacía que las personas se sintieran más seguras, tal como lo afirma la antropóloga Margaret Mead. La razón es simple: el hombre conocía sus obligaciones: la mujer, las suyas. Y éstas eran aceptadas sin mayores discusiones.

Pero hoy las cosas son distintas. Al cambiar el papel del hombre y de la mujer dentro de la sociedad, al aceptarse un sinnúmero de derechos femeninos que antes no se aceptaban, aparecen dos proyecciones diferentes:

1. La primera, positiva, se refiere a la evolución de los individuos de ambos sexos hacia mayores posibilidades de realización.

2. La segunda, negativa, se refiere justamente al derrumbe de valores tradicionales. A menudo se confunden las cosas, y la polémica se profundiza. Aparece la inseguridad. Y al mismo tiempo las crisis de las instituciones tradicionales: entre ellas el matrimonio.

De manera que adoptar hoy el rol de una mujer del siglo pasado constituye una especie de desincronización con la época en que vivimos. El matrimonio no tendrá más o menos tranquilidad porque la esposa elija una actitud pasiva. Al contrario: su equilibrio profundo dependerá de que ambos cónyuges aprendan a compartir responsabilidades.

UNA EMPRESA AFECTIVA
El matrimonio es, en cierto modo, una empresa. Y como tal necesita de la organización necesaria. Pero esto no quiere decir una disciplina rígida que defina derechos y obligaciones de manera absoluta.

La empresa conyugal tiene una connotación afectiva que no puede ni debe olvidarse. En base a esta connotación afectiva podrán compartirse las responsabilidades de todo tipo.

Las dificultades pueden presentarse en la coordinación de las distintas actividades. La mujer que trabaja fuera de la casa, por ejemplo, tendrá menos tiempo para atender su Rogar. Y si el marido también trabaja fuera, no puede exigírsele que sea él quien se ocupe de este aspecto.

Aquí, si bien la paciencia y tolerancia de ambos puede obrar de modo efectivo, también hace falta una colaboración exterior. La del Estado. Si éste crea guarderías gratuitas, escuelas primarias de doble turno, la industrialización del servicio doméstico, equipos de limpieza a domicilio, comedores comunes y otras comodidades que algunos países —sobre todo los escandinavos— ya disfrutan, muchos problemas del matrimonio quedarán solucionados.

LOS TRES CÍRCULOS DE LA CONDUCTA
Pero que los aspectos prácticos del problema no nos hagan olvidar los aspectos emocionales. La responsabilidad también se comparte en lo afectivo. Ambos, hombre y mujer, deben brindarse cariño, ternura, comprensión y apoyo.

Dentro del aspecto sexual hemos insistido con frecuencia en la necesidad de llegar a una adaptación que permita a ambos disfrutar de su unión. Y también explicamos que si muchas veces esa adaptación fracasa es porque fracasan otros aspectos de la vida de relación. Un marido cuya mujer no se interesa en su trabajo o en su actividad creativa puede muy bien sentirse desganado se-xualmente frente a ella. Y viceversa.

el matrimonio

Breve Historia del Matrimonio

Dentro de la vida en general, y de la vida en pareja en particular, podemos considerar los problemas que surgen como tres grandes círculos que representan las conductas básicas del comportamiento. Los tres círculos son interdependientes, se influyen entre sí.

Sólo teniendo en cuenta los tres círculos, sus constantes interferencias y sus mutuas influencias podremos compartir integralmente todas las responsabilidades del matrimonio y buscar nuevos valores que lo sustenten.

 




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