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INTRODUCCIÓN A LA HISTORIA DE LA EDUCACIÓN

La educación argentina nunca estuvo ausente de los temas que preocuparon a los hombres de gobierno del país. La presencia de las universidades de Córdoba y Buenos Aires y el desarrollo de los estudios elementales en todas las provincias, con una trayectoria más o menos afortunada, según las épocas, configuraron el cuadro de la situación educativa con la que se encontraron los hombres que sancionarían la Constitución nacional de 1853. Entonces, la educación era un problema que reclamaba imperiosa solución, por varias razones.

Después de cuarenta años de guerra, que todavía continuarían en el orden interno por casi treinta años más, las medidas que se arbitraran para llevar adelante el programa de la Constitución y concretar el proyecto de país que lo sustentaba requerían una expansión de la educación y de la instrucción como no se la había conocido hasta entonces. El fantasma del desierto que acicateaba la mente de hombres como Alberdi y Sarmiento impulsó un conjunto de ideas que por una vía u otra, para sustantivarlas, necesitaban de la concreción de un sistema educativo eficaz.

Las conocidas consignas de ‘gobernar es poblar’ y de ‘educar al soberano’ planteaban una lucha sin cuartel para combatir el analfabetismo y crear, al mismo tiempo, hábitos y disciplina de trabajo y de aprendizaje constantes para ponerse a la altura del progreso de la época y hacer de la Argentina una nación moderna, sin resignar el papel de la burguesía como clase dirigente ni mucho menos desatender los intereses económicos con que se beneficiarían a través de la inserción del país en la división internacional del trabajo.

Alberdi abogó, sobre todo, por la educación a partir del ejemplo de las naciones más industriosas que se recibiría a través de la inmigración, el tendido de los ferrocarriles y la codificación, con una confianza mayor en estos elementos que en un proceso expandido de alfabetización. Sarmiento, sin descuidar la importancia del ejemplo de los inmigrantes, apostó con la misma fuerza a otorgar los beneficios de la instrucción y la educación pública al mayor número posible de personas.

En ello estaba la base de la socialización y también del disciplinamiento de las nuevas generaciones como ciudadanos. La Argentina de entonces se enfrentaba, además, a otros requerimientos. Por cierto, la universidad cubría las necesidades de formación de la clase dirigente, pero la organización de la nación sobre la base del programa constitucional reclamaba un plantel de funcionarios administrativos que constituyeran la indispensable burocracia estatal.

Esta circunstancia implicaba la preparación de personas que pudieran desempeñarse con eficacia adecuada; esa era la misión que debería realizar la escuela secundaria, además de cumplir funciones de institución preparatoria para los estudios universitarios y aún más para dotar a los estudiantes de un necesario y suficiente bagaje de cultura general, como para manejarse con soltura en todos los órdenes de la vida.

Con el país definitivamente unificado después de Pavón y Bartolomé Mitre en la presidencia de la República, llegaría la hora de propiciar, especialmente, la fundación de colegios nacionales, uno de cuyos objetivos sería el de proveer el personal para la administración pública y con ello serían satisfechas, además, las aspiraciones de ascenso social y político que alentaban los sectores medios tanto del interior como del Litoral.

A partir de la creación del Colegio Nacional de Buenos Aires (1863) sobre la base del antiguo Colegio de Ciencias Morales rivadaviano, como un instituto integral que aunaba en su oferta educativa las humanidades y las ciencias, se fundaron, a su semejanza, hacia fines de 1864, los de Catamarca, Mendoza, Salta, San Juan y Tucumán y más adelante los del resto de las provincias. Un plan de instrucción pública general y universitaria (1865), que finalmente no se llevó a cabo por los trastornos derivados de la guerra con el Paraguay, apuntaba a la articulación completa de todos los niveles del sistema educativo de acuerdo con las orientaciones auspiciadas por Mitre.

Respecto de la escuela primaria, sería durante la gestión de Sarmiento, sucesor de Mitre al frente del gobierno nacional, cuando recibiría nuevo impulso con la aparición de las escuelas normales destinadas a la formación de maestros. La primera, fundada en Paraná en 1870, se constituiría en el modelo a seguir en el resto de las jurisdicciones y echaría las bases de una mística pedagógica que impregnaría todo el desarrollo educativo argentino a lo largo de los siguientes cien años. Pero ese desenvolvimiento no sería fácil ni estaría libre de marchas, contramarchas y propuestas de reforma, ni la educación escaparía como ámbito, a servir de caja de resonancia de las confrontaciones políticas, ideológicas y de intereses de clase que estaban en la base de las disputas por el poder y por el rumbo por el que, en cada época, se pretendió guiar a la nación.

LA HISTORIA DE LOS PRIMEROS EDUCADORES EN ARGENTINA

Los franciscanos y la pedagogía de la evangelización. Apenas descubierta América, iniciaron los discípulos de San Francisco de Asís su obra de evangelización, convirtiendo y pacificando a millares de indígenas, enseñándoles los rudimentos de las primeras letras y reuniéndolos en reducciones.Para ello debieron superar, con una constancia sin límites, las dificultades del idioma. Con este objeto aprendieron las lenguas de las razas vencidas y buscaron en ellas palabras o símbolos que hicieran comprensibles los misterios de la fe para la mentalidad nativa.

Fue una obra ejemplar de abnegación y sacrificio la de estos misioneros ignorados, que se lanzaron entre las masas indígenas afrontando muchas veces el martirio y la muerte.

Entre los misioneros de esta orden sobresalió la figura de fray Pedro de Gante, uno de los creadores de la pedagogía de la evangelización. Organizó en México el Colegio de San Francisco, con talleres de artes e industrias, donde centenares de niños aprendieron a leer, escribir, cantar y tañer y se ejercitaron en las diferentes artes manuales.

Con este ensayo aparece por vez primera la idea desarrollada posterior mente en más vasta extensión por el obispo Vasco de Quiroga de una colonia industrial donde el trabajo se realiza en cooperación. Se destacaron también, entre estos religiosos, el fraile flamenco Jodoco Ricki, introductor de las artes y oficios manuales en Quito; fray Luis de Bolaños, que se ocupó con celo infatigable de la evangelización en el litoral guaranítico, y San Francisco Solano, que catequizó en el noroeste quichua.



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Las misiones jesuíticas.  Entre todas las congregaciones Religiosas establecidas en las Indias, se distinguió la Compañía de Jesús por su eficaz obra de civilización.

Los jesuitas, que llegaron a América después que las otras órdenes, constituían ya en el 1700 el principal organismo de cultura y una de las más grandes potencias políticas y económicas del Nuevo Mundo. “A la insustituible jerarquía intelectual que imponen los jesuitas en el siglo XVIII se agrega su fuerza económica y formidable poderío social.

Universidad en la Iglesia Jesuita de Córdoba

La riqueza jesuítica de la época se diversifica en bienes tan variados como las grandes haciendas del valle central chileno, las estancias del Río de la Plata, las enormes fincas rústicas y urbanas de Perú y México, los obrajes paraguayos, peruanos y quiteños y hasta la explotación minera de que disfrutaban en la región del Chocó en la Nueva Granada.

Con las rentas do la gran propiedad inmobiliaria dirigen colegios y misiones que tienen dentro de la vida económica de la Colonia una importancia tan preeminente como la de la orden de los Templarios en la Edad Media europea”.

Desde el convento principal de la Orden, establecido en Lima, avanzó la misión religiosa y cultural de los padres jesuitas hasta las más lejanas e inexploradas regiones del inmenso Virreinato. En el año 1606 se creó la provincia jesuítica del Paraguay, que abarcaba las gobernaciones d Tucumán, Paraguay, Río de la Plata y Chile. Su primer provincial fue el padre Diego de Torres.

Para llevar a cabo su obra civilizadora, comenzaron los jesuitas por pacificar a los indígenas reuniéndolos en reducciones, organismos gobernados por caciques, alcaldes y regidor « indios, bajo la suprema dirección de los misioneros.

El aspecto general de los pueblos jesuitas era análogo: alrededor de una amplia plaza cuadrada o rectangular se agrupaban la iglesia, la casa de los misioneros, las escuelas y los talleres; a espaldas la huerta; a los otros lados, alineadas regular mente, las casas de los indios.

Por medios persuasivos, los integrantes de la Compañía procuraron atraer a los naturales, que eran ocupados en distintas tareas. Los jesuitas ‘supieron aprovechar admirable mente la capacidad adquisitiva y de imitación de los indios para trabajos de artesanos y labores artísticas.

Ya a media dos del siglo XVII había en cada pueblo talleres con herreros, carpinteros, tejedores, pintores, decoradores, estatuarios, torneros y relojeros y hasta grabadores, impresores y fabricantes de instrumentos musicales. Los mismos indios construían violines, flautas, arpas y órganos para sus iglesias. Las tareas, amenizadas con música, cantos y procesiones, se iniciaban al alba y finalizaban al atardecer.

En cada reducción había escuelas y colegios. En 1611 acudían a la escuela jesuita de Asunción unos 400 indígenas. “En la escuela al decir de Bayle se estudiaban las inclinaciones y mañas de los niños, para dedicarlos al arte que mejor cuadraba con ellas, de la escuela salían los músicos, los alcaldes, fiscales, cuanto valía y significaba algo en la administración o en la vanidad. En la escuela se preparaban los actores y danzantes que amenizaban las fiestas y encendían la piedad. En la escuela, finalmente, se moldeaba el corazón y se ilustraba el entendimiento para producir las virtudes cristianas, pasmo de los extraños y legítimo orgullo de los misioneros” .

Con la expulsión de los jesuitas, ordenada en 1767 por Carlos III, fracasaron las misiones por ellos establecidas, que aunque confiadas al cuidado de otras órdenes, se fueron extinguiendo hasta convertirse en ruinas.

Entre la legión de misioneros jesuitas se destacó el padre Roque González (15761628), emparentado con el gobernador Hernandarias, que murió martirizado en Todos los Santos del Caaró (Brasil).

Sobresalieron también entre estos religiosos el ya citado padre Diego de Torres y el padre Alfonso Barzana, que inició su ministerio en el Tucumán en 1585.

Fuente Consultada: Historia de la educación de Manganiello-Bregazzi.




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