Primeras Armas de Fuego La Ballesta en la Edad Media

Dinastía Capeto en Francia Historia, Origen y Conquistas

ORIGEN E HISTORIA DE LA DINASTIA CAPETO EN FRANCIA

Hugo I Capeto (c. 938-996), rey de Francia y fundador de la dinastía de los Capetos. Era hijo de Hugo el Grande, conde de París, a quien sucedió en el año 956. Su señorío sobre diversos feudos alrededor de París y de Orleans le convirtieron en virtual monarca de Francia, y cuando Luis V, último rey de la dinastía Carolingia, murió en el 987 sin dejar heredero. La dinastía de los Capetos, que gobierna en Francia desde el 987 hasta 1328, fortalece el poder real al reafirmar los principios de la herencia, la primogenitura y la indivisibilidad de las tierras de la Corona.

hugo capeto

A la muerte de Hugo Capeto (996), su hijo Roberto el Piadoso le sucede sin dificultades, continuando la obra de su padre. Su biógrafo, nos ha dejado un retrato de él que lo representa, a la vez, desbordante de actividad y muy piadoso. Aunque le gusta cantar acompañándose con el laúd, adora la caza y la guerra. No teme exponerse él mismo con ocasión de las expediciones de su reinado. Sumiso ante la Iglesia, no vacila en incurrir en anatema, a causa de la pasión que siente por su prima Berta, por la que repudia a su primera mujer. Solamente la esterilidad de su unión con Berta le obliga a casarse con Constanza de Arles, conocida por su avaricia y por su carácter agrio.

Llamado el Piadoso, se muestra, sin embargo, muy atento a los intereses temporales de la corona. Si apoya el movimiento en favor de «la paz de Dios», es porque ve en él una tentativa muy interesante, salida del seno de la Iglesia y apoyada por la opinión pública, para limitar el azote de las   guerras   incesantes   entre   los   señores.

Blandiendo la amenaza del anatema, los obispos multiplican los obstáculos a la guerra feudal. Al mismo tiempo, Roberto el Piadoso lucha personalmente contra la anarquía desarrollada por los señores feudales en su propio dominio, y no vacila en hacer arrasar los castillos que amenazan a las colectividades monásticas. En el exterior, sus intervenciones son menos fáciles; bajo su reinado se inicia la oposición feudal, tan nefasta luego para la monarquía capeta. Especialmente amenazador resulta Eudes II, conde de Blois y de Chartres. El rey no puede hacer nada contra él cuando se anexiona la Champaña, cercando así el dominio real.

El sucesor de Roberto el Piadoso, su hijo Enrique I (1031-1060), carece del valor de su padre. No ha podido hacer frente a los poderosos adversarios con que ha tenido que enfrentarse. Se ha atraído la reprobación de la Iglesia por su avidez, que lo ha impulsado a vender los obispados y otras dignidades eclesiásticas. Aunque coronado con varios años de anticipación, ve cómo le disputa el trono su hermano más joven, Roberto, que goza de la preferencia de su madre, la reina Constanza.

Los grandes vasallos están encantados de participar en esta crisis familiar; el conde de Blois entra en la liza a favor de Roberto, y sus rivales, el duque de Normandía, el conde de Anjou y el conde de Flandes, permanecen fieles al rey. Finalmente, Enrique I logra sus objetivos, indemnizando a su hermano con el ducado de Borgoña. Pero la guerra continúa hasta 1044 contra Eudes de Blois, y luego, durante varios años, contra los hijos de éste.

Para recompensar el apoyo de Roberto el Diablo, duque de Normandía, durante la guerra contra el conde de Blois, el rey de Francia le cede el Vexin francés. Esta nueva amputación de su dominio no se le agradece, pues el sucesor de Roberto el Diablo, Guillermo el Bastardo, futuro conquistador de Inglaterra, se revela como su más feroz enemigo. El ejército real sufre dos humillantes derrotas en el país normando: una, en Mortimer, y otra, en el vado de Varaville, sobre el río Dive. La guerra no ha terminado todavía, cuando Enrique I muere, el 4 de agosto de 1060, legando a su hijo menor, Felipe I, una situación más grave que la encontrada por él, a su subida al trono. Su reinado ha representado un incontestable retroceso del poder real.

La regencia, confiada al conde de Flandes, Balduino V, conoce una relativa tranquilidad. El feudalismo fortifica sus posiciones; en el interior del dominio real, un pequeñoseñor, como el de Puiset, podrá tener en jaque a Felipe I. Un acontecimiento de excepcional gravedad caracteriza este período: la conquista de Inglaterra por el duque de Normandía, Guillermo, el más poderoso de los grandes vasallos. Desde entonces, el duque de Normandía se convierte en el igual del rey de Francia, y la rivalidad de ambos reinos va a determinar la actitud del gobierno capeto, así como sus relaciones con el feudalismo, tanto si los grandes vasallos permanecen neutrales como si adoptan uno u otro partido.

Sin embargo, Felipe I supo aprovecharse del tiempo de respiro que le dejó Guillermo el Conquistador, demasiado ocupado en la reorganización de Inglaterra, para intervenir con eficacia en el continente; se esforzó en realizar, del mejor modo, un programa de beneficios materiales y de adquisiciones, explotando las rivalidades y el desorden. Concede su alianza al mejor postor, acrecentando así el dominio real. En el momento en que Felipe I habría podido aprovecharse de la crisis que atravesaba el reino anglo-normando, a consecuencia de la rivalidad de los hijos de Guillermo el Conquistador por la sucesión paterna, se aisló en una extraña inercia, que contrasta con la actividad de los primeros años de su reinado.

Según el historiógrafo Suger, abad de Saint-Denis, se convirtió en un «esclavo del placer». Repudió a su mujer, Berta de Frisia, en 1092, V llevó una vida de voluptuosidad con su nueva esposa, Bertrada de Montfort, que había quitado al marido, Fulco el Rechin, conde de Anjou. Así, con una gran prudencia, Felipe I supo restablecer en su reino una situación que, a su subida al trono, se anunciaba desastrosa. Bajo su reinado, se pueden apreciar incluso las primicias de una centralización; da una mayor importancia a los oficiales de palacio, sus altos funcionarios, e inicia una especialización de los cargos.

LAS GRANDES CONQUISTAS DEL DOMINIO REAL
Para los primeros Capetos, hacer respetar su autoridad significaba poseer la fuerza material capaz de imponérsela a sus vasallos. Disponiendo de un dominio bastante restringido, la realeza capeta sólo cuenta con escasos recursos financieros. Dar nuevas tierras en feudo, para constituir fuerzas militares superiores, es arriesgarse a debilitar aún más el patrimonio real, como han probado anteriores experiencias. La conquista o la anexión por vía diplomática son los únicos medios para triunfar sobre las pretensiones de sus vasallos. Roberto el Piadoso inaugura brillantemente esta política con la conquista de Borgoña.

En 1002, el duque de Borgoña, Enrique, tío de Roberto, muere sin heredero. Su sucesión es reivindicada por el rey y por un vasallo de Enrique, el conde de Borgoña, Otón-Guillermo. Ambos competidores se enfrentan, y se suceden varias campañas. Por fin, Roberto el Piadoso acaba la conquista, en 1016, y confía la administración del ducado a su hijo Enrique, aunque él se reserve la soberanía. Desgraciadamente, Enrique I lo cederá en feudo a su hermano Roberto, tronco de una nueva casa ducal de Borgoña, perdiendo así todo el beneficio de la hazaña paterna.

Enrique I agregó al dominio real el condado de Sens, al faltar un heredero directo. Felipe I se anexiona al Gatinais, en 1068, aprovechando un conflicto entre los dos pretendientes a la sucesión del conde de Anjou; poco tiempo después, le toca el turno a Corbie, reivindicada en vano por el conde de Flandes; en 1077, se apropia del Vexin francés; en 1101, compra Bourges a su vasallo el conde de Bourges, que necesita dinero para marchar a la Cruzada. Pone así el pie en Aquitania, y prepara la extensión de la influencia capeta en el sudoeste.

El camino a seguir está claro; los brillantes sucesores de estos primeros Capetos, cuya historia se conoce mal, a decir verdad, por falta de documentos suficientes, van a continuar esta política de conquista y anexión, y no está lejos el tiempo en que la jurisdicción del poder real coincida con las fronteras de Francia.

Fuente Consultada:
HISTORIA I José Cosmelli Ibañez Editorial Troquel
HISTORAMA La Gran Aventura del Hombre Tomo III edit. CODEX – La Dinastía Capeto de Francia

Hugo Capeto Política de Gobierno en Francia Biografía

BIOGRAFÍA DE HUGO CAPETO REY DE FRANCIA: SU GOBIERNO

Hugo I Capeto (c. 938-996), rey de Francia y fundador de la dinastía de los Capetos. Era hijo de Hugo el Grande, conde de París, a quien sucedió en el año 956. Su señorío sobre diversos feudos alrededor de París y de Orleans le convirtieron en virtual monarca de Francia, y cuando Luis V, último rey de la dinastía Carolingia, murió en el 987 sin dejar heredero. La dinastía de los Capetos, que gobierna en Francia desde el 987 hasta 1328, fortalece el poder real al reafirmar los principios de la herencia, la primogenitura y la indivisibilidad de las tierras de la Corona.

 

hugo capeto

HISTORIA: Al morir Luis V, mortalmente herido a consecuencia de una caída del caballo, deja otra vez el destino de Francia a discreción de la casa otoniana de Alemania, donde reina el nieto de Otón el Grande. Por la línea sucesoria, la corona francesa seria para el  último pretendiente carolingio, tío  de  Luis  V,  llamando Carlos, duque  de  la Baja Lorena, quien pronto es separado de la sucesión, pues la corte alemana desconfía de él; el hijo de Hugo el Grande, Hugo Capeto, casado con una carolingia, Adelaida de Poitiers, es elegido rey de Francia, gracias al apoyo del arzobispo de Reims, Adalberón, a sueldo de la casa otoniana (987).

Hugo Capeto sólo dispone, en el momento de su subida al trono, de una autoridad muy reducida, a menudo puramente nominal, sobre la mayor parte de las provincias del reino. Francia está entonces en el apogeo del régimen feudal; se reparte entre una quincena de grandes dominios, verdaderos principados provinciales, gobernados por dinastías hereditarias. Estas unidades territoriales escapan a la acción real, y se subdividen, a su vez, en una multitud de señoríos vasallos, cuyos titulares han usurpado, asimismo, los derechos de la Corona. De este modo, en el norte, los condados de Flandes y de Champaña y el ducado de Borgoña se anexionan numerosos condados vasallos, más o menos autónomos.

El azar de las sucesiones y de las particiones ha provocado situaciones complicadas; el conde de Champaña es, al mismo tiempo, vasallo del duque de Borgoña por su condado de Troyes. El oeste se encuentra repartido entre una serie de principados, algunos ya muy firmes: el ducado de Normandía, al que se ha ligado la mayor parte de los condados; el vizcondado de Tours; el condado del Maine; el condado de Anjou, que, bajo el gobierno de Fulco Nerra, se convertirá en uno de los grandes feudos del oeste; la Bretaña, codiciada por los principados vecinos, repartida entre los condes de Nantes y de Rennes.

Al sur del Loira, se distinguen cinco Estados principales: el ducado de Aquitania, que sólo impone su autoridad sobre el condado de Poitiers, pues los otros condados y señorías viven de manera absolutamente independiente, a pesar de los lazos de vasallaje; la Gascuña, que pretende ser un ducado, compuesta por un conjunto de condados y de vizcondados autónomos; la marca de Toulouse; la marca de Gothia, que difícilmente hace respetar sus derechos por los condes vasallos; y la marca de España, completamente extraña a los asuntos del reino.
Además de estas grandes unidades principales, sobre las que Hugo Capeto no tiene más que una soberanía ilusoria, la Iglesia representa una fuerza con la que hay que contar. De 77 diócesis, el rey no designa más que 20 ó 25 titulares, pertenecientes casi todos a las provincias eclesiásticas de Reims y de Sens. Su poder sobre la Iglesia es, pues, limitado. Los obispos gozan, además, de una verdadera independencia, pese al poder de los grandes señores, dueños de los obispados.

LA POLÍTICA DE HUGO CAPETO
El poder real sigue muy borroso, bajo la estrecha dependencia del feudalismo y de la Iglesia. Le falta una sólida base territorial, sin la que le es difícil triunfar en caso de un conflicto con los señores feudales. El dominio real, constituido, a la vez, por las tierras que Hugo posee personalmente y por la herencia carolingia, sólo comprende las regiones de París, Senlis, Poissy, Etampes y Orleans, con algunos anejos excéntricos, las comarcas del Aisne y del Oise, con Compiégne, Reims y Laon. Sin embargo, el obispo de Reims es el amo de su ciudad, así como de la de Laon, concedida por Hugo Capeto; también buen número de pequeños vasallos laicos, sin contar los señores de menor importancia, ejercen el poder auténtico en sus dominios.

En tales condiciones, todo el esfuerzo de los primeros Capetos va a centrarse sobre el engrandecimiento real. Aunque, en la práctica, los grandes vasallos son los iguales  del  rey,  jurídicamente  le  son  inferiores, y aquél puede exigirles el servicio de corte y convocarlos en asambleas; sólo él puede promulgar ordenanzas comunes a todo el reino; su justicia es superior a cualquier otra. Además, por su consagración, adquiere un prestigio y una autoridad moral que lo diferencian de sus vasallos.

Desde el primer año de su reinado, Hugo Capeto se apresuró a asegurar el porvenir de su dinastía, resucitando, en provecho propio, una costumbre carolingia: asocia a su hijo mayor, Roberto, a la realeza. Repetida de generación en generación, esta práctica asegura la herencia por la vía de la costumbre.

Así, Roberto asociará a su hijo Hugo, muerto prematuramente, luego a Enrique I, el cual hará consagrar, en vida, a su hijo Felipe, aunque es todavía menor de edad. Desde entonces, ya no es necesaria ninguna elección; más aún, no se vuelve a considerar la idea de un reparto entre los hijos ‘ del difunto. Cuando uno de los reyes desaparece, el otro hereda todo el poderío real y todo el reino.

Sin embargo, la nueva dinastía se enfrenta, desde el principio, con el pretendiente carolingio, Carlos de Lorena, tío del rey precedente. Hugo Capeto sólo le vence después de varios años de esfuerzos, gracias a la traición del obispo de Laon, Ascelino. Este último le entrega a Carlos de Lorena, así como a su mujer y sus dos hijos, instalados en Laon gracias a las intrigas mantenidas con un bastardo carolingio, Amoldo. Desembarazado de su competidor, Hugo Capeto se vuelve contra Arnoldo, a quien, con la esperanza de atraérselo, había nombrado obispo de Reims, a la muerte del titular.

Hace que un concilio lo deponga, cosa que provoca cierta emoción en la corte pontificia, pues no podía reprochársele a Amoldo ninguna falta de orden eclesiástico que justificara este proceso. El papa interviene en la disputa y quita la razón al rey. El hijo de éste, Roberto, arreglará la cuestión. Para evitar la excomunión que lo amenaza, a causa de su «unión incestuosa» con su prima Berta, hace restablecer a Amoldo en su cargo; pero no le valdrá de nada, y le alcanzará un anatema por este matrimonio contrario a los cánones. Sin embargo, Hugo Capeto se ha mantenido firme contra el papa, y prohibe a sus prelados acudir a Roma cuando aquél los convoca.

Además, fija la orientación de la política capeta en relación con sus vasallos. Se esfuerza en aumentar el dominio real, a favor de la extinción de las dinastías locales, y se  anexiona  así Dreux. Interviene, como arbitro, en la guerra que opone a dos de sus grandes vasallos, el conde de Anjou y el conde de Blois.

Hugo Capeto muere en 996, le sucede su hijo Roberto el Piadoso.

Fuente Consultada:
HISTORIA I José Cosmelli Ibañez Editorial Troquel
HISTORAMA La Gran Aventura del Hombre Tomo III edit. CODEX – La Dinastía Capeto de Francia

Vasallos y Señores Feudales El Contrato Feudal Obligaciones

OBJETIVOS DEL CONTRATO FEUDAL: DERECHOS Y OBLIGACIONES

Desde el siglo VIII y especialmente en el IX, la Europa occidental, debilitada por la ruptura de la unidad política del Imperio carolingio, debió afrontar el peligro de nuevas invasiones. A diferencia con los del siglo V, estos nuevos ataques de los pueblos del este no tenían como objetivo fundamental ocupar y dominar los territorios que invadían, sino efectuar actos de pillaje en busca de botín. Por lo tanto, no se desplazaban con sus tribus completas sino en grupos o bandas de saqueadores.

Esto les permitía actuar con gran velocidad y luego, de asestar sus golpes regresaban rápidamente a sus guaridas. Los ejércitos occidentales adiestrados para una guerra de tipo convencional, poco o nada pudieron  hacer para impedir los ataques  sorpresivos de  los  invasores. Las tribus que asolaron al decadente imperio fueron las de los normandos, los húngaros o magiares, los sarracenos y los eslavos.

contrato feudal edad media

Diversas regiones europeas debieron enfrentar al enemigo con sus propias fuerzas y esto determinó una creciente autonomía con respecto a! poder del monarca. Esos territorios que el rey había confiado a la nobleza para que los gobernara, no tardaron en ser considerados como una propiedad privada. Condes, marqueses y otros nobles procuraron erigirse en jefes hereditarios de dominios reales entregados a su custodia.

Así se fue debilitando aún más la unidad política del antiguo Imperio carolingio y esto favoreció el surgimiento de feudos, base de una nueva organización con marcada tendencia a la autonomía.

EL MUNDO MEDIEVAL

La división del Imperio carolingio y las nuevas invasiones favorecieron el advenimiento de un nuevo régimen político y social llamado feudalismo, que predominó en Europa desde los albores del siglo X hasta el XV (final de la Edad Media). El poder del Estado, que antes había pertenecido exclusivamente al rey, en el nuevo régimen se distribuyó entre los señores feudales La falta de buenas vías de comunicación y la inexistencia de ejércitos permanentes impidieron a los reyes defender con eficacia las fronteras de sus Estados.

Entonces, los ricos propietarios asumieron por cuenta propia la protección de sus intereses, para lo cual organizaron sus fuerzas militares y construyeron recintos fortificados (castillos) donde podían albergarse junto con sus servidores y rebaños. Todo esto contribuyó a debilitar aún más la autoridad del rey, al mismo tiempo que aumentaba el poder de los señores locales.

Los campesinos y los pequeños propietarios, incapaces de organizar sus defensas, se agruparon alrededor de los castillos y solicitaron el amparo de los castellanos. Estos otorgaban dicha protección, pero les exigían la entrega de sus tierras, la prestación de ayuda militar y el acatamiento de su poder. En recompensa por estos servicios, los señores devolvían las tierras a sus protegióos, pero éstos no las recibían ya como propias, sino en calidad de feudos, es decir, sujetas a las condiciones establecidas en el contrato feudal.

El que daba las tierras se llamaba señor feudal y el que recibía el feudo era vasallo o servidor.

El pacto se formalizaba mediante el homenaje, ceremonia en la que el vasallo se arrodillaba desarmado ante su señor, colocaba sus manos entre las de éste y le juraba fidelidad y acatamiento. Al mismo tiempo le cedia simbólicamente sus propiedades mediante la entrega de un terrón,  una rama,  un cetro, etcétera.

Acto seguido, el señor transformado en propietario de los bienes de su vasallo, se los volvía a encomendar en calidad de feudo, y le concedía la investidura, devolviéndole el símbolo que había recibido.

Señores y vasallos
En el contrato feudal se establecían los mutuos compromisos entre el señor y el vasallo. Este último estaba obligado a prestar servicio militar y debía acompañar a su señor en la guerra, dentro y fuera del territorio. Por el compromiso de fidelidad no podía luchar contra él ni contra sus hijos. Además tenía que comparecer como asesor en el tribunal del señor a fin de ayudarle a resolver los casos difíciles.
El vasallo no podía desvalorizar el feudo ni perjudicarlo, y estaba obligado a participar en el rescate del señor si era hecho prisionero; también pagar por el casamiento de la hija y para equipar al primogénito cuando era armado caballero.

Por su parte, el señor debía ofrecer a su vasallo protección y justicia. No podía atacarlo ni insultarlo, como tampoco perjudicar sus bienes. Si el vasallo moría, el señor colocaba bajo su tutela a los hijos menores, protegía a la viuda y procuraba casar a las hijas. Si faltaba a estos deberes cometía el delito de felonía. Pero los derechos del señor eran mayores, pues podía recuperar el feudo en caso de que el vasallo muriera sin herederos o no cumpliera con el contrato.

E! señor gozaba de muchos privilegios, pues administraba justicia, acuñaba su moneda y ejercía el monopolio del horno y del molino, donde ios campesinos debían dejar una parte de los productos o pagar un impuesto. También percibía otros derechos, tales como el del tesoro (metales preciosos hallados en sus dominios), naufragio (barcos hundidos en sus playas), salvoconducto (para viajar), caza, sello señorial, etc.

 En la antigüedad, los romanos tenían por costumbre ceder tierras en pago de servicios militares. En la Edad Media, cuando los germanos invadieron el Imperio, las tierras quedaron repartidas entre los conquistadores Algunas se mantuvieron liberadas de toda obligación personal y se llamaron alodios (posesión antigua). Otras imponían la obligación de prestar “determinados servicios” al donante y se denominaron beneficios. En el siglo IX, el régimen de beneficio y vasallaje se hizo general, estimulado por las razones políticas y sociales que liemos visto, y por el Edicto de Mersen dictado por Carlos el Calvo en 847. Este autorizaba a los hombres libres a elegir un señor “protector” dentro o fuera del reino. En   877,   el   Edicto   de   Kiersy   reconoció   los   grandes   feudos  y   declaró   hereditarios   los   cargos   señoriales.

rescisión del contrato feudal

AMPLIACIÓN DEL TEMA:

La unión de hecho, entre el beneficio y el vasallaje, toma carácter de una práctica normal. El desarrollo de un ejército pesado de caballeros contra la amenaza árabe, cuyo armamento cuesta muy caro, las luchas casi constantes, habían llevado a Carlos Martel y a sus sucesores a multiplicar el número de sus vasallos y a gratificarlos, paralelamente, con una concesión de tierras, bajo la forma de beneficio gratuito y vitalicio.

Para hacer frente a tales distribuciones de tierras, los Carolingios las tomaron masivamente del patrimonio de la Iglesia, hasta que ésta protestó violentamente. Esta forma de retribución, con objeto de disponer de guerreros bien armados, es ampliamente imitada por los grandes señores eclesiásticos y laicos (duques, condes, grandes propietarios, obispos, abades). Incluso los vasallos empiezan a tener otros vasallos, en vista de la importancia de los bienes raíces puestos a su disposición. El servicio del vasallo se especializa cada vez más en el servicio militar. Se encuentran también vasallos empleados en misiones políticas o judiciales, o en tareas administrativas.

En esta sociedad, guerrera y muy creyente, se desarrolla una verdadera mística del vasallaje, consistente en una devoción absoluta por el señor. Hay pocos casos que autoricen a un vasallo a dejar a su señor, al que se ha consagrado para toda la vida. Con mayor razón, está prohibido contraer este tipo de lazos con varios señores.

El beneficio es casi siempre una propiedad raíz; sin embargo, un vasallo puede recibir otro beneficio, por ejemplo el derecho de cobrar tasas. La tierra entregada en beneficio es de una superficie variable; en general, comprende una docena de mansos —el manso era la medida de una explotación campesina, y equivalía a unas 10 a 18 hectáreas—, pero puede también consistir en uno o varios dominios, o en una abadía.

Emperadores, reyes y particulares se han preocupado celosamente de conservar sus derechos de propietarios sobre las tierras concedidas o beneficiadas. A finales del siglo IX, los derechos del vasallo sobre su beneficio siguen siendo, en teoría, los de un usufructuario. Pero, cada vez más, el vasallo tiende a comportarse como propietario: así, la confiscación en caso de mala ejecución de las obligaciones del vasallo, o la recuperación del beneficio, a la muerte del vasallo o a la del señor, se convierten en una prueba de fuerza.

El vasallo exige del nuevo señor seguir siendo su recomendado, y recibir el mismo beneficio; igualmente, el hijo de un vasallo muerto entra en el vasallaje de su señor, y de él recibe el beneficio obtenido por su padre. El beneficio adquiere, pues, un carácter hereditario. También, con objeto de obtener un mayor número de beneficios, el vasallo contrata varios compromisos de vasallaje, a pesar de la prohibición inicial. De esta manera, el beneficio, que en su origen no tenía otra razón de ser que hacer más eficaz el servicio del vasallo, a finales del siglo ix se convierte casi en la condición de dicho  servicio.

LA MULTIPLICACIÓN DE LOS VASALLOS
El desarrollo del vasallaje y la concesión de beneficios a los vasallos fueron el resultado de una política consciente seguida por los Carolíngios, que creían así reforzar su propia autoridad. Ellos integraron, pues, el vasallaje en el mismo cuadro de las instituciones del Estado, a fin de cubrir las deficiencias de éstas.

Multiplicaron el número de los vasallos reales, obispos, abades v grandes señores, ligados directamente al rey; exigieron de todos los altos funcionarios—condes, marqueses, duques—que entraran en su vasallaje; pidiendo a todos sus subditos que se entregaran a un vasallo real, Carlomagno y sus sucesores establecieron una verdadera red de vigilantes en el Imperio, logrando con ello una nueva estructura social y política. Cada uno de sus subditos, desde el más grande al más humilde, entró, así en una red de subordinación, cuyo término era el emperador. Pero la gran pirámide de los derechos y las responsabilidades que los Carolingios esperaban construir, se reveló ilusoria.

En efecto, las obligaciones de vasallaje terminaron por ser más absorbentes que las debidas al soberano; entre éste y sus subditos se interponían pantallas sucesivas. Los sistemas de dependencia utilizaban el frágil mecanismo del Estado; la idea del contrato recíproco había sido sustituida por la idea del poder absoluto; el cumplimiento, por el rey, de sus deberes, se convierte en la condición necesaria de la obediencia de sus vasallos. Desde entonces, los lazos de vasallaje no podían ser ya el cimiento de la jerarquía social construida por los Carolingios, pues eran discutibles.

Por último, y esto era lo más grave, los que ostentaban la autoridad pública habían conquistado una autonomía cada vez mayor, gracias a la «vasallización» de sus cargos. Duques, marqueses y condes, entrando en el vasallaje real, se encontraron a la cabeza de las donaciones de tierras, en dos categorías: las que ellos recibían en beneficio, como vasallos, y las que estaban agregadas a sus cargos, a guisa de salario. Intentaron entonces conservar el conjunto de sus dotaciones, e identificar sus «honores»—término que designaba, a la vez, la función pública y la dotación de ésta—con sus beneficios.

Los «honores», antiguamente recibidos del rey como beneficios, al ser entregados de modo continuo, siguieron la misma evolución que la posesión de vasallaje: de vitalicios, se convirtieron en hereditarios. El personal político perdió, desde entonces, la noción del carácter público ligado a las funciones; se provincializó y conquistó su autonomía dentro del cuadro de su castillo. Así se han desarrollado los esquemas del feudalismo: principados, castellanías, dominios eclesiásticos y una serie innumerable de  pequeñas  dominaciones  locales.

En el siglo’ x, el sistema de las instituciones de vasallaje llegó a su completo desarrollo. Se sitúa, entonces, la primera época propiamente feudal, que durará hasta el siglo XIII. Y es precisamente en el siglo X cuando se extiende la palabra feudo, que reemplaza a la de beneficio, y que dará su nombre al feudalismo.

Fuente Consultada:
HISTORIA I José Cosmelli Ibañez Editorial Troquel
HISTORAMA La Gran Aventura del Hombre Tomo III edit. CODEX El Feudalismo

El Imperio Carolingio:Carlomagno Biografia Conquistas

El Imperio Carolingio: Carlomagno Biografía y Conquistas

resumen de la edad media 

EL IMPERIO DE CARLOMAGNO

Carlos Martel

El reino de los francos fue el más estable y duradero de los fundados por los pueblos germánicos en Europa.A partir del siglo VIII, una nueva dinastía de reyes, descendientes de la familia de los Heristal, le dio su mayor esplendor, y extendió su poder a todos los países de Occidente, en la misma época en que los árabes consolidaban su dominio en la península ibérica.

Carlos Martel que, como vimos, detuvo a los árabes en su avance sobre Europa en la memorable batalla de Poitiers (732), tuvo dos hijos:  Carlomán, que profesó como monje, y Pipino, apodado el Breve por su baja estatura, que depuso a Childerico III y se apoderó del trono en el año 751 y reinó hasta el 768, inaugurando la dinastía de los carolingios. 

A su muerte, sus dos hijos, Carlomán y Carlos, fueron elegidos reyes de los francos, pero, como era de prever, no lograron coordinar sus acciones y se enfrentaron entre sí.

La solución de esta difícil situación se vió facilitada por el fallecimiento de Carlomán en el año 771, con lo que quedó Carlos en posesión total de los dominios de su familia, pues los hijos de Carlomán lo eligieron como jefe.

CARLOMAGNO

Carlos ya era conocido por sus condiciones personales como El Grande (Magno), por lo cual fue llamado Carlomagno.  Una vez en ejercicio del poder, Carlomagno se dirigió a combatir a los lombardos en Italia, para proteger al papa Adriano IV. En el año 774 venció a Desiderio, rey de los lombardos, y dos años después deshizo por completo su reino. Desde entonces Italia quedó repartida, entre ti-es soberanos: el papa, Carlomagno y el emperador bizantino.

Carlomagno se proclamó rey de los longobardos y ciñó la corona de hierro, así llamada porque su aro interior había sido hecho con un clavo utilizado en la crucifixión de Jesucristo.

Poco tiempo más tarde, fue llamado a España (778) por un jefe árabe sublevado contra el emir de Córdoba. En consecuencia, atravesó los Pirineos y venció a los moros, obligándolos a retroceder en el territorio conquistado hasta la línea del río Ebro. A su regreso la retaguardia de su ejército fue sorprendida por los vascos o gascones y derrotada en el paso de Roncesvalles, donde murió su sobrino Rolando o Roldán, episodio que dio lugar a una famosa composición en verso.

Con posterioridad, los francos organizaron seis expediciones, con resultado de las cuales Carlomagno fundó dos marcas o provincias fronterizas, la de Barcelona y la de Gascuna.

Carlomagno culminó luego una larga guerra (772-785) contra los sajones, eficazmente conducidos por Widukindo, los que, a pesar de una enconada resistencia, fueron finalmente vencidos y sometidos, convirtiéndose al cristianismo.

Estos triunfos le permitieron extender sus dominios hasta el río Oder. Los bávaros fueron también vencidos y la misma suerte corrieron los ávaros, descendiente de los hunos (788-796), establecidos sobre las costas  del Danubio. Finalizada esta campaña, Carlomagno creó la marca del Este (Ostereich), que más tarde constituyó el reino de Austria.

EL IMPERIO

Una vez Finalizadas estas campañas, las posesiones de Carlomagno comprendían la Galia, Italia, Germania y una parte de España, con lo cual quedó restablecido el antiguo Imperio romano de Occidente.

Fue en estas circunstancias que el 25 de diciembre del año 800, mientras Carlomagno oraba en la basílica de los apóstoles San Pedro y San Pablo, en Roma, el papa León III ciñó su cabeza con la corona imperial, a semejanza de lo que ocurría con los emperadores de Bizancio. De esta manera se consolidó la unión de la Iglesia y el estado.

Para mejorar la administración de su vasto imperio, Carlomagno acrecentó el número de duques y condes, cuyos subalternos fueron los vicarios y los centenarios. La labor de éstos se complementaba con la de otros funcionarios de confianza llamados missi dominici (enviados del señor), que recorrían el territorio en cada estación, de dos en dos un conde y un obispo—, para verificar el buen desempeño de sus súbditos.

Dos veces al año se celebraban las asambleas nacionales en las que participaban solamente los obispos, los duques y los condes. Durante su transcurso Carlomagno publicaba sus ordenanzas conocidas con el  nombre de capitulares, por estar enunciadas en capítulos, que no siempre tenían el carácter de leyes.

En ocasiones se trataba de normas o preceptos morales.  Carlomagno prestó principal atención a la organización militar, a cuyo efecto las provincias fronterizas, llamadas marcas, estuvieron a cargo de jefes que recibieron el nombre de Margraves en Alemania y marqueses en los países latinos.

El ejército se componía de hombres libres, que debían aportar sus elementos de combate, cuya cantidad y calidad variaba de acuerdo con el patrimonio de cada combatiente.  También tuvo especial preocupación por la organización eclesiástica, de la cual se sentía responsable.

Con tal objeto creó nuevos obispados y obligó al pago del diezmo, que consistía en el aporte de la décima parte de las cosechas, para el mantenimiento de la Iglesia. Durante el reinado de Carlomagno se llevaron a cabo numerosas obras públicas, entre las que sobresalieron los puentes de madera levantados sobre el Rin y el Danubio; el comienzo de la construcción de un canal entre ambos ríos y la edificación de palacios.

mapa del imperio carolingio en europa

El Imperio Carolingio

El Renacimiento Carolingio

En materia cultural, Carlomagno procuro estimular el desarrollo de las letras y de las ciencias, decaídas por efecto de las luchas, a través de su propio ejemplo. A tal efecto, aprendió el latín y estudió la lengua germánica. Fundó escuelas y se rodeó de sabios, entre los cuales sobresalieron el teólogo Alcuino, nacido en Inglaterra, el lombardo Diácono y el germano Eginardo.

Carlomagno asistió a la escuela que funcionó en su propio palacio de Aquisgrán, que mas bien tenía el carácter de una academia, donde se trataban y discutían temas de carácter científico y literario, basados en el estudio de las denominadas artes liberales, que comprendían el trivium (gramática, retórica y dialéctica) y el quadriuium (geometría, aritmética, astrología y música), según el método de lectura y comentario de textos. Paralelamente funcionaba una escuela para niños, que visitaba con frecuencia.

Hasta entonces eran pocos los que tenían una cultura clásica. Entre ellos sobresalían los monjes benedictinos, quienes fueron los más celosos custodios de esa valiosa herencia.  Este resurgimiento cultural ha sido llamado el renacimiento carolingio.

División del imperio

Rodeado del cariño de su pueblo y de la admiración de los extranjeros, Carlomagno falleció en su palacio de Aquisgrán (Aix-la-Chapelle), el 28 de enero de 814. A su muerte, los pueblos sometidos trataron de recobrar su independencia y la estructura del imperio se resquebrajó hasta partirse.

Su hijo Luis el Benigno o Ludovico Pío, que le sucedió en el trono, dividió el imperio en el año 817 entre sus tres hijos: Lotario, Pipino y Luis. Disconforme con este reparto, su sobrino Bernardo, que era el rey de Italia, se sublevó, pero fue vencido.

Posteriormente, Ludovico se casó en segundas nupcias con una hija del rey de Baviera (819) con la que tuvo otro hijo, Carlos, a quien quiso hacer partícipe del reparto y entregarle un reino, pero sus otros hijos se sublevaron y Ludovico fue depuesto, aunque más tarde fue restablecido en el trono por la asamblea de Nimega (830).

Esta resolución dio lugar a que sus hijos se sublevaran nuevamente en el año 833. Abandonado por su ejército, fue degradado públicamente, pero poco después fue restaurado por segunda vez en el trono (834).

Tiempo más tarde, su hijo menor, Luis el Germánico, quitó sus dominios a los hijos de Pipino, rey de Aquitania, que murió en el año 838 y además, convenció a su hermano Lotario que le cediera sus posesiones; con lo cual unificó las fuerzas para luchar contra su padre, que falleció en 840, cuando se dirigía a enfrentar al vástago rebelde.

Con la muerte de Ludovico Pío, sus dos hijos menores , Luis y Carlos, se unieron contra Lotario, que reclamé la 3ucesión de su padre y el título de emperador. El entredicho derivé en un enfrentamiento militar, que tuvo lugar en Fontenoy, el 25 de junio de 841. La batalla se prolongó durante todo un día, hasta que el ejército de Lotario se retiro del campo, sin estar definitivamente derrotado.

En esas circunstancias, Luis y Carlos ratificaron su unión con el famoso juramento de Estrasburgo. prestado en presencia de los dos ejércitos (842).

Tratado de Verdún

Al año siguiente (843), Lotario se avino a firmar un tratado en Verdún, por el cual se llevó a cabo otro reparto, de tal manera que Carlos, apodado el Calvo, se quedó con la Galia, aunque con una superficie más reducida, comprendida por los ríos Escalda, Mosa, Saona, los montes Cevenes y la desembocadura del Ródano. A este territorio se lo llamó Francia. Luis el Germánico obtuvo la extensión situada al Este del Rin, que se llamó Germania (Alemania). Por último, Lotario recibió Italia y una franja de territorio separada de la Galia. que comprendía parte de Suiza, la Borgoña, Provenza y Austrasia (Alcasia y Lorena). Todo el conjunto recibió el nombre de Lotaringia.

Con esta división, desapareció el imperio de Carlomagno y surgieron tres incipientes estados que, con algunas variantes en su integración territorial, perduraran hasta nuestros días.

No obstante, la desmembración no se contuvo con esta división, sino que cada una de las tres partes continué fraccionándose en pequeños estados.

En Francia, Carlos el Calvo no pudo mantener su autoridad sobre los duques, marqueses y condes, que fueron emancipándose gradualmente. Estas divisiones fueron favorecidas por el famoso edicto de Mersen (847), del propio Carlos el Calvo, por el cual se establecía que los hombres libres debían reunirse en tomo de un señor, y luego por el edicto de Krersy del Oise (877), que admitió que el título de conde fuera hereditario.

MUERE EL EMPERADOR, MUERE EL IMPERIO
Cuenta Eginardo que, poco después de la Navidad del año 813, Carlos fue atacado por una fiebre que minó su formidable fortaleza. En enero de 814 la enfermedad lo obligó a suspender toda actividad y a permanecer en el lecho. Naturalmente, no se resignó a permanecer en esa situación.

Los consejos y cuidados médicos le resultaban insoportables. Consideraba que el mal debía ser tratado como si fuera un enemigo, con todo rigor. Declaró entonces la “guerra” a su enfermedad, sometiéndose a un ayuno absoluto. Durante días no tomó alimento alguno, salvo algunos sorbos de agua.

La fiebre lo quema, la pleuresía lo sofoca. Los médicos tratan de convencerlo para que se someta a tratamientos más eficaces. Pero todo es en vano. La misma voluntad férrea que lo favoreció en tantos triunfos, lo empujaba ahora a la derrota.

Año 814, 28 de enero, 9 de la mañana. Repentinamente, el físico agotado cede, y sobreviene la muerte. En el palacio, junto al dolor y la consternación, cunde la incertidumbre. Carlos no ha dejado ninguna directiva referente a sus exequias, ni siquiera ha fijado el lugar en que debe ser sepultado: la eventualidad de la muerte no lo preocupó en absoluto. Después que su cadáver es lavado y revestido con las insignias imperiales, los dignatarios de la corte discuten, indecisos, sobre el lugar donde será sepultado. Finalmente, se deciden por la catedral de Aquisgrán, que el mismo emperador mandó construir.

El siguiente problema es el de la sucesión. De los tres hijos que hacía ocho años Carlomagno había señalado como herederos del trono, sólo uno vive: Luis, rey de Aquitania, príncipe tan religioso que se dio a sí mismo el apelativo de “Piadoso” (Ludovico Pío). Luis se parecía a su padre, pero solamente en el físico.

Era de carácter neurótico, inconstante, pasional. Gobernó mal al imperio, preocupado desde temprano por el problema de su sucesión. Después de haber resuelto dividir en tres partes los dominios francos para darle una a cada uno de sus tres primeros hijos — Lotario. Pipino y Luis—, reservando al primero el título imperial, resolvió, en el año 829, alterar ese reparto, v dar a su cuarto vastago, Carlos, hijo de su segunda esposa, parte de las tierras prometidas antes a los otros príncipes.

Al morir, en 841, las violentas rivalidades entre los cuatro hermanos dieron lugar al estallido de una guerra generalizada. En el transcurso de dos años de lucha y convulsión, los últimos vestigios del gran imperio centralizado de Carlomagno desaparecieron del mapa de la Europa occidental.

DESPUÉS DE CARLOS, EUROPA TOMA NUEVOS RUMBOS
“En esta tumba reposan los restoí de Carlos, grande y ortodoxo emperador, que acrecentó noblemente el reino de los francos y lo gobernó con felicidad durante 47 años. Murió a los 71 años, en 814, año del Señor, séptima indicción, el quinto día antes de las calendas (1ro. de mes) de febrero”. Este epitafio, esculpido en el sepulcro de Aquisgrán, no puede expresar, en su exacta dimensión, la obra de Carlomagno.

Sólo la posteridad la ha valorado can justicia. El imperio, en cuanto organización administrativa y unidad territorial, fue efímero. Perduró algo gracias al talento político de su creador. Pero una vez muerto éste, no pudo sobrevivir.

El feudalismo, cuyo advenimiento había preparado y al que dieron fuerza las discordias intestinas y las invasiones normandas, concluyó por desmembrarlo. Sin embargo, la existencia o el recuerdo de ese vasto imperio, por breve que haya sido, tuvo consecuencias decisivas en el desarrollo posterior de la historia de la Europa occidental.

El Imperio Carolingio
Al asumir el control de todo el reino franco en el año 771, Carlomagno continuó la política emprendida por su padre, y re-vitalizó su alianza con la Iglesia romana. Entre 773 y 774, conquistó los territorios ocupados por los lombardos, y renovó las donaciones hechas al papado por Pipino, llamándose a sí mismo “rey de los francos y los lombardos”. Estas conquistas fueron tan sólo el comienzo del proceso de expansión de los dominios francos, que se extendieron hasta alcanzar las dimensiones de un imperio continental.

Mientras sostenía la larga guerra de conquista de los territorios de los sajones (entre 772 y 804), otras regiones fueron también anexadas. Los límites del imperio no eran precisos, pero éste creció en forma de abanico hacia el Oriente, donde la penetración más profunda alcanzó las tierras de los avaros.

También los límites occidentales se modificaron: en el extremo oeste quedó establecida la Marca de Bretaña, y en el sudoeste se creó la Marca de España. Todo ese gran imperio, sin embargo, no sobrevivió a su creador. Los fermentos de la disgregación se manifestaron ya durante el reinado de su hijo Luis el Piadoso.

Cuando éste murió, tuvo lugar una larga disputa entre sus hijos a la que dio fin el Tratado de Verdún, del año 843. Por este acuerdo el imperio fue dividido en tres reinos: el oeste para Carlos II (la Francia occidental, más tarde Francia), el centro para Lotario I, quien mantuvo el título de emperador, y el este para Luis (la Francia oriental, más tarde Alemania). La unidad formal del imperio fue respetada pero, de hecho, el imperio europeo se extinguió definitivamente.

ASÍ ERA CARLOMAGNO (Según Einhard, escritor y biógrafo de Carlomagno.)
Carlos era grande, fuerte y de alta estatura… Se sabe que su altura era siete veces el largo de su pie. La parte de arriba de su cabeza era redondeada, sus ojos grandes y vivaces, su nariz quizá un poco larga, tenía pelo castaño, de cara sonriente y alegre.

Su apariencia era imponente y digna, ya estuviera de pie o sentado; aunque su cuello era un tanto corto y grueso y su barriga un tanto prominente… De acuerdo con la costumbre nacional, hacía mucho ejercicio a caballo y cazando… Nadaba a menudo y nadie podía ganarle.

Se vestía según la usanza de los francos; primero una camisa y pantalones de montar de lino, arriba una túnica con bordes de seda y unas calzas sujetas con fajas que cubrían sus piernas, pies y zapatos. En invierno, como abrigo para el pecho y los hombros, usaba un saco entallado o pieles de marta. Arriba de todo, se arrojaba un manto azul y también llevaba una espada con empuñadura de oro o plata ceñida a la cintura con un cinturón.

Carlos era moderado en la comida y especialmente en la bebida, ya que le disgustaban profundamente las borracheras… mucho más tratándose de él o de cualquiera que viviese en su casa. Mientras comía, escuchaba alguna lectura u oía música. Los temas favoritos de lectura eran las historias y hazañas del pasado. También le gustaba leer a san Agustín, en especial el libro titulado La ciudad de Dios.

Carlos tenía gran habilidad para hablar: lo hacía con fluidez y prontitud, y podía expresar todo lo que quería decir con la claridad más absoluta. Su dominio del latín le permitía hablarlo bien. Cultivaba las artes liberales, tenía gran estima por sus maestros y les otorgaba grandes honores. Aprendió gramática con el diácono Pedro de Pisa…

Otro diácono, Alcuino, de origen sajón, era un gran erudito de la época y fue su maestro en otras ramas del saber. También intentó con la escritura; acostumbraba a guardar tablillas de escribir bajo su almohada para practicar en los ratos libres; sin embargo, por haber empezado su aprendizaje tarde en la vida, no logró éxito en este aspecto.

Abrazó con gran fervor y devoción los principios de la religión cristiana que había conocido en la infancia. Por esto mandó a construir la bellísima basílica de Aix-la-Chapelle, la hizo adornar con lámparas de oro y plata, con puertas y barandas de bronce sólido.

Carlos estaba siempre dispuesto a ayudar al necesitado… No solamente dio el ejemplo ayudando dentro de su país sino que, cuando descubrió que había cristianos pobres en Siria, Egipto y Cartago, tuvo compasión de ellos y les envió dinero. Murió a la edad de setenta y dos años y lo enterraron en Aix-la-Chapelle.

Armas Que Usaban Los Caballeros Medievales Torneos Edad Media

Armas Que Usaban Los Caballeros Medievales Torneos en la Edad Media

El arte de la guerra en la Edad Media
Armas que usaban los caballeros medievales

DURANTE LA mayor parte de la Edad Media, Europa occidental fue una sociedad organizada para la guerra. El orden social y económico se constituyó sobre las demandas del estado de guerra, y uno de los objetivos principales del sistema feudal fue el mantenimiento de una fuerza de caballeros armados.

armas edad mediaTeóricamente, en el estado feudal, todas las tierras pertenecían al rey, quien repartía parcelas a los señores, como vasallos, a cambio de sus servicios. Estos, a su vez, entregaban tierras a otros señores, y así sucesivamente. Para formar un ejército medieval, el rey llamaba a sus vasallos para que formaran parte del ejército y reunieran un número determinado de caballeros; cumplían con esta exigencia llevando a sus propios vasallos al servicio, los cuales, a su vez, llamaban a los suyos y así sucesivamente hasta la parcela más pequeña de tierra capaz de equipar y mantener a un caballero.

El caballero medieval era un guerrero diestro, entrenado desde joven, mediante la práctica constante y la experiencia directa en la guerra. Luchar era la razón de ser y principal pasatiempo de la nobleza; el ethos del valor militar y la lealtad hacia el señor eran enormes. Pero un caballero medieval con caballo de combate, armadura y escudero constituía un bien costoso.

De hecho, en el siglo VIII se decía que el equipo militar para un hombre costaba alrededor de 20 bueyes, equivalente a lo requerido por diez familias campesinas para arar. Sin embargo, una fuerza efectiva de caballeros era esencial para la seguridad de cualquier reino o principado, y las estructuras sociales y económicas se amoldaban a esta necesidad. La superioridad del caballero montado fue un fenómeno nuevo para la Edad Media y dependió en gran medida de la introducción del estribo.

La caballería siempre fue importante para la guerra, pero la capacidad de realizar un ataque concertado al galope con lanzas sólo surgió cuando los caballeros contaron con un apoyo firme para los pies y pudieron asegurarse de no ser derribados por la fuerza del impacto. El estribo de hierro, originario del noreste de China en el siglo IV, fue llevado a Occidente por guerreros nómadas durante el siglo VIL Como todas las innovaciones militares, sus ventajas fueron rápidamente reconocidas y muy pronto comenzó a ser utilizado por la caballería bizantina y por los caballeros de Carlomagno. Durante casi mil años la característica principal de la guerra en Europa siguió siendo la carga masiva de la caballería.

La orientación militar de la sociedad implicaba que mucha energía y riqueza se destinaba a armamentos y fortificaciones. Lentamente se comenzaban a utilizar cotas de malla con placas de hierro en lugares críticos, y en el siglo XIV aparecieron las armaduras de hierro.

Las armas ofensivas intentaban seguir el paso, primero con la adopción de la ballesta china, durante el siglo X, que permitía atravesar la coraza más gruesa, luego, en el siglo XIV, con el desarrollo del cañón. Los cañones no sólo se usaban en operaciones en el campo, sino también en los sitios, que constituían una de las características principales de las campañas medievales.

La inseguridad endémica y las frecuentes hostilidades pusieron el énfasis en defensas seguras, y todos los nobles que podían darse el lujo, construyeron castillos o casas fortificadas. Al principio, las fortificaciones fueron construidas de tierra y madera, pero durante el siglo XI aparecieron cada vez más fortificaciones de albañilería. El diseño de la arquitectura militar se hizo cada vez más sofisticado al avanzar la Edad Media, y nos ha legado algunos impresionantes monumentos medievales, tales como el castillo construido por Eduardo I en Gales o las fortalezas de los cruzados en el Levante.

ARMAS DE LA EDAD MEDIA

ARMAS DE LA EDAD MEDIA

EL LEGADO DE LAS CRUZADAS
La expansión territorial del Cristianismo occidental como resultado de las Cruzadas fue más marcada en tres áreas distintas: en la conquista y colonización temporal de Palestina, en la expulsión del poder musulmán de la península Ibérica y en la conquista de Prusia por parte de los caballeros teutónicos. El éxito de la Primera Cruzada, liderada por el príncipe Boemundo (1096-1099) (cuya tumba en Canossa di Puglia , refleja el poder y la riqueza acumulados por los líderes de la campana), dio como resultado el establecimiento a principios del siglo XII de una serie de principados cristianos en la parte oriental del Mediterráneo. Pero el gasto que significaba para Europa mantener y proveer estos territorios era demasiado grande.

En 1144, bajo Zengi, Siria volvió a ocupar el condado de Edesa; luego Saladino, fundador de los ayubitas, dirigió una constante campaña, entre 1187 y 1193, en la que recuperó Jerusalén y arrasó con el territorio ocupado por los cruzados. En España (mapa extremo inferior) el resultado fue más permanente para los cristianos. Partiendo de los territorios noroccidentales de Castilla y León, el proceso de la Reconquista cristiana fue largo y arduo. De hecho, en Andalucía, los líderes militares cristianos, recompensados con grandes territorios, gobernaban una población mixta y grandes centros musulmanes como Córdoba y Granada aún conservan la huella de la cultura musulmana. La mezquita en Córdoba , ahora parte de la catedral, es un rico ejemplo de la decoración de la arquitectura islámica.

Fuente Consultada:
Revista TECNIRAMA-HISTORIA DE LA CIENCIA TOMO II
Atlas de la Historia Universal Tomo I The Thimes

Armas en la edad Media Historia de las Armas Arco Largo Mosquete

1050: Ballestas , es el único hallazgo militar de la edad media. Difícil de manejar era un arma muy eficaz, que en 1130 la iglesia prohibió su uso, salvo contra el infiel musulmán, tratándola de arma aborrecida por Dios e indigna para el cristiano.

Cuanta más fuerza se aplique a tensar un arco, mayor será la fuerza con que salga despedida la flecha cuando se libere la tensión. Y a mayor fuerza de disparo, mayor alcance y capacidad de penetración. Naturalmente, cuanto mayor sea el arco o cuanto menos flexible, mejor, pero llegará un momento que el músculo humano no bastará para tensar la cuerda del arco.

En Francia, en algún momento en torno a 1050, se aplicó un mecanismo a este proceso: el arco se  tensaba mediante una manivela de dos manetas, o con un dispositivo equivalente. Andando el tiempo, los arcos se fabricaron de acero, y con ellos se disparaba un dardo corto a una distancia de unos 300 m, capaz de penetrar en una cota de malla.

Ésta fue la primera arma manual mecanizada, y el dardo que disparaba se consideró tan terrorífico, que la ballesta pareció demasiado mortífera para ser utilizada. Al menos un concilio eclesiástico reunido en 1139 trató de proscribir su uso, salvo en contra de los no cristianos. (Pero la prohibición no fue tenida en cuenta).

La mayor desventaja de la ballesta era su lentitud. Se precisaba mucho tiempo para tensarla mediante la manivela, y dejarla lista para disparar, y una vez efectuado el tiro, el enemigo podía fácilmente arremeter sin dar tiempo a recargar el arma.

1298: Arcos largos: El arco largo lo inventaron en el siglo XIII los galeses. Tenía más de 1,80 m de longitud y disparaba flechas de 0,90 m. Un hábil arquero podía lanzar con exactitud una flecha a unos 225 m, y alcanzar un máximo que superaba los 300. Lo cual equivalía al doble del promedio de la ballesta y, lo que era mucho más importante: en el tiempo que aquélla necesitaba para ser recargada, con el arco largo podían efectuarse cinco o seis disparos. Si se enfrentaban unos arqueros provistos de esta arma con un número igual de ballesteros, estos últimos eran acribillados.

La desventaja del arco largo, sin embargo, radicaba en que el arquero debía aplicar una fuerza de 40 a 45 Kg. para tensarlo, y mantener la tensión hasta el momento en que la pluma de la flecha estaba alineada con la oreja del tirador. Ello requería fuerza y un gran entrenamiento.
Eduardo I de Inglaterra reconoció el valor de esta arma y organizó un cuerpo de arqueros ingleses provisto de ella. Ensayó su eficacia en su enfrentamiento con los escoceses en la batalla de Falkirk el 22 de julio de 1298.

La infantería escocesa disponía de picas, pero los arqueros ingleses, con sus arcos largos, dispararon contra ellos a distancia, y cuando ya habían sido aniquilados en número suficiente como para que el resto quedara reducido a una masa en desorden, la caballería inglesa acudió a rematar la tarea. Los ingleses utilizaron los arcos largos en otras batallas, y ninguna otra nación adoptó nunca esta arma tan lógica. Como consecuencia de ello, los ingleses constituyeron una gran potencia militar durante el siglo y medio que siguió.

Esacala de Asalto , Siglo XVI Lanza Piedras
Dispositivo de un Puente de Asalto “Escorpión”, Lanza Dardos
Puente de Asalto Móvil Carro de Asalto Primitivo, ocupados por Arcabuceros
Cañón a repetición sobre pivote Cañón Mortero

1346: Cañón Una vez los europeos dispusieron de pólvora, no tardó mucho en abrirse paso la idea de colocarla en un grueso tubo metálico y, aprovechando su fuerza explosiva, proyectar una bola de piedra o de metal. Ésta saldría con mucho mayor ímpetu que si se lanzara mediante una catapulta. Ignoramos quién inició la construcción de esos tubos o cañones, pero algunos afirman que una versión primitiva se utilizó en el asedio de la ciudad de Metz en 1324.

En cualquier caso, no cabe duda de que hacia 1346 ya se empleaban. Eduardo III de Inglaterra, en su intento de reclamar el trono de Francia, entró en guerra en 1337, dando así comienzo a la que sería conocida como guerra de los Cien Años.

La primera batalla campal de esa guerra se libró en Crécy, en la Francia centro septentrional, el 26 de agosto de 1346. Los franceses aventajaban en número a los ingleses, sobre todo en caballería, y también disponían de ballesteros genoveses. Pero los ingleses contaban con arqueros armados con arcos largos, y éstos prevalecieron. Los arqueros ingleses avanzaron y los franceses fueron aniquilados. Eduardo III también tenía cañones en Crécy. Se trataba de artefactos primitivos y no sirvieron para nada, pero constituían todo un presagio del futuro.

1565:Mosquete Por esta época, el perfeccionamiento del arcabuz dio como resultado el mosquete. Esta palabra deriva de (mosca), y con anterioridad se había aplicado al cerrojo de las ballestas, tal vez porque tanto esa pieza como la bala del mosquete producían, al pasar junto al oído, un sonido semejante al zumbido de una mosca.

Los mosquetes podían disparar balas capaces de penetrar la armadura, con lo que ésta empezó a desaparecer. Carecía de utilidad soportar su peso si, a cambio, no ofrecía protección.

Durante dos siglos, los mosquetes continuaron siendo las principales armas ligeras usadas por los soldados, pero aún resultaban difíciles de manejar y cargar, por lo que los mosqueteros precisaban la protección de los alabarderos.

1450: Arcabuces  Naturalmente, uno de los problemas que planteaba la artillería era que los cañones resultaban pesados y tenían que trasladarse con mucho esfuerzo de un lugar a otro. Sin duda hubiera sido muy conveniente disponer de un cañón lo bastante pequeño como para que una sola persona pudiera acarrearlo.

Hacia 1450 se inventó en España el primer cañón lo suficientemente reducido como para que lo disparase un soldado. Recibió el nombre de arcabuz, de una palabra holandesa que significaba “cañón de gancho”. Tal vez fue llamado así porque se asociaban los primeros arcabuces con las picas, que eran «lanzas con gancho».

El arcabuz no era fácil de llevar. Los primeros resultaban tan pesados, que necesitaban soportes.

La pólvora cargada detrás de la bala debía prenderse para poder efectuar el disparo, operación tan ardua como la de tensar de nuevo la ballesta, por lo que se precisaban alabarderos que protegieran a los arcabuceros mientras procedían a recargar sus armas. No obstante, el arcabuz señaló el comienzo de las armas ligeras. Se perfeccionó y aligeró, de tal manera que podía dispararse apoyándolo en el hombro. Continuó utilizándose durante siglos, hasta que quedó superado.

LAS ARMAS DE LA EDAD MEDIA

Fuente Consultada:
Revista TECNIRAMA-HISTORIA DE LA CIENCIA TOMO II