Nace La Clase Obrera

Origen del Conflicto entre Inglaterra e Irlanda La Religión

Historia y Origen del Conflicto
Entre Inglaterra e Irlanda

Los actuales problemas de Irlanda tienen su raíz en la discriminación social. El enfrentamiento entre las dos comunidades, la católica y la protestante, separó al país en dos partidos. Al triunfar los segundos en el aspecto político, los católicos se vieron en una situación precaria, hasta el punto de que no han tenido derecho al voto hasta hace muy poco tiempo.

La lucha por unos derechos civiles iguales a los del resto de los ciudadanos británicos ha desencadenado una situación que, además del religioso, presenta un carácter político-social, producto de los tiempos actuales. Estudiando la evolución histórica del país, se comprenderán mejor los problemas actuales.

El Imperio angevino o de la Casa de Anjou
Cuando hace 800 años Inglaterra fijó sus ojos en la tentadora Irlanda, comenzaron a establecerse amargas relaciones entre ambos países. Inglaterra, unida interiormente y con un imperio más allá de los mares, luchó durante siglos para obtener con razón el nombre de Islas Británicas y su único medio era dominar Irlanda. El tiempo ha demostrado su fracaso.

Los primitivos gobernantes ingleses tuvieron poco interés en aquellas tierras salvajes. Los romanos, aunque se sintieron tentados por la conquista, no pasaron de pensar en la posibilidad de añadir Irlanda a su imperio y se contentaron con dominar los campos ingleses.

La desgracia de Irlanda es que nunca obtuvo grandes ventajas de las civilizaciones que la invadieron. Durante la oscura Edad Media, su única luz provino de San Patricio, que le trajo la cultura y la religión cristianas. Más tarde, igual que Inglaterra, sufrió la barbarie de las invasiones nórdicas, pero ganó muy poco con su presencia, como no sea los puertos, de los que destacaba Dublín.

La invasión normanda de 1066, que tanto favoreció el desarrollo futuro de Inglaterra, no hizo ningún bien a Irlanda. Los adelantos que trajeron a Inglaterra los gobernantes normandos procedentes de la civilización que dejaban atrás, tales como un gobierno central, la unidad y un poder militar, le fueron negados durante siglos. Cuando, por fin, los reyes normandos, bajo Enrique II, empezaron a extender el imperio angevino, se comprendieron las ventajas de tener dominada a Irlanda. Pero la conquista no iba a ser fácil ni completa.

En 1166, la caótica política interna de una Irlanda dividida iba a dar su oportunidad a Enrique II; temeroso de que sus propios representantes en el país se hicieran demasiado poderosos, intervino personalmente en la situación y se hizo reconocer como señor por la Iglesia irlandesa y por los atemorizados jefes del país. Así Irlanda formó parte del imperio angevino; el feudo irlandés creado por Enrique duró cuatro siglos.

Atraídos por la explotación de aquellas tierras casi vírgenes, los señores anglonormandos se introdujeron en el interior de la isla. Pero no fue la suya una conquista como la de los normandos en Inglaterra un siglo antes. Se estableció una sociedad semi-feudal y un sistema jurídico, pero la conquista no aprovechó mucho a los reyes ingleses. No se pudo establecer un gobierno central y permanecieron vigentes todas las características de la vieja Irlanda. Surgió un elemento nuevo de esta situación: la aristocracia angloirlandesa, que, profundamente celosa de sus derechos y formada por señores anglonormandos, se apoderó de todas las tierras.

El rey inglés descuidó sus deberes para con Irlanda. Juan Sin Tierra, en su primera visita a los irlandeses, demostró por varios hechos imprudentes que su madurez como gobernante no había sido alcanzada, aunque varios años después, en su segunda visita, en 1210, consiguió que la autoridad real fuera aceptada y que el gobierno, centrado en Dublín, cobrara nueva eficacia. Para la permanente vergüenza de Inglaterra, hasta la visita de Ricardo II en 1394, ningún otro rey inglés puso los pies en tierra irlandesa.

Durante el reinado de Eduardo I hubo un período  de paz que permitió a Irlanda el desarrollo del comercio propio y la adaptación al nuevo sistema de «condados» importado de la metrópoli. Pero después de esta centuria de calma relativa, una invasión escocesa destruyó todas las esperanzas del país. 6.000 escoceses a las órdenes de Eduardo Bruce, ansioso de perturbar a los ingleses aún más después de algunas victorias obtenidas sobre ellos, se lanzaron sobre la isla en una guerra destructiva y salvaje.

Este Eduardo fue proclamado rey de Irlanda, pero lo mataron en el año 1318. Como resultado, los recursos del país se agotaron, el progreso fue detenido y el control inglés se redujo a una estrecha faja costera en los alrededores de Dublín. La isla quedó otra vez abandonada a los pillajes de los señores feudales y con el estallido de la Guerra de los Cien Años Inglaterra derivó su atención por completo hacia Francia.

La ley de Poynings
En el siglo XIV preocupaba a Inglaterra que su zona de influencia en Irlanda no se pudiera mantener ni extender. Los ingleses sostenían que eran los dueños de todo el país, pero la verdad era que el Pale consistía en un pequeño foco de civilización en medio de una tierra primitiva y salvaje.  Cuando los esfuerzos de Ricardo II por extender su dominio en la isla fracasaron, Irlanda se vio libre para seguir su propio camino.

Poco atractiva, inhospitalaria y arrinconada en un extremo de Europa, Irlanda se vio aislada de la vida del continente, oculta por Inglaterra. Mientras que esta última nación pasaba de la Edad Media al mundo moderno, la isla quedaba abandonada, sus recursos sin explotar y su pueblo dominado. Pero, por su posición, iba a ser crucial en la defensa estratégica de Inglaterra. Era casi un cuchillo clavado en la espalda de Gran Bretaña.

El gobierno de los Tudor significó poco para Irlanda, pero cuando Inglaterra se convirtió en una de las potencias europeas, los problemas internos de la isla pidieron una pronta solución. Enrique VII toleró un gran terreno independiente en el corazón de Irlanda, hasta que su creador se permitió la coronación de un rey como «Eduardo VI», que fue rápidamente eliminado. Enrique trató de gobernar el país por medio de un diputado inglés, apoyado por un ejército formado sólo por ingleses.

Después de varias luchas se procedió a la publicación de un estatuto llamado «ley Poynings» (nombre del diputado inglés), que, aprobado en 1494, ha permanecido en vigor hasta el siglo XIX. Este estatuto fue desvirtuado en favor de los ingleses y por él se establecía que no se podía abrir un parlamento en Irlanda hasta que el Rey y su consejo lo hubieran autorizado con su sello. Con esta ley los ingleses han podido controlar durante siglos los trabajos de la constitución irlandesa.

enrique viii rey de inglaterraEn 1534 cambió el aspecto de la historia de Irlanda. A partir de este momento, la metrópoli organizó un verdadero plan de reconquista. Enrique VIII se hizo llamar rey de Irlanda y al final del reinado de Isabel I casi toda la isla se hallaba bajo régimen militar.

A pesar del sistema represivo usado por los Tudor, en esa época es cuando Irlanda llegó a ser una verdadera amenaza para los ingleses. Cuando Inglaterra, le volvió la espalda a Roma durante la Reforma, los irlandeses prefirieron permanecer dentro de la religión católica. Isabel I tuvo que tener ejércitos dispuestos continuamente en el campo de batalla para aplastar la aparición de constantes rebeliones irlandesas.

La matanza de Drogheda
Los monarcas de la casa Tudor, ansiosos de acabar para siempre con el problema, intentaron colonizar las turbulentas tierras. Las protestas de los irlandeses fueron en vano y cuando Jacobo I fue aceptado como rey, grandes terrenos habían sido expropiados de sus poseedores irlandeses y entregados a los escoceses o a los ingleses.

Siguiendo la misma política, los seis condados del Ulster, en el norte, se entregaron a los colonizadores extranjeros en 1608. Como es natural, estos nuevos señores eran protestantes, y así empezó el conflicto entre las dos religiones, que todavía no se ha resuelto.

cronwellOliverio Cromwell fomentó aún más tan amarga realidad. Carlos I, para proteger su tambaleante trono, creó en Irlanda un ejército de reserva, que en la década de 1640 se rebeló en apoyo de su hijo, el príncipe Carlos. Oliverio Cromwell, principal apoyo del Parlamento inglés, fue a Irlanda en 1649 y derrotó al ejército realista en una cruel campaña.

La guarnición de Drogheda fue pasada por las armas, así como 1.500 ciudadanos y todos los sacerdotes del condado de Wexford. Al final de aquel año, toda la costa de la isla estaba en poder de Cromwell. Irlanda nunca olvidó aquellos amargos días y a partir de entonces sólo una pequeña zona del oeste del río Shannon siguió en poder de los señores irlandeses.

A pesar de ello, todos los monarcas ingleses tuvieron que dedicarse a la reconquista de Irlanda. Tras cada acción de guerra, se dictaban nuevas leyes que entregaban la tierra  a  los  protestantes  o  que  restringían la vida particular de los irlandeses para evitar que ganaran poder o influencia.

El Parlamento inglés trataba a la nación como enemiga y hasta 1793 no se les concedió derecho al voto a los católicos, ni podían tomar asiento en sus propias Cortes. El comercio, la industria y la agricultura estaban tan atrasadas que el país se hallaba sumido en la pobreza.

Como el predicamento de los protestantes aumentaba sin cesar, la Unión de Irlandeses, imitando la revolución francesa, se levantó contra la metrópoli y pidió ayuda a Francia. Los franceses no pudieron desembarcar por culpa de una tormenta y la rebelión fue aplastada por Inglaterra.

En 1800 se aprobó el Acta de Unión igualando los derechos de ambas comunidades, pero Jorge III la echó por tierra, obligando a William Pitt el Joven a anular la promesa de emancipación. Los irlandeses tuvieron que esperar hasta 1829 para obtenerla; pero; como es natural, ni la igualdad de derechos ni la emancipación extirparon la pobreza, que siguió haciende estragos en el país.

En 1846, el hambre causada por la destrucción de las cosecha? mató a más de un millón de habitantes Entonces empezaron las emigraciones a América.

william pitt

William Pitt el Joven, obligado por Jorge III a anular la promesa de emancipación que se hizo a los católicos para aplacar la rebelión   irlandesa   de   1798.

Los emigrantes influyeron de tal manera, que Gladstone, en 1868, permitió una mayor libertad religiosa y bajó los impuestos sobre las tierras. Intentó también conseguir para los irlandeses un gobierno nacional, pero le fue imposible. El partido liberal inglés, durante la Primera Guerra Mundial, siguió intentando la autodeterminación, encontrándose siempre con la oposición de los conservadores y en el año 1916 hubo nuevos mártires de sangre irlandesa.

Por fin, en 1921, aprovechando el cansancio de Inglaterra después de la guerra, se estableció el Estado libre de Irlanda, aunque el Ulster seguía fiel a la metrópoli por su carácter protestante.

Así está el conflicto actualmente. Irlanda, escindida espiritual y políticamente, lucha por su unión y por su independencia definitivas como desde hace 850 años.

Fuente Consultada:
Colección La LLave del Saber  Pasado y Presente del Hombre  –  Tomo I –  Editorial Plancton

Historia de Osaka en Japón Vida y Costumbres de su Habitantes

OSAKA EN LA ANTIGUEDAD
HISTORIA PARA TURISTAS CURIOSOS

En el siglo XVII, Osaka era una de las ciudades más ricas y populosas del Japón y centro del floreciente comercio del país. Sus ciudadanos se enorgullecían de sus recién construidos teatros, puentes y canales, almacenes y lujosas mansiones. Allí acudían los jóvenes del país en busca de fortuna y aventuras. Osaka era para todos como un poderoso imán.

Una ciudad flotante
Osaka no era una ciudad sin alegría e industriosa donde la gente fuese sencillamente a trabajar; más bien era un lugar hedonista y despreocupado. Formaba parte del «mundo flotante» (ukiyo), denominación genérica de la cultura de la época, exuberante y ansiosa de placer, que inspiró las «pinturas del mundo flotante» (ukiyo-e), los «relatos flotantes» (ukiyo-zoshi) y la picante y desenfrenada murmuración o «conversación flotante». Todos los ciudadanos de Osaka, ricos comerciantes, artistas, artesanos, petimetres, cortesanos, prestamistas, contables, tenderos, fabricantes, animadores y propietarios de casas de té, parecían disfrutar de suficiente tiempo y dinero para gozar de la vida.

Algunas tiendas vendían únicamente bandejas, bargueños y cajas para adornos del cabello, confeccionadas con azabache y laca de oro. Otras se especializaban en cerámica: la delicada porcelana vidriada de superficie finamente agrietada de la provincia de Satsuma, las suaves tazas y teteras color verde manzana para la misteriosa ceremonia del té, o esbeltos floreros de un profundo azul translúcido o marrón bruñido.

Los fabricantes de pipas y los estanqueros monopolizaban una calle entera. Tanto los hombres como las mujeres fumaban en pipa. Eran unos instrumentos pequeños y graciosos, con un largo tallo de bambú y una diminuta cazoleta metálica.

Los fabricantes de pipas desplegaban un gran ingenio; las adornaban con un tejón sonriendo con las manos en el lomo, un dios del trueno inflando los carrillos, o un mono columpiándose de una rama. El fumador llevaba su provisión de tabaco en saquitos bordados de cuero o de brocado, sujetos a la banda del kimono por un fiador en un cordón de seda.

Otro accesorio indispensable para salir por la ciudad era el abanico, que no sólo refrescaba en los días calurosos sino que también, según se decía, «atraía la suerte y ahuyentaba el mal».

Algunas de las tiendas más animadas de las calles principales vendían las populares ukiyo-e, «pinturas del mundo flotante», impresas con bloques de madera en papel tosco de arroz hecho a mano. Estos grabados representaban todo lo alegre, excitante o tópico, melancólico o fantástico que el artista pudiese imaginar.

Los mártires japoneses
Todos los productos delicados y lujosos de Japón fluían a Osaka y a las otras dos grandes ciudades del país: Yedo (Tokyo) y Kyoto. Yedo era la capital administrativa, desde la cual gobernaban Japón con indis-cutida autoridad los shogun (generalísimos) del poderoso clan de Tokugawa. La ciudad era un centro de intriga donde los clanes de samurais leales al shogun estaban prestos a defender su gobierno. Kyoto era la ciudad real, sede del casi impotente emperador y su corte. Quedó como refugio tradicional de todo lo que era aristocrático y elegante, pero anticuado.

Una ciudad trasnochada, pues, poco atrayente para los nuevos ricos mercaderes del Japón, que acudían a Osaka a divertirse. Ningún barco mercante europeo anclaba en la bahía de Osaka para cargar sus sedas, pinturas y porcelanas. Tampoco navegaban por allí las embarcaciones de altura japonesas. Sólo los pesados juncos costeros transportaban arroz y saké (bebida alcohóloica) a los puertos locales y recibían a cambio arenques secos y algas del norte, o muñecas regionales y cestas de hierba trenzada del sur.

A partir de 1636 se promulgaron varios decretos aislando el país del resto del mundo conocido. Se prohibió bajo pena de muerte abandonar el país a todos los japoneses, y los que residían en el extranjero fueron condenados a un exilio permanente. Se expulsó a todos los extranjeros, salvo unos pocos comerciantes chinos y holandeses que. bajo severas restricciones, pudieron quedarse en un islote costero de la bahía de Nagasaki.

Esta ruptura de relaciones del Japón con los europeos duró tres siglos. Se interrumpieron así unas relaciones que habían comenzado casi un siglo antes, en 1542, cuando que tres navegantes portugueses, desviados de su rumbo, alcanzaron Japón en un junco. Los emprendedores comerciantes lusitanos, ya establecidos en Macao, siguieron a sus compatriotas y formaron colonias comerciales.

Detrás llegaron no sólo los comerciantes españoles, holandeses e ingleses, sino también numerosos misioneros dispuestos a convertir a los subditos del shogun al cristianismo. Los jesuítas, entre los que destacó la incansable labor evangelizadora de san Francisco Javier, realizaron el mayor número de conversiones, y el shogun comenzó a sospechar que su influencia religiosa era un reto a su propia autoridad y atentaba contra la recién lograda unidad del Japón.

Como primera medida, el shogun prohibió la predicación del cristianismo. Después, ejecutó a muchos misioneros y japoneses conversos. Finalmente fueron expulsados del país todos los «bárbaros de cabello rojo», como denominaban los nativos a los europeos, salvo unos pocos comerciantes holandeses encerrados en Nagasaki.

El shogun les permitió quedarse para disponer de una «ventana» secreta al mundo exterior. Algunos letrados de confianza podían comunicarse con estos holandeses. Por lo demás, el Japón había cerrado sus puertas a las ideas de otros países.

osaka en japon

El placer exuberante de vivir en Osaka se revela en este vendedor de juguetitos de papel y su posible cliente de «pelo de estopa», bailando juntos alegremente.

Los poetas haiku
Parece que los años más brillantes y gloriosos de este período de aislamiento fueron los comprendidos entre 1680 y 1740. Las artes y oficios florecieron. Los ciudadanos de Osaka comenzaron a estudiar disciplinas tan esotéricas y tradicionalmente aristocráticas como la ceremonia del té, la caligrafía o la filosofía china.

Aprendieron a gozar de las sutiles armonías del teatro no, de la misteriosa música de corte y de la poesía haiku, una forma nueva y en boga de verso libre encadenado de diecisiete sílabas. Entre los que utilizaron dicha versificación descuella el poeta peregrino, Matsuo Basho, que nació en 1644. A menudo, los poetas haiku celebraban las bellezas fugaces de la naturaleza en un modo original y cuidadosamente observado.

Por ejemplo.
Abandonando la casa de un amigo
Sale la abeja
De lo más hondo de los pistilos de la peonía
¡Oh, tan a su pesar!
En algunas ocasiones, los sentimientos personales del poeta crean la poesía:
La frescura.
¡Qué frescor se siente
Al descansar al mediodía,
Al tener una pared bajo mis talones!

Estas dos poesías se deben a Basho y dan
alguna ligera indicación del estilo ligero, desapasionado y, algunas veces, melancólico de la poesía haiku.
Un género- literario mucho más accesible lo constituían los ukiyo-zoshi, los relatos cómicos, vigorosos y libertinos, acerca de las gentes de las tres grandes ciudades del Japón. Ihara Saikaku, famoso autor de estos cuentos, pasó gran parte de su vida en Osaka y describió con abundancia de ingeniosos detalles la vida cotidiana que le rodeaba. Sus personajes pasaban el tiempo generalmente en busca de amores, placeres y dinero.

osaka en la antiguedad

El teatro:A todos los habitantes les gustaba el teatro. Acudían a ver a los famosos onnagata, actores entrenados desde la niñez para representar a la perfección los papeles femeninos.

El joruki y el kabuki
Había dos clases de teatro a las que asistían todos los habitantes: el joruki (teatro de marionetas) y el kabuki. Osaka alcanzó especial renombre por su teatro de marionetas. Los «actores» medían dos tercios de la estatura normal y estaban fabricados con mucho detalle, bellamente ataviados y maquillados.

A menudo, para actuar las marionetas necesitaban de los servicios de tres personas: un titiritero y dos ayudantes. Estos dos las manejaban con tanta habilidad que cada miembro se movía por separado. Los títeres gesticulaban con manos y pies, e incluso movían los ojos y alzaban las cejas. Posaban con coquetería, libraban feroces duelos y y «hablaban» en tonos agudos y melódicos, emitidos por los titiriteos.

Chikamatsu Monzaemon, el más famoso dramaturgo japonés, dedicó parte de su ilustre carrera como escritor a un teatro de marionetas de Osaka, y muchas de sus mejores piezas tienen como tema los dramas domésticos de los tenderos y sus familias en la ciudad.

El kabuki era una mezcla apasionante y vigorosa de danza y espectáculo, música y mimo, parodia y tragedia. Comenzó a rivalizar con el teatro de marionetas y finalmente lo deshancó. Muchas de las obras de Chikamatsu se representaron entonces en una escena giratoria de kabuki, con espacio suficiente para acomodar los decorados más intrincados, tales como el castillo feudal de sillería de Osaka, los juncos en un mar tormentoso, o las calles iluminadas con farolillos del barrio de placeres. A la escena del kabuki sólo tenían acceso los hombres, y los papeles femeninos los representaban unos actores llamados onnagata.

Algunas de las obras eran comedias domésticas, «obras de gente común» como se las llamaba. Otras trataban de las salvajes disputas entre los diferentes clanes guerreros que habían dividido el país en el pasado. En éstas eran personajes de importancia los jactanciosos y valientes samurais, que a menudo se enfrentaban a un conflicto de lealtad pero estaban siempre dispuestos a morir en defensa de sus señores, y las damas de la nobleza, que apuñalaban a sus enemigos o se envenenaban para salvar el honor de su clan.

Una representación de k-abuki duraba casi un día entero y, por ello, era una buena excusa para convertirlo en un día de fiesta. Familias enteras de ciudadanos de Osaka reservaban un compartimiento del teatro para presenciar la función. Durante los numerosos descansos, picaban arroz frío y pescado crudo, que comían con los famosos palillos.

Bebían saké (cerveza de arroz), fumaban en sus diminutas pipas y conversaban. Si tenían hambre después de la representación, se dirigían a los puestos de la puerta del teatro, donde se vendían tazones de fideos calientes con sopa de pescado, pasteles rosados de pasta de alubias, almejas recién hervidas o castañas asadas.

Toda esta actividad daba lugar a escenas vivaces y llenas de colorido que algunos de los artistas ukiyo-e representaban en sus grabados. Los puestos y las casas de té, bajas y sin pared exterior, brillaban con farolillos de papel rojo, blanco o anaranjado que se balanceaban en la brisa vespertina, y las avenidas sin pavimentar donde se encontraban rebosaban de gente. Aparte de los que se dirigían al teatro, había grupos alegres que volvían de una travesía río arriba en barcazas abiertas, de una excursión de todo el día a los jardines de los santuarios cercanos, o de un paseo por una colina de especial belleza para presenciar el orto de la luna llena.

Las mujeres se ataviaban para estas excursiones con sus kimonos más ricamente bordados, y de sus moños altos de pelo negro brillante colgaban adornos de rojo y oro. Los hombres vestían ropas de tonos más oscuros, a menudo forradas de seda. Para obtener las monedas de los transeúntes en busca de placer que gastaban sin tino, músicos ciegos tocaban sus flautas melancólicas, los saltimbanquis realizaban acrobacias y las adivinadoras atraían a la clientela desde sus sombrías barras.

Gente estrafalaria
No puede sorprender que uno de los pocos occidentales que contemplaron la Osaka del siglo XVII dijera que era considerada la ciudad más bulliciosa, amante de las diversiones y despreocupada del país.

Este viajero, de nombre Engelbert Kaempfer, era un médico instruido que sirvió a la Compañía Holandesa de las Indias Orientales y que en 1692 viajó de Nagasaki a Yedo celosamente vigilado por la guardia del shogun. Según él, los japoneses consideraban Osaka como «un teatro universal de placeres y diversiones». Se ven juegos a diario, tanto en lugares públicos como privados. Los charlatanes, los prestidigitadores que realizan algún número artístico y toda clase de gente estrafalaria que tiene algún animal monstruoso o poco común que exhibir o animales amaestrados para hacer números de circo, acuden allí de todos los lugares del Imperio, con la seguridad de obtener mayor provecho que en ningún otro lugar.

En esa sociedad japonesa ligeramente irresponsable estaba presente el sentimiento budista de la inestabilidad y brevedad de los placeres terrenales. La cultura lírica, frivola y peculiar del «modesto renacimiento» del Japón (como lo ha llamado un moderno historiador) no podía durar indefinidamente, y para 1740 había comenzado a desaparecer el apogeo de la burguesía. Sin embargo, fue un período de expansión e inspirado mientras duró, y las artes que entonces surgieran siguen siendo populares entre los japoneses.

vida en osaka antigua

1.  Otro aspecto de la ciudad alegre y hacinada. Se trata de una cerería; los empleados sumergen las mechas en cera fundida, el cajero suma con el abaco y el propietario y   su   familia   comadrean   con   los   clientes.
2.    Soldados japoneses en 1668; van armados con mosquete europeo, así como con arco,  lanza y espada.
3.     Las aguas de la bahía iluminadas por farolillos, siempre atestadas de pequeñas embarcaciones de  recreo.

Fuente Consultada:
Colección La LLave del Saber  – Pasado y Presente del Hombre – Tomo I – Editorial Plancton

Reformas Urbana en París del Barón Haussmann con Napoleón III

LA VIDA EN PARIS DURANTE EL GOBIERNO DE NAPOLEÓN III

LA VIDA PARISIENSE: Durante los primeros años del gobierno de Napoleóm III, Francia estaba feliz, o bien, pareccía serlo. En todo caso el emperador reinaba sin competir el poder. La vida política casi no existía. La oposición oposición  republicana estaba dominada o en el exilio; por más que Víctor Hugo fustigaba a «Napoleón el Pequeño», sus ideas apenas conseguían abrirse camino. La prensa estaba amordazada y bajo la continua amenaza de una amonestación que podía llevar consigo la desaparición del periódico.

Las mismas elecciones no alcanzaban a despertar a los franceses de su apatía política. Eran los prefectos, que disponían de plenos poderes, quienes las manejaban: escogían los candidatos adictos al régimen y favorecían su propaganda; al mismo tiempo, los candidatos de la oposición se encontraban con muchas dificultades: no conseguían hallar salas de reuniones; los impresores, ante las presiones oficiales, se mostraban vacilantes, etc. Los mismos patronos de las fábricas incitaban a los obreros a que votasen «bien», ya que, en caso contrario, correrían el riesgo de ser despedidos. A todo esto se denominaba candidatura oficial.

Una misa en Paris

Una misa en una capilla de Paris

Algunas gentes, en los salones parisienses, se burlaban de ello, o hacían chistes; pero era una oposición estéril La pasión po-lícita estaba extinguida No era tiempo de grandes esperanzas revolucionarias. Los franceses habían abandonado un idealismo que se juzgaba pasado de moda, por un realismo vulgar: ganar dinero y divertirse. Los bancos se desarrollaban rápidamente, en una época en que la estabilidad política estimulaba las inversiones.

El Gobierno daba el ejemplo, emprendiendo grandes obras. Era el momento de los ferrocarriles; y las carreteras se desarrollaban igualmente. A petición de Napoleón III, el prefecto del Sena, barón Haussmann, emprendió la reconstrucción de París. Era conveniente que el emperador del pueblo tuviera la más hermosa capital del mundo, que el dinamismo del soberano por elección rompiera con el mediocre tradicionalismo de los príncipes hereditarios de la vieja Europa.

París debía ser la capital del mundo. Por tanto, tenían que desaparecer los tugurios y los barrios inmundos: era necesario también dar muestras de un humanitario desvelo.

Haussmann comenzó a hacer derribos, y a trazar, a través de todo París, grandes avenidas modernas. Estas serían bellas y famosas; por otra parte, tendrían la ventaja, al no estar empedradas, sino cubiertas con macadán, de impedir el levantamiento de barricadas sirviéndose del pavimento; por último, el ejército podría en ellas disparar fácilmente en los disturbios.

Barón Houssmann

Georges Eugène Haussmann (1809-1891), político y urbanista francés, responsable de la drástica remodelación del trazado de París durante el reinado de Napoleón III (1852-1870). Fue el encargado de llevar a cabo las reformas que necesitaba el área de París en un escaso periodo de tiempo.Haussmann propuso una nueva ciudad, heredera de los esquemas barrocos de perspectivas y simetrías. Urbanizó la periferia, abrió nuevas calles anchas y rectilíneas, trasladó las estaciones de tren fuera del núcleo urbano, conectadas por una trama racional, organizó nuevos parques (como el Bois de Boulogne), construyó numerosos edificios públicos y planteó un nuevo sistema de alcantarillado y abastecimiento de agua.

Todo  esto  significaba  gastos,   especulación, realización de negocios. Todo el mundo se benefició un poco de ello. Se hicieron algunas fortunas colosales. Morny continuó siendo uno de los mejor situados.

Época de actividad febril, pero también de diversiones, en la que reinaba sobre la vida parisiense, Jacques Offenbach, al son de cuyas ligeras melodías bailaba todo París, así como los innumerables viajeros que acudían allí a distraerse. «Los cuentos de Hoffmann» y «La Bella Elena», obras amables, músicas sencillas y alegres, caracterizaron a esta época, que no buscaba más que la diversión, dejando a otros el cuidado de dirigir el país.

La moral era poco rígida. Si, en la Corte, la nobleza se dedicaba a juegos inocentes como el de la gallina ciega, en otros sitios reinaban las mujeres fáciles, que se paseaban por el Bosque de Bolonia en magníficos carruajes, a la espera de conquistar a los caballeros ricos, deseosos de mostrar al todo París su buena fortuna, y capaces de arruinarse por estas mujeres. El mismo emperador, a su vez, multiplicaba sus aventuras amorosas.

Las clases inferiores participaban, asimismo, de la euforia general. La riqueza del país iba en aumento: el ahorro se desarrolló hasta doblar sus efectivos, el consumo fue en pos de los progresos de la industria, los grandes almacenes se desarrollaron. El «Bon Marché», por ejemplo, redujo el margen de sus beneficios, esperando así vender más productos. Los clientes podían encontrar en el mismo comercio todo lo que necesitaban; podían entrar en él, sin verse obligados a comprar nada, pero, ¿quién era capaz de resistir a la tentación? El nuevo sistema de venta causó furor; el «Bon Marché» obtuvo un éxito extraordinario, y Zola

describió todo este en su obra «Au bon-heur des Dames». Pero no fue sólo París quien se benefició con la situación.

En provincias, se multiplicaron las vías de comunicación. En lo sucesivo, el campo quedaba menos aislado, y podía participar de las grandes transformaciones comrecia-les. Las arenas de las Landas fueron saneadas: se plantaron bosques de abetos, que servirían para proveer de viguetas a las minas. En los Alpes, se inició la apertura de un túnel a través del Mont Cenis. Por último, sobre todo, y contra el parecer de los expertos, y a pesar del escepticismo de los ingleses, se emprendió, a partir de 1859, una obra digna de los faraones: la construcción del canal de Suez.

El Mediterráneo no sería ya, en adelante, un callejón sin salida. Sus ciudades y sus puertos se aprestaron a renacer. En previsión de este capital acontecimiento, la política exterior francesa se reanimó, con el propósito de convertir el Mediterráneo en una especie de «mare nos-trum» galo.  La pacificación de Argelia, la intervención en Italia, la defensa de los Santos Lugares. Pero este cuadro podría parecer demasiado hermoso. Zola describiría su otra cara: la miserable situación de los obreros,  el  alcoholismo,  la  represión  policíaca.

Fuente Consultadas:
Todo Sobre Nuestro Mundo Christopher LLoyd
HISTORAMA La Gran Aventura del Hombre Tomo X La Revolución Industrial
Historia Universal Ilustrada Tomo II John M. Roberts
Historia del Mundo Para Dummies Peter Haugen
La Revolución Industrial M.J. Mijailov

El Socialismo Científico Fundamentos e Ideas de Marx y Engels

CARACTERÍSTICAS DEL SOCIALISMO CIENTÍFICO Y SU DIFERENCIA CON EL UTÓPICO

A lo largo de los dos siglos anteriores se han sucedido ideas y programas socialistas muy divergentes: desde los planes idealistas de los primeros socialistas utópicos, pasando por los proyectos revolucionarios de Marx y Engels, quienes dieron un soporte teórico y práctico a partir de una concepción materialista de la historia. El marxismo sostenía que el capitalismo era el resultado de un proceso histórico caracterizado por un conflicto continuo entre clases sociales opuestas. El socialismo ha tenido muchas encarnaciones, pero sus valores centrales y sus objetivos básicos han mantenido una notable constancia. Los socialistas de todos los tipos coinciden en su oposición a las muchas y palpables injusticias provocadas por el capitalismo. Fundamentalmente todos los “socialistas” buscan crear una sociedad más justa haciendo frente a la tendencia del capitalismo a concentrar la riqueza y el poder en manos de la minoría.

Los Primeros Socialistas Aunque numerosos principios del socialismo pueden retrotraerse a mucho antes, los primeros pensadores que recibieron el nombre de socialistas surgieron, sobre todo en Francia y Gran Bretaña, en las décadas de 1820 y 1830. La mayoría de los primeros radicales sociales, llamados utópico, (ver: socialismo utópico) actuaban espoleados por las salvajes desigualdades causadas por la industrialización, en la que empresarios y propietarios de fábricas acumulaban fortunas gracias a los trabajadores,quienes, en su inmensa mayoría, trabajaban jornadas interminables por salarios míseros en condiciones peligrosas e insalubres.

Mrax y Engels

Karl Marx  fue, junto a Friedrich Engels, el fundador del socialismo científico. Autor del Manifiesto Comunista y de El capital, ambas obras se convirtieron en el sustrato ideológico de dicho movimiento, que pronto pasaría a ser conocido por el nombre de comunismo.

Socialismo científico: El pensamiento socialista fue producto de los grandes alcances científicos del siglo XIX y del desarrollo de las ciencias sociales, que los pensadores alemanes Karl Marx (1818-1883) y Friedrich Engels (1820-1895) utilizaron para fundamentar su teoría.

carl marx socialismo cientificoAsí, desarrollaron su propia ideología conocida como socialismo científico, que desplazó a los socialistas utópicos, porque partía de la realidad económica y social concreta que se vivía bajo el sistema de producción capitalista, con la finalidad de establecer leyes y reglas de conducta y acción correspondientes.

Autor de varias obras, Marx publicó en 1848, junto con Engels, El Manifiesto Comunista. En él se hacía un llamado a los obreros de todo el mundo para que se unieran, y rompieran con la organización social de la sociedad burguesa capitalista y pasaran de “ser esclavos a dueños de su propio destino”.

Según Marx, históricamente los conflictos existentes en toda sociedad tenían su origen en la lucha de clases. En el caso de la sociedad capitalista, las dos clases con intereses  contrapuestos eran la obrera y la burguesía. Esta última explotaba a la primera y se había enriquecido  al  obtener beneficios extras con su trabajo.

Para terminar con esta injusta situación era necesario construir una sociedad comunista, es decir, una sociedad igualitaria donde ya no habría ni explotadores ni explotados,   por lo que los obreros teman que organizarse para tomar el poder, utilizando la vía revolucionaria si era necesario, con lo que se establecería un nuevo orden social.

Marx explicó que el trabajo del hombre basado sólo en los beneficios era una brutalidad física y una bancarrota moral:
[La burguesía] en el lugar de todas las innumerables libertades, bien adquiridas y escrituradas, ha establecido como única libertad la del libre     comercio sin escrúpulo. En una palabra, la burguesía ha sustituido la explotación envuelta en     ilusiones religiosas y políticas por la explotación franca, descarada, directa y adusta.

El capitalismo había provocado el derrumbamiento de los valores de la familia:
La burguesía arrancó el velo patético-sentimental que encubría las relaciones familiares reduciéndolas a una mera relación de dinero.
Su necesidad de crecimiento económico constante había creado un apetito insaciable de conquistas globales. La necesidad de colocar sus productos en mercados cada vez más amplios empuja a la burguesía a los más apartados rincones del planeta. En todas partes tiene que afincarse, echar raíces y establecer relaciones.

Evolución del socialismo utópico al socialismo científico: En el curso de la revolución industrial, la sociedad capitalista fue revelando cada vez más sus contradicciones. Se manifestaba con nitidez cada vez mayor la pringipal contradicción del capitalismo, la contradicción entre el carácter social dé la producción y la forma capitalista privada de apropiación de sus frutos. La realidad capitalista refutaba sin dejar lugar a dudas las viciosas concepciones de los ideólogos burgueses, que proclamaban la identidad de los intereses del trabajo y del capital y afirmaban que el pueblo alcanzaría el bienestar general gracias al desarrollo de la sociedad burguesa.

En el proceso de la revolución industrial no sólo se formó la ideología burguesa; cristalizo también la ideología proletaria. Las obras de los socialistas utópicos Claudio E. Saint-Simón, Carlos Fourier y Roberto Owen expresaban ya teóricamente, aunque de modo imperfecto, los intereses del proletariado.(El socialismo utópico debe su nombre a la obra Utopía, del pensador inglés Tomás Moro, quien describe en ella la isla fantástica de ese nombre, en la que existía un régimen social ideal).

En 1802 Saint-Simón publicó su libro Cartas de un vecino de Ginebra, en la que argumentaba su idea de que “todos los hombres deben trabajar”. En 1825 apareció su trabajo El nuevo cristianismo, en el que este noble representante del socialismo utópico-crítico declaró abiertamente que el fin de la sociedad debía ser el de mejorar la suerte de la   “clase   más  numerosa y más  pobre”.

Los   discípulos de Saint-Simón expresaron su ideal socialista con las palabras: “A cada uno, según su capacidad; a cada capacidad, según sus obras” (esta consigna fue modificada por Marx y Engels, que la expresaron así: “Dé cada uno, según su capacidad; a cada uno, según su trabajo”).

En la primera mitad del siglo XIX aparecieron también los trabajos de Carlos Fourier, otro gran representante del socialismo utópico-crítico. Fourier demostraba en sus obras que el régimen capitalista, con todos sus vicios, debería ceder lugar a un régimen social superior. Sin embargo, Fourier era enemigo de la lucha revolucionaria; confiaba en que, mediante la propaganda, se lograría persuadir a los capitalistas de las ventajas del nuevo régimen. Por ello las obras de Fourier (la principal es El nuevo mundo industrial y societario) deben principalmente su importancia a que contiene una ingeniosa y mordaz crítica de las lacras del régimen capitalista.

El representante más notable del socialismo utópico en Inglaterra fue Roberto Owen. En su libro Sistema social, Owen expone la necesidad de una transformación radical dé toda la sociedad para convertirla en una unión de comunidades comunistas. Owen trató de plasmar en hechos su doctrina fundando tales comunidades. La primera colonia comunista, llamada “Nueva Armonía”, surgió en Norteamérica, en el Estado de Indiana. Sin embargo, no tardó en fracasar, ya que era un pequeño y solitario islote en medio del proceloso océano de la anarquía capitalista de la producción. Durante toda su actuación, Owen mantuvo una actitud negativa hacia la lucha política de la clase obrera y se pronunció contra las huelgas.

En Alemania, el representante del socialismo utópico fue Guillermo Weitling. En sus obras, Weitling criticó con brillantez y audacia la sociedad burguesa de su tiempo. Era contrario a la propiedad privada, viendo en ella la “fuente de todos los males” de la humanidad. A diferencia de la mayoría de los socialistas utópicos, Weitling exhortaba al   proletariado   a   que   luchase   él   mismo   para derrocar el régimen odiado y construir una nueva sociedad.

Sin embargo, Weitling estimaba que los mejores luchadores por el régimen comunista no eran los proletarios industriales, sino el proletario e incluso los bandidos, por considerarlos la capa más enemiga de la sociedad capitalista. Marx y Engels consideraron el comunismo de Weitling el primer movimiento teórico independiente del proletariado alemán. Sin embargo el movimiento encabezado por él fue degenerando en una , secta y penetrándose de ideas religiosas por lo que acabó en la más completa degradación.

Todos los socialistas utópicos señalaban en una u otra medida las agudas contradicciones de la sociedad capitalista: el rápido incremento de la producción y la pauperización del proletariado las crisis de superproducción y el contraste entre la ciudad y el campo. Caracterizando los trabajos de íos “Socialistas utópicos Marx y Engels dijeron: “Estas obras socialistas y comunistas encerraban también elementos de crítica. Atacaban todos los cimientos de la sociedad existente. Por eso proporcionaron un material sumamente valioso para ilustrar a los obreros”.

Pero las ideas de los socialistas utópicos nacieron en un período en que la lucha de clases entre el proletariado y la burguesía apenas si se había desarrollado. Los socialistas utópicos veían en el proletariado la clase que más sufría pero no la creían capaz de hacer cambiar de modo radical con sus propias fuerzas, la sociedad.

Por eso ninguno de ellos actuó como representante del proletariado exclusivamente: querían liberar de golpe a toda la humanidad, y no, en primer lugar, a una determinada clase social. Los socialistas utópicos no vinculaban la transformación socialista de la sociedad con la lucha revolucionaria de las clases oprimidas y mantenían una actitud negativa hacia esa lucha. Vinculaban el surgimiento del régimen socialista con la actividad filantrópica de las capas superiores de la sociedad, suponiendo que sus mejores representantes, penetrados de las nobles ideas socialistas, crearían un nuevo orden social.

Las concepciones de los socialistas utópicos no fueron ni podían ser la bandera del proletariado combatiente, pues no expresaban de modo científico los intereses cardinales de la clase obrera y eran tan sólo utopías, sueños irrealizables. Ni siquiera los mejores representantes del socialismo utópico supieron descubrir las leyes objetivas del capitalismo ni hallar la fuerza social capaz de construir la nueva sociedad.

Los discípulos de los grandes socialistas utópicos cerraban obstinadamente los ojos para no ver en la clase obrera a una fuerza histórica independiente, predicaban la necesidad de transformaciones pacíficas y seguían apelando, preferentemente, a las clases poseedoras y negando la lucha de clases. Por ello, a medida que fue creciendo el papel político revolucionario del proletariado, esas doctrinas se volvieron cada vez más reaccionarias. El desarrollo de la revolución industrial y la activación e intensificación de la lucha revolucionaria del proletariado planteaban imperiosamente la tarea de crear una teoría amplia, omnímoda y verdaderamente científica, una concepción proletaria nueva, revolucionaria. Esa tarea la cumplieron Carlos Marx y Federico Engels.

Carlos Marx y Federico Engels dieron respuesta a las cuestiones vitales planteadas ante el movimiento obrero. Expusieron científicamente en sus trabajos la inevitabilidad del hundimiento del régimen capitalista y del triunfo de un nuevo régimen, el socialista. Mostraron que el socialismo no es una invención de soñadores, sino el resultado inevitable del desarrollo de la sociedad burguesa.

Carlos Marx y Federico Engels demostraron que el artífice de la nueva Sociedad sería el proletariado y que la lucha de éste contra los capitalistas llevaría necesariamente al establecimiento de la dictadura del proletariado. A su vez, la dictadura del proletariado sería tan sólo un medio de transición, por la supresión de todas las clases, a la sociedad sin clases. Marx y Engels enseñaron que la clase obrera, vinculada con la gran industria, la forma más avanzada de economía, era edificación socialista y comunista en la Unión Soviética y por la experiencia de la clase obrera y las masas trabajadoras de las democracias populares, que construyen el socialismo.

El marxismo es la mayor realización del pensamiento humano, una poderosa arma espiritual de transformación revolucionaria de la sociedad y guía para la acción de los proletarios, los demócratas, los patriotas y todos los hombres honestos de la tierra.

El marxismo surgió durante la revolución industrial. En aquellos tiempos el capitalismo se desarrollaba todavía en línea ascendente, la incompatibilidad de los intereses de burgueses y proletarios no había alcanzado el actual grado de antagonismo, y las contradicciones del régimen burgués apenas si empezaban a perfilarse. Desde entonces las cosas han cambiado mucho: hace tiempo que el capitalismo perdió definitivamente todo carácter progresista paraconvertirse en un freno del desarrollo social.

Las fuerzas de la paz, la democracia y el socialismo, que en aquella época apenas si habían surgido, son hoy el factor decisivo del desarrollo de la historia. La nueva época ha permitido enriquecer con espíritu creador el marxismo, aportándole nuevas tesis y deducciones. No obstante, lo principal y decisivo en la teoría del comunismo científico, la tesis de la inevitabilidad del hundimiento del capitalismo y de su sustitución por el comunismo, queda en pie. La vitalidad de dicha tesis la confirma todo el  curso   del   desenvolvimiento   histórico.

Con el correr del tiempo, el socialismo evidencia cada vez más su superioridad no sólo en la esfera política, sino también en la económica. En las ramas principales de la ciencia y de la técnica se aprecian con mayor nitidez cada día las ventajas del socialismo.

PRINCIPALES OBRA DE CARL MARX
1841 Diferencia entre las filosofías de la naturaleza de Demócrito y Epicuro (tesis doctoral)
1844 Manuscritos económico-filosóficos
1845 La sagrada familia (contra Bruno Bauer y la izquierda hegeliana; en colaboración con Friedrich Engels)
1845-1846 La ideología alemana (primera exposición de la concepción materialista de la historia; en colaboración con Engels)
1847 Miseria de la filosofía (contra las tesis de Pierre Joseph Proudhon)
1848 Manifiesto Comunista (en colaboración con Engels)
1852 El 18 brumario de Luis Bonaparte (ensayo histórico-político sobre el golpe de Estado acaecido en Francia el 2 de diciembre de 1851)
1859 Crítica de la economía política
1867 El capital (vol. I; los vols. II y III fueron editados y publicados por Engels, con carácter póstumo, en 1885 y 1894, respectivamente)
1871 La guerra civil en Francia (análisis de la experiencia de la Comuna de París)
1875 Crítica del programa de Gotha (publicada por Engels, con carácter póstumo, en 1891)

Fuente Consultadas:
Todo Sobre Nuestro Mundo Christopher LLoyd
HISTORAMA La Gran Aventura del Hombre Tomo X La Revolución Industrial
Historia Universal Ilustrada Tomo II John M. Roberts
Historia del Mundo Para Dummies Peter Haugen
La Revolución Industrial M.J. Mijailov
Enciclopedia Digital Encarta Entrada: Socialismo
50 Cosas Que Hay Que Saber Sobre Política Ben Dupré

El Socialismo Utópico Origen, Fundamentos e Ideas Saint Simón

RESUMEN DEL SOCIALISMO UTÓPICO – PENSADORES E IDEAS FUNDAMENTALES

Desde el incio del siglo XIX se designa socialismo a las teorías y acciones políticas que persiguen una economía basada en la democratización de los sistemas de producción (máquinas, materias primas, etc.) bajo el control estatal, que puede ser total o parcial. Nació como respuesta a las injusticias vividas por los obreros en los inicios de la era capitalista cuando los patrones eran los dueños absolutos de los elementos de producción y explotaban laboralmente a familias enteras en pos de sustanciosas ganancias. El objetivo final de los socialistas era establecer una sociedad comunista o sin clases, pero con el tiempo se han centrado cada vez más en reformas sociales realizadas en el seno del capitalismo.

Sistema de organización social y económico basado en la propiedad y administración colectiva o estatal de los medios de producción y en la regulación por el Estado de las actividades económicas y sociales, y la distribución de los bienes.

Mrax y Engels

Karl Marx  fue, junto a Friedrich Engels, el fundador del socialismo científico. Autor del Manifiesto Comunista y de El capital, ambas obras se convirtieron en el sustrato ideológico de dicho movimiento, que pronto pasaría a ser conocido por el nombre de comunismo.

DESTINO TRÁGICO DE LOS CAMPESINOS MODESTOS Y DE LOS OBREROS
Ya fuera en calidad de siervos, de asalariados, de aparceros o de jornaleros, la condición de los pequeños campesinos era miserable en toda Europa. En los países más ricos, como Francia, Inglaterra y los Países Bajos, debían trabajar en el campo, mientras que sus mujeres hilaban o tejían, el día entero, por algunos centavos, para asegurarse sus pobres comidas, compuestas de pan, queso y legumbres. En Inglaterra, el movimiento de los «acotados» redujo a muchos de ellos al estado de indigentes.

En Irlanda, el hambre fue tan terrible, que los campesinos se sublevaron, en varias ocasiones, incendiando y saqueando las tierras de los «landlords». En Rusia, donde, además de su miseria, los siervos, sufrían el yugo de su señor, estallaron centenares de sublevaciones populares; en 1848, los campesinos del sur de Alemania, oprimidos por los usureros, se sublevaron.

La lenta emigración hacia las ciudades comenzaba para todos aquellos que la tierra no podía alimentar. Pero allí les esperaba una suerte igualmente difícil. La clase obrera, que nacía en esta primera mitad del siglo XIX, sufrió, efectivamente, las peores condiciones de su existencia: en todas partes, los salarios nominales registraban una baja, mientras que el coste de vida, en particular los el trabajo de los niños se votó igualmente en Francia, pero no fue jamás aplicada.

Las condiciones de trabajo continuaban siendo, en 1850, igualmente desastrosas: el frío o el calor intensos, la falta de luz, la estrechez de los locales, la vida colectiva en los dormitorios y la presencia continua de los tiránicos vigilantes, que no lograban acabar con la indisciplina, explicaban las enfermedades (raquitismo, tuberculosis), el alcoholismo, la prostitución, las alta natalidad que oprimía a la clase obrera europea.

Numerosos obreros se rebelaban contra su situación: en Inglaterra, en Francia, en Bélgica, los obreros rompían las máquinas, como terribles competidores. Las huelgas esporádicas estallaban en las minas y en los talleres, siendo frecuentemente sofocadas por la fuerza; la de los empleados de las fábricas de seda de Lyon («canuts»), que lucharon «por el pan y el trabajo», con sus seis mil muertos, ha pasado a la historia como la más sangrienta. Pero la falta de asociaciones obreras llevaba estas sublevaciones al fracaso. Las corporaciones y las mutualidades no agrupaban entonces más que a la aristocracia obrera (artesanos especializados, trabajadores cualificados) cuyas cotizaciones permitían ayudar a los acciden tadados, enfermos v los parados deprofesión.

PRIMEROS REFORMADORES Y UTOPISTAS
En 1830, fueron muchos los que, ante la situación miserable de las clases populares y el enriquecimiento escandaloso de una minoría privilegiada, pusieron en tela de juicio los fundamentos de la sociedad y, en nombre de la caridad cristiana o de la justicia social, propusieron reformas o construyeron nuevos sistemas políticos. En Francia apareció, en 1829, el movimiento católico liberal en torno a los sacerdotes Lammenais y Lacordaire, y del joven par de Francia, el conde de Montalembert.

Hostiles a las ideas del Antiguo Régimen y a la enfeudación de la Iglesia al estado monárquico, se pronunciaron en su periódico «L’Avenir» por la separación de la Iglesia y el Estado, por la libertad de conciencia, de prensa, de asociación, de enseñanza, por la soberanía del pueblo y por el sufragio universal. Condenados por el Papa en la Encíclica «Mirari vos» (1832), sospechosos al gobierno francés, el movimiento fue frenado y «L’Avenir» dejó de publicarse. Pero la doctrina se mantuvo y fue el origen de la iniciativa tomada en 1833 por un joven estudiante, Federico Ozanam, que creó la sociedad de San Vicente de Paul, de ayuda mutua y de caridad.

saint simonLas primeras obras socialistas que intentaban reorganizar la sociedad sobre nuevas bases, en provecho de las clases explotadas, eran, en gran parte, utópicas; tenían, sin embargo, el mérito de dar a conocer una serie de nociones de las que se derivaría el socialismo posterior. Uno de los primeros socialistas fue el conde de Saint-Simón; este noble arruinado fue el autor de doctrinas económicas y sociales poco seguidas mientras él vivió.

Llevaban consigo una violenta crítica del régimen social fundado en la competencia y en la explotación de la clase más numerosa por una minoría de poseedor res casi siempre inactivos, y llegaban a la conclusión de la necesidad de suprimir a esta clase privilegiada.

Sus bienes y sus capitales pasarían al Estado, único propietario legítimo; la sociedad sería reorganizada y jerarquizada, según la capacidad de cada uno; el poder del rey y de la Iglesia sería sustituido por el de los trabajadores, sabios, banqueros, industriales, obreros…, animados por una misma fe en la ciencia y en el progreso.

Fueron los discípulos de Saint-Simón (Enfantin y Bazard) los que dieron a conocer su doctrina; intentaron organizar una vida comunitaria, de acuerdo con los principios del maestro: «a cada uno según sus capacidades, a cada capacidad según sus obras»; pero desavenencias internas y un proceso intentado por el Estado dieron fin a este proyecto. El «saint-simonismo», por el lugar que otorgaba a la economía, tuvo una cierta influencia sobre los industriales y los hombres de negocios del Segundo Imperio.

El inglés Robert Owen, contemporáneo de Saint-Simón, preconizaba un socialismo anti-estatal, donde el poder de decisión pertenecería a los trabajadores reagru-pados en cooperativas propietarias del capital y de la maquinaria. La reunión de estas cooperativas en una federación central permitiría canjes armoniosos. Owen quiso poner en práctica sus ideas y fundó una colonia modelo en los Estados Unidos, con el nombre de «New Harmony».

El socialismo utópico: Una corriente ideológica precursora de los movimientos socialistas fue el socialismo utópico, que tuvo especial importancia en las primeras décadas del siglo XIX. De forma global, se caracterizaba por su crítica a la situación social creada por el capitalismo, europeo, y por el carácter predominantemente moral de sus teorías, en el que se aunaban influencias románticas y cristianas, hasta desembocar en una concepción casi mística de la vida y de las relaciones labo-rales.Así.Saint-Simon (1760-1825) abogaba en sus escritos por un tipo de sociedad basado en un fuerte desarrollo industrial y gobernada por un conjunto de sabios, banqueros y empresarios que debería   respetar  determinadas   normas morales y favorecer a las clases más humildes.

Esta fracasó, pero Owen había puesto las bases de un sindicalismo que alcanzaría gran difusión en Inglaterra, poco después. Se encuentran preocupaciones similares en el francés Fourier: el Estado debía desaparecer, en provecho de los falansterios, asociaciones libres y autónomas de trabajo, donde cada uno podría dedicarse a las ocupaciones que eligiera; la vida comunitaria, que permitía a cada cual desarrollarse, era obligatoria. Fourier pensaba que estas unidades, que agruparían alrededor de 2.000 individuos de ocupaciones complementarias, permitirían llegar al enriquecimiento general.

Si bien los falansterios constituidos por sus discípulos no pudieron desarrollarse, sus conceptos sobre las asociaciones de trabajadores fueron aceptados igualmente por el movimiento socialista.

En los años que precedieron a 1848, la multiplicación de los sistemas socialistas demostró la atención cada vez mayor que se prestaba a aquellos problemas. Algunos reformadores, como Louis Blanc, se propusieron hacer del Estado su único patrono; todas las industrias privadas se incorporarían a los talleres sociales, donde los trabajadores elegirían sus jefes y repartirían sus beneficios.

Otros, como Cabet (autor del «Viaje a Icaria»), iban más lejos aún, haciendo del Estado el único propietario, que distribuiría a cada uno el trabajo y los productos que necesitara. Proudhon combatió la idea misma de la propiedad: «la propiedad es un robo»; el autor de «Filosofía de la miseria» (1846) predicaba la supresión del Estado y de las leyes, y los sustituía por contratos individuales, única garantía de una libertad total.

Excluyendo toda soberanía, incluso la del pueblo («el sufragio universal es una lotería»), y todo sistema de gobierno, Proudhon anunciaba el anarquismo. La diversidad de los sistemas indicaba claramente que el socialismo no era un partido político provisto de un programa bien definido. Sin embargo, al final de este período, algunos reformadores intentaron organizar las masas obreras, a fin de que influyeran más eficazmente en la escena política. En París se fundó, en 1836, la Federación de los Justos por los emigrados revolucionarios alemanes, de los que el sastre Weitling era la figura más notable; en 1847, en el Congreso de Londres tomó el nombre de «Liga de los comunistas».

En esta ocasión, Carlos Marx y Federico Engels redactaron el «Manifiesto del partido comunista». Esta llamada a una agrupación internacional de las fuerzas socialistas, lanzada en 1848, no sería escuchada hasta años después.

fabrica de medias

Fábrica de medias perteneciente a Manufacturas Owen y Unglow, en Inglaterra.

SINTESIS: Los socialistas utópicos partían del principio de que el ser humano era bueno por naturaleza y que si se le ofrecía una auténtica igualdad de oportunidades, sin injusticias ni egoísmos, dejarían de haber pobres y ricos, y todos ios hombres serían realmente iguales.

El socialismo utópico propugnaba por una sociedad donde no hubiera explotadores ni explotados, y reinara la felicidad y la armonía entre los hombres. Para conseguirlo debían aprovecharse las ventajas de la industrialización y el trabajo colectivo, organizados ambos de modo igualitario, es decir, suprimir la propiedad privada de los medios de producción, como los campos de cultivo, fábricas, máquinas, etcétera, para que pasaran a ser rropiedades colectivas.

Entre los teóricos del socialismo utópico destacaron los franceses Sainat Simón y Fourier, así como el inglés Robert Owen, quien desde una tura filantrópica introdujo mejoras sociales en sus fábricas, se preocupó por la educación de los obreros y apoyó las asociaciones cooperativistas.

cuadro socialismo utopico

Dimensión de futuro: El «socialismo utópico» —representado por estos autores y muchos otros en toda Europa y América— preparó el camino al nacimiento y desarrollo del «socialismo científico» o «marxismo». Algunas de las tesis de esta doctrina fueron iniciadas por los ilustrados pensadores de principios del siglo XIX. El pensamiento de Marx y Engels se perfiló en parte al definirse en contraste con la ideología utópica.

Hemos visto en otros post cómo Owen y los demás autores defienden la propiedad colectiva de los bienes, cómo Fourier reniega de la civilización elaborada sólo en la defensa de los intereses de la clase empresarial, y cómo Saint-Simón anuncia —aunque tímidamente— la confusión creciente entre el mundo político y los intereses económicos. Dar un paso más e interpretar toda la Historia como dependiente en parte del desarrollo de la lucha de clases, fue obra de Marx y Engels.

La aportación genuina de estos autores es precisamente enraizar la solución a la injusticia capitalista en la lucha del propio proletariado en defensa de sus intereses, y hacer ver que esta lucha surge de la situación relativa de las clases.

Los socialistas utópicos no desempeñan un papel relevante en el desarrollo de la historia de la organización social precisamente porque sus actuaciones no se fundamentaron en las fuerzas sociales existentes, sino que confiaron en la actuación de un Estado —que en principio defendía los valores contrarios— o bien en la actuación paternalista de gentes de buena voluntad. Sin embargo, sí ocupan un lugar relevante en la historia del pensamiento al realizar los primeros análisis de las contradicciones que el sistema capitalista industrial llevaba consigo.

Fuente Consultadas:
Todo Sobre Nuestro Mundo Christopher LLoyd
HISTORAMA La Gran Aventura del Hombre Tomo X La Revolución Industrial
Historia Universal Ilustrada Tomo II John M. Roberts
Historia del Mundo Para Dummies Peter Haugen
La Revolución Industrial M.J. Mijailov

 

 

 

Biografia de Leopoldo I Rey de Bélgica Política y Gobierno

RESUMEN DE LA VIDA Y GOBIERNO DE LEOPOLDO I , REY DE BÉLGICA

Leopoldo de Sajonia-Coburgo-Gotha nació en Alemania el 16 de diciembre de 1790. Hijo del duque reinante de Sajonia-Coburgo, realizó una carrera militar y fue un gran diplomático. Fue un aristócrata internacional de origen alemán, Leopoldo combatió en el ejército ruso en 1813 durante las Guerras Napoleónicas.

Vivió en Inglaterra a partir de 1846 y desposó a una princesa francesa en 1832, la princesa Carlota, hija del príncipe regente que más tarde sería Jorge IV de Gran Bretaña. Llegó a ser rey de los belgas casi por casualidad en 1834, supo proteger a la joven nación de la codicia de sus poderosos vecinos, e hizo que Bélgica desempeñara un papel importante en la escena europea.

Leopoldo I de Bélgica

Leopoldo I de Bélgica

Cuando tenía apenas 5 años, el zar de Rusia lo nombró coronel de la Guardia Imperial y a la edad de 12, él será general. La lucha contra Napoleónle llevó a servir como oficial en el ejército ruso (1805-10). Acabada la guerra, pasó a vivir en Inglaterra, donde adquirió la nacionalidad británica y contrajo matrimonio con la heredera del trono (1816), la princesa Charlotte, muerta al año siguiente cuando dá a luz.

Las dos primeras revoluciones europeas que dieron lugar a alteraciones en el orden del Congreso de Viena le ofrecieron la Corona de los respectivos Estados independientes que crearon: Leopoldo rechazó la de Grecia (1830), pero aceptó la de Bélgica, que acababa de rebelarse contra el dominio holandés (1831).

La independencia belga:  Bélgica, que formaba con Provincias Unidas una federación de estados, y no se sentía representada por la constitución otorgada por Guillermo I (1815-1840), rey de los Países Bajos. El holandés era el único idioma oficial, y las decisiones legales y administrativas quedaban en manos de los funcionarios holandeses. A esta situación se sumaba la persecución de que era objeto la religión católica, credo que profesaba la mayoría de los belgas.

Durante el Congreso de Viena, luego de caída del imperio napoleonico, se formó esa federación de países para evitar la influencia de Francia en esa zona. La unión de esos países le convenía económicamente a Bélgica, pero el descontento social igual reinaba, pues no sopórtaban la persecución religiosas de los belgas. Francia quizo aprovechar este malestra para recuperar su influencia en Bruselas.

En 1830, año de muchas revoluciones liberales en Europa, tambien estalla en Bélgica, Guillermo I envió al ejército para reprimir a los belgas, pero sus tropas fueron batidas en la lucha callejera. Convocado a elecciones, el pueblo eligió un congreso que proclamó la independencia de Bélgica, instauró la creación de una monarquía constitucional hereditaria y excluyó a la casa de Orange de la sucesión al trono belga.

El 4 de noviembre de 1830, las grandes potencias aceptaron la separación de Provincias Unidas y Bélgica, y reconocieron la independencia de este último país, a condición de que se proclamase neutral.

Convocados a nuevas elecciones, los belgas eligieron rey a Leopoldo de Sajonia, o Leopoldo I de Bélgica. Las fronteras establecidas por las grandes potencias desencadenaron choques armados entre Provincias Unidas y Bélgica, que Francia quiso aprovechar, pero la crisis se apaciguó ante la amenaza de una intervención militar por parte de Prusia, Rusia, Austria y Gran Bretaña.

El 21 de julio de 1831 juró solemnemente sobre la Constitución: Bélgica se convirtió de este modo en una monarquía constitucional y comenzaba una vida independiente. Desde un principio, el rey se esforzó por proteger esta independencia. Apenas subió al trono debió enfrentar una invasión de Guillermo I, que no aceptaba el tratado de 1831. Leopoldo I en persona defendió en Lovaina la ruta de Bruselas, ayudado por el general francés Étienne Maurice Gérard. Finalmente, Holanda dejó de ser una amenaza con la firma del tratado de Londres, el 19 de abril de 1839.

Casamiento con Luisa María de Orleans

1832: Casamiento con Luisa María de Orleans

Durante todo ese período, Leopoldo I desplegaría su habilidad diplomática para asegurar la frágil existencia del nuevo Estado. En 1832 desposó a Luisa María de Orleans, hija de Luis Felipe I, con la que tuvo cuatro hijos, a los que casó de la manera más ventajosa para Bélgica.

El rey sexagenario, más triste que nunca, se pliega de Laeken, conoce el final de una vida dolorosa y muere el 10 de diciembre 1865.Su funeral se celebró el 16 de diciembre. A pesar de las dificultades externas y tragedias personales, dejó un reino próspero que casi nadie cuestiona la legitimidad.

CRONOLOGÍA DE SU VIDA:

1790 Nacimiento de Leopoldo, cuarto hijo del  duque de Sajonia-Coburgo, el 16 de diciembre.

1813-1814  Leopoldo combate en el ejército ruso  contra Napoleón.

1815 Congreso de Viena: Bélgica es anexada   a Holanda,   Leopoldo de Sajonia-Coburgo desposa a  Carlota de Inglaterra, hija única del   futuro rey Jorge IV.

1817 Muerte de Carlota.

1828 Pacto de alianza entre los católicos y los  liberales belgas. Inicio del unionismo.

1830 Revoluciones en Europa. Levantamiento en  Bruselas. El ejército holandés deja la ciudad. Constitución de un gobierno provisional. Elección de un Congreso nacional. Conferencia de Londres que reconoce la independencia de Bélgica.

1831 Protocolo que establece la neutralidad de   Bélgica. Constitución belga. Leopoldo I, rey de los belgas. Guerra llamada de los diez días «contra Bélgica por Guillermo I, rey de Holanda».

1832 Leopoldo I se casa con Luisa María de    Orleans, hija mayor de Luis Felipe I.   Tienen cuatro hijos.

1839 Tratado de Londres. Guillermo I de  Orange, rey de Holanda, reconoce la   independencia de Bélgica.

1846 Fundación del Partido liberal.

1847 Primer ministro liberal.  Fin del unionismo.

1865 Muerte de Leopoldo I; lo sucede su hijo Leopoldo II, el 10 de diciembre.

Fuentes Consultadas:
Historia Universal ESPASA Siglo XXI Independencia de México
SOCIEDADES 8° Año Vicens Vives de M. González y M. Massone
Hicieron Historia Biografia de Leopoldo I de Bélgica Kapelusz
La Aventura del Hombre en la Historia Tomo II Editorial ATENEO

Biografía de Luis Felipe I de Francia Historia de su Gobierno

VIDA Y GOBIERNO DE LUIS FELIPE I, EL REY DE LOS FRANCESES

Luis Felipe I de Orleans, (1773-1850) fue el rey de los franceses de 1830 a 1848, también conocido como el Rey Ciudadano (1773-1850). Era hijo de Luis Felipe José de Orleans (llamado Felipe Igualdad) y nació en París. Inicialmente llevó un reinado marcado por la prosperidad nacional, la estabilidad, y la fecundidad intelectual, pero finalmente fue destituído por sus tendencias autoritarias.

Pertenecía a la Casa de Borbón-Orleans, su padre era hermano del rey de Francia Luis XIV. Luis Felipe fue duque de Valois desde su nacimiento hasta 1785 y desde entonces el de duque de Chartres hasta 1793, año en el que su padre fue guillotinado y heredó el título de duque de Orleans. Políticamente predicaba con los ideales de fraternidad, libertad e igualdad de la Revolución Francesa de 1789.

Luis Felipe I Rey de Francia

Luis Felipe I Rey de Francia

Proclamado «rey de los franceses» por la gracia de Dios y la voluntad nacional, Luis Felipe I sería también el úitimo rey de Francia, cuando la misma voluntad nacional optó por la República. Llegó al poder tras una revolución y fue derrocado por otra. Durante los dieciocho años de su reinado proyectó la imagen de un soberano triste y sin grandeza en una Francia desgarrada.

ANTECEDENTES DE LA ÉPOCA:

Tras la derrota de napoleón, asumió el trono de Francia Luis XVIII. Este rey respetó muchos de los derechos conquistados por la burguesía y, al mismo tiempo, le hizo concesiones políticas y económicas pues necesitaba de su apoyo para impedir nuevas demandas y el estallido de revoluciones más radicalizadas. Por ejemplo, respetó la igualdad de todos los franceses ante la ley y las libertades de pensamiento, prensa y culto.

Cuando murió Luis XVIII lo sucedió Carlos X. Este rey intentó restaurar la monarquía absoluta tal como era durante el Antiguo Régimen. Abolió la libertad de prensa y declaró el estado de emergencia por el cual quedaban suspendidas las garantías individuales. Pero cuando suprimió la Cámara de diputados, estalló en París un movimiento popular en el que participaron sectores de la burguesía, obreros y estudiantes en defensa de las libertades. Tres días después la lucha de los liberales había conseguido la renuncia de Carlos X.

La restauración monárquica impuesta por las potencias vencedoras en el Congreso de Viena no abolir las principales ideas difundidas en la revolución. Como vimos hubo una reacción bajo Carlos X, que terminó renunciando, y ahora su reemplazo en Luis Felipe, quien no sería un rey “a la antigua”: establecería una monarquía constitucional donde la influencia política de la burguesía —y de las finanzas— sería cada vez más sensible. A partir de este momento la vieja nobleza jamás reconquistaría sus privilegios.

Las restricciones impuestas a las libertades y las privaciones materiales de la población, terminarían por reencender la llama de la revolución. En tres oportunidades sucesivas (1830, 1848 y 1870) el pueblo de París saldría a las calles. Y restablecería la República en las dos últimas.

Luis Felipe había acido en París el 06 de octubre 1773, hijo Felipe Igualdad (apodo) , duque de Orleans. Desde 1785 hasta la ejecución de su padre, el 06 de noviembre 1793, era conocido como el duque de Chartres, a partir de entonces como el duque de Orleans y fue líder de la rama más joven de la familia Borbón.

En 1790, en pleno desarrollo de la revolución francesa el duque se unió al Club de los Jacobinos y como militar estuvo al servicio de la Convención; pero mas tarde, decidió escapar de Francia y buscar la protección austríaca en 1793 para evitar caer él también víctima del Terror. Permaneció en Suiza y Estados Unidos hasta su regreso a Francia en 1817, convirtiéndose enseguida en una figura apreciada por las clases medias liberales, por su postura a medio camino entre los excesos de la revolución popular y la reacción ultrarrealista que se impuso desde finales del reinado de Luis XVIII.

luis felipe i de francia

Restauró el Palacio de Versalles, abandonado desde la salida de Luis XVI en octubre de 1789, y estableció un museo de la historia de Francia, con una inscripción en su frontón: “a todas las glorias de Francia”. También organizó el regreso de las cenizas de Napoleón (15 de diciembre de 1840) y erigidas al este de la ciudad de París.

Durante el inicio de su gobierno intento apoyar al sector republicano que lo había entronizado, pero con el tiempo su postura democrática fue cambiando, tomando alguna serie de medidas autoritarias , que se contradecían a su compromiso de mantener una monarquía constitucional. Acordó el matrimonio de su hija Luisa con Leopoldo I de Bélgica.

A partir de 1831, Luis Felipe I, que deseaba ejercer el poder por su cuenta, prefirió a los conservadores de la «Resistencia», encabezados por Guízot, en lugar de los partidarios del «movimiento» de La Fayette. Frente a las miserias, como el cólera de 1832, o las rebeliones, como las de los tejedores de seda de Lyon en 1831 y 1834, el rey respondió con indiferencia o por la fuerza.

Aunque el censo electoral se extendió a más personas, sólo un 9% de los electores podía votar. Esta clase dirigente que confiscó el poder en nombre de la razón fue muy corrupta, como lo revelaron una serie de escándalos financieros.

En política exterior, Luis Felipe I apoyó la gestión pacifista de Guizot, fundada en la alianza con Inglaterra, y en 1830 se lanzó con mesura en la colonización de Argelia, emprendida con ligereza tras un incidente diplomático en que el rey de Argelia le asestó un golpe de abanico al cónsul de Francia. Esta imprudencia alimentó su creciente impopularidad. Finalmente, la crisis de subsistencia de 1846-1847 fue la que volcó a las calles de París las muchedumbres hambrientas y encolerizadas.

Luis Felipe I y la Reina Victoria

La revolución de 1830 había llevado al poder a los sectores más ricos de la alta burguesía. Pero la pequeña burguesía y los sectores populares habían sido excluidos del sistema político autoritario, elitista y de sufragio censitario de Luis Felipe. La búsqueda de mayor participación política, así como el reclamo de mejores condiciones de trabajo y el derecho al voto, hicieron confluir en similares objetivos a sectores de la burguesía, intelectuales, estudiantes universitarios y trabajadores urbanos. Al mismo tiempo que las ideas liberales y democráticas se radicalizaban, comenzaron a tomar fuerza en Europa nuevas ideologías que reclamaban cambios en la organización de la sociedad y mejoras en la calidad y las condiciones de vida de los sectores obreros.

El 24 de febrero de 1848, el pueblo tomó el ayuntamiento gritando «viva la República» y Luis Felipe I abdicó en favor de su nieto. Al día siguiente, Francia ya era una República, al tiempo que el rey derrocado se refugiaba en Inglaterra, donde murió el 26 de agosto de 1850.

CRONOLOGÍA DE SU VIDA

1773 Nace el duque de Valois, el 6 de octubre.

1774 Luis XVI es entronizado.

1785 El duque de Valois se convierte en duque de Chartres.

1789 Toma de la Bastilla.

1791 Huida del rey, que es arrestado en Varennes.

1792 Condena y ejecución de Luis XVI. Ejecución de Felipe Igualdad; el duque de Chartres toma el título de duque de Orleans.

1795 Muerte de Luis XVII. El conde de Provenza toma el título de Luis XVIII. Inicio del Directorio.

1799 Golpe de Estado de Bonaparte.

1804 Napoleón es coronado emperador.

1814 El Senado proclama la deposición de Napoleón I y llama a Luis XVIII. Luis Felipe toma posesión de una parte de sus bienes.

1815 Los Cien Días y la segunda Restauración.

1824 Muerte de Luis XVIII; Carlos X se convierte en rey.

1830 Revolución (las Tres jornadas gloriosas); Carlos X abdica. Luis Felipe I, rey de los franceses.

1831 Ministerio de Casimir Perier. Rebelión de los tejedores de seda de Lyon.

1832 Cólera en París.

1833 Ley Guizot para la enseñanza primaria.

1834 Disturbios republicanos en París. Segunda rebelión de los tejedores de seda de Lyon.

1848 Primera revolución (febrero) y proclamación 1 de la República. Abdicación de Luis Felipe I que se refugia en Inglaterra. Segunda revolución (junio).

1850 Muerte de Luis Felipe I, el 26 de agosto.

 

 

Teorías Políticas y Sociales del Renacimiento

LAS TEORÍAS SOCIALES Y POLÍTICAS
Las ciencias sociales comienzan a aparecer, estimuladas por las explicaciones mecanicisticas y el desarrollo de las matemáticas: concurren los comienzos de la demografía, el establecimiento de los índices de mortalidad, de nacimientos, de probabilidades de sobrevivir. Los ingleses predicen una duplicación de la población del globo cada veinticinco años, preparando los trabajos de Malthus.

Aparecen las primeras estadísticas económicas y los Estados comienzan a organizar seriamente el empadronamiento de la población; Vauban exigía en su «Diezmo Real» que fuera anual y detallado. En Inglaterra, los pensadores comienzan a reflexionar sobre las nociones de soberanía, según su origen social, no contentándose ya con la vieja teoría del rey de derecho divino, lugarteniente de Dios, tal como la concebía la Francia de Luis XIV.

En su «Leviathan», Tomás Hobbes (1588-1679), uno de los fundadores de la escuela empi-rista inglesa, dedujo de su análisis mecani-cista de las pasiones, que los hombres tratan de sobrevivir y de engrandecerse a expensas unos de otros, pero que para evitar los conflictos perpetuos que asolaban a la Humanidad, aceptan someterse a una autoridad superior, por medio de una especie de contrato que fundamenta el Estado, en el que ellos delegan una parte de sus poderes naturales.

El Estado es comparado con Leviatán, gigante compuesto de numerosos hombres. En este terreno, John Locke (1632-1704), conseguiría una influencia capital ya que sus ideas influyeron enormemente en el liberalismo inglés, en la filosofía francesa del siglo XVIII y en los dirigentes de la Revolución americana. Fue el primer teórico de la burguesía.

De una familia de comerciantes y de juristas, fue amigo de Lord Ashley, conde de Shaftesbury, ministro de Carlos II Estuardo, a quien siguió a Holanda en su desgracia, después del advenimiento de Jacobo II. Regresó a Inglaterra pasada la revolución de 1688 y publicó sus célebres obras: «Ensayo sobre el entendimiento humano», «Carta sobre la tolerancia», «Dos tratados sobre el gobierno».

Racionalista y empirista, amplió considerablemente la idea del contrato social de Hobbes. Libres, iguales, guiados por la razón, los hombres gozarían de los derechos naturales otorgados por Dios. Pero deben, para vivir en sociedad, ligarse a un gobierno que proteja sus derechos y propiedades.

El soberano también se encuentra ligado por el contrato. No puede disponer arbitrariamente de las personas y de los bienes. Las leyes, iguales para todos, deben ser elaboradas por una asamblea. Si el soberano no respeta el contrato, sus subditos deben considerarse desligados de su juramento. Locke justificaba la rebelión contra Jacobo II y el advenimiento de Guillermo de Orange en 1688, rey legítimo porque lo había refrendado el consentimiento de la nación. Fue el primero en afirmar la necesidad de la separación de poderes, idea en la que profundizará Montesquieu.

Escritor de finales del siglo XVII, Fontenelle es ya un  «hombre del siglo XVIII», por la libertad de su inteligencia, por su curiosidad universal, por su ausencia de espíritu religioso. En sus obras se inclina a someter los espíritus a un método científico,  inculcándoles la fe en el progreso. En su «Historia de la Academia» o en sus «Conversaciones  sobre  la  pluralidad de  los mundos», se esfuerza en convertirse en el profesor de filosofía de la gente mundana.

Del mismo modo, el poder legislativo debe estar por encima del ejecutivo. Así, las fuerzas políticas se equilibran recíprocamente, evitando la injusticia, la arbitrariedad, la tiranía. Locke preconizaba, igualmente, la separación de la Iglesia y el Estado, la libertad de conciencia y la libertad de cultos; excluía, sin embargo, a los católicos y a los ateos. Los primeros, porque hacen que la soberanía dependa de una gracia divina, obedecen a Roma y sus sacerdotes quieren dominarlo todo; los segundos, porque sus juramentos no tienen ninguna sanción.

A pesar de estas excepciones, puede juzgarse la «osadía» y la novedad que representaban los escritos de Locke para aquella época, sobre todo con relación a Francia, país en el que triunfaban la arbitrariedad y «el capricho real». De ahí la extraordinaria «an-glomanía» de los filósofos franceses del siglo siguiente, tales como Voltaire, para quien la doctrina de Locke fue un verdadero evangelio.

A finales de siglo, absolutismo de Luis XIV suscitó vivas críticas que, sin embargo, no favorecerían el progreso, porque emanaban de nobles humillados por el papel demasiado importante que el rey había concedido a los burgueses en sus Consejos y su administración.

Como Saint-Simon o Fenelón, los nobles querían limitar el absolutismo, pero en un sentido favorable a la nobleza exclusivamente: casta dominante en los Estados Generales y los Consejos Reales, rigurosamente cerrada, teniendo en todas partes la preferencia sobre los plebeyos, presidida por el rey, que no se olvida nunca de su fuerza.

Esta «reacción nobiliaria», que se desarrollará en el siglo XVIII, va a impedir la evolución de la sociedad francesa y favorecer la arrogancia de los privilegiados hostiles a todas las reformas liberales, lo cual conducirá a las tubulencias sangrientas de la revolución jacobina.
Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo VII La Gran Aventura del Hombre

Zar Alejandro III de Rusia Biografía, Gobierno y Obra Política

RESUMEN GOBIERNO DEL ZAR ALEJANDRO III DE RUSIA

ZAR ALEJANDRO III DE RUSIA: Alejandro III (de Rusia) (1845-1894), zar de Rusia (1881-1894), que puso fin a las reformas liberales llevadas a cabo por su padre,Alejandro II.

Alejandro III, como Nicolás I, su abuelo, subió al trono en circunstancias trágicas, pero, aunque tuvo la energía de su abuelo, no tuvo su inteligencia. Como él, se lanzó a la lucha contra el terrorismo, pero se limitó a restaurar una autocracia vacilante, sin preocuparse de una contrapartida modernizadora, constructiva, que fue el pensamiento constante de su abuelo.

En el aspecto físico, Alejandro III era un gigante rojo, de una fuerza poco común. En el moral, mostró un carácter limitado y taciturno, muy devoto de la vieja Rusia y de la fe ortodoxa. No tenía la menor duda acerca del origen divino de su poder, ni del absolutismo como forma de gobierno. Su nacionalismo, más bien exagerado bajo la influencia de su antiguo preceptor, aún más inclinado a todos los extremos reaccionarios, le empujó a disparatadas empresas.

Alejandro III de Rusia
El zar ruso Alejandro III, cuyo reinado se extendió desde 1881 hasta 1894, restauró las políticas de corte más absolutista como respuesta al asesinato de su padre, Alejandro II, en 1881. Puso fin a las iniciativas reformistas de su progenitor, incrementó la censura, sometió a las minorías étnicas a un proceso de ‘rusificación’ y persiguió a los judíos.

Su ministro de Negocios Extranjeros, Lamsdorff, le llamaba «el idiota coronado» o «el augusto imbécil». Primero, el zar hizo ajusticiar a los conjurados del 1° de marzo. Luego se rodeó de gentes que le eran fieles, nombrando al general Ignatiev para el ministerio del Interior.

Fundó la «Okhrana», una policía política temible, basada en un refinado sistema de espionaje y de denuncias, que establecería en Rusia una vasta red de agentes provocadores notablemente inteligentes y capaces de representar su papel en los movimientos revolucionarios, e informando de todo, activamente, a la «Okhrana». Desde entonces, los atentados fueron haciéndose más raros y entre 1881 y 1882, no hubo más de tres o cuatro. Si se descubría un complot, los conjurados eran detenidos y ahorcados inmediatamente.

Así fue condenado a muerte y ejecutado, en 1887, el hermano mayor de Lenin, Alejandro. En 1882, el zar estableció la censura previa, con lo que desaparecía la ligera mejora del régimen de la prensa, conseguida bajo el reinado de Alejandro II. Pero estas medidas contra la libertad individual sólo alcanzan a pocas personas, y arruinan, sobre todo, el ambiente estudiantil: amordazada en el interior del imperio la propaganda política, los revolucionarios emigran al extranjero, donde refuerzan considerablemente sus posiciones. Más graves son los pogroms y la política sistemática de rusificación.

Los primeros pogroms se llevaron a cabo entre 1881 y 1882. Aquellas matanzas organizadas de judíos, en ciertas ciudades del oeste y del sur, fueron, sin duda alguna, alentadas por la policía, que vio en ellas un medio de apartar la atención del movimiento revolucionario y cristalizar la xenofobia latente del pueblo ruso.

En 1883, se les impusieron unas «zonas de residencia»: cerca de millón y medio de judíos volvieron a sus países de origen y superpoblaron los «ghettos», acabando de convertirlos en barrios miserables. Al mismo tiempo, el zar limitó el acceso de los judíos a las escuelas del Estado, institutos y universidades del imperio.

La preocupación por la unidad religiosa no dejó de influir en la actitud de Alejandro III respecto a los judíos. Para dar a Rusia una unidad ideológica, el zar, muy ortodoxo, inicia una política de rusificación, forzada en las regiones fronterizas del Imperio: así, Polonia, Finlandia, las provincias bálticas —aunque germanizadas—, el Cáucaso, donde las minorías eslavas y otras habían sido, hasta entonces, casi libres respecto a sus idiomas y religiones, hubieron de sufrir la imposición del idioma ruso y de la ortodoxia, y la considerable restricción de sus últimos privilegios.

Resumiendo podemos decir que: En Rusia, el gobierno no hizo ninguna concesión a las reformas liberales o democráticas. El asesinato de Alejandro II en 1881 convenció a su hijo y sucesor, Alejandro III (1881 -1894), de que la reforma había sido un error y rápidamente instituyó lo que él dijo que eran “medidas excepcionales”.

El poder de la policía secreta se extendió. Se persiguió a los defensores de la monarquía constitucional y de la reforma social, al igual que a los grupos revolucionarios. Si el gobierno sospechaba que los habitantes podían ser traidores, eran puestos bajo ley marcial distritos completos de Rusia. Los poderes de los zemstvos, creados por las reformas de Alejandro II, se restringieron severamente.

Cuando Alejandro III murió, su débil hijo y sucesor, Nicolás II (1894-1917), comenzó su reinado abrigando la convicción de su padre, respecto de que el poder absoluto de los zares debería conservarse: “Mantendré el principio de autocracia de una manera tan firme y resuelta como lo hizo mi inolvidable padre”. Pero las con diciones estaban cambiando, sobre todo con el crecimiento de la industrialización, por lo que el enfoque del zar no se adaptaba a la realidad, dadas las nuevas circunstancias que afrontaba.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IX La Gran Aventura del Hombre
Civilizaciones de Occidente Tomo B Jackson Spielvogel

Zar Alejandro II de Rusia Biografía y Obra Política Reformas

REFORMAS POLÍTICAS DE ALEJANDRO II DE RUSIA
ABOLICIÓN DE LA SERVIDUMBRE

Alejandro II (de Rusia) (1818-1881), zar de Rusia (1855-1881). Nació en Moscú. Hijo del zarNicolás I y sobrino del antecesor de éste,Alejandro I, ascendió al trono durante laguerra de Crimea, tras el fallecimiento de su padre, y en 1856 firmó elTratado de París que puso fin a las hostilidades.

El reinado de Alejandro II representa un giro decisivo en la historia de Rusia. Más que todos sus ilustres predecesores —Iván el Terrible, Pedro el Grande, Catalina II—, Alejandro II es el emperador de las grandes reformas. Hereda la precaria situación dejada por su padre Nicolás I: la guerra de Crimea está perdida, y el tratado de París causa grave daño al prestigio ruso y, más aún, al principio mismo de la autocracia. (ver: Zares Rusos)

La oposición encontró en ello temas para sus críticas, y el movimiento revolucionario aplastado bajo el puño del «zar de hierro», resurgió de sus cenizas. Alejandro II, apremiado por la urgencia de las reformas y consciente de su necesidad —según la política de los Romanov, la revolución debe hacerse desde arriba—, se verá desbordado por las exigencias de los revolucionarios.

Alejandro II de Rusia Alejandro II, zar de Rusia desde 1855 hasta 1881. En los primeros años de su reinado, firmó el Tratado de París (1856) que puso fin a la guerra de Crimea y promulgó el decreto (1861) que abolía la servidumbre en toda Rusia.

Una de las mas importantes reformas y por lo que es recordado como el «zar liberador» fue la reforma en que abolió la servidumbre, medida que dio paso a todas las otras, democratizando el mundo ruso, de manera radical. La revolución polaca, muy mal vista por una opinión pública profundamente nacionalista, así como su implicación en los movimientos revolucionarios estudiantiles, y el atentado del estudiante Karakozof contra Alejandro II detienen, por algún tiempo, la evolución.

La policía se dedica a perseguir a los revolucionarios, vigilando las universidades. La política liberal de Alejandro II en Polonia, como en Rusia, se interpretó como un síntoma de debilidad y contribuyó a su hundimiento.

La agricultura rusa no odía competir con las mejoras logradas en otras zonas; puesto que la población continuaba aumentando, esto significaba que la mayoría de los rusos pasaba hambre.

Una de las causas era el mantenimiento del sistema de servidumbre, abolido o a punto de desaparecer en el resto de Europa. Dicho sistema privaba al campesino de todo incentivo para mejorar sus métodos de cultivo, e impedía el movimiento de la fuerza laboral, que habría permitido encontrar obreros para las nuevas fábricas. Por añadidura, la pobreza de los campesinos reducía al mínimo sus demandas de productos.

La derrota en la Guerra de Crimea (Nicolás I falleció durante el último año de la contienda) obligó al gobierno a introducir algunas reformas. Como dijimos antes, la más trascendental fue la emancipación de los siervos en 1861, que se llevó a cabo prácticamente sin problemas. El aspecto fundamental de la reforma fue que los siervos dejaron de ser propiedad privada de los terratenientes para convertirse en individuos legalmente libres.

En la práctica, esto no significaba automáticamente la libertad completa; a los antiguos siervos aún les resultaba difícil abandonar sus aldeas natales. Esto evitó el peligro de que Rusia se llenara de millones de antiguos siervos buscando trabajo. Aunque estas restricciones frenaron los efectos del cambio, al final la reforma abrió el camino a la modernización de la agricultura y la industria rusas.

También introdujo reformas en otros muchos aspectos, pero ninguna de ellas llegó a rozar el principio central de la autocracia: los cambios se decretaban como concesiones del zar, y jamás se reconocían como derechos del pueblo ruso; en consecuencia, podían ser anulados.

En medio de un clima hostil, aparecen las primeras reacciones revolucionarias de estudiantes e intelectuales. La policía comienza a persiguir encarnizadamente a estos revolucionarios, investiga acerca de las sociedades secretas, es inexorable, pero el movimiento revolucionario se extiende: en 1877, se lleva a cabo el proceso ñamado de los «cincuenta»; en 1878, el de los «noventa y tres».

Implicado en este último, el estudiante Bogoliubof, a pesar del decreto imperial que, en 1863, había abolido las penas corporales, fue maltratado a vergajazos en la cárcel, porque se había negado a descubrirse ante el general Trepov, gobernador de San Petersburgo.

Una joven, Vera Zasulich, se entera por el periódico. Pide audiencia al general y le dispara un tiro de pistola. En el curso del proceso se averigua que Vera ha estado también encarcelada, durante varios años, a causa de unas denuncias, por un hecho insignificante. Entonces salen a luz la arbitrariedad de la policía, el duro sistema policíaco que pesa sobre Rusia, sus métodos crueles, la deportación sin juicio, el alistamiento forzoso en el ejército como medida de represión.

El jurado, a pesar de estar compuesto por propietarios y funcionarios, absuelve a Vera Zasulich, ante las aclamaciones del público. Cuando la policía, a la salida de la audiencia, quiere detenerla gubernativamente, según su costumbre, los amigos de Vera la liberan por la fuerza.

Aquella joven se convirtió en la encarnación de todas las rebeldías del país y en su justificación. El régimen zarista parecía incapaz de hacer respetar unos principios que, sin embargo, había admitido solemnemente. Los terroristas, alentados por una especie de asentimiento de la opinión pública, multiplicaron sus atentados.

El rector de la Universidad de Kiev fue apaleado; oficiales superiores de policía y gobernadores, apuñalados o muertos a tiros en San Petersburgo, en Jarkov, en Kiev y en Arkangel. El 14 de abril de 1879, Soloviev disparó cinco veces contra Alejandro II, sin alcanzarle.

El gobierno reaccionó: diÓ plenos poderes a los generales-gobernadores de las grandes ciudades, y ejecutó o encarceló a un gran número de terroristas. Por su parte, éstos endurecieron sus posiciones: la sociedad secreta «Tierra y Libertad» (Semita i Volia), que, hasta entonces, bajo la influencia de Tchernichevski, venía haciendo un trabajo de base entre los campesinos, fue sustituida, a partir de 1879, por la sociedad «Voluntad del Pueblo» (Narodnaia Volia).

Este cambio de nombre implicaba un cambio de hombres y de programa. La nueva sociedad no era, en realidad, más que un «comité ejecutivo» de unos cuarenta miembros.

Aquel puñado de terroristas perfeccionó sus métodos, mediante el empleo de la dinamita, y las explosiones retumbaron por toda Rusia. El 4 de diciembre de 1879, el «comité ejecutivo» de la «Voluntad del Pueblo» publicó la sentencia de muerte del zar.

Mientras tanto, el gobierno había iniciado, bajo la influencia de Loris Melikov, un héroe de la guerra ruso-turca, una nueva política. Mientras los tribunales militares de nueva creación decretan ejecuciones capitales sin forma alguna de proceso, se adoptan medidas liberales: presos o deportados —tras la revisión de sus expedientes— son liberados a millares, y muchos estudiantes se reintegran a la universidad. Pero, sobre todo, el zar se dispone a conceder la representación nacional que la opinión reclama.

En febrero de 1881, un consejo secreto, en el que se hallan presentes los grandes duques y los principales ministros, adopta un proyecto de Constitución.

El 1.° de marzo de 1881, Alejandro II firma el documento que anuncia la Constitución, y ordena que se publique. Aquel mismo día, una bomba alcanza su trineo, no lejos del Palacio de Invierno. Resulta ileso, pero alguien lanza otra bomba que le fractura las piernas y le destroza el vientre. Poco después, expiraba en el Palacio. Era el octavo atentado contra la vida del zar.

La guerra de Crimea
Sobre los despojos del Imperio turco, Nicolás I propuso a los ingleses en 1853 un plan de repartición que concediera a Rusia las regiones de Moldavia y Valaquia, mientras que Egipto pasaría a control británico, y que los Lugares Santos fueran protegidos por el sultán. Pero Gran Bretaña rechazó este plan y el sultán renunció al ofrecimiento de protección. Nicolás I, preocupado por demostrar la fuerza del imperio, inició entonces las hostilidades contra los turcos. Éstos recibieron la ayuda de Gran Bretaña y de Napoleón III, que quiso devolver el prestigio a la diplomacia francesa, perjudicada desde el congreso de Viena de 1815. La caída de Sebastopol, el 8 de septiembre de 1855, después de un sitio de un año por las tropas del general Mac-Mahon, dio paso al tratado de París de 1856 y a la desmilitarización del mar Negro. Resultado poco alentador para una guerra que dejó un saldo de 300.000 muertos del lado ruso y 100.000 del francobritánico, en su mayoría víctimas de epidemias y de hambrunas…

CRONOLOGÍA DE SU VIDA:

1818 Nacimiento de Alejandro Nicoláievich en Moscú, el 29 de abril.

1825 Inicio del reinado de Nicolás I.

1851 Inauguración de la primera línea de ferrocarril.

1853 Inicio de la guerra de Crimea.

1855 Sitio de Sebastopol por las fuerzas anglo-francesas. Muerte de Nicolás I; Alejandro Nicoláievich asciende como zar Alejandro II.

1860 Creación de un banco del Estado.

1861 Alejandro II deroga la servidumbre.

1862 Organización y publicación de un presupuesto del Estado.

1863 Nueva base del impuesto. Reforma universitaria. Levantamiento general en Polonia.

1864 Conquista del Cáucaso. Se adoptan numerosas reformas: creación de las asambleas territoriales, zemstvo; organización de las escuelas primarias públicas y liceos; reorganización de la justicia.

1866 Dimitri Karakozov atenta contra el zar.

1867 Constitución del Turkestán ruso.

1873 Alianza de los tres emperadores: Alemania.Austria-Hungría y Rusia.

1874 Reforma de la conscripción.

1877 Guerra victoriosa contra Turquía en nombre de la ideología paneslava.

1879 Constitución del movimiento «La voluntad del pueblo», que declara la guerra a muerte del zar.

1881 Muerte de Alejandro II, el 13 de marzo,en un atentado organizado por el movimiento «La voluntad del pueblo».

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IX La Gran Aventura del Hombre

Gladstone Primer Ministro de Inglaterra Obra Política

LAS REFORMAS POLÍTICAS EN INGLATERRA

Palmerston murió en 1865. La autoridad del viejo líder liberal no se discutía, pero su muerte vino a descubrir ambiciones nuevas, que esperaban, impacientes, a la sombra del poder. Los liberales encontraron un jefe que se impuso rápidamente: Gladstone. Hijo de un negociante muy rico, había nacido en 1809. Siguió la pauta ya clásica de la buena educación británica, en que la alta burguesía se codea con la aristocracia: Eton y Oxford moldeaban la clase dirigente inglesa.

Lord Palmerston fue ministro de Asuntos Exteriores y del Interior antes de convertirse en 1855, por primera vez, en primer ministro británico. Fue un firme defensor del principio de preeminencia que su país debía desempeñar en el ámbito de las relaciones internacionales.

A los 21 años, la fortuna de Gladstone le permitió obtener —o casi comprar— un escaño de diputado, pero su talento no tardó en manifestarse. Cinco años después, era ya secretario de estado, miembro del partido Tory. Sin embargo, estaba a favor de Peel, y la cuestión del libre cambio le llevó al campo de los liberales. En 1852, fue canciller del Echiquier, es decir, ministro de hacienda. En 1868, a los 59 años  de  edad,  sería primer  ministro.

Gladstone, primer ministro ingles
Gladstone, líder del Partido Liberal, fue primer ministro en cuatro legislaturas durante el reinado de Victoria I. Era el rival político de Benjamin Disraeli, ante quien perdió el cargo de primer ministro en una ocasión para recuperarlo más tarde.

Gladstone era un orador extraordinario, que conseguía dar una claridad luminosa a los más complejos problemas. Su inteligencia y su estilo conquistaron muy pronto a Inglaterra, pero Gladstone no pudo admitir jamás que las reglas de la moral no se aplicasen estrechamente a la política.

Su vida privada, austera, rígida (en la tarde de su noche de bodas, pasó muchas horas leyendo la Biblia con su joven esposa), se reflejaba, intacta, en su vida pública.

Aquella integridad podía estimular a los ingleses a confiar en Gladstone, pero, a la larga, algunos empezaron a pensar que llevaba a Inglaterra a la ruina, porque si Gladstone creía que el poderío inglés no debía deseansar sobre una inmoralidad, ¿no llegaría a parecerle necesaria la devolución de todas las conquistas inglesas, que podían ser tachadas de «inmoralidad»? Así lo hizo con Irlanda, y sus adversarios temían que fuese a hacer lo mismo con el resto del Imperio. Se le describía como a un liquidador del Imperio, y los humoristas le imaginaban respondiendo favorablemente a una reclamación de los chinos acerca de Escocia.

Si Gladstone podía parecer un ángel, su adversario, Disraeli, tenía que parecer un demonio. De origen judío y de nacimiento humilde, Disraeli —al contrario que Gladstone— hubo de vencer grandes dificultades hasta alcanzar riqueza y honores. Para ser admitido en la alta casta aristocrática inglesa, Disraeli tuvo que hacerse una personalidad: refinar su acento, sus maneras, su forma de vestirse.

Durante muchos años, fue incluso un dandy. ¿Fue porque él habría querido ser más «viejo inglés» que los aristócratas de larga tradición, por lo que se dedicó, más que ningún otro, a mantener la  superioridad  inglesa,  a  acentuar  su  carácter altivo e insular? Gladstone, aristócrata, quería imponer la democracia y la justicia. Disraeli, de origen humilde, quiso afirmar la grandeza inglesa por la vía aristocrática.

El conflicto de aquellas dos brillantes personalidades caracterizaría la vida política inglesa durante veinte años, le daría un notable relieve, y, sobre todo, iniciaría el camino de profundas reformas, pues cada uno de ellos adoptaba las reformas propuestas por el otro, para asegurarse el mayor número de sufragios. La primera mitad del siglo había visto nacer la potencia industrial británica. Gracias a Disraeli y a Gladstone, la rica Inglaterra podía permitirse ahora el lujo de un poco de justicia social.

Durante los 16 años posteriores a la muerte de Palmerston en 1865, la rivalidad entre William Ewart Gladstone y Benjamin Disraeli dominó la vida política británica. Ambos habían comenzado su carrera política en el Partido Tory, pero Gladstone acabó pasándose al campo liberal. Disraeli se había convertido en el líder de los proteccionistas en la Cámara de los Comunes entre 1840 y 1850 y a partir de este año sirvió en los breves gobiernos de lord Derby, a quien sucedió como primer ministro a principios de 1868, pero una victoria liberal en las elecciones de diciembre de ese año dió el puesto a Gladstone.

disraeli, primer ministro ingles

Disraelí fue primer ministro, por primera vez, en 1867. Gladstone y los liberales dirigieron el país, desde  1868  a   1874. A continuación, volvió Disraeli, hasta 1880. Luego, Gladstone recobró el poder hasta 1886. En efecto, si Disraeli y los conservadores lograron formar gobierno en 1867, fue porque supieron aprovechar una discordia pasajera surgida en el grupo de los liberales, acerca de la reforma electoral.

Gladstone, que trataba de modificar la ley en un sentido más liberal, no logró la mayoría entre sus «tropas», y los Tories, deseosos de obtener una mayoría en la Cámara, aprovecharon la ocasión. ¿Qué podían perder ellos ampliando el cuerpo electoral?. Nada, porque, de todos modos, desde Peel, los escrutinios les habían sido sistemáticamente desfavorables. Nada podía, pues, empeorar la actual situación: por el contrario, extendiendo el derecho de voto, Disraeli podía esperar el agradecimiento de los nuevos electores. Por otra parte, él sabía que los nuevos electores no mantendrían una posición inmutable, como los precedentes.

Los conservadores querían que aquella situación cambiase, y así se votó, en 1867, con la ayuda de algunos liberales, la primera reforma electoral. Un cierto número de puestos fue retirado de los «burgos podridos» y trasladado a localidades que habían tenido un gran desarrollo, gracias al progreso de la industria: era un primer esfuerzo por hacer coincidir el país legal (hasta entonces, esencialmente rural) con el país real (cada vez más industrial).

Al mismo tiempo, la reforma preveía un aumento del censo electoral: todavía no se pensaba en el sufragio universal, pues se consideraba que los impuestos del Estado sólo podían ser votados por los que pagaban los impuestos y que, en consecuencia, estaban ligados, por su propia fortuna y por las responsabilidades que de ella se derivaban, al destino de las finanzas públicas. Con el aumento del censo, se pasó de 1.300.000 a 2.500.000 electores. Esta nueva masa de electores defraudó, sin embargo, las esperanzas de Disraeli.

En 1868, en los Comunes se sentaba una mayoría liberal pero Gladstone continuó la obra de Disraeli. En 1872, se promulgó el «Ballott Act», que instituía el voto secreto: una ley capital, porque permitía evitar fraudes y presiones. En efecto, ¿cómo comprar el voto de un elector cuando no se puede saber qué nombre ha metido en la urna? Además, el aumento del número de electores, por sí solo, modifica ya la vida política.

Comprar a un centenar de electores era posible para un candidato rico, pero, desde que las circunscripciones estaban mejor distribuidas, se precisaban millares de votos, y esto desbordaba las posibilidades de las fortunas privadas. Serían elegidos los que obtuviesen la investidura y el apoyo de un partido, pues los partidos, en efecto, disponían de fondos, podían promover candidaturas rivales contra los recalcitrantes, y simbolizaban una ideología, lo cual, entre las masas, tiene más peso que una reputación local.

La reforma benefició, pues, a los dos partidos, que aumentaron su ascendiente. En 1884, Gladstone proseguirá esta apertura: el cuerpo electoral se duplicará una vez más, pasando de 2.500.000 a 5.000.000 de votantes. Sólo quedan excluidos 2.000.000 de peones industriales y agrícolas, los más desgraciados del país, a quienes todos —tanto los aristócratas como los obreros acomodados— consideran «políticamente incapaces».

Las mujeres, desde luego, estaban excluidas todavía del censo electoral. La política seguía siendo un asunto de hombres.

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Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IX La Gran Aventura del Hombre

Primeras Asociaciones de Trabajadores en Inglaterra Sindicatos

SINDICATOS: PRIMERAS ASOCIACIONES DE TRABAJADORES

La aparición del proletariado, su rápido crecimiento y su constitución como clase son algunos de los aspectos esenciales de la sociedad del siglo XIX. La industrialización generó un nuevo tipo de relaciones sociales en las que la desigualdad económica y la miseria obrera se convirtieron en el centro de una nueva conflictividad social.

En un primer momento, la burguesía y el nuevo Estado liberal se negaron a aceptar las reivindicaciones del proletariado y su derecho a tener un papel en la vida social y política. Pero, poco a poco, los sindicatos y las nuevas ideas sociales (marxismo y anarquismo) se fueron extendiendo. En la segunda mitad del siglo XIX, la voluntad de unir al proletariado dio origen a una organización obrera de carácter internacional: la AIT (Asociación Internacional de Trabajadores).

En el último tercio del siglo, la clase obrera entró en su fase de madurez. El sindicalismo se consolidó como una fuerza presente en todos los países industrializados y el socialismo y el anarquismo se afirmaron como las dos ideologías con más influencia dentro de la clase obrera.

La necesidad de conseguir una gran acumulación de capital por parte de los empresarios tuvo como consecuencia el mantenimiento de unos salarios muy bajos y de unas pésimas condiciones de trabajo. Las jornadas laborales eran largas y agotadoras y, en muchos casos, superaban las quince horas diarias. Además, el trabajo se hacía en lugares insalubres, ya que muchas fábricas eran oscuras y malsanas y, en el caso de la industria textil, muy húmedas . En cuanto a los salarios, éstos eran tan bajos que sólo permitían la estricta subsistencia. En el año 1825 un médico francés describió esta situación diciendo: «para los obreros vivir es no morir».

Toda prosperidad material de la burguesía industrial y financiera de aquella etapa, se apoya en la miseria de los proletarios, tal como la han descrito los grandes autores, sobre todo Dickens.  En  realidad, parece que el nivel de vida de los obreros, incluso el de los más miserables, se ha elevado, pues los salarios, entre 1850 y 1900, han aumentado más que el coste de la vida.

Pero, a pesar de aquella ligera mejora, lo que impresionó a los ingleses fue que la miseria se manifestaba por todas partes. Antes, en la Inglaterra rural, la miseria se ocultaba, o, por lo menos, estaba muy diseminada para poder imponerse como un fenómeno social. Con el desarrollo de las ciudades, las masas proletarias se hacinaban en los slums, las zonas de los tugurios.

La promiscuidad daba orígen a todos los vicios. La prostitución, el crimen y el alcoholismo reinaban en algunos barrios obreros, favorecidos por la repugnante insalubridad de los alojamientos. La burguesía urbana, de pronto, tomaba conciencia de la miseria del pueblo, pero la mayor parte de los obreros no podía mejorar su condición, y la filantropía de algunos burgueses no bastaba para atender a tanta miseria. Los sentimientos de piedad animados por los escritores tardaron mucho en desembocar en medidas prácticas. Sin embargo, los obreros calificados lograron tomar parte en la prosperidad general, agrupándose en las Trade Unions, los conocidos sindicatos.

trabajo infantil en inglaterra, revolución industrial

Era un hecho corriente que niños y mujeres trabajasen, tanto en las fábricas como en las minas. Sus sueldos eran necesarios para completar la economía familiar, pero eran inferiores a los de los hombres. En Inglaterra, el sueldo de los niños equivalía a un 10% del masculino, y el de las mujeres entre un 30 y un 40% .. También era normal cobrar por jornada trabajada o por trabajo a destajo. Finalmente, la disciplina laboral era muy rígida, los obreros podían ser despedidos en el momento en que el empresario lo quisiera, y los castigos y penalizaciones eran también frecuentes.

Decepcionados por el fracaso de todos los movimientos violentos o políticos que, como el cartismo, caracterizaron la primera mitad del siglo, aquellos obreros optaron por una vía más realista. Frente a los patronos que les ofrecían empleos, ellos decidieron considerarse como hombres de negocios que ofrecían trabajo. Los obreros especializados, indispensables para la marcha de la economía, se reunieron en asociaciones de oficios, cuyos miembros tenían que pagar una cotización muy alta, a cambio de la ayuda que la Union les ofrecía en casos de enfermedad o de retiro, con casi todas las ventajas de una Seguridad Social moderna.

Además, los obreros que no encontraban un trabajo con el salario mínimo establecido por la Union, recibían de ésta un subsidio de paro. Los miembros de las Trade Unions no podían aceptar trabajos con salarios inferiores, pues toda infracción de la solidaridad implicaba la expulsión, sin reembolso de las cotizaciones ya abonadas. Así, disponiendo de sumas importantes y seguras de la cohesión de sus miembros, las Unions podían imponer sus precios a los patronos, con bastante facilidad.

Además, cada Union trataba de limitar el número de miembros de una misma profesión, mediante un sistema de aprendizaje que terminaba en la concesión de un diploma.  En  resumen,  esto no era muy distinto de lo que todavía hoy se hace en algunas profesiones liberales. De este modo, en Inglaterra se formó una aristocracia obrera, capaz, por su homogeneidad, de ejercer presión sobre los industriales, sobre los grupos políticos y sobre el Estado.

Hasta la muerte de Palmerston, la vida política no fue muy activa. Los conservadores se habían adherido al libre cambio, y los jefes liberales, Russell y Palmerston, el «Viejo Palm», no querían más reformas. Palmerston no se interesaba más que por la política exterior, muy activa a causa de la guerra de Crimea, de las expediciones a China y de los. asuntos italianos y polacos. La reforma electoral de 1867, al ampliar el número de electores, modificaría profundamente los datos tradicionales.

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Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IX La Gran Aventura del Hombre

La Edad de Oro de EE.UU. Produccion y Economia Siglo XIX

LA EDAD DE ORO AMERICANO EN EL SIGLO XIX
La «Golden age», la edad de oro, es el nombre que los norteamericanos dan al período que, desde 1875 hasta fin de siglo, asiste al fantástico desarrollo de su producción industrial, a la aparición de los grandes «truts», del «mundo de banqueros y de millonarios», como escribió Henry Adams.

La riqueza del subsuelo, un amplio mercado interior que crecía sin cesar, poblado por millones de emigrantes, la energía y la audacia de tanto «self-made-man», nuevos héroes del día, se conjugan para explicar aquel espectacular progreso. Del cuarto lugar en 1861, América pasa al primero, a fin de siglo. De 2 millones de toneladas de hierro fundido y 400.000 toneladas de acero (1875), pasa, respectivamente, a 10 millones y 5 millones de toneladas en 1890, superando a Inglaterra. El carbón (7 millones de toneladas en 1850), llega a 250 millones en 1900.

Los EE. UU. producen las tres cuartas partes del petróleo, del cobre, del cinc, del plomo, etc., de la producción mundial. Este desarrollo va acompañado de la concentración de empresas, «trusts» o «cartels», dependientes también de los enormes grupos ferroviarios y bancarios. Rockefeller controla el 90% del mercado del petróleo. El «rey» del acero, Carnegie, tiene una fortuna de mil millones de dólares.

Los Gould, los Vanderbilt, los Pierpont-Morgan, los Harriman controlan inmensos imperios industriales o financieros, y, a pesar de la «Sherman Anti Trust Act» de 1890, que trata de impedir la constitución de monopolios capaces de imponer los precios, despreciando la competencia y el principio «sacrosanto» de la libre iniciativa (free enterprise), los «trusts» burlan fácilmente la ley, multiplicando los distintos nombres que, de hecho, encubren a la misma sociedad.

A pesar de las protestas de los reformadores o de los intelectuales, el gran público sufre la fascinación de los éxitos individuales, cree que todos tienen sus posibilidades, y quecon talento y trabajo, hasta el más humilde puede llegar a la fortuna.

trilladora americana siglo xix

Trilladora Utilizada en Dakota Por Los Agricultores

La industria americana se caracteriza, además, por el empleo intensivo del maqumismo (el hierro es barato), por la racionalización de los métodos de producción, y las mercancías «standard», fabricadas en serie, porque el consumo aumenta al ritmo de la inmigración: de 32 millones de habitantes en 1860, la población pasa a 76 millones en 1900, y a 95 en 1914. Veinte millones de europeos se establecen en los EE. UU., desde 1860 a 1914. Hasta 1890, los inmigrantes son esencialmente irlandeses, ingleses, alemanes, escandinavos.

Después llegan los italianos, los eslavos, los judíos de Rusia y de Austria-Hungría. Sólo se limita la inmigración de los chinos y de los japoneses. La agricultura se beneficia de las técnicas industriales: en las inmensas llanuras del Oeste, se necesitaban máquinas sembradoras y cosechadoras. La ganadería era estimulada por la industria conservera, que contaba con los mataderos gigantes y mecanizados de Chicago. Por último, la clase obrera aumentó numéricamente y se concentró en nuevas metrópolis industriales.

Los «Caballeros del Trabajo» (sociedad secreta de trabajadores) , después de una victoria alcanzada contra las. empresas ferroviarias, se enfrentan con el poderoso «trust» de máquinas agrícolas. Mac Cormick, en Chicago. En 1886, en el curso de una reunión en Haymarquet Square, una bomba lanzada por unos desconocidos mató a siete policías; cuatro anarquistas sospechosos fueron ejecutados, y el conflicto resultó fatal para los «Caballeros».

El mismo año, se creó la A. F. L. (American Federation of Labour), que renunció a la idea de un sindicato único por cada rama industrial. Decididamente   reformista,   apoyándose   en las categorías especializadas y dejando de lado a la gran masa de la mano de obra, la A. F. L. edificó la primera organización duradera, bajo la dirección de Samuel Gompers, tabacalero, de origen londinense.

inmigrantes europeos en ee.uu.

Inmigrantes en la estaciones de tren de esa época

Gompers reconocía el sistema capitalista; para él, los sindicatos debían tener como único objetivo el de aumentar la parte de los asalariados en el reparto de beneficios. Ningún principio ideológico animaba a Gompers, cuya norma era: «recompensa a tus amigos y castiga a tus enemigos». La A. F. L. estuvo dirigida, esencialmente, por una aristocracia obrera que dispuso de fondos importantes (dos millones de afiliados en 1914) para el sostenimiento de las huelgas y de la burocracia sindical.

El sindicato de los mineros es el único adherido a la A. F. L. que agrupa a todos los obreros de la mina, sin distinción de su especialidad, hasta los más humildes peones. Contra aquel espíritu de «negocio», hostil al socialismo, los radicales anarco-sindicalistas fundaron, en 1905, los I. W. W. (Industrial Workers of tbe World), que trataron de unir a los no organizados, pero sus efectivos fueron siempre muy débiles: los obreros americanos, en general, separados por sus orígenes nacionales, seguían siendo indiferentes al espíritu socialista y revolucionario.

Desarraigados, cortaban sus lazos con las tradiciones revolucionarias europeas, sobre todo porque un gran número de inmigrantes recientes temían ser rechazados, expulsados, a causa de sus opiniones extremistas. La situación era difícil,   pero   no   desesperada:   se   creaban nuevos centros, se ofrecían tierras a quienes querían abandonar las fábricas, y había la ilusión de que las oportunidades eran iguales en aquella tierra de pioneros y de que todos podían «triunfar».

Por eso, los partidos socialistas fracasaron también, a pesar de los duros períodos de crisis, y jamás pudo organizarse un verdadero partido obrero entre los republicanos y los demócratas. Los socialistas nunca alcanzaron más del 5% de los votos en las elecciones presidenciales.

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Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IX La Gran Aventura del Hombre

La Reconstrucción de EE.UU. Ferrocaril Transcontinental Resumen

PERÍODO DE RECONSTRUCCIÓN DE ESTADOS UNIDOS
CONSTRUCCIÓN DEL PRIMER TREN TRANSCONTINENTAL

Terminada la Guerra de Secesión (abril de 1865), era necesario reconstruir la Unión, devastada por las duras campañas de Grant y de Sherman, cubierta de ruinas, de odios y de rencores. Los historiadores americanos llaman «período de reconstrucción» a los años que van desde 1865 a 1877, fecha en que los ejércitos federales evacúan el Sur, poniendo fin al estado de excepción que siguió a la derrota de los esclavistas.

Tras el asesinato de Lincoln, fue proclamado presidente Andrew Johnson, un hombre del Sur, de origen «pobre blanco», que había llegado a la vicepresidencia, a pesar de su modesto nacimiento, por su fidelidad a la Unión. Rudo, obstinado, dio muestras de equilibrio y buen sentido, siguiendo la política decidida por Lincoln.

El presidente Johnson vetaba las leyes que le parecían nefastas, atrayéndose las iras de los radicales, que le acusaron ante el Senado, constituido en Tribunal Supremo, pero Johnson fue absuelto (1868). Perdida por el presidente toda posibilidad de reelección, el candidato de los radicales, el ilustre General Grant, uno de los vencedores de la guerra civil, fue elegido decimoctavo presidente de los Estados Unidos, en 1868; después sería reelegido para un segundo mandato.

El Sur se transformó profundamente con el final de la esclavitud y con la reconstrucción. Arruinados por la guerra e incapaces de pagar a los esclavos convertidos en trabajadores libres, los plantadores tuvieron que parcelar sus grandes propiedades, dividiéndolas en pequeños lotes.

El dueño adelantaba al llevador abonos, simientes, aperos de labranza, vivienda, y recibía a cambio dos tercios de la cosecha. Al lado de los aparceros negros, cuyas condiciones de vida no habían mejorado mucho respecto a los esclavos, se desarrollaron los «pobres blancos», igualmente miserables, pero violentamente racistas.

Desaparecida la esclavitud, el problema negro continuaba en pie; a pesar de los esfuerzos legislativos, los blancos negaban la igualdad a los cuatro millones de negros (a finales de siglo, serían 10 millones). Cuando se levantó el estado de excepción, con la marcha de las últimas tropas federales en 1877, los gobiernos y las legislaturas del Sur encontraron los medios de apartar de la vida política a los negros.

La «cláusula del abuelo» (el derecho de voto se reservaba a aquéllos cuyos antepasados   habían  votado  en   1860)  y   las pruebas electorales (saber leer, escribir, interpretar correctamente un artículo de la Constitución), privaron de la cédula electoral a la mayoría negra.

La segregación fue sistemáticamente aplicada en las escuelas, en los transportes, en las iglesias, en los restaurantes, etc. Se recurrió, incluso, al terror, al linchamiento, a las ejecuciones sumarias de negros. Sociedades secretas como el Ku-Klux-Klan, cuyos miembros llevaban capuchones y aterrorizaban a los negros, hicieron ilusoria la igualdad teórica de los derechos civiles, y el Norte cerró los ojos. Así se constituyó el «solid South», bastión de la superioridad blanca, feudo del partido demócrata.

El 10 de mayo de 1869, las dos compañías se unieron en Utah, y las locomotoras fueron regadas con champán.

CONEXIÓN COSTA A COSTA: No sólo el Sur sufrió trastornos a continuación de la guerra de Secesión:  la industrialización acelerada del Norte y la colonización del Oeste darían un nuevo aspecto a los EE. UU. En 1860, las Grandes Llanuras y las Montañas Rocosas eran inmensos espacios vacíos; sólo California, Oregón y el Estado de Washington habían atraído a los colonos.

Las tribus indias (sioux, cheyennes, apaches, utahs, pies-negros, etc.) seguían trashumando en las praderas secas por el duro clima. Los ferrocarriles abrieron a los pioneros el interior del continente; hasta entonces, los representantes del Sur se habían opuesto a la construcción de un transcontinental, porque no querían que los créditos se invirtiesen en nuevas orientaciones, pero los partidarios del ferrocarril, una vez eliminados sus adversarios por la Secesión, hicieron votar una serie de leyes y, a partir de 1863, las compañías, con la garantía de millones de dólares y de terrenos gratuitos, empezaron a construir la red que uniría los dos océanos, la «Union Pacific», que partía de Nebraska, y la «Central Pacific», de San Francisco.

Se emplearon emigrantes irlandeses, indios, chinos. A través de desiertos y montañas, los equipos de trabajo tendían cuatro rieles por minuto, y eran seguidos por campamentos con bares, «dancings» y casas de juego, de los que luego surgirían verdaderas ciudades, a lo largo de la vía. El 10 de mayo de 1869, las dos compañías se unieron en Utah, y las locomotoras fueron regadas con champán. Nueva York celebró el acontecimiento con cien cañonazos, Filadelfia hizo sonar la campana de la libertad, y entusiastas desfiles recorrieron las ciudades.

El Oeste quedaba abierto a los emigrantes, a quienes se ofrecían tierras. Primero, fue la época de los criadores de bueyes resistentes y de largos cuernos, alrededor de los ranchos, y estos pioneros acabaron con los bisontes salvajes.

A partir de 1875, el alambre de picos en que se encerraba a los rebaños. Y el desarrollo del dry farming (cultivo de cereales en clima seco, gracias a profundas aradas) permitieron a los granjeros ampliar sus zonas de labor.

Por último, el descubrimiento de las minas de oro, de plata y de cobre de las Montañas Rocosas provocó nuevas afluencias, y fueron constituyéndose, sucesivamente, los Estados de Nevada, Nebraska, Colorado, de las dos Dakota, Wyoming, Idaho, Montana, Utah, Oklahoma… Todos estos nombres son indios, y las tribus, que se veían despojadas de sus tradicionales territorios, incapaces de adaptarse a la agricultura sedentaria, emprendieron la lucha contra los «rostros pálidos», a pesar de su inferioridad en armamentos.

Innumerables «westerns» han evocado las guerras de los indios y hecho famoso los nombres de Sitting Bull, Crazy Horse y Gerónimo, el jefe de los apaches. La lucha fue implacable. Los indios, exterminados o acorralados en zonas salvajes, atacaban los puestos aislados y tendían emboscadas: el general Custer fue muerto, con todo su regimiento, en Montana, en Little Mig Hom River, en junio de 1876.

La pradera tuvo sus héroes, como William Cody, llamado Buffalo Bill, de profesión cazador de bisontes, tirador excepcional, y también sus bandidos, saqueadores de trenes y de diligencias. Ladrones, jugadores profesionales, aventureros y hombres violentos hicieron famosos los saloons, fuente inagotable de películas y de novelas.

No puede comprenderse el «espíritu americano» —esa curiosa mezcla de audacia, de optimismo y de violencia—, si se ignora que a la religiosidad y al orgulloso ideal de independencia que animaba a los  puritanos de Nueva Inglaterra vinieron a unirse los caracteres y las costumbres de los conquistadores del interior, rancheros, mineros, pioneros, aventureros, hombres del Oeste que, durante treinta años, hicieron retroceder, incesantemente, los límites de la «frontera».

La movilidad americana, esa facultad de cambiar de Estado para ir a establecerse a otra parte, procede directamente de aquella época de la «pista», en que la atracción de nuevos filones, de tierras más fértiles, de praderas más ricas, llevaba cada vez más lejos a los emigrantes, con sus caravanas. Recordemos, para terminar, que, en 1867, los Estados Unidos aumentaron su extensión con un inmenso territorio desértico, Alaska, comprado a Rusia por siete millones de dólares.

Ver: La Conquista del Oeste

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IX La Gran Aventura del Hombre

Justificación del Colonialismo Europeo en el Siglo XIX Condena

JUSTIFICACIÓN Y CONDENA DEL COLONIALISMO

A partir de 1870 se produjo una expansión territorial sin precedentes de los países europeos. Las grandes potencias occidentales exploraron y conquistaron territorios en todos los continentes y enviaron personas, capitales y productos industriales a todo el planeta. La superioridad técnica y militar les permitió imponer su ley y dominar fácilmente.

Una de las características de la segunda mitad del siglo XIX, fue la expansión europea por el mundo, aunque no era un hecho nuevo, pues, a finales del siglo XV, los españoles y portugueses ya habían abierto el camino en Asia, en África y en América, con el establecimiento de factorías comerciales o de grupos de población. Los ingleses y los franceses —los primeros, sobre todo—, habían hecho después progresos en América del Norte, y, luego, en la India, tras el gran conflicto colonial franco-inglés del siglo XVIII.

El movimiento de expansión continuó a principios del siglo XIX; pero, a partir de 1880, habría de adquirir un ritmo de velocidad y una amplitud desconocidos hasta entonces, ligados, por otra parte, a los cambios producidos por el desarrollo del capitalismo y de las técnicas modernas. En 1875, sólo el 10% del territorio de África se encontraba en poder de los europeos; en 1902, lo estaría el 90%.

Anteriormente, la vitalidad y la audacia de Europa se habían manifestado mediante fuertes corrientes de emigración y exploraciones de tierras desconocidas, que fueron preparando las futuras conquistas.

Imperialismo europeo en africa

Expedición Francesa en el Congo

A partir de 1850, la emigración «blanca» se organizó y aumentó, debido a la expansión demográfica (entre 1815 y 1848, había reinado la paz en Europa), al paro creado por el desarrollo de la mecanización, y la ruina de las industrias rurales por efecto de la industrialización fabril.

La carestía, el hambre, como ocurrió en Irlanda (1846-1848), y la abolición de la servidumbre en Alemania y en Austria-Hungría, que obligaron a los campesinos a abandonar la tierra, favorecieron el éxodo.

El descubrimiento de las minas de oro, provocó «avalanchas» febriles. Los transportes marítimos se perfeccionaron, haciéndose más rápidos y menos caros. Igualmente, los ferrocarriles facilitaron el acceso a los territorios americanos del interior, y las oficinas y sociedades reclutaron y organizaron la emigración.

Los mayores contingentes de emigrantes los proporcionaron Inglaterra y Alemania. Siguieron a éstos, los escandinavos, y, después, a finales de siglo, los italianos, los polacos, los eslavos de los Balcanes. Millones de emigrantes fueron poblando Estados Unidos, Brasil, Argentina, Australia, etc.

Y, a partir de 1850, las tierras inexploradas van siendo cada vez menos. Los exploradores se veían impulsados, sobre todo, por principios religiosos o científicos, y por el atractivo romántico de la aventura.

En realidad en las últimas décadas del siglo XIX, debido al considerable desarrollo del captalismo, sus nuevas ténicas y la feroz competencia explican la aceleración de las conquista en África, especialmente para los países coloniales, pues  eran unas fuentes de materias primas baratas (para los aceites industriales, en particular), de mercados para las mercancías metropolitanas, como la India, por ejemplo, para los tejidos ingleses, y unos lugares para la fructífera colocación de capitales.

En Francia, Jules Ferry, gran artífice de la expansión colonial, expuso en sus discursos claramente los formidables recursos que se ofrecían a los intereses privados. Los imperios coloniales se convirtieron en un «coto de caza», del que cada país se reservaba la explotación. Es preciso observar que la opinión pública se mostró bastante lenta en apoyar las empresas de ultramar.

Muchos franceses eran hostiles a ellas, debido a que desviaban las energías de la meta esencial: la revancha de la derrota de 1870, y el mismo Bismarck alentaba la política colonial de Francia, ya que temía el nacionalismo exacerbado de ésta ante la pérdida de Alsacia y Lorena.

LA ARGUMENTACIÓN: Las maneras de justificar la conquista y explotación de otros continentes por parte de los países europeos han sido diversas y variadas. Las necesidades económicas del capitalismo y el deseo de prestigio y de fuerza por parte de los Estados colonizadores se han encubierto con explicaciones y teorías de todo tipo.

Quizá la forma más generalizada y vergonzosa fue la defensa de la «raza superior», la pretendida superioridad del hombre blanco sobre las otras razas. Así, los colonizadores intentaron justificar sus intereses egoístas con argumentos denigrantes para los pueblos colonizados o con falsos paternallsmos que pretendían velar por estos pueblos y protegerlos.

El menosprecio por la cultura, la historia y los más elementales derechos humanos de estas comunidades es uno de los agravios más importantes que el mundo desarrollado ha infligido a los pueblos del Tercer Mundo. Ahora bien, esta actitud no fue general en toda la opinión pública.

Voces muy cualificadas se alzaron en contra de este estado de cosas y podemos decir que, desde mediados del siglo XIX, frente a la corriente defensora de la explotación colonial, surgió un potente movimiento anticolonialista. Sus argumentos penetraron poco a poco en las conciencias y con el tiempo muchos gobiernos se encontraron, en el interior de sus propios países, con una fuerte oposición a la acción colonial.

TESTIMONIO: Una justificación del colonialismo: la superioridad del hombre blanco
Se hicieron las deducciones generales siguientes:

1.Hay razones tan buenas para clasificar al negro como una especie diferente del europeo como las hay para hacer del burro una especie diferente de la cebra; y si tomamos en consideración la inteligencia, hay una diferencia mayor entre el negro y el anglosajón que entre el gorila y el chimpancé.

2. Las analogías entre los negros y los monos son más grandes que entre los monos y los europeos.

3. El negro es inferior, intelectualmente, al hombre europeo.

4. El negro es más humano en su natural subordinación al hombre europeo que bajo cualquier otra circunstancia.

5. El negro tan sólo puede ser humanizado y civilizado por los europeos.

JUNT, J.: Sesión científica de la Sociedad Antropológica de Londres. 1863.

Es un hecho incontestable que los negros tienen un cerebro más ligero y menos voluminoso que el de la especie blanca. Pero esta superioridad intelectual, ¿nos da a los blancos el derecho a reducir a la esclavitud a la raza inferior? No, y mil veces no.

Si los negros se acercan a ciertas especies animales por sus formas anatómicas, por sus instintos groseros, se distancian y se aproximan a los blancos en otros aspectos que cabe tener en cuenta. Están dotados de la palabra y gracias a la palabra podemos tener con ellos relaciones intelectuales y morales […]. La inferioridad intelectual de los negros, lejos de conferimos el derecho a abusar de su debilidad, nos impone el deber de ayudarlos y protegerlos.

«Negro», artículo del «Grand Dictionnaire (Jniversel Larousse du XIX siécle», 1872.

TESTIMONIOS DE CONDENAS
Resoluciones de los Congresos Socialistas que condenaron el imperialismo

Resolución de la Segunda Internacional de París en 1900: El Congreso Socialista Internacional de París, considerando que el desarrollo del capitalismo comporta fatalmente la expansión colonial, que es causa de enfrentamientos entre gobiernos; que el imperialismo excita el chovinismo en todos los países e impone gastos cada vez mayores en provecho del militarismo, que la política colonial de la burguesía no tiene ningún otro propósito que el de ampliar los beneficios de la clase capitalista y el mantenimiento de este sistema […] y que comete crímenes y crueldades contra las razas indígenas conquistadas por la fuerza de las armas.

Declara que el proletariado organizado tiene que utilizar todos los medios que tiene en sus manos para combatir la expansión colonial de la burguesía y condenar las injusticias y las crueldades que de ella se derivan […].

Resolución de la Segunda Internacional de Stuttgart en 1907
La misión civilizadora de la que habla la sociedad capitalista es tan sólo un pretexto para esconder su ansia de explotación y de conquista […] . Enemigo de toda explotación del hombre por el hombre, defensor de todos los oprimidos sin distinción de razas, el Congreso condena esta política de robo y de conquista, aplicación desvergonzada del derecho del más fuerte que pisa el derecho de los pueblos vencidos, y comprueba también que la política colonial aumenta el peligro de tensiones internacionales y de guerras entre los países colonizadores […].

El Congreso declara que los diputados socialistas tienen el deber de oponerse irreductiblemente, en todos los parlamentos, a este régimen de explotación y de servidumbre que impera en las colonias, exigiendo reformas para mejorar la vida de los indígenas, velando por el mantenimiento de sus derechos, impidiendo cualquier tipo de explotación y de servidumbre y trabajando, con todos los medios a su disposición, para educar a estos pueblos para la independencia.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IX La Gran Aventura del Hombre
ACTUAL Historia del Mundo Contemporáneo Bachillerato Primer Curso de García-Gatell

Invasión de Napoleón a Rusia Incendio de Moscú Resumen

Napoleón estaba bien preparado: un formidable ejército había sido concentrado desde el Báltico a los Cárpatos, compuesto de 700.000 hombres. El más poderoso ejército conocido hasta entonces por la Historia. ¿Quién habría podido predecir, por tanto, la victoria del zar, dado que Napoleón disponía, a la vez, de su genio, intacto, y de tropas tan gigantescas?.

Emperador Napoleón Bonaparte

En realidad, esta nueva versión del «Gran Ejército» tenía, sin embargo, sus puntos débiles: no había en él más que 200.000 franceses, que formaban, en su mayoría, el centro del dispositivo, al mando de Davout y del mismo emperador. La guardia también se encontraba allí, pero las alas habían sido dejadas, sin vigilancia alguna sobre ellas, a los cuerpos aliados, de cuya combatividad había razones para dudar, y que Napoleón sabía perfectamente que eran capaces de desertar en plena batalla.

Este ejército estaba constituido por contingentes de veinte naciones: había alemanes e italianos, holandeses y croatas, suizos y austríacos; toda Europa se hallaba representada en él. Por otra parte, se había reunido un material considerable: 1.350 cañones. Este aumento de la artillería permitía a Napoleón compensar la mediocridad de algunos cuerpos de ejército. Pero esto se traducía también en una falta de confianza en la posibilidad de sorprender al adversario mediante la legendaria movilidad de sus tropas.

La campaña comenzó con el verano. La situación del suelo permitía al convoy de aprovisionamiento avituallar regularmente al ejército hasta en el centro del país. Además, el tiempo de la cosecha no tardaría en llegar, y, en caso de que la campaña hubiera de prolongarse, podría habilitarse el avituallamiento en los mismos lugares de la guerra, por medio de requisas. Ni siquiera se suponía que la llegada del invierno pudiera sorprender a los ejércitos en lucha hasta entonces, las campañas napoleónicas habían sido siempre muy rápidas.

LA MARCHA SOBRE MOSCÚ:
Ante tal despliegue de fuerzas, el zar había de contentarse con mantenerse a la defensiva. No disponía, al principio, más que de 150.000 hombres; aceptar el combate le habría conducido, inevitablemente, al desastre. Era, pues, necesario que los rusos renunciasen a su ofensiva en dirección a Polonia, y aceptasen la invasión de su territorio.

Fiel a su táctica, Napoleón desplaza su centro con toda rapidez: espera hacer penetrar una cuña entre los ejércitos rusos y batirlos después, uno tras otro. Pero el zar había confiado el mando de sus tropas al anciano mariscal Kutusov, el cual rehuye sistemáticamente el combate. A pesar de sus marchas forzadas, Napoleón no consigue alcanzar a las tropas rusas. A fin de cortar en dos el país, deja a un lado San Petersburgo y avanza directamente hacia Moscú, la santa capital. Sin embargo, se da cuenta en seguida de que la intendencia se interrumpe.

Los depósitos se muestran pronto insuficientes para alimentar a 700.000 soldados. Las requisas ordenadas entre los aliados prusianos y aun entre los polacos, chocan con una especie de resistencia pasiva. Según van penertando los ejércitos napoleónicos en territorio ruso, se hacen más largas las distancias que los convoyes de avituallamiento deben recorrer.

Y la retaguardia marcha jadeante, cuando todavía no han comenzado los combates, cuando únicamente han sido rebasadas Vilna y Smolensko. ¿Se esperaba encontrar alimentos en el país? En su retirada, los rusos hacen que los campesinos abandonen los pueblos antes que ellos, y prenden fuego a los campos, a las casas y a los graneros. Napoleón no conquista más que tierra calcinada.

Mal nutridos, sus soldados avanzan con menos rapidez, pues pierden tiempo en buscar alimentos. Todas estas dilaciones favorecen aún más la retirada rusa, que puede efectuarse en buen orden. Sólo hay una esperanza: que caiga Moscú, y que el choque psicológico tal vez sea suficiente, pues ¿podrá seguir imponiendo el zar a su pueblo aquel suicidio colectivo ante el invasor? Ningún pueblo del mundo —se piensa— puede olvidar durante mucho tiempo la idea de que nada hay mejor que una paz, incluso la más dura.

Aunque lenta, la marcha del ejército francés proseguía: en septiembre, ya se encontraba cerca de Moscú. Y, en este punto, el ejército ruso se detiene para defender la capital de su religión. La primera batalla de la guerra tiene lugar en Borodino. Tolstoi, en su novela «Guerra y Paz», supo describir las terribles escenas de estos combates, en los que el ejército ruso volvió a suscitar el heroísmo de los hombres dispuestos a morir por la patria.

Frente al «ogro», despreciado, denigrado, verdadero anticristo, los rusos se aprestan a ofrecer una resistencia sin debilidades. La batalla de Borodino del 7 de septiembre de 1812 fue la más sangrienta de todas las libradas hasta entonces por el ejército francés. 30.000 hombres le costó a Napoleón el paso del Moscova y ver abrirse ante él el camino de Moscú, y 50.000 a los rusos su resistencia.

Y 30.000 hombres eran muchos si se piensa que no se había producido ningún resultado decisivo. Tanto más, teniendo en cuenta que, durante toda la ofensiva, el ejército había perdido ya millares de hombres por enfermedad, y, sobre todo, por deserción. Una división de Wurtemberg no contaba ya más que con 1.500 soldados, cuando, al principio de la campaña, estaba formada por ¡16.000!

EL INCENDIO DE MOSCÚ
El 15 de septiembre de 1812, Napoleón y su ejército entran en Moscú. No encuentran más que una ciudad vacía. Al día siguiente, ésta, construida casi enteramente de madera, estaba en llamas. Toda Rusia reconoció en ello la mano nefasta de Napoleón, la barbarie característica de los franceses. Y, sin embargo, ni Napoleón ni los franceses habían tenido parte en la destrucción de la ciudad. El incendio había sido preparado por el gobernador de la ciudad, Rostopchin: era la lógica continuación de la política de tierra calcinada. Pero, ¿quién podría creer que los mismos rusos hubieran prendido fuego a la santa capital de la Santa Rusia?.

Napoleón y los 500.000 hombres que le quedan resultan vencedores en un desierto de cenizas. Ni ellos mismos saben qué hacer. Al menos, confiaban en el cansancio del adversario. Los enviados franceses reciben la orden de proponer al zar una paz muy conciliadora. Pero el zar ya ha dado las suyas: Rusia se batirá hasta el fin. Los emisarios franceses no son autorizados a atravesar las líneas. La guerra no puede, pues, concluir: no hay adversario que combatir, ni negociaciones de paz que entablar.

Ante Napoleón se abre todo el territorio ruso, pero la ruina y el fuego preceden siempre al avance de sus tropas. No existe para los franceses más que un serio adversario, y muy presente: el invierno, que sorprende a un ejército solamente equipado para realizar una fulgurante campaña de verano. ¿Qué hacer, entonces, sino batirse en retirada, a fin de evitar, al menos, que las naciones satélites de Europa se aprovechen de la ausencia del emperador y de su ejército, para sublevarse?.

Napoleón ordena la retirada el 18 de octubre. 400.000 hombres habían de perecer en una marcha de 1.500 kilómetros. Es el clima, el famoso «general invierno», quien logra alcanzar, por lo que se refiere a los rusos, las mayores victorias.

LA TRÁGICA RETIRADA
Falto de botas y de mantas, hundiéndose en la nieve al caminar, el ejército francés pierde cada día unos 5.000 ó 6.000 hombres. Los caballos que no han podido ser herrados especialmente para sostenerse sobre el hielo, no son de utilidad. Por otra parte, las tropas se ven embarazadas por el enorme botín que llevan, tomado en Moscú.

En largas y desorganizadas columnas, se van desperdigando  por  el  camino   de  regreso, ofreciendo así sus flancos a los ataques enemigos: campesinos inflamados por un patriotismo feroz y animados por una mística fe en la lucha contra los agentes del diablo; cosacos, más numerosos cada vez, que encuentran la ocasión de demostrar el valor de su caballería, especializada en atacar rápidamente a un enemigo que no tiene tiempo de reaccionar; atraídos todos por los tesoros que lleva el ejército francés, por lo cual cada incursión reporta a sus autores una pequeña fortuna.

Por el contrario, el ejército ruso apenas si atacaba. Se contentaba con mantener encauzada la retirada de Napoleón, impidiéndole sólo que se desviase hacia el sur, donde las tropas podrían encontrar algunas provisiones. Por lo cual, los franceses habían de volver a pasar por el camino de tierras calcinadas atravesado en el verano.

La Trágica Retirada de Rusia

Esta pasividad del ejército ruso se explica, sin duda, por el temor a establecer un combate en línea, a provocar la acción de los franceses. Por otra parte, los rusos no tenían necesidad de someterse al peligro de un combate semejante: era suficiente para ellos contemplar el progresivo hundimiento del ejército francés.

Uno de los más famosos episodios de la retirada fue el paso del Beresina, un afluente del Dniéper. Como había sucedido con d cruce de todos los demás ríos desde su salida de Moscú, el ejército francés esperara poder pasar este otro, también, caminando sobre su espesa capa de hielo.

Pero un súbito cambio de temperatura provocó un deshielo ocasional, el río creció y no existían barcas para atravesarlo. El famoso ejército estaba en peligro de hallarse ante un obstáculo infranqueable: parecía condenado a perecer por completo. Pero, entonces, el cuerpo de pontoneros del general Eblé tuvo el suficiente valor para, poniéndose a trabajar entre las gélidas aguas y bajo el fuego de la artillería rusa, lograr construir dos puentes sobre el río, dejando libre así el tintino hacía el Oeste.

El 16 de diciembre, es decir, dos meses despúes de haber dejado Moscú, los restos del Gran Ejército volvían cruzar el Niemen. De los 27.000 italianos que tenía al principio de la campaña solo regresaron 233.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IX La Gran Aventura del Hombre

La Economia de Francia con Napoleón Imperio Napoleónico

Aunque Bonaparte restablecía la paz de las almas y se ocupaba activamente de la instrucción pública, le faltaba aún demostrar a sus compatriotas que la industria de Francia no era inferior a la de otros países. Para ello, tuvo como acólito a Chaptal, ministro del interior cuya voluntad igualaba a la de su señor.

Ordenó que cada año, en los departamentos, los fabricantes expusieran los productos de sus manufacturas, y estas exposiciones fueron una revelación inesperada de los recursos de las fábricas y de la habilidad de la mano de obra.

Guadañas, segadoras, sierras, hasta entonces importadas de Inglaterra, fueron, a partir de entonces, fabricadas en Francia —al mismo tiempo, el ministro instituía premios para los inventores de las máquinas más apropiadas para «trabajar, peinar y cardar las diferentes especies de lanas».

Se emprendió la excavación del canal de Borgoña Faltaba aún dar el agua a todos los barrios de París, terminar los muelles, multiplicar los puentes sobre el Sena.

La agricultura también se modernizó: se concedieron primas a quienes repoblaran los bosques destrozados, después a los ganaderos de carneros merinos, importados de España, y, por último, a todos aquellos que modificasen la rutina de la rotación de cultivos. Se envió a buscar toros y terneros a Suiza para repoblar los establos vacíos y se proscribió la importación de los caballos ingleses con el fin de proteger la ganadería  francesa.

El  genio  renovador del Primer Cónsul se extendía hasta las prisiones y los hospitales, para los que había creado un comité de inspección, y hasta las panaderías y las farmacias.

En los comienzos del Imperio, se podía escribir: «Si Francia no ha recobrado su anterior prosperidad, la espera. Empresas, negocios y especulaciones de todo tipo se reanudan». La agricultura había continuado el bienhechor camino iniciado por el Consulado.

Las tierras señoriales, fraccionadas por las particiones de los bienes nacionales, se idtáan vuelto más fecundas. La patata, introducida en el cultivo, proporcionaba a los campesinos una nutrición más abundante y más sana. El azúcar extraído de la remocha estimulaba a los cultivadores, que la introdujeron, en adelante, en las siembras de sus tierras. Las plantaciones de tabaco habían vuelto, y el mismo capricho se manifestaba hacia la cría del gusano de seda.

También la industria se había hecho audaz: la guerra había interrumpido las importaciones de cáñamo y de lino de Inglaterra o de Suiza, y, a consecuencia de ello, las hilaturas habían tenido que aprender a tejer los algodones menos finos, procedentes de Italia o de España. De esta manera, la hilatura se enriquece con la fabricación de organdíes y de tules.

La química aplicada había alcanzado una extensión admirable: el cloro era empleado en el blanqueo de la ropa, la fabricación del alquitrán había sido perfeccionada, el carbón era utilizado en la decoloración. Se regeneraron los cueros, y la marroquinería de París fue tan bella como la del Levante. Se llegó a hacer, con los esqueletos de los animales sacrificados en los mataderos, materiales muy valiosos para los ejércitos.

Se puso en circulación un nuevo metal, el cromo, con lo que la alfarería se enriqueció con un verde brillante. Inglaterra y Holanda abastecían a Francia del blanco del plomo: éste fue muy pronto fabricado en Pontoise, mientras que los címbalos y los tambores, tradicionalmente importados de Constantinopla, eran fabricados en Chalons. Se explotaron nuevas minas de hulla.

Los trabajos ininterrumpidos de París y de provincias parecían testimoniar la gloria del Imperio. El bosque de Bolonia estaba atravesado por nuevas alamedas, y se trazaba la calle de Rívoli. Muelles de mampostería encauzaban el Sena, haciendo su lecho más profundo.

Sin embargo, despúes de varios años a a medida que el Imperio se aproximaba a su caída, las señales de desequilibrio se acentuaban. No se recluían impunemente cada año a 80, 100 ó 200.000 hombres que casi nunca vuelven más. No se impone a un país el esfuerzo de una guerra constantemente renovada, sin conducirlo a la ruina.

En 1805, a las dudas, a la fatiga, a la inquietud, se unía la escasez de moneda, agravada por los daños causados por los ayuntamientos y los especuladores. El malestar será muy pronto crisis, casi pánico; los billetes de banco se verán amenazados con ser, de nuevo, «asignados».

El Bloqueo Continental, decretado en Berlín en 1806, prohibiendo a Francia y a sus aliados el comercio con Inglaterra, si bien estimulaba, como ya hemos visto, la imaginación y el espíritu de empresa de algunos, arruinaba los puertos, privada a los comerciantes de sus mercados.

Los campos quedaron, poco a poco, despoblados. Finalmente, el millón de hombres que costaron a Francia las guerras del Imperio y el agotamiento del país, le colocaron en una situación tal, que la supremacía francesa en materia económica y comercial se perderá para siempre.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IX La Gran Aventura del Hombre

La Indepedencia de Brasil Historia Colonias de Portugal

RESUMEN DE LA HISTORIA DE LA INDEPENDENCIA DE BRASIL DE PORTUGAL

SINTESIS: Eludiendo la invasión napoleónica, Don Juan de Portugal trasladó en 1808 la corte al Brasil, donde permaneció hasta 1821. Al regresar dejó como regente a su hijo Pedro, de quien se despidió con este consejo: “Bien entreveo que Brasil no tardará en separarse de Portugal. En ese caso, si no pudieras conservarme la corona, guárdala para ti y no la dejes caer en manos de aventureros”.

Poco después, incitado Don Pedro por los patriotas a desobedecer a las cortes lusitanas que le mandaban trasladarse a Portugal, manifestó al presidente de la cámara municipal: “Como es para bien de todos y felicidad general de la nación, diga al pueblo que me quedo”. Esa fue la memorable declaración del “fico” (me quedo), del 9 de enero de 1822, comienzo de la independencia del Brasil. En efecto, encontrándose en el paraje de Ipiranga, el 7 de setiembre de 1822, exclamó el príncipe después de leer inauditas órdenes de la metrópoli: “Es tiempo. ¡Independencia o muerte! Estamos separados de Portugal”.

Poco después de este histórico pronunciamiento se reunió la Asamblea General Constituyente. Brasil era libre y se organizaba siguiendo las inspiraciones. de un gran estadista, José Bonifacio de Andrada e Silva, a quien la posteridad llamaría “el patriarca de la independencia”.

Antecedentes: Bajo la doble influencia de las revoluciones americana y francesa y de las ideas liberales, los imperios coloniales que España y Portugal habían levantado a lo largo de los siglos se rebelan a principios del s.XIX. A la burguesía criolla de Iberoamérica le bastan unos años, de 1810 a 1825, para terminar con el régimen de opresión económica y política impuesto por las metrópolis. Dicha burguesía se rebela contra el acaparamiento de los altos cargos coloniales, siempre en manos de hombres de la metrópoli.

Estas insurrecciones son también obra de los héroes románticos, impregnados de ideales revolucionarios, que las encabezan, como Miranda en Venezuela o San Martín en Chile y en Perú. Pero es sobre todo Simón Bolívar el que desempeña un papel fundamental en la emancipación de Iberoamérica.

La liberación se lleva a cabo en dos etapas: la primera ola de insurrección, en los años 1810 a 1811, se salda con un fracaso y provoca una represión sangrienta; la segunda, que comienza en 1817, resulta decisiva y desemboca en la creación de numerosos pequeños Estados independientes. Pero esta fragmentación aumenta la fragilidad del continente, y sus naciones quedan a merced de las influencias exteriores.

Brasil es el único país de Iberoamérica que logra su independencia de forma pacífica. En 1808, en plena guerra napoleónica, la corte portuguesa, amenazada por las tropas francesas de Junot, se ve obligada a trasladarse a Río. La presencia del gobierno portugués en el seno de la colonia tiene la propiedad de acallar las reivindicaciones de los brasileños, que se sentían enteramente subditos portugueses. En 1821, cuando el rey portugués vuelve a Lisboa, su hijo Pedro que había sido educado en Brasil, acepta ser emperador y proclama la independencia en 1822.

HISTORIA DE LA INDEPENDENCIA: El territorio de Brasil había sido colonizado por Portugal. Esta colonia había crecido a partir de la explotación del palo, un árbol de madera dura utilizada para la construcción y para la obtención de productos para teñir, del azúcar y de la extracción de oro. Estas actividades se realizaban utilizando mano de obra esclava. La Corona portuguesa había organizado el territorio en capitanías hereditarias que conservaban una gran autonomía respecto del poder central.

A pesar de los intentos de la corona para confiscar o comprar las capitanías, los empresarios privados fueron fundamentales en la colonización de Brasil. Organizaban bandeiras, ejércitos particulares que en ocasiones podían reunir hasta 3.000 hombres. Estos ejércitos de bandeirantes emprendían expediciones en busca de metales preciosos o para la recuperación de esclavos fugados. También estaba en manos de particulares la recaudación de impuestos. Así, los propietarios rurales tenían amplios poderes militares y ejecutivos.

El crecimiento del poder de los propietarios rurales fue favorecido, además, por la política de la corona portuguesa de debilitar al virrey, cuya autoridad estaba reducida al mínimo.

EL REY Y SU CORTE LLEGA A BRASIL: Durante las guerras napoleónicas, Portugal no había aceptado adherirse al bloqueo impuesto por Francia a Inglaterra. Por tal razón, Napoleón decidió invadir el reino portugués.

Para no caer en manos de los franceses, la corte portuguesa decidió trasladarse al Brasil donde se instaló en 1808. Este traslado se produjo con la protección de la flota Inglesa. Inglaterra había sido fundamental para que Portugal, reino pequeño y escasamente poblado, pudiera mantener su colonia. Esta protección era pagada por Portugal con el oro extraído de Brasil.

Pero no sólo se había trasladado el rey, Juan VI, a Río de Janeiro, capital de Brasil. Toda la corte, incluyendo la nobleza y sus servidores, viajó con la familia real. Sin embargo, el rey cuidó de incorporar a las familias tradicionales de las colonias a la nueva corte, distribuyendo cargos y honores.

Nada predisponía a las colonias lusitanas (portuguesas) de América a una suerte diferente de la de las Indias españolas. En el siglo XVIII, los criollos soportaban también a duras penas la dominación de la metrópoli portuguesa y el despotismo ilustrado del ministro Pombal.

El 22 de enero de 1808, el regente Don Juan —ejercía el poder en nombre de su madre, loca, María de la Gloria—, su mujer Carlota Joaquina, hija del rey de España, sus hijos los príncipes y las princesas, la corte y una gran parte de los cargos superiores del reino, desembarcaron en Bahia.

El 7 de marzo, estaban en Rio. A partir de este momento, el Brasil dejaba de ser una colonia, reuniendo todo lo concerniente al gobierno central en torno a la capital. Los puertos brasileños se abrieron a los buques y al comercio extranjeros, siendo firmado en 1810 un tratado comercial con Inglaterra; el gobierno ilustrado del regente da al país algunos de los órganos de un estado moderno.

Rey Juan VI de Portugal

La alianza inglesa permitió, por poco tiempo, la ocupación efímera de la Guayana francesa (el país ganó con ello la introducción del mango, de la nuez moscada y de la caña de azúcar de Cayena), como pago por su contribución en la coalición antinapoleónica.

La liberación de la metrópoli de la ocupación francesa, en 1814, no cambió en nada la situación, y el Brasil conservó su autonomía en el seno del «Reino Unido de Portugal, del Brasil y de los Algarves» (20 de marzo de 1816).

Juan VI, el regente convertido en rey a la muerte de su madre, parecía poco deseoso de dejar el país. La revolución liberal de 1820, sin embargo, eco de la revolución española, le llamaba a Portugal. Juan VI dejó entonces la regencia brasileña a su hijo menor, Don Pedro.

Extraordinariamente tranquilo, en comparación con las tempestades de las independencias vecinas, Brasil tenía, sin embargo, sus problemas interiores. La región del nordeste (Bahia), la antigua zona próspera de las grandes plantaciones, sufría una profunda crisis económica ya señalada en el siglo XVIII y que acentuaba la desvalorización de los precios de los productos coloniales en el mercado mundial, al acabar las guerras napoleónicas. Tendencias políticas radicales se desarrollaron, terminando en la sublevación de Pernambuco (Recife), del 6 de marzo al 23 de mayo de 1817, que fue rápidamente sofocada.

Algunos precursores partidarios de los «ilustrados», como el cirujano Silveira y sus amigos, soñaban con reformas; los fermentos de republicanismo y regionalismo estaban presentes: las tendencias secesionistas del nordeste (Bahia) y del extremo sur (Rio Grande do Sul) fueron idea fundamental y permanente de la vida política brasileña en sus principios Brasil debe la suerte de una independencia sin dolor y sin daño, a circunstancias muy particulares En 1807, en el cuadro de su política de bloqueo continental, Napoleón se decidió a invadir Portugal, fiel aliada de Gran Bretaña.

Al caer Napoleón, el rey Juan VI regresó a Portugal, dejando a su hijo Pedro al frente del gobierno de Brasil. El propio Pedro declaró, en 1822, la Independencia de Brasil respecto de Portugal. El apoyo que logró entre los colonos le permitió imponerse a las fuerzas portuguesas que habían quedado en América. Ese mismo año, Pedro I fue proclamado emperador de Brasil.

Ceremonia de la coronación de Don Pedro, primer emperador del Brasil, celebrada en Rio de Janeiro, el 1 de diciembre de 1822. Grabado—París, Biblioteca Nacional.

La sociedad colonial brasileña era esencialmente partidaria de la esclavitud: sobre una población de 3.600.000 habitantes hacia 1800, y de 5.300.000 en 1830, los dos tercios estaban compuestos por esclavos negros importados de África. Las ideas secesionistas de un gran número de criollos estaban fuertemente moderadas por un reflejo de conservadurismo social. Hacia 1820, el grupo partidario de la independencia sin república se agrupó alrededor de un notable criollo, José Bonifacio de Andrade.

Sin embargo, el regente Don Pedro se encontró pronto en una situación difícil. En efecto, las Cortes portuguesas pretendían establecer en la antigua colonia una autoridad caída en desuso. Rehusando volver a Portugal, como le pedían las Cortes a comienzos de 1822, Don Pedro se apoyó en la fracción criolla moderada y tomó como ministro a Andrade.

En junio y a propuesta de la Cámara de Rio, aceptó el título de «Defensor perpetuo» del Brasil. En septiembre fue la crisis final. Regresando de sofocar un levantamiento en Bahia, Don Pedro, en las puertas de Sao Paulo, cerca del río Ipiranga, se pronunció abiertamente por la independencia («la independencia o la muerte» es el «grito de Ipiranga», frecuentemente representado en la iconografía oficial brasileña).

La independencia fue proclamada el 7 de septiembre, y, el 12, Don Pedro se convirtió en emperador constitucional del Brasil. Las últimas guarniciones portuguesas fueron expulsadas al año siguiente, gracias a la flota de lord Cochrane.

La solución brasileña fue bastante bien acogida en Europa. En agosto de 1825, bajo la enérgica presión de Inglaterra, Portugal se resignó a reconocer la independencia de su colonia. El Vaticano la sigue en 1826 (este reconocimiento evitó en el Brasil las largas ausencias de los obispos, como pasó en el caso de la América española).

A diferencia de sus vecinos, el nuevo estado brasileño comenzó su existencia con el considerable privilegio que supone el nacnimiento de su unidad política y territorial, herencia del período colonial.

Entre 1821 y 1831 Pedro I incorporó el modelo político británico, ratificado en la Constitución de 1824, pero no pudo solventar los problemas la incorporación brasileña al comercio y a la política internacional, por lo que renunció en favor de su hijo, Pedro II.

La minoridad del príncipe propició que la dirección política fuese emprendida por la regencia (1831-1841), período en el que se asentaron las primeras experiencias republicanas, no materializadas hasta 1889. La Constitución de 1834 originó una mayor actividad política, así como la descentralización del estado sobre tres coordenadas: Parlamento, Consejo de Ministros y el poder moderador del emperador. En esos años se configuraron también los primeros partidos políticos.

En julio de 1840, los liberales, escépticos ante el poder adquirido por la regencia, propusieron que la mayoridad del príncipe se adelantara y que fuera él quien llevara la dirección del país. Pedro II demostró a partir de entonces una gran capacidad para gobernar, lo que hizo apoyándose en la Constitución de 1834.

La crisis económica de la década de 1840-1849 se reflejó en revueltas como las de Para, Maranhao y Santa Catalina, la rebelión de Minas Gerais y Sao Paulo y el levantamiento protagonizado por Giuseppe Garibaldi en Rio Grande do Sul.

Pedro II se presentaría como la figura a través de la cual se podía generar una solución. Con el apoyo del Consejo de Regencia asumió el mando y trató de equilibrar las fuerzas que estaban representadas en el parlamento: a través de su influencia se formó un parlamento cuyos miembros debían su participación en él al poder de la Corona y del ejército. Este último había alcanzado una fuerza nueva con motivo de su actuación en las guerras civiles de la década del 40.

Así comenzó una etapa en la que los conflictos políticos se atenuaron. No obstante, una situación de fondo ligada a la economía brasileña generaría tensiones permanentes: la mano de obra esclava. Tanto la economía azucarera del norte y del centro como el comienzo de la expansión del café, que se produjo primero en Río de Janeiro para afianzarse luego en San Pablo, se apoyaban en el trabajo esclavo.

Fuentes Consultadas:
Historia Universal ESPASA Siglo XXI Independencia de México
SOCIEDADES 8° Año Vicens Vives de M. González y M. Massone
Sociedad, Espacio y Cultura Kapelusz EGB 3° Ciclo Prislei-Tobio-Geli
La Aventura del Hombre en la Historia Tomo II Editorial ATENEO

Europa De La Restauración Monárquica Mapa Político

LA NUEVA EUROPA
Sin aguardar el resultado de la campaña contra Napoleón, el Congreso resolvió con rapidez todas las cuestiones pendientes. El 9 de junio, las diferentes decisiones tomadas son recogidas en el «Acta final del Congreso de Viena»: una obra de vigilancia «policíaca» sobre Francia.

En la frontera norte de ésta, se crea el reino de los Países Bajos, que engloba a Holanda, a Bélgica y a Luxemburgo, en beneficio del príncipe de Orange, que se convierte en el rey Guillermo I, quedando, por tanto, resuelta esta cuestión conforme al deseo inglés, y recibiendo Inglaterra, por otra parte, como premio a sus buenos oficios, las antiguas colonias holandesas del Cabo y de Ceilán. En su frontera sur, Francia ve alzarse el reino de Cerdeña, que recobra Saboya, Niza y Piamonte, y adquiere la antigua república de Genova.

Y en su frontera del este, el reino de Prusia afirma sus bases con la posesión de la mayor parte de la orilla izquierda del Rhin y de Westfalia, de los ducados de Posen, de Thorn y de Dantzig, arrebatados a Polonia, de la Pomerania sueca y del norte de Sajonia.

La Confederación Helvética es neutralizada, bajo la garantía de Europa, a fin de levantar una barrera más a las ambiciones francesas. Austria restablece su preeminencia en Italia, mediante el reino lombardo-véneto y los ducados de Parma, de Módena y de Toscana, regidos por miembros de la familia de los Habsburgo. Recupera las provincias ilíricas y el Tirol, y arrebata Galitzia a Polonia. Rusia domina más que nunca en la Europa oriental, debido a la anexión de Finlandia, tomada a Suecia, de Besarabia, tomada a Turquía, y, sobre todo, de la mayor parte de Polonia.

De la Polonia independiente, no queda más que la minúscula república de Cracovia, que es neutralizada. En el norte, Suecia, que con Bernadotte había prestado grandes servicios a los aliados, recibe Noruega, arrebatada a Dinamarca, que había seguido fiel a Napoleón. España y Portugal vuelven a pertenecer a sus antiguas dinastías.

Un solo punto débil queda en la nueva Europa: la Confederación Alemana. Agrupa 39 estados alemanes, y Austria ejerce en ella la presidencia de la Dieta. Federal de Francfort. Pero los lazos de unión entre estos estados son poco sólidos. El deseo de unidad, explotado por Prusia, se estrella contra la política de Metternich: la diplomacia francesa puede actuar en esos estados, libres de alianzas.

Inglaterra es, en último término, la gran ganadora del desbarajuste napoleónico. Lord Castlereagh ha hecho triunfar la concepción inglesa del equilibrio entre las fuerzas de los Estados europeos, contra las pretensiones hegemónicas del zar, o el retorno de una Francia poderosa. El ministro inglés ha conseguido mejorar las posiciones de su patria en el mar: la adquisición de Malta y de las islas Jónicas, asegura, con Gibraltar, que ya estaba en poder de Inglaterra, el dominio de ésta en el Mediterráneo; mediante tratados, ha reservado la explotación comercial del nuevo mundo a los navios ingleses.

Queda por arreglar la situación de Francia. Después de Waterloo, y a pesar de la restauración de Luis XVIII, los aliados, cuyos ejércitos se despliegan de nuevo sobre Francia, abrigan la intención de hacerle pagar caro esta alarma, en nombre de la «tranquilidad de Europa». El rey de Prusia quiere nada menos que la desmembración de Francia, pero su ambicioso deseo asusta a Rusia y a Inglaterra.

A un mismo tiempo, estas dos potencias se muestran menos rigurosas con Francia, sobre todo Rusia:  de este modo, Francia no pierde territorios muy extensos, pero se ingenian por hacer sus fronteras vulnerables, arrebatándole plazas estratégicas, como Philippeville, Marienburgo, Sarrelouis, Sarrebrück, Landau; y, en el tratado de París del 20 de noviembre de 1815, le imponen una prolongada ocupa-: » de sus fronteras y una indemnización ¿e setecientos millones.

La opinión francesa siente dolorosamente este nuevo retroceso de su poderío político y la tutela de los aliados sobre su Gobiemo. Debido a ello, se desarrollará en Francia un espíritu de desquite, atizado por los mantenedores de la “leyenda napoleónica” , apasionadamente liberal y apasionadamente nacional a la vez. Y Francia, interesada sobre todo, en la revisión de un tratado tan humillante, sabrá estimular los nacionalismos cuyas aspiraciones fueron ignoradas   en   Italia.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IX La Gran Aventura del Hombre

Archipielago Gulag Campos de Concentracion Rusos Carceles Sovieticas

Archipielago Gulag
Campos de Concentración Rusos

GULAG es una sigla que significa: Administración Suprema de Campos Correctivos de Trabajo y fueron creados en 1930 por la policía secreta de la URSS para controlar y adminsitras los campos de concetración, en donde eran enviados los prisioneros para realizar trabajos forzados, ya que el gobierno necesitaba recursos humanos para lograr su objetivos industriales, fundamentalemente en la etapa de Stalin, quien no dudo en explotar hasta la muerte a millones de detenidos (zeks en ruso) confinados en frías e inhumanas cabañas y con una magra dieta de comida que apenas podían permaner en pie.

Los campos administrados por el Gulag se establecieron originalmente en Carelia, a lo largo de la costa del mar Blanco, y en Vorkuta y Pechora, en las regiones árticas de la Rusia europea. A finales de la década de 1930 ya existían campos de trabajo en casi todo el territorio soviético, incluido Moscú.

El papel del Gulag en la industrialización de la URSS se hizo cada vez más importante y hacia 1938 estaba encargado de la mayor parte de las explotaciones madereras y de la minería del carbón, del oro y del cobre. El Gulag desapareció en 1956, si bien los campos siguieron existiendo aunque con una nueva denominación, la de “colonias de readiestramiento por medio del trabajo”.

campo ruso de concentracion

Según cálculos conservadores, existían entre 1.500 y 3.000 campos de trabajo en la ex URSS; al menos 20.000 eran presos políticos entre los dos millones de prisioneros, intelectuales, funcionarios del partido y oficiales del Ejército Rojo acusados falsamente. Se tiene la certeza que murieron cerca de 1.000.000 de ellos.

Esparcidas por el territorio soviético como una cadena de islas, los campos eran conocidos en su conjunto como archipiélago Gulag: GULAG es la abreviatura rusa de Administración Central de Prisiones y Campos de Trabajo.

La vida en estos campos fue descrita vívidamente por el escritor y premio Nobel Alejandro Solzhenitzyn, quien fue prisionero durante 11 años. En dos obras, Un día en la vida de Iván Denisovich y El archipiélago Gulag, revela las inhumanas condiciones en que los presos vivían y trabajaban.

Con jornadas de hasta 16 horas, seis días a la semana, sin alimentación adecuada ni medidas de seguridad, los presos eran obligados a realizar trabajos forzados. En 1970, por ejemplo, los reos trabajaron en minas de uranio sin ropas de protección. Miles de ellos murieron y muchos más sufrieron serios daños en su salud. Además, los prisioneros estaban sujetos a tratos humillantes e incluso sufrían torturas.

Estos lugares de exilio para criminales y presos políticos también existían en la Rusia zarista, pero la red creció bajo el terror de Stalin, en el. que se cree que murieron 10 millones en los campos. Al escribir en El archipiélago Gulag lo que él llamó “40 años de terrorismo sin precedentes del Estado soviético”, Solzhenitsyn se basó en los recuerdos de testigos y dedicó su monumental obra a “todos aquellos que no vivieron para contarlo”.

Por sus revelaciones acerca de los campos, Alejandro Solzhenitsyn fue expulsado de la URSS. Ahora vive en Estados Unidos.