Biografía de John Stuart Mill Vida y Obra en Economía y Ciencias Sociales





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Biografía de John Stuart Mill
Ciencias Sociales, Lógica y Economía

John Stuart Mill (Londres, 20 de mayo de 1806 – Avignon, 8 de mayo de 1873) fue y es uno de los grandes pensadores europeos. Dedicó su vida al estudio de la Economía, la Lógica y las Ciencias Sociales. Vivió en el siglo XIX y, a pesar de ser un gran moralista, su filosofía no era represiva en absoluto. Por el contrario: trabajó para establecer e incentivar las libertades en todos los aspectos de la vida, principalmente en las relaciones entre el hombre y la mujer.

Defendía la igualdad de los sexos, pero no deseaba la desaparición ni del matrimonio ni de la familia. Al trabajar por la igualdad ponía énfasis en la riqueza de una relación conyugal en la que todo fuera verdadera y profundamente compartido.

Quizá más que cualquier otro filósofo, persiguió la idea de la reali zación total del ser humano. Llevó su concepto de libertad tan lejos que, por pretender defender hasta la excentricidad como derecho humano, fue muy criticado por los moralistas de su tiempo.

Stuart Mill luchó también con insistencia contra todos los prejuicios que conoció: de clase, de religión, de edad, de raza o de nacionalidad. Pero sobre todo combatió uno en especial: ése que él mismo llamaba “prejuicio sexual” o “prejuicio de sexo”.

BIOGRAFÍA: JOHN STUART MILL: (1806-1873) Filósofo y economista inglés. Era el hijo mayor de James Mill, quien, con mucho cuidado, aunque no con mucha ternura, asumió la tarea de su formación espiritual y promovió su desarrollo intelectual, extraordinariamente precoz.

En su «Autobiografía» (1873) describió la esmerada educación que había recibido de su padre, comenzando a estudiar griego a los tres años y latín a los ocho.

A los 15 años, ya ampliamente instruido en una extensa gama de materias, que incluían economía, historia, filosofía e incluso alguna de las ramas de las ciencias naturales, leyó, por primera vez, a Bentham, quien, junto con su padre, le instruyeron en las ideas utilitaristas. Desde esta primera lectura de Bentham (1812), Stuart Mill se sintió un reformador del mundo.

A los diecisiete años, en 1823, ingresó como empleado en la Compañía de las Indias, donde, más tarde, alcanzó un puesto de gran responsabilidad y permaneció en ella hasta su retiro en 1853. En el otoño de 1826, sufrió una grave crisis de desaliento, debido a que se dio cuenta de que había graves fallos en la teoría de Bentham.

Pudo salir de aquella crisis, admitiendo que la felicidad no se obtiene haciendo de ella un objetivo de la vida, sino más bien dedicándose a otro objetivo que pueda concentrar en sí las energías internas del hombre. Al mismo tiempo, se vio sometido a nuevas influencias, entre las que contaron las ideas de Wordsworth, Coleridge, Carlyle, los saint-simonianos y Comte.

También sufrió un profundo cambio su concepción de las cuestiones políticas y sociales, logrando apreciar la división saint-simoniana de la historia en épocas orgánicas y críticas.

Entre 1830 y 1840, publicó varios artículos que contenían signos manifiestos de su cambio de punto de vista. Son especialmente notables, entre otros, la serie titulada «The Spirit of the Age» (1831), el ensayo «Civilización» (1836) y sus estudios sobre Bentham (1838) y Coleridge (1840). Su juicio sobre Bentham es especialmente interesante, al manifestarse en el algunas diferencias vitales que habían de distinguir a Bentham de sus educadores.

Alabó la contribución de Bentham a la filosofía del Derecho y su trabajo en pro de las reformas de las instituciones jurídicas, admiró su principio metodológico, pero rechazó una concepción del hombre, que, según decía, no ofrece lugar para la consecución de la perfección espiritual como un fin en sí misma.

Además, la teoría de gobierno de Bentham, según Mill, ignora los peligros que pueden surgir de la despótica opinión pública y la importancia que tiene el establecer un sistema de frenos a la voluntad de la mayoría. La nueva actitud de Mill respecto a estos temas estrechamente relacionados se vio sólidamente confirmada por una cuidadosa lectura del libro de Tocqueville, «La democracia en América».

Entre sus obras destacan, «Sistema de Lógica», que se publicó en 1843 y «Principios de economía política», aparecida en 1848. Con estas dos obras quedó firmemente asentada la fama de Mill como gran pensador de su tiempo. Las siguientes ediciones de «Política Económica» mostraron una simpatía más acusada en favor del socialismo y de las exigencias de la clase trabajadora. «Sobre la libertad» (1859) salió a la luz al año siguiente de la muerte de su esposa y él insistió que se trataba de una obra conjunta.



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Respecto al tema político su principal obra fue «Consideraciones sobre el gobierno representativo», que apareció en 1861, el mismo año en que escribió para la revista «Fraser’s Magazine» una serie de ensayos sobre filosofía moral que se convirtieron en un libro, «Utilitarismo», en 1863. Los más notables de sus restantes trabajos son: «Augusto Comte y el Positivismo» (1865), «Las servidumbres de las mujeres» (1869).

Desde 1865 a 1868 fue representante en el Parlamento por el distrito de Westminster.

Stuart Mill es recordado y estudiado todavía sobre todo en el campo de la economía política.

caricatura de stuart mill economista

Caricatura de Stuart Mill, “el filósofo feminista”.
Creía en la igualdad del hombre y la mujer para un matrimonio feliz.

SU LUCHA POR LA LIBERTAD
Sin duda Stuart Mill fue uno de los más persistentes pioneros del feminismo. Trabajó incansablemente por todos los derechos de la mujer, es decir:

1  — Derecho al voto.
2 — Derecho a la ciudadanía.
3 — Derecho a la propiedad.
4 — Derecho a educarse y a trabajar.

Aceptaba la existencia de la vida doméstica como un hecho, pero para él esta vida debía realizarse en un contexto de elección, oportunidades. amor y realizaciones recíprocos, y no construirse alrededor de un tirano —el marido— y una esclava —la mujer—.

Su posición era clara y coherente: no defendía una rebelión popular improvisada ni una protesta- momentánea, sino una verdadera reforma social.

Sensible, profundo e inquieto, el filósofo se dedicó incansablemente a la causa de las libertades individuales, que en él tienen uno de sus más destacados paladines.

UNA PROFUNDA DEPRESIÓN: Uno de los aspectos que él mismo defendió, en su autobiografía, fue la disciplina y el rigor mental de su educación. A pesar de ello, a los veinte años tuvo una depresión tan severa que se dudó pudiese superarla.

No obstante, en un autoanálisis, entendió que en un solo punto su educación había fallado: en el cultivo de los sentimientos. Para llenar ese vacio se dedicó a la lectura de Wordsworth, un poeta inglés que escribía notables versos sobre la naturaleza en lenguaje contemplativo.

Superada la crisis, Stuart Mill retomó su vida intelectual, y quizá comenzó entonces a escribir sus dos trabajos más importantes: los libros “Sistema de Lógica” y “Principios de economía política“.

En 1830 escandalizó una vez más a los moralistas, al no ocultar que amaba a una mujer casada: Harriet Taylor. El escándalo involucró a los dos amantes, y ella se tuvo que ir avivir con su hija al interior de Inglaterra. Se pudo casar con Stuart Mill recién en 1851, cuando murió su marido, John Taylor.

Después de haber sido amantes durante veintiún años, Stuart Mill publicó una carta en la cual repudiaba las “fuerzas odiosas” de ciertas leyes conyugales y afirmaba que una mujer de verdad nunca se limitaría a causa de ellas.

LA INFLUENCIA DE LA MUJER
El matrimonio duró siete años y fue muy feliz. Stuart Mill siempre reconoció la influencia de Harriet sobre su trabajo y algunos amigos llegaron a afirmar que él sobreestimaba las cualidades de ella.

Harriet falleció en 1858 y John siguió viviendo con su hijastra, Hellen Taylor, en una pequeña aldea francesa. La joven fue también una buena compañera suya, que cuidaba sus originales y su correspondencia.

En su viudez, Stuart Mill escribió importantísimos ensayos: “En libertad“, “Utilitarismo” y “Gobierno representativo”. Pero lo más importante fue “La sumisión de la mujer“, que reflejaba sus convicciones, pero que sin duda estaba fuertemente influido por su esposa. Publicado en 1869, este es quizá el trabajo más impactante editado sobre el tema, gracias a su tremenda fuerza de argumentación y su sólida base política.

Stuart Mill siguió luchando incansablemente por esta y otras reformas, casi todas alrededor del derecho de los individuos a disfrutar de su libertad personal.

Este precursor falleció en mayo de 1873, luego de pasar tranquilamente los últimos años de su vida en Avignon (Francia) en compañía de Helen Taylor. Se sentía feliz de haber dejado las feroces luchas parlamentarias y de poder retomar los libros de Worsdworth, cuya sensibilidad “logró mantener vivas aquellas cualidades que el mundo necesita siempre más.”

Todo lo dicho demuestra que, aunque algunas de su.s concepciones parezcan superadas, fue en realidad un pionero de muchas conquistas que hoy se han generalizado. En efecto, en todos los países civilizados las mujeres tienen derecho a la ciudadanía, al voto, a educarse y a trabajar.

Esto, evidentemente, las capacita. Y si bien quedan áreas donde aún hace falta lograr ventajas para el sexo femenino, ya es mucho lo que se ha avanzado al respecto. Lo que actualmente nos parece común y corriente, en la época de Stuart Mili no lo era. Por eso su lucha debe considerarse doblemente importante y valiosa.

Ver: Competencia Mujer – Hombre en la Sociedad Actual

FRAGMENTOS DEL LIBRO EL UTILITARISMO DE STUART MILL (1863)

El credo que acepta la Utilidad o Principio de la Mayor Felicidad como fundamento de la moral sostiene que las acciones son justas en la proporción con que tienden a promover la felicidad; e injustas en cuanto tienden a producir lo contrario de la felicidad. Se entiende por felicidad el placer y la ausencia de dolor; por infelicidad, el dolor y la ausencia de placer.

Para dar una visión clara del criterio moral que establece esta teoría, habría que decir mucho más particularmente qué cosas se incluyen en las ideas de dolor y placer, y hasta qué punto es ésta una cuestión patente. Pero estas explicaciones suplementarias no afectan a la teoría de la vida en que se apoya esta teoría de la moralidad: a saber, que el placer y la exención de dolor son las únicas cosas deseables como fines; y que todas las cosas deseables (que en la concepción utilitaria son tan numerosas como en cualquier otra) lo son o por el placer inherente a ellas mismas, o como medios para la promoción del placer y la prevención del dolor. […] Es perfectamente compatible con el principio de utilidad reconocer el hecho de que algunas clases de placer son más deseables y más valiosas que otras.

Sería absurdo suponer que los placeres dependen sólo de la cantidad, siendo así que, al valorar todas las demás cosas, se toman en consideración la cualidad tanto como la cantidad. […] Si se me pregunta qué quiere decir diferencia de cualidad entre los placeres, o qué hace que un placer, en cuanto placer, sea más valioso que otro, prescindiendo de su superioridad cuantitativa, sólo encuentro una respuesta posible; si, de dos placeres, hay uno al cual, independientemente de cualquier sentimiento de obligación moral, dan una decidida preferencia todos o casi todos los que tienen experiencia de ambos, ése es el placer más deseable.

Si quienes tienen un conocimiento adecuado de ambos colocan a uno tan por encima del otro que, aun sabiendo que han de alcanzarlo con un grado de satisfacción menor, no lo cambian por ninguna cantidad del otro placer que su naturaleza les permite gozar, está justificado atribuirle al goce preferido una superioridad cualitativa tal, que la cuantitativa resulta, en comparación, de pequeña importancia. […] El método comparativo es el que mejor nos proporciona la comprobación de la superioridad cualitativa; y la regla para medirla en relación con la cantidad es la preferencia que sienten los que tienen mejores oportunidades de experiencia, junto con los hábitos de la reflexión y propia observación.

Siendo éste, según la opinión utilitarista, el fin de los actos humanos, es también necesariamente su criterio de moralidad. Podemos, pues, definirlo como el conjunto de reglas y preceptos de humana conducta por cuya observación puede asegurarse a todo el género humano una existencia como la descripta en la mayor extensión posible; y no sólo al género humano, sino hasta donde la naturaleza de las cosas lo permita a toda la creación consciente.




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