Lucha Mundial Contra El Hambre, la Pobreza y la Educacion




Lucha Mundial Contra El Hambre, la Pobreza y la Educación

“La pobreza es un problema muy complejo y es importante discriminar aquellos aspectos que son estructurales y que hacen a las capacidades de las personas, de la pobreza de ingreso aunque, en muchos casos, coinciden. Aquellas familias o personas que son pobres por tener menores capacidades, menores activos, en general por esta razón tienen más alta probabilidad de ser pobres por ingresos. Pero no todos los pobres por ingresos tienen déficit de capacidades.”

LA GUERRA CONTRA LA POBREZA DESPUÉS DE LA S.G.M.
Aunque la ONU se concibió ante todo como un instrumento pacificador, sus fundadores también se propusieron ocuparse de una amplia gama de temas económicos, sociales, culturales y humanitarios. Desde sus primeros y accidentados años, en que la ONU ayudó a reconstruir la Europa de la posguerra y dio alojamiento a millones de refugiados, una proliferación de nuevos programas han brindado ayuda para combatir el analfabetismo, la enfermedad, el hambre y la pobreza del mundo. Esta labor es administrada por más de una docena de organismos especializados, entre ellos la Organización Mundial de la Salud (OMS), la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) y la Organización para la Agricultura y la Alimentación (FAO). En 1975, los fondos totales de que disponía la ONU para todas sus actividades, incluyendo préstamos e inversiones, se aproximaban a los 7.000 millones de dólares, suma que refleja el enorme crecimiento y la diversificación alcanzada por la organización mundial en sus tres primeras décadas.

DEFINICIONES DE LA POBREZA: Tradicionalmente, la pobreza ha sido definida como carencias de consumo o de ingresos  de económicos. Para este enfoque, los individuos y los hogares son pobres cuando sus ingresos o consumos se encuentran por debajo de cierto límite, definido socialmente como un mínimo de calidad de vida aceptable en una comunidad.

Así, por ejemplo, si se considera el problema de la alimentación y se define la pobreza a partir de la carencia de medios, el costo monetario de la canasta alimentaria básica constituye un indicador adecuado para medir la pobreza. De acuerdo con este enfoque, deja de ser pobre quien logra acceder a cierto nivel de ingresos.

Se puede suponer, entonces, que el crecimiento económico es suficiente para superar la pobreza. Sin duda, para reducirla es necesario un crecimiento económico que incorpore los temas de la desigualdad en la distribución de la renta y la riqueza, pero aún así, el enfoque de la pobreza a partir de los ingresos es limitado. El ingreso es una de las múltiples dimensiones de la pobreza y al ignorar las demás, se parcializa el problema. La exclusión de una persona de la participación en el proceso de toma de decisiones que afectan su vida, es una forma de privación que no queda reflejada en la dimensión del ingreso. Por ejemplo, una persona analfabeta que no puede acceder a una cabal comunicación e interacción con los otros es una persona pobre porque se ve privada de una dimensión que hace a su desempeño en la vida social.

Para ir más allá de esta reducción del concepto de pobreza a la dimensión del ingreso, el enfoque del Desarrollo Humano propone una concepción abarcadora de la condición humana. Desde este enfoque, la pobreza significa la privación de una vida larga, sana y creativa; del disfrute de un nivel decente de vida, de la libertad, la dignidad y el respeto por sí mismo y por los demás. La atención se traslada de los medios (en particular, el ingreso) a los fines que los individuos persiguen y, por lo tanto, a las libertades sustantivas necesarias para satisfacerlos. Pobreza es, entonces, la privación de capacidades y libertades para el desarrollo integral de las personas.

LA MEDICIÓN DE LA POBREZA: Distintas definiciones de la pobreza marcan diferencias en el de medirla. Es bastante frecuente asistir, a través de los medios de comunicación masivos, a discusiones sobre la verdadera dimensión de la pobreza en la Argentina. Para algunos, la extensión de los programas sociales y de los subsidios por desempleo redujeron notablemente el porcentaje de pobres en nuestro país. Para otros, estos datos, si bien relevantes, no alcanzan para revertir la situación.

Si una medición se guía por el enfoque según el cual la pobreza se define como carencias de consumo o de ingreso, entonces las variables que se destacan son dos: el costo monetario de la canasta alimentaria básica y el nivel de ingresos de la población.
Si, en cambio, la pobreza es entendida como privación de capacidades y libertades para que las personas puedan desarrollarse de acuerdo con sus fines, entonces habrá que tener en cuenta otras variables (además del ingreso y del costo de la canasta básica) para medirla se utiliza el índice de Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI) que incluye los siguientes servicios básicos: agua, saneamiento y educación, y reconoce la necesidad del empleo y la participación.

Sin embargo, si bien el NBI logra captar a los pobres estructurales, no capta a los nuevos pobres, es decir, a las personas empobrecidas por la caída de los ingresos en el país (quienes en ciertos casos, aún gozan de algunos de los servicios básicos mencionados por el NBI).

Para lograr una mejor aproximación al problema dentro de los límites de las estadísticas disponibles, y captar de este modo los contrastes que existen entre regiones y provincias de la Argentina, el análisis de las necesidades básicas se debe complementar con el de la pobreza y la indigencia.

• La línea de indigencia establece si los hogares cuentan con los ingresos suficientes como para cubrir una canasta de alimentos capaz de satisfacer un umbral mínimo de necesidades energéticas y proteicas.

• La línea de pobreza establece, a partir de los ingresos de los hogares, si éstos tienen la capacidad de satisfacer, por medio de la compra de bienes y servicios, un conjunto de necesidades alimentarias y no alimentarias consideradas esenciales.

LA ALIMENTACIÓN MUNDIAL El progreso técnico y científico benefició tanto a la agricultura como a la industria y a los servicios, pero en las partes menos desarrolladas del mundo los beneficios se agotaron con rapidez debido al rápido crecimiento de la población. De este modo, entre principios de la década de los 60 y 1973, la producción agrícola mundial aumentó en un 29 por ciento, y la mayoría de las grandes regiones se aproximaban a este promedio, excepto África, que no superaba el 20 por ciento; pero la producción per capíta descendió en África, América Latina y Oriente Medio; sólo las economías industrializadas se mantuvieron bien por delante de su crecimiento demográfico.



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En conjunto, los países desarrollados, que seguían teniendo un excedente de exportación de cereales en 1954, empezaron a convertirse en importadores netos en 1955, y hacia 1965 el total de sus importaciones sumaba los 16,5 millones de toneladas; en 1966, sólo las importaciones de India eran equivalentes a un cuarto de la cosecha de Estados Unidos. Los costes de estas crecientes importaciones de alimentos procedentes del mundo desarrollado se convirtieron en una carga imposible.

Los aumentos en su propia producción agrícola podían ser enormes, con la apropiación de la tecnología occidental, como lo demuestra la «Revolución Verde», un término que tuvo buena acogida en aquel tiempo. En su sentido más estricto, se refería al desarrollo de razas de trigo, maíz, arroz y otros cereales de alta productividad, rápido crecimiento y adaptables, pero también podía utilizarse para hacer referencia a cualquier aspecto de la mejora en la tecnología y la estructura agrarias. Las primeras variedades de alta productividad de maíz fueron creadas en México en un centro de investigación financiado por la fundación Rockefeller.

A mediados de la década de los 60, la cosecha de maíz por hectárea en México se había duplicado y la producción total triplicado. Algunas nuevas variedades de trigo y arroz mejoraron las cosechas hasta un 350 por ciento. Hacia 1970, las mayores superficies cultivadas con variedades de alta productividad de arroz eran Taiwán (el 74 por ciento de la producción total), Filipinas (50 por ciento), Pakistán (42 por ciento) y Corea del Sur (40 por ciento), y para el trigo en México (90 por ciento), Nepal (50 por ciento), Pakistán (49 por ciento) e India (33 por ciento). Las proporciones en otros lugares eran mucho más bajas. Hacían necesaria una cuidadosa distribución del agua, la eliminación de las malas hierbas, la protección contra las enfermedades, una mayor mecanización y una buena organización de la comercialización, pues era necesario comprar las semillas en lugar de apartar una pequeña cantidad de la cosecha para sembrar las semillas, como era habitual. A menudo se hacía necesario una mejora de la infraestructura, y un cambio estructural. Todo ello significaba que las mejores cosechas tendían a beneficiar a los agricultores más ricos, y no a los más pobres. Asimismo, los países más pobres no podían beneficiarse.

El término «Revolución Verde» tampoco hizo justicia a las continuas mejoras, incluida la experimentación con semillas, que se habían realizado anteriormente. Quizás sea más realista afirmar que la «Revolución Verde» desempeñó su papel en el aumento a largo plazo de la producción agrícola de algunos de los países más pobres.

A principios de los años sesenta, un grupo de científicos, economistas, funcionarios gubernamentales y técnicos agrónomos, apoyados por fundaciones asistenciales y grandes negociantes agrícolas, elaboraron una serie de técnicas que debían conducir a una mayor producción agraria. El conjunto se conocería como la Revolución Verde. Consistía en la introducción de semillas mejoradas que, con gran cantidad de fertilizantes, pesticidas, buena irrigación y drenaje, producen plantas de alto rendimiento. Las cosechas mejoraron espectacularmente. La producción de alimentos creció y aunque con las nuevas semillas el proceso agrícola era más caro, los ingresos más altos lo compensaban. Los “dolores del crecimiento”. Diez años después, aparecieron algunos efectos secundarios preocupantes. Las nuevas semillas “milagro” eran más uniformes y por tanto mucho más vulnerables al ataque de los insectos y las enfermedades. En el pasado, una zona podía contener tipos muy distintos de trigo o arroz, y no todos sufrían las mismas clases de plagas. Después de la Revolución Verde, un simple puñado de variedades puede constituir el grueso de la cosecha de un país. Y éste no es solamente un problema del mundo pobre. En 1970, la plaga meridional de la hoja del maíz tuvo desastrosos efectos en la cosecha de maíz americana. Como quiera que las grandes compañías productoras de semillas encuentran más provechoso limitar las variedades que se ofrecen al consumidor, este problema va en aumento. La producción, recolección y conservación de las variedades mundiales está principalmente en manos del mundo rico, aunque la mayoría de ellas procede originalmente del Sur, que así ve cómo otro de sus recursos naturales queda bajo el control del Norte.

¿Quién consume qué? Cuando la gente habla de la presión que se ejerce sobre los recursos mundiales, suele citar el crecimiento demográfico de los países pobres como la mayor amenaza. El mundo —dicen— debe mantener un equilibrio correcto entre los recursos que poseemos y el número de personas que los consumen. Demasiada gente y la ecuación falla. Otros piensan que el problema es más complicado, porque hay personas que utilizan los recursos a mucha más velocidad que otras. Por ejemplo, los países ricos tienen el 25 % de la población mundial, pero consumen alrededor del 66 % de los alimentos de que dispone el mundo. Solamente sus animales consumen el 30 % del grano mundial.


Y lo mismo ocurre con la energía. Los países industrializados en conjunto consumen el 85 % del petróleo mundial.
Mientras la industria en el Norte justifica el uso de energía, la relativa baratura del petróleo hasta principios de los 70, permitió también a los occidentales desarrollar un tipo de vida con un alto consumo de energía, a veces malgastada.

Algunos hábitos alimentarios occidentales son también muy despilfarradores, hablando en términos globales. En Occidente hay quien come cinco veces la cantidad de grano que consume una persona pobre, el 90 por ciento del cual es por vía cárnica y láctea procedente de animales que, a su vez, han sido alimentados con grano. La producción de un kilo de carne o de un producto lácteo puede absorber hasta 10 kilogramos de grano. Los expertos han llegado a la conclusión de que una reducción de solamente el 10 por ciento de la cantidad de carne que comen los estadounidenses dejaría libre suficiente grano como para alimentar a 60 millones de personas, y al mismo tiempo reduciría el número de ataques cardíacos de EE.UU.

Problemas y alternativas. Pero aunque una reducción de la demanda de grano para forraje podría afectar la cantidad de este producto disponible para el consumo humano, la disponibilidad por sí misma no es suficiente. Si el grano extra ha de llegar a los pobres, debe venderse a un precio que puedan pagar. Sin embargo, si el precio del grano baja mucho, tal vez los agricultores reduzcan la producción. A pesar de las dificultades que se encuentran para transformar los cambios de estilo de vida del mundo rico en beneficios positivos para los pobres, existe indudablemente un desencanto creciente ante la idea occidental del desarrollo por el desarrollo.

La gente busca estilos de vida alternativos y un mayor crecimiento espiritual. Hay quien  cree que el verdadero cambio del mundo será el resultado de decisiones individuales, no de los gobiernos, y que únicamente cuando un número suficiente de personas haya cambiado sus valores personales y sus ideales, podrá empezar a cerrarse de verdad el abismo que separa el mundo rico del mundo pobre.

¿Un enfoque miope? Muchos supone que cualquier mejoría depende de la capacidad del Norte para dejar de considerar que el desarrollo del Sur es una amenaza, y empezar a reconocer que es de interés común que la economía mundial se fortalezca, que sus recursos se administren y conserven mejor y que la pobreza y el hambre sean eliminados. No pretenden que la reestructuración del actual orden económico se vaya a hacer sin dolor para el Norte, pero insisten en que las ganancias superan con mucho los costes.

Otros argumentan que el escollo para el verdadero progreso no está solamente en la miopía del Norte, sino también en su falta de voluntad política. Los políticos obran siguiendo una política a corto plazo porque quieren ser reelegidos.

¿Un cambio de actitudes? El número creciente de pequeños grupos políticos de presión, especialmente los que se preocupan por la protección del medio ambiente, puede ser el primer signo de que los occidentales empiezan a cuestionar los valores por los que han estado viviendo. Aumenta la creencia de que todos compartimos el mundo, en los países ricos y en los pobres, y de que las naciones han de trabajar juntas para cuidarlo. También recibe mayor apoyo la idea de que la gente del Tercer Mundo, y no sólo sus gobiernos, debe tener más voz en el proceso de desarrollo.
Con todo esto se relaciona la idea de que el camino para lograr un mundo mejor no es crear más y más riqueza, sino cambiar los conceptos de la gente. En lugar de ver el progreso como el desarrollo de más y más productos, deberíamos, tal vez, verlo como el desarrollo de las personas y sus posibilidades.

Los problemas planteados en este libro pueden parecer difíciles de resolver, pero no hay razón para no buscar honradamente una respuesta. Como dijo un escritor: “¿Cómo podemos superar el miedo de que tal vez no existan respuestas? No con la autodecepción, sino con una razonable esperanza” (Francés More Lappé).

DATOS SOBRE EL HAMBRE

870 millones de personas no tienen lo suficiente para comer. El 98% de estas personas viven en países subdesarrollados y el 15% está desnutrida.
Las mujeres constituyen un poco más de la mitad de la población mundial, pero representan más del 60% de las personas con hambre en el mundo.
La desnutrición contribuye con la muerte de 2,6 millones de niños menores de 5 años, un tercio del total global.
En los países en desarrollo, 1 de cada 6 niños—casi 100 millones—tiene bajo peso. También 1 de cada 4 tiene problemas en el desarrollo y hay tendencias a aumentar dicha proporción.
El 80% de los niños con retraso en el crecimiento viven en 20 países.Unos 66 millones de niños van a la escuela primaria con hambre en los países en vías de desarrollo, de los cuales 23 millones están en África.
El Programa Mundial de Alimentos (PMA) estima que se necesitan más de 3.000 millones de dólares al año para llevar alimentos a 66 millones de niños en edad escolar que sufren hambre.

Las Mujeres en los Países Pobres

Fuente Consultada:
Mundo Rico, Mundo Pobre
Estado de la Inseguridad Alimentaria en el Mundo, FAO,2012





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