Napoleon Invade al Imperio Británico






Además de su valía profesional como militar, Napoleón fue un político magistral y un genio de las relaciones públicas. Asimiló cualquier símbolo o idea que pudiera reforzar su posición a base de asociaciones, desde las abejas doradas del escudo de los antiguos reyes merovingios de Francia hasta la bandera tricolor de la Revolución de 1789, pasando por las águilas que enarbolaban sus regimientos, copiadas de las legiones de la Roma imperial.

La rivalidad franco-británica se intensificó más todavía al tomar el poder Napoleón Bonaparte y convertir la mayor parte de Europa en su propio imperio. Al conquistar España, Italia y los Países Bajos, Napoleón intentaba, a comienzos del siglo diecinueve, apoderarse de todo el continente

Napoleón tuvo tanto éxito en sus conquistas militares y era tan poderoso que sus más enconados opositores — incluyendo Austria e Inglaterra — aceptaron firmar tratados de paz cuyos términos eran favorables a Francia; pero Napoleón era demasiado agresivo como para confiar en él, y la paz dio paso a nuevas guerras.

Aunque tuvo que abandonar la estrategia, Napoleón planeó una invasión de Inglaterra en 1805, el mismo año en que la flota británica, al mando del almirante Lord Nelson, derrotó a la marina combinada de Francia y España en Trafalgar. El emperador continuó combatiendo a Austria, Baviera y otros vecinos, ganando más batallas y forzando más tratados de paz efímeros que concedían ventajas económicas y territoriales a Francia.

Finalmente, en 1812, Napoleón cometió el grave error de invadir a Rusia. marchando con sus 500.000 hombres directo hacia Moscú. Los rusos, conociendo tal vez lo que esperaba a los franceses, se retiraron progresivamente mientras quemaban las cosechas y suministros que no podían transportar, sin dejar provisiones para los hambrientos invasores.

Batalla de Trafalgar (1805)
Mientras ordenaba al almirante Fierre de Villeneuve dejar Cádiz, (España) y llevar las tropas a Nápoles (Italia) para atacar a Austria, Napoleón Bonaparte agregó un segundo pedido: atacar la flota británica si era divisada. La orden anonadó a Villeneuve, quien se dalia cuenta que probablemente perdería en ese encuentro. Tardó en acceder hasta que más tarde se enteró que el almirante Francois Rosily había sido enviado en su reemplazo. Para borrar la mancha de la degradación sobre su honor, el francés navegó hacia el Mediterráneo. Su renuente partida, anterior al arribo de su reemplazante, resolvió a Nelson el problema de cómo tentar a la flota de Napoleón para luchar.

El 21 de octubre de 1805, Nelson, moviéndose indolentemente gracias a una ligera brisa, se topó con los 33 barcos de Villeneuve Dividió entonces sus fuerzas en dos columnas paralelas: un escuadrón de 15 barcos al mando del almirante Collingwood en el Royal Foreign y otro más pequeño y lento, de sólo 12, comandado por Nelson que viajaba en el Victoria.

El plan de batalla exigía que Collingwood navegara a la cabecera de la columna y atacara primero. Poniéndose a tiro, el almirante inglés ejecutó una brillante maniobra en redondo y los barcos  iban detrás suyo siguieron su ejemplo y cargaron una andanada. Se introdujo entre el Fouqueux y el Santa Ana, que tenía cuatro cubiertas, separando los últimos 16 barcos en la larga línea de batalla.

Nelson, con todos sus barcos siguiéndolo en una sola línea, continuaba haciendo fuego sin interrupción. Especulaba que, al conducir el barco guía con un rumbo en línea recta, los capitanes enemigos, desconcertados y confusos en cuanto al punto de contacto propuesto, aumentarían la velocidad para avanzar al mismo paso.

La maniobra de Nelson alcanzó su objetivo: se agrandó el espacio entre la mitad delantera de la flota francesa y los barcos de retaguardia separados ya por Collingwood, y eliminó la posibilidad que otros pudieran venir a socorrerlos. Una vez que lo logró, dio vuelta velozmente hacia estribor y se trabó en batalla con el Kedoutable, que navegaba justo atrás de la nave capitana de Villeneuve, la Bucentaure, en el centro de la línea de batalla francesa.

El capitán Harvey, que lo seguía de cerca en el Temeraire, trataba de vencer al Redoutable por el otro lado. Un cuarto barco francés se unió al trío y se cerraron los cuatro en combate mortal. Los artilleros de Nelson se vieron forzados a reducir las cargas de sus cañones de estribor para evitar que las balas pasaran de lado a lado del Redoutable y cayeran en el Temeraire.

Dos veces durante las cuatro horas de fuego, el almirante inglés ordenó el cese del fuego creyendo que la nave enemiga, que estaba con sus cañones momentáneamente en silencio, arriaría la bandera. Estaba equivocado y la última orden le costó a él la vida.

El momentáneo silencio le dio a los navegantes enemigos tiempo para renovar la batalla y dio, a un tirador escondido en la arboladura del Redoutable, una oportunidad para disparar la fatal bala de mosquete que hirió mortalmente al almirante Nelson, llamativo con su levita de almirante con 4 estrellas de caballería dispersas en su pecho izquierdo, era un blanco fácil para el asesino que estaba a sólo 15 yardas de distancia.

Más de 4.000 cañones tomaron parte en la histórica batalla. La victoria fue desproporcionada: Villeneuve perdió 18 barcos, Nelson ninguno. Esta grandiosa batalla concedió a Inglaterra el control de los mares por 100 años, a pesar que costó la vida de su almirante más importante y de casi 1.600 hombres. Capturaron como botín a las naves enemigas pero cuatro se fueron a pique durante el temporal que debieron soportar más tarde.

La famosa señal de Nelson, que ordenaba que enviaran su flota a «entretener» antes que los barcos se acercaran a luchar, fue dada verbalmente al oficial señalero diciendo «confía», verbo que debía seguir a la palabra «Inglaterra».


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El oficial pidió después permiso para sustituir en su libro diséñales la señal 2-6-9 («espera») por «confía». Le fue concedido. El mensaje decía: 253 269 863 261 471 958 Inglaterra espera que cada hombre cumplirá 220 370 4-27-19-24 con su deber. La señal también impresionó a Napoleón, quien más tarde la mandó pintar en sus barcos de guerra: «La France Compte que chacini fera son devoir».

Estandarte de un regimiento francés del suroeste

En 1804, Napoleón se convirtió en «emperador de Francia». En su ceremonia de coronación (pintada por David), Napoleón se coronó a sí mismo, aunque el papa Pío Vil había acudido a París para la ocasión.

Napoleón encargó a Jacques David que plasmara en el lienzo la espectacularidad y el boato de su régimen. Uno de los encargos consistió en pintar al emperador «tranquilo sobre un caballo encabritado» mientras dirigía a sus tropas a través de los Alpes italianos. 


Su interés por la arqueología quedó inmortalizado en este plato perteneciente al «servicio egipcio-», donde aparecen científicos franceses midiendo la esfinge (aunque también los soldados la utilizaron para prácticas de artillería).
 

En 1796, a la edad de veintisiete años, Napoleón Bonaparte quedaba al mando del ejército francés en Italia, donde obtuvo una serie de victorias que admiraron a sus contemporáneos. El uso que hacía de la rapidez, el engaño y la sorpresa para aplastar al adversario, es bien conocido. En este extracto de una arenga dirigida a sus tropas en Italia, Napoleón se revela también  como un maestro de la guerra psicológica. 

ARENGA DE NAPOLEÓN: “En dos semanas habéis obtenido seis victorias, tomado veintiún andartes, cincuenta y cinco piezas de artillería, diversas posiciones claves y conquistado la parte más rica del Piamonte [en norte de Italia]; habéis capturado 15.000 prisioneros y dado muerte o herido a más de 10 000 hombres… Habéis ganado batallas sin cañón, atravesado ríos sin puentes, avanzado a marchas forzadas sin calzado, acampado sin aguardiente y, a menudo, sin roldados de la libertad, sólo tropas republicanas podrían haber soportado lo que vosotros habéis soportado. Soldados, ¡tenéis nuestra gratitud! La Patria agradecida os deberá su prosperidad…

Los dos ejércitos que tan recientemente os han atacado con audacia corren delante de vosotros aterrorizados; los inicuos hombres que se reían de vuestras desgracias y se regocijaban ante la idea del triunfo de vuestros enemigos están confundidos y tiemblan.

Pero, soldados, no habéis hecho nada, comparado con lo que queda por hacer… Sin duda alguna los mayores obstáculos ya están superados; pero todavía os quedan batallas en las que luchar, ciudades que tomar, ríos que cruzar. ¿Hay alguno de vosotros cuyo valor se esté abatiendo? No… Todos vosotros os consumís en el deseo de extender la gloria del pueblo francés; todos vosotros anheláis humillar a esos reyes arrogantes que osan acariciar la idea de colocarnos grilletes; todos vosotros deseáis la firma de una paz gloriosa, una paz que indemnice a la Patria de los inmensos sacrificios que ha tenido que hacer; todos vosotros deseáis poder decir con orgullo, cuando lleguéis a vuestros pueblos: “¡Yo estuve con el ejército victorioso de Italia!”.

Batalla Trafalgar

Batalla Waterloo





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