La Muerte Negra

Grandes Plagas de la Historia Pestes en Roma y Grecia Antigua

HISTORIA DE LAS GRANDES PLAGAS EN LA ANTIGUEDAD


pestes en la antiguedad

La Propagación de las enfermedades
Las enfermedades contagiosas son aquellas que se transmiten de un individuo enfermo a uno sano por contacto directo o indirecto. El contagio directo se presenta cuando la enfermedad no se transmite por medio de un agente intermediario, como en el caso de la varicela o la difteria. En el contagio indirecto se requiere de un medio para la propagación de la enfermedad; tal es el caso de la malaria que se propaga por el mosquito anofeles.

El microbio patógeno, causante de la enfermedad infecciosa, requiere de vías de transmisión como son: vía oral, por ingestión de sustancias contaminadas, por ejemplo el cólera; vía respiratoria, por inhalación del aire, como la gripe, vía genital, por contacto sexual, como el SIDA, vía sanguínea, transfusión de sangre, picadura de insectos o mordeduras, así por ejemplo la hepatitis, la malaria y la rabia.

HISTORIA DE LAS PESTES O PLAGAS: A lo largo de la Historia, el hambre, la peste y la guerra han actuado repetidas veces en forma simultánea, desafiando a la humanidad. La conclusión producto de la investigación conjunta de los historiadores junto a los científico,  nos dice sobre la influencia de las pestes en los grandes sucesos de la humanidad, demostrando que aun las naciones y personajes más poderosos han sido afectados fatalmente por las enfermedades. Las plagas minaron el poderío de la antigua Grecia y más tarde el de Roma. La “peste negra”, que asoló a Europa entre los años 1347 y 1352, selló el final del feudalismo y provocó la aparición de sectas y doctrinas divergentes dentro del Cristianismo.

Las enfermedades venéreas bien pueden haber impedido que Enrique VIII tuviera el heredero varón que tan desesperadamente deseaba. También la afección venérea causó la locura de Iván “el Terrible”. En México, la viruela fue el mejor aliado de Hernán Cortes con su lucha contra el imperio azteca y la hemofilia de la reina Victoria no sólo afectó a su descendencia sino que también contribuyó a la caída de la monarquía en Rusia. Cada era, cada época, ha traído progresos innegables contra los males físicos y mentales, pero lo cierto es que con el correr del tiempo la humanidad se ha enfrentado a nuevas e imprevistas amenazas.

La lucha contra la peste
El estudio de la incidencia y la propagación de una enfermedad en amplias poblaciones se denomina epidemiología. Para controlar una enfermedad es importante comprender sus orígenes y su forma de propagación.

Los epidemiólogos modernos, por ejemplo, se esfuerzan por comprender los orígenes y la difusión del virus de la inmunodeficiencia humana (VIH) que causa el síndrome de inmunodeficiencia adquirida (sida) y esperan poder llegar algún día a controlar e incluso sanar esta enfermedad mortal. Sin embargo, la comprensión de la naturaleza de una enfermedad constituye una tarea ardua aún utilizando las herramientas más avanzadas de la microbiología y la genética molecular. Imaginemos pues lo difícil que resultaría entonces, hace varios siglos, en los tiempos en los que el saber médico iba poco más allá de la mera superstición. En aquella época, la idea de comprender una enfermedad implacable tenía que parecer imposible.

Éste ha sido el caso de las grandes epidemias de peste que se han sucedido a lo largo de la historia. Mientras que durante la Edad Media (entre los siglos V y XV) la palabra peste se utilizaba indiscriminadamente para describir enfermedades epidémicas, en la actualidad el término se aplica de manera específica a una enfermedad aguda, infecciosa y contagiosa propia de los roedores y de los seres humanos y causada por una determinada bacteria. Sabemos hoy día que la peste bubónica, el tipo de peste más conocido, se transmite por la picadura de un insecto parásito. Otra variedad, la peste neumónica, se transmite principalmente por pequeñas gotas expelidas por la boca y la nariz de individuos infectados. La peste septicémica, otra forma diferente, se puede propagar por contacto directo a través de una mano contaminada. Sin embargo, a mediados del siglo XIV, cuando la enfermedad que entonces se conocía como peste negra llegó a aniquilar hasta una tercera parte de la población europea, los médicos y los científicos fueron totalmente incapaces de descubrir su causa y menos aún de encontrar una forma de curación.

Descripciones de testigos presenciales de la peste
Sintiéndose incapaces de explicar o comprender la magnitud del sufrimiento, algunos observadores sólo consiguieron registrar la devastación causada por la enfermedad. Las descripciones de los testigos presenciales de la peste se remontan al año 541, cuando se declaró la peste en la ciudad de Constantinopla (actualmente Estambul, en Turquía), entonces capital del Imperio bizantino. Procopio, historiador en la corte del emperador Justiniano , describe una epidemia durante la cual “toda la raza humana estuvo a punto de quedar aniquilada”. […]

Ocho siglos más tarde, la peste negra barrió toda Europa, llegando a Italia en 1347. El escritor italiano Giovanni Boccaccio, en su obra clásica El Decamerón, describe casos de peste en Florencia: “En el momento de la aparición de la enfermedad, tanto hombres como mujeres se veían afectados por un tipo de inflamación en la ingle o las axilas que en ocasiones alcanzaba el tamaño de una manzana o de un huevo. Aunque algunos de estos tumores eran más grandes y otros más pequeños, todos ellos recibían la denominación común de ganglios.

A partir de estos dos puntos iniciales, los ganglios comenzaban al poco tiempo a propagarse y a extenderse generalmente por todo el cuerpo. A continuación, las manifestaciones de la enfermedad se transformaban en manchas negras o pálidas extendidas por brazos y muslos o por todo el cuerpo”. En la actualidad los historiadores estiman que una tercera parte aproximadamente de los 80.000 habitantes de Florencia murieron a causa de la peste entre la primavera y el verano de 1348.

Existen también vividas descripciones de la peste correspondientes a la Gran Plaga de Londres que se declaró en esta ciudad en 1665.Tales descripciones fueron recopiladas por el escritor inglés Daniel Defoe en su obra Diario del año de la pesie (1722), que reconstruye aquel desastre. Para describir la rapidez y crueldad con las que se propagó la enfermedad, Defoe narra la historia de una mujer joven que cae enferma con vómitos y “un terrible dolor de cabeza”.

Su madre la examina y confirma lo peor:”examinando su cuerpo a la luz de un candil, inmediatamente descubrió las señales fatídicas en la parte interior de sus muslos. Su madre, sintiéndose incapaz de contenerse, tiró la vela y gritó de una forma tan pavorosa que hubiera bastado para horrorizar al espíritu más firme de este mundo.

En cuanto a la joven, a partir de ese mismo momento se convirtió en un cuerpo moribundo, pues la gangrena que originan los hematomas se había extendido por todo su cuerpo, falleciendo en menos de dos horas”. En otro pasaje del libro, Defoe describe una ciudad sometida a una auténtica pesadilla de sufrimientos: “El dolor de las inflamaciones era particularmente intenso, incluso intolerable para algunos individuos”. La gente corría despavorida por las calles, “delirante y aturdida, a menudo agrediéndose con las manos, tirándose por las ventanas, disparándose un tiro, madres [asesinando] a sus propios hijos presas de la locura”. […] (Fuente: Christopher King)

La viruela fue la primera enfermedad grave eliminada completamente de la faz de la Tierra por la acción voluntaria de la humanidad. Esto sucedió gracias a un proyecto de vacunación aplicado a escala global, financiado y dirigido por la Organización Mundial de la Salud. La confianza en el éxito de la erradicación ha sido tanta que no se vacuna a ninguna persona desde 1983.

Las personas que fueron vacunadas ya no están inmunes, pues los efectos de esta medida preventiva tienen sólo una duración limitada. Alguien no completamente informado podría creer que el virus que produce la viruela ya no se encuentra entre nosotros. Sin embargo, la realidad es que la Organización Mundial de la Salud decidió en 1983 mantener dos pequeñas muestras del virus de la viruela que se guardaron congeladas en dos laboratorios del mundo. Estas muestras virales se conservan en el Centro Federal para el Control de Enfermedades de Atlanta, en los Estados Unidos, y en los Laboratorios Vektor dependientes del gobierno ruso, en Siberia.

En realidad, la única utilidad que tenía el mantenimiento de esas semillas productoras de virus de la viruela eran para su posible utilización en una guerra biológica. Después de un análisis rápido, resulta obvio que la Organización Mundial de la Salud no fue quien decidió mantener esas dos semillas virales, sino más bien que tuvo que ceder a la decisión que tomaron las dos superpotencias, que por ese entonces se encontraban envueltas en el desarrollo de la así denominada Guerra Fría. De cualquier manera, la Organización Mundial de la Salud consiguió el compromiso de las superpotencias para que estas últimas muestras del virus de la viruela fueran destruidas, por incineración, el 30 de junio de 2000,52 compromiso que fue aplazado por tiempo indefinido.

A pesar de que la solicitud de una moratoria para la destrucción del virus suele presentarse basada fundamentalmente en argumentos científicos, en el año 2000 han pesado, con gran fuerza, consideraciones de estrategia militar,53 sobre todo las que tienen que ver con el miedo a lo que podría ser una catástrofe mundial intencional. Lo que sospechan los especialistas de la Organización Mundial de la Salud es que existen países que han cultivado clandestinamente el virus de la viruela.

Así podrían desencadenar una guerra biológica, para la que los restantes países no estarían preparados. Por ello, el miedo a no poder fabricar suficientes vacunas (para lo que se podrían necesitar las muestras resguardadas) ha sido el principal impulso a esta moratoria. Actualmente, y cuando la población de la Tierra se acerca a los seis mil millones de personas, sólo existen 50 millones de vacunas. Una de las consecuencias de la cumbre de la OMS, en Ginebra, ha sido reanudar su fabricación, para aumentar las reservas.

Fuente:
Grandes Pestes de la Historia Cartwright – Biddiss
Ahí Viene La Plaga Mario Lozano

Enfermedades En El Imperio Romano Peste en Roma Plagas en Roma

En el Imperio romano

Otro acontecimiento histórico de gran importancia fue la caída del Imperio romano. Los efectos que produjo este hecho se extendieron a lo largo de un vasto territorio y fueron muy duraderos. Las causas del declive han sido estudiadas y debatidas por los historiadores durante muchos años; en otro orden de problemas y cuestiones, en este apartado se analizarán aquellas causas y efectos relacionados con las enfermedades y su prevención.

Se estima que las condiciones sanitarias y de salud publica en Roma cerca del año 300 d.C estaban más avanzadas que a mediados del siglo XIX. En este sentido, los romanos en el siglo IV a. C comenzaron la construcción del sistema de drenaje, la Cloaca Máxima, que funcionaría como una moderna planta de desagüe. Este tipo de obras se construyeron en distintos lugares del Imperio: las ruinas de Pompeya y Herculano –destruidas por una erupción del Vesubio en el 79 d.C– revelaron un moderno sistema de retretes con agua corriente. Bajo el reinado del emperador Vespasiano fue construido un edificio de mármol con urinales, y para poder hacer uso de él se debía abonar una pequeña suma.

En oposición, la ciudad de Londres no tuvo este sistema de retretes públicos hasta 1851, conjuntamente con el desarrollo de la Gran Exhibición de 1851 en Hyde Park. Como ensayo, ese mismo año, en las salas de espera para damas de la calle Bedford y para caballeros en la calle Fleet, se instalaron retretes en los que se cobraba, en valores aproximados, lo que serían 5 euros actuales “por el privilegio” de poder usarlos y 10 euros por una toalla caliente. De esa manera, mientras el costo de la construcción había ascendido a 680 libras, en cinco meses, y a pesar de la distancia entre los baños y el solar de la exhibición, se recaudaron 2.470 libras.

El Imperio Romano, a principios del año 312 a.C contaba con un primer acueducto que transportaba agua pura a la ciudad, teniendo en cuenta que la higiene se vincula con un adecuado suministro de agua. A comienzos de la era cristiana existían seis acueductos; cien años después sumaban diez, que proveían cerca de mil millones de litros de agua por día. De los cuales, la mitad era utilizada para abastecer los baños públicos, por lo que sobraban 225 litros por cabeza para dos millones de habitantes; la misma cantidad que se consume en la actualidad en Londres y Nueva York. En 1954, cuatro de esos acueductos fueron renovados y bastaron para satisfacer las necesidades de la Roma moderna.

Los baños de Caracalla ya funcionaban en el año 200 d.C. y podían recibir 1.600 bañistas al mismo tiempo. Los de Diocleciano, construidos ochenta años después, tenían, más o menos, 3.000 salas. Un dato curioso es que los baños romanos eran parecidos a un sauna moderno, y acompañaban a la civilización romana dondequiera que ella fuera. Algunos lugares se hicieron famosos debido a las propiedades curativas de las tibias aguas, ricas en minerales. Sólo unos pocos, como Bath en Inglaterra y Wiesbaden en Alemania, mantienen aún la reputación de spa medicinal. (Ver Acueductos Romanos)

Es necesario destacar que la gran ciudad romana había crecido al azar, con calles angostas y sinuosas y casas miserables. En el año 64 d.C, fue azotada por el gran incendio que causó el emperador Nerón, donde alrededor de dos tercios de la ciudad fueron destruidos. Sin embargo, fue reconstruida siguiendo un plan maestro con calles rectas, anchas y grandes parques.

En este sentido, el Imperio poseía funcionarios especializados en la higiene: los ediles tenían la función de supervisar la limpieza de los caminos públicos y controlar la calidad de los suministros de alimentos. Entre otras medidas de salubridad, estaban prohibidos los entierros dentro de la ciudad, por lo cual se creó un sistema mucho más higiénico: la cremación. El entierro recién fue completamente incorporado cuando las creencias cristianas acerca de la resurrección de la carne se impusieron. En limpieza, sanidad y reserva de agua, Roma era más parecida al Londres o la Nueva York del siglo XX, que a la París medieval o la Viena del siglo XVIII.

Los romanos fueron pioneros en lo que respecta a vivir en una gran urbe y sabían por propia experiencia que una ciudad con gran número de personas no podía sobrevivir sin disponibilidad de agua, calles limpias y cloacas eficientes. Un londinense del siglo XVII vivía en condiciones que no hubieran sido toleradas por un romano en el siglo 1. Sin embargo tanto romanos como londinenses compartían un mismo problema: desconocían la causa de las enfermedades. De hecho, si el agua que circulaba por los acueductos hubiera provenido de una fuente contaminada, los romanos habrían corrido el mismo riesgo que los londinenses que se proveían de agua en el enlodado Támesis. Esta falta de conocimiento esencial hizo que las magníficas medidas de salubridad de la Roma imperial resultaran inútiles en los años de las plagas.

Imaginemos a Roma como una abultada araña centrada en su red, extendiéndose desde el Sahara en el sur hasta Escocia en el norte, y desde el mar Caspio y el golfo Pérsico al este, hasta las costas de España y Portugal al oeste. Hacia el norte y el oeste se encontraba con los océanos; al sur y al este, con continentes enormes y desconocidos, en los cuales vivía gente menos civilizada: africanos, árabes y las tribus salvajes de Asia. Más allá de las tenues sombras se asentaban las antiguas civilizaciones de China y la India.

Así, las fronteras del Imperio eran protegidas por las tropas en los puntos estratégicos. Desde esos puestos se extendían las redes que conducían a Roma; las rutas marítimas de África y Egipto y los caminos de los legionarios también confluían en la ciudad. Y es ahí, justamente, donde comienzan los problemas: el vasto territorio del interior poseía secretos que los romanos ignoraban, entre ellos, microorganismos de enfermedades desconocidas, con los cuales las tropas romanas estaban en constante contacto al atacar y ser atacadas. Incluso, un tráfico fluido por mar y por tierra propiciaba un gran intercambio de gente. Como se expresó anteriormente, Roma era una ciudad densamente poblada y muy civilizada pero carecía de recursos para combatir las infecciones. Dada esta conjunción de circunstancias, no es de extrañar que los últimos siglos del Imperio romano haya estado expuesto a una seguidilla de pestes.

Un ejemplo de ello fue lo que aconteció en el siglo I a.C cuando una inusual clase de malaria afectó los distritos pantanosos de los alrededores de Roma causando una gran epidemia en el año 79 d.C (poco después de la erupción del Vesubio). Una de las hipótesis es que la infección quedo circunscripta a Italia, pero causó estragos en varias ciudades y muchas muertes en Campania, la zona de cultivos donde Roma se proveía. Los daños causados en la tierra utilizadas para la labranza fueron considerables de manera que hasta el siglo XIX continuo siendo un lugar sensible a la malaria. Incluso, es posible que esta epidemia se originara en África.

A su vez se produjo una caída de la tasa de nacimientos de los ítalo-romanos en un momento en que los territorios conquistados aumentaban. Esto, sin duda, se debió a la malaria, pero también a la disminución de la expectativa de vida a causa de las enfermedades mal curadas, que debilitaban y alteraban a la gente (3). En el siglo IV d.c. las tropas de los legionarios ya no estaban formadas sólo por italianos, y hasta los oficiales eran reclutados en distintos grupos germánicos. Se argumenta que la falta de artículos suntuarios, que antes llegaban del Este, influyó en ese abatimiento del pueblo durante los últimos días de Roma, pero es probable que la causa real haya sido la malaria endémica.

A fines del siglo I d.C. los hunos invadían las fronteras del Este. Éstos, eran un pueblo nómada, guerrero y agresivo, nacido en Asia Central, que cabalgando por las estepas habían llegado hacia el sudeste europeo. Se estima que este éxodo se debió a alguna enfermedad, a la hambruna, o a una combinación de ambas en el norte de China. Estos invasores presionaron hacia el oeste a las tribus germánicas de los alanos, ostrogodos y visigodos, habitantes del centro euroasiático. Al final, lograron quebrar la unidad del Imperio, dejándolo fragmentado en varios Estados desorganizados que guerreaban entre sí.

Con la llegada de los hunos llevaron también se produjeron nuevas infecciones, que causaron una serie de epidemias conocidas por los historiadores como “plagas”. A su vez, ellos mismos se encontraron con enfermedades desconocidas. Durante los años 451 y 454, bajo el mando de Atila, penetraron en la Galia y el norte de Italia, pero tuvieron que retroceder antes de entrar en Roma, posiblemente debido a una enfermedad epidémica.

(3)Se da por obvia la consecuencia natural del alejamiento físico de los soldados.

(4)Debido a sus incursiones, los hunos se mestizaron, absorbiendo en su ejército a distintas razas, y asimilaron tipos físicos, lenguas y culturas diversos. Al llegar a Europa su carácter asiático era variado y su identidad étnica, difícil de precisar.

Otra de las epidemias a considerar es la plaga de Antonio, conocida también como plaga del médico Galeno. La misma comenzó en el año 164 entre las tropas del segundo emperador, Lucio Aurelio Vero,(5) situadas en el límite este del Imperio. Se estima que la enfermedad quedó circunscrita a ese lugar, causando estragos en el ejército comandado por Ovidio Claudio, enviado a sofocar una rebelión en Siria. A su vez, la infección acompañó a los legionarios en el camino de regreso y se expandió por los territorios del recorrido llegando hasta la propia Roma dos años después. Con celeridad el vasto territorio se vio infectado. La mortalidad fue considerable en todo el Imperio de tal manera que los cadáveres debían ser sacados en carretas de las ciudades.

La importancia de esta plaga estriba en que gracias a ella se produjo la primera grieta en las líneas defensivas de Roma. Hasta el año 161 las fronteras romanas se habían expandido de continuo, manteniéndose intactas, hasta que ese año una tribu germánica quebró la barrera nordeste de Italia. De esta forma el Imperio fue progresivamente debilitándose. Así, durante ocho años, el miedo y la desorganización impidieron a los romanos una acción defensiva. Finalmente, toda la fuerza del ejército imperial cayó sobre los invasores, obligándolos a retroceder. Al parecer, la enfermedad fue la causa principal de esa retirada, pues se encontraron muchos cadáveres del enemigo sin rastros de heridas. Es muy probable que se hayan contagiado la infección de los legionarios.

En este sentido, la plaga hizo estragos hasta el año 180; una de sus últimas víctimas fue el más noble entre los nobles, el emperador Marco Aurelio, que murió en el séptimo día de la enfermedad, habiéndose negado a ver a su hijo por temor a contagiarlo.(6 )

La epidemia volvió al Imperio en el año 189, después de un corto respiro, aunque esta vez fue de menor alcance ya que se circunscribió a la ciudad de Roma y en su pico más alto, ocasionó más de mil muertes por día.

Galeno dejo asentadas las características de esta plaga: como síntomas iniciales señalaba a la fiebre alta, inflamación de boca y garganta, una sed abrasadora y diarrea; alrededor del noveno día aparecía una erupción en la piel, que en algunos casos era seca y en otros producía pústulas. Da a entender que la mayoría de los enfermos moría antes de la erupción, pero igualmente se observa una semejanza con la plaga de Atenas. Lo indudable es que ésta provenía del Este.

(5) Lucio Aurelio Vero era hermano adoptivo del emperador Marco Aurelio (cuyo nombre de nacimiento era Marco Annio Vero), quien lo asoció al trono.

(6)Marco Aurelio, un líder bien intencionado, llegó a vender sus posesiones personales para mitigar los efectos del hambre y la peste en el imperio, aunque, a la vez, persiguió a los cristianos, en la opinión de que constituían una amenaza para el sistema. En el año 176 volvió a la frontera norte con la intención de extender los límites del Imperio hasta el río Vístula. Murió de peste en Vindobona —actual Viena— el 17 de marzo del 180, antes de poner en marcha su plan de invasión.

La mayoría de los historiadores, por la mención que Galeno hace de las pústulas, estiman que se trata de una primer epidemia de viruela. Una de las interpretaciones postula que el traslado de los hunos hacia occidente se debió a una terrible epidemia de viruela en Asia Central, que fue transmitida a las tribus germánicas, que a su vez contagiaron a los romanos. En contraposición, la historia romana muestra la diferencia de los síntomas de las plagas de viruela de los siglos XVI al XVIII, con los síntomas descritos por Galeno; aunque la primera aparición de una enfermedad con frecuencia toma un curso y una forma distintos de los de la enfermedad típica.

La siguiente plaga que describe la Historia es la de Cipriano (obispo de Cartago), en el año 250, que sin duda cambió el curso de la historia de Europa Occidental.

Cipriano describió los síntomas como diarrea repentina con vómitos, garganta ulcerada, fiebre muy alta y la putrefacción o gangrena de manos y pies. Otros testimonios la describen como una rápida expansión de la enfermedad en todo el cuerpo, con sed insaciable. En ninguno de esos casos se habla de sarpullido o erupción, a no ser que la frase ‘rápida expansión por todo el cuerpo” insinúe una manifestación de tal síntoma.

El origen de esta epidemia se considera similar a la plaga ateniense, es decir, que provino de Etiopía y desde allí se propagó a Egipto y a las colonias romanas en el norte de África que se consideraban el granero de Roma. En este sentido, la plaga de Cipriano se asemeja a la de Orosio, del año 125, que fue precedida por un ataque de langostas que destruyó las plantaciones de cereales, tras lo cual se produjo una terrible hambruna, y luego la plaga.

Algunas especulaciones giraban en torno a la posibilidad de que esta epidemia sea ergotismo, enfermedad que se contrae al comer pan de centeno infectado por el hongo Claviceps, sin embargo, las escasas evidencias al respecto convierten a la hipótesis en poco probable, sumado a que el centeno era una cosecha propia del norte y no del sur. Además, la amplia expansión y la persistencia de la plaga de Cipriano son también argumentos en contra de esa teoría.

La fase aguda de la plaga de Cipriano duró dieciséis años, durante los cuales la gente vivió presa del pánico. Millones de campesinos abandonaron el campo para refugiarse en ciudades superpobladas, ocasionando nuevos focos de infección, y dejando que se echaran a perder grandes áreas de tierra de cultivo. Muchos pensaron que la raza humana no sobreviviría. La mortandad fue mucho mayor que en otras pestes: los muertos eran más numerosos que los sobrevivientes que debían enterrarlos.

La plaga de Cipriano fue semejante a la “gripe española” de 1918 a 1919; ambas desataron una verdadera pandemia. La primera afectó a todo el Este conocido. Avanzó con gran rapidez y no sólo se contagiaba de persona a persona sino por contacto con alguna prenda o artículo del enfermo. La primera aparición fue devastadora, luego hubo una remisión y a continuación reapareció con igual virulencia. En este caso hubo una incidencia estacional: el brote se producía en otoño, duraba todo el invierno y la primavera y decrecía cuando comenzaban los calores del verano; este ciclo sugiere que se trató de la fiebre tifoidea.

Sin embargo, el imperio logro superar la catástrofe, a pesar de las guerras en la Mesopotamia, en la frontera este y en las Galias, pero, en el año 250, los legionarios retrocedieron desde Transilvania y la Selva Negra hasta el Danubio y el Rin. La situación parecía tan peligrosa que el emperador Aurellano decidió fortificar Roma.

Existe la posibilidad de que la enfermedad, después de la fase aguda, persistiera en forma más suave. Durante los tres siglos siguientes, en los que Roma colapsó bajo la presión de los godos y vándalos, hubo brotes recurrentes de una peste similar. Luego, la evidencia se volvió más borrosa, degenerando en una historia de guerras, hambruna y enfermedades. Paralelamente a la desintegración del Imperio Romano. (7)

La invasión de los pueblos germanos se produjo mediante el ingreso de contingentes a Italia y la Galia, cruzando los Pirineos hacia España y también penetrando en el norte africano. Hacia el año 480, una epidemia parecida los debilitó tanto que no pudieron resistir una invasión de los moros. Hay informes no confirmados de una gran mortandad en Roma en el 467 y en Viena en el 455.

Así también se debe considerar la plaga que atacó a Gran Bretaña en el 444, pues pudo haber afectado la historia de los anglosajones. Esta plaga, aparentemente generalizada, constituyó una pandemia, Según Bede, la mortandad fue tan grande que no quedaban hombres sanos para enterrar a los muertos. La peste agotó a tal punto a las fuerzas de Vortigern, el jefe británico-romano, que no pudo repeler la invasión de los pictos y escoceses. La leyenda establece que, después de consultar a sus jefes, Vortigern decidió pedir ayuda a los sajones, que llegaron como mercenarios en el 449 bajo las órdenes de Hengist y Horsa. Posiblemente, la epidemia debilitó tanto a los británicos que la entrada de los sajones fue inevitable.

(7) En La historia del clima, Pascal Acot cuestiona la visión que adjudica la caída del Imperio a una crisis provocada en parte por cambios climáticos y aporta datos interesantes: ‘Por otro lado, si el deterioro del clima tuvo un papel relevante en la degradación y el estallido del Imperio Romano, ¿sobre qué bases se afirma que pudo ser más importante que las epidemias que se sucedieron a partir del siglo 11 hasta el siglo y? Por ejemplo, en 165, en el reinado de Marco Aurelio (c. 212-180>, una epidemia de tifus exantemático, conocida como ‘peste antonina’ (y que, quizás, estaba combinada con otras patologías) arrasó italia y la Galia durante quince años, con picos de mortalidad que oscilaban entre 2.000 y 3.000 decesos por día en ciertos períodos. Entre 252 y 254, una enfermedad misteriosa, cuya descripción recuerda en ciertos aspectos al cólera, mató a varios miles de personas por día en Grecia y en Roma. En 302, una enfermedad llamada ‘ántrax’ por Eusebio de Cesarea arrasó con el mundo romano. Una epidemia de viruela estalló en 312 y también provocó una fuerte mortandad. Por lo tanto, ¿cómo atribuir al clima las crisis agrícolas y, a veces, las hambrunas que estallaron en el mismo período, cuando la producción era golpeada con fuerza por la desaparición por enfermedad de una gran cantidad de esclavos?”.

Fuente Consultada: Grandes Pestes de la Historia de Frederick F. Cartwright y Michael Biddiss
Enciclopedia Encarta – Enciclopedia Cosmos Vol. 7
Por Araceli Boumera

Peste plaga enfermedad en Atenas-Grecia en la antiguedad Fiebre

INTRODUCCIÓN: En el 431 a.C. Esparta se adelantó a Atenas e invadió con su gran ejército a Atenas desvastando todo lo que se encontraba a a su paso. Tal invasión sembró pánico entre los atenienses. Sin embargo, mantuvieren la fe en Pericles, el jefe supremo de Atenas. Éste, en su condición de hombre sagaz y prevenido, había elaborado con anticipación un plan, que ahora se proponía poner en práctica, “Que el enemigo avance en el Ática —declara Pericles— así la población se verá obligada a refugiarse en las inexpugnables fortalezas de Atenas y de El Pireo (el puerto de la ciudad). Lo que importa es defender la escuadra e impedir que se corten las vías de comunicación marítima: desde el mar desencadenaremos nuestra contraofensiva!”

El plan de Pericles se cumplió con exactitud. Mientras los espartanos continuaban penetrando en el Ática, la flota ateniense efectuaba desembarcos en el Peloponeso y saqueaba muchas ciudades aliadas de Esparta. Incluso el mismo Pericles, al frente de un ejército, invadió Megara y saqueó su territorio. Las operaciones militares parecían inclinarse a favor de los atenienses, cuando se abatió sobre ellos la desventura: con la carga de un barco procedente de Egipto. llegó el germen de la peste que hizo presa en Atenas.

El gran historiador Tucídides ha dejado esta precisa descripción del terrible flagelo: “La peste atacó primeramente a El Pireo, y desde allí pasó a la ciudad. Las personas se enfermaban de golpe y morían después de siete o nueve días de tormentos e insomnios. Los que alcanzaron a vencer la epidemia, conservaron sus vestigios toda la vida, quedando sin manos o piernas, o gravemente afectados en la vista y en el cerebro”.

La horrible infección interrumpió todas las hostilidades. El propio Pericles, mientras estaba preparando una nueva ofensiva, fue atacado por ese mal y dejó de existir (año 429 antes de Cristo).

La plaga de Atenas

Otro de los acontecimientos que demuestra la influencia de las enfermedades sobre la Historia es la Plaga de Atenas del año 430 a.C.

El Imperio ateniense se encontraba en su época dorada. Dentro de sus logros se encuentra la derrota del poderoso rey persa Darío en los combates terrestres de Maratón y Platea y en la batalla naval de Salamina.

Durante el reinado de Pendes (desde 462 a. C) (2), los templos de Atenas y la Sala de los Ministerios de Eleusis, destruidos por los persas, fueron restaurados por un arquitecto latino (también constructor del Partenón) y el escultor Fidias.

Esta época de esplendor se caracterizó por su brevedad, ya que en el año 431 a. C comenzaron las guerras del Peloponeso entre las dos ciudades-Estado más fuertes: Atenas y Esparta. Esta última poseía un gran ejército pero carecía de flota; en cambio, Atenas había desarrollado un poder marítimo que le permitía contar con una flota muy poderosa —aunque un ejército débil— y murallas prácticamente inexpugnables. En este sentido, Atenas no podía ser atacada por tierra ni tendría que someterse a nadie por falta de alimento. Sin embargo, su política defensiva de protegerse dentro de sus muros resultó poco favorable, pues en el 430 a.C. una plaga asoló la ciudad, que se hallaba superpoblada.

Se estima que la plaga comenzó en Etiopía y desde allí se expandió hacia Egipto, cruzando el Mediterráneo hacia el puerto de El Pireo y Atenas. No obstante, esta epidemia no duró mucho tiempo; pero con tanta gente encerrada en la ciudad, hubo gran cantidad de muertos, tal vez uno o dos tercios de la población.

El quebranto moral de los habitantes fue demoledor; hecho que no nos sorprende, pues es un rasgo común en las grandes epidemias. El historiador griego Tucídides dejó un relato terrible de esa época de los atenienses: …el miedo a los dioses y a la ley del hombre no los contenía, pensaron que era lo mismo adorar o no a sus dioses ya que toda la gente moría; y en cuanto a la ley, no creían que nadie sobreviviera para juzgarlos”. Hasta los ciudadanos más ejemplares, según los relatos, se volvieron glotones, alcohólicos y licenciosos.

Cuando parecía que la plaga había disminuido, Pendes envió una poderosa flota para apoderarse de Plotidea, bastión sostenido por los espartanos; pero apenas izaron velas, la plaga irrumpió de tal modo que debieron regresar.

Atravesaron una situación similar cuando Pendes dirigió su flota a Epidauro, ‘pues la peste no sólo se llevó a sus propios hombres sino a todos los que tuvieron contacto con ellos”. Se estima que Pendes también se contagió y murió por esa causa en el año 429 a. C.

En realidad la naturaleza de esta plaga es desconocida, ni siquiera se encuentra alguna mención clara en los escritos de la época. En este sentido, Hipócrates no parece dar ninguna explicación en referencia a esta peste. Por otra parte, Tucidides, la describe como una brusca aparición de fiebre alta, sed intensa, lengua y garganta sangrantes; la piel del cuerpo, roja y amoratada, estallaba en pústulas y úlceras. Lo que se recoge de las fuentes es que afectó a todo el cuerpo social y que los médicos se encontraban impotentes, incluso ellos mismos sucumbieron en gran número.

Las investigaciones sostienen que esta fiebre era una forma maligna de escarlatina, que representó la primera aparición de la enfermedad en las costas del Mediterráneo, de allí se explica su carácter letal. Otras posibilidades son el tifus, la viruela y el sarampión, o alguna otra enfermedad desconocida que desapareció hace mucho tiempo. No obstante, cualquiera haya sido la naturaleza de esta infección, debió de provenir de otro lugar. Sumado a ello, la peste adopto un carácter explosivo y la celeridad del contagio impidió que las personas desarrollaran cierta inmunidad. Los sobrevivientes, a través de la recurrencia de la epidemia, fueron generando cada vez una mayor resistencia y así la peste, progresivamente, se volvió menos severa.

Una de las causas de la caida del Imperio sin lugar a dudas fue la plaga. Debido a la mortandad, la desmoralización del pueblo y, sobre todo, a causa de la destrucción de su poderio naval, Atenas no pudo darle un golpe decisivo a Esparta. La guerra continuó durante veintisiete años y terminó con la rendición; Atenas perdió su armada y todas las posesiones en el extranjero. Sus murallas fueron demolidas por completo, aunque, por fortuna para la posteridad, la ciudad y su cultura permanecieron intactas.

(2)Bajo el mando de Pendes, la supremacía de Atenas, convertida en un centro para la literatura y el arte, despertó los celos de otras ciudades-Estado griegas, que temían el proyecto hegemónico de Pendes. La separación de la ciudad de Plotidea de la Liga Ateniense desató la guerra con Esparta, que se extendió entre el 431 y el 404 a.C. Después de que estalló la peste en la ciudad, Pendes fue destituido, juzgado y multado por malversación de fondos públicos; luego fue reelegido estratega pero murió ese mismo año.

(2)Bajo el mando de Pendes, la supremacía de Atenas, convertida en un centro para la literatura y el arte, despertó los celos de otras ciudades-Estado griegas, que temían el proyecto hegemónico de Pendes. La separación de la ciudad de Plotidea de la Liga Ateniense desató la guerra con Esparta, que se extendió entre el 431 y el 404 a.C. Después de que estalló la peste en la ciudad, Pendes fue destituido, juzgado y multado por malversación de fondos públicos; luego fue reelegido estratega pero murió ese mismo año.

La peste en Atenas
Al comienzo del verano siguiente los peloponesos y sus aliados entraron otra ven en territorio del Ática [. . .] y habiendo establecido su campo, robaban y talaban la tierra. Pocos días después sobrevino a los atenienses una epidemia muy grande. Jamás se vio en parte alguna del mundo tan grande pestilencia, ni que tanta gente matase. Los médicos no acertaban el remedio. No aprovechaba el arte humana, ni los votos ni plegarias en los templos, ni adivinaciones ni otros medios, de que usaban, porque en efecto valían muy poco; y vencidos del mal, se dejaban morir.

Comenzó esta epidemia (según dicen) primero en tierras de Etiopía, que-están en lo alto de Egipto, y después descendió a Egipto y a Libia, se extendió largamente por las tierras y señoríos del rey de Persia y de allí entró en la ciudad de Atenas, y comenzó en Pireo [. . .] Poco después invadió la ciudad alta, y de allí se esparció por todas partes, muriendo muchos más [. . .] Además de la epidemia, apremiaba a los ciudadanos la molestia y pesadumbre por la gran cantidad y diversidad de bienes muebles y efectos que habían metido en la ciudad los que se acogieron a ella, porque habiendo falta de moradas, y siendo las casas estrechas y ocupadas por aquellos bienes y alhajas, no tenían donde revolverse, mayormente en tiempo de calor como lo era.

Por eso muchos morían echados en las cuevas, y donde podían, sin respeto alguno, y algunas veces los unos sobre los otros yacían en calles y plazas revolcados y medio muertos; y en torno de las fuentes, por el deseo que tenían del agua. Los templos, donde muchos habían puesto sus estancias y albergues, estaban llenos de hombres muertos; porque la fuerza del mal era tanta que no sabían qué hacer [. . .] los pobres que heredaban los bienes de los ricos no pensaban sino en gastarlos pronto en pasatiempos y deleites, pareciéndoles que no podían hacer cosa mejor, no teniendo esperanza de gozarlos mucho tiempo [. . .] no teniendo esperanza de vivir tanto que la pudiese ver acabada, ante todo aquello que por entonces hallaban alegre y placentero al apetito humano, lo tenían y reputaban por honesto y provechoso, sin algún temor de los dioses o de las leyes, pues les parecía que era igual hacer mal o bien, atendiendo a qué morían los buenos como los malos, y no esperaban vivir tanto tiempo que pudiese venir sobre ellos castigo de sus males hecho por mano de justicia, antes esperaban el castigo mayor por la sentencia de los dioses, que ya estaba dada, de morir de aquella pestilencia.

Historiador Tucídides

Fuente Consultada: Grandes Pestes de la Historia de Frederick F. Cartwright y Michael Biddiss
Enciclopedia Encarta – Enciclopedia Cosmos Vol. 7
Por Araceli Boumera

Peste en el Imperio Romano de Oriente-Enfermedades en Bizancio

Bizancio y Justiniano I

El imperio Romano atravesó una fase de división, el Imperio Romano del Oeste y el Imperio Romano del Este. En los territorios pertenecientes a Asia Menor (anexada en el siglo I a.C) en el año 330 d.C. Constantino el Grande fundó la capital del Este en Bizancio: Constantinopla (actualmente la ciudad de Estambul).

La combinación de los dos imperios del Este y el Oeste se prolongó por cincuenta años. Luego, el imperio romano del Oeste entró en una fase de declive, sin embargo el imperio bizantino sobrevivió hasta 1204, cuando las fuerzas latinas de la Cuarta Cruzada, en la plenitud del sistema feudal, conquistaron los territorios, dando fin al Imperio Bizantino.

Justiniano, uno de los emperadores más poderosos de Bizancio, bajo las pretensiones de devolver al Imperio su forma originaria y resucitar Roma, en el 532 dirigió un ataque hacia el oeste. La expedición dio como resultado la reconquista de Cartago, la mayor parte de la costa norte de Africa, Sicilia. Sin embargo, las tropas bizantinas no se detuvieron, cruzaron a Italia donde el general Belisario ocupó Nápoles, mientras Roma, la parte central y el sur eran recapturadas por el ejército imperial.

Peste en Bizancio

Peste en Bizancio

Hacia el año 540 la resistencia Germánica parecía debilitarse mientras que las fuerzas de Justiniano se fortalecían: habían tomado parte de España, siguiendo un plan audaz que pretendía extender sus conquistas a la Galia y hasta Gran Bretaña.

Sin embargo pronto se demostraría la fragilidad de las conquistas: los moros expulsaron a los bizantinos de los territorios africanos. Hacia el año 541, el jefe godo, Totila, recuperó la mayor parte de Italia. Fracasados los intentos de Totila de lograr un acuerdo con Justiniano, la península atravesó once años de lucha cruenta, durante los cuales Roma fue sitiada cinco veces.

En una de las ocasiones, para lograr la rendición, los godos cortaron los acueductos. De este episodio se elaboran ciertas especulaciones respecto al origen de la pobreza y la suciedad medieval. Probablemente, provienen de esta acción, porque Roma, con sus edificios magníficos y su prestigio histórico, nunca dejó de tener influencia en el estilo de vida europeo. Si Roma hubiera conservado una reserva importante de agua limpia, otras ciudades europeas podrían haber seguido su ejemplo.

El gobierno de Justiniano pudiese haber sido una época de gran esplendor para el Imperio. Entre sus logros, se destacan la construcción de una cadena defensiva de castillos y fuertes, edificios como la Catedral de Santa Sofía, y la producción legislativa donde se completó la codificación del Derecho Romano (más conocido como el Código de Justiniano) que constituyó el legado más importante para la Justicia europea. Además, poseía un ejército muy bien entrenado, comandado por generales exitosos, como Belisario y Narsés.

Sin embargo, durante su largo reinado, sufrieron ataques constantes de los hunos, eslavos y los persas: los hunos casi logran apoderarse de la capital; los eslavos coparon Andreanópolis e infiltraron los Balcanes, y los persas saquearon Antioquía. Su gobierno, que comenzó con un resplandor de gloria, poco a poco fue declinando.

Después de la muerte de Justiniano en el año 565 a la edad de 83 años, el Imperio atravesó un periodo de decadencia, sumido en la pobreza y debilitado. Las razones se encuentran en las penurias y los sucesivos ataques del exterior: en el 540, el momento de sus mayores éxitos, un enemigo más temible que los godos o los vándalos los sorprendió. A su vez, debió enfrentar una plaga considerada la más letal que haya azotado al mundo.

En este sentido, los alcances de la misma se pueden observar en las descripciones de Procopius, secretario o archivista del reino. Los primeros casos se registraron en el año 540, en la ciudad de Pelusium, en el Bajo Egipto, y de allí se extendieron por todo el país y a Palestina, que parece haber sido el centro de difusión al resto del mundo conocido.

En un principio, la mortandad no fue considerable, sin embargo, a medida que avanzaba el verano los casos aumentaban hasta llegar a 10.000 muertes por día. Como no alcanzaba el tiempo para cavar las sepulturas decidieron sacar los techos de las torres y fuertes, depositando allí los cadáveres y luego colocarlos en su lugar. También fueron cargados en barcos para llevarlos hasta el mar y allí abandonarlos.

Debido a las catastróficas consecuencias que causó se la concibió como una “plaga”, sin dudas se trató de peste bubónica. Las víctimas eran atacadas súbitamente por una fiebre muy alta, y durante el primero o segundo día, los típicos bubones —ganglios linfáticos hinchados— aparecían en la ingle y las axilas.

El progreso de esta enfermedad tomaba cauces muy diversos, mientras que algunos enfermos entraban en coma, otros padecían delirios violentos (alucinaban con fantasmas, escuchaban voces que les hablaban de su posible muerte). Frecuentemente, los bubones derivaban en heridas gangrenosas y el paciente moría con gran sufrimiento. Por lo general, la muerte sobrevenía en el quinto día, o incluso antes, aunque otras veces se demoraba hasta una o dos semanas. Los médicos no podían pronosticar cuáles casos serían leves y cuáles fatales, se veían totalmente impotentes pues no se conocía un remedio para el mal. Al final la plaga habia abatido un 40% de la población de Constatinopla.

Con respecto a ello, Procopius señala dos puntos de observación: primero, la plaga siempre comenzaba en la costa y después se expandía tierra adentro, segundo, notaba que los médicos, que estaban en contacto directo con los enfermos, no se contagiaban mucho más que el resto. Este tipo de plaga fue un fenómeno recurrente hasta el año 590 afectando a la mayoría de los pueblos y regiones. En este sentido, se estima que ningún tipo de asentamiento humano estuvo a salvo de su influjo.

Incluso, como en la plaga de Cipriano, se establecían ciclos de auge y declive estacionales. A diferencia de la peste del primero (que encontraba su pico máximo en invierno), la de Justiniano causaba la mayor cantidad de muertes durante los últimos meses de verano. Muchos pueblos y ciudades sufrieron el abandono, la tierra se dejó de cultivar y el pánico colocó al imperio en un estado de gran confusión. Gibbon opina que muchos países nunca volvieron a tener la misma densidad de población. Procopius observa —un hecho que se registra también en otras crónicas de plagas—, que la depravación y la vida licenciosa durante y después de la epidemia sugieren que sólo los más perversos sobrevivían.

A su vez, la incidencia de estas plagas en la caída de Roma y el fracaso de las ambiciones de poder de Justiniano, no está determinada. En todo caso cabria dejarla como una pregunta abierta. Las infecciones incurables no respetan a nadie, son imparciales, atacan tanto a los más civilizados como a los menos. El ciudadano siempre está en un riesgo mucho mayor que el campesino, pues, en una epidemia mortal, una comunidad cerrada sucumbirá más rápido.

Es importante señalar también que la caída de la moral es más frecuente entre aquellos que han tenido una vida fácil, a diferencia de quienes han sufrido privaciones. Por eso, aunque la peste haya afectado el espíritu guerrero de las tribus salvajes, el impacto sobre Roma y la vida bizantina fue mucho mayor.

El examen de la terrible seguidilla de pestes que afligieron al Imperio durante la época de su decadencia, no necesita buscar una razón más poderosa capaz de producir ese desastre. Entre las consecuencias podemos encontrar inmediatas y mediatas. En este sentido, la inmediata estaría dada por el debilitamiento del Imperio. Mientras que en las mediatas se establecerían dos situaciones: en primer lugar, la cristiandad no habría tenido éxito en establecerse como fuerza mundial y tampoco habría evolucionado como lo hizo si el Imperio romano no hubiera sido devastado por las enfermedades que siguieron a la muerte de Cristo.

En segundo lugar: los mil años de historia de la medicina, desde el siglo IV al XIV, habrían sido muy diferentes si la medicina no hubiera caído bajo el dominio de la Iglesia cristiana. En todo caso, cabria analizar la noción de “medico” teniendo en cuenta los significados propios de la época en la cual se emplazaba y obtenía sentido: medico y sacerdote eran la misma cosa.

Fuente Consultada: Grandes Pestes de la Historia de Frederick F. Cartwright y Michael Biddiss
Enciclopedia Encarta – Enciclopedia Cosmos Vol. 7
Por Araceli Boumera

El Psicoanalisis de Freud La Medicina en el Siglo XX

El Psicoanálisis de Sigmund Freud

El Psicoanalisis de Freud Origen y difusión del psicoanálisis: El psicoanálisis es un método para el tratamiento de las neurosis (trastornos mentales menores) que evolucionó hasta convertirse en una psicología general. Su creador fue Sigmund Freud (1856-1939). (imagen).

Freud inició su carrera profesional como investigador en el instituto fisiológico de Ernst Vón Brücke, en Viena, pero las necesidades económicas lo obligaron a establecer una consulta privada (a partir de 1886). La insatisfacción con los métodos existentes para el tratamiento de las neurosis lo llevó a abandonar la hipnosis y otros medios de sugestión, en favor de la «libre asociación».

Pidiendo a los pacientes que expresaran cualquier idea que les pasara por la mente, Freud esperaba descubrir el origen de sus trastornos neuróticos que, según creía, estaban generados por acontecimientos traumáticos en la primera infancia. La primera obra psicoanalítica, Estudios sobre la histeria, que Freud escribió en colaboración con Josef Breuer, apareció en 1895.

A medida que Freud fue desarrollando sus ideas, un pequeño grupo de médicos interesados comenzó a reunirse en su casa y, en 1907, formaron la primera sociedad psicoanalítica. En 1910 se fundó la Asociación Psicoanalítica Internacional y, cuando comenzó la Primera Guerra Mundial, había sociedades psicoanalíticas en Zurich, Munich, Berlin, Budapest, Inglaterra y Estados Unidos.

El interés por las teorías del psicoanálisis se vio favorecido por la elevada incidencia de neurosis de guerra entre los miembros de las fuerzas armadas.

En los años 20, el psicoanálisis ejercía ya su influencia sobre los círculos intelectuales de toda Europa y América. La insistencia de Freud acerca de la importancia del desarrollo sexual del individuo abrió las puertas a un tratamiento más libre del sexo.

Su concepto del subconsciente y su redescubrimiento de la importancia de los sueños alentó a pintores, escultores y escritores a. experimentar con el azar y la irracionalidad. Movimientos tales como el dadaísmo o el surrealismo deben mucho al psicoanálisis. Aunque muchas teorías freudianas no han soportado la prueba del tiempo, Freud ha ejercido una influencia integrablemente poderosa sobre la forma en que el ser humano considera su propia naturaleza.

Fuente Consultada: El estallido científico de Trevor I. Williams

Vitaminas y Hormonas Historia de su Descubrimiento Experimentos Médicos

Vitaminas y Hormonas
Historia de su Descubrimiento

Las vitaminas han sido uno de los hallazgos más sorprendentes del comienzo de este siglo. Casimir Funk abrió el camino por donde transitaron otros investigadores que aislaron otras vitaminas indispensables para el metabolismo orgánico. En 1911 pudo determinar el principio activo proveniente de la cáscara del arroz, bloqueaba una grave enfermedad, el beríberi. Esta desde entonces, la vitamina B. El estudio de este compuesto se constituyó en un polo de atracción para científicos, quienes descubrieron nuevas vitaminas, qui fueron sintetizadas y purificadas.

Vitaminas y hormonas: La diabetes es una enfermedad tan antigua como la humanidad. En muchos casos, los síntomas son leves e incluso pasan inadvertidos; pero en los casos graves, la mayor predisposición a contraer diversas infecciones, el adelgazamiento progresivo y la paulatina pérdida de las funciones del organismo pueden conducir a la muerte. El descubrimiento de un tratamiento eficaz para esta extendida enfermedad fue uno de los principales triunfos logrados por la medicina en el transcurso de los años 20.

Para entonces, la investigación desarrollada en varios países había permitido establecer la naturaleza de la enfermedad. Su causa esencial consiste en que unos grupos celulares del páncreas, los islotes de Larigerhans, dejan de secretar una sustancia que regula el metabolismo del azúcar.

En 1920, Frederick Grant Banting, un joven cirujano ortopédico, abrió su consulta en la dudad canadiense de Toronto y obtuvo un puesto de auxiliar de fisiología en la Universidad del Este de Ontario, en el laboratorio de John James Richard Macleod. Interesado por la diabetes, solicitó la colaboración de un joven estudiante de medicina, C.H. Best. Tras haber repasado exhaustivamente la bibliografía existente, concibió la idea de que si cerraba los conductos del páncreas, la glándula se atrofiaría con la única excepción de los islotes de Langerhans, residuo que le permitiría extraer la sustancia activa, denominada insulina.

El método resultó adecuado y en enero de 1922 se llevó a cabo con todo éxito la primera prueba clínica de administración del extracto. A partir de entonces, quedaban dos problemas básicos: en primer lugar, el de preparar la insulina en cantidades suficientes y, en segundo lugar, el de idear medios para administrar a los pacientes dosis controladas.

Vitaminas y Hormonas Historia de su DescubrimientoEl problema del suministro quedó parcialmente resuelto mediante el proceso de extracción desarrollado por el joven bioquímico canadiense James Bertram Colhp, que utilizaba como fuente de insulina las glándulas pancreáticas del ganado sacrificado en un matadero próximo. En 1926, era posible conseguir insulina en forma de cristales puros, lo cual reducía en gran medida las dificultades de la dosificación exacta. A partir de ese momento, la sustancia estuvo al alcance de todos los que la necesitaban.

En 1923, Banting y Macleod compartieron el premio Nobel de fisiología o medicina, honor doblemente importante, ya que es poco frecuente obtener el galardón tan inmediatamente después de realizar el descubrimiento premiado.

Aunque la diabetes se reconocía ya como tal en el siglo u de nuestra era, sólo fue posible controlarla eficazmente gracias al descubrimiento de la insulina, realizado por Banting y Best en 1922. En esta trágica fotografía aparece un niño de 3 años, de apenas 7kg de peso, afectado ese mismo año por la enfermedad.

El descubrimiento de la insulina fue importante en si mismo, porque hizo posible el control eficaz (aunque no la curación) de una grave enfermedad. Pero fue fundamental además como una de las facetas del creciente conocimiento de la fisiología humana y del progreso en e] tratamiento de otras diversas enfermedades similares.

Muchas de las glándulas del organismo secretan sustancias a través de conductos claramente definidos y con una acción más o menos localizada. Pero no todas las glándulas poseen, estos conductos. Las denominadas glándulas endocrinas secretan sustancias fisiológicamente activas que pasan al torrente sanguíneo y ejercen su influencia sobre todo el organismo. Las sustancias activas producidas por las glándulas endocrinas reciben el nombre de hormonas, término empleado por primera vez en 1905. Las hormonas son esencialmente mensajeros químicos que contribuyen a mantener en equilibrio el complejo metabolismo del organismo.

Los trastornos por exceso o por defecto en la producción de las glándulas endocrinas producen una variedad de síntomas específicos. Así pues, una tiroides hiperactiva, que produce un exceso de tiroxina, causa bocio exoftálmico, mientras que el hipotiroidismo produce alopecia, metabolismo lento y mixedema, una ralentización de las facultades intelectuales. Estos efectos comenzaron a comprenderse a principios de siglo y generaron una nueva rama de la medicina que, en 1909, el médico italiano Nicola Pende denominé endocrinología.

Los progresos en el ámbito de la ciencia médica siguieron dos líneas básicas. En primer lugar, aumentó de forma considerable el conocimiento de cada una de las glándulas endocrinas y de las hormonas que secretan. En segundo lugar, y no menos importante, se llegó a la conclusión de que estas glándulas no actúan individualmente sino de forma coordinada. Desentrañar sus complejas interacciones era, y sigue siendo, una tarea de enorme dificultad.

Uno de los precursores en este campo fue el fisiólogo argentino Bernardo Houssay, que desarrolló las investigaciones de Banting y descubrió que las hormonas secretadas por la glándula hipófisis, un órgano diminuto situado en la base del cráneo, están estrechamente vinculadas con la producción de insulina. Las hormonas sexuales, producidas por los testículos y los ovarios, ejercen una profunda influencia sobre la actividad sexual y la fertilidad, al mismo tiempo que determinan las características sexuales secundarias, como la presencia de vello facial.

Las hormonas son sustancias químicas notables por su extremado poder fisiológico: cantidades nimias producen efectos considerables, las hay de muy diferente estructura.

La insulina, por ejemplo, es una proteína compleja, mientras que la tiroxina es relativamente simple y destaca por su elevado contenido en yodo. En la pequeña glándula tiroides se puede encontrar hasta un tercio del yodo presente en el organismo. Esta hormona fue sintetizada en 1927.

Una segunda enfermedad de origen hormonal comenzó a ceder ante el tratamiento a fines de los años 20. Era la enfermedad de Addison, un flagelo muy antiguo que sin embargo sólo fue identificado claramente en 1849 por el británico Thomas Addison. Lo único que pudo hacer este médico fue describir el síndrome, pero, de hecho, la enfermedad está causada por la atrofia de las glándulas suprarrenales. Los síntomas más evidentes son debilidad, pérdida de peso y pigmentación de la piel en manchas marrones. En ausencia de tratamiento, el desenlace suele ser la muerte. En 1929, en Estados Unidos, W.W. Swingte y J.J. Pfiffuer prepararon extractos activos de la glándula y, un año más tarde, comprobaron su eficacia en el tratamiento de la enfermedad de Addison. En 1934, F.C. Kendall consiguió aislar la hormona. En la actualidad, el mal se puede controlar mediante la administración regular de corticosteroides.

Las hormonas se producen en el propio organismo, pero otra clase de productos naturales esenciales, las vitaminas, forman parte de la dieta. Como las hormonas, las vitaminas son notables por una actividad fisiológica extremadamente poderosa. Aunque en muy poca cantidad obran efectos considerables, su carencia puede tener consecuencias con frecuencia graves e incluso mortales.

Al igual que en el caso de las hormonas, los efectos de las deficiencias vitamínicas eran de sobra conocidos mucho antes de que se llegaran a establecer sus causas.

El escorbuto, por ejemplo, se conocía como el mal que afectaba a los marinos, sobre todo en largas travesías sin provisiones frescas. En el siglo XVIII, James Lind (1716-1794) recomendó el uso de zumo de limón para su prevención y tratamiento. Los resultados fueron espectaculares; cuando sus recomendaciones fueron aceptadas (bastante tardíamente, por cierto), el escorbuto prácticamente desapareció de la marina real británica. Una relación similar entre dieta y enfermedad fue descubierta por Christiaan Eijkman en 1890. En 1909, el bioquímico alemán W.U. Stepp demostró que las grasas químicamente puras carecen de un factor alimentario esencial, identificado más adelante como la vitamina A (1913).

Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, se había establecido ya que existía una relación entre la dieta y ciertas enfermedades (algunas muy difundidas y graves), pero todavía no había sido posible determinar la naturaleza de la relación. Para la salud, era importante mantener un equilibrio adecuado de los nutrientes básicos (proteínas, hidratos de carbono y grasas), pero resultaba evidente que había otros factores esenciales, necesarios en cantidades mínimas. En 1912, el bioquímico polaco Casimir Funk acuñó el término «vitaminas» para designar estos factores esenciales le la dieta, en la errónea creencia de que todos pertenecían a una clase de sustancias químicas llamada aminas. Uno de los pioneros en el estudio de las vitaminas fue Frederick Gowland Hopkins, de la Universidad le Cambridge, que en 1929 compartió el premio Noe] con Eijkman.

Si bien se conocía su función, las vitaminas, no obstante, sólo fueron una abstracción hasta 1926, cuando se aisló la vitamina B1 (cuya carencia produce la enfermedad del beriberi) en forma cristalina pura. Dos años más tarde, también fue aislada la vitamina C (eficaz contra el escorbuto) y en 1933 fue posible sintetizarla. En 1929 se aisló la vitamina K, seguida de la vitamina D en 1931.

El descubrimiento de las vitaminas fue uno de los grandes acontecimientos médicos de los años 20. En la actualidad multitud de vitaminas han encontrado un sitio en la farmacopea mundial. Más aún, ha llegado a ser práctica habitual en la industria alimentaria el refuerzo de ciertos productos, como la margarina y la leche en polvo, con dosis extraordinarias de vitaminas, para asegurarse de que la población las consuma en cantidad suficiente: una medida muy importante de salud pública.

Como las vitaminas difieren enormemente unas de otras en su composición química, no existe una única técnica que permita aislarlas a todas, lo cual se complica por el hecho de que están presentes en muy pequeñas concentraciones (a veces de unas pocas partes por millón), mezcladas con multitud de sustancias diferentes y a menudo irrelevantes. Hay sin embargo dos consideraciones fundamentales. La primera es encontrar una fuente relativamente abundante: para la vitamina C, Szent-Gyórgyi utilizaba el pimentón húngaro (paprika). La segunda consiste en hallar un organismo adecuado para las pruebas (por lo general un animal pequeño de laboratorio), que permita estudiar la vitamina a través de sucesivas fases de creciente pureza.

ALGO MAS SOBRE LA HISTORIA DE SU DESCUBRIMIENTO:

Los estragos que producía el beríberi en los ejércitos holandeses que operaban en las Indias Orientales, exigían el permanente estudio de los médicos, quienes no encontraban las causas determinantes de la terrible enfermedad, que no atacaba a los indígenas. Durante muchos años se buscó, aunque sin éxito, el microbio que producía el mal y los esfuerzos se reduplicaron en tal sentido. Había que hallarlo. Pero las investigaciones no daban resultado.

Un día, el doctor Christian Eijkman, llegado al lugar con una misión de médicos por recomendación de Koch, como se dedicaba a la cría de pollos, tuvo que dar a sus animales, por falta de otro alimento, arroz blanco, limpio, completamente descascarillado, tal como lo comían los hombres. Un mes después de haber iniciado ese régimen de alimentación, Eijkman advirtió con desagradable sorpresa que sus pollos, antes robustos, eran ahora aves enfermas que apenas podían mantenerse en pie. De pronto el cocinero se negó a seguir suministrando para los pollos el alimento que tenía destinado para los enfermos que se atendían en el hospital allí Instalado.

Las aves volvieron al alimento ordinario y barato: el sucio y oscuro arroz sin descascarillar. Con sorprendente rapidez recuperaron sus fuerzas. Se hicieron investigaciones sobre los hombres.

Los casos de beríberi eran mucho más frecuentes entre los que comían arroz limpio. Eijkman había encontrado por tan fortuitos medios, que la cascarilla de arroz prevenía o curaba el beriberi. Cuando dejó las Indias, el encargado de continuar las investigaciones fue el joven doctor Gerrit Grijns, quien lanzó la teoría de que el beriberi se originaba en la carencia de alguna sustancia que el cuerpo necesitaba.

La causa no estaba en lo que se comía, sino en lo que no se comía. Un día, invitado por el Instituto Lister de Londres, comenzó sus estudios otro joven facultativo, el doctor Casimir Funk, hijo de un dermatólogo polaco. Esto ocurría en 1911 y ese mismo año, Casimir Funk, que siguió investigando las causas determinantes del beriberi y los análisis de la cascarilla de arroz, dio la nota sensacional.

De 312 kilogramos de cascarilla de arroz, extrajo 186 gramos de cristales impuros, pero muy activos. “Aquí está la sustancia que cura el beriberi —anunció—. Un milésimo de onza puede curar en tres horas a una paloma paralítica”. Era un compuesto de tipo amina. (Luego se supo que no). Podría llamarse Vital-amina, que para simplificar, sería “vitamina”. Y agregó con tono sentencioso: “Creo que debe haber otras vitaminas capaces de curar otras enfermedades, como el escorbuto, el raquitismo y la pelagra”.

Se había dado el primer paso realmente importante en la fecunda investigación. Puede decirse que ése fue el punto de partida que llevó finalmente a los más importantes descubrimientos en la lucha contra la muerte por medio de los alimentos. Comprobado que ciertas sustancias indispensables para el organismo se hallaban en los alimentos, había que llegar al régimen dietético adecuado. Se lograría por medio de las combinaciones químicas. Centenares de estudiosos se dedicaron a la investigación.

Así se encontró que la manteca y algunas grasas contienen la sustancia que se llamó Vitamina A, pasando a ser B la descubierta por Casimiro Funk. Una de las últimas vitaminas descubiertas es la llamada biotina, la vitamina H.

Su molécula forma un sistema cíclico de dos anillos pentagonales. Se la suele encontrar en la yema de los huevos, en la sangre y en varios tejidos humanos. Varias enfermedades cuyos orígenes se desconocen tuvieron su génesis en disturbios ocasionados por esta vitamina. Ciertos trastornos cutáneos, la caída del cabello, manifestaciones de cansancio, dolores musculares, la carencia de apetito, son motivados muchas veces por deficiencias vitamínicas de este tipo.

La vitamina K —filoquinona— es una vitamina antihemorrágicos un derivado de la naftoquinona. Puede ser extraída de la harina de pescado y también se la localiza en algunos vegetales como la alfalfa, y en los intestinos se sintetiza Su acción más intensa es su intervención en la síntesis de la protrombina y facilita la coagulación de la sangre Posteriormente se aisló la vitamina E, el tocoferol, la que es muy común hallarla en los vegetales frescos, pero también se la aisla de los aceites de las semillas de algodón. y del maíz, y también de la leche y los huevos.

 Las deficiencias vitamínicas de este tipo ocasionan alteraciones en la reproducción o degeneración de los conductos espermáticos, esterilidad y cambios de la espermatogénesis de las ratas macho, así como alteraciones musculares. En el hombre no se manifiesta su carencia en forma ostensible, pero se la relaciona con los procesos de oxirreducción de los citocromos.

Es necesario destacar el esfuerzo realizado por los bioquímicos en el hallazgo de nuevas vitaminas y en un conocimiento más amplio de las ya descubiertas. Sobre las vitaminas D y D1 se hicieron notables progresos; la primera de origen animal hallada en el aceite de hígado de bacalao, en la yema de los huevos de las aves y, entre los vegetales, en los hongos. La D1 también es aislada de vegetales, aunque no siempre frecuentemente.

Se pudo determinar que su presencia es muy importante en el individuo porque interviene en el metabolismo del fósforo y del calcio, para facilitar la absorción de estos elementos en el intestino. Las deficiencias en la administración de la vitamina D ocasionan osteomalacia, transformaciones en los huesos y el raquitismo con todas las secuelas en las criaturas. Mientras las investigaciones sobre el descubrimiento de nuevas vitaminas se acrecientan en todos los centros de estudio dedicados a este apasionante tema, ya no existe la premiosa necesidad de extraerlas de los animales y vegetales para suplir el déficit parcial o carencial de estas sustancias en el organismo.

La química ha ido conociendo su composición molecular y las pudo reemplazar a tal punto que, elaboradas convenientemente en grageas, o píldoras, o en soluciones, representan una vía muy útil y rápida para combatir las enfermedades ocasionadas por deficiencias en su formación en el organismo humano. He ahí el invalorable aporte que la ciencia presta para lograr generaciones liberadas de dolencias físicas.

Fuente Consultada:
El estallido científico de Trevor I. Williams
LA RAZÓN 75 AÑOS – 1905-1980 Historia Viva – Las Vitaminas

Los Microorganismos La Medicina en el Siglo XIX Historia Resumen

Los Microorganismos La Medicina en el Siglo XIX

El estudio de los microorganismos: Cuando se observaron por primera vez las bacterias, se extendió la idea de que debían ser los más pequeños de los organismos vivos. Sin embargo, poco después, mientras los físicos descubrían que los átomos no eran después de todo las unidades más pequeñas de la materia, se hizo evidente que existían otras formas de vida más pequeñas que las bacterias.

Un microorganismo, también llamado microbio u organismo microscópico, es un ser vivo que sólo puede visualizarse con el microscopio. La ciencia que estudia a los microorganismos es la microbiología. Los microorganismos son formas de vida muy pequeñas que sólo pueden ser observados a través del microscopio. En este grupo están incluidas las bacterias, los virus, los mohos y las levaduras. Algunos microorganismos pueden causar el deterioro de los alimentos entre los cuales se encuentran los microorganismos patógenos, que a su vez pueden ocasionar enfermedades debido al consumo de alimentos contaminados. Adicionalmente, existen ciertos microorganismos patógenos que no causan un deterioro visible en el alimento. Sin embargo, por otro lado existen también algunos microorganismos que son beneficiosos y que pueden ser usados en el procesamiento de los alimentos con la finalidad de prolongar su tiempo de vida o de cambiar las propiedades de los mismos (por ejemplo, para la fermentación llevada a cabo para la elaboración de las salchichas, el yogur y los quesos).
Fuente Consultada: Wikipedia

A principios de siglo se descubrió que una serie de enfermedades graves, como la poliomielitis, la liebre aftosa del ganado y el mosaico del tabaco, eran producidas por agentes infecciosos tan pequeños que pasaban a través de los filtros que atrapaban a las bacterias. A diferencia de éstas, no era posible cultivarlos en medios inanimados sino en células vivas como, por ejemplo, en yema de huevo. En 1915, trabajando en Londres, F.W. Twort descubrió que algunos virus, a los que dio el nombre de bacteriófagos, pueden infectar y destruir bacterias. El servicio militar durante la guerra le impidió proseguir sus investigaciones, que fueron desarrolladas por Félix d’Hérelle, en Francia.

Los Microorganismos La Medicina en el Siglo XIX

Hasta 1927, año en que Albert Calmette  y Camlile Guerin  del Instituto Pasteur de París, elaboraron la vacuna BCG, no había una protección eficaz contra la tuberculosis. Sin embargo, le vacuna no era una solución para los que ya estaban afectados por el mal, para quienes el único tratamiento conocido era el reposo, el aire puro y los baños de sol.

Según se suponía, este régimen aumentaba el suministro sanguíneo a los pulmones y favorecía la resistencia contra la infección. Los sanatorios de Suiza atraían a muchos enfermos, pero los que no podían pagarlos tenían que recurrir a los establecimientos públicos. En la fotografía, tratamiento de un grupo de nidos afectados de tuberculosis, mediante exposición a rayos ultravioleta (Londres, 1930).

Hasta la llegada de las sulfamidas y los antibióticos, la principal arma contra las enfermedades infecciosas era la inmunización, un sistema de prevención más que un tratamiento. En los años 20, la más mortal de las infecciones endémicas seguía siendo la tuberculosis por lo que la elaboración de una vacuna adecuada, en 1927, constituyó un importante progreso. Sus inventores fueron los biólogos franceses L.C.A. Calmette y Camille Guérin, de ahí el nombre de la vacuna (BCG, «bacilo de Calmette-Guérin»). La vacuna era un derivado de bacilos de la tuberculosis bovina, cuya virulencia había sido reducida mediante cultivo en bilis de buey.

A Uno de los aspectos básicos del tratamiento convencional de la tuberculosis era la luz del sol, y no se regateaban esfuerzos para proporcionárselas a quienes tenían medios para pagarla. Este sanatorio en Aix-les-Bains, al sureste de Francia, constaba de una planta giratoria para que los pacientes estuvieran al sol todo el día. También se creía que las aguas minerales podían tener un efecto benéfico. Sin duda, la localización de este sanatorio se escogió para que tos enfermos pudieran disfrutar de ambos tratamientos.

La tuberculosis puede atacar a diferentes órganos, pero especialmente a los pulmones. Esta enfermedad estaba considerada como uno de los grandes flagelos de la humanidad desde los albores de la historia; sin embargo, hasta la aparición de las vacunas y de fármacos como la isoniacida, muy poco podía hacerse por los afectados.

Los médicos resaltaban los méritos del aire puro y los baños de sol, pero los sanatorios antituberculosos no hacían más que retrasar el desenlace de la enfermedad.

Fuente Consultada: El estallido científico de Trevor I. Williams

La Medicina a Principios del Siglo XX Primera Guerra Mundial Resumen

La Medicina a Principios del Siglo XX

Cirugía y transplantes: Durante el siglo XIX, dos adelantos fundamentales en el ámbito de la cirugía habían contribuido al bienestar del paciente, aumentando además sus probabilidades de supervivencia. Por un lado, la anestesia permitía que los cirujanos realizaran operaciones mucho más largas y complejas que las posibles con el paciente consciente.

Por otro, la aplicación de técnicas asépticas y, en general, un mayor cuidado de la higiene redujeron en gran medida el riesgo de infecciones postoperatorias, que con demasiada frecuencia resultaban mortales. A principios del siglo XX, las técnicas eran todavía primitivas y el futuro reservaba grandes progresos, pero estos dos importantes principios ya habían sido establecidos. Aun así, todavía quedaban áreas en las que las intervenciones quirúrgicas resultaban arriesgadas.

Los mayores problemas eran los planteados por los órganos cuya actividad debía mantenerse ininterrumpidamente para conservar la vida del paciente. Un ejemplo básico era la cirugía de tórax, ya que la apertura de la cavidad torácica provocaba el colapso de los pulmones. Un importante adelanto en este campo fue el logrado por Ferdinand Sauerbruch, nombrado catedrático de cirugía en Zurich en 1910. Sauerbruch diseñó una cámara operatoria especial que dejaba fuera la cabeza del paciente, al cuidado del anestesista.

El cuerpo del enfermo y el cirujano se situaban en el interior de la cámara, que se mantenía a baja presi6n para evitar el colapso pulmonar. La técnica fue rápidamente adoptada, pues en Zurich abundaban los afectados de trastornos pulmonares que acudían a los sanatorios de las montañas.

muestra de una cirugia

El trasplante d. órganos sólo se convirtió en una práctica relativamente segura a fines del siglo XX, poro gran parte de su éxito se debio al trabajo del cirujano y fisiólogo francés Alexls Carral. Aparte de los problemas del rechazo una do las principales dificultades consistía en suturar los pequeños vasos sanguíneos para restablecer la circulación. Carrel resolvió este problema y obtuvo por ello el premio Nobel en 1912. A partir de entonces, se trasladó al Instituto Rockefeller de Nueva York, donde desarrolló, durante la guerra, una técnica para tratar heridas profundas mediante Irrigación constante. En la fotografía aparece haciendo una demostración de su técnica, hacia el final de la guerra.

En 1908, F. Trendelenburg intentó tratar quirúrgicamente una embolia pulmonar (obstrucción de los tejidos pulmonares), pero la técnica no llegó a dominarse hasta 1924. Para los pacientes con los músculos respiratorios gravemente afectados (por ejemplo, a consecuencia de una poliomielitis), el “pulmón de acero” inventado por P. Drinker en 1929 constituyó un gran progreso.

Sin embargo, para los afectados de trastornos cardiacos era muy poco lo que podía ofrecer un cirujano. La bibliografía médica contenía referencias ocasionales de operaciones con éxito en pacientes que habían sufrido heridas de arma blanca o accidentes similares, pero los enfermos crónicos tenían pocas esperanzas. La introducción de la simpatectomía (extirpación de parte del sistema nervioso simpático) como tratamiento para la angina, intentada por el cirujano rumano Thoma lonescu en 1916, fue un paso pequeño pero muy significativo.

Aunque la cirugía intracraneana se practicaba desde los tiempos más remotos (algunos cráneos hallados en yacimientos prehistóricos revelan trepanaciones con supervivencia del paciente, tal vez como tratamiento para fracturas de la caja craneana>, incluso en el siglo XIX el índice de mortalidad de los pacientes seguía siendo muy elevado. En la mayoría de los casos, esto se debía a que se aplicaban los métodos de la cirugía general. Los progresos sólo comenzaron cuando se desarrollaron técnicas más especializadas, sobre todo gracias a los trabajos de Harvey Cushing en Estados Unidos.

La Medicina a Principios del Siglo XX

La fabricación de miembros artificiales se convirtió en una importante industria. Aparecieron algunas empresas especializadas y otras diversificaron sus producción para abarcar el sector ortopédico. La gran demanda determino progresos en el diseño sobre todo de articulaciones

El secreto de su éxito residía en un diagnóstico previo excepcionalmente completo, con métodos especializados, y en unas operaciones meticulosamente cuidadosas, en las que a menudo invertía muchas horas. Obtuvo resultados especialmente buenos en el tratamiento de tumores cerebrales y de los nervios acústico y óptico. Realizó además un detenido estudio de la glándula hipófisis, localizada en la base del encéfalo, que es tal vez la más importante de las glándulas endocrinas (secretoras de hormonas), ya que influye sobre todas las demás. La reputación de Cushing atrajo discípulos de todo el mundo, que luego regresaban a sus países para fundar clínicas donde aplicaban sus métodos.

Mientras se desarrollaban técnicas de neurocirugía para tratar las perturbaciones patológicas del cerebro y el sistema nervioso, otros investigadores ensayaban métodos más sutiles para diagnosticar y tratar los trastornos de la mente. En París, J.M. Charcot (1825-1893) había desviado su atención de las enfermedades del sistema nervioso para concentrarse en los problemas de la conducta humana, en especial, la histeria. Entre sus discípulos, a fines del siglo XIX, figuraba el austriaco Sigmund Freud, padre del psicoanálisis.

Ridiculizado al principio, su concepto del psicoanálisis, desarrollado con CG. Jung, A. Adler y otros, obtuvo finalmente amplia aceptación, y en 1910 se fundó la Asociación Psicoanalítica Internacional. Freud fue nombrado miembro extranjero de la Royal Society inglesa en 1936. Durante muchos años prosiguió la enseñanza y las investigaciones, hasta que en 1938 se vio obligado a abandonar Viena como consecuencia de la ocupación nazi de su país, instalándose en Londres, donde siguió trabajando hasta su muerte. En este campo, los enfoques experimentales convencionales revestían escasa validez, por lo que se hacía necesario encontrar otros nuevos. Entre ellos estaba el famoso test de manchas de tinta, que permitía el estudio de la inteligencia, las emociones y la personalidad, ideado por el psiquiatra suizo Hermann Rorschach en 1921.

Durante el siglo XX, las operaciones de trasplante de órganos se convirtieron en un aspecto normal, aunque altamente especializado, de la práctica médica. Durante los primeros años del siglo se realizaron importantes contribuciones a este campo. Uno de los precursores fue Alexis Carrel, que trabajó en el Instituto Rockefeller de Nueva York. Allí suscitó un considerable interés por los trasplantes de órganos que, entre otros problemas, planteaban la dificultad de restablecer una corriente sanguínea hacia el órgano trasplantado; el desenlace más frecuente de las operaciones anteriores había sido la trombosis (formación de coágulos) o la estenosis (estrechamiento de los vasos sanguíneos). Carrel superó estos problemas mediante el desarrollo de nuevas técnicas de sutura de los vasos sanguíneos, que le permitieron extirpar órganos de animales y volver a colocarlos en su posición original. Al trabajar con un solo animal, evitaba el rechazo, uno de los principales problemas del trasplante en pacientes humanos.

Carrel realizó además trabajos innovadores en el campo del cultivo de tejidos. Consiguió mantener células vivas en una solución nutriente, mucho después de que muriera el animal del que habían sido extraídas. Bastante más adelante, en 1935, inventó un corazón mecánico, capaz de mantener la circulación durante la Cirugía cardiaca.

En el tratamiento de las enfermedades infecciosas, la opinión médica de la época favorecía el uso de vacunas, terreno en el que ya se había registrado una serie de éxitos y que todavía reservaba algunos más. Un adelanto fundamental fue la introducción de la vacuna BCG en 1927 para la protección contra la tuberculosis. Por el contrario, la experiencia con los agentes químicos había sido decepcionante. El salvarsán y el neosalvarsán habían demostrado ser eficaces Contra la sífilis, pero los efectos secundarios eran graves y en numerosas ocasiones mortales. En 1924, los químicos alemanes produjeron la plasmoquina, una alternativa sintética a la quinina, sustancia antipalúdica largamente utilizada.

 Así pues, la historia de los agentes químicos no resultaba demasiado impresionante; pero con la ventaja que da la perspectiva del tiempo, es posible apreciar que la situación estaba empezando a cambiar. En 1927,

G. Dornagk, director de los laboratorios de patología y bacteriología experimental de la gran empresa química alemana LG. Farben, tuvo el suficiente optimismo para emprender una búsqueda sistemática de agentes químicos que pudieran controlar algunas de las enfermedades más graves del género humano, como la meningitis, la tuberculosis y la neumonía, siendo esta última particularmente temida como «el capitán de las huestes de la muerte».

Los progresos fueron lentos, pero la confianza y la paciencia encontraron su recompensa en 1932, con el descubrimiento del primer fármaco del grupo de las sulfamidas, un acontecimiento auténticamente revolucionario. En 1928 se hizo otro descubrimiento que, aunque en ese momento pasó prácticamente inadvertido, estaba destinado a ser todavía más revolucionario. Ese año, el bacteriólogo británico Alexander Fleming descubrió la penicilina.

Historia de la Vacuna Contra Poliomielitis

Fuente Consultada: El estallido científico de Trevor I. Williams

 

 

Medicina en el Imperio Romano Medicos en Roma Antigua

LA MEDICINA EN EL IMPERIO ROMANO (SIGLOS III A.C. A VI D.C.) 

INTRODUCCIÓN:

EN EL año 332 a.C., después de la conquista de Egipto, cuando Alejandro Magno buscaba un sitio para fundar una de las 17 Alejandrías que estableció durante sus campañas de conquista en Oriente, tuvo un sueño en el que un hombre viejo recitaba unos versos sobre una isla llamada Faros. Convencido de que el viejo de su sueño había sido Homero, que le aconsejaba el mejor sitio para su nueva ciudad, Alejandro visitó la isla, situada cerca de la orilla del Mediterráneo, al oeste del delta del Nilo, pero resultó demasiado pequeña para sus planes.

Entonces escogió la costa de Egipto que estaba frente a la isla y ahí fundó su ciudad, que creció rápidamente. Alejandro nunca la vio, porque unos tres meses después inició su viaje a la India y sólo regresó después de su muerte, a ocupar su mausoleo. Cuando murió Alejandro, en el año 323 a.C., tres de sus generales macedonios fundaron dinastías importantes para el desarrollo ulterior de la cultura helenística: Antígono I, en Asia Menor y Macedonia, Seleuco I, en Mesopotamia, y Ptolomeo Soter, en Egipto. Este último estableció la XXXI Dinastía de los Ptolomeos, se proclamó faraón y tomó residencia en Alejandría; la ciudad se hizo rica gracias al intenso comercio marítimo que sostenía con el resto de las poblaciones mediterráneas, y por la misma razón era cosmopolita. En sus calles se mezclaban griegos, macedonios, sirios, persas, romanos, judíos, árabes y hasta algunos egipcios; a pesar de su localización geográfica, Alejandría tuvo muy poco que ver con el resto de Egipto.

Durante el reinado de Ptolomeo I, que duró casi 50 años, se establecieron las tres instituciones que harían a esa ciudad tan importante como Roma en los siglos III-I a.C., y que le darían un sitio privilegiado en la historia de la cultura occidental: el faro, el museo y la biblioteca. El faro de Alejandría, que se dice alcanzaba casi 150 m de altura (¡) terminaba con una estatua de Ptolomeo I de más de 7 m de altura que se movía con el viento, o sea que funcionaba como veleta; considerado como una de las siete maravillas del mundo, se derrumbó con un temblor en el siglo XIV. La casa de las Musas o Museo, construido y sostenido en su totalidad con fondos reales, funcionaba como un instituto de investigación humanística, artística y científica, abierto a los estudiosos de prestigio y a sus alumnos sin restricciones ni geográficas ni raciales.

La Biblioteca se inició adquiriendo colecciones famosas y se enriqueció gracias a ciertas leyes arbitrarias; por ejemplo todos los viajeros que llegaban a la ciudad debían declarar y entregar los libros que poseían, el Estado los copiaba, devolvía las copias a los propietarios y se quedaba con los originales. De esta manera, la biblioteca alcanzó dimensiones legendarias; se dice que llegó a tener más de 700 000 libros (o rollos de papiro). Esto, junto con las espléndidas instalaciones del Museo, atrajo a literatos, filósofos, artistas y científicos, entre los que estuvieron Calímaco, Apolonio de Rodas, Teócrito de Siracusa, Erastótenes de Cirena, Euclides y su alumno Arquímedes de Siracusa, y para nuestro interés, que es la historia de la medicina, Herofilo de Calcedonia y Erasístrato de Chios.

HERÓFILO Y ERASÍSTRATO

Según Galeno, Herófilo fue el primero en disecar tanto animales como seres humanos, lo que seguramente se refiere a disecciones públicas, ya que Diocles de Caristo probablemente ya lo había hecho un siglo antes en Atenas. Herófilo era un profesor muy popular que escribió libros acerca de anatomía, ojos y los partos, pero sus escritos se perdieron; de todos modos, sus contribuciones fueron numerosas. Reconoció que el cerebro es el sitio de la inteligencia (en lugar del corazón, como creía Aristóteles ) distinguió entre los nervios motores y los sensoriales, describió las meninge y dejó su nombre en la presa de Herófilo, separó al cerebro del cerebelo, identificó el cuarto ventrículo y bautizó al calamus scriptorius porque le recordó a la pluma con que escribían los griegos de entonces. También les dio su nombre a la próstata y al duodeno, distinguió entre arterias y venas, y describió los vasos quilíferos.

Erasistrato era más joven pero contemporáneo de Herófilo y sus obras también se perdieron; lo que se sabe de él se debe a Galeno, quien escribió dos libros en su contra. Erasístrato profesaba la medicina racionalista y se oponía a todo tipo de misticismo, aunque concebía que la naturaleza actuaba en forma externa para configurar las funciones del organismo; en esto se oponía al concepto de “esencia” de Aristóteles, que actuaba como una fuerza interna o innata Erasístrato concebía que los tejidos estaban formados por una malla fina de arterias, venas y nervios, pero pensó que en algunos los intersticios se llenaban con elparénquima.

Trazó el origen de los nervios primero a la dura madre, pero posteriormente se corrigió e identificó al cerebro como su terminación; consideró que los ventrículos cerebrales contenían un espíritu animal y que los nervios lo conducían a los tejidos. Pensó que, en el corazón, el ventrículo derecho contenía sangre y el izquierdo espíritu vital o pneurna; durante la diástole llegaría sangre al ventrículo derecho y pneuma al izquierdo, que se expulsarían en la sístole. Erasístrato nombró a la válvula tricúspide y señaló con claridad la función de las dos válvulas aurículo-ventriculares y de las semilunares; según Singer, también imaginó la comunicación entre venas y arterias para explicar por qué las arterias aparecen vacías en el cadáver y sin embargo sangran cuando se cortan en el vivo. Por eso ciertos historiadores concluyen que Erasístrato estuvo a punto de descubrir la circulación sanguínea, lo que no ocurrió sino hasta 1628.

Celso (ca. 30 a.C.), Tertuliano (155-222 d.C.) y san Agustín (354-430 d.C.) acusaron a Herófilo y a Erasístrato de haber disecado hombres vivos, criminales condenados a muerte que les fueron facilitados por el faraón; Tertuliano dice que Herófilo era “un carnicero que disecó a 600 personas vivas”. Tales acusaciones son poco probables, si consideramos que: 1) siempre ha habido prejuicios, especialmente religiosos, en contra de las disecciones y a través de la historia se han hecho acusaciones semejantes a otros anatomistas, como Carpi, Vesalio y Falopio; 2) ninguno de los acusadores era médico y dos de ellos eran religiosos, 3) nadie más repitió la acusación, incluyendo a Galeno, quien criticó a los anatomistas alejandrinos por otras muchas razones.

Al cabo de un siglo de gran productividad humanística y científica, la energía alejandrina empezó a agotarse. En el año 95 d.C., durante una revuelta entre griegos y judíos el Museo fue destruido. Aunque se cambió a un templo cercano, en el año 391 una turba cristiana saqueó el templo, quemó la biblioteca y convirtió los restos en una iglesia. Del museo y de la biblioteca no quedó nada.

ROMA

Desde hacía un par de siglos la vida cultural se había mudado a Roma. Al librarse de la dominación etrusca, a fines del siglo V a.C., Roma inició una serie de cambios políticos y legislativos que llevaron a los plebeyos a alcanzar la igualdad con los patricios en el laño 287 a.C. El último bastión etrusco, la ciudad de Veii, muy cercana a Roma, fue conquistado en 392 a.C., con lo que Roma casi duplicó su tamaño. En el año 387 a.C. los galos derrotaron al ejército romano, invadieron e incendiaron Roma, pero ésta se recuperó y para el año 338 a.C., no sólo había expulsado a los galos sino que dominaba todo el territorio central de Italia.

El enfrentamiento con Pirro, rey de Epiro, terminó con su fainosa victoria “pírrica”, que lo obligó a retirarse a Sicilia en el año 275 a.C., con lo que Roma dominó desde el río Po en el norte hasta la punta de la bota italiana. Las tres guerras púnicas, que con intervalos ocuparon a Roma durante más de 100 años (264-146 a.C.) y terminaron con la destrucción de Cartago, así como las tres guerras macedonias y la campaña de España, que ocurrieron en el mismo lapso (215-134 a.C.) tuvieron como consecuencia la expansión de Roma fuera de la península de Italia. La organización administrativa y política de la República romana había surgido de las necesidades y aspiraciones de Roma como Ciudad-Estado, pero el crecimiento desmesurado requería otra estructura, que no tardó en imponerse en forma del Imperio romano.

La medicina en Roma también tuvo un desarrollo inicial esencialmente religioso. En los altos del Quirinal había un templo a Dea Salus, la deidad que reinaba sobre todas las otras relacionadas con la enfermedad, entre las que estaban Febris, la diosa de la fiebre, Uterina, que cuidaba de la ginecología, Lucina, encargada de los partos, Fessonia, señora de la debilidad y de la abstenía, etc. Plinio el Viejo, dice con orgullo que la antigua Roma era sine medicis… nec tamen sine medicina, o sea “saludable sin médicos pero no sin medicina”. El estado de la práctica médica en esos tiempos puede apreciarse por la recomendación de Catón para reducir luxaciones: recitar huant hanat huat ista pista sista domiabo damnaustra, lo que no quiere decir absolutamente nada, y por su panacea para las heridas: aplicar col molida. Como en otras culturas, la medicina sobrenatural romana conservó su vigencia y su popularidad hasta mucho después de la caída del Imperio romano; su naturaleza esencialmente religiosa le permitió integrarse con las teorías médicas que surgieron en el Imperio bizantino y que prevalecieron durante toda la Edad Media.

En el año 293 a.C. una terrible plaga asoló Roma. Alarmados por su gravedad e indecisos sobre la solución, los ancianos consultaron los libros sibilinos; la respuesta fue que buscaran la ayuda del dios griego Asclepios, en Epidauro. La leyenda dice que se envió un navío especial, que el dios aceptó la solicitud y viajó a Roma en forma de serpiente, que cuando llegó se instaló en una isla del Tíber, y que la plaga terminó. Los romanos agradecidos le construyeron un templo al dios y lo conocieron con el nombre de Esculapio.

El primer médico griego que llegó a Roma en el año 219 a.C. se llamaba Archágathus y al principio tuvo mucho éxito, pero como se inclinaba a usar el bisturí y el cauterio con excesiva frecuencia, su popularidad decayó. Casi un siglo más tarde otro médico griego, Asclepíades de Prusa (124-50 a.C.) conquistó a la sociedad romana con su oratoria brillante, su parsimonia terapéutica y su oposición a las sangrías. Asclepíades adoptó la teoría atomista de Demócrito, que Lucrecio había puesto de moda en esa época con su poema De re natura, pero no insistía en los aspectos más teóricos de la medicina griega sino más bien en el manejo práctico de cada paciente; de todos modos, sus sucesores lo consideraron como el iniciador de una escuela opuesta al humoralismo hipocrático, que se conoció como el metodismo (vide infra).

Asclepíades manejaba una terapéutica mucho menos agresiva que la de los otros médicos griegos: sus dietas siempre coincidían con los gustos de los pacientes, evitaba purgantes y eméticos, recomendaba reposo y masajes, recetaba vino y música para la fiebre y sus remedios eran tan simples que le llamaban el “dador de agua fría”. Es interesante que Asclepíades no llegó a Roma como médico sino como profesor de retórica, pero como no tuvo éxito en esta ocupación decidió probar su suerte con la medicina, o sea que no tenía ninguna educación como médico antes de empezar a ejercer como tal. Su éxito revela el carácter eminentemente práctico de la medicina romana, lo que también explica que otro lego en la profesión, Aulio Cornelio Celso (ca. 30 a.C. 50 d.C.) haya escrito De Medicina, el mejor libro sobre la materia de toda la antigüedad. Este libro formaba parte de una enciclopedia, De Artibus, que también trataba de agricultura, jurisprudencia, retórica, filosofía, artes de la guerra y quizá otras cosas más, pero que se perdieron. Por fortuna, en 1426 (!13 siglos después!) se encontraron dos copias completas de De Medicina, que fue el primer libro médico que se imprimió con el invento de Gutenberg, en 1478, y el único texto completo de medicina que nos llegó de la antigüedad, porque (según Majno) el papiro de Smith se detiene en la cintura y el Corpus Hipocráticum es una mezcla caótica de textos de muy distinto valor.

CELSO

El libro de Celso es hipocrático pero está enriquecido con conceptos alejandrinos y también hindúes. Está dividido en tres partes, según la terapéutica utilizada: dietética, farmacéutica y quirúrgica. Celso describe y critica a los empiristas y a los metodistas, porque los primeros pretenden curar todas las enfermedades con drogas, mientras los segundos se limitan a dieta y ejercicios. De Medicina contiene suficiente anatomía para convencernos de que Celso estaba al día en esta materia, pero no demasiada porque el libro estaba dirigido al médico práctico.

Entre las causas de las enfermedades menciona las estaciones, el clima, la edad del paciente y su constitución física. Los síntomas discutidos, como fiebre, sudoración, salivación, fatiga, hemorragia, aumento o pérdida de peso, dolor de cabeza, orina espesa, y muchos otros, se analizan conforme a la tradición hipocrática; la descripción de los distintos tipos de paludismo es magistral. En otras páginas se encuentran el lethargus, enfermedad caracterizada por sueño invencible que progresa rápidamente hacia la muerte, la tabes, que seguramente incluye a la tuberculosis y otras formas de caquexia, las jaquecas de distintos tipos, el asma, la disnea, la neumonía, las enfermedades renales, las gástricas, las hepáticas, las diarreas, etc.

Las medidas dietéticas e higiénicas que recomienda Celso para estos padecimientos son hipocráticas: ejercicio moderado, viajes frecuentes estancias en el campo, abstención de ejercicios violentos, de relaciones sexuales y de bebidas embriagantes. Deben evitarse los cambios bruscos de dieta o de clima, y preferirse las medidas para bajar de peso (una comida al día, purgas frecuentes, baños en agua salada, menos horas de sueño, gimnasia y masajes); las recomendaciones dietéticas ocupan la mitad del segundo libro y la hidroterapia se discute extensamente. Celso divide las drogas conocidas según sus efectos en purgantes, diaforéticas, diuréticas, eméticas, narcóticas, etc.; la acción anestésica del opio y la mandrágora (que con, tiene escopolamina y hioscianina) ya era bien conocida. La mejor parte del libro de Celso es la quirúrgica, que ocupa los libros VII y VIII, en ella dice: 

La tercera parte del arte de la medicina es la que cura con las manos […] no omite medicamentos y dietas reguladas, pero hace la mayor parte con las manos […] El cirujano debe ser joven o más o menos, con una mano fuerte y firme que no tiemble, listo para usar la izquierda igual que la derecha, con visión aguda y clara, y con espíritu impávido. Lleno de piedad y de deseos de curar a su paciente, pero sin conmoverse por sus quejas o sus exigencias de que vaya más aprisa o corte menos de lo necesario; debe hacer todo como silos gritos de dolor no le importaran.

Celso discute el manejo de las heridas y señala que las dos complicaciones más importantes son la hemorragia y la inflamación, lo que era realmente infección. Para la hemorragia recomienda compresas secas de lino, que deben cambiarse varias veces si es necesario, y si la hemorragia no cesa, entonces mojarlas en vinagre antes de aplicarlas. Pero si todo esto falla, hay que identificar la vena que está sangrando, ligarla en dos sitios y seccionaría entre las ligaduras. Celso recomienda aplicar a la herida distintos medicamentos compuestos de acetato de cobre, óxido de plomo, alumbre, mercurio, sulfuro de antimonio, carbón seco, cera y resma de pino seca, mezclados en aceite y vinagre; otros componentes recomendados (Celso propone 34 fórmulas diferentes) son sal, pimienta, cantáridas, vino blanco, clara de huevo, ceniza de salamandra, heces de lagartija, de pichón, de golondrina y de oveja.

LA MEDICINA ROMANA

La medicina romana era esencialmente griega, pero los romanos hicieron tres contribuciones fundamentales:

1) los hospitales militares,

2) el saneamiento ambiental, y

3) la legislación de la práctica y de la enseñanza médica.

1) Los hospitales militares o valetudinaria se desarrollaron como respuesta a una necesidad impuesta por el crecimiento progresivo de la República y del Imperio. Al principio, cuando las batallas se libraban en las cercanías de Roma, los enfermos y heridos se transportaban a la ciudad y ahí eran atendidos en las casas de los patricios; cuando las acciones empezaron a ocurrir más lejos, sobre todo cuando la expansión territorial sacó a las legiones romanas de Italia, el problema de la atención a los heridos se resolvió creando un espacio especialmente dedicado a ellos dentro del campo militar. La arquitectura de los valetudinaria era siempre la misma: un corredor central e hileras a ambos lados de pequeñas salas, cada una con capacidad para 4 o 5 personas Estos hospitales fueron las primeras instituciones diseñadas para atender heridos y enfermos; los hospitales civiles se desarrollaron hasta el siglo IV d.C., y fueron producto de la piedad cristiana.

2) El saneamiento ambiental se desarrolló muy temprano en Roma, gracias a las obras de la cloaca máxima, un sistema de drenaje que se vaciaba en el río Tíber y que data del siglo VI a.C. En la Ley de las Doce Tablas  (450 a.C.) se prohiben los entierros dentro de los límites de la ciudad, se recuerda a los ediles su responsabilidad en la limpieza de las calles y en la distribución del agua. El aporte de agua se hacía por medio de 14 grandes acueductos que proporcionaban más de 1 000 millones de litros de agua al día, y la distribución a fuentes, cisternas y a casas particulares era excelente, pero en los barrios menos opulentos no tan buena.

El agua se usaba para beber y para los baños, una institución pública muy popular y casi gratuita; también se colectaba el agua de la lluvia, que se usaba para preparar medicinas. En general, las condiciones de higiene ambiental en Roma eran tan buenas como podía esperarse de un pueblo que desconocía por completo la existencia de los microbios.

3) Durante la República la mayoría de los médicos eran esclavos o griegos, o sea, sujetos en una posición subordinada, pero en el Imperio (ca. 120 d.C.) Julio César concedió la ciudadanía a todos lo que ejercieran la medicina en Roma.

Reconstrucción de un hospital militar romano, valetudinaria, que forma parte de un campamento en la frontera (tomado de Majno). 

Además, se estableció un servicio médico público, en el que la ciudad contrataba a uno o más médicos (archiatri) y les proporcionaba local e instrumentos para que atendieran en forma gratuita a cualquier persona que solicitara su ayuda. Los salarios de estos profesionales los fijaban los consejeros municipales. También se organizó el servicio médico de la casa imperial, y muchos de los patricios retenían en forma particular a uno o más médicos para que atendieran a sus familias. Con el tiempo también se legisló que la elección de un médico al servicio público debería ser aprobada por otros siete miembros de ese servicio. Las plazas eran muy solicitadas porque los titulares estaban exentos de pagar impuestos y de servir en el ejército. El gobierno los estimulaba a que tomaran estudiantes, por lo que podían recibir ingresos adicionales.

Entre los médicos griegos y romanos que ejercían en el Imperio se distinguían cuatro sectas o escuelas, basadas en sus diferentes posturas filosóficas, teóricas y prácticas: 1) Los dogmáticos reconocían como su fundador a Herófilo, aprobaban el estudio de la anatomía por medio de las disecciones, consideraban que las teorías sobre las causas de la enfermedad eran la esencia del la medicina (desequilibrio de los elementos, de los humores del pneuma; migración de la sangre a los vasos que llevan el pneuma; bloqueo de los canales del cuerpo por “átomos”‘ etc.).

Sus enemigos los caracterizaban como más “habladores” que “hacedores”, y decían que pasaban más tiempo discutiendo que viendo al paciente. Los dogmáticos decían que la confirmación de sus doctrinas se encontraba en el Corpus Hipocraticum y que el mismo Hipócrates había sido un dogmático. 2) Los empíricos nombraban a Erasístrato como su antecesor y se oponían a las disecciones porque rechazaban la importancia de la anatomía en la medicina. Su postura era que no deberían buscarse las causas de las enfermedades, porque las inmediatas eran obvias y las oscuras eran imposibles de establecer; por lo tanto, la comprensión de cosas como el pulso, la digestión o la respiración era inútil.

Lo más importante en medicina era la experiencia personal del médico con su paciente, y lo que debía hacer es recoger los síntomas y tratarlos uno a uno usando los remedios que ya se habían demostrado efectivos en el pasado. Al igual que los dogmáticos, los empíricos alegaban que Hipócrates y el Corpus Hipocraticum estaban de su lado. 3) Los metodistas también rechazaban todas las hipótesis y teorías sobre las causas de la enfermedad, pero en cambio sostenían que sólo había unas cuantas circunstancias que eran comunes a muchas enfermedades, que debían ser manejadas principalmente por medio de dietas. Naturalmente, estaban convencidos de que Hipócrates y toda su escuela habían sido esencialmente metodistas. 4) Los neumatistaseran inicialmente dogmáticos pero se separaron de esa secta porque consideraron que la sustancia fundamental de la vida era el pneuma y que la causa única de las enfermedades eran sus trastornos en el organismo, desencadenados por un desequilibrio de los humores. Éste era el panorama del ejercicio de la medicina en Roma cuando apareció Galeno.

Los Medicos en Grecia Antigua Sintesis La Medicina Helenica

LA MEDICINA EN GRECIA (SIGLOS IX A I A.C.)

INTRODUCCIÓN

LA CIVILIZACIÓN griega se extiende desde los siglos XI o X a.C., hasta el siglo a. C., o sea un total de aproximadamente 10 siglos o 1 000 años. Lo que se conoce como la cultura griega antigua ocupa la primera mitad de ese lapso, mientras que la cultura griega clásica se desarrolló en la segunda mitad, a partir del siglo Va.C. (el llamado siglo de Pericles), y hasta el siglo I a.C.

Durante la época antigua el pueblo griego integró su identidad étnica y social a partir de grupos aqueos, jonios, dorios y orientales, incluyendo fenicios y otros habitantes de las costas del Mediterráneo. Durante ese prolongado lapso los griegos recibieron múltiples y profundas influencias de culturas más antiguas, como las mesopotámicas (asiria, caldea, babilónica y persa), las de Medio Oriente (siria, israelí) y las africanas (libia, egipcia).

El llamado “milagro griego”, o sea el surgimiento casi explosivo en Grecia, durante el siglo V a.C., de una cultura que sentó las bases del pensamiento característico de la civilización occidental, debe gran parte de su existencia y de su estructura a las tradiciones, a las experiencias y a las ideas que los pueblos griegos recibieron y adoptaron de sus antecesores y vecinos.

El conocimiento sobre los astros, los principios de la arquitectura, el manejo de la geometría y de las matemáticas, las artes de la navegación y de la guerra, los secretos de la medicina, y muchas otras cosas más, las tomaron los griegos en gran parte de sus contactos con otras culturas y procedieron a cambiarlas y a mejorarlas por medio de su genio incomparable. Pero buena parte del trabajo pionero ya estaba hecho.

LA MEDICINA EN LA GRECIA ANTIGUA

La medicina de la Grecia antigua no era diferente de la primitiva descrita en el capítulo 1. Tenía una sólida base mágico-religiosa, como puede verse en los poemas épicos La Ilíada y La Odisea, que datan de antes del siglo XI a.C.

En ambos relatos los dioses no sólo están siempre presentes sino que conviven con los humanos, compiten con ellos en el amor y pelean con ellos en la guerra y hasta son heridos pero (claro) se curan automáticamente. No así los guerreros mortales, cuyas heridas requieren los tratamientos de la medicina primitiva, aunque ocasionalmente también se benefician de la participación de los dioses.

El dios griego de la medicina era Asclepíades. Según la leyenda, Asclepíades fue hijo de Apolo, quien originalmente era el dios de la medicina, y de Coronis, una virgen bella pero mortal. Un día, Apolo la sorprendió bañándose en el bosque, se enamoró de ella y la conquistó, pero cuando Coronis ya estaba embarazada su padre le exigió que cumpliera su palabra de matrimonio con su primo Isquión. La noticia de la próxima boda de Coronis se la llevó a Apolo el cuervo, que en esos tiempos era un pájaro blanco.

Enfurecido, Apolo primero maldijo al cuervo, que desde entonces es negro, y después disparó sus flechas y, con la ayuda de su hermana Artemisa, mató a Coronis junto con toda su familia, sus amigas y su prometido Isquión. Sin embargo, al contemplar el cadáver de su amante, Apolo sintió pena por su hijo aún no nacido y procedió a extraerlo del vientre de su madre muerta por medio de una operación cesárea. Así nació Asclepíades, a quien su padre llevó al monte Pelión, en donde vivía el centauro Quirón, quien era sabio en las artes de la magia antigua, de la música y de la medicina, para que se encargara de su educación.

Asclepíades aprendió todo lo que Quirón sabía y mucho más, y se fue a ejercer sus artes a las ciudades griegas, con tal éxito que su fama como médico se difundió por todos lados. La leyenda señala que con el tiempo Apolo abdicó su papel como dios de la medicina en favor de su hijo Asclepíades, pero que éste fue víctima de hubris y empezó a abusar de sus poderes reviviendo muertos, lo que violaba las leyes del universo. Además, Plutón, el rey del Hades, lo acusó con Zeus de que estaba despoblando su reino, por lo que el rey del Olimpo destruyó a Asclepíades con un rayo.

 

  Estatua de Asclepíades, copia romana de un original griego. Museo Capitolino, Roma.

Una parte de la medicina de la Grecia antigua giraba alrededor del culto a Asclepíades. Entre las ruinas griegas que todavía pueden visitarse hoy, algunas de las mejor conservadas y más majestuosas se relacionan con este culto. En Pérgamo, Efeso, en Epidauro, en Delfos, en Atenas y en otros muchos sitios más, existen calzadas, recintos y templos así como estatuas, lápidas y museos enteros que atestiguan la gran importancia de la medicina mágico- religiosa entre los griegos antiguos. Los pacientes acudían a los centros religiosos dedicados al culto de Aslepíades, en donde eran recibidos por médicos sacerdotes que aceptaban las ofrendas y otros obsequios que traían, anticipando su curación o por lo menos alivio para sus males.

En Pérgamo y en otros templos los enfermos dejaban sus ropas y se vestían con túnicas blancas, para pasar al siguiente recinto, que era una especie de hotel, con facilidades para que los pacientes pasaran ahí un tiempo. En Epidauro las paredes estaban decoradas con esculturas y grabados en piedra, en donde se relataban muchas de las curas milagrosas que había realizado el dios; los pacientes aumentaban sus expectativas de recuperar su salud con la ayuda de Asclepíades. Cuando les llegaba su turno eran conducidos a la parte más sagrada del templo, el abatón, en donde estaba la estatua del dios, esculpida en mármol y oro. Ahí se hacían las donaciones y los sacrificios, y llegada la noche los enfermos se dormían, sumidos en plegarias a Asclepíades en favor de su salud; en otros Santuarios los enfermos llegaban directamente al recinto sagrado y ahí pasaban la noche.

En este lapso, conocido como incubatio por los romanos, se aparecían Asclepíades y sus colaboradores (sus hermanas divinas, Higiene y Panacea, así como los animales sagrados, el perro y la serpiente) se acercaban al paciente en su sueño y procedían a examinarlo y a darle el tratamiento adecuado para su enfermedad. En los orígenes del culto prevalecían los encantamientos y las curas milagrosas, pero con el tiempo las medidas terapéuticas se hicieron cada vez más naturales: las úlceras cutáneas cerraban cuando las lamía el perro, las fracturas óseas se consolidaban cuando el dios aplicaba férulas y recomendaba reposo, los reumatismos se aliviaban con baños de aguas termales y sulfurosas, y muchos casos de esterilidad femenina se resolvieron favorablemente gracias a los consejos prácticos de Higiene.

En la Grecia antigua, el médico o iatros era un sacerdote del culto al dios Asclepíades, y su actividad profesional se limitaba a vigilar que en los santuarios se recogieran las ofrendas y los donativos de los pacientes, se cumplieran los rituales religiosos prescritos, y quizá a ayudar a algún enfermo incapacitado a sumergirse en el baño recomendado, o a aconsejar a una madre atribulada sobre lo que debía hacerse para controlar las crisis convulsivas de su hijo. Aunque el iatros era el equivalente del brujo o chamán de la medicina primitiva, del asuasirio, del snw egipcio y del tícitl azteca, sus funciones estaban mucho más restringidas que las de sus mencionados colegas, porque él pertenecía a una sociedad mucho más estratificada y a una disciplina profesional mucho más rigurosa.

En los museos de Éfeso, Pérgamo, Epidauro y Atenas (y en muchos otros museos griegos), y también en el Museo del Louvre, en París, en el Museo Británico, en Londres, en el Museo Alemán, en Munich, en el Museo de San Carlos, en México, y seguramente en muchos otros museos de otros piases del hemisferio occidental, hay hermosas estatuas de Asclepíades, el antiguo dios griego de la medicina, que se conoció comoEsculapio entre los romanos. En mi efigie favorita aparece como un hombre atlético y maduro, con pelo y barba rizados, apenas cubierto por su túnica y recargado en un caduceo en el que se enrosca una gruesa serpiente. Su imagen es claramente primitiva y no hay duda de que pertenece a un mundo ya desaparecido desde hace muchísimo tiempo.

Sin embargo, su influencia en el ejercicio de la medicina duró más de 1 000 años, en vista de que se inició en el mundo antiguo y se prolongó en la Grecia clásica, se mantuvo en la época de Alejandro Magno, siguió durante Imperio romano y con él llegó hasta el Medio Oriente, en donde persistió hasta los principios de la Edad Media, después de la caída del Imperio bizantino y con la conquista de Constantinopla por los árabes. Durante todo este prolongado lapso las ideas médicas mágico-religiosas de los asclepíades y las práctica asociadas con ellas prevalecieron en el mundo occidental, o por lo menos coexistieron con otros conceptos y manejos diferentes de las enfermedades, que fueron surgiendo con el tiempo pero que no tuvieron la misma fuerza para sobrevivir. Uno de ellos fue el sistema médico asociado con el nombre de Hipócrates de Cos, quien vivió a principios del siglo V a.C.

LA MEDICINA EN LA GRECIA CLÁSICA

Platón se refiere a Hipócrates como un médico perteneciente a los seguidores de Asclepíades, y aparte de otras breves referencias por otros autores contemporáneos, eso es todo lo que se sabe de él. Pero aunque su figura es casi legendaria, su nombre se asocia Con uno de los descubrimientos más importantes en toda la historia de la medicina: que la enfermedad es un fenómeno natural. Como hemos mencionado, la medicina primitiva se basa en el postulado de que la enfermedad es un castigo divino, o una hechicería, o la posesión del cuerpo del paciente por un espíritu maligno, o la pérdida del alma, o varias otras cosas mas, que tienen todas un elemento común: se trata de fenómenos sobrenaturales. De hecho, ésa es la razón por la que 105 antropólogos la conocen como medicina primitiva. Pues bien, la tradición ha consagradas a Hipócrates como el defensor del concepto de que las enfermedades no tienen origen divino sino que sus causas se encuentran en el ámbito de la naturaleza, como por ejemplo el clima, el aire, la dieta, el sitio geográfico, etc. En el tratado sobre La enfermedad sagrada, o sea la epilepsia, que data del siglo V a.C., el autor dice:

Voy a discutir la enfermedad llamada “sagrada”. En mi opinión, no es más divina o más sagrada que otras enfermedades, sino que tiene una causa natural, y su supuesto origen divino se debe a la inexperiencia de los hombres, y a su asombro ante su carácter peculiar. Mientras siguen creyendo en su origen divino porque son incapaces de entenderla, realmente rechazan su divinidad al emplear el método sencillo para su curación que adoptan, que consiste en purificaciones y encantamientos. Pero si va a considerarse divina nada más porque es asombrosa, entonces no habrá una enfermedad sagrada sino muchas, porque demostraré que otras enfermedades no son menos asombrosas y portentosas, y sin embargo nadie las considera sagradas. 

La postura de la escuela hipocrática, de renunciar a explicaciones sobrenaturales sobre las enfermedades y de buscar sus causas en la naturaleza, no ocurrió en el vacío. Desde un siglo antes algunos filósofos del mundo griego habían empezado a intentar responder preguntas fundamentales sobre la naturaleza sin tomar recurso en los dioses; como precedieron a Sócrates se les conoce en su conjunto como los filósofos presocráticos. Los primeros surgieron en Mileto, un próspero puerto en el Egeo (hoy en Turquía), que entonces poseía una población internacional en la que comerciaban e intercambiaban ideas griegos, egipcios, persas, libios y otros habitantes del Mediterráneo. Los filósofos eran hombres libres, estudiosos de la astronomía, la geografía y la navegación, e interesados también en la política. Miraban al mundo que los rodeaba y se preguntaban por su naturaleza, por sus causas y por su esencia. Las respuestas que formulaban eran especulativas pero excluían a la mitología, no aceptaban explicaciones sobrenaturales. El primero de ellos fue Tales, quien predijo el eclipse del año 585 a.C., por lo que sabemos que estaba vivo en el siglo VI a.C. A la pregunta: “¿De qué está formado el Universo?”, Tales respondió: “De agua.”

Era una respuesta basada en su experiencia, pues había estado en Egipto y observado la forma como el ciclo anual del Nilo se asocia con la agricultura y el florecimiento del desierto. Tales asoció el agua con la vida y le pareció que era el elemento que podía dar origen a todo lo demás. Una generación más tarde, Anaximandro contestó a la misma pregunta señalando que el elemento primario no era el agua sino el apeiron, una sustancia más primitiva y no perceptible por nuestros sentidos, lo que daba origen tanto al agua como al aire, al fuego y a la tierra, que son las sustancias que forman el Universo. Otro filósofo contemporáneo, su discípulo Anaxímenes, opinó que la sustancia que forma todas las demás del Universo es el aire, y que lo hace a través de los procesos de condensación y rarefacción.

Había otras muchas teorías para explicar varios fenómenos naturales, como los truenos y los rayos, los temblores, los cometas, el arco iris, etc., varias contradictorias entre sí pero todas coincidiendo en buscar las causas y los mecanismos dentro de la misma naturaleza y sin la participación de los dioses. De modo que cuando los médicos hipocráticos empezaron a rechazar la existencia de enfermedades divinas lo hicieron en un ambiente en donde tales ideas ya no eran extrañas.

Pero hay otro antecedente histórico del concepto natural de las enfermedades, que probablemente también influyó en la postura opuesta a lo sobrenatural de los médicos hipocráticos. Se trata de una idea originada en Egipto por lo menos 1 000 años antes para explicar algunas enfermedades; los snw imaginaron que en el contenido intestinal se generaba un principio patológico, un agente capaz de pasar al resto del organismo a través de los metu o canales que comunicaban a los distintos aparatos y sistemas entre sí, y de producir trastornos más o menos graves en ellos.

Este principio se conoció como wdhw y quizá representa el primer intento en la historia de la cultura occidental de explicar varios síntomas y hasta ciertas enfermedades sin la ayuda de los dioses o de fuerzas sobrenaturales. Naturalmente, el whdw era totalmente imaginario, pero en este caso la imaginación se mantuvo dentro de lo posible en el mundo de la realidad. La idea del whdw tuvo consecuencias importantes entre lossnw, quienes basaron gran parte de sus medidas profilácticas y terapéuticas en ella: los snw recomendaban a los sujetos sanos que se hicieran 2 o 3 enemas al mes, para evitar la aparición de whdw, y desde luego los enfermos eran sometidos a este tratamiento con mucha mayor frecuencia. El concepto del whdw pasó de Egipto a la Grecia antigua, y sus resonancias influyeron a los médicos hipocráticos.

HIPÓCRATES

Tradicionalmente se considera a Hipócrates de Cos el “padre de la medicina” y se le atribuye la autoría del llamado Juramento hipocrático, de un popular libro sobreAforismas, de cierto número de los textos que forman el Corpus Hipocraticum, así como el hecho de insistir en la observación como base de la práctica clínica, o sea el método hipocrático. Pero la verdad es que se sabe muy poco del Hipócrates histórico, excepto que vivió en el siglo V a.C., que era originario de Cos, que era un médico reconocido y miembro de los asclepíades, que tomaba alumnos y les enseñaba el arte de la medicina; todo lo demás que se dice de Hipócrates es leyenda. Desde luego, el Juramento hipocrático es un documento de origen pitagórico, los Aforismas son una colección de consejos y observaciones médicas que se han ido acumulando a lo largo de siglos, y elCorpus Hipocraticum es una colección de cerca de 100 libros sobre medicina que se escribieron en forma anónima durante los siglos V y IV a.C., algunos hasta probablemente después.

El contenido de estos textos es muy variable, algunos son teóricos y muy generales, otros tratan de distintos aspectos especializados de la práctica médica, otros de cirugía, y otros más son series de casos clínicos breves sin conexión alguna entre sí. Como era de esperarse en una colección tan heterogénea, hay distintas teorías para explicar los mismos fenómenos y numerosas contradicciones, no sólo entre distintos libros sino hasta en un mismo texto. Hasta el siglo pasado se creía que varios de ellos (los más antiguos) habían sido escritos por el propio Hipócrates o sus discípulos directos, pero investigaciones más recientes han demostrado que tal creencia es infundada. Lo que elCorpus Hipocraticum sí representa es un resumen del ejercicio entre los griegos de un tipo de medicina, que puede llamarse racional, a partir del siglo V a.C. y hasta el ocaso del helenismo.

Al mismo tiempo que la medicina racional, en la Grecia clásica persistió la práctica de la medicina primitiva o sobrenatural, ejercida por los iatros especializados en los templos de Asclepíades, y al mismo tiempo otra medicina todavía más primitiva, a cargo de magos y charlatanes itinerantes, demiurgos que iban de ciudad en ciudad anunciando sus pócimas maravillosas y prometiendo toda clase de curaciones y milagros. De hecho, algunos de los libros del Corpus Hipocraticum fueron escritos para combatir a los que practicaban esa forma de medicina, ya que en Grecia no había reglamentación alguna del ejercicio profesional. Tampoco había escuelas de medicina, de modo que si un joven deseaba hacerse médico buscaba a un miembro distinguido de la profesión que lo aceptara como aprendiz; la regla era que fuera admitido a cambio de una remuneración, con lo que el maestro quedaba obligado a impartirle su ciencia y su arte al alumno durante el tiempo que fuera necesario.

 

 Representación de Hipócrates en un manuscrito bizantino; el libro que sostiene dice:
” La vida es corta, el arte es largo “
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DE LA MAGIA PRIMITIVA
A LA MEDICINA MODERNA
Ruy Pérez Tamayo  1997