El Feudalismo

Biografía de Luis IX El Santo Rey de Francia Obra Política

VIDA Y OBRA POLÍTICA DE LUIS IX EL SANTO DE FRANCIA

Luis IX el Santo, llamado San Luis (Poissy, 1215 – Túnez, 1270) , rey de Francia (1226-1270), hijo y sucesor de Luis VIII el León. Su madre, Blanca de Castilla, hija del rey de Castilla, Alfonso VIII, actuó como regente durante su minoría de edad y desde 1248 hasta la muerte de ella, ocurrida en el año 1252. Durante sus últimos años de vida estuvo en Tierra Santa, participando en la séptima Cruzada, donde murió cuando estaba en Túnez.

Luis ix el santo de Francia

Dada su corta edad, la Regencia recayó en la reina madre, en cuyas manos dejó luego Luis la gobernación del reino, desde que fuera declarado mayor de edad en 1234 hasta 1242. De esta forma, Blanca de Castilla gozo, durante su regencia, de un papel que ninguna reina iba a desempeñar en lo sucesivo, hasta llegar a Catalina de Médicis, tres siglos después.

Sin embargo, necesitó de toda su energía y toda su inteligencia pare imponerse, pues los barones de Francia, a la muerte de Luis VIII, padre de Luis IX,  habían declarado noblemente que el reino era «algo demasiado grande para ser gobernado por una mujer». También  se rebelaron Felipe Hurepel, hijo legitimado de Felipe Augusto, aliado con el rey de Inglaterra Enrique III, con el conde de la Marca, Hugo de Lusignan, y con el duque de Bretaña, Pedro Mauclerc. La monarquía vivió momentos dramáticos; los conjurados estuvieron a punto, en 1228, de raptar al joven rey, y,dos años después, Enrique III desembarcaba en Saint-Malo. Pero los barones de Bretaña se unieron en Ancenis al campo de Blanca, a donde acudió también Teobaldo de Champaña con trescientos caballeros. Enrique tuvo que volverse a Inglaterra.

De esta manera, frente a los intereses particulares de los grandes señores, la nueva sociedad, desligada poco a poco de la tutela feudal, tendía a reunirse bajo la poderosa protección de la corona.

Cuando Luis IX alcanzó su mayoría de edad, en 1235, la regente continuó, durante algunos años, desempeñando el papel de gran animadora de la política francesa. El primer acto del rey fue, sin embargo, la guerra, porque Enrique III, a quien el conde de la Marca había vuelto a convocar, estaba en el continente. Victorioso en Taillebourg, el 22 de julio de 1241, Luis persiguió al inglés, pero fue detenido por la disentería y aceptó una tregua que devolvió al rey de Inglaterra a su isla. Solamente a partir de 1254, cuando hubo de regresar de Tierra Santa a causa de la muerte de su madre, Luis IX se impuso por sus cualidades, que le inmortalizarían en el espíritu de los pueblos  con  el nombre de  San  Luis.

San Luís puso el máximo empeño en realizar su ideal de paz y de justicia. Aunque  multiplicaba los actos de devoción personal (ayunos,  penitencias,  servicio a los pobres y enfermos), desempeñó sin debilidad su oficio real, muy imbuido de las prerrogativas de la corona, y no dudando en hacerlas respetar incluso por el clero y el Papado. El esplendor de Francia en el siglo XIII es debido, en gran parte, a su personalidad.

El rey de Francia cuenta entonces cuarenta años. Alto y esbelto, de tez clara, ojos azules y cabellos rubios, es un hermoso  caballero,   cuya  agradable  fisonomía y voluntarioso mentón logran, a la vez, atraer e imponer respeto. Parece haber recibido en herencia las mayores virtudes de su tiempo: el orgullo castellano y la inteligencia de su madre, el valor de su padre, a quien habían apodado el León, la sabiduría política de su abuelo Felipe Agusto. Posee igualmente la gracia, la rectitud y la alegría.

Por ello, la Edad Media ha encontrado en él su símbolo, y la cristiandad preferirá su personalidad dulce y sencilla, aunque noble y enérgica, a la de los grandes papas dominantes. Autoritario e independiente, se rodeó de consejeros y amigos, pero nunca de ministros influyentes. A su hermano Carlos, que prendió injustamente a un vasallo, le declaró que «no hay más que un solo rey en Francia», y, en otra ocasión, dijo al Emperador: «la corona de Francia no ha caldo tan bajo que se cuelgue de vuestras espuelas». 

El, tan generoso, una vez que se había pronunciado una sentencia justa, no concedía gracia más que en casos excepcionales. Pero el milagro de la santidad de Luis consiste en que toda esta energía estaba dirigida muy lejos de toda ambición personal, hacia el bien común. Desde luego, las circunstancias le resultaron favorables; fue una suerte para el rey haber subido al trono después de la Cruzada contra los albi-genses, y no tener que mancharse con las matanzas de aquella sangrienta expedición. Fue también otra gran suerte el haber heredado de su padre y de su abuelo un reino poderoso y respetado. Reinó sobre un país sin herejes y al que le fue dado ennoblecer, afirmar, y completar en la paz lo que había hecho la espada de sus precursores.

LA PAZ DEL REINO DE FRANCIA
«Después que el rey Luis volvió de ultramar a Francia, miró y pensó que era muy hermosa cosa, y muy huena, mejorar el reino de Francia», nos dice Joinville. En efecto, la obra interna de San Luis proseguía la de Felipe Augusto, dando al reino de Francia una estructura sólida, y el país, durante su reinado, conoció un período de prosperidad innegable.

Hasta entonces,   la   administración   monárquica   había servido, sobre todo, para salvaguardar los derechos de la corona, para favorecer su jurisdicción y desarrollar sus finanzas. Ahora, tiende a asegurar el orden público, a mejorar las condiciones del pueblo. Los bailes, los senescales, creados por Felipe, tendrán tareas más “complejas por la preocupación cada vez más viva del rey por penetrar en todos los engranajes de la vida y de la sociedad; agentes especializados auxiliarán al baile en sus funciones.

Ciertos cargos militares se confiarán, a expensas de los bailes, a capitanes que vigilan las fortalezas reales, mientras que en el Mediodía, un juez-mayor suplantará al senescal en sus atribuciones judiciales. Esta administración múltiple necesitará cuerpos constituidos, actuando cerca del rey, encargados de vigilarla. Así, los especialistas de la justicia reforzarán el Parlamento, los de las finanzas harán lo mismo, y, de esta forma, nacerá el Tribunal de Cuentas. El Parlamento somete los tribunales judiciales de provincia a su intervención, y su acción contribuyó a la unificación del derecho y a la supresión de antiguas costumbres pasadas, como el duelo judicial.

En la administración corriente, el francés ocupó el lugar del latín. Por primera vez, el pueblo sentía que el gobierno no era una máquina para oprimirlo; por primera vez:, el funcionario cesaba de aparecérsele como un dueño y señor. La fuerza de la realeza se aliaba con la justicia, y el rey, cesde lejos, velaba por su pueblo y se compadecía de sus miserias. La realeza se hacía popular, arraigaba en las provincias, se atraía la opinión pública y se convertía en indispensable, porque también era bienhechora.

Luis IX de Francia

Probablemente fue también la influencia de su madre la que le hizo profundamente religioso, consagrándose a la tarea de reinar con firme apego a los principios cristianos, pero su dulzura no impedía al rey de Francia recurrir, cuando la necesidad. así lo exigía, a una severidad implacable en la que se revelaba el orgullo de los Capetos. La justicia  de San  Luis—Manuscrito  francés—París, Biblioteca Nacional.

EL ÚLTIMO CRUZADO
La paz y la justicia que el rey quiso hacer reinar entre sus subditos fueron también la regla constante de la política internacional de Luis IX. Habría podido, sin duda, arrancar al rey de Inglaterra los últimos jirones de sus posesiones continentales, y al rey de Aragón los feudos que poseía en el Languedoc. Sin embargo, ofreció a ambos, pese a la opinión de sus consejeros, arreglos amistosos. El tratado de Corbeil, en 1258, sancionaba los esponsales de Isabel de Aragón con el heredero de Francia, Felipe. El rey renunciaba a una soberanía poco efectiva sobre el Rosellón y el condado de Barcelona, mientras que Jaime de Aragón abandonaba definitivamente sus pretensiones sobre el condado de Toulouse.

En diciembre de 1259, iba a ser firmado el tratado de París, que ponía fin a un siglo de guerra entre Francia e Inglaterra. Muy criticado por sus contemporáneos, sin duda es una medida política discutible, pero San Luis deseaba: «poner amor entre nuestros hijos y los de Inglaterra, que son primos hermanos». Enrique reconocía el abandono de Normandía, del Maine, de Anjou, de la Turena y de Poitiers, mientras conservaba la Guyena y sus dependencias, por las que se declaraba feudatario del rey de Francia.

Desde entonces, la justicia, las monedas, las ordenanzas francesas iban a invadir el ducado de Guyena, como los otros feudos, y, en caso de felonía de su vasallo, la monarquía francesa se apoderaría legalmente de la tierra. Luis IX no podía pensar que el germen de la Guerra de los Cien Años se encontraba en este tratado. Sin embargo, la confianza que inspiraba su equidad le valió un prestigio que hizo que lo tomaran por arbitro en diversas circunstancias. San Luis partirá, por segunda vez, para la más loca y la más anacrónica de las empresas: la Cruzada, cuyo peligro, inutilidad y fracaso le vaticinaban todos. El entusiasmo de los primeros cruzados revivía en este rey, a quien sería concedido morir tal como había soñado siempre, combatiendo por la fe, el 25 de agosto de 1270, en Túnez.

ALGO MAS…
SAN LUIS EN SIRIA
En 1244, gravemente enfermo, hizo voto de participar en la Cruzada si se restablecía. Cuatro años después, se embarcó en Aigues-Mortes, acompañado de sus tres hermanos y de la flor de la caballería francesa. Las galeras, con los bellos nombres de: la Reine, la Demoiselle, la Montjoie, anclaron en Chipre, donde el rey Enrique I de Lusignan los recibió con una fastuosa hospitalidad. Después, el rey decidió atacar a los musulmanes en el corazón de su poderío, es decir, en Egipto.

La ciudad de Damieta fue  elegida como objetivo, y,  el 6 de junio de 1249, los barones de Francia, rivalizando en ardor con los de Siria, se apoderaron de la ciudad. El temor a la crecida del Nilo impidió a los francos sa car provecho de su ventaja para march;n sobre El Cairo, y esa demora de cinco meses permitió al enérgico sultán de Egipto Es-Salih-Ayub, recobrarse.

Reincidiendo en el error de Pelayo, Luis IX, mal acón sejado por su hermano Roberto de Artois, rechazó la proposición del sultán, que ofrecía Jerusalén a cambio de Damieta, y, el 20 de noviembre, se precipitó hacia la ca pital. Ante la fortaleza de Mansurah, los francos fueron detenidos de nuevo. La temeridad de Roberto de Artois, lanzándose alocadamente a las calles de la ciudad, supuso, con su propia muerte, el aniquilamiento de la vanguardia.

El rey, estimando que el honor le prohibía batirse en retirada, hizo frente a los egipcios, a pesar de que el tifus diezmaba al ejército franco. Ni el valor del soberano (del que Joinville ha conservado la visión inolvidable «del héroe, por sí solo, más grande que la batalla»), ni el heroísmo de sus soldados fueron suficientes para salvar al ejército franco, que capituló el 6 de abril de 1250. Mientras tanto, el sultán de Egipto fue asesinado por los mercenarios turcos de la guardia, los mamelucos, que estuvieron a punto de degollar a Luis IX en su prisión.

Sin embargo, aceptaron por el rescaté de éste y el de su ejército la rendición de Damieta y la entrega de 500.000 libras, tornesas. El 8 de mayo, el rey embarcó para Siria. Allí permaneció  cuatro  años,  reorganizando el país, con el fin de preservalos contra el atque del Islam.

LA REORGANIZACIÓN DE TIERRA SANTA
Desde hacía más de veinte años, las colonias francas eran los territorios más anárquicos. Luis IX quiso restablecer en ellas la noción del Estado. Su sentido del deber, su lealtad absoluta, su cortés entereza hicieron que sus medidas autoritarias fueran aceptadas de buen grado por los barones de Acre y de Tiro. Y el rey de Francia, por anacrónico que pudiera parecer en su afecto a la vieja idea de la liberación de los Santos Lugares, se mostró notablemente audaz en su juego diplomático.

Cuando toda Europa temblaba ante el despliegue de los mongoles, Luis, sabiendo que eran en parte cristianos nestorianos, envió al gran Khan de Tartaria un emisario, el franciscano Guillermo de Rubruquis. Esperaba hacer coincidir su ataque contra el sultán de Egipto con la invasión con que los mongoles amenazaban a éste. Pero la lentitud de los intercambios no permitió una sincronización eficaz de las operaciones. Por otra parte, el rey, yendo contra el Islam oficial, no dudó en concluir una alianza con el «Viejo de la Montaña», jefe de los temibles «asesinos». Se trataba de una secta disidente creada en el siglo XI, cuyos adeptos llevaban oficialmente el nombre de ismaelitas.

En   el  término   de   «asesinos», puede observarse la deformación de hash-shashin, consumidoras de hashish, porque los pertenecientes a la secta se embriagaban con esta planta antes de cometer sus fechorías. Eran, en efecto, fanáticos, especializados en atentados terroristas.

Esperando intimidar a Luis IX, lo habían amenazado con asesinarle. Después, comprendiendo que tal amenaza no tenía posibilidad de éxito, su jefe envió al rey, en prueba de amistad, «su camisa y su anillo», además de un elefante de cristal, un soberbio juego de ajedrez y perfumes maravillosos. Luis respondió a estas amabilidades con el regalo de «joyas, tela color escarlata, copas y frenos de plata para los caballos». Cuando el soberano, llamado a Francia tras la muerte de su madre, la regente Blanca de Castilla, dejó el país, había introducido en la Siria franca notables mejoras, tanto por lo que se refiere a la organización interior como a la situación diplomática.

EL FIN DE LA EPOPEYA DE LAS CRUZADAS
La unidad que la presencia de San Luis  había dado a Tierra Santa, no sobrevivió, a su marcha. El reino entero se dividió, y la guerra civil enfrentó a los partidarios de las dos ciudades italianas. El mongol Hulagú, nieto de Gengis-Khan, se apoderó de Bagdad, y después, de Alepo y de Damasco. Un mameluco de origen mongol, Baibars, llegado al trono de Egipto mediante una serie de asesinatos, se reveló como uno de los primeros estadistas de su tiempo, feroz y desleal, pero soldado de genio e incomparable administrador. Los francos tuvieron por adversario a este personaje sin igual.

En principio, arrebató Siria a los lugartenientes de Hugalú, y después se volvió contra la cristiandad. Cesárea, Arsuf, Jafa, Beaufort y Antioquía cayeron en sus manos, entre 1265 y 1268. En Francia, el rey Luis decidió volver a partir, a pesar de los consejos de todos los que le sugerían que deje esa guerra. Inició la octava la Cruazada, que se dirigió a Túnez con la idea de convertir al cristianismo al sultán de ese país, pero debido al gran calor en esa región , el cólera enseguida se difundió y contagió a gran parte del ejército francés y entre ellos al Rey también, quien murió en 1270.

Fuente Consulatada:
HISTORAMA La GRan Aventura del Hombre Tomo III Vida de Luis IX de Francia Edit. CODEX

Dinastía Capeto en Francia Historia, Origen y Conquistas

ORIGEN E HISTORIA DE LA DINASTIA CAPETO EN FRANCIA

Hugo I Capeto (c. 938-996), rey de Francia y fundador de la dinastía de los Capetos. Era hijo de Hugo el Grande, conde de París, a quien sucedió en el año 956. Su señorío sobre diversos feudos alrededor de París y de Orleans le convirtieron en virtual monarca de Francia, y cuando Luis V, último rey de la dinastía Carolingia, murió en el 987 sin dejar heredero. La dinastía de los Capetos, que gobierna en Francia desde el 987 hasta 1328, fortalece el poder real al reafirmar los principios de la herencia, la primogenitura y la indivisibilidad de las tierras de la Corona.

hugo capeto

A la muerte de Hugo Capeto (996), su hijo Roberto el Piadoso le sucede sin dificultades, continuando la obra de su padre. Su biógrafo, nos ha dejado un retrato de él que lo representa, a la vez, desbordante de actividad y muy piadoso. Aunque le gusta cantar acompañándose con el laúd, adora la caza y la guerra. No teme exponerse él mismo con ocasión de las expediciones de su reinado. Sumiso ante la Iglesia, no vacila en incurrir en anatema, a causa de la pasión que siente por su prima Berta, por la que repudia a su primera mujer. Solamente la esterilidad de su unión con Berta le obliga a casarse con Constanza de Arles, conocida por su avaricia y por su carácter agrio.

Llamado el Piadoso, se muestra, sin embargo, muy atento a los intereses temporales de la corona. Si apoya el movimiento en favor de «la paz de Dios», es porque ve en él una tentativa muy interesante, salida del seno de la Iglesia y apoyada por la opinión pública, para limitar el azote de las   guerras   incesantes   entre   los   señores.

Blandiendo la amenaza del anatema, los obispos multiplican los obstáculos a la guerra feudal. Al mismo tiempo, Roberto el Piadoso lucha personalmente contra la anarquía desarrollada por los señores feudales en su propio dominio, y no vacila en hacer arrasar los castillos que amenazan a las colectividades monásticas. En el exterior, sus intervenciones son menos fáciles; bajo su reinado se inicia la oposición feudal, tan nefasta luego para la monarquía capeta. Especialmente amenazador resulta Eudes II, conde de Blois y de Chartres. El rey no puede hacer nada contra él cuando se anexiona la Champaña, cercando así el dominio real.

El sucesor de Roberto el Piadoso, su hijo Enrique I (1031-1060), carece del valor de su padre. No ha podido hacer frente a los poderosos adversarios con que ha tenido que enfrentarse. Se ha atraído la reprobación de la Iglesia por su avidez, que lo ha impulsado a vender los obispados y otras dignidades eclesiásticas. Aunque coronado con varios años de anticipación, ve cómo le disputa el trono su hermano más joven, Roberto, que goza de la preferencia de su madre, la reina Constanza.

Los grandes vasallos están encantados de participar en esta crisis familiar; el conde de Blois entra en la liza a favor de Roberto, y sus rivales, el duque de Normandía, el conde de Anjou y el conde de Flandes, permanecen fieles al rey. Finalmente, Enrique I logra sus objetivos, indemnizando a su hermano con el ducado de Borgoña. Pero la guerra continúa hasta 1044 contra Eudes de Blois, y luego, durante varios años, contra los hijos de éste.

Para recompensar el apoyo de Roberto el Diablo, duque de Normandía, durante la guerra contra el conde de Blois, el rey de Francia le cede el Vexin francés. Esta nueva amputación de su dominio no se le agradece, pues el sucesor de Roberto el Diablo, Guillermo el Bastardo, futuro conquistador de Inglaterra, se revela como su más feroz enemigo. El ejército real sufre dos humillantes derrotas en el país normando: una, en Mortimer, y otra, en el vado de Varaville, sobre el río Dive. La guerra no ha terminado todavía, cuando Enrique I muere, el 4 de agosto de 1060, legando a su hijo menor, Felipe I, una situación más grave que la encontrada por él, a su subida al trono. Su reinado ha representado un incontestable retroceso del poder real.

La regencia, confiada al conde de Flandes, Balduino V, conoce una relativa tranquilidad. El feudalismo fortifica sus posiciones; en el interior del dominio real, un pequeñoseñor, como el de Puiset, podrá tener en jaque a Felipe I. Un acontecimiento de excepcional gravedad caracteriza este período: la conquista de Inglaterra por el duque de Normandía, Guillermo, el más poderoso de los grandes vasallos. Desde entonces, el duque de Normandía se convierte en el igual del rey de Francia, y la rivalidad de ambos reinos va a determinar la actitud del gobierno capeto, así como sus relaciones con el feudalismo, tanto si los grandes vasallos permanecen neutrales como si adoptan uno u otro partido.

Sin embargo, Felipe I supo aprovecharse del tiempo de respiro que le dejó Guillermo el Conquistador, demasiado ocupado en la reorganización de Inglaterra, para intervenir con eficacia en el continente; se esforzó en realizar, del mejor modo, un programa de beneficios materiales y de adquisiciones, explotando las rivalidades y el desorden. Concede su alianza al mejor postor, acrecentando así el dominio real. En el momento en que Felipe I habría podido aprovecharse de la crisis que atravesaba el reino anglo-normando, a consecuencia de la rivalidad de los hijos de Guillermo el Conquistador por la sucesión paterna, se aisló en una extraña inercia, que contrasta con la actividad de los primeros años de su reinado.

Según el historiógrafo Suger, abad de Saint-Denis, se convirtió en un «esclavo del placer». Repudió a su mujer, Berta de Frisia, en 1092, V llevó una vida de voluptuosidad con su nueva esposa, Bertrada de Montfort, que había quitado al marido, Fulco el Rechin, conde de Anjou. Así, con una gran prudencia, Felipe I supo restablecer en su reino una situación que, a su subida al trono, se anunciaba desastrosa. Bajo su reinado, se pueden apreciar incluso las primicias de una centralización; da una mayor importancia a los oficiales de palacio, sus altos funcionarios, e inicia una especialización de los cargos.

LAS GRANDES CONQUISTAS DEL DOMINIO REAL
Para los primeros Capetos, hacer respetar su autoridad significaba poseer la fuerza material capaz de imponérsela a sus vasallos. Disponiendo de un dominio bastante restringido, la realeza capeta sólo cuenta con escasos recursos financieros. Dar nuevas tierras en feudo, para constituir fuerzas militares superiores, es arriesgarse a debilitar aún más el patrimonio real, como han probado anteriores experiencias. La conquista o la anexión por vía diplomática son los únicos medios para triunfar sobre las pretensiones de sus vasallos. Roberto el Piadoso inaugura brillantemente esta política con la conquista de Borgoña.

En 1002, el duque de Borgoña, Enrique, tío de Roberto, muere sin heredero. Su sucesión es reivindicada por el rey y por un vasallo de Enrique, el conde de Borgoña, Otón-Guillermo. Ambos competidores se enfrentan, y se suceden varias campañas. Por fin, Roberto el Piadoso acaba la conquista, en 1016, y confía la administración del ducado a su hijo Enrique, aunque él se reserve la soberanía. Desgraciadamente, Enrique I lo cederá en feudo a su hermano Roberto, tronco de una nueva casa ducal de Borgoña, perdiendo así todo el beneficio de la hazaña paterna.

Enrique I agregó al dominio real el condado de Sens, al faltar un heredero directo. Felipe I se anexiona al Gatinais, en 1068, aprovechando un conflicto entre los dos pretendientes a la sucesión del conde de Anjou; poco tiempo después, le toca el turno a Corbie, reivindicada en vano por el conde de Flandes; en 1077, se apropia del Vexin francés; en 1101, compra Bourges a su vasallo el conde de Bourges, que necesita dinero para marchar a la Cruzada. Pone así el pie en Aquitania, y prepara la extensión de la influencia capeta en el sudoeste.

El camino a seguir está claro; los brillantes sucesores de estos primeros Capetos, cuya historia se conoce mal, a decir verdad, por falta de documentos suficientes, van a continuar esta política de conquista y anexión, y no está lejos el tiempo en que la jurisdicción del poder real coincida con las fronteras de Francia.

Fuente Consultada:
HISTORIA I José Cosmelli Ibañez Editorial Troquel
HISTORAMA La Gran Aventura del Hombre Tomo III edit. CODEX – La Dinastía Capeto de Francia

Hugo Capeto Política de Gobierno en Francia Biografía

BIOGRAFÍA DE HUGO CAPETO REY DE FRANCIA: SU GOBIERNO

Hugo I Capeto (c. 938-996), rey de Francia y fundador de la dinastía de los Capetos. Era hijo de Hugo el Grande, conde de París, a quien sucedió en el año 956. Su señorío sobre diversos feudos alrededor de París y de Orleans le convirtieron en virtual monarca de Francia, y cuando Luis V, último rey de la dinastía Carolingia, murió en el 987 sin dejar heredero. La dinastía de los Capetos, que gobierna en Francia desde el 987 hasta 1328, fortalece el poder real al reafirmar los principios de la herencia, la primogenitura y la indivisibilidad de las tierras de la Corona.

 

hugo capeto

HISTORIA: Al morir Luis V, mortalmente herido a consecuencia de una caída del caballo, deja otra vez el destino de Francia a discreción de la casa otoniana de Alemania, donde reina el nieto de Otón el Grande. Por la línea sucesoria, la corona francesa seria para el  último pretendiente carolingio, tío  de  Luis  V,  llamando Carlos, duque  de  la Baja Lorena, quien pronto es separado de la sucesión, pues la corte alemana desconfía de él; el hijo de Hugo el Grande, Hugo Capeto, casado con una carolingia, Adelaida de Poitiers, es elegido rey de Francia, gracias al apoyo del arzobispo de Reims, Adalberón, a sueldo de la casa otoniana (987).

Hugo Capeto sólo dispone, en el momento de su subida al trono, de una autoridad muy reducida, a menudo puramente nominal, sobre la mayor parte de las provincias del reino. Francia está entonces en el apogeo del régimen feudal; se reparte entre una quincena de grandes dominios, verdaderos principados provinciales, gobernados por dinastías hereditarias. Estas unidades territoriales escapan a la acción real, y se subdividen, a su vez, en una multitud de señoríos vasallos, cuyos titulares han usurpado, asimismo, los derechos de la Corona. De este modo, en el norte, los condados de Flandes y de Champaña y el ducado de Borgoña se anexionan numerosos condados vasallos, más o menos autónomos.

El azar de las sucesiones y de las particiones ha provocado situaciones complicadas; el conde de Champaña es, al mismo tiempo, vasallo del duque de Borgoña por su condado de Troyes. El oeste se encuentra repartido entre una serie de principados, algunos ya muy firmes: el ducado de Normandía, al que se ha ligado la mayor parte de los condados; el vizcondado de Tours; el condado del Maine; el condado de Anjou, que, bajo el gobierno de Fulco Nerra, se convertirá en uno de los grandes feudos del oeste; la Bretaña, codiciada por los principados vecinos, repartida entre los condes de Nantes y de Rennes.

Al sur del Loira, se distinguen cinco Estados principales: el ducado de Aquitania, que sólo impone su autoridad sobre el condado de Poitiers, pues los otros condados y señorías viven de manera absolutamente independiente, a pesar de los lazos de vasallaje; la Gascuña, que pretende ser un ducado, compuesta por un conjunto de condados y de vizcondados autónomos; la marca de Toulouse; la marca de Gothia, que difícilmente hace respetar sus derechos por los condes vasallos; y la marca de España, completamente extraña a los asuntos del reino.
Además de estas grandes unidades principales, sobre las que Hugo Capeto no tiene más que una soberanía ilusoria, la Iglesia representa una fuerza con la que hay que contar. De 77 diócesis, el rey no designa más que 20 ó 25 titulares, pertenecientes casi todos a las provincias eclesiásticas de Reims y de Sens. Su poder sobre la Iglesia es, pues, limitado. Los obispos gozan, además, de una verdadera independencia, pese al poder de los grandes señores, dueños de los obispados.

LA POLÍTICA DE HUGO CAPETO
El poder real sigue muy borroso, bajo la estrecha dependencia del feudalismo y de la Iglesia. Le falta una sólida base territorial, sin la que le es difícil triunfar en caso de un conflicto con los señores feudales. El dominio real, constituido, a la vez, por las tierras que Hugo posee personalmente y por la herencia carolingia, sólo comprende las regiones de París, Senlis, Poissy, Etampes y Orleans, con algunos anejos excéntricos, las comarcas del Aisne y del Oise, con Compiégne, Reims y Laon. Sin embargo, el obispo de Reims es el amo de su ciudad, así como de la de Laon, concedida por Hugo Capeto; también buen número de pequeños vasallos laicos, sin contar los señores de menor importancia, ejercen el poder auténtico en sus dominios.

En tales condiciones, todo el esfuerzo de los primeros Capetos va a centrarse sobre el engrandecimiento real. Aunque, en la práctica, los grandes vasallos son los iguales  del  rey,  jurídicamente  le  son  inferiores, y aquél puede exigirles el servicio de corte y convocarlos en asambleas; sólo él puede promulgar ordenanzas comunes a todo el reino; su justicia es superior a cualquier otra. Además, por su consagración, adquiere un prestigio y una autoridad moral que lo diferencian de sus vasallos.

Desde el primer año de su reinado, Hugo Capeto se apresuró a asegurar el porvenir de su dinastía, resucitando, en provecho propio, una costumbre carolingia: asocia a su hijo mayor, Roberto, a la realeza. Repetida de generación en generación, esta práctica asegura la herencia por la vía de la costumbre.

Así, Roberto asociará a su hijo Hugo, muerto prematuramente, luego a Enrique I, el cual hará consagrar, en vida, a su hijo Felipe, aunque es todavía menor de edad. Desde entonces, ya no es necesaria ninguna elección; más aún, no se vuelve a considerar la idea de un reparto entre los hijos ‘ del difunto. Cuando uno de los reyes desaparece, el otro hereda todo el poderío real y todo el reino.

Sin embargo, la nueva dinastía se enfrenta, desde el principio, con el pretendiente carolingio, Carlos de Lorena, tío del rey precedente. Hugo Capeto sólo le vence después de varios años de esfuerzos, gracias a la traición del obispo de Laon, Ascelino. Este último le entrega a Carlos de Lorena, así como a su mujer y sus dos hijos, instalados en Laon gracias a las intrigas mantenidas con un bastardo carolingio, Amoldo. Desembarazado de su competidor, Hugo Capeto se vuelve contra Arnoldo, a quien, con la esperanza de atraérselo, había nombrado obispo de Reims, a la muerte del titular.

Hace que un concilio lo deponga, cosa que provoca cierta emoción en la corte pontificia, pues no podía reprochársele a Amoldo ninguna falta de orden eclesiástico que justificara este proceso. El papa interviene en la disputa y quita la razón al rey. El hijo de éste, Roberto, arreglará la cuestión. Para evitar la excomunión que lo amenaza, a causa de su «unión incestuosa» con su prima Berta, hace restablecer a Amoldo en su cargo; pero no le valdrá de nada, y le alcanzará un anatema por este matrimonio contrario a los cánones. Sin embargo, Hugo Capeto se ha mantenido firme contra el papa, y prohibe a sus prelados acudir a Roma cuando aquél los convoca.

Además, fija la orientación de la política capeta en relación con sus vasallos. Se esfuerza en aumentar el dominio real, a favor de la extinción de las dinastías locales, y se  anexiona  así Dreux. Interviene, como arbitro, en la guerra que opone a dos de sus grandes vasallos, el conde de Anjou y el conde de Blois.

Hugo Capeto muere en 996, le sucede su hijo Roberto el Piadoso.

Fuente Consultada:
HISTORIA I José Cosmelli Ibañez Editorial Troquel
HISTORAMA La Gran Aventura del Hombre Tomo III edit. CODEX – La Dinastía Capeto de Francia

Vasallos y Señores Feudales El Contrato Feudal Obligaciones

OBJETIVOS DEL CONTRATO FEUDAL: DERECHOS Y OBLIGACIONES

Desde el siglo VIII y especialmente en el IX, la Europa occidental, debilitada por la ruptura de la unidad política del Imperio carolingio, debió afrontar el peligro de nuevas invasiones. A diferencia con los del siglo V, estos nuevos ataques de los pueblos del este no tenían como objetivo fundamental ocupar y dominar los territorios que invadían, sino efectuar actos de pillaje en busca de botín. Por lo tanto, no se desplazaban con sus tribus completas sino en grupos o bandas de saqueadores.

Esto les permitía actuar con gran velocidad y luego, de asestar sus golpes regresaban rápidamente a sus guaridas. Los ejércitos occidentales adiestrados para una guerra de tipo convencional, poco o nada pudieron  hacer para impedir los ataques  sorpresivos de  los  invasores. Las tribus que asolaron al decadente imperio fueron las de los normandos, los húngaros o magiares, los sarracenos y los eslavos.

contrato feudal edad media

Diversas regiones europeas debieron enfrentar al enemigo con sus propias fuerzas y esto determinó una creciente autonomía con respecto a! poder del monarca. Esos territorios que el rey había confiado a la nobleza para que los gobernara, no tardaron en ser considerados como una propiedad privada. Condes, marqueses y otros nobles procuraron erigirse en jefes hereditarios de dominios reales entregados a su custodia.

Así se fue debilitando aún más la unidad política del antiguo Imperio carolingio y esto favoreció el surgimiento de feudos, base de una nueva organización con marcada tendencia a la autonomía.

EL MUNDO MEDIEVAL

La división del Imperio carolingio y las nuevas invasiones favorecieron el advenimiento de un nuevo régimen político y social llamado feudalismo, que predominó en Europa desde los albores del siglo X hasta el XV (final de la Edad Media). El poder del Estado, que antes había pertenecido exclusivamente al rey, en el nuevo régimen se distribuyó entre los señores feudales La falta de buenas vías de comunicación y la inexistencia de ejércitos permanentes impidieron a los reyes defender con eficacia las fronteras de sus Estados.

Entonces, los ricos propietarios asumieron por cuenta propia la protección de sus intereses, para lo cual organizaron sus fuerzas militares y construyeron recintos fortificados (castillos) donde podían albergarse junto con sus servidores y rebaños. Todo esto contribuyó a debilitar aún más la autoridad del rey, al mismo tiempo que aumentaba el poder de los señores locales.

Los campesinos y los pequeños propietarios, incapaces de organizar sus defensas, se agruparon alrededor de los castillos y solicitaron el amparo de los castellanos. Estos otorgaban dicha protección, pero les exigían la entrega de sus tierras, la prestación de ayuda militar y el acatamiento de su poder. En recompensa por estos servicios, los señores devolvían las tierras a sus protegióos, pero éstos no las recibían ya como propias, sino en calidad de feudos, es decir, sujetas a las condiciones establecidas en el contrato feudal.

El que daba las tierras se llamaba señor feudal y el que recibía el feudo era vasallo o servidor.

El pacto se formalizaba mediante el homenaje, ceremonia en la que el vasallo se arrodillaba desarmado ante su señor, colocaba sus manos entre las de éste y le juraba fidelidad y acatamiento. Al mismo tiempo le cedia simbólicamente sus propiedades mediante la entrega de un terrón,  una rama,  un cetro, etcétera.

Acto seguido, el señor transformado en propietario de los bienes de su vasallo, se los volvía a encomendar en calidad de feudo, y le concedía la investidura, devolviéndole el símbolo que había recibido.

Señores y vasallos
En el contrato feudal se establecían los mutuos compromisos entre el señor y el vasallo. Este último estaba obligado a prestar servicio militar y debía acompañar a su señor en la guerra, dentro y fuera del territorio. Por el compromiso de fidelidad no podía luchar contra él ni contra sus hijos. Además tenía que comparecer como asesor en el tribunal del señor a fin de ayudarle a resolver los casos difíciles.
El vasallo no podía desvalorizar el feudo ni perjudicarlo, y estaba obligado a participar en el rescate del señor si era hecho prisionero; también pagar por el casamiento de la hija y para equipar al primogénito cuando era armado caballero.

Por su parte, el señor debía ofrecer a su vasallo protección y justicia. No podía atacarlo ni insultarlo, como tampoco perjudicar sus bienes. Si el vasallo moría, el señor colocaba bajo su tutela a los hijos menores, protegía a la viuda y procuraba casar a las hijas. Si faltaba a estos deberes cometía el delito de felonía. Pero los derechos del señor eran mayores, pues podía recuperar el feudo en caso de que el vasallo muriera sin herederos o no cumpliera con el contrato.

E! señor gozaba de muchos privilegios, pues administraba justicia, acuñaba su moneda y ejercía el monopolio del horno y del molino, donde ios campesinos debían dejar una parte de los productos o pagar un impuesto. También percibía otros derechos, tales como el del tesoro (metales preciosos hallados en sus dominios), naufragio (barcos hundidos en sus playas), salvoconducto (para viajar), caza, sello señorial, etc.

 En la antigüedad, los romanos tenían por costumbre ceder tierras en pago de servicios militares. En la Edad Media, cuando los germanos invadieron el Imperio, las tierras quedaron repartidas entre los conquistadores Algunas se mantuvieron liberadas de toda obligación personal y se llamaron alodios (posesión antigua). Otras imponían la obligación de prestar “determinados servicios” al donante y se denominaron beneficios. En el siglo IX, el régimen de beneficio y vasallaje se hizo general, estimulado por las razones políticas y sociales que liemos visto, y por el Edicto de Mersen dictado por Carlos el Calvo en 847. Este autorizaba a los hombres libres a elegir un señor “protector” dentro o fuera del reino. En   877,   el   Edicto   de   Kiersy   reconoció   los   grandes   feudos  y   declaró   hereditarios   los   cargos   señoriales.

rescisión del contrato feudal

AMPLIACIÓN DEL TEMA:

La unión de hecho, entre el beneficio y el vasallaje, toma carácter de una práctica normal. El desarrollo de un ejército pesado de caballeros contra la amenaza árabe, cuyo armamento cuesta muy caro, las luchas casi constantes, habían llevado a Carlos Martel y a sus sucesores a multiplicar el número de sus vasallos y a gratificarlos, paralelamente, con una concesión de tierras, bajo la forma de beneficio gratuito y vitalicio.

Para hacer frente a tales distribuciones de tierras, los Carolingios las tomaron masivamente del patrimonio de la Iglesia, hasta que ésta protestó violentamente. Esta forma de retribución, con objeto de disponer de guerreros bien armados, es ampliamente imitada por los grandes señores eclesiásticos y laicos (duques, condes, grandes propietarios, obispos, abades). Incluso los vasallos empiezan a tener otros vasallos, en vista de la importancia de los bienes raíces puestos a su disposición. El servicio del vasallo se especializa cada vez más en el servicio militar. Se encuentran también vasallos empleados en misiones políticas o judiciales, o en tareas administrativas.

En esta sociedad, guerrera y muy creyente, se desarrolla una verdadera mística del vasallaje, consistente en una devoción absoluta por el señor. Hay pocos casos que autoricen a un vasallo a dejar a su señor, al que se ha consagrado para toda la vida. Con mayor razón, está prohibido contraer este tipo de lazos con varios señores.

El beneficio es casi siempre una propiedad raíz; sin embargo, un vasallo puede recibir otro beneficio, por ejemplo el derecho de cobrar tasas. La tierra entregada en beneficio es de una superficie variable; en general, comprende una docena de mansos —el manso era la medida de una explotación campesina, y equivalía a unas 10 a 18 hectáreas—, pero puede también consistir en uno o varios dominios, o en una abadía.

Emperadores, reyes y particulares se han preocupado celosamente de conservar sus derechos de propietarios sobre las tierras concedidas o beneficiadas. A finales del siglo IX, los derechos del vasallo sobre su beneficio siguen siendo, en teoría, los de un usufructuario. Pero, cada vez más, el vasallo tiende a comportarse como propietario: así, la confiscación en caso de mala ejecución de las obligaciones del vasallo, o la recuperación del beneficio, a la muerte del vasallo o a la del señor, se convierten en una prueba de fuerza.

El vasallo exige del nuevo señor seguir siendo su recomendado, y recibir el mismo beneficio; igualmente, el hijo de un vasallo muerto entra en el vasallaje de su señor, y de él recibe el beneficio obtenido por su padre. El beneficio adquiere, pues, un carácter hereditario. También, con objeto de obtener un mayor número de beneficios, el vasallo contrata varios compromisos de vasallaje, a pesar de la prohibición inicial. De esta manera, el beneficio, que en su origen no tenía otra razón de ser que hacer más eficaz el servicio del vasallo, a finales del siglo ix se convierte casi en la condición de dicho  servicio.

LA MULTIPLICACIÓN DE LOS VASALLOS
El desarrollo del vasallaje y la concesión de beneficios a los vasallos fueron el resultado de una política consciente seguida por los Carolíngios, que creían así reforzar su propia autoridad. Ellos integraron, pues, el vasallaje en el mismo cuadro de las instituciones del Estado, a fin de cubrir las deficiencias de éstas.

Multiplicaron el número de los vasallos reales, obispos, abades v grandes señores, ligados directamente al rey; exigieron de todos los altos funcionarios—condes, marqueses, duques—que entraran en su vasallaje; pidiendo a todos sus subditos que se entregaran a un vasallo real, Carlomagno y sus sucesores establecieron una verdadera red de vigilantes en el Imperio, logrando con ello una nueva estructura social y política. Cada uno de sus subditos, desde el más grande al más humilde, entró, así en una red de subordinación, cuyo término era el emperador. Pero la gran pirámide de los derechos y las responsabilidades que los Carolingios esperaban construir, se reveló ilusoria.

En efecto, las obligaciones de vasallaje terminaron por ser más absorbentes que las debidas al soberano; entre éste y sus subditos se interponían pantallas sucesivas. Los sistemas de dependencia utilizaban el frágil mecanismo del Estado; la idea del contrato recíproco había sido sustituida por la idea del poder absoluto; el cumplimiento, por el rey, de sus deberes, se convierte en la condición necesaria de la obediencia de sus vasallos. Desde entonces, los lazos de vasallaje no podían ser ya el cimiento de la jerarquía social construida por los Carolingios, pues eran discutibles.

Por último, y esto era lo más grave, los que ostentaban la autoridad pública habían conquistado una autonomía cada vez mayor, gracias a la «vasallización» de sus cargos. Duques, marqueses y condes, entrando en el vasallaje real, se encontraron a la cabeza de las donaciones de tierras, en dos categorías: las que ellos recibían en beneficio, como vasallos, y las que estaban agregadas a sus cargos, a guisa de salario. Intentaron entonces conservar el conjunto de sus dotaciones, e identificar sus «honores»—término que designaba, a la vez, la función pública y la dotación de ésta—con sus beneficios.

Los «honores», antiguamente recibidos del rey como beneficios, al ser entregados de modo continuo, siguieron la misma evolución que la posesión de vasallaje: de vitalicios, se convirtieron en hereditarios. El personal político perdió, desde entonces, la noción del carácter público ligado a las funciones; se provincializó y conquistó su autonomía dentro del cuadro de su castillo. Así se han desarrollado los esquemas del feudalismo: principados, castellanías, dominios eclesiásticos y una serie innumerable de  pequeñas  dominaciones  locales.

En el siglo’ x, el sistema de las instituciones de vasallaje llegó a su completo desarrollo. Se sitúa, entonces, la primera época propiamente feudal, que durará hasta el siglo XIII. Y es precisamente en el siglo X cuando se extiende la palabra feudo, que reemplaza a la de beneficio, y que dará su nombre al feudalismo.

Fuente Consultada:
HISTORIA I José Cosmelli Ibañez Editorial Troquel
HISTORAMA La Gran Aventura del Hombre Tomo III edit. CODEX El Feudalismo

Luis VI el Gordo Rey de Francia Biografía y Reinado

REINO DE LUÍS VI EL GORDO, REY DE FRANCIA

En Francia, Luis VI el Gordo (1081-1137) había sucedido en 1108 a su padre Felipe I, y reinó por 29 años, hasta su muerte. Rey enérgico, intentó también fortalecer la autoridad monárquica en su reino; pero la tarea era más ardua allí que en el otro lado del Canal de la Mancha. Casado con con Adelaida de Saboya. Pasó casi todo su reinado sojuzgando incursiones de señores feudales que saqueaban los alrededores de París, hasta que finalmente fueran sometidos a la autoridad real. Durante el período comprendido entre 1109 y 1135, Luis estuvo en guerra contra Enrique I, rey de Inglaterra y duque de Normandía y con el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, y yerno del anterior, Enrique V.

Luis VI rey de Francia el gordo

El feudalismo tenía en Francia raíces mucho más profundas que en Inglaterra. Bajo los últimos reyes carolingios, los grandes señores habían adquirido un poderío territorial y una independencia tales, que fueron precisos siglos para acabar con ellos. Luis VI, bien aconsejado por Suger, abad de Saint-Denis, consagró su reinado a intentar imponer su autoridad sobre sus vasallos, reduciendo sus poderes.

Erigiéndose en arbitro dondequiera que estallase un conflicto, exigiendo tierras y derechos en recompensa de sus servicios, guerreando contra sus vasallos más débiles, apropiándose de los feudos que no tenían herederos, confiscando los de los desobedientes, amplió considerablemente los límites del dominio real y se fue imponiendo poco a poco.

Así, cuando Enrique Beauclerc, en 1124, cerró una alianza con su yerno el emperador Enrique V, para llevar la guerra al reino de Francia, todos los señores feudales franceses se agruparon tras el pendón de Saínt-Denis, al lado de su rey. El rey de Francia había adquirido tal autoridad al final de su reinado, que el duque de Aquitania ofreció al joven delfín Luis, su hija única, Leonor.

Algún tiempo después de celebrado el matrimonio, morían el duque de Aquitania y el rey de Francia. Todas las esperanzas le estaban permitidas al joven Luis VII, que a los diecisiete años se convertiría en el dueño de los reinos de Francia y Aquitania, y asistía al debilitamiento de Inglaterra, provocado por la sucesión de Enrique I. Pero Luis VII, personaje mediocre y sin autoridad, no había de aprovecharse de las ocasiones que la suerte le brindaba.

Fuente Consultada:
HISTORAMA La Gran Aventura dell Hombre Edit. CODEX Tomo III

Biografia de Enrique I Rey de Inglaterra Historia de su Reinado

REINADO DE ENRIQUE I DE INGLATERRA

Enrique I rey de Inglaterra nació en 1068, vivió 67 años, una larga vida para su época, era el cuarto hijo de Guillermo el Conquistador.  Reinó durante 35 años, como el tercer rey normando de Inglaterra (1100-1135). Cuando en 1087 fallece su padre, no recibe ninguna posesión y comenzó una política de expansión territorial en el continente, pero que fracasaron en sus objetivos. A la muerte de su hermano Guillermo II en 1100, Enrique aprovechó la ausencia de su otro hermano, Roberto, que había reclamado con anterioridad el trono para apoderarse del tesoro real, y se autocoronó rey en Westminster.

enrique I de inglaterra

HISTORIA: Como hemos visto en otra página Guillermo duque de Normandía, llamado el Conquistador (que contaba con el apoyo del Papa Alejandro II) , equipó una poderosa flota y, luego de desembarcar en el sur de Inglaterra, derrotó en la Batalla de Hastings (1066) a los sajones mandados por Haroldo.

Este pereció en la batalla y el vencedor marchó a Londres, donde fue reconocido rey con el nombre de Guillermo I. A Guillermo I le sucedió su hijo Guillermo II, El Rojo, que luego de un gobierno mediocre pereció asesinado (año 1100); entonces ocupó el trono su hermano Enrique I, soberano que logró el favor popular, eliminando rencores entre anglosajones y normandos.

Guillermo el Conquistador, hombre de estado autoritario y enérgico, gran soldado, murió dejando el reino en manos de dos incapaces. El mayor, Roberto Courte-heuse, recibió la Normandía; poco hábil, embrollón, incapaz de hacerse obedecer, fue en seguida presa de sus barones, los cuales, aprovechando su debilidad, se otorgaron una independencia que Guillermo les había negado siempre.

El hijo menor, Guillermo el Rojo, heredó el reino de Inglaterra; verdadero déspota, no consiguió imponer su autoridad más que con medidas de terror, siendo odiado rápidamente por la población y abandonado por sus vasallos, que se revolvieron en varias ocasiones confra él. Su asesinato, en 1100, fue un verdadero alivio para el reino. Diez años de anarquía no habían dañado gravemente la obra del gran Guillermo, y su tercer hijo sabrá borrar estos tristes años y restaurar la autoridad monárquica.

A la muerte de Guillermo el Rojo, su hermano menor Enrique I sube al trono; era muy diferente de los dos hermanos mayores; había recibido una instrucción más completa y se interesaba por las artes y la literatura, lo que le valió el sobrenombre de Beauclerc, y, desde luego, poseía una autoridad y una inteligencia superiores a las de sus hermanos. El mismo año de su coronación (1100), se casó con la hija de Malcom, rey de Escocia; la «buena reina Matilde», dulce y valerosa, muy versada en el arte musical y en la poesía, alcanzó rápidamente una gran popularidad en el reino.

El primer acto de Enrique fue restablecer la unidad entre Inglaterra y el ducado de Normandía, que había sellado Guillermo; aprovechando la debilidad de su hermano mayor, se apoderó, poco a poco, de todas las grandes ciudades de Normandía, y en 1106 obtuvo una gran victoria sobre el ejército de Courteheuse, en Tinchebray. Esta victoria le entregaba definitivamente la Normandía; no contento con haber recogido toda la herencia paterna, se encarnizó con su hermano, desgraciado por naturaleza, y lo hizo encerrar en una prisión de Inglaterra, donde el pobre ex-rey permaneció cautivo hasta su muerte.

Enrique I pretendió imponer en todo su reino su propósito de no compartir el poder con nadie. Siguiendo la política cen-tralizadora de su padre, comenzó debilitando el poderío de los señores que habían tomado partido por el duque de Normandía, confiscando sus feudos y arrasando sus castillos; después, pacientemente, aumentó los poderes de quienes dependían directamente de él, como los sheriffs, que fueron desde entonces los únicos habilitados para juzgar en los procesos entre señores y arrendatarios. Creó jueces itinerantes, encargados de hacer justicia en cada uno de los condados; de esta manera, se debilitaron progresivamente las justicias feudales, en provecho de la justicia real, lo que permitió una cierta uniformidad de procedimiento   y   de   jurisprudencia.

Rodeándose de hombres capaces y abnegados, favoreció la constitución de servicios administrativos especializados, asegurándose la entrada de los ingresos. Hizo valer sin descanso sus derechos de soberanía sobre sus vasallos, de los que obtuvo consejos, recursos y asistencia militar, tanto más necesaria cuanto que la querella entre las casas de Francia e Inglaterra se proseguía bajo la forma de guerras y escaramuzas, interrumpidas por largas treguas.

A su muerte, al no tener un sucesor varón, heredó la corona su hija Matilde, quien casóse con el conde francés Godofredo Plantagenet, representante de la Casa de Anjou. Sin embargo, Matilde no pudo gobernar porque las ambiciones de su primo Esteban de Blois originaron diversas luchas.  Esteban I usurpó el trono hundiendo al país en una prolongada guerra civil que sólo llegó a su término con la ascensión al trono, en 1154, del hijo de Matilde, Enrique II.

Fuente Consultada:
HISTORAMA La Gran Aventura dell Hombre Edit. CODEX Tomo III
HISTORIA I  José Ibañez Edit. Troquel

Tomas Becket Asesinato del Arzobispo de Canterbury

TOMAS BECKET O EL ASESINATO EN LA CATEDRAL

Enrique II de Inglaterra (familia Plantagenet), todavía con más violencia que con la nobleza, tuvo que enfrentarse con el clero. La Iglesia constituía entonces una fuerza muy bien organizada, con inmensas riquezas, y cuyos miembros, los personajes más cultivados de la época, alcanzaban las más altas funciones políticas. Favorable a una concepción de realeza electiva, en la que el soberano debe, ante todo, hacer respetar la voluntad divina, constituía un importante foco de resistencia a la monarquía, tal como la concebía Enrique II.

En 1162, moría el arzobispo de Canterbury. Decidido a imponer su intervención sobre la Iglesia, Enrique designó a Tomás Becket para reemplazarlo; éste, tras algunas vacilaciones, aceptó el honor que se le hacía. Pero, tan pronto como fue investido de su nuevo cargo, se operó en él un gran cambio; renunciando a todos los placeres que el dinero y sus funciones le habían procurado hasta el momento, se convirtió en un hombre austero, y llevó una vida muy sencilla, repartida entre las plegarias y la administración de su diócesis.

Pero, sobre todo, se convirtió en el acérrimo defensor de los derechos de la Iglesia, oponiéndose a toda nueva ingerencia del soberano en los asuntos del clero. Ahora bien, Enrique exigía que los tribunales eclesiásticos, que eran, hasta aquel entonces, los únicos habilitados para juzgar los crímenes, robos o actos de bandolerismo de los clérigos, compartiesen esta prerrogativa con los tribunales reales, que podrían juzgar en segunda instancia a los clérigos por estos mismos actos.

Tomás rehusó categóricamente la posibilidad de una doble sentencia. Pasando por encima de esta negativa, Enrique publicó, el 30 de enero de 1164, los célebres estatutos de Clarendon, que aseguraban una intervención permanente del rey sobre el clero. El artículo 8 concedía exclusivamente al soberano el derecho de decidir si un caso era de la competencia de los tribunales eclesiásticos o de los reales, y no podía tener lugar ninguna excomunión sin su conformidad; fueron suprimidas las apelaciones a la Corte de Roma; el rey era dueño de las elecciones episcopales, y, en caso de vacante de una iglesia, la  administración  real  sustituía  a  la  del clero hasta que se nombraba un nuevo titular.

asesinato de tomas becket

Tras haber sido el amigo y confidente  de Enrique II, Tomás Becket, convertido en arzobispo de Canterbury,  se  opuso a las intenciones del rey, que quería apropiarse de los privilegios de la Iglesia. Pensando que hacían un servicio al soberano, unos caballeros asesinaron al arzobispo en su catedral. Enrique II tuvo que pedir perdón en público por este crimen. Asesinato de Tomás  Becket. Manuscrito. París, Biblioteca Nacional.

Ante un acto tal de autoridad, Becket pensó, en un primer momento, en doblegarse, pero la violencia con que el Papado condenó los estatutos le dictó su actitud: huyó de Londres y se refugió en la Corte de Luis VII; desde allí, marchó a Roma, donde el papa Alejandro lo desligó de sus compromisos y le permitió retirarse a un monasterio francés. Durante seis años, vivió en el monasterio de Pontigny, gozando de la protección del rey de Francia. En 1170, Enrique II, enfermo, le propuso una entrevista, pues había conservado una profunda amistad hacía Tomás, a pesar de las diferencias que los habían separado durante aquellos años.

La entrevista tuvo lugar en una playa de la Mancha, donde los dos viejos amigos se encontraron con emoción. Enrique, borrando el pasado, propuso a Tomás que se hiciera cargo nuevamente de sus funciones de primado de la Iglesia de Inglaterra, y éste, persuadido de la posibilidad de un entendimiento, aceptó. Pero la reconciliación fue breve, porque el sentimiento del deber y del honor en Becket, y el de la autoridad absoluta en Enrique, eran más fuertes que su profunda amistad. Cuando el rey se convenció, de forma evidente, de que Becket no transigiría sobre los privilegios de la Iglesia más de lo que había transigido seis años antes, Enrique fue presa de una cólera sorda y pensó en desembarazarse de su arzobispo.

El 29 de diciembre de 1170, cuatro de sus barones hicieron irrupción en la catedral de Canterbury, donde Tomás Becket celebraba un oficio, y lo asesinaron al pie del altar. La indignación en Inglaterra, donde Becket era tenido por santo, fue tal, que Enrique II se vio obligado, dos años después, a hacer penitencia sobre la tumba de su viejo amigo, haciéndose azotar por los monjes, hasta que brotase sangre. Sin embargo, aunque tuvo que renunciar al artículo 8 de Clarendon, consiguió que los restantes quedaran en vigor. La autoridad monárquica se había impuesto, y el rey seguía siendo el dueño del clero.

El final de su reinado (1189) fue trágico, a consecuencia de la muerte de sus dos hijos mayores y de la rebelión del tercero, Ricardo Corazón de León, instigado por el rey de Francia, Felipe Augusto. Viejo, cansado y abandonado por todos, Enrique tuvo que reconocer humildemente que era vasallo de Francia y aceptar en el futuro, cumplir fielmente sus obligaciones. Pero su sucesor, Ricardo Corazón de León, no respetaría los compromisos de su padre.

Fuente Consultada:
HISTORAMA La Gran Aventura dell Hombre Edit. CODEX Tomo III
HISTORIA I  José Ibañez Edit. Troquel

Enrique II Plantagenet Biografía Rey de Inglaterra

BIOGRAFÍA Y REINADO DE ENRIQUE II
INGLATERRA LA PRIMERA POTENCIA DE OCCIDENTE

Enrique II (de Inglaterra) (1133-1189), rey de Inglaterra (1154-1189) uno de los soberanos más poderosos de su tiempo, fue el primer monarca inglés perteneciente a la dinastía Plantagenet. Reinó entre los años 1154 y 1189. Fue el primer monarca de la Casa de Anjou o Plantagenet, fue un importante reformador de la administración y uno de los soberanos europeos más poderosos de su época. Nació en Francia, ciudad de Le Mans el 5 de marzo de 1133, fue duque de Normandía en 1151.

Cuando fallece su padre  heredó los territorios franceses que pertenecían a los Angevinos (miembros de la casa de Anjou). Mediante su matrimonio en 1152 con Leonor de Aquitania, añadió a sus posesiones una serie de extensos territorios del suroeste de Francia.

Enrique II de Inglaterra Plantagenets

El gobierno de los Plantagenet: Al rey Guillermo El Conquistador I le sucedió su hijo Guillermo II, llamado El Rojo, que luego de un gobierno mediocre pereció asesinado (año 1100); entonces ocupó el trono su hermano Enrique I, soberano que logró el favor popular, eliminando rencores entre anglosajones y normandos. A su muerte, heredó la corona su hija Matilde, quien casóse con el conde francés Godofredo Plantagenet, representante de la Casa de Anjou. Sin embargo, Matilde no pudo gobernar porque las ambiciones de su primo Esteban de Blois originaron diversas luchas.

Finalmente ocupó el trono de Inglaterra el hijo de Matilde, llamado Enrique II, Plantagenet, conde de Anjou (año 1154). La nueva dinastía se mantuvo en el poder cerca de trescientos años. Además del territorio inglés, Enrique II dominaba toda la región occidental de Francia hasta los Pirineos.

ENRIQUE II PLANTAGENET Y SUS POSESIONES FRANCESAS

mapa dominio de enrique plantagenets

Enrique II, buen mozo, pelirrojo, de apariencia muy sencilla, inclinado a terribles furores, pero encarnizado trabajador, dotado de una gran inteligencia y habiendo recibido una buena educación, Enrique II fue uno de los reyes más grandes que tuvo Inglaterra. No se entendía bien con Leonor, y profesó una verdadera hostilidad a los hijos que ella le dio, atrayéndose así el odio de toda su familia. Fue, sin embargo, capaz de una gran amistad, como la que le unió, durante muchos años, con Tomás Becket.

Continuando con la política centralizadora de su abuelo, pasó gran parte de su reinado recorriendo sus dominios y reorganizándolos. Si no pensó nunca en la unificación de sus posesiones francesas, que era irrealizable, intentó, sin embargo, atenuar las diferencias que había entre ellas. Realizó una obra considerable en el ducado de Normandía, donde introdujo el Excbequer que tuvo lugar dos veces al año en Caen, ciudad en la que estaba depositado el tesoro del ducado; reemplazó los vizcondes por bailes, encargados de hacer justicia y de percibir los impuestos en cada bailía (tierras bajo su juridicción) ; hizo fructificar los ingresos de sus dominios, creó derechos sobre el comercio y sobre la pesca, acumulando así un tesoro considerable. Supo aliarse hábilmente con el clero, cubriéndolo de oro, y obtuvo el apoyo de la burguesía de las ciudades, concediéndole ciertas libertades municipales, a cambio de estrictas obligaciones militares.

Sus estados de Anjou, Turena y Maine estaban mucho más retrasados que Normandía, y Enrique tuvo que recurrir a un virrey para imponer su autoridad en ellos.

Leonor, que seguía siendo la soberana de Aquitania, fue una excelente administradora; ella estimuló la promulgación del Código de Oloron, que fue durante siglos la base del derecho marítimo. Sin embargo, la nobleza, el clero e incluso las ciudades de esta provincia estaban muy indisciplinadas, y no esperaban más que una ocasión pata sublevarse y reclamar su independencia.

A causa de todas estas posesiones, los Plantagenet eran vasallos del rey de Francia, a quien debían homenaje y asistencia. Pero Enrique II, vasallo mucho más poderoso que su soberano, omitió el cumplimiento de las obligaciones que los lazos de vasallaje exigían, ocasionando así conflictos permanentes entre los dos reinos.

Además de las posesiones que había recibido por herencia, Enrique II intentó conquistar más, por alianzas o por guerras: así, el Vexin francés, aportado como dote por Margarita de Francia, hija de Luis VII, a su hijo y heredero Enrique Court Mantel igualmente, Enrique se apoderó de la Bretaña, casando a su cuarto hijo Godofredo con la heredera de este ducado; tomó por la fuerza el Quercy, y obligó al conde Raimundo de Toulouse a rendirle homenaje.

INGLATERRA, PRIMERA POTENCIA DE OCCIDENTE
Prosiguió esta política hegemóníca en Irlanda, donde, en 1170, llevó a cabo una expedición e instaló a numerosos señores ingleses en el país de Gales, imponiendo ro soberanía, y también en Escocia, a cují rey. Guillermo el León, obligó a prestarle juramento y a rendirle homenaje despues de haberle infligido una terrible derrota en 1174, en la batalla de Alnwick. Escocia se convirtió en un feudo de la corona de Inglaterra, su clero fue sometido al clero inglés, y se instalaron guarniciones en todas sus plazas fuertes.

En 20 años, Enrique II había hecho de Inglaterra la primera potencia de Occidente. En la propia Inglaterra, supo rodearse de excelentes consejeros, adictos a la idea del absolutismo real; tres de ellos desempeñaron funciones muy importantes: el Canciller, guardián del sello real y consejero jurídico y político del soberano. Este cargo adquirió un gran relieve cuando Enrique II lo confió a un hombre cuya personalidad igualaba a la suya, y que, después de haber sido su más fiel servidor, se convirtió en su irreductible enemigo: Tomás Becket.

Hijo de un noble inglés consagrado a la causa de los Plantagenet, y de la hija de un emir de Palestina, Tomás Becket fue, desde muy joven, el amigo y confidente de Enrique II. Ambos eran jóvenes, brillantes y despreocupados, y tenían la misma pasión por los festines, la caza y las mujeres. Enrique quiso hacer Canciller a su amigo más querido, y Tomás probó rápidamente sus cualidades de hábil político.

En materia de finanzas, el Tesorero del Exchequer tenía un papel coordinador tanto más considerable cuanto que Enrique había separado la Tesorería o Bajo-Exchequer de la Cámara de Cuentas o Alto-Exchequer, encargada de registrar los gastos y los ingresos. Por último, el Consejo del rey, presidido por el Justicia Mayor, se convirtió en un tribunal permanente, que enviaba, todos los años, a provincias, delegaciones encargadas de hacer justicia en nombre del rey y de constituir jurys, nueva institución creada por Enrique II.

LA REBELIÓN DE LEONOR Y DE SUS HIJOS
Enrique II intentó disminuir el poderío de los nobles, reforzando los órganos que dependían directamente de él; revocó todas las concesiones que les había otorgado Esteban de Blois, confiscó sus dominios, destruyó los castillos. Disminuyó la importancia de los ejércitos feudales instituyendo una tasa mediante la cual se podía sustituir la obligación del servicio militar. Los ingresos derivados de esta tasa permitieron la formación de un ejército profesional, mucho más dócil que el feudal. Gracias aél, pudo vencer Enrique II la rebelión de ¡os señores que estalló en el continente.

En 1173, Enrique desembarcó en Guyena, acompañado de su esposa y sus hijos, para recibir el homenaje de sus vasallos. Pero la rebelión se estaba incubando hacía largo tiempo, y el joven delfín, Enrique Court Mantel, la hizo estallar poniéndose a la cabeza de ios rebeldes; Luis VII, aprovechándose de estas querellas internas, apoyó a su yerno. Muy pronto, los dos hijos menores, Godofredo y Ricardo, instigados por Leonor, traicionaron también a su padre y levantaron contra él a los barones de la Marca del Perigord y de Angulema. Enrique derrotó al ejército de sus hijos y al del rey de Francia, primero en Verneuil y luego en Ruán. Entonces, Enrique Court Mantel y Ricardo imploraron su perdón y se firmó la paz, en Mont-Louis, en septiembre de 1174.

Si Enrique se mostró clemente con sus hijos, no perdonó, en cambio, a su esposa, a quien hizo encerrar durante dieciséis años, no dejándola aparecer en la Corte más que en raras ocasiones. En Guyena y en Poitiers se produjo un gran descontento, pues el pueblo reclamaba a su soberana. Para mantener a raya toda nueva rebelión, Enrique impuso un nuevo juramento de fidelidad a sus vasallos, por una disposición del año 1176.

TOMAS BECKET O EL ASESINATO EN LA CATEDRAL
Todavía con más violencia que con la nobleza, tuvo que enfrentarse con el clero. La Iglesia constituía entonces una fuerza muy bien organizada, con inmensas riquezas, y cuyos miembros, los personajes más cultivados de la época, alcanzaban las más altas funciones políticas. Favorable a una concepción de realeza electiva, en la que el soberano debe, ante todo, hacer respetar la voluntad divina, constituía un importante foco de resistencia a la monarquía, tal como la concebía Enrique II.

En 1162, moría el arzobispo de Canterbury. Decidido a imponer su intervención sobre la Iglesia, Enrique designó a Tomás Becket para reemplazarlo; éste, tras algunas vacilaciones, aceptó el honor que se le hacía. Pero, tan pronto como fue investido de su nuevo cargo, se operó en él un gran cambio; renunciando a todos los placeres que el dinero y sus funciones le habían procurado hasta el momento, se convirtió en un hombre austero, y llevó una vida muy sencilla, repartida entre las plegarias y la administración de su diócesis. (continuar: Asesinato de Tomas Becket)

Fuente Consultada:
HISTORAMA La Gran Aventura dell Hombre Edit. CODEX Tomo III
HISTORIA I  José Ibañez Edit. Troquel

Vida de los Señores Feudales Comida, Caza, Religión y Fiestas

VIDA DE LA NOBLEZA EN LA EDAD MEDIA

La vida de la nobleza feudal no era tan idílica como se la describe con frecuencia en las novelas románticas. Aunque, indudablemente, no le faltaba la agitación, era muy fatigosa y la muerte cobraba su tributo a edad temprana. Tras un estudio cuidadoso de los esqueletos medievales, un científico moderno ha calculado que en los tiempos feudales el porcentaje de mortalidad alcanzaba su nivel más alto a la edad de cuarenta y dos años, en tanto que al presente lo alcanza alrededor de los sesenta y dos. Además, las condiciones de vida eran relativamente pobres hasta para los nobles más ricos.

vida de los señores feudales en la edad media

Casi hasta fines del siglo XI el castillo feudal no era sino una fortaleza tosca de madera. Y los grandes castillos de piedra posteriores estaban lejos de ser modelos de comodidad. Las habitaciones eran oscuras y húmedas y las paredes de piedra sin revestimiento resultaban frías y tristes. Hasta que se reanudó el comercio con el Oriente, cuya consecuencia fue la importación de tapices y alfombras, los pisos estaban generalmente cubiertos con juncos o paja, que se renovaban cuando los anteriores eran ya insoportables a causa de la inmundicia dejada por los perros de caza.

La comida del noble y su familia, si bien abundante y sustanciosa, no era muy variada ni apetitosa. Sus componentes principales eran la carne, el pescado, el queso, las coles, los nabos, las zanahorias, las cebollas, los porotos y las arvejas. Las únicas frutas que se podían obtener en abundancia, eran las manzanas y las peras. No se conocían el café y el té, como tampoco las especies hasta que se intensificó el comercio con el Oriente. También se importaba azúcar, pero durante mucho tiempo siguió siendo rara y costosa y hasta se vendía como droga.

Aunque los nobles no trabajaban para ganarse la vida, no pasaban el tiempo en la ociosidad. Los convencionalismos de su sociedad les exigían gran actividad bélica, aventurera y deportiva. No sólo luchaban con pretextos baladíes para apoderarse de los feudos vecinos, sino también por puro amor a la lucha como aventura excitante. Eran tan frecuentes los actos de violencia, que la Iglesia tuvo que intervenir con la Paz de Dios en el siglo X y luego con la Tregua de Dios en el siglo XI.

Mediante la Paz de Dios la Iglesia pronunciaba anatemas solemnes contra quienes realizaban actos de violencia en los lugares destinados al culto, robaban a los pobres o agraviaban a los sacerdotes. Más tarde se extendió esta protección a los comerciantes. La Tregua de Dios prohibía toda clase de lucha desde “la víspera del miércoles hasta el amanecer del lunes” y también desde la Navidad hasta la Epifanía (6 de enero) y durante la mayor parte de la primavera, fines del verano y comienzos del otoño. El propósito de esta última regulación era, evidentemente, proteger a los labradores durante las estaciones de la siembra y la cosecha. La pena que se imponía al noble que violaba esa tregua,  era la excomunión.

Hasta muy entrada la Edad Media, los modales de la aristocracia feudal eran todos menos refinados y suaves. La glotonería constituía un vicio común y las cantidades de vino y cerveza que se consumían en los castillos medievales durante las fiestas causarían vértigo a un bebedor moderno. En las comidas cada cual cortaba la carne con su propio cuchillo y la comía con los dedos. Los huesos y las sobras eran arrojados al suelo, donde se los disputaban los perros siempre presentes. A las mujeres se las trataba con indiferencia y a veces con desprecio y brutalidad, pues aquél era un mundo masculino.

En los siglos XII y XIII, sin embargo, se suavizaron y mejoraron considerablemente los modales de las clases aristocráticas gracias a la aparición de la llamada caballería andante. La caballería era el código social y moral del feudalismo, la encarnación de sus ideales más altos y la expresión de sus virtudes. Los orígenes de este código eran principalmente germanos y cristianos, pero en su desarrollo también desempeñó algún papel la influencia sarracena. El caballero ideal debía ser, no sólo valiente y leal, sino también generoso verídico, respetuoso, bueno con los pobres y desvalidos y desdeñoso de las ventajas injustas y las ganancias sórdidas.

El ideal caballeresco hacía del amor a las mujeres un verdadero culto, con un   ceremonial   complicado   que   el noble debía observar escrupulosamente. Por ello, las mujeres alcanzaron en la última Edad Media una posición social mucho más elevada que en el período anterior. La caballería imponía también a sus miembros la obligación de luchar en defensa de causas nobles. Era su deber especial actuar como campeón de la Iglesia y defender sus intereses con la espada y la lanza.

McNali Burns, Edward. Civilizaciones de Occidente. Buenos Aires, 1968.

Fuente Consultada:
HISTORIA 1  José Cosmelli Ibañez Editorial Troquel

Emperatriz Teodora y Justiniano Obra Política y Jurídica

CUALIDADES DE TEODORA Y JUSTINIANO
Campañas Militares , Organización y Codificación de Leyes

Teodora ejerció una notable influencia en el gobierno y no exclusivamente a través de su acusada política de validos, a la que pertenece la caída de Juan de Capadocia, resultado de una sórdida intriga. La emperatriz demostró poseer destacadas cualidades políticas, a pesar de su odio hacia la aristocracia imperial (una reacción inconsciente, producto de las vivencias de la primera época de su vida). No sólo poseía ambición y talento políticos, sino también una gran agudeza.

Aportaba además, en los momentos decisivos, la firmeza que le faltaba al emperador. De esta manera, se convirtió en muchos casos en el principal apoyo del soberano, que prestaba gran atención a sus consejos. “Ninguno de ellos me produjo nunca a mí ni a la mayoría la impresión de seres humanos, sino de criminales demonios. Se consultaban entre sí cómo poder destruir de la manera más fácil y rápida a los hombres y a sus obras; después tomaban figura humana y visitaban como demonios la totalidad del mundo habitado”.

teodora y justiniano

El emperador Justiniano y la emperatrz Teodora. Mosaico de la basílica de Ravena. — Fueron muchas, y admirables las obras llevadas a felicísimo término por César Flavius Justinianus, “Víctor ac Triumphator semper Augustus”, nacido —482— en Tauresium (Macedonia), de familia humildísima. Entre ellas: la codificación de las más admirables leyes conocidas, inspiradoras, durante siglos, de la más adelantada legislación europea; la erección de las basílicas deRávenay Constantinopla; la relativa pacificación de su turbulento Imperio; la unificación y reorganización de todas las estructuras religiosas, políticas y culturales del mundo romano. Y cuantos objetivos no lograron conquistar con la espada sus generales, los conquistó él con su talento.

En el romanticismo tremendista de Procopio se refleja, sin duda, la estrecha colaboración de los dos soberanos. Con todo, la inclinación claramente monofisita de la emperatriz, que con los años se había vuelto más religiosa, llevó a la política eclesiástica a una situación frecuentemente fluctuante y equívoca, de graves consecuencias —aunque Teodora viese, tal vez mejor que el mismo emperador, el peligro de un creciente alejamiento de las provincias orientales.

“El emperador Justiniano se hizo cargo de un Estado sacudido por graves desórdenes. No sólo lo engrandeció, sino que lo hizo aún más importante en todos los aspectos. Era un soberano que poseía la cualidad de reformar completamente un Estado” —he aquí un juicio no deformado de Procopio sobre el emperador. La obra política de la época es, de hecho, impensable sin la personalidad de Justiniano, capaz de hacer converger hacia un mismo fin las circunstancias propicias y las cualidades de sus colaboradores.

Justiniano era, como Justino, un simple hijo de labradores macedonios, pero, desde el principio, gracias a su tío el emperador, obtuvo una excelente y brillante formación, que le permitió dominar desde muy joven —favorecido, por sus dotes naturales— el saber teológico y mundano de la época, así como las sutilezas del arte político y la diplomacia.

Tuvo graves consecuencias el hecho de que su formación y procedencia fuesen romano-latinas y griegas. Sus cualidades intelectuales y una capacidad de trabajo inagotable contribuyeron en gran parte a su éxito. Poseía un conocimiento magistral de los complejos asuntos del imperio y tenía también la obsesión de intervenir hasta en los más mínimos detalles, ya fueran los proyectos de las expediciones militares, los planes arquitectónicos de las fortificaciones africanas, el programa de los juegos festivos o la elaboración de los preceptos del ayuno.

La ascética dedicación a que se entregaba día y noche, en incesante actividad, fue admirada por sus contemporáneos con una mezcla de respeto y temor: “No tenía, por así decirlo, ninguna necesidad de dormir, comer y beber. Apenas gustaba los manjares con la punta de la lengua y con esto le bastaba, pues tales cosas se le antojaban una necesidad accesoria de la naturaleza. Muchas veces pasó dos días y dos noches sin probar alimento alguno, especialmente en el tiempo que precede a la Pascua (…). En ocasiones, dormía sólo una hora y el resto de la noche lo pasaba dando vueltas constantemente”.

Encerrado en su palacio, como Felipe II, separado del mundo y de sus súbditos por una rigurosa etiqueta oriental y todo un ejército de dignatarios palatinos, cuidaba constantemente de los problemas del Imperio. Se esforzó —por lo que le acusaba Procopio de buscar novedades y de destruir el orden existente— en mejorar la situación social y jurídica de sus subditos y en crear una administración justa e insobornable.

Pero, cuando aparecía en público, aun siendo en el fondo un hombre amable, de mediana estatura y precozmente calvo, la majestuosidad de un ceremonial grandioso le elevaba ante sus subditos a símbolo inaccesible del poder absoluto.

Más decisiva aún que la capacidad de trabajo y que la preocupación social era la energía sin ejemplo de una voluntad dominadora, que hizo de Justiniano el mayor autócrata del trono bizantino. Una de las grandes ideas que le dominaban con la fuerza de una pasión, fue la del limitado  poder  del  emperador   como representante de Dios sobre la Tierra,  ante  quien han de doblegarse tanto la Iglesia como el Estado   De hecho, logró implantar en el Estado y también en parte en la Iglesia este te exagerado concepto de la plenitud del poder imperial.

Maier, Franz Georg.
Las transformaciones del mundo mediterráneo.
México, 1973.

Campañas militares
Justiniano luchó contra:
a)   Los Persas. Antes de lanzar sus legiones sobre el mundo occidental, trató de asegurar las fronteras del Imperio Bizantino. A tal efecto, luchó contra los persas que atacaban desde la Mesopotanaia, y como éstos resistieron eficazmente prefirió comprarles la paz, mediante el pago de un fuerte tributo anual.

b)   Los Vándalos. La primera operación destinada a recuperar el Imperio de Occidente la dirigió contra los vándalos, establecidos en el norte de África. En una breve campaña, Belisario logró someterlos y rescató Cerdeña, Córcega y las Baleares (533).

c)   Los Ostrogodos. De inmediato se dirigió a Italia para luchar contra los ostrogodos, quienes, durante varios años ofrecieron una obstinada resistencia. Cerca ya de la victoria, Justiniano destituyó a Belisario. Entonces, los ostrogodos volvieron a reaccionar y fueron necesarios los esfuerzos de Narsés para poner término a la lucha que se había prolongado durante veinte años. Italia se transformó en un virreinato o exarcado cuya capital fue la ciudad de Rávena (553).

d) Los Búlgaros. Entretanto, los bárbaros amenazaban las fronteras del norte, en el año 559, los búlgaros atravesaron el Danubio, y se encontraban cerca de Constantinopla, cuando las tropas bizantinas salieron a su 3ncuentro y lograron derrotarlos.

Los éxitos militares que Justiniano obtuvo en Occidente, volvieron a transformar el mar Mediterráneo en un lago romano. Pero fue por poco tiempo, pues a su muerte (565) todo volvió a derrumbarse.

El ordenamiento jurídico
Lo más perdurable del gobierno de Justiniano fue su obra legislativa. A fin de reorganizar el derecho romano, mandó revisar las antiguas leyes para efectuar su ordenamiento y eliminar las contradicciones que entorpecían la labor de la justicia.

Hasta ese momento estaban en vigor los escritos de los jurisconsultos clásicos, y las viejas constituciones imperiales. El advenimiento del cristianismo había modificado las costumbres y por lo tanto su influencia se hacía sentir en la aplicación de los fallos. Era necesario actualizar la legislación para eliminar la oscuridad y agilizar la justicia.

A tal fin, encomendó dicha tarea a Triboniano, prestigioso jurisconsulto, quien seleccionó diez eminentes profesores con los que se dio a la abrumadora tarea de revisar y ordenar las leyes romanas. En el año 529 fueron publicadas en doce libros, llamándose Código de Justiniano (Codex Justinianus).

Al año siguiente, Triboniano presidió otra comisión que se encargó de estudiar los trabajos de los grandes jurisconsultos romanos de los siglos II y III. Esta obra fue publicada en 533 con el nombre de Digesto”1 o Pandectas.7 Al mismo tiempo redactó un manual para estudiantes que se llamó Instituías. Contenía los principios elementales del derecho y los aspectos sobresalientes de la legislación imperial. Las leyes, dictadas con posterioridad a esta recopilación fueron agrupadas con el nombre de Novelas (leyes nuevas).

La codificación ordenada por Justiniano permitió la resurrección del derecho romano, el que, si bien resultó en parte mutilado, recibió las beneficiosas influencias del cristianismo y logró subsistir hasta nuestros días.

La organización del imperio
La autoridad absoluta y el centro de la organización política y administrativa fue el emperador. En principio, el cargo era electivo, pero en la práctica acostumbraron a elegir personalmente a su sucesor. Sin embargo, fueron escasas las veces que el poder se transmitió por herencia, debido a los motines y luchas intestinas que elevaron en el trono a simples aventureros o usurpadores.

El emperador, llamado basileus (rey) era al mismo tiempo el jefe de la Iglesia. Por eso, su autoridad era casi divina, y se pretendía revestir a su persona con un carácter sagrado. Al nacer el heredero, era costumbre tonsurarlo, del mismo modo como si fuera ordenado sacerdote.
Para su mejor organización administrativa, el Imperio fue dividido en provincias llamadas temas, a cuyo frente estaban los estrategos, especie de gobernadores políticos y militares. Estos gozaban de gran autonomía, y en más de una oportunidad utilizaron sus tropas mercenarias para organizar revueltas y apoderarse del trono.

El pueblo demostraba gran afición por los juegos del circo y del hipódromo. Los espectadores estaban divididos en dos grupos: los verdes y los azules, colores que no sólo distinguían los bandos deportivos, sino que eran, además, expresiones de sectarismo político y religioso.

Ejército y marina
Las constantes amenazas de los pueblos enemigos obligaron a mantener un ejército bien equipado.  La infantería estaba formada por regimientos de hasta 4.000 hombres, subdivididos en batallones. Estaban armados con arcos y picas. Calzaban botas y cubrían el cuerpo con túnicas, .cotas de malla y cascos puntiagudos. Además se protegían con grandes escudos. Los jinetes iban provistos con largas lanzas y espadas. Había tropas regulares y mercenarias. Estas últimas estaban integradas por bárbaros y aventureros, poseedores de gran espíritu combativo, pero carecían de disciplina militar.

La marina adquirió gran desarrollo entre los siglos IX y X. Las naves poseían arietes y estaban armadas con el famoso fuego griego, compuesto por sustancias resinosas, azufre, petróleo y salitre. Se arrojaba por medio de catapultas y originaba incendios, que no podían ser apagados con el agua.

APOGEO Y DECADENCIA DEL IMPERIO
A la muerte de Justiniano (565) el Imperio Romano de Oriente inicia un período de altibajos, con épocas de apogeo y de decadencia Sus sucesores1 no pudieron detener la crisis, complicada con calamidades naturales (terremotos, epidemias) y lá amenaza de nuevas invasiones bárbaras, semejantes a las que un siglo atrás había padecido el Imperio Romano de Occidente. Italia cayó en manos de los lombardos, en tanto que las provincias orientales del Imperio (Mesopotamia, Siria y el Asia Menor) quedaban en poder de los persas, aliados con los avaros.

PARA SABER MAS…
Obra Jurídica de Justiniano:

La obra más importante, y duradera, de Justiniano fue la reforma del mundo libre bajo la protección de unas admirables Leyes, cuya proyección no dejó sin amparo ninguna de las actividades — derechos y obligaciones — del hombre. Estas Leyes quedaron agrupadas en cuatro grandes obras: el Código de Justiniano, que contenía las Leyes promulgadas desde el reinado del emperador Adriano; las Novelas, leyes posteriores al año 533; el Digesto, resumen de la legislación romana más perfecta (a esta compilación también se le dio el nombre de Pandectas); y las Instituciones, manual para uso de los estudiantes de Derecho. Estas cuatro grandes compilaciones formarían más tarde el famoso Corpus Iuris Civilis, base para cualquier reforma o creación legislativa, y de vigencia durante siglos en la Europa Occidental.

A la cabeza de las Instituciones, el gran Justiniano escribió un discurso que resume no sólo sus nobilísimos afanes políticos, éticos, religiosos, jurídicos y bélicos, sino también se convierte en el más noble y eficiente programa de un gobernante. De este discurso tomamos el siguiente párrafo: «No siempre conviene a la majestad del Emperador alcanzar con las armas cuanto le interesa: que son los honores, sino que también debe intentarlo con las leyes, de modo que, en paz o en guerra, pueda gobernar rectamente.

Lo cual, con harta prudencia, con mucho trabajo y, sobre todo, con la ayuda de Dios Altísimo, hemos logrado realizar. Las naciones bárbaras sometidas a nuestro yugo delatan a las claras cuáles han sido los triunfos de nuestras expediciones de guerra. Y los pueblos todos son gobernados por leyes compuestas y promulgadas por Nos. Hemos dado notable uniformidad a las justas constituciones que ya eran un inmenso caos. Hemos revisado con atención los incontables volúmenes de la antigua jurisprudencia; y esta empresa que superaba la más lisonjera esperanza y nos convertía en navegantes por hondísimo y oscuro mar, la hemos llevado, por fin, a felicísimo término.

Y una vez hecho todo ello con la asistencia Divina, llamamos junto a Nos a Triboniano, maestro de nuestro Sacro Palacio, y a Teófilo y Doroteo — de los cuales tenemos muchas pruebas de su ciencia jurídica y de su lealtad a nuestros deseos —, convocados en conjunto, y a quienes les encomendamos e impusimos nuestra autoridad, para que compusieran estas Instituciones, a fin de que cada cual pueda conocer los principios de las Leyes que les obligan, no en las antiguas Tablas, sino en todo el esplendor Imperial.»

Fecha memorable la del 13 de febrero del 528, pues en ella se inició la redacción de un nuevo Codex constitutionum, encargada a una comisión de diez miembros, de la que formaban parte el magister officiorum de palacio, Triboniano, y el profesor de la Universidad de Constantinopla Teófilo. Este codex se publicó poco tiempo después: el 7 de abril del 529, mediante la Constitutio Summa rei republicae, con fuerza de obligar desde el día 16 del mismo mes. Pero este Código, compilador de leyes imperiales, no era sino la parte primera de un muy vasto plan. La segunda, más complicada y difícil, fue puesta en marcha por la constitución Deo auctore, de 15 de diciembre del 530. En ella se ordenaba que Triboniano, nombrado ya quaestor sacri palatii (ministro de Justicia), formase una comisión de profesores y abogados en número de diecisiete; esta comisión quedaba obligada a formar una compilación de fragmentos sacados de los más importantes escritos doctrinales de los juristas, que formase la segunda parte de un futuro Código total.

A esta compilación se le dio el nombre de Digestosive Pandectae. Y no debía contener sino los escritos de los más célebres jurisconsultos, incluidos Ulpiano, Paulo, Marciano y Papiniano. Los fragmentos seleccionados habían de ser incluidos en cincuenta libros, divididos a su vez en títulos tomando como modelo el Código y el Edicto Pretorio. A la comisión debían ayudarla muchos «y sabios maestros» encargados de abreviar, completar y rectificar los textos, para evitar que hubiese repeticiones y algo mucho más grave: contradicciones. Esta compilación sería la única que pudiera ser invocada en juicio cuando los abogados quisieran asesorarse de «la sabiduría de los antiguos maestros».

Terminado el admirable trabajo de la comisión, la compilación fue promulgada el 16 de diciembre del 533 por la Constitución Tanta, con obligatoriedad a partir del día 30 del mismo mes. Y dispuso Justiniano que tanto la Constitución como la Compilación fueran comunicadas a los restantes profesores de Constantinopla y de Berito, para que inmediatamente sirviesen de base a la enseñanza.

Fuente Consultada:
HISTORIA 1 José Cosmelli Ibañez Editorial Troquel
Enciclopedia Temática Famliar Grandes Figuras de la Humaniddad -Justiniano- Ediciones Cadyc

Biografia Luis XVIII Rey de Francia Gobierno Liberal

RESUMEN VIDA Y GOBIERNO DEL REY LUIS XVIII DE FRANCIA

Luis XVIII (1755-1824), fue rey de Francia (1814-1815, 1815-1824); quien ascendió al trono, luego de la caída del imperio napoleónico, y restauraron las monarquías a partir del Congreso de Viena. Intentó asumir la difícil tarea de gobernar con inteligencia y justicia, acatando la Constitución, pero sin que se olvidaran quién era: un rey.

Luis XVIII intentó instaurar una monarquía constitucional, pero se enfrentaría con los ultrarrealistas. Recibió el título de conde de Provenza siendo aún muy joven. Permaneció en París después de que estallara la Revolución Francesa en 1789, pero escapó a Bélgica al cabo de dos años.

Había llegado al poder en una edad avanzada, estaba casi inválido, y el largo exilio le había aleccionado. Dotado de una fina inteligencia, se dió cuenta de la imposibilidad de volver a imponer lisa y llanamente el Antiguo Régimen: tanto la Revolución como el Imperio habían cambiado para siempre las condiciones de la vida política. El régimen que ha de instaurar debe ser un régimen liberal, para asegurase gobernar sin conflictos internos y mas tranquilo. 

Luis  XVIII de Francia

Después de los Cien Días y la nuevaabdicación de Napoleón, Luis XVIII,  refugiado en Gante, vuelve a Francia,gracias al apoyo de Wellington y a las  intrigas de Fouché. El gobernante fue en primer lugar el hombre de la Restauración, del retorno a  la monarquía después de los años de la Revolución y del Imperio.Él había vivido durante el destierro en Inglaterra y creía que con un régimen parlamentario como el inglés podría él disfrutar de más tranquilidad que si tuviera la responsabilidad de un gobierno personal.

Luis Estanislao Javier nació en Versalles el 17 de noviembre de 1755, a mitad del reinado de Luis XV, su abuelo. Era el tercer hijo del Delfín Luis y de María Josefa de Sajonia. Recibió primero el título de conde de Provenza y era llamado monseñor (título aplicado al hermano del rey), cuando en 1774 su hermano mayor llegó a ser el rey Luis XVI. En 1771 se casó con Luisa María Josefina de Saboya, de la cual no tuvo hijos.

Presentaba la imagen de un príncipe ilustrado, volteriano y libertino. No dudaba en oponerse a veces a su hermano, con el fin de cuidar su popularidad, pues hasta 1781 la ausencia de un descendiente directo lo hacía ser el heredero del trono.

Antecedentes: En 1814, cuando los Borbones vuelven al trono de Francia, aparentemente se quiere ignorar lo que ha ocurrido en el país en el curso de los últimos veinticinco años; el hermano de Luis XVI, Luis XVIII, regresa del exilio y fecha sus primeros decretos “en el año decimonono de mi reinado”, y en 1825 Carlos X renueva las pompas más solemnes del Antiguo Régimen haciéndose consagrar en la catedral de Reims. Pero nadie podía ignorar que aquel cuarto de siglo que va desde la toma de la Bastilla (1789) a Waterloo (1815), tan pródigo en acontecimientos, no había pasado en balde, y uno de los indicios más claros de esa imposibilidad de resucitar el pasado lo tenemos en el estilo de la corte de la Restauración.

LA HISTORIA FRANCESA: Francia estaba agotada, Napoleón desde 1793, no había dejado de combatir: un millón cuatrocientos mil hombres habían perecido ya en los campos de batalla. El 30 de marzo de 1814, luego de un ataque de los aliado, se rendía en París. Desde el 31 de marzo de 1814, Francia se encontraba en  manos  de un Gobierno provisional, inspirado por Talleyrand. 

El 3 de abril consigue que el Senado vote la destitución del emperador. Pero, ¿quién le sustituirá?. Los soberanos aliados presentes en París, el zar sobre todo, no eran precisamente partidarios del regreso de los Borbones. pues temían que ello produjera un levantamiento popular.

Pero Talleyrand se adelanta y el 6 de abril, el mismo día de la abdicación de Napoleón, hizo que el Senado votase la constitución de un gobierno monárquico hereditario en favor de «Luis Estanislao Javier de Francia, hermano del último rey».

Los aliados aceptan el principio de legitimidad. Pero el nuevo soberano, retenido en Inglaterra por un ataque de gota, delega su representación en su hermano, el conde de Artois. Y hasta el 24 de abril no desembarca en Calais el antiguo conde de Provenza —que desde 1795 venía ostentando el nombre de Luis XVIII—, decidido a restablecer por completo el modo de gobierno «que durante catorce siglos había sido la gloria de Francia y hecho la felicidad de los franceses». Sin embargo, antes de entrar en la capital, que no había vuelto a ver desde 1791, Luis XVIII promete en la Declaración de Saint-Ouen gobernar como rey constitucional, tras lo cual entra en París, el 3 de mayo. El Te Deum se celebra en Notre Dame: la primera Restauración está hecha.

La familia Borbón fue reinstaurada en el trono de Francia en la persona de Luis XVIII (1814-1824). Luis fue lo bastante hábil como para comprender que la monarquía restaurada tenía que aceptar la obra constructiva de las eras revolucionaria y napoleónica.

Aceptó el Código Civil napoleónico con su reconocimiento del principio de igualdad ante la ley, se preservaron los derechos de propiedad de quienes habían comprado tierras confiscadas durante la Revolución. Se estableció una legislatura bicameral (es decir, de dos sedes), la cual consistía de la Cámara de los Pares, elegidos por el rey, y una Cámara de Diputados, elegidos por un electorado limitado a poco menos de cien mil personas ricas.

Con todo, la renuente moderación de Luis hallaba oposición en los liberales, ansiosos por extender las reformas revolucionarias, y en un grupo de ultrarrealistas que criticaban la disposición del rey a transigir y sostener tantas características de la era napoleónica. Los ultras esperaban retornar a un sistema monárquico dominado por una aristocracia terrateniente privilegiada y devolver a la iglesia católica su antigua posición de influencia.

La iniciativa pasó a los ultrarrealistas en 1824, en que murió Luis XVIII, y fue sucedido por su hermano, el conde de Artois, quien se convirtió en Carlos X (1824-1830). Carlos había sido el líder de los ultrarrealistas y estaba decidido a restaurar el antiguo régimen en la medida que le fuera posible.

Luis XVIII renunció a Versalles, que tenía para él penosos recuerdos y que le parecía además excesivamente incómodo. El inmenso palacio que había sido escenario de los fastos de la antigua realeza se convirtió en una especie de asilo para familias de emigrados ancianos, que, a pesar de ser nobles, no parecían sentir mucho respeto por el lugar: el gobernador de Versalles tuvo que recordarles que estaba prohibido tender la ropa en las ventanas e introducir cabras y gallinas en lo que había sido espléndida residencia de Luis XIV y sus sucesores.

En las Tullerías, es decir, en el corazón de París, se hizo un esfuerzo por reconstituir la corte de “antes del diluvio”, pero lo más que se consiguió fue armar un vistoso decorado que a simple vista recordaba los esplendores de antaño. Títulos, grados, cargos y pensiones vuelven a repartirse como antes, reaparece la etiqueta palaciega de otros tiempos, pero la situación es muy distinta.

Luis XVIII ha otorgado una Carta a sus súbditos y un gesto o una palabra del rey ya no lo pueden todo; ahora hay ministros, diputados, políticos, incluso periodistas, que tienen tanto o más poder que el monarca. Al diluirse el absolutismo, la corte deja de ser el obligado punto de convergencia de todo el reino.

Inmediatamente después de la batalla de Waterloo (1815), recomenzó la lucha en el Parlamento, en las redacciones de los periódicos y en las calles con barricadas. Lo que se debatía, más que ventajas materiales, eran principios. Los Borbones insistían en sus derechos de soberanos por la gracia de Dios y otorgaban libertades constitucionales como un favor gratuito, no como un reconocimiento de la soberanía popular. Había concedido la Carta o Constitución, un poco para dar muestra de su benevolencia, pero una vez promulgada se sentía satisfecho con el poder que aquélla le reservaba.

Por otra parte, en la familia reinante no hay grandes personalidades capaces de magnetizar y someter a la nobleza y al país entero con la fuerza de su carácter. Luis XVIII es un anciano comprensivo, hábil y escéptico que sólo aspira a vivir en paz y a devolver a Francia el equilibrio y el orden, y que no tiene la menor pretensión de emular a su ilustre antepasado el Rey Sol.

El regreso de Napoleón durante el Imperio de los Cien Días le obligó a refugiarse en Gante hasta que sus partidarios volvieron a imponerse en la batalla de Waterloo (1815). Volvió al poder en una segunda Restauración, tratando de ejercer un gobierno moderado que salvaguardara parte de la herencia revolucionaria y limitara el revanchismo de los ultrarrealistas.

Tres importantes leyes promulgadas con tendencia liberal:

1) Votada en 1817, modificaba la forma de elección, obligando a los electores a desplazarse a la cabeza del departamento para votar. En adelante, los propietarios rurales y los grandes arrendatarios, adictos la mayor parte de las veces a las ideas de los ultras, no dominarían ya el escrutinio, mientras que los burgueses moderados de las ciudades veían aumentar su representación y su importancia.

2) Votada en 1818, la ley militar ponía fin a la conscripción napoleónica e instituía un ejército de 240.000 voluntarios; para impedir a los nobles que se adueñaran de todos los altos puestos, se establecía que los oficiales serían nombrados por examen o por antigüedad.

3) Votada en 1819, ley de prensa, abolía la censura, la autorización previa para la publicación, reducía el número de los delitos susceptibes de ser perseguidos y los sometía a los tribunales ordinarios.

Por último, a partir de 1817, y gracias a la política del barón Louis, la situación económica fue saneada; los empréstitos abiertos en Francia y en el extranjero se vieron coronados por el éxito, y se efectuó el equilibrio del presupuesto para varios años.

Esta política liberal benefició, sobre todo, a los independientes; su prensa alcanzó grandes tiradas, y su influencia creciente se concretó en las elecciones de 1819 con la conquista de muchos puestos obtenidos hasta entonces por los constitucionales; Decazes, inquieto, puso fin a las reformas, destituyó a los ministros más liberales, y se acercó a la derecha, que realizaba incansablemente una campaña de agitación contra las últimas leyes.

Por entonces —el 13 de febrero de 1820—, el obrero bonapartista Louvel asesinó, en el teatro de la Opera, al duque de Berry, segundo hijo del conde de Artois. La emoción que esto produjo fue grande, y Luis XVIII, presionado por su familia, destituyó a Decazes y llamó al duque de Richelieu.

Los ultras se hallaban decididos a no dejar impune el crimen y a cerrar definitivamente la era liberal, a Luis XVIII le fue imposible mantener esta vía intermedia y, finalmente, la derecha se impuso en el gobierno desde 1820; dicha línea reaccionaria continuaría bajo el reinado de su sucesor, Carlos X, haciendo inaceptable para los franceses la continuidad de la dinastía borbónica, que sería destronada por una nueva revolución en 1830.

Luego de un reinado de 10 años, falleció el 17 de Noviembre de 1824, su hermano, el conde de Artois le sucederá como Carlos X.

Carlos X, El rey de los ultrarrealistas

Carlos X, sucesor de Luis XVIII
El conde de Artois, hermano del rey Luis XVIII, era esbelto y afable en contraste con su hermano, obeso y perezoso. Durante los años de la Revolución y del Imperio, practicaba su propia política, enviando emisarios a la Vendée y a todos los frentes contrarrevolucionarios. Durante la segunda Restauración, su residencia llegó a ser uno de los centros del partido ultrarrealista, quienes luchaban para volver al antiguo régimen. Siendo rey de Francia a la muerte de su hermano, estuvo lejos de gozar de intuición política. El 29 de mayo de 1825 se hizo coronar en Reims y luego dejó el gobierno en manos de ministros ultra, Villéle y luego Polignac, que establecieron una política de restauración monárquica, en contradicción con las aspiraciones del país. Dicha política condujo a la revolución de julio de 1830; Carlos X abdicó entonces en favor de su nieto, el duque de Burdeos, y se exilió en Inglaterra.

CRONOLOGÍA DE SU VIDA
1755  Nacimiento de Luis Estanislao Javier, el 17 de noviembre.

1771 Se casa con Luisa María Josefina de Saboya.

1774 Muerte de Luis XV. Luis XVI  asume como rey.

1781 Nacimiento del Delfín de Francia. Convocatoria de los estados generales.

1789 Toma de la Bastilla.

1791 Huida de Luis XVI, detenido en Varennes. El conde de Provenza huye a Bélgica.

1792 Proclamación de la República.

1793 Condenación y ejecución de Luis XVI.   El conde de Provenza asume el  título de regente.

1795 Muerte de Luis XVII. El conde  de Provenza asume el título de rey.  Comienzo del Directorio.

1799 Golpe de Estado de Bonaparte

1801 Firma del concordato con el papa

1804 Napoleón, emperador.

1813 Derrotas del Imperio.

1814 El Senado proclama la destitución de  Napoleón. El 2 de abril,  llama a Luis XVIII,  que se encuentra en París el 3 de mayo. Se promulga la Carta Constitucional.

1815 Los Cien Días y segunda Restauración. Cámara ultrarrealista.

1816 Disolución de la Cámara ultrarrealista. Asesinato del duque de Berry.  Ministerio ultrarrealista deVilléle.

1824 Muerte de Luis XVIII, el 17 de noviembre. Lo sucede Carlos X.

Biografia de Alejandro I Zar de Rusia Gobierno de Paulovich

RESUMEN VIDA Y GOBIERNO DEL ZAR DE RUSIA ALEJANDRO PAULOVICH

Alejandro I había nacido en San Petersburgo en 1777. Era hijo de Pablo I y nieto de la gran zarina Catalina II. Su educación estuvo en manos de preceptores occidentales, especialmente de La Harpe, un coronel suizo que le puso en contacto con el pensamiento de la Ilustración y con los ideales nacionalistas en boga en la Europa del siglo XVIII.

Al comenzar el siglo XIX, Rusia era abrumadoramente rural, agrícola y autócrata. Al zar aún se le consideraba monarca por derecho divino con poder ilimitado. Alejandro I (1801-1825) se había criado en la tradición y las ideas de la Ilustración y tenía toda la voluntad para realizar reformas.

Con la ayuda de su consejero liberal, Michael Speransky, aflojó la censura, liberó prisioneros políticos y reformó el sistema educativo, creó escuelas y universidades. Prohibió los castigos crueles tan comunes eb aquella época, ordenó la administración pública creando ocho ministerios y mejoró la calidad de vida de los siervos, quienes representaban el 90% de la población rusa y vivían en condiciones de absoluta pobreza.

Alejandro I zar de rusia

Alejandro I Pavlovich (1777-1825), zar de Rusia (1801-1825) e hijo del zar Pablo I

Inicialmente fue enemigo de Napoleón, pero en 1807 se alió con Francia hasta 1812, cuando el emperador de los franceses toma la nefasta decisión de atacar Moscú, acción que concluyó con la pérdida de su ejército.

Luego de la derrota definitiva de Napoleón Bonaparte fue una de las fuertes personalidades que acudieron a Viena con la intención de reorganizar Europa de acuerdo con su propio criterio y según las conveniencias de sus respectivos países. Junto con el príncipe Metternich, supo sacar mejor partido del congreso de paz.

En 1815, fundó la Santa Alianza con Austria, Rusia y Prusia, con el objetivo de implantar el cristianismo en las potencias europeas, pero que fracasó a corto plazo. Los últimos años de la vida y reinado de Alejandro I se caracterizaron por un talante reaccionario y despótico. Le sucedió su hermano Nicolás I.

El temperamento autoritario y la formación intelectual acorde con los principios del Siglo de las Luces hicieron de Alejandro un perfecto arquetipo del déspota ilustrado, en el que se combinaban el absolutismo monárquico y la ideología progresista.

Alejandro subió al trono en 1801, tras la muerte de su padre, asesinado después de la conspiración de Pahlen. No están muy claras las relaciones que existían entre Alejandro y los regicidas, aunque parece cierto que, si bien al principio participó en el complot, éste escapó pronto de su control y el príncipe no tuvo intervención en el asesinato de su padre.

Desde los primeros años de su reinado, Alejandro puso en marcha una serie de reformas encaminadas a lograr la liberalización de las estructuras políticas de Rusia. De acuerdo con un equipo de consejeros que se inspiraban en las instituciones inglesas, abolió la censura, la policía secreta y la tortura como método judicial; aumentó las funciones de la Cámara Alta y colocó bajo su competencia el control de la justicia y de la administración.

En 1803, un decreto (ucase) del zar autorizaba a los señores territoriales a que pudieran liberar a sus siervos agrícolas, a los que debía entregárseles un lote de tierras a cambio del pago de una cuota. Todas estas medidas -así como una reforma de la enseñanza en 1804- debían desembocar en un proyecto de reorganización de las instituciones políticas presentado por Sperenski y apoyado por el monarca, en el año 1809. En el proyecto de Sperenski aparecían como órganos de gobierno cámaras representativas a nivel local o nacional, cuyos miembros deberían haberse elegido según un sistema censatario.

La puesta en práctica de estas medidas se vio dificultada por la oposición de la nobleza y por las repercusiones que los acontecimientos de Europa tenían en la política interior rusa.

Alejandro I no siguió una línea política fija en sus relaciones con las potencias europeas. Las alianzas de Rusia con Napoleón o con los enemigos del emperador francés se sucedieron a una velocidad vertiginosa desde 1801. En julio de ese año, el zar había firmado un tratado de paz con Gran Bretaña.

En octubre firmó con Bonaparte un acuerdo secreto que selló la alianza ruso-gala hasta 1805, año en el que Rusia participó en la coalición antifrancesa, junto con Gran Bretaña, Austria, Prusia y Suecia. Tras las victorias de Napoleón en Austerlitz, Eylau y Friedland, Alejandro firmó el Tratado de Tilsit (1807), por el que aceptaba el nuevo orden europeo y se adhería al bloqueo continental contra Inglaterra.

Tras la derrota de Napoleón, Alejandro se volvió más reaccionario, y su gobierno regresó a una estricta y arbitraria censura. No tardó en surgir la oposición proveniente de un grupo de sociedades secretas. Una de estas sociedades, conocida como la Unión del Norte, estaba compuesta por jóvenes aristócratas que habían servido en las guerras napoleónicas y se habían percatado de la existencia de un mundo fuera de Rusia.

La alianza con Francia proporcionó a Alejandro I ciertas ventajas territoriales, a costa de los países enemigos de Napoleón, como Suecia y Austria, pero significó el renacimiento de Polonia -apoyada por Napoleón- e importantes pérdidas comerciales, debido a que Gran Bretaña era el principal cliente de los productos agrícolas rusos.

El “matrimonio austríaco” de Napoleón señaló un nuevo cambio en las relaciones ruso-francesas, caracterizadas desde este momento por una hostilidad creciente que desembocó en la guerra abierta de 1812. Desde este año Alejandro I se convirtió en el principal enemigo de Napoleón y dirigió la coalición europea contra Bonaparte.

En 1814, de acuerdo con Talleyrand, apoyó la restauración de los Borbones en el trono francés y firmó con Luis XVIII un tratado en el que se reconocían a Francia las fronteras de 1789. Después de los Cien Días se opuso al reparto de Francia entre las potencias vencedoras y para garantizar el orden tradicional en Europa, fue el promotor de la Santa Alianza.

Durante este período estaba bajo la influencia de la viuda Krüdener y, de acuerdo con sus teorías, la Santa Alianza “pretendía mantener en el interior de los estados el orden tradicional y modelar sus relaciones exteriores de acuerdo con los principios de paz y concordia inspirados por el cristianismo”.

Después de su victoria sobre Napoleón, Alejandro I orientó su política de acuerdo con los principios religiosos de la viuda Krüdener. Prestó su apoyo a las Sociedades Bíblicas, que preconizaban la unidad de todos los cristianos, y reanudó la política liberal que había caracterizado los primeros años de su gobierno, en pro de la liberación de los siervos y de la organización de un gobierno constitucional.

Pero hacia 1820, reaccionando frente a los movimientos revolucionarios que agrupaban a las clases más progresivas -sobre todo a grupos de oficiales jóvenes en contacto con el liberalismo europeo-, el zar cambió su política y tomó una serie de medidas autoritarias: restableció la censura, prohibió las asociaciones políticas; apoyó a la Iglesia ortodoxa, el mejor sostén religioso de la monarquía absoluta, y favoreció el régimen señorial autorizando las deportaciones de siervos a Siberia sin previo juicio.

En 1825, mientras efectuaba un viaje por tierras de Crimea, Alejandro I murió de forma inesperada. Rumores diversos, difundidos poco después de su muerte, afirmaban que había sido envenenado. Otra leyenda pone en duda que la muerte del zar fuese auténtica y se afirmaba que vivía como un ermitaño en algún lugar del Cáucaso. De esta manera, las contradicciones que habían caracterizado la actuación del zar Alejandro perduraban incluso después de su desaparición.

PARA SABER MAS…
A la muerte de Pablo I, le sucedió su hijo Alejandro (1801-1825). Tal vez éste llegó a estar al corriente de la conjuración para destronar a su padre; pero, en todo caso, su asesinato le causó profunda impresión. ¿Fue ello el motivo de aquella tristeza, de aquel «mal del siglo», que hicieron que se le llamase «el Hamlet del Norte»? Al igual que el héroe de Shakespeare, el nuevo zar de Rusia dio muestras siempre en su conducta de una gran indecisión.

Este autócrata no creía en la autocracia: quería liberar a los siervos y concedió nuevamente a los rusos el derecho de ir a estudiar en el extranjero. Con la ayuda de su ministro Speransky, intentó insuflar nuevas fuerzas al gobierno, siempre lento e ineficaz, de su vasto imperio. Speransky preparó una serie de reformas inspiradas en el Código napoleónico, llegándose a crear una Duma del Estado, especie de asamblea legislativa de Rusia.

La vida interior del país se vio influida entonces por la política exterior del zar. Después de Tilsitt (1807), Alejandro no podía dudar de que su acuerdo con Napoleón le abriría numerosas perspectivas. De todos los vecidos, él era el único que había tenido derecho a la admiración y hasta a la amistad del emperador de los franceses. Este primer reconocimiento de su valor y el reparto del mundo decidido en Tilsitt hicieron creer al zar que podría grabar su nombre en la historia de su país con el mismo brillo que Pedro el Grande.

Creía que su valor y el genio de su pueblo le permitían alimentar las mayores ambiciones. Y, bajo esta óptica, emprendió grandes reformas. Pero el fracaso de la política reformadora de Speransky habría de condenar —justa reacción de los hechos— la alianza con Napoleón.

Era, en efecto, dicha alianza maldita con el usurpador, con el advenedizo, lo que los nobles atacaban más. Pues para ellos, las tentativas reformistas del zar se debían a la contaminación francesa:  la Santa Rusia no debía ser tocada por la Revolución.

Además, el bloqueo lesionaba considera blemente los intereses de la nobleza. Ciertamente, Rusia dependía, de modo esencial, de sus exportaciones de trigo, pero también de las de madera, pieles y materiales para la marina, como telas de lino, cáñamo y cuerdas. Ahora bien, era Inglaterra la compradora del trigo o quien lo transportaba; era la marina inglesa la mejor cliente de Rusia.

El bloqueo perjudicaba, pues, tanto a Rusia como a los demás países europeos, pero los rusos podían pretender que su poderío les dispensara de dejarse arrastrar a una aventura contraria a sus intereses económicos más fundamentales. ¡Y si aún esos inconvenientes económicos se vieran compensados por ventajas políticas sustanciales!

El bloqueo paralizaba el Báltico, pero los rusos y Alejandro esperaban poder abrir una segunda ventana sobre un mar mucho más internacional: el Mediterráneo. Desde siempre, la política rusa había intentado lanzarse hacia el sur. El Imperio turco parecía una presa fácil, sobre todo contando con el apoyo de Napoleón, que podía paralizar toda amenaza contra los flancos de Rusia. Pero Napoleón no tenía prisa por intervenir en Oriente.

Estimaba, en efecto, y no sin cierta razón, que la mejor manera de mantener a Rusia en su alianza y dentro del espíritu de Tilsitt, consistía en no concederle ventajas más que con cuentagotas. Sabía bien que, en cuanto Rusia alcanzase lo que pretendía, corría el peligro de que se convirtiera en demasiado poderosa, y entonces aumentarían  sus exigencias.

Fuente Consultada:
Historia Universal Tomo 16 El Impacto de la Revolución Francesa Editorial SALVAT
Civilizaciones de Occidente Tomo B Jackson J. Spielvogel
Hicieron Historia Biografías Tomo II Alejandro I de Rusia  Editorial Kapelusz
HISTORAMA La Gran Aventura del Hombre Tomo IX La Caída del Imperio Ruso

Biografía de Monroe James Gobierno y Política Externa

RESUMEN VIDA Y GOBIERNO DE JAMES MONROE – LA COMPRA DE LUISIANA

James Monroe (1758-1831), quinto presidente de Estados Unidos (1817-1825). Es recordado por haber proclamado la doctrina que determinaría por mucho tiempo la política exterior de su país y que prepararía su hegemonía en el continente americano, pues al liberar a su país de la diplomacia europea, preparó el camino para que Estados Unidos se transformase en una gran potencia mundial. Fue uno de los negociadores de la compra de Luisiana.

Participó como fundador del Partido Republicano, también llamado Partido Demócrata-Republicano. En 1794 fue embajador en Francia y Gran Bretaña y Ministro de Asuntos Exteriores con el presidente James Madison.

James Monroe, presidente de EE.UU.

James Monroe, autor de la declaración que lleva hoy su nombre (1823). Durante sus dos presidencias
puso término a las luchas entre republicanos y federalistas, admitió el ingreso de los Estados de Misuri y Maine a la  Confederación, reforzó las defensas de las costas y adquirió, en 1819, la Florida.

Nacido en el condado de Westmoreland, el 28 de abril de 1758, el joven Monroe fue admitido en el prestigioso William and Mary College de Williamsburg debido a sus brillantes resultados escolares. Se reveló allí como un alumno un poco indisciplinado, sobre todo deseoso de frecuentar los círculos acomodados de la capital de Virginia, donde en medio de la efervescencia se tramában los acontecimientos que pronto preludiarían la independencia de las colonias inglesas.

Al estallar en 1776 la guerra de la Independencia, Monroe se enroló en el 3er regimiento de Virginia en calidad de cadete, para luego incorporarse al cuartel general de George Washington. Se distinguió en los campos de batalla de Harlem Heights, White Plains y sobre todo de Trenton, donde su conducta heroica, que permitió a los colonos norteamericanos lograr la victoria, le valió ser promovido al grado de capitán.

Una vez finalizados los violentos combates de 1777 y 1778, Monroe era un soldado aguerrido, respetado, que Washington elevó al rango de oficial superior. Se le auguraba entonces una brillante carrera militar; sin embargo, después de la victoria decisiva de Yorktown sobre los ingleses en 1781, Monroe prefirió abandonarla carrera de las armas por las aulas universitarias. Durante dos años tendría como profesor de derecho a su ilustre compatriota Thomas Jefferson, autor de la Declaración de la Independencia, y que fue su mentor político.

Antecedentes de la Época: Bajo la presidencia de Washington se inicio el rápido desarrollo de los Estados Unidos de América. En íntima colaboración con el Congreso, se promulgó el sistema de Cortes Federales, la ley de impuestos aduaneros, la ley monetaria y la creación del Banco de los Estados Unidos. En 1790, un censo de población registró casi 4.000.000 de habitantes, y se estableció un ejército regular de 15.000 hombres.

Luego de un segundo mandato y rechanzando la posibilidad de un tercero, le sucedió John Adams (1797-1801), cuyo gobierno debió enfrentar dificultades políticas surgidas de la consolidación de los dos partidos tradicionales: los federalistas y los democrático-republicanos.

Estos últimos triunfaron en las nuevas elecciones presidenciales, llevando al cargo a Thomas Jefferson por dos períodos consecutivos (1801-1809). Durante el gobierno de Adams, la capital, establecida en Filadelfia, se trasladó a la nueva ciudad de Washington, donde fue inaugurada la White House (Casa Blanca).

Mas tarde bajo el gobierno de James Madison (1809-1817), se ocupó por la fuerza la Florida española, situación que fue solucionada en 1817 mediante la adquisición de los derechos sobre esos territorios. Entre los años 1812-1814, el gobierno de Madison debió enfrentar una guerra contra Gran Bretaña, conflicto terminó con la paz de Gand.A partir de entonces comenzó a perfilarse la potencia de la joven nación.

La conciencia nacional se robusteció, aumentó la población con inmigrantes del Viejo Continente que acudían a millares para radicarse en las tierras que, día a día, se arrancaban a los indios en una incontenible marcha hacia el Far West.

En 1816 es elegido James Monroe, candidato por el partido republicano, que durante el gobierno (1817-1825) se produjo la definición de la postura de EE. UU. ante los problemas coloniales en el continente americano. El anuncio de Monroe comprometía a la nación septentrional en el apoyo a sus hermanas hispanoamericanas en plena guerra por la Independencia.

Adquisición de Florida: Posesión española desde 1513, Florida fue ocupada por su ingleses durante la guerra de 1812, pero fueron los indígenas creek sus verdaderos amos. Al desinteresarse España de una colonia lejana, a los estadounidenses les pareció natural hacer valer su derecho sobre esta región.

So pretexto de una expedición contra los indígenas, y sin orden alguna del Congreso, el general Andrew Jackson se apoderó de Florida en 1814 sin disparar un solo tiro. Ante el hecho consumado, España aceptó las ofertas de compra que se le hicieron por una provincia definitivamente perdida. En 1819 por un tratado España cedió Florida a Estados Unidos por cinco millones  de dólares. El estado recién ingresaría a la Unión en 1845.

La Doctrina Monroe: Para 1825, después de que Portugal hubo reconocido la independencia de Brasil, casi toda América Latina se había liberado de la dominación colonial. Animados por su éxito en la sofocación de las rebeliones en España e Italia, las victoriosas potencias continentales se manifestaron en favor del uso de tropas para restaurar el control español en América Latina.

Esta vez prevaleció la oposición británica a la intervención. Ávidos de obtener el acceso a un continente entero para inversión y comercio, los británicos propusieron una acción conjunta con Estados Unidos contra la interferencia europea en América Latina.

Desconfiado de los motivos británicos, el presidente estodounidense James Monroe actuó solo en 1823, garantizando en la famosa Doctrina Monroe la independencia de las nuevas naciones latinoamericanas y advirtiendo contra cualquier intervención europea posterior en el Nuevo Mundo.

En realidad, los barcos británicos fueron más importantes para la independencia latinoamericana que las palabras estadounidenses. La armada británica se interpeponía entre América Latina y cualquier fuerza europea de invasión, y potencias continentales se mostraban en extremo renuentes a desafiar al poderío naval inglés.

Como presidente a partir de 1816, trató de representar a toda la nación, por lo que durante sus dos mandatos se apaciguaron las tensiones políticas entre federalistas y republicanos. Aunque cuestionó la competencia del Congreso para restringir la esclavitud en los diferentes Estados, aceptó el equilibrio pactado entre los intereses del Norte y los del Sur por el Compromiso de Missouri (1820), que dividía el país en Estados esclavistas y Estados abolicionistas. La Administración Monroe fijó también las fronteras con el Canadá británico (Convención de Londres, 1818) y extendió el territorio estadounidense mediante la compra de Florida a España (1819).

Al final de su segundo mandato, en 1825, James Monroe cedió su sillón en la Casa Blanca a John Quincy Adams. Retirado en sus tierras de Virginia, sin gran fortuna, se esforzó exigiendo al gobierno que aceptase indemnizarlo por sus misiones en Europa. No obtendría recompensa, por lo que pasaría modestamente sus últimos años en Nueva York, donde murió el 4 de julio de 1831.

CRONOLOGÍA DE SU VIDA

1758 Nacimiento de James Monroe  en Virginia, el 28 de abril.

1774 Ingresa al William and Mary College.

1776 Comienzo de la guerra de la Independencia.  Monroe se enrola en el 3er regimiento  de Virginia y se distingue en la   batalla de Trenton.

1781 Victoria decisiva deYorktown. Monroe retoma los estudios de derecho.

1783 Es elegido representante de Virginia ante el Congreso.

1790 Monroe es elegido senador de Virginia.

1796 Es ministro plenipotenciario en Francia.

1799 Llega a ser gobernador de Virginia.

1803 Nueva misión en Francia. Negocia   la compra de Luisiana.

1803-1807 Ministro plenipotenciario en  Gran Bretaña y luego en España.

1810 Monroe ocupa un asiento en la   Asamblea de Virginia.

1811-1814 Es secretario de Estado del  presidente Madison.

1816 Monroe, candidato republicano, es elegido 5° presidente de los Estados Unidos.

1819 Adquisición de Florida.

1820 «Compromiso» de Missouri. Monroe es reelegido presidente.

1823 Proclamación de la  «doctrina Monroe».

1825 Monroe se retira a Oak Hill.

1831 Muerte de James Monroe, el 4 de Julio.

Fuente Consultada:
Civilizaciones de Occidente Tomo B Jackson J. Spielvogel
Hicieron Historia Biografías Tomo II James Monroe Editorial Kapelusz

Biografia de Príncipe Metternich Política y Conservadurismo

RESUMEN VIDA Y OBRA POLÍTICA DEL PRINCIPE DE MATTERNICH

Klemens von Metternich, conde y príncipe de Metternich-Winneburg (1773-1859), fue un político y diplomático austríaco, que tras la Revolución Francesa y la grandiosa epopeya napoleónica, encarna el proceso del regreso al conservadismo social y político en Europa, al defender el absolutismo y oponerse al derecho de los pueblos a decidir por sí mismos. Es considerado uno de los grandes personajes de la política europea del periodo comprendido entre 1814 y 1848.

El 15 dse mayo de 1773 nació en Coblenza (Alemania), descendiente de una ilustre y aristcrática familia renana. Su padre Franz Georg Karl, era conde de Metternich-Winneburg,y fue un enviado del emperador en tierras renanas y su familia permaneció siempre fiel a los Habsburgo desde la guerra de los Treinta Años.

En 1794, a la edad de 20 años mientras estudiaba en las universidade de Estraburgo,  y cuando se extiende la revolución francesa , los ejércitos revolucionarios avanzan sobre su pueblo;  se regfugian en Viena. Continuó sus estudio en la Universidad de Maguncia.  Conoció a la condesa Eleanor Kaunitz y contrajo matrimonio. Fue delegado de Austria en el Congreso de Rastadt (1797) y más tarde como embajador en Sajonia (1801), Prusia (1803) y París a petición de Napoleón (1806).

ríncipe de Metternich

Klemens von Metternich, conde y príncipe de Metternich-Winneburg (1773-1859

El estadista y diplomático austriaco Klemens Metternich-Winneburg fue la principal figura política de su país durante la primera mitad del siglo XIX. Dirigió su actividad internacional con el objeto de lograr el equilibrio de poder europeo que mantuviera la paz continental. Falleció en 1859, en Viena, once años después del estallido revolucionario que le obligó a él a dimitir de su cargo de canciller y al emperador Fernando I a abdicar.

Sus estudios en Estrasburgo y Maguncia, bajo la dirección de Niklas Vogt, le hicieron concebir un vasto plan para organizar Europa como una sociedad de naciones, que él concebía dirigidas por los principios de la más estricta legalidad dinástica. A pesar de su condición de aristócrata y de la firmeza de sus convicciones políticas, supo adaptarse a las circunstancias y esperar una ocasión propicia para realizar sus planes.

Vinculado a la diplomacia austríaca desde 1794, desempeñó con habilidad diversas misiones en Rastadt, Dresde y Berlín, hasta que en 1806 fue nombrado embajador en París. Aunque personalmente se consideraba enemigo de Napoleón, al que veía como el sucesor de la Revolución francesa, supo anteponer los intereses de Austria a sus sentimientos personales y fue el artífice de la alianza franco-austríaca, sellada con el matrimonio de la archiduquesa María Luisa con el emperador Napoleón.

Convencido de que el equilibrio de poder entre Rusia y Francia era la situación que más convenía a su país, mantuvo una postura un tanto equívoca durante la campaña de Rusia, intentando que la guerra se resolviese sin que hubiese vencedores ni vencidos. En 1813 se unió a la coalición antinapoleónica, pero cuando se produjo el triunfo de ésta, se esforzó por mantener a Napoleón en el trono francés para contrapesar la potencia de Rusia.

El tratado de París de 1814 le permitió restablecer la soberanía de Austria sobre los antiguos dominios en Alemania e Italia. En el congreso de Viena se opuso a las ambiciones de Prusia y de Rusia y apoyado por Castlereagh y Talleyrand, consiguió imponer sus principios para organizar a Europa como un mosaico de estados sometidos a la autoridad de los príncipes, “manteniendo la seguridad interior y exterior y la independencia e integridad de los estados particulares”.

Antecedentes: Luego de la caída del emperador Napoleón, en octubre de 1813, comienza un proceso de reconstrucción de Europa, tratando de volver a aquel estado político pre-guerras napoleónicas donde los gobiernos absolutistas era la normalidad. Para ello de comienza firmando el Tratado de París, donde Francia y  los miembros de la coalición victoriosa el 30 de mayo de 1814, deciden reunir un congreso internacional en Viena para fijar el nuevo orden europeo.

Desde octubre de 1814 a junio de 1815, se reúnen allí más de 150 personas. Sin embargo, las decisiones importantes no se toman en sesión plenaria, sino que las toma un pequeño comité formado por algunos diplomáticos, entre los cuales destacan Metternich, por parte austríaca, y Talleyrand, que representa a la Francia de los Borbones.

Paralelamente a las sesiones de trabajo, Viena es, todas las tardes, el marco de numerosas fiestas, bailes y cenas. La alta sociedad vuelve a encontrar los antiguos esplendores y aprende el vals, que adquiere por entonces sus cartas de nobleza.

El Congreso de Viena

“El Congreso de Divierte” Caricatura de la época, sobre la actitud de los convocados frente a la errota definitva de Napoleón.

Presidido por Matternich, el congreso de Viena diseñó el mapa de Europeo inspirándose en los principios monáquicos e ignorando las reivindicaciones nacionalistas. En medio de suntuosas fiestas, bailes y festines, ofrecidos por la corte austríaca, se celebró el congreso de Viena. Fue el más importante realizado desde la paz de Westfalia, en 1648. Los 15 soberanos que se dieron cita, además de los innumerables diplomáticos, estuvieron acompañados por una retahila de secretarios y criados. Los principales plenipotenciarios fueron Wellington y Castlereagh por Gran Bretaña, el canciller Nesselrode por Rusia, los ministros Humboldt y Hardenberg por Prusia, Talleyrand por Francia y por supuesto Metternich por Austria. El congreso nunca realizó sesiones plenarias, ya que los distintos temas fueron discutidos y dirimidos por los aliados en sesiones secretas.

Las fuerzas de los violentos cambios desatados durante las guerras revolucionarias francesas y napoleónicas se calmaron temporalmente en 1815, al tiempo que los gobernantes trataban de restaurar la estabilidad, restableciendo gran parte del antiguo orden en una Europa asolada por la guerra.

Los reyes, los aristócratas terratenientes y las élites burocráticas recuperaron su control de los gobiernos nacionales, mientras que, internacionalmente, las fuerzas del conservadurismo trataban de mantener el nuevo status quo; algunos países utilizaron, incluso, la fuerza militar para intervenir en los asuntos internos de otros en su deseo de aplastar las revoluciones.

El jefe del Congreso de Viena fue el ministro austriaco del exterior, príncipe Klemens von Metternich (1773-1859). Diplómatico experimentado, engreído y seguro de sí, Metternich se describió en sus memorias de 1819: “Mi mente es de gran alcance. Estoy siempre por encima y más allá de la preocupación de la mayoría de hombres públicos; abarco un terreno mucho más vasto que el que ellos pueden ver. No puedo evitar decirme veinte veces al día: Cúan acertado estoy y cuan equivocados están ellos”.

Metternich afirmaba que en Viena le había guiado el principio de la legitimidad. Para restablecer la paz y la estabilidad en Europa consideraba necesario restaurar a los monarcas legítimos que preservarían las instituciones tradicionales. Esto ya se había logrado con la restauración de los Borbones en Francia y España, al igual que el retorno de varios gobernantes a sus tronos en los estados italianos.

En otras partes, sin embargo, el principio de legitimidad fue, en gran medida, ignorado y completamente opacado por consideraciones de poder más prácticas. El tratamiento del congreso a Polonia, sobre la cual tenían pretensiones Rusia, Austria y Prusia, ilustra este proceder.

A Prusia y Austria se les permitió tener parte del territorio polaco. Se estableció un nuevo reino de Polonia, nominalmente independiente, de cerca de tres cuartas partes del tamaño del ducado de Varsovia, con la dinastía Romanoff de Rusia como sus monarcas hereditarios. Aunque el zar Alejandro I (1801-1825) concedió voluntariamente al nuevo reino una constitución que garantizaba independencia, así como su política exterior e incluso Polonia misma permaneció bajo control ruso. A Prusia se le compensó por su pérdidas de tierras polacas cediéndosele dos quintas partes de Sajoni, el reino alemán de Westfalia y la orilla izquierda del Rin.

Austria, a su vez, fue compensada por su érdida de los Países Bajos austríacos cediéndosele el control de dos provincias del norte de Italia: Lombardía y Venecia.

Mediante estos arreglos territoriales, las grandes potencias reunidas en Viena siguieron la práctica acostumbrada del siglo XVIII de mantener un equilibrio de poder entre ellas. En esencia, esto significba un balance de fuerzas políticas y militares que garantizaba la independencia de las grandes potencias, asegurando que ningún país pudiera dominar a Europa.  (Ver: Congreso de Viena)

La ideología del conservadurismo
Los arreglos de paz de 1815 no fueron sino el principio de una reacción conservadora decidida a contener a las fuerzas liberales y nacionalistas desatadas por la Revolución Francesa. Metternich y su clase fueron representantes de la ideología conocida como conservadurismo. Como filosofía política moderna, el conservadurismo data de 1790, cuando Edmund Burke (1729-1797) escribió sus Reflexiones sobre la Revolución Francesa, en reacción a este hecho histórico y, en especial, a sus ideas radicales republicanas y democráticas.

Burke enunció los principios de un conservadurismo evolutivo; sostenía que “el estado no debería considerarse como nada más que un convenio de asociación en un tratado de pimienta y café, a tomarse por interés temporal y a disolverse al capricho de las partes”.

El estado era una asociación, pero “no sólo entre los vivos, sino entre éstos, los muertos y los que van a nacer”. Ninguna generación, por ende, tiene derecho a destruir esta asociación; por el contrario, tiene el deber de preservarla y transmitirla a la siguiente. Ciertamente, “cambiando el estado con tanta frecuencia como las modas… ninguna generación podría vincularse con la siguiente”. Burke advertía contra el derrocamiento con violencia de un gobierno mediante revolución, pero no rechazaba la posibilidad del cambio.

El cambio repentino era inaceptable, pero ello no eliminaba la posibilidad de él. El cambio repentino era inaceptable, no obstante lo cual no descartaba la posibilidad de mejoramientos graduales o evolucionarios.

Canciller: Como canciller de Austria su objetivo esencial fue la de  impedir a cualquier precio la revolución social y política, y Austria castigaría severamente los intentos liberales en el seno de la Confederación germánica. No obstante, fue una revolución la que expulsó a Metternich del poder.

El 13 de marzo de 1848 en Viena comenzó una revolución a a raíz de una trivial manifestación de estudiantes y burgueses liberales que abogaban por las libertades fundamentales ante la dieta de la Baja Austria. Paralelamente, otros manifestantes exigían frente a la cancillería la salida de Metternich.

Las tropas, llamadas de inmediato, abrieron fuego y ocasionaron una cincuentena de víctimas. Este tiroteo dio inicio al motín que se propagó muy pronto por los suburbios y transformó una manifestación liberal en una revolución social. Los obreros, cuyo número

Blanco del levantamiento debió huir urgnetnte al día siguiente. Se refugió en Inglaterra y luego en Bruselas de 1849 a 1850. El fin de la revolución y el establecimiento de un gobierno neoabsolutista le permitieron regresar a Austria, pero en adelante se mantuvo apartado de la vida política.

Falleció en Viena el 11 de junio de 1859.

CRONOLOGÍA DE SU VIDA

1773 Nacimiento de Klemens, principe von   Metternich-Winneburg, en Coblenza, Alemania, el 15 de mayo.

1788 Estudia en Estrasburgo, Francia.

1790 Huye de la Revolución francesa y sigue sus estudios en Maguncia,Alemania.

1794 Obtiene su primer cargo en la  diplomacia austríaca.

1795 Se casa con la condesa Eleanor von    Kaunitz, nieta del antiguo canciller   austríaco, el príncipe von Kaunitz.

1799 Golpe de Estado de Bonaparte.

1801 Metternich es enviado como   embajador a Dresde, Alemania.

1803 Es embajador en Berlín.

1804 Napoleón es coronado emperador.

1806 Metternich, embajador en París.

1809 Derrota austríaca en Wagram. Metternich, ministro de asuntos   exteriores de Austria. Paz de Viena.

1815 Congreso de Viena. Firma de la Santa Alianza.

1817 Metternich es nombrado canciller.

1823 Intervención francesa en Grecia.

1834 La Unión aduanera (Zollverein) entra  en vigor en Alemania.

1835 Muerte de Francisco I de Austria.  Le sucede Fernando, su hijo mayor.

1848 Revolución en Viena. Huida de Metternich.

1850 Abdicación de Fernando I; Francisco José  llega a ser emperador.  Regreso de Metternich a Viena.

1859 Muerte de Metternich, el 11 de junio.

Fuente Consultada:
Civilizaciones de Occidente Tomo B Jackson J. SpielvogelReacción, Revolución y Romanticismo
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Biografía de Luis Felipe I de Francia Historia de su Gobierno

VIDA Y GOBIERNO DE LUIS FELIPE I, EL REY DE LOS FRANCESES

Luis Felipe I de Orleans, (1773-1850) fue el rey de los franceses de 1830 a 1848, también conocido como el Rey Ciudadano (1773-1850). Era hijo de Luis Felipe José de Orleans (llamado Felipe Igualdad) y nació en París. Inicialmente llevó un reinado marcado por la prosperidad nacional, la estabilidad, y la fecundidad intelectual, pero finalmente fue destituído por sus tendencias autoritarias.

Pertenecía a la Casa de Borbón-Orleans, su padre era hermano del rey de Francia Luis XIV. Luis Felipe fue duque de Valois desde su nacimiento hasta 1785 y desde entonces el de duque de Chartres hasta 1793, año en el que su padre fue guillotinado y heredó el título de duque de Orleans. Políticamente predicaba con los ideales de fraternidad, libertad e igualdad de la Revolución Francesa de 1789.

Luis Felipe I Rey de Francia

Luis Felipe I Rey de Francia

Proclamado «rey de los franceses» por la gracia de Dios y la voluntad nacional, Luis Felipe I sería también el úitimo rey de Francia, cuando la misma voluntad nacional optó por la República. Llegó al poder tras una revolución y fue derrocado por otra. Durante los dieciocho años de su reinado proyectó la imagen de un soberano triste y sin grandeza en una Francia desgarrada.

ANTECEDENTES DE LA ÉPOCA:

Tras la derrota de napoleón, asumió el trono de Francia Luis XVIII. Este rey respetó muchos de los derechos conquistados por la burguesía y, al mismo tiempo, le hizo concesiones políticas y económicas pues necesitaba de su apoyo para impedir nuevas demandas y el estallido de revoluciones más radicalizadas. Por ejemplo, respetó la igualdad de todos los franceses ante la ley y las libertades de pensamiento, prensa y culto.

Cuando murió Luis XVIII lo sucedió Carlos X. Este rey intentó restaurar la monarquía absoluta tal como era durante el Antiguo Régimen. Abolió la libertad de prensa y declaró el estado de emergencia por el cual quedaban suspendidas las garantías individuales. Pero cuando suprimió la Cámara de diputados, estalló en París un movimiento popular en el que participaron sectores de la burguesía, obreros y estudiantes en defensa de las libertades. Tres días después la lucha de los liberales había conseguido la renuncia de Carlos X.

La restauración monárquica impuesta por las potencias vencedoras en el Congreso de Viena no abolir las principales ideas difundidas en la revolución. Como vimos hubo una reacción bajo Carlos X, que terminó renunciando, y ahora su reemplazo en Luis Felipe, quien no sería un rey “a la antigua”: establecería una monarquía constitucional donde la influencia política de la burguesía —y de las finanzas— sería cada vez más sensible. A partir de este momento la vieja nobleza jamás reconquistaría sus privilegios.

Las restricciones impuestas a las libertades y las privaciones materiales de la población, terminarían por reencender la llama de la revolución. En tres oportunidades sucesivas (1830, 1848 y 1870) el pueblo de París saldría a las calles. Y restablecería la República en las dos últimas.

Luis Felipe había acido en París el 06 de octubre 1773, hijo Felipe Igualdad (apodo) , duque de Orleans. Desde 1785 hasta la ejecución de su padre, el 06 de noviembre 1793, era conocido como el duque de Chartres, a partir de entonces como el duque de Orleans y fue líder de la rama más joven de la familia Borbón.

En 1790, en pleno desarrollo de la revolución francesa el duque se unió al Club de los Jacobinos y como militar estuvo al servicio de la Convención; pero mas tarde, decidió escapar de Francia y buscar la protección austríaca en 1793 para evitar caer él también víctima del Terror. Permaneció en Suiza y Estados Unidos hasta su regreso a Francia en 1817, convirtiéndose enseguida en una figura apreciada por las clases medias liberales, por su postura a medio camino entre los excesos de la revolución popular y la reacción ultrarrealista que se impuso desde finales del reinado de Luis XVIII.

luis felipe i de francia

Restauró el Palacio de Versalles, abandonado desde la salida de Luis XVI en octubre de 1789, y estableció un museo de la historia de Francia, con una inscripción en su frontón: “a todas las glorias de Francia”. También organizó el regreso de las cenizas de Napoleón (15 de diciembre de 1840) y erigidas al este de la ciudad de París.

Durante el inicio de su gobierno intento apoyar al sector republicano que lo había entronizado, pero con el tiempo su postura democrática fue cambiando, tomando alguna serie de medidas autoritarias , que se contradecían a su compromiso de mantener una monarquía constitucional. Acordó el matrimonio de su hija Luisa con Leopoldo I de Bélgica.

A partir de 1831, Luis Felipe I, que deseaba ejercer el poder por su cuenta, prefirió a los conservadores de la «Resistencia», encabezados por Guízot, en lugar de los partidarios del «movimiento» de La Fayette. Frente a las miserias, como el cólera de 1832, o las rebeliones, como las de los tejedores de seda de Lyon en 1831 y 1834, el rey respondió con indiferencia o por la fuerza.

Aunque el censo electoral se extendió a más personas, sólo un 9% de los electores podía votar. Esta clase dirigente que confiscó el poder en nombre de la razón fue muy corrupta, como lo revelaron una serie de escándalos financieros.

En política exterior, Luis Felipe I apoyó la gestión pacifista de Guizot, fundada en la alianza con Inglaterra, y en 1830 se lanzó con mesura en la colonización de Argelia, emprendida con ligereza tras un incidente diplomático en que el rey de Argelia le asestó un golpe de abanico al cónsul de Francia. Esta imprudencia alimentó su creciente impopularidad. Finalmente, la crisis de subsistencia de 1846-1847 fue la que volcó a las calles de París las muchedumbres hambrientas y encolerizadas.

Luis Felipe I y la Reina Victoria

La revolución de 1830 había llevado al poder a los sectores más ricos de la alta burguesía. Pero la pequeña burguesía y los sectores populares habían sido excluidos del sistema político autoritario, elitista y de sufragio censitario de Luis Felipe. La búsqueda de mayor participación política, así como el reclamo de mejores condiciones de trabajo y el derecho al voto, hicieron confluir en similares objetivos a sectores de la burguesía, intelectuales, estudiantes universitarios y trabajadores urbanos. Al mismo tiempo que las ideas liberales y democráticas se radicalizaban, comenzaron a tomar fuerza en Europa nuevas ideologías que reclamaban cambios en la organización de la sociedad y mejoras en la calidad y las condiciones de vida de los sectores obreros.

El 24 de febrero de 1848, el pueblo tomó el ayuntamiento gritando «viva la República» y Luis Felipe I abdicó en favor de su nieto. Al día siguiente, Francia ya era una República, al tiempo que el rey derrocado se refugiaba en Inglaterra, donde murió el 26 de agosto de 1850.

CRONOLOGÍA DE SU VIDA

1773 Nace el duque de Valois, el 6 de octubre.

1774 Luis XVI es entronizado.

1785 El duque de Valois se convierte en duque de Chartres.

1789 Toma de la Bastilla.

1791 Huida del rey, que es arrestado en Varennes.

1792 Condena y ejecución de Luis XVI. Ejecución de Felipe Igualdad; el duque de Chartres toma el título de duque de Orleans.

1795 Muerte de Luis XVII. El conde de Provenza toma el título de Luis XVIII. Inicio del Directorio.

1799 Golpe de Estado de Bonaparte.

1804 Napoleón es coronado emperador.

1814 El Senado proclama la deposición de Napoleón I y llama a Luis XVIII. Luis Felipe toma posesión de una parte de sus bienes.

1815 Los Cien Días y la segunda Restauración.

1824 Muerte de Luis XVIII; Carlos X se convierte en rey.

1830 Revolución (las Tres jornadas gloriosas); Carlos X abdica. Luis Felipe I, rey de los franceses.

1831 Ministerio de Casimir Perier. Rebelión de los tejedores de seda de Lyon.

1832 Cólera en París.

1833 Ley Guizot para la enseñanza primaria.

1834 Disturbios republicanos en París. Segunda rebelión de los tejedores de seda de Lyon.

1848 Primera revolución (febrero) y proclamación 1 de la República. Abdicación de Luis Felipe I que se refugia en Inglaterra. Segunda revolución (junio).

1850 Muerte de Luis Felipe I, el 26 de agosto.

 

 

La Edad Media Costumbres,tradiciones,pecados y castigos

LA VIDA, COSTUMBRES Y TRADICIONES EN LA EDAD MEDIA
la vida en la edad media

Los Viajes y Viajeros
Medir El Tiempo
Leyes y Castigos – Los Penitenciales
Casas, Comidas y Alimentación
Vestidos y Aseos
Demografía
Diversiones
La Homosexualidad, ida Conyugal y Extraconyugal
Violencia y Muerte
Paganismo
Pecados y Penitencias
La Familia
Medicina Medieval y Salud
La Muerte
Acontecimientos en  la Edad Media

Los ejércitos bárbaros, al mando de Alarico el Godo, entraron a Roma durante la calurosa noche del 24 de agosto del año 410 d.C. Los guerreros
germánicos saquearon la capital imperial durante tres días, y así pusieron un final simbólico al esplendor romano. “El mundo entero pereció en una sola ciudad”, escribió San Jerónimo.

En los turbulentos siglos que siguieron, las tribus germánicas paganas, como las de sajones y francos, devastaron lo que quedó del orgulloso
imperio y se asentaron, sólo para ser devastados, a su vez, por los vikingos escandinavos.

El cataclismo orilló a los celtas a emigrar al oeste, y su cultura sólo perduró en la costa atlántica de Europa: Cornualles, Gales, Bretaña e Irlanda. Algunos historiadores llaman Edad Oscura a este caótico periodo. Pero las tribus guerreras enriquecieron la cultura europea con su arte y su energía: un espíritu pionero, técnicas agrícolas vigorosas y mitos heroicos que celebraban los triunfos propios.

La caída del Imperio Romano fue acompañada en toda Europa por un enorme flujo de emigrantes; algunos ya convertidos al cristianismo. Hablaban idiomas distintos, sus indumentarias eran diferentes y no comían los mismos alimentos, pero todos dependían de la tierra, los ríos y el mar para su subsistencia. Se trabajaba duramente para arar la tierra, y la cantidad de cultivos aumentó con la tala de bosques. Hacia el año 1000 d.C., los escandinavos se asentaron, construyendo castillos y fundando reinos.

El orden se restauró lentamente en Europa occidental: la vida se volvió más estable, próspera y refinada. La población aumentó hasta que la escasez de tierras y las epidemias la menguaron en el siglo XIV.

A partir del siglo XII, en Asia y en Europa había aumentado la proporción de habitantes de ciudades y pueblos. Hombres y mujeres escaparon de la dependencia de los señores feudales hacia la libertad de las ciudades. El comercio de vino y lana cruzó las fronteras de Europa; y la seda y las especias viajaron de Asia a Europa. Donde se cruzaban las rutas comerciales, surgían bulliciosos mercados y ferias.

En el campo, la vida cotidiana se adecuaba a las estaciones; en las ciudades, se enriquecía con las fiestas religiosas. Arquitectura, pintura, música y literatura captaron el espíritu de estos tiempos vibrantes y a veces violentos. Todavía perdura la magnificencia de las catedrales, que
tardaron generaciones en construirse; y las universidades de Boloña, París y Oxford demuestran el interés medieval por el conocimiento. Este fue valorado aún más en los países del Islam, en el siglo x, y ciudades como El Cairo, Córdoba y Bagdad eran famosas por sus bibliotecas y palacios. Los sabios islámicos sobresalieron en filosofía, ciencia y medicina.

Sin embargo, la mayoría de hombres y mujeres nunca vieron una ciudad, y no sabían leer ni escribir. Las autoridades religiosas normaban todo comportamiento. La Iglesia construyó monasterios y conventos donde la manera de vivir era sumamente disciplinada. Cristianismo e Islam se enfrentaron, especialmente durante las Cruzadas, pero el cristianismo también sufrió conflictos internos, y Asia y África compartieron la violencia.

El siglo XV en Europa fue de extravagancia, herejía y superstición, pero también se caracterizó por las mejoras materiales que beneficiaron a las mayorías y por el alto nivel de imaginación que las artes alcanzaron. Tres innovaciones impulsaron una nueva etapa. La imprenta, ya conocida en China, llegó a Europa cuando Gutenberg introdujo el uso de los tipos móviles. La pólvora, otra invención china, hizo que el castillo de la Edad Media pasara de moda. La brújula posibilitó los viajes de los primeros exploradores europeos. Uno de ellos, Cristóbal Colón, “descubrió” América en 1492.(ver: Grandes Descubrimientos)

VIDA DETRÁS DETRÁS DE LAS MURALLAS: “El aire de las ciudades hace libres a los hombres”; así rezaba un proverbio medieval. En la época en que casi todos dependían de la tierra, propiedad del señor feudal, las ciudades surgieron como cunas de la libertad. Dentro de estas bulliciosas —y a veces corruptas—colmenas, se vivía bajo normas muy distintas a las del campo. Sus residentes obedecían al alcalde y demás funcionarios electos. En vez de trabajar para mantener a un noble y su castillo, pagaban impuestos al rey y reunían entre ellos la suma necesaria para defender la ciudad.

La vida urbana resurgió en el siglo XI. Cuando las llamas de los disturbios se apagaron, algo similar a un gobierno organizado se asentó en los reinos europeos. Los príncipes jugaron un importante papel en este resurgimiento. Siempre escasos de fondos, permitieron que algunos poblados se independizaran y se desligaran del castillo local, a cambio de pagos en efectivo.

El otorgamiento del estatuto del poblado era el gran acontecimiento de este proceso. Una vez otorgado, el concejo municipal se encargaba de la administración. Los poblados eran a veces ciudades romanas que renacían tras la destrucción bárbara, o nuevas comunidades que crecían a las puertas de un castillo medieval. Muchas emergieron de modo caótico alrededor de los senderos y límites de los conjuntos de parcelas, lo que explica las estrechas y sinuosas callejuelas. Los constructores también favorecían este estilo: la intrincada retícula de edificios era una protección contra el viento, en una época en que las ventanas de vidrio eran poco conocidas. De entre las ciudades europeas, París era la única que no tenía alcalde, sino un preboste o superintendente del rey. Era típico de las incipientes ciudades constituirse a partir de una asamblea de aldeas dispersas e interconectadas. Esto explica la abundancia de iglesias y abadías. Pastizales y pantanos en ambas márgenes del Sena, que eran linderos entre las aldeas, fueron cubiertos gradualmente con construcciones.

Como en otras ciudades medievales, los puentes parisinos tuvieron gran importancia, pues fueron los primeros centros comerciales: en ellos se instalaban tiendas y establos. Los cambistas ocuparon un puente que, a partir de 1142, fue conocido como Pont-au-Change (Puente del Cambio). Bajo Felipe Augusto II (1180-1223), rodeada por una muralla, la ciudad se convirtió en una unidad.

La gruesa muralla protegía el poblado y sus portones se cerraban al ocaso. Las calles no tenían alumbrado. Guardias de ciudadanos patrullaban las calles con antorchas  y si alguien deambulaba por la noche sin motivo era encerrado. Los pregoneros daban la voz de alarma.

FERIA, FIESTA Y COMERCIO
Uno de los grandes acontecimientos en las ciudades de la Europa medieval era la feria anual, que tenía lugar en las afueras de la muralla y duraba varios días. Los monarcas estimulaban estas ferias para promover el comercio y sacar ganancias de los impuestos con que gravaban las mercancías. Los negocios de la feria transcurrían en una atmósfera de carnaval. Un bufón en zancos se eleva sobre la concurrencia, los malabaristas siguen sus pasos, y trovadores con laúd divierten a los transeúntes. Un mercader muestra sedas que quizá sean chinas, y otro tiene suficientes ollas para abastecer por todo un año a los vinateros. En otras tiendas, los clientes regatean pieles rusas, vinos franceses y cristal italiano. La feria está vigilada y bajo control. Los guardias montados supervisan todo, y la tienda pintada de colores brillantes aloja una corte especial llamada píedpoudre (pies enlodados), donde se dirimen las disputas de los quejosos que aún no se han aseado.

LAS FIESTAS
Bajo el signo de la religión, se organizaban, sin embargo, numerosas fiestas en las ciudades. Todo era pretexto para hacer procesiones, tanto la necesidad de conjurar un peligro invocando la protección de los santos, como el deseo de realizar una acción de gracias. En París no pasaba semana sin que se organizara una de estas procesiones. Además, el pueblo podía divertirse con el castigo de los condenados (¡qué extraña esta complacencia de los miserables en la desgracia de alguien aún más mísero que ellos!).

Las ejecuciones siempre tenían lugar en las plazas más frecuentadas, y la masa no cesaba de dirigir pullas y de gozar ante las diversas torturas con las que se afligía a los reos. Las calles estaban animadas, además, por diversos saltimbanquis, titiriteros y domadores de animales. Para las grandes ocasiones, se organizaban fiestas públicas: se distribuían víveres, y toda la población podía embriagarse en las fuentes de vino. Se podía admirar, también, la llegada de los príncipes, y participar en diferentes representaciones teatrales:   farsas y, sobre todo, misterios.

Todos los habitantes aportaban su concurso a la realización de estos espectáculos, como actores o como confeccionadores de trajes. Estas representaciones eran ofrecidas, generalmente, por señores de la ciudad, por el municipio o por algunos gremios. Así, los zapateros montaban a su costa el «Misterio de San Crispín», que era su patrono.
Los ciudadanos de la Edad Media tenían, como se ve, muchas ocasiones de abandonar su trabajo, pero sus días festivos no estaban codificados y regularizados como en las sociedades modernas. El trabajo no se caracterizaba todavía por ese ritmo y esa preocupación por la productividad que nos imponen las máquinas.

Los textos de la Edad Media son, por otra parte, muy discretos en lo que respecta al mundo del trabajo. Según el orden del mundo, los hombres debían estar agrupados en tres categorías: los que combaten, los que rezan y los que trabajan; estos últimos eran considerados despreciables y poco interesantes, pues se pensaba que eran incapaces de hacer otra cosa.

Características Sociedad Feudal

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PARA SABER MAS…

EN LA EUROPA MEDIEVAL, el trabajo de una persona, su alimentación, sus vestidos y su vivienda se correspondía estrictamente con el lugar que ocupaba en la sociedad.

LA VIDA DEL CAMPESINO Los campesinos ocupaban el grado más bajo de la escala social. Vivían en aldeas y cultivaban la tierra, propiedad del señor, a quien debían entregar una parte de la cosecha. Vestían ropas de tejidos toscos y zapatos de madera. Su dieta consistía en legumbres, pan y poca cantidad de productos animales (huevos y tocino).

SEÑORES Y DAMAS
Los señores y sus esposas pasaban mientras tanto su vida privilegiada en el castillo. Usaban ropa lujosa procedente de fábricas a veces muy lejanas y hecha de telas preciadas, como la seda y el terciopelo. Comían carne y pan blanco, y bebían vino en lugar de cerveza.

DIETA MEDIEVAL
Sin embargo, la dieta medieval no contenía todos los nutrientes esenciales, ni siquiera en las clases privilegiadas. La leche era muy escasa, y en invierno no había ni frutas ni verduras frescas.

LA FORMACIÓN DEL SEÑOR A los siete años, un niño de noble nacimiento comenzaba a educarse como caballero. Su primer paso consistía en trasladarse al castillo de otro señor feudal en calidad de paje. Allí servía a la mesa y aprendía a manejar la espada y a montar un caballo de batalla, dos tareas indispensables para un caballero. A los 14 años se convertía en escudero. A la edad de 21 años, el señor del castillo lo armaba caballero golpeándole suavemente los hombros con su espada.

LA VIDA DE UNA MUCHACHA Las hijas de familias nobles debían aprender a comportarse como castellanas, es decir, como señoras del castillo. Un cruzado, por ejemplo, podía estar lejos del castillo durante años, dejando éste a cargo de su esposa. Usualmente, las mujeres se casaban entre los 14 y los 16 años. Los matrimonios eran concertados por las familias. La prometida debía entregar a su marido una dote de oro y tierras.

TORNEOS
La guerra era la principal ocupación de un señor feudal. Pero en tiempos de paz, los caballeros la simulaban mediante la celebración de combates deportivos llamados torneos. En 1180, en Lagny-sur-Manie (Francia), 3-000 caballeros armados lucharon contra otros tantos en un torneo multitudinario. Los torneos se regían por reglas estrictas: los participantes debían usar armas sin afilar, y un caballero no podía ser atacado si había perdido su casco. Asimismo, los golpes bajos eran una grave ofensa.

HERÁLDICA
Debido a que los contendientes llevaban el rostro cubierto por el yelmo, cada caballero que competía en un tomeo llevaba un estandarte y un escudo con una insignia particular. Estas divisas se hicieron importantes para identificar a los caballeros durante la batalla. Con el tiempo, estos emblemas sirvieron para identificar a las familias nobles. El sistema de codificación de las enseñas se conoce como “heráldica”.

CAZA Y CETRERÍA Los nobles también se entretenían con la caza y la cetrería, actividades que los proveían de carne fresca. Las damas medievales participaban también en las partidas de caza.

MERCADERES MEDIEVALES
El comercio era una actividad próspera. Los principales comerciantes recibieron el nombre de “burgueses”, palabra proveniente del alemán Burg (ciudad amurallada). Los comerciantes comenzaron a adquirir casas lujosas y a establecer vínculos con otras naciones.

LA LIGA HANSEÁTICA
En 1241, los comerciantes de Lübeck y Hamburgo, en el norte de Alemania, formaron la Liga H anseática, que estableció vínculos con países tan alejados como Rusia. Los mercaderes de la Liga H anseática se hicieron ricos y poderosos y comenzaron a considerarse iguales a los príncipes.

LA PESTE NEGRA
Durante cuatro años —de 1347 a 1351 — una epidemia de peste acabó con la vida de 25 millones de personas, casi una cuarta parte de la población de Europa. Después de esta plaga hubo una enorme escasez de mano de obra. Las gentes comenzaron a exigir mejores pagas y mejor tratamiento por parte de los señores.

Fuente Consultada:
Civilizaciones de Occidente Tomo A y B Jackson Spielvogel
La Aventura del Hombre en la Historia Tomo 1
Historia del Mundo Grupo Z Multimedia DK
Atlas de la Historia del Mundo Kate Santon y Liz McKay
Gran Enciclopedia de la Historia Todolibro

Concordato de Worms Reformas Eclesiasticas de Gregorio VII Querella

Concordato de Worms
Reformas Eclesiásticas de Gregorio VII

Había sido el emperador Otón I quien estableció el uso de dar a los obispos también el título de condes de la ciudad donde ejercían su misión. Eligiendo hombres de Iglesia, y no hombres de armas, el emperador se aseguraba una mayor fidelidad y evitaba el peligro de que los condes se coligaran contra él.

Pero la costumbre era tan ventajosa para el imperio como dañosa para la Iglesia. En efecto, dado que los obispos se convertían en funcionarios del emperador, era lógico que éste pretendiera nombrarlos: podía así elegir hombres de su absoluta confianza. Los sucesores de Otón y los emperadores de la casa de Franconia, que sucedieron a aquellos, siguieron dicho sistema.

Cualquier persona, por el mero hecho de ser grata al emperador, podía recibir el episcopado. El emperador, para salvaguardar sus propios Intereses, elegía personas aptas; para el gobierno y expertas en intrigas políticas; pero dichas personas no eran precisamente las mejor dotadas pura el sagrado ministerio. Era necesario que la iglesia pusiera término a este escándalo.

LA REFORMA ECLESIÁSTICA-Nicolás II: Por ese mismo tiempo, la Sede Pontificia Romana se hallaba gravemente comprometida. Hasta Carlomagno, los Papas habían sido elegidos por el pueblo de Roma; luego, con el feudalismo, cayeron bajo la influencia de los señores; y ahora, bajo el Imperio, debían contar con la aprobación de los Soberanos. De esta manera se originaron los graves problemas, algunos tratados en este sitio.

Evidentemente so necesitaba una doble reforma: independizar la Iglesia de la influencia de los emperadores, y renovarla disciplina interna. Ambas cosas se consiguieron en muy poco tiempo.

En el año 1059 fue elegido Papa Nicolás II, quien de inmediato y sorpresivamente reglamentó la elección de los futuros Pontífices: en adelante los elegirían los cardenales, sin necesidad de la aprobación del Emperador. La medida fue muy alabada, pero parecía constituir un desafío al poder Imperial.

De acuerdo al nuevo sistema aprobado, en el año 1073 fue elegido Papa el monje cluniacense HILDEBRANDO, quien tomó el nombre de Gregorio VII: fue el personaje destinado a ser el gran reformador y una de las figuras cumbres de la Iglesia.

Hombre culto y muy piadoso aunque sumamente enérgico, Gregorio desde el comienzo de su gobierno se sintió llamado no sólo a purificar la Iglesia de todas sus fallas, sino además a imponer la Supremacía Pontificia sobre todos los reyes y príncipes cristianos.

La primera medida que tomó ese mismo año fue dirigida a la prescripción del celibato eclesiástico mediante la prohibición del matrimonio de los sacerdotes (nicolaísmo). La disposición no perseguía tanto la práctica de la virtud de la castidad como el afianzamiento de su política teocrática. De hecho, como luego sucedería con los posteriores decretos sobre la simonía, sólo se publicó en los dominios del emperador, contra quien la lucha por el poder político se libraba sin cuartel. Suponía el papa que el celibato evitaría la descendencia y, con ella, la posible transmisión hereditaria de los derechos feudales, auténtico núcleo de la cuestión.

Aunque en principio tales derechos no se trasmitían hereditariamente y requerían de una investidura específica por parte del señor, ésta solía recaer sobre los descendientes del vasallo que no se hubiesen hecho indignos de ella. Finalmente, en muchos de los casos, acabó por reconocerse el derecho de herencia.

De inmediato Convocó un Concilio que aprobó estas famosas reformas: bajo pena de excomunión se prohibió a los civiles entrometerse en los asuntos internos de la Iglesia y Conceder cargos eclesiásticos. Igualmente se penaba a los clérigos que los aceptaban o que vivían casados.

Estas pretensiones papales llevarán a un enfrentamiento con el emperador alemán en la llamada Disputa de las Investiduras, que en el fondo no es más que un enfrentamiento entre el poder civil y el eclesiástico sobre la cuestión de a quién compete el dominio del clero.

Numerosos Legados Pontificios se desplazaron por toda Europa controlando el cumplimiento de estas directivas y deponiendo a los transgresores, pues para reyes y emperadores los feudos eclesiásticos antes que eclesiásticos eran feudos.  Entonces fue cuando intervino en la lucha el Emperador.

Ocupaba el trono imperial Enrique IV, príncipe prepotente y ambicioso, poco dispuesto a perder sus privilegios. En un principio desconoció las órdenes pontificias y siguió confiriendo dignidades eclesiásticas como si nada hubiera pasado. El Papa Gregorio le envió amistosos avisos y luego protestas más enérgicas. Finalmente, se vio en la necesidad de excomulgarlo, y —cosa nunca vista— lo destituyó de emperador.

Con motivo de la publicación de la bula de excomunión contra el emperador, la nobleza opositora logró convocar en Tribur la Dieta imperial con la manifiesta intención de deponer al monarca, aprovechando además que los rebeldes sajones estaban de nuevo en pie de guerra. Enrique IV se vio en situación comprometida. Ante el peligro de que el papa aprovechara esta reunión para imponer sus exigencias y amenazado además de deposición por los príncipes si no era absuelto de la excomunión, Enrique IV decide ir al encuentro del papa y obtener de él la absolución.

Como se observa, el resultado fue tremendo: los príncipes alemanes se reunieron en Tribur y apoyaron al Papa desligándose del soberano.

Entonces Enrique, viéndose perdido, se dirigió a Canosa, en el norte de Italia, en donde se encontraba el Papa, para pedirle el levantamiento del castigo. Gregorio, luego de tres días de espera, le concedió el perdón y lo restituyó en el trono. 5u triunfo había sido completo.

Con todo, la lucha aun prosiguió unos años hasta que con el “Concordato de Worms” se llegó a un acuerdo: el Papa y el Emperador reconocían su mutua independencia en sus respectivas esferas. Este conflicto también se conoce como la Querella de las Investiduras

PARA SABER MAS…
¿QUIEN FUE A CANOSA, EL REY O EL PAPA?

La asamblea de Worms decretó la destitución de Gregorio, pero no designó un nuevo papa. El concilio de Roma, a su vez, destituyó a Enrique IV, pero no indicó un candidato oficial para sucederlo. La puerta estaba así abierta para las negociaciones.

La posición de Enrique, luego del episodio de la excomunión, se deterioró sensiblemente. Godofredo de Lorena, jefe eventual del ejército que invadiría Italia, murió asesinado. Los principales jefes sajones rebeldes a Enrique escaparon, al ser facilitada su fuga por el obispo que estaba a cargo de su custodia.

Las deserciones se multiplicaron en el bando del rey, pues las sentencias de excomunión atemorizaban a todos, especialmente a los religiosos más sinceros.

Enrique, entonces, trató de reunir a los obispos en asambleas, con el objetivo de condenar a Gregorio, pero éstos no comparecieron. Al soberano le quedaba un solo camino: volver atrás.

Promulgó documentos en que prometía obediencia a la Iglesia. Mientras tanto, los jefes de la oposición sajona trabajaban activamente para derrocarlo. Se proponían presentar la cuestión de la sucesión del rey en una asamblea (Dieta) que convocaron en Tribur.

Pero los legados del papa se dirigieron allí con la orden de promover un posible retorno de Enrique, y de reservar al papa la prerrogativa de promulgar la sentencia final. Los príncipes sajones resolvieron entonces que Gregorio VII debía trasladarse a Alemania para escuchar los argumentos del rey y de los príncipes, y decidir la cuestión.

El papa evidentemente aceptó el papel de arbitro y se dirigió al castillo de la condesa Matilde, en Canosa, donde debía aguardar la llegada de una escolta que le enviarían los príncipes para conducirlo a Alemania. Al tener noticia de esto, Enrique IV resolvió adelantarse, y viajó en secreto a Italia, a fin de convencer al papa para que le concediese la absolución. Al llegar a Lombardía, el rey alemán encargó a su padrino, Hugo de Cluny, a la condesa Matilde y a su suegra Adelaida de Saboya, que intercedieran en su favor ante el papa. Gregorio, en un principio, respondió que era contrario al derecho canónico instruir el proceso de un acusado sin contar con la presencia de sus acusadores, e invitó al rey a comparecer ante la asamblea de los príncipes sajones en Augsburgo.

Enrique IV, sin embargo, no desistió de su propósito, y se dirigió vestido humildemente a las puertas del castillo, permaneciendo allí durante tres días bajo el rigor del invierno. El papa concluyó por ceder, le concedió el perdón y aceptó su juramento de fidelidad.

Ese perdón resultó ventajoso para Enrique. Su juramento no se refería a ningún asunto en especial y pasó por alto las cuestiones que motivaron la ruptura, sobre todo el problema de las investiduras. Si comparecía ante la asamblea de Augsburgo lo haría como rey, recién absuelto por el papa, quien difícilmente estaría en condiciones de decretar nuevamente su condenación. Quedaba así libre el camino para que el rey reiniciase la guerra con los señores feudales y les exigiese obediencia.

En Alemania, los partidarios del papa quedaron decepcionados, y los sajones, desconfiados, disolvieron la asamblea de Augsburgo. Los clérigos que antes vacilaban en apoyar a Enrique o Gregorio, se apresuraron a reaproximarse al rey. La debilitada oposición a Enrique IV llamó a una asamblea a realizarse en marzo de 1077 en Forchheim. Allí sólo comparecieron dos legados de Gregorio, con la misión de evitar que se eligiese un nuevo rey.
Al igual que Gregorio, Enrique declaró que no podía ir a Forchheim.

Por lo tanto, ninguno de los dos asistió a la asamblea que decidió destituir a Enrique y elegir rey de Alemania a Rodolfo, duque de Suabia. Este se apresuró a expresar su obediencia a Gregorio y a auxiliar a los legados papales a ejecutar en Alemania los decretos contra el nicolaísmo y la simonía.

La situación, para Gregorio, había sufrido un gran cambio. Antes, debido a su suspensión del juramento de fidelidad a Enrique, no había legítimamente, según las ideas de la época, ningún rey; ahora existían dos. La posesión real del poder sólo podría ahora ser resuelta por la lucha armada entre ambos contendientes.

El papa creyó que estaría en sus manos consagrar al soberano legal. Pero se sorprendió cuando ninguno de los dos rivales solicitó su viaje a Alemania. No lograba comprender bien la situación creada, pues se hallaba confundido por informaciones siempre atrasadas y contradictorias.

A principios de 1078 renunció definitivamente al viaje, mientras las dos facciones se hallaban ya combatiendo. Esta fue una guerra que se prolongó, en forma intermitente, hasta enero de 1080, cuando los dos ejércitos chocaron en la batalla de Forchheim, en Turingia. Los dos jefes se proclamaron vencedores, aun cuando la ventaja aparente había sido lograda por Enrique IV.

Probablemente mal informado de lo acontecido, y suponiendo a Rodolfo único vencedor, Gregorio reunió al concilio de cuaresma en marzo y, señalando la “perversidad” de Enrique, resolvió excomulgarlo nuevamente.

Fuente Consultada: Historia Antigua y Medieval de A. Drago

 

El Renacimiento en Italia Artistas del Renacimento Italiano

El Renacimiento italiano: Los especialistas están de acuerdo en reconocer que el Renacimiento es básicamente una revolución intelectual que comenzó en Italia durante el siglo XIV, y que se caracterizó por la formulación de una nueva pedagogía —las humanidades— capaz de preparar a los jóvenes para una existencia activa al servicio de la comunidad. El medio para lograrlo era el latín, purificado de los barbarismos medievales a través del estudio de los escritores clásicos.

El estudio de los antiguos manuscritos se convirtió en algo esencial. Con el nombre de «humanidades» se designaba la gramática, la retórica y el estilo, la literatura, la filosofía y la historia. Y los que impartían tales conocimientos —los humanistas— no eran simples educadores, sino que escribían para plantear problemas morales que fueron de dominio público.

Italia era en este momento un país dividido: los Estados papales situados en el centro del país lo fragmentaban en dos partes. Otras ricas ciudades disputaban con Roma su supremacía en los asuntos italianos: Venecia, Milán, Florencia y Nápoles. Aunque Milán en el norte y Nápoles en el sur parecían gozar de las mejores condiciones para ejercer un dominio efectivo, Florencia llegaría a ser el corazón del movimiento del Renacimiento, constituyendo una ciudad de belleza sin parangón y gran riqueza.

No era ésta una época pacífica aunque tampoco había grandes conflictos. Sin embargo, los condottieri, soldados profesionales, luchaban entre sí por los estados rivales. También el papado en aquel tiempo, bajo los papas Borgia, intentaba ensanchar su territorio con guerras. Junto con el peligro y la crueldad había un gran amor a la belleza y una sensibilidad extrema.

El Renacimiento romano: Era natural que Italia fuera la iniciadora del Renacimiento, ya que los restos de la grandeza de Roma podían verse por todas partes. Pero el renovado interés por Grecia era debido al nuevo espíritu de búsqueda libre. La presión de los turcos en la Europa oriental debía llevar a la destrucción final de Constantinopla, último bastión del imperio romano del este. Los maestros griegos vieron que tenían un futuro brillante en Italia.

De repente la perspectiva de la vida se hizo abierta y expansiva. El mismo hombre ganó en importancia, no como la pobre criatura pecadora de la Edad Media, sino como un ser con posibilidad de poder y dignidad. Los hombres del Renacimiento, llenos de confianza en sí mismos, se sentían atraídos por la gloria personal y esperaban recibir un premio por su labor en este mundo. Este espíritu, fuerte y agresivo, era muy diferente al de las innumerables generaciones de artesanos anónimos que habían levantado las catedrales góticas.

Los príncipes mercaderes de esta época crearon una figura nueva: el patrón. El noble ya no desdeñaba el arte y la ciencia, y se mostraba por el contrario deseoso de ayudar con una parte de sus riquezas a que un genio llevara adelante su trabajo y demostrara su talento. La Iglesia continuó siendo el patrocinador más importante y, a pesar del aspecto mundano de los hombres del Renacimiento, la mayoría de las obras de arte tienen por tema el religioso. La curiosidad universal por todo produjo un tipo nuevo de genio: el hombre que podía hacerlo casi todo. Buenos ejemplos de reunión de capacidades diversas en una sola figura son las de Alberti, Leonardo y Miguel Ángel.

Alberti era un gran atleta y jinete; escribió extensamente sobre arquitectura y construyó iglesias; se distinguió también como escritor, músico y pintor, dedicándose a la ingeniería y a la ciencia. Leonardo constituyó una especie de Aristóteles de su tiempo: uno de los grandes artistas del mundo, fue pintor, escultor y arquitecto. Su interés por todo quedó registrado en sus cuadernos, que aún perduran; están escritos de una forma curiosa, de derecha a izquierda, en taquigrafía y sin ninguna puntuación. En estas notas secretas queda patente su interés por la anatomía, el movimiento de los planetas, los fósiles en las rocas, la mecánica, la perspectiva y los principios de vuelo. Era un ingeniero famoso, tanto en asuntos militares como civiles, tales como canales y sistemas de riego.

Esta breve lista da una idea de las grandes posibilidades de esta figura del Renacimiento. Trabajó bajo el patrocinio de Lorenzo el-Magnífico de Florencia, así como de Ludovico Sforza de Milán.

Miguel Ángel realizó casi todo su trabajo en Florencia y Roma. Pintó la Capilla Sixtina y proyectó la cúpula de la nueva basílica de San Pedro. Sus esculturas reflejan magníficamente el poder y el esplendor humanos. Durante los últimos años de su larga vida escribió madrigales y sonetos de gran sensibilidad.

Se puede considerar que el Renacimiento italiano se manifiesta como tal en el momento en que surgen figuras de la talla del pintor Giotto y los escritores Dante, Petrarca y Boccaccio (siglos XIII y XIV). Aunque Giotto pintó cuadros religiosos, los personajes de sus obras eran netamente humanos y con ello se inició el camino hacia un arte más naturalista. Dante escribió el poema religioso más importante de la era cristiana, La Divina Comedia, y participó en la creación de un lenguaje italiano melodioso.

Concilio de Letran Vida de los Judios en la Edad Media Reglas

CONCILIO DE LETRÁN: La persecución de los judíos durante la Edad Media fue un hecho corriente. Generalmente se basó en el pretexto de que los judíos merecían ser perseguidos porque eran la raza que había negado y crucificado a Jesucristo, fundador de la religión cristiana. (A nadie se le ocurrió pensar que los primeros cristianos y, el propio Cristo, fueron judíos.) Semejante acusación sirvió para enardecer a las sociedades medievales supersticiosas en las que, además, había otros motivos que explicaban el odio a los judíos.

Por ejemplo, durante mucho tiempo fueron los únicos prestamistas y ocuparon una posición destacada en el comercio, lo que llevó a que la gente les debiera dinero y a que durante mucho tiempo no ocuparan una posición clara en la sociedad mayoritariamente rural de la Europa medieval. Los judíos se congregaron en las ciudades y practicaron su propia religión y ritos. Pese a que en términos comparativos eran pocos, llamaron mucho la atención, a menudo por su vestimenta.

No se conoce con precisión el número de judíos que había en Europa. Inglaterra tenía una población relativamente pequeña, tal vez entre 2500 y 3000 judíos, lo que representa uno de cada mil habitantes. Había una mayor cantidad en el sur de Italia, España, Francia y Alemania. En el sur de Europa los judíos desempeñaban una importante función como intermediarios culturales e intelectuales ‘ntre el mundo musulmán y el cristiano.

El entusiasmo religioso de la Alta Edad Media produjo un brote de intolerancia contra los supuestos enemigos del cristianismo. Aunque esto fue evidente en las cruzadas contra los musulmanes , los cristianos también se ocuparon de buscar a los enemigos en casa, persiguiendo a los judíos en Francia y en el área del Rin durante la primera cruzada.

El Cuarto Concilio de Letrán de 1215 decretó que los judíos debían usar ropas que los distinguieran de los cristianos. El mismo concilio fomentó el desarrollo de los ghettos judíos, o recintos amurallados, no para protegerlos, sino para aislarlos de los cristianos. Las persecuciones y la nueva imagen del odiado judío alentaron una tradición antisemita que llegó a ser una de las peores contribuciones de la Europa cristiana al legado occidental.

El desarrollo de nuevas sensibilidades religiosas que  surgieron en la Alta Edad Media tuvo un aspecto negativo:la revuelta de los cristianos contra sus supuestos enemigos. Aunque las cruzadas proporcionan el ejemplo más evidente, los cristianos también se volvieron contra sus supuestos enemigos, los “asesinos de Cristo” (los judíos). Como resultado, los judíos sufrieron una creciente persecución. Los siguientes tres documentos muestran diferentes facetas de la situación.

El primero es el Canon 68, de los decretos del Cuarto Concilio de Letrán, convocado por el papa Inocencio III en 1215. El decreto especifica la necesidad de que tuvieran vestimentas especiales, una de las formas como los cristianos trataron de separar a los judíos de sus comunidades. El segundo fragmento es la narración de un cronista del más aniquilador cargo imputado a los judíos: culpables de cometer asesinatos rituales de niños cristianos con el fin de conseguir sangre cristiana para el servicio de la pascua judía. Esta acusación provocó el asesinato de muchos judíos.

El tercer documento, tomado de una lista de regulaciones —decretadas por la ciudad de Avignon, Francia— ilustra e desprecio que la sociedad cristiana sentía hada los judíos.

 Canon 68
En algunas provincias una vestimenta diferente distingue a los judíos, o sarracenos, de los cristianos; pero en otras ha crecido tal confusión que no puede apreciarse diferencia alguna. Así, a veces sucede que por error los cristianos entablan relaciones con las mujeres de los judíos, o sarracenos, y éstos con las mujeres cristianas.

Por consiguiente, con el fin de que en el futuro no haya excusa, bajo el pretexto de haber cometido un error de esta clase, para el exceso de tales relaciones prohibidas decretamos que esos judíos, y sarracenos, de ambos sexos deberán distinguirse en cada provincia cristiana, y en todo momento, ante los ojos del público de las otras personas mediante el carácter de su vestimenta…

Además, durante los últimos tres días antes de las Pascuas y, sobre todo, en el viernes santo, no deberán aparecer en público en absoluto, por razón de que algunos de ellos, como hemos escuchado, no se sonrojan por aparecer en público con sus mejores ropas —sobre todo en esos días— y no temen mofarse i-cristianos que conservan la memoria de la Pasión mas sagrada ataviándose con signos de pesar.

El Imperio Otomano Turcos Otomanos y Selyucidas Caida de Bizancio

Los turcos eran en origen un grupo de tribus que vivían en Turquestán, en Asia Central. Se dividieron en el sigloVI y se expandieron por Rusia, China, India y Persia. Algunos turcos abandonaron la vida nómada para convertirse en administradores y guerreros mercenarios. Prestaban servicio a los Abasíes, los Fatimíes y a veces llegaban a los puestos ejecutivos más altos. Los turcos selyúcidas, otomanos, mamelucos, búlgaros y jázaros pronto comenzaron a tener gran influencia. También unieron sus fuerzas con los mongoles. Las ciudades turcas de Samarcanda y Bujara crecieron en riqueza y cultura en el periodo islámico.

LA EXPANSIÓN SELYÚCIDA

Los selyúcidas, llamados así porque eran dirigido por un famoso jefe llamado Selchuk fueron una dinastía turca uguz que reinó en los actuales Irán e Iraq así como en Asia menor entre mediados del siglo IX y finales del siglo XIII. Llegaron a Anatolia, procedentes del Asia Central, a finales del siglo X, causando estragos en las provincias bizantinas y árabes. Son considerados como los antepasados directos de los turcos Occidentales, los habitantes actuales de Turquía, Azerbaiyán, y Turkmenistán. En el siglo X se convirtieron al Islam.

En el este del mar Caspio vivía el grupo turco de los uguz o turcomanos. El grupo selyúcida se separó de los uguz en el año 950 y se desplazó hacia el sur y el oeste. El califa abasí de Bagdad pasaba por dificultades y pidió ayuda a los seiyúcidas. Dirigidos por Tugril Bel, los selyúcida invadieron Persia y hacia el año 1055 ya habían ocupado Bagdad. El califa abasi nombró a Tugril sultán bajo sus órdenes, aunque lo que había hecho en realidad era entregar el Imperio abasí los selyúcidas. De esta forma, los selyúcidas pasaron de ser una simple tribu nómada a convertirse en gobernantes del mundo islámico.

El imperio turco que duró aproximadamente desde 1300 hasta 1922, y durante su mayor extensión territorial abarcó tres continentes, desde Hungría al norte hasta Adén al sur, y desde Argelia al oeste hasta la frontera iraní al este, aunque su centro de poder se encontraba en la región de la actual Turquía. A través del Estado vasallo del kanato de Crimea, el poder otomano también se expandió por Ucrania y por el sur de Rusia. Su nombre deriva de su fundador, el guerrero musulmán turco Osmán (o Utmán I Gazi), que estableció la dinastía que rigió el Imperio durante su historia (también llamada dinastía Osmanlí).

Alp Arslan, el sobrino de Tugril, fue nombrado sultán en 1063. Conquistó Siria y Armenia, y asoló Anatolia. En 1071, el emperador bizantino le desafió. Alp Arslan contrató mercenarios normandos y turcos, y se dirigió hacia Armenia. Los ejércitos se encontraron en Manzikert. Los selyúcidas ganaron simulando haber perdido,salieron huyendo y cuando los bizantinos les persiguieron, se dieron media vuelta y derrotaron al ejército de Bizancio. Los selyúcidas capturaron al emperador bizantino y pidieron una recompensa por él. Esta victoria estableció las bases de lo que más adelante sería el Imperio otomano. Alp Arslan fue un lider compasivo y gobernó sabiamente su imperio. Muchos turcomanos y selyúcidas se desplazaron a Anatolia con su consentimiento.

MALIK SHAH

El Imperio selyúcida alcanzó su máximo poder bajo el gobierno del hijo de Mp Arslan, Malik Shah (1072-1092). Fue un gran protector de las ciencias y de las artes, y construyó hermosas mezquitas en su capital, Isfahan. Su ministro Nizam al-Mulk fue muy respetado como estadista. Durante esta época, los selyúcidas asumieron el control total sobre Anatolia (Turquía), fundando el sultanato de Rum, junto a Constantinopla. A la muerte de Malik Shah, el Imperio selyúcida se fragmentó en pequeños estados y varios sultanatos selyúcidas, mamelucos y kurdos se prolongaron durante el siglo XII, siempre bajo la mirada del califa abasí en Bagdad. Más tarde, en 1220, los mongoles invadieron la zona, ocupando finalmente Bagdad en 1258.

FECHAS CLAVE

950 Los selyúcidas se escinden de los turcos uguz.

1038 Los selyúcidas conquistan Jorasán (Afganistán).

1055 Los selyúcidas conquistan Bagdad.

1071 Los selyúcidas derrotan a los bizantinos en Manzikert.

1072 Momento culminante del Imperio selyúcida.

1081 Fundación del sultanato selyúcida de Rum.

1092 Muerte de Malik Shah. El Imperio selyúcida se fragmenta.

1243 Invasiones mongolas: los selyúcidas se convierten en vasallos de los mongoles.

1258 Los mongoles destruyen el califato abasí.

Los turcos selyúcidas, como los mongoles, eran grandes jinetes. Sus guerreros podían disparar con precisión flechas mientras avanzaban al galope, de pie sobre sus estribos. Esta destreza les permitió sembrar la destrucción en estados más poderosos, a medida que pasaban por Afganistán y Persia en el siglo undécimo, camino de Bagdad, capital decadente de un imperio musulmán anterior fundado por los árabes, y conquistar Oriente Medio.

La Toma de Constantinopla:

Ampliar La Toma De Constantinopla

Tras la toma de Constantinopla en 1453, el Imperio otomano pronto se convirtió en una fuerza importante en Oriente Próximo y en la cuenca del Mediterráneo.

Cuando Constantinopla cayó en manos de Mehmet II (ò Mohamet) en 1453, el Imperio otomano comenzó su edad de oro. A la anterior capital bizantina se le diò el nombre de Estambul, y se convirtió en el centro de un enorme imperio que en su máximo esplendor hacia 1680, se extendía desde Argelia a Persia y desde Hungría a Arabia El Imperio otomano, fundado por Osmán I en 1301, se extendió por Europa en 1389. Los mongolesdetuvieron su expansión durante un tiempo pero, después de la conquista de Constantinopla, Mehmet II se hizorápidamente con doce reinos y doscientas ciudades de Anatolia y de los Balcanes. Después, Salim I conquistaría Siria, Arabia y Egipto entre 1512 y 1520.

SOLIMAN EL MAGNÍFICO (“El Sultán de los sultanes”)

Solimán el Magnifico gobernó el Imperio otomano desde 1520 a 1566. Conquistó Belgrado y Hungría, aunque fracasó en el asedio de Viena, la capital del Sacro Imperio. Posteriormente conquistó Mesopotamia, Armenia y la región del Cáucaso. Los otomanos se hicieron con el control del Mediterráneo oriental y del mar Negro (dominando de esta forma el comercio veneciano y genovés) y también del norte de Africa y Ucrania.

Entre su gente, Solimán era conocido como Qanuni o el Legislador, porque reformó la administración otomana y el sistema legal. Dio forma al Imperio otomano, enriqueciéndolo en todos los aspectos, desde la arquitectura hasta la vida cortesana. Fue un poeta, un erudito y mecenas de las artes, y reconstruyó gran parte de Estambul. (amplia: Soliman el Magnifico)

Soliman el Magnifico nació en 1495 y llegó a ser sultán en 1520. Convirtió al imperio turco en un rico
y vasto dominio musulmán sunita que abarcaba tres continentes.

Los europeos le llamaron Solimán el Magnífico debido al esplendor de su corte y a sus victorias militares en Europa. Éstas incluían una serie de campañas en las que capturó Belgrado, en Yugoslavia, y expulsó a los caballeros cruzados de San Juan de la isla de Rodas en 1522. Obtuvo su mayor victoria en Mohacs, Hungría, en 1526; su asedio de Viena amenazó el corazón de Europa y en 1538 se apoderó de la ciudad sagrada de La Meca. Mientras tanto, la flota turca, bajo las órdenes del pirata Barbarroja (Khayr ad-Din Pasha), atacaba y asolaba las costas de España, Italia y Grecia

Fueron muchas las batallas que libró el gran Solimán. Su poderío en el Medio Oriente era indiscutible. Se hizo dueño de Bagdad, Tabriz, Armenia y Georgia. Lo mismo hizo con Bosnia y Albania. Tan fuerte fue su imperio, que su poderío llegó a ocupar parte del Adriático y el Golfo Pérsico. Y, si alguien duda de lo anterior, el que Solimán fue un gran conquistador, les diré que su fuerza llegó hasta lugares tan remotos como Yemen y la India, donde se conquistaron grandes territorios.

Solimán muere, cansado y enfermo, el 6 de septiembre de 1566, a la edad de 71 años. Durante los 45 años de su reinado comandó personalmente trece campañas, diez en Europa, y tres en Asia. Un hombre que llevara al imperio otomano a su máxima extensión y se convirtiera en el más grande y famoso de los sultanes: Solimán «El Magnífico».

LAS GUERRAS MUSULMANAS

Solimán realizó tres campañas en Oriente contra el Imperio persa de los safawíes. Fue una guerra entre musulmanes, entre los sufíes otomanos y los chiles persas. Aunque Solimán se apoderó de Bagdad, la frontera oriental del Imperio nunca estuvo segura. Las guerras entre los dos imperios se prolongaron durante todo el siglo XVI y acapararon la atención de los otomanos, que de este modo no continuaron avanzando en Europa.

EL INICIO DE UN LENTO OCASO

Cuando Solimán murió, su hijo Selim II fue elegido sultán. La derrota en Lepanto, en 1571, contra una alianza de países católicos gobernados por Felipe II (imagen) , pondría el freno definitivo a la expansión otomana. Selim disfrutó de una vida regalada mientras sus ministros y generales gobernaban el Imperio. Los otomanos no eran muy numerosos; dependían de la captura de esclavos rusos y norteafricanos, y reclutaban a uno de cada cinco muchachos de sus territorios europeos para prepararlos como administradores y soldados. El pueblo vivía tranquilo siempre y cuando fuera obediente y pagara los impuestos, y nadie era obligado por la fuerza a convertirse al islamismo. Los otomanos confiaban el comercio a griegos, armenios, venecianos y otros extranjeros, de tal forma que el Imperio otomano tenía un carácter muy internacional. Sin embargo, al llegar el siglo XVII el Imperio se encontraba en el comienzo de una larga y lenta decadencia.

La mayor victoria de Solimán se produjo en la batalla de Mohacs en 1526 cuando se enfrentó con el ejército húngaro. Su ejército fue capaz de vencer a una alianza de naciones centroeuropeas y mató al rey de Bohemia.

El fracaso de Solimán en su intento de capturar Viena, la capital del Sacro Imperio Romano Germánico, en 1529, le impidió invadir Alemania y Europa central. De esta forma se detuvieron los avances otomanos. El uso de cañones era una novedad bastante reciente en las guerras.

Convivencia con los otomanos: La formación del Imperio Turco alcanzó su auge en el siglo quince, cuando el clan de los otomanos, también musulmanes, unió un vasto conjunto de tierras, surgiendo así el Imperio Otomano. El poder otomano prevaleció hasta el siglo veinte. En su apogeo, el imperio adelantó incursiones significativas en Europa oriental. La animosidad actual entre musulmanes bosnios y cristianos serbios tiene sus raíces en los avances turcos hacia Occidente.

La ubicación geográfica de los otomanos, entre Europa occidental y los tesoros del Lejano Oriente codiciados por los europeos, se convirtió en motivación adicional del nuevo modo de pensar acerca de cómo ir de un sitio a otro en un mundo cada vez más extenso.

La presencia turca, duplicada por el dominio del Mediterráneo de Génova y Venecia, hizo reflexionar a otros europeos acerca de la posibilidad de buscar por mar rutas propias de la seda. Un barco velero podía transportar más carga que los camellos. El problema residía, sin embargo, en que nadie sabía cómo ir de Europa a Asia oriental por vía marítima.

La necesidad, según dicen, es la madre de la invención. Acaso era avaricia más que necesidad, pero este anhelo por encontrar un nuevo camino para ir a buscar los tesoros, de cualquier manera, fue el origen de una nueva era: la de los imperios europeos.

Portugueses, holandeses, españoles e ingleses deseaban su porción del mercado asiático, y comenzaron a explorar como nunca antes. El primero en arriesgarse en una intrépida marcha europea hacia Asia, Cristóbal Colón, no halló lo que buscaba, pero se dio de bruces con América, que pronto se convertiría en un lucrativo mercado de esclavos, útiles para el cultivo de valiosos productos como el tabaco y el azúcar. Como los europeos conocían cada vez mejor los mares africanos y sabían conseguir esclavos, la red se volvía más amplia y gruesa, con más y más cabos.

FECHAS CLAVES

1453 Los otomanos de apoderan de Constantinopla

1469 Conquistan Grecia, Servia y Bosnia

1512 a 1520 Selim I toma Siria, Arabia y Egipto

1522 Soliman arrebata Rodas a los caballeros de San Juan

1526 Batalla de Mohacs; conquista de Hungria

1529 Asedio de Viena (Fracaso)

1534 Solimán se apodera de Bagdad y de Armenia

1538 Solimán se apodera de la ciudad sagrada de La Meca

1540 en adelante Florecimiento de la cultura atomana

1566 Muerte de Soliman

1571 Derrota turca en Lepanto

1600 El imperio comienza su lenta decadencia

PARA SABER MAS…

EN EL SIGLO XII, el imperio bizantino se extendía desde el Danubio hasta Creta, y desde Italia hasta Siria. La capital, Constantinopla, era el centro del comercio entre este y oeste. Sin embargo, el imperio bizantino estaba amenazado por el avance de los turcos otomanos, que invadían Asia Menor.

TURCOS SELUCIDAS En 1071, los turcos selyúcidas o selúcidas  derrotaron a un gran ejército bizantino en la batalla de Manzikert, en Turquía. Fue un golpe tan duro para los bizantinos que llegaron a solicitar la ayuda del papa.

IMPERIO LATINO
En 1204, los cruzados europeos, a los que Constantinopla había pedido ayuda, saquearon la capital y establecieron un breve “imperio latino”, que duró sólo 57 años. A pesar de ello, Constantinopla estaba indefensa ante el creciente poder de los turcos otomanos.

AUGE DEL PODER OTOMANO Los otomanos habían sido una tribu nómada. Después de las conquistas selyúcidas, se establecieron en Anatolia (act. Turquía). Bajo el mandato de Osmán (1258-h. 1326), estos turcos musulmanes conquistaron más tierras. En 1346, un aspirante al trono bizantino solicitó la ayuda otomana para derrotar al emperador. Gracias a esta alianza los otomanos obtuvieron Gallipoli, su primer asentamiento en Europa.

INTRIGAS
Mientras tanto, las ludias de poder en Constantinopla eran tan complejas, que la palabra “bizantino” ha pasado a adjetivar sabotajes y conspiraciones. Muchas veces los emperadores eran torturados y asesinados a manos de sus sucesores. Como mínimo 29 de los 88 emperadores de Bizancio murieron violentamente, con frecuencia a manos de sus propios parientes.

CAÍDA DE CONSTANTINOPLA
A mediados del s. XV, Constantinopla estaba rodeada por los otomanos; era una capital sin imperio. En 1453, después de un sitio que duró 55 días, el sultán Mehmet II (1432-81) hizo su entrada triunfal en la ciudad, que pasó a llamarse Estambul.

EFECTOS EN EUROPA
La caída de Constantinopla influyó en Europa occidental de varias maneras. Los eruditos bizantinos que se refugiaron en Occidente contribuyeron al Renacimiento europeo. Por otra parte, la búsqueda de nuevas rutas marítimas hacia las Indias por parte de los europeos se debió en cierta medida al brusco cese del comercio terrestre entre Este y Oeste.

TOLERANCIA OTOMANA
Los nuevos caudillos de Constantinopla fueron más tolerantes que los bizantinos. Estambul pasó a ser una ciudad musulmana, pero los habitantes cristianos y judíos podían practicar sus religiones con libertad. Estambul acogió a muchos refugiados musulmanes y judíos que huían de España, debido a la intolerancia religiosa de los Reyes Católicos.

CRONOLOGÍA DEL IMPERIO

——— H. 1300———
Pueblos de Asia central al mando de Osmán I, primer sultán del imperio otomano, emigran a Oriente Medio y se
establecen en Anatolia (la actual Turquía).
——— H. 1350———
Los otomanos atacan las tierras adyacentes, particularmente las que pertenecen a sus enemigos naturales,
los cristianos bizantinos.
——— H. 1450———
Los otomanos controlan ya la mayoría del territorio que había pertenecido al imperio bizantino durante más de 1.000 años. Grecia, Bosnia, Albania y Bulgaria a partir de entonces quedan en manos otomanas.
———1453———
Entre 100.000 y 150.000 soldados otomanos turcos toman Constantinopla, la capital del imperio bizantino. Los cristianos resisten durante 54 días.
———1526———
El sultán más poderoso de todos, Solimán I el Magnífico, cosecha su victoria más importante en Hungría al vencer al ejército húngaro en la batalla de Mohacs y matar a Luis II de Bohemia y Hungría.
———1529 ———
Durante la expansión del imperio, tropas otomanas, a las órdenes de Solimán I, llegan hasta Viena, pero no logran
conquistarla.
———1571———
Los otomanos, liderados por Selim II, pierden la esperanza de controlar el Mediterráneo al ser derrotados
en la batalla de Lepanto. La flota cristiana española de Felipe II, al mando de Juan de Austria, vence a la armada
otomana en tan sólo tres horas.
———1683 ———
Tropas austríacas y polacas devuelven el ataque que realizaron los otomanos a Viena, lo que pondrá fin a la expansión del imperio otomano.
——— H. 1685———
El imperio otomano perderá poder progresivamente a lo largo de los 200 años siguientes. Muchas de las naciones
dominadas irán consiguiendo la independencia. Los gobiernos corruptos y los sultanes débiles también contribuyen a la decadencia del imperio.
———1908———
Un grupo de oficiales del ejército otomano, conocidos como “Jóvenes turcos”, se subleva en demanda
de un gobierno más liberal.
———1914-18———
El imperio otomano apoya a los alemanes en la I guerra mundial. Los alemanes son derrotados en 1918.
———1922 ———
Tropas capitaneadas por el héroe militar Mustafa Kemal (más tarde llamado Kemal Atatürk) se hacen con el control del gobierno y suprimen el sultanato.
———1923 ———
Durante el mandato de Kemal, el imperio otomano llega a su fin y pasa a ser  la república de Turquía. Kemal se erige en primer presidente de la república.