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Biografía Mirtha Legrand:Diva de la Televisión

Biografia Mirtha Legrand Diva de la TelevisionMirtha Legrand: La diva de los almuerzos

Mirtha Legrand es sin dudas uno de esos personajes públicos que despiertan sentimientos encontrados entre los miembros de la sociedad, ya sea por su popularidad masiva acumulada durante décadas en la pantalla televisiva y cinematográfica, como así también por su influencia en la opinión pública y sus críticas en diversos ámbitos.

Ella misma ha reconocido en alguna oportunidad: “Hay mucha gente que me quiere, y otros, un poco menos. Son las reglas del juego. Pero en los momentos más difíciles la gente me ha respondido, y siempre con afecto”.

Más allá de los sentimientos que despierta, la diva de los almuerzos argentinos ha sabido a lo largo de los años cosechar una trayectoria que perdurará aún después de su muerte, y que en definitiva es la meta que persiguen los artistas: ser recordados eternamente.

Un caluroso 23 de febrero de 1927 llegaba a este mundo la pequeña Rosa María Juana Martínez Suárez, en el seno de una familia de clase media que residía en la localidad santafecina de Villa Cañás, pueblo ubicado a 200 kilómetros de Rosario.

Pero aquel nacimiento no fue sencillo, ya que en realidad durante el parto tanto su padre, José Martínez, como la partera y su asistente notaron con sorpresa que la española Rosa Suárez, estaban dando a luz a dos pequeñas criaturas.

Así fue que llegaron al mundo las bellas gemelas Rosa María Juana, que posteriormente se convertiría en Mirtha Legrand, y María Aurelia, que luego pasaría a utilizar el nombre artístico de Silvia Legrand.

Ambas compartieron el gran amor que siempre supo darles su hermano dos años mayor que ellas, que con los años se convertiría en el prestigioso director cinematográfico José Martínez Suárez.

Antes de que las pequeñas comenzaran a soñar con la fama y con convertirse en estrellas del séptimo arte, vivieron una infancia feliz, cursando sus estudios primarios en la Escuela Fiscal Nº 178, de Santa Fe, momento en que fueron apodadas con los alias “Chiquita” y “Goldi” respectivamente.

Sin embargo, la felicidad familiar duraría poco, y fue precisamente cuando las niñas aún se encontraban en edad escolar que sus padres resolvieron separarse, y la madre decidió trasladarse a la ciudad de Rosario para ofrecerle a sus hijos mejores oportunidades en cuanto a su educación.

Fue en Rosario que los tres hermanos comenzaron a tomar clase de interpretación dentro de los talleres para niños que se dictaban en el Teatro Municipal, donde la actuación incluía capacitación en canto, recitado, danzas, piano y diversas disciplinas.

En este entorno, Mirtha fue encontrando lentamente su vocación, y demostrando ante la mirada atónita de sus profesores las grandes cualidades innatas que poseía para la actuación y el desenvolvimiento escénico.

Finalmente llegó Buenos Aires y con la ciudad se acrecentaron los sueños de aquella jovencita que junto a su madre y hermanos había abandonado la provincia de Santa Fe luego de la muerte de su padre. Fue en ese momento en que Mirtha y su hermana gemela comenzaron a tomar clases en el Conservatorio Nacional de Arte Escénico, perfeccionando un talento que clamaba por ser expresado.

Debido a los apremios económicos que sufría la familia, las hermanas Legrand intentaron infatigablemente conseguir trabajo relacionado a su vocación, y finalmente en el año 1939 fueron contratadas por el director Luis César Amadori para actuar como extras en la clásica película “Hay que educar a Niní”, con lo que no sólo lograron debutar en la pantalla grande, sino también compartir los entretiempos del plató junto a una de las actrices más importantes de aquella época, la entrañable Niní Marshall.



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Tanto en los ensayos, como en las prácticas o en los pequeños papeles que las hermanas Legrand podían llegar a conseguir, desde un comienzo fue notable la diferencia en la personalidad de ambas, que con los años se haría más profunda, y que llevaría a Mirtha a un estandarte mucho más superior que el que logró su hermana Silvia.

Después de diversos trabajos en los que las jóvenes aparecían en escenas donde debían permanecer calladas, ya que se desenvolvían como extras que ni siquiera figuraban en los créditos, llegó la oportunidad que convertiría a Mirtha en una de las promesas de la época del cine de oro argentino.

A mediados del año 1941, mientras en Europa parecía finalizar la Segunda Guerra Mundial, en Argentina se estrenaba en los cines porteños el filme “Los martes, orquídeas”, en la que Mirtha Legrand, ya utilizando su nombre artístico y de a penas 14 años de edad, compartió el rol patagónico junto a uno de los actores más destacados de la época, Juan Carlos Thorry.

La premiere de la película se realizó a sala llena en el cine Broadway de Buenos Aires, y según recuerda la diva su vida cambió significativamente a partir de aquel momento. Al respeto, en una oportunidad Mirtha Legrand relató: “Llegué al cine en tranvía y me fui en un Cadillac! No sé de quién era, pero me acompañaron mi madre y mis hermanos”.

A penas estrenada la película, el público en su conjunto consagró a aquella delgada y delicada joven de ojos claros y risos dorados, que podía emocionar profundamente hasta las lágrimas en las escenas dramáticas, al mismo tiempo que apelaba a sutiles gestos con el rostro que generaban complicidad con el público en aquellas escenas donde reinaba la comedia.

El éxito fue tal que al poco tiempo del estreno de “Los martes, orquídeas” las autoridades de los Estudios Lumiton decidieron contratar a Mirtha para que protagonizara sus películas por el lapso de cinco años, convirtiéndose así en una de las figuras más importantes de la corriente cinematográfica que se denominó “comedias blancas”, en la que se mezclaba el humor y la comicidad con el romance.

De aquella época son algunas de las más memorables películas de Mirtha, tales como “El viaje”, “Claro de luna”, “Safo, historia de una pasión”, “Mi novia es un fantasma”, “La casta Susana”, “Un beso en la nuca”, y la trilogía de la Señora de Pérez que protagonizó junto a Juan Carlos Thorry.

Con la consagración no sólo se hicieron posibles importantes oportunidades cinematográficas para Mirtha, sino que además llegó la posibilidad de trabajar en televisión, primero participando en un ciclo llamado “M ama a M”, luego en “Show musical”, posteriormente en “Almorzando con las estrellas”, hasta finalmente estrenara en 1968 el tradicional “Almorzando con Mirtha Legrand”, uno de los escasos programas que ha logrado perdurar en la televisión argentina por más de 40 años.

Esto le ha permitido a Mirtha ser testigo directo de los diversos cambios que ha sufrido nuestro país a lo largo de casi medio siglo.

En este sentido, en una oportunidad la diva declaró: “Trabajé con todos los gobiernos, democráticos, dictatoriales y de desgobierno, algunos de los cuales me han prohibido, pero nunca pedí ni me dieron explicaciones. Pero antes que nada soy argentina cien por ciento, amo a mi país. Toda una carrera, yo no he dejado de trabajar un día, nunca. Tan feliz con esta trayectoria, esta vida que he llevado, yo nunca le he hecho un mal a nadie. Y si se lo he hecho, ha sido inconscientemente. He tratado de superarme siempre”.

Fuente Consultada: Graciela Marker

mirtha legrand jovenDesde hace 40 años los argentino intentan descifrar cuál es el motivo del éxito que tiene Mirtha Legrand sentada a una mesa, un mediodía conversando con invitados a almorzar. Para e! sociólogo Juan José Sebreli (autor de Buenos Aires, vida cotidiana v alienación) “tiene dotes innatas similares a las de un líder político”.
La señora agrega costumbres y actitudes inesperadas. Por caso, “lo que más disfruto en televisión son los programas de automovilismo; las carreras de TC 2000 y las de Fórmula 1 me encantan”.

Esa misma Mirtha es la que toma un avión y viaja hasta Santander España, para darle una sorpresa a su madre. O la que hace lo mismo y aterriza en París, y va en taxi hasta un restaurante donde se le aparece a su hija.

Y es ésa u otra Mirtha (vaya uno a saber) la que describe su hija: “Vivíamos en Barrio Parque, en una casa pegada a las vías del tren. Por ahí pasaba El Cuyano. Era verano, y estábamos todos en la pileta, pero a un horario de la tarde todo se detenía: venía el tren Entonces, mamá se sentaba, de capelina, y el maquinista de! tren lo paraba frente a nuestra casa. La gente se corría hacia las ventanillas que daban a casa, y mamá saludaba, tipo reina, con su capelina, impecable, maquillada las 4 de la tarde, en enero.




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