La Cárcel de Mujeres

Historia de las Prisiones Bentham Carcel Panoptico Origen de la Prision

Historia de las Prisiones Bentham
Cárcel Panóptico

LA PRISIÓN MODERNA: La prisión surgió en un orden social nuevo en el que, a partir de las normas, se pretendía modelar los gestos, las conductas y las actitudes de los hombres.

Los países anglosajones encaraban una reforma carcelaria que, a poco, conmovería los sistemas carcelarios de todo el mundo. En materia arquitectónica, el inglés Jeremías Bentham ideaba el panóptico, un presidio que observado a vuelo de pájaro aparecía como la rueda de un carro: los rayos eran los pabellones carcelarios, y el centro de esa rueda el sitial que ocupaban las autoridades de la cárcel. Como es fácil imaginarse, de un vistazo abarcaban todo lo que pudiera ocurrir allí.

El la de la Durante el siglo XIX las sociedades europeas se replantearon uso del poder de castigar en la fábrica, en el taller, en la escuelas,  en el ejército o en los hospitales.

Entre 1830 y 1848, ciertas formas tradicionales de castigo fueron reemplazadas por otras.

• El cuerpo dejó de ser el blanco de la represión penal. El descuartizamiento, la amputación y las marcas en los cuerpos dejaron de practicarse.

• Se abandonó la exposición pública de los castigados. Hasta entonces era una práctica común exponer a los castigados vive o muertos en las plazas, a modo de espectáculo ejemplar.

• La privación del bien máximo de la sociedad burguesa libertad pasó a ser el principal castigo.

La sociedad burguesa creó un lugar cerrado para ejecutar la pena de los condenados -la prisión- en donde los condenados serían corregidos para reingresar dóciles y capacitados al seno de una sociedad productivista.

Entre 1830 y 1840, se elaboró un programa arquitectónico para la mayoría de los proyectos de prisiones europeas, siguiendo el modelo de Jeremy Bentham. Estas prisiones-máquinas imaginadas por Bentham constaban de un punto central -una torre de vigilancia- desde donde partían pabellones de celdas, como si fueran los rayos de un rueda que convergen sobre el eje central.

Con este diseño, un mirada permanente instalada en la torre de vigilancia a la que Bentham bautizó “panóptico“- podía controlar todo el funcionamiento del interior del edificio, tanto el movimiento de lo presos como el del personal.

La prisión generó un vínculo estrecho entre la policía y le presos liberados que no lograban insertarse en el mercado liberal. Una vez excarcelados, los antiguos presidiarios fueron utilizados para espiar y delatar a otros ex-condenados ligados al delito común o a actividades políticas (anarquistas, socialistas, liberales radicales), o para infiltrar grupos sindicales obreros. De ese modo se amplió un sistema de vigilancia social de los sectores populares y de los marginados del orden económico burgués.

Jeremy Bentham

Jeremy Bentham fue un pensador y publicista inglés de orientación liberal. Adhirió al utilitarismo, una corriente filosófica que sostenía que los individuos actúan movidos por la búsqueda de la felicidad. El mandato de una sociedad debía ser la búsqueda de la mayor felicidad para el mayor número de individuos. De este modo, Bentham y sus seguidores -que fueron muchos, tanto en Europa como en América- justificaban una mayor intervención del estado para garantizar “la mayor felicidad para el mayor número”.

Paralelamente en Filadelfia, la secta de los cuáqueros, allá por 1786, fundaba la Asociación para el alivio de las miserias en las cárceles públicas. El tono religioso de la reforma propiciada por los cuáqueros —el líder fue Guillermo Penn—, arrojó un saldo positivo: comenzó tímidamente a nacer la idea de privación de la libertad como pena en sí misma.

Por otra parte, la cárcel dejaba de entenderse como un depósito superseguro del que los delincuentes no pudieran huir. Se ampliaban sus funciones al adoptarse una nueva noción: la de convertirla en un instituto —casi terapéutico— que readaptara al preso para reintegrarlo a la sociedad.

Conceptualizado el delito como “pecado” en la Filadelfia de ese entonces, no extrañó que a los presos se aplicara la misma “terapia” a la que se sometían los monjes cuáqueros después de pecar: la celda, lugar donde se mantenía silencio absoluto para expiar la culpa y quedar en paz con la conciencia. A este sistema aplicado a los penados se lo denominó celular o filadélfico.

Pero como los presos no eran monjes y sometidos al rigor de la soledad y el silencio —lejos de “expiar” la falta— muchos enloquecieron, en 1779 en la ciudad de Nueva York y en 1818 en la de Auburn, en los Esta-dos Unidos, se intentó un nuevo régimen cuyo nombre devenía de esta última ciudad: el auburniano.

Elam Lynds, su inventor, redujo el sistema celular para el descanso nocturno y, durante el día —como cura complementaria readaptativa—, aplicó a todos los presos el trabajo en común. Esa reforma no lo movió a modificar la regla de silencio absoluto que siguió manteniéndose día y noche. Poco después en Inglaterra Alexander Maconochie y en Irlanda Walter Crofton, perfeccionaban el primitivo intento introduciéndole importantes modificaciones.

Maconochie en 1845 sostenía que la readaptación del preso requería tres etapas: una de reclusión celular, otra de reclusión celular nocturna y trabajo en silencio diurno (como vemos combinaba los sistemas anteriores) y una tercera etapa para él, consistía en la libertad condicional. Crofton a su vez, a los pasos recomendados por Maconochie, añadía un cuarto, que era intermedio: entre la reclusión celular nocturna combinada con el trabajo diurno en silencio y la libertad condicional, él recomendaba que el preso viviera una etapa en cárceles sin muros ni cerrojos. Todos, estos ensayos variaron fundamentalmente la idea, de cárcel.

Del trabajo emprendido por el preso con fines terapéuticos (muy diferente al que se programaba en las Provincias Unidas del Río de la Plata donde, como en el resto del mundo hasta ese entonces, al Estado no le interesaba (a salud del preso sino los beneficios que aportaba su mano de obra), devino el peculio, una retribución que el encarcelado recibía para atender sus necesidades.

Por otra parte, se hizo obligatoria la enseñanza de manualidades, oficios y actividades varias en las prisiones. Además, se entendió como saludable la enseñanza de tipo religioso para el penado y comenzó a favorecerse el ingreso de sacerdotes a las cárceles. Básicamente, la mayor parte de estos conceptos readaptativos —apuntalados por las ciencias modernas como psicología, sociología, biología, etcétera, y desprendidos de las connotaciones religiosas de “expiación de la falta”—, predominan en los establecimientos actuales.

Ver: Métodos de Tortura en la Antiguedad

Ver: Derecho Penal – Agravantes y Atenuantes

Fuente Consultada:
Cáceles  Historia Popular  Tomo 19  Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo
Historia 3 – El Mundo Contemporáneo –

Robo por internet de datos personales claves contraseñas Tarjetas

El “phishing” es una modalidad de estafa diseñada con la finalidad de robarle la identidad. El delito consiste en obtener información tal como números de tarjetas de crédito, contraseñas, información de cuentas u otros datos personales por medio de engaños. Este tipo de fraude se recibe habitualmente a través de mensajes de correo electrónico o de ventanas emergentes.

En esta modalidad de fraude, el usuario malintencionado envía millones de mensajes falsos que parecen provenir de sitios Web reconocidos o de su confianza, como su banco o la empresa de su tarjeta de crédito.

Dado que los mensajes y los sitios Web que envían estos usuarios parecen oficiales, logran engañar a muchas personas haciéndoles creer que son legítimos.

La gente confiada normalmente responde a estas solicitudes de correo electrónico con sus números de tarjeta de crédito, contraseñas, información de cuentas u otros datos personales.

Para que estos mensajes parezcan aun más reales, el estafador suele incluir un vínculo falso que parece dirigir al sitio Web legítimo, pero en realidad lleva a un sitio falso o incluso a una ventana emergente que tiene exactamente el mismo aspecto que el sitio Web oficial. Estas copias se denominan “sitios Web piratas”. Una vez que el usuario está en uno de estos sitios Web, introduce información personal sin saber que se transmitirá directamente al delincuente, que la utilizará para realizar compras, solicitar una nueva tarjeta de crédito o robar su identidad. (Fuente Consultada:www.microsof.com.ar)

● Si recibe un correo electrónico que le pide información personal o financiera, no responda. Si el mensaje lo invita a acceder a un sitio Web a través de un enlace incluido en su contenido, no lo haga. Las organizaciones que trabajan seriamente están al tanto de este tipo de fraudes y por consiguiente, no solicitan información por medio del correo electrónico. Tampoco lo contactan telefónicamente, ni mediante mensajes SMS o por fax. Si le preocupa el estado de la cuenta que posee en la organización que dice haber enviado el correo, o que lo ha contactado, comuníquese directamente utilizando un número telefónico conocido y provisto por la entidad u obtenido a través de medios confiables, como por ejemplo de su último resumen de cuenta. Alternativamente, puede ingresar en la página oficial de la organización, ingresando usted mismo la dirección de Internet correspondiente en el navegador.

● No envíe información personal usando mensajes de correo electrónico. El correo electrónico, si no se utilizan técnicas de cifrado y/o firma digital, no es un medio seguro para enviar información personal o confidencial.

● No acceda desde lugares públicos. En la medida de lo posible, evite ingresar al sitio Web de una entidad financiera o de comercio electrónico desde un cybercafé, locutorio u otro lugar público. Las PCs instaladas en estos lugares podrían contener sotware o hardware malicioso destinado a capturar sus datos personales.

● Verifique los indicadores de seguridad del sitio Web en el cuál ingresará información personal. Si es indispensable realizar un trámite o proveer información personal a una organización por medio de su sitio Web, escriba la dirección Web usted mismo en el navegador y busque los indicadores de seguridad del sitio. Al acceder al sitio Web, usted deberá notar que la dirección Web comienza con “https://”, donde la “s” indica que la transmisión de información es “segura”. Verifique también que en la parte inferior de su navegador aparezca un candado cerrado. Haciendo clic sobre ese candado, podrá comprobar la validez del certificado digital y obtener información sobre la identidad del sitio Web al que está accediendo.

● Mantenga actualizado el software de su PC. Instale las actualizaciones de seguridad de su sistema operativo y de todas las aplicaciones que utiliza, especialmente las de su producto antivirus, su cliente Web y de correo electrónico. La mayoría de los sistemas actuales permiten configurar estas actualizaciones en forma automática.

● Revise sus resúmenes bancarios y de tarjeta de crédito tan pronto los reciba. Si detecta cargos u operaciones no autorizadas,comuníquese de inmediato con la organización emisora. También contáctese con ella si se produce una demora inusual en la recepción del resumen.

● No descargue ni abra archivos de fuentes no confiables. Estos archivos pueden tener virus o software malicioso que podrían permitir a un atacante acceder a su computadora y por lo tanto, a toda la información que almacene o introduzca en ésta. Recuerde – No conteste ningún mensaje que resulte sospechoso. Si un mensaje en su contestador le avisa sobre un evento adverso vinculado a su cuenta bancaria y le solicita que llame a un teléfono gratuito, no lo haga. Si recibe un correo electrónico que le pide lo mismo, no lo crea. Si del mismo modo le envían un SMS de bienvenida a un servicio que no ha contratado, bórrelo y olvídese. Las mencionadas prácticas no son sino diversas modalidades que persiguen el mismo fin: obtener sus datos personales para defraudarlo.

Finalmente – Permanezca siempre atento para evitar el acceso indebido a su información personal. Observamos que día a día aparecen nuevas estrategias de engaño. Su desconfianza y el cuidado con que analiza los sitios Web en los que ingresa sus datos de identidad, con su mejor protección.

PARA SABER MAS…

Si usted envía e-mails, actualiza su perfil en Facebook, revisa su saldo bancario online o hace otras cosas en Internet, corre riesgo de ser hackeado. Esto le pasó a Mat Honan, redactor de la revista de tecnología Wired, quien supuestamente conocía los peligros del hacking. Perdió los datos que tenía en su iPhone, su iPad y su MacBook, y las fotos de su hija, de un año de edad. “Toda mi vida digital fue destruida”, escribió. Por suerte, hay maneras de protegerse. Estos consejos lo ayudarán a reducir el riesgo de ser hackeado.

1-Sea consciente de los datos que comparte. No tiene que borrar su perfil en Facebook o en Twitter para estar a salvo, pero les facilita la tarea a los hackers si en las redes sociales publica fechas de nacimiento, películas favoritas o el nombre de soltera de su mamá, datos que a menudo utiliza para contestar las preguntas de seguridad que le dan acceso a sus cuentas online o por teléfono.

2- Elija contraseñas complicadas. A un hacker le puede llevar tan solo 10 minutos descifrar una contraseña formada por seis letras minúsculas, pero algunos sitios gratuitos como safepasswd.com lo pueden ayudar a crear una contraseña casi inviolable que combine letras mayúsculas, símbolos y números. Usar frases como contraseñas también suele funcionar (el sitio passphra.se/es lo puede ayudar a crearlas). A un hacker podría
llevarle meses descifrar la frase “diga no a los ciber ladrones”, por ejemplo, al menos hasta este momento.

3-Use la verificación en dos pasos: Facebook y Gmail cuentan con una función de seguridad que, una vez activada, le solicita que introduzca dos contraseñas para entrar a su cuenta: su contraseña normal y un código que esas empresas le envían en un mensaje de texto a su celular. “El paso adicional representa un leve inconveniente, pero vale la pena cuando la alternativa es ser víctima de un hacker”, señala Matt Elliot, escritor de tecnología del sitio cnet.com. Para establecer la verificación en Gmail, haga clic en Cuenta y luego en Seguridad. En Facebook, inicie la sesión, haga clic en el icono inferior junto a Página Inicial, y después en Configuración de la Cuenta, Seguridad y Aprobaciones de Inicio de Sesión.

4- Use con moderación los puntos de acceso Wi-Fi. Los principales proveedores de Internet inalámbrico público gratuito (un servicio disponible en puntos de acceso situados en cafeterías, aeropuertos y hoteles) no requieren un encriptamiento de los datos que circulan entre Internet y las laptops, lo que implica que cualquier información —como su contraseña de correo electrónico o su estado de cuenta bancaria— es vulnerable a los hackers. En una PC, haga clic en el icono de conexión inalámbrica en la barra de tareas para desactivarla. En una Mac, haga clic en el icono de Wi-Fi en la barra del menú para desactivar Wi-Fi.

5- Resguarde su información. En cuestión de minutos, los hackers pueden borrar de su computadora los mensajes electrónicos, las fotografías, los documentos y la música que ha atesorado por muchos años. Proteja sus archivos electrónicos utilizando alguno de los sistemas de resguardo sencillos y gratuitos disponibles en Internet; por ejemplo, crashplan.com y dropbox.com.

CONCEJOS ÚTILES: Para disminuir los problemas derivados del robo de identidad, los especialistas recomiendan:

• No lleve el DNI en la billetera junto con las tarjetas. Se puede portar la cédula de identidad (expedida por la Policía Federal) que es un documento más seguro.

• Revise sus antecedentes crediticios. Por ley, cada seis meses, se los puede solicitar gratuitamente a cualquier empresa de riesgo crediticio.

• Controle quién accede a su informe de crédito. Por ejemplo, la empresa Equifax Veraz tiene el servicio “Stop! Robo de Identidad” que envía al usuario un alerta por mail cuando alguien solicita un informe sobre su situación crediticia o se producen cambios en la misma, lo que permite reducir el daño que podría causar un usurpador. « “No confíe en premios instantáneos u ofertas tentadoras”, aconseja Piazza. No llene cualquier cupón de sorteo y no brinde más información que la necesaria para participar de una promoción o encuesta. Nunca dé a conocer su número de tarjeta, ni clave.

• “Desestime los avisos que en general aparecen en diarios locales en los que ofrecen préstamos sin importar los ingresos que uno posee”.

Si ya fue víctima de un robo de identidad:
Solicite un Hábeas Data. Es un mecanismo judicial para tomar conocimiento de los datos personales almacenados en bases públicas o privadas con el fin de que, en caso de falsedad, se pueda pedir la rectificación o eliminación de sus datos.

Junte la información. Por carta o mediante una demanda, solicite todos los formularios y recibos a quienes le reclaman una deuda (bancos, comercios) con el fin de someterlos a una pericia caligráfica y demostrar que no fue usted quien firmó dichos papeles.

• Realice rápidamente la denuncia de pérdida o robo de documentación en la dependencia policial o en la justicia, y en las empresas de tarjetas de crédito y bancos.

• Avise a las entidades de riesgo crediticio para que incluyan este nuevo dato en sus bases de datos. “Así cuando una empresa pida un informe de riesgo para entregar un crédito, aparecerá la información del documento robado o extraviado y se reducirán las posibilidades de otorgar un préstamo a una persona con una identidad falsa”.

Fuentes: CNET, Lifehacker, NPR,ABC

Primer Envenenador Asesino Argentino Curiosiades Historia Argentina

Primer Envenenador – Asesino Argentino

Luis Castruccio decidió poner un aviso en los diarios buscando un criado (a quien matar). Habían pasado 10 años  desde que llegara desde Italia y se había cansando de los corretajes comerciales. La vida no le había dado grandes cosas, apenas un cerebro embotado.

Era de baja estatura, de cabellos rubios y lacios, ojos azules, cabeza grande y redonda y brazos largos. Corría 1888 y tenía 25 años.En el aviso pedía un chico de 7 o 9 años para “servir a su señor”, con educación garantizada. Su plan se derrumbó y no por falta de oferentes.

primer envenenador argentino

Consistía en hacerse beneficiario de un seguro de vida y cometer el crimen perfecto. Pero no encontró ninguna compañía que aceptase el convenio pues les parecía inmoral que un adulto sin parentezco sea beneficiario del seguro de un nene.

Puso otro tipo de aviso, pidiendo mucamo, y tomó al primero que se presentó, Alberto Bouchot Constantin, un francés sin parientes en la Argentina.

A este sí lo aseguró, haciéndose pasar por el cuñado. Compró, con receta falsa, 20 gramos de arsénico y se lo fue dando en las comidas. En la agonía del pobre Constantín, le tapó la nariz y la boca. Nunca se sabrá si fue piedad o apuro.Llamó a la compañía de seguros, pero sospecharon de inmediato porque había pasado poco tiempo desde el contrato.

Las autoridades judiciales ordenaron la autopsia y agregaron que Castruccio debía estar presente. Los médicos descubrieron el arsénico y la asfixia. Tomándole la mano al muerto, Castruccio confesó su dolor por el fracaso comercial.

Fue condenado a muerte.

Mientras iba hacia el pelotón de fusilamiento en la Penitenciaría Nacional, de la mano de un cura, llegó el indulto. Castruccio no advirtió que ese día no iba a morir.

Pasó 20 años preso y su cerebro daba cada vez menos señales de cordura. Hasta que lo mandaron al Hospicio de las Mercedes. Allí murió el primer envenenador argentino, balbuceando cosas sobre arsénico y dinero

 

Vida del Gaucho Argentino Costumbres Caracteristicas del Gaucho

Vida del Gaucho Argentino
Costumbres y Características

EL GAUCHO , UN PERSONAJE CONTRADICTORIO: Muchos viajeros del viejo mundo y de EE.UU. han pasado por nuestras tierras, cuando el país recién comenzaba a dar sus primeros pasos de independencia y organización nacional y bien de acuerdo a los viajeros, ¿cuál es el carácter del gaucho?. Es difícil contestar esta pregunta porque, precisamente, los viajeros atribuyeron a éste un carácter ambivalente con virtudes y defectos, una especie de noble salvaje, capaz a la vez de bajezas y sentimientos elevados.

Vida del Gaucho Argentino Costumbres Caracteristicas del GauchoVeamos si no lo que escribía Armaignac en 1871: “Son chicaneros, borrachos, orgullosos, presuntuosos, derrochadores y perezosos: pero redimen la mayoría de sus defectos por su generosidad, desinterés, resistencia a la fatiga o la intemperie en cualquier clima, paciencia a toda prueba y sobriedad en su vida ( … ). El gaucho es generalmente tranquilo, frío y ágil jinete. Muy cortés. humilde, dócil, hospitalario, compasivo, servicial, buen padre y esposo. Es gran amante de la poesía, admira la naturaleza y contempla todo aquello que es bello. Espíritu melancólico, enemigo de las ideas abstractas y sutiles, expresa en un lenguaje simple y armonioso los pensamientos y sentimientos más elevados (. .. )”

De la misma forma, otros autores representan al gaucho como un ser al mismo tiempo sanguinario y sensible, malicioso y hospitalario, ignorante y amante de la música y la poesía. Estas contradicciones no deben preocupamos.

Ellas reflejan una posición ambivalente de los autores frente a un personaje que evoca lo noble, tradicional y pastoral de la sociedad europea, ahora bajo el ataque del industrialismo.

Un personaje que a la vez, no puede ser considerado europeo, alguien que debe permanecer extraño, por sus diferencias con la ética, las costumbres y los gustos de un europeo.

Como la abundancia los transforma en holgazanes: indolencia y abundancia son motivos comunes en las narrativas de viaje: ambos son presentados como «naturales». Una colección de las narrativas de viaje más populares, publicada en Londres en 1835, contenía la siguiente descripción acerca de las necesidades del gaucho: “El principal rasgo del carácter del gaucho es que él es una persona sin necesidades”.

Acostumbrado a vivir constantemente en la intemperie, y a dormir en el suelo, él no considera que el tener unos pocos agujeros en su rancho sean de alguna consecuencia. No le desagrada la leche, pero prefiere no tener la que tomarse el trabajo de buscarla» [A., G., The Young Travellers in South America (London, J. Macrone, 1835), p. 258 y 259].

Habiendo crecido en libertad y acostumbrado a lacaza para subsistir, el gaucho se habitúa a no tener nada y no desear nada. Su indolencia natural le impide ampliar la gama de sus satisfacciones. Escribe MacCann: «El paisano rehúye todo trabajo cuyo éxito dependa del transcurso del tiempo; no sabe valorar éste, y no lo cuenta en horas ni por minutos sino por días; es hombre moroso y su vida transcurre en un eterno mañana; tiene hábitos migratorios y  por donde quiera que se encamine, sabe que encontrará de qué alimentarse, debido a la hospitalidad de las gentes» [W. MACCANN, Viaje a caballo por las provincias argentinas (Buenos Aires, Solar-Hachette, 1969). p. 116].

Pero es la posibilidad de obtener su sustento libremente lo que lo mantiene en su condición casi salvaje, Una y otra vez, los viajeros contraponen la «pobreza» del rancho del gaucho la falta de muebles, los pisos de tierra, los agujeros en las paredes, la escasa vajilla, la suciedad, el hacinamiento de hombres, mujeres, niños y perros con la «abundancia» de la naturaleza y la facilidad para obtener el sustento.

Son consabidos los relatos de la apropiación de ganado en el campo «esa gran facilidad de subsistir casi sin trabajo: de vestirse con los productos del despojo de un buey», escribe Isabell el pero hay también abundancia en la ciudad.

Campbell Scarlett describe cómo dos gauchos acaballo pescan en el río, tirando cada uno una punta de la red. En la costa, en cada marea baja, quedan pescados en abundancia para quien quiera tomarlos. «Toda la costa, después de un temporal de viento, queda a menudo cubierta con esta tribu armada de aletas: y si los mendigos que piden limosna (siempre a caballo), condescendieran a desmontar para obtener con qué cenar, no solamente encontraríamos trozos de carne todos los días, tirados alrededor de los caminos de los mataderos, que caen de los carros de los carniceros, sino también peces sobre la costa, donde los consiguen por nada, a no ser la molestia de levantarlos» [P. CAMPBELL SCARLETT, Viajes por América a través de las Pampas y los Andes (Buenos Aires, Claridad, 1957), primera edición, Londres 1838, p. 43].

La abundancia favorece la indolencia, y ésta impide la difusión de la «civilización», que es sinónimo de diversidad de deseos y de bienes. Los viajeros. al combinar estos dos mitos (las limitadas necesidades de los paisanos y su «indolencia natural»,) acercan al gaucho ala «vida natural», una de las estrategias narrativas preferidas por los románticos, mientras que deniegan al paisano su carácter de consumidor, uno de los atributos de la modernidad.

Fuente: Todo Es Historia Viajes y Viajeros Nro. 315

La Forestal Maderas y Tanino
La Brutal Explotación del Hombre en el Norte Santafesino

Huelga de los Inquilinos Historia de los Conventillos Buenos Aires

Huelga de los Inquilinos-Historia de los Conventillos Buenos Aires

Las malas condiciones de vida en los conventillos, los aumentos en el monto de los alquileres, la arbitrariedad con que eran tratados los inmigrantes por parte de los encargados —los caseros— y el desamparo judicial, fueron algunos de los factores que provocaron una inédita huelga de inquilinos en 1907. El conflicto —organizado por una Liga de lucha contra los altos alquileres e impuestos y apoyado por las organizaciones obreras de tendencia anarquista y socialista—, se inició en los barrios porteños del sur y se extendió a Avellaneda, Lomas de Zamora y a ciudades en rápido crecimiento como Rosario y Bahía Blanca.

HUELGA DE LOS INQUILINOS: En 1907 se produjo un hecho inédito en la historia de las luchas populares argentinas: la huelga de inquilinos. Los habitantes de los conventillos de Buenos Aires, Rosario, La Plata y Bahía Blanca decidieron no pagar sus alquileres frente al aumento desmedido aplicado por Los propietarios. La protesta expresó además, el descontento por las pésimas condiciones de vida en los inquilinatos.

conventillos , huelga de inquilinosLos protagonistas de estas jornadas fueron las mujeres y los niños, que organizaron multitudinarias marchas portando escobas con las que se proponían “barrer la injusticia”.

La represión policial no se hizo esperar y comenzaron los desalojos. En la Capital estuvieron a cargo del jefe de Policía, coronel Ramón Lorenzo Falcón, quien desalojó a las familias obreras en las madrugadas del crudo invierno de 1907 con la ayuda del cuerpo de bomberos. El gremio de los carreros se puso a disposición de los desalojados para trasladar a las familias a los campamentos organizados por los sindicatos anarquistas.

Las demandas de los huelguistas eran una rebaja del 30% de los alquileres, la eliminación de los tres meses de depósito que exigían los propietarios, el mejoramiento de las condiciones sanitarias y la flexibilidad en los vencimientos y desalojos. Se calcula que unas 100.000 personas participaron del movimiento, cuya principal medida fue no pagar el alquiler.

Luego de algunos meses de conflicto, en el que se produjeron desalojos con apoyo judicial y policial, situaciones violentas y, en ocasiones, rebajas en el precio de los alquileres, el movimiento se fue diluyendo. A los dirigentes más combativos, algunos de ideas anarquistas, les fue aplicada la ley de Residencia —fueron encarcelados o deportados— y muchos huelguistas abandonaron la lucha.

La presión de los propietarios, que contó con el apoyo del Estado, rindió sus frutos, y las mejoras otorgadas en los meses de auge de la huelga fueron luego descartadas, por lo que las condiciones de vida de los habitantes de los conventillos no variaron sustancialmente, pero este movimiento representó un llamado de atención sobre las dramáticas condiciones de vida de la mayoría de la población.

LOS CONVENTILLOS: Los conventillos y las casas de inquilinato eran las viviendas populares predominantes en Buenos Aires, Rosario y Córdoba, y estaban localizadas en su mayor parte en las zonas céntricas y próximas al puerto. En estas viviendas llegaron a habitar cerca de 150.000 personas, en forma precaria y en graves condiciones de hacinamiento, a tal punto que podían convertirse en focos de difusión de enfermedades infectocontagiosas.

Se trataba de grandes casas de varias habitaciones y un patio central, construidas en su momento por familias pudientes, y luego adaptadas, aunque otras fueron construidas especialmente para dar albergue a varias familias. Los propietarios de los conventillos alquilaban las habitaciones a familias enteras o a grupos de individuos. Algunos conventillos llegaron a albergar a trescientas personas.

En general, carecían de ventilación, los escasos cuartos de baño eran compartidos y también se compartían los picos de agua. Los altos alquileres que se pagaban subieron durante los primeros años del siglo XX, situación que dio lugar, en 1907, a una protesta conocida como “la huelga de inquilinos”, en la que intervinieron unas 100.000 personas. Se inició en La Boca, San Telmo y el Centro, y se extendió a otros barrios.

La vivienda familiar y, en lo posible, propia, era el sueño y la aspiración de la mayoría de los trabajadores, frente a la miserable vida cotidiana del conventillo. El crecimiento del municipio y la extensión del tranvía eléctrico posibilitaron que algunos obreros comenzaran a trasladarse lejos del centro. Muchos de ellos pudieron, incluso, acceder a la compra de un lote y construir su vivienda.

EL PROBLEMA DE LOS ALQUILERES
En 1883 el alquiler promedio de una pieza de conventillo ascendía a $ 5,80, cifra que siete años después, a favor de la voracidad especuladora que caracteriza a la vida económica del 80, se duplicaba con creces. Para evaluar la incidencia de los alquileres en e! presupuesto obrero debemos tener en cuenta que hacia 1886, sobre la base de datos confiables, el salario promedio de un obrero calificado era de $ 2,50, en tanto que la mano de obra no especializada —que constituía un porcentaje importante de la población activa— llegaba excepcionalmente a salarios de $ 2.

En 1895 el primer sector alcanzaba los $ 3,50 y el segundo había crecido apenas proporcionalmente, mientras que los alquileres, en contraste con este parsimonioso incremento salarial, habían sobrepasado con generosidad la barrera del 100 %. Para una visión más ajustada de las fluctuaciones del salario hay que tener en cuenta, como lo señalaba Adrián Patroni al referirse a la situación de la clase obrera en 1897, que el total real de días de labor era de 257 días, con lo cual el salario real descendía en aproximadamente un 10%.

Teniendo en cuenta la desvalorización de la moneda entre 1880 y 1891 (332 %) José Pa-nettieri ha calculado, en su libro Los Trabajadores, un deterioro en pesos oro de orden de los 0,69 centavos y, entre 1885 y 1891, un deterioro de $ 1,14.

Tabla con  las fluctuaciones de los alquileres en el lapso 1904-12 en cuatro parroquias representativas:

Parroquias 1904 1912
San Cristóbal 13 26 a 30
San Telmo 15 28 a 32
Catedral Sur 18 40
Socorro 16 30 a 35

Hacia 1912, como podemos observar, la especulación había llevado los precios de locación a las nubes, y aunque se insistía en explicar este fenómeno a través de factores como el aumento de los materiales, e! precio de la tierra y los intermediarios parasitarios, los inquilinos de conventillos verificaban, cada mes, que la Argentina era uno de los países con alquileres más caros.


En 1907 se produjo un hecho insólito: la “huelga de inquilinos”, que rápidamente ganó las barriadas populares con tres consignas básicas: reducción de alquileres en un 30 %, mejoras en las casas, garantía contra el desalojo.

El inusual movimiento de resistencia se inició a comienzos de setiembre en los conventillos de la calle Ituzaingó 279-325, en los que residían aproximadamente 130 familias, y se fue extendiendo velozmente por la ciudad. Algunos propietarios transaron.

pero otros trataron de recurrir al desalojo compulsivo. En el inquilinato de San Juan 677 la intervención de la policía de Ramón Falcón dejó un muerto y varios heridos. El 28 de octubre los inquilinos realizaron un mitin en plaza San Martín, y a su término marcharon en manifestación hacia la avenida de Mayo. El escuadrón de seguridad intervino y se produjo un tiroteo con saldo favorable para los huelguistas: cuatro vigilantes heridos.

En Hechos y comentarios (1911) E. G. Gilimón describió así la famosa huelga:
“Buenos Aires es una ciudad que crece desmesuradamente. El aumento de la población es extraordinario por preferir la mayor parte de los inmigrantes quedarse en ella a ir a vivir al interior del país, cuya fama es desastrosa.

“Las pésimas policías de campaña; la verdadera inseguridad que existe en el campo argentino, del que so señores absolutos los caciques electorales, influyen en el ánimo de los europeos, aun sabiendo que hay posibilidades de alcanzar una posición económica desahogada con mucha mayor facilidad que en la capital, a quedarse en ésta, en la que de todas maneras hay más seguridad, mayor tranquilidad para el espíritu.

“La edificación no progresa lo suficiente para cubrir las necesidades de la avalancha inmigratoria, y esto hace que los alquileres sean cada día más elevados, y que para alquilar la más mísera vivienda sean necesarios una infinidad de requisitos. “Si a un matrimonio solo le es difícil hallar habitación, al que tiene hijos le es poco menos que imposible, y más imposible cuantos mas hijos tiene.

“De ahí que las más inmundas covachas encuentren con facilidad inquilinos, ya que Buenos Aires no es una población en la que sea dado andar eligiendo…

“Desde muchos años atrás, esta formidable y casi insolucionable cuestión de las viviendas, había sido tema de batalla para los oradores de mitin.

“Socialistas, anarquistas y hasta algunos políticos sin contingente electoral, habían en todo tiempo clamado
contra la suba constante de los alquileres, excitando al pueblo, ora a la acción directa, ora a la electoral, según que el orador era un anarquista o tenía tendencias políticas.

“Un buen día se supo que los vecinos de un conventillo habían resuelto no pagar el alquiler de sus viviendas en tanto que el propietario no les hiciese una rebaja. La resolución de esos inquilinos fue tomada a risa y a chacota por media población. “Pronto cesaron las bromas. De conventillo a conventillo se extendió rápidamente la idea de no pagar, y en pocos días la población proletaria en masa se adhirió a la huelga.

“Las grandes casas de inquilinato se convirtieron en clubes. Los oradores populares surgían por todas partes arengando a los inquilinos y excitándolos a no pagar los alquileres y resistirse a los desalojos tenazmente. “Se verificaban manifestaciones callejeras en todos los barrios sin que la policía pudiese impedirlas, y de pronto, con un espíritu de organización admirable, se constituyeron comités y subcomités en todas !as secciones de la capital.”

Los Conventillos de Buenos Aires Origen de Conventillos en Argentina

Los Conventillos de Buenos Aires – Conventillos en Argentina

Buenos Aires, debió duplicar o triplicar en pocos años su capacidad habitacional para dar cabida a los nuevos contingentes inmigratorios. La mudanza de los grupos tradicionales al Barrio Norte (alrededores del 80) permitió alojar a numerosas familias, que se hacinaron en los ya obsoletos caserones del Sur. Los especuladores, a su turno, no tardaron en acondicionar vetustos edificios de la época colonial  en hacer construir precarios alojamientos para esta demanda poco exigente y ansiosa por obtener, mal o bien, su techo.

La improvisación, el hacinamiento, la falta de servicios sanitarios y la pobreza sin demasiadas esperanzas hicieron el resto. Había nacido el conventillo, y Silverio Domínguez (“Ceferino de la Calle“) lo describía tiempo después en Palomas y gavilanes (1886), un novelón de costumbres bonaerenses:

“La casa de inquilinato presentaba un cuadro animado, lo mismo en los patios que en los corredores. Confundidas las edades, las nacionalidades, los sexos, constituía una especie de gusanera, donde todos se revolvían saliendo unos, entrando otros, cruzando los más, con esa actividad diversa del conventillo. Húmedos los patios, por allí se desparramaba el sedimento de la población; estrechas las celdas, por sus puertas abiertas se ve el mugriento cuarto, lleno de catres y baúles, sillas desvencijadas, mesas perniquebradas, con espejos enmohecidos, con cuadros almazarronados, con los periódicos de caricaturas pegados a la pared y ese peculiar desorden de la habitación donde duermen seis y es preciso dar buena o mala colocación a todo lo que se tiene.”

LA “ÉPOCA DE ORO” DEL CONVENTILLO
Conventillos en Buenos AiresLa “época de oro” del conventillo porteño se localiza hacia la década del 80, aunque la casa de inquilinato, como institución, desborda ese marco y se proyecta con ligeras variantes hasta hoy. Al comenzar los años 1880 Buenos Aires cuenta con 1.770 conventillos, en los que pernoctan 51.915 personas repartidas en 24.023 habitaciones de materia!, madera y chapas. Tres años después las casas de inquilinato son 1.868, pero apenas se han agregado 1.622 cuartos para alojar a 12.241 nuevos parroquianos.

En 1887, pico de la década, los conventillos son 2.835. A mediados de 1890 el número de éstos decrece a 2.249, pero la relación habitaciones habitantes continúa siendo alarmante: 37.603 habitantes para 94.743 inquilinos. Los barrios o parroquias más populosas son Concepción (Caseros, Solís, México y Chacabuco), Piedad (Alsina, Sarandí, Ayacucho, Paraguay, Uruguay y San José), Socorro (Paraguay, Uruguay, Callao y Río de la Plata), San Nicolás (Uruguay, Cuyo, Esmeralda y , Paraguay), Balvanera (México, Boedo, Victoria, Medrarte, Córdoba, Paraguay, Ayacucho y Sarandí) y San Telmo (Chacabuco, México, Paseo Colón y Caseros).

Parroquia 1880 1898 1912
Concepción 220 221 356
Piedad 204 134
Socorro 192 131 225
San Nicolás 182 0 324
Balvanera 181 145 100
San Telmo 152

Desde sus comienzos el conventillo fue fuente de reflexión y escándalo para los hombres del 80, que habían sido, en cierta medida, sus artífices. Complicada con ingredientes de xenofobia, esteticismo, positivismo a! uso y fobia clasista, es fácil adivinar el efecto que habrá causado en estos hombres la imagen del paupérrimo (pobreza) y de la mugre vocinglera, entrevista fugazmente al cruzar ante u portal de la calle Bolívar o Alsina.

Para algunos, lectores apresurado de la novedosa escuela de Medán ; de los textos sociológicos de Ramos Mejía, este caso de anfiteatro en un claro testimonio de las taras hereditarias y de la inferioridad socia y biológica de la inmigración meridional; para otros, apenas un fantasma que se conjuraba con la causerie en el Círculo de Armas O con el viaje a Europa, donde se reencontraba, por cierto, a los mismos fantasmas, pero esta vez (lo que resultaba tranquilizador) en su propia casa. Allí, desvalorizada en él fondo del conventillo cosmopolita estaba la “resaca humana”, el “áspero tropel de extrañas gentes” de Rafael Obligado, la “ola roja” de Cañé, los “judíos invasores” de Marte!, los italianos con “rapacidad de buitre” de Cambaceres.

Aparte, y a bastante distancia, la gente “decente”, los criollos rancios que reconocen las claves de las causeries de Mansilla, que saben de qué habla Lucio V. López en ¿as griegas de terracota (o lo fingen), que se vinculan “entre nos” por un código y unos recuerdos comunes.


Guillermo Rawson, conventillosRAWSON SE OCUPA DE LOS CONVENTILLOS
No faltan, sin embargo, quienes tratan de acercarse al fenómeno con cierto rigor científico, como Eduardo Wilde en su Curso de Higiene Pública (1883), y como Guillermo Rawson, que publica en 1885 un revelador Estudio sobre las casas de inquilinato de Buenos Aires cuyo texto vale la pena recorrer.

Conmovido por la degradación ambiental del conventillo, Rawson comienza su trabajo con una astuta apelación al instinto de supervivencia de las clases pudientes, todavía impresionadas por la epidemia de fiebre amarilla de 1871:

“Acomodados holgadamente en nuestros domicilios, cuando vemos desfilar ante nosotros a los representantes de la escasez y de la miseria, nos parece que cumplimos un deber moral y religioso ayudando a esos infelices con una limosna; y nuestra conciencia queda tranquila después de haber puesto el óbolo de la caridad en la mano temblorosa del anciano, de la madre desvalida o del niño pálido, débil y enfermizo que se nos acercan.

“Pero sigámolos, aunque sea con el pensamiento, hasta la desolada mansión que los alberga; entremos con ellos a ese recinto oscuro, estrecho, húmedo e infecto donde pasan sus horas, donde viven, donde duermen, donde sufren los dolores de la enfermedad y donde los alcanza la muerte prematura; y entonces nos sentiremos conmovidos hasta lo más profundo del alma, no solo por la compasión intensísima que ese espectáculo despierta, sino por el horror de semejante condición. “

De aquellas fétidas pocilgas, cuyo aire jamás se renueva y en cuyo ambiente se cultivan los gérmenes de las más terribles enfermedades, salen esas emanaciones, se incorporan a la atmósfera circunvecina y son conducidas por ella tal vez hasta los lujosos palacios de los ricos. “Un día, uno de los seres queridos del hogar, un hijo, que es un ángel a quien rodeamos de cuidados y de caricias, se despierta ardiendo con la fiebre y con el sufrimiento de una grave dolencia.

El corazón de la madre se llena de ansiedad y de amargura; búscase sin demora al médico experimentado que acude presuroso al lado del enfermo; y aquél declara que se trata de una fiebre eruptiva, de un tifus, de una difteria o de alguna otra de esas enfermedades zimóticas que son el terror de cuantos las conocen.

El tratamiento científico se inicia; el tierno enfermo sigue luchando con la muerte en aquella mansión antes dichosa, y convertida ahora en un centro de aflicción; el niño salva, en fin, o sucumbe bajo el peso del mal que lo aqueja. “¿De dónde ha venido esa cruel enfermedad?

La casa es limpia, espaciosa, bien ventilada y con luz suficiente según las prescripciones dela higiene. El alimento es escogido y su uso ha sido cuidadosamente dirigido. Nada se descubre para explicar cómo ese organismo, sano y vigoroso hasta la víspera, sufriera de improviso una transformación de esta naturaleza. El enfermo ha sanado quizá, y damos gracias al cielo y al médico por esta feliz terminación; o ha muerto dejando para siempre en el alma de la familia el duelo y el vacío; pero no investigamos el origen del mal; las cosas quedan en las mismas condiciones anteriores y los peligros persisten para los demás.

“Acordémonos entonces de aquel a cuadro de horror que hemos contemplado un momento en la casa del pobre. Pensemos en aquella acumulación de centenares de personas, de todas las edades y condiciones, amontonadas en el recinto malsano de sus habitaciones; recordemos que allí se desenvuelven y se reproducen por millares, bajo aquellas mortíferas influencias, los gérmenes eficaces para producir las infecciones, y que ese aire envenenado se escapa lentamente con su carga de muerte, se difunde en las calles, penetra sin ser visto en las casas, aun en las mejor dispuestas; y que aquel niño querido, en medio de su infantil alegría y aun bajo las caricias de sus padres, ha respirado acaso una porción pequeña de aquel aire viajero que va llevando a todas partes el germen de la muerte.”

Componentes de una carreta Nombre de las partes de una carreta Bueyes

Componentes de una Carreta: Nombre de las Partes de una Carreta

“La carreta fue, durante tres siglos, el más importante medio de transporte de personas y mercancías en gran parte de nuestro territorio. En torno a ella giró un sector a la vez dinámico y dinamizador de la economía.

La carreta fue mucho más: ciudad móvil fortaleza, tesoro nacional, carro fúnebre, imprenta, burdel, correo y transbordador, Con la llegada del ferrocarril y el alambrado, las pesadas carretas comienzan su marcha hacia el ocaso. La introducción del camión y la camioneta terminará por quitarla de los caminos y borrarla del paisaje.”

Banco o blandura: asiento que se colocaba en el cruce del yugo con el pértigo, formado por una tabla horizontal y dos verticales. Sobre él se colocaba un cuero blando, lanudo.

Bombas: pelotas hechas con hilo de cáñamo, adornadas con plumas de avestruz de colores o plumeros.

Boyero o bueyem: encargado de conducir o picanear los bueyes. Su ubicación aparentemente es la de ir sobre el pértigo, y no dentro de la caja. Era el muchacho «ayudante» encargado de cuidar y traer los bueyes durante los altos de un viaje. También se llamaba así al caballo que iba atado detrás de la carreta y se usaba para juntar los bueyes en los altos del viaje.

Buche: espacio cerrado que se agregaba delante o detrás -culata– con tres cueros vacunos unidos entre sí y a los varales.

Cabezal: vigas de madera dura (lapacho o urunday) transversal al pértigo de 0,20 por 1,15 centímetros, y que conforma la estructura de base, unida a las vigas laterales o limones (coplanares del pértigo). Sobre ella se arma el piso de la carreta de tablas. Entre las tablas y los limones, cada 60 centímetros van los teleras de 4 por 4 centímetros.

Cantramilla: pieza de hierro con forma de pera (y de su tamaño natural aproximadamente) invertida con un aguijón en su base y cascabeles en su entorno, que colgaba de la caña tacuara «picana» y pasaba a su vez por el llamador, pendiente en balancín de la cumbrera de la carreta. Se usaba para estimulara la segunda yunta de bueyes. En su libro, B. Caviglia hace un exhaustivo análisis de este aparato.

Cuarta: sogas torcidas – generalmente tres- que unen los bueyes al yugo.

Quincho: del quichua «kencha», tejido de junto o paja lateral o de cubierta.

Maza: centro de la rueda adonde convergen los rayos. De madera dura, de aproximadamente 45 o 50 centímetros de diámetro, generalmente alojan 10 rayos de 4 por 6.

Matraquilla: lámina de madera, de forma de espátula usada en las carretas de bullangueros o mercachifles, de aproximadamente 50 centímetros de largo, 15 centímetros de ancho y espesor variable de 5 a 1 centímetros, con una guía perforada longitudinal para regular su penetración en los ejes de la carreta. Fijada alabase de ésta, permitiría regular su sonido.

Muchacho: palos que colocados en el extremo del pértigo y en la parte trasera de la culata, unidos por un tiento, permitían trabar y mantener el equilibrio al vehículo (cuando no tenía unido los bueyes) y en la posición horizontal. Paucke los llama en alemán «buben».

Llamador: travesaño o palo superior de aproximadamente 1.50 metros de largo, unido a la cumbrera del toldo. De su extremo cuelga la trabilla y también adornos.

Noque o capacho: saco de cuero donde se llevaban los avíos del viaje o, a veces, grasa derretida o leche. Pértigo: lanza de la carreta, general mente de madera dura (urunday) unida a la caja del vehículo. Sobresale casi tres metros y a el se vinculan los yugos de los bueyes. En el extremo, el pértigo lleva un «muchacho» articulado, para permitir su permanencia en equilibrio horizontal, al sacar los bueyes (mide aproximadamente 7,5 varas, 25 por 15 centímetros).

Picana: Martiniano Leguizamón dice que la picana responde a dos formas: cuando las carretas llevaban tres yuntas de bueyes, el carrero iba sentado en el pescante y usaba la «cantramilla» para agujar a la segunda yunta, pues ella colgaba de la «picana» y con ésta picaba la delantera.

Cuando mejoran los caminos, las carretas ya sólo llevan dos yuntas, y entonces el carrero va sentado en el pértigo, usando el extremo de la picana para los delanteros, y con la otra punta afilada a los bueyes traseros, tranqueros o pértigos o pertigueros.

Es una larga caña con un aguijón en su punta, que cuelga el llamador mediante una «trabilla», de manera equilibrada para facilitar su accionar. Hay varios tipos de picanas decoradas. Las observaciones de Leguizamón aparecieron en La Nación del 18 de abril de 1926 y el 3 de octubre de 1946.

Picanilla: picana corta o de mano usada sólo para los pertigueros de tres varas y medio de largo. Según Paucke era llamada «nocololate/njoaquitiqui».

Toldo: cueros vacunos de potro con el pelo hacia afuera, colocados sobre la estructura de los arcos. A veces iban sobre un entramado de paja.

Trabilla: pieza de madera, que colgaba de una soga o tiento del extremo del «llamador». Por dentro de ella pasaba la caña «picana», manejada en equilibrio desde el interior de la carreta. Primitivamente esta pieza era un cuerno vacuno.

Turú: especie de cometa armada con una caña tacuara y un cuerno vacuno usada para estimular los bueyes y comunicarse, dado que su sonido grave llegaba a mucha distancia.

Varal: travesaños horizontales, paralelo al llamador ubicados en el tercio superior de la caja, que sobresalen de los extremos y permiten armar el «buche», con cueros vacunos. Medidas 4,5 varas de 4 por 4 aproximadamente.

Yugo: pieza de madera dura de aproximadamente 2,5 varas, 2,00 metros de largo, 0,2 centímetros de ancho y 0,15 de alto donde se atan los bueyes por la nuca, por medio de sogas llamadas «coyundas». Yuntas de bueyes: la más cercana a la carreta: «pertigueros»; la segunda: cuartera del medio; la tercera o delantera: cuartera de adelante.

Vasijas: de barro cocido para llevar agua o bebidas alcohólicas colocadas por fuera del vehículo, de capacidad de 50 a 100 litros con espiches para su uso.

carreta antigua del virreinato del rio de la plata

Accesorios La caldera, recipiente anterior a la pava usado para calentar el agua para el mate. Aparentemente desciende del samovar ruso; este recipiente de forma de jarra está ampliamente documentado en la iconografía gauchesca. La caldera —conocida como pava— es de origen y fabricación inglesa (en hierro) o catalana (en cobre).

Recién se populariza después de 1880. Otros accesorios eran las jaulas con aves de corral; maderas para eventuales reparaciones: alimentos (charque); agua; chifles con bebidas alcohólicas; herramientas: lazos, cuerdas, utensilios diversos, cueros y cañas, entre otros.

Uso de bueyes en las carretas La Vida en los Viajes en Carreta

Uso de Bueyes en las Carretas: Viajes en Carreta

“La carreta fue, durante tres siglos, el más importante medio de transporte de personas y mercancías en gran parte de nuestro territorio. En torno a ella giró un sector a la vez dinámico y dinamizador de la economía. La carreta fue mucho más: ciudad móvil fortaleza, tesoro nacional, carro fúnebre, imprenta, burdel, correo y transbordador, Con la llegada del ferrocarril y el alambrado, las pesadas carretas comienzan su marcha hacia el ocaso. La introducción del camión y la camioneta terminará por quitarla de los caminos y borrarla del paisaje.”

El buey, una de las especies animales relacionadas con la mitología, integra, con la vaca y el toro, un grupo siempre presente en todas las culturas. Ligado estrechamente a la producción agropecuaria, es natural que ellos pertenezcan a los distintos cultos con la fertilidad y con la fuerza, llegando a ser en muchos casos la representación de los dioses de la tierra. A ellos algunas religiosas dedicaban los sacrificios mientras que, en otros, constituían los objetos de sacrificio.

Los primeros animales domesticados e históricamente conocidos, antecesores de nuestros vacunos, son los de Egipto, donde el buey Apis se consideraba divino y símbolo de la energía divina y creadora. En la India, el respeto hacia estos animales llega al castigo a quienes falten a esa costumbre, y nos queda de Babilonia suficiente material como para apreciar el culto hacia los toros. A los persas podemos agregar los hebreos, quienes llegan a adorar al becerro de oro.

De los cretenses recordamos el tema del laberinto y el Minotauro, la taurocatapsia y su presencia constante para los minoicos, tema que luego pasa a la cultura romana convertido en Baco. En nuestra tradición de raíz hispánica conocemos la presencia constante del toro y la vigencia de sus corridas, practicadas hasta ahora en algunos países latinoamericanos.

Esa presencia permanente de los vacunos, junto al trabajo, a la mitología y la religión de la mayoría de los pueblos, tiene en el buey aun protagonista que trasciende y dura en la imagen. No es casual entonces que en el escudo nacional de la República Oriental del Uruguay figure un vacuno, como símbolo de la riqueza y abundancia, y tenga también la carreta un hermoso monumento en el principal parque de Montevideo. Para Ezequiel Martínez Estrada, «de la vaca provienen todos los males y todos los bienes argentinos…». En tanto que César Fernández Moreno anota que «en la Argentina los portafolios llevan afuera cuero de vaca, y en su interior expedientes de vacas…».

Para no fatigar a los bueyes, en verano la marcha era nocturna y en invierno, diurna. Con frecuencia, ante el agotamiento prematuro de algún buey, se lo abandonaba y reponía por los de refresco. El animal, librado a su suerte sin agua y alimento, moría y era pasto de las abundantes aves de rapiña. Eran muy buscados los bueyes «rocines», que podían soportar hasta 48 horas sin beber agua.

Félix de Azara, en Apuntamientos para la historia natural de los cuadrúpedos del Paraguay y el Río de la Plata, refiere que «el Capitán Juan de Salazar trajo de Andalucía 7 vacas y un toro desde el Brasil hasta Asunción en 1556, siendo ellos los primeros vacunos arribados a tierras americanas». A este aporte se agregaron animales provenientes del Pacífico y directamente de Europa.

Al fundarse Corrientes en 1588. se arrean desde Asunción 3000cabezas vacunas. Con la facilidad de contar con infinitos animales, el buey era en la práctica un recurso natural inagotable, lo que llevó a su utilización como fuerza motriz de las carretas y a la perdurabilidad de ellas. La fuerza de tracción y su «combustible» eran gratuitos, lo que permitió que este medio tuviera a lo largo de los años tanta vigencia, ayudado de una geografía de llanura, pródiga en pasturas y aguadas naturales.

Los bueyes que propulsaron las carretas eran de raza criolla con cruzas muy diversas: Jersey, Holando e Inglés, siendo por lo general animales de seis a quince años y con un peso de entre 400y 500 kilos. Cada buey tenía su propio nombre. Los más hábiles y acostumbrados eran los que se ubicaban delante de todo, yendo siempre los más ariscos a la tercera colocación como «pertigueros»- ,cercanos al conductor y a su picanilla de mano de fácil manejo.

A los bueyes, a los que se llamaba comúnmente «güey» o «guay», se los identificaba con nombres «clásicos», tales como Palomo, Colorao. Barroso. Yaguané, Rosa, Overeo Cola Blanca. A este respecto, es Saubidet quien registra un listado muy amplio, rara vez de tres sílabas. El mismo autor cita a uno de los cantares de los carreteros:

Señores les cantaré/ la vida del carretero/ que siempre va por la gueya/arre, arre, compañero…/La vida del carretero es una, vida trompeta/ muchas veces va dormido/sentao sobre la carreta/ Y siempre andando en la gueya/cuando divisa algún pozo /fuerte le grita a los bueyes:/ ¡Osco! /yaguané/ barroso.’

Los Caminos en Argentina Colonial Los viajes en carretas tiradas por bueyes

Los Caminos en la Argentina Colonial: Viajes en Carretas Tiradas por Bueyes

“La carreta fue, durante tres siglos, el más importante medio de transporte de personas y mercancías en gran parte de nuestro territorio. En torno a ella giró un sector a la vez dinámico y dinamizador de la economía. La carreta fue mucho más: ciudad móvil fortaleza, tesoro nacional, carro fúnebre, imprenta, burdel, correo y transbordador, Con la llegada del ferrocarril y el alambrado, las pesadas carretas comienzan su marcha hacia el ocaso. La introducción del camión y la camioneta terminará por quitarla de los caminos y borrarla del paisaje.”

Con justa razón se comparó a los conductores de carretas con los navegantes. Se asemejaban a éstos no sólo como capitanes de sus navíos terrestres, sino también por conducir verdaderas escuadras de decenas de carretas que surcaban nuestros horizontes. Pablo Rojas Paz. nos recuerda Carlos Antonio Moncaut, acuñó una de las más hermosas imágenes evocadora de estos viajes. «Era tierra más para ser navegada que transitada, para ser vivida y no viajada», escribe Rojas Paz y añade: «Las carretas hacían por eso el crucero en convoy formando tropas, con un cañoncito que se alistaba en cualquier emergencia.

Hacer caminos hubiera sido escribir en el agua. Había que usar, pues, una técnica náutica, guiarse por las estrellas. El camino trazado en la tierra hubiera sido borrado por los vientos, el agua y la sequía; había que grabarlo en la mente, llevarlos en secreto. Y así el hombre marchó por rumbos invisibles. Y cuando el gaucho conquistó el fiel del rumbo, los caminos se alzaron desde la huella humilde por donde el hombre marchaba mirando más el cielo que a la tierra». Ese mar estaba preñado de peligros.

El prolongado aislamiento entre las cabeceras del viaje, las inseguridades, los accidentes del terreno, la técnica adecuada de conducción en las travesías, generaban un microcosmos con códigos y normas de comportamiento respetados por la heterogénea y forzosa compañía.

Se trataba de una modalidad sui generis, diferente a la que se observaba en la vida urbana. En aquella se imponía la autoridad y la disciplina de los «navegantes» expertos y conocedores de la geografía, el tiempo, los accidentes y los horarios adecuados para la marcha, el descanso, el canto y el baile.

De esta peculiar forma de vida nómade existe una abundante iconografía. Los carreteros, junto a los domadores, troperos y tronzadores de cuero, pertenecían no sólo a uno de los más antiguos y mejor retribuidos oficios de nuestra pampa, sino que conformaban uno de los escasos grupos donde se podían encontrar diferencias por sus especializaciones.

Los ingresos de este grupo solían ser un 50 por ciento mayores que el resto. Según José Barcia, a los carreteros se los conocía con el nombre de «gobernadores de carros», lo que acusa la importancia y el reconocimiento que en la época se concedía a su función. Narra Sarmiento que la autoridad del jefe de la tropa de carretas era absoluta: imponía la ley a garrote o a cuchillo. Llegaba a torturar y hasta ejecutar a los «díscolos» y a los remisos a su autoridad.

En la carreta delantera, sede del capitán de estas verdaderas escuadras terrestres, se instalaba un cañoncito. como ya vimos que recordaba Rojas Paz. La mayoría de los propietarios de las carretas eran de origen vasco. Los peones y picadores eran gauchos porteños o criollos de provincias.

Los propietarios de carretas actuaban también como comisionistas o acopladores en combinación con los comerciantes de Buenos Aires. Algunos de estos empresarios carreteros solían adquirir parte de sus mercancías a los productores. La modalidad era adelantarles en pago el 50 por ciento de su valor.

Este anticipo muchas veces se convertía en único pago, pues la lentitud de las comunicaciones, la escasez de noticias y el hecho de que muchos productores no sabían leer ni escribir, favorecían estas maniobras que permitieron el enriquecimiento de muchos de estos propietarios de flotas de carretas. Para Ramón J. Cercano, el gremio estaba dividido en tres grupos principales. En primer lugar, los llamados «hombres distinguidos» de Cuyo o el interior.

Reservaban una o dos carretas para transportar los «efectos europeos» destinados a cubrir sus propias necesidades, alquilando el resto de los vehículos de la tropa. En segundo término, gente de menores recursos… quienes lograban acumular un pequeño capital propio que arriesgaban íntegramente en cada operación de viaje de una flota de carretas.

Por último, los fletadores eran un grupo constituido por gente sin recursos que cobraban los fletes por anticipado, lo que generaba continuos pleitos y embargos por falta de cumplimiento, Los tripulantes de estas carretas formaban una virtual casta, y estaban más allá déla ley de julio de 1823 que regulaba las contrataciones de mano de obra y establecía la obligatoriedad de llevar «la papeleta de conchabo».

Los integrantes de aquellos convoyes podían desplazarse sin necesidad de solicitar permisos especiales a cada juez de paz de cada sitio del trayecto. Así evitaban ser enganchados «voluntariamente» como soldados para ir a la frontera. Los carreteros concentraban sus tropas en sitios escogidos en las orillas de cada pueblo o ciudad en donde acampaban, reparaban sus vehículos, mantenían sus animales, efectuaban las tareas de carga y descarga de bultos y hacían por poco tiempo una vida sedentaria y menos penosa que la de las travesías. En Buenos Aires eran famosos el hueco de plaza Lorea, y las plazas de Once.

Constitución, la Concepción y los bajos de Retiro, sitios en los que después se levantaron algunas de las estaciones ferroviarias. Eran aquellos sitios rumorosos, coloridos. El descanso abría la conversación, estimulaba el apetito de la charla y daba rienda suelta a la «parlanchina bullanguera».

Esa pequeña ciudad satélite y móvil daba animación al poblado sedentario, lo alimentaba de mercancías, novedades y noticias. Se los distinguía a lo lejos por el humo de sus fogatas, las idas y venidas y las guitarras que se templaban al anochecer. Ese paisaje comenzó a desvanecerse por el avance del tren y desapareció empujado por las estaciones ferroviarias, esos templos del progreso que transformaron el paisaje urbano y rural. Muchas de estas estaciones se emplazan en sitios más distantes de las plazas principales.

Hacia allí se transfiere el movimiento de pasajeros y cargas y, durante un tiempo más, también las carretas ahora transportadas sobre vagones. Con la incorporación del ferrocarril comienza a languidecer esta actividad como negocio y, a partir de 1870, tiende a desaparecer como consecuencia del predominio de ese nuevo medio de transporte. De la magnitud de ese movimiento de carretas da cuenta una estadística de 1863, que registra el ingreso de 18.908 vehículos a Buenos Aires.

Durante el período de transición de la era de la carreta a la del ferrocarril coexistieron ambas modalidades. Funcionó entonces un sistema mixto: las cargas se trasladaban en carretas hasta los puntos de concentración. Chascomús fue uno de esos centros de trasbordo. De allí se cargaban las carretas sobre las chatas, con lo que se disponía de una especie de primitivos contenedores. Tan importante era el movimiento de carretas que la partida de cada una de las tropas se anunciaba en los periódicos.

Federico Oberti menciona uno de los tantos avisos: «Salida terrestre. Tropa de carretas de Don Benito Pucheta con destino a Córdoba, Despachada por el Consignatario Manuel Molina saldrá el 26-3-1838 con efectos de ultramar yerba-azúcar-ferretería-aceites-cristales».

Esta importancia de la carreta para la economía del país se reflejó en los billetes de banco de 1869, que reproducen la clásica tropa. A medida que se incorporan los adelantos técnicos al país alambrados, molinos, ferrocarril y otras explotaciones y afluye la inmigración, la carreta, y el mundo que giraba en torno a ella, entra en crisis.

Esto afecta a los empresarios y, en mayor medida, a los amansadores de bueyes, a los picadores, carpinteros, pulperos, boyeros, peones y demás personajes que integraban ese particular universo. La desaparición, comenzada en la provincia de Buenos Aires, se fue propagando a todo el país.

Esta situación contribuyó seguramente a acrecentar los sentimientos de rechazo del criollo hacia el «gringo», en quienes algunos percibían los causantes de su marginación y de la desocupación provocada en ese sector. Contrariamente a lo que se cree, la mujer siempre formó parte de las caravanas, con lo cual queda desvirtuado el enfoque machista de esta actividad.

Tanto los relatos de viajeros como la numerosa iconografía existente reflejan la presencia permanente y natural de la mujer en esos convoyes: desde la partida, los altos en el camino hasta la llegada, participa siempre como constante acompañante del gaucho, tropero y trashumante, negando así la imagen de estar aferrado a un lugar.

Hilario Ascasubi nació debajo de una carreta en Fraile Muerto en 1807. Se sabe que las comodidades de una carreta eran superiores a las de las viviendas de la época. Después de las invasiones inglesas, el general Beresford y sus subordinados prisioneros en la villa de Lujan pidieron vivir en carretas, dado que los alojamientos eran sucios, húmedos y llenos de insectos.

Esto no debe sorprender, pues de los relatos de la época se desprende que los hacendados de las cercanías de los caminos reales, alejados de la «civilización blanca», vivían en condiciones rigurosas y precarias, privados de las comodidades más elementales. En las viviendas faltaba casi todo, a veces hasta puertas y ventanas.

El moblaje se reducía a menudo a un barril de agua, un cuerno para beber, asador de palo, ollas de fierro y algún banquillo. Pese a la abundancia de lana, camas y manteles eran desconocidos. El atuendo de propietarios y peones era similar y sólo difería en la calidad de las prendas, lo que permitía reconocerlos. El paso de alguna caravana por uno de estos sitios provocaba el interés de los pobladores, quienes veían alterada así la monotonía de sus vidas cotidianas.

ompañaba a la flota de carretas los gritos de los peones, el chirrido de las ruedas y una cantidad de animales domésticos: perros, gatos, aves y hasta gallos de riña eran infaltables compañeros de viaje. Los carreteros debían mirar el cielo y descubrir las amenazas de lluvias que traían aparejados los riesgos de naufragios en los ríos crecidos y furiosos.

A menudo, el pasaje de ríos o pantanos obligaba a la descarga sorteando el obstáculo por separado, ya sea en canoas o en pelotas, luego de lo cual se procedía a acomodar pasajeros y bultos en la otra orilla. Hacia el norte se prefería el invierno, la estación seca.

El trayecto de Buenos Aires a Salta se recorría en seis meses, con lo cual, si las condiciones del tiempo eran buenas, una tropa de carretas sólo podía hacer en el año un solo viaje de ida y vuelta. Según recuerdos del doctor Justo José Miranda de Villaguay, Entre Ríos, el viaje entre Concordia y Villaguay en las famosas «carretas de Michelana» duraba 15 días. Ni lluvias ni tormentas, ni crecientes las atajaban.

Tenían altas ruedas enllantadas, techos de zinc, doble forro de pinotea y hojalata en techo, piso y paredes; cabía un hombre parado dentro de ellas; el pértigo era de pinotea y de un grosor de 3 por 8 pulgadas; todas eran nuevas y de lapacho. Para soliviarles el peso a los bueyes, en las culatas se ponían piedras».

En una carreta viajaba la familia y, en la otra, la carga. Cuando dos caravanas se cruzaban en el camino se acostumbraba a hacer un alto, se intercalaba una pausa para dar lugar a la fiesta con guitarreada, baile, asado y juego de naipes. A medida que la carreta avanza, va pagando impuestos en cada provincia.

Los gastos fijos más los impuestos insumen la mitad del costo. Referente a las tasas pagadas, podemos mencionar el testimonio de las quejas de los cuyanos. Debían pagar sobre la totalidad de las botijas, sin considerar que muchas de éstas se rompían en el viaje por el traqueteo y otras transformaban el vino en vinagre debido a los calores que debían soportarse durante la travesía. Este pleito fue finalmente zanjado con la Real Cédula de 1760 donde el impuesto se redujo sensiblemente, por un periodo de los seis años siguientes, pasando de 12 a 4 reales.

El costo de los fletes por cada carreta a Salta y Jujuy, 180 pesos; a Mendoza, 110 pesos. El carretero se asimiló a esta vida naturalmente, y soportó hambre, sed, privaciones, riesgos y agresiones con parecido espíritu de los conquistadores españoles que abrieron muchas de las sendas para esas travesías.

En sus crónicas de la Conquista del Desierto (1879), Remigio Lupo advierte el proceso de sustitución en el sur del país de las viejas y pesadas carretas por carros tirados por muías y el apoyo que en esas operaciones prestaba el ferrocarril. Ya durante la Guerra del Paraguay, la carreta tuvo un importante papel auxiliar en la logística de los ejércitos aliados entre 1865 y 1866.

Los cuadros de Cándido López y el diario «Cabichui» de las trincheras paraguayas revelan la importancia de este vehículo en esas acciones militares. Existen testimonios que años antes, entre 1837 y 1842, en el sur del Brasil, durante la llamada Guerra de los Farrapos, a la carreta le cupo un rol tan importante que el extremo sur brasileño era conocido como la «República de las carretas».

Los carreteros tienen su propio santo patrono: Sebastián de Aparicio, a quien la Iglesia beatificó en 1798. Nacido en Galicia en 1502, se embarcó con destino a México en 1531. Allí se especializó en la fabricación de carretas que hacían transportes de mercancías de Veracruz a Puebla. Tal era su habilidad que despertaba admiración en el pueblo. Tal admiración creció cuando Aparicio añadió a esa condición la de construir los primeros caminos por los cuales circulaban sus carretas.

Llevó una vida de trabajo duro, pues se ocupaba además de tareas agrícolas. A los setenta años ingresó como lego en la Orden de San Francisco, pese a «no saber escribir ni firmar». Sin dejar el convento, retomó allí sus tareas artesanales donde, y a pesar de ser conocido de allí en más como «él fraile loco», comenzó a rodearlo un halo de admiración por sus virtudes y habilidades. Las envidias lo desplazaron del convento al que retornó pues, más allá de no saber ni escribir, se le comenzó a reconocer como sostén económico de la orden.

Finalmente, cuando sus milagros se propagaban por toda la región de Puebla, anunció su muerte, la que sobrevino el 20 de febrero del año 1600. cuando tenía 98 años. La Iglesia de San Francisco de Puebla guarda sus restos.

Los medios de transporte en Argentina colonial Traccion a sangre Carreta

Los Medios de Transporte en Argentina Colonial Tracción a Sangre

“La carreta fue, durante tres siglos, el más importante medio de transporte de personas y mercancías en gran parte de nuestro territorio. En torno a ella giró un sector a la vez dinámico y dinamizador de la economía, La carreta fue mucho más: ciudad móvil fortaleza, tesoro nacional, carro fúnebre, imprenta, burdel, correo y transbordador, Con la llegada del ferrocarril y el alambrado, las pesadas carretas comienzan su marcha hacia el ocaso. La introducción del camión y la camioneta terminará por quitarla de los caminos y borrarla del paisaje.”

Carreta era en España el nombre usual para designar el vehículo tirado por bueyes. Es el modo que emplea Cervantes en El Quijote, cuando dice: «Ya encantado Don Quijote en esta carreta…» La definición y descripción que de ella hace Félix Coluccio en su Diccionario folklórico argentino, nos parece lamas abarcadura e insustituible.

El investigador define a las carretas como «carros de gran tamaño, tirados por bueyes, que eran utilizados en nuestra campaña para llevar los productos de una región a otra, así como sirvió para transporte de pasajeros durante mucho tiempo, ya que era el único medio de comunicación disponible.

Su uso se ha limitado en nuestro país y aún sigue manteniéndose con ventaja en el norte del Uruguay. Debe señalarse que los carros de ruedas macizas tienen aún bastante empleo en el interior de nuestro país, y que por lo común son arrastrados por bueyes, especialmente los grandes destinados al transporte de troncos o de madera en general, por ejemplo, las que se usan en la región patagónica occidental».

Continúa Coluccio: «Hacia 1773, Concolorcorvo describía minuciosamente la carreta: las dos ruedas son de dos y media varas de alto, punto más o menos, cuyo centro es una maza gruesa de dos o tres cuartas. En el centro de ésta atraviesa un eje de quince cuartas sobre el cual está el lecho o “cajón” de la “carreta”.

Esta se compone de una viga que se llama  pértigo”, de siete y medio varas de largo, a las que acompañan otras dos de cuarto y medio, y están unidas en el  pértigo por cuatro varas o varejones que se llaman  teleras, forman el “cajón cuyo ancho es de vara y inedia.

Sobre este plano lleva en cada costado seis estacas clavadas, y en cada dos va un arco que, siendo de madera o de especie de mimbre, hacen un techo ovalado. Los costados se cubren de junco tejido, que es más fuerte que la totora que gastan los mendocinos.

Y por encima, para preservarlas de aguas y soles, se cubren con cueros de toro cosidos, y para que esta carreta camine y sirva se le pone al extremo de aquella viga de siete y media varas un “yugo” dedos y media, al que se uncen los bueyes, que regularmente llaman “pertigueros”». Sin embargo, las definiciones varían según los distintos autores.

Ramón J. Cercano, en su clásica Historia de los medios de comunicación y transporte, editada en Buenos Aires en 1893. considera a la carreta como tal sólo cuando sus laterales son de quincho o de totora. Según este autor, corresponde hablar de «carretón» cuando su lateral es de madera. Otros autores, como Enrique Rápela, también la llaman «castillo», en este caso aludiendo a su forma lateral trapezoidal.

Los planos que ilustran esta nota han sido realizados sobre la base de fuentes bibliográficas, observación en museos, entrevistas con personas conocedoras del tema y relevamiento de carretas existentes. Aparentemente, el precursor y primer «armador» de una flota de carretas fue el gobernador del Tucumán don Juan Ramírez de Velazco, quien en 1593 le informa por carta al rey de España que construirá a su costa 40 carretas provistas cada una de ellas con tres yuntas de bueyes bien fornidos.

Con ellas esperaba unir el Tucumán con Buenos Aires en un trayecto de 600 leguas. Distancia que se cubría a razón de ocho leguas por día. La carreta soportaba una carga de 228 arrobas. Las famosas carretas tucumanas. dice Horacio William Bliss, «eran capaces de conducir dos toneladas de carga».

En 1708. una carreta en Corrientes costaba 100 pesos. Para establecer ese valor, no sólo se tomaba en cuenta el trabajo que demandaba su fabricación, que doblaba el salario de un obrero, sino también el costo de transporte de las maderas empleadas en su construcción, las que se traían de sitios distantes de la ciudad. Los precios puede dar una idea de su valor: un buey costaba seis pesos; una arroba de yerba, cuatro pesos; una vaca invernada, un peso; un corte de carreta en bruto, 25 pesos; una carreta terminada, 100 pesos.

De todo esto surge la importancia que tenía la carreta no sólo como medio auxiliar de otras actividades económicas, sino de ella misma como actividad industrial. La carreta generó, por las características de las técnicas y materiales empleados en su construcción, y por su mismo uso y mantenimiento, un importante sector dentro de la economía de la época.

En su fabricación intervenían una importante cantidad de artesanos y ayudantes. Fueron las provincias de Tucumán. Corrientes y Mendoza donde mayor importancia alcanzó su fabricación. En Corrientes, este medio de transporte tuvo gran vigencia y casi se puede decir que ella fue durante la mayor parte de la vida correntina el único medio seguro usado para el transporte.

Según da tos recogidos por Maria E. Pérez, referidos a diciembre de 1882, el número de carretas que entraron al «Piso», el principal mercado de concentración y sus cargas, fueron: 213 con maderas, 127 con sandías, 29 con leña, 18 vacías, 17 con zapallos y melones, 13 con postes, 11 con cueros y 9 con maíz en grano.

Esto indica que la carreta era el único medio de transporte empleado y la existencia de una importante flota moviéndose en torno a la capital correntina y sus cercanías. Las disposiciones sobre carros y  carretas recogidas en los digestos municipales del siglo pasado confirman esa importancia.

Las autoridades establecían las medidas admitidas, horario de marchas, tipos de cargas, ancho de llantas, patentes a abonar y condiciones para la explotación del servicio. Estas carretas llegaban a Buenos Aires trayendo no sólo pasajeros y mercancías, sino también dolores de cabeza a los funcionarios que renegaban por los daños que provocaban sus altas ruedas en las calles de tierra.

Tal era el fastidio que el Cabildo prohibió su acceso a las manzanas céntricas en 1774, medida que encendió más aún la polémica con los defensores de los carros tirados por caballos. Se exponían teorías sobre la presión de los vasos de uno y otro animal, el ancho más adecuado de las ruedas o la influencia de la velocidad. Catorce años después, el Cabildo se decide a autorizar la circulación de las «serviciales carretas».

En la Intendencia de Salta del Tucumán se fabricaban, hacia 1776, unas 200 carretas al año a un costo de 50 pesos por unidad, señala el padre Furlong. Había quejas sobre «el apego a la rutina» del que hacían gala algunos fabricantes que demoraban en construir «carretas de cuatro ruedas, a ejemplo de los coches de Valencia y Murcia». Reclamo que escuchó el salterio Domingo Patrón, quien «en 1805 fabricó unas 12 o 14 galeras de cuatro ruedas», según Edberto Acevedo.

De acuerdo al censo de 1820, en las provincias de Corrientes y Entre Ríos se registran 47 carreteros y 164 carpinteros, número importante en relación con las otras actividades productivas detalladas en dicho censo. «Las carretas mendocinas eran más a nenas que las de Tucumán y llevaban 20 arrobas más de carga, porque los caminos que recorrían éstas últimas tenían montes espesos que lo estrechaban.

Los tucumanos no tenían necesidad de bajar su carga en el camino; los mendocinos sólo en época de avenidas, en los que las utilizaban hechas con los yugos. Paraban en el camino alrededor de las diez de la mañana, hasta las cuatro de la tarde, ya que el calor era lo único que cansaba a las bestias», anotan las investigadoras María Inés Soules, Susana Martínez y Silvia Moreau.

Respecto al caso del Litoral, contamos con el testimonio de Emilio Honorio Daireaux (1887), que recoge Moncaut en su reciente interesante libro Travesías de antaño. En el Litoral «no existía ningún bosque, no se podían construir vehículos, faltaba madera. En cambio ésta abundaba en los campos de Tucumán, situada en el camino del Perú y de Bolivia.

De allí salieron los primeros tipos de esas enormes carretas que, arrastradas por seis u ocho yuntas de bueyes, no han cesado, desde entonces, de surcar la pampa por convoyes de ocho ó diez, viajando de conserva, transportando del litoral al Perú, los cargamentos venidos de Europa, viaje que duraba cinco o seis meses.

Las etapas eran de a cuatro leguas por día, ya era eso mucho para un buey, sobre todo para ruedas macizas, imperfectamente redondas que soportaban la imponente masa de estos elevados edificios, más altos que la mayor parte de las casas de la colonia, de paredes más resistentes, de sólida techumbre. Se viajaba de día o de noche, según que la temperatura, fresca o cálida permitía o no arrostrar los rayos del sol. Después de tres siglos, en nada ha cambiado su aspecto, no piensan en abdicar ante el ferrocarril; antes bien éste ha debido transigir con ellas».

Los viajes en carreta en el virreinato. Los caminos en argentina colonial

Los Viajes en Carreta en el Virreinato Los Caminos en Argentina Colonial

“La carreta fue, durante tres siglos, el más importante medio de transporte de personas y mercancías en gran parte de nuestro territorio. En torno a ella giró un sector a la vez dinámico y dinamizador de la economía, La carreta fue mucho más: ciudad móvil fortaleza, tesoro nacional, carro fúnebre, imprenta, burdel, correo y transbordador, Con la llegada del ferrocarril y el alambrado, las pesadas carretas comienzan su marcha hacia el ocaso. La introducción del camión y la camioneta terminará por quitarla de los caminos y borrarla del paisaje.”

LA CARRETA Y LA MULAS: Si, por un lado, la presencia de los españoles desorganizó el sistema de comunicaciones preexistente, esa misma presencia permitió, con la introducción de la rueda y de la mulas, la multiplicación de la capacidad de carga y una sensible mejora en la rapidez en el transporte de pasajeros.

La carreta cumplió un papel fundamental, y su organización en convoyes facilitó no sólo el aumento del volumen de la carga sino la mejora de la seguridad de la misma en territorios plagados de amenazas naturales, distancias y asaltantes. La carreta fue una verdadera fortaleza. Ella sembró gajos de hermandad y civilización a lo largo de aquellos caminos más imaginados que reales. Es extraño que la carreta, uno de los protagonistas de la marcha hacia el oeste en los Estados Unidos, no haya merecido la atención debida.

A mediados del siglo diecinueve, el filósofo norteamericano Ralph Waldo Emerson escribió «Engancha tu carreta a una estrella», captando la importancia y el sentido de una esperanza puesta en movimiento. Postas y carretas hicieron posible que se comenzara a tejer esa red de enlaces humanos y comerciales, enfrentando un medio hostil.

Los accidentes del terreno, los rigores del clima, la abundancia de lluvias o las sequías prolongadas, los vientos, las nieves, se erigían como formidables obstáculos que debilitaban y retrasaban la posibilidad de dar firmeza a ese tejido. Como bien dice Federico Palma, «los caminos eran más ideales que reales…

Los había trazado la necesidad y los mantenía la costumbre. Quien se largase a recorrerlos, tenía que ser conocedor del terreno, pues de lo contrario corría graves riesgos, incluso perder la vida». Paralelo al desarrollo de la carreta en la llanura, se dio en el Noroeste la llamada «cultura de la mulas».

La configuración del terreno, los contrastes entre la planicie y la altiplanicie, impusieron una adaptación de los medios. Desde y hasta Tucumán se podía utilizar la carreta. Desde allí hacia Salta, Jujuy y el Alto Perú, el cambio de paisaje requería un cambio de medios: la mulas relevaba a la carreta.

Las mulas, llevadas a los campos de pastaje del Valle de Lerma para su engorde, procedían del sur, y su destino final se repartía entre las minas de Potosí, los puertos menores sobre el Pacífico sudamericano hasta llegar a Lima e incluso, las más resistentes, ascender más allá de la capital virreinal. Desde el Callao y el Alto Perú retornaban las caravanas de mulas hacia nuestras provincias norteñas, cargadas de mercancías que buscaban salida legal o clandestina por el Río de la Plata.

La mulas, cruza de asno con yegua, se reproducías, pues, en las praderas pampeanas, engordaban en las fincas salteñas, trepaban alturas, algunas sembraban de huesos las estrechas sendas y otras llegaban a destino. En torno a la mulas se generó una actividad tan importante como lucrativa que asumió los rasgos de una verdadera empresa, abarcando más allá de los pequeños mercados locales hasta configurar un incipiente mercado regional.

Al calor de este comercio se acumularon fortunas, se intensificó el flujo de bienes y personas, y, con parte de los impuestos que la administración percibía por ello, se pudo concretarla erección de la Universidad de Córdoba, conocida, durante años, como la «Universidad de las Mulas».

Las carretas hasta Córdoba y Tucumán, y las mulas desde allí hacia el norte, permitieron establecer un circuito dentro del cual circulaban personas, mercancías e información entre Lima y Buenos Aires. Mirón Burgin reproduce la información de La Gaceta Mercantil donde se aprecia el tipo de cargas y las distancias recorridas por las mismas. Así los ladrillos, que recorren seis leguas, abren la lista; el maíz, 75 leguas; los cueros salados, 240; la lana, 400 leguas, y los cueros secos, 515 leguas, para sólo mencionar algunos rubros.

Señala Burgin que «el costo del transporte era igual a la mitad del precio del producto respectivo». La distribución en el espacio de la población en nuestro país le confería características insulares a los pequeños núcleos habitados. Entre ellos se abrían inmensas distancias, lo que convertía a las travesías en arriesgadas empresas a lo largo de tierras vacías y desérticas en lo demográfico, pero llenas de riesgos: bandoleros y malones.

Esto obligaba a extremar los cuidados y a organizar convoyes para asegurar tanto una defensa recíproca como un mínimo de rentabilidad. Los ríos eran un medio de vinculación que contaba, y aún cuenta, con serias limitaciones debido a la precariedad de los recursos de navegación y por el sentido de la corriente norte-sur, sin retorno de las embarcaciones ni las tripulaciones.

Ernesto Maeder observa que la navegación del Paraná es lenta, incómoda y sacrificada por causa de los insectos y los gusanos de los cueros que se transportaban. Las embarcaciones que salían desde el puerto de Corrientes hacia Buenos Aires, armadas sobre canoas y «garadumbas» (especie de voluminoso catamarán), transportaban abultadas cargas que, al llegar, se desarmaban y vendían junto a la mercancía transportada. De ella sólo se recuperaban los clavos. Hasta su producción industrial, el clavo era muy costoso. Su producción masiva genera la clásica arquitectura del lejano oeste norteamericano: el sistema Balloon-Frame.

Esas «garadumbas» debían ser desguazadas, pues no podían retornar río arriba. Maderas, cargas y tripulación quedaban en Buenos  Aires. Sólo retornaban el capitán y los clavos para reiniciar el ciclo. La situación del Litoral posibilitaba, en alguna medida, la utilización de los ríos. Mas esto constituía una excepción, pues no se podía repetir en la mayor parte de la geografía del país. Estos factores reforzaron la importancia del papel de la carreta como vehículo para el intercambio.

Un hecho casual añadirá un elemento más para aumentar esa importancia. En 1785, un ballenero inglés queda demorado fortuitamente en el puerto de Buenos Aires. Su larga permanencia favorece el contacto con algunos pobladores y esto les permite aprender de sus tripulantes a salar la carne para conservarla, oficio que esos ingleses practicaban en los mares australes.

A partir de allí se dan las condiciones para introducir importantes cambios directos en la economía ganadera virreinal e indirectos en el desarrollo de las carretas. Hasta entonces, la sal se importaba a muy alto costo desde España. La demanda de sal aumentó considerablemente como consecuencia de la introducción de esta modalidad de conservación de las carnes. Esto motivó un gran interés por encontrar en las salinas bonaerenses la forma de sustituir las compras a España.

La carne y la sal, como recursos casi infinitos e inagotables, estimularon las expediciones a las salinas. De allí surgió, además, un importante grupo artesanal dedicado a la fabricación de las carretas y los toneles para guardar el producto. Si nos parece lenta la marcha de la carreta, debemos compararla con las alternativas para un viaje que ofrecía la época. De los relatos de viajeros se desprende que el trayecto Buenos Aires-Santiago de Chile era entre un 40 y un 50 por ciento más breve que por la vía del Cabo de Hornos, en barcos a vela de dudosa seguridad.

Esto sin considerar las inclemencias del tiempo y tomando en cuenta los meses apropiados para la travesía. En 1841, la familia del general Lavalle emprende desde Montevideo un viaje a Valparaíso pasando por el Cabo de Hornos. «Tardamos cuarenta y seis días, de los cuales estuvimos doce parados al llegar al Cabo, esperando viento favorable para doblarlo», recordará Dolores Lavalle, según cita Carlos Antonio Moncaut.

Para la construcción, funcionamiento y mantenimiento de las carretas, el país contaba con todos los recursos necesarios: madera, buenos artesanos, bueyes, pasturas, aguadas naturales y personal adecuado para llevar adelante la empresa. La mortandad de bueyes era elevada, y, según Tadeo Haenke, en un solo viaje llegaban a morir hasta 290 bueyes de una misma tropa. Aunque en menor cantidad que las mulas, los esqueletos de los bueyes alfombraban los caminos. Según el mismo Haenke, «recogidos todos ellos bastarían por sí solos para formar una hermosa calzada que llegase hasta las puertas de Buenos Aires».

Para su marcha, tenía por delante la ilimitada pampa y la llanura. Sus desplazamientos se veían facilitados, además, por la falta de alambrados en los campos. Pensando en ello es que Sarmiento pudo, en 1878, decir que antes de la aparición del alambrado «todo el país era camino».

Fue su incorporación la que «aceleró el trazado de los caminos en nuestra pampa bonaerense», anota Moncaut. Como veremos luego, el alambrado fue uno de los factores que contribuyó a la desaparición de la carreta y, junto a ella, que se esfumara la visión bucólica y nostálgica del «rayar y cuadricular geométricamente las pampas, para succionar sus riquezas por manos gringas» de un «Don Segundo Sombra» temeroso frente a los cambios y los avances del progreso, en una sociedad aletargada a laque se plantea así la absurda disyuntiva entre lo tradicional y lo moderno.

A partir de la década de 1840, las carretas comienzan a ser reemplazadas por las «galeras» o «diligencias» para el transporte de pasajeros. Se las llamó también «mensajerías» o «galeras criollas». Ambrosetti las describió así: «La forma de la mensajería es la de un gran coche que tiene algo de ómnibus y de carruaje, casi cuadrada, con asientos dispuestos a lo largo de la caja, y ventanillas pequeñas de tablas con dos vidrios de un decímetro cuadrado, de modo que casi no tienen más objeto que el dejar pasar la luz».

Mensajerías eran, además, las empresas que, alentadas primero por la administración y subvencionadas por el gobierno, prestaban el servicio de transporte de pasajeros, correspondencia, periódicos, encomiendas y valores en gran parte del territorio del país. Todos estos medios comenzarán a ser paulatinamente reemplazados en las rutas troncales nacionales por el ferrocarril. Este proceso coincidió con los cambios en la vieja estancia, la venta de cueros a Europa y la exportación de la carne salada a países esclavistas, cuyo ciclo se agotaba.

En el siguiente cuadro se pueden observar las diferencias en velocidad por hora, capacidad de carga y volumen de los medios de tracción a sangre y las del ferrocarril. Esto, sumado a los costos y tarifas diferenciales, selló la suerte de los antiguos medios de transporte, condenados a sobrevivir en trayectos no cubiertos por el tren.

MEDIO VELOCIDAD(Km./h) RECORRIDO(Km.) VOLUMEN DE CARGA
Carreta 3-4 15-40 1.5 a2.2 tn.
Carros Pesados 2-3 30-35 3 a 5 tn.
Arrías por mulas 6 60 0.15 a 0.17 tn.
Diligencias 13-16 60-100 hasta 12 pasajeros
Galeras 20 150 hasta 17 pasajeros
Chasquis 100-120 Correo
Ferrocarril del Oeste (1857) 40-45 405 (9 horas) Vagón 8 tn.

La Historia de la Carreta en Argentina La Tracción a Sangre en el Pais

La Historia de la Carreta en Argentina La Tracción a Sangre en el País

“La carreta fue, durante tres siglos, el más importante medio de transporte de personas y mercancías en gran parte de nuestro territorio. En torno a ella giró un sector a la vez dinámico y dinamizador de la economía, La carreta fue mucho más: ciudad móvil fortaleza, tesoro nacional, carro fúnebre, imprenta, burdel, correo y transbordador, Con la llegada del ferrocarril y el alambrado, las pesadas carretas comienzan su marcha hacia el ocaso. La introducción del camión y la camioneta terminará por quitarla de los caminos y borrarla del paisaje.”

Hasta comienzos del siglo XIX, las comunicaciones de los pueblos del interior con Buenos Aires y de aquellos pueblos entre sí reflejaban la relación de fuerzas y de equilibrios existentes en sus respectivas economías. Desde finales de esa centuria, la extensión de la red ferroviaria quiebra la antigua orienta-norte-sur y este-oeste de los intercambios regionales.

Al hacerlo, consolida a Buenos Aires como centro de un sistema de comunicación hacia el cual convergen y desde el cual divergen los caminos. De ese modo, el esquema de comunicaciones que prevalece será el de un embudo, propio de las economías primarias.

El sistema «parrilla» de países más desarrollados dotó a éstos de una mayor cohesión interna. Décadas después, y con especial intensidad a partir de la década de 1930, comenzará la pavimentación de rutas troncales nacionales que atenuarán los efectos de aquella concentración.

Por último, sobre ambas circularán las líneas aéreas comerciales y del Estado. Pero, para llegar a ese dominio del espacio, fue necesario recorrer un largo trayecto que, iniciado durante la conquista, concluirá con la incorporación del ferrocarril. La extensión territorial de la Argentina, su escasez de población, los riesgos de las largas travesías y la precariedad de los medios de transporte, permanecieron con escasas variantes hasta fines del siglo XIX.

Uno de los medios de transporte más importante que permitió iniciar el proceso de dominio de una parte del espacio fue, sin dudas, la carreta. Dentro del sistema de tracción a sangre, la carreta ocupa un lugar preponderante. Sobre ella se fueron tejiendo y anudando las relaciones comerciales en gran parte del actual territorio argentino. Con la irrupción del ferrocarril, su importancia se redujo pero no fue anulada ya que durante décadas, funcionó la articulación entre el tren y la carreta.

Hasta la primera mitad del siglo XX, en varias provincias argentinas, y en Brasil, Paraguay y Uruguay, siguió prestando sus servicios. Es que la carreta no fue sólo un medio de transporte de pasajeros o cargas: fue, además, la primera casa rodante y el primer diseño móvil espontáneo capaz de reunir múltiples usos.

Es sabido que antes de la llegada de los conquistadores españoles, incas y aztecas disponían de un eficiente servicio de comunicaciones asentado sobre el trazado de una red de caminos, postas o «tambos» y relevos. De este modo, los «chasquis», especialmente adiestrados, eran capaces de recorrer hasta catorce leguas diarias, o sea unos 72 kilómetros. De este sistema casi perfecto se retrocedió a una marcada desorganización, después de la conquista.

Mediante una Real Cédula de 1577, Felipe II prohibió el uso de coches en América. La medida, destinada a poner límites al lujo y la ostentación desmedida de los funcionarios, se tomó pretextando que ese abuso agravaría el peligro de llegar a la escasez de caballos y mulas. También se prohibió que los pobres anduvieran a caballo. Durante toda la vida colonial, y en las primeras décadas de nuestra vida independiente, el caballo y la mula constituían los únicos medios de locomoción.

Recién en 1717 el gobernador de Buenos Aires introdujo una calesa tirada por mulas. En la Lima virreinal, el número de esas calesas era capaz de sostener una importante demanda de mulas. Podemos decir que aquella calesa y los carretones que trajo Juan de Caray fueron los antepasados de nuestros medios de tracción a sangre, entre ellos, la carreta.

El Periodismo en la Carceles Historia del Sistema Carcelario Argentino

El Periodismo en la Carceles: Historia del Sistema Carcelario Argentino

Los periódicos en la cárcel
Pero no todos los aspectos de aquel período del régimen carcelario fueron negativos. Ya hemos visto que a Penitenciaría Nacional, por su tratamiento científico, comenzaba a llamar la atención a los estudiosos de la ciencia penitenciaria de todo el mundo.

Fue justamente en 1906 —año prolífico como vemos para la ciencia penitenciaria argentina—, cuando inspirado en los consejos de la penitenciarista española Concepción Arenal, José Luis Duffy, director de la Cárcel de Encausados, tras preparar un staff de presidiarios y montar una minerva, creó otra nueva actividad rara solaz y esparcimiento de sus reclusos: el periodismo. El 14 de enero de 1906, Buenos Aires asistía al lanzamiento de un nuevo órgano de opinión, reservado a un nivel  de la opinión pública muy particular: el que conformaban los presidiarios.

Un equipo de redacción perfectamente adiestrado, compuso aquel primer número de Vida Nueva centro de la cárcel; logrando que al año siguiente un decreto del Poder Ejecutivo Nacional dispusiera el envío del periódico a todas las cárceles de la República. Lamentablemente, por razones de fuerza mayor Vida Nueva dejó de aparecer en 1928, cuando la rotativa estaba acostumbrada a tirar 7.500 ejemplares que se repartían en 47 establecimientos del país.

Fue precisamente Eusebio Gómez quien hizo una reseña del material de lectura inserto en aquella publicación. Dice así: “Vida nueva contiene máximas y escritos de moral, noticias de los últimos descubrimientos e invenciones, extractos o reproducción de artículos tomados de otras publicaciones, curiosidades instructivas o sugerentes para los detenidos, trabajos realizados en las clases y en los talleres, recompensas recibidas, resultados de los exámenes trimestrales, peculio devengado, etcétera”

De cualquier forma, antes de desaparecer, Vida Nueva generó imitadores que siguieron su ejemplo, Entre los años 1921 y 1922, en el presidio de Ushuaia se publicó Nuevos Rumbos, y en la Penitenciaría Nacional, en 1930 se comenzó a vocear La Verdad, una hoja que desapareció de circulación después de contabilizar diez números, logrados contra viento y marea y pagados con el peculio de un esforzado y tozudo equipo de redacción.

Existencia efímera acompañó también a El Eco, un periódico con el que la Escuela de la Cárcel de Ushuaia llegó al insólito mercado en 1931.

Y no faltaron revistas en aquella escalada periodística: la Colonia Hogar Ricardo Gutiérrez, en 1925, se apuntó el honor de ser la primera en salir a la palestra con una publicación de este tipo; Nuevos Rumbos, primer magazine editado en la Argentina en estas condiciones, bajo el título traía un sugestivo slogan, “de los muchachos para los muchachos”. La actividad de la Colonia pronto fue copiada por el Patronato Nacional de Menores, que a partir de 1936 se lanzó a su público con la revista Infancia y Juventud.

Si bien sería largo enumerar la nómina entera de publicaciones nacidas en las cárceles argentinas, a modo de cierre digamos que en 1941 la Dirección de Institutos Penales, a cargo entonces del doctor Paz Anchorena, resolvió editar el periódico Domingo, una hoja que se distribuía en los institutos nacionales y alcanzó vasta difusión como el singular Vida Nueva. Pero baste mencionar que todas ellas, sin distinción, intentaron conectar al recluso con un mundo exterior que palpitaba más allá de los muros y las rejas.

Todos ellos significaron —por esa mágica conjunción del papel con las letras—, algo así como “un amigo que nos habla periódicamente, asegurándonos que la libertad no es una utopía”, según definió C. R., un detenido de la Cárcel de Encausados allá por 1933.

Fuente Consultada: Cáceles  Historia Popular  Tomo 19  Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo

El Petiso Orejudo Cayetano Godino Historia primer Asesino Serial Argentino

El Petiso, Orejudo, Cayetano Godino Historia Primer Asesino Serial Argentino

Sobre la leyenda de Cayetano Santos Godino, el Petiso Orejudo, matador de niños y piromaniaco, se han escrito libros, obras de teatro, filmado películas y hasta pintado cuadros. Pero pocos como el periodista Juan José de Soiza Reilly pudieron definir en pocas palabras lo que significaron los cuatro crímenes. El siguiente es un extracto de una nota que Reilly publicó en 1933 en la revista Caras y Caretas:

“En 1912, Buenos Aires se estremeció de espanto. Las madres escondían a sus hijos, gritando
– ¡Un monstruo!

En efecto. Había aparecido un monstruo que robaba niños. Elegía como los ogros de los cuerpos fantásticos, los niños más hermosos y más tiernos de cuatro a seis años. Para atraérselos utilizar: en vez de la varita mágica de los encantadores, algunos caramelos. Los pobres inocentes, sugestionados por la golosina, iban detrás de aquel imán con los brazos tendidos.

El bárbaro se los llevaba a rincones obscuros. Allí los mataba, lentamente, para darse el gusto de ver cómo morían. Era un marqués de Sade. Utilizaba, a falta de colmillos de antropófago, un enorme clavo de hierro”.

Fue descubierto y condenado a perpetua en la Cárcel de Ushuaia, allí fue salvajemente golpeado por los reclusos al descubrir que él les había matado su gato de mascota, abocándolo como hacia con sus víctimas.

EL CASO DEL PRIMER ASESINO SERIAL ARGENTINO: CAYETANO SANTOS GODINO:
“El Petiso orejudo”
Ajeno tal vez a esos avalares periodísticos, un joven de 16 años, paciente de una enfermedad que lo movía a mortificar y matar niños, provocaba una ardua polémica en el Buenos Aires de 1914.

Cayetano Godino Por ese entonces, Cayetano Santos Godino —tal el nombre del enfermo, más conocido por su alias El petiso orejudo—, era alojado en el Hospicio de las Mercedes, pabellón de alienados delincuentes, por disposición del juez.

El fallo, que se había basado en un cuádruple informe médico declarando a Godino “insuficiente mental“, provocó acaloradas polémicas. Es que alojado en el Hospicio de las Mercedes El petiso orejudo casi prolongó su necesitad de matar intentando acogotar a varios enfermos.

Y esa probabilidad siempre estaría latente en ese instituto que además de no contar con adecuada vigilancia penitenciaria, no estaba preparado para alojar a un preso como Godino.

(Recién el 28 de abril de 1969, por insólito que parezca, se dio solución eficaz a la falta de un establecimiento médico donde se pudiera alojar a un alienado criminal bajo la vigilancia de médicos y personal de seguridad dependientes de un organismo penitenciario.

Este hecho se produjo ese día con la cesión por parte de la Secretaría de Salud Pública a Institutos Penales de la Nación de las salas Lucio Meléndez y Chiaruggi.)

Claro que por aquel entonces, el fallo declarándolo enfermo asustó a la sociedad dominada por la angustia de una posible evasión de Godino. Hasta la prensa solicitó entonces que a despecho de la enfermedad se lo alojara en una prisión segura. La Cámara en segunda instancia, optó por esta salida.

Por las características especiales que revestía la personalidad de Godino —evidentemente un caso límite—, vale la pena bucear en ella siguiendo algunas alternativas de su proceso. Un excepcional reportaje que la desnuda, por ejemplo, publicado por el diario La patria degli italiani que interrogó a Godino en el Hospicio de las Mercedes, después de la condena del juez, lo definía así:

“—Has dormido bien tranquilo, al parecer.
“—Ahora duermo bien.
“—¿Pero después de haber estrangulado a aquel niño?
“—¡Ah,..!, la primera noche, no más, me pasa así.. . después. .. nada…
“—¿Y qué cosas sentías la noche del delito?
“—Nada… el muchachito me seguía embromando y le decía al padre: «¡Papá, ha sido él, agárralo, ha sido él que me ha matado!…»
“—Dime; ¿tu padre se embriagaba?
“—Ahora hace un tiempo que no toma, pero antes siempre estaba borracho y le pegaba a mi madre.
“—¿Tu madre viene a visitarte?
“—No señor, tiene vergüenza.
“—¿Cuántos delitos has cometido?
“—Once, tres muertos y ocho lastimados.
” Y después de otras consideraciones familiares el reportaje proseguía:
“—¿Qué sensaciones sientes cuando estrangulas?
“—No sé.. . me gusta. A más, me da todo un temblor por el cuerpo que me sacude… siento ganas de morder. Al chico ese lo agarré con los dientes aquí, cerca de la boca y lo sacudía como hacen los perros con los gatos. .. luego me da mucha sed. La boca, la garganta se me secan, me arden como si tuviera fiebre…
” Y añadía más adelante el periodista: “Confesó el desgraciado que después de cada delito de sangre, sentía violentas sensaciones eróticas”.

Tras lo cual proseguía con el escalofriante interrogatorio:
“—¿Y por qué incendiabas las casas? “—Para ver trabajar a los bomberos. Siempre corría a ver los incendios y les daba una mano a los bomberos. Es lindo cuando caen en el fuego.
“—¿Y robar? “—He probado, no me gusta. Ha sido un compañero mío que me ha enseñado, pero no me gusta”.

Francamente, es un ser que nos hace estremecer y al mismo tiempo nos da la más profunda piedad. Pero lo más característico en él es el desequilibrio de las facultades mentales, es la manera de apreciar las cosas. Por ejemplo: respecto al padre de su última víctima, al oírlo, él teme la venganza del desdichado padre, no por el hecho de haber asesinado ál niño, sino porque lo ha engañado.

“—Estoy contento de estar preso. No saldría sino acompañado por un vigilante. Ya todo el mundo me conoce. Y además, el padre del muchacho… ¡si me caza, me mata! ¡Cómo lo he engañado!… Es que cuando me preguntó por su hijo le dije que no lo había visto y que lo buscara en la comisaría. “

Confiesa con verdadera fruición que se divertía en matar los caballos y en probar la sensación del hierro que se hunde y se retuerce en las carnes y el recuerdo de estos espectáculos lo excita y entonces el mentón y el labio inferior se largan y los dientes se cierran, la nariz se ensancha como si aspirase el olor característico de la matanza.

Y en medio de este desastre moral, un solo y débil sentimiento de afectividad hacia la madre, de temor hacia el bastón y los cachetazos del hermano mayor, quien, epiléptico como él, parece no mezquinar medidas enérgicas contra el precoz delincuente.

“—¿Volverías a cometer otros delitos?
“—No señor. Le doy demasiados disgustos a mi madre que hasta tiene vergüenza de mí.
“Pero después de estas declaraciones que hacían vislumbrar una reacción de arrepentimiento, sucede una carcajada que nos hace estremecer cuando el comisario Pereyra le muestra la fotografía de la pieza y del cadáver del menor Laurora. Verla y recordar con lujo de detalles la escena del asesinato que le hacían re vivir aquellos instantes fue todo.

“Es inexacto que Godino sea un invertido más —se afirmaba a continuación en la crónica—; nunca ha tenido contactos normales ni anormales. Únicamente su degeneración es motivada por el alcohol y otros vicios que le debilitan cada vez más su sistema nervioso. Es un epiléptico incurable que sería digno de ser conservado en un manicomio criminal a perpetuidad, por ser peligrosísimo.

“El manicomio criminal será pronto una necesidad tan imperiosa aquí donde el alcohol produce grandes estragos, dadas las especiales cualidades del ambiente —acotaba La patria degli italiani, reclamando ese insti tuto. Para después continuar:

“—Quiero hacerte una última pregunta. ¿Has llorado alguna vez?
“—Sí señor, pero de rabia… lloraba de rabia cuando se me escapaba alguna volada.
“—Pero, ¿por algún otro motivo?
“—Nunca.
“—Pero, ¿no te han inculcado algún principio religioso?
“—Como no, si soy bautizado.
“—¿Y no te han dicho que puedes ser castigado aun así?
“—No sé; pero aquí me han dicho que soy enfermo, que me van a someter a un tratamiento… entonces, ¿qué culpa tengo yo si no puedo sujetarme?”

¿Prisión o tratamiento médico? Eran los interrogantes que abría la sociedad para juzgar el caso Godino o El petiso orejudo, un maniático enfermo que asoló a las familias porteñas allá por 1908.

Los padres de los menores Miguel Depaoli, Jesualdo Giordano (un niño de 3 años de edad hallado muerto junto a los hornos de una industria, atado con un piolín que tomaba manos y pies), Julio Botte (niño de un año y 10 meses de edad al que Godino quemó los párpados con un cigarrillo), Arturo Laurora, Severino González Caló (sumergido en una pileta de lavar caballos), Benita Vainicoff, Ana Ñera, Carmen Gittone y Catalina Naulener, probablemente en medio de sus tragedias estarían más allá de la polémica que entonces monopolizaba a Buenos Aires.

Por fin, en noviembre de 1915 los partidarios de que Godino —calificado de imbécil e irresponsable de sus actos por los informes médicos de los doctores Negri y Lucero, Cabred y Esteves—, fuese a dar a una penitenciaría, se salieron con la suya.

Amparado en la inseguridad del Hospicio de las Mercedes y reclamando una anhelada paz social, el agente fiscal al elevar entonces su dictamen a la cámara ponía en descubierto la falencia del sistema carcelario: “.. .el peligro de que se escape es siempre mayor en un sanatorio que en el presidio.

Hay más: los ilustrados peritos señores Cabred y Esteves insinúan que si no existe un establecimiento adecuado para recluir a este monstruo humano, el Estado debe crearlo. ¿Qué se hará, pues, mientras no se cree tal establecimiento?

Probablemente, retener al sujeto en el pabellón de idiotas del Hospicio de las Mercedes. tiempo sin que volvamos a tener no ticias del ya tristemente célebre Cayetano Santos Godino. Si no estrangula a sus compañeros del sanatorio, ya procurará fugarse”.

Poco después, la Cámara seguía el consejo del fiscal fundando su voto. Una parte de los considerandos rezaba: “Esta es la solución práctica que corresponde adoptar por hoy con sujetos de la naturaleza de Godino —aludía a tratamiento carcelario—, procesado que ha mejorado ostensiblemente desde el punto de vista psíquico, durante el tiempo de este proceso, como lo aseveran los peritos”.

El reconocimiento en el fallo de las bondades del tratamiento dispensado a Godino en el nosocomio —mientras duró el proceso, o sea mientras estuvo internado en el Hospicio de las Mercedes— reabrió la polémica.

Pero ya era tarde. Godino, en mérito a su minoría de edad, se había salvado de la pena de muerte que fijaban las leyes penales, pero no de la de penitenciaría por tiempo indeterminado a cumplir desde el 12 de noviembre de 1915.

La falta de un establecimiento apropiado, condenaba a un retardado mental —tal vez recuperable— a terminar sus días en una fría celda del Sur, incomunicado. Murió en Ushuaia, poco antes que Perón, en 1947, decretara la extinción de ese instituto en mérito a las condiciones inhumanas de vida que allí se daban.

CRÓNICA DE LA ÉPOCA:
POR LILA CAIMARI Historiadora
Períodico El Bicentenario Fasc. N°6 Período 1910-1929

Con 16 años, el delincuente se confesó responsable de tres homicidios y ocho lesiones a niños de su barrio. Intentan determinar si es imputable.

Interrogatorios policiales y estudios criminológicos han terminado por aclarar la extraordinaria trayectoria del menor Cayetano Santos Godino (alias “el Petiso Orejudo”), que en los últimos meses concitó tanta atención de la prensa porteña.

Con escasos 16 años en el momento de su arresto (y una apariencia de juventud aún mayor), este hijo de una modesta familia de inmigrantes se ha confesado responsable de once crímenes (tres homicidios y ocho lesiones), todos cometidos contra niños de su barrio. También admite ser responsable de varios incendios.

Lejos de mostrar remordimiento, Godino sorprende relatando con detalle sus métodos y exhibiendo incluso cierto orgullo de autor. En conversación exclusiva con nuestro enviado a la cárcel donde se encuentra bajo custodia, aclara que nunca le gustó el hurto y que prefiere mantenerse aislado de los “vulgares” rateros: “Yo no trato con esa gente, son todos ladrones”, aclara a este cronista.

Gracias al acceso a información confidencial de este diario, nuestros ávidos lectores han podido ver las fotos del acusado y leer los informes periciales de Godino firmados por los doctores Cabred, Estévez y Coll, entre otros eminentes especialistas en el crimen.

Su misión es decidir si el joven delincuente está loco (y por eso debería ser enviado a un pabellón de alienados) o si es responsable de sus actos (y debe pasar el resto de sus días en una prisión). ¿Loco moral? ¿Psicópata? ¿Degenerado hereditario? ¿Idiota congénito? Psiquiatras, juristas y criminólogos se debaten para dar con un diagnóstico firme.

Mientras tanto, mediciones craneanas, rarezas faciales, datos de herencia biológica y anécdotas de infancia se apilan en el legajo del menor-homicida. Cualquiera sea el resultado de estos debates, y en razón de su corta edad, es probable que Godino sea internado en el hospicio Lucio Meléndez de la ciudad de Buenos Aires, y se salve por elmomento de ser enviado al temible presidio de Ushuaia.

Cuando cumpla la mayoría, su caso será reabierto, acaso para considerar un destino en el fin del mundo. Como siempre, los mantendremos al tanto de las primicias sobre el más precoz criminal de la historia argentina.

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Fuente Consultada:
Cáceles Historia Popular Tomo 19 Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo
Revista Muy Interesante Especial N°8 Año 4 Crímenes y Criminales de la Historia
Períodico El Bicentenario Fasc. N°6 Período 1910-1929

Historia de las Cárceles en Argentina Primeras Carceles de Mujeres

Historia de las Cárceles en Argentina: Primeras Carceles de Mujeres

La cárcel de mujeres en Argentina
Despojada de real importancia cuantitativamente, la delincuencia femenina sin embargo, atrajo la atención de los responsables de las cárceles. Es que siempre se procuró separar a la población carcelaria femenina de la masculina, una amputación que reconocía su causa en la derivación sexual que traía aparejada una comunidad carcelaria que mixturara hombres y mujeres.

Si bien es cierto que en algunas provincias la imposibilidad de levantar establecimientos diferenciados —por falta de medios económicos— llevó a alojar a hombres y mujeres en un mismo establecimíento, siempre se procuraba destinarlos a celdas diferentes. N obstante, las cárceles que se vieron forzadas a utilizar este sistema ce conocieron todo tipo de problemas. Es más angustiante quizá, era la suc sión de amotinamientos que originaba la situación.

Los presos hombres forzados a la abstinencia sexual con formaban una población levantisca, dispuesta a estallar en cualquier momento por el estímulo que significaba tener a la mujer “al alcance de la mano”. E. J., un alojado por homicidio en la Cárcel de Córdoba —obligada a la mixtura entonces—, refería allá por 1898 después de haber sido puesto en libertad:

“Cada vez que salíamos a los patios, la situación se tornaba insostenible. Cada mujer tenía su grupo de candidatos —aun sin saberlo—, que se disputaban su mi-nula y cada uno de sus gestos. Recuerdo que un compañero mío, F. M., llegó a trabar relación con una presa, S. V., con la que intercambiaba vellos ‘lo la zona pelviana mediante ingeniosos ardides.

Con ellos, F. M. se dedicaba a las prácticas onanistas mala que fue descubierto por otroi- compañero que intentó disputarle esos trofeos. Fue tan grande la batahola que se armó en la celda común o después de aquel descubrimiento, que el carcelero debió cambiar a todos los hombres de lugar”.

Por lo demás, la delincuencia femenina siempre tuvo características muy particulares. Las mujeres que criminológicamente hablando podían entrar en una clasificación no eran muchas; apenas algunas mecheras y estafadoras diversas en magro número. Generalmente, la mujer accedía a la cárcel por ejercer la prostitución, o por crímenes pasionales.

Remontándonos a la historia, la ciudad de Buenos Aires fue una de las primeras donde se separó a la población femenina: una real cédula del 6 de noviembre de 1718, autorizó la aplicación de un impuesto a la exportación de cueros para erigir un instituto dedicado a las mujeres “por no haberlo en la ciudad”. Posteriormente, el 26 de abril de 1774, el virrey Juan José Vértiz comunicó a la Corona haber construido la Casa de Recogidas, “para sujetar y corregir en ella las mujeres de vida licenciosa”.

Hasta ese entonces, las condenadas habían permanecido alojadas en la Cárcel del Cabildo junto a los hombres, y según se infiere de un informe que presentó un regidor defensor de pobres, la misión que allí cumplían consistió en atender las labores culinarias de esa cárcel. Cuando Vértiz levantó la Casa de Recogidas, poco después se creó otro instituto.

En el barrio llamado alto de San Pedro sacerdotes betlemitas —pertenecientes a una orden cuyo nombre deriva de Belén y fue fundada en Guatemala en el siglo XVII— atendían a enfermos en una casa conocida como la Residencia. A poco, los betlemitas resolvieron cambiar los fines de la Residencia prestando menor atención a los enfermos y ocupándose de la “reducción de mujeres de vida airada”. En 1890, el vetusto hospital de los betlemitas fue traspasado a las hermanas del Buen Pastor, una congregación que, en América, dedicó sus esfuerzos a la readaptación de las mujeres detenidas.

En Buenos Aires, esas hermanas prestaron su servicio a las detenidas alojadas en el edificio ubicado en las calles San Juan y Humberto I. Tiempo después, ese hospital que inicialmente regentearon los betlemitas —origen de la cárcel de mujeres— pasó a denominarse Asilo Correccional de Mujeres. No albergaba muchas cuando tras el código de Tejedor se emprendió la reforma carcelaria.

Del número exacto —como en el caso de la cárcel de hombres—, nadie dio cuenta oficialmente. De cualquier forma, esa población femenina no difería de la de la época colonial. Sin embargo la reforma carcelaria llegó también a la mujer, recomendando un tratamiento que pusiera el acento “sobre una preparación eficaz para las tareas del hogar”.

Es que la delincuencia femenina —como se dijo—, por sus características especiales no tenía importancia cuantitativa. Además, en aquel entonces —tiempo en que la familia giraba en torno al pater familiae—, el rol de la mujer en la sociedad no era el mismo que hoy se plantea en la sociedad de consumo. Recomendaciones oficiales a las hermanas del Buen Pastor hicieron hincapié, en todos los casos, en readaptar a la mujer para su ulterior vuelta a la vida social “teniendo presente que debe constituirse en sostén del hogar”.

Las hermanas intentaron cumplir esta solicitud introduciendo u las mecheras, homicidas pasionales y prostitutas que allí recalaban en la enseñanza de tareas domésticas y jardinería en algunos casos. También dictaron clases de costura, bordado, planchado, zurcido y otras artes menores, tan codiciados por los hombres solteros de entonces.

Aunque, como se explicó, las inexistentes estadísticas no arrojan luz sobre cantidad y causa de mujeres detenidas en esa época, una carta de la hermana María del Rosario González dio cuenta en 1901 que “las veintitrés detenidas cumplen con piedad los oficios y algunas se amoldan bien a los trabajos”.

Aplicacion de la Pena de Muerte en Argentina Historia de las Cárceles

Aplicación de la Pena de Muerte en Argentina Historia de las Cárceles

Tuvo lugar el 6 de abril de 1900 en la Penitenciaría Nacional, y la sufrió un italiano nacido en 1854 en Bonefatti, provincia de Constanza, llamado Domingo Cayetano Grossi. Víctima de la pena de muerte que legisló el código Tejedor —hoy derogado—, Grossi a poco de arribar a la Argentina en 1878, emprendió los trabajos más variados merodeando la plaza de Retiro.

Fue botellero, afilador ambulante, mozo de cordel, vendedor de cacerolas y carrero, último oficio que practicó antes de morir cuando se lo acusó de culpable de la muerte de recién nacidos que aparecieron mutilados en la quema. Esos niños, según se probó, eran hijos de Grossi, nacidos todos ellos de una extraña situación que mantenía con una viuda y dos de sus hijas en un inquilinato de la calle Artes
1438.

Tanto la madre —Rosa de Nicola—, como sus hijas Clara y Catalina, mantenían relaciones sexuales con Grossi (que por otra parte estaba casado en Italia, donde había dejado dos hijos), de las cuales nacieron los niños que Grossi se encargó de hacer desaparecer. Las mujeres lo acusaron a él y él a las mujeres, pero cometió el error de reconocer uno de los infanticidios y el juez Ernesto Madero lo condenó a la pena de muerte.

Apelado el fallo, la Cámara confirmó la sentencia elevando el dictamen al Poder Ejecutivo “a los fines de ley“. Ese mismo día —el 5 de abril de 1900-, el presidente de la República, Julio Argentino Roca, decretaba que el ministro de Guerra pusiera a disposición del juez Madero la fuerza pública necesaria para que en la Penitenciaría Nacional se ejecutara la sentencia al día siguiente. La última foja que cerró el expediente judicial era el informe del jefe del pelotón de fusilamiento.

Decía así: “Al Señor Juez del Crimen, Doctor Ernesto Madero. Pongo en conocimiento de V. S. que el día 6 del corriente siendo las ocho a.m. y dando cumplimiento a la orden que el Señor Jefe de Estado Mayor me comunica con fecha 5 del mismo, pasé por las armas al individuo Cayetano Grossi”.

Adjunto a la presente una copia de las últimas palabras pronunciadas por el reo, las cuales fueron recogidas por un particular a quien el reo se las dictó, lo que comunico a V.S. a los fines que estime convenientes. Dios guarde a V. S. Firmado: Manuel Medrano, Capitán”.

Las últimas palabras de Grossi, insistían en su inocencia: “He tenido cinco hijos cristianados, en una sola mujer; de ellos, tres viven, dos varones y una mujer. Los otros dos, que eran mujeres, murieron aproximadamente hace quince años.”

“Yo recibo con resignación la pena que se me ha impuesto, pero soy inocente. Yo no soy culpable de la muerte de esas criaturas porque las culpables son esas mujeres que me han acusado asesino de sus hijos. Yo no soy el padre de las víctimas; los padres de esos niños eran los amantes de las mujeres Nicola. Si yo fuera un asesino tan feroz, yo hubiera muerto a mis hijos con la madre.

“¿Cómo es posible que una madre haya permitido que yo asesinara sus propios hijos? ¿Por qué no me acusaron ante la Policía cuando yo salía a la calle, las madres de las víctimas?.”No siento morir y hago esta declaración por el amor a mis hijos legítimos”.

Pero era tarde para ensayar protestas. Día fatídico para Cayetano Grossi, el 6 de abril de 1900, apenas las manecillas del reloj marcaron las ocho y cinco minutos el médico de la Penitenciaría Nacional, doctor Raffo, cumplía con la última formalidad legal: la verificación de la muerte del condenado.

Reforma Carcelaria de Carlos Tejedor Codigo Penal Vida Carcelaria Historia

Reforma Carcelaria de Carlos Tejedor Codigo Penal

La transformación carcelaria en Buenos Aires Once años después de aquel intento, Carlos Tejedor —hombre público de la provincia de Buenos Aires— conocía el halago de que aprobaran su código penal, preparado por encargo de la nación.

Desde 1866 entonces, comenzó a regular la vida carcelaria argentina la amplia gama de penalidades que establecía ese código, a tono con los mejores códigos de la época que, por la influencia de los criminólogos modernos, tendían a crear categorías de delincuentes.

Para los que delinquieran, Tejedor había legislado las siguientes penas: de muerte (limitada a los “crímenes más espantosos”), presidio, penitenciaría, confinamiento, prisión y arresto.

El presidio, llamado urbano, en el Reglamento de la Confederación y también industrial, era una pena que evitaba a los jueces condenar a muerte, y consistía en la práctica de trabajos públicos pesados por parte del preso.

El artículo 7° del código de Tejedor la definió así: “Los sentenciados a presidio trabajarán públicamente en beneficio del Estado, llevarán una cadena al pie, pendiente de la cintura, o asida a la de otro penado, serán empleados en trabajos exteriores, duros y penosos, como construcciones de canales, obras de fortificación, caminos y no recibirán auxilio alguno de fuera del establecimiento”

La penitenciaría, a diferencia del presidio industrial, era una pena que no. descartaba la corrección del condenado, forzado a cumplir con un trabajo que lo readaptara, en beneficio propio y no del Estado.

Así quedó establecida en el código: “Los sentenciados a esta pena la sufrirán en las penitenciarías donde las hubiese, o en establecimientos distintos de los presidios, con sujeción a trabajos forzosos dentro de ellos mismos, y sin cadena, exceptuando el caso de temerse seriamente la evasión.

“El producto del trabajo se aplicará en primer lugar a indemnizar el gasto causado en el establecimiento; en segundo, a satisfacer la responsabilidad civil; y en tercero, a procurar a los condenados algún auxilio, y a formarles un ahorro, cuyo fondo se les entregará cumplida la condena”.

Confinamiento, prisión y arresto eran penas menores que las anteriores. Solían purgarse en lapsos relativamente breves, sobre todo el arresto, una medida confiada a la autoridad policial que la aplicaba por transgresión de ordenanzas públicas en general.

De todas esas sanciones, la que más críticas debió haber recibido fue sin duda la penitenciaría por su propósito de readaptar al preso. Una novedad que la sociedad recibió un tanto incrédula.

“Las penitenciarías son nuevas en Europa —se atajó Tejedor— y la diversidad de los procederes empleados, como también algunos ensayos infructuosos, les han suscitado adversarios. Unos han pensado que la regeneración de los condenados no era más que un sueño brillante de una crédula filantropía.

Otros, después de exagerar los efectos del sistema, lo han desdeñado cuando han visto que no podían realizar sus locas esperanzas. No pocos, en fin, han temido que la dulzura del régimen penitenciario no ejerciese una represión suficiente, y que los condenados encontrasen en la prisión demasiados agrados. La cuestión estaba mal presentada.

El fin del sistema penitenciario no ha sido nunca, ni podía ser, el de regenerar radicalmente a los condenados, revestirlos de una pureza primitiva, y hacer de ellos gentes honradas en toda la extensión de la palabra… Su fin es impedir la reincidencia, y si pudiera alcanzarse completamente, sería para la sociedad una gran ventaja. Independientemente de los principios de moralidad que deben inculcarse al condenado, la misión principal del régimen penitenciario es darle hábitos de orden y trabajo, ilustrarlo sobre sus verdaderos intereses, hacerle comprender y seguir las reglas de esa honradez relativa, que consiste en abstenerse de lo que prohibe la ley.

Reducido a estas principales proporciones el problema deja de ser insoluble… La regeneración moral no es más que una consecuencia, y no el fin único.”

A poco de sancionarse el código comenzó a construirse en Buenos Aires la Penitenciaría, que pudo inaugurarse el 28 de mayo de 1877 con el nombre de Penitenciaría de Buenos Aires. Erigida en la calle Las Heras al 3400 era pertenencia de la Provincia de Buenos Aires, ya que la capital aun no se había federalizado. Cuando este hecho se produjo en 1880, pasó a denominarse Penitenciaría Nacional.

Con la asistencia del presidente Domingo Faustino Sarmiento al acto de la inauguración, 710 presos provenientes de la cárcel del Cabildo fueron alojados en su nueva morada. El edificio fue construido con abundancia de largos pabellones ya que, según rezaban los considerandos, el sistema celular era inhumano “para los hombres de nuestro país, acostumbrados a las inmensas llanuras de nuestros campos”.

Fuente Consultada: Cáceles  Historia Popular  Tomo 19  Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo

Historia Del Sistema carcelario Argentino Primeras Carceles en Argentina

Historia Del Sistema Carcelario Argentino

La Idea de cárcel en la Colonia
Desde el virreinato y hasta la caída de Rosas la idea de cárcel en nuestro territorio se había originado en el medioevo español. En aquel entonces la Iglesia hispana, recogiendo en su ámbito a perseguidos de las leyes civiles en un intento por suavizar la legislación de la época (muerte, mutilación, galera), había impuesto el asilo. “Sucesivas decisiones papales, fueron excluyendo de este beneficio a salteadores, seductores, quebrados y ladrones públicos”, historió el penalista Ladislao Thot.

Esas cárceles eclesiásticas, culminaron la obra poniendo coto a los excesos del poder civil. Alfonso X, El Sabio, un inteligente monarca que recogió un problema que venía de arrastre, comprendió la necesidad de reglamentar una cárcel más humana para evitar la intromisión de la Iglesia en el poder civil.

Con la mira puesta en la seguridad —condición fundamental que se exigía de la cárcel entonces— resolvió incluir en Las Partidas, esta sentencia en romance: “La cárcel non es dada para escarmentar los yerros, mas para guardar los presos solamente en ella, hasta que sean guarda de presos, sobrevivió en las leyes de Indias: “Las cárceles se hagan para custodia y guardia de los delincuentes y otros que deben estar presos”.

La norma no varió fundamentalmente cuando un gobierno nativo, por primera vez, resolvió legislar sobre cárceles. El artículo 69 del decreto sobre Seguridad Individual dictado por el Primer Triunvirato el 23 de noviembre de 1811, ordenaba: “Siendo las cárceles para seguridad y no para castigo de los reos toda medida que a pretexto de precaución sirva para mortificarlos, será castigada rigurosamente”.

De allí pasó al Estatuto de 1815 y, posteriormente, a las constituciones de 1819 y 1826. No varió sustancialmente el texto en la Constitución de 1853, cuyo artículo 18 aclara: “Las cárceles de la Nación serán sanas y limpias, para seguridad y no para castigo de los reos detenidos en ellas, y toda medida que a pretexto de precaución conduzca a mortificarlos más allá de lo que aquélla exija, hará responsable al juez que la autorice”.

El origen común de los textos ha movido a que no pocos penalistas en la actualidad, entiendan que el artículo 18 de la Ley Suprema que nos rige, solo se puede aplicar a las cárceles de encausados (presos sin sentencia, que pueden ser culpables pero también inocentes) y no a los establecimientos que alojan condenados (presos sentenciados culpables) Elias Neuman y Enrique Fentanes, entre otros, piensan así.

Es que aquello de “guardar los presos… hasta que sean judgados”, y la referencia del artículo 18 de la Constitución “hará responsable al juez que la autorice (de cualquier medida que mortifique en la cárcel al reo)”, son preceptos que parecen aludir a los encausados (presuntos culpables alojados en la cárcel a disposición y bajo la responsabilidad del juez hasta que se dicte sentencia), a diferencia de los condenados que reciben un tratamiento readaptativo (una vez producida la sentencia firme del juez) a cargo de un nuevo responsable: el instituto penal que prepara la foja criminológica de la cual se infiere el tratamiento ideal para resocializar al penado.

Todos estos vericuetos legales abren otros laberintos semánticos: muchos juristas sostienen que el término cárcel solo hace referencia al instituto que aloja procesados o encausados.

Las colonias penales, prisiones abiertas y cerradas, penitenciarías y presidios donde se trata y aloja a condenados, no son para ellos sinónimo del término cuestionado.

Pero como desde la creación de estos modernos institutos —después del código penal de Tejedor, allá por 1866— rara vez no se han mixturado condenados y procesados en un mismo alojamiento, el término cárcel en la Argentina comenzó a definir, con la imprecisión de la voz popular, a todos los institutos que privaban de libertad.

Fuente Consultada: Cáceles – Historia Popular – Tomo 19 – Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo