Formación de la Clase Obrera

Conquista y Colonizacion de la India Por Inglaterra

Conquista y Colonización de la India

Hasta el siglo XVIII, la India estuvo bajo la hegemonía de los grandes mongoles, príncipes musulmanes. Cuando murió el último de estos soberanos, el país se dividió en una multitud de pequeños Estados rivales. Franceses e ingleses, que tenían factorías comerciales en el país, hicieron lo posible por conquistarlo. La India, que durante la guerra de los Siete Años pasó a ser colonia inglesa, proporcionó a Inglaterra enormes riquezas.

A principios del siglo XVIII, la India era un imperio muy poblado cuya civilización nada tenía que envidiar a la de Occidente, salvo desde el punto de vista técnico. Hasta 1700, aproximadamente, toda la península había permanecido bajo la autoridad de los grandes mongoles, que pertenecían a una rama musulmana de emperadores que descendían de Tamerlán.

Cuando hubo desaparecido el último gran mongol, el país se dividió en una multitud de pequeños Estados rivales.

Había finalizado el período fastuoso de la civilización india. Por otra parte, la rivalidad entre el hinduismo y el islamismo, así como las diferencias de razas, lenguas y castas desgarraban el país. La India iba a ser una presa fácil para un nuevo conquistador.

Francia e Inglaterra habían instalado en la India establecimientos comerciales o factorías. Las factorías inglesas más importantes se encontraban en Bombay, Calcuta y Madras, mientras que los franceses habían fundado Pondichery, Chandernagor, Mahé, Karikal y Yanaón.

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Revuelta de Cipayos

Hacia mediados del siglo xvm, el gobernador francés Dupleix intentó, a partir de estas concesiones, lanzarse a la conquista de todo el país. Disponía de un ejército de soldados autóctonos encuadrados por oficiales europeos.

Manejando hábilmente la oposición que existía entre los señores indios, en seis años logró situar gran parte de la India bajo la influencia de Francia.

Pero como Francia no tenía la intención de enfrentarse abiertamente a Inglaterra, en 1754 Dupleix fue llamado a su país, y su sucesor Godehey firmó un acuerdo con los ingleses: ambas partes abandonaban sus protectorados y renunciaban a concluir acuerdos con los príncipes locales.

Cuando, en 1756, estalló la guerra de los Siete Años entre Francia e Inglaterra, un francés de origen irlandés, Thomas Lally Tollendal, partió para las factorías francesas en la India e inició la lucha contra los ingleses.

Obtuvo algunas victorias, pero no le llegaron refuerzos, y cuando Robert Clive se dirigió hacia el sur de la India, su situación se hizo precaria.

Cuando el nabab de Bengala mandó matar a ciento veinticinco prisioneros ingleses, Robert Clive pasó al ataque. La batalla de Plassey (1757) hizo que Bengala pasara a manos de los ingleses. Tollendal, que permanecía acorralado en Pondichery, tuvo que rendirse cuatro años más tarde. Había caído el poderío francés en la India, aunque por el Tratado de París (1763) se permitió a Francia conservar sus posesiones con la condición de que las fortificaciones fueran destruidas.

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Palacio del maharajá en Mysore:Este majestuoso edificio se encuentra en la ciudad india de Mysore, en el estado de Karnātaka. Construido a finales del siglo XIX, este palacio amurallado se proyectó con cúpulas, arcos, torrecillas y columnatas de acuerdo con el estilo indo-sarraceno. El interior está decorado con deslumbrantes colores, vidrieras, pavimentos de mosaico, espejos y puertas de madera tallada.
Cipayo: Soldado indio de los siglos XVIII y XIX al servicio de Francia, Portugal y Gran Bretaña.

Los ingleses reemprendieron por su cuenta la política de Dupleix y se adentraron en el país. Robert Clive y sus sucesores, especialmente Warren Hastings, sometieron a toda la India al control de Inglaterra. Al principio el territorio fue puesto bajo la autoridad de la Compañía inglesa de las Indias Orientales, pero a causa de las quejas contra las exacciones de la Compañía, el Gobierno británico no tardó en instaurar un consejo de vigilancia.

robert clive

Robert Clive

A principios del siglo XIX, la autoridad de Inglaterra hallábase ya sólidamente impuesta: sólo las regiones del Indo quedaban todavía fuera del poder británico. Los territorios del curso inferior del río se encontraban en manos de los emires musulmanes, que en 1843 se vieron forzados a someterse.

En 1849, tras dos violentas campañas emprendidas contra el Penyab, fueron sometidas también las regiones más septentrionales. Desde ese momento toda la India estuvo bajo el control de Inglaterra. Los territorios confiscados a los príncipes hostiles a Inglaterra fueron colocados bajo la autoridad del «gran procónsul», el gobernador lord Dalhousie, que los dominó con mano férrea de 1848 a 1856.

Mientras tanto, Inglaterra había extendido su hegemonía a los Estados vecinos de la India: ocupó Aden y Birmania.
Inglaterra tuvo que reprimir varias revueltas. Una de las más importantes fue la de los cipayos, en 1857.

Delhi, Canpur y Lajno cayeron en manos de los rebeldes, y durante los dos años siguientes se libraron feroces combates.

Una de las consecuencias de la rebelión fue la abolición de la Compañía inglesa de las Indias Orientales: la India se convirtió en una colonia que dependía directamente de la Corona, y era dirigida desde Londres por un secretario de Estado asistido por un consejo de 25 miembros. De este secretario de Estado dependía, en Calcuta, un virrey, asistido por un consejo legislativo y ejecutivo. En 1876 la reina Victoria fue proclamada emperatriz de las Indias.

En el siglo XIX, la oposición al régimen colonial inglés cobró un cariz más violento. El movimiento nacionalista fundó un Congreso Nacional que exigía la autonomía del país. Se concertaron varias reformas, pero no se habló de autonomía. Para obtenerla, Gandhi aplicó una política de resistencia pasiva y lanzó la frase: «ingleses, abandonad la India». En 1947, la India fue dividida en tres Estados autónomos: la Unión India, Paquistán y Ceilán

LA DESCOLONIZACIÓN:

La rebelión de los cipayos, soldados indios que prestaban sus servicios en el ejército inglés al mando de oficiales europeos, sorprendió a Gran Bretaña. Sin embargo, la rebelión había estado incubándose desde hacía mucho tiempo: fue tanto más peligrosa cuanto que en ella participaron hindúes y musulmanes. No obstante, los ingleses lograron dominarla, en parte porque algunas regiones de la península india, especialmente el Penyab, permanecieron fieles a ellos.

A pesar de las importantes reformas que siguieron a la pacificación, los indios todavía tenían muchos agravios políticos y económicos contra Inglaterra. El Congreso Nacional Indio, asociación de patriotas fundada en 1885, les proporcionó la ocasión para formularlos. Este congreso pedía la indianización de la Administración, e hizo aplicar una serie de beneficiosas medidas en el terreno social y educativo.

Con Bal Giandaghar Tilak no tardó en imponerse la tendencia extremista que reclamaba la independencia. El poeta Rabindranath Tagore también se declaró partidario de la independencia.

En 1905, el Congreso aconsejó que se boicotearan los productos ingleses en beneficio de los productos indígenas. El país fue escenario de actos de terrorismo cometidos por una organización clandestina.

En 1909, todos estos acontecimientos dieron como resultado unas reformas que sólo satisfacían en parte los deseos de los patriotas moderados: se concedió entrada a un indio en el Gabinete del virrey, y otros dos, un hindú y un musulmán, obtuvieron escaños en el Consejo del secretario de Estado en Londres.

La primera guerra mundial aportó un cambio radical en las relaciones entre Inglaterra y la India: más de un millón de soldados indios combatieron en el frente aliado en el Próximo Oriente, Europa y África. Además, la India, desarrollando su industria y su comercio, cooperó con Gran Bretaña en el esfuerzo de guerra.

En 1917, los nacionalistas le arrancaron a Montagu, secretario de Estado para los asuntos indios, la promesa de una progresiva autonomía.

En 1919, en virtud de la Indian Act, se concedió a los indios atribuciones particulares en el aspecto regional, pero la Administración central siguió prácticamente en manos del virrey.

Los dirigentes indios no se sintieron satisfechos con estas reformas. Entre ellos estaba Mohandas Karamchand Gandhi (1869-1948), que no tardaría en ocupar una posición predominante en el movimiento de independencia.

Gandhi era un abogado que había defendido los intereses de los indios emigrados a Natal, en África del Sur. No era contrario a los ingleses ni a Occidente, pero sentía una viva repulsión por el materialismo, al que consideraba una de las características esenciales de la sociedad occidental. En cambio, no ocultaba su admiración por los valores espirituales de Occidente.

Al igual que Tolstoi, con quien mantenía correspondencia, sentía predilección por la vida en el campo y se oponía a la técnica moderna. Entre los eslóganes políticos de Gandhi citaremos satya (verdad), ahimsa (no violencia) y brahmacharya (amor al prójimo).

Gandhi preconizó una resistencia pasiva a Inglaterra, es decir, la desobediencia civil y la no cooperación con el Gobierno colonial. Organizó manifestaciones pacíficas y reuniones, que provocaron una reacción brutal por parte de las autoridades inglesas. En Amritsar, un general inglés dio orden de disparar sobre la multitud. Esta represión indujo a los nacionalistas moderados a apartarse de Inglaterra.

Después de la muerte de Tilak en 1920, Gandhi se convirtió en el jefe indiscutido del Congreso Nacional. Aquel mismo año apoyó al Congreso con su campaña de no cooperación, y en 1921 provocó una huelga de impuestos.

A pesar de que Gandhi fue enemigo declarado de la violencia, menudearon los incidentes entre indios e ingleses y entre hindúes y musulmanes. En 1922, Gandhi empezó su primera huelga del hambre y fue condenado a seis años de cárcel.

Dos años después fue puesto en libertad. Hasta 1930, Gandhi se dedicó exclusivamente a actividades sociales y económicas. Puso toda su influencia y su prestigio al servicio de los millones de parias a quienes llamaba «pueblo de Dios».

Mientras tanto, el partido moderado (moderado únicamente en lo concerniente a la táctica, pues la meta seguía siendo la autonomía) había obtenido mayoría en el Congreso Nacional. La comisión de información enviada por Inglaterra fue boicoteada por los indios que, en 1928, exigieron la inmediata instauración de un régimen de dominio.

En 1930, Gandhi partió con gran número de discípulos en dirección a la costa a fin de recoger allí un puñado de sal y romper, de este modo, simbólicamente, el monopolio inglés de la sal. En efecto, la sal estaba grabada con un impuesto. (Ver: Marcha de la Sal)

Al año siguiente, el Congreso participó en una mesa redonda en Londres, pero esta conferencia no dio resultado alguno. En 1937, el partido del Congreso obtuvo brillantes victorias en las elecciones para los parlamentos provinciales. Sin embargo, la oposición entre hindúes y musulmanes se había acentuado.

Durante la segunda guerra mundial, Gandhi se declaró partidario de Inglaterra y China, mientras que Subhas Chandra Bose, presidente del Congreso, se ponía de parte de Alemania y Japón. La invasión de la India partiendo de Birmania, que había planeado Bose, terminó en fracaso. Sir Stafford Cripps, representante británico en Delhi, prometió a la India el estatuto de dominio, estatuto que le sería concedido inmediatamente después de la guerra.

Pero en 1942 Gandhi lanzó su proclama: «Ingleses, abandonad la India». Poco después de finalizadas las hostilidades, Mohamed Ali Kinnah, jefe de la Liga Musulmana, invitó a los musulmanes a pasar, a su vez, a la acción.

A Inglaterra sólo le quedaban dos alternativas: emplear la violencia o abandonar la India, repartiéndola entre hindúes y musulmanes. Optó por la segunda solución, y, en 1947, el Congreso y la Liga Musulmana aceptaron el plan de división que les había presentado el virrey, lord Mountbatten.

La India sería dividida en tres dominios: la Unión India, Paquistán y Ceilán. Algunos meses después, el 30 de enero de 1948, Gandhi fue asesinado por un fanático, y el primer ministro, Jawaharlal  Nehru,  le  sucedió  como señor espiritual y político de la nueva India.

En 1966, Indira Gandhi sucedió a Nehru, su padre. La división de la India provocó emigraciones masivas, acompañadas de violencias que costaron la vida de centenares de miles de personas. Numerosos hindúes abandonaron Paquistán, mientras que los musulmanes se retiraron de la Unión India. Sin embargo, una décima parte de la población de la India son musulmanes.

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Origen del Conflicto entre Inglaterra e Irlanda La Religión

Historia y Origen del Conflicto
Entre Inglaterra e Irlanda

Los actuales problemas de Irlanda tienen su raíz en la discriminación social. El enfrentamiento entre las dos comunidades, la católica y la protestante, separó al país en dos partidos. Al triunfar los segundos en el aspecto político, los católicos se vieron en una situación precaria, hasta el punto de que no han tenido derecho al voto hasta hace muy poco tiempo.

La lucha por unos derechos civiles iguales a los del resto de los ciudadanos británicos ha desencadenado una situación que, además del religioso, presenta un carácter político-social, producto de los tiempos actuales. Estudiando la evolución histórica del país, se comprenderán mejor los problemas actuales.

El Imperio angevino o de la Casa de Anjou
Cuando hace 800 años Inglaterra fijó sus ojos en la tentadora Irlanda, comenzaron a establecerse amargas relaciones entre ambos países. Inglaterra, unida interiormente y con un imperio más allá de los mares, luchó durante siglos para obtener con razón el nombre de Islas Británicas y su único medio era dominar Irlanda. El tiempo ha demostrado su fracaso.

Los primitivos gobernantes ingleses tuvieron poco interés en aquellas tierras salvajes. Los romanos, aunque se sintieron tentados por la conquista, no pasaron de pensar en la posibilidad de añadir Irlanda a su imperio y se contentaron con dominar los campos ingleses.

La desgracia de Irlanda es que nunca obtuvo grandes ventajas de las civilizaciones que la invadieron. Durante la oscura Edad Media, su única luz provino de San Patricio, que le trajo la cultura y la religión cristianas. Más tarde, igual que Inglaterra, sufrió la barbarie de las invasiones nórdicas, pero ganó muy poco con su presencia, como no sea los puertos, de los que destacaba Dublín.

La invasión normanda de 1066, que tanto favoreció el desarrollo futuro de Inglaterra, no hizo ningún bien a Irlanda. Los adelantos que trajeron a Inglaterra los gobernantes normandos procedentes de la civilización que dejaban atrás, tales como un gobierno central, la unidad y un poder militar, le fueron negados durante siglos. Cuando, por fin, los reyes normandos, bajo Enrique II, empezaron a extender el imperio angevino, se comprendieron las ventajas de tener dominada a Irlanda. Pero la conquista no iba a ser fácil ni completa.

En 1166, la caótica política interna de una Irlanda dividida iba a dar su oportunidad a Enrique II; temeroso de que sus propios representantes en el país se hicieran demasiado poderosos, intervino personalmente en la situación y se hizo reconocer como señor por la Iglesia irlandesa y por los atemorizados jefes del país. Así Irlanda formó parte del imperio angevino; el feudo irlandés creado por Enrique duró cuatro siglos.

Atraídos por la explotación de aquellas tierras casi vírgenes, los señores anglonormandos se introdujeron en el interior de la isla. Pero no fue la suya una conquista como la de los normandos en Inglaterra un siglo antes. Se estableció una sociedad semi-feudal y un sistema jurídico, pero la conquista no aprovechó mucho a los reyes ingleses. No se pudo establecer un gobierno central y permanecieron vigentes todas las características de la vieja Irlanda. Surgió un elemento nuevo de esta situación: la aristocracia angloirlandesa, que, profundamente celosa de sus derechos y formada por señores anglonormandos, se apoderó de todas las tierras.

El rey inglés descuidó sus deberes para con Irlanda. Juan Sin Tierra, en su primera visita a los irlandeses, demostró por varios hechos imprudentes que su madurez como gobernante no había sido alcanzada, aunque varios años después, en su segunda visita, en 1210, consiguió que la autoridad real fuera aceptada y que el gobierno, centrado en Dublín, cobrara nueva eficacia. Para la permanente vergüenza de Inglaterra, hasta la visita de Ricardo II en 1394, ningún otro rey inglés puso los pies en tierra irlandesa.

Durante el reinado de Eduardo I hubo un período  de paz que permitió a Irlanda el desarrollo del comercio propio y la adaptación al nuevo sistema de «condados» importado de la metrópoli. Pero después de esta centuria de calma relativa, una invasión escocesa destruyó todas las esperanzas del país. 6.000 escoceses a las órdenes de Eduardo Bruce, ansioso de perturbar a los ingleses aún más después de algunas victorias obtenidas sobre ellos, se lanzaron sobre la isla en una guerra destructiva y salvaje.

Este Eduardo fue proclamado rey de Irlanda, pero lo mataron en el año 1318. Como resultado, los recursos del país se agotaron, el progreso fue detenido y el control inglés se redujo a una estrecha faja costera en los alrededores de Dublín. La isla quedó otra vez abandonada a los pillajes de los señores feudales y con el estallido de la Guerra de los Cien Años Inglaterra derivó su atención por completo hacia Francia.

La ley de Poynings
En el siglo XIV preocupaba a Inglaterra que su zona de influencia en Irlanda no se pudiera mantener ni extender. Los ingleses sostenían que eran los dueños de todo el país, pero la verdad era que el Pale consistía en un pequeño foco de civilización en medio de una tierra primitiva y salvaje.  Cuando los esfuerzos de Ricardo II por extender su dominio en la isla fracasaron, Irlanda se vio libre para seguir su propio camino.

Poco atractiva, inhospitalaria y arrinconada en un extremo de Europa, Irlanda se vio aislada de la vida del continente, oculta por Inglaterra. Mientras que esta última nación pasaba de la Edad Media al mundo moderno, la isla quedaba abandonada, sus recursos sin explotar y su pueblo dominado. Pero, por su posición, iba a ser crucial en la defensa estratégica de Inglaterra. Era casi un cuchillo clavado en la espalda de Gran Bretaña.

El gobierno de los Tudor significó poco para Irlanda, pero cuando Inglaterra se convirtió en una de las potencias europeas, los problemas internos de la isla pidieron una pronta solución. Enrique VII toleró un gran terreno independiente en el corazón de Irlanda, hasta que su creador se permitió la coronación de un rey como «Eduardo VI», que fue rápidamente eliminado. Enrique trató de gobernar el país por medio de un diputado inglés, apoyado por un ejército formado sólo por ingleses.

Después de varias luchas se procedió a la publicación de un estatuto llamado «ley Poynings» (nombre del diputado inglés), que, aprobado en 1494, ha permanecido en vigor hasta el siglo XIX. Este estatuto fue desvirtuado en favor de los ingleses y por él se establecía que no se podía abrir un parlamento en Irlanda hasta que el Rey y su consejo lo hubieran autorizado con su sello. Con esta ley los ingleses han podido controlar durante siglos los trabajos de la constitución irlandesa.

enrique viii rey de inglaterraEn 1534 cambió el aspecto de la historia de Irlanda. A partir de este momento, la metrópoli organizó un verdadero plan de reconquista. Enrique VIII se hizo llamar rey de Irlanda y al final del reinado de Isabel I casi toda la isla se hallaba bajo régimen militar.

A pesar del sistema represivo usado por los Tudor, en esa época es cuando Irlanda llegó a ser una verdadera amenaza para los ingleses. Cuando Inglaterra, le volvió la espalda a Roma durante la Reforma, los irlandeses prefirieron permanecer dentro de la religión católica. Isabel I tuvo que tener ejércitos dispuestos continuamente en el campo de batalla para aplastar la aparición de constantes rebeliones irlandesas.

La matanza de Drogheda
Los monarcas de la casa Tudor, ansiosos de acabar para siempre con el problema, intentaron colonizar las turbulentas tierras. Las protestas de los irlandeses fueron en vano y cuando Jacobo I fue aceptado como rey, grandes terrenos habían sido expropiados de sus poseedores irlandeses y entregados a los escoceses o a los ingleses.

Siguiendo la misma política, los seis condados del Ulster, en el norte, se entregaron a los colonizadores extranjeros en 1608. Como es natural, estos nuevos señores eran protestantes, y así empezó el conflicto entre las dos religiones, que todavía no se ha resuelto.

cronwellOliverio Cromwell fomentó aún más tan amarga realidad. Carlos I, para proteger su tambaleante trono, creó en Irlanda un ejército de reserva, que en la década de 1640 se rebeló en apoyo de su hijo, el príncipe Carlos. Oliverio Cromwell, principal apoyo del Parlamento inglés, fue a Irlanda en 1649 y derrotó al ejército realista en una cruel campaña.

La guarnición de Drogheda fue pasada por las armas, así como 1.500 ciudadanos y todos los sacerdotes del condado de Wexford. Al final de aquel año, toda la costa de la isla estaba en poder de Cromwell. Irlanda nunca olvidó aquellos amargos días y a partir de entonces sólo una pequeña zona del oeste del río Shannon siguió en poder de los señores irlandeses.

A pesar de ello, todos los monarcas ingleses tuvieron que dedicarse a la reconquista de Irlanda. Tras cada acción de guerra, se dictaban nuevas leyes que entregaban la tierra  a  los  protestantes  o  que  restringían la vida particular de los irlandeses para evitar que ganaran poder o influencia.

El Parlamento inglés trataba a la nación como enemiga y hasta 1793 no se les concedió derecho al voto a los católicos, ni podían tomar asiento en sus propias Cortes. El comercio, la industria y la agricultura estaban tan atrasadas que el país se hallaba sumido en la pobreza.

Como el predicamento de los protestantes aumentaba sin cesar, la Unión de Irlandeses, imitando la revolución francesa, se levantó contra la metrópoli y pidió ayuda a Francia. Los franceses no pudieron desembarcar por culpa de una tormenta y la rebelión fue aplastada por Inglaterra.

En 1800 se aprobó el Acta de Unión igualando los derechos de ambas comunidades, pero Jorge III la echó por tierra, obligando a William Pitt el Joven a anular la promesa de emancipación. Los irlandeses tuvieron que esperar hasta 1829 para obtenerla; pero; como es natural, ni la igualdad de derechos ni la emancipación extirparon la pobreza, que siguió haciende estragos en el país.

En 1846, el hambre causada por la destrucción de las cosecha? mató a más de un millón de habitantes Entonces empezaron las emigraciones a América.

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William Pitt el Joven, obligado por Jorge III a anular la promesa de emancipación que se hizo a los católicos para aplacar la rebelión   irlandesa   de   1798.

Los emigrantes influyeron de tal manera, que Gladstone, en 1868, permitió una mayor libertad religiosa y bajó los impuestos sobre las tierras. Intentó también conseguir para los irlandeses un gobierno nacional, pero le fue imposible. El partido liberal inglés, durante la Primera Guerra Mundial, siguió intentando la autodeterminación, encontrándose siempre con la oposición de los conservadores y en el año 1916 hubo nuevos mártires de sangre irlandesa.

Por fin, en 1921, aprovechando el cansancio de Inglaterra después de la guerra, se estableció el Estado libre de Irlanda, aunque el Ulster seguía fiel a la metrópoli por su carácter protestante.

Así está el conflicto actualmente. Irlanda, escindida espiritual y políticamente, lucha por su unión y por su independencia definitivas como desde hace 850 años.

Fuente Consultada:
Colección La LLave del Saber  Pasado y Presente del Hombre  –  Tomo I –  Editorial Plancton

Historia de Osaka en Japón Vida y Costumbres de su Habitantes

OSAKA EN LA ANTIGUEDAD
HISTORIA PARA TURISTAS CURIOSOS

En el siglo XVII, Osaka era una de las ciudades más ricas y populosas del Japón y centro del floreciente comercio del país. Sus ciudadanos se enorgullecían de sus recién construidos teatros, puentes y canales, almacenes y lujosas mansiones. Allí acudían los jóvenes del país en busca de fortuna y aventuras. Osaka era para todos como un poderoso imán.

Una ciudad flotante
Osaka no era una ciudad sin alegría e industriosa donde la gente fuese sencillamente a trabajar; más bien era un lugar hedonista y despreocupado. Formaba parte del «mundo flotante» (ukiyo), denominación genérica de la cultura de la época, exuberante y ansiosa de placer, que inspiró las «pinturas del mundo flotante» (ukiyo-e), los «relatos flotantes» (ukiyo-zoshi) y la picante y desenfrenada murmuración o «conversación flotante». Todos los ciudadanos de Osaka, ricos comerciantes, artistas, artesanos, petimetres, cortesanos, prestamistas, contables, tenderos, fabricantes, animadores y propietarios de casas de té, parecían disfrutar de suficiente tiempo y dinero para gozar de la vida.

Algunas tiendas vendían únicamente bandejas, bargueños y cajas para adornos del cabello, confeccionadas con azabache y laca de oro. Otras se especializaban en cerámica: la delicada porcelana vidriada de superficie finamente agrietada de la provincia de Satsuma, las suaves tazas y teteras color verde manzana para la misteriosa ceremonia del té, o esbeltos floreros de un profundo azul translúcido o marrón bruñido.

Los fabricantes de pipas y los estanqueros monopolizaban una calle entera. Tanto los hombres como las mujeres fumaban en pipa. Eran unos instrumentos pequeños y graciosos, con un largo tallo de bambú y una diminuta cazoleta metálica.

Los fabricantes de pipas desplegaban un gran ingenio; las adornaban con un tejón sonriendo con las manos en el lomo, un dios del trueno inflando los carrillos, o un mono columpiándose de una rama. El fumador llevaba su provisión de tabaco en saquitos bordados de cuero o de brocado, sujetos a la banda del kimono por un fiador en un cordón de seda.

Otro accesorio indispensable para salir por la ciudad era el abanico, que no sólo refrescaba en los días calurosos sino que también, según se decía, «atraía la suerte y ahuyentaba el mal».

Algunas de las tiendas más animadas de las calles principales vendían las populares ukiyo-e, «pinturas del mundo flotante», impresas con bloques de madera en papel tosco de arroz hecho a mano. Estos grabados representaban todo lo alegre, excitante o tópico, melancólico o fantástico que el artista pudiese imaginar.

Los mártires japoneses
Todos los productos delicados y lujosos de Japón fluían a Osaka y a las otras dos grandes ciudades del país: Yedo (Tokyo) y Kyoto. Yedo era la capital administrativa, desde la cual gobernaban Japón con indis-cutida autoridad los shogun (generalísimos) del poderoso clan de Tokugawa. La ciudad era un centro de intriga donde los clanes de samurais leales al shogun estaban prestos a defender su gobierno. Kyoto era la ciudad real, sede del casi impotente emperador y su corte. Quedó como refugio tradicional de todo lo que era aristocrático y elegante, pero anticuado.

Una ciudad trasnochada, pues, poco atrayente para los nuevos ricos mercaderes del Japón, que acudían a Osaka a divertirse. Ningún barco mercante europeo anclaba en la bahía de Osaka para cargar sus sedas, pinturas y porcelanas. Tampoco navegaban por allí las embarcaciones de altura japonesas. Sólo los pesados juncos costeros transportaban arroz y saké (bebida alcohóloica) a los puertos locales y recibían a cambio arenques secos y algas del norte, o muñecas regionales y cestas de hierba trenzada del sur.

A partir de 1636 se promulgaron varios decretos aislando el país del resto del mundo conocido. Se prohibió bajo pena de muerte abandonar el país a todos los japoneses, y los que residían en el extranjero fueron condenados a un exilio permanente. Se expulsó a todos los extranjeros, salvo unos pocos comerciantes chinos y holandeses que. bajo severas restricciones, pudieron quedarse en un islote costero de la bahía de Nagasaki.

Esta ruptura de relaciones del Japón con los europeos duró tres siglos. Se interrumpieron así unas relaciones que habían comenzado casi un siglo antes, en 1542, cuando que tres navegantes portugueses, desviados de su rumbo, alcanzaron Japón en un junco. Los emprendedores comerciantes lusitanos, ya establecidos en Macao, siguieron a sus compatriotas y formaron colonias comerciales.

Detrás llegaron no sólo los comerciantes españoles, holandeses e ingleses, sino también numerosos misioneros dispuestos a convertir a los subditos del shogun al cristianismo. Los jesuítas, entre los que destacó la incansable labor evangelizadora de san Francisco Javier, realizaron el mayor número de conversiones, y el shogun comenzó a sospechar que su influencia religiosa era un reto a su propia autoridad y atentaba contra la recién lograda unidad del Japón.

Como primera medida, el shogun prohibió la predicación del cristianismo. Después, ejecutó a muchos misioneros y japoneses conversos. Finalmente fueron expulsados del país todos los «bárbaros de cabello rojo», como denominaban los nativos a los europeos, salvo unos pocos comerciantes holandeses encerrados en Nagasaki.

El shogun les permitió quedarse para disponer de una «ventana» secreta al mundo exterior. Algunos letrados de confianza podían comunicarse con estos holandeses. Por lo demás, el Japón había cerrado sus puertas a las ideas de otros países.

osaka en japon

El placer exuberante de vivir en Osaka se revela en este vendedor de juguetitos de papel y su posible cliente de «pelo de estopa», bailando juntos alegremente.

Los poetas haiku
Parece que los años más brillantes y gloriosos de este período de aislamiento fueron los comprendidos entre 1680 y 1740. Las artes y oficios florecieron. Los ciudadanos de Osaka comenzaron a estudiar disciplinas tan esotéricas y tradicionalmente aristocráticas como la ceremonia del té, la caligrafía o la filosofía china.

Aprendieron a gozar de las sutiles armonías del teatro no, de la misteriosa música de corte y de la poesía haiku, una forma nueva y en boga de verso libre encadenado de diecisiete sílabas. Entre los que utilizaron dicha versificación descuella el poeta peregrino, Matsuo Basho, que nació en 1644. A menudo, los poetas haiku celebraban las bellezas fugaces de la naturaleza en un modo original y cuidadosamente observado.

Por ejemplo.
Abandonando la casa de un amigo
Sale la abeja
De lo más hondo de los pistilos de la peonía
¡Oh, tan a su pesar!
En algunas ocasiones, los sentimientos personales del poeta crean la poesía:
La frescura.
¡Qué frescor se siente
Al descansar al mediodía,
Al tener una pared bajo mis talones!

Estas dos poesías se deben a Basho y dan
alguna ligera indicación del estilo ligero, desapasionado y, algunas veces, melancólico de la poesía haiku.
Un género- literario mucho más accesible lo constituían los ukiyo-zoshi, los relatos cómicos, vigorosos y libertinos, acerca de las gentes de las tres grandes ciudades del Japón. Ihara Saikaku, famoso autor de estos cuentos, pasó gran parte de su vida en Osaka y describió con abundancia de ingeniosos detalles la vida cotidiana que le rodeaba. Sus personajes pasaban el tiempo generalmente en busca de amores, placeres y dinero.

osaka en la antiguedad

El teatro:A todos los habitantes les gustaba el teatro. Acudían a ver a los famosos onnagata, actores entrenados desde la niñez para representar a la perfección los papeles femeninos.

El joruki y el kabuki
Había dos clases de teatro a las que asistían todos los habitantes: el joruki (teatro de marionetas) y el kabuki. Osaka alcanzó especial renombre por su teatro de marionetas. Los «actores» medían dos tercios de la estatura normal y estaban fabricados con mucho detalle, bellamente ataviados y maquillados.

A menudo, para actuar las marionetas necesitaban de los servicios de tres personas: un titiritero y dos ayudantes. Estos dos las manejaban con tanta habilidad que cada miembro se movía por separado. Los títeres gesticulaban con manos y pies, e incluso movían los ojos y alzaban las cejas. Posaban con coquetería, libraban feroces duelos y y «hablaban» en tonos agudos y melódicos, emitidos por los titiriteos.

Chikamatsu Monzaemon, el más famoso dramaturgo japonés, dedicó parte de su ilustre carrera como escritor a un teatro de marionetas de Osaka, y muchas de sus mejores piezas tienen como tema los dramas domésticos de los tenderos y sus familias en la ciudad.

El kabuki era una mezcla apasionante y vigorosa de danza y espectáculo, música y mimo, parodia y tragedia. Comenzó a rivalizar con el teatro de marionetas y finalmente lo deshancó. Muchas de las obras de Chikamatsu se representaron entonces en una escena giratoria de kabuki, con espacio suficiente para acomodar los decorados más intrincados, tales como el castillo feudal de sillería de Osaka, los juncos en un mar tormentoso, o las calles iluminadas con farolillos del barrio de placeres. A la escena del kabuki sólo tenían acceso los hombres, y los papeles femeninos los representaban unos actores llamados onnagata.

Algunas de las obras eran comedias domésticas, «obras de gente común» como se las llamaba. Otras trataban de las salvajes disputas entre los diferentes clanes guerreros que habían dividido el país en el pasado. En éstas eran personajes de importancia los jactanciosos y valientes samurais, que a menudo se enfrentaban a un conflicto de lealtad pero estaban siempre dispuestos a morir en defensa de sus señores, y las damas de la nobleza, que apuñalaban a sus enemigos o se envenenaban para salvar el honor de su clan.

Una representación de k-abuki duraba casi un día entero y, por ello, era una buena excusa para convertirlo en un día de fiesta. Familias enteras de ciudadanos de Osaka reservaban un compartimiento del teatro para presenciar la función. Durante los numerosos descansos, picaban arroz frío y pescado crudo, que comían con los famosos palillos.

Bebían saké (cerveza de arroz), fumaban en sus diminutas pipas y conversaban. Si tenían hambre después de la representación, se dirigían a los puestos de la puerta del teatro, donde se vendían tazones de fideos calientes con sopa de pescado, pasteles rosados de pasta de alubias, almejas recién hervidas o castañas asadas.

Toda esta actividad daba lugar a escenas vivaces y llenas de colorido que algunos de los artistas ukiyo-e representaban en sus grabados. Los puestos y las casas de té, bajas y sin pared exterior, brillaban con farolillos de papel rojo, blanco o anaranjado que se balanceaban en la brisa vespertina, y las avenidas sin pavimentar donde se encontraban rebosaban de gente. Aparte de los que se dirigían al teatro, había grupos alegres que volvían de una travesía río arriba en barcazas abiertas, de una excursión de todo el día a los jardines de los santuarios cercanos, o de un paseo por una colina de especial belleza para presenciar el orto de la luna llena.

Las mujeres se ataviaban para estas excursiones con sus kimonos más ricamente bordados, y de sus moños altos de pelo negro brillante colgaban adornos de rojo y oro. Los hombres vestían ropas de tonos más oscuros, a menudo forradas de seda. Para obtener las monedas de los transeúntes en busca de placer que gastaban sin tino, músicos ciegos tocaban sus flautas melancólicas, los saltimbanquis realizaban acrobacias y las adivinadoras atraían a la clientela desde sus sombrías barras.

Gente estrafalaria
No puede sorprender que uno de los pocos occidentales que contemplaron la Osaka del siglo XVII dijera que era considerada la ciudad más bulliciosa, amante de las diversiones y despreocupada del país.

Este viajero, de nombre Engelbert Kaempfer, era un médico instruido que sirvió a la Compañía Holandesa de las Indias Orientales y que en 1692 viajó de Nagasaki a Yedo celosamente vigilado por la guardia del shogun. Según él, los japoneses consideraban Osaka como «un teatro universal de placeres y diversiones». Se ven juegos a diario, tanto en lugares públicos como privados. Los charlatanes, los prestidigitadores que realizan algún número artístico y toda clase de gente estrafalaria que tiene algún animal monstruoso o poco común que exhibir o animales amaestrados para hacer números de circo, acuden allí de todos los lugares del Imperio, con la seguridad de obtener mayor provecho que en ningún otro lugar.

En esa sociedad japonesa ligeramente irresponsable estaba presente el sentimiento budista de la inestabilidad y brevedad de los placeres terrenales. La cultura lírica, frivola y peculiar del «modesto renacimiento» del Japón (como lo ha llamado un moderno historiador) no podía durar indefinidamente, y para 1740 había comenzado a desaparecer el apogeo de la burguesía. Sin embargo, fue un período de expansión e inspirado mientras duró, y las artes que entonces surgieran siguen siendo populares entre los japoneses.

vida en osaka antigua

1.  Otro aspecto de la ciudad alegre y hacinada. Se trata de una cerería; los empleados sumergen las mechas en cera fundida, el cajero suma con el abaco y el propietario y   su   familia   comadrean   con   los   clientes.
2.    Soldados japoneses en 1668; van armados con mosquete europeo, así como con arco,  lanza y espada.
3.     Las aguas de la bahía iluminadas por farolillos, siempre atestadas de pequeñas embarcaciones de  recreo.

Fuente Consultada:
Colección La LLave del Saber  – Pasado y Presente del Hombre – Tomo I – Editorial Plancton

El Desarrollo Económico de Estados Unidos Siglos XIX y XX

HISTORIA DEL PROGRESO DE LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA

La Guerra de Secesión
Las trece colonias inglesas de América del Norte proclamaron su independencia el 4 de julio de 1776. Al año siguiente se formó una Confederación denominada “Estados Unidos de América”.

Finalizada la guerra emancipadora, la desorganización y la pobreza amenazaban con hundir al nuevo país en la anarquía; era necesaria la creación de un gobierno central y, con este propósito, se reunieron en Filadelfia los delegados de toda la Unión.

En 1787 la Asamblea proclamó una Constitución republicana, y en esa forma quedó organizado definitivamente el país. Jorge Washington fue ele gido Presidente.

A los primeros Estados se les unieron otros —voluntariamente o por conquista—, mientras la inmigración europea aumentaba gradualmente la población de la joven república.

La colonización del Oeste acrecentó el número de Estados y también llevó a su punto más grave el problema de la esclavitud, defendida en la región agrícola del Sur como necesidad económica.

george washington presidente de ee.uu.

Washington gobernó por dos períodos legales (1789-1797). Le sucedió John Adama (1797-1801) y luego llegó al poder Tomás Jetterson (1801-1809), cuyo mayor acierto fue la comprn a Napoleón Bonaparte de Luisiana, cedida, a Francia por España. Esto duplicó la extensión del  país.

El problema, que dividió a la opinión pública norteamericana, se encauzó en dos grandes partidos antagónicos: el Republicano o antiesclavista y el Demócrata o proesclavista.

El descontento motivó que los Estados del Sur (secesionistas) decidieran separarse de los del Norte (unionistas), luego que el republicano Abraham Lincoln fue elegido Presidente para el período 1861-65. El gobierno central declaró rebeldes a aquellos Estados, y esto motivó el comienzo de la llamada Guerra de Secesión entre los nordistas y sudistas.

Abraham Lincoln

Después de una terrible lucha de cuatro años (1861-65), que causó gravísimos daños al país, la victoria correspondió a los del Norte y la esclavitud fue abolida en el Sur.

La gran inmigración
Estados Unidos superó con rapidez los daños causados por la cruenta guerra de Secesión, debido a sus grandes recursos en hierro, carbón y petróleo, como también al oro, que se extraía de los ricos yacimientos de California. Un país con esas posibilidades fue motivo de atracción para el inmigrante europeo, en una época propicia pues el exceso de pobladores del viejo continente buscaba nuevas tierras para establecerse.

Se calcula que entre los años 1870 y 1910 llegaron a los Estados Unidos 20 millones de inmigrantes. Los anglosajones y los germanos eran mayoría al principio, pero con el correr del tiempo más de la mitad de los entrados a país eran latinos —particularmente italianos—, judíos y eslavos.

Inmigrantes Europeos

Inmigrantes Europeos LLegan a EE.UU.

Esta gran corriente inmigratoria representó un problema porque el gran aluvión humano podía convertir a la nación en un Estado ingobernable. Sin embargo se inició un gran proceso de asimilación y los europeos se “americanizaron” principalmente a través de la instrucción elemental, que no sólo redujo el  analfabetismo, sino también eliminó  las diferencias  de  origen.

En una primera época, los inmigrantes trabajaron en el campo pues faltaban brazos en las grandes plantaciones de cereales, algodón y tabaco, mientras que en el sur del país, el negro continuó con esa tarea.
El problema racial no fue superado y se extendió hacia el norte, cuando los negros debieron trasladarse a esas regiones, ante la saturación de la mano de obra en las plantaciones sureñas.

El desarrollo vertiginoso
Después de la guerra de Secesión quedaron atrás los tiempos en que los pioneros luchaban contra los indios y se inició el período del asentamiento pacífico, aunque esto no detuvo la corriente colonizadora hacia el oeste. Comenzaron a poblarse las grandes ciudades y son ellas las que —a fines del siglo XIX— atraen a la mayoría de los inmigrantes. En el año 1900, Nueva York cuenta con 3 millones de habitantes y Filadelfia con 1  millón.

El ciudadano se caracterizó por su afán de trabajo y espíritu de iniciativa. Todos buscaron la oportunidad para mejorar su condición de vida y modestos comerciantes llegaron a convertirse en hombres muy adinerados. Se inició entonces un período de extraordinario desarrollo, favorecido por los recursos naturales del país y donde había que hacer cosas para enriquecerse.

El progreso de la industria norteamericana se debió principalmente a los siguientes factores:

a)   Abundancia de recursos naturales.
b)   Gigantesco mercado interior.
c)   Aporte de técnicos capacitados e ingeniosos inventores.
d)   Concentración de capitales financieros.

El boom económico convirtió a los Estados Unidos en potencia cepitalista, con un auge de los monopolios, los pool y los trusts. Entre loa años 1860 y 1900 la producción se multiplicó por veinte, pero los establecimieiiio-. industriales sólo se triplicaron en la misma época, lo que indica un crecimiento de las antiguas empresas y no la apertura —en gran cantidad- de otras nuevas.

Surgieron los “reyes” de la monarquía económica y capitalista: Rockefeller del petróleo, Carnegie del acero, Armour de la carne conservada, Vanderbilt de los ferrocarriles, Duke del tabaco, Ford de los automóviles.

Los obreros se agruparon en asociaciones con fines prácticos y do carácter pacifista y, en general, no adhirieron a posiciones extremas. Les mejoras sociales fueron llegando de a poco, a través de los partidos tradicionales, el republicano y el demócrata.

Predominio internacional
Durante largo tiempo, los Estados Unidos se colonizaron a sí mismos, por cuanto el desarrollo económico fue un movimiento hacia el interior que convirtió al país enan u nación continental. Pero esta posición no significó aislacionismo y una vez terminada la colonización interior, la enorme producción norteamericana comenzó a dirigirse en gran parte hacia el exterior.

A fines del siglo XIX, Estados Unidos inició una política imperialista con el objeto de poner bajo su dependencia política o económica a ciertos países. Intervino directa o indirectamente en América Central para ocupar Puerto Rico y ejercer control sobre Cuba —donde guerreó para expulsar a los españoles— y Santo Domingo.

Ante la negativa de Colombia a vender parte del istmo de Panamá para la construcción de un canal. Estados Unidos envió una flota que proclamó la independencia de Panamá (1903), país que accedió a la presión nortéame ricana y la obra fue inaugurada en 1914. El canal de Panamá se convirtió en uno de los pasos más estratégicos del mundo, al permitir la navegación entre el Atlántico y el Pacífico.

La gran crisis
Después de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), Estados Unidos fue, de las potencias democráticas, la que llevó la mejor parte, frente a una Europa empobrecida. Alejada geográficamente de la guerra, participó en ella casi al término y sus pérdidas humanas fueron mínimas, en relación con sus aliados. Mientras los británicos quedaron agotados, los norteamericanos conquistaron gran parte de los mercados tradicionales europeos, aumentaron sus inversiones y mejoraron sus industrias. Esta situación originó una época de prosperidad.

En el año 1929, se produjo en los Estados Unidos una saturación de mercados. Debido a un excesivo desarrollo de la producción, los artículos no encontraban compradores y las existencias se amontonaban en forma alarmante. Esta situación, sumada a una ansia especulativa, hizo prever una grave crisis económica.

El 24 de octubre se inició un dramático descenso del valor de las acciones en la Bolsa de Nueva York. En pocas semanas comenzó a faltar el dinero, se paralizaron los negocios y quebraron seis mil Bancos. El hecho de que la crisis se iniciara en los Estados Unidos —país al que le debía dinero el resto del mundo— hizo que la catástrofe adquiriera trascendencia universal.

La gran crisis mundial, también llamada Gran Depresión, se prolongó varios años y recién en 1933 los gobiernos pudieron superar los efectos más graves.

Nueva etapa en el desarrollo
La gran crisis se produjo cuando gobernaba los Estados Unidos el presidente Hoover,  del   partido  republicano,  quien   en   las   elecciones  de 1932  fue vencido por el demócrata Franklin D. Roosevelt. Entre los años, 1933  y 1939, el último —al frente del gobierno— tomó medidas que significaron cambios fundamentales en la economía norteamericana, por medio de un programa que recibió el nombre de New Deal expresión inglesa que significó “nueva política económica”. Fue un plan de desarrollo general, con una mayor intervención del Estado en la economía.

Luego de la Segunda Guerra Mundial, puede afirmarse que de todas las potencias de Occidente, la vencedora fue Estados Unidos. El país no sufrió los estragos de los bombardeos y al término del conflicto aumentó su expansión política y económica.

Muerto el presidente Roosevelt, la obra del partido demócrata fue continuada por su sucesor Harry Truman (1945-1953). Bajo su gobierno y ante la grave crisis que afrontaban los países europeos después de la guerra, se aprobó una ley de cooperación económica, denominada Plan Marshall. Se estableció un aporte de 12.000 millones desolares a entregar en el período 1948-1952, enferma de préstamo.

En el gobierno del presidente republicano David Eisenhower (1953-1961) se aprobó la integración escolar de la población negra. Esta presidencia señaló el apogeo político, militar y económico de los Estados Unidos en el mundo.

En las elecciones del año 1960 triunfaron los demócratas y fue elegido John Kennedy (1961-1963), primer mandatario católico en la historia del país. Se entrevistó en la ciudad de Viena con el Premier ruso Kruschev, pero más tarde, ante la actitud soviética —consotrucción del muro de Berlín—, el presidente dispuso reanudar las experiencias nucleares. Kennedy fue asesinad en noviembre de 1963, cuando visitaba la ciudad de Dallas (Texas).

Le sucedieron, hasta 1976, los presidentes: Lyndon Johnson (1963-69) del partido demócrata; Richard Nixon (1969-74) republicano y Gerald Ford (1974-76) republicano.

Ver: Revolución Industrial En Estados Unidos

Fuente Consultadas:
HISTORIA 5 Historia Argentina
José Cosmelli Ibañez Edit. TROQUEL
El Progreso en los Estados Unidos

La Independencia de Bélgica Reinado de Leopoldo I

1830: REVOLUCIONES BURGUESA EN EUROPA

Como ya hemos publicado en este sitio, en el mes de julio de 1830, la indignación contra el despotismo del rey Carlos X produjo un estallido revolucionario. En París, una gran manifestación recorrió los barrios pidiendo la abdicación del rey y se levantaron barricadas. Cuando el ejército salió a la calle para intentar restablecer el orden, los manifestantes, lejos de disolverse, asaltaron las armerías, y organizaron una milicia con la que hicieron frente a los soldados del rey. Pero no se llegó a producir el choque: el ejército también había sido ganado por la propaganda liberal y se negó a hacer fuego contra los insurrectos.

Ante esta situación, el monarca, sin posibilidad de defenderse, abdicó y marchó al exilio. Inmediatamente los revolucionarios, que habían conseguido derribar al régimen en sólo tres días, entregaron la corona a un noble de ideas liberales, Luis Felipe dé Orleáns, quien habría de regir los destinos de Francia hasta 1848.

El movimiento francés se extendió a otros países de Europa, el más importante fue el de Bélgica contra la monarquía holandesa del reino de los Países Bajos. El triunfo de los belgas fue bastante rápido gracias al apoyo que recibió de Francia y el reconocimiento de Gran Bretaña del reino de Bélgica y de su primer rey Leopoldo I, quien fue elegido por los revolucionarios y de inmediato estableció una monarquía parlamentaria y constitucional, en octubre de 1830.

Leopoldo I de Bélgica

Leopoldo I de Bélgica:Leopoldo I, un noble alemán que había luchado en las filas del Ejército ruso durante las Guerras Napoleónicas, se convirtió, en 1831, en el primer rey de Bélgica, una vez que este país se independizó de los Países Bajos

NACE BÉLGICA: Finalmente, sólo una de las insurrecciones de 1830-1831, además de la francesa, terminó con un resultado victorioso: la revolución de Bruselas (agosto de 1830). Los tratados de 1815 habían cedido Bélgica al reino de los Países Bajos; si bien la situación económica era próspera, los belgas, después de haber dependido sucesivamente de España y de Austria (desde el siglo XVI al XVIII), no estaban satisfechos. Católicos, no querían un soberano protestante como era Guillermo I de Orange. Liberales, juzgaban la Constitución demasiado autoritaria.

Nacionalistas, protestaban contra la preponderancia de los holandeses (no había más que un ministro belga entre siete, y, en el ejército, menos de trescientos oficiales belgas entre dos mil). Unidos, católicos y liberales se sublevaron, y un gobierno provisional declaró la independencia de Bélgica, el 4 de octubre de 1830. Las tropas holandesas habían tenido que evacuar las principales ciudades, incluso Amberes. Un congreso ofreció la corona al duque de Nemours, hijo de Luis Felipe.

Inglaterra era favorable a la independencia, pero no quería, a ningún precio, a un príncipe francés. Rusia y Austria, ante la posición franco-inglesa, no podían intervenir, y la conferencia de Londres (diciembre de 1830) reconoció la independencia y la neutralidad belga. La corona fue concedida al príncipe alemán Leopoldo de Sajonia-Coburgo, casado con una hija de Luis Felipe. Pero el rey de los Países Bajos atacó Bélgica en 1831, y Francia envió un ejército de socorro, mientras que la flota inglesa bloqueaba Amberes; los holandeses tuvieron que retirarse, pero no reconocieron la independencia belga hasta el año 1839.

La creación de este nuevo Estado neutral satisfacía, sobre todo, a Inglaterra, obsesionada con la idea de que Amberes («pistola encañonada contra su corazón») no pudiera ser jamás dominada por el poderío francés. En cuanto a los franceses, podían considerar una fortuna el hecho de tener su frontera norte protegida por un país neutral. Ya se sabe lo que pasó en 1914.

Fuente Consultadas:
Todo Sobre Nuestro Mundo Christopher LLoyd
HISTORAMA La Gran Aventura del Hombre Tomo X La Revolución Industrial
Historia Universal Ilustrada Tomo II John M. Roberts
Historia del Mundo Para Dummies Peter Haugen
La Revolución Industrial M.J. Mijailov

Vida e Ideas de Owen Robert Cooperativas de Obreros en Inglaterra

IDEAS Y EXPERIMENTOS DEL SOCIALISMO UTÓPICO DE OWEN

En Inglaterra, post guerras napoleónicas y en plena revolución industrial, la gran masa de obreros vivía en condiciones míseras. Una miseria que hoy nos parecería inverosímil. Los indigentes eran socorridos: recibían algún dinero para seguir viviendo pero, como contrapartida, «la ley de los pobres» imponía a todos cuantos se hallaban inscritos en los registros de indigentes la aceptación de cualquier trabajo que se les ofreciera, sin tener en cuenta salarios y condiciones.

Día a día el número de pobres había aumentado considerablemente después de la guerra: la economía inglesa no encontraba en el continente los mercados que había esperado hallar al fin del Bloqueo. Los países europeos atravesaban grandes dificultades económicas y no podían importar bastantes productos ingleses. Además, la terminación de la guerra había hecho que unos 250.000 hombres desmovilizados se lanzaran en busca de trabajo. Haber luchado tanto, haber pasado tantos sufrimientos durante veinte años de guerra, y, al fin de ella, encontrarse en una situación peor: ésta era la paradoja de la paz.

Los trabajadores se encontraban viviendo en condiciones miserables, y los representantes de la industria que a veces se ocupan de los pobres, lo hacían  a su manera: la ley de los pobres fue derogada, por juzgarla humillante. La caridad es condenada: lo que hay que hacer es proporcionar trabajo. Debido a esto, se crean las célebres Workhouses (era un lugar donde la gente pobre que no tenía con qué subsistir podía ir a vivir y trabajar.).

La mendicidad queda prohibida, en adelante, y todos los «sin trabajo» se hallan obligados a acudir a esos centros a realizar una labor. Hasta los mismos niños son sometidos a unas condiciones de trabajo extremadamente penosas. Trabajaban desde las cinco de la mañana a las ocho de la noche, con media hora de descanso al mediodía para comer. Muchas criaturas, agotadas, se dormían de pie durante el trabajo, pero el capataz las despertaba en seguida a latigazos. Y eran muchísimas también las que, no teniendo valor para regresar a sus casas, se escondían en el taller para pasar la noche allí.

Mas ¿qué podían hacer los trabajadores? La acción política no les había servido de nada, y nada les había aportado la reforma de 1832. Sin embargo, algunos filántropos se decidieron a actuar. Robert Owen, deseoso de que los trabajadores recobrasen su dignidad y unas condiciones decentes de vida, los incita a crear una institución al margen de la sociedad que los rechazaba.

robert owen

Robert Owen (1771-1858), fue un socialista utópico británico, considerado como el padre del movimiento cooperativo. Nació en Gales el 14 de mayo de 1771. Comenzó a trabajar desde muy pequeño y pudo experimentar la vida de miseria que atravesabn los obreros. A los 20 ya era director de una fábrica de tejidos en Manchestery se convirtió en un industrial adinerado. Adquirió participaciones de la fábrica textil en Escocia y contrajo matrimonio en 1799 con la hija del dueño. Falleció el 17 de noviembre de 1858 en su residencia de Newtown.

Así, fundó la «gran unión nacional del trabajo» (1833). Con su propio dinero, ensayó la puesta en marcha de unas cooperativas de producción, en las que los trabajadores fueran sus mismos patronos. Y les indujo a tomar conciencia de la solidaridad que se debían entre sí, y a actuar por medio de la huelga general.

Pero los patronos se dieron inmediatamente cuenta del peligro, y reaccionaron de una manera brutal: muchos trabajadores fueron deportados. Y los hombres del trabajo, asustados, faltos de medios, y muy debilitados por causa de sus preocupaciones personales, no pudieron proseguir la lucha. Mas el fracaso del movimiento de Owen imprimió nuevo impulso a los partidarios de la acción política, mucho más flexible.

Como en tiempos del radicalismo, se sucedieron los mítines. Se adoptó una «Carta del pueblo», donde se consignaban las principales reivindicaciones de éste; especialmente, el sufragio universal y el escrutinio secreto, que había de impedir el poderío del dinero en la política. Se pedía también el pago de una indemnización parlamentaria, para que así los diputados pobres elegidos por el pueblo pudieran sostenerse en sus cargos sin sentirse tentados a dejarse comprar.

SOBRE LAS IDEAS DE OWEN: La empresa en donde tenía inicialmente acciones Owen, se llamaba New Lanark. Esta empresa logró posicionarse en el mundo  gracias al experimento que allí realizó Owen, consistente en mejorar las condiciones de los trabajadores y conseguir un aumento de productividad y beneficios simultáneamente.

Creía firmemente que la humanidad avanzaría si se mejoraba el entorno de los individuos tanto en el ámbito moral como económico, creía que el hombre en estado natural era bondadoso y compasivo. Era la sociedad (que según el filósofo político Rousseau nacía como resultado del crecimiento demográfico) lo que corrompía al hombre. Su deseo de tener propiedades y su comparación con los otros habían convertido su natural y positivo amor por sí mismo en amor propio, un orgullo artificial.

Los humanos primitivos que vivían en un mundo salvaje y antisocial estaban libres de la avaricia y la envidia, pero el desarrollo de la agricultura, la propiedad privada y la jerarquía social habían dado lugar a las desigualdades y los conflictos. La sociedad eran un contrato injusto, creado por los ricos para obtener privilegios y privar de derechos a los pobres. En consecuencia, la desigualdad era inherente a la sociedad, no parte de la condición natural y original del ser humano.

Consecuentemente el socialismo utópico propugnaba por una sociedad donde no hubiera explotadores ni explotados, y reinara la felicidad y la armonía entre los hombres. Para conseguirlo debían aprovecharse las ventajas de la industrialización y el trabajo colectivo, organizados ambos de modo igualitario, es decir, suprimir la propiedad privada de los medios de producción, como los campos de cultivo, fábricas, máquinas, etcétera, para que pasaran a ser rropiedades colectivas.

El ambiente creado en New Lanark fue un reflejo de esta filosofía. Alentado por este primer éxito, inició un nuevo experimento en 1825: compró 8.100 ha de tierra en Indiana y fundó la Comunidad de New Harmony. Sin embargo la población que voluntariamente se había sumado al proyecto no tardó en perder el entusiasmo inicial y los problemas que surgieron no pudieron subsanarse con las visitas periódicas de Owen. Vendió el terreno en 1828 y perdió una buena parte de su fortuna.

AMPLIACIÓN DEL TEMA:
Las Experiencias de Robert Owen:

Oewn intento plasmar sus ideas en la practica y desarrolló una acción personal al servicio de la mejora en la posición de la clase trabajadora. La diferencia más importante con los demás socialistas utópicos radica en su referencia exclusiva a la clase de los trabajadores. Los demás intentaban una reforma de toda la sociedad en favor de todas las clases.

Para Owen el problema que pide solución es la promiscuidad en que se ve obligada a vivir la clase más pobre. Los demás, problemas sociales se ven desde este enfoque. En parte, esta postura se halla determinada por lo avanzado que ya se encuentra el proceso de proletarización. En este momento de la historia dicho proceso se erige en protagonista, irrumpiendo con fuerza en el contexto socio-económico.

Desde 1800 a 1829 dirige en New Lanark una fábrica de hilados de algodón de la que dependen unas 2.500 personas. Él mismo en persona se encarga de organizar no sólo el trabajo en el interior de la factoría, sino también la vida comunitaria del poblado que se construye alrededor de aquélla. La «colonia» se nutre principalmente de vagabundos y desmoralizados, marginados sociales que -se piensa no podrán rendir en el trabajo y mucho menos serán capaces de actuar en consonancia con los «altos valores» sobre que se asienta la vida comunitaria de New Lanark. La esperanza y tesón de Owen demuestran todo lo contrario.

En la factoría no existe policía, jueces ni beneficencia. La vida de los colonos se desarrolla en un ambiente, si no de holgura, al menos sin la miseria habitual en otros barrios industriales. La jornada de trabajo se reduce a 10 horas diarias —contra las 13 ó 14 normales en las fábricas vecinas.

Los beneficios son también más altos que los habituales. En el fondo, en esta primera experiencia de Owen se demuestra solamente que unas condiciones más favorables para el trabajador determinan un aumento en la productividad de éste, y que, por tanto, resultan rentables para el empresario. Esta táctica fue utilizada por el em-presariado con posteridad.

El nuevo replanteamiento le lleva a proponer una reforma en tal sentido y llevada a término por el Gobierno para que tenga la amplitud necesaria. El momento concreto de su propuesta es en 1823. Considera y defiende públicamente que es el camino mejor para combatir la miseria en Irlanda. Hasta aquel momento la sociedad había considerado con un cierto grado de benevolencia los experimentos de aquel «empresario inquieto».

Sin embargo, cuando propone la constitución de colonias en las que no existiría la propiedad privada, donde la religión sería abolida, y el matrimonio suplantado por un contrato privado, entonces la sociedad reacciona con virulencia. Si, además, se propone que la reforma se aplique a toda una nación, entonces el enojo de la «sociedad establecida» llega al paroxismo y destierra al innovador. Ello demuestra que en difinitiva se ponen en cuestión los pilares en que se asienta la organización social del Capitalismo industrial.

En América del Norte, Owen intenta realizar en pequeña escala su reforma. En 1825 se funda New Harmony financiada en parte por él y en parte por filántropos ilustrados. El fracaso es total al cabo de dos años. Se debe, principalmente, a un defecto de base en el planteamiento de Owen y de los socialistas en general.

Resulta en extremo difícil la existencia de pequeñas parcelas organizadas en base a valores opuestos al sistema capitalista. En todo caso, la viabilidad de estas experiencias se basa en la «buena voluntad» de algún filántropo, pero no modifica la situación general de la sociedad y sus estamentos.

Ver: El Cartismo En Inglaterra

Fuente Consultadas:
Todo Sobre Nuestro Mundo Christopher LLoyd
HISTORAMA La Gran Aventura del Hombre Tomo X La Revolución Industrial
Historia Universal Ilustrada Tomo II John M. Roberts
Historia del Mundo Para Dummies Peter Haugen
La Revolución Industrial M.J. Mijailov
La LLave del Saber Tomo II La Evolución Social Ediciones Cisplatina

Sistemas Bismarckianos Objetivos Unión de los Tres Emperadores

SISTEMA DE EQULIBRIO POLÍTICO MILITAR DE BISMARCK

Después de Sadowa, Sedán había asombrado a Europa. Prusia, victoriosa, permitía a Alemania resurgir como potencia, después de más de seis siglos de historia oscura. Pero aquella victoria alemana había trastornado el equilibrio europeo. Desunida, Alemania servía como de almohadillado entre las distintas potencias europeas: era un cómodo campo de batalla en el que se enfrentaban los imperialismos rivales, ruso, austríaco y francés. Pero ahora la tenacidad de Bismarck viene a imponer en Europa un «statu quo» al servicio de los intereses alemanes.

Sadowa: En la guerra franco-prusiana el ejército de Prusia conquistó Hannover y Hesse-Kassel, invadió Sajonia y Bohemia, y finalmente infligió una aplastante derrota a los austríacos en la batalla de Sadowa (cerca de la localidad austriaca de Königgrätz, hoy Hradec Králové, en la República Checa) el 3 de julio.

LOS TEMORES DE ALEMANIA
En efecto, gracias a la indemnización de guerra pagada por Francia, Alemania dispuso de capitales que podían ayudar al desarrollo de su industria, pero esta construcción económica requería un período de paz, por lo que Alemania tuvo que practicar una política exterior defensiva. Sin embargo, esta política, defensiva en sus fines, resultaba ofensiva en sus medios. Así, Alemania no podía menos de temer a Francia, que, tras una severa derrota, no estaba en modo alguno, abatida.

La rapidez con que, recurriendo al ahorro, pagó la indemnización de guerra y logró la evacuación de su territorio lo demostraba. Ahora bien, Francia restaurada por Thiers, estaba animada por un espíritu de desquite, tanto más vivo cuanto que la pérdida de Alsacia y de una parte de Lorena suponían una dolorosa amputación. Los franceses tenían su mirada puesta en la frontera, en la «línea azul de los Vosgos».

Bismarck temía a Francia, pero sabía que ésta no podía actuar sola. ¿Cuáles eran los posibles aliados de una Francia «revanchista»? Inglaterra, ciertamente no. Como siempre, la política inglesa estaba inspirada por un doble principio: mantenimiento de su superioridad en el mar (la flota inglesa equivalía a todas las flotas mundiales reunidas) y mantenimiento de un cierto equilibrio europeo, que permitiese a la intervención inglesa inclinar la balanza, sistemáticamente, a favor de sus preferencias o de sus intereses. Italia, tampoco. Esta joven potencia no podía ligarse a los intereses franceses. Era una nación que todavía no había terminado de organizar su reciente unidad.

Bismarck, el Canciller de Hierro Prusiano Ideólogo de sistemas de equilibrios militares

EL PRIMER SISTEMA BISMARCKIANO
Quedaban, pues, Rusia y Austria. Estos dos Estados tenían ambiciones muy concretas, pues ambos miraban a los Balcanes. El imperio de Austria-Hungría comprendía incluso nacionalidades eslavas del Sur:  eslovenos   y   croatas.

Los   austríacos   querían seguir  extendiéndose en los  Balcanes,  aumentando  así su dominio  sobre el Adriático,  que había recobrado su antigua importancia, cuando, en 1869, se había abierto a la circulación el Canal de Suez, y el comercio en el Mediterráneo había vuelto a ser uno de los primeros del mundo. Los rusos, por su parte,  seguían buscando un mar abierto.

El Báltico estaba lejos de las grandes vías comerciales, y los estrechos daneses   estaban   demasiado   bien   guardados por la flota inglesa. El Mediterráneo era una tentación para San Petersburgo. Y a los rasos no les faltaban posibilidades: los eslavos de los Balcanes volvían sus ojos hacia la poderosa  «hermana  mayor»,  defensora de la raza eslava y de la fe ortodoxa. Austria y Rusia se preocupaban, pues, de los Balcanes, y Bismarck tuvo que emplear mucha habilidad y diplomacia para envolver en una misma alianza a Alejandro II y a Francisco José.

Así surgió la Unión de los Tres  Emperadores, establecida en  1873, y que  agrupaba,  precisamente,   a  los  emperadores   de   Alemania,   Austria-Hungría   y Rusia.   Asegurada   la   neutralidad   austro-rusa,   Bismarck   pudo   entonces   intimidar a  Francia,  dejando  entender que no podía  descartarse  una  «guerra  preventiva», dado   el   espíritu   francés   y   su   reforma militar.

Los   franceses   se   impresionaron: «Nos negaremos a batirnos», declaró, incluso, un ministro. Inglaterra y Rusia, interesadas en que no se rompiese el ya inestable equilibrio en Europa, tuvieron que intervenir cerca de Bismarck.

Entonces, se suspendieron las amenazas alemanas, pero Bismarck había conseguido ya uno de sus propósitos, el de demostrar a los franceses que de nada les serviría el querer vengar su derrota con la esperanza de recuperar Alsacia: así les obligaba a volver su mirada hacia las aventuras coloniales (1875).

Ver: La Crisis Balcánica

EL CONGRESO DE BERLÍN Y EL SEGUNDO SISTEMA BISMARCKIANO
La elección de Berlín como lugar de reunión de las distintas potencias es un claro indicio del papel predominante desempeñado por Alemania y por Bismarck, que se aprovechó de ello para establecer muchos y útiles contactos. Por ejemplo, insinuó al ministro francés: «Ustedes no pueden dejar Cártago en manos de los bárbaros».

Y el francés comprendió perfectamente. Alemania animó a Francia a intervenir en Túnez, la invitó a emprender una política colonial que la distrajese de sus reivindicaciones europeas. De este modo, los franceses no sólo pensaron menos en Alsacia y Lorena, sino que, además, chocaron con Italia, que tenía en Túnez intereses preferentes.

Crear nuevos enemigos de Francia, equivalía a aumentar su aislamiento, pero el problema central planteado en Berlín sguía siendo el de los Balcanes. Se decidió que Servia, Rumania y Montenegro obtuviesen su independencia, y el sultán no pudo protestar. En cuanto a Bulgaria, sería autónoma, pero quedaría dividida en dos provincias, y, sobre todo, no tendría salida al mar Egeo. Austria adquiría también el derecho de administrar una provincia antiguamente otomana: Bosnia-Herzegovina.

Los rusos fueron, pues, los grandes vencidos por el Congreso. No ocultaron su resquemor por haber combatido y triunfado, para obtener, al fin, beneficios menos tangibles que los concedidos a Austria-Hungría. Pero, ¿qué podían hacer los rusos? ¿Romper sus alianzas anteriores y acercarse a Francia?

Sin embargo, el zar, autócrata, jefe de la muy santa Rusia, no podía aliarse con una Francia republicana y que predicaba malsanas ideas liberales. Por otra parte, ¿era Francia un aliado suficientemente sólido? A Rusia no le quedaba, pues, más posibilidad que la de conservar la amistad alemana, lo que permitía a Bismarck poner fin a su segundo sistema, singularmente más elaborado que el primero, y cuya finalidad esencial era la de evitar la renovación del «accidente» de 1878, es decir, un conflicto entre sus dos principales aliados.

En 1879, Alemania firmó un acuerdo con Austria-Hungría, pero sin comprometerse a apoyar a su aliado en una guerra balcánica que no podría menos de perjudicar sus intereses, por lo que, en 1881, reconstituyó la alianza de los tres emperadores.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IX La Gran Aventura del Hombre

El Imperialismo Norteamericano Siglo XIX Desarrollo Resumen

RESUMEN SOBRE EL IMPERIALISMO NORTEAMERICANO EN EL SIGLO XIX: Desde la compra de Louisiana, Estados Unidos siguió conquistando nuevos territorios y, aunque es posible que a su debido tiempo se convirtieran en estados y se poblaran por colonos blancos, a menudo se adquirieron en circunstancias dudosas, que podían parecer imperialistas para los no norteamericanos.

Estados Unidos quitó por la fuerza territorio a México y, algo más disimuladamente pero también por la fuerza, a los indios, sus habitantes nativos. En 1812 Estados Unidos entró en guerra con Gran Bretaña y muchos norteamericanos abrigaron la esperanza de apoderarse de Canadá. Sin lugar a dudas, la compra de Alaska a los rusos fue una prolongación del gobierno norteamericano sobre territorio extranjero que no limitaba con el propio.

Del mismo modo que los rusos no consideraban imperialistas sus avances contra los kanes y las tribus de Asia Central, los norteamericanos fueron incapaces de tener remordimientos sobre su ocupación gradual de la mayor parte del norte del continente americano. Se sintieron obligados a cumplir un «destino manifiesto». No les pareció una conquista, sino una expansión natural. Durante mucho tiempo, el Oeste impidió que los norteamericanos se ocuparan de los asuntos extranjeros. Sin embargo, acabada la guerra de Secesión y unidas ambas costas por ferrocarril y telégrafo, se empezó a hablar de los intereses de Estados Unidos en el extranjero.

La geografía hizo que los norteamericanos partieran de sus orillas en dos direcciones: hacia el oeste, por el Pacífico, y hacia el sur, en dirección al Caribe y Sudamérica. Desde fecha temprana estaban asentados los intereses norteamericanos en el comercio y la pesca de la ballena en el Lejano Oriente; en los años veinte del siglo XIX, la marina estadounidense contaba con una escuadra del Lejano Oriente. Aproximadamente en la misma fecha, los norteamericanos fueron los primeros en llegar a Hawai. Poco después, el gobierno estadounidense siguió el ejemplo de otras potencias y firmó acuerdos con China; luego envió al comodoro Perry para obligar a los japoneses a abrir sus puertos al comercio exterior.

América para los Americanos
Prácticamente desde su independencia, los norteamericanos se dedicaron a ampliar los territorios originales de las trece colonias (que sólo daban al Atlántico, ni siquiera en ese momento al Caribe) con la conquista del Oeste. Gran parte de las nuevas adquisiciones estaban en esa época en manos de los amerindios, que no fueron reconocidos como propietarios o ciudadanos norteamericanos sino confinados -tras el exterminio casi masivo- a reservas.

El Estado vendió esas tierras a bajos precios a particulares y empresas. Otras regiones fueron compradas a metrópolis europeas: Louisiana a Napoleón (Francia), en 1803; Florida a España en 1809. y el vasto territorio de Alaska a los rusos, en 1867. La ocupación del Medio Oeste y del lejano Oeste fue a expensas de los territorios indígenas y mexicanos, es decir, por la fuerza. Con el descubrimiento de oro en California, el centro de gravedad de Estados Unidos se desplaza hacia el Pacífico. Pese a las leyes mexicanas, que prohibían la inmigración, los colonos norteamericanos llegaron masivamente.

Entre 1845 y 1848, México pierde la mitad de su superficie en una guerra con los norteamericanos: todos los territorios al norte del Río Gránele (los actuales estados de Texas, Arizona, Nuevo México, California, Nevada, Utab y una parte cíe Wyoming). Al estar bastante aislado el este del oeste, se crea todo un mercado de producción de alimentos en distintos países latinoamericanos que. dan sobre el Pacífico -entre ellos Chile-, para abastecer las necesidades de los californianos. Entre 1820 y 1860 Estados Unidos pasa a tener de 23 a 33 estados, y su población se triplica, superando los treinta millones. Consideran que deben tener la hegemonía en el continente, y se oponen a las intervenciones europeas.

Su presidente Monroe, en 1823, estableció la doctrina que lleva su nombre, prohibiendo a cualquier Estado europeo establecer colonias en América o participar en las cuestiones americanas. Se sintetizaba así: “América para los americanos”, que muchos han traducido al castellano como ”América para los norteamericanos”, ya que ellos se denominan a sí mismos “americans“, y la doctrina implicaba un predominio de los norteamericanos ejerciendo una especie de control o paternalismo sobre todo el continente. Eso se debía a la creciente puja entre los capitales ingleses y estadounidense para detentar su supremacía.

Inicialmente muchos norteamericanos se opusieron de manera constante a que Estados Unidos tuviera posesiones de ultramar. Sostenían que, puesto que la república debía su existencia a la rebelión contra la potencia imperial, ¿cómo podía dedicarse a la empresa imperial? Otra objeción se basaba en que la Constitución no preveía la
existencia de colonias, sino de territorios que a largo plazo podían convertirse en estados de pleno derecho de la Unión. ¿Cómo era posible lograr algo semejante en sitios remotos?

Explosión del Maine en el puerto de La Habana, el 15 de febrero de 1898. El atentado desató una ola de histeria colectiva. Durante la guerra que se desencadenó, los norteamericanos se reunieron al grito de «Recordad el Maine».

La intervención en Cuba
En la década de 1880 los estadounidenses ya comienzan sus inversiones en Cuba, en las ramas azucarera, minera, tabacalera y ferroviaria. Intervienen en la guerra de independencia de Cuba contra España con la excusa de que ésta había bombardeado un acorazado suyo. Los norteamericanos desembarcan en la isla una fuerza invasora de 17.000 hombres. Entre ellos había un regimiento de soldados negros, a quienes los españoles llamaron “yanquis ahumados”. La participación norteamericana en esta guerra que ya finalizaba instigada por la prensa sensacionalista norteamericana y el presidente McKinley, durará sólo cuatro meses.

La consecuencia para España, una potencia europea en decadencia, es la pérdida de su flota y las últimas posesiones coloniales en América. La isla cié Puerto Rico es transferida a Estados Unidos y en esta “espléndida guerrita” (palabras del secretario cíe Estado), los norteamericanos obtienen además las islas Guam y Filipinas en el Pacífico, estas últimas cedidas a cambio de 20 millones de dólares.

La ocupación militar de Cuba les permite consolidar el dominio de las compañías azucareras, reconociendo finalmente la independencia de la isla pero bajo la tutela norteamericana. El gobierno de Estados Unidos se atribuye así. el derecho de intervención en la isla y su defensa ocupando las tierras necesarias para una base naval (la de Guantánamo), que todavía hoy conservan. La guerra con España también reporta beneficios a los grandes magnates como Rockefeller, que extiende sus negocios en todo el Caribe, instalando sucursales del National City Bank.

• La política del garrote
Las inversiones norteamericanas van paralelas a la política de intervención en las débiles repúblicas caribeñas y centroamericanas. Mientras la United Fruit Co., la Standard Oil y la American Suggar Co. expanden sus intereses, se desarrolla la nueva política exterior conocida como la política del garrote. El presidente Teodoro Roosevelt es exponente de esta agresiva diplomacia. EE.UU. ocupa Haití (1915) y Santo Domingo (1916-24), asumiendo el control de las aduanas de este país, y “fabrica” la independencia de Panamá, provincia de Colombia, para asegurar en su territorio la apertura de un canal interoceánico.

• El Canal de Panamá
En 1898, la anexión de las islas Hawai y la posesión de las Filipinas. permite a los Estados Unidos consolidar sus intereses comerciales con el Lejano Oriente (los mercados de China y Japón). Este comercio alentará el proyecto de apertura de un canal interoceánico que comunique ambos océanos a través de América Central. En principio había proyectado su construcción en Nicaragua. mientras que una compañía francesa obtuvo el permiso para iniciar las excavaciones y construir el canal en Panamá.

Pero la empresa francesa quiebra, por lo que en 1902 el Congreso norteamericano autoriza la compra de la compañía, adquiriendo además, del gobierno colombiano, el dominio perpetuo sobre una franja de tierra situada en su territorio y el uso exclusivo del canal. El Senado de Colombia rechaza el tratado. Esta postura lleva al presidente norteamericano Roosevelt a apoyar abiertamente un movimiento separatista panameño.

En 1903 desembarcan marines norteamericanos en la ciudad de Panamá y el gobierno de Washington reconoce al nuevo país, que cedía a perpetuidad a los Estados Unidos, una banda de tierra del Atlántico al Pacífico. A cambio se le concedía una regalía de diez millones de dólares y el pago cíe un arriendo de 250.000 dólares anuales. La República panameña queda de hecho bajo jurisdicción norteamericana: una parte de su territorio fue convertida en la Zona del Canal de Panamá (unas 94.000 hectáreas).

El canal fue inaugurado en 1914. El control del mismo modifica la estrategia norteamericana y da un nuevo impulso a su política imperialista en el Caribe. La posesión estadounidense del canal fue el símbolo más evidente del neocolonialismo norteamericano. La aspiración panameña de ejercer la soberanía sobre la zona del Canal dio con Ornar Torrijos (presidente panameño que muere en un sospechoso “accidente” aéreo) un paso adelante, al firmarse un acuerdo con el presidente norteamericano Jimmy Cárter en 1977. Allí se establecía que el traspaso del Canal sería al terminar el siglo (el 31 de diciembre de 1999), hecho que finalmente se hizo realidad.

• La diplomacia del dólar
Los sucesores de Roosevelt denominaron “diplomacia del dólar” a este tipo de intervencionismo en los países vecinos. La doctrina sostenía que el gobierno cíe Estados Unidos tenía derecho a buscar y proteger negocios lucrativos (inversiones) para sus empresarios. Este expansionismo norteamericano y el abandono de la política tradicional aislacionista, se da en un contexto internacional de renovada y agresiva competencia de los países europeos por el reparto del mundo. Una verdadera carrera para obtener territorios y zonas de influencia caracterizarán al período de fin de siglo XIX como “la era del imperialismo”.

La acción imperial norteamericana tuvo, sin duda. diversas raíces. Pero el crecimiento del comercio exterior vinculado al proyecto de expansión, contaba con una influyente minoría intelectual vinculada al Partido Demócrata que veía la necesidad de construir una gran Armada, apoderarse de bases navales y abrir mercados distantes.

En 1904 se dará una nueva interpretación de la Doctrina Monroe de 1823 (que negaba el derecho de las potencias europeas a intervenir en América): el presidente Roosevelt, en su mensaje anual, adjudica a los Estados Unidos como depositarios de la “civilización” el derecho a “ejercer un poder de policía internacional”. Si las naciones lindantes no se mantienen reglamentadas y prósperas, el gobierno de los Estados Unidos podría interferir en algún Estado que parezca incapaz de mantener el orden en su propio pueblo, o con el objetivo de proteger los intereses norteamericanos.

Fuente Consultada:
Historia Mundial y Contemporánea 1° Año Polimodal Eggers-Brass-Gallego
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IV La Gran Aventura del Hombre
Civilizaciones de Ocicidente Tomo B Jackson Spielvogel
Historia El Mundo Contemporáneo
Polimodal A-Z El Mundo Contemporáneo Felipe Pigna y Otros

Imperialismo Europeo en el Sudeste Asiático Indochina e Islas

RESUMEN ERA DEL IMPERIALISMO
REPARTO DE INDOCHINA E ISLAS DEL PACÍFICO

Mientras China y Japón ocupaban en resolver conflictos territoriales mediante enfrentamientos y tratados, el conjunto del Sudeste asiático y la zona del Pacífico eran repartidos entre las potencias europeas, que se adueñaban, al azar, de territorios o de islas sin importancia alguna, esperando que quizá en el porvenir pudieran ofrecer tesoros o algún interés estratégico, y no siempre equivocadamente, a juzgar por los pequeños atolones como el de Bikini (donde los EE. UU. hicieron estallar, en 1946, dos bombas atómicas). Pero otros dos motivos más serios, en lo inmediato, empujaban a los europeos a actuar.

En Siam, en Indochina, franceses e ingleses esperaban encontrar una vía de penetración hacia China. Además del cerco de aquella inmensa China, verdadero Eldorado mítico del siglo XIX, el conjunto del Asia de los monzones interesa a los occidentales por la riqueza y especialidad de sus productos agrícolas. Especias, tés, hevea, son cada vez más buscados, y poderosas sociedades piensan en crear allí plantaciones.

En Indochina, los franceses prosiguieron su avance. Después de haber pensado que el Mekong podría servir de vía de penetración en China, se percataron, con Francis Garnier, de que el Río Rojo sería mucho mejor. Sobrepasado por los franceses, instalados ya en sus posesiones de Cochinchina y de Camboya, el gobierno se ve, con frecuencia, ante el hecho consumado: la guerra con China en 1885 y el tratado de 1886 le entregan Tonkín y Anam. En 1893, bastaron dos cañoneros franceses, enviados desde Bangkok, para que Siam le ceda Laos.

Desde entonces, la Indochina francesa forma un conjunto homogéneo. No es un gran trampolín sobre China, pero su aprovechamiento parece prometedor. Gracias a Paul Doumer, futuro presidente de la República Francesa, se emprenden grandes obras públicas. Francia es ya una gran potencia asiática, pero el Japón goza también de un gran prestigio allí. Muchos anamitas quieren estudiar en Japón, y se forman partidos nacionalistas.

Siam, por su parte, consigue, a duras penas, conservar su independencia. La oposición franco-inglesa era, por lo demás, la mejor garantía. Sin embargo, como réplica a la anexión de Laos, Inglaterra se anexionó las provincias occidentales de Siam. La independencia de este país parecía anacrónica, en una Asia que los europeos pretendían administrar y civilizar. Felizmente para el Siam, estalló la guerra de 1914, que atrajo la atención de toda Europa.

El rey Rama IV tuvo la audacia de declarar la guerra a Alemania en 1917 y de firmar en la conferencia de la Paz «como aliado». En Indonesia, los holandeses desarrollaron al máximo el sistema de plantaciones, suministrando así a las industrias y al comercio de Amsterdam materias primas y buenas fuentes de ingresos. Pero los europeos no tardarían en sufrir la competencia de Estados Unidos, que, después de la guerra contra España, en 1898, había obtenido un protectorado sobre las Filipinas. El Sudeste asiático estaba, pues, casi totalmente, ocupado por las potencias europeas.

 uso de la nueva moda europea en asia

Discución en el Palacio Imperial el uso de la nueva moda europea

EL REPARTO DE LAS ISLAS DEL PACÍFICO
Los europeos se extasiaban ante aquellas civilizaciones perdidas, negro-orientales, me-lanesias o micronesias, o de los blancos salvajes de la Polinesia. Después de los exploradores, los misioneros se habían esforzado por convertir al cristianismo a aquellos hombres primitivos, que estaban todavía en la Edad de la piedra pulimentada. Pero, envueltos en la lucha de los misioneros católicos o protestantes, los gobiernos no tardaron en tener que actuar.

Tras el tiempo del folklore y de la fe y de la aventura, llegó el tiempo de la explotación, con el interés por las riquezas reales o supuestas de las islas. Los franceses tienen Tahití y Nueva Caledonia. Los ingleses ocupan las Islas Fidji. Pero, pasada la época en que Bismarck se negó a preocuparse de la adquisición de colonias (por ejemplo, no quiso escuchar a la casa Hanseman, que le animaba a plantar la bandera alemana en Nueva Guinea), las dificultades económicas y la Weltpolitik de Guillermo II hicieron de Alemania un nuevo candidato al reparto.

A pesar de algunas crisis, los diplomáticos aseguran el porvenir de las diversas islas o de los archipiélagos. Los Países Bajos, Alemania y Gran Bretaña se repartieron Nueva Guinea. Los Estados Unidos ocupan las islas Hawai. Franceses e ingleses dominan en Polinesia, los alemanes en Melanesia, y los americanos en Micronesia. Pero este reparto europeo tenía sus problemas, pues la población seguía sufriendo enfermedades, y el canibalismo no había desaparecido aún.

A partir de entonces, los trabajos forzados o las deportaciones impuestas por las potencias europeas, unidos a los daños fisiológicos originados por el consumo de alcohol, amenazaron a las poblaciones oceánicas, como la llegada de los europeos a América había amenazado con el exterminio de la población india. Decididamente, tanto en Oceanía como en Asia, el encuentro de las distintas civilizaciones fue muy violento.

Las civilizaciones indígenas no podían defenderse. Frente a aquella presión, no había más que dos soluciones: sometimiento o superación. Contradicción doloro-sa que, antes de 1914, sólo el Japón había acertado a resolver.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IX La Gran Aventura del Hombre
Biografía de GANDHI Heimo Rau Biblioteca Salvat – Grandes Biografías –

Justificación del Colonialismo Europeo en el Siglo XIX Condena

JUSTIFICACIÓN Y CONDENA DEL COLONIALISMO

A partir de 1870 se produjo una expansión territorial sin precedentes de los países europeos. Las grandes potencias occidentales exploraron y conquistaron territorios en todos los continentes y enviaron personas, capitales y productos industriales a todo el planeta. La superioridad técnica y militar les permitió imponer su ley y dominar fácilmente.

Una de las características de la segunda mitad del siglo XIX, fue la expansión europea por el mundo, aunque no era un hecho nuevo, pues, a finales del siglo XV, los españoles y portugueses ya habían abierto el camino en Asia, en África y en América, con el establecimiento de factorías comerciales o de grupos de población. Los ingleses y los franceses —los primeros, sobre todo—, habían hecho después progresos en América del Norte, y, luego, en la India, tras el gran conflicto colonial franco-inglés del siglo XVIII.

El movimiento de expansión continuó a principios del siglo XIX; pero, a partir de 1880, habría de adquirir un ritmo de velocidad y una amplitud desconocidos hasta entonces, ligados, por otra parte, a los cambios producidos por el desarrollo del capitalismo y de las técnicas modernas. En 1875, sólo el 10% del territorio de África se encontraba en poder de los europeos; en 1902, lo estaría el 90%.

Anteriormente, la vitalidad y la audacia de Europa se habían manifestado mediante fuertes corrientes de emigración y exploraciones de tierras desconocidas, que fueron preparando las futuras conquistas.

Imperialismo europeo en africa

Expedición Francesa en el Congo

A partir de 1850, la emigración «blanca» se organizó y aumentó, debido a la expansión demográfica (entre 1815 y 1848, había reinado la paz en Europa), al paro creado por el desarrollo de la mecanización, y la ruina de las industrias rurales por efecto de la industrialización fabril.

La carestía, el hambre, como ocurrió en Irlanda (1846-1848), y la abolición de la servidumbre en Alemania y en Austria-Hungría, que obligaron a los campesinos a abandonar la tierra, favorecieron el éxodo.

El descubrimiento de las minas de oro, provocó «avalanchas» febriles. Los transportes marítimos se perfeccionaron, haciéndose más rápidos y menos caros. Igualmente, los ferrocarriles facilitaron el acceso a los territorios americanos del interior, y las oficinas y sociedades reclutaron y organizaron la emigración.

Los mayores contingentes de emigrantes los proporcionaron Inglaterra y Alemania. Siguieron a éstos, los escandinavos, y, después, a finales de siglo, los italianos, los polacos, los eslavos de los Balcanes. Millones de emigrantes fueron poblando Estados Unidos, Brasil, Argentina, Australia, etc.

Y, a partir de 1850, las tierras inexploradas van siendo cada vez menos. Los exploradores se veían impulsados, sobre todo, por principios religiosos o científicos, y por el atractivo romántico de la aventura.

En realidad en las últimas décadas del siglo XIX, debido al considerable desarrollo del captalismo, sus nuevas ténicas y la feroz competencia explican la aceleración de las conquista en África, especialmente para los países coloniales, pues  eran unas fuentes de materias primas baratas (para los aceites industriales, en particular), de mercados para las mercancías metropolitanas, como la India, por ejemplo, para los tejidos ingleses, y unos lugares para la fructífera colocación de capitales.

En Francia, Jules Ferry, gran artífice de la expansión colonial, expuso en sus discursos claramente los formidables recursos que se ofrecían a los intereses privados. Los imperios coloniales se convirtieron en un «coto de caza», del que cada país se reservaba la explotación. Es preciso observar que la opinión pública se mostró bastante lenta en apoyar las empresas de ultramar.

Muchos franceses eran hostiles a ellas, debido a que desviaban las energías de la meta esencial: la revancha de la derrota de 1870, y el mismo Bismarck alentaba la política colonial de Francia, ya que temía el nacionalismo exacerbado de ésta ante la pérdida de Alsacia y Lorena.

LA ARGUMENTACIÓN: Las maneras de justificar la conquista y explotación de otros continentes por parte de los países europeos han sido diversas y variadas. Las necesidades económicas del capitalismo y el deseo de prestigio y de fuerza por parte de los Estados colonizadores se han encubierto con explicaciones y teorías de todo tipo.

Quizá la forma más generalizada y vergonzosa fue la defensa de la «raza superior», la pretendida superioridad del hombre blanco sobre las otras razas. Así, los colonizadores intentaron justificar sus intereses egoístas con argumentos denigrantes para los pueblos colonizados o con falsos paternallsmos que pretendían velar por estos pueblos y protegerlos.

El menosprecio por la cultura, la historia y los más elementales derechos humanos de estas comunidades es uno de los agravios más importantes que el mundo desarrollado ha infligido a los pueblos del Tercer Mundo. Ahora bien, esta actitud no fue general en toda la opinión pública.

Voces muy cualificadas se alzaron en contra de este estado de cosas y podemos decir que, desde mediados del siglo XIX, frente a la corriente defensora de la explotación colonial, surgió un potente movimiento anticolonialista. Sus argumentos penetraron poco a poco en las conciencias y con el tiempo muchos gobiernos se encontraron, en el interior de sus propios países, con una fuerte oposición a la acción colonial.

TESTIMONIO: Una justificación del colonialismo: la superioridad del hombre blanco
Se hicieron las deducciones generales siguientes:

1.Hay razones tan buenas para clasificar al negro como una especie diferente del europeo como las hay para hacer del burro una especie diferente de la cebra; y si tomamos en consideración la inteligencia, hay una diferencia mayor entre el negro y el anglosajón que entre el gorila y el chimpancé.

2. Las analogías entre los negros y los monos son más grandes que entre los monos y los europeos.

3. El negro es inferior, intelectualmente, al hombre europeo.

4. El negro es más humano en su natural subordinación al hombre europeo que bajo cualquier otra circunstancia.

5. El negro tan sólo puede ser humanizado y civilizado por los europeos.

JUNT, J.: Sesión científica de la Sociedad Antropológica de Londres. 1863.

Es un hecho incontestable que los negros tienen un cerebro más ligero y menos voluminoso que el de la especie blanca. Pero esta superioridad intelectual, ¿nos da a los blancos el derecho a reducir a la esclavitud a la raza inferior? No, y mil veces no.

Si los negros se acercan a ciertas especies animales por sus formas anatómicas, por sus instintos groseros, se distancian y se aproximan a los blancos en otros aspectos que cabe tener en cuenta. Están dotados de la palabra y gracias a la palabra podemos tener con ellos relaciones intelectuales y morales […]. La inferioridad intelectual de los negros, lejos de conferimos el derecho a abusar de su debilidad, nos impone el deber de ayudarlos y protegerlos.

«Negro», artículo del «Grand Dictionnaire (Jniversel Larousse du XIX siécle», 1872.

TESTIMONIOS DE CONDENAS
Resoluciones de los Congresos Socialistas que condenaron el imperialismo

Resolución de la Segunda Internacional de París en 1900: El Congreso Socialista Internacional de París, considerando que el desarrollo del capitalismo comporta fatalmente la expansión colonial, que es causa de enfrentamientos entre gobiernos; que el imperialismo excita el chovinismo en todos los países e impone gastos cada vez mayores en provecho del militarismo, que la política colonial de la burguesía no tiene ningún otro propósito que el de ampliar los beneficios de la clase capitalista y el mantenimiento de este sistema […] y que comete crímenes y crueldades contra las razas indígenas conquistadas por la fuerza de las armas.

Declara que el proletariado organizado tiene que utilizar todos los medios que tiene en sus manos para combatir la expansión colonial de la burguesía y condenar las injusticias y las crueldades que de ella se derivan […].

Resolución de la Segunda Internacional de Stuttgart en 1907
La misión civilizadora de la que habla la sociedad capitalista es tan sólo un pretexto para esconder su ansia de explotación y de conquista […] . Enemigo de toda explotación del hombre por el hombre, defensor de todos los oprimidos sin distinción de razas, el Congreso condena esta política de robo y de conquista, aplicación desvergonzada del derecho del más fuerte que pisa el derecho de los pueblos vencidos, y comprueba también que la política colonial aumenta el peligro de tensiones internacionales y de guerras entre los países colonizadores […].

El Congreso declara que los diputados socialistas tienen el deber de oponerse irreductiblemente, en todos los parlamentos, a este régimen de explotación y de servidumbre que impera en las colonias, exigiendo reformas para mejorar la vida de los indígenas, velando por el mantenimiento de sus derechos, impidiendo cualquier tipo de explotación y de servidumbre y trabajando, con todos los medios a su disposición, para educar a estos pueblos para la independencia.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IX La Gran Aventura del Hombre
ACTUAL Historia del Mundo Contemporáneo Bachillerato Primer Curso de García-Gatell

La Era del Imperialismo Europeo Colonizacion de Africa y Asia

RESUMEN IMPERIALISMO EN ASIA Y ÁFRICA

el imperialismo

Causas de la expansión colonial

Formación del imperio británico

Francia y otras potencias coloniales

El reparto de África

Consecuencias de la colonización

La Descolonización

Imperialismo Europeo en Sudeste Asiático

¿Qué es el imperialismo?
En principio, el término “imperialismo” se refiere a la acción de establecer y mantener un imperio. Implica el deseo y la práctica de una potencia de establecerse y dominar territorios que no posee, que, en general, están lejos de la metrópoli, y habitados por otros pueblos. Ese dominio puede lograrse por diversos medios.

El más utilizado por las potencias europeas fue la fuerza: el enfrentamiento armado y la ocupación militar. Sin embargo, también puede ocurrir que la presencia de una potencia extranjera sea considerada por ciertos sectores de la población autóctona como ventajosa para mantener ciertos privilegios. Entonces, puede darse el caso de que esos grupos presten colaboración política a los ocupantes.

Los argumentos utilizados por los europeos para justificar las políticas imperialistas a fines del siglo XIX fueron muchos y variados.

La justificación económica. En aquellos años, las economías europeas estaban ávidas de los mercados ultramarinos: de su mano de obra barata, de sus materias primas y de sus tierras productivas. Esta necesidad llevó a la defensa y a la consolidación de políticas exteriores, que bregaban por el mantenimiento del dominio sobre grandes extensiones de territorio y de numerosos pueblos sometidos.

La justificación por la imagen de la nación. En otros casos, el dominio colonial obraba como una manifestación del poderío nacional y como fuente de prestigio.

La justificación por la misión de las potencias “civilizadas”. Un argumento muy empleado era que los europeos tenían la responsabilidad y el deber de civilizar a los pueblos que sometían. Este argumento descansaba en la oposición entre “civilización” y “barbarie”. Se llegó a sostener que el imperialismo era necesario para lograr un orden mundial pacífico, ya que, con la existencia de naciones “bárbaras”, la paz era un estado excepcional.

La justificación social. Otra justificación consistía en que, para aliviar a las metrópolis, había que conquistar nuevas tierras donde instalar el exceso de población y colocar los productos de las industrias metropolitanas.

A pesar de la difusión de estos argumentos, el imperialismo nunca logró una adhesión unánime. Desde principios de nuestro siglo, comenzó a ser objeto de controversias. Entre aquellos que condenaban las políticas imperialistas podían encontrarse algunos liberales y, sobre todo, los políticos de izquierda, como los socialistas. Los que condenaban el imperialismo advertían que la búsqueda de la dominación política, de materias primas y de mercados para explotar implicaba violentar a los colonizados y relegaba -cuando no los eliminaba- los intereses de los nativos.

La presencia de las potencias extranjeras implicó consecuencias altamente negativas -muchas de las cuales todavía continúan vigentes- para los pueblos colonizados: los nativos fueron obligados a trabajar hasta el límite de sus posibilidades, los recursos productivos fueron explotados indiscriminadamente, entre otras cosas. Además, muchas veces, sobre todo en África, el dominio colonial significó la destrucción de las tradiciones que constituían el patrimonio cultural de esos pueblos.

Durante los años de apogeo del imperialismo (fines del siglo XIX y comienzos del XX), la realidad colonial también repercutió en las potencias e invadió todos los aspectos de la vida cotidiana en las metrópolis. Las colonias desempeñaban un papel muy importante en la economía y en la política, pero también en la vida cultural de las sociedades metropolitanas. La enorme cantidad de funcionarios, comerciantes, estudiosos, artistas y viajeros de toda clase que circulaban por las colonias difundían en las metrópolis su particular visión de la situación que reinaba en ellas.

Las Potencias Imperialistas
Durante la segunda mitad del siglo XIX, los estados de Europa occidental concentraban una cuota de poder sin precedentes. Este poder -económico, político y militar- permitió a los centros imperiales metropolitanos una importante adquisición y acumulación de personas y de territorios. Hacia 1800, las potencias occidentales poseían el treinta y cinco por ciento de la superficie terrestre. En 1878, la proporción era del sesenta y siete por ciento. En 1914, la superficie dominada por Europa ascendía al ochenta y cinco por ciento del total. En un principio, Gran Bretaña y Francia eran las potencias que poseían mayor poder. Más tarde, también se destacaron Alemania y los Estados Unidos.

A fines de siglo, el Imperio británico era el mayor del planeta: las posesiones coloniales inglesas abarcaban aproximadamente el veintitrés por ciento de la población mundial y el veinte por ciento de la superficie terrestre. Sus dominios más importantes eran la India, Sudáfrica, Australia, Canadá y Egipto y Birmania.
El Imperio francés era el segundo en importancia. Francia ocupaba la mayor parte del África noroccidental y ecuatorial, Madagascar y Somalia. En el sudeste asiático, los franceses ocupaban los territorios que actualmente corresponden a Vietnam, Laos y Camboya.

En la década de 1880, Alemania se incorporó a la carrera imperialista y estableció colonias en los territorios de Togo, Camerún, Namibia y Tanzania. Otros estados europeos (Bélgica, Italia, España y Portugal) también ocuparon territorios, pero en una escala menor: Leopoldo u, el rey de Bélgica, ocupó el Congo y Portugal, dominó Angola y Mozambique. Italia se estableció en Eritrea y parte de Somalia y España tomó posesión de parte del Sahara y Guinea.

El imperialismo también involucró a otras potencias no europeas. A fines de la década de 1890, los Estados Unidos intervinieron militarmente en América Central y el Caribe, y en el Pacífico (Filipinas). En Asia, el Japón inició su expansión hacia las islas cercanas y hacia la costa asiática oriental.

Consecuencias: A menudo la influencia que los europeos ejercieron sobre ellos las zonas dominadas fue enorme y, en ocasiones, devastadora (en el sentido más literal de la palabra). Por ejemplo, las enfermedades que trasladaron los barcos europeos estuvieron a punto de exterminar a algunas comunidades isleñas del Pacífico, hasta entonces protegidas por el aislamiento, del mismo modo que —dos o tres siglos antes— habían provocado una elevadísima mortandad en las Américas. Exponer a toda la raza humana a las mismas infecciones fue una execrable manifestación de la forma en que Europa convirtió el planeta en «un solo mundo». Sin embargo, hubo factores de compensación. La llegada de las enfermedades fue acompañada por la introducción de la medicina científica occidental. Tal vez ahora sus remedios no sean tan impresionantes, pero fueron infinitamente mejores que todo de cuanto disponían en muchas regiones del mundo antes de la llegada del europeo.

Las armas europeas barrieron pueblos provistos tan sólo de lanzas, pero también llevaron un nuevo orden y seguridad a muchas regiones que podían volverse —y al final se volvieron—contra los europeos. Aunque sus consecuencias fueron considerables, en la desorganización de otras civilizaciones probablemente las armas y la tecnología influyeron menos que las ideas europeas.

Los japoneses se vieron obligados a abandonar el aislamiento en que habían vivido con los Tokugawa y a tomar prestadas las ideas europeas. En China y en India las repercusiones de las ideas occidentales fueron aún más trascendentales. En virtud de las presiones de la modernización, concluyeron en China dos milenios de dominio imperial. En India, a pesar de su lenta evolución, los sentimientos nacionalistas fueron deliberadamente esgrimidos por dirigentes que apelaron a ideas occidentales más que a las de sus culturas tradicionales.

Las obras de reformistas y revolucionarios de Asia son el mejor ejemplo de que las influencias más profundas —aunque no siempre las más evidentes— de la expansión de la civilización europea sobre los no europeos impregnaron el modo de pensar de esos pueblos. Como Europa misma también evolucionaba deprisa, hubo un elemento paradójico.

Los europeos de 1914 ya no veían el mundo con la misma mirada que sus predecesores de 1800; muchas de las cosas que entonces dieron por sentadas ya no eran seguras un siglo después: las opiniones sobre el lugar adecuado de las mujeres en la sociedad, la importancia de las creencias religiosas o el derecho a gobernar de las antiguas dinastías.

LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL
La Primera Guerra Mundial —verdadera “guerra civil” europea— tiene como causa fundamental la determinación de un nuevo reparto del mundo entre las potencias imperialistas. El acelerado desarrollo industrial de Alemania había logrado incorporar el desarrollo tecnológico creado por las naciones europeas más viejas, pero su capacidad industrial requería un desarrollo paralelo de mercados para sus productos y materias primas baratas para la industria.

Por las circunstancias políticas de la etapa inmediatamente anterior, su dominio colonial era insuficiente para estas nuevas y crecientes necesidades. Paralelamente, Inglaterra y Francia veían descender la demanda de sus productos como consecuencia del desarrollo industrial de Alemania y Estados Unidos. El elemento desencadenante de la guerra —precedida por un largo período de “paz armada” entre las potencias— tiene un papel anecdótico: lo fundamental es la lucha por el control político y económico de las colonias.

El Tratado de Versalles —que fija las condiciones del armisticio— es el símbolo del reordenamiento de las fuerzas políticas entre los países de Occidente.

Destruido el poder de Alemania, los ingleses y franceses se reparten los beneficios obtenidos por el triunfo. Pero el verdadero vencedor de esta guerra es Estados Unidos que, habiendo entrado tardíamente en ella, logra capitalizar las necesidades europeas. Apartados de las actividades normales del período de paz por la confrontación armada, dejan abierto un vacío que es rápidamente llenado por la producción norteamericana.

Estados Unidos se convierte en principal exportador de minerales, productos semielaborados y elaborados, municiones, materias primas y alimentos. Por otra parte, reemplaza con su propia industria los productos europeos que antes importaba, lo que determina un amplio desarrollo, en especial de las industrias químicas.

De esta forma, la hegemonía financiera-industrial en el nivel internacional se desplaza desde Londres hacia Nueva York: Wall Street comienza a ser el centro financiero por excelencia. Pero la primera guerra tiene, por otra parte, consecuencias no previstas por las potencias que la habían desencadenado.

El gobierno de la Rusia zarista, conmovido por profundas contradicciones internas que la guerra termina por hacer estallar, se derrumba ante la ofensiva de los soviets de obreros y campesinos encabezados por Lenin, y el Partido Bolchevique toma el poder para instaurar el primer estado socialista mundial.

La implantación del poder comunista en Rusia va a crear un nuevo tipo de contradicciones en el nivel internacional.Las potencias occidentales reconocen el peligro que genera la existencia de un poder que cuestione él sistema capitalista y se consolide internamente en el plano político-económico. En esta medida, inmediatamente después de la finalización de la Primera Guerra, se organiza el acuerdo de las potencias imperiales —Estados Unidos, Inglaterra, Francia y Japón— que, apoyadas en los sectores zaristas contrarrevolucionarios de Rusia, llevan adelante, tres intentos de invasión entre los años 1919 y 1921; todos terminan con la más absoluta derrota. Luego de estos fracasos, los países imperiales elaborarán una política de aislamiento de la URSS —política que los Estados Unidos reproducen en Cuba a partir de 1962—, pero los intentos de nuevas invasiones son definitivamente descartados.
Mientras tanto, el poder soviético logra consolidarse internamente y, al comenzar la Segunda Guerra Mundial, la URSS —a través del desarrollo autónomo de su industria pesada implantado por el régimen stalinista— se ha transformado en una potencia económica y militar.

Pero este desarrollo se generó a cambio de un alto costo político y social. En los años de entreguerras y luego de la muerte de Lenin, la “dictadura del proletariado”, como concepción de un poder popular ha sido desplazada por la
dictadura de Stalin, como poder de una burocracia.

Al mismo tiempo, el desarrollo de movimientos nacionales en los países coloniales y dependientes comienza a consolidarse con un contenido social y de masas gestando, en el período que media entre las dos guerras, las condiciones que van a madurar a partir de la Segunda Guerra Mundial. El fenómeno del nacionalismo es tal vez una de las más ricas expresiones que presenta el desarrollo político del Tercer Mundo. Con características propias en cada región, el nacionalismo de los países dominados no puede ser equiparado al nacionalismo de las grandes potencias.

Al encontrarse los sectores privilegiados comprometidos con la dominación, la liberación nacional pasa a ser una bandera de las masas populares. La afirmación nacional y la liberación social se convierten así en partes inseparables configurando una de las características definitorias del Tercer Mundo. Lo que va a signar globalmente este período es, precisamente, el desarrollo de movimientos políticos que hacen sus primeras experiencias masivas en una perspectiva nacional y antiimperialista.

El nacionalismo colonial de “élite” es reemplazado, en esta etapa, por un nuevo nacionalismo que intenta nuclear a los distintos sectores de la sociedad capaces de oponerse a las metrópolis dominantes. Expresión de este fenómeno es el movimiento “4 de mayo” que se desarrolla en China en 1919.

Otras potencias menores
En el reparto colonial hubo otros países europeos que intentaron consolidar sus posiciones o hacerse también de algunas colonias. Bélgica consolidó sus posesiones en África —territorios del actual Zaire— que, más que una empresa nacional, fue el fruto de la codicia y la astucia personal de Leopoldo II.

Holanda modernizó la explotación de sus colonias de las Indias Holandesas —actual Indonesia—, mejorando las comunicaciones, estableciendo una administración centralizada y creando plantaciones modernas de caucho, especias y tabaco.

Portugal creyó posible establecer un imperio colonial desde la costa del Atlántico al Indico, pero tuvo que renunciar al recibir un ultimátum de Gran Bretaña en 1890; aunque a través de acuerdos diplomáticos, y con el consentimiento británico, logró extender enormemente sus territorios a finales de siglo, desde las escasas franjas costeras que ya controlaba, hasta alcanzar una superficie de más de dos millones de kilómetros cuadrados (Angola, Mozambique y Guinea-Bissau).

España, además de la pequeña colonia de Guinea Ecuatorial, recibió el derecho a establecer un protectorado sobre el Rif, en el norte de Marruecos, además del territorio del Sahara occidental.

Italia inició su expansión colonial en 1882, en gran medida por su rivalidad con Francia, por razones de prestigio nacional, y también para hacer olvidar el “irredentismo” (aspiraciones territoriales sobre el sur del Tirol y el Adriático). Italia se anexionó Somalia y Eritrea, y más tarde estableció un protectorado sobre Abisinia, pero al querer convertir el protectorado en colonia, los italianos fueron derrotados por lo que tuvieron que renunciar incluso a mantener el protectorado. En 1912 declaró la guerra al débil imperio turco, y se anexionó Libia —que se convirtió en una colonia— y las islas del Dodecaneso.

Con esa conquista, en 1912, solamente el pequeño Estado de Liberia y el reino de Abisinia estuvieron libres de la colonización europea.

Documento, Sobre el Imperialismo Colonial

“La colonización es la fuerza expansiva de un pueblo, es su potencia de reproducción, es su dilatación y su multiplicación a través del espacio; es la sumisión del universo o de una gran parte de él a su lengua, a sus costumbres, a sus ideas y a sus leyes. Un pueblo que coloniza es un pueblo que pone las bases de su grandeza futura. Todas las fuerzas vivas de la nación colonizadora se ven acrecentadas por este desbordamiento hacia fuera de esta desbordante actividad.

Desde el punto de vista material, el número de los individuos que forman la raza, aumenta en una proporción sin límites; la cantidad de recursos nuevos, de nuevos productos, de equivalentes de cambio hasta ahora desconocidos que demandan la intervención de la industria metropolitana, es inconmensurable; el campo que se abre a los capitales de las metrópolis y el dominio explotable que se ofrece a la actividad de sus ciudadanos, son infinitos. Desde el punto de vista moral e intelectual, este acrecimiento del número de las fuerzas y de las inteligencias humanas, estas condiciones diversas en las que todas estas inteligencias se encuentran situadas, modifican y diversifican la producción intelectual. ¿Quién podrá negar que la literatura, las artes y las ciencias de una raza determinada, al ser amplificadas de este modo, adquieren una pujanza que no se encuentra en otros pueblos, de naturaleza más pasiva y sedentaria? (…)

Sea cual fuere el punto de vista en que nos situemos (…) siempre nos encontraremos con una verdad incontestable: el pueblo que coloniza más, es el primer pueblo; y si no lo es hoy, ya lo será mañana.”

P. LEROY-BEAULIEU:
De la colonisation chez les peuples
modemes. París, 1870

Leroy-Beaulieu, economista francés y uno de los más brillantes teóricos de la colonización

Fuente Consultada:
Ciencias Sociales Historia EGB 9 Luchilo-Privitellio-Paz-Qués
Enciclopedia de los Grandes Fenómenos del Siglo XX Tomo 1
Historia Universal Navarro-Gárgari-González-López-Pastotiza-Portuondo

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La Guerra del Paraguay Causas y Consecuencias La Triple Alianza

Entre los años 1860 y 1870 la cuenca del Plata fue escenario de una cruel guerra entre los países ribereños de sus grandes ríos. Argentina, Brasil y Uruguay por un lado y Paraguay por el otro. Protagonizaron un largo y sangriento conflicto que dejó como saldo un Paraguay papel secundario. Nefasta contienda, cuyos hechos enlutan la historia de cuatro países americanos a la que condujeron circunstancia políticas, rivalidades territoriales que superaron toda consideración humanitaria.

Dice Ricardo de Titto, en su libro Los hechos Que Cambiaron La Historia Argentina en el Siglo XIX, “Sea por vergüenza histórica o por un ocultamiento deliberado, esta página [la guerra de la Triple Alianza] que enluta la memoria argentina y la deja en terrible deuda con un país hermano, es para muchos una gran incógnita. Se puede argumentar que la historia siempre es un recorte seleccionado de hechos, pero resulta sospechoso que uno de tal dimensión como la “guerra de la Triple Alianza” haya merecido sólo menciones refractarias y parciales durante décadas de historiografía oficial. Desde hace unos años el tema empieza a ocupar el lugar que merece. Las causas que provocaron la guerra, y sus trágicas consecuencias, que todavía hoy -ciento cuarenta años después- resienten la vida del Paraguay, sirven para echar luz sobre las sombras en que se pretendió ocultar la más sanguinaria de las luchas en las que participó nuestro país.”

ANTECEDENTES:EL EJEMPLO PARAGUAYO Y SU AISLAMIENTO:

“Una trilogía gobierna el Paraguay durante más de cinco décadas. Iniciada por el ‘supremo” José Gaspar Rodríguez de Francia, la continúa su sobrino Carlos Antonio López, quien abdica, de hecho, en su hijo Francisco Solano López, una suerte de “príncipe heredero” de la dictadura, que asume el 16 de octubre de 1862. La dinastía logra que el país goce de estabilidad y una cierta prosperidad. Mantiene una relación de equilibrio con sus vecinos más poderosos, el Imperio del Brasil y la Argentina, y tiene una economía primaria basada en la explotación del tabaco, la yerba y la madera, que satisface sus necesidades. La propiedad agraria está en manos de grandes latifundistas y se completa con múltiples chacras de pequeñas dimensiones que incorporan la explotación del algodón, un nuevo “oro blanco”.

El gobierno fomenta la educación y consigue un alto índice de alfabetización. Por la Constitución de 1844 se obliga a invertir en la enseñanza de medicina y arte y a contratar maestros extranjeros. En 1862 las escuelas primarias tienen casi 25.000 alumnos. Como resultado de esa política “autosuficiente”, el país se mantiene en un relativo aislamiento.

En 1856 se inaugura el ferrocarril primera vía férrea de Sudamérica, que une a Asunción y Paraguarí. Si bien los rieles son importados, los coches son enteramente construidos en el país. El mismo año es botado el primer barco de vapor con casco de acero construido en América , el Yporá. También instala el telégrafo, promueve la fabricación de papel y tejidos y establece la primera fundición de hierro de hispanoamérica en Ybycuí: alimentado con leña, el alto horno puede fundir una tonelada de metal por día. Para desarrollar la agricultura se fomentan las “Estancias de la Patria”, por medio de las cuales el Estado, propietaria de la tierra, otorga parcelas en arriendo a los campesinos.

Su posición geográfica, sin embargo, hace depender al Paraguay de los ríos navegables que lo llevan al océano. Y estas vías son propiedad de los países vecinos, cerrarle al Paraguay el tráfico fluvial es lo mismo que decretar su muerte. El Brasil y la Argentina tienen otra causa suplementaria para celar de su vecino: mientras la nación. guaraní ha crecido sin endeudarse, ellos están comprometidos en una abultada deuda externa con la banca británica desde la época de la guerra que los enfrentó, hace casi cuarenta años.
Todo confluye contra López: su pretendida autonomía política que se da de bruces con su ubicación geográfica; el incipiente desarrollo económico paraguayo no quiere aceptar tutorías extranjeras. Demasiados intereses se suman en su contra.

CAUSAS: Desde 1810 Paraguay sometido a una dictadura paternalista vivió aislado de la política rioplatense. Gaspar Rodríguez de Francia dirigió los destinos de aquel estado mediterráneo al que la fuerte rivalidad comercial con Buenos Aires instó a emanciparse de los gobiernos porteños. En 1840 falleció Francia y tras un breve intermedio, el poder quedó en manos de Carlos Antonio López quien de hecho se convirtió en gobernante absoluto. En 1862 falleció y su hijo Francisco Solano mediante una ficción constitucional heredó el poder.

La situación geográfica de Paraguay condenó este país a un callejón sin salida. Su puerta al mar, es decir, el libre acceso a las rutas comerciales de ultramar dependía de los ríos argentinos. La actitud prudente de Gaspar Francia que evitó mezclarse en los problemas de las regiones vecinas, fue alterada por los López sobre todo por el segundo de ellos.

El problema de los ríos se sumo a cuestiones de límites entre Argentina y Paraguay (Misiones y Chaco) y entre este país y el Brasil (en el Mato Grosso) heredadas de las imprecisas demarcaciones virreinales. La navegación del Vio Paraguay (comunicación natural con la última región citada) era, al mismo tiempo. una cuestión de vital importancia para Brasil, y ello ocasioné diversos conflictos.”

HACIA LA CATÁSTROFE. En 1863 la lucha entre blancos y colorados, en Uruguay, sirvió de excusa para la intervención de Brasil en ese pequeño estado. En realidad, fue la presión de los hacendados riograndenses, fuertemente interesados en los campos fronterizos, lo que impulsó la actitud del Imperio. La República Argentina dirigida entonces por Mitre, permaneció neutral, en tanto las fuerzas brasileñas atacaban al país hermano con apoyo de las fuerzas coloradas de Venancio Flores.

Los blancos acudieron ante Paraguay en procura de ayuda y el dictador López vio la oportunidad de intervenir en favor de lo que él llamaba el equilibrio en el Plata. Su intimación a Brasil para que cesara la intervención en Uruguay no fue aceptada iniciándose entonces las hostilidades.

LA POSICIÓN ARGENTINA. Brasil era el rival tradicional de Buenos Aires en el Plata. En la cuestión oriental el gobierno de Mitre (simpatizante, por otra parte. de los colorados) había permanecido al margen esto es permitiendo la intervención del Imperio, una vez que éste garantizó la integridad territorial de Uruguay.

Al estallar la lucha entre Brasil y Paraguay, este último país solicitó de la República Argentina autorización para trasladar sus ejércitos a través de su territorio, cosa que le fue negada. Para nuestro gobierno, una actitud favorable a Paraguay podía significar un serio peligro: las ambiciones de Solano López de lograr una salida al mar para su patria afectaban la seguridad del litoral, donde la política paraguaya contaba con adeptos entre los enemigos del gobierno mitrista.

La negativa de Buenos Aires lanzó a Paraguay ya en guerra con Brasil, al conflicto con las otras dos naciones involucradas, pues en Uruguay el apoyo imperial dio la victoria a los colorados y Venancio Flores, llegado al poder con ese triunfo se apresuró a aliarse con Argentina y Brasil.

LA GUERRA : López inició las acciones contra Brasil capturando al vapor de esa bandera Marqués de Olinda. el 11 de noviembre de 1864; en febrero de 1865 declaró la guerra a la República Argentina, aunque este hecho fue conocido por Buenos Aires mucho más tarde. Para ese entonces los blancos uruguayos habían sido vencidos.

LA OFENSIVA PARAGUAYA. López erró sus cálculos desde el principio. Aguardando tal vez un pronunciamiento favorable de los federales argentinos sobre todo del litoral, inició sus operaciones hacia el norte, invadiendo exitosamente el territorio brasileño de Mato Grosso. Este triunfo no fue decisivo; en cambio, dio tiempo a la derrota de los blancos uruguayos evitando toda posible coordinación de esfuerzos con los paraguayos. A mediados de abril las tropas paraguayas invadieron la provincia argentina de Corrientes, avanzando a lo largo de los ríos Paraná y Uruguay.

LA TRIPLE ALIANZA. El 1 de mayo de 1865 Rufino de Elizalde (ministro argentino de Relaciones Exteriores), Octaviano de Almeida Rosa y Carlos de Castro (representantes de Brasil y Uruguay. respectivamente) signaron el llamado Tratado de la Triple Alianza. Se puntualizaba allí que la guerra seria dirigida contra el gobierno y no contra el pueblo paraguayo simple participante en los hechos, y que se respetaría la integridad del Paraguay. Sin embargo, el tratado establecía ventajas territoriales para los estados firmantes.

Paraguay, fruto de la política armamentista de los López, contaba con un poderoso ejército, parcialmente dotado de armas modernas arsenales y manufacturas de guerra. Podía poner en armas 6000 hombres y contaba con varios vapores de guerra y otros adaptados al efecto en parte tripulados por marinos ingleses.

LAS OPERACIONES EN EL LITORAL (1865).

El avance paraguayo sobre la Mesopotamia sufrió un rudo contraste ante la marina imperial en el sangriento combate naval del Riachuelo (11 de abril de 1865) donde, pese al valor de los paraguayos su escuadrilla quedó fuera de combate y los ríos en poder del enemigo.

El 17 de setiembre de 1865 una parte de las fuerzas paraguayas al mando de Estigarribia se rindió en Uruguayana —localidad brasileña que habían ocupado— a los aliados encabezados por Mitre (jefe terrestre de los ejércitos de la Triple Alianza). Cerca de 30.000 hombres había empeñado López en esta ofensiva y tras la derrota citada debió ordenar su repliegue.

LAS LUCHAS EN TERRITORIO PARAGUAYO.
Desde 1866. Paraguay, librado a sus solos recursos, cortada toda comunicación con el exterior, se limitó a una desesperada acción defensiva que sólo prolongaron el coraje de sus soldados y la ceguera y el despotismo de López, confiado en su eficaz sistema de fortificaciones.

La ofensiva aliada al suelo paraguayo (las tropas argentinas sumaban ya 25.000 hombres) fue seguida por tremendos encuentros, generalmente desfavorables a Paraguay. Se sucedieron así Estero Bellaco (2 de mayo de 1866), Tuyuti (24 de mayo de 1866), Boquerón y El Sauce (16 y 18 de junio). Señalamos, como dato curioso, el empleo que las fuerzas de la Triple Alianza hicieron, en alguna oportunidad, de globos cautivos

Una entrevista entre Mitre y López celebrada en Yataiti-Corá, no produjo ningún resultado favorable, ya que el mandatario argentino no quiso negociar al margen del Brasil (cosa que Brasil hizo luego) y la guerra siguió su curso.

CURUPAYTÍ. El 22 de setiembre de 1866 un asalto frontal contra las trincheras paraguayas que guarecían aquella fortaleza terminó en un desastre. El bombardeo naval de la escuadra brasileña, al mando del almirante Tamandaré no hizo mella en los atrincheramientos del ene migo, y las tropas terrestres dirigidas por Mitre sufrieron un duro revés: solo el ejército argentino perdió más de 5000 hombres entre ellos Dominguito Sarmiento. La se prolongó entonces al tiempo que los opositores al mitrismo y el sentimiento de las provincias contrario a la guerra creaban una caótica situación en el interior del país.

EL FIN DE LA CONTIENDA. Pese a Curupayti la derrota paraguaya era cuestión de tiempo. Los ejércitos enfrentados se debatieron en nuevos y sangrientos encuentros (Piquisirí, ltá Ibaté) y el 5 de enero de 1869 (Sarmiento ya gobernaba en Buenos Aires) las fuerzas de la Triple Alianza entraban en Asunción.

López, entretanto, y dispuesto firmemente a no rendirse, había comenzado una retirada hacia el norte (a Cerro Cora), seguido por una escasa y desnutrida tropa de 2.000 hombres y 20 piezas de artillería y el resto de un pueblo, abnegado y enfermo, afectado por el hambre y la disentería que dejaba a su paso los cadáveres de los paraguayos que no podían continuar. Este peregrinaje se prolongó hasta el 1 de marzo de 1870, día en que el mariscal López, al mando tan sólo de un grupo de 400 hombres, fue atacado por una columna brasileña al mando del general Cámara y muerto de un sablazo en el vientre a orillas del arroyo Aquidabán.

La guerra del Paraguay, que constituyó un verdadero genocidio, había terminado definitivamente. Alrededor de 700.000 paraguayos sucumbieron en ella, quedando solamente 150.000 mujeres, hambrientas y enfermas, y unos 1.500 hombres que eran ancianos, niños y mutilados de guerra. El país hermano había sido trágicamente exterminado. Sobre él pendía una tremenda deuda económica, y las epidemias de cólera y fiebre amarilla seguían causando estragos. Es el momento en que Brasil reclamó para sí sus derechos sobre los territorios en conflicto.

Pero nuestro país se ciñó a un nuevo principio proclamado por el ministro de Relaciones Exteriores del presidente Sarmiento, Mariano Várela, en su mensaje del día 27 de diciembre de 1869: “La victoria no da derechos a las naciones aliadas para declarar por sí, límites suyos los que el tratado señaló”.

Esta declaración tuvo por objetivo denunciar la actitud de Brasil, que se atribuía una extensa región no reclamada antes de la guerra como propia. Los recelos imperiales reaccionaron inmediatamente ante la declaración del ministro Várela, y esta situación estuvo a punto de terminar en una ruptura de relaciones entre los gobiernos de Buenos Aires y Río de Janeiro. Por este motivo fue enviado a Brasil por el presidente Sarmiento, en misión diplomática, Bartolomé Mitre, por considerar aquél que éste era el hombre indicado para componer la peligrosa situación.

Solano López continuó con su deshecho ejército una acción sin esperanzas hasta
caer muerto ante una partida brasileña en marzo de 1870.

CONSECUENCIAS DE LA GUERRA. Paraguay quedó literalmente arrasado; la mayoría de su población útil había caído en el combate. Las pérdidas humanas sufridas por sus enemigos fueron también considerables; las secuelas de la guerra se dejaron sentir por largo tiempo en la República Argentina.

El conflicto no terminó con el cese del fuego. Los problemas pendientes fueron resueltos por la diplomacia. El Imperio impuso a los vencidos los limites que a él le convenían; la República Argentina negoció largamente los territorios en conflicto, tras haberse iniciado la paz con la generosa doctrina de Varela, ministro de Relaciones Exteriores de Sarmiento: la victoria no da derechos a las naciones aliadas para declarar por si límites que el tratado señaló.

Los resultados obtenidos por unos y otros no justificaron el conflicto. La única moraleja a extraer, si cabe sacarlas de los hechos históricos, sólo demuestra lo inútil y costoso de las guerras entre pueblos hermanos.

“La guerra contra el Paraguay dejó otras consecuencias sociales y demográficas. En 1871 b fiebre amarilla asoló Buenos Aires, el 15 % de la población murió a causa de la infección v hasta los miembros de la Comisión de Higiene se contagiaron. El virus, aparentemente, te propagó en los campamentos militares.

¿Fue la epidemia una suerte de venganza póstuma? No se trata, desde ya, de maldiciones históricas pero sí de reafirmar que las guerras nunca terminan con la última batalla. En los años posteriores se produjo, además, un masivo éxodo de correntinos hacia un Paraguay habitado sólo por niños, ancianos, muchachas solteras y viudas.

El entrecruzamiento de sangres y apellidos permitió, con el tiempo, cerrar algunas heridas del pasado cruento. De todos modos, el Paraguay nunca se repondrá completamente del mazazo que en 1865 le dieron sus actuales socios del Mercosur. Es, de lejos, el país más pobre de los cuatro. “Muero con mi patria”, se dice que pronunció López al morir, y tal vez sea una de sus frases más acertadas.”

PARA EL ANÁLISIS: ¿Por que la guerra?, “Se han tejido tantas explicaciones que van desde la defensa del honor nacional hasta la presión de Inglaterra sobre la Argentina para que participara y abrir así el Paraguay al comercio internacional. Todas tienen algo de creíble, pero también sus vacíos. Por eso, la participación argentina en la guerra sigue sin una explicación definitiva y convincente”.

¿Por qué se desata la guerra?, ¿por qué es tan furiosa?, ¿a quién convenía el conflicto? Estos interrogantes, en este caso, todavía admiten un abanico de respuestas. Los historiadores Rodolfo Ortega Peña y Eduardo Duhalde sostienen que Inglaterra fue el real patrocinante de una guerra de conquista:

“La guerra parecía un hecho irracional, pero es que el mundo vivía la transformación de la exportación de mercaderías en exportación de capitales, y América del Sur era la víctima propicia de esa transformación, profundamente ‘racional’ para los intereses británicos. […] Algodón, libre navegación, empréstitos, límites, ganancias comerciales, destrucción industrial, poder político, ambición y temor, significaron la guerra de la ‘doble alianza’ entre el capital financiero y las oligarquías locales. Drama de personajes americanos, con un protagonista y autor oculto: Inglaterra, puesta en evidencia, a través de los pocos rastros dejados en su letal paso.”

León Pomer en El Paraguay, víctima del libre cambio sostiene:

“La guerra del Paraguay significó para el país guaraní su ingreso al mercado mundial organizado por las potencias centrales. Caro fue el precio que pagó. El Paraguay perdió el ejercicio autónomo de su voluntad nacional y en consecuencia, se vio impulsado a abandonar un camino de desarrollo absolutamente singular, propio e independiente.”

Y se pregunta entonces ¿qué era el Paraguay antes de 1865 para que tres gobiernos hicieran la guerra unidos, “pagados por una sola bolsa indisimuladamente británica”?.

Más allá de cuál fuera el nivel de las fuerzas productivas paraguayas -si en verdad estaban desarrollándose a toda marcha o era sólo un espejismo de la dictadura—, la guerra responde, sin duda al fenómeno de la expansión comercial que domina la etapa histórica como un prolegómeno del imperialismo moderno, y la masacre beneficia en el mediano plazo la expansión de los intereses económicos de las burguesías porteña, brasileña. Sin embargo, en lo inmediato, dificultó el desarrollo de una Argentina recién unificada y la embargó en una costosa deuda externa que pagaron las generaciones futuras”

PARA SABER MAS…
CRÓNICA DE LA ÉPOCA
El Bicentenario Fasc.N°4 Período 1870-1889 Nota del Historiador Alejandro Fernández

Juan Bautista Gilí, segundo presidente constitucional del Paraguay en la posguerra, debe convivir con la ocupación militar de los vencedores. Los diplomáticos brasileños, más que los argentinos, son los árbitros de la política: a ellos recurren las facciones políticas, todas ellas tributarias del pensamiento liberal, que han surgido después de la gran derrota. Los paraguayos antilopistas que vivieron la guerra desde el exilio o en la Legión Paraguaya que luchó junto a la Triple Alianza están ahora en el poder.

No obstante, han admitido en sus filas a antiguos colaboradores de Solano López, como el general Bernardino Caballero. Los aliados, Brasil y la Argentina, han enterrado su alianza y están seriamente enfrentados, con grave peligro de llegar al enfrentamiento armado. Las pretensiones territoriales brasileñas ya fueron reconocidas por el tratado Cotegipe-Loizaga, de 1872. Una maniobra de la cancillería imperial se adelantó a asegurarse su parte en el botín: una región muy rica en yerbatales.

La Argentina de Mitre pretende el entero Chaco. Ahora, en 1876, se llega a un acuerdo entre Bernardo de Irigoyen, canciller argentino, y Facundo Machain, por el lado paraguayo. El Chaco es dividido en tres partes. Se le reconoce al Paraguay lo que queda al norte del río Verde; el sur del Pilcomayo es adjudicado a la Argentina, y la región intermedia entre ambos ríos es sometida al arbitraje del presidente Rutherford Hayes de los Estados Unidos.

Todo hace suponer que Hayes se inclinará a favor de los derechos paraguayos, ya suficientemente despojados por los ex aliados de la Triple Alianza. El Estado paraguayo, mayor poseedor de tierras de nuestro país, luego de haber dilapidado ignominiosamente los empréstitos de 1871 y 1872 “generosamente” concedidos por la banca inglesa, está vendiendo a precio vil la tierra pública para hacerse de fondos. Familias de agricultores sobrevivientes de la gran catástrofe son desalojados de glebas que ocupaban desde hacía varias generaciones.

Se hacen subastas en las capitales extranjeras, y así capitalistas argentinos se transforman en grandes terratenientes. Una grave consecuencia es la brutal explotación a que comienza a ser sometido el “mensú” Del festival dilapidatorio participan políticos oficialistas, que de pronto se convierten en grandes propietarios territoriales. Las bases igualitarias de la sociedad paraguaya han sido quebradas. Estamos entrando en la civilización.

CRÓNICA II , Nota de la Historiadora Nidia Areces “Durante la guerra se dieron acontecimientos decisivos, muchos de ellos imposibles de olvidar por los actos de heroísmo que se registraron: el combate de Riachuelo, la rendición de Uruguayana, las batallas de Estero Bellaco, Tuyutí, Sauce, Boquerón, Curupaytí, las campañas de Humaitá y de Pikysyry, la batalla de Lomas Valentinas, la ocupación y pillaje de Asunción, la batalla de Piribebuy y la campaña de la Cordillera.

El mariscal López continúo resistiendo a pesar de la ocupación de Asunción, y en la etapa final del conflicto logró agrupar un ejército de doce mil almas en su mayoría de viejos y niños. El Imperio, frente a esta reacción, decidió continuar la guerra sin cuartel mientras que argentinos y uruguayos consideraron que ocupada la capital, la guerra había finalizado. Marcharon de regreso a sus países dejando en Paraguay unos pocos regimientos. Ha sido una guerra impopular sobre todo en el interior de la República Argentina.

Se dieron varios focos de protesta y rebelión contra el gobierno de Buenos Aires. Muchas voces también se escucharon en contra de ella. El jurista argentino Juan Bautista Alberdi se erigió en Europa como campeón de la causa paraguaya. Los países americanos con costa en el Pacífico reclamaron insistentemente por el cese de las hostilidades protestando por los términos del Tratado.

En esta guerra todo el pueblo paraguayo se movilizó y se mostró cohesionado frente al conflicto, a pesar de algunas disidencias que se dieron en el seno mismo del gobierno y que en estas horas de derrota han buscado acomodarse a la nueva situación.”

Fuente Consultada:
Historia 3 La Nación Argentina Kapelusz
Los hechos Que Cambiaron La Historia Argentina en el Siglo XIX, Ricardo J. de Titto

Los medios de transportes en la Segunda Revolucion Industrial

La revolución en los medios de transporte que conoció Europa durante el siglo XIX se considera uno de los fenómenos más importantes dentro del conjunto de transformaciones económicas del siglo.

A la hora de detenernos sobre las características fundamentales del desarrollo de la segunda fase de la Revolución Industrial, el estudio de los avances realizados en el terreno de las vías y los sistemas de comunicación resulta primordial para comprender, tanto el desarrollo de la población y de los intercambios, como la creación de infraestructuras que faciliten la agilización de la producción mercantil.

En este sentido, el proceso histórico de industrialización en Inglaterra, durante el siglo XVIII, había ofrecido experiencias definitivas, a partir de las cuales se iniciaría, en el primer tercio del siglo XIX, una gigantesca renovación técnica. Francia, los Países Bajos y, posteriormente, Alemania emprendieron la gran tarea de adecuar sus sistemas de comunicación y transporte a las necesidades creadas por los nuevos modelos de desarrollo industrial.

A la luz del librecambismo del pensamiento económico de Adam Smith y David Ricardo, o del triunfo de los programas del liberalismo, las futuras potencias europeas y Estados Unidos emprendieron un prolongado proceso de reconversión de los antiguos criterios de comunicación y transportes, anclados por: las condiciones de estrechez de los mercados locales, los cortos proyectos mercantiles, la inoperancia de redes de comunicación precarias que alteraban los ritmos de producción, a la vez que sobrecargaban los índices de costos, y multiplicaban las dificultades del rápido abastecimiento de materias primas en situaciones críticas.

Vías de comunicación terrestre

En la etapa que va de finales del siglo XVIII a la mitad de XIX asistimos a una reconstrucción sistemática de carreteras. Muchas de ellas fueron pavimentadas y algunas presentaban ya la innovación del doble carril.

Por otra parte, el sistema de carreteras de peaje (turpike roads), que fuera puesto en práctica en Inglaterra a finales del siglo XVIII, se fue generalizando, lo cual atrajo principalmente a la iniciativa privada. La política librecambista inglesa venía facilitando la construcción de nuevas carreteras por el sistema de las Enclousures Acts, que prevenía la distribución de tierras. No obstante, el progresivo desarrollo de redes de comunicación terrestre conocería los principios de una notable paralización, cuando, ya dentro de la segunda fase de la Revolución Industrial, se impuso definitivamente el ferrocarril como medio de transporte.

La victoria rotunda del riel, el espectacular aumento de velocidad que supuso en su momento, silo comparamos con los tradicionales medios de carga de mercancías (exclusivamente de tracción animal), y las posibilidades extraordinarias que ofrecía para la expansión industrial, el comercio a larga distancia, etcétera, reduciría la función de las carreteras a un papel de “afluente” complementario de las vías férreas, condicionando, en todo caso, el emplazamiento de las estaciones y conservando un papel de redistribución. (Ver: George Stephenson)

Vías fluviales

Desempeñaron económicamente un papel más importante que el mejoramiento técnico de carreteras y puentes. Lo que comenzara en Inglaterra como una “fiebre de canales” para transporte de carbón, con fines industriales o domésticos, durante el siglo XVIII estimulando la iniciativa privada o vigorizando la política crediticia de los pequeños bancos locales, se desarrollaría completamente en Europa y Estados Unidos durante todo el siglo XIX. La victoria del riel no le afectó tan directamente como afectó a las vías terrestres.

La razón estribaría en las ventajas considerables que ofrecían tanto las vías fluviales naturales como los canales artificiales capaces de sostener un flete poco elevado en relación con el peso. Por otra parte, cuando en la segunda fase de la Revolución Industrial se perfeccionó y generalizó el uso de la máquina de vapor, las flotillas de acarreo fluvial se fueron renovando puntualmente.

En Inglaterra, las propias compañías de ferrocarriles rescataron los canales. En Francia, en 1873, se destinaron más de mil millones de francos a la reparación y extensión de una red fluvial, que se desarrollaría entre las zonas industriales del norte y del este.

En Alemania, el auge de la navegación interior explicaba por sí solo el proceso de extensión y generación de importantes focos industriales. La labor de ingeniería realizada fue enorme: aprovechamiento de las vías fluviales que iban al mar del Norte y que favorecían a la región renana, organizando el abastecimiento de materias primas destinadas a las fábricas de Berlín, organización de la gran arteria del Rhin (diques en la cuenca de Colonia, supresión de meandros, excavación de grandes dársenas en los puertos fluviales, que rivalizaban en tonelaje con los del mar).

El flete bajó hasta tal punto que el río reguló, estimuló o marginó vastas corrientes comerciales, atrajo establecimientos comerciales, condicionó la prosperidad del Ruhr y todo el oeste alemán. En Estados Unidos serían despejadas las bocas del río Mississippi; incluso los grandes lagos se convirtieron en un mar interior de gran tráfico. El vapor aseguré, a la vez, el acceso comercial allí donde ni las carreteras ni el ferrocarril tenían posible penetración (recordemos el tráfico del Amazonas, del Yang-tse). En el Nilo, en el Congo y en el Paraná se fue combinando el transporte fluvial con el ferrocarril.

Trascendencia del ferrocarril

Entre 1850 y 1900, el triunfo del ferrocarril condicionó toda una época, dejó una impronta clara de símbolo de progreso y de esperanza, en un occidente que eché a andar entre la opulencia y los grandes conflictos sociales, marcó nuevas formas de vida y alimenté las utopías socialistas de Saint-Simon sobre un mundo conquistado por la vía férrea, donde los hombres se encuentran a sí mismos en el paraíso de los avances técnicos.

También multiplicaría la voracidad de los monopolios, movilizando inmensos capitales y poderosos organismos privados; estimulé la industria pesada; entró a saco en las nuevas áreas de influencia colonial; extendió sus redes en la fiebre del imperialismo, dejando un rastro de ciudades provisionales, factorías, enclaves comerciales o sucursales bancarias; sus rieles configuraron territorios o condicionaron fronteras o se convirtieron en líneas estratégicas, en verdaderos blancos de ataque cuando sonaba la hora de las batallas y las grandes potencias se repartían el mundo. La locomotora fue el fetiche de la segunda mitad del siglo XIX: la imagen de la segunda fase de la Revolución Industrial, acarreando capitales y mercancías, o deteniéndose a las puertas de las grandes ciudades industriales cuando los obreros se tumban sobre los rieles.

tren en la revolucion industrial

Más que cualquier otro factor, el ferrocarril alteró el carácter y la intensidad de la vida industrial, durante un largo periodo de nuestra historia contemporánea. Hay que tomar en cuenta que hasta la mitad del siglo XX no sería reemplazado por otras formas de transporte.

La invención de la locomotora de vapor corriendo sobre rieles de hierro, primero, y después de acero, provocó —como dijimos anteriormente— un espectacular aumento de la velocidad en el transporte terrestre. Antes del siglo XIX el transporte y el acarreo no podían trasladarse más de prisa de lo que permitía la tracción animal, aunque, a mediados de este siglo, el perfeccionamiento de aquella locomotora primitiva (que no escapaba a la curiosidad o a la experimentación) vendría a revolucionar todas las concepciones, en pugna, sobre las necesidades de adecuar el desarrollo industrial a una renovación del sistema de transporte convencional con base en el desarrollo tecnológico.

El carácter espectacular de las esperanzas de progreso que anunciaba la locomotora fue plenamente apreciado por los europeos del segundo tercio de siglo. En consecuencia, la especulación inicial que rodeé el primer momento de auge ferroviario en Inglaterra (1845-1847) fue seguido por un proceso de quiebras en cadena, con la ruina total de muchas empresas privadas.

Las primeras líneas férreas se construyeron en Inglaterra en la década de 1 830, como soluciones a necesidades de comunicación ágil a corta distancia. Anteriormente se habían construido rieles para convoyes de vagonetas de tracción animal, en las proximidades de los yacimientos carboníferos. La primera utilización de la locomotora de vapor se realizó en 1821, por la iniciativa de George Sthephenson, con la inauguración de la línea pública deStockton-Darlington. El ferrocarril conoció su primer gran triunfo.

En 1830 únicamente Inglaterra empleaba locomotoras de vapor, contando tan sólo con dos ferrocarriles. Francia en 1832, y por la iniciativa privada de la familia Seguin, tendió una línea férrea de 58 kilómetros entre Saint-Etienne y Lyon, utilizando también la locomotora de vapor. En 1835, Alemania se decidió por lo que hoy llamaríamos una experiencia piloto, e inauguré una línea de tres millas entre Nuremberg y Fuerth. Siguió Bruselas con un proyecto más ambicioso: unir Bruselas con Amberes mediante ciento cincuenta millas de línea férrea. Cronológicamente surgieron iniciativas al respecto en Rusia, Italia y Sajonia.

Casi todas estas primeras tentativas solo recibieron financiamiento por parte de la iniciativa privada y tenían un carácter fundamentalmente experimental. A nivel de repercusión social, los resultados, sin embargo, fueron mucho más espectaculares que la dimensión real de estas empresas de pequeña escala. A mediados de siglo, la opinión pública se mostraba altamente sensibilizada ante tales proyectos. Lo que en un principio no era más que un intento de renovación tecnológica, sobre todo en el transporte de minerales, pasó pronto a convertirse en empresas de transporte privado y, más tarde, en ágil intercambio de mercancías, de abastecimiento de materias primas, correo, información, etcétera.

En 1860, tanto en Europa como en Estados Unidos, las vías férreas comenzaron a formar amplias y complejas redes de comunicación.

En 1870 Europa contaba con más de cien mil kilómetros de vía férrea. Como dato curioso habría que destacar que en Inglaterra ya era posible ir desde Edimburgo a Londres solamente en doce horas de viaje. Se estaba alterando todo el concepto de velocidad y distancia.

Entonces, iniciaron los problemas entre la iniciativa estatal y la privada. Durante el segundo tercio del siglo se sucedieron con frecuencia las guerras entre compañías, los pactos entre las empresas privadas y el Estado, así como los conflictos de intereses sobre el negocio del transporte. Hubo resistencia de los financieros con concesiones de canales o de carreteras de peaje, e indecisión de los gobiernos, que habían empeñado cuantiosas sumas en la construcción de canales y que lucharon (caso de Francia) denodadamente por complementar iniciativas privadas en el ferrocarril y los servicios de transporte fluvial; también existía un boicot activo de los terratenientes y de los carreteros.

La rápida expansión de las redes ferroviarias y un definitivo triunfo en el terreno de los medios de transporte en la segunda fase de la Revolución Industrial irían amortiguando estas tensiones. La configuración de bloques económicos de poder oligárquico, las tendencias a la conjunción del capital industrial y del financiero, la etapa imperialista del capitalismo occidental y las complicidades contraídas en la cúspide del poder económico y político, son cuestiones a tener en cuenta a la hora de considerar la hegemonía de la locomotora: instrumento fundamental para la unificación de América del Norte (el gobierno actuó como árbitro en la crisis de competencia entre la Union Pacific y la Central Pacific).

El ferrocarril desempeñó un papel fundamental para la consolidación de la gran Alemania de Bismark. Las sociedades privadas italianas se agruparon para facilitar la hegemonía de la casa de Saboya y el gobierno de Roma. El plan gubernamental inglés de desplegar la “Red India” consolidó definitivamente la dominación colonial (transporte de manufacturas, importación de materias primas, ágil traslado de contingentes militares).

El transporte marítimo                         ver: Primeros Barcos de Acero

Si a mediados del siglo XIX las diligencias más perfeccionadas comenzaron a sucumbir al borde de los rieles, lo mismo podemos decir del velero, que alcanzó su apogeo y muerte cuando el vapor lo condenó a los diques de desagüe.

Los primeros modelos de navegación a vapor aparecieron con la renovación de las flotillas de transporte fluvial alrededor de 1830. Ya en 1838, y en discutibles condiciones de seguridad, los dos primeros barcos de vapor arribaron al muelle de Nueva York.

El proceso de perfeccionamiento del nuevo transporte marítimo sería relativamente lento. Hasta 1 880 el velero no fue superado en velocidad por el Steamer a vapor y a hélice. El criterio de economizar por las ventajas de la rapidez de transporte se impuso desde el primer momento.

Las innovaciones técnicas se fueron sucediendo poco a poco. En 1851 aparecieron los primeros cascos metálicos para una mejor adaptación de la hélice. Por otra parte, rutas que eran muy peligrosas para los veleros, serían entonces transitadas con mayores condiciones de seguridad.

barcos en la revolucion industrial

La construcción metálica favoreció, a su vez, el alargamiento del casco: así aparecieron los grandes “correos” de la época 1890-1900, que frecuentaron vastas extensiones del hemisferio austral. El buque de vapor, ya perfeccionado, presentaba ante el velero otra ventaja ineludible: una mayor capacidad de aforo, que a principios del siglo XX duplicaba la de éste.

El abastecimiento se solucionaría jalonando las rutas o acoplando las escalas de aprovisionamiento o descarga, lo cual, a su vez, permitía el abastecimiento de agua dulce para las calderas. Los fletes sufrieron un descenso de precios considerables. No sólo se viajaba en condiciones más seguras y más rápidamente, sino que era más barato el transporte de la mercancía. (Ampliar Sobre Los Transportes)

EL TELÉGRAFO COMO COMUNICARON RÁPIDA DE LA ÉPOCA

Un mes después de que la reina Victoria ascendiera al trono de Inglaterra, los directores del ferrocarril de Londres y Birmingham presenciaron la prueba de un nuevo telégrafo eléctrico. Aquel instrumento de cuatro agujas, les dijeron, podía transmitir cinco palabras por minuto, siempre que fueran cortas. Aunque la distancia que recorrerían las palabras telegrafiadas era modesta (más o menos kilómetro y medio), los inventores, Charles Wheatstone y W.F. Cooke necesitaron tender 30 Km. de cable para lograrlo. Stephenson, un ingeniero ferroviario, envió el primer telegrama, que decía: “¡Bravo!”

Casi simultáneamente, inventores de Europa y Estados Unidos idearon el telégrafo eléctrico, una de las muchas formas que revolucionaron las comunicaciones durante el siglo XIX. Su desarrollo fue paralelo al del ferrocarril, especialmente en los primeros años, cuando los postes que sostenían los cables telegráficos se colocaron casi siempre al lado de las vías del tren.

Las compañías ferroviarias fueron las primeras en comprender el significado del telégrafo y hacer uso de él en la práctica. Les permitió establecer un horario uniforme, o “ferroviario”, en toda la red de vías, y crear un sistema de señales que mantuviera a los trenes a una distancia segura entre sí; también podía emplearse para pedir ayuda.

En los primeros años de la telegrafía, los cables se tendían sobre el suelo. Pero en 1847, el químico y físico Miguel Faraday sugirió aislar los cables con gutapercha (material impermeable), para poder tenderlos bajo la tierra o en el fondo del mar. El primer cable de Londres a París fue inaugurado en 1851 y, el primer cable trasatlántico, en 1865. Para entonces el telégrafo ya estaba firmemente establecido: hacia 1870, el continente europeo estaba surcado por 180,000 km de cables telegráficos.

Una de las mayores ventajas del telégrafo era la velocidad con que las noticias podían recabarse y difundirse. El diario londinense The Times equiparó el cable trasatlántico con la llegada de Colón al Nuevo Mundo, aunque, al mismo tiempo, el editor advirtió a sus reporteros: “Los telegramas son para los hechos; los comentarios deberán enviarse por correo.” El telégrafo revolucionó el periodismo. Hacia 1860, más de 120 diarios en Inglaterra recibían telegráficamente, y día a día, las noticias del Parlamento. La agencia noticiosa con sede en Londres, cuya matriz Julius Reuter fundó primero en Alemania, envió noticias del exterior a los diarios de todo el país. Otra innovación del telégrafo fue crear profesiones como corresponsal extranjero y de guerra, periodistas que, desde el lugar de los hechos, enviaban las noticias tan pronto como sucedían, en vez de que el proceso tomara semanas o meses.

El primer corresponsal inglés —y según algunos, el mejor— fue W. H. Russell del Times, periodista especial en varias guerras, incluso en la de Crimea, en 1850, de donde envió vividas crónicas de las cargas de las brigadas ligera y pesada. Igualmente efectivas fueron las agudas críticas de Russell contra las torpezas e ineficiencias del cuartel general británico en Crimea, y los horrores de las condiciones en los hospitales. La influencia de los diarios ya era lo suficientemente grande cómo para que sus reportajes contribuyeran a la caída del gobierno.

Nobel y la Nitroglicerina

Desde la fundación de la primera fábrica de nitroglicerina, Nobel comienza a realizar sus estudios sobre la nitroglicerina, con el objetivo de disminuir su sensibilidad, característica que hacía imposible su uso en forma pura.

La nitroglicerina fue descubierta por el químico italiano Ascanio Sobrero, el año 1846, y ocho años más tarde Crawford Williamson establece su composición química, , lo que facilitó que años más tarde, con un completo dominio de su estructura, Nobel pudiera ensayar con diversas sustancias para conocer, cuales podían atenuar su gran sensibilidad.

Después de un arduo proceso de experimentación, en el que estuvo a punto de no continuar los estudios emprendidos debido a una violenta explosión en 1864 que destruyó sus laboratorios, mató a cinco personas, entre los que figuraba su hermano menor Emil, y corrió gran peligro su vida.

Pero un día, por casualidad, notó que la tierra de infusorios o trípoli (tipo de piedra caliza porosa) ofrecía la propiedad de ser muy absorbente respecto de la nitroglicerina, pues retenía en sus poros un gran porcentaje de dicha sustancia lo que daba paso a una nueva mezcla, que continuaba siendo un gran explosivo, pero que hacía menos peligroso su manejo.

Corría el año 1867 y Nobel acababa de descubrir la dinamita, con lo que hacía posible el uso industrial de la nitroglicerina y se convertía en el creador de la pirotecnia moderna.

Consciente de que la dinamita no había aportado a la humanidad ni la felicidad ni la paz que él preveía, Alfred Nobel decidió en 1893 que su fortuna podría quizá contribuir a ello. En su primer testamento instituyó un premio destinado a recompensar algún descubrimiento científico que fuera en esa dirección, decisión que no contó a los herederos, que se inquietaron al verse desposeídos. Aun así, Nobel se obstinó, y sería en París, el 27 de noviembre de 1895, que redactaría un segundo testamento.

Una vez que los herederos fueron favorecidos según lo que él consintió en legar, Alfred Nobel dispuso que el resto de su fortuna fuera invertida en instrumentos seguros, y que los intereses generados fueran distribuidos «a las personas que hayan aportado el mayor beneficio a la humanidad».

PREMIOS NOBEL: Cuando el testamento de Alfred Nobel fue revelado, en enero de 1897, no dejó de provocar revuelo, partiendo por el enojo de sus hermanos, que se consideraron expoliados. Nobel menospreciaba las fortunas por herencia, que según escribió, «no aportan más que calamidades, por la tendencia a la ociosidad que engendran en los herederos». Y sobre todo, al confiar la entrega de los premios a Suecia y a Noruega, Nobel provocó una crisis diplomática entre los dos países.

Fue sólo el 29 de junio de 1900 que los estatutos de la fundación Nobel serían promulgados, y los primeros Nobel, dotados de 150.800 coronas suecas, fueron concedidos al año siguiente, el día del aniversario de la muerte del inventor.

El físico alemán Roentgen, descubridor de los rayos X, el químico neerlandés Van’t Hoff, el médico alemán Von Behring y el poeta francés Sully Prudhomme fueron los primeros en recibir los premios Nobel. En cuanto al premio de la paz, fue compartido entre el suizo Henri Dunant, creador de la Cruz Roja, y el economista francés Frédéric Passy, fundador de la Liga internacional de la paz. Un sexto premio Nobel, en economía, fue instituido en 1968.

La Modernizacion de Japon Apertura Economica con Occidente

APERTURA ECONÓMICA DE JAPÓN CON OCCIDENTE: La revolución Meiji fue una “revolución desde arriba”, dirigida por los altos estamentos contra el secular feudalismo japonés, que paralizaba el desarrollo económico de las islas, en favor de las todopoderosas familias del shogunado. Había que entrar en la órbita del mundo moderno y “contestar” al “desafío” de Occidente.

Japón Meiji: Al igual que China, a comienzos del siglo XIX el Japón vivía aislado del resto del mundo. A mediados de siglo, los Estados .nidos enviaron al Japón una flota al mando del almirante Perry ; :n el fin de lograr un acuerdo comercial entre ambas naciones. Luego de una intensa polémica desatada dentro del gobierno japonés, en 1854 se firmó el Tratado de Kanagawa, por el que sus puertos japoneses fueron abiertos a los barcos americanos.

1853: El comodoro Matthew Calbraith Perry se presentó con una escuadra de barcos de vapor armados hasta los dientes en la bahía de Edo, eso sí, de una forma pacífica. Era el encargado de obligar, poniendo de relieve la debilidad del shogun frente a las potencias extranjeras, a Tokugawa  a firmar el primero de una serie de tratados que obligarían al gobierno nipón a abrir sus puertos estratégicos al comercio con el resto de los países del mundo.

En los años siguientes, otras potencias occidentales lograron vengas semejantes. Esta apertura a Occidente desató en el Japón una serie de luchas internas entre los que defendían esa apertura los que se oponían a ella.

En 1868, los primeros lograron imponerse: el emperador, que tomó el nombre de Meiji, recuperó el poder que desde hacía siglos estaba en manos de grandes grupos feudales y el cargo de shogun (jefe de gobierno) fue abolido.

Se enviaron varios especialistas japoneses para analizar los gobiernos extranjeros y para seleccionar sus mejores características que se aplicarían en Japón; se redactó un nuevo código penal a imagen del francés, se estableció un Ministerio de Educación en 1871 para desarrollar un sistema educativo basado en el de Estados Unidos, que fomentaría una ideología nacionalista y la exaltación del emperador a partir del desarrollo del sintoísmo. El país experimentó un rápido crecimiento industrial bajo la supervisión del gobierno.

MISIÓN A OCCIDENTE:

En diciembre de 1871, los integrantes de la misión zarparon de Yokohama en vapor. En Estados Unidos pasaron siete meses, seguidos de cuatro en Gran Bretaña, después visitaron más brevemente Francia, Bélgica y Holanda, antes de llegar a Alemania en marzo de 1873 […] Por donde pasaban […] eran recibidos por jefes de Estado sosteniendo conversaciones con los principales ministros […]. Inspeccionaron departamentos gubernamentales, instituciones militares, parlamentos, juzgados, iglesias, museos, escuelas, bancos y fábricas de todo tipo. Se tomaron copiosos apuntes. Como resultado […] se llevaron a Japón un cuerpo de hechos y opiniones que fue publicado en cinco volúmenes en 1878, constituyendo una guía para la modernización en todos sus aspectos. Lo que es más, la actitud de los hombres de la misión quedó profundamente influida por las experiencias de este viaje.”
W. G. BEASUY. Historia contemporánea de Japón. Madrid, Alianza, 1995.

A partir de la restauración imperial de 1868, el Japón emprendió la tarea de construir un estado moderno. Se decidió, entonces, importar de Occidente las técnicas necesarias para superar el atraso japonés. Cientos de jóvenes fueron enviados a estudiar a Occidente y se contrataron asesores y expertos extranjeros para trabajar en áreas predeterminadas: construcción de ferrocarriles, instalación de máquinas en fábricas o enseñanza en las escuelas.

En 1872, se decretó el servicio militar universal y, unos años después, en 1877, un decreto abolió la clase de los samuráis, no sin un trágico enfrentamiento entre los soldados y los samuráis en Satsuma.

En 1889 se sancionó una constitución que establecía el carácter absoluto y sagrado del emperador, un mecanismo de gobierno altamente centralizado y burocratizado, la creación de dos cámaras legislativas, y que otorgaba el derecho al voto sólo a una minoría (poco más del 1% de la población total).

La restauración Meiji transformó rápidamente todos los sectores públicos de la vida japonesa: la educación, el ejército, la marina y, sobre todo, la economía. Se tendieron líneas férreas, se construyeron astilleros navales y se expandió la industria militar.

A partir de 1880, muchas empresas estatales fueron vendidas al sector privado en condiciones muy ventajosas, lo que constituyó el punto de partida para la formación de grupos familiares con actividades múltiples, los zaibatsu, como fue el caso de Mitsubishi.

La Union Aduanera de Alemania Zollverein Unificacion alemana Bismark

En Alemania, como en Italia, las fuerzas económicas e intelectuales se unieron para favorecer el despertar de un sentimiento nacionalista alemán. Fichte y Herder fueron los teóricos más relevantes de este movimiento que inspiró la visión conservadora del nacionalismo, mientras historiadores, poetas y músicos se esforzaron por encontrar el alma alemana en el pasado heroico y en las leyendas tradicionales. Fichte, quien manifestó claramente la necesidad de crear un Estado alemán unificado y un Imperio único, está considerado como un claro antecedente del pangermanismo, cuyos principios se fundamentan en la herencia histórica como definidora de la nación, en la predestinación metafísica y biológica de Alemania en el mundo y en la exaltación de la guerra como un hecho inevitable.

Antes de la formación de un Estado nacional unificado, el actual territorio de Alemania se encontraba dividido en un mosaico político de más de 30 Estados. Entre ellos se destacaron, por su importancia económica y política, Austria y Prusia.

Desde principios del siglo XIX se inició un proceso de organización de un Estado nacional en Alemania. Un paso importante en este proceso fue la formación de un mercado único en la región, impulsado por la aristocracia terrateniente —los junkers— de Prusia y la burguesía industrial de la cuenca del Rhur.

Un hecho trascendente se produjo en 1835 con el establecimiento de la unificación aduanera —Zoelverein

El nacionalismo económico: el Zolloerein

El primer paso hacia la unificación del país tuvo un carácter económico y fue impulsado por Prusia, que alentó la formación de un mercado único y la supresión de la multitud de fronteras que separaban a los diversos Estados alemanes.

En 1834 se creó el Zolloerein (unión Aduanera) entre todos los Estados de la Confederación Germánica con la exclusión de Hannover, las ciudades hanseáticas y Austria. Esta unión aduanera fue una primera victoria prusiana, ya que había conseguido implicar a todos los Estados alemanes en un proyecto común, y además. Austria, el gran lastre para la unificación, había quedado excluida.

El gran teórico de la unificación económica fue el economista List, quien defendió la necesidad de suprimir las fronteras interiores y la imposición de tarifas protectoras, como el medio más eficaz para fomentar el desarrollo industrial y poder hacer frente a la competencia británica. En efecto, la creación de un mercado único de carácter nacional fomentó la industrialización y el desarrollo de la red ferroviaria.

El crecimiento económico potenció la consolidación de una nueva burguesía industrial y de los negocios que manifestó su voluntad de colaborar en la construcción de la unidad nacional alemana que integró el territorio prusiano con otras regiones alemanas. Sin embargo, debido a las diferencias políticas entre Austria y Prusia, entre otras causas, el proceso de unificación no pudo llevarse a cabo en la primera mitad del siglo XIX.

Desde 1848 fue cada vez más intensa la actividad política de grupos nacionalistas que alentaban la formación de un solo Estado para todos los alemanes.

Plan de Operaciones de Moreno Para la Revolucion de Mayo de 1810

Con esta revolución se formó el primer Gobierno independiente de la metrópoli española, Gobierno que luego le heredaría el nombre de Argentina; los sucesos que se desarrollaron aquí se agrupan en la ya conocida Semana de Mayo, los mismos empezaron el 18 de Mayo de 1810 y terminaron el 25 de Mayo del mismo año con la proclamación de la Revolución.

Con la llegada de la fragata Inglesa a Montevideo, se confirmaban los rumores de que España estaba en apuros; Napoleón Bonaparte la había invadido apresando a su rey Fernando VII quien sería reemplazado por el mismísimo hermano de Napoleón, José Bonaparte.

Estos acontecimientos le daban a saber a Buenos Aires que el poder de la corona se había trasladado a Cádiz, más precisamente al Consejo de la Regencia en donde ya se encontraban las tropas francesas. Este evento fue el primero y el que se encargó de desencadenar los siguientes sucesos que formarían la ya conocida Semana de Mayo y su posterior Revolución.

La estrategia y el Plan de Operaciones
La nueva Junta de Gobierno tiene que cumplir sin demora dos mandatos: llamar a los pueblos del virreinato para que envíen diputados a un congreso general que establezca el gobierno definitivo, y enviar una expedición al interior para ayudar a los pueblos a librarse de la previsible reacción de los grupos que se oponían al alejamiento de Cisneros.

Por supuesto, los nuevos gobernantes sabían que quienes todavía aspiraban a retener el poder serían sus más fervientes detractores. Las duras acciones que tiempo después habrían de tomar los miembros de la Junta se vieron en parte justificadas en la necesidad de imponerse a los ataques de que eran objeto.

En julio de 1810, la Junta designará a Mariano Moreno para que redacte un Plan de Operaciones, el proyecto de estrategia política de la revolución. Otras regiones americanas que ya se habían levantado contra el opresor español también habían contado con documentos que apoyaban sus gestiones, como había sido el caso del movimiento de los comuneros en el virreinato de la Nueva Granada, Colombia, en 1781.

El plan de la Junta de Buenos Aires estaba destinado a uniformar los propósitos y estrategias del nuevo gobierno, y estaba dirigido fundamentalmente al núcleo de patriotas revolucionarios. Por eso podía permitirse algunas metáforas y exageraciones: …y así, no debe escandalizar el sentido de mis voces, de cortar cabezas, verter sangre y sacrificar a toda costa, aun cuando tengan semejanza con las costumbres de antropófagos y caribes… Para conseguir el ideal revolucionario hace falta recurrir a medios muy radicales, aconsejará Moreno al presentar el documento en agosto de 1810.

Hay debates planteados sobre la autenticidad de este Plan de Operaciones. Un documento manuscrito que parecía ser la copia de un plan presentado a la Junta el 30 de agosto de 1810 fue hallado en el Archivo General de Indias en 1896. Las investigaciones posteriores demostrarían que dicho documento habría sido fraguado y escrito por un español intrigante que estaba al servicio de la corte de Portugal con el objetivo de desprestigiar al gobierno patrio. Este descubrimiento desató una polémica para la cual los historiadores todavía no han encontrado una respuesta definitiva. De todas maneras, la política de las autoridades revolucionarias fue muy parecida a lo aconsejado en el plan atribuido a Mariano Moreno.

La Junta necesitaba legitimar su poder y recibir el apoyo de todas las jurisdicciones. El 27 de mayo envió una circular a los gobiernos del interior para comunicarles su existencia y convocar al congreso de diputados.

A pesar del carácter de transitoriedad que en el cabildo abierto del 22 de mayo se había decidido que ten-dría el nuevo gobierno patrio, el día 28 la Junta tomó dos resoluciones que revelaban la preparación para el establecimiento de un régimen nada transitorio. Ya se sugería la necesidad de confeccionar el Plan de Operaciones.

En el orden externo, el nuevo gobierno envía como represente a España a Matías Irigoyen, aunque su verdadera misión consistía en ponerse en contacto con los británicos, asegurarles la adhesión de la Junta en su lucha contra Napoleón y pedirles ayuda contra las posibles hostilidades de Portugal. Al mismo tiempo, Irigoyen debía conseguir el permiso de Inglaterra para adquirir armas para la defensa del territorio.
En cuanto al orden interno, la Junta reorganizó la tropa y convocó al servicio a aquellos que no ejercieran tareas útiles.

Para obtener apoyo popular, el gobierno revolucionario decidió la creación de un órgano de prensa donde plasmar sus decisiones. Mariano Moreno será el director del nuevo periódico, La Gaceta de Buenos Aires. En sus páginas, el director escribirá cuarenta y seis artículos a lo largo de seis meses, en los que se encontrará la síntesis programática del proceso revolucionario.

En el plan se identifican tres clases de individuos:
– los adictos al sistema que se defiende. El plan establecía que en tiempos de revolución estos gozarían de ciertos privilegios e inmunidades. Ningún delito se les castigaría, salvo la infidencia y la rebelión. Se los promocionaría en las milicias y en la magistratura. Sus acciones serían generosamente recompensadas.

– los enemigos declarados y conocidos. Para éstos se recomendaba seguir “la conducta más cruel y sanguinaria’. Castigar con la pena capital ante la menor semiprueba de hechos y palabras sobre todo cuando la o las personas implicadas fueran de renombre, y moderar el castigo cuando las personas no fueran de talento, riqueza u opinión. Proponía decapitar a gobernadores, capitanes generales, mariscales de campo, coroneles, etc.

– los silenciosos espectadores o neutrales (en términos del plan, los verdaderos egoístas). Éstos debían ser vigilados por el gobierno. Se recomendaba cooptar, a través de dádivas, cargos o empleos a los hombres de riqueza, talento o ascendente sobre las poblaciones.

Entre los puntos más importantes del plan figuran indicaciones y sugerencias acerca de la conducta que el gobierno patrio debía asumir frente a las nuevas circunstancias; cómo ganarse la opinión pública y cómo combatir los focos reaccionarios. También se dan instrucciones para promover una sublevación de la Banda Oriental y rendir Montevideo, sin enviar un ejército desde Buenos Aires, para consolidar la revolución.

Por otra parte, se hace referencia a la forma que habían de tomar las relaciones de las Provincias Unidas con España: cómo contrarrestar los informes del enemigo; fingir lealtad a Fernando VII para ganar tiempo. La conducta a seguir con Portugal e Inglaterra es otro de los puntos importantes: había que garantizar la neutralidad o el apoyo de la potencia británica y generar la sublevación del sur del Brasil para unirlo a las provincias del Plata. También se considera la forma de favorecer el aumento de los fondos públicos para los gastos de la guerra y para crear fábricas, ingenios y fortalecer la navegación y la industria en general. El fin último: conseguir la independencia absoluta.

MIGUEL MAZZEO

Guerra Franco Prusia Causas y Consecuencias

Cuando el emperador francés Napoleón III dió cuenta de que la unificación alemana era un hecho, vislumbró que esta alianza era muy peligrosa para la integridad francesa. El poder militar de los prusianos y sus aliados germánicos se había hecho patente en la guerra de 1866 contra Austria, cuyo resultado produjo el traspaso de la hegemonía alemana desde este imperio a Prusia.

Bismarck, al mismo tiempo, animaba deliberadamente la diferencia creciente entre Prusia y Francia para atraer los estados católicos del sur de Alemania a una unión nacional. Asegurándose de la neutralidad rusa, italiana y británica, empujó las preparaciones de guerra en ambos lados, con la notable ineficacia en Francia y con la minuciosidad asombrosa en Prusia.

El pretexto inmediato para la guerra se presentó cuando el trono de España se ofreció al príncipe de la casa de Hohenzollern-Sigmaringen, una rama de la casa gobernante de Prusia. La oferta, al principio aceptada en el consejo de Bismarck, fue rechazada el 12 de julio, después de una fuerte protesta francesa.

Pero un anarquista francés, el duque de Gramont, insistió en convencer al rey de Prusia Guillermo I de Prusia (más tarde Guillermo I de Alemania), quién se negó, entregándole a Bismarck un telegrama para el gobierno francés apoyando su posición. Pero Bismarck lo modificó agresivamente, de manera que Francia se sintiera ofendida, y lo publicó. Los franceses, indignados, cayeron en la trampa y declararon la guerra.

AMPLIACIÓN DEL TEMA, PARA SABER MAS…

LA GUERRA DEL 1870. Napoleón III quedó consternado, pues la victoria de Prusia constituía un rudo golpe para la hegemonía francesa. En París se había creído que la lucha entre Prusia y Austria sería larga y dura, y que al fin Francia podría arbitrar una paz de la que pensaba sacar gran provecho.

Se veía claramente que Bismarck, una vez liquidada Austria, se dirigía contra Francia. Las exigencias del canciller aumentaban cada vez más y las relaciones franco-alemanas fueron empeorando de tal modo que no quedó más alternativa que la guerra. El motivo lo ocasionó el destronamiento de la reina Isabel II de España por la revolución de 1868.

El trono vacante fue ofrecido al príncipe Leopoldo de Hohenzollern, primo del rey de Prusia, lo que ocasionó la protesta de Francia, por entender que tal nombramiento rompía el equilibrio europeo y significaba un peligro para la paz. El embajador francés exigió a Guillermo I, que como cabeza de la familia Hohenzollern, prohibiera al príncipe Leopoldo aceptar el trono de España.

Bismarck comunicó telegráficamente a los Gobiernos europeos las exigencias francesas, tergiversando las manifestaciones del rey y dando motivo a que el Parlamento francés votara créditos extraordinarios y declarara la guerra a Alemania. El pueblo alemán recibió la noticia jubilosamente y recorrió las calles enarbolando banderas y entonando el himno patriótico «La Guardia del Rin».

Mientras el ejército francés se hallaba en un lamentable estado de desorganización, la máquina alemana maniobraba con arreglo a un plan premeditado y con su acostumbrada precisión, bajo la admirable dirección del anciano mariscal Moltke, quien unos días antes había exclamado: «¡Si puedo llevar a cabo esta guerra, llévese el diablo este esqueleto!»

En páginas anteriores, al hablar del reinado de Napoleón III se ha relatado el desastre de Sedán y la derrota francesa de 1870. El ejército alemán había conseguido triunfos que asombraron al mundo.

A consecuencia de estas victorias los príncipes alemanes sometidos a Bismarck constituyeron el Imperio Alemán, el llamado Segundo Reich, continuador del Sacro Imperio Germánico, bajo la presidencia hereditaria del rey de Prusia, y cuya proclamación tuvo lugar solemnemente el 18 de enero de 1871 en la galería de los espejos del Palacio de Versalles.

Paralelamente a estos sucesos, Alemania inició su expansión colonial en África y Oceanía (Togo, Camerún, África occidental y oriental alemanas, islas Marshall, etc.). En 1890 se concertó un pacto con Inglaterra sobre el África oriental; posteriormente se afincaron en Kiao-Tcheu (China) y adquirieron, por compra, la Micronesia española (Oceanía).

En 1888 murió Guillermo I y poco después su hijo Federico, sucediéndole Guillermo II (1888-1918), quien por su carácter enérgico no se avino desde el principio a servir de pelele a Bismarck. Entre ambos surgieron desavenencias que ocasionaron la dimisión del anciano “canciller de hierro” Guillermo II fomentó las construcciones navales para proteger su naciente imperio colonial y disputar a Inglaterra el dominio de los mares, a la par que desarrollaba extraordinariamente las fuentes de su riqueza y colocaba a Alemania entre las primeras potencias del mundo, pero la mejor época de su reinado pertenece, propiamente, al siglo XX.

Fuente Consultada:
Atlas de Historia del Mundo Edición de Kate Santon
Enciclopedia de Historia Universal Espasa Siglo XXI
Civilizaciones de Occidente Tomo B. J. Spielvogel

La Era Victoriana

Venta de Alaska a Estados Unidos Por Rusia

Las primeras fuentes documentadas relatan que los primeros europeos en llegar a la región de Alaska provenían de Rusia. Sin embargo no hay hechos perfectamente contrastados sobre la fundación del primer establecimiento ruso en la misma.

Lo que si hay es una leyenda que habla de este primer establecimiento, fundado cuando los barcos de una expedición capitaneada por Semyon Dezhnev en 1648, fueron desviados de su ruta y desviados hacia lo que hoy es Alaska.

Rusia estaba en una posición financiera difícil y temido perder el territorio de Alaska sin la remuneración en un cierto conflicto futuro, especialmente a sus rivales Británico, que podría capturar fácilmente la región del duro-a-defender. Por lo tanto el emperador Alexander II decidía vender el territorio a los EE.UU. y mandó al ministro ruso a los Estados Unidos, Eduard de Stoeckl, para entrar en negociaciones con Seward en el principio del marzo de 1867.

Las negociaciones concluyeron después de una sesión de la toda la noche con la firma del tratado a las 4 de la mañana de 30 de marzo, con el precio de compra fijado en $7.200.000 (alrededor 1.9¢ por acre).

Americano opinión pública estaba generalmente positivos, pero algunos periódico escritores y redactores tenía sensaciones negativas sobre compra de la tierra. Notablemente, uno de esos hombres era Horace Greeley de Nueva York Tribune.

AMPLIACIÓN DEL TEMA:

En 1867 la Rusia zarista tenía dificultades financieras y diplomáticas. El país tenía enormes deudas a raíz de su humillante derrota en la guerra de Crimea y los ministros del zar Alejandro II apenas podían administrar las vastas y dispersas tierras, propiedad del imperio. Alaska,. que era territorio ruso desde que el explorador Vitus Bering la reclamara en 1741, era una de esas propiedades enfadosas.

Aunque proveía de abundantes pieles de nutria y de foca, la Russian-American Company que operaba en el territorio requería de subsidios estatales para funcionar. Debido a su severo clima y limitado potencial agrícola, Alaska no era un lugar que atrajera a los colonos. Separadas del continente asiático por el mar de Bering, las inhóspitas costas de Alaska sólo tenían unas cuantas bases de comercio de pieles, un puñado de tramperos y algunos cientos de agentes y soldados rusos para mantener la autoridad del zar.

En caso de que Inglaterra o EUA codiciaran Alaska, el zar y sus generales no podrían defenderla de modo oportuno o efectivo. Los rumores de que en Alaska había oro y otros minerales valiosos sólo hacía más precaria la situación de sus dueños. El zar estaba seguro de que, en cuanto los estadounidenses supieran algo acerca de lo que yacía bajo la árida superficie de Alaska, surgiría una estampida similar a la que arrancó a California de México en 1849. Era mejor vender en ese momento el territorio por una suma modesta que permitir su pérdida a cambio de nada pocos años más tarde.
Alza de precio
A principios de marzo de 1867 el zar instruyó a su embajador, barón Eduard de Stoeckel, para que ofreciera por cinco millones de dólares el vasto territorio al secretario de Estado de EUA, William H. Seward. Se iniciaron de inmediato cordiales conversaciones en Washington.

Pronto quedó claro que Seward no sólo se interesaba en esta transacción: le urgía concluir las negociaciones. Expansionista declarado y creyente en el “destino manifiesto” de EUA para extender su dominio en Norteamérica, Seward estaba convencido de que Alaska, a pesar de su lejanía, cobraría con el tiempo un gran valor para su país. Tomó toda una generación comprender su verdadera valía. Pero Seward tenía que procurarse el apoyo del Congreso antes de que los enemigos del presidente Andrew Johnson tuvieran tiempo para reunir fuerzas y montar una contraofensiva.

Stoeckel, intuyendo la urgencia de Seward, adoptó una actitud despreocupada hacia la venta. Supuso que, conforme se elevara la ansiedad de Seward, ocurriría otro tanto con el precio potencial de Alaska. El ardid funcionó. En las siguientes dos semanas Seward elevó su oferta al indiferente Stoeckel. Finalmente, la noche del 29 de marzo, el representante ruso recibió una promesa de 7.2 millones de dólares y ambos estrecharon las manos. Seward insistió en firmar el tratado esa misma noche: ambos sacaron de sus camas a sus respectivos asistentes y se reunieron en el Departamento de Estado, donde rubricaron el tratado de 27 páginas a las 4:00.

Fuente Consultada: Secretos y Misterios de la Historia Reader´s Digest

Historia Conflicto de la Triple Alianza – Antecedentes

El conflicto que terminó enfrentando al Paraguay contra la Triple Alianza conformada por Brasil, la Argentina y el Uruguay comenzó en abril de 1863, como consecuencia inmediata de la invasión del Uruguay por parte de un grupo de disidentes liberales uruguayos (“colorados”), comandados por el general Venancio Flores, para derrocar a gobierno, de tendencia federal (“blanco”) y aliado del Paraguay.

La invasión, preparada en Buenos Aires, contó con el apoyo naval del Brasil. Paraguay intervino en defensa del gobierno depuesto y declaró la guerra al Brasil.

Entretanto, el gobierno de Mitre se mantuvo neutral. La negativa del gobierno nacional a permitir el paso del ejército paraguayo por el territorio correntino llevó a Francisco Solano López, dictador del Paraguay, a declarar también la guerra a la Argentina.

Brasil, la Argentina y el Uruguay firmaron en mayo de 1865 un tratado de alianza secreto (la Triple Alianza), en el que se fijaban los objetivos de la guerra y las exigencias que se impondrían al futuro gobierno.

En la guerra confluyeron numerosos intereses, algunos de antigua data, como las políticas brasileñas de expansión territorial y de control de la cuenca del Plata, y la voluntad de abrir el mercado paraguayo al libre cambio con el exterior, de la que participaba también la Argentina.

ANTECEDENTES  Desde 1810 Paraguay sometido a una dictadura paternalista vivió aislado de la política rioplatense. Gaspar Rodríguez de Francia dirigió los destinos de aquel estado mediterráneo al que la fuerte rivalidad comercial con Buenos Aires instó a emanciparse de los gobiernos porteños. En 1840 falleció Francia y tras un breve intermedio, el poder quedó en manos de Carlos Antonio López quien de hecho se convirtió en gobernante absoluto. En 1862 falleció y su hijo Francisco Solano mediante una ficción constitucional heredó el poder.

La situación geográfica de Paraguay condenó este país a un callejón sin salida. Su puerta al mar, es decir. el libre acceso a las rulas comerciales de ultramar dependía de los ríos argentinos. La actitud prudente de Gaspar Francia que evitó mezclarse en los problemas de las regiones vecinas, fue alterada por los López sobre todo por el segundo de ellos.

El problema de los ríos se sumo a cuestiones de límites entre Argentina y Paraguay (Misiones y Chaco) y entre este país y el Brasil (en el Mato Grosso) heredadas de las imprecisas demarcaciones virreinales.

La navegación del Vio Paraguay (comunicación natural con la última región citada) era, al mismo tiempo. una cuestión de vital importancia para Brasil, y ello ocasioné diversos conflictos.