Consulado Romano Ciceron Conjuración de Catilina Pompeyo Craso






roma antigua

LECCIÓN XII.

  1. Consulado de Lépido. — Los excesos y violencias de todo género cometidos durante la dictatura de Sila hicieron necesaria una reacción contra la nobleza, tan luego como faltó el dictador.
  2. Emilio Lépido, nombrado cónsul viviendo Sila, se propuso, muerto éste, restablecer el prestigio del partido popular, anulando las usurpaciones realizadas en la época anterior, llamando a los desterrados, y devolviendo a los tribunos sus antiguas atribuciones. Estas pretensiones no llegaron a realizarse por la oposición del otro cónsul Catulo.

   Concluido su consulado fue nombrado Lépido pro-cónsul de Cisalpina, levantando bien pronto un ejército, con el cual, aumentado en la Etruria, se dirigió sobre Roma, siendo derrotado por Catulo y Perpena en el Puente Milvio. Lépido huyó a Cerdeña, donde murió poco después; y los restos de su ejército a las órdenes de Perpena, pasaron a unirse con Sertorio en España.

  1. Guerra contra Sertorio. — Derrotados por Sila los partidarios de Mario, Sertorio se vino a España dispuesto a combatir en la península contra el dictador. Después de recorrer las costas del Estrecho, y vencer a los romanos en Tingis (Tánger), los lusitanos, mal avenidos con el yugo romano, le ofrecieron un pequeño ejército, que unido con los pocos romanos que le acompañaban, no sumaban más de 7,000 hombres. Con tan escasas fuerzas venció a Metelo y a sus lugartenientes en varios encuentros, apoderándose de la mayor parte de España y aun de Galia Narbonense.

  Dotado de talentos muy superiores a los de Mario, y de más rectitud y honradez que Sila, Sertorio supo atraerse el afecto de los españoles, y estableció en Evora un gobierno semejante al de Roma, y una universidad o escuela superior en Huesca.

  Entretanto, Perpena se une con Sertorio, mientras el senado encarga la guerra de España a Pompeyo, quien después de ligeros triunfos, fue derrotado cerca de Laurona (tal vez Liria). Desconfiando los generales romanos de conseguir la sumisión de Sertorio, apelaron a la traición, valiéndose de su lugarteniente Perpena, que en un banquete le hizo asesinar. El asesino, vencido poco después por Pompeyo, pagó con la cabeza su traición.

  1. Los gladiadores: Espartaco: guerra social.- Se llaman gladiadores los esclavos cuya profesión era batirse en el circo, ya unos contra otros o ya con las fieras, para servir de diversión a los romanos. Este espectáculo repugnante e inmoral se había multiplicado considerablemente, a medida que había crecido el poder de Roma, y se había aumentado el número de esclavos. En varias ciudades de Italia existían escuelas para adiestrar a los gladiadores en el manejo de las armas, siendo una de las principales la de Capua en Campania.

  Espartaco, esclavo tracio, hombre de talento y de valor, prefiriendo morir en los campos de batalla a servir de diversión a los rumanos, huyó de Capua con otros 70 gladiadores, uniéndoseles bien pronto gran número de esclavos de toda Campania, con los cuales derrotaron en las montañas, donde se habían refugiado, un ejército de 3,000 romanos. Corriéronse a Lucania, y su número se aumentó hasta 40,000, alcanzando nuevos triunfos sobre las huestes republicanas, y haciéndose dueños de Lucania y de Campania.

  Creciendo de día en día el ejército de Espartaco, que llegó a reunir 100,000 hombres, se dirige al norte de Italia para franquear los Alpes, y volver libre a su patria; pero después de batir a los dos cónsules y a otros generales romanos, se ve obligado a volver a Italia meridional, por la resistencia de sus tropas a abandonar la península. Espartaco entonces intenta en vano pasar a Sicilia para sublevar los esclavos.

  Roma en tanto encarga el mando del ejército a Craso, que consiguió encerrar a los gladiadores en la península del Brucio; Espartaco, sin embargo, rompió el bloqueo y pasó a Lucania, donde obligado por sus tropas tuvo que aceptar la batalla junto al río Silaro, donde perdió la vida, con la mayor parte de los suyos. Pompeyo, que volvía entonces de España, destruyó los últimos restos de los gladiadores, llevándose la gloria de haber concluido la guerra.

  1. Consulado de Pompeyo y Craso. — A pesar de la pequeña participación que tuvo en la guerra de los gladiadores, Pompeyo recibió en Roma los honores del triunfo, y fue nombrado cónsul juntamente con Craso.

Estos dos personajes, enemigos irreconciliables, en su deseo de apoderarse del mando supremo de la República, cada uno según sus condiciones procuró atraerse el favor del pueblo, abandonando la causa de la aristocracia que antes habían defendido. Pompeyo por el camino de la política, hizo que se devolviesen a los tribunos sus antiguas prerrogativas, a los caballeros la administración de justicia, y que se restableciese la censura: y Craso, que poseía inmensas riquezas, distribuye a los pobres grandes cantidades de trigo, ofreciendo además banquetes en el Foro.

El pueblo, agasajado por los dos hombres más importantes a la sazón en Roma, mostró su preferencia por Pompeyo, confiándole el mando de la escuadra en la guerra contra los piratas que infestaban el Mediterráneo.

  1. Guerra contra los Piratas. — Aniquiladas las potencias marítimas del Mediterráneo, Cartago, Grecia y Siria, y no teniendo la misma Roma escuadras bastantes ni aptitud para vigilar el mar, había crecido la piratería a consecuencia de las guerras, de tal manera, que llegaron a dominar en la mayor parte de las costas y de las islas, interceptando todas las comunicaciones, apoderándose de las flotas que conducían víveres a Roma, e imponiendo tributos a todos los buques que quisieran navegar por el Mediterráneo. La mayor parte de los piratas procedían de Coria, Licia, Cilicia y Chipre, cuyos países les servían de refugio, si alguna vez se veían perseguidos.

  El decoro de Roma y los intereses de su comercio, no podían consentir un estado de cosas semejante. M. Antonio, enviado contra los piratas de Creta, huyó sin librar batalla alguna; pero Metelo consiguió arrojarlos de aquella isla, por lo cual recibió el nombre de Crético.

  En tal estado, el tribuno Gabinio consiguió, aunque a disgusto del senado y de la nobleza, que se encargase de aquella guerra a Pompeyo, confiriéndole el poder y todos los recursos que él mismo creyese necesarios.

  Pompeyo hizo construir una escuadra de 500 naves, con 120,000 hombres, y dividiendo el Mediterráneo en 13 regiones, comenzó la persecución de una en otra, consiguiendo en tres meses, limpiar el mar de tan molestos enemigos, acorralándolos en las costas de Cilicia, venciéndolos allí definitivamente y destruyendo las ciudades que les servían de guarida.

  1. Segunda guerra contra Mitrídates: Lúculo en Asia. — Los pueblos del Asia Menor, no bien sometidos por Roma, y explotados duramente por los pretores y los usureros, se ofrecieron al rey del Ponto, Mitirídates, que ambicionando tomar venganza de los romanos, y recuperar los anteriores dominios que la paz de Sila le había  arrebatado, levantó un poderoso ejército, se apoderó de Capadocia y de Paflagonia; disciplinó sus tropas, y buscó la alianza de Tigranes rey de Armenia, y de Sertorio, que por entonces combatía en España contra los romanos. Con estos elementos, Mitrídates declara la guerra a Roma, alcanzando completa victoria sobre el cónsul Aurelio Colla, e incendiando la escuadra romana en el puerto de Calcedonia.

  En esta circunstancia el Senado encargó a Lúculo la continuación de la guerra contra Mitrídates. Dotado de grandes talentos militares, y conocedor de la organización de los ejércitos del Asia, Lúculo obliga a Mitrídates a levantar el sitio de Cizico, apoderándose de sus víveres; lo derrota en el Gránico, se apodera de Bitinia, arroja de Capadocia a su enemigo que tiene que encerrarse en su reino del Ponto, y aun allí lo derrota en la batalla de Cabira, obligándolo a refugiarse en Armenia, donde reinaba su suegro Tigrane.

  Dueño Lúculo del Ponto, y sometida toda el Asia Menor, se encamina a Armenia al frente de un pequeño ejército de 40,000 hombres, derrota a Tigranes, entra en su capital Tigranocerta, y una nueva victoria, cerca de esta ciudad, le hace dueño de la mayor parte de Armenia, huyendo Tigranes a Grande Armenia, y volviendo Mitrídates al Ponto. Disponíase Lúculo a llevar la guerra contra los Partos, cuando sus soldados indisciplinados se niegan a seguirle; y esto unido con algunos pequeños triunfos obtenidos por Mitrídates contra las cortas guarniciones romanas del Ponto, y con las intrigas de sus enemigos en Roma, pusieron en el caso al senado de retirarle el mando de la guerra de Asia, que fue confiado al cónsul Glabrion, y poco después a Pompeyo.

  1. Conclusión de la guerra contra Mitrídates. —los triunfos mas o menos dudosos de Pompeyo sobre Sertorio, sobre los gladiadores y sobres los piratas, le habían hecho el hombre necesario y el ídolo del pueblo en Roma.

El tribuno Manilio propuso también ahora que se le encargase la guerra contra Mitrídates; y apoyado por Cicerón y César, y por el pueblo y los caballeros, a cuya clase pertenecía Pompeyo, la proposición llegó a ser ley, y éste recibió el mando de todo el ejército y el de la escuadra, encaminándose en seguida al Asia Menor.


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   Pompeyo, al frente de 60,000 hombres, llegó al Ponto, derrotando muy luego en la batalla de Nicópolis a Mitrídates, que tuvo que huir a Albania en el Cáucaso, mientras Tigranes firma la paz con el general romano, entregando todas sus posesiones a la derecha del Eúfrates, y una indemnización de 6,000 talentos.

   Pompeyo, dirigiéndose contra Mitrídates, derrota a los albanos e iberos, y el rey del Ponto tuvo que refugiarse en Panticapea en el Bósforo Cimeriano, proponiéndose levantar los pueblos bárbaros Sármatas y Escitas que habitaban Rusia actual, y con ellos dirigirse contra Roma. La sublevación de su ejército, que proclamó rey a su hijo Farnaces, le obligó a suicidarse, mandando a un soldado galo que le atravesase con su espada.

   Concluida la guerra de Mitrídates y Tigranes, Pompeyo declara provincias romanas Bitinia, Paflagonia y Ponto, se apodera casi sin lucha del reino de Siria, convirtiéndolo también en provincia romana: penetra en Judea, colocando en el trono a Hircano II baja la protección de Roma, en contra de su hermano Aristóbulo que lo había destronado. De esta manera extendió Pompeyo los límites de República romana hasta Eúfrates.

  1.   Conjuración de Catilina. — Mientras Pompeyo triunfaba en Asia y extendía los límites de República, acaecían en Roma hechos de la mayor importancia.

   El partido popular se encuentra al frente del gobierno; la aristocracia, vencida y quizá cansada, deja de tomar parte en los negocios públicos; el orden de los caballeros, dueño ahora de la riqueza, aspira a la dominación; los pobres, arruinados por la usura en Roma y en toda Italia, dispuestos siempre a sublevarse contra los ricos: y todo esto unido a la corrupción moral y social de todas las clases, colocaban a Roma en uno de esos momentos críticos que preceden siempre a las grandes revoluciones.

  La democracia romana que había contribuido al encumbramiento de Pompeyo, temerosa ahora del extraordinario poder que éste adquiriera en Oriente, le vuelve la espalda, y dirigida por César y Craso busca la alianza de los demagogos y anarquistas, con el fin de anular todo lo existente, abolir las deudas, concluir con el senado, y apoderarse de todos los cargos públicos.

  Lucio Catilina, que pertenecía a una de las primeras familias de Roma y que se encontraba al frente del partido demagógico, se había rodeado de la gente más perdida de Roma, gente sin reputación y sin fortuna, y que todo lo esperaba de una revolución general.

  Se tramó una primera conjuración, en la que se proponían asesinar a los senadores y a los cónsules, y en la que según parece tomaron parte César y Craso; pero este complot fracasó, y hubo que aplazarlo para más adelante, si bien continuaron los preparativos tanto en Roma como en otras regiones de Italia, con tal disimulo y con tal cautela que ni los cónsules ni el senado pudieron sospechar tales proyectos.

  1. Consulado de Cicerón. — En este estado las cosas, fue elegido cónsul M. T. Cicerón apoyado por el senado, en contra de Catilina, que aplazó para las elecciones del año siguiente el apelar a las armas, asesinar al cónsul e incendiar a Roma, si no triunfaba de su enemigo. Estaba a punto de estallar la conjuración, cuando una mujer, Fuina, reveló al cónsul todo el complot.

Llegado el fin de la elección, Cicerón fortifica la ciudad y toma las más enérgicas disposiciones: Catilina es vencido, y cuando creyendo poder salvarse a fuerza de audacia, se presenta en el senado, Cicerón pronuncia aquella célebre arenga, Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra! etc., poniendo de manifiesto toda la trama de la conjuración. Catilina no pudo resistir la indignación general, y salió de Roma para unirse en la  Etruria con las tropas de Los conjurados.

  En Roma los principales conjurados Léntulo, Cetego Gabinio y otros, fueron sometidos al juicio del senado, y decapitados. Catilina al frente de los conjurados, se vio rodeado por tres ejércitos romanos, y obligado a combatir en Pistoia, perdiendo la vida en la batalla. Cicerón al dejar el consulado fue proclamado padre de la patria.

  1. Juicio sobre la conjuración de Catilina. — Para juzgar con acierto la conjuración de Catilina, es necesario examinar separadamente el hecho en si de la conjuración, y las condiciones personales de su autor.

  La conjura de Catilina representa una etapa de la gran revolución que se venia operando en Roma desde tiempo de los Gracos; es la tendencia del pueblo a despojar a la nobleza de sus preeminencias y de sus riquezas mal adquiridas, y la incesante lucha de los italianos por alcanzar la igualdad de derechos con los ciudadanos romanos. Así se comprende que tomaran parte en la conjuración todos los desheredados de Roma, y la mayor parte de los pueblos de Italia; y así se explica que hombres de gran valer en Roma, y que no participaban de la estrechez de miras de la aristocracia, antes por el contrario, entendían que eran justas las exigencias de los pobres, y las pretensiones de los italianos; hombres que no pueden ser tachados de crueles ni inhumanos, como César, estuvieran comprometidos en la conjuración.

  De manera que el hecho en si, no puede condenarse, porque seria condenar toda la vida e historia de Roma, desde las primeras luchas de patricios y plebeyos, hasta los tiempos en que el Imperio extiende la ciudadanía a todos los pueblos sometidos, cumpliendo así la misión de la gran ciudad, que no era otra que unificar el mundo y disponerlo para recibir el Evangelio.

  Por otra parte, las revoluciones son tanto mas violentas y crueles, cuanto los que las dirigen están más poseídos de la justicia del derecho que defienden. El pobre, ignorante de su derecho, se contenta con pedir lo que de justicia le corresponde, pero no apela generalmente a la violencia para usurparlo. Así se presenta la lucha pacífica entre patricios y plebeyos en los primeros tiempos de Roma.

Pero cuando los hombres de inteligencia, conocedores de la justicia, se ponen al frente de los desheredados, haciéndoles comprender que tienen perfecto derecho a lo que antes sólo por gracia recibían, entonces la lucha toma otro carácter de marcada violencia, exigiendo por la fuerza la reparación de la justicia. Esto es precisamente lo que sucedió en Roma desde la época de los Gracos, acentuándose cada vez mas la guerra, y enconándose mas las pasiones, a medida que el pueblo se va penetrando más y más de la justicia de su causa.

  1. Juicio sobre Catilina. — Más, aunque en principio esté justificada la conjuración de Catilina, no podemos menos de condenar los procedimientos y las  formas bajo la cuales se intentaba llevar a cabo. Es verdad que las proscripciones de Sila debieron apurar el sufrimiento de cuantos se interesaban por la causa popular; pero aun así y todo, no se legitima el asesinato y el incendio con que Catilina pretendía hacer triunfar la conjuración. Los medios que la moral reprueba, no pueden ser aceptados como buenos por la política, sean cuales fueren las circunstancias porque atraviesen los pueblos.

  Catilina es uno de los hombres mas depravados, en aquel siglo tan fecundo en depravaciones. Una reprobación general viene pesando sobre la memoria de este funesto personaje, desde Salustio su contemporáneo, que escribió la historia de la conjuración, hasta los tiempos presentes, sin que nadie con recto juicio haya osado defenderlo.

Ambicioso, cruel e inhumano; audaz, libertino y malvado, todos los dicterios se han apurado contra aquel monstruo de perversidad; cuyos crímenes en proyecto hizo abortar oportunamente, la política enérgica y prudente de Cicerón.

RESUMEN LECCIÓN XII.    

  Lépido, nombrado cónsul, intenta restablecer el  prestigio del partido popular, a lo que se opuso su colega Cátalo. Apelando a las armas con el mismo fin, concluido su consulado, fue vencido en el puente Milvio, huyendo a Cerdeña, donde murió poco después.

—2. Sertorio huyendo de las proscripciones, se fue a España; y atrayéndose el afecto de los naturales, se le unieron los lusitanos descontentos, consiguiendo vencer a los generales romanos Metelo y Pompeyo, y murió asesinado por Perpena.

— 3. Los gladiadores eran esclavos amaestrados en el arte de combatir unos contra otros o con las fieras, para servir de diversión a los romanos. Espartaco gladiador en Capua, se sublevó contra los romanos, llegando a reunir un ejército numeroso, que venció a los romanos y se apoderó de Lucania y Campania. Creso consiguió derrotarlo en la batalla del Silaro; y Pompeyo concluyó con los últimos restos de los gladiadores.

— 4. Pompeyo y Craso, nombrados cónsules, procuran atraerse, cada uno por diferentes medios, el favor popular; el pueblo sin embargo, se decide por Pompeyo, confiándole el mando de la escuadra en la guerra contra los piratas.

— 5. En este tiempo los piratas en gran número infestaban el Mediterráneo, interceptando todas las comunicaciones. Los generales romanos mandados contra ellos habían obtenido escaso resultado; cuando fue nombrado Pompeyo, que en tres meses concluyó con la piratería, apoderándose de las poblaciones de Cilicia que les servían de guaridas.

— 6. Mitridates al frente de un ejército numeroso y disciplinado declara la guerra a Roma, y vence en los primeros encuentros a los romanos, pero Lóculo lo derrota en varias batallas, obligándole a refugiarse en Armenia; general romano lo persigue, se apodera de Tigranocerta, y derrota a Tigranes; pero fue detenido en la carrera de sus triunfos, por haber nombrado el senado a Pompeyo para continuar aquella guerra.

— 7. Pompeyo derrota a Mitridates; se le somete Tigranes rey de Armenia; y vence a los Albanos o Iberos. Mitridates huyendo a Panticapea, se quitó la vida por haberse sublevado su ejército, que nombró rey a su hijo Farnaces. Pompeyo, además de concluir aquella guerra, extendió los límites de la República hasta el  Eúfrates.

— 8. Roma se encontraba en uno de esos momentos críticos que preceden siempre a las grandes revoluciones. El partido popular se unió con los demagogos mandados por Catilina para destruir todo lo existente y apoderarse de los cargos públicos; habiendo fracasado estos proyectos, hubo necesidad de diferirlos para más adelante.

— 9. Elegido cónsul Ciceron, Catilina aplazó nuevamente sus designios para las elecciones consulares del año siguiente. Pero conocidos todos sus planes por Ciceron, y echándoselos en cara rudamente en el senado, Catilina tuvo que huir y fue derrotado y muerto en Pistoia, mientras sus cómplices eran condenados a muerte en Roma.

— 10. La conjugación de Catilina es una nueva fase de la revolución iniciada por los Gracos, en contra de la nobleza, por la tiranía que venia ejerciendo sobre la plebe y sobre los aliados italianos. Si en este tiempo la revolución se hace cruel y sanguinaria, esto se debe al mayor conocimiento que el pueblo y los italianos adquieren de la justicia de sus pretensiones, y a la resistencia siempre tenaz de la nobleza a satisfacer sus justas exigencias.

— 11. Pero es justo condenar los medios de que Catilina intentó valerse para el triunfo de su causa; así como hay que reconocer que este personaje era uno de los hombres más depravados, en aquel siglo tan fecundo en depravaciones.





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