Los Zombies y el Vudú Africano Historias Creencias de la Religión





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Los Zombies y el Vudú Africano

El destino de un zombie (también conocido como -aparecido-) es  peor que el del vampiro o el del hombre lobo. El vampiro vuelve junto a sus seres queridos. Es posible que le reconozcan y que le procuren el descanso eterno. El hombre lobo puede recibir una herida y recobrar su forma humana. Pero el aparecido es un autómata sin cerebro, condenado a vivir una existencia sombría de trabajo brutal. Un aparecido puede moverse, comer, oír, incluso hablar, pero no tiene ningún recuerdo de su pasado ni sabe nada acerca de su condición presente. Puede pasar junto a su propia casa o mirar a los ojos de sus seres queridos sin reconocerles en lo más mínimo.

Ni fantasma ni persona, se dice que el aparecido está atrapado, posiblemente para siempre, en aquella “zona nebulosa que separa la vida de la muerte”. Mientras el vampiro es un muerto viviente, el aparecido es sólo un muerto que anda: un cuerpo sin alma ni mente sacado de la tumba y al que se le ha dado un remedo de vida mediante brujería. Es la creación del brujo quien lo utiliza como esclavo o lo alquila a otro por lo general para trabajar la tierra.

Haití es el hogar del aparecido o zombie, y son abundantes las historias de personas que han muerto, han sido enterradas y han reaparecido, a veces años más tarde, en esta isla, como cadáveres que andan. Uno de los casos más famosos del que habló por vez primera la escritora americana Zora Hurston, en 1938, aún se cuenta en Haití actualmente. Se refiere a Marie, una encantadora joven de la mejor sociedad que murió en 1909.

Cinco años después de su muerte las antiguas amigas del colegio la vieron junto a la ventana de una casa en Port-au-Prince, la capital de Haití. El propietario de la casa se negó a que investigaran y el padre de Marie se mostró reacio a remover el asunto. No obstante, se hizo más tarde un registro de la casa, pero el propietario ya había desaparecido y no encontraron ni rastro de la muchacha. Mientras tanto, la noticia había recorrido todo Port-au-Prince y para satisfacer a la opinión pública se abrió la tumba de Marie. En el interior se encontraba un esqueleto demasiado grande para el ataúd. Junto al esqueleto, y cuidadosamente dobladas, se hallaban las ropas con las que Marie había sido enterrada.

La gente dijo que Marie había sido desenterrada y utilizada como aparecida hasta que el brujo que la tenía cautiva había muerto y su viuda la había traspasado a un cura católico. Después de que sus compañeras de colegio la vieran, se rumoreaba que la familia la había sacado ilegalmente de Haití, vestida de monja, y la había mandado a un convento en Francia. Más tarde su hermano la visitó en este convento.

Un aspecto triste en la mayor parte de los aparecidos es que nadie, por lo general, les ayuda. La familia y los amigos puede que nunca sepan sus apuros o, si lo saben, sienten demasiado miedo como para intervenir.

¿Por qué los haitianos sienten tanto terror por los aparecidos? ¿Qué puede ocurrirle a un familiar que intente liberar a un ser querido? ¿Existen en realidad los aparecidos? Para responder a estas preguntas precisamos conocer el pasado de Haití y, en particular, las creencias y prácticas de la religión vudú.

El vudú es una combinación singular de creencias africanas, católicas e, incluso de los indios americanos, más las prácticas tradicionales del ocultismo europeo. Sus raíces más profundas están en África y el vudú se inició con la llegada a Haití de un gran número de esclavos africanos. Este terrible comercio de vidas humanas, empezó cuando Haití pertenecía a España, durante el siglo XVI, y cobró impulso a finales del siglo XVII, cuando la isla pasó a poder de los franceses. Haití era la colonia más próspera de Francia… y dependía del trabajo de los esclavos para seguir siéndolo. Los esclavos llegaron a Haití procedentes de todos los rincones de África occidental, pero la mayoría provenían de regiones dominadas por los pueblos de habla yoruba.

Estos grupos creían profundamente que eran poseídos por los dioses. Arrancados de su tierra natal y de sus familias, transportados en condiciones infrahumanas a una tierra extraña, los esclavos llevaron consigo sus tradiciones, su creencia en la magia y la brujería y el recuerdo de sus dioses y antepasados que habían adorado en los bosques africanos. En Haití todo esto formaría la base del vudú. La nueva religión se convirtió en solaz y en fuerza revitalizadora para un pueblo desarraigado y, rápidamente, sufrió la prohibición de las autoridades francesas. En la clandestinidad, el vudú se hizo más fuerte y más siniestro.

La esclavitud fue un gran negocio. Los centenares de esclavos que morían durante el viaje o después de él eran constantemente reemplazados. Hacia la década de 1750 llegaban a Haití unos 30.000 esclavos cada año. Mientras una generación de esclavos sucedía a otra, la nostalgia por el pasado alimentó el fuego de la rebelión. El primer intento de independencia de Haití tuvo lugar en 1757. Macandal encabezó esta rebelión de fugitivos fanáticos, pero los franceses lo capturaron y lo ejecutaron en la hoguera. Siguieron varias revueltas, que condujeron a la proclamación de la independencia en 1804. Con la retirada de los colonos franceses, que eran los defensores de la fe cristiana, la religión vudú se estableció con mayor firmeza.

LA PRÁCTICA DE LA RELIGIÓN VUDÚ

vuduEl vudú es una religión organizada con sus propios dioses y formas de culto. Pero también tiene un aspecto siniestro: el vudú de la magia negra, de la brujería y la superstición, de monstruos, asesinatos y muertos que se levantan.



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La sangre forma parte esencial de algunas ceremonias, que por lo general suponen el sacrificio de animales como cerdos, gallinas y pollos.

Las ceremonias vudú tienen lugar en tonnelles, que pueden consistir sencillamente en cabañas rústicas con suelo de tierra, o bien ser un edificio, pero siempre tienen un espacio cubierto para el baile ritual. Durante este baile los fieles sienten la experiencia central de la religión vudú: la posesión por parte de los dioses.

Los bailes, cantos y vibraciones de los tambores provocan, según se dice, un ambiente en el que el dios y el fiel pueden llegar a ser uno y, en el climax del baile, los fieles entran en estado de trance —una especie de delirio colectivo— que acaba cuando los bailarines se desploman.

Un bailarín puede ser poseído por uno de los dioses y espíritus —que existen en número importante—, la mayoría de los cuales aún se conocen por sus nombres africanos. Durante la posesión, el bailarín llega a ser el dios o el espíritu, según se cree, adoptando no sólo la personalidad de éste, sino también su aspecto, gestos y conducta, femeninos o masculinos.

Así, un bailarín poseído por el antiguo espíritu de Papá Legba (guardián de la verja del otro mundo y dios de las encrucijadas, cuyo símbolo es una muleta) se convierte aparentemente en un hombre viejo y rengo. La posesión puede durar varias horas y ser tan absoluta que el poseído avance sobre ascuas de carbón al rojo o introduzca las manos en agua hirviendo sin titubear, de la misma manera que los miembros de algunas tribus africanas solían cortarse en redondo sus propios dedos cuando se hallaban en estado de trance.

Se ha establecido mediante registros eléctricos practicados sobre la mente humana que ésta es particularmente sensible a los estímulos rítmicos. El hungan, el sacerdote vudú, puede, sin embargo, aumentar la sugestión alterando el tono y el paso de los ritmos ceremoniales. Se sabe que los hungans utilizan también polvos y hierbas mágicas como ayuda para la posesión y se asegura que incluso una sustancia tan corriente como la pimienta puede ser suficiente para producir la posesión dentro del ambiente enfebrecido de una ceremonia vudú.

Sea cual fuere el disparador que induce la posesión, los seguidores del vudú creen que el dios no puede llevarse su cuerpo a no ser que desplace primero su alma. Creen que el alma está formada por dos espíritus: el gros-bon-ange (gran ángel bueno) y el tí-bon-ange (pequeño ángel bueno). El ti-bon-ange es lo que podemos llamar conciencia de una persona. El gros-bon-ange es el alma esencial: todo lo que le hace ser lo que es.

Sin el gran ángel bueno, el pequeño ángel y el cuerpo pierden contacto. Es el gran ángel bueno lo que se desplaza durante la posesión, de manera que una persona ya no es lo que era sino el dios que se ha apoderado de su cuerpo. Normalmente la posesión acaba de manera espontánea y el gran ángel bueno del adepto vuelve de manera automática a él. Pero, en ocasiones, el regreso sólo se produce con ayuda del sacerdote.

También se adoptan grandes cuidados después de la muerte de una persona para que su alma incorpórea tenga otro lugar donde morar. El alma, que en un principio pasa cierto tiempo en el fondo de un río, es invocada por el sacerdote, a lo largo de una ceremonia especial, y colocada en una campana sagrada, un sustituto del cuerpo físico. Entonces se convierte en un espíritu ancestral que aconsejará y protegerá a su familia.

Esta idea del alma subyace en un buen número de supersticiones vudú, incluyendo la creencia en aparecidos, puesto que un alma que ha sido desplazada para la ceremonia de posesión puede muy bien caer en manos malvadas. Hay que desear de manera devota que el alma de cada uno sea poseída por un dios, pero asimismo cabe la posibilidad de que las pérfidas maquinaciones del brujo se apoderen del cuerpo.

El brujo vudú, o bokor, es un personaje aterrador que departe con los muertos y practica todas las artes más negras en favor de sí mismo y de sus clientes. A veces el sacerdote y el brujo son una misma persona, puesto que, según se dice, un sacerdote debe conocer muy bien todas las artimañas de la brujería si va a combatirlas con éxito. Un sacerdote puede luchar hoy con magia blanca contra una maldición y lanzar un hechizo con magia negra mañana.

Los sacerdotes pueden invocar a los espíritus buenos o a los malos como el Zander, que convertía a la gente en serpientes o en murciélagos vampíricos. Los vuduistas sostienen que el verdadero sacerdote no tendrá ningún contacto con la brujería y que, verdaderamente, hay brujos que no son sacerdotes de vudú. El bokor anima a sociedades de delincuentes, adora al diablo y se reúne en los cementerios para practicar el siniestro culto a los muertos. Tales brujos preparan polvos con tierra del cementerio y huesos de hombres muertos para “mandar a los muertos” , contra un enemigo. Esparcir el polvo frente a la puerta de la víctima o sobre un camino, a veces es suficiente para paralizarle o matarlo, a no ser que otro sacerdote lleve a cabo una “contramagia”.

Otra costumbre muy temida es la de vestir a un cadáver con la ropa de una futura víctima y esconderlo en algún lugar secreto para que se pudra, mientras que la persona viva enloquece buscándolo. Como han señalado estudiosos de las creencias haitianas, si la víctima sabe lo que está sucediendo y cree en el poder de la magia, pueden darse con facilidad consecuencias fatales.

Los haitianos cuentan historias aterradoras de cadáveres sacados de la tumba para servir a la voluntad cruel del brujo. Los niños haitianos crecen oyendo cuentos de magia negra, espectros y hechizos de los brujos. Sus madres les advierten que no jueguen nunca con sus sombras y les dicen que el brujo o tontón macoute (el mago vudú viajero) se los llevará si no se portan bien, una amenaza que podía ser demasiado verdadera bajo el mandato del dictador de Haití, Francois Duvalier, en cuyo poderoso ejército privado eran muy numerosos los ton-tons macoute.

Este ambiente de miedo y superstición ha fomentado la creencia en el aparecido. Los cultos sepulcrales y los cuerpos desenterrados sólo están a un paso de la idea de un cadáver que vuelve a una semivida gracias a la magia negra. Alfred Metraux, el autor de Voodoo in Haití, realizó un estudio sobre aparecidos hacia 1958 y afirma: “En Port-au-Prince hay pocas personas, incluso entre la gente culta, que no crean en parte estas historias macabras.”

Fuentes Consultadas:
Hombres Lobos, Vampiros y Aparecidos – Enciclopedia: El Mundo de los Oculto
COSMOS de Carl Sagan
Geometría Sagrada Descifrando el Código de Stephen Skinner
Abuelo ¿es verdad?… de Luis Melnik
La Medida de Todas Las Cosas de Ian Whitelaw
De Los Números y Su Historia de Isaac Asimov
Una Vista Al Universo Conocido de Alejandro Feinstein-Horacio Tignanelli
Crónica Loca de Víctor Suerio
Wikipedia




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