Primeras Exploraciones de la Patagonia Largas Caminatas Exploradores




Desde los primeros tiempos del descubrimiento se conocen algunos relatos más o menos documentados unos, y fantásticos otros, sobre dramáticas caminatas realizadas por la entonces misteriosa Patagonia.

La primera caminata
Los protagonistas de la primer marcha de que se tiene noticia fueron dos tripulantes de la carabela Santiago, de la flota de Magallanes, quienes unieron caminando Puerto Santa Cruz con Puerto San Julián. Esta nave, luego de descubrir el río Santa Cruz, naufragó a poco de salir de la bahía, pero toda la tripulación logró salvarse, excepto un negro que pereció ahogado. Su capitán, Juan Rodríguez Serrano, tras recuperar todo cuanto fue posible de la echazón, despachó por tierra dos tripulantes hacia Puerto San Julián en busca de ayuda, pues allí continuaban invernando las demás naves de la flota.

Replica Nao Victoria que llegó a la Patagonia

Esta primera caminata patagónica, que superó largamente los 100 kilómetros, fue realizada en pleno invierno a través de tierras áridas, frías, ventosas, desoladas y totalmente cubiertas de cascajo. Estos dos hombres que marcharon en condiciones sumamente precarias, arribaron a destino completamente agotados. Salvaron la vida porque sus compañeros, según explica el cronista Pigafetta, desde días atrás venían observando el humo de las hoguerras que encendían, y un grupo fue comisionado para investigar lo que ocurría.

Así fue como hallaron a los dos náufragos, ya completamente postrados, a cierta distancia del puerto al cual nunca hubieran podido llegar por sus propios medios. A raíz de este naufragio, Magallanes despachó también por tierra una partida en auxilio de la gente de la Santiago y, al decir de los historiadores, todos regresaron caminando a San Julián sin mayores inconvenientes. (En general, todas las crónicas aportan escasos detalles sobre este suceso).

Los náufragos de León Pancaldo
En el año 1538 naufragó en la barra del río Gallegos una de las naves de la flota que mandaba León Pancaldo, un genovés que en 1520 había participado, como tripulante, de la flota de Magallanes y del descubrimiento de la Patagonia. Algunos autores han dicho que la tripulación de esta nave, siniestrada en tan remotas latitudes, realizó la extraordinaria hazaña de recorrer caminando desde la desembocadura de aquel río hasta Buenos Aires, ciudad que dos años antes había fundado don Pedro de Mendoza.

Varios son los autores y comentaristas que en diversos medios de difusión se han hecho eco de este suceso, más lo cierto es que los documentos históricos que relatan pormenores de esta fracasada expedición, que tenía finalidades puramente comerciales, no aportan noticia alguna que permita avalar tan aventurada hipótesis.

Se hace notar, además, que resulta llamativamente extraño que una hazaña de esta naturaleza, y de características tan extraordinarias como espectaculares, no haya sido comentada ni citada por ninguno de los cronistas de aquellos tiempos. No se conoce ningún documento que acuse a León Pancaldo de desalmado por haber abandonado a su suerte a tanta gente en tan desolado y remoto lugar, y tampoco se conoce queja alguna de tan sacrificados caminantes que, de ser cierta su hazaña, debieron superar las peligrosas contingencias de por lo menos tres largos y gélidos inviernos, y otros tantos ventosos y secos veranos patagónicos. A todo esto debería añadirse la suerte realmente extraordinaria de no haber encontrado, a lo largo de tan extensa caminata, ningún grupo de indios hostiles.

En consecuencia, el raid de este grupo de náufragos, debido a la falta de documentos, hasta ahora no logra superar los límites de lo puramente imaginario, pese a que han corrido ya casi cuatro siglos y medio.

Expediciones del padre Mascardi
En las últimas décadas del siglo XVI, las crónicas históricas de las misiones jesuitas establecidas en la isla de Chiloé, registran los viajes —en realidad interminables caminatas-realizados por el padre Nicolás Mascardi, entregado por entero a su apostolado de catequizar infieles y obtener información que le permitiera ubicar la famosa y legendaria Ciudad de los Césares. Dichas crónicas atribuyen a este religioso el haber emprendido varias expediciones desde la misión del lago Nahuel Huapi.

Durante una de ellas, dicen que descubrió los actuales lagos Musters y Colime Huapi, y en otra se dice, con lujo de detalles, que tras alcanzar la costa atlántica, viajó a lo largo del litoral patagónico desde Puerto Deseado hasta la costa meridional del Estrecho de Magallanes, donde pudo constatar que por allí no existía vestigio alguno de la famosa y misteriosa ciudad que venía buscando.

Estas caminatas patagónicas, realmente fantásticas, del padre Mascardi, superan largamente la que algunos atribuyen a los náufragos de León Pancaldo, y las mismas están respaldadas
por gran acopio de documentos, tal como puede comprobarse en las páginas del libro Entre los tehuelches de la Patagonia, del padre Guillermo Furlong.

Tapary: 19 meses caminando

En 1753, los anales patagónicos registran otra caminata que alcanza ribetes extraordinarios, pues su protagonista, Hilario Tapary, un indio paraguayo, solo y librado a sus propios medios, unió caminando Puerto San Julián con el río Negro. La aventura de este indio guaraní duró algo más de 21 meses, de los cuales se calcula que durante 19 caminó constantemente a lo largo de la costa atlántica.

Desde el río Negro fue traído a Buenos Aires por unos indios, pues su patrón, al enterarse que los salvajes habían saqueado las instalaciones levantadas en Puerto San Julián donde éste había quedado en compañía de otras dos personas contratadas para preparar bolsas de sal, encomendó a los indios que solían visitar Buenos Aires y entre los cuales había algunos patagones, que averiguaran lo ocurrido en aquel lejano puerto y trajeran a su casa a los sobrevivientes, si los había, pues prometió recompensarlos generosamente.

Al reintegrarse a la civilización, Tapary narró a su patrón, don Domingo Basavilbaso, todo cuanto había ocurrido en aquel lejano lugar a partir del momento en que se alejó el buque que los había llevado. Este tomó por escrito su declaración, de la cual fueron incluidas cinco páginas en la Colección de viajes y expediciones a los campos de Buenos Aires y a las costas de la Patagonia, cuya primera edición data del año 1837, y es la primera que relata esta extraordinaria aventura.



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Walampa: 400 kilómetros a los 80 años
En agosto de 1883, cuando las fuerzas del general Lorenzo Vintter apresaron en Puerto Deseado a la tribu de Orkeke, la hermana mayor del viejo caudillo tehuelche, llamada Walampa, fue abandonada a su suerte por considerar que, debido a su edad y estado, no resistiría el viaje hasta Buenos Aires, hacinada en las bodegas del transporte Villarino.

Sin embargo, esta anciana, al quedar sola, abandonada, desprotegida y desprovista de todo, emprendió viaje hacia el sur, y varios meses después, tras andar más de 400 kilómetros, alcanzó la margen norte de la bahía de Puerto Santa Cruz. Los integrantes de la Subdelegación Marítima, que entonces se había instalado en cañadón de los Misioneros, intrigados por las señales de humo que venían observando en la ribera opuesta, cruzaron la bahía con el bote, y prestaron socorro a esta infeliz mujer, a la que hallaron en un estado de total postración, siendo necesario llevarla en brazos hasta el bote.

Quienes la conocieron en la época en que finalizó esta tremenda caminata, decían que debía rondar los ochenta años. Pese a todo, logró reponerse de las contingencias de tan largo y agotador viaje, pues durante varios meses vivió en Cañadón de los Misioneros, y cuando un grupo de indios visitó el lugar, se marchó con ellos a los paraderos de la zona del estrecho, montando por sus propios medios el caballo que le prestaron.

Parte II




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