Biografía de Francisco Moreno

Origen del Nombre Patagonia Historia Primeros Exploradores del Sur

ORIGEN DE LA PALABRA PATAGONIA:

Francisco P. Moreno
Francisco P. Moreno, que también tuvo muchos tratos con los indígenas de su época, habla de un viejo gigante patagón, pero no menciona en absoluto el tamaño de sus pies.

Tal como puede apreciarse, no faltaron argumentos de la más variada extracción para explicar y justificar, en lo posible, el nombre que lleva nuestra Patagonia, al cual, según hemos visto, muchos autores, historiadores, y cultores de las ciencias del hombre retacearon sus simpatías, por parecerles, además de inapropiado, poco agradable y totalmente injustificado.

Lehmann  Nitsche
El profesor Roberto Lehmann Nitsche, cautelosamente, ratificó lo dicho por Musters: que el nombre difundido por Pigafetta no tenía origen en los grandes pies de los indios, sino en las enormes marcas que dejaban sus pisadas en la arena de la playa, es decir, las huellas de los grandes tamangos hechos con piel de guanaco que en invierno solían usar los patagones para proteger sus pies del frío.Al promediar la década del año cincuenta del presente siglo, todas las especulaciones literarias, muchas y muy variadas por cierto, que se venían barajando desde 1579, en torno al origen de este topónimo, parecieron quedar definitivamente descartadas, o cuanto menos, desacreditadas y condenadas a convertirse en una simple curiosidad en los anales de la literatura histórica que trata sobre la Patagonia.

María Rosa Lida
Allá por el año 1954, la profesora María Rosa Lida, posteriormente de Mackiel, erudita investigadora de temas hispánicos en una universidad norteamericana, hizo notar que el aumentativo de pie o pata, en castellano, es patón, y no patagón como se venía repitiendo desde los tiempos de Pigafetta y esto, agregaba, no lo ignoraban los expedicionarios que descubrieron el Puerto de San Julián, ni tampoco podía desconocerlo el culto Magallanes. A renglón seguido de estas convincentes explicaciones idiomáticas, la investigadora pasa a suministrar su propia versión diciendo que dicho nombre le fue inspirado a Magallanes por un personaje —el monstruo Patagón— de la novela Primaleón, la que, según dice, estaba muy en boga por aquellos tiempos.

Las conclusiones a que arribó la profesora María Rosa Lida tuvieron entre nosotros muy amplia repercusión, y fueron aceptadas como lógicas por la mayoría de los estudiosos, que —tal como lo había hecho, años antes, Spegazzini—, no estaban de acuerdo con las afirmaciones hechas por Fernández de Navarrete, y muchos otros historiadores, de que los pies de sus habitantes habían inspirado a Magallanes el nombre que dio a toda la región.

patagones en argentina


Aquietados los ánimos tras el revuelo que produjo esta explicación, aparentemente irrebatible, se comenzó por hacer notar que, de todos modos, el descubrimiento de la mencionada estudiosa relacionado con el origen del nombre de nuestra Patagonia, no alcanzaba a invalidar o reemplazar totalmente a la versión clásica nacida simultáneamente con el descubrimiento, pues en ambos casos la idea vendría a ser la misma, ya que giraba en torno a la existencia real o imaginaria de un ser humano, sino enteramente monstruoso, por lo menos de relieves extraordinarios.

Situación anímica de Magallanes
Años después se conocieron otras observaciones y, sin cuestionar las conclusiones a que había arribado la citada profesora, hicieron notar que esta erudita pasaba por alto todo lo que había ocurrido en aquel lúgubre escenario. Nada menos que dos de los capitanes de la flota descubridora habían sido ajusticiados y sus cuerpos descuartizados en la playa, en tanto que el segundo de la expedición, nombrado directamente por el propio emperador, aunque detenido a bordo, continuaba amenazando la autoridad de Magallanes y éste se hallaba perfectamente enterado que el rebelde tenía muchos partidarios en las naves.

Hasta el momento de la partida de San Julián la vida de Magallanes estaba pendiente de un hilo, pues las amenazas de revuelta seguían latentes. La reanudación del viaje apaciguó un tanto los ánimos, pero la tensa situación se mantuvo hasta el mismo instante en que abandonaron el estrecho. Quedó demostrado así cuando el jefe convocó a una junta de capitanes, pilotos y cosmógrafos en el centro del mismo canal, donde se produjo la deserción de la carabela San Antonio, a cuyo bordo estalló una revuelta y, tras abandonar la flota, emprendió el regreso a España.

¿Leía Magallanes novelas de caballería?
En consecuencia, se hace notar que la mente de Magallanes, a partir del momento que anclaron en San Julián, estaba saturada de muy graves preocupaciones, y muy difícilmente podía hallarse en condiciones de recordar fabulosos personajes de novelas leídas —si es que las leyó— años atrás, de modo que el nombre del monstruo que campea en las páginas de aquel libro de caballería sólo tendría, en este caso, la remota posibilidad de ser una mera coincidencia.

Nadie sabe tampoco qué clase de libros prefería leer Magallanes, pues también podría suponerse que le interesaran los libros sobre viajes y descubrimientos, dada su condición de veterano navegante.
Tampoco existen constancias de que, a partir del momento en que abandonó Portugal, dispusiera de tiempo suficiente como para entretenerse en leer novelas castellanas. Las biografías conocidas, que siguen casi día a día sus pasos por Sevilla, no permiten respaldar la creencia de que le sobrara tiempo para invertir en tales distracciones, pues sus preocupaciones fueron muchas y su vida, también allí, estuvo varias veces en peligro.

Otros hacen notar, tal como lo insinúa Stefan Zweig, quien no alcanzó a enterarse de este descubrimiento literario, que la cuestión del plural y aumentativo del término pata o pie, debería ventilarse en portugués patagao—, pues no es ningún secreto, y la profesora María Rosa Lida tampoco lo ignoraba, que ese era el idioma de Magallanes hasta que se exilió en España. Y no pareciera lógico suponer que, durante todo el tiempo que demandaron los preparativos de la expedición, llegara a estudiar a fondo las reglas gramaticales que rigen nuestro idioma y distrajera su tiempo leyendo monumentales novelas de caballería escritas en idioma que no dominaba.

Además, con respecto al descubrimiento idiomático de la profesora María Rosa Lida, es de señalar que el mismo ya había sido advertido hace muchos años, pues sólo basta recurrir a la página 1038 del Tomo XV del Diccionario Enciclopédico Hispano Americano, edición 1912, en donde se lee que diversos viajeros “supusieron a los patagones verdaderos gigantes y que sus pies eran también gigantescos , por cuya razón se les llamó patagones, en ves de patones.”…

Paz Soldán
A su vez, el escritor, poeta y filólogo peruano P. Paz Soldán, sostuvo en su época que la palabra Patagonia es corrupción del quechua Pata-cuna, que significa: pata: cerros no altos, y cuna es una partícula plural, lo que daría muchos cerros no altos, etimología que, a su juicio, expresa la naturaleza de la verdadera Patagonia.

Deodat
En 1955 Leoncio S.M. Deodat manifestó que el topónimo Patagonia puede interpretarse o traducirse por región o tierra de los indios pobres, vale decir, de escaso valor, agregando que la palabra patagón, derivaba de patacao, moneda de aquellos tiempos que circulaba en la época de Magallanes, pero poco valiosa.

Casamiquela
Rodolfo M. Casamiquela, en el Nro. 3 de Mundillo Ameghiniano, 1978, publicó un interesante análisis relacionado con la etimología de la palabra Patagonia, mencionando el trabajo publicado en 1975 por la investigadora Berta Vidal de Battini, en el que ella se pregunta: “¿Cómo y cuándo se empezó a. difundir la falsa noticia de que Magallanes llamó patagones a nuestros indígenas porque tenían grandes pies?”.

A continuación la autora atribuye dicho error a un informante del historiador Fernández de Oviedo, cronista de la expedición de Loayza en 1525 1526, el cual, en uno de sus párrafos expresa: “Y en la noche pararon en el valle.. y cuando quiso amanecer, vieron más de dos mil patagones o gigantes, (este nombre patagón fue a disparate puesto a esta gente por los cristianos porque tienen grandes pies)…”.

En el trabajo que comentamos del profesor Casamiquela, éste también se refiere a las explicaciones aportadas por otros eruditos, entre ellos, Leoncio S.M. Deodat, el periodista patagónico Gorraiz Beloqui, María Rosa Lida, el hispanista Marcel Bataillon etc., agregando que este último consultó dos antiguas ediciones de la novela Primaleón, verdaderas reliquias bibliográficas, y llegó a la conclusión de que, en efecto, en ese libro existen varias analogías con nuestros tehuelches, lo que vendría a ratificar que su lectura inspiró a Magallanes, en 1520, en San Julián.

Siguen los interrogantes
Todas estas explicaciones y aclaraciones críticas, a las cuales podrían sumarse otras muchas menos conocidas, no terminan de restar vigencia al relato de Pigafetta, quien, por su parte y pese a no tener ninguna preocupación ni mucho que hacer a bordo, tampoco llegó nunca a dominar el castellano ni el portugués. En consecuencia, es de suponer, por lógicas razones, que tan sólo se limitó a escribir el nombre patagones tal como figura en sus manuscritos, porque así lo oyó pronunciar al capitán general.

Tampoco faltan quienes han hecho notar, en tren de suposiciones, que en el idioma de Pigafetta, patacón identifica a una persona grande sí, pero rechoncha y torpe, explicación que, por supuesto, dista mucho de dar satisfacción a los interrogantes que, desde hace años, se vienen planteando en torno a esta cuestión y que, por lo visto, aún está lejos de haber sido aclarada.

Manuel Molina
En 1976, el padre Manuel Jesús Molina, investigador del pasado patagónico, en su libro Patagónica, dice textualmente, en la primera página: “El topónimo Patagonia proviene del nombre impuesto por Fernando de Magallanes a los aborígenes que encontró en Puerto San Julián en 1520. Por su alta estatura los apellidó patagones. Una novela de la época que circulaba entre los marinos llamaba a su protagonista aborigen de formas ciclópeas, Patagón. Magallanes, al encontrarse con la realidad viviente, frente a hombres de 2,40 a 2,70 metros de altura, les aplicó el nombre del protagonista de la novela. Por extensión se llamó Patagonia a la región”.

Permanencia de la duda histórica
Continuar investigando y citando las opiniones e hipótesis que tantos autores han dado a conocer, en los últimos tiempos, sobre el origen del topónimo Patagonia, sería una tarea sumamente monótona y tediosa. En cambio, restaría señalar que si, tal como dice la profesora María Rosa Lida, el culto Magallanes no podía ignorar que en castellano el aumentativo de pie o pata, es patón y no patagón, menos aún podían ignorarlo historiadores y autoridades de nuestro idioma, como en verdad lo fueron, Antonio de Herrera, Gonzalo Fernández de Oviedo o Martín Fernández de Navarrete y otros muy conocidos.

Cuesta creer que ninguno de ellos reparara en tan elemental error gramatical y aceptaran sin observaciones esta denominación. Tampoco cuestionaron este rústico y, en apariencia, despectivo aumentativo, los millares de comentaristas y profesores de historia que han estudiado la obra de Pigafetta a lo largo de más de cuatro siglos.
No deja de llamar la atención que quienes acreditaron su responsabilidad, prestigio, autoridad y conocimiento escribiendo monumentales obras en nuestro idioma, ignoraran el nombre del protagonista de la novela Prima-león, a la que se ha dado en asignarle algo así como la categoría de un best-seller en la época de Magallanes, con el agregado de que estaba muy en boga entre los marinos.

A lo que se sabe, nadie se ha ocupado en hacer conocer el nombre del autor de dicha novela, muy digno de compartir la inmortalidad del glorioso descubridor de la Patagonia y del estrecho, pues, en este caso, sería el responsable indirecto del nombre que hoy lleva nuestra región, por haber creado literariamente al protagonista, el monstruo Patagón que, de acuerdo con esta nueva versión, inspiró a Magallanes el gentilicio que asignó a los aborígenes y, por extensión, a toda la inmensa región que ellos habitaban.

Con respecto al discutido tamaño de sus pies, pero al margen de toda especulación literaria, bueno es recordar que se conocen algunos testimonios modernos, como la ya citada explicación que aportó Musters y algunas anécdotas.

Es sabido que cuando fueron incorporados a las filas del ejército y la armada los primeros conscriptos indígenas procedentes de la Patagonia, llamó mucho la atención que, en algunos casos, fuera necesario suministrarles calzados de medidas especiales, aunque no se aclaró si ello se debía a que sus pies excedían los tamaños corrientes o a la conformación, muy especial, del empeine, tal como lo había señalado el célebre viajero inglés.
Los propietarios de boliches, que así se llamaban los primeros negocios de campaña en la Patagonia, solían contar que antaño, cuando los indios llegaban para comerciar sus productos y adquirían alpargatas, lo primero que hacían antes de calzarlas, era abrirlas de un tajo a fin de poder acomodar el pie a su gusto, y luego les pasaban un tiento a fin de asegurarlas alrededor del tobillo.

En muchos casos, decían haber observado, entre los hombres, que los dedos del pie quedaban totalmente fuera de la suela, pero dada la mala fama que, generalmente aureolaba a estos traficantes del desierto, es de sospechar que les vendían calzado de cualquier medida y los indios debían ingeniarse, a su modo, para poder utilizarlo, o que lo hacían para poder enganchar con mayor seguridad el pie en el estribo.

En resumen, se llega a la conclusión de que se ha escrito mucho y se han dado a conocer toda clase de hipótesis y teorías sobre la etimología del topónimo Patagonia y que la explicación suministrada por María Rosa Lida no parece ser definitiva y, muy por el contrario, promete abrir nuevos cauces a la discusión de este tema.

Fuente Consultada: Revista Patagónica Nro. 16  Año IV – 1984 – Nota de Manuel Llarás Samitier

Porque se llama Patagonia? Origen del Nombre Patagonia Historia

ORIGEN DE LA PALABRA PATAGONIA: Pocas regiones argentinas pueden competir con la Patagonia en materia de hipótesis y teorías relacionadas con el origen de su curioso nombre que, como es sabido, fue incorporado a los anales históricos simultáneamente con su descubrimiento.

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Esta denominación se la impuso el propio Magallanes, su descubridor, inspirado, según se ha dicho repetidas veces, en la observación del excepcional desarrollo que tenían los pies de sus habitantes. Posteriormente esta hipótesis ha sido cuestionada, pero nuestros medios históricos, científicos y literarios, pasando por alto los motivos o las causas que pudieron inspirarlo o sugerirlo, no dudan que el nombre de Patagonia tiene origen en el gentilicio que el jefe de la flota descubridora, según dice el cronista Pigafetta, asignó a los aborígenes que lo visitaron, durante el invierno de 1520, en el puerto de San Julián.

Pigafetta señala que el 19 de mayo de ese año se presentó en la playa un hombre, el primero que veían, y todos quedaron asombrados, pues se trataba de un verdadero gigante, ya que la cabeza de los españoles, según aclara, “llegaba apenas a su cintura”. A continuación anota cómo era su aspecto físico, su vestimenta, forma en que estaba cosida la capa que lo cubría y tras describir pintorescamente al animal —el guanaco— que le proporcionaba esas pieles, agrega: “Llevaba este hombre, también, una especie de zapatos hechos con la misma piel”. Esta es la única referencia que Pigafetta registra en su diario con respecto a los pies del supuesto gigante. Pero no menciona su tamaño, ni las huellas que ese tipo de calzado podía estampar en el terreno de la playa o en la nieve.

Patagones
Más adelante, simplemente dice: “Nuestro capitán llamó a este pueblo patagones“‘. Luego, en las anotaciones que corresponden a la segunda quincena del mes de noviembre de ese mismo año, tras describir las márgenes y el aspecto que ofrecían las costas del estrecho que habían descubierto, al despedirse del mismo, sin mencionar el motivo que pudo inspirarlos, dice: “le dimos el nombre de estrecho de los Patagones”. El relator de esta primera vuelta al mundo también trazó un croquis, muy sencillo por cierto, en el que identifica a nuestra tierra con el nombre de Regione patagonia, derivado, en este caso, del que Magallanes había dado a los aborígenes que, meses antes, los visitaron en San Julián.

Dos siglos de olvido
Sin embargo, esta denominación no se generalizó entre los cartógrafos de la época, pues en un mapa del año 1529, sólo nueve años después del descubrimiento, se da el nombre de Tierra de Patagones a la región septentrional y Tierra de Magallanes a la región meridional contigua a la costa del estrecho recién descubierto. También en 1541, en un mapa que firma el cartógrafo Alonso de Santa Cruz, nuestra región es llamada Tierra de la conquista del Estrecho de Magallanes, y otros colegas contemporáneos la denominan simplemente Tierra de Magallanes o Tierra Magallánica en homenaje a su descubridor.

A partir de entonces, el nombre Patagonia, Región Patagónica o Tierra de Patagones divulgado por Pigafetta, quedó olvidado durante más de dos siglos, pues recién vuelve a reaparecer, en el año 1747, en un mapa que firma el cartógrafo Emanuel Boven, quien asigna el olvidado topónimo Patagonia a la parte más austral de tan extenso territorio.

Pentagones
Las especulaciones e hipótesis relacionadas con este nombre habían comenzado ya en el año 1579, cuando el capellán Francis Fletcher, relator de la expedición del corsario Francis Drake, anotó en su Diario que Magallanes debió dar a los indígenas que vio en San Julián el nombre de Pentagones con intención de explicar y justificar su excepcional estatura. Aclara que el capitán Drake pudo comprobar que, en efecto, estos naturales medían, como promedio, una talla de cinco codos, medida que equivale a siete pies y medio, motivo por el cual considera que Magallanes debió bautizarlos con el nombre de Pentagones y no Patagones como, a su juicio, habría escrito erróneamente Pigafetta.

Fitz Roy
El capitán R. Fitz Roy se hizo eco de esta explicación en su famosa obra, aunque —a título informativo y sin ánimo de cuestionar o descartar el nombre que les había dado su descubridor—, dice lo siguiente: “Eran hombres muy grandes (gigantescos) y sus pies, envueltos en cuero crudo de guanaco, a guisa de zapatos, fueron particularmente observados. Probablemente se notaran sus pisadas en la arena, originando exclamaciones de ¡Qué patagones!, pues patagón significaría un pie muy grande”. Asimismo, en una nota recuerda que Cavendish y Brouwer midieron pisadas que tenían 18 pulgadas de longitud, etc.

Fernández de Navarrete
El historiador hispano Martín Fernández de Navarrete, en el Tomo IV de su famosa Colección de Viajes, incluyó, además de los diarios de Francisco Albo y Francisco Antonio Pigafetta, -Plegafett, según él- todo cuanto halló de interés en las Declaraciones que el alcalde Leguizamo tomó al capitán, maestre y compañeros de la nao Victoria. Agregó a esta relación las Declaraciones que posteriormente dieron en Valladolid, Gonzalo Gómez de Espinosa, Ginés de Mafra y León Pancaldo, sobre lo acontecido a la nao Trinidad en Las Malucas.

Fernández de Navarrete incluye el párrafo que se refiere a la primera entrevista que los expedicionarios tuvieron con los naturales, donde se expresa que todos ellos eran “más grandes que el mayor hombre de Castilla”, y que “les llamaron patagones por tener diformes los pies, aunque no desproporcionados a su estatura”.

Dada la gran cantidad de documentos que consultó este historiador en procura de datos relacionados con la primera vuelta al mundo, algunos de los cuales posteriormente se extraviaron, su explicación, relacionada con el nombre que Magallanes dio a los indígenas, fue aceptada como lógica por quienes a partir de entonces se ocuparon de la cuestión.

Stefan Zweig
Stefan Zweig, en su biografía novelada sobre Magallanes, al referir el primer encuentro de los expedicionarios con un habitante de la región, dice: “Los españoles admiran, sobre todo, los enormes pies de este monstruo humano y, en consideración a esos grandes pies (patagao), denominan patagones a los nativos, y Patagonia a la región.”

Karl Kunin
Sobre esta misma cuestión, Karl Kunin, miembro de la Academia de Ciencias de la Unión Soviética, y que también escribió un libro relatando la gesta de Magallanes, dice que el jefe de la escuadra “denominó a los habitantes de esa región los patagones. En una nota puesta al pie de página, aclara: “de la palabra pata”. A renglón seguido, excplica: “Lo curioso es que, en realidad, los fornidos habitantes de esa región se caracterizaban por sus manos y pies pequeños y elegantes. Es de suponer que Magallanes y sus compañeros se confundieron al verlos calzados con sus enormes botas de piel de guanaco”.

Arteche
También el escritor José De Arteche, que investigó los repositorios españoles tratando de hallar documentos relacionados con el principal protagonista de la primera vuelta al mundo, en su libro Elcano, dice, refiriéndose a los naturales vistos en San Julián, que “el nombre de patagones les fue puesto por Magallanes pues usaban unas abarcas de piel de guanaco que asemejaban sus pies a patas de oso”.

En todas estas obras, a las cuales podrían sumarse muchas otras de calificados historiadores, como Antonio de Herrera y González Fernández de Oviedo, puede comprobarse que no titubean en asegurar que el nombrePatagonia fue inspirado a Magallanes por los descomunales pies de sus habitantes.

Muster:
A estas crónicas históricas es necesario agregar el moderno testimonio de George Ch. Musters. Este viajero, que tan asiduos y prolongados tratos mantuvo con ellos, dice en el capítulo V de su libro Vida entre los Patagones: “Pude apreciar el desarrollo muscular de sus piernas probando sus botas que, en casi todos los casos, eran demasiado grandes para mí, aunque los pies, por el contrario, eran muchas veces más chicos que los míos”.

Luego de explicar cómo las fabrican con la piel del corvejón de caballo o, a veces, con la pata de un puma grande, la altura, y cómo se las ingeniaban para amoldarlas al pie, agrega Musters que “cuando el tiempo es muy húmedo o nevoso, usan además chanclos de cuero, y las huellas que estos dejan son tan grandes que realmente sugieren la idea de pies de gigantes; esto explica, en parte, el término patagón o pie grande que los descubridores españoles aplicaron a estos indios”.

Spegazzini
Durante el siglo pasado se conocieron entre nosotros algunas curiosas hipótesis relacionadas con el origen y significado del nombre de nuestra Patagonia. En 1883, Carlos Spegazzini, integrante de la expedición científica que encabezó Giácomo Bove, tras dejar en claro que no encontraba satisfactorias estas antiguas explicaciones y que, además, tampoco consideraba justo ni correcto que se continuara alentando la creencia de que el nombre de nuestra región tenía origen en el exagerado, pero nunca comprobado, tamaño de los pies de sus habitantes, expuso su propia teoría, muy novedosa por cierto, pero escasamente convincente a juicio de quienes ya habían investigado esta cuestión.

Spegazzini manifiesta que, según pudo comprobar, Patac, en lengua tehuelche, significa cien, y que la misma palabra, en quichua, idioma del cual proviene, quiere decir centena. En consecuencia, y tal vez inspirado más por la historia romana que por el pasado tehuelche, explica que estos debieron mantener relaciones o, quizás, fueron sojuzgados por los incas peruanos, quienes, según dice, obligaban a los pueblos sometidos a suministrar cien hombres armados, cien soldados para formar las centurias de sus legiones.

Como también tuvo oportunidad de averiguar que estos naturales de la región austral se denominaban a sí mismos, ahonikenk, se le ocurrió formar la palabra patac-ahonikenk, la cual, a su juicio, por negligencia al escribirla y por comodidad al pronunciarla y traducirla se fue desfigurando hasta convertirse en Patagonia. Para reforzar  su explicación, hizo notar que lo mismo había sucedido con otras palabras de nuestro idioma.

Abeile
Posteriormente, el filólogo Luciano Abeile se ocupó del tema y aseguró, al igual que Spegazzini, que el vocablo Patagonia es de origen quichua. Tras explicar el resultado de sus investigaciones lingüísticas, terminó diciendo que dicha palabra quiere decir país de las colinas.

Vicente Fidel López
Vicente Fidel López analizó también exhaustivamente esta cuestión y las muchas teorías e hipótesis que se habían elaborado en torno a ella. Como síntesis, expresó que el nombre que llevan las tierras que se extienden al sur del río Negro es de neto origen indígena, vale decir, que es autóctono, y significaría, de acuerdo con sus investigaciones, muchas gradas o muchos escalones. Además a su juicio, este nombre estaba plenamente justificado, pues los terrenos que forman nuestra región tienen el aspecto de gigantescos escalones que parecen descender gradualmente desde la cordillera hasta la orilla del mar.

Furlong
Por su parte, el padre Guillermo Furlong, un erudito en la materia, manifestó: “Mientras para unos la voz Patagonia proviene del quichua patagunya, que quiere decir gradas o mesetas escalonadas, otros autores sostienen que deriva de patacón, que en idioma araucano significa inmenso, sin límite. No parece que los filólogos hayan aún llegado a un acuerdo sobre la etimología de este topónimo. Ordinariamente suele aseverarse que la voz Patagonia tuvo su origen en la magnitud de las huellas que dejaban los indígenas de San Julián y que, observadas por los tripulantes de la expedición de Magallanes, le indujo a llamar patagones a los tales indios, de donde se originó el nombre con que es conocido todo el austro argentino”.

Fuente Consultada: Revista Patagónica Nro. 16  Año IV – 1984 – Nota de Manuel Llarás Samitier

Primeras Travesia a Pie por la Patagonia Historia de las Exploraciones

Desde los primeros tiempos del descubrimiento se conocen algunos relatos más o menos documentados unos, y fantásticos otros, sobre dramáticas caminatas realizadas por la entonces misteriosa Patagonia.

El vasco de la carretilla
La última gran caminata patagónica o raid cuya calificación oscila entre lo anecdótico y lo deportivo, fue protagonizada en el año 1937 por un pintoresco individuo llamado Guillermo Isidoro Larregui, quien unió, caminando y empujando una carretilla, la localidad de Comandante Luis Piedra Buena —entonces Paso Ibañez— situada a orillas del río Santa Cruz, con la Capital Federal.

Relieve de la Patagonia

Relieve de la Patagonia

Esta hazaña, considerada por algunos como netamente deportiva, ya que su protagonista no aspiraba a conquistar premio o recompensa alguna, alcanzó en aquellos tiempos extraordinaria resonancia en todo el país, pues sobre la marcha de Larregui, que de inmediato fue rebautizado con el apodo de el vasco de la carretilla informaban constantemente los medios de difusión de la época.

Este raid patagónico, a diferencia de lo ocurrido en siglos anteriores, nada tuvo de dramático o histórico, pues el mismo se inició a raíz de una apuesta. El vasco, tras beber unas copas, comenzó a jactarse en rueda de amigos reunidos en un boliche de Laguna Grande, que era capaz de unir caminando ese paraje, situado a unos 120 kilómetros al noroeste de Comandante Luis Piedra Buena con la localidad de Puerto Deseado.

Un poblador que asistía a la reunión puso en chula que Larregui fuera capaz de realizar semejante  hazaña diciéndole, además, que no tenía ida de lo que era caminar mas de 400 Km. por aquellos secos y ventosos eriales. Esta observación , como es de imaginar dado el lugar donde estaban reunidos, provocó  acaloradas discusiones. Las mismas finalizaron al formalizarse la apuesta que, tal como se acostumbraba por allí, fue sellada con un apretón de manos ante más de una docena de parroquianos que oficiaron de testigos. Pocos días después, el vasco se puso en marcha y, empujando una carretilla en la cual llevaba agua, ropa, comida y una lona, se dirigió hacia Paso Ibañez. Como era época de trabajo, de inmediato se difundió la novedad de esta singular apuesta; y era mucha la gente que se acercaba a la huella para ofrecerle ayuda, comida, cigarrillos o simplemente para estimularlo o acompañarlo un trecho conversando con él.

Pero poco antes de llegar a Paso Ibañez, el estanciero con el cual había formalizado la apuesta comenzó a preocuparse por la aventura que había emprendido su paisano y de la cual todo el mundo allí se hacía eco. Tomando conciencia de que por su culpa algo grave pudiera sucederle andando solo por aquellos desiertos, tortuosos y polvorientos caminos, salió en su coche a fin de alcanzarlo, pagarle la apuesta, reintegrarlo a su trabajo junto con la carretilla y dar por terminada la caminata. Pero el vasco, al oír esa propuesta, se sintió herido en su amor propio y rechazó indignado la sugerencia de dar por finalizada su aventura. Tras sostener una agria discusión, se negó a cobrar el importe de la apuesta —quinientos pesos de aquellos tiempos— y agregó que, a partir de ese momento, su meta ya no sería Puerto Deseado sino la Capital Federal.

En Paso Ibañez fue ayudado por sus amigos que, según dijeron, no tomaban muy en serio sus proyectos, más como vieron que sería inútil disuadirlo, le ayudaron para acondicionar debidamente su carretilla, y tras proveerse de lo más indispensable, se despidió agradecido de sus colaboradores y se puso en marcha hacia su meta.
Tan solitaria y extraordinaria caminata, si bien finalizó exitosamente, estuvo matizada por algunos inconvenientes, entre ellos la salud que lo demoró en ciertos tramos, pero logró reponerse y proseguir viaje.

Finalmente, el 25 de Mayo de 1937, luego de recorrer paso a paso más de 2000 kilómetros, se le brindó en Buenos Aires, en la Avenida de Mayo, frente al local de un importante diario vespertino de entonces, un extraordinario recibimiento popular.

Acallados los ecos de su hazaña, se dirigió a Lujan siempre empujando su ya por entonces famosa carretilla, y la depositó en el museo donde se halla actualmente.

Ya familiarizado con la fama y el éxito, este vasco tan simple y sencillo como fuerte, porfiado y aventurero, inició otro raid hasta Santiago de Chile empujando siempre un artefacto similar. Luego de dar por finalizada su travesía trasandina, se dirigió con otra carretilla hasta Misiones, pues tenía proyectado radicarse definitivamente cerca de las cataratas del Iguazú, donde, cautivado por el sortilegio de aquellas tierras tan ricas en flores y pájaros, según declaró al periodismo, quería dar por satisfecha su sed de aventuras como empedernido trotacaminos.

Larregui, a quien se considera como el más extraordinario y famoso de los raidistas patagónicos, había nacido en Pamplona, España, y vino muy joven al país. Comenzó a trabajar como peón en los establecimientos rurales de sus paisanos en la Patagonia, aunque también realizó otras tareas. Falleció en Misiones en el mes de junio del año 1964, días antes de cumplir los ochenta años de edad.

Parte I

Primeras Exploraciones de la Patagonia Largas Caminatas Exploradores

Desde los primeros tiempos del descubrimiento se conocen algunos relatos más o menos documentados unos, y fantásticos otros, sobre dramáticas caminatas realizadas por la entonces misteriosa Patagonia.

La primera caminata
Los protagonistas de la primer marcha de que se tiene noticia fueron dos tripulantes de la carabela Santiago, de la flota de Magallanes, quienes unieron caminando Puerto Santa Cruz con Puerto San Julián. Esta nave, luego de descubrir el río Santa Cruz, naufragó a poco de salir de la bahía, pero toda la tripulación logró salvarse, excepto un negro que pereció ahogado. Su capitán, Juan Rodríguez Serrano, tras recuperar todo cuanto fue posible de la echazón, despachó por tierra dos tripulantes hacia Puerto San Julián en busca de ayuda, pues allí continuaban invernando las demás naves de la flota.

Replica Nao Victoria que llegó a la Patagonia

Esta primera caminata patagónica, que superó largamente los 100 kilómetros, fue realizada en pleno invierno a través de tierras áridas, frías, ventosas, desoladas y totalmente cubiertas de cascajo. Estos dos hombres que marcharon en condiciones sumamente precarias, arribaron a destino completamente agotados. Salvaron la vida porque sus compañeros, según explica el cronista Pigafetta, desde días atrás venían observando el humo de las hoguerras que encendían, y un grupo fue comisionado para investigar lo que ocurría.

Así fue como hallaron a los dos náufragos, ya completamente postrados, a cierta distancia del puerto al cual nunca hubieran podido llegar por sus propios medios. A raíz de este naufragio, Magallanes despachó también por tierra una partida en auxilio de la gente de la Santiago y, al decir de los historiadores, todos regresaron caminando a San Julián sin mayores inconvenientes. (En general, todas las crónicas aportan escasos detalles sobre este suceso).

Los náufragos de León Pancaldo
En el año 1538 naufragó en la barra del río Gallegos una de las naves de la flota que mandaba León Pancaldo, un genovés que en 1520 había participado, como tripulante, de la flota de Magallanes y del descubrimiento de la Patagonia. Algunos autores han dicho que la tripulación de esta nave, siniestrada en tan remotas latitudes, realizó la extraordinaria hazaña de recorrer caminando desde la desembocadura de aquel río hasta Buenos Aires, ciudad que dos años antes había fundado don Pedro de Mendoza.

Varios son los autores y comentaristas que en diversos medios de difusión se han hecho eco de este suceso, más lo cierto es que los documentos históricos que relatan pormenores de esta fracasada expedición, que tenía finalidades puramente comerciales, no aportan noticia alguna que permita avalar tan aventurada hipótesis.

Se hace notar, además, que resulta llamativamente extraño que una hazaña de esta naturaleza, y de características tan extraordinarias como espectaculares, no haya sido comentada ni citada por ninguno de los cronistas de aquellos tiempos. No se conoce ningún documento que acuse a León Pancaldo de desalmado por haber abandonado a su suerte a tanta gente en tan desolado y remoto lugar, y tampoco se conoce queja alguna de tan sacrificados caminantes que, de ser cierta su hazaña, debieron superar las peligrosas contingencias de por lo menos tres largos y gélidos inviernos, y otros tantos ventosos y secos veranos patagónicos. A todo esto debería añadirse la suerte realmente extraordinaria de no haber encontrado, a lo largo de tan extensa caminata, ningún grupo de indios hostiles.

En consecuencia, el raid de este grupo de náufragos, debido a la falta de documentos, hasta ahora no logra superar los límites de lo puramente imaginario, pese a que han corrido ya casi cuatro siglos y medio.

Expediciones del padre Mascardi
En las últimas décadas del siglo XVI, las crónicas históricas de las misiones jesuitas establecidas en la isla de Chiloé, registran los viajes —en realidad interminables caminatas-realizados por el padre Nicolás Mascardi, entregado por entero a su apostolado de catequizar infieles y obtener información que le permitiera ubicar la famosa y legendaria Ciudad de los Césares. Dichas crónicas atribuyen a este religioso el haber emprendido varias expediciones desde la misión del lago Nahuel Huapi.

Durante una de ellas, dicen que descubrió los actuales lagos Musters y Colime Huapi, y en otra se dice, con lujo de detalles, que tras alcanzar la costa atlántica, viajó a lo largo del litoral patagónico desde Puerto Deseado hasta la costa meridional del Estrecho de Magallanes, donde pudo constatar que por allí no existía vestigio alguno de la famosa y misteriosa ciudad que venía buscando.

Estas caminatas patagónicas, realmente fantásticas, del padre Mascardi, superan largamente la que algunos atribuyen a los náufragos de León Pancaldo, y las mismas están respaldadas
por gran acopio de documentos, tal como puede comprobarse en las páginas del libro Entre los tehuelches de la Patagonia, del padre Guillermo Furlong.

Tapary: 19 meses caminando

En 1753, los anales patagónicos registran otra caminata que alcanza ribetes extraordinarios, pues su protagonista, Hilario Tapary, un indio paraguayo, solo y librado a sus propios medios, unió caminando Puerto San Julián con el río Negro. La aventura de este indio guaraní duró algo más de 21 meses, de los cuales se calcula que durante 19 caminó constantemente a lo largo de la costa atlántica.

Desde el río Negro fue traído a Buenos Aires por unos indios, pues su patrón, al enterarse que los salvajes habían saqueado las instalaciones levantadas en Puerto San Julián donde éste había quedado en compañía de otras dos personas contratadas para preparar bolsas de sal, encomendó a los indios que solían visitar Buenos Aires y entre los cuales había algunos patagones, que averiguaran lo ocurrido en aquel lejano puerto y trajeran a su casa a los sobrevivientes, si los había, pues prometió recompensarlos generosamente.

Al reintegrarse a la civilización, Tapary narró a su patrón, don Domingo Basavilbaso, todo cuanto había ocurrido en aquel lejano lugar a partir del momento en que se alejó el buque que los había llevado. Este tomó por escrito su declaración, de la cual fueron incluidas cinco páginas en la Colección de viajes y expediciones a los campos de Buenos Aires y a las costas de la Patagonia, cuya primera edición data del año 1837, y es la primera que relata esta extraordinaria aventura.

Walampa: 400 kilómetros a los 80 años
En agosto de 1883, cuando las fuerzas del general Lorenzo Vintter apresaron en Puerto Deseado a la tribu de Orkeke, la hermana mayor del viejo caudillo tehuelche, llamada Walampa, fue abandonada a su suerte por considerar que, debido a su edad y estado, no resistiría el viaje hasta Buenos Aires, hacinada en las bodegas del transporte Villarino.

Sin embargo, esta anciana, al quedar sola, abandonada, desprotegida y desprovista de todo, emprendió viaje hacia el sur, y varios meses después, tras andar más de 400 kilómetros, alcanzó la margen norte de la bahía de Puerto Santa Cruz. Los integrantes de la Subdelegación Marítima, que entonces se había instalado en cañadón de los Misioneros, intrigados por las señales de humo que venían observando en la ribera opuesta, cruzaron la bahía con el bote, y prestaron socorro a esta infeliz mujer, a la que hallaron en un estado de total postración, siendo necesario llevarla en brazos hasta el bote.

Quienes la conocieron en la época en que finalizó esta tremenda caminata, decían que debía rondar los ochenta años. Pese a todo, logró reponerse de las contingencias de tan largo y agotador viaje, pues durante varios meses vivió en Cañadón de los Misioneros, y cuando un grupo de indios visitó el lugar, se marchó con ellos a los paraderos de la zona del estrecho, montando por sus propios medios el caballo que le prestaron.

Parte II

El Marco Polo de la Patagonia Muster Historias de la Patagonia

Musters: El Marco Polo de la Patagonia

Luego de leer el libro de Carlos Darwin en el que narra sus experiencias en la Patagonia, George Chaworth Musters, marino de 27 años al servicio de la Armada real inglesa, siente el “fuerte deseo de penetrar, si era posible, en el poco conocido interior… de esa región. Para ello, se dispuso a integrar una caravana tehuelche partiendo desde Punta Arenas en dirección al norte patagónico. Informaciones acerca del ‘carácter tehuelche y sobre la deleitosa diversión de la caza del guanaco —explica Musters— me hicieron ansiar más que nunca la realización de ese plan”.

Y así emprendió la tarea preparatoria para lo cual le ayudaba el conocimiento del español, lengua que los indios también conocían. Estaba convencido que era posible atravesar sin peligro el país en compañía de algunas de las partidas errantes de indígenas. A su paso por las Malvinas un conocido suyo, Mr. H. Dean, le dio una carta de presentación para el capitán Luis Piedrabuena, …. inteligente argentino muy conocido en Stanley. propietario de una goleta con la que explotaba las pesquerías de lobos de la costa, y dueño también de una factoría establecida en la Isla del Medio (Pavón) sobre el río Santa Cruz”.

En abril de 1869 Musters está en Punta Arenas y no advierte ninguna partida indígena, por lo cual se incorpora a una patrulla militar que se dirige a Santa Cruz, con el propósito de capturar desertores. Un par de semanas después está en la isla Pavón donde es recibido por Mr. Clarke, encargado del establecimiento de Luis Piedrabuena en ausencia de éste.

Casualmente, acampaban en la vecindad los célebres caciques Orkeke y Casimiro, al frente de una caravana que se dirige al norte; en el lapso en que transcurre el invierno, Musters, hábil diplomático, entabla cordiales relaciones con los tehuelches; los acompaña en travesías y cacerías cortas lo que les permite a los nativos evaluar su progresivo adiestramiento. Por último, Casimiro acepta su incorporación a la caravana e influye sobre Orkeke que se oponía al acompañamiento de Musters, argumentando que un hombre de su rango debía merecer un trato preferencial, lo que les haría perder tiempo y entorpecería la marcha. Sin embargo, el tenaz y astuto Musters demostraba a diario que no sólo podía

hacerse cargo de él mismo y de su caballo, sino también que había adquirido las costumbres indias participando en todo lo que hacían: dormir a la intemperie bajo una manta de piel de guanaco, comer con ellos y ser aguantador para los esfuerzos. Finalmente fue aceptado y partió con la caravana. Viajaban alrededor de cincuenta nativos de todas las edades: mujeres, niños, jóvenes y hombres.

El itinerario se hacía con previsión de los paraderos (aiken) en los que hallarían agua, pasturas, leña y carne. De Pavón, arriban al aike del río Chico y desde aquí, en un largo trayecto, hasta Geylum; luego continuaron hasta el río Negro (Patagones). En el largo y accidentado viaje Musters conoció y alternó con varios caciques importantes y se adentró como pocos en el conocimiento de la idiosincrasia tehuelche y su divulgación constituyó una novedad para los propios argentinos. Volcó toda esa rica experiencia en el libro At home with the Patagonians, editado en español con el título Vida entre Los Patagones. En el libro, por primera vez, se realizó una descripción objetiva y amplia del interior de la Patagonia.

A lo largo de su marcha presenció tristes y lamentables episodios: la epidemia que hizo estragos matando adultos y niños, quienes gemían lastimosamente mientras las mujeres emitían desgarradores lamentos; y también las disputas que terminaron con la vida de la mitad de los hombres, que caían atravesados por lanzas o acuchillados. Exploradores de la talla de Moyano, Lista, Del Castillo y Moreno valoraron positivamente los aportes de Musters quien, según Moreno, fue un gran “consejero”.

Afectivas referencias de Musters fueron expresadas por los nativos que integraron la caravana, con quienes tuvo un respetuoso y ejemplarizador trato. Recuerda Moreno que al leerles algunos párrafos del libro de Musters a un grupo de indios, la conocida india tehuelche llamada María, comenté: “Musters mucho frío tenía; muy bueno pobre Musters”.

Ramón Lista y Fontana también escucharon referencias elogiosas sobre Musters a varios indígenas que pronunciaban claramente su nombre. Cuando se despidieron, en Patagones, hubo muestras de efusividad y los tehuelches invitaron a Musters a regresar a la “pampa” lo mas pronto posible”. El inglés obsequié a la señora Orkeke una olla de hierro y un chal, lo que la conmovió mucho. Los chicos se alegraron cuando les regaló pasas de uva, pan y golosinas y también el hijo del indio Hinchel cuando fue obsequiado con barajas.

Cuenta Musters: “A la mujer y a la hija ele Jackechan, que se habían mostrado siempre muy bondadosas con migo, las llevé al almacén y les dije que eligieran lo que más le gustaba: y en el acto, sin vacilar, las dos señalaron dos frasquitos de perfumes para los cabellos. Tengo que advertir, de paso, que toda esa familia era excepcionalmente limpia en sus ropas y personas, y prometí viajar en el toldo de ellas si volvía a la Patagonia, porque tenía entonces la vaga intención de ir por la costa del mar hasta el Chubut y. tal vez, hasta Santa Cruz. El hijo de Jackechan, el muchacho de pelo y tez claros, se ofreció para venir a Inglaterra y consentí en tomarlo a mi cargo, pero cuando supo que no había avestruces ni guanacos en el país adonde íbamos, cambió de parecer “.

Desde su partida de Punta Arenas hasta la conclusión de su travesía en Patagones, Musters, en poco más de un año, recorrió unos 2.750 kilómetros. Tal hazaña le valió una honrosa comparación: fue llamado “El Marco Polo de la Patagonia.”

 Fuente Consultada:  Patagonia El Territorio de la Aventura de Roberto Hosne

El Rey de la Patagonia Auracania Chile Historias de la Patagonia

Orllie Antoine de Tounens era el sexto hijo de una familia de buena posición, sin título de nobleza, que habitaba en Francia. Nació en mayo de 1820, se recibió de abogado siendo joven y actuó en los tribunales galos. En 1858 decidió ser rey. Viajó a Panamá, cruzó por tierra hasta el Pacífico y se embarcó rumbo a Chile. Aprendió castellano, escribió un libro sobre los animales domésticos, se hizo llamar Príncipe de Tounens, tejió relaciones en Valparaíso y tomó contacto con los jefes de las tribus araucanas y mapuches.

Su Historia: Orlli Antoine de Tounens, nació en mayo de 1820, sexto hijo de una familia pudiente, pero sin posesión de algún título de nobleza, residente en Francia. De muy joven hizo ejercicio de su profesión: abogado, en donde actuó en los tribunales galos; para posteriormente en 1858, tomar la decisión de ser rey.

Este, se hizo llamar Príncipe de Tounens, y con un aprendizaje del castellano, viajó a Panamá, en donde cruzó por tierra hasta el Pacífico y se embarcó finalmente hacia Chile. Aquí es donde tejió relaciones en Valparaíso, porque estableció contactos de gran importancia con los jefes de las tribus araucanas y mapuches. Además este príncipe escribió un libro en que relataba sobre los animales domésticos.

Así es como se puede afirmar, que este protagonista mantuvo negociaciones con los caciques. A tal punto, que con una tupida barba, abundante cabellera, vestido de levita, a cuestas un poncho mapuche, junto a un sable corvo en la cintura; sirvió como carta de presentación en la primera cita que asistió con los nativos. Con un discurso muy análogo en todos los territorios aborígenes, fue recorriendo poblaciones y entablando amistad son sus jefes.

Su propósito siempre fue asegurarles una protección, en este caso era la del rey francés Napoleón III, ya que tenían como objetivo en común vencer al gobierno chileno o argentino, según cual fuere el caso. Sus encuentros se destacaban por se plenamente divertidos, ya que el candidato a rey proveía alcohol como agua de manantial. Sin embargo, en un primer momento este no tomó contacto con la República Argentina, cuestión que si lo hizo tempranamente con el gobierno Chileno, al cual le planteaba que su misión era pacificar a la indiada y para ello solicitaba ayuda logística, incluyendo en ella dinero. Es decir que este francés charlatán comenzaba una gira diplomática, la cual con el correr de los años lograría sus frutos. Pero para ello, en un primer momento debió establecer un sólido acuerdo, porque sino de nada le serviría el palabrerío, con el impetuoso Quilipán; el gran cacique de los territorios chilenos. Esto fue posible recién en la primavera de 1860, cuando ambos se reunieron en una cumbre.

Tal como ya era costumbre, los festejos se hicieron presentes y en ella el vino era el motivo de entusiasmo de la indiada, y hasta los hijos del cacique Quilipán. Uno de ellos, fue Kolüpan el cual se caracterizaba por su bravo carácter y por marchar por la vida con un grado de descontrol. Este galopaba su caballo preferido hasta un peñasco. Su destreza era justamente que este pingo frenara de golpe y quedara finalmente con sus manos, es decir sus patas delanteras alzadas al precipicio. A tal punto que ello mismo lo llevo a su deceso. Sí, las causas y motivos de este accidente no se saben, pueden haber sido tantas; desde que esa tarde le fallaron los frenos o si el diestro Kolüpan padecía de un estado de ebriedad, pero lo que si se sabe es que el caballo de este hijo cacique, no solo dejó las manos en el aire, sino que junto a ellas las dos patas traseras, resultando la caída inmediata de esta dupla al fondo del precipicio. Así la celebración continúo, solamente que hubo un cambio de motivo, en donde reinaba una sensación de pésame junto al ofrecimiento de incansables regalos al afligido Quilipán, por parte de los integrantes de su tribu.

A la fila de obsequios se sumó el francés Orllie, quien comprendió de que se trataba ese angustioso hecho. Por ello regaló su caballo, el cual se diferenciaba enormemente de los otros que pastaban en el corral de la tribu, ya que era un ejemplar joven, de buen porte y por sobre todo bien cuidado. Tal es así, que Orllie gracias a este obsequio inicia su cuenta regresiva hacia la corono patagónica, tras ganar la gratitud del gran cacique.

No obstante, el 10 de noviembre de 1860 se da origen a la monarquía constitucional del terruño, ya que Orllie denomina el territorio Araucania, para la cual este le redacta un preámbulo y una posterior Constitución que lo avala como tal. El entusiasmo fue notable por parte de los constituyentes encargados por el hecho de la sumisión de los nativos, que queda reflejado en el documento según las firmas. Pero ello, desató una organización temprana con el propósito de atacar a los poblados chilenos. Sin embargo, ello no fue efectivizado debido a que el traductor al mapuche se les hizo saber mediante un aviso a las autoridades chilenas.

Este lúcido rey fue enviado a que se capture en manos del coronel Cornelio Saavedra (este era nieto del Célebre Cornelio de 1810, encargado de la “campaña del desierto” del otro lado de la cordillera). Finalmente Orllie- Antoine fue detenido en manos de Saavedra, quien lo llevó hasta Valparaíso, lugar en el cual este francés iba a ser juzgado. Desde ese momento estuvo encarcelado hasta siete meses después, momento en el cual los peritos médicos establecen que este hombre no estaba en su sano juicio. Ello implicaba, que no se le pudo realizar un juicio justo y acorde a los hechos, porque no poseía la cordura de una persona sana. Este hecho y tras haber estado internado en un manicomio durante nueve meses, el cónsul francés decide que Orllie regrese a Francia, para ello lo introduce en un marco que marcó el retorno de este rey a casa. Pese a ello, regresar a su reino fue el propósito de su majestad patagónica, quien insistió con este proyecto e inició una campaña que buscara recaudar dinero para este retorno tan ansiado. Finalmente esto se pone de manifiesto en 1869, cual consigue un financista que permite que Orllie se embarque hacia el continente americano, más precisamente con destino último: Buenos Aires. Pero ella fue partícipe de una corta estadía por parte de su majestad, ya que ni bien pudo, partió hacia el sur.

La bahía de San Antonio, en Río Negro fue su punto de desembarco, ya que a partir de allí inició una caminata hacia el oeste, recorriendo todo su reinado. Este monarca no fue reconocido por sus súbditos, cuestión que se refleja tras el encuentro en esta caminata con una tribu poco amigable, en donde Orllie casi termina decapitado. Pese a ello este se las ingenia para hacerles comprender que su principal aliado siempre lo fue Quilipán, y que el era tan mapuche como ellos, porque esa pertenencia se adquiría tanto por nacimiento como por los hechos y sentimientos. Gracias a estos argumentos, este franco mapuche salva su vida nuevamente.

Sosteniendo que era tiempo de emprender la gran guerra, Orllie puso un pie en Chile tratando de localizar al grandioso Quilipán para convencerlo de esta suposición. Sumado a ello, le aseguraba que en un breve lapso de tiempo contarían con armas enviadas desde Francia, por lo que entonces no había porque temer a este hecho.  No obstante, estas promesas quedaron en la nada y lo único que se hico presente fue el descontento de sus seguidores del reino, por lo que resultó en un progresivo abandono de la lucha y consecuentemente Orllie-Antoine I, no le quedó otra cosa más que regresar de donde vino. En un primer momento lo hizo hacia tierra argentina, pero luego culminó a la abierta Buenos Aires de 1871. Sin embargo, lo único que encontró tras su vuelta fue una ciudad vestida de luto, por las consecuencias inmediatas de unas semanas acaecidas por la fiebre amarilla, que arrojaron un saldo de 15.000 personas fallecidas. Esto determinó que al fin de cuentas, su majestad regrese a su país de procedencia.

Orllie de Tounens, fue un ciudadano común que pasó a ser un príncipe, que firmando un documento se convirtió en rey; junto a él un secretario invisible llamado Desfontaines, cuya denominación era coincidente con el barrio donde residía el príncipe cuando todavía no lo era, fueron quienes redactaron la Carta Magna. Sumado a ello, Quilipán fue nombrado ministro de guerra; Quelaoeque era el ministro del Interior; Marioula era ministro de agricultura y ninistro de relaciones Exteriores fue monsieur Mointret. Todos juntos integraron su gabinete. Sin embargo, este último fue el único miembro no nativo, que por su dominio de la lengua castellana y Francesa asume la cancillería.

Se puede afirmar, que nuestra patagonia no integró la comarca de Orllie-Antoine I, cuando se originó la Araucaria. Este reino tenía unos dos millones de habitantes aproximadamente. Y por necesidad y urgencia, recién el 17 de noviembre se decreta al territorio argentino como su nueva anexión. Una vez lograda la constitución, el nuevo rey parte de expedición por sus tierras las cuales eran cuatro veces más extensas que su tierra nativa. En este recorrido las colonias mapuches proclamaron su sumisión, lo que se celebró a partir de magníficas fiestas. Ellas fueron cuatro, en donde lo que abundó fue la bebida como si fuera la última celebración que vivenciarían.

La comunicación de la creación del reino de Nueva Francia, fue el paso posterior de este monarca, que lo hizo desde la escritura de cartas a sus compatriotas franceses. Este reino llevó un nombre que cambiaba muy seguido según el interlocutor que este presente. Orllie decidió renunciar a la ciudadanía francesa, pero era una cuestión que se confesó en diarios chilenos, pero que evitaba hacerlo público en su patria natal. Pero ello se manifestaría mas tarde, cuando en su firma diría: “Orllie-Antoine, rey de Auracania y Patagonia, es decir, Nueva Francia”.

Mientras tanto, el músico alemán Wilheim Frick, fue contratado en Chile para componer el “Himno Real a Antonio Orelie”. Además confeccionó una bandera representativa de su reino que enarbolaba los colores azul, blanca y verde; junto a un juramente por parte de sus vasallos en cada tribu. Su inquietud también se manifestó en Francia, donde planificó toda una estrategia comercial, y nombró un cónsul en Inglaterra. Un gran paso que realizó y que sirvió para facilitar el intercambio mercantil, fue redactar un diccionario francés-mapuche. Sumado a ello, hoy los coleccionistas consideran como tesoros, las monedas de cobre que el mandó a acuñar. Este reino de “La Nouveile France”, facilitado por las campañas mediáticas logró poseer un período, cuya impresión se realizaba en Marsella, lugar de radicación de sus auspiciantes. Finalmente, en 1874 Orllie volvió a cruzar el océano para desembarcar en sus dominios, más precisamente en la capital de la República Argentina. Pero esta vez lo hizo con un nombre diferente: Jean Prat, un hombre con extensa barba, pero con un gran entusiasmo y fuerza de voluntad que lo caracterizaban.

Poco tiempo después se instaló en Bahía Blanca. Pero fue descubierto, encarcelado y deportado. El periódico estadounidense New York Times, al relatar la historia del llamativo personaje, explicaba que el negocio que se escondía detrás de toda la fachada monárquica era la comercialización del guano, que la Argentina no estaba en una situación de calma interna que le permitiera ocupar su tiempo en lidiar con reyes patagónicos y que don Orllie se había equivocado de país, ya que si hubiera ido a los ilusos Estados Unidos, lo habrían hecho participar de comidas, agasajos y muchos otros actos en su honor.

El cuarto viaje del rey de Araucania y Patagonia tuvo lugar en 1876. Se instaló en la isla Choele Choel (Río Negro), aunque no por mucho tiempo. El monarca estaba enfermo y partió de regreso en su último viaje transatlántico. Durante su convalecencia, el presidente del tribunal francés que lo juzgaba, un ex periodista de apellido Planchet, le robó la Constitución para apoderarse del título y viajó a la Patagonia con intenciones de hacerse respetar por los nativos. La falta de respeto de la indiada fue tan evidente que debió regresar a Francia, donde Orlhie, por su honor y el de sus súbditos, lo retó a duelo. Pero a un duelo singular, con lanza y boleadoras. Planchet renunció al combate por la corona. El monarca de los araucanos no quiso dejar su reinado en manos de inescrupulosos y repartió títulos de nobleza entre sus allegados. A uno lo nombró Barón de Belgrano, a Otros les confirió la Orden de la Estrella del Sur.

Orllie Antoine de Iounens murió en Bordeaux, Francia, el 17 de septiembre de 1878. El escultor de su tumba, al no saber cómo era la corona que debía esculpir, decidió imitar la que usa el rey de corazones de la baraja francesa. En sus últimos días, Orllie había dicho: “Sí, he sido un completo chiflado. Pero, ¿quién iba a pensar que Francia podría negarse a anexar tan espléndidas colonias?”. Antes de morir, delegó su reinado. El conde patagónico Gustave Aquiles Leviarde —su primo segundo— heredó el trono, con el nombre de Aquiles I.

Se ocupó de nombrar funcionarios y embajadores, pero nunca viajó a Sudamérica. Cuando sintió que se acercaba su fin, envió a su Primer Ministro, el conde de Bellegarde, a Pittsburgh (en Pensilvania, Estados Unidos) con el fin de negociar con el poderoso industrial del acero Andrew Carnegie —el Bill Gates de hace cien años— la venta del título. En un principio el multimillonario Carnegie se interesó. Las reuniones se extendieron por seis semanas. Incluso viajó un teniente de ingenieros del ejército austríaco, a quien Aquiles nombró Jefe de Topografía, para que dibujara un mapa del reinado en venta. Pero los emisarios no lograron convencerlo y Carnegie se perdió la posibilidad de hacer el negocio que luego entusiasmaría a Ted Turner, Luciano Benetton y Joseph Lewis.

Aquiles I murió el 18 de marzo de 1902, en su pequeño departamento parisino, en la Plaza de las Naciones, víctima de una neumonía. Su canciller que trabajaba de encargado de un bar, explicó a los medios que el rey Aquiles había nombrado un sucesor, pero él no podía anunciarlo hasta que se cumplieran las reglas de etiqueta: primero había que informarles sobre la sucesión la los monarcas europeos y a los presidentes americanos! Bien pensado, lo de las reglas de etiqueta, salvo por el detalle de que todos sabían que el hombre tenía más familiaridad con las etiquetas de las botellas que expendía.

A Aquiles 1 lo sucedió el médico Antonio Hipólito Cross —Antonio II—, quien murió al año siguiente. Sus descendientes intentaron vender el título a algún millonario, pero no aparecieron interesados.

 Fuente Consultada:  Basado en Historias Insólitas de la República Argentina de Daniel Balmaceda

Luis Piedrabuena Explorador de la Patagonia Moreno Lista

Luis Piedrabuena Explorador de la Patagonia

Luis Piedrabuena, el “Centinela del Sur”

Luis Piedrabuena Explorador de la PatagoniaLa indócil y desmesurada extensión patagónica se enfrentó, en ocasiones, a protagonistas de igual temperamento, que la desafiaron revelando un temple y una audacia excepcional. Tal fue el caso de Luis Piedrabuena, llamado el “Centinela del Sur”. Nació en Carmen de Patagones el 23 de agosto de 1833, y desde los primeros años, escuchando relatos sobre corsarios y loberos fue tentado por la vida marinera, imaginando que el mundo estaba más allá de su pequeño pueblo y él debía abordarlo.

Su entusiasmo por la navegación fue advertido, cuando solamente tenía nueve años de edad, por el capitán E Lennon quien lo embarcó como grumete. En 1847, el capitán William H. Smiley, veterano lobero norteamericano lo toma en su barco y Piedrabuena se inicia en un verdadero aprendizaje marino. Durante años navega el litoral atlántico, conoce las principales islas y recorre la península antártica, interviniendo en la captura de lobos y ballenas.

El capitán Smiley advierte las singulares dotes de Piedrabuena y patrocina su capacitación, enviándolo a formarse a una escuela náutica de Nueva York. Regresa a los tres años con diploma de piloto y conocimientos generales de mecánica y carpintería náuticas. Luego de navegar un período con el lobero norteamericano se independiza y se desplaza en su propia embarcación a la vez que amplía sus actividades, instalando un almacén de ramos generales en una pequeña isla próxima a la desembocadura del río Santa Cruz.

Fitz Roy la llamó “Islet Reach”. y Piedrabuena la rebautizó Pavón, en recuerdo de la batalla que libró Bartolomé Mitre. En sucesivos viajes fue acopiando materiales para construir una vivienda con varias dependencias y un galpón. Sus clientes serían los indios y eventuales viajeros a quienes vendería alimentos y algunos “vicios” recibiendo a cambio plumas, cueros y quillangos. Como él continuaría navegando deja el negocio al cuidado de sus dependientes. Piedrabuena era ya un avezado conocedor de los mares australes y de sus costas y percibe con alarma la penetración chilena sobre regiones que conceptuaba de exclusiva soberanía argentina.

Sus advertencias al gobierno nacional, en principio, no fueron tomadas en cuenta. En 1864 la Marina de Guerra lo nombré capitán honorario, sin percibir sueldo alguno porque no quería abandonar sus actividades particulares. A su cargo, con instrucciones expresas, envía al marino inglés G. H. Gardener a explorar el río Santa Cruz, bordeándolo a caballo acompañado por dos peones en una travesía que demandó treinta y tres días. Gardener llega al lago donde nace el río, releva el área y presenta su informe a Piedrabuena que, a su vez, lo despacha al ministerio de Relaciones Exteriores.

En 1869 instala otro almacén de ramos generales en Punta Arenas, Chile y seguidamente, con materiales que le cede el gobierno de Buenos Aires construye refugios para náufrag9s en la isla de los Estados y en San Gregorio, en el estrecho, pero debe retirar este último por exigencia de los chilenos.

En Punta Arenas sus movimientos son observados porque se lo considera un agente del gobierno argentino pero su prestigio como marino impide cualquier arbitrariedad. Además, sus servicios siempre son requeridos para acciones de salvatajes, siendo meritorias sus intervenciones ya que rescaté varias naves y puso a salvo a más de doscientas personas, lo que le valió innumerables agradecimientos y simbélicos presentes, entre otros, de la reina de Inglaterra que le obsequié binoculares, o del emperador alemán que le envié un anteojo telescopio.

Sin embargo, las intrigas urdidas por el gobernador de Punta Arenas para desacreditarlo provocaron situaciones ingratas y Félix Frías, embajador argentino en Chile, se hace eco irreflexivamente de los infundíos y sin información fehaciente informa a Buenos Aires que Piedrabuena es económicamente insolvente, que está agobiado por las deudas, que es propietario de una desacreditada taberna y vende a los indios lo que el gobierno argentino le cede para asistirlos, comercializando, además, los materiales que le envíaó para distintas tareas de fomento.

El embajador también objeta la condición de oficial de la Marina de Guerra ostentada por Piedrabuena. Mientras tanto los chilenos establecen una Capitanía en Cañadón Misioneros, sobre la ribera sur del río Santa Cruz, frecuentemente visitada por barcos de guerra. Hay rumores de guerra y el gobierno recurre a Piedrabuena en busca de asesoría porque salvo él, no había nadie que supiera algo del sur patagónico y los mares australes.

Es de tal valor la información que suministra Piedrabuena, que el propio embajador Frías tiene que reconocerlo: <‘ su informe ha venido a prestarme un gran servicio. …Hombres patriotas puros como usted tarde o temprano tienen su recompensa. Las incursiones chilenas incentivan los viajes de reconocimiento a la Patagonia y es Piedrabuena quien asesora y orienta a diversas misiones que integran Carlos María Moyano y el Perito Moreno.

En su goleta Santa Cruz entrena a cadetes y tropa, lo que lo convierte en un instructor de la marina de Guerra. En 1878, por decreto, el presidente Avellaneda lo nombra coronel de la marina de Guerra, pero Piedrabuena sigue navegando por los mares australes sin dejarse atrapar por la burocracia o cargos que se le antojaban cómodos.

El súbdito británico Henry L. Reynard (que introdujo ovejas provenientes de la Malvinas y dio un gran impulso a la cría de ovinos en toda la región, convirtiéndose en su mayor fuente de ingresos) escribió en el periódicoNavy: ‘Don Luis Piedrabuena, cuya noble conducta no tan sólo honra a él sino también en alto grado a la nación que tiene hombres tan intrépidos y humanitarios como el que tratamos… consiguió salvar a tripulantes de una muerte casi inevitable, recoger los despojos del Espora, con una parte de ellos construir un galpón para resguardar a sus marineros de la cruel intemperie de aquella isla (de los Estados) y por fin, con un ingenio poco común construir con esos fragmentos del naufragio el cúter que habría de servirles de tabla de salvación”.

En febrero de 1873 Luis Piedrabuena navegaba con el Espora frente a la isla de los Estados y un temporal provoca el naufragio de la nave en la Bahía de las Nutrias. Luego de varias jornadas de ociosa vigilia advierte que por allí no pasaría nadie y con lo que puede rescatar de la nave construye un cúter (embarcación de un palo) con la ayuda no muy efectiva de cuatro tripulantes porque otros cuatro estaban enfermos. Con dos sierras y un hacha construyeron en dos meses un bote de doce metros que bautizaron Luisito.

Dieciséis días más tarde fondean en Punta Arenas. Su última tarea fue la de conducir la misión del Instituto Geográfico Argentino dirigida por Giacomo Boye, en una expedición que se prolongó durante ocho meses. Desde su lecho de enfermo da instrucciones para la colocación de faros en el estrecho de Le Maire; días después, a los cincuenta y un años, fallece.

La Nación, comentó: “Es un hecho histórico que a los trabajos del comandante Piedrabuena y a su patriótico anhelo se debe en gran parte la reivindicación de los territorios australes de la República Argentina, sobre los cuales él fue el primero en llamar la atención, pudiendo decirse que por mucho tiempo los defendió solo, con un pequeño buque de su propiedad, con el cual navegaba por los canales magallánicos velando por aquellos y estorbando su ocupación por otros Piedrabuena nunca se enriqueció con sus actividades comerciales, al contrario, pero aun agobiado por sus problemas jamás se negó a efectuar salvatajes o acudir en auxilio de alguien en peligro. Se brindaba al servicio como si fuera su verdadera y definitiva causa.”

ALGO MAS SOBRE PIEDRABUENA

La recompensa oficial por la infatigable labor de Piedrabuena consistió en otorgarle en propiedad la Isla de los Estados, donde fundó una estación de salvamento permanentemente habitada. Según la prolija compilación efectuada por Felipe Cárdenas (h.) en un artículo de divulgación histórica, “en 1849 (tenía entonces 16 años) salvó en la Isla de los Estados a 25 náufragos de una fragata alemana.

El mismo año buscó a los misioneros ingleses de la isla Navarino, a los que encontró muertos y les dio cristiana sepultura. En 1857 rescató a 42 náufragos de una ballenera norteamericana, cerca de Bahía Nueva. En 1872 se prestó a viajar expresamente para buscar a los tripulantes de una goleta inglesa, en la bahía Fortescue, los que que ya habían sido asesinado por los indios; en esa oportunidad varó el pailebote que comandaba Piedra Buena y éste debió regresar a Punta Arenas en bote.

Al año siguiente salvó con el célebre cúter Luisito a 6 náufragos de un navio inglés perdido en la Isla de los Estados.” Un año antes de esta última aventura Piedrabuena había cumplido una proeza difícil de igualar, que lo salvó de una muerte segura. Después de dos años de intenso trabajo, el marino recaló en la bravia Isla de los Estados con su goleta Espora, dispuesto a instalar una fábrica  de  aceite  de foca y pingüino. 

Lo acompañaba un  puñado de curtidos marinos, familiarizados como su jefe con el frío y los temporales.   Nadie suponía, sin embargo, que el 10 de marzo un furioso vendaval echaría a pique la nave poniendo al grupo en difícil situación.   Sin barco en que partir, sin poder aguardar el verano porque en pocas semanas morirían de hambre, con escasísimas posibilidades1 de  que alguien  llegara a rescatarlos, las perspectivas eran desalentadoras.  

Piedrabuena mostró nuevamente entonces su talla de hombre excepcional. Con los escasos clavos rescatados del Espora y  los  maderos  del   barco hundido,   sin  planos,   cálculos   ni medidas, a puro ojo, los náufragos se pusieron a construir una embarcación.   Las condiciones distaban de ser propicias, pues a la lucha contra el clima cada vez más frío se unía la diaria necesidad de salir en busca de huevos de pingüinos de mariscos, de cualquier alimento que apareciera.  

A pesar de todo, el 11 de mayo, un mes después de iniciada la tarea, los barbudos y extenuados marinos pudieron botar un cúter de 11  metros de es lora, 4 de manga y 18 toneladas de desplazamiento, una construcción   increíble   realizada   casi   sin herramientas  ni  materiales.  Quince días después la pequeña nave, bautizada Luisito, entraba en el puerto   chileno   de  Punta  Arenas. Piedrabuena había cumplido una más de sus hazañas.

 Fuente Consultada:
Patagonia El Territorio de la Aventura  de Roberto Hosne y Historias Insólitas de la República Argentina de Daniel Balmaceda

Darwin en la Patagonia El Secuestro de Aborigenes Fritz Roy Beagle

Darwin en la Patagonia:
Expediciones de Parker King y Fitz Roy

En 1830, el teniente Robert Fitz-Roy, comandante del barco británico HMS Beagle, raptó a Jemmy, de 14 años, y a otros tres niños de Tierra del Fuego. Quería llevarlos a Inglaterra, con el fin de educarlos al estilo de vida europeo. Jemmy se maravilló con el cambio: se cortó el pelo, se vistió de traje y corbata, conoció al Rey Guillermo IV, aprendió inglés y mecánica. Tres años después, Jemmy volvió a Wulaia, su pueblo, cargado de ropa, palos de críquet y juegos de té. Objetos inútiles, que no lograron entusiasmar a otros yaganes y que Button terminó abandonando.

Entre las expediciones más importantes con propósitos de exploración y relevamiento patagónicos, se cuentan las que realizaron los marinos ingleses Phillip Parker King, entre 1826 y 1830, continuada por Roberto Fitz Roy (imagen) en 1832 y 1836.

En el lapso de diez años efectuaron amplias y detalladas investigaciones desde el sur del río de la Plata hasta Tierra del Fuego, siendo registradas en interesantes informes y relatos no exentos de sorprendentes episodios. Los secundó un calificado plantel de científicos y oficiales, sobre todo en la segunda expedición al mando de Fitz Roy, en la que viajó Carlos Darwin.

Las naves de la primera incursión fueron Adventure y Beagle. A comienzos de 1827 fondean en el estrecho de Magallanes, cerca de Port Famine (Puerto Hambre) y realizan un extenso relevamiento en toda la región y descubren el canal que bautizarían Beagle.

Hallándose en las proximidades de la isla Navarino —según relataron los ingleses—, un grupo de yaganes les roban una lancha ballenera. Estos, para escarmentarlos, tomaron cuatro rehenes y los mantuvieron a bordo.

Otras versiones interpretan que los retuvieron en cautiverio para educarlos y formarlos como guías e intérpretes, según una modalidad británica, para influir sobre sus hermanos de raza. Lo cierto es que los nativos viajaron a Inglaterra: una adolescente bautizada Fuegia Basket (Cesta fueguina); y tres jóvenes: Jemmy Button (Jemmy Botón, por él se pagó a sus padres un enorme botón de nacar);Boat Memory, (en recuerdo del bote perdido) y York Minster, (en memoria del cabo que organizó la captura).

Fitz Roy se hizo cargo de todos los gastos que demandarían su educación, mantenimiento y ropas. En Inglaterra se hicieron célebres, siendo recibidos por el rey Guillermo IV y la reina Adelaida, quienes los agasajaron con obsequios y a Fuegia Basket le regalaron un ajuar de boda junto con un gorro de batista de la propia reina.

El inglés Charles Darwin, (1809-1882) en su libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo hay definiciones memorables sobre la Patagonia que tienen asombrosa vigencia.

El segundo viaje en el Beagle (imagen abajo) , al mando de Fitz Roy, se inició en diciembre de 1831 y en esta expedición viajaba Carlos Darwin en razón de que Fitz Roy pretendía incluir a un naturalista y por no disponer de presupuesto se le ocurrió invitar a un estudiante de ciencias naturales que si bien no cobraría honorarios, a cambio viajaría sin desembolso alguno. Carlos Darwin, con 23 años, se alistó como voluntario. En la tripulación se incluía también al Rvdo. Richard Mathews con la misión de catequizar a los aborígenes.

Fitz Roy no había contado con que en sus años de ausencia, la sensibilidad política había ido cambiando. Mientras que los tories eran esclavistas con toda su alma, los whigs (liberales) eran abolicionistas, y habían conseguido en el intertanto que la esclavitud efectivamente se prohibiera en Inglaterra (el Beagle había pasado cerca de cinco años fuera). De inmediato, en las altas esferas políticas se decidió que Jemmy Button, así como sus tres compañeros, que legalmente ya no eran esclavos, fueran por tanto devueltos a Tierra del Fuego, desde donde habían sido sacados contra su voluntad.

De los cuatro yaganes regresaron tres porque Boat Memory había muerto a causa de la viruela no obstante haber sido vacunado y recibido un tratamiento cuidadoso; era el preferido de Fitz Roy porque además de bien parecido era muy inteligente. El marino los había hecho vacunar a todos, preventivamente, por la facilidad de los indígenas para contagiarse al contacto con los blancos. Regresaron con muchos regalos, instruidos, con conocimientos del idioma inglés y de oficios como herrería, carpintería y tareas de labranza.

En cuanto a York Minster que tendría unos veintisiete años cuando lo capturaron no reveló interés en el aprendizaje, pero sí se comprometió con Fuegia Basket.  Empezaron por labrar la tierra y construir las chozas y mientras lo hacían se acercaban los nativos, recelosos, a observar como trabajaban. Cierto día llegaron la madre y los hermanos deJemmy, que casi había olvidado su idioma natal y, según refirió Darwin, sólo se miraron sin evidenciar expresiones de afecto; la madre se fue en seguida a cuidar la canoa.

Entretanto el Beagle había zarpado para continuar con las tareas de relevamiento y cuando regresa, semanas después, Fitz Roy halla al clérigo asustado y deprimido, enterándose que fue atacado y apedreado por los yaganes quienes, además de burlarse le despojaron de sus pertenencias a él, al matrimonio y a Jemmy.

El reverendo, por orden de Fitz Roy abandona Wulaia y regresa con el Beagle, que zarpaba para efectuar exploraciones y reconocimientos en San Julián y en el río Santa Cruz, donde avistan la cordillera aunque no pueden cumplir su propósito de llegar hasta la naciente del río. El relevamiento, empero, fue muy útil y referencias sobre esa esforzada tarea están contenidas en el libro “Diario de un naturalista alrededor del mundo”, que Carlos Darwin publicó en 1839.

“Al revivir imágenes del pasado —escribió Darwin— encuentro que con frecuencia se cruzan ante mis ojos las planicies patagónicas, empero las misma son juzgadas por todos como las más miserables e inútiles. Se caracterizan sólo por cuanto poseen en  negativo: sin habitantes, sin agua ni árboles, sin montañas, sólo poseen plantas enanas. ¿Por qué entonces —y el caso no es peculiar sólo para mí— tienden esas tierras áridas a tomar posesión de mi mente? ¿Por qué la más plana, más verde y fértil pampa, que es útil al ser humano no produce igual impresión? Apenas me lo explico, pero en parte debe ser por el horizonte que aquellas dan a la imaginación”

UNA CURIOSIDAD: En octubre del 83, Charles Darwin, el gran naturalista, visitó Santa Fe. Era entonces gobernador de esa provincia el patriarca de la Federación, general Estanislao López.

Los días 3 y 4 del mes mencionado, afectó a Darwin un violento dolor de cabeza, de tanta magnitud que lo obligó aguardar cama. Y en el diario de su viaje, relata que una generosa anciana que lo cuidaba le aconsejó ensayara para aliviar su dolencia algunos remedios caseros que ella bien conocía. Y dice Darwin: «En la mayor parte de casos parecidos se acostumbraba aplicar a cada sien del enfermo una hoja de naranjo y un trozo de tafetán negro; es aún más usual cortar un haba en dos partes, humedecer estay aplicarlas asimismo a las sienes, donde se adhieren fácilmente.

Pero no se crea que sea conveniente quitar esas medias habas o esos trozos de tafetán; hay que dejarlos donde están hasta que se desprenden por sí solos. Algunas veces, si se pregunta a un hombre que ostenta en la cabeza esos trozos de tafetán qué le ha ocurrido, contesta por ejemplo: “Tuve jaqueca anteayer.

Los habitantes de este país emplean remedios muy extraños, pero demasiado repulsivos para que de ello pueda hablarse. Uno de los menos sucios consiste en dividir en dos unos perritos para amarrar los trozos a uno y otro lado de un miembro fracturado.

A tal fin es muy buscada aquí cierta raza de perros pequeños desprovistos de pelo (…)». Sin dudas que Darwin a quiso refiere a los perros «pila» completamente desprovistos de pelo, muy friolentos, que solían utilizarse como calienta-pies y que también eran útiles para el tratamiento del reuma, brindando su calor permanente, refugiados entre las cobijas de la cama.

Mapa de Ruta del Viaje de Magallanes

Fuente Consultada:
Patagonia El Territorio de la Aventura  de Roberto Hosne y Historias Insólitas de la República Argentina de Daniel Balmaceda

Historias de la Patagonia Primeros Exploradores del Sur Argentino

Nunca fue un territorio fácil ni pródigo. A exploradores conquistadores les exigió esfuerzos supremos cuando pretendían conocerlo y usufructuarlo; hubo que echar a volar la fantasía y apelar al mito y a la ficción para imantado. Célebres navegantes, piratas, expedicionarios e inmigraciones temeraria desembarcaron en sus desoladas e inhóspitas costas.

Y por distintos motivos: hallar un paso al Océano Pacífico, llegar a las Molucas, donde abundaban las codiciadas especias y al Perú para cargar los barcos con oro y plata con destino a España, y los piratas, para abordar y saquear a esos barcos. La leyenda adjudicaba a la Patagonia la existencia de ciudades refulgentes en, oro y espléndidos tesoros y eso alentó la concurrencia de aventureros y corsarios, pero también, como lugar distante, remoto, la llegada de fugitivos de múltiples orígenes. Y las temerarias colonizaciones de gente que buscaba un porvenir promisorio y que en definitiva fue la que construyó lo que existe.

Cada uno, a su manera vivió su propia aventura, corrió su propios riesgos y superó difíciles obstáculos en un territorio que exige a sus habitantes decisión y un temple especial.

Pocos lugares en el mundo incitan a la fantasía como la Patagonia. Desde el desembarco de Hernando de Magallanes se insinuó como un ámbito propicio para la conquista y la aventura; requirió de protagonistas intrépidos y sagaces para explorar lo que por entonces se consideraba el fin del mundo. Además, debían enfrentar una naturaleza implacable, batida por un intenso y perpetuo viento, mesetas tan áridas como infinitas, costas extensas y desoladas y temperaturas con oscilaciones extremas.

primeros conquistadoresEra un destino signado por la adversidad: las violentas tempestades, las fuertes correntadas provocaron tantos naufragios en el estrecho de Magallanes y sus accesos que lo señalaron como el más grande cementerio náutico de la época.

Eran frecuentes las muertes en acción: ya fuere en los enfrentamientos con los indígenas, por sublevaciones y motines que estallaban dentro de las embarcaciones, combates armados contra adversarios o piratas, o simplemente alguien que caía de lo alto de un mástil o mientras ceñía velas, o desaparecía en el mar arrastrado por el vendaval.

Cada travesía en las naves de entonces, que semejaban “cáscaras de nuez”, significaba un reto a la muerte. Por eso, cuando un marino embarcaba debía hacer testamento y sólo al regresar, ya en tierra, se lo daba nuevamente por vivo.

Por diferentes motivos, entre ellos el excesivo rigor o el maltrato que capitanes u oficiales imponían a las tripulaciones, el trabajo extenuante o demoras inexplicables en el arribo a destino, padeciendo hambre, sed y enfermedades (con frecuencia el escorbuto), llegaron a provocar sangrientos motines. Se contaban los días, las horas, y sólo se ansiaba llegar, ver tierra…

Podía pensarse si la incursión por esos remotos confines tenía resultados tan dramáticos y fatales, ¿para que frecuentarlos? Pero ocurrió que pocos años después que Magallanes descubriera el estrecho, es decir, el acceso al Pacífico inaugurando una nueva ruta hacia las Molucas, las codiciadas islas de la Especiería, conmueve a España y a Europa un nuevo descubrimiento: los valiosos yacimientos de oro y plata en el Perú.

Y para trastornar aún más a conquistadores y aventureros se instalan otros dos mitos de irresistible seducción: Trapalanda y la Encantada Ciudad de los Césares, imaginarias poblaciones radiantes de tesoros, inconmensurables riquezas, naturaleza pródiga y otros dones que hacen a la felicidad definitiva de los hombres. El primer mito, durante la escala de Magallanes en San Julián, surgió del descubrimiento de “gigantes”, según narró Antonio Pigafetta, cronista de la expedición, en su libro Primer viaje en torno del globo.

magallanes

Primeros conquistadores: El 31 de marzo de 1520, fondea en una bahía patagónica la flota que comanda Hernando de Magallanes; el sitio donde desembarcan es bautizado San Julián y, según comunica el almirante a sus subordinados, allí invernarían y llevarían a cabo las tareas de mantenimiento de los barcos, para reanudar luego su derrotero hacia el Oriente. La expedición, integrada por cinco naves y 266 tripulantes había zarpado del puerto español San Lúcar de Barrameda el 20 de setiembre de 1519, con el objetivo de hallar un paso del Atlántico al Mar del Sur (Océano Pacífico) y llegar a las Islas Especieras (Molucas)

AÑO 1586: El corsario inglés Tomás Cavendish llamó “puerto del hambre” a un desventurado fortín del Estrecho de Magallanes, adonde llegó a fines de 1586. Quince hombres y tres mujeres, más bien espectros espantosos de una quimera que colonos famélicos, le tendieron los brazos suplicantes. Cavendish recogió a uno de ellos, desmanteló los cañones y partió, abandonando a los demás a su suerte. Así se extinguió la última esperanza para aquellos sobrevivientes de la más descomunal e infortunada hazaña de la conquista.

COLONOS Y CORSARIOS EN EL AIRADO MAR AUSTRAL
Aquellas costas inhóspitas de la Patagonia, con sus tempestades de nieve y con las increíbles mareas del proceloso mar, nunca habían sido sino mal refugio de náufragos o puntos de recalada donde los corsarios hacían pie para recoger por vitualla algunos lobos marinos y para carenar los barcos.

En vano Simón de Alcazaba había intentado establecerse en la costa patagónica en 1536 y explorado tierra adentro, en muchos días de marcha, por lo que pudiera haber. Fue duro el desengaño y propicio para motines y crímenes que lo desbarataron todo. Y así fue como lo que Alcazaba había llamado “Nueva León”, siguió siendo como la tierra de nadie. En 1578 merodeaba Francisco Drake por la bahía de San Julián, y después de atravesar el Estrecho de Magallanes fue a la rapiña de los puertos del Pacífico. De Lima salió en su persecución Pedro Sarmiento de Gamboa, gallego tenaz, y, aunque no dio con él, fue el primero en cruzar el Estrecho de Magallanes de oeste a este, tejiendo planes a lo don Quijote.

Cuando Sarmiento de Gamboa estuvo en España, con su fama y sus proyectos, fue escuchado. El rey accedió a encomendarle la peligrosa misión de colonizar el Estrecho de Magallanes, para que en adelante no volviera a ser vía libre de piratas y corsarios.

Con el singular cargo de “gobernador del Estrecho” partió Sarmiento de Gamboa a fines de 1581 en la nave generala de una gran expedición. Dieciséis naves lo seguían, con tres mil hombres de guerra y de paz. Iban maestros carpinteros y albañiles, herreros y labradores, mujeres y niños. Llevaban un buen bastimento y herramientas de trabajo, y… muchas esperanzas. Pero también los acompañaba —y ellos no lo sabían— la malaventura, la muerte agazapada en las furias del mar.

Las tempestades diezmaron a aquellos tripulantes, pero no arredraron a Sarmiento de Gamboa. Su decisión era inquebrantable. Al fin entró en el estrecho con 338 almas en dos naves y tres fragatas, y, haciendo caso omiso a la adversidad, fundó, el domingo 11 de febrero de 1584, la ciudad “Nombre de Jesús”, y el 25 de marzo otra que llamó “Rey Don Felipe”.

La Vida de los Primeros Colonos en la Patagonia

Fuente Consultada: Patagonia Territorio de la Aventura Roberto Hosne

Los Patagones Aborigenes Sur Argentino Origen Nombre Patagonia

En el extremo sur del continente americano, además de su imponente geografía, hubo a partir del siglo XVI, entre otras leyendas famosas una que  mencionaba a unos hombres de enormes pies y cuerpo gigantesco, que darían nombre a la zona. Entre la fantasía y la imaginación, el fenómeno sirvió para descubrir las costumbres de los patagones o de los otros indios que estaban cerca, para hablar de los animales del país y del paisaje inmenso, de la experiencia de los humanos que se encuentran de pronto y se temen recíprocamente. (ver el libro arriba)

Antonio Pigafetta acompaño a Magallanes como cronista de a bordo. Llevó consigo quince libros en blanco, futuro asiento de sus crónicas. Aunque muchos de sus escritos se perdieron, han resultado fundamentales para la reconstrucción de la más grande hazaña marina de todos los tiempos.

Allí quedaron documentadas sus notas, análisis y descripciones de caracteres, situaciones, dramas, motines, traiciones, alegrías, hambres y descubrimientos, a lo largo de los tres años en que la flotilla de cinco navíos rodeó el mundo probando para siempre la redondez y rotación de la Tierra y que todos los mares estaban unidos.

Éste es uno de sus relatos más simples, pero dramático, cuando la flotilla esperaba mejores vientos en las costas argentinas del sur. En medio de la calma y el silencio, mirando hacia un horizonte infinito, un atardecer divisaron un hombre en un cerro cercano, bailando y batiendo brazos.

A medida que se acercaba, los marineros quedaron pasmados de la altura del sorpresivo visitante que tenía envuelto su cuerpo en pieles y sus pies en gruesas lonjas, lo que daba la sensación de tenerlos muy grandes. Magallanes ordenó cautela, cordialidad y demostraciones de afecto, mover los brazos, saltar, sonreír, intentando imitar al gigante. La nave insignia cargaba cientos de cascabeles, vidrios, piedras de colores, lazos de tela brillante, tambores, juguetes. Y espejos. Cuando el recién llegado se contempló en uno de los espejos, cayó de bruces, se revolcó, sacudió sus cabellos y dio varios alaridos, porque había duplicado su propio ser.

Según una de las interpretaciones, le debe el nombre la región: Al parecer eran de gran estatura y con un físico muy desarrollado por lo que los primeros españoles que llegaron los llamaron “patagones”, comparándolos con “Patagón”, el nombre de un gigante, personaje muy popular en unas novelas de la época.

Corrió de regreso al monte donde lo esperaban otros hombres y mujeres, todos igualmente prominentes. Nuevamente se acercaron a la nave y entonces fueron convidados con algunos dulces y regalados con campanillas. Magallanes se deleitaba con sus visitantes a quienes llamaría “patagones”. Pero tenía obligación de transportar de vuelta a España tesoros y especias, plantas y animales, además de seres humanos que permitieran estudiar su contextura física, hábitos y determinar si eran tan humanos como ellos.

A medida que iban ganando la confianza de los indígenas y llenado sus manos y brazos de obsequios, les mostraron a los incautos inocentes unos grilletes de hierro brillante que seguramente parecieron anillas o pulseras de maravillas. Sin mediar un instante los atraparon, aquietaron y arrojaron al interior del barco. Los restantes huyeron prontamente porque comprendieron que esos seres sonrientes, barbudos y envueltos en aceros, regaladoes y zalameros, eran traidores, perversos, monstruosos. Vaya a saber de qué infiernos vinieron a dar a sus tierras silenciosas, qué designios malignos los habían inspirado. Sus ojos lloraron con pesar y rabia. Miraban enorme cascarón flotante y comprendieron que sus hermanos habían sido tragados por esa bestia.

En la bodega sucia, los patacos prisioneros e encendieron de furias, se revolcaron heridos en sus carnes y en sus espíritus, y quedaron horrorizados ante la certeza de que habían sido devorados por un monstruo marino ayudado por diablos menores. Los pobrecillos no sabían que ya habían llegado a su destino final. Todos murieron en la travesía. De ahí en más, la tragedia habría de enseñorearse en la flota con motines y otras traiciones, muertes trágicas y castigos.

Habrían de surcar la Bahía Grande, superar Río Gallegos, cabo Vírgenes. Luego divisarían unas extrañas señales ígneas a las que Magallanes llamó Tierra del Fuego, para entonces finalmente ingresar en el laberinto de piedra, acantilados, montañas, vientos helados, tormentas, corrientes traicioneras, vericuetos engañosos que vendría a ser el estrecho de Todos los Santos y más tarde, el estrecho de Magallanes, que una vez superado, los enfrentaría a la todavía más impresionante alfombra, un océano de agua calma, pacífica, azul y brillante que los llevaría a Filipinas y a completar la vuelta al mundo tan soñada.

Magallanes sucumbiría asesinado en una revuelta isleña, traicionado —moneda que el destino devolvía— por un cacique con el que había forjado una supuesta amistad. Cae Magallanes herido de muerte donde menos lo esperaba, donde ni siquiera era importante su presencia, en un punto de tierra en la inmensidad oceánica. La prodigiosa aventura marina sería terminada por el vasco Sebastián Elcáno con un barco deshecho y dieciocho hombres agotados.

La mujer e hijos de Magallanes han muerto en esos tres años de su viaje. No hay descendientes ni hermanos ni primos. Nadie que pudiese recoger su herencia. Sólo la historia le hará un lugar prominente a quien primero imaginara y luego concretara la circunvalación global. Las memorias flacas nada escribieron sobre los desventurados de uno y otro lado, que quedaron sin vida a lo largo del derrotero fantasmal y prodigioso.

Fuente Consultada: Abuelo es Verdad? de Luis Melnik – Sitio Web: Patagonia Argentina y Sitio Web Oficial del Gobierno de Venezuela

Biografia de Francisco Moreno Perito en el Sur Argentino Patagonia

CONOCIDO COMO "EL HÉROE NACIONAL" Y RECORDADO COMO EL PERITO MORENO

Francisco Moreno
Científico Naturalista
1852 – 1919

Francisco P. Moreno es más conocido como Perito Moreno, científico naturalista argentino, explorador de la Patagonia. Nació el 31 de mayo de 1852 en la ciudad de Buenos Aires.

Su padre había permanecido exiliado en Uruguay durante el régimen del político y militar argentino Juan Manuel Rosas, en tanto que su madre era hija de uno de los oficiales británicos que habían participado en la invasión inglesa de 1807 y que, tras haber sido hecho prisionero, fijó su residencia en el país sudamericano.

Francisco había perdido a su madre a temprana edad por el cólera y, con sus hermanos, alternaban estudios con excursiones por las barrancas del río, buscando huesos prehistóricos con los que montarían un incipiente museo en el mirador de la casa paterna.


En 1866 instaló con sus hermanos el primer “museo” en el mirador de su casa donde exhibía restos hallados en excursiones con su padre.

En 1871 recogió fósiles en la laguna de Vitel.

En 1872 fundó, en colaboración con un grupo de ingenieros, la Sociedad Científica Argentina.

En 1872-73 exploró el territorio de Río Negro y, en 1875 llegó al lago Nahuel Huapi, que recorrió para luego pasar a Santa Cruz y alcanzar el lago que bautizó con el nombre de Argentino.

El 22 de enero de 1876 con 23 años de edad se convierte en el primer hombre blanco que llega al lago Nahuel Huapi desde el océano Atlántico, donde implanta la bandera argentina.

El 20 de octubre de 1876 , se embarca en la goleta Santa Cruz rumbo a las tierras australes, y luego de un viaje nada fácil, la nave fondea en la desembocadura del río Chubut. Allí, Moreno recorre la colonia galesa obteniendo gran cantidad de fósiles marinos. Tres meses más tarde, la nave zarpa nuevamente, llegando a la boca de río Santa Cruz el 21 de diciembre. El propósito de esta empresa, es remontar el río y recorrerlo en toda su extensión.

En el mes de febrero de 1877 , también, descubre y bautiza el lago San Martín y días más tarde avista el lago Viedma y el cerro Chaltén, al que identifica como un inmenso volcán y bautiza con el nombre de Fitz Roy. Moreno dispone el regreso descendiendo por el río Santa Cruz; en mayo retorna a la capital federal exultante por los éxitos obtenidos y por el gran cúmulo de información recopilada. Una vez arribado, dona sus colecciones para fundar el Museo Antropológico y Arqueológico de la provincia de Buenos Aires.

Entre 1882 y 1884, realiza viajes a Córdoba, San Luis, Mendoza y San Juan en busca de elementos que pertenezcan a civilizaciones anteriores a la conquista española y de yacimientos fósiles. Para esta fecha, el Museo provincial ya no podía albergar tamaña colección, por lo que surge la idea de reemplazarlo por un edificio más acorde con la calidad del material estudiado. Nace así, el Museo de La Plata.

Entre 1892 y 1897 comienza a intervenir en cuestiones limítrofes con Chile y, ante el recrudecimiento de la cuestión acepta el cargo de Perito Argentino en la negociación y convence a sus pares chilenos que la mejor solución era la diplomática. El 20 de noviembre de 1902, se firma el laudo arbitral, en virtud del cual Argentina rescata cuarenta y dos mil kilómetros cuadrados de tierras que el perito chileno atribuía a Chile. Nuevamente el Dr. Moreno había prestado sus servicios y su inquebrantable patriotismo en bien de su país.

Como pago por su labor como perito en cuestiones limítrofes, recibe como compensación del Congreso de la Nación, veinticinco leguas fiscales de tierra. El 6 de noviembre de 1903, dona “tres leguas cuadradas en la región situada en el límite de los territorios de Neuquén y Río Negro, en el extremo Oeste del Fjord principal del lago Nahuel Huapi, con el fin de que sea conservado como parque natural”.

Falleció el 22 de noviembre de 1919. Sus restos fueron trasladados en 1944 a la isla Centinela, en lago Nahuel Huapí.

EL ESPÍRITU DE UN JOVEN LLAMADO FRANCISCO P. MORENO: Así lo describe RAÚL A. ENTRAIGAS, (Río Negro) En Historia Argentina Contemporánea, 1862 -1930. Vol. IV: Historia de las provincias y sus pueblos; segunda sección. Editorial El Ateneo, Buenos Aires, 1967).


En abril de 1873 llegaba un joven de 21 años lleno de inquietudes, llamado Francisco P. Moreno, a Carmen de Patagones. Recorrió el valle del río Negro, y con sesenta cráneos y más de mil flechas regresó a la capital. Al año siguiente, en el bergantín Rosales, emprende un nuevo viaje a la Patagonia con el capitán Martín Guerrico y el doctor Berg. En esta excursión, malograda en parte por la revolución de septiembre de 1874, visitó dos veces el río Negro.

Pero sus grandes excursiones fueron las de 1875-76. Fue por tierra. Partió el 25 de septiembre de 1875. El 17 de octubre llegaba nuevamente al Carmen en el río Negro. Ahí pasa más de un mes ocupado en reconocimientos e investigaciones. El 27 de noviembre salía, por la ribera sur del río de los Sauces. Iba en la expedición con la que el mayor Miguel Linares emprendía una batida contra los indios que habían llevado un malón a Romero Grande. Eran más de cien los expedicionarios. Moreno iba tranquilo, porque Linares era sobrino del temible Sayhueque.

El 6 de diciembre estaba en Primera Angostura, y el 15 en Chichínales. Ahí se separa de los guerreros aborígenes y sigue con su gente hacia Neuquén. En la confluencia debe hacer sus primeras armas como tropero, al tener que cruzar el río a caballo, a la manera indígena. Y sigue hacia las cordilleras.

Uno de los parajes que más lo sorprendieron fue el Chocó-Geyú. Llega al Collon-Curá, anuncia su presencia a Sayhueque y le comunica su deseo de ir a saludarlo. Así llega a los toldos de Caleufú, capital del Señor de las Manzanas. Los caciques que obedecían a Sayhueque celebran un parlamento y deciden que el huirica no debe seguir a Chile como era su intención.

Pero, con la ayuda de Quinchahuala, consiguió permiso para llegar al Nahuel Huapi. En sus riberas, en la hermosa rinconada de Tequel Malal, tenía sus reales el gran cacique Inacayal. Moreno cruzó el río Traful y llego al magnífico lago el 22 de enero de 1876. Y se hubiera quedado en el lago, pero el exequátur del Señor de las Manzanas era perentorio; tuvo que regresar a Caleufú.

Se dio cuenta que ahí reinaba un ambiente hostil para el cristiano. Supo que en un malón llevado contra el Azul habían muerto al mayor Jurado (Turao, decían los indios) y a Calderón, el mayoral de la mensajería de Bahía Blanca. Había que advertir a Patagones. Apenas pudo, pues, emprendió el regreso por el valle del Limay. En Chichínales le dieron 25 caballos más, gracias a los cuales pudo llegar sano y salvo a Carmen de Patagones.

Al día siguiente, ya estaba de nuevo sobre el arzón de su caballo, rumbo a Bahía Blanca, a donde llegó en sólo dos días. Y prosiguió… Iba en busca del telégrafo para anunciar al gobierno la invasión inminente… Llega a Tandil. Prosigue. Las Flores. Toma el tren ahí y consigue llegar a Buenos Aires en tiempo récord. Anuncia la invasión. No le creen. Dicen que “son cosas de muchacho asustado”. Pero tres .días después “se produjo el terrible malón que costó cientos de vidas y centenares de miles de ganado”.. .”

CRÓNICA DE LA ÉPOCA:

Francisco P. Moreno, quien el año pasado fundó, en colaboración con un grupo de ingenieros, la Sociedad Científica Argentina, ha partido en un viaje de exploración e investigación a la Patagonia. Según sus propias declaraciones, lo mueve el interés de investigar la formación geológica del continente, su flora, su fauna y su historia natural. En abril, ya en Carmen de Patagones, ha encontrado sesenta cráneos, mil flechas o puntas de lanza y grandes cantidades de sílices tallados.

Su padre asegura que a su regreso le tiene preparado un edificio de 200 metros cuadrados para el archivo de sus colecciones. Fascinado por las muestras recibidas, ha decidido centrar su actividad investigadora en la exploración de la región patagónica.

El joven investigador y científico nació el 31 de mayo de 1852 en la ciudad de Buenos Aires. Su padre estuvo exiliado en Uruguay durante el régimen de Juan Manuel Rosas, y su madre es hija de uno de los oficiales británicos que participó en la invasión de 1807.

En 1867, Germán Burmeister, director del Museo Público, visitó la colección privada de Moreno, y para sorpresa del joven científico le pidió prestado un ejemplar de “Panochtus” para exhibirlo.

A fines de enero de 1871, Buenos Aires sufrió la epidemia de fiebre amarilla y una de sus víctimas fue doña Juana Thwaites, madre del naturalista. La familia decidió refugiarse en la estancia Vitel, cerca de la laguna de Chascomús. Se nos informa que el joven hombre de ciencia encontró allí, entre otros fósiles, un caparazón de gliptodonte, un verdadero tesoro paleontológico.

Biografia de Ameghino Florentino Naturalista Argentino

VIDA Y OBRA CIENTÍFICA DE FLORENTINO AMEGHINO

Dinosaurios en la Patagonia Dinosaurio:
Abelisaurus
Biografía de
Francisco Moreno
Florentino
Ameghino

Florentino Ameghino

Florentino Ameghino (1854 – 1911): Naturalista, Paleontólogo y Antropólogo También considerado climatólogo, geólogo y zoologo.

Nació en Villa del Luján, de la Provincia de Buenos Aires, el 18 de septiembre de 1854, hijo de don Antonio Ameghino y de doñaMaría Dina Armanino. (hay versiones que dicen que nació en Génova, pero él declara que nació en Luján)

En Ameghino su interés por la paleontología comenzó muy de pequeño, cuando le preguntó a su padre de dónde venían los restos de caracoles que había encontrado en la barranca del río Luján, cerca de su casa, y éste le respondió que los traía el río.

Florentino consideró que no debía ser así porque la corriente no podría enterrarlos, y decidió que averiguaría por qué estaban allí y cómo habían llegado.

Tenía dos hermanos, llamado Juan y Carlos que le ayudaron en muchas oportunidades, pero Carlos fue siempre un excelente colaborador sobretodo en arduas y lentas exploraciones.

Puede considerarse como la primera gran figura de la ciencia nacional y la que alcanzó, seguramente, mayor trascendencia internacional. Fue un autodidacta, que puso por alto el prestigio científico del país sin más fuerzas que su formidable tesón y el apoyo de su hermano Carlos, y sin más financiamiento que los exiguos fondos obtenidos de una librería, negocio que manejó durante años en La Plata.

Florentino Ameghino fue una de las personalidades científicas más descollantes de la Argentina en el siglo XIX. Nació en 1854 y era adolescente aún cuando los muchachos de su edad lo apodaron “el loco de los huesos” por su inveterada costumbre de hurgar con pico y pala las cercanías del río Lujan en busca de restos fósiles. A los veinte años reunió en un folleto varias observaciones acerca del origen del hombre americano, y tiempo después abandonó su puesto de maestro en la localidad de Mercedes para trasladarse primero al Uruguay y después a Europa. Allá recorrió los principales museos de ciencias naturales y se vinculó con paleontólogos célebres, deslumbrándolos con la colección que había formado.

Su formación primaria la realizó en forma particular y como entretenimiento infantil recogía huesos en las barrancas de Luján. En Buenos Aires siguió los estudios secundarios que no concluyó y enseguida se trasladó a la localidad bonaerense de Mercedes, donde fue maestro, director de una escuela y dedicó nueve meses al estudio geológico y paleontológico de los terrenos de la llanura pampeana.

Ameghino fue un brillante autodidacta en paleontología, geología, antropología y anatomía comparada. Ya de adolescente, aprendió idiomas para poder leer a los principales científicos de la época, como el geólogo británico Charles Lyell, y adhirió a la teoría de Darwin.

Cuando tenía 17 años le presentó a Germán Burmeister, entonces director del Museo de Buenos Aires y autoridad máxima de las ciencias en el país, sus primeros descubrimientos. Pero a éste las investigaciones del joven provinciano no le inspiraron confianza ni le parecieron de interés. Al contrario de lo que podría creerse, esto no desalentó a Ameghino, que más tarde diría: “Pero para algo sirve la desgracia… la incredulidad e indiferencia que encontré hirieron mi amor propio, me obligaron a estudiar y buscar medios de acumular nuevos materiales”.

Siempre vivió estudiando, investigando y luchando por conseguir medios económicos para crecer en su actividad científica.

En 1875 dio a conocer las primeras especies nuevas que había descubierto. En el mismo año, se presentó en un concurso-exposición organizado por la Sociedad Científica con siete cajas de fósiles. Pero a los jurados poco les interesaban aquellas reliquias y sólo las premiaron con la última de las catorce menciones honoríficas. Ameghino insistió al año siguiente con una memoria sobre el cuaternario –la más reciente era geológica– que ni siquiera fue considerada.  Decidió viajar a Europa, y presentar su crecida colección de huesos en la Exposición Internacional de París de 1878 y gracias a su trabajo en la escuela puedo financiar en 1875 su primer viaje a Uruguay. Mas tarde con el apoyo del pueblo natal pudo viajar a París en 1878 y exhibir su colección de huesos en la Exposición Universal donde logró la admiración de los científicos mas destacados de su época.

Su viaje a Paris le demandó tres años y debió vender parte de los objetos llevado, por 40.000 francos, y con ese dinero financió la edición de La antigüedad del hombre en el Plata, una de sus principales obras y Los Mamíferos fósiles en la América Meridional. Al poco tiempo debió volver a vender mas material de su colección (que no se lo aceptaban en museos de la Argentina); hacia 1892, setenta piezas de su colección fueron destinadas a un museo de Munich y, tres años más tarde, se vio obligado a vender al Museo Británico una colección de unas 380 aves fósiles. El objetivo era, como siempre, financiar nuevas investigaciones.

Como curiosidad histórica hay que destacar que  cuando regresa de Europa, llega casado con una joven parisinaLeontina Poirier y pobre y como si fuera poco, se encuentra que había sido exonerado de su cargo de director de la escuela de Mercedes por abandono del puesto.

En 1886, Francisco Moreno lo nombra vicedirector del Museo de la Plata, en  el cual Ameghino aporta su propia colección de huesos, pero lamentablemente al poco tiempo estos científicos entran en un conflicto debido a diferencias y celos profesionales  y pierde el cargo oficial. Como salida decide abrir un negocio de libros y en donde por tercera vez volvió a iniciar una colección de fósiles, ya que Moreno le había prohibido la entrada al museo y no podía estudiar sus propios fósiles.

Su obra publicada —185 títulos que totalizan unas 20.000 páginas— hace referencia tanto a la descripción de piezas fósiles, en gran parte halladas por él, como a apoyar su teoría sobre el origen americano del hombre. Para Ameghino, la especie humana había evolucionado en las Pampas argentinas, desde donde habría migrado al resto del planeta. Y para probarlo se sirvió de todos sus hallazgos paleontológicos.

De todas maneras en su etapas de comerciante, Ameghino desplegó un gran esfuerzo creador: Filogenia (otro libro de su autoría) le brindó el reconocimiento nacional y mientras fue librero en La Plata publicó el trabajo premiado en Paris y mantuvo acaloradas polémicas con científicos nacionales y extranjeros.

Un año después presentó en las Actas de la Academia Nacional de Ciencias su obra magna, compuesta por 1028 páginas y un atlas: Contribución al conocimiento de los mamíferos fósiles de la República Argentina.

En la exposición de París de 1889,obtuvo uno de los mayores logros científicos internacionales de la época: la medalla de oro y el diploma de honor, por su contribución al conocimiento de los mamíferos fósiles de Argentina, escrita en poco mas de un año, entre grandes dramas económicos. Este reconocimiento lo ubicó entre las pocas figuras mundiales del enfoque paleontológico de la biología evolutiva.

Ameghino murió en La Plata, el 6 de agosto de 1911. Su entierro fue grandioso, teniendo en cuenta lo alejado que estuvo de las esferas oficiales. Todo el mundo intelectual se hizo presente y al depositar sus restos en el Panteón de los maestros, hicieron uso de las palabras eminentes personalidades como E. Holmberg, Víctor Mercante, J. B. Ambrosetti, José Ingenieros y otros.

HITOS DE SU VIDA
1854: Nació en la ciudad de Lujan, el 18 de setiembre, hijo de modestos inmigrantes italianos.

1863: Desde niño llamó la atención de sus padres y maestros, por la forma en que se interesaba por desenterrar restos fósiles y averiguar su posible origen. A los nueve años de edad, reunió una colección de caracoles que había juntado a orillas del río Lujan.

1867: El maestro Carlos d’Aste, amigo de sus padres, les sugirió la idea de enviarlo a Buenos Aires para que siguiera estudios secundarios en la Escuela de Preceptores.

1870: Ameghino entró a desempeñarse, como Auxiliar Docente, en una escuela de Mercedes, donde, poco después, comenzó a dictar clases. 1871: Organizó, en Mercedes, un pequeño Museo de Ciencias Naturales, anexo al antes citado colegio.

1872: Fue nombrado Director de la Escuela Elemental de Mercedes, cargo que conservg durante varios años. Mientras tanto, proseguía estudios e investigaciones sobre etnografía y paleontología.

1873 a 1877: Estableció contacto epistolar con varios sabios europeos a quienes comunicó, por carta, sus hallazgos y teorías. Realizó gran cantidad de excavaciones, pagando él mismo los gastos que tales tareas originaban. Venciendo grandes dificultades, llegó a disponer de la mejor colección de fósiles conocida en América.

1878: Emprendió viaje hacia Europa, en cuyos museos estudió y trabajó con la venta de ejemplares repetidos de fósiles. Pudo costearse la edición de su libro “La antigüedad del hombre en el Plata”. 1880: Contrajo enlace con Leontina Poirier, de nacionalidad francesa.

1881: Después de tres años de ausencia, regresó, con su esposa, a la Argentina, donde se enteró de que, vencida la licencia que le habían acordado en sus puestos docentes, ya no los tenía.

1882: Abrió en la ciudad de Buenos Aires una librería, a la  que llamó “El gliptodonte” y con los ingresos obtenidos, prosiguió sus estudios e investigaciones.

1883 a 1901: Reinició sus tareas paleontológicas, ayudado por su mujer y por su hermano Carlos, con quienes efectuó numerosos viajes por la costa atlántica y por el sur de la Argentina. Lograron encontrar más de un centenar de esqueletos de especies mamíferas extinguidas, los cuales pasaron a formar parte de la colección del Museo de Historia Natural de Buenos Aires, que Carlos, posteriormente, dirigió. Florentino, mientras tanto, ejerció como pofesor en las universidades de Córdoba, La Plata y Buenos Aires.

1902: Sus méritos, como investigador, fueron reconocidos dentro y fuera de la Argentina. El Gobierno de ese país lo nombró Director del Museo de Historia Natural de Buenos Aires, instituto que organizó con extraordinaria eficacia.

1911: Enfermo de diabetes y sintiéndose muy afectado, es-piritualmente, por la muerte de su madre y de su esposa, falleció el 6 de agosto. Sus últimas palabras fueron: “¡Cuánto me queda por hacer!”

Fuente Consultada:
Enciclopedia Ciencia Joven Fasc. N°23 Florentino Ameghino Edit. Cuántica