NAZIs en Argentina

Carrera Armamentista y Espacial en la Guerra Fría

GUERRA FRÍA: Se designan un período del siglo pasado que abarcó dos generaciones y se refieren al inestable equilibrio internacional signado por la inevitable hostilidad entre dos sistemas de organización social fundamentalmente antagónicos: el del capitalismo, basado en la propiedad privada de los medios de producción y en el que el poder es naturalmente ejercido por quienes son sus dueños, y el socialismo, basado en la propiedad colectiva de esos mismos medios y en e! que el poder lógicamente corresponde —o debe corresponder, si se quiere— a la colectividad.

En aquella etapa de la historia en donde se enfrentaban dos concepciones ideológicas por el control del planeta, era necesario para los EE.UU. terminar con los “espías”, con los “traidores”, con la “subversión interna”. Y había que hacer frente con más decisión a la amenaza internacional que el comunismo representaba. ¿Cómo? Manteniendo siempre una abrumadora superioridad militar sobre el “adversario”, sobre el “enemigo”.

Se habían registrado ya varias crisis que habían puesto al mundo al borde de una nueva conflagración generalizada. Se iban a registrar otras, así como varias “guerras locales”, odioso nombre que se da a trágicos conflictos que hacen el efecto de válvulas de seguridad por donde escapan los excesos de presión que genera la “guerra fría”. Lo único que parecía valer era la violencia.

guerra fria

¡Armas, armas! Nunca había suficientes. La carrera de los armamentos se combinó con la carrera nuclear y la carrera espacial.

¡Armas, armas!: Fría o caliente, la guerra, esa “prosecución de la política exterior por otros medios” según Clausewitz, exige armas. A ser posible, armas más abundantes y mejores que las del adversario. Pronto, pues, comenzó una frenética carrera armamentista. Como comenzó pronto también el clamor de la opinión pública mundial en favor del desarme. Paralelamente al enfrentamiento entre los dos militares, ha habido un constante enfrentamiento entre las “fuerzas de la paz” y las “fuerzas de la guerra”. El desarme se convirtió en tema permanente de debate en las Naciones Unidas y en sucesivas conferencias internacionales.

Apenas declarada oficialmente la “guerra fría”, se legó para justificar los créditos que con destino a nuevas armas votaba el Congreso norteamericano que, mientras Estados Unidos había procedido a una vasta desmovilización de sus ejércitos, la Unión Soviética mantenía los suyos con sus efectivos casi completos y en una especie de estado de alerta. Surgieron, sin embargo, autorizadas voces que desbarataron este argumento. Como las de los cuáqueros, esos consecuentes y a veces tan “inoportunos” defensores de la paz.

“Otra inexactitud a la que se presta mucho crédito —dijeron en 1951, en su declaración “Steps to Peace”— es que Estados Unidos se desarmó unilateralmente después de la Segunda Guerra Mundial, debilitándose y abriendo así el camino a la expansión soviética.

La falsedad en esto hay que buscarla en sus sistema de referencia, porque, si bien es verdad que hemos desmovilizado nuestro ejército en mucha mayor medida que los rusos el suyo, el poderío militar de Estados Unidos nunca ha sido medido por el tamaño de su ejército permanente.

Por razones geográficas, nos apoyamos principalmente en el poder naval y aéreo, mientras que la Unión Soviética es primordialmente una potencia terrestre. Si incluyéramos todas las categorías de armas, como debe hacerse en cualquier análisis objetivo de la fuerza militar, la teoría del desarme unilateral de Estados Unidos se derrumbaría.

En los años transcurridos desde la guerra, nuestra producción de armas atómicas ha continuado a un ritmo cada vez más vivo y ha sido acompañada por una vasta red de bases aéreas y de bombarderos destinados al lanzamiento de tales armas. Nuestra armada, que es con gran diferencia la mayor del mundo, ha sido entretanto mantenida sin disminución alguna”. Convertido por la “doctrina Truman” en guardián del “mundo libre”, Estados Unidos se mostró decidido desde el principio a mantener una gran delantera en la carrera de los armamentos. El Congreso votaba créditos por miles de millones de dólares para nuevas armas, con especial dedicación a las atómicas y a los medios de lanzarlas contra los objetivos. Pero fue también una carrera que causó muchos sinsabores y decepciones al guardián del “mundo libre”.

Ya fue un hecho muy serio que los soviéticos pusieran fin en 1949 al monopolio atómico norteamericano. Se había supuesto que no lograrían hacerlo hasta 1952 ó 1953. Truman se apresuró a anunciar que Estados Unidos preparaba una bomba de hidrógeno, basada en la fusión de los átomos, no en su fisión, e infinitamente más poderosa que la bomba atómica.

Y, en efecto, el 1? de noviembre de 1952, el mundo entero presenció el aterrador espectáculo de la primera explosión megatónica, preparada con una movilización imponente en el apartado atolón de Eníwetok, en el Pacífico. Pero ¿quién hubiera podido imaginarse que los soviéticos harían un
ensayo parecido el 12 de agosto de 1953, es decir, sólo poco más de hueve meses después? Era indudable que avanzaban por el mismo camino a paso de carga. Siguió la carrera. Más ensayos. Bombas de creciente poder megatónico. Proyectiles balísticos intercontinentales, capaces de llevar estas bombas a cualquier lugar del planeta. ¿Quién asustaba más a quien? Aquel horror tenía algo de juego de niños.

Se procuraba tranquilizar al “mundo libre” con estadísticas: la superioridad nuclear norteamericana era abrumadora. Por su parte, puesto al frente del Kremlin, Nikita Krushchev, con cierta jocunda afición a la jactancia, decía que la Unión Soviética poseía una bomba tan poderosa que no se atrevía a ensayarla y que una conflagración nuclear significaría de modo inevitable el fin del capitalismo en el mundo. El ambiente se contaminaba con la radioactividad.

Y para que las crecientes protestas no frenaran la alocada carrera, llegó a hablarse de bombas nucleares “humanitarias”, término que suponía tan insensato sarcasmo que pronto fue cambiado por el de “limpias”, tampoco muy acertado. Hasta que el 4 de octubre de 1957 el mundo quedó pasmado al escuchar el bip, bip, bipdel primer Sputnik y ver en la noche el paso del primer satélite artificial de la Tierra.

Era el comienzo de la era espacial. Y también la señal de que Moscú se había adelantado en algunos aspectos de la carrera armamentista. Porque en seguida se advirtió el aspecto militar de la proeza científica. Un satélite artificial era “más” que un proyectil balístico intercontinental. Había que alterar algunos rumbos en la desesperada carrera. Había que cambiar algunos conceptos estratégicos. Y había que votar nuevos créditos para nuevas armas. Se habló menos de una “guerra preventiva”. Se habló más de recaudos contra un “ataque por sorpresa”, de sistemas de alarma, de una vigencia permanente, de la necesidad de mantener un poder desvastador de represalia, de la fuerza “disuasiva” que suponía un enorme arsenal nuclear permanentemente a punto. Se estaba ya en el “equilibrio del terror”. En él seguimos viviendo.

¿Eran únicamente razones militares las qué abonaban el mantenimiento de la carrera armamentista a pesar de los clamores de la opinión pública mundial? No se acertaba a comprender por qué avanzaba tan poco en las conversaciones sobre desarme que, en atención a estos clamores, se mantenían en Ginebra. Año tras año, la Asamblea General de las Naciones Unidas recomendaba que se diera un mayor impulso a estas conversaciones. Se decía que Moscú, al proclamarse campeón de la paz y el desarme y negarse al mismo tiempo a determinadas inspecciones, a las que tachaba de “espionaje encubierto”, no hacía más que utilizar a Ginebra como una “tribuna de propaganda”.

En todo caso, era una propaganda muy eficaz. Indujo a Adlai Stevenson, el ex candidato demócrata a la presidencia de Estados Unidos, a expresarse así en la Universidad de Chicago el 12 de mayo de 1960: “Resulta a la vez triste e irónico que los comunistas hayan logrado en tan gran medida acaparar y explotar el clamor por la paz, que es sin duda el grito más fuerte y apasionado en este mundo cansado de guerras y asustado. . . Hemos subrayado lo militar y, durante años, ha parecido que no hemos querido negociar con los rusos, fuera para probar sus intenciones o para demostrar la farsa que representaban.

Entretanto, ellos han suspendido unilateralmente los ensayos nucleares; han reducido unilateralmente su ejército; han propuesto conversaciones en la cumbre con objeto de reducir las tensiones y los peligros de guerra, han propuesto el desarme total. Sean cuales fueren sus móviles, cínicos o sinceros, han tomado constantemente la iniciativa. Han respondido al clamor por la paz, mientras que nosotros hemos puesto reparos y vacilado y luego, al final, cedido.”

Se “cedió” únicamente de modo muy relativo. Porque, aunque se llegó a un acuerdo para suspender los ensayos nucleares en la atmósfera o la superficie de la Tierra —un acuerdo impuesto por Ja creciente contaminación radioactiva de ambiente—, continuó la carrera armamentista, ya combinada con las carreras nuclear y espacial.

Apenas transcurría un año sin que, llegado el momento en que se discutían en el Congreso norteamericano los créditos militares, no se difundieran noticias alarmistas capaces de inducir a la pronta aprobación de tales créditos. Los “gastos de defensa” representaron así cada año una proporción mayor del presupuesto federal de Estados Unidos.

Hasta que la economía norteamericana se convirtió, ya de modo interrumpido, en una típica “economía de guerra”.

Objetivo del Vuelo de Hess Rudolf a Inglaterra Enigma Viaje del NAZI

Objetivo del Vuelo de Hess Rudolf a Inglaterra

Rudolf Hess atrajo en 1941 la atención de millones de personas con un acto tan misterioso como sorprendente. Aunque oficialmente era uno de los sucesores de Hitler, abordó en secreto un avión y lo piloteó, solo, a Inglaterra, seguro de poder convencer a los líderes del enemigo de Alemania de cesar hostilidades y hacer la paz en los términos dictados por él. ¿Es que seguía un plan autorizado por Hitler? ¿Se desilusionó de su líder y decidió actuar por cuenta propia? ¿Enloqueció y se mareó con fantasías paranoicas, como lo afirmaron inmediatamente los que habían sido sus colegas?

En mayo de 1941 la segunda guerra mundial se encuentra ya en su segundo año, en el frente mueren soldados de todas las nacionalidades, pero aún son más numerosas las víctimas civiles en las ciudades. El planeta estaba pasando por su mayor desgracia bélica de todos los tiempo. La guerra iniciada en 1939, no cesaba un instante, Hitler con su guerra relámpago utilizando una novedosa técnica de ataque, conocida como Guerra Relámpago, tomaba una velocidad increíble y creando verdaderos problemas diarios a todos los enemigos. Había atacado a Polonia, Finlandia, Países Bajos y derrotado a Francia.

 Seguidamente se dedicó a atacar a Inglaterra usando una enorme batería de aviones comandados por Goering, pero sin conseguir los triunfos antes mencionados, pues los aviadores británicos se destacaron por su habilidad y elevada moral frente a estos agresivos ataques alemanes.

Por otro lado Alemania, mantenía activo su pacto de no agresión con Rusia, pero Hitler tenía otros planes ocultos, pues quería cuanto antes atacar los territorios rusos para vencer al “sucio marxismo” y conseguir las riquezas que esos sitios guardaban, como por ejemplo el petróleo Cáucaso. Solo faltaba vencer a Inglaterra para tener el oeste contenido y luego dedicarse a sus planes de combatir en el este.

Corría el mes de mayo cuando un  individuo intenta por su cuenta y riesgo poner fin a esta guerra sanguinaria y acercar a unos enemigos aparentemente irreconciliables. Su nombre es Rudolf Hess, secretario personal de Hitler desde su llegada al poder y uno de sus más estrechos colaboradores.

Hess en su apogeo

Hess embarcó en uno de los recién diseñados Messerschmitt 110 y partió en dirección a Escocia. Sabía perfectamente que aquel aparato le permitía volar a mucha mayor velocidad que cualquiera de los cazas enemigos, aun así sobrevoló con precaución el húmedo mar del Norte en dirección a su destino.

Previamente, en Berlín, había estudiado detenidamente los mapas y no sólo conocía muy bien el itinerario a seguir para alcanzar su meta, sino que desde el principio tuvo muy presente que el enemigo tendría serias dificultades para derribar el avión más innovador de la Wehrmacht.

Este suceso sacudió al mundo y ni hablar dentro de las altas esferas alemanas, cuando se enteraron que el viaje tuvo como destino Escocia. Pero, ¿A qué había ido a hacer a Escocia el lugarteniente de Hitler?

Mientras tanto, van llegando nuevas noticias. Hess aterrizó en un campo de propiedad del duque de Hamilton, con quien se sabía que lo ligaba vieja relación. El líder alemán se lanzó en paracaídas y en el descenso sufrió la fractura de un tobillo, por lo que debió ser internado en el hospital de Glasgow.

Rudolf Hess era un entusiasta aviador que, a pesar de las órdenes de Hitler, gustaba de volar solo en el Messerschmitt 110, avión que luego usó en su dramático vuelo a Inglaterra en mayo de 1941.

A partir de ese momento comenzaron a analizarse las mas variadas hipótesis de su misión a la  gran isla británica. Se corrían todo tipo de rumores, como que Hess no estaba de acuerdo con el rumbo que Hitler le había dado a la guerra y buscaba soluciones  de paz, u otra, era lograr un acuerdo de pacificación y ayuda para que unidos atacaran a la potencia rusa al mando de Stalin.

Pasaban los días y los británicos tampoco entendía bien cual era su misión real, y el objetivo se atrasaba y también se complicada. Por otro lado Hess no tenía el apoyo de Hitler y su libertad para cualquier negociación era muy débil. Su oferta se fue convirtiendo en una mezcla de descaradas amenazas y rudimentarias insinuaciones. Finalmente, al cabo de seis días, la misión se pudo considerar un fracaso y Hess fue trasladado y recluido en la Torre de Londres.

El gobierno británico guarda absoluto silencio sobre los movimientos del líder nazi en su territorio. Ni siquiera se informa si se le considera prisionero. Puede afirmarse que este viaje es el único secreto de la guerra celosamente guardado. Porque lo cierto es que se ha escrito mucho, pero oficialmente nada se ha dicho. Sólo se sabe que un mes después —el 22 de junio— Alemania rompía el pacto de no agresión con la Unión Soviética e invadía el territorio ruso.

¿Cuáles pudieron ser los verdaderos motivos que le llevaron a adentrarse en territorio enemigo sin autorización? Antes de nada sería conveniente analizar la conversación que Hess mantuvo con un periodista británico en el año 1986 en la cárcel de Spandau en la que explicó sus intenciones: pretendía demostrar al mundo la extraordinaria maestría con la que un político nacional socialista era capaz de llevar a cabo un impecable aterrizaje en los jardines del castillo de Dungavel.

Hitler y HessEL RESTO DE SU VIDA: a muy extraño. Cada mes, durante más de 20 años, un destacamento militar de 54 oficiales y soldados de cuatro países —EUA, URSS, Francia e Inglaterra— se turnaba para vigilar a un solo prisionero. Anciano, afligido por dolorosos males y muy posiblemente loco, vivía en una celda de 2.7 m de largo por 2.25 m DE ancho. El aire y la luz entraban por una sola ventana con barrotes, a 1.5 m del suelo. Los muros de piedra tenían casi 60 cm de grueso.

Ésta era una de las celdas de la prisión Spandau en Berlín, construida en 1876, un sombrío montón de ladrillos rojos con capacidad para mantener duramente cautivos a 600 prisioneros. Los altos e inexpugnables muros tenían cinco torres, además de bardas electrificadas y una barrera de alambre de púas de 3 m de alto.

Adolfo Hitler, el führer nazi, mantuvo viva la fea fortaleza. Sus enemigos políticos fueron juzgados ahí antes de ir a campos de exterminio o ser ejecutados en el lugar, que tenía instalaciones para ahorcar hasta ocho víctimas al mismo tiempo. En una curiosa vuelta de tuerca, en la posguerra se le usó para alojar a siete de los asesores más cercanos al dictador. Pero en 1966 todos, excepto Hess, fueron liberados.

En soledad, se le mantuvo totalmente aislado del mundo exterior, aunque es cierto que él tampoco quería ver a nadie de su pasado. Quedó sujeto a estrictas regulaciones carcelarias, recibiendo un “nuevo” abrigo de segunda mano luego de 16 años y forzado a dormir con luz para que los guardias lo vigilaran de noche a través de una mirilla en la puerta de acero. A veces, un fotógrafo de prensa se las ingeniaba, con un telefoto, para tomar una fotografía del encorvado anciano, matando el tiempo en un jardín del patio de la prisión vacía. El 17 de agosto de 1987, Hess, de 93 años, en un acto de obvia desesperación debido a su maltrato, finalmente pudo burlar a sus vigías y se ahorcó con un cable eléctrico.

¿Qué hizo para merecer un castigo tan cruelmente dilatado y la estrecha vigilancia de cuatro naciones que fueron aliadas durante la Segunda Guerra Mundial?

Fuentes Consultadas: LA RAZÓN 1905-1980 75° Aniversario – Los Errores de la Historia Roger Rossing

La noche de los cristales rotos Persecuciones SS SA a Judios Alemania

A comienzos de la década de 1930 había en el continente algo más de nueve millones de judíos. Los más numerosos eran los “orientales”; hablaban el Yiddish, eran ortodoxos y muchas de sus comunidades adherían al movimiento jasídico. Integraban las capas más bajas de las poblaciones urbanas aunque cumplían una importante función económica, particularmente en lo que respecta al comercio.

Expresaban su identidad a través de la religión o bien de una especie de nacionalismo secular cuya manifestación más clara era el sionismo. Los judíos orientales estaban mayormente concentrados en las regiones de Galitzia, Polonia central, Lituania, Rutenia, Bukovina, Transilvania nororiental, Besarabia y Letonia suroriental.

ATAQUE A NEGOCIOS JUDIOS

Un componente fundamental de la ideología nazi era el antisemitismo. Tras la Primera Guerra Mundial, muchos alemanes se preguntaban por las razones de su derrota. Los nazis señalaron a los judíos como responsables. No era cierto -claro está- y, de hecho, ios judíos alemanes demostraron durante el conflicto ser leales súbditos del Kaiser. Pero para muchos de sus conciudadanos resultó una explicación irresistible: atribuir aquella catástrofe a un elemento “ajeno”, los exculpaba. Una vez en el poder, los nazis dictaron las Leyes de Nuremberg (1935), en virtud de las cuales los judíos quedaron virtualmente excluidos de la vida nacional. También hubo boicots a los comercios propiedad de judíos y otras medidas discriminatorias. El 7 de noviembre de 1938, un judío de origen polaco que había residido en Alemania, asesinó a un diplomático alemán en París, como protesta ante la persecución que sufrían los hebreos en el actual régimen. Este fue el detonante de una oleada de violencia contra los judíos. En la noche del día 9, un gigantesco pogrom se extendió portada Alemania. Casi 200 sinagogas fueron destruidas o arrasadas y unos 7.500 comercios propiedad de judíos fueron atacados y, a menudo, devastados. El ejercicio del poder no sólo no había hecho desaparecer la demagogia antisemita del nazismo sino que, por el contrario, la había radicalizado. El mundo asistió estupefacto a unos sucesos que fueron bautizados como “Noche de los Cristales Rotos”. Fue un ominoso aviso de lo que estaba por venir.

Un segundo grupo lo constituían los judíos “occidentales”. A diferencia de los anteriores, éstos se habían aculturado, es decir, no hablaban el Yiddish —para muchos un estigma del judaísmo de los ghettos— sino la lengua local. Su asimilación los había llevado a mantener una forma de judaísmo reformado; constituían las capas medias y profesionales de la sociedad y rechazaban toda ideología o movimiento basado en la identidad religiosa. Residían fundamentalmente en Poznania, Bohemia, Moravia, Hungría, Valaquia y Letonia.

Un tercer grupo lo formaban los judíos de Bulgaria, Serbia, la costa dálmata y Macedonia. Estos eran sefaradíes, es decir, descendientes de los judíos expulsados de España por los Reyes Católicos. No hablaban ni el Yiddish ni las lenguas locales sino el Ladino, un derivado del español.

Con el deterioro de la situación económica en la región, la preponderancia abrumadora de los judíos en el comercio y las profesiones liberales los convirtió en presa fácil de un descontento popular muchas veces incitado por las autoridades mismas. Además de los ocasionales pogroms, las medidas más comunes fueron la expulsión del territorio, el boicot oficial de las empresas judías las reparticiones estatales dejaron de comprar a sus proveedores judíos— y la introducción de un sistemas de “cupos” en escuelas y universidades.

La situación en Alemania era radicalmente diferente. Allí, desde 1933 el régimen nacionalsocialista había puesto en marcha una política tendiente a separar a los judíos de la “comunidad del pueblo alemán”. Para 1938 ya habían sido expulsados de la administración estatal —incluyendo las Fuerzas Armadas y la enseñanza— y se les había prohibido a médicos, abogados y otros profesionales atender a clientes “arios”. Sus hijos tampoco podían concurrir a escuelas “no judías”.

En 1935 las Leyes de Nuremberg los privaron de la ciudadanía plena para convertirlos en “sujetos bajo la protección del Estado”; y prohibieron las uniones entre judíos y no judíos con el fin de “proteger la sangre y el honor alemán”. Luego de la introducción de estas medidas la política antijudía perdió intensidad, en gran medida porque en 1936 Hitler tenía otras prioridades: la remilitarización de Renania —una violación del Tratado de Versalles que podía provocar la guerra con Francia—; y las Olimpíadas de Berlín, ocasión que debía ser aprovechada para mostrar al mundo la nueva Alemania.

En marzo DE 1938 se produjo el Anchluss. Sin demora se aplicaron a la anexionada Austria las leyes antijudías vigentes en Alemania. Ese mismo mes el gobierno polaco intensificó su política antisemita y en un intento de deshacerse de sus judíos anunció que revocaría la ciudadanía de los israelitas de nacionalidad polaca que residían en Alemania.

Hasta que los nazis subieron al poder el 30 de enero de 1933, en Alemania vivían casi 600.000 judíos, menos de un por ciento de la población total. La mayoría de ellos estaban orgullosos de ser alemanes y más de 100.000 habían luchado en el Ejército durante la Primera Guerra Mundial. Muchos de ellos fueron condecorados. Algunos habían llegado a posiciones importantes en el gobierno y enseñaban en las universidades más prestigiosas de Alemania. De los 38 premios Nobel ganados por escritores y científicos alemanes entre 1905 y 1936, catorce eran judíos. La unión matrimonial entre judíos y no-judíos era común. Hablaban el idioma alemán y consideraban a Alemania como su hogar. Cuando el 1 de abril de 1933, los nazis realizaron la primera acción contra los judíos: un boicot a negocios y profesionales, lo presentaron como un acto de venganza contra las atrocidades que los judíos alemanes y extranjeros habían hecho circular en la prensa internacional para dañar la reputación de la aleraania nazi. Ese día las tropas nazis se pararon frente a tiendas, comercios y oficinas de profesionales judíos como doctores y abogados y pintaron estrellas de David en amarillo y negro y diferentes alusiones antisemitas en puertas y ventanas. También colocaron letreros con mensajes que decían, “no compre a judíos” y “los judíos son nuestra desgracia”.

Preocupadas por las consecuencias de una medida que complicaba la política de emigración “voluntaria” impulsada hasta ese momento, a fines de octubre las autoridades del Reich arrestaron a 17.000 judíos polacos —muchos de los cuales habían vivido en Alemania por décadas— y los condujeron a la frontera para deportarlos. A fin de asegurarse la cooperación de los deportados La Gestapo les distribuyó boletos ferroviarios que indicaban “viaje de ida a Palestina”. Pero las autoridades polacas se negaron a admitirlos.

Como consecuencia de esta situación, miles de personas que habían sido despojadas de su nacionalidad quedaron abandonadas a su suerte en una inhospitalaria tierra de nadie. Entre estos miles de deportados apátridas se encontraba la familia Grynszpan.

Estos judíos orientales habían vivido en Hamburgo hasta que la agudización de la política antisemita volvió su situación insostenible. Amenazados por el régimen nazi e imposibilitados de regresar a Polonia, en agosto de 1938 decidieron emigrar a Francia donde vivía su hijo Herschel (imagen izq.) y unos tíos. Pero las autoridades francesas les negaron el permiso de residencia. Herschel, sin embargo, permaneció ilegalmente en Francia, llevando una vida miserable, evitando la policía y durmiendo en las plazas de París y bajo los puentes del Sena.

Al enterarse de los sufrimientos de sus padres y hermanos decidió llevar a cabo un acto de venganza contra Alemania: en la mañana del 7 de noviembre de 1938 este joven de 17 años ingresó a la embajada alemana en París y disparó contra el secretario Ernst von Rath. El funcionario murió esa misma tarde en un hospital.

La organización del pogrom “espontáneo”

xHitler tomó conocimiento de estos hechos cuando asistía en Munich a la conmemoración anual del golpe nazi de 1923. También estaban presentes el ministro de propaganda y Gauleiter de Berlín, Joseph Goebbels, y la guardia vieja del partido. Durante a cena en la antigua alcaldía de la ciudad se recibió la noticia del deceso de von Rath.

Hitler conversó con Goebbels (imagen der.) y luego se retiró sin pronunciar su acostumbrado discurso. En su lugar, el ministro de propaganda dio vía libre a su verborragia antisemita indicando que se estaban desarrollando acciones “espontáneas” de venganza por el crimen de París”. En realidad, el pogrom de la “noche de cristal” (Kristallnacht) fue una combinación de actos premeditados y acciones espontáneas de los sectores más radicalizados del partido nacionalsocialista.

El 8 de noviembre el Vólkischer Beobachter —periódico dirigido por Goebbels— publicó un editorial incendiario en el que se invitaba a los dirigentes partidarios locales a organizar reuniones con el objeto de incitar al antisemitismo. Ese mismo día tuvieron lugar en algunos puntos del Reich los primeros incendios de sinagogas, saqueos de comercios y viviendas, y ataques a judíos . Pero el 9 por la noche la situación tomó un giro mucho más grave. Como en otras ocasiones, las acciones se llevarían a cabo sin que precediera una orden formal de los jerarcas nazis.

De hecho, el que fueran preparadas e implementadas por diferentes organizaciones partidarias —tales como la Juventud Hitleriana y las SA (Tropas de Asalto)— sin coordinación previa fue lo que dio la apariencia de espontaneidad. Luego de su discurso de la noche del 9, Goebbels envió instrucciones a las secciones de propaganda de cada una de las regiones (Gau) del Reich.

Paralelamente, el líder de las SA Victor Lutze hizo un llamamiento a sus jefes de grupo aunque sin darles consignas precisas. Estos, interpretando las vagas expresiones de sus jefes, pusieron en marcha el proceso de movilización ‘espontánea” de sus afiliados y simpatizantes locales. No quedan dudas sobre la responsabilidad de Goebbels en el desarrollo de los acontecimientos del 9-10 de noviembre.

Heinrich Himmler (imagen izq.) —que como jefe de la SS concentraba bajo su jurisdicción todos los servicios de seguridad interna y policía, incluida la Gestapo—  Herman Goering —asesor de Hitler, jefe de la Luftwaffe (aviación) y director del Plan Cuatrienal— fueron puestos al corriente.

Ninguno de ellos aprobó los métodos de Goebbels: el primero porque aspiraba a concentrar bajo su autoridad toda la política antijudía a fin de hacerla ordenada y racional. El segundo, porque temía que la violencia plebeya del ministro de propaganda hiciera peligrar el apoyo de las clases dirigentes—en particular el ejército y la burguesía—.

Desde la noche del 9 de noviembre y durante toda la jornada siguiente ciudades y pueblos de todo el Reich fueron escena de hechos sin precedentes. Prácticamente todas las sinagogas del país fueron incendiadas; siete mil comercios judíos fueron vandalizados —sus vidrieras destruidas dieron a esta jornada el nombre de “noche de los cristales”—; 26.000 judíos fueron internados en campos de concentración bajo la aberrante “ley de custodia protectora” que permitía al Estado detener sin recurso de habeas corpus a individuos considerados “peligrosos”. Entre noventa y cien personas murieron en menos de 24 horas: la mayoría fue asesinada por las bandas de nazis; unos pocos no pudieron soportar la barbarie y se suicidaron.

La Gestapo y la policía recibieron instrucciones del jefe del Servicio de Seguridad de las SS Reinhard Heydrich de proteger las personas y bienes no judíos,  de efectuar detenciones de judíos adultos varones para utilizarlos como fuerza de trabajo en los campos de concentración. Los bomberos, por su parte, debían limitarse a cercar los focos de incendios evitando que se extendieran a las propiedades no judías.

El 12 de noviembre Goering (imagen der.) convocó una reunión con representantes de los distintos organismos estatales y partidarios, así como de empresas aseguradoras, a fin de evaluar los daños y las medidas a adoptar con vistas a “arreglar la cuestión judía”.

Las pérdidas directas e indirectas fueron estimadas en varios cientos de millones de Reichsmarks (RM). Uno de los resultados más graves de la reunión fue la decisión de declarar la responsabilidad colectiva de los judíos alemanes por el asesinato de von Rath.

Como represalia, deberían pagar al Estado la suma de un billón de RM, aplicable a todos los bienes cuyo valor excediera los 5.000 RM; sus propietarios deberían pagar el 25 % del valor en cinco cuotas. Además se promulgó un decreto especial “para la restauración del paisaje callejero” por el que se obligaba a los comerciantes judíos a costear los gastos de los daños causados a sus propiedades. Los reembolsos que las compañías aseguradoras debían pagar a los damnificados quedaban confiscados en beneficio del Estado.

La reunión del 12 de noviembre también sancioné el “decreto para la exclusión de os judíos de la vida económica”. La decisión estaba dirigida a completar la ya avanzada “arianización” de la economía alemana. Se estableció que todos los comercios judíos deberían cerrarse o ser transferidos a propietarios no judíos antes del 11 de enero de 1939. A fin de evitar un colapso del mercado un decreto ulterior obligó a los judíos a vender sus bonos, acciones, joyas y obras de arte al Estado, que establecería el precio de los mismos.

La política antijudía había procedido de manera gradual y errática. Ello se debió en parte al poco entusiasmo con que la mayoría de la población recibió las consignas raciales del régimen, así como a la competencia permanente entre las organizaciones del partido por mostrar su celo en los asuntos que preocupaban al Führer.

El pogrom del 9/10 de noviembre fue orquestado por los grupos más radicalizados dentro del partido —Goebbels y la SA— en un intento por recuperar su capacidad de acción y contrarrestar lo que consideraban el deslizamiento del nacionalsocialismo hacia políticas de compromiso con sectores burgueses y reaccionarios de la sociedad4. Pero por sobre todas las cosas la Kristallnacht constituyó un punto de inflexión decisivo de la política antijudía. Los actos de barbarie ocurrieron a la vista de la sociedad; sin embargo, y salvo raras excepciones, no hubo reacciones públicas de protesta.

Semejante actitud —y éste es un dato fundamental para comprender la tragedia posterior— mostró al régimen que si bien la mayoría de los “camaradas nacionales” no eran antisemitas fanáticos, tampoco se opondrían a la política antijudía aún cuando ésta involucrase actos criminales. La pasividad de la población en general no puede ser explicada en términos del grado de eficiencia y dominación alcanzado por el aparato de terror nazi.

De hecho, estudios recientes han demostrado como, a través de denuncias falsas, muchos alemanes “ordinarios” manipulaban las estructuras coercitivas del partido para beneficio personal5. Salvo unos pocos que se solidarizaron públicamente con las víctimas —entre ellos, el Pastor Martín Niemoeller de la Iglesia Confesional y el Cardenal Faulhaber de Munich—, los representantes de las iglesias protestante y católica permanecieron en silencio cuando todavía era posible una condena pública. Tampoco existe evidencia alguna de protestas por parte de otros grupos opositores al nacionalsocialismo dentro de la burguesía o el ejército.

cristales rotos nazis

PARA SABER MAS…
LA NOCHE DE LOS CRISTALES ROTOS

El estado NAZI se propuso ser un estado racial ario. Desde sus comienzos , el partido NAZI reflejó las acendradas creencias antisemitas de Adolfo Hitler. Una vez en el poder , no pasó mucho tiempo antes de que los nazis tradujeran las ideas antisemitas en política antisemita.

Ya el 1 de abril de 1933, el nuevo gobierno nazi inició un boicot de dos días contra los negocios judíos. Pronto se sancionó una te de leyes que excluían a los “no arios” (que se definió como cualquiera que “descendiera de no arios, sobre todo de padres o abuelos judíos”) de las profesiones legales, los trabajos públicos, los juzgados, el servicio médico, las posiciones académicas, las empresas dedicadas a la cultura y al entretenimiento y la prensa.

 En 1935, los nazis dieron rienda suelta a otra serie de actividades antijudías, al anunciarse las nuevas leyes raciales en septiembre, en la reunión anual del partido en Nuremberg. Estas leyes excluyeron a los judíos alemanes de la ciudadanía alemana y prohibieron los matrimonios y las relaciones extramaritales entre judíos ciudadanos alemanes. Las Leyes de Nuremberg esencialmente separaron a los judíos de los alemanes en un sentido político, social y sal, y significaron la natural consecuencia de la importancia otorgada por Hitler a la creación de una raza aria pura.

Otra fase, considerablemente más violenta de actividad antijudía, aconteció en 1938 y 1939; se inició entre el 9 y el 10 de noviembre de 1938, y fue la infame Krístallnacht, o noche de los cristales rotos. El asesinato de un tercer secretario de la embajada alemana en iris se convirtió en el pretexto para que estallara el tumulto desactivo nazi contra los judíos, en el cual se incendiaron sinagogas, destruyeron 7000 negocios judíos y, cuando menos, cien personas fueron asesinados. Es más, se apresó a 30 000 hombres judíos y se les envió a campos de concentración.

La Krístallnacht también ocasionó que se impusieran medidas más drásticas. A los judíos se les excluyó de todos los edificios públicos y se les prohibió poseer, administrar o trabajar en cualquier tienda al menudeo. Por último, bajo la dirección de las SS, se alentó a los judíos para que “emigraran de Alemania”. Después del estallido de la Segunda Guerra Mundial, la política de emigración se sustituyó por una más salvaje. La creación del Estado total nazi también tuvo un impacto en la mujer. La actitud nazi hacia las mujeres estuvo en gran medida determinada por consideraciones ideológicas.

Las mujeres desempeñarían un papel crucial en el Estado racial ario. Para los nazis, las diferencias entre los hombres y las mujeres eran absolutamente naturales. Los hombres eran guerreros y líderes políticos, en tanto que las mujeres estaban destinadas a ser esposas y madres. La maternidad también fue exaltada en una ceremonia anual el 12 de agosto, día del natalicio de la madre de Hitler, cuando a un grupo selecto de madres alemanas les fue conferido un reconocimiento con la Cruz de la Madre Alemana por parte de Hitler.

Las ideas nazis determinaron las oportunidades de empleo para las mujeres. Esperaban excluir las de ciertas áreas del mercado de trabajo, como la industria pesada, y otros empleos que pudieran obstaculizar que las mujeres criaran niños saludables; también incluyeron ciertas profesiones que abarcaban la enseñanza universitaria, la medicina y las leyes, que se pensaba eran inapropiadas para las mujeres, sobre todo para las casadas. Los nazis alentaron a las mujeres a que siguieran trabajos profesionales que tuviesen una aplicación práctica, como el trabajo social y la enfermería.

Además de la legislación restrictiva en contra de ellas, el régimen nazi lanzó una campaña en contra de las obreras con carteles que contenían consignas como “¡Hazte de calderas, cacerolas y escoba, y más pronto conseguirás novio!” No obstante, la política nazi hacia las obreras fue incongruente. Sobre todo después de que el auge del rearme y la creciente conscripción de los hombres en el servicio militar ocasionaron una escasez de mano de obra, ya que el gobierno fomentó que la mujer trabajara, incluso en áreas antes dominadas por los hombres.

LA NOCHE DE LOS CRISTALES ROTOS

EL ODIO DE HITLER HACIA LOS JUDÍOS: En razón de que era un creyente en la supremacía racial aria, Adolfo Hitler concebía a los judíos como archienemigos de los arios. Creía que la primera tarea de un verdadero estado ario era la eliminación de la amenaza judía. Ésta es la razón por la que la carrera política de Hitler comenzó y terminó con una advertencia en contra de los judíos. En esta cita de su obra autobiográfica, Mi lucha, Hitler describe cómo llegó a convertirse en un antisemita cuando vivió en Viena a principios de la década de 1920.

Adolfo Hitler, Mi lucha
Mis puntos de vista, con respecto al antisemitismo, sucumbieron entonces con el paso del tiempo, y ésta fue mi mayor transformación de todas…

En alguna ocasión, mientras estaba vagando por la ciudad interior [de Viena], de repente surgió ante mí una aparición ataviada con caftán negro y con rizos de cabello negro. ¿Esto es un nidio?, fue mi primer pensamiento.
Pues es seguro que no tenían un aspecto así en Linz. Observé al hombre de manera furtiva y cauta, pero mientras más fijaba la vista en esta cara extranjera, escrutando característica por característica, más asumía una nueva forma mi primera pregunta:

¿Es éste un alemán?
Como siempre en tales casos, ahora comencé a tratar de mitigar mis dudas mediante los libros. Por unos cuantos centavos compré el primer panfleto antisemita de mi vida…

Ya no pude dudar más tiempo de que los objetos de mi; dio no eran los alemanes de una religión especial, sino el puede en sí mismo; en cuanto comencé a preocuparme por esta cuestión y considerar debidamente a los judíos, Viena apareció ante — í una luz diferente a la de antes. A dondequiera que iba, coméis a ver a los judíos, y mientras más observaba, más claro se distinguían ante mis ojos del resto de la humanidad…

En poco tiempo medité más que nunca gracias a mi pausada  y creciente comprensión, sobre el tipo de actividades que desempeñaban los judíos en ciertos campos.

¿Había alguna forma de inmundicia o de libertinaje, sobre todo en la vida cultural, en la que no estuviera involucrado cuando menos un judío?

Algunas veces me quedaba petrificado.

No sabía qué es lo que más me sorprendía: la agilidad ¿t lenguas o su virtuosismo en el mentir.
Poco a poco comencé a odiarlos.

Fuente Consultada:
Revista Todo es Historia
Civilizaciones de Occidente Tomo A Jackson J. Spielvogel