Reglas de Vida en Monasterios de Benito de Nursia Normas Monjes





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LA EDAD MEDIA: LOS MONASTERIOS

resumen de la edad media 

ORIGEN DE LOS MONASTERIOS: El monaquisino cristiano nació en Egipto en los s. III y IV. Algunos fieles, huyendo de la civilización, tomaban el camino del desierto o de la montaña, y se disponían a vivir solos y entregados al más riguroso de los ascetismos. Más tarde aparecen en Occidente los eremitas, que viven retirados en lo más profundo de los bosques, y cuyos oratorios han conservado su memoria durante largo tiempo. Poco a poco, dichos hombres se van reuniendo para compartir su soledad y celebrar de manera conjunta la gloria divina. Así nacen los monasterios, que conocerán un gran florecimiento en los s.VI y VII, desde Irlanda hasta el sur de Italia, y se convertirán en el verdadero fermento de la cristiandad.

Columbano, un ascetismo riguroso

Dos nombres marcan el florecimiento del movimiento monástico: Columbano y Benito de Nursia. El primero procedía de Irlanda, donde comunidades religiosas habían tomado el relevo de las antiguas escuelas druídicas. Columbano recorre el norte de Francia, Suiza y el norte de Italia, y funda a su paso múltiples monasterios; los más célebres de éstos son los de Luxeuil y Bobbio. Una regla muy rigurosa, cuya observancia tropieza con numerosas dificultades, une a todos ellos. En torno de las casas columbanianas se van creando aldeas, a las que los monjes ayudan a prosperar, y que se convertirán en verdaderas comunidades evangélicas.

Benito, fundador del monaquisino

Nacido hacia el 480 en Nursia, y educado en Roma, Benito abandona muy joven la ciudad para retirarse a un lugar desierto, en Subiaco. Relata la leyenda que, cuando acababa de ser elegido abate de un monasterio vecino, fue víctima de una tentativa de envenenamiento. Poco a poco se fueron reuniendo con él discípulos, a los que condujo a un lugar difícilmente accesible, el monte Cassino, donde se fue edificando con lentitud un inmenso monasterio regido por la que llegaría a ser la regla benedictina.

Para asegurar estabilidad material y espiritual al convento, Benito dicta unas normas extremadamente precisas, que conciernen a la vez a la vida cotidiana, a la práctica religiosa y al trabajo intelectual. El fundamento de la vida monástica es el silencio, tan importante, en su opinión, como la pobreza y la castidad. Rigurosa y apacible, la regla contribuirá al extraordinario desarrollo del movimiento benedictino por todo Occidente. Cada monasterio hace irradiar en torno a sí su enriquecedora acción: los benedictinos se consagran en aquellos siglos de barbarie a cultivar las tierras baldías y proteger a los pobres.

Refugios de la cultura

Pero la función civilizadora de los monasterios columbanianos y benedictinos va mucho más allá de sus actividades religiosas, sociales o económicas, puesto que asegurarán la supervivencia de la cultura antigua y pondrán las bases de la feliz conjunción de la tradición mediterránea y del genio creador bárbaro, en la que estribará el esplendor de la Edad Media. En su interior están los únicos focos de cultura que subsisten en una Europa asolada por la guerra y la anarquía. En ellos se crean verdaderos talleres en los que escritores, pintores, escultores y músicos prepararán todo aquello que florecerá plenamente en el tiempo de las catedrales.

REGLAS EN LOS MONASTERIOS DE BENITO DE NURSIA: “Ora et Labora”

Esta máxima latina, empleada por san Benito para definir su Regla, resume perfectamente la vida cotidiana en los monasterios del Medievo. Si 5r resta el escaso tiempo que los monjes destinaban al sueño, toda su jornada; estaba dedicada a la oración y al trabajo.

El horario y actitud para orar cumplía las normas del Oficio Divino, también llamado Horas canónicas. Su intención era mantener la devoción y alabanza, de Dios a lo largo del día, y en principio no obligaba sólo a los monjes, sino a todos los buenos cristianos. Esto dio lugar a que muchos personajes de la alta nobleza poseyeran un Libro de Horas personal, que en ocasiones llegaron a ser verdaderas obras de arte, al igual que los salterios que reunían 150 salmos atribuidos al rey David. La costumbre de rezar a horas determinadas provenía del culto judío, y el mismo Cristo en la cruz oró la novena ce:: el famoso inicio del Salmo 22: «Padre mío, ¿por qué me has abandonado…?



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En todos los monasterios se seguía, con mínimas variantes, el ciclo de oraciones establecidas por el Oficio Divino:
La primera de ellas la constituían las maitines o matutinae laudes, que se rezaban antes del amanecer.
Luego, al comenzar la actividad del día, se rezaban las laudes, que significa «alabanzas».

El lapso central de la jornada estaba pautado por las «horas menores
• Prima, una hora después de salir el sol.
• Tercia, dos horas después.
• Sexta, tres horas después.
• Nona (o novena), otras tres horas después.

Al finalizar las actividades de la jornada se rezaban las vísperas o vespertinas (del latín vespera, la tarde), un conjunto de rezos que habitualmente incluía un himno, dos salmos, un cántico y lectura breve de la Biblia, el magníficat de la Virgen, el padrenuestro y algunos responsorios e intercesiones, cerrando el oficio con una oración conclusiva.

Finalmente, antes de acostarse, los monjes rezaban las completas o serie de oraciones que completaban el oficio del día.
La comunidad monacal debía reunirse en la iglesia o capilla del monasterio para rezar juntos las «horas mayores» (maitines, laudes y vísperas), pero les bastaba interrumpir su trabajo y orar donde los pillara la campana o corneta que anunciaba las horas menores. A partir de comienzos del siglo XIII, en algunos monasterios se cerraba el Oficio con las antífonas de la Virgen María, versículos cantados que se intercalaban entre los salmos.

La regla de san Benito insistía en que los religiosos debían observar las horas de oración durante sus viajes, sin olvidar rezar cada semana los 150 salmos del salterio. Esto creó problemas a las órdenes mendicantes, que pasaban sus días en los caminos, y no podían cargar con los varios y pesados libros necesarios para cumplir con las exigencias del Oficio Divino. En la Baja Edad Media, por influencia de los misioneros franciscanos, se consagró el uso del breviario, que condensaba en un volumen manuable las oraciones obligatorias de todo el año. Autorizado en principio para los clérigos regulares que se encontraran fuera de su convento, este librillo fue adoptado luego por eclesiásticos y laicos como guía de sus oraciones diarias (y sigue utilizándose hoy con el mismo fin).

En lo que respecta a las labores monacales, éstas dependían de la especialización de cada orden o monasterio en particular, y del grado de formación y conocimientos de cada monje, así como de su edad o sus responsabilidades litúrgicas. En primer lugar, era necesario atender a las necesidades cotidianas de la congregación, empezando por las alimentarias. Los recintos monacales incluían, según aconsejaba san Benito, las dependencias necesarias para el sustento de la comunidad. Solía haber por tanto una gran cocina, con sus cocineros y ayudantes, mientras otros monjes debían cultivar la huerta; atender a la granja de cerdos, conejos y aves de corral; y cuando disponían de tierras suficientes, roturarlas y sembrarlas para recoger su propia cosecha de cereales, o plantar y cultivar viñas para elaborar su vino.

Aunque cada monje atendía a la higiene personal y de su celda, alguien debía limpiar las estancias comunes, como el refectorio y la iglesia, así como ocuparse del lavado de las vestiduras litúrgicas y los objetos del culto. El mantenimiento y reparación del propio monasterio y su iglesia requería labores de albañilería, ferrería, carpintería y otros oficios, que en las grandes abadías daban lugar a verdaderos talleres.

Aparte de estas tareas necesarias para la congregación, la mayoría de las órdenes regulares se dedicaban, como ya se ha dicho, a elaborar productos artesanales destinados al mundo exterior. Algunos eran muy apreciados y solicitados, como los licores de benedictinos y cartujos, cuyas fórmulas se mantenían en secreto, o los chocolates que eran la especialidad de los trapenses. Existía una gran variedad de dulces, conservas y pastas de origen monacal, casi siempre elaboradas a partir cíe los productos hortofrutícolas locales, que producían particularmente los conventos de monjas.

PLANO DE UN MONASTERIO

1. Iglesia
2. Sacristía
3. Sala de estudio y biblioteca
4. Recepción
5. Locutorio
6. Dormitorio
7. Baños y aseos
8. Refectorio
9. Bodega
10. Cocinas
11. Panadería
12. Cocina de huéspedes
13. Hostería
14. Escuela

15. Vivienda del abad
16. Hospital
17. Jardines
18. Gallinero
19. Granja
20. Servidumbre
21. Molino
22. Capellanía
23. Cuadras
24. Habitaciones imperiales
25. Ovinos y bovinos
26. Cerdos
27. Claustro
28. Hortelanos
29. Cementerio y huerto

Diseñado en el 820, a petición sin duda del abad Gozbert, y con vistas a la reconstrucción de una parte del monasterio, el plano de Saint-Gall es el único testimonio que nos queda de la configuración de un monasterio en la época carolingia.

Fuente Consultada: Más Allá de las Catedrales Entre Un Mundo Sin Fin y Los Pilares de la Tierra – René Chandelle.




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