Los Sacrificios Humanos de los Aztecas Historia pestes y tragedias





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Los Sacrificios Humanos de los Aztecas

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LISTA DE OTROS TEMAS TRATADOS
1330 Los Sacrificios Humanos de los Aztecas
1347 La Peste Negra
1572 La Noche De San Bartolomé
1845 Hambruna de Irlanda
1912 La Tragedia del Titanic
1914 Genocidio Armenio
1918 La Gripe Española
1933 Hambruna de Ucrania
1935 Purgas de Stalin
1937 Explota el Hindemburg
1940 El Holocausto Judío
1943 Hambruna de Bengala
1945 Ataque Atómico en Japón
1947 Masacre Hindúes-Pakistanies
1952 Epidemia de Poliomielitis
1976 Desastre Químico en Seveso
1977 Accidente Aéreo en Tenerife
1978 Purgas en Camboya
1982 Accidente en el Río Potomac
1986 Explosión Radioactiva en Chernobyl
1986 Tragedia Espacial Challenger
1980 El SIDA
1994 Matanzas en Ruanda

LOS SACRIFICIOS HUMANOS DE LOS AZTECAS:

Los aztecas creían que habían existido cuatro edades, o “soles”, previas a aquella en la que ellos vivían. Cada una de estas edades había sido destruida por un cataclismo, posibilitando que la siguiente desarrollara formas de vida más evolucionadas. Así, en la primera edad, o “sol de agua”, los hombres habían sido creados de ceniza y, destruidos por el agua, se convirtieron en peces; en el cuarto sol, los hombres se transformaron en monos.

Los aztecas vivían en el quinto sol, o “sol de movimiento”, en el que habían sido creados el hombre y el maíz. Pensaban que de ellos dependía que el universo siguiera existiendo, porque, si el Sol no se alimentaba, no tendría fuerza para mantenerse vivo. Para evitar la muerte del Sol, realizaban constantes sacrificios humanos, ofreciendo la sangre a los dioses, porque creían que ella les proporcionaba la energía vital.

En su forma de interpretar el mundo se reflejaban también dos preocupaciones fundamentales: el cambio de “las cosas” y la muerte. Pensaban que todo lo que rodea al hombre, lo que es hermoso y bueno, como las plumas del Quetzal, las doradas mazorcas del maíz, los rostros y corazones de los amigos, estaban destinados a cambiar y terminar; por eso valoraban la creación artística como medio para superar la angustia que ocasionaba el fin de las cosas.

En realidad, lo que llamamos Imperio azteca era una federación de tres ciudades, Tenochtitlán, Texcoco y Tlacopán, aunque los aztecas de Tenochtitlán tenían la hegemonía en el estado, que iba evolucionando también hacia un verdadero imperio centralizado. Pero era evidente que la falta de vías de comunicación y de animales útiles para el transporte impedía las campañas militares a regiones algo alejadas.

Sus dioses en parte eran transformaciones de concepciones totemistas primitivas y evolucionadas al contacto con los pueblos encontrados y sometidos. El carácter mágico de la mayoría de ritos es evidente y con frecuencia han conducido a lo que se llama nagualismo, creencia en espíritus protectores individuales. Entre los mitos que se nos han conservado destaca el de la creación, que supone la existencia de cuatro soles sucesivos, o sea cuatro creaciones que fracasaron, terminando en tremendas catástrofes que convirtieron a los hombres en peces, diversos animales y monos. Por fin, la quinta creación, gracias al sacrificio de varias divinidades, tuvo éxito y se logró el hombre.

Fiestas y celebraciones religiosas eran constantes. Pero el rasgo dominante de la religión centroamericana y concretamente la azteca es el sacrificio humano, en el que ningún otro pueblo de la Tierra logró tan alto grado de especialización y refinamiento. Los dioses mexicanos nos aparecen como sedientos de sangre, lo que obligaba a toda clase de sacrificios para tenerlos satisfechos. No es extraño, pues, que los propios sacerdotes tuvieran que mutilarse o herirse y dar también su sangre para aplacar a sus divinidades. Además habían de practicar oraciones, ayunos, purificaciones, danzas, etc., canto de himnos, danzas fálicas entre otras, etc.

El sacrificio corriente era el que se realizaba en lo alto del teocali! y en él el sacerdote abría el pecho a la víctima con un cuchillo de sílex para sacarle el corazón, que se dejaba en un recipiente, el cuauxicali, y el cuerpo se arrojaba desde lo alto del templo. No era infrecuente el canibalismo con los cuerpos de las víctimas. Pero el sacrificio podía adoptar muchas otras formas. Así, se podía despellejar a la víctima y colocarse el sacerdote la piel obtenida, como ocurría en el culto a Xipe-Topec. O bien la víctima había de luchar con uno o varios guerreros atada a una gran piedra. O se le mataba a flechazos, lo que constituía un rito de fecundidad.

Tlaloc requería el sacrificio de niños, mientras otros dioses pedían jóvenes o vírgenes. Tetzcatlipoca era más complicado, pues había que ofrecerle a un joven que durante un año había sido venerado como si fuese el dios mismo y al que se sacrificaba el día de la fiesta de mayo, en que el sol pasaba por el cénit de la capital. En algunas ocasiones se sacrificaban animales. Se nos ha conservado el dato de que la consagración del gran templo a Huitzilopochtli por Ahuitzol exigió setenta mil víctimas. No es extraño, pues, que los sacrificadores formasen la capa superior del sacerdocio, aunque no faltaban los chamanes, médicos y brujos, los músicos y los adivinos. Se cree que pasaban de cinco mil los sacerdotes que vivían en Tenochtitlán.

El mayor número de sacrificios tuvo lugar en Tenochtitlán, una ciudad construida en las islas de un lago, en el Gran Templo dedica do a Huitzilopochtli, dios del sol y de la guerra. Docenas o incluso centenares de prisioneros drogados subían hasta la cima de la pirámide. Una vez allí, a la vista de los dioses y de la ciudad, un equipo de sacerdotes cogía cada uno una extremidad o cabeza y arrojaba la víctima hacia abajo. El sacerdote que ejecutaba el sacrificio serraba el pecho del prisionero con un cuchillo de obsidiana y extraía el corazón del prisionero todavía palpitante para, a continuación, quemarlo.

Después, el sacerdote empujaba el cuerpo gradas abajo, donde era descuartizado, troceado, asado y trinchado. El propietario del prisionero sacrificado recibía los mejores cortes de carne para que pudiera servirlos en un banquete familiar, mientras que las masas se alimentaban del guiso que se hacía con las sobras. Los pumas, lobos y jaguares del zoo roían los huesos.

Otro ritual conocido con el nombre de «desollamiento de hombres» se celebraba en honor del dios Xipe Totee. Empezaba con la habitual extracción de corazones en lo alto de la pirámide, tras lo cual se descuartizaban los cuerpos para el festín familiar. Al día siguiente, a un prisionero se le concedía el honor de ser amarrado a una piedra y, con armas romas, tenía que defenderse de cuatro caballeros águila y jaguar, que tenían armas afiladas, por lo que el resultado del combate nunca planteaba dudas. Después de matar al prisionero, los sacerdotes lo abrían en canal y los oficiantes se lo comían.

Su patrocinador llevaba un cuenco de sangre a todos los templos para pintar las bocas de los ídolos. Después solía llevar puesta la piel del muerto durante veinte días mientras se pudría. Por último, se desechaba ritualmente la piel en una cueva del templo y el oficiante quedaba purificado.



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En Tlaloc los niños eran sacrificados al dios de la lluvia. Los niños que nacían con ciertos rasgos físicos en días astrológicamente importantes eran muy apreciados, no obstante, cualquier niño valía. Los degollaban después de que el sacerdote les hubiera hecho llorar y recogido sus lágrimas. A diferencia de otros sacrificios, que se consideraban ocasiones festivas, los aztecas acompañaban la matanza de niños con fuertes lamentos, y los sacerdotes lo juzgaban un asunto sucio y lúgubre. Los aztecas evitaban los lugares en los que se celebraban los sacrificios de niños siempre que podían.

Las mujeres eran sacrificadas a la diosa madre, Xilonen. La mujer destinada al ritual se convertía en aquella diosa y era decapitada mientras bailaba. A continuación era desollada. Se le extraía el corazón y lo quemaban. Un guerrero recibía el honor de llevar la piel de la mujer durante un año y así se convertía en la diosa.

Las víctimas dedicadas al dios del fuego, Xuihtecuhutli, eran sedadas y arrojadas al fuego. A continuación los sacerdotes los pescaban con un gancho, chamuscados pero vivos, y los arrastraban fuera de la hoguera para poderles extirpar los corazones palpitantes.

Si buscamos a alguien a quien culpar de los sacrificios a gran escala de los aztecas, un candidato podría ser Tlacaclel, consejero jefe de tres sucesivos gobernantes. Un cronista español escribió que dicho individuo «inventaba sacrificios diabólicos, crueles y aterradores».

Tlacaelel supervisó la nueva dedicación del Gran Templo por parte del rey Ahuitzotl en 1487 durante la cual las víctimas del sacrificio formaban cuatro filas que se extendían a lo largo de las calzadas que unían las islas de Tenochtitlán. Fueron necesarios cuatro equipos y cuatro días para matar a todos los prisioneros porque la sangre se encharcaba y coagulaba en la base de la pirámide.

Historiadores posteriores han intentado convertir estos datos en números reales, proponiendo primero la cifra de unas 80.000 víctimas, pero hoy en día se calcula que el número podría oscilar entre 14.000 y 20.000.

 

Uno de los libros de viaje mas conocidos de la Edad Alta Media fue el Libro de las Maravillas del Mundo de Juan de Mandeville (escrito entre 1357 y 1371), que influyó tanto a Cristóbal Colón como a Américo Vespucio. En su libro, Mandeville describía una serie de monstruos que vivían más allá del mundo conocido, incluidos los gigantes de un solo ojo llamados cíclopes, las criaturas con una sola pierna llamadas esciápodos y los temibles anthropophagi, que tenían la boca en el centro del pecho.

Motivos no faltaban: Uno de los primeros puntos planteados por los estudiosos de estas culturas fue que semejante número de sacrificios requería permanentes víctimas: ¿cómo se conseguían?.

Los aztecas iniciaron con estos fines las “guerras floridas”. En tiempos de Tlacaélel -cortesano consejero de los reyes Itzcóatl y Motecuhzoma Ilhuicamina- se organizaron luchas periódicas contra otros señoríos. Como los pueblos sometidos al imperio azteca ofrecían productos para evitar el sacrificio, los mexicas debieron ensanchar sus dominios a las lejanas tierras de Guatemala, Oaxaca y Chiapas.

Fray Bartolomé de las Casas señala que los aztecas, pueblo muy religioso, sacrificaban a sus dioses lo más preciado: la vida humana. Los mayas, en cambio, lo mantuvieron como un tributo humano por algo que se esperaba de esos dioses. Interpretaciones más terrenas sostienen que la práctica fue una norma, por ejemplo, de regular el crecimiento demográfico y de poder político.

Las poblaciones del valle de México habían aumentado tanto que los alimentos eran insuficientes. Con las “guerras floridas” y los sacrificios, la tasa de mortalidad aumentó casi un 25 por ciento. Los mayas no fueron presionados por excesos demográficos y no debieron, como los aztecas, alentar los sacrificios humanos y el canibalismo.

La validez de estas teorías sólo depende de las numerosas muertes, y las crónicas no las niegan: alrededor de 15.000 anuales. Esta cantidad también explica a los sacrificios como un medio de control político.

Para comprender la situación política hay que señalar que mayas y aztecas tenían élites sacerdotales y guerreras que gobernaban sobre la población campesina Con una religión esotérica y compleja, los sacerdotes se convirtieron en los únicos conocedores de la palabra de los dioses, que invariablemente debía cumplirse. Sabían -decían saber- cómo hacer para que el Sol continuara su camino y las fechas propicias para que las cosechas fueran exitosas. El campesino -respeto y miedo- asistía a los ritos y creía que el orden del universo no se alteraba.

Todo el campesinado aceptaba el dominio de las clases dirigentes. Para que no quedaran dudas, muchos asistían en Tenochtitlán a los sacrificios. Era una advertencia de lo que podía ocurrir si no pagaban los tributos o se oponían al ejército azteca.

Ampliación del tema: Los reyes y sus sacerdotes lo arriesgaban todos en sus esfuerzos por complacer a los dioses y garantizar la suficiente lluvia para sus cosechas. Los extremos terroríficos a los que llegaban han salido a la luz en una serie de excavaciones que empezaron en 1895.

Aquel año, el arqueólogo y diplomático americio: Edward Thompson compró, por 75 dólares, una plantación mexicana sabiendo que incluía las ruinas de la ciudad sagrada maya de Chichen Itzá. Al igual que Arthur Evans, famoso por Cnosos, Thompson se pasó gran parte del resto su vida desvelando los secretos de este antiguo emplazamiento perdido para el mundo en plena selva  mexicana. Llevado por su pasión arqueológica, fue cazado por los indígenas y estuvo a punto de morí: a causa de un cepo envenenado, y perdió la sensibilidad en una de sus piernas.

El centro de su atención era el Sagrado Cenote una depresión de agua para sacrificios de noventa metros de largo que, según los mayas, era la puerta ce acceso al mundo de los espíritus, posiblemente porque la península del Yucatán es de caliza porosa, lo cual hace que los lagos o cuencas naturales sean extremadamente raros.

Thompson encontró un plato de oro fechado 900 d.C. donde muestra un guerrero tolteca que porta un tocado con un águila y que está sacrificando a un cautivo maya. Su atuendo representa un ave de presa descendiendo. En su mano izquierda sostiene el cuchillo de sacrificios, mientras que con la derecha sujeta el recién arrancado corazón de su víctima. Pueden verse cuatro ayudantes que tienden a la víctima sobre la losa de piedra para sacrificios. Uno mira directamente hacia fuera, hacia ti, testigo.

Thompson encontró los huesos de más de 42 víctimas en aquel pequeño lago. Se calcula que la mitad no llegaban a los veinte años cuando fueron sacrificados, y catorce tenían menos de doce. Los mayas creían que, cuanto más joven fuese la víctima, más complacidos se sentirían los dioses, porque consideraban que las almas jóvenes eran más puras.

En tiempos del dominio azteca (c. 1248-1521 d. C.), los sacrificios de niños eran especialmente corrientes en épocas de sequía. Si no se ofrecían sacrificios a Tlaloc, el dios azteca del agua, las lluvias no vendrían y las cosechas no crecerían. Tlaloc necesitaba las lágrimas de los jóvenes para mojar la tierra y contribuir a la aparición de la lluvia. Por consiguiente, se dice que los sacerdotes hacían llorar a los niños antes de someterlos al sacrificio ritual, a veces arrancándoles las uñas.

La desesperación de los mayas por la llegada de la lluvia constituye el motivo principal por el que, en torno a 900 d. C., su civilización entró en decadencia. Las sequías cada vez más extremas, exacerbadas por los efectos de la deforestación, la erosión del suelo y el cultivo intensivo, provocaron hambrunas, invasiones y violentas contiendas con los pueblos vecinos por los escasos recursos naturales. (Fuente Consultada: Todo Sobre Nuestro Mundo Christopher Lloyd)

PARA SABER MAS…

TENOCHTITLÁN era la capital del  imperio azteca. En el momento de máximo esplendor abarcaba un territorio de 25 km2 y tenía unos 350.000 habitantes. La población se dedicaba a la agricultura, pesca, comercio, artesanía y milicia, entre otras actividades.

GOBERNANTES: El líder azteca recibía el nombre de tlatoani (jefe portavoz). El tlatoanise elegía por su sabiduría, valor y linaje. Se le consideraba casi un dios y desempeñaba un importante papel en los rituales religiosos.

RELIGIÓN: En el centro de Tenochtitlán se levantaba el Gran Templo. En la cúspide de la majestuosa pirámide estaban los templos gemelos de Huitzilopochlli, dios del sol, y Tláloc, dios de la lluvia. En los templos aztecas había cientos de sacerdotes, que recibían una educación especial en una escuela conocida como cabnécac. Allí aprendían astronomía, escritura y a realizar sacrificios.

EDUCACIÓN: Los muchachos aztecas recibían preparación militar en una escuela llamada telpochcali. Todos los jóvenes entre 17 y 22 años servían en el ejército. Las niñas también recibían escolarización, pero su educación se centraba en asuntos domésticos, no militares. En las escuelas aztecas reinaba una estricta disciplina, y los alumnos perezosos o poco dispuestos recibían severos castigos.

AGRICULTURA: Tenochtitlán estaba rodeada por cientos de jardines colgantes llamados chinampas. En las aguas poco profundas del lago Texcoco anclaban unas enormes cestas rojas llenas de tierra, que proporcionaban verduras, fruta y flores a la ciudad. (Las flores servían para disimular el olor a sangre debido a los frecuentes sacrificios humanos.) Las aguas residuales de los retretes públicos se utilizaban para fertilizar los chinampas.

CEREMONIA DEL FUEGO NUEVO: Una de las celebraciones aztecas más importantes era la Ceremonia del Fuego Nuevo. El calendario azteca se componía de un ciclo de 52 años. En realidad creían que el mundo se acabaría cada 52 años a menos que ellos celebraran la Ceremonia del Fuego Nuevo. Todas las familias participaban en la celebración sacando a la calle el fuego del hogar y rompiendo los utensilios domésticos.

Luego, mientras la gente observaba desde los tejados de las casas, los sacerdotes salían de la ciudad y se dirigían a una colina distante. Cuando la estrella sagrada alcanzaba un punto determinado del firmamento, el sumo sacerdote encendía un fuego nuevo y quemaba el corazón de una víctima de un sacrificio humano. Los sacerdotes volvían al templo transportando antorchas y los hogares de todas las casas de Tenochtitlán volvían a encenderse con este fuego. Los aztecas celebraban el hecho de que el mundo no se terminara con grandes festejos.

LOS INCAS: entre los incas los Sacrificios humanos eran raros y representaban ofrendas especiales para los dioses. Los niños eran considerados más puros que los adultos; ser sacrificados era un honor tal que se les deificaba convirtiéndolos en representantes directos del pueblo, para vivir eternamente al lado de los dioses. Serían adorados después de muertos.

Es probable que en Llullaillaco los sacrificios se realizaran en diciembre, durante el verano suramericano, cuando las temperaturas son más altas y hay menos nieve. El centro administrativo inca más cercano de cierta importancia se encontraba en Catarpe, cerca de lo que hoy es San Pedro de Atacama, al norte de Chile, a unos 190 kilómetros. Pero los estilos de las telas, las estatuas y la cerámica indican que se produjeron en Cuzco, Perú, a unos 1,300 kilómetros al norte.

Los pueblos que vivían cerca de Llullaillaco debieron haber creído que las montañas controlaban el clima, así como la fertilidad de los animales y la abundancia de las cosechas en la región, razón por la que los habitantes actuales siguen rindiendo culto a las montañas. Las autoridades incas en Cuzco, sede del imperio, sabían que hacer ofrendas a las montañas sagradas era la forma de incorporar a esas deidades a la religión del Estado, lo que les daba mayor control sobre los pueblos distantes que subyugaban.

Los relatos escritos tras la Conquista Española describen peregrinaciones que duraban meses y mencionan los nombres de los niños sacrificados. En algunos casos, un niño era ofrecido por sus padres, que podrían haberlo acompañado en el viaje. Los residentes de la localidad también ayudarían a los sacerdotes en las ceremonias, quizás con bailes y pócimas religiosas, hasta que la procesión llegara a su destino.

Más ceremonias se celebrarían durante el largo ascenso a la cumbre, que podía tomar hasta tres días. Según los relatos, los incas sacrificados morían al ser enterrados vivos, por estrangulamiento o por un golpe en la cabeza -que es como murió la Dama de Hielo-. Sin embargo, los niños de Llullaillaco tienen expresiones afables y no muestran cicatrices, lo que sugiere que murieron estando inconscientes o semiconscientes, quizá bajo la influencia de la combinación de bebidas alcohólicas rituales y la altitud.

El olor a carne quemada aún persiste como consecuencia del rayo que le calcinara la oreja, el hombro y el pecho, pero el resto del cuerpo de la niña está en condiciones excelentes. Aún en la cima, la tela que la envolvía se zafó y quedó a la vista su rostro. Aunque los órganos están intactos, el rayo expuso tejidos profundos, lo que facilitó la toma de muestras. La extracción de dos docenas de artefactos encontrados cerca del cuerpo fue tarea difícil en la estrecha tumba; la posición de cada pieza tuvo que ser registrada meticulosamente. “La excavación implica un esfuerzo titánico, aun tomar notas es difícil a 22 mil pies de altura (6,700 metros), Pero es importante porque para los incas había mucho simbolismo en la forma en que disponían las ofrendas.” Entre los artefactos se encontraron estatuas, cerámica, bolsas de comida y esta bolsa de coca echa con plumas, quizá de aves de la región amazónica. La coca era sagrada para los incas, y los pueblos andinos la siguen usando en sus ofrendas.

La pacífica muerte de los mayas:

El desciframiento de los jeroglíficos mayas (pueblo dirigido por reyes-sacerdotes) indica que esta pacífica civilización tampoco evitaba los sacrificios humanos. Los mayas se desarrollaron en los estados mexicanos de Chiapas y Campeche, Honduras, la península del Yucatán y las tierras bajas del Petón guatemalteco. En la época clásica de esta cultura (entre el 300 y 900) no hubo sacrificios, que sí se produjeron desde el siglo X hasta la llegada de los españoles.

La ceremonia habitual era similar a la de los aztecas, sólo que el corazón se colocaba en un plato y se lo acercaba al sacerdote (el chilan), que embadurnaba con sangre el rostro de la imagen del dios. Otros sacerdotes desollaban el cuerpo de la víctima, se vestían con la piel y bailaban. Si era un guerrero o una figura importante, el cuerpo se repartía entre las élites guerreras o sacerdotales.

Otro de los modos de muerte consistía en flechar el corazón, según testimonian las paredes del templo II de Tikal en un graffito anónimo. Se señalaba el corazón con una marca blanca y se pasaba danzando hasta que, por orden, comenzaban a flechar el corazón.

Por la escasez de lluvias, los mayas arrojaban a la víctimas a los cenotes, pozos naturales a través de los extensos ríos subterráneos que afloran a la superficie. Así, imploraban a los dioses que habitaban en las corrientes de agua.

El Cenote de los Sacrificios de Chichen Itzá es un pozo natural ovalado, de 60 metros de ancho y unos 20 de altura entre el nivel del agua y la superficie. Se arrojaban allí pequeños niños o esclavas por sus padres o amos, con un doble carácter: 1) para ayudar a los dioses de la lluvia; 2) para adivinar el futuro.

Las víctimas que no morían en la prueba eran sacadas para que “transmitieran” lo que habían escuchado en el “inframundo”. Esta ceremonia tenía lugar al amanecer.

Fuente Consultada:
Historia Universal Tomo 14 Civilizaciones precolombinas
Pensar La Historia 3° Ciclo EGB Moglia – Sislián  – Alabart
El Libro Negro de la Humanidad Matthew White
Enciclopedia Popular Magazine N°22 Año 2 Los Sacrificios de los Aztecas

 




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