La Era del Imperialismo Europeo Colonizacion de Africa y Asia





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RESUMEN IMPERIALISMO EN ASIA Y ÁFRICA

el imperialismo

Causas de la expansión colonial

Formación del imperio británico

Francia y otras potencias coloniales

El reparto de África

Consecuencias de la colonización

La Descolonización

Imperialismo Europeo en Sudeste Asiático

¿Qué es el imperialismo?
En principio, el término “imperialismo” se refiere a la acción de establecer y mantener un imperio. Implica el deseo y la práctica de una potencia de establecerse y dominar territorios que no posee, que, en general, están lejos de la metrópoli, y habitados por otros pueblos. Ese dominio puede lograrse por diversos medios.

El más utilizado por las potencias europeas fue la fuerza: el enfrentamiento armado y la ocupación militar. Sin embargo, también puede ocurrir que la presencia de una potencia extranjera sea considerada por ciertos sectores de la población autóctona como ventajosa para mantener ciertos privilegios. Entonces, puede darse el caso de que esos grupos presten colaboración política a los ocupantes.

Los argumentos utilizados por los europeos para justificar las políticas imperialistas a fines del siglo XIX fueron muchos y variados.

La justificación económica. En aquellos años, las economías europeas estaban ávidas de los mercados ultramarinos: de su mano de obra barata, de sus materias primas y de sus tierras productivas. Esta necesidad llevó a la defensa y a la consolidación de políticas exteriores, que bregaban por el mantenimiento del dominio sobre grandes extensiones de territorio y de numerosos pueblos sometidos.

La justificación por la imagen de la nación. En otros casos, el dominio colonial obraba como una manifestación del poderío nacional y como fuente de prestigio.

La justificación por la misión de las potencias “civilizadas”. Un argumento muy empleado era que los europeos tenían la responsabilidad y el deber de civilizar a los pueblos que sometían. Este argumento descansaba en la oposición entre “civilización” y “barbarie”. Se llegó a sostener que el imperialismo era necesario para lograr un orden mundial pacífico, ya que, con la existencia de naciones “bárbaras”, la paz era un estado excepcional.



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La justificación social. Otra justificación consistía en que, para aliviar a las metrópolis, había que conquistar nuevas tierras donde instalar el exceso de población y colocar los productos de las industrias metropolitanas.

A pesar de la difusión de estos argumentos, el imperialismo nunca logró una adhesión unánime. Desde principios de nuestro siglo, comenzó a ser objeto de controversias. Entre aquellos que condenaban las políticas imperialistas podían encontrarse algunos liberales y, sobre todo, los políticos de izquierda, como los socialistas. Los que condenaban el imperialismo advertían que la búsqueda de la dominación política, de materias primas y de mercados para explotar implicaba violentar a los colonizados y relegaba -cuando no los eliminaba- los intereses de los nativos.

La presencia de las potencias extranjeras implicó consecuencias altamente negativas -muchas de las cuales todavía continúan vigentes- para los pueblos colonizados: los nativos fueron obligados a trabajar hasta el límite de sus posibilidades, los recursos productivos fueron explotados indiscriminadamente, entre otras cosas. Además, muchas veces, sobre todo en África, el dominio colonial significó la destrucción de las tradiciones que constituían el patrimonio cultural de esos pueblos.

Durante los años de apogeo del imperialismo (fines del siglo XIX y comienzos del XX), la realidad colonial también repercutió en las potencias e invadió todos los aspectos de la vida cotidiana en las metrópolis. Las colonias desempeñaban un papel muy importante en la economía y en la política, pero también en la vida cultural de las sociedades metropolitanas. La enorme cantidad de funcionarios, comerciantes, estudiosos, artistas y viajeros de toda clase que circulaban por las colonias difundían en las metrópolis su particular visión de la situación que reinaba en ellas.

Las Potencias Imperialistas
Durante la segunda mitad del siglo XIX, los estados de Europa occidental concentraban una cuota de poder sin precedentes. Este poder -económico, político y militar- permitió a los centros imperiales metropolitanos una importante adquisición y acumulación de personas y de territorios. Hacia 1800, las potencias occidentales poseían el treinta y cinco por ciento de la superficie terrestre. En 1878, la proporción era del sesenta y siete por ciento. En 1914, la superficie dominada por Europa ascendía al ochenta y cinco por ciento del total. En un principio, Gran Bretaña y Francia eran las potencias que poseían mayor poder. Más tarde, también se destacaron Alemania y los Estados Unidos.

A fines de siglo, el Imperio británico era el mayor del planeta: las posesiones coloniales inglesas abarcaban aproximadamente el veintitrés por ciento de la población mundial y el veinte por ciento de la superficie terrestre. Sus dominios más importantes eran la India, Sudáfrica, Australia, Canadá y Egipto y Birmania.
El Imperio francés era el segundo en importancia. Francia ocupaba la mayor parte del África noroccidental y ecuatorial, Madagascar y Somalia. En el sudeste asiático, los franceses ocupaban los territorios que actualmente corresponden a Vietnam, Laos y Camboya.

En la década de 1880, Alemania se incorporó a la carrera imperialista y estableció colonias en los territorios de Togo, Camerún, Namibia y Tanzania. Otros estados europeos (Bélgica, Italia, España y Portugal) también ocuparon territorios, pero en una escala menor: Leopoldo u, el rey de Bélgica, ocupó el Congo y Portugal, dominó Angola y Mozambique. Italia se estableció en Eritrea y parte de Somalia y España tomó posesión de parte del Sahara y Guinea.

El imperialismo también involucró a otras potencias no europeas. A fines de la década de 1890, los Estados Unidos intervinieron militarmente en América Central y el Caribe, y en el Pacífico (Filipinas). En Asia, el Japón inició su expansión hacia las islas cercanas y hacia la costa asiática oriental.

Consecuencias: A menudo la influencia que los europeos ejercieron sobre ellos las zonas dominadas fue enorme y, en ocasiones, devastadora (en el sentido más literal de la palabra). Por ejemplo, las enfermedades que trasladaron los barcos europeos estuvieron a punto de exterminar a algunas comunidades isleñas del Pacífico, hasta entonces protegidas por el aislamiento, del mismo modo que —dos o tres siglos antes— habían provocado una elevadísima mortandad en las Américas. Exponer a toda la raza humana a las mismas infecciones fue una execrable manifestación de la forma en que Europa convirtió el planeta en «un solo mundo». Sin embargo, hubo factores de compensación. La llegada de las enfermedades fue acompañada por la introducción de la medicina científica occidental. Tal vez ahora sus remedios no sean tan impresionantes, pero fueron infinitamente mejores que todo de cuanto disponían en muchas regiones del mundo antes de la llegada del europeo.

Las armas europeas barrieron pueblos provistos tan sólo de lanzas, pero también llevaron un nuevo orden y seguridad a muchas regiones que podían volverse —y al final se volvieron—contra los europeos. Aunque sus consecuencias fueron considerables, en la desorganización de otras civilizaciones probablemente las armas y la tecnología influyeron menos que las ideas europeas.

Los japoneses se vieron obligados a abandonar el aislamiento en que habían vivido con los Tokugawa y a tomar prestadas las ideas europeas. En China y en India las repercusiones de las ideas occidentales fueron aún más trascendentales. En virtud de las presiones de la modernización, concluyeron en China dos milenios de dominio imperial. En India, a pesar de su lenta evolución, los sentimientos nacionalistas fueron deliberadamente esgrimidos por dirigentes que apelaron a ideas occidentales más que a las de sus culturas tradicionales.

Las obras de reformistas y revolucionarios de Asia son el mejor ejemplo de que las influencias más profundas —aunque no siempre las más evidentes— de la expansión de la civilización europea sobre los no europeos impregnaron el modo de pensar de esos pueblos. Como Europa misma también evolucionaba deprisa, hubo un elemento paradójico.

Los europeos de 1914 ya no veían el mundo con la misma mirada que sus predecesores de 1800; muchas de las cosas que entonces dieron por sentadas ya no eran seguras un siglo después: las opiniones sobre el lugar adecuado de las mujeres en la sociedad, la importancia de las creencias religiosas o el derecho a gobernar de las antiguas dinastías.

LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL
La Primera Guerra Mundial —verdadera “guerra civil” europea— tiene como causa fundamental la determinación de un nuevo reparto del mundo entre las potencias imperialistas. El acelerado desarrollo industrial de Alemania había logrado incorporar el desarrollo tecnológico creado por las naciones europeas más viejas, pero su capacidad industrial requería un desarrollo paralelo de mercados para sus productos y materias primas baratas para la industria.

Por las circunstancias políticas de la etapa inmediatamente anterior, su dominio colonial era insuficiente para estas nuevas y crecientes necesidades. Paralelamente, Inglaterra y Francia veían descender la demanda de sus productos como consecuencia del desarrollo industrial de Alemania y Estados Unidos. El elemento desencadenante de la guerra —precedida por un largo período de “paz armada” entre las potencias— tiene un papel anecdótico: lo fundamental es la lucha por el control político y económico de las colonias.

El Tratado de Versalles —que fija las condiciones del armisticio— es el símbolo del reordenamiento de las fuerzas políticas entre los países de Occidente.

Destruido el poder de Alemania, los ingleses y franceses se reparten los beneficios obtenidos por el triunfo. Pero el verdadero vencedor de esta guerra es Estados Unidos que, habiendo entrado tardíamente en ella, logra capitalizar las necesidades europeas. Apartados de las actividades normales del período de paz por la confrontación armada, dejan abierto un vacío que es rápidamente llenado por la producción norteamericana.

Estados Unidos se convierte en principal exportador de minerales, productos semielaborados y elaborados, municiones, materias primas y alimentos. Por otra parte, reemplaza con su propia industria los productos europeos que antes importaba, lo que determina un amplio desarrollo, en especial de las industrias químicas.

De esta forma, la hegemonía financiera-industrial en el nivel internacional se desplaza desde Londres hacia Nueva York: Wall Street comienza a ser el centro financiero por excelencia. Pero la primera guerra tiene, por otra parte, consecuencias no previstas por las potencias que la habían desencadenado.

El gobierno de la Rusia zarista, conmovido por profundas contradicciones internas que la guerra termina por hacer estallar, se derrumba ante la ofensiva de los soviets de obreros y campesinos encabezados por Lenin, y el Partido Bolchevique toma el poder para instaurar el primer estado socialista mundial.

La implantación del poder comunista en Rusia va a crear un nuevo tipo de contradicciones en el nivel internacional.Las potencias occidentales reconocen el peligro que genera la existencia de un poder que cuestione él sistema capitalista y se consolide internamente en el plano político-económico. En esta medida, inmediatamente después de la finalización de la Primera Guerra, se organiza el acuerdo de las potencias imperiales —Estados Unidos, Inglaterra, Francia y Japón— que, apoyadas en los sectores zaristas contrarrevolucionarios de Rusia, llevan adelante, tres intentos de invasión entre los años 1919 y 1921; todos terminan con la más absoluta derrota. Luego de estos fracasos, los países imperiales elaborarán una política de aislamiento de la URSS —política que los Estados Unidos reproducen en Cuba a partir de 1962—, pero los intentos de nuevas invasiones son definitivamente descartados.
Mientras tanto, el poder soviético logra consolidarse internamente y, al comenzar la Segunda Guerra Mundial, la URSS —a través del desarrollo autónomo de su industria pesada implantado por el régimen stalinista— se ha transformado en una potencia económica y militar.

Pero este desarrollo se generó a cambio de un alto costo político y social. En los años de entreguerras y luego de la muerte de Lenin, la “dictadura del proletariado”, como concepción de un poder popular ha sido desplazada por la
dictadura de Stalin, como poder de una burocracia.

Al mismo tiempo, el desarrollo de movimientos nacionales en los países coloniales y dependientes comienza a consolidarse con un contenido social y de masas gestando, en el período que media entre las dos guerras, las condiciones que van a madurar a partir de la Segunda Guerra Mundial. El fenómeno del nacionalismo es tal vez una de las más ricas expresiones que presenta el desarrollo político del Tercer Mundo. Con características propias en cada región, el nacionalismo de los países dominados no puede ser equiparado al nacionalismo de las grandes potencias.

Al encontrarse los sectores privilegiados comprometidos con la dominación, la liberación nacional pasa a ser una bandera de las masas populares. La afirmación nacional y la liberación social se convierten así en partes inseparables configurando una de las características definitorias del Tercer Mundo. Lo que va a signar globalmente este período es, precisamente, el desarrollo de movimientos políticos que hacen sus primeras experiencias masivas en una perspectiva nacional y antiimperialista.

El nacionalismo colonial de “élite” es reemplazado, en esta etapa, por un nuevo nacionalismo que intenta nuclear a los distintos sectores de la sociedad capaces de oponerse a las metrópolis dominantes. Expresión de este fenómeno es el movimiento “4 de mayo” que se desarrolla en China en 1919.

Otras potencias menores
En el reparto colonial hubo otros países europeos que intentaron consolidar sus posiciones o hacerse también de algunas colonias. Bélgica consolidó sus posesiones en África —territorios del actual Zaire— que, más que una empresa nacional, fue el fruto de la codicia y la astucia personal de Leopoldo II.

Holanda modernizó la explotación de sus colonias de las Indias Holandesas —actual Indonesia—, mejorando las comunicaciones, estableciendo una administración centralizada y creando plantaciones modernas de caucho, especias y tabaco.

Portugal creyó posible establecer un imperio colonial desde la costa del Atlántico al Indico, pero tuvo que renunciar al recibir un ultimátum de Gran Bretaña en 1890; aunque a través de acuerdos diplomáticos, y con el consentimiento británico, logró extender enormemente sus territorios a finales de siglo, desde las escasas franjas costeras que ya controlaba, hasta alcanzar una superficie de más de dos millones de kilómetros cuadrados (Angola, Mozambique y Guinea-Bissau).

España, además de la pequeña colonia de Guinea Ecuatorial, recibió el derecho a establecer un protectorado sobre el Rif, en el norte de Marruecos, además del territorio del Sahara occidental.

Italia inició su expansión colonial en 1882, en gran medida por su rivalidad con Francia, por razones de prestigio nacional, y también para hacer olvidar el “irredentismo” (aspiraciones territoriales sobre el sur del Tirol y el Adriático). Italia se anexionó Somalia y Eritrea, y más tarde estableció un protectorado sobre Abisinia, pero al querer convertir el protectorado en colonia, los italianos fueron derrotados por lo que tuvieron que renunciar incluso a mantener el protectorado. En 1912 declaró la guerra al débil imperio turco, y se anexionó Libia —que se convirtió en una colonia— y las islas del Dodecaneso.

Con esa conquista, en 1912, solamente el pequeño Estado de Liberia y el reino de Abisinia estuvieron libres de la colonización europea.

Documento, Sobre el Imperialismo Colonial

“La colonización es la fuerza expansiva de un pueblo, es su potencia de reproducción, es su dilatación y su multiplicación a través del espacio; es la sumisión del universo o de una gran parte de él a su lengua, a sus costumbres, a sus ideas y a sus leyes. Un pueblo que coloniza es un pueblo que pone las bases de su grandeza futura. Todas las fuerzas vivas de la nación colonizadora se ven acrecentadas por este desbordamiento hacia fuera de esta desbordante actividad.

Desde el punto de vista material, el número de los individuos que forman la raza, aumenta en una proporción sin límites; la cantidad de recursos nuevos, de nuevos productos, de equivalentes de cambio hasta ahora desconocidos que demandan la intervención de la industria metropolitana, es inconmensurable; el campo que se abre a los capitales de las metrópolis y el dominio explotable que se ofrece a la actividad de sus ciudadanos, son infinitos. Desde el punto de vista moral e intelectual, este acrecimiento del número de las fuerzas y de las inteligencias humanas, estas condiciones diversas en las que todas estas inteligencias se encuentran situadas, modifican y diversifican la producción intelectual. ¿Quién podrá negar que la literatura, las artes y las ciencias de una raza determinada, al ser amplificadas de este modo, adquieren una pujanza que no se encuentra en otros pueblos, de naturaleza más pasiva y sedentaria? (…)

Sea cual fuere el punto de vista en que nos situemos (…) siempre nos encontraremos con una verdad incontestable: el pueblo que coloniza más, es el primer pueblo; y si no lo es hoy, ya lo será mañana.”

P. LEROY-BEAULIEU:
De la colonisation chez les peuples
modemes. París, 1870

Leroy-Beaulieu, economista francés y uno de los más brillantes teóricos de la colonización

Fuente Consultada:
Ciencias Sociales Historia EGB 9 Luchilo-Privitellio-Paz-Qués
Enciclopedia de los Grandes Fenómenos del Siglo XX Tomo 1
Historia Universal Navarro-Gárgari-González-López-Pastotiza-Portuondo

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