Sociedad y Cultura en la Edad Media

Historia del Museo de Louvre Principales Obras de Arte París

BREVE HISTORIA DEL MUSEO DEL LOUVRE EN PARÍS

PRINCIPALES OBRAS DE ARTES EXHIBIDAS

EL PALACIO: La Historia del Museo del Louvre se remonta al siglo XI, cuando para su defensa Felipe Augusto hizo edificar junto al río una fortaleza cuya superficie ocupaba aproximadamente un cuarto de la actual Cour Carree. Sin ser todavía la residencia real (el rey prefería vivir en la lie de la Cité), la fortaleza acogía, además de otras cosas, el tesoro real y los archivos.

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Historia del Museo de Louvre

En el siglo XIV Carlos V el Sabio la hizo más acogedora y la destinó para su habitación particular, haciendo construir en ella la famosa Librairie. Al final de su reinado el Louvre no alojó más reyes hasta el año 1546, cuando Francisco I tomó a su servicio al arquitecto Pierre Lescot para que le rindiera la vivienda más habitable y más conforme al gusto renacentista.

Con este objeto mandó derribar la vieja fortaleza y sobre sus cimientos hizo erigir el ala sur-oeste de la actual Cour Carree. Los trabajos continuaron bajo Enrique II. A su muerte, Catalina de Médicis confió a Philibert Delorme el encargo de edificar el palacio de las Tuileries calculando unirlo al Louvre mediante una gran galería que se extendía a lo largo del Sena.

Los trabajos, interrumpidos a la muerte de Delorme, fueron reanudados y terminaron con Enrique IV, quien mandó construir la Gran Galería y el Pavillón de Flora. También bajo Luis XIII y Luis XIV se continuó la ampliación del edificio: los arquitectos Lemercier y Le Vau dieron a la Cour Carree su aspecto actual; Claude Perraultfue encargado en 1667 construir la fachada oriental con su columnario.

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Historia del Museo de Louvre

Al trasladarse la Corte a Versalles en 1682, los trabajos quedaron casi abandonados y el palacio fue desmoronándose a tal punto que en 1750 hasta se pensó demolerlo. Fueron tal vez las mujeres de los mercados parisienses las que lo salvaron cuando el 6 de Octubre de 1789 marcharon a Versalles, llevándose de vuelta a la familia real.

Tras la tormenta revolucionaria, los trabajos fueron al fin reanudados por Napoleón I cuyos arquitectos Perder y Fontaine empezaron la edificación del ala norte en la Rué de Rivoli, acabada en 1852 por Napoleón III, el que por último se decidió terminar la construcción. Con el incendio y la destrucción de las Tuileries, ocurridos durante el sitio de la Comuna en Mayo de 1871, el Louvre tomó su aspecto actual.

EL GRAN LOUVRE: A partir de su instalación en el palacio del Louvre en 1793, el museo ha tenido que sufrir todas las limitaciones de un edificio que non ha sido concebido para él.

Las colecciones, que son entre las más ricas en el mundo, necesitaban, un amplio espacio para ser exhibidas y presentadas de manera coherente a un público muy vasto. El Louvre era entonces un museo exageratamente lleno, con salas saturas y desprovistas de estructuras satisfactorias aptas a acoger a los visitantes.

Con la decisión, tomada en 1981, de destinar el entero palacio a la sistemación de las colecciones trasladando el Ministerio de las Financias a Bercy Francois Mitterand promovía un programa vasto y ambicioso para la reestructuración del Museo.

La realización del Gran Louvre empezó inmediatamente con los estudios de museografia y urbanística y con la elección del arquitecto americano de origen china Ieoh Ming Pei, a quien fue confiada la sistemación de la Cour Napoleón, destinada a convertirse en el centro de acogida del museo, y con un programa de redistribución de las colecciones dentro de los nuevos ambientes.

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Arquitecto americano de origen china Ieoh Ming Pei

COUR NAPOLEÓN
La doble estructura longitudinal exigía la concentración de las funciones vitales del Museo, hecho posible gracias a la utilización del subsuelo de la Cour Napoleón. Para ello, en 1983, I.M.Pei concebió una vasta sala de entrada subterránea colocada en el centro de la corte bajo una pirámide de cristal transparente sujetada por una fina red de cables metálicos. Alta 21 m. esta pirámide está rodeada por 7 peceras y fuentes, galerías de acceso a ¡as ¿res alas del Museo (Richelieu, Sully, Denon) en donde se redistribuirán las colecciones.

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Historia del Museo de Louvre

La pirámide fue por largo tiempo el objeto de muchos debates. La operación fue, en efecto, extremadamente complicada: se trataba de construir en el corazón de este lugar histórico, considerado «saturo de arquitectura y de historia», una estructura moderna para la acogida del público, dotada de todos los requisitos técnicos indispensables a la vida de un museo moderno. Sin modificar el aspecto exterior del edificio, la solución adoptada permite focalizar el ingreso principal sin enmascarar el Palacio e iluminar suficientemente el enorme espacio subterráneo.

Gracias a su transparencia, esta pirámide con sus formas puras y geométricas, reminiscencia de la arquitectura antigua, permite al visitante estar continuamente en contacto visivo con el Palacio. Bajo la pirámide, además de la sala de entrada, enriquecen el Louvre un auditorium, un espacio destinado a las exposiciones temporales y una nueva sección dedicada a la historia del Palacio.

Alrededor de un hemiciclo en donde se exhiben los vestigios de la decoración concebida por Jean Gujon (1510-1566) para la parte alta de los edificios de Pierre Lescot, dos salas exponen en un orden cronológico los documentos, proyectos, estampas, dibujos, maquetas y obras originales que atestiguan las sucesivas etapas de la historia del Louvre.

LAS COLECCIONES DE OBRAS DE ARTE
El conjunto de obras allí reunidas es tan variado y extenso que bien puede este museo definirse como «el más importante del mundo». Constituido al comienzo como colección de los reyes de Francia alrededor de un núcleo inicial, pudo continuamente ampliarse gracias a una política de sabias adquisiciones y generosas donaciones.

El mérito de haber sido el fundador de esta importante colección es unánimemente atribuido a Francisco I. Ya sus predecesores habían comisionado y adquirido obras de arte – pinturas principalmente – pero se trataba de episodios aislados. Con este monarca (1515-1547) se inicia una verdadera colección de obras de toda clase, destinadas a enriquecer la residencia real de Fontainebleau. Es él que logra asegurarse los servicios del artista más ilustre de aquel tiempo, Leonardo da Vinci, y luego la propriedad de algunas de sus obras más importunes, como La Gioconda y la Virgen de las Rocas.

En el mismo período entran a formar parte de la colección obras de otros autores italianos, como Andrea del Sarto, Ticiano, Sebastián del Piombo y Rafael. Los sucesores de Francisco I no manifiestan mucho interés en la colección de obras de arte. Se limitan a hacer ejecutar algunos retratos a artistas franceses contemporáneos, como por ejemplo Clouet y Corneille. Nuevo vigor se le infunde sin embargo a la colección durante el reinado de Luis XIII.

Aunque era el rey más bien indiferente a las obras de arte, su célebre ministro, el cardenal de Richelieu, fue un verdadero coleccionista. A su muerte dejó sus colecciones a la corona, que de tal forma se enriqueció en obras maestras tales como los Peregrinos de Emaús de Veronés y la Santa Ana de Leonardo.

María de Médicis, madre del Rey, también contribuyó a la ampliación de la colección, comisionándole a Rubens un cierto número de lienzos para su nueva residencia del Luxembourg. No obstante, el tamaño de la colección quedaba todavía modesto. Un avalúo de aquel tiempo hace ascender el número de obras a cerca de 200.

Es con el sucesor, Luis XIV, que se realiza un paso adelante considerable. Basta sólo con decir que a su muerte el «Gabinete Real» ya cuenta con más de 2.000 pinturas. En primer lugar, adquirió el rey, por consejo de su ministro Colbert, parte de la colección del cardenal Mazarino. Luego le ayudó la suerte, pues pudo apoderarse de la colección que había pertenecido al rey Carlos I de Inglaterra, la que Cromwell había puesto en venta.

Era aquella colección importantísima, por haberse anteriormente acrecentado con la del príncipe Gonzaga de Mantua. Además, el Rey Sol reúne numerosas obras de autores franceses, como Poussin, Lorrain, Le Brun y Mignard.

No es tan hábil su sucesor, Luis XV, y pocas son entonces las obras de autores anteriores que van a enriquecer el Gabinete. Así y todo, se adquieren muchas obras de artistas contemporáneos, como Chardin, Desportes, Vernet, Vanloo y Lancret. Bajo Luis XVI se adquieren numerosas obras de autores italianos del siglo XV, procedentes de la colección de Amedeo de Saboya, dispersada por la sucesión.

Con Luis XVI la revindicación del derecho al disfrute público de las colecciones reales se hace más y más empujante. De varias partes se abogaba por el goce público de las colecciones reales. Ya en 1749 se había exhibido en el Raíais du Luxembourg una pequeña selección de obras.

En 1765 Diderot había explícitamente solicitado en la Enciclopedia que fuera utilizado el Louvre para exponer las obras del Gabinete Real. Por fin, todas las instancias fueron atendidas por el «director de las construcciones», conde de Angiviller, quien elaboró el proyecto de la «Grande Galerie», expresamente destinada para ese fin, y además subsanó algunas carencias de la colección, incrementando la presencia de autores franceses y adquirendo numerosas obras de la Escuela flamenca.

A su muerte el proyecto quedó sin embargo inacabado y fue la Revolución que lo realizó. En efecto, en 1792 el gobierno revolucionario decide trasladar al Louvre las colecciones reales, ahora en poder de la Nación. El 10 de Agosto de 1793 se inaugura el «Museo Central de las Artes», presentando al público una selección de 587 obras. Al mismo tiempo, se realizan nuevas obras para acoger las piezas requisitas a iglesias, familias nobles y administraciones suprimidas. El advenimiento de Napoleón trae consigo la ampliación y transformación del Museo.

Se funda el departamento de antigüedades griegas y romanas, y se incrementan las colecciones arqueológicas. El interés por los objetos antiguos había crecido enormemente durante el siglo XVIII y la expedición de Napoleón a Egipto ofreció una magnífica oportunidad para cultivarlo. No obstante, el Departamento de Antigüedades Egipcias no fue instituido hasta 1826.

También fijó el emperador una pauta de adquisiciones que, si hoy parece muy censurable, fue en aquel tiempo reputada por lícita y aun gloriosa. Requisaba obras de arte en los países vencidos y las enviaba al Louvre (entonces Museo Napoleón). Así desde Bélgica, Holanda, Alemania, Austria e Italia un sinnúmero de obras fueron encaminadas a Francia.

Fue sin embargo un aumento efímero, pues ya afines de 1815 cerca de 5000 de estas obras habían vuelto a sus legítimos propietarios. Así y todo, debido a unos acuerdos o canjes particulares, amén de varios subterfugios, un centenar de piezas quedaron en París. En los cincuenta años que siguen se amplían especialmente las colecciones orientales, como la asiría, gracias a las expediciones de Botta, o la egipcia por mérito de Champollion, el ilustrado descifrador de los jeroglíficos.

Con Napoleón III se logran nuevos importantes incrementos, adquiriéndose la colección Campana y el legado La Caze, cuya colección comprendía obras de enorme importancia, firmadas por Watteau, Fragonard, Chardin y Hals.

Desde entonces se desarrolla más y más la política de adquisición, lográndose en tal forma un incremento paulatino de las colecciones. Ni hay que pasar por alto el mérito que les incumbe a los particulares, que numerosos traspasan al Museo sus colecciones.

PRINCIPALES OBRAS DE ARTES

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J. B. Camille Corot (París, 1796-187 5):
El Puente de Narni (Museo del Louvre, París).
Corot no halló facilidades en su padre, próspero comerciante petit-bourgeois, para dedicarse a un arte en el tpe mostró, más adelante, tan aguzada sensibilidad. De hecho no quedó libre para tomar lecciones de pintura hasta que tuvo 26 años, y en los viajes que hizo a Italia se formó, más que a través de la experiencia adquirida con sus mediocres maestros. Esta vista de un bello paisaje italiano data de 1834. Es una pintura directa, sin dejos literarios, muy anterior a sus poéticos paisajes plateados, que enriquecen luminosas esfumaduras.

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Honoré  Daumier   (Marsella,   1808-Valmondois,   cerca   de   París, 1873):
Crispiny Scapin (Museo del Louvre, París).
Para Daumier la pintura fue una especie de descanso de su constante ocupación en el estudio de las expresiones humanas, ejercido a través de su labor de caricaturista. El espectáculo teatral siempre había sido para él fuente de útiles observaciones, ya en lo que concierne a las reacciones emotivas del público, ya a través de la actuación de los actores, como puede apreciarse en la reproducción de esta escena de Les fourberies de Scapin, de Moliere.

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Eugéne   Delacroix   (Charenton-Saint-Maurice,   París,   1798-París,  I 1863):
La Libertad guiando al pueblo (Museo del Louvre, París).
Hijo de una señorita que era nieta, a la vez, de Oeben y de Riesener (dos célebres ebanistas de Luis XV y Luis XVI), y de “un diplomático cpe fue, según parece, nada menos que Talleyrand, Delacroix recibió una educación esmerada, antes de entrar en el estudio del pintor Guérin, en donde, estimulado por el ejemplo de su compañero Géricault, sentó las bases de la pintura romántica francesa, partiendo del hecho anecdótico o del histórico. Fruto de esta actividad había sido ya su célebre Matanza de Chíos, obra pintada bajo el apasionamiento producido por las luchas de la independencia griega. En el Salón de 1831 expuso este cuadro que aquí se reproduce, y que es como un símbolo de las jornadas de la Revolución de Julio que el año anterior había derribado a los Borbones.

Aunque su autor jamás se mezcló directamente en las luchas políticas, con esta pintura de alborotado asunto (que preside la figura de la Libertad tremolando la bandera tricolor) se congraciaba el favor del nuevo rey de Francia, el rey-burgués Luis Felipe de Orleans, que adquirió el lienzo. Un año después partiría con la embajada enviada al sultán de Marruecos, lo que enlazó el arte de Delacroix con otro aspecto esencial de la pintura romántica, el del exotismo. ¿Pudo tener presente, el autor, al componer este cuadro, el precedente de Goya?. No es posible que conociera Los fusilamientos del 3 de Mayo, aunque ya admiraba profundamente al maestro español a través de pinturas de retrato y de sus grabados, en especial la serie de los Caprichos. En el curso de su viaje a Marruecos, se desvió de su ruta para conocer directamente la pintura española, pero se dirigió a Sevilla, no a Madrid.

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La Gioconda – Leonardo Da Vinci

La historia de esta obra está envuelta en una nebulosa. Según Vasari, se trata de una joven florentina, Mona Lisa, que en 1495 se casó con el notable Francesco del Giocondo, de ahí que fue llamada «La Gioconda». En el segundo periodo florentino de Leonardo y, más precisamente, entre los años 1503 y 1505 se ubicaría la ejecución de la obra. Leonardo amó mucho este retrato a tal punto que lo llevaba constantemente consigo, hasta a Francia en donde fue vendido a Francisco I por él mismo o por Nolzi. Siempre admirado y copiado, considerado como el prototipo de la retratística del renacimiento, alcanzó aún mayor fama cuando en 1911 fue robado del Salón Carro y encontrado en un alojamiento de Florencia dos años más tarde.

Es difícil hablar en forma resumida de tal obra por la complejidad de los motivos estilísticos que concurren en ella. En el ensayo «De la perfecta belleza de una mujer» de Firenzuola, se lee que el ligero entreabrirse de los labios en los ángulos de la boca era un signo de elegancia en aquel tiempo. Así, Mona Lisa tiene esa leve sonrisa que se diluye en la delicadeza y en la dulzura difundidas en todo el cuadro. Para ello Leonardo recurre al sfumato, al lento e progresivo desvanecimiento de las formas, al incierto trascurso de la hora y a la continua fusión de las luces y las sombras.

Giovanni Antonio Canal, llamado Canaletto (Venecia, 1697-1768):
El Gran Canal (Museo del Louvre, París).
Canaletto, hijo de un importante escenógrafo, empezó su carrera ayudando (con su hermano) a su padre. En 1720 comenzó a dedicarse a la pintura de vedute, siguiendo a Luca Carlevaris, y sus vistas del Canal Grande y de otros aspectos venecianos sólo serían superadas por algunas de su cuñado F. Guardi. Llamado por sus clientes ingleses, marchó en 1745 a Inglaterra, donde permaneció diez años pintando paisajes del país y vistas de Londres. A pesar de sus méritos, no consiguió hasta 1763 ser nombrado miembro de la Academia veneciana de pintores. Fue tío de otro gran pintor de vistas de ciudades, Bernardo Bellotto, apodado, como él, Canaletto.

Georges La Tour (Vic, Mosela, 1593 -Lunéville, 1652):
San José, carpintero (Museo del Louvre, París).
La pintura de G. La Tour, importante maestro lorenés, fue redescubierta durante los primeros decenios de nuestro siglo. Es probable que estuviera en Italia entre 1614 y 1616,ya esta permanencia allí se refiere una anotación antigua que le da como eleve de Guide, es decir, como formado con Guido Reni. Pero de sus obras se deduce que fue un casi constante cultivador de la manera de pintar típica de los tenebrosi caravaggiescos, sea que en Roma se inspirase en la contemplación directa de las obras del Caravaggio (que es lo más probable) o que se adhiriera a aquella tendencia a través del ejemplo de Terbrugghen, durante un viaje que hizo a Flandes.

Lo mejor de su producción se sitúa alrededor de 1640, en un grupo de lienzos dispersos por Francia, todos ellos de asuntos nocturnos con iluminación artificial, como el titulado Recién nacido o “La Nativité“, del Museo de Rennes, concebido como un cuadro de asunto íntimo, pero que es pintura de asunto devoto: la Adoración del Niño Jesús.
A este grupo pertenecen el lienzo aquí reproducido y el de la Magdalena en meditación, que, como el antes citado, son visiones de robusto dibujo con sutiles efectos luminosos.

Hyacinthe Rigaud (Perpiñán, 1659-París, 1743):
Luis XIV (Museo del Louvre, París).
El perpiñanés Jacinto Rigaud y Ros quedó transformado, después de sus estudios de pintura en Montpellier y de los cuatro años durante los cuales los prosiguió en Lyon, en Hyacinthe Rigaud, quien llegó a París en 1681 y entró de alumno en la Académie Royale, para obtener al cabo de un año el Premio de Roma; pero renunciando a la brillante perspectiva que le ofrecía Lebrun (de transformarse, en Roma, en pintor de historia), prefirió permanecer en París y dedicarse al retrato. Desde que en 1688 pintó el de Monsieur (el hermano del rey) fue pintor de la corte, y retrató al Rey Sol en majestuosa apostura, tal como aparece en esta obra.

Aunque pintó buenos retratos “burgueses” y de miembros de la nobleza, con excelente visión, incurrió con frecuencia en el énfasis apoteósico. Hombre práctico y ahorrador (catalán, al fin y al cabo), anotó con escrupulosidad los encargos que cumplía y sus propios ingresos; entre 1694 y 1726, pintó, por término medio, de 30 a 40 retratos por año. Casó con una dama de la nobleza francesa y en 1727 fue ennoblecido. Fue un importante coleccionista de pinturas; poseyó no menos de 8 lienzos de Van Dyck, 4 de Rubens y 7 de Rembrandt.

Willem Claeszoon Heda (Haarlem,  1594 – entre 1680 y 1685)
Naturalza Muerta (Museo del Louvre, París).
En Willem Heda resalta la delicadeza. Este lienzo pintado en 1637 es un buen ejemplo del sutil estilo de este pintor, el mejor realizador de naturalezas muertas con que contó la escuela de Haarlem artista de exquisita sensibilidad en la captación de reflejos difíciles, dentro de un ambiente general límpido y tendente a la monocromia.

Jan Vermeer (Delft, 1632-1675):
La encajera (Museo del Louvre, París).

Vermeer, católico, hijo de un negociante en obras de arte, casó en 1653 con la hija de un rico matrimonio holandés que profesaba aquella misma religión. Aprendió a pintar con Carel Fabritius, uno de los mejores discípulos de Rembrandt, y en 1655 (dos años despues de su admisión en la corporación de pintores de su ciudad) heredó el negocio de su padre. La invasión francesa, en 1672, y en tales circunstancias (difíciles para el arte) la manutención de una familia con once hijos, contribuyeron a la mala situación económica que soportó en sus últimos años.
Quizá todas estas circunstancias (así como el corto número de sus obras) hayan contribuido al silencio que los antiguos tratadistas holandeses guardaron respecto  a  este excepcional pintor.

De él se conocen 35 lienzos seguros, cuyo estudio ha permitido distinguir en la carrera de Vermeer dos etapas; a la primera corresponden La alcahueta, de Dresde, lienzo con densas sombras y que indica interés por el “tenebrismo”, Jesús en casa de Marta y María (Edimburgo) y la obra mitológica Diana y las ninfas (La Haya). Después inició Vermeer una etapa en que su estilo se matiza sutilisimamente en tonalidades cálidas o frías (sobre todo azules claros y matices pajizos) y en el que la iluminación que recibe el cuadro por la izquierda contribuye a la descripción minuciosa de los volúmenes, mediante una calculadisima técnica de diminutas pinceladas.

En esta etapa pintó sus magníficos interiores caseros con una sola figura (como La cocinera de Amsterdam, su obra más honda) o lienzos con escenas de “conversación”, y también realizó en ella sus dos únicos paisajes urbanos: Vista de Delfi (La Haya) y La callejuela (Amsterdam), así como el lienzo de reducidas dimensiones Muchacha de la perla (La Haya).
Este del Louvre es también pequeño, pintado con suaves modulaciones de luz y color, y muestra bien un procedimiento de que Vermeer se valió a menudo: el de exagerar lateralmente el primer término a fin de dar mayor efecto de profundidad a la perspectiva. Esta obra data de 1644.

Jusepe de Ribera, Lo Spagnoletto (Játiva, 1591 -Posillipo, Nápoles, 1652):
El pie varo (imagen arriba, Museo del Louvre, París).
Se ha especulado acerca de un posible aprendizaje de Ribera, en Valencia, con Francisco Ribalta. Lo cierto es que en 1616 se hallaba ya en Nápoles, donde casó con la hija de un oscuro pintor napolitano. Después estuvo algún tiempo en Roma, aunque domiciliado en Nápoles. Decir de Ribera que fue un seguidor del Caravaggio no es decir mucho, y no obstante es cierto: su interés (muy español) por el realismo dramático, le inclinó al “tenebrismo”; pero aceptó también suavidades propias del Guercino y de Guido Reni. Hábil grabador, trabajó sus pinturas con precisión delicada y con conceptos siempre realistas, aun en sus bellas composiciones apoteósicas. Mas también mostró en sus pinturas un realismo muy estricto, como en ésta del Louvre, de un patizambo, alegre en su vida de mendicante.

Protegido siempre por los virreyes españoles de Nápoles, las preferencias del conde de Monterrey le inclinaron hacia un estilo afín a la pomposidad veneciana, y en esta fase de su carrera (1635-39) pintó obras como la Inmaculada que está en Salamanca. Su costumbre de firmar así sus producciones – Jusepe de Ribera, español– y su baja estatura fueron causa de su apodo, lo Spagnoletto. Parece que la pena que le produjo la fuga de su hija (seducida, según se ha  dicho,  por Don Juan José de Austria) precipitó su muerte.

Platón Obra de Arte en el Louvre

Pedro Berruguete  (Paredes  de Nava,  Palencia,  h,   14 50-1504): Platón (Museo del Louvre).
Acerca de la importancia de Pedro Berruguete como pintor directamente influido por las corrientes pictóricas italianas del Quattrocmto mucha luz se ha vertido durante estos últimos lustros, pero quedan aún muchos puntos oscuros respecto a ello, y bastante por investigar en cuanto al desarrollo exacto de las etapas de la carrera del artista.

De formación estricta hispano-ñamenca, su marcha a Italia antes del año 1477 y su estancia (probablemente hasta 1482) en la corte ducal de Urbino (en donde se le llamó Pietro Spagnolo) enriquecieron su anterior estilo con el aporte de un nuevo concepto de la iluminación realista en el tratamiento del ambiente y las figuras. En la corte de Federico de Montefeltro sucedió a Justo de Gante, y allí debió recibir influencias de Melozzo da Forh.

Gran parte de este enriquecimiento, que se comprueba claramente en las obras que pintó para el studiolo del duque, en aquel palacio ducal (decorado con pinturas que representan, de medio cuerpo, a filósofos antiguos y figuras de estudiosos italianos), se desvaneció en lo que llevó a cabo desde su regreso a España, durante su última etapa de actividad (desde 1483) en Toledo y Avila.

De su periodo italiano, las obras más importantes que hoy con certeza casi indiscutida se le atribuyen, son: el retrato del duque Federico y de su hijo orando (Palacio de Urbino) y la escena en que ambos aparecen escuchando una disertación humanística (Palacio Real de Windsor). La pintura que aquí se reproduce forma parte de la serie pintada para aquel studiolo.

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Rembrandt Harmenszoon van  Rijn   (Leiden,   1606-Amsterdam, 1669):
El buey desollado (Museo del Louvre, París).
Rembrandt es, sin duda alguna, la figura capital de la pintura y el arte del grabado en la escuela holandesa, una figura cuya magnitud radica en la comprensión profunda que demostró, no sólo del ser humano y de su naturaleza, sino del complejo de aspectos y circunstancias que le rodean, de los que él supo extraer emociones profundas.

Quinto o sexto hijo de un molinero regularmente acomodado, entró a los trece años en la universidad de Leiden, en donde comenzó estudios teológicos y humanísticos, que interrumpió para dedicarse al arte. Fue primero discípulo de Jacob Swanenburgh, después, en Amsterdam, quizá del pintor Jan Pynas, y finalmente de Pieter Lastman, en cuyo estudio trabajó desde 1624 durante algunos años.

La influencia de este último maestro fue duradera, aunque no era de los artistas que sintieran (como otros ya entonces en Holanda) la llamada del naturalismo. Desde 1625 Rembrandt trabajó en Leiden por su cuenta, influyendo en otros jóvenes artistas, quienes, como Jan Lievens o Gerard Dou, fueron entonces verdaderos discípulos suyos. Su estilo se desarrolló después a través de sucesivas etapas, cada vez con más riqueza, tanto en las obras pintadas como en los grabados. Desde 1631, en que pasó a residir en Amsterdam, en casa de H. Uylenburgh, rico tratante en arte y editor, su vida tomó otro rumbo; casó con la hija de aquél, Saskia, y pintó ya algunas de sus más conocidas obras.

A lo largo de las vicisitudes de su vida (su viudez, su unión con Hendrikje Stofels, su final ruina y desprestigio social), el arte de Rembrandt se enriqueció con variedad de aspectos, incluso en el cultivo del paisaje y de la naturaleza muerta. No es seguro que la obra que aquí se reproduce sea de aquella última clase; quizá se trate de una pintura de género, según permite sospecharlo la figura femenina que atisba este interior.

Historia del Museo de Louvre

Fuente Consultada:
El Gran Louvre y el Museo de Orsay Editorial Bonechi
Cien Obras Maestras de la Pintura M. Olivar Edit. Biblioteca Básica de Salvat

Enrique II Plantagenet Biografía Rey de Inglaterra

BIOGRAFÍA Y REINADO DE ENRIQUE II
INGLATERRA LA PRIMERA POTENCIA DE OCCIDENTE

Enrique II (de Inglaterra) (1133-1189), rey de Inglaterra (1154-1189) uno de los soberanos más poderosos de su tiempo, fue el primer monarca inglés perteneciente a la dinastía Plantagenet. Reinó entre los años 1154 y 1189. Fue el primer monarca de la Casa de Anjou o Plantagenet, fue un importante reformador de la administración y uno de los soberanos europeos más poderosos de su época. Nació en Francia, ciudad de Le Mans el 5 de marzo de 1133, fue duque de Normandía en 1151.

Cuando fallece su padre  heredó los territorios franceses que pertenecían a los Angevinos (miembros de la casa de Anjou). Mediante su matrimonio en 1152 con Leonor de Aquitania, añadió a sus posesiones una serie de extensos territorios del suroeste de Francia.

Enrique II de Inglaterra Plantagenets

El gobierno de los Plantagenet: Al rey Guillermo El Conquistador I le sucedió su hijo Guillermo II, llamado El Rojo, que luego de un gobierno mediocre pereció asesinado (año 1100); entonces ocupó el trono su hermano Enrique I, soberano que logró el favor popular, eliminando rencores entre anglosajones y normandos. A su muerte, heredó la corona su hija Matilde, quien casóse con el conde francés Godofredo Plantagenet, representante de la Casa de Anjou. Sin embargo, Matilde no pudo gobernar porque las ambiciones de su primo Esteban de Blois originaron diversas luchas.

Finalmente ocupó el trono de Inglaterra el hijo de Matilde, llamado Enrique II, Plantagenet, conde de Anjou (año 1154). La nueva dinastía se mantuvo en el poder cerca de trescientos años. Además del territorio inglés, Enrique II dominaba toda la región occidental de Francia hasta los Pirineos.

ENRIQUE II PLANTAGENET Y SUS POSESIONES FRANCESAS

mapa dominio de enrique plantagenets

Enrique II, buen mozo, pelirrojo, de apariencia muy sencilla, inclinado a terribles furores, pero encarnizado trabajador, dotado de una gran inteligencia y habiendo recibido una buena educación, Enrique II fue uno de los reyes más grandes que tuvo Inglaterra. No se entendía bien con Leonor, y profesó una verdadera hostilidad a los hijos que ella le dio, atrayéndose así el odio de toda su familia. Fue, sin embargo, capaz de una gran amistad, como la que le unió, durante muchos años, con Tomás Becket.

Continuando con la política centralizadora de su abuelo, pasó gran parte de su reinado recorriendo sus dominios y reorganizándolos. Si no pensó nunca en la unificación de sus posesiones francesas, que era irrealizable, intentó, sin embargo, atenuar las diferencias que había entre ellas. Realizó una obra considerable en el ducado de Normandía, donde introdujo el Excbequer que tuvo lugar dos veces al año en Caen, ciudad en la que estaba depositado el tesoro del ducado; reemplazó los vizcondes por bailes, encargados de hacer justicia y de percibir los impuestos en cada bailía (tierras bajo su juridicción) ; hizo fructificar los ingresos de sus dominios, creó derechos sobre el comercio y sobre la pesca, acumulando así un tesoro considerable. Supo aliarse hábilmente con el clero, cubriéndolo de oro, y obtuvo el apoyo de la burguesía de las ciudades, concediéndole ciertas libertades municipales, a cambio de estrictas obligaciones militares.

Sus estados de Anjou, Turena y Maine estaban mucho más retrasados que Normandía, y Enrique tuvo que recurrir a un virrey para imponer su autoridad en ellos.

Leonor, que seguía siendo la soberana de Aquitania, fue una excelente administradora; ella estimuló la promulgación del Código de Oloron, que fue durante siglos la base del derecho marítimo. Sin embargo, la nobleza, el clero e incluso las ciudades de esta provincia estaban muy indisciplinadas, y no esperaban más que una ocasión pata sublevarse y reclamar su independencia.

A causa de todas estas posesiones, los Plantagenet eran vasallos del rey de Francia, a quien debían homenaje y asistencia. Pero Enrique II, vasallo mucho más poderoso que su soberano, omitió el cumplimiento de las obligaciones que los lazos de vasallaje exigían, ocasionando así conflictos permanentes entre los dos reinos.

Además de las posesiones que había recibido por herencia, Enrique II intentó conquistar más, por alianzas o por guerras: así, el Vexin francés, aportado como dote por Margarita de Francia, hija de Luis VII, a su hijo y heredero Enrique Court Mantel igualmente, Enrique se apoderó de la Bretaña, casando a su cuarto hijo Godofredo con la heredera de este ducado; tomó por la fuerza el Quercy, y obligó al conde Raimundo de Toulouse a rendirle homenaje.

INGLATERRA, PRIMERA POTENCIA DE OCCIDENTE
Prosiguió esta política hegemóníca en Irlanda, donde, en 1170, llevó a cabo una expedición e instaló a numerosos señores ingleses en el país de Gales, imponiendo ro soberanía, y también en Escocia, a cují rey. Guillermo el León, obligó a prestarle juramento y a rendirle homenaje despues de haberle infligido una terrible derrota en 1174, en la batalla de Alnwick. Escocia se convirtió en un feudo de la corona de Inglaterra, su clero fue sometido al clero inglés, y se instalaron guarniciones en todas sus plazas fuertes.

En 20 años, Enrique II había hecho de Inglaterra la primera potencia de Occidente. En la propia Inglaterra, supo rodearse de excelentes consejeros, adictos a la idea del absolutismo real; tres de ellos desempeñaron funciones muy importantes: el Canciller, guardián del sello real y consejero jurídico y político del soberano. Este cargo adquirió un gran relieve cuando Enrique II lo confió a un hombre cuya personalidad igualaba a la suya, y que, después de haber sido su más fiel servidor, se convirtió en su irreductible enemigo: Tomás Becket.

Hijo de un noble inglés consagrado a la causa de los Plantagenet, y de la hija de un emir de Palestina, Tomás Becket fue, desde muy joven, el amigo y confidente de Enrique II. Ambos eran jóvenes, brillantes y despreocupados, y tenían la misma pasión por los festines, la caza y las mujeres. Enrique quiso hacer Canciller a su amigo más querido, y Tomás probó rápidamente sus cualidades de hábil político.

En materia de finanzas, el Tesorero del Exchequer tenía un papel coordinador tanto más considerable cuanto que Enrique había separado la Tesorería o Bajo-Exchequer de la Cámara de Cuentas o Alto-Exchequer, encargada de registrar los gastos y los ingresos. Por último, el Consejo del rey, presidido por el Justicia Mayor, se convirtió en un tribunal permanente, que enviaba, todos los años, a provincias, delegaciones encargadas de hacer justicia en nombre del rey y de constituir jurys, nueva institución creada por Enrique II.

LA REBELIÓN DE LEONOR Y DE SUS HIJOS
Enrique II intentó disminuir el poderío de los nobles, reforzando los órganos que dependían directamente de él; revocó todas las concesiones que les había otorgado Esteban de Blois, confiscó sus dominios, destruyó los castillos. Disminuyó la importancia de los ejércitos feudales instituyendo una tasa mediante la cual se podía sustituir la obligación del servicio militar. Los ingresos derivados de esta tasa permitieron la formación de un ejército profesional, mucho más dócil que el feudal. Gracias aél, pudo vencer Enrique II la rebelión de ¡os señores que estalló en el continente.

En 1173, Enrique desembarcó en Guyena, acompañado de su esposa y sus hijos, para recibir el homenaje de sus vasallos. Pero la rebelión se estaba incubando hacía largo tiempo, y el joven delfín, Enrique Court Mantel, la hizo estallar poniéndose a la cabeza de ios rebeldes; Luis VII, aprovechándose de estas querellas internas, apoyó a su yerno. Muy pronto, los dos hijos menores, Godofredo y Ricardo, instigados por Leonor, traicionaron también a su padre y levantaron contra él a los barones de la Marca del Perigord y de Angulema. Enrique derrotó al ejército de sus hijos y al del rey de Francia, primero en Verneuil y luego en Ruán. Entonces, Enrique Court Mantel y Ricardo imploraron su perdón y se firmó la paz, en Mont-Louis, en septiembre de 1174.

Si Enrique se mostró clemente con sus hijos, no perdonó, en cambio, a su esposa, a quien hizo encerrar durante dieciséis años, no dejándola aparecer en la Corte más que en raras ocasiones. En Guyena y en Poitiers se produjo un gran descontento, pues el pueblo reclamaba a su soberana. Para mantener a raya toda nueva rebelión, Enrique impuso un nuevo juramento de fidelidad a sus vasallos, por una disposición del año 1176.

TOMAS BECKET O EL ASESINATO EN LA CATEDRAL
Todavía con más violencia que con la nobleza, tuvo que enfrentarse con el clero. La Iglesia constituía entonces una fuerza muy bien organizada, con inmensas riquezas, y cuyos miembros, los personajes más cultivados de la época, alcanzaban las más altas funciones políticas. Favorable a una concepción de realeza electiva, en la que el soberano debe, ante todo, hacer respetar la voluntad divina, constituía un importante foco de resistencia a la monarquía, tal como la concebía Enrique II.

En 1162, moría el arzobispo de Canterbury. Decidido a imponer su intervención sobre la Iglesia, Enrique designó a Tomás Becket para reemplazarlo; éste, tras algunas vacilaciones, aceptó el honor que se le hacía. Pero, tan pronto como fue investido de su nuevo cargo, se operó en él un gran cambio; renunciando a todos los placeres que el dinero y sus funciones le habían procurado hasta el momento, se convirtió en un hombre austero, y llevó una vida muy sencilla, repartida entre las plegarias y la administración de su diócesis. (continuar: Asesinato de Tomas Becket)

Fuente Consultada:
HISTORAMA La Gran Aventura dell Hombre Edit. CODEX Tomo III
HISTORIA I  José Ibañez Edit. Troquel

Gremios y Cofradías en la Edad Media Organizacion Laboral

ORGANIZACIÓN LABORAL EN LA EDAD MEDIA

GREMIOS O CORPORACIONES MEDIEVALES: En el siglo XII ya está instalado el artesano con su pequeño taller en un burgo. En los últimos tiempos ha progresado notablemente. Desarrolla una gran actividad. Cada vez fabrica mayor cantidad y más variedad de objetos: armas, ropas, sombreros , arcones, calzados, carretones, féretros, etc. Cuenta ahora con la seguridad de poder vender toda su producción. Los mercaderes ambulantes van de castillo en castillo, de ciudad en ciudad.

En las ciudades, los comerciantes organizan ferias, y en estas ferias compran los señores y los campesinos, que ahora utilizan la moneda para adquirir las mercaderías. El trueque o intercambio de productos ha sido reemplazado por este sistema, que se incorporará ahora definitivamente al mundo del comercio.

Además de un comercio regional, cuentan con la gran demanda de un comercio internacional entre los puertos de Oriente y los puertos del Mediterráneo Occidental (Italia, Sicilia, Francia, Provenza, Aragón, Mallorca).

Por lo tanto, la fabricación debe aumentar. Aunque el taller no se amplía, pues sólo siguen trabajando en él cinco o seis artesanos, la técnica mejora con los nuevos telares a pedal que se incorporan, y además, con la aplicación de los molinos de agua, cuyas fuerzas se utilizan tanto para moler el trigo como para golpear el paño en el batán. Son famosos los paños flamencos, que luego los florentinos perfeccionan con un mejor teñido y más delicada presentación. La industria del cuero, del hierro, la fabricación de armas y de navios enriquece a la burguesía.

Vendedor de Pescado en la Edad Media

COMERCIANTES Y ARTESANOS SE ORGANIZAN
El comerciante, que vive de la exportación y de la importación, está dispuesto ahora a emprender un viaje, y prepara su caravana.   A partir de este momento comienzan todas las dificultades, que luego se acrecentarán. Si la ruta que siue es terrestre, no faltarán robos y ataques hasta de los mismo señores feudales; si la ruta es mar´tima , se sabe que los piratas estarán en acecho.   No se puede viajar solo, sino en unipo; no se debe enviar un solo barco, sino tratar de organizar una flotilla.   Hay que con seguir guardias para cuidar las caravanas.

Hansa, Guilda, Liga, Hermandad: Por eso los mercaderes empiezan a asociarse en forma permanente. Estas asociaciones se llamaron Guildas en Inglaterra. En Alemania aparece con esta misma intención la Liga hansiática Hansa (Federación de ciudades libres).

En Italia se organizará la Liga Lombarda, y en España la Hermandad de las Marismas (1296), que agrupa a las ciudades marítimas. Cualquier mercader podía ingresar al principio en estas asociaciones, pero después las cosas se complicaron. En ellas se vigiló la competencia, se organizaron las ferias, se exigió una determinada nacionalidad para sus miembros, y además mediante estas ligas las ciudades se protegieron. Tenían sus milicias y hasta una armada.

Corporaciones o Gremios: Las asociaciones de artesanos aparecieron más tardiamente que las de mercaderes. Cada corporación corresponde a un oficio determinado y demuestra en sus severos reglamentos la modalidad de la época:  el ordenamiento jerárquico, rígido.   Para abrir un taller se necesitaba que la corporación lo aprobara. Los precios y los salarios eran fijos.

En el escalón más bajo estaban:

♦     Los aprendices (discipuli), los que debían aprender a trabajar, de 10 a 12 anos de edad. Vivían con su maestro y debían servirlo en el taller y en el hogar durante tres años.

♦    Los compañeros (famuli), es decir los obreros que trabajaban con el maestro dos o tres años.

♦    Los maestros (magistri), los dueños del taller. Sólo cuando se llegaba a ser maestro se podía abrir un taller.
Al que no pertenecía a la corporación, no le estaba permitido ejercer en esa rama de la artesanía.

Las corporaciones o gremios eran también centros de ayuda mutua; ayudaban al enfermo, a la viuda, al huérfano. Así, el estatuto del gremio de los sastres de Londres fijaba una pensión que se le debía pagar a cualquiera de sus miembros, impedido de trabajar.

Cofradías: En España existían las Cofradías, asociaciones profesionales con fines benéficos, de acentuado carácter religioso, vinculadas con un santo al que tomaban como protector.

Las cofradías de mareantes (marineros, pescadores, etc.), fueron las más antiguas. En el sur de España, en Sevilla especialmente, los pilotos, navieros y contramaestres se unieron en la Cofradía de Nuestra Señora del Buen Aire. Junto a las cofradías aparecen los gremios, las verdaderas corporaciones profesionales, menos importantes allí que en Francia e Italia, naciones de fuerte artesanía.

En España, país esencialmente ganadero, fue importante el Concejo la  Corporación de la Mesta   (1273), asociación de pastores y propietarios que llegó a ejercer un verdadero control del comercio ganadero.

Boticario en la Edad Media

DISTINTAS CATEGORÍAS DE BURGUESES
A la ciudad medieval la dirigen magistrados y un consejo municipal o ayuntamiento. Los ciudadanos más ricos y poderosos piensan que a ellos solos les corresponde gobernar la ciudad. Esta oligarquía o patriciado urbano se considera muy superior y bastante próximo a la nobleza.

A veces, también poseía tierras como la nobleza, pero se diferenciaba de ella por la riqueza monetaria que había adquirido con la actividad industrial o comercial de sus antepasados. Este patriciado urbano no se dedicaba ahorn a ningún trabajo; sólo colocaba sus capitales en empresas que otros atendían. Por debajo de ellos en la escala social, estaban los mercaderes, los fuertes empresarios y los navieros con barcos de su propiedad y mercaderías acumuladas, dispuestos a llegar hasta China para conseguir el máximo beneficio de sus fuerzos y su audacia.

Luego venían los pañeros, drogueros, cirujanos, notarios y los artistas importantes, como los maestros de obras de las catedrales. Todo ellos miraban con desprecio a los artesanos o gente de oficios (menestrales): carpinteros, herreros, sastres, zapateros, pequeños comerciantes, y a su vez, no consideraban por encima del resto de los habitantes de la ciudad. Todos los burgueses, a pesar de las diferentes categorías sociales estable cidas, se sienten hijos de su propio esfuerzo y no creen que dentro de la vida urbana deban existir vallas sociales infranqueables.

AMPLIACIÓN DEL TEMA…
CORPORACIONES: Durante mucho tiempo, cada artesano pudo trabajar libremente, pero, poco a poco, las profesiones se’ fueron organizando en corporaciones. Se comenzaba siendo aprendiz: los muchachos aprendían el oficio en la tienda u obrador del patrón; vivían con él y eran utilizados para todas las tareas,   incluidos   los   trabajos   domésticos que les imponía la mujer del patrón. No estaban remunerados; su trabajo servía para pagar, además del alojamiento y la comida, la formación profesional. Después, el aprendiz se convertía en obrero u oficial.

Para hacerse maestro y tener derecho a abrir un taller e instalarse por su cuenta, tenía que realizar una «obra maestra», que le ocupaba largos meses y que le exigía el empleo de materias primas costosas.

El acceso a la maestría era, pues, difícil, sobre todo en algunos oficios, porque, para evitar la competencia y limitar su número, se tendía a cobrar derechos de entrada, y, además, los encargados de juzgar las «obras maestras» se mostraban cada vez más severos. Lo más sencillo, por supuesto, era ser hijo o yerno de un maestro; en este caso, las barreras se alzaban.

Esto dio lugar a una herencia de los oficios paralela a la de los feudos, que permitió mantener en la sociedad una rigidez que se consideraba necesaria para la buena marcha del mundo. Desde luego, estos exámenes estaban justificados, a veces: así, hoy podemos admitir que el oficio de barrer: fuera objeto de una reglamentación precisa, pues los miembros de esta profesión actuaban también como cirujanos.

Para hacer frente al egoísmo de los maestros, los obreros se asociaban, a veces, en gremios. Estas organizaciones permitían discutir con más eficacia las condiciones de los salarios, representando el papel de los sindicatos contemporáneos. Sin embargo, las corporaciones, dirigidas por los maestros, consiguieron generalmente quebrantar estas asociaciones disidentes, a las que calificaban de asambleas facciosas.

Los maestros, pues, no admitían la lucha de clases en el seno de su profesión. Estimaban que las corporaciones velaban por el bien de todos y que había que continuar unidos para oponerse a las clases dominantes de la aristocracia.

De hecho, las corporaciones desempeñaron en Italia, y particularmente en Flandes y en París, un papel revolucionario, que prefiguraba el del Tercer Estado en la revolución de 1789. Así, en el siglo xiv, Esteban Marcel se apoyó en los carniceros para oponerse al poder real; por su parte, Jacobo van Artevelde recibió en Gante el apoyo de las corporaciones.

LAS COFRADÍAS
En el curso de esa Edad de la Fe que fue la Edad Media, era normal que las corporaciones, organizaciones económicas, se relacionaran con lo religioso. Gada corporación formaba normalmente una cofradía; cada cofradía rendía culto a un santo particular (a Eloy los orfebres, a Crispín los zapateros, a José los carpinteros) y edificaba una capilla en la que se reunía.

Además, las cofradías organizaban procesiones y fiestas, obligaban a sus miembros a asistir a las exequias de los cofrades muertos y, sobre todo, era un organismo de asistencia mutua, encargado de ayudar a los compañeros pobres, enfermos o ancianos. Algunas cofradías llegaron a crear centros hospitalarios. Tanto los aprendices como los oficiales y los maestros estaban, pues, unidos por un conjunto de lazos económicos, jurídicos, políticos, religiosos y sentimentales que los hacían solidarios y los protegían, pero que impedían las innovaciones.

Nuestra mentalidad moderna encuentra normal la competencia: que quien descubra un truco técnico, que quien dé pruebas de inventiva, consiguiendo fabricar a menos precio, quite la clientela a un competidor, nos parece justificado. La Edad Media, en cambio, consideraba esto desleal y deshonesto. Se condenaba el progreso, que podía arrebatar el pan de la boca de los cofrades.

Las corporaciones, al reglamentar los precios y las técnicas de fabricación, conseguían la seguridad de sus miembros, pero paralizaban los progresos técnicos. Por esto la Revolución Francesa, que suprimió las corporaciones en nombre de la libertad individual, favoreció el progreso técnico, pero, al mismo tiempo,el aplastamiento de los misérrimos proletarios del siglo XIX.

LA CORTE DE LOS MILAGROS
Sin embargo, existía la miseria en las ciudades: el vagabundeo, la mendicidad y el bandidaje hacían estragos tanto en la ciudad como en el campo. Las guerras, los disturbios y las epidemias hacían crecer el número de los desheredados de la sociedad. La mendicidad era para algunos un género de vida normal, que la moral cristiana no reprobaba. Guillebert de Metz llegó a jactarse de los ochenta mil mendigos que, según él, probaban el esplendor de París.

Como ocurría siempre en la Edad Media, la cifra era exagerada. Los verdaderos pobres podían quejarse de la competencia que les hacían los «caimanes» o falsos mendigos, que sabían remedar admirablemente innobles enfermedades y que se disfrazaban para presentar a la compasión pública heridas sangrientas, aplicándose una mezcla de harina, pintura y sangre. Algunos, con moras y bermellón, hacían apiadarse a los transeúntes, echando sangre por la boca y por la nariz. Muchos niños eran raptados, mutilados y puestos a mendigar. La «Corte de los Milagros» bordeaba la callejuela laboriosa.

Vendedores de falsas reliquias, monederos falsos, tramposos, malhechores, intentaban escapar a la justicia mostrando una tonsura y afirmando  que  sólo podían  ser  juzgados  por las autoridades eclesiásticas. Todos ellos hacían de las ciudades lugares peligrosos. Para poner fin a los manejos del hampa, fueron promulgadas diversas ordenanzas; sin embargo, su repetición periódica prueba que eran ineficaces.

Como la Mafia contemporánea, los maleantes formaban una corporación con sus reglamentos interiores y su jerarquía de aprendices, oficiales y maestros; la «obra maestra» consistía en cortar la bolsa de una mujer arrodillada en una iglesia, o asaltar sin ruido a un burgués. Sólo les faltaba el santo patrono.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IV La Gran Aventura del Hombre

La Edad Media Costumbres,tradiciones,pecados y castigos

LA VIDA, COSTUMBRES Y TRADICIONES EN LA EDAD MEDIA
la vida en la edad media

Los Viajes y Viajeros
Medir El Tiempo
Leyes y Castigos – Los Penitenciales
Casas, Comidas y Alimentación
Vestidos y Aseos
Demografía
Diversiones
La Homosexualidad, ida Conyugal y Extraconyugal
Violencia y Muerte
Paganismo
Pecados y Penitencias
La Familia
Medicina Medieval y Salud
La Muerte
Acontecimientos en  la Edad Media

Los ejércitos bárbaros, al mando de Alarico el Godo, entraron a Roma durante la calurosa noche del 24 de agosto del año 410 d.C. Los guerreros
germánicos saquearon la capital imperial durante tres días, y así pusieron un final simbólico al esplendor romano. “El mundo entero pereció en una sola ciudad”, escribió San Jerónimo.

En los turbulentos siglos que siguieron, las tribus germánicas paganas, como las de sajones y francos, devastaron lo que quedó del orgulloso
imperio y se asentaron, sólo para ser devastados, a su vez, por los vikingos escandinavos.

El cataclismo orilló a los celtas a emigrar al oeste, y su cultura sólo perduró en la costa atlántica de Europa: Cornualles, Gales, Bretaña e Irlanda. Algunos historiadores llaman Edad Oscura a este caótico periodo. Pero las tribus guerreras enriquecieron la cultura europea con su arte y su energía: un espíritu pionero, técnicas agrícolas vigorosas y mitos heroicos que celebraban los triunfos propios.

La caída del Imperio Romano fue acompañada en toda Europa por un enorme flujo de emigrantes; algunos ya convertidos al cristianismo. Hablaban idiomas distintos, sus indumentarias eran diferentes y no comían los mismos alimentos, pero todos dependían de la tierra, los ríos y el mar para su subsistencia. Se trabajaba duramente para arar la tierra, y la cantidad de cultivos aumentó con la tala de bosques. Hacia el año 1000 d.C., los escandinavos se asentaron, construyendo castillos y fundando reinos.

El orden se restauró lentamente en Europa occidental: la vida se volvió más estable, próspera y refinada. La población aumentó hasta que la escasez de tierras y las epidemias la menguaron en el siglo XIV.

A partir del siglo XII, en Asia y en Europa había aumentado la proporción de habitantes de ciudades y pueblos. Hombres y mujeres escaparon de la dependencia de los señores feudales hacia la libertad de las ciudades. El comercio de vino y lana cruzó las fronteras de Europa; y la seda y las especias viajaron de Asia a Europa. Donde se cruzaban las rutas comerciales, surgían bulliciosos mercados y ferias.

En el campo, la vida cotidiana se adecuaba a las estaciones; en las ciudades, se enriquecía con las fiestas religiosas. Arquitectura, pintura, música y literatura captaron el espíritu de estos tiempos vibrantes y a veces violentos. Todavía perdura la magnificencia de las catedrales, que
tardaron generaciones en construirse; y las universidades de Boloña, París y Oxford demuestran el interés medieval por el conocimiento. Este fue valorado aún más en los países del Islam, en el siglo x, y ciudades como El Cairo, Córdoba y Bagdad eran famosas por sus bibliotecas y palacios. Los sabios islámicos sobresalieron en filosofía, ciencia y medicina.

Sin embargo, la mayoría de hombres y mujeres nunca vieron una ciudad, y no sabían leer ni escribir. Las autoridades religiosas normaban todo comportamiento. La Iglesia construyó monasterios y conventos donde la manera de vivir era sumamente disciplinada. Cristianismo e Islam se enfrentaron, especialmente durante las Cruzadas, pero el cristianismo también sufrió conflictos internos, y Asia y África compartieron la violencia.

El siglo XV en Europa fue de extravagancia, herejía y superstición, pero también se caracterizó por las mejoras materiales que beneficiaron a las mayorías y por el alto nivel de imaginación que las artes alcanzaron. Tres innovaciones impulsaron una nueva etapa. La imprenta, ya conocida en China, llegó a Europa cuando Gutenberg introdujo el uso de los tipos móviles. La pólvora, otra invención china, hizo que el castillo de la Edad Media pasara de moda. La brújula posibilitó los viajes de los primeros exploradores europeos. Uno de ellos, Cristóbal Colón, “descubrió” América en 1492.(ver: Grandes Descubrimientos)

VIDA DETRÁS DETRÁS DE LAS MURALLAS: “El aire de las ciudades hace libres a los hombres”; así rezaba un proverbio medieval. En la época en que casi todos dependían de la tierra, propiedad del señor feudal, las ciudades surgieron como cunas de la libertad. Dentro de estas bulliciosas —y a veces corruptas—colmenas, se vivía bajo normas muy distintas a las del campo. Sus residentes obedecían al alcalde y demás funcionarios electos. En vez de trabajar para mantener a un noble y su castillo, pagaban impuestos al rey y reunían entre ellos la suma necesaria para defender la ciudad.

La vida urbana resurgió en el siglo XI. Cuando las llamas de los disturbios se apagaron, algo similar a un gobierno organizado se asentó en los reinos europeos. Los príncipes jugaron un importante papel en este resurgimiento. Siempre escasos de fondos, permitieron que algunos poblados se independizaran y se desligaran del castillo local, a cambio de pagos en efectivo.

El otorgamiento del estatuto del poblado era el gran acontecimiento de este proceso. Una vez otorgado, el concejo municipal se encargaba de la administración. Los poblados eran a veces ciudades romanas que renacían tras la destrucción bárbara, o nuevas comunidades que crecían a las puertas de un castillo medieval. Muchas emergieron de modo caótico alrededor de los senderos y límites de los conjuntos de parcelas, lo que explica las estrechas y sinuosas callejuelas. Los constructores también favorecían este estilo: la intrincada retícula de edificios era una protección contra el viento, en una época en que las ventanas de vidrio eran poco conocidas. De entre las ciudades europeas, París era la única que no tenía alcalde, sino un preboste o superintendente del rey. Era típico de las incipientes ciudades constituirse a partir de una asamblea de aldeas dispersas e interconectadas. Esto explica la abundancia de iglesias y abadías. Pastizales y pantanos en ambas márgenes del Sena, que eran linderos entre las aldeas, fueron cubiertos gradualmente con construcciones.

Como en otras ciudades medievales, los puentes parisinos tuvieron gran importancia, pues fueron los primeros centros comerciales: en ellos se instalaban tiendas y establos. Los cambistas ocuparon un puente que, a partir de 1142, fue conocido como Pont-au-Change (Puente del Cambio). Bajo Felipe Augusto II (1180-1223), rodeada por una muralla, la ciudad se convirtió en una unidad.

La gruesa muralla protegía el poblado y sus portones se cerraban al ocaso. Las calles no tenían alumbrado. Guardias de ciudadanos patrullaban las calles con antorchas  y si alguien deambulaba por la noche sin motivo era encerrado. Los pregoneros daban la voz de alarma.

FERIA, FIESTA Y COMERCIO
Uno de los grandes acontecimientos en las ciudades de la Europa medieval era la feria anual, que tenía lugar en las afueras de la muralla y duraba varios días. Los monarcas estimulaban estas ferias para promover el comercio y sacar ganancias de los impuestos con que gravaban las mercancías. Los negocios de la feria transcurrían en una atmósfera de carnaval. Un bufón en zancos se eleva sobre la concurrencia, los malabaristas siguen sus pasos, y trovadores con laúd divierten a los transeúntes. Un mercader muestra sedas que quizá sean chinas, y otro tiene suficientes ollas para abastecer por todo un año a los vinateros. En otras tiendas, los clientes regatean pieles rusas, vinos franceses y cristal italiano. La feria está vigilada y bajo control. Los guardias montados supervisan todo, y la tienda pintada de colores brillantes aloja una corte especial llamada píedpoudre (pies enlodados), donde se dirimen las disputas de los quejosos que aún no se han aseado.

LAS FIESTAS
Bajo el signo de la religión, se organizaban, sin embargo, numerosas fiestas en las ciudades. Todo era pretexto para hacer procesiones, tanto la necesidad de conjurar un peligro invocando la protección de los santos, como el deseo de realizar una acción de gracias. En París no pasaba semana sin que se organizara una de estas procesiones. Además, el pueblo podía divertirse con el castigo de los condenados (¡qué extraña esta complacencia de los miserables en la desgracia de alguien aún más mísero que ellos!).

Las ejecuciones siempre tenían lugar en las plazas más frecuentadas, y la masa no cesaba de dirigir pullas y de gozar ante las diversas torturas con las que se afligía a los reos. Las calles estaban animadas, además, por diversos saltimbanquis, titiriteros y domadores de animales. Para las grandes ocasiones, se organizaban fiestas públicas: se distribuían víveres, y toda la población podía embriagarse en las fuentes de vino. Se podía admirar, también, la llegada de los príncipes, y participar en diferentes representaciones teatrales:   farsas y, sobre todo, misterios.

Todos los habitantes aportaban su concurso a la realización de estos espectáculos, como actores o como confeccionadores de trajes. Estas representaciones eran ofrecidas, generalmente, por señores de la ciudad, por el municipio o por algunos gremios. Así, los zapateros montaban a su costa el «Misterio de San Crispín», que era su patrono.
Los ciudadanos de la Edad Media tenían, como se ve, muchas ocasiones de abandonar su trabajo, pero sus días festivos no estaban codificados y regularizados como en las sociedades modernas. El trabajo no se caracterizaba todavía por ese ritmo y esa preocupación por la productividad que nos imponen las máquinas.

Los textos de la Edad Media son, por otra parte, muy discretos en lo que respecta al mundo del trabajo. Según el orden del mundo, los hombres debían estar agrupados en tres categorías: los que combaten, los que rezan y los que trabajan; estos últimos eran considerados despreciables y poco interesantes, pues se pensaba que eran incapaces de hacer otra cosa.

Características Sociedad Feudal

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PARA SABER MAS…

EN LA EUROPA MEDIEVAL, el trabajo de una persona, su alimentación, sus vestidos y su vivienda se correspondía estrictamente con el lugar que ocupaba en la sociedad.

LA VIDA DEL CAMPESINO Los campesinos ocupaban el grado más bajo de la escala social. Vivían en aldeas y cultivaban la tierra, propiedad del señor, a quien debían entregar una parte de la cosecha. Vestían ropas de tejidos toscos y zapatos de madera. Su dieta consistía en legumbres, pan y poca cantidad de productos animales (huevos y tocino).

SEÑORES Y DAMAS
Los señores y sus esposas pasaban mientras tanto su vida privilegiada en el castillo. Usaban ropa lujosa procedente de fábricas a veces muy lejanas y hecha de telas preciadas, como la seda y el terciopelo. Comían carne y pan blanco, y bebían vino en lugar de cerveza.

DIETA MEDIEVAL
Sin embargo, la dieta medieval no contenía todos los nutrientes esenciales, ni siquiera en las clases privilegiadas. La leche era muy escasa, y en invierno no había ni frutas ni verduras frescas.

LA FORMACIÓN DEL SEÑOR A los siete años, un niño de noble nacimiento comenzaba a educarse como caballero. Su primer paso consistía en trasladarse al castillo de otro señor feudal en calidad de paje. Allí servía a la mesa y aprendía a manejar la espada y a montar un caballo de batalla, dos tareas indispensables para un caballero. A los 14 años se convertía en escudero. A la edad de 21 años, el señor del castillo lo armaba caballero golpeándole suavemente los hombros con su espada.

LA VIDA DE UNA MUCHACHA Las hijas de familias nobles debían aprender a comportarse como castellanas, es decir, como señoras del castillo. Un cruzado, por ejemplo, podía estar lejos del castillo durante años, dejando éste a cargo de su esposa. Usualmente, las mujeres se casaban entre los 14 y los 16 años. Los matrimonios eran concertados por las familias. La prometida debía entregar a su marido una dote de oro y tierras.

TORNEOS
La guerra era la principal ocupación de un señor feudal. Pero en tiempos de paz, los caballeros la simulaban mediante la celebración de combates deportivos llamados torneos. En 1180, en Lagny-sur-Manie (Francia), 3-000 caballeros armados lucharon contra otros tantos en un torneo multitudinario. Los torneos se regían por reglas estrictas: los participantes debían usar armas sin afilar, y un caballero no podía ser atacado si había perdido su casco. Asimismo, los golpes bajos eran una grave ofensa.

HERÁLDICA
Debido a que los contendientes llevaban el rostro cubierto por el yelmo, cada caballero que competía en un tomeo llevaba un estandarte y un escudo con una insignia particular. Estas divisas se hicieron importantes para identificar a los caballeros durante la batalla. Con el tiempo, estos emblemas sirvieron para identificar a las familias nobles. El sistema de codificación de las enseñas se conoce como “heráldica”.

CAZA Y CETRERÍA Los nobles también se entretenían con la caza y la cetrería, actividades que los proveían de carne fresca. Las damas medievales participaban también en las partidas de caza.

MERCADERES MEDIEVALES
El comercio era una actividad próspera. Los principales comerciantes recibieron el nombre de “burgueses”, palabra proveniente del alemán Burg (ciudad amurallada). Los comerciantes comenzaron a adquirir casas lujosas y a establecer vínculos con otras naciones.

LA LIGA HANSEÁTICA
En 1241, los comerciantes de Lübeck y Hamburgo, en el norte de Alemania, formaron la Liga H anseática, que estableció vínculos con países tan alejados como Rusia. Los mercaderes de la Liga H anseática se hicieron ricos y poderosos y comenzaron a considerarse iguales a los príncipes.

LA PESTE NEGRA
Durante cuatro años —de 1347 a 1351 — una epidemia de peste acabó con la vida de 25 millones de personas, casi una cuarta parte de la población de Europa. Después de esta plaga hubo una enorme escasez de mano de obra. Las gentes comenzaron a exigir mejores pagas y mejor tratamiento por parte de los señores.

Fuente Consultada:
Civilizaciones de Occidente Tomo A y B Jackson Spielvogel
La Aventura del Hombre en la Historia Tomo 1
Historia del Mundo Grupo Z Multimedia DK
Atlas de la Historia del Mundo Kate Santon y Liz McKay
Gran Enciclopedia de la Historia Todolibro

Galileo Galilei y la Inquisicion de la Iglesia Sociedades Secretas

GALILEI Y LAS SOCIEDADES SECRETAS

Galileo fue un abanderado de su tiempo, aunque no el único. Quizá el hecho de haber sido sometido a un juicio sumarisirno que le llevo a una posterior abjuración de sus teorías es lo que más ha trascendido al gran público. Pero el astrónomo de Pisa no estaba solo. A su alrededor y practicando la misma u otras disciplinas hubo muchos científicos que no siempre contaron con el beneplácito del poder establecido, que en aquel momento era la Iglesia.

Galileo Galilei

En la época de Galileo, investigar significaba depender de los ricos y poderosos mecenas, quienes a su vez se dejaban «guiar» u orientar por la Iglesia. Un mecenas, por importante que fuera, difícilmente podía apoyar a alguien cuyas teorías no cuadrasen con el canon establecido. Esto generó que algo que había permanecido larvado despertase. Algo que se mantendría durante largo tiempo.., la conspiración, o si se prefiere, la conjura para poder «respirar de forma diferente».

Pese al omnímodo dominio de la Iglesia había otras formas de pensamiento, otros sistemas de entender la vida y de comprender la magnitud de las cosas a metodología no siempre pasaba por seguir a pies juntillas lo que ordenaban los dogmas religiosos. Era preciso prescindir de ellos logicamente hacerlo en secreto. En la época existieron numerosos grupos que. amparándose en otras filosofías, en el esoterismo y por supuesto, en el ocultismo de lejanas religiones orientales, dieron cauces y dinero a las nuevas ideas. Las sociedades secretas apoyaron los avances científicos y la ciencia se hizo conspirativa.

Llegó un momento en que las sociedades secretas no sólo habían crecido en número, sino también en integrantes. Su objetivo era claro: enfrentarse al poder establecido, liberarse de aquéllos que siempre les habían dictaminado qué y cuándo debían pensar. En aquel tiempo, eso significaba oponerse a la Iglesia y a sus dogmas.

En muchos casos ya no era cuestión de defender una teoría científica, sino una forma de vida, de sociedad e incluso de política. Los conspiradores, o sea aquellos que no estaban conformes con el poder terrenal eclesiástico, debían unirse para actuar como una sola fuerza. Pero la verdad es que conspiraciones y formas de ejercer sus tramas hubo muchas. Por lo que cuando hablamos de sociedades secretas debemos tener en cuenta esa riqueza de matices.

Sea como fuera, las sociedades secretas llegaron a ejercer una altísima influencia. Consiguieron participar en episodios históricos tan relevantes como la Revolución Francesa, la Independencia de Estados Unidos y, ya más cerca de nosotros, en las guerras mundiales, por no hablar de otros hechos más contemporáneos. ¿Con qué fin? El autor de Ángeles y demonios nos ofrece en su obra algunas pistas al respecto, pero no debemos precipitarnos. Como toda buena trama, el complot precisa de los momentos apropiados y las circunstancias precisas para que dé el resultado esperado, aunque éste pueda tardar siglos en producirse.

LA SECRETA AVENTURA DE PENSAR LIBREMENTE:

A lo largo del siglo XVI se efectúa un cambio de formas y de filosofía en lo que a la ciencia se refiere. Nace una nueva ciencia más moderna, más experimental, y los investigadores comienzan a cuestionar las cosas que hasta ese momento parecían inamovibles. Lo de siempre ya no es totalmente válido; las normas establecidas comienzan a resquebrajarse.

Una nueva sociedad científica estaba viendo la luz y comenzaban a tambalearse los dogmas establecidos por los poderes de siempre, en especial por las jerarquías eclesiásticas. Ciertamente los investigadores tuvieron que mantener una exquisita discreción, a veces un secretismo absoluto, para poder llevar a cabo sus descubrimientos sin despertar las iras de la Iglesia. Hemos visto que Galileo fue sometido a penas de prisión y condenado a abjurar.

El médico y teólogo aragonés Miguel Servet, acusado de herejía por haber cuestionado el dogma de la Trinidad, fue condenado a morir en la hoguera; otros científicos y pensadores notables fueron perseguidos o murieron en extrañas circunstancias. El Vaticano y los «sabios» del sistema que recibían su protección y sus prebendas, estaban dispuestos a cualquier recurso para impedir que el afán de conocimiento acabara destruyendo su poderío. Pero los investigadores siguieron adelante, a menudo amparados en el secretismo, porque creían en la verdad expresada en este párrafo por el gran Galileo:

La ciencia está escrita en el más grande de los libros, abierto permanentemente ante nuestros ojos, el Universo, pero no puede ser comprendido a menos de aprender a entender su lenguaje y a conocer los caracteres con que está escrito. Está escrito en lenguaje matemático y los caracteres son triángulos, círculos y otras figuras geométricas, sin las que es humanamente imposible entender una sola palabra; sin ellas uno vaga desesperadamente por un oscuro laberinto.

Los científicos de la época de Galileo defendían que era preciso aprender a observar de nuevo los fenómenos y experimentos, con ideas nuevas. Claro que las cosas no siempre son tan sencillas, de ahí que la nueva ciencia debía hacerlo todo despacio y, por si ello no fuera suficiente, al margen de la ley establecida. Todos los investigadores y descubridores de aquel tiempo establecían sus especulaciones y teoremas en privado, en sus reuniones, pero no a través de la enseñanza oficial.

Ciertamente las universidades italianas del Renacimiento eran las mejores y las más agraciadas por los donativos proporcionados por sus ostentosos mecenas. Investigar y trabajar en otros lugares que no fueran Padua, Pisa, Bolonia o Pavia era arriesgarse a caer en el anonimato. Tan relevantes eran estas universidades, que la ciencia en aquella época hablaba o en italiano o en latín, las «lenguas puras» que marcaban las pautas de comunicación entre la sociedad científica. En sus claustros enseñaban los sabios de mayor renombre y, como contraprestación, se les ofrecía los mejores patrocinadores para sus investigaciones. Claro que no convenía recibir una subvención y correr el riesgo de que ésta fuera retirada porque el clero considerase que se había llegado más allá de lo que marcaban los dogmas.

Lo cierto es que no todas las universidades europeas reaccionaron favorablemente al cambio. Así la de Salamanca, que durante otros tiempos se había convertido en un punto de referencia en lo que a investigaciones anatómicas y astronómicas se refiere, durante ese periodo de cambio científico prefirió ser prudente. Su claustro no aceptó los nuevos postulados, refugiándose en las tradiciones clásicas que estaban aceptadas y amparadas por la Iglesia. Un caso similar se dio en La Sorbona, que no acepto las nuevas teorías científicas pues tenia que generasen problemas en la teología a la que estaba aferrada. Por el contrario la Universidad de Montpellier recibió con los brazos abiertos los aires de renovación.

firma de Galileo Galilei

Firma de Galileo Galilei en el acta del proceso en su contra. Se guardó en el Archivo Secreto del Vaticano.
El observatorio guardó sus instrumentos de observación.

Fuente Consultada: Mas Allá de Ángeles y Demonios de René Chandelle

Características de la Sociedad Feudal Pirámide Social Medieval

LA SOCIEDAD FEUDAL: A comienzos de la Edad Media, el mundo europeo se componía esencialmente de dos tipos de hombres: campesinos (labradores) y nobles (hombres de guerra). Los otros estratos sociales (comerciantes y artesanos), situados entre estos dos tipos, eran poco numerosos y de relativamente poca importancia.

Durante aproximadamente un milenio, hasta el 1100 d.C., la vida se ruralizó sin profundas alteraciones: los campesinos trabajaron cada familia en su lote. El labrador, ligado a la tierra desde la época de Diocleciano y Constantino, seguía el destino de ésta, sin desplazarse de una región a otra; estaba ligado social y económicamente al señor, a sus herederos o a los compradores de la tierra que trabajaba. Era la servidumbre de la gleba. No podía emigrar ni huir, ni podía, por lo tanto, ser clérigo (sacerdote o intelectual), ni comerciante. Parte de lo que producía el campesino se destinó al noble —el ‘”‘defensor”— a quien había sido confiado aquel feudo, y otra parte era entregada a la Iglesia.

Con la primera invasión de los bárbaros —nuevos señores—, y en especial a partir de la segunda (la de los normandos), sobre todo para la defensa, el señorío adquirió un acusado tinte militar: el antiguo propietario fue sustituido por el noble feudal.

El noble feudal, a su vez, había recibido estas tierras de otro señor —noble de mayor jerarquía— a cambio de su vasallaje. Este vasallaje se traducía siempre en un pago fijo: trigo, madera u otros productos, más el compromiso de presentarse delante del señor en caso de guerra con tantos hombres armados y luchar por y con él o defenderlo en toda otra ocasión.

sociedad feudal

Había campesinos libres y pequeños nobles con pocas tierras y grandes nobles con numerosos feudos que arrendaban a terceros, constituyendo una pirámide de vasallaje. En algunos territorios aparecen los reyes, elegidos —personalmente o como dinastía— entre los grandes nobles y por ellos también destronados muchas veces.

Es un mundo inmóvil. En la base de la pirámide, los campesinos ligados a la tierra, formando con ella una unidad productiva: el feudo. Sobre esa base, una sucesión de pequeños, medios y grandes vasallos, de los cuales salían los reyes.

Paralelamente a esa pirámide, se erguía la pirámide de la Iglesia, también propietaria de feudos, pero con características propias. Gracias al celibato clerical, sus tierras no se dividían entre herederos. En compensación, un hombre pobre, siempre que fuera libre podía ascender con mayor facilidad en la Iglesia que en el mundo laico. Aquella base económica facilitó la organización de la Iglesia como el único gran poder centralizado del período y le permitió desempeñar importantísimo papel.

Los reinos medievales no tenían ninguna semejanza con las naciones modernas. Un rey disponía de poder total sobre sus propios feudos (heredados, comprados o conquistados) y de un poder limitado sobre los de sus vasallos. Las fronteras de sus dominios iban variando de acuerdo con los casamientos, alianzas, traiciones y juramentos de vasallaje.

Cuando los reyes morían, los herederos repartían el territorio del reino en varias partes: eran propietarios de tierra con vasallos, no jefes de un país o nación. El universo feudal se presentaba, así, profundamente atomizado. Mas esa fragmentación llevaba, paradójicamente, a un cierto universalismo que dominó el pensamiento medieval. Si todo el mundo estaba organizado de esa misma forma, si en todos los lugares la Iglesia disponía de los mismos poderes, y si todos los hombres respetaban costumbres semejantes, entonces todos los lugares se equiparaban y todos los hombres que los habitaban podían ser medidos por los mismos patrones y valorados de la misma manera.

Los intelectuales —en su abrumadora mayoría eclesiásticos, si se exceptúa a la minoría judía, generalmente alfabeta— poseían una visión más cosmopolita y unitaria de la especie humana, de su destino y de sus deberes. En ese mundo, todos tenían su lugar designado, incluso antes de nacer. Como la nobleza era hereditaria, los recién nacidos ocupaban automáticamente el lugar del padre en la pirámide de la jerarquía feudal. La movilidad entre las categorías sociales era mínima. Pocos ennoblecían y sólo algunos campesinos entraban a formar parte del clero, aunque a veces llegaran a papas.

La sociedad feudal típica se dividía en estamentos hereditarios (estrato social específico con funciones propias), algo diferentes de la rigidez de las castas hindúes (se podía ennoblecer y desnoblecer), pero con menor flexibilidad que la sociedad de clases (división económica) de la Europa occidental moderna.

cuadro sociedad feudal

FORTUNAS BURGUESAS SOSTIENEN LAS CORONAS
Esa sociedad, tal como fue descripta, representa, sin embargo, un modelo ideal. Quiere decir que nunca existió de esta forma en estado puro. Durante toda esa época, siempre existió en lo alto de la pirámide nobiliaria la tendencia de los nobles más poderosos a unificar todo el sistema feudal bajo un único centro y en un solo Estado, de la misma forma que ocurriría en la Iglesia (las tentativas más audaces fueron efectuadas por Carlomagno y, posteriormente, por varios emperadores del Sacro Imperio, como Federico II).

Pero esa unificación jamás se dio porque ninguna categoría social dirigente estaba interesada en un “Estado paneuropeo”. Los únicos que se empeñaban en ello eran los candidatos a emperador y algunos juristas e intelectuales, pero, sin el apoyo de una clase social importante, los sueños de unidad imperial morían con los interesados.

Entretanto, precisamente cuando la Iglesia Católica, bajo Gregorio VII, parecía haber vencido definitivamente a los emperadores, que no querían ser sólo el “brazo armado” unificado de un soberano, juez o arbitro general religioso, Europa comienza a fragmentarse en naciones que se sustraen a su imperio. Algunos reyes consiguen lo que los candidatos a emperador no habían conseguido antes: poder para luchar contra los grandes nobles rivales y contra la Curia centralizadora. Y la fuente de ese poder es el dinero.

Fuente Consultada:
La Historia de la Humanidad H.W. Van Loon
Enciclopedia Encarta 2000
Historia Medieval Tomo II Editorial Kapelusz
Wikipedia
Historia Universal Tomo I Navarro-Gargari-Gonzalez-Lopez-PAstoriza
La Aventura del Hombre en la Historia Tomo I
Trabajo Enviado Por: Pedro J. Jacoby Para Planeta Sedna    (10-05-2012)

¿Que es la sociología?

Vida de Plinio El Viejo Escritor Romano Obra Literaria

LA VIDA DE PLINIO EL VIEJO: Plinio el Viejo, uno de los más originales escritores del siglo I, durante toda su vida ayudó a sus semejantes a comprender los maravillosos fenómenos de la naturaleza. Consideraba que tal misión era la más digna para un estudioso.

De entre sus muchos escritos, la única obra que nos ha llegado es “Naturalis Historia” (Historia Natural) en 37 libros. En ella se encuentra expuesta la sabiduría de su época, relativa a astronomía, geografía, medicina, zoología, botánica y otras ramas de la ciencia.

Para comprobar el gran interés que durante muchos siglos despertó esta obra, es suficiente leer el juicio que de la misma hizo Jorge Luis Buffon, el gran naturalista francés del siglo XVIII.

“La Historia Natural —dice Buffon— comprende la del Cielo y la de la Tierra. Sorprende que en todos sus argumentos Plinio sea igualmente grande: la profundidad de las ideas y la belleza del estilo dan realce a su gran erudición. Su trabajo es variado como la naturaleza”. Precisamente por eso, Plinio es considerado como uno de los más grandes; naturalistas antiguos.

SOLDADO Y ESCRITOR
Plinio el Viejo, así llamado para distinguirlo de su sobrino, que también fue un ilustre escritor, nació en Como, en el año 23. Al pasar a la historia como un estudioso y polígrafo, sería lógico imaginarlo desde joven dedicado exclusivamente al estudio de sus libros. Sin embargo Plinio, sin descuidar sus estudios predilectos, profesó la carrera militar.

A los 22 años fue a Germania como comandante de caballería; hecho que le permitió recoger informaciones para su obra “Bellorum Germaniae viginti” (Las guerras de Alemania) en la cual, además de describir los acontecimientos bélicos en los que había tomado parte, Plinio se refirió a todas las guerras que sostuvo Roma contra los germanos.

Sus méritos de soldado y de escritor le facilitaron la carrera; en efecto: actuó primero en la Galia, luego en África y finalmente en España, en calidad de procónsul. La actividad de Plinio fue realmente prodigiosa: de día desempeñaba su cargo de procurador y durante la noche se dedicaba al estudio. La obra a la que dedicó sus mayores esfuerzos fue la “Naturalis Historia“, pero encontró también tiempo para escribir libros de historia y de gramática.

En el año 71, Plinio fue nombrado almirante de la flota del Mediterráneo occidental, estacionada en Miseno (Nápoles) . Allí, en la paz del golfo de Nápoles, dio término a su obra monumental, que fue publicada en el año 77.
A los 54 años de edad, Plinio alcanzó el prestigio máximo, y es considerado por todos el hombre más docto de su siglo.

VICTIMA DE LA CIENCIA
Cuando el 23 de agosto del año 79 tuvo lugar la espantosa erupción del Vesubio que sepultó las ciudades de Herculano, Estabia y Pompeya, Plinio ,no titubeó en partir de Miseno para observar de cerca el extraordinario fenómeno.

Desgraciadamente, esta curiosidad científica le costó la vida. El fin del gran naturalista fue descrito por su sobrino en una extensa carta enviada al historiador Cornelio Tácito, en la cual le decía: “La nube que salía del Vesubio se alzaba parecida a un pino, a veces blanca, a veces negra. A mi tío le pareció interesante observarla de cerca.

Llegó a Estabia cuando del Vesubio se desprendían gigantescas llamas. En, otros lados era de día; allí, en cambio, reinaba la noche más obscura, a intervalos aclarada por muchas luces. En cierto momento, mi tío sintió que el polvoriento humo dificultaba su respiración y no se pudo mantener más en pie. A la mañana siguiente fue hallado muerto.”

Fuente Consultada:
Enciclopedia del Estudiante Tomo IV CODEX

Cientificos Perseguidos y Condenados por la Inquisicion Monjes

CIENTÍFICOS PERSEGUIDOS POR LA IGLESIA O INQUISICIÓN

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JUAN HUSS CONDENADO POR LA IGLESIA

Jan Hus había nacido en 1369 en el sur de Bohemia. En 1398 pasó a ser profesor en la Universidad de Praga, donde se había ordenado. Allí daba clases de teología. Sus clases y sermones a favor de la reforma del clero tenían un fuerte apoyo, en parte porque muchos de quienes lo oían ansiaban liberarse de la dominación de Viena y de la supremacía alemana del Sacro Imperio Romano. Poco antes, en el siglo XIV, otros sacerdotes de Bohemia habían comenzado a pedir cambios. La lengua checa y la individualidad del pueblo checo formaban un movimiento nacionalista que pudo expresarse a través del lenguaje de sus sacerdotes.

Hus recibió la influencia del clérigo inglés John Wyclif, quien había comenzado a concebir de otro modo las religiones organizadas. Ambos nombres acudían directamente a las Escrituras, arguyendo que la Iglesia no debía tener posesiones ni ambicionar riquezas. La observancia de la religión debía basarse en las enseñanzas de los fundadores cristianos y nada más.

La Iglesia era un cuerpo de miembros predestinados a gozar de la salvación: su señor era Cristo y no el papa. Las opiniones de Hus ¿armaron a las autoridades eclesiásticas. El clérigo fue excomulgado en 1411 y un año más tarde debió esconderse para ponerse a salvo. En ese momento escribió su obra más conocida, De Eclesia. “La opinión de ningún hombre —decía—, sea cual sea su autoridad y, en consecuencia, la opinión de ningún papa, debe ser tenida en consideración si contiene falsedad o error”.

En 1414 el sacro emperador romano Segismundo convocó un concilio en la ciudad alemana de Constanza, a orillas del lago del mismo nombre. Su principal propósito era poner fin al cisma que había dividido a la Iglesia desde que Gregorio XI había regresado de Aviñón a Roma. Sabiendo que las opiniones de Hus habían hallado eco en muchos de sus súbditos de Bohemia, el emperador lo invitó al concilio para que explicara sus posturas. El gobernante le prometió a Huss una estadía segura y este aceptó, contrariando los consejos de algunos cercanos seguidores.

Su excomunión es suspendida; se le entrega un salvoconducto por medio del cual Segismundo le garantiza que, sean cuales fueren los resultados del debate entre el profesor checo y los doctores del concilio, aquél podrá volver incólume a Bohemia.

Huss —quien no desea otra cosa— se pone en camino hacia Constanza. Poco después de su llegada es hecho prisionero. Le explican que una comisión especial ya ha investigado sus doctrinas —las que fueron refutadas— y que nada le resta sino retractarse. Conducido a la asamblea del concilio, Huss intenta hablar, pero no puede. Su voz es acallada por la gritería de los presentes.

En la segunda sesión, Huss acepta retractarse en cuanto a un problema puramente teológico, pero se niega a reconocer el principio de que el papa es la cabeza de la Iglesia. Intimado a hacer una retractación completa, delante del perjuro Segismundo, Huss se niega y oye su condena a muerte. Intenta hablar nuevamente, pero se lo prohíben. Finalmente, arrodillado, reza silenciosamente y se deja llevar por los guardias, bajo los improperios del público. Pocas horas después —el tiempo para juntar la madera— es quemado vivo.

Cuando las llamas se tornan largas lenguas de fuego que envuelven su cuerpo, se oye al profesor de filosofía entonar el Kyrie Eleison. Sus cenizas fueron esparcidas al viento o arrojadas al Rhin para que no pudiesen servir de reliquias.

Poco después Jerónimo de Praga, otro profesor que acompañó a Huss hasta Constanza, sufrió el mismo destino. Terminada esa cuestión, los miembros del concilio volvieron al tema central del cónclave: elegir un nuevo papa, el cual recibió el nombre de Martín V. Segismundo mereció del nuevo pontífice la Rosa de Oro, la mayor condecoración de la monarquía vaticana.

huss juan jerónimo de praga

Juan Huss y Jerónimo de Praga, los dos universitarios martirizados en Constanza.
(Pintura anónima, Bibl.Pública y Universitaria de Ginebra.)

EN LA HOGUERA DE ESTE
CLÉRIGO COMIENZA EL INCENDIO DEL REINO

La noticia del martirio de Huss incendió a Bohemia. En todo el sur del reino, dirigido por curas indignados o por improvisados jefes, el pueblo se rebeló. Las ciudades mayores de Pilsen, Klatovy y Domalizlice se sublevaron. El alto clero, los grandes barones alemanes y los checos fieles a Wenceslao fueron expulsados y sus feudos tomados. En pocas semanas la porción meridional de Bohemia cayó en poder de los husitas.

Los fugitivos corrían a Praga, buscando la protección del rey Wenceslao. También allí, entretanto, la situación era insostenible. Los rebeldes desfilaban en desafío por las calles; el rey no confiaba ni en sus propias tropas. Lo husitas dominaron la Universidad, donde podían organizar procesiones llevando provocativamente un cáliz.

Huss había establecido que los fieles, al igual que los curas, debían recibir la comunión tanto por medio de la hostia como del vino. De ahí surgió la denominación de calistinos. El país estaba dividido: de un lado los grandes barones —en su mayoría alemanes— y el alto clero; del otro mercaderes, artesanos, labradores, el bajo clero y la pequeña nobleza.

Ampliar Sobre El Juicio Polémico de Juan Huss

Ordenes Militares de la Edad Media Fundadas en Tierra Santa Templarios

Órdenes Militares de la Edad Media

LAS ORDENES MILITARES: El nacimiento de las órdenes militares fue una de las consecuencias más notables de las Cruzadas. Eran institutos a la vez religiosos y militares. En el primer aspecto, dependían directamente del Papa, con exención de otras jurisdicciones eclesiásticas, y organizaban su vida comunitaria según una regla monástica que fuese compatible con la condición seglar y las actividades guerreras de sus miembros.

Ordenes Militares de la Edad Media La Orden de los Caballeros Hospitalarios y la del Temple fueron las más famosas de todas las surgidas en Tierra Santa.

La Orden de los Hospitalarios tuvo su origen en un albergue fundado en Jerusalén el año 1048 para acoger peregrinos; al terminar la Primera Cruzada, los prebostes del albergue hospedaron a numerosos peregrinos, extendieron sus actividades en pro de la protección y defensa de los mismos y acabaron aceptando obligaciones militares que derivaban de ambas tareas.

Entre 1120 y 1160, el maestre de la orden, Raimundo de Puy, codificó la regla y transformó la organización en una verdadera orden militar semejante a la del Temple, bajo el nombre de Orden de Caballeros de San Juan de Jerusalén, también llamados sanjuanistas o Caballeros Hospitalarios.

La piedad europea se manifestó en numerosísimas donaciones en dinero o en tierra a favor de aquella orden protectora de la peregrinación, cuyos caballeros portaban hábito negro con una cruz blanca sobrepuesta.

La Orden del Temple fue fundada en Jerusalén en 1118 y tuvo desde sus comienzos funciones más claramente militares. La regla monástica seguida fue la de San Benito, y el hábito de los caballeros, de color blanco con una cruz roja. Ambas órdenes respondían a una necesidad de la época, la de fundir los ideales de la caballería militar con el intento de cristianización de las costumbres castrenses que la Iglesia estaba llevando a cabo. Las circunstancias de Tierra Santa eran las más propicias para intentarlo mediante la creación de aquellas “Milicias de Cristo”, en las que se mezclaban ambos aspectos.

El éxito de la experiencia se manifiesta en la inmensa riqueza y poder alcanzados por ambas órdenes en los siglos XII y XIII gracias al apoyo y a las donaciones de los reyes, eclesiásticos y pueblo llano. Hacia 1250, la Orden del Temple contaría con veinte mil miembros. Antes de la batalla de Hattin, templarios y hospitalarios eran los mayores terratenientes de Tierra Santa, a pesar de su insumisión con respecto al rey de Jerusalén, al que no obedecían, alegando la dependencia directa que tenían con respecto al Papa. Su papel en la defensa de aquellos territorios fue fundamental, pero se vio enturbiado por esta indisciplina y por las rencillas continuas entre las dos órdenes.

La organización interna de ambas era muy semejante. La dirigía un Gran Maestre, rodeado de su corte, de un restringido consejo y, en ocasiones extraordinarias, de la reunión o capítulo general de sus cargos directivos. Las posesiones se dividían por reinos y países y, dentro de éstos, por prioratos; bajo el mando de los priores vivían los bailíos y comendadores, que tenían a su cargo grupos más o menos extensos de caballeros y escuderos de la orden respectiva.

La riqueza de las órdenes y la consolidación de sus instituciones fueron provocando cierto abandono del rigor militar y religioso primitivo, con el olvido de aspectos de la regla que las órdenes seguían, pero el trance más duro sobrevino cuando volvieron a poder del Islam los territorios de ultramar cuya defensa había sido la primera razón de ser.

La Orden del los Caballeros Hospitalarios pudo mantenerse, tanto por su carácter menos bélico y más volcado hacia la práctica de la protección y la caridad con respecto a los débiles, como por haber asumido la defensa de puntos fronterizos de la cristiandad europea: Rodas primero, Malta más tarde. Así fue posible que llegase a nuestros días como corporación predominantemente honorífica, aunque sus intereses hospitalarios sigan siendo notables.

Pero la Orden del Temple tuvo siempre un carácter más netamente militar y empleaba sus riquezas fabulosas en operaciones de banca y préstamo que resultasen más rentables con respecto a sus fines; no pudo superar la crisis que siguió a la caída de Acre en 1291 y de las últimas posesiones europeas en Oriente; entre 1307 y 1312, el rey de Francia Felipe IV procesó, bajo cargos dudosos, a los templarios que vivían en Francia, y consiguió que el papa Clemente V disolviera la orden, cuyos bienes fueron aplicados a la hacienda regia o, en otros países, a otras órdenes militares.

El ejemplo de templarios y hospitalarios había estimulado la aparición de nuevas órdenes, unas en Tierra Santa, otras en lugares más alejados. Durante la Segunda Cruzada se fundó en Jerusalén la Orden de los Caballeros Teutónicos, reconocida por el Papa en el año 1192. Pero el lugar de acción de los Teutónicos no fue Palestina, sino la frontera oriental de Alemania, donde conquistaron Prusia, atendiendo a menudo más a sus intereses materiales y deseo de poseer tierras que al primordial fin religioso, como lo demuestran sus violentas luchas con los polacos cristianos. En el siglo xvi, el maestre Alberto de Brandeburgo se secularizó y convirtió los bienes de la orden en ducado de Prusia, germen del futuro reino que reunificaría Alemania en el siglo XIX.

La Orden de los Caballeros Portaespadas tuvo un carácter muy similar y actuó, sobre todo, en la conquista de las tierras paganas de Livonia. Otras órdenes militares y caritativas surgidas en los siglos XII y XIII y extinguidas hoy todas ellas fueron las de los Caballeros de San Antonio, la de los Caballeros del Espíritu Santo y la Orden de Caballeros de San Lázaro de Jerusalén, fundada para atender leproserías.

En la península Ibérica tuvieron importantes posesiones tanto la Orden de San Juan como la del Temple. Los bienes de los templarios fueron aplicados a la Orden de Montesa (creada en 1317) en la corona de Aragón. En Castilla pasaron a manos, en parte, deórdenes militares autóctonas que habían surgido mediado ya el siglo XII: Calatrava, Santiago y Alcántara. En Portugal tuvo gran importancia la Orden de Avis. Todas ellas encontraron en la lucha y la conquista contra el Islam peninsular estímulos semejantes a los que mantenían a sanjuanistas y templarios en Tierra Santa.

Ordalías o Juicios de Dios Los castigos y torturas en la Edad Media

LA EDAD MEDIA: ORDALIAS O JUICIOS DE DIOS

resumen de la edad media 

Juicios de Dios en la Edad Media Europea:

Se llaman «ordalías» o «juicios de Dios» a aquellas pruebas que, especialmente en la Edad Media occidental, se hacían a los acusados para probar su inocencia. El origen de las ordalías se pierde en la noche de los tiempos, y era corriente en los pueblos primitivos, pero fue en la Edad Media cuando tomó importancia en nuestra civilización.

En el lento camino de la sociedad hacia una justicia ideal la ordalía representa el balbuceo jurídico de hombres que se esfuerzan por regular sus conflictos mediante otro camino que no sea el recurso de la fuerza bruta, y en la historia del derecho es un importante paso hacia adelante.

Hasta entonces lo que imperaba era la ley del más fuerte, y si bien con la ordalía la prueba de la fuerza continúa, se coloca bajo el signo de potencias superiores a los hombres.

Varios eran los sistemas que se usaban en las ordalías. En Occidente se preferían las pruebas a base del combate y del duelo, en los que cada parte elegía un campeón que, con la fuerza, debía hacer triunfar su buen derecho. La ley germánica precisaba que esta forma de combate era consentida si la disputa se refería a campos, viñas o dinero, estaba prohibido insultarse y era necesario nombrar dos personas encargadas de decidir la causa con un duelo.

La ordalía por medio del veneno era poco conocida en Europa, probablemente por la falta de un buen tóxico adecuado a este tipo de justicia, pero se utilizaba a veces la curiosa prueba del pan y el queso, que ya se practicaba en el siglo II en algunos lugares del Imperio romano. El acusado, ante el altar, debía comer cierta cantidad de pan y de queso, y los jueces retenían que, si el acusado era culpable, Dios enviaría a uno de sus ángeles para apretarle el gaznate de modo que no pudiese tragar aquello que comía.

La prueba del hierro candente, en cambio, era muy practicada. El acusado debía coger con las manos un hierro al rojo por cierto tiempo. En algunas ordalías se prescribía que se debía llevar en la mano este hierro el tiempo necesario para cumplir siete pasos y luego se examinaban las manos para descubrir si en ellas había signos de quemaduras que acusaban al culpable.

El hierro candente era muchas veces sustituido por agua o aceite hirviendo, o incluso por plomo fundido. En el primer caso la ordalía consistía en coger con la mano un objeto pesado que se encontraba en el fondo de una olla de agua hirviendo; en el caso de que la mano quedara indemne, el acusado era considerado inocente.

En 1215, en Estrasburgo, numerosas personas sospechosas de herejía fueron condenadas a ser quemadas después de una ordalía con hierro candente de la que habían resultado culpables. Mientras iban siendo conducidas al lugar del suplicio, en compañía de un sacerdote que les exhortaba a convertirse, la mano de un condenado curó de improviso, y como los restos de la quemadura hubiesen desaparecido completamente en el momento en que el cortejo llegaba al lugar del suplicio, el hombre curado fue liberado inmediatamente porque, sin ninguna duda posible, Dios había hablado en su favor.

En algunos sitios se hacía pasar al acusado caminando con los pies descalzos sobre rejas de arado generalmente en número impar. Fue el suplicio impuesto a la madre del rey de Inglaterra Eduardo el Confesor, que superó la prueba.

La ordalia por el agua era muy practicada en Europa para absolver o condenar a los acusados. El procedimiento era muy simple: bastaba con atar al imputado de modo que no pudiese mover ni brazos ni piernas y después se le echaba al agua de un río, un estanque o el mar. Se consideraba que si flotaba era culpable, y si, por el contrario, se hundía, era inocente, porque se pensaba que el agua siempre estaba dispuesta a acoger en su seno a un inocente mientras rechazaba al culpable. Claro que existía el peligro de que el inocente se ahogase, pero esto no preocupaba a los jueces. Por ello, en el siglo IX Hincmaro de Reims, arzobispo de la ciudad, recomendó mitigar la prueba atando con una cuerda a cada uno de los que fuesen sometidos a esta ordalía para evitar, si se hundían, que «bebiesen durante demasiado tiempo».

Esta prueba se usó mucho en Europa con las personas acusadas de brujería.

En todas las civilizaciones, las ordalías que tuvieron un origen mágico estaban encargadas a los sacerdotes, como comunicadores escogidos entre el hombre y la divinidad, y cuando la Iglesia asumió junto a su poder espiritual parcelas del poder temporal, tuvo que pechar con la responsabilidad de una costumbre que era difícil de hacer desaparecer rápidamente, y no pudiendo prohibiría bruscamente se esforzó en modificar progresivamente su uso para hacerle perder el aspecto mágico que la Iglesia consideraba demasiado vecino a la brujería.

La ordalía fue, pues, practicada como una apelación a la divina providencia para que ésta pesase sobre los combates o las pruebas en general, y los obispos se esforzaron en humanizar todo lo que en ella había de cruel y arbitrario.

Durante la segunda mitad del siglo XII el papa Alejandro III prohibió los juicios del agua hirviendo, del hierro candente e incluso los «duelos de Dios», y el cuarto concilio Luterano, bajo el pontificado de Inocencio III, prohibió toda forma de ordalía a excepción de los combates: “Nadie puede bendecir, consagrar una prueba con agua hirviente o fría o con el hierro candente.» Pero, no obstante estas prohibiciones, la ordalía continuó practicándose durante la Edad Media, por lo que doce años después, durante un concilio en Tréveris, tuvo que renovarse la prohibición.

Los defensores de la ordalía basaban su actividad en ciertos versículos del Ahtiguo Testamento, en los que algunos sospechosos de culpabilidad eran sometidos a una prueba consistente en beber una pócima preparada por los sacerdotes y de cuyo resultado se dictaminaba si el acusado era culpable o no.

Las ordalías a base de ingerir sustancias venenosas eran poco usadas en Europa debido a la dificultad de encontrar pócimas adecuadas debido a la escasez de sustancias venenosas, pero en pueblos de Asia o Africa, especialmente en este último continente, se usaron con profusión hasta nuestros días. Muchas veces las autoridades coloniales tuvieron que intervenir prohibiendo este tipo de actuaciones, pero sin gran resultado. Ignoro si hoy, con la independencia de las antiguas colonias y la subsiguiente de los tribunales coloniales, continúan practicándose ordalías con el veneno, tan frecuentes en otro tiempo.

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Mitos y Creencias de los Celtas Religion y Dioses Celtas

Mitos y Creencias de los Celtas – Religión

Los celtas carecieron de una unidad mitológica, como de alguna manera correspondía al extenso y complejo conglomerado de tribus y pueblos que ellos constituyeron. De esta manera, según las regiones, aparecen dioses y mitos con distintos nombres y, por lo general, con singularidades locales. Aun así, es posible destacar una serie de temas recurrentes, como las aventuras de guerreros valerosos y heroicos, y una particular interpretación del mundo de la naturaleza con intrigantes y misteriosas dimensiones.

Justamente por esa carencia de unidad, la mitología celta ha tenido varias subdivisiones, entre las que se destacan la céltica antigua; la irlandesa, a su vez dividida en varios ciclos (el Mitológico, el de Ulster, el del héroe Fionn y el Histórico); y finalmente la galesa.

En la mitología irlandesa, existe un mito originario en el que dos razas se hallan en permanente guerra: la de los Tuatha De Danann y la de los Fomoré. Los primeros eran el quinto grupo de habitantes de Irlanda y estaban asociados con los grandes reyes y héroes; los segundos, en cambio, constituían un pueblo de gigantes que amenazaban constantemente con invadir Irlanda, representando a las fuerzas del mal.

En el panteón irlandés, sobresalía Dagda, señor de los elementos y guía divino de los druidas. Según la leyenda, fue él quien condujo a la victoria a los Tuatha De Danann contra los Fomoré, quienes a su vez tenían a Balar como su principal divinidad. Dagda era señalado como un dios bondadoso, glotón y muy activo sexualmente. Se lo representaba con un caldero siempre inagotable y un arpa mágica que podía sonar sin que su dueño la tocara.

Finalmente, cargaba una maza que tenía el poder de matar o resucitar según con cuál de sus extremos golpeara. A Balar, por su parte, se lo figuraba con un ojo en la frente y otro en la nuca, que habitualmente estaba cerrado, pero cuando se abría causaba la muerte de quien lo mirara.

Otros dioses importantes de la mitología irlandesa son Morrigan, diosa de la guerra;Erigid, diosa del fuego y la poesía; Goibniu, dios de los artesanos que forjan las armas de los guerreros; Diancech, dios de la medicina; Angus, dios del amor; y Lug, que por cumplir todas las funciones divinas carece de una en especial. Finalmente, sobresale también Cernunnos, dios de la abundancia y de los animales salvajes. Representado con orejas y cuernos de ciervo, suele estar acompañado por una serpiente con cabeza de carnero.

También los celtas galos creyeron en importante cantidad de divinidades, entre las que se destacaron Taranis, Teutates y Esus.

Dentro de este escenario mitológico, los celtas en general dieron particular importancia al mundo subterráneo, morada de las almas de los difuntos, a los que creían inmortales. También prestaron atención a los elementos de la naturaleza, como el aire y el fuego, que los druidas decían saber manejar contra los enemigos.

Esta cosmovisión promovió la confección de armas específicamente diseñadas para su uso en rituales y ceremonias religiosas, en honor a alguna de sus divinidades o para ser enterradas junto a los guerreros caídos en el campo de batalla. En esos objetos, era común la empuñadura de oro con incrustaciones de piedras y marfil. También las vainas eran profusamente decoradas con predominio de figuras antropomorfas y zoomorfas.

En cascos y escudos, en cambio, se destacaban las figuras geométricas, especialmente compuestas de círculos y líneas curvas.

Además de la metalurgia en oro, plata, hierro y bronce, los celtas trabajaron la piedra y la madera, a las que tallaron y pulieron para transformarlas en las figuras de sus dioses. Particularmente importantes son los grandes monumentos graníticos que se hallan dispersos por toda la geografía celta, como los dólmenes y los menhires.

En especial se destacan grandes bloques que fueron enterrados verticalmente, en los que realizaron diversos tipos de inscripciones. Se sabe que no siempre estas piedras fueron plantadas por los propios celtas, sino por sociedades anteriores, como parte de cultos solares o bien para indicar posesiones o enterramientos. Pero los celtas las integraron a su mundo y en ellas grabaron cruces y textos escritos en el alfabeto “ogham” utilizado por los sacerdotes.

Incluso, consideraron que semejantes bloques de piedra, cuyo peso y tamaño hacían pensar en una gran fuerza e inteligencia para su transporte y enterramiento, debieron de haber sido el producto de una sociedad tan poderosa como sabia, lo que alimentó aun más su devoción hacia ellos. Según los antiguos celtas, estos monumentos tenían diferentes poderes mágicos y, de acuerdo con la calidad de cada uno, cumplían distintas funciones. Así, a sus pies se realizaban juramentos antes de las batallas, promesas, curaciones y ceremonias de fecundidad.

religion celta
CUCHULAINN: ESTA ESTATUA DE UN ÁNGEL Y UN HOMBRE ARMADO CON UNA ESPADA ES UNA REPRESENTACIÓN DE UNO DE LOS MÁS GRANDES HÉROES CELTAS: CUCHULAINN. SE ENCUENTRA EN LA UNIVERSIDAD DE QUEEN’ S, BELFAST, IRLANDA.

EL SACRIFICIO HUMANO: Según los registros y testimonios romanos, los celtas practicaron rituales y ceremonias sacrificiales, en las que animales y seres humanos eran arrojados a los ríos y lagos, como ofrendas s los dioses. También habrían realizado sacrificios en gran escala, sobre todo de prisioneros, aunque esta última cuestión puede haber surgido de una exageración romana o una difamación de sus enemigos.

Lo que sí está documentado son los ritos que ofrecieron a sus guerreros muertos en combate, a quienes les dedicaban un enterramiento especial, en el que adornaban al fallecido con armas bellamente decoradas, calderos y vituallas para su vida en el más allá.

Fuente Consultada:
Los Celtas Tomo N° 18 Grandes Civilizaciones de la Historia
Diccionario Insólito Tomo I Luis Melnik
Enigmas de la Humanidad – Misterios Sin Resolver

Federico II Barbarroja Emperador de Alemania Las Cruzadas Felipe II

Federico II Barbarroja Emperador de Alemania

Nieto de Federico Barbarroja. Después de guerras dinásticas y largas complicaciones Federico II Barbarroja Emperador de Alemaniafue elegido emperador de Alemania, en 1212, a los 18 años de edad. En junio de 1228 partió en la Sexta Cruzada, donde, por medio de negociaciones diplomáticas, obtuvo que el sultán Malek-al-Kamil restituyera los lagares sagrados.

De esta manera, sin derramamiento de sangre, logró éxito en una empresa en que habían fracasado los cruzados durante cincuenta años. Federico II fue excomulgado en una oportunidad y acusado varias veces de ateo y librepensador, pero fue, al mismo tiempo, enconado perseguidor de la herejía en su país.

Llegó a aplicar penas gravísimas, como la muerte, la prisión perpetua y la confiscación total de los bienes a los acusados de herejía. Un pueblo alemán que se negó a pagar el diezmo a la Iglesia fue completamente destruido por orden del emperador y gran parte de los habitantes exterminados.

A pesar de estas demostraciones de ferocidad, Federico II fue un notable gobernante que llevó la prosperidad y el bienestar a su país durante un largo período. Nacido en 1194, murió en 1250, dejando tras él una verdadera leyenda, hasta tal punto que, después, hubo varios impostores que se hicieron pasar por un Federico “resucitado”.

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FELIPE AUGUSTO: Felipe II de Francia ocupa con Ricardo Corazón de León y Federico Barbarroja un lugar predominante en la III Cruzada. Cuando contaba 14 años de edad, en 1179, fue proclamado rey de Francia. Poco después se encontró en lucha con el conde de Flandes, nombrado regente. A pesar de sus cortos años actuó con gran sagacidad y energía y rápidamente se deshizo de sus enemigos.

Robustecido por la popularidad, se propuso la tarea de recuperar los territorios que estaban en manos de los ingleses, y, mediante intrigas diplomáticas, consiguió que los dos hijos del rey británico, Ricardo y Juan sin Tierra, se volvieran contra el padre.

Felipe II acompañó a Ricardo Corazón de León a Tierra Santa, pero poco después de la toma de San Juan de Acre emprendió solo el regreso para aprovecharse de la ausencia de Ricardo, que entonces ya era rey. Después de una larga guerra, Felipe II consiguió aumentar el patrimonio heredado de su padre, agregando Normandía, Ániou, Turena y muchos otros territorios.

Preparó la unidad de Francia, Se le describe como un hombre valeroso, aficionado a los placeres de la buena mesa y un político muy hábil. Era, también, doble, suspicaz y cruel. Nació en París en 1165 y murió en Ñames en 1223. Fue hijo de Luis VII y de Adela de Champaña y padre del rey Luis VIII.

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PEDRO EL ERMITAÑO Nació a mediados del siglo XI en Amiens. Peleó en las guerras de Flandes. A los 20 años, alrededor de 1070, contrajo matrimonio con Ana de Roussi, quien falleció muy pronto. Pedro se retiró entonces a una eremita.

Según la leyenda, Pedro, después de haber ido a Tierra Santa, comenzó a recorrer Europa predicando la necesidad de recuperar el Santo Sepulcro. Montado en una muía y vestido con un viejo hábito recorrió toda Francia y gran parte de Europa.

Hablaba en forma muy elocuente y sus palabras conmovían a las multitudes, que poco a poco se reunieron en torno a él.

Una gran muchedumbre lo siguió a Tierra Santa. La mayoría de sus seguidores pereció en la aventura. Pedro el Ermitaño estaba dotado de muy pocas virtudes militares. Se dice que volvió a Francia y fundó un monasterio en Neufmoutier, donde murió en julio de 1115.

Hombres Lideres de las Cruzadas SIMÓN DE MONTFORT Barbarroja Pedro el Ermitaño

Hombres Líderes de las Cruzadas
SIMÓN DE MONTFORT

SIMÓN DE MONTFORT El conde de Montfort fue un caudillo galo que nació en 1160 y murió en 1218, víctima de una pedrada mientras participaba en el sitio de Toulouse.

Pasó toda su vida “combatiendo a. infieles y herejes” y ha sido juzgado muy diversamente por la historia. Para unos fue un “defensor de la fe y paladín de la religión”. Para otros, “un fanático sanguinario y cruel”. En lo que parece no hay dudas es en cuanto a sus cualidades militares.

Desde un puesto relativamente secundario se destacó en la Cuarta y Quinta Cruzada y luego participó en las luchas de religión y dinásticas de su país.

Entre las batallas que ganó se recuerdan las de Castelnaudary en 1212 y la de Muret en 1213. En esta última, con fuerzas inferiores, batió al rey de Aragón, Pedro II, quien murió en la batalla, y a los condes de Toulouse y de Foix. Luchó largamente contra el conde Raimundo VI de Toulouse y murió cuando atacaba la ciudad del mismo nombre al frente de su ejército.

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FEDERICO BARBARROJA El emperador Federico I de Alemania fue descrito como un hombre cortés, instruido, inteligente y valeroso. Pasó gran parte de su vida guerreando contra los Estados italianos y el Papa Alejandro III. En esta última pugna apoyó sucesivamente a tres Antipapas.

Sin embargo a los 70 años se reconcilió con la Iglesia y fue uno de los dirigentes de la Tercera Cruzada, que fue encabezada por los monarcas de Alemania, Francia e Inglaterra. Federico I no alcanzó a llegar al Santo Sepulcro.

Murió ahogado en un río cuando dirigía un poderoso ejército, muy bien adiestrado, capaz de batir a los musulmanes, y que se desbandó a raíz de su muerte. Federico nació en 1123. Era sobrino del emperador Conrado III de Alemania, quien lo nombró su sucesor. Ocupó el cargo desde 1152, a los 29 años de edad.

Desde el comienzo de su reinado se aplicó a construir un gran imperio, tarea a la que se dedicó sin descanso durante los próximos 40 años. Después de pacificar su país se dirigió a Italia, que estaba dividida entonces en una serie de ciudades independientes. Asnaldo de Brescia había expulsado al Papa Adriano IV y apoderándose de Roma.

Federico lo derrotó, se erigió en rey de Italia y devolvió el trono pontificio a Adriano IV. Federico volvió a Alemania, nuevamente sacudida por guerras intestinas, y logró restablecer la paz. Al cabo de un tiempo disputó con el Papado e invadió otra vez a Italia.

El Papa Alejandro III le hizo frente, pero las fuerzas de Federico derrotaron fácilmente a los soldados italianos y entraron a Roma. Federico instaló en la Santa Sede a Pascual III (el segundo de los Antipapas), pero entonces ocurrió un acontecimiento que hizo pensar a la gente de esa época en un milagro. Se desató una terrible peste que diezmó al ejército de Federico Barbarroja. En una sola semana perecieron 25 mil alemanes.

Los sobrevivientes huyeron a otras ciudades, donde continuaron siendo víctimas del mal. El emperador, sin embargo, mantuvo su dominio sobre Italia durante los años siguientes y apoyó a un tercer Antipapa, Calixto IV. En 1189, en el deseo de terminar su vida en forma gloriosa, Federico Barbarroja organizó un gran ejército para participar en la Tercera Cruzada. Derrotó al sultán de Iconium en el Asia Menor, en 1190, pero no pudo seguir adelante.

Federico quiso bañarse en las aguas del río Cidno, a pesar de la oposición de sus acompañantes. Mientras estaba sumergido sofrió una apoplejía y fue arrastrado por la corriente. El corazón y las entrañas del emperador fueron llevados a Tarso, las carnes a Antioquia y los huesos a Tiro.

BALDUINO I BONIFACIO II Hombres que dirigieron las cruzadas a Jerusalen

BALDUINO I BONIFACIO II
Hombres que dirigieron las Cruzadas

BALDUINO I Fue el primer emperador latino de Constantinopla, como resultado de las cruzadas. Nació en Valenciennes en 1171, hijo del conde de Flandes. A los 14 años casó con María de Champaña. En 1202 fue designado como uno de los jefes de la Cuarta Cruzada, que no llegó a la Tierra Santa, sino terminó con el sojuzgamiento del Imperio Bizantino.

BALDUINO I BONIFACIO II Hombres que dirigieron las cruzadas a JerusalenEn 1204 fue proclamado emperador. Se dice que tenía un carácter poco enérgico y que actuó, además, impolíticamente, al desatar persecuciones religiosas contra los griegos, las que provocaron un levantamiento general.

En la conjuración, desatada en 1205, pereció gran número de cristianos. Varias ciudades importantes cayeron en manos de los rebeldes y Filípolis fue sitiada. El emperador se dirigió en auxilio de la ciudad, pero cayó en manos de sus enemigos, que lo derrotaron y lo hicieron prisionero. Nunca volvió a saberse de él. Hay muchas versiones sobre su suerte. Algunos historiadores creen que pereció en el campo de batalla de Adrianápolis, pero hay pruebas que indicarían que fue vendido como esclavo en Siria.

Una tercera versión sostiene que fue asesinado en una prisión búlgara. Balduino II, sobrino del anterior, fue más tarde emperador de Constantinopla. Perdió la ciudad en 1261, al cabo de prolongadas luchas con los griegos. Peregrinó, después de su derrota, largos años por las cortes europeas en busca de ayuda para recuperar la ciudad, sin éxito. Nació en 1217 y murió en 1272.

BONIFACIO II Bonifacio II, marqués de Montferrato, fue, igual que Balduino I, uno de los dirigentes de la Cuarta Cruzada. Vivió largos años en Palestina. Fue uno de los señores italianos más fieles al emperador Enrique IV, quien en premio a sus servicios le donó la ciudad de Alejandría en 1193.

En el curso de la Cuarta Cruzada se opuso al principio a la conquista de Zara, exigida por los venecianos como parte del precio por conducir a los cruzados a través del Mediterráneo a Siria, negándose a tomar las armas contra otro príncipe cristiano.

Más adelante, sin embargo, participó activamente en las guerras que siguieron entre cristianos romanos y ortodoxos. Después de la derrota del Imperio Bizantino, el marqués tomó para sí la isla de Candía y las provincias situadas al otro lado del Bósforo. Más tarde cambió esas posesiones por Tesalónica, de la cual se erigió rey. Bonifacio contrajo matrimonio con Margarita de Hungría, esposa del fallecido emperador Isaac El Ángel, de Constantinopía, y enseguida inició una campaña para apoderarse de Grecia.

Tomó Beocia, el Ática y Corinto y capturó al emperador Alejo. Poco después, sin embargo, el marqués cayó en una emboscada preparada por los búlgaros y fue muerto de un lanzazo, en 1207.

Bohemundo I de Tarento Reyes que dirigieron las Cruzadas a Santos Sepulcros

Bohemundo I de Tarento
Reyes que dirigieron las Cruzadas

BOEMUNDO I Boemundo de Tarento era hijo del príncipe normando Roberto Guiscard, de Sicilia, quien guerreó largamente contra el Imperio Bizantino. Boemundo participó en las luchas de su padre y se distinguió en una serie de batallas por su bravura.Bohemundo I de Tarento Reyes que dirigieron las Cruzadas

A la muerte de Roberto Guiscard no pudo ocupar la corona debido a una intriga palaciega que protagonizó su madrastra para entregar el poder a su hermano Roger Boemundo abandonó sus dominios y emprendió una larga lucha para recuperar lo que consideraba suyo. Al cabo de cuatro años logró obtener el Principado de Tarento.

Enseguida se incorporó a la Primera Cruzada, donde desempeñó un papel muy importante.

Para algunos historiadores, Boemundo fue el verdadero vencedor de las principales batallas que terminaron con la ocupación de Jerusalén. Era, tal vez, el más capaz de todos los capitanes que participaron en esa empresa.

Boemundo fue uno de los gestores de la victoria de Doryliun y luego dirigió la marcha del ejército cruzado por el Tauro hasta Siria, apoderándose de Antioquía. Aquí se hizo nombrar príncipe de la ciudad.

En el curso de una expedición a la Mesopotamia fue hecho prisionero por el emir Kamschetgin, en 1100. Quedó en libertad dos años después, luego de pagar una crecida suma por el rescate. De regreso se embarcó en una nueva guerra con el Imperio Bizantino, en una empresa “fantásticamente superior a sus fuerzas”, según los historiadores.

La lucha contra el gran imperio, con recursos muy superiores a los suyos, duró dos años. Comprendiendo que era imposible derrotar a su enemigo, el emperador Alejo I, se dirigió a Europa.

Allí casó con Constanza, hija del rey Felipe I, reunió un ejército y volvió a la carga. Puso sitio a Durazzo, pero al cabo de un largo asedio, infructuoso, terminó por firmar un tratado de paz con el emperador. Volvió a Italia, donde emprendió nuevas aventuras. Murió en 1111, a los 46 años de edad.

Luis IX de Francia Rey Santo que Dirigio las Cruzadas a Santos Sepulcros

Luis IX de Francia
Rey Santo que Dirigió las Cruzadas

SAN LUIS El rey Luis IX de Francia, uno de los santos de la Iglesia Católica, dirigió las dos últimas cruzadas y es uno de los personajes más notables de esa época turbulenta. Nació el 25 de abril de 1215, hijo del rey Luis El León. Recibió una educación muy esmerada, en particular de su madre, Blanca de Castilla, quien según una difundida biografía solía decir: “Hijo, prefiero verte muerto antes que en desgracia de Dios por el pecado mortal”.

Luis IX de Francia Rey Santo que Dirigio las CruzadasA los 11 años fue consagrado rey de Francia, en Reims. Su madre asumió la regencia durante un período bastante tumultuoso. Varios nobles se sublevaron, pero fueron sometidos finalmente por doña Blanca.

A los 21 años de edad, Luis se hizo cargo de su reino. San Luis fue un excelente legislador. Estableció leyes eficaces para evitar las arbitrariedades tan frecuentes en esa época. Tuvo que combatir, además, con los grandes señores feudales, a quienes derrotó, concertando una paz de diez años. En 1248 sufrió una grave enfermedad y prometió que tomaría la Cruz si se reponía.

Cumplió su promesa en 1248 y se embarcó con 40 mil hombres y 2.800 caballos hacia Tierra Santa. Capturado por los egipcios en la infructuosa lucha en la desembocadura del Nilo, quedó en libertad luego del pago de un fuerte rescate en dinero.

Estuvo aún cuatro años en Palestina, intentando pacificar a los cristianos, cuyas disensiones eran frecuentes, y fortificando las plazas que quedaban en poder de los cruzados. Volvió a Francia al saber la noticia de la muerte de su madre, en 1254, y fue recibido “con grandes muestras de veneración y amor”. Continuó su obra civilizadora. Se le recuerda, en particular, porque administraba justicia por sí mismo, dos veces por semana. Abolió el duelo y protegió la enseñanza.

Favoreció a Roberto Sorbon, quien fundó en París la Facultad de Teología, que se llamó La Sorbona. En 1267 emprendió la Octava Cruzada, que fue el último esfuerzo de la Europa Cristiana por rescatar el Santo Sepulcro. Mientras ponía sitio a la ciudad de Túnez se declaró una epidemia de peste en el campamento. San Luis se destacó en los cuidados que proporcionaba a los apestados.

Uno de sus hijos murió de este mal. Poco después el mismo rey se contagió y pereció en tierra africana. Su cuerpo fue trasladado a Francia y enterrado en el Panteón real de San Dionisio de París. Fue canonizado por Bonifacio VIII en 1298. Uno de los libros que se han escrito en su memoria es el de Antonio de Guzmán, que se llama: “Vida del mayor monarca del mundo, San Luís, rey de Francia”.

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LUIS VII EL JOVEN Un siglo antes que San Luis había vivido este rey francés, quien nació probablemente en 1121 y a los 16 años de edad se convirtió en monarca de su país. Estuvo casado con Leonor de Aquitania, la que fue, posteriormente, luego de divorciarse del rey galo, esposa del rey Enrique Plantagenet de Inglaterra y madre de Ricardo Corazón de León. Leonor fue, de esta manera, reina de Francia y de Inglaterra, países que estaban envueltos en frecuentes guerras.

Luis VII tomó parte en la Segunda, Cruzada, bajo el imperio de los remordimientos por haber incendiado la catedral de Vitry, en una guerra contra el conde Teobaldo de Champaña. En el templo perecieron 1.300 vasallos del conde. El rey participó con variada suerte en la campaña contra los sarracenos. Murió en París en 1180.

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GODOFREDO DE BOUILLON Godofredo IV de Bouillon, duque de la Baja Lorena, fue uno de los principales caudillos de la Primera Cruzada. Nació en Lorena entre 1058 y 1061. Es una de las figuras más populares de la Edad Media. Es el héroe de la “Jerusalén Libertada”, de Tasso.

Fue un fiel servidor del emperador Enrique IV, por quien combatió en la batalla de Elster contra Rodolfo de Suabia y en la campaña contra Roma. Fue el líder de una parte del ejército cruzado en 1096. Después de una sangrienta lucha con los griegos en enero de 1097, obligó al emperador Alejo de Constantinopla ,a prestar juramento de fidelidad.

Enseguida se distinguió por su valentía en el sitio y la toma de Jerusalén, en 1099. El 22 de julio de ese año fue elegido rey de Jerusalén, pero se negó a recibir ese título: “No quiero ceñir corona de oro donde Jesucristo llevó la de espinas”, y se tituló Barón del Santo Sepulcro. Estuvo un año en el cargo.

Durante este corto reinado Godofredo organizó los nuevos estados y promulgó el código de leyes feudales que se conoce con el nombre de Assises de Jerusalén. Derrotó a los egipcios en Ascalón. El 18 de julio de 1100 murió en la Ciudad Santa.

Saladino Lider Musulman que Recupero Santos Sepulcros a los Cruzados

Saladino Líder Musulman que Recuperó Los Santos Sepulcros

SALADINO, EL PRÍNCIPE VICTORIOSO Salah adDin, llamado El Malik en Nasr, el Príncipe Victorioso, pasó a la Saladino Lider Musulman que Recupero Santos Sepulcros a los Cruzadoshistoria occidental con el nombre de Saladino, el más destacado, hábil y generoso de los caudillos musulmanes que combatieron contra los cruzados, y su nombre estuvo por encima de Federico Barbarroja y Ricardo Corazón de León. Kurdo de nacimiento, era un soldado para quien las leyes de la espada y de la lealtad constituían los principios básicos de su acción.

De cuerpo pequeño, enfermo de fiebres intermitentes, más que un guerrero fue al comienzo un buen vividor, que prefería el vino y los libros al combate y la política.

Llevado por las circunstancias a visir de Egipto, se convirtió luego, por golpes de audacia política y religiosa, en sultán indiscutido, temido de sus enemigos musulmanes, respetado por los cristianos, amado por sus soldados y con plena conciencia de su responsabilidad, e impuso orden y disciplina entre las huestes a su mando, sin vacilar cuando su decisión llevaba a la muerte a quienes quebrantaran sus leyes.

Los asesinos del Viejo de la Montaña, embriagados con drogas, fracasaron en dos tentativas por ultimarlo, porque consideraban que su ascenso de simple oficial a amo absoluto contrariaba la voluntad de Alah.

Una vez en el poder, abandonó el vino y los deportes, asumiendo con el fatalismo propio de su religión el nuevo destino al que había sido llamado.

Se levantaba muy temprano, hacía sus abluciones y oraba, para recibir luego a sus oficiales y ayudantes, conocer los informes de cuanto ocurría en su campo y en el de los cruzados, manteniendo franco el paso de su tienda para quien quisiera verlo. “La avaricia es propia de mercaderes, no de monarcas”, solía decir Saladino a su tesorero cuando ,le ordenaba que repartiera a dos manos las riquezas que poseía.

En menos de dos meses Saladino reconquistó la mayor parte del territorio que los cruzados habían ganado en el curso de dos o tres generaciones, ochenta y ocho años atrás, con el éxito alcanzado en la Primera Cruzada.

Después de 25 años de batallas, treguas, asaltos y un incesante ir y venir por las caldea comenzó a sentir el peso de los años y los estragos que la fiebre causaba en su organismo. Profundamente religioso, en el último año de su vida comenzó a guardar los ayunos que no pudo observar durante la prolongada campaña, debilitándose cada vez más, a pesar de las recomendaciones de su médico.

El 3 de marzo de 1193 murió El Malik en Nasr Salah adDin y un historiador musulmán llamado Baba adDin, señaló: “Quien tanto había poseído, sólo dejó al morir cuarenta y siete dirhems y una sola moneda de oro. No dejó casas, muebles, ni pueblos, ni tierras cultivadas o bienes de otra clase”.

ALGO MAS SOBRE SOLIMÁN…

Preparado desde un principio para ser jefe, el joven Solimán tuvo una educación más esmerada que sus predecesores. No aprendió solamente a empuñar el sable y a montar a caballo, como lo proscribía la tradición nómade. El programa educativo para el futuro sultán incluía conocimientos de política y diplomacia.

Corrían otros tiempos; era necesario conocer la situación de Europa y los conflictos entre los diversos reinos, para poder aprovechar mejor las divisiones en el campo del enemigo. A los diecisiete años había sido nombrado gobernador de Caifa (actualmente Haifa).

Allí debería habituarse a gobernar con el objeto de prepararse para administrar el imperio, que heredaría a los 25 años. Sultán (Soberanía, en árabe) de los otomanos (hijos o súbditos de Osmán), sería considerado también como el “Enviado de Alá sobre la Tierra, Señor de los Señores de este Mundo, Poseedor de rebaños de hombres, Jefe de los Creyentes y de los Incrédulos, Rey de Reyes, Emperador de Oriente y de Occidente, Príncipe y Señor de feliz constelación, César Majestuoso, Remate perfecto de la Victoria, Refugio de todos los Pueblos del Mundo, Sombra del Todopoderoso, Dispensador de quietud sobre la Tierra”.

Para hacerse cargo de esa pesada responsabilidad, Solimán dispone de poder absoluto, limitado sólo por la religión, la ley y la costumbre. Su principal funcionario es el gran visir, quien es asistido, a su vez, por cinco ministros. Juntos constituyen el diván (diwán) o gabinete. El ejército tiene también sus jefes, los agás, y la marina es comandada por los bajas. Se cree que las rentas del sultán eran tan fabulosas, que su fortuna duplicaba la del emperador Carlos V.

El imperio está dividido en provincias, cada una gobernada por un bey. Se recoge un impuesto sobre la renta de cada campesino súbdito, y una capitación cuyo importe varía según la religión del contribuyente. Con ese dinero, con las tasas aduaneras, los botines de guerra y otros recursos, la corte vive en medio de un fastuoso lujo y el ejército está bien alimentado y equipado.

Desde una de las alas del palacio, después de trasponer la Puerta de la Felicidad, Solimán penetra en su harén particular. Cientos de mujeres, escogidas entre las más bellas del mundo, lo esperan, custodiadas por eunucos, y se disputan entre sí el gran honor de ser la favorita del sultán. Centenares de servidores obedecían las órdenes del monarca.

Estaba quien le cortaba las uñas, el primer peluquero, el gran maestro del guardarropa, el gran maestro del turbante, quien tenía el privilegio de rodear la cabeza real con las más finas telas, y, además de seiscientos cocineros, había también un probador-jefe y cincuenta subcatadores de comida. De ese modo, jamás veneno alguno podía llegar a la boca del sultán. Astrólogos, médicos, 2.500 jardineros, 1.000 escuderos y 6.000 funcionarios de las caballerizas completaban el cuadro de sus servidores domésticos.

Ricardo Corazon de Leon Tercera Cruzada de los Reyes

Ricardo Corazón de León
Tercera Cruzada de los Reyes

LOS HOMBRES DE LA CRUZ: En los dos siglos que duraron las cruzadas hubo numerosos personajes que se destacaron en ese clima de misticismo, renunciamientos, guerras, traiciones y cambios de fortuna, y que han quedado hasta hoy en la historia y la leyenda.

Entre ellos se encuentran San Luis, rey de Francia, que encabezó dos cruzadas y murió víctima de la peste en su campamento en las costas africanas; el pastorcillo Esteban de Cloyes, que encendió el fervor de la Cruzada de los Niños, una patética marcha infantil a través de Europa que terminó en el desastre; Pedro de Amiens, el eremita que recorrió Francia montado en una muía predicando la guerra contra los infieles; Federico Barbarroja, el poderoso emperador alemán, ahogado en un río cuando se aprestaba a conquistar la Tierra Santa, y, entre muchos otros, Ricardo Corazón de León, además del gallardo y noble Saladino, entre las filas musulmanas.

Ricardo Plantagenet, rey de Inglaterra, es un personaje clave de aquella época y, en cierto modo, representa algo de lo peor y de lo mejor de unos tiempos turbulentos. Nació en Oxford en septiembre de 1157, y es considerado el abanderado de las historias de caballería y héroe por la lucha de justicia. Tercer hijo de Enrique II y Leonor de Aquitania, una noble francesa. A los tres años, fue prometido a la princesa Alicia, hija del rey Felipe Augusto de Francia.

Ya cuando contaba doce fue obligado a prestar homenaje a su futuro suegro como usufructuario del Ducado de Aquitania. Desdé niño dio pruebas de una energía indomable y tenía apenas 16 años cuando se rebeló contra su padre, Enrique III, quien no le quería demasiado. Ricardo fue vencido y tuvo que pedir perdón para ser amnistiado.

Desde ese momento se dedicó a administrar su ducado, y lo hizo con gran energía, combatiendo a sus enemigos. En 1189, a la muerte de su padre. Ricardo subió al trono británico. De inmediato cambió su política hacia Francia. Comenzó por anular su noviazgo con la hija de Felipe II, y casó con Berenjuela, hija del rey de Navarra. Con gran entusiasmo comenzó a preparar una expedición contra Francia.

Para esto tuvo que recaudar grandes sumas, que el pueblo inglés entregó con poco gusto. Durante un tiempo guerreó con Felipe Augusto, con resultados indecisos. Por último, los dos monarcas decretaron una tregua para participar en la Tercera Cruzada, que se llamó, también, la cruzada de los reyes, y donde intervino junto a ellos Federico Barbarroja.

En el camino, Ricardo Corazón de León conquistó Chipre y luego desembarcó en Siria. Se sumó al sitio a San Juan de Acre, ciudad que acabó por capitular poco después. En agosto de 1192, el rey Felipe II regresó a Francia y dejó a Ricardo como el jefe absoluto de la campaña. El rey inglés desarrolló una gran actividad, fortificó su base de operaciones y emprendió diversas acciones contra los musulmanes. El 7 de septiembre ganó la batalla de Arsuf, donde Ricardo realizó valerosas proezas.

Ricardo, sin embargo, dio simultáneas muestras de brutalidad y crueldad innecesarias. Hizo ejecutar a 2.700 prisioneros musulmanes cuyo rescate no llegó a tiempo. Se enemistó con otros jefes de la expedición, en particular con Leopoldo, duque de Austria, cuyo estandarte hizo arrastrar por el fango. Más adelante se apoderó de Jafa y de una rica caravana. Debido a las disensiones con sus aliados, no avanzó contra Jerusalén. Por último, firmó una tregua con Saladino, por la cual se declaraban suspendidas las operaciones por tres años, tres meses , tres semanas y tres días. En estas circunstancias Ricardo Corazón de León recibió noticias de que Felipe Augusto aprovechaba su ausencia para apoderarse de sus posesiones.

Se embarcó inmediatamente, pero la nave que lo llevaba naufragó en las costas del Adriático. Impaciente, siguió via’je por tierra, disfrazado de comerciante. Al pasar por las tierras del duque de Austria fue reconocido y encarcelado. Estuvo preso durante más de un año en la fortaleza de Durnstein, sobre el Danubio. Finalmente obtuvo su libertad pagando un fuerte rescate de 150 mil marcos de plata y la promesa de reconocerse vasallo del emperador. Regresó a Inglaterra en marzo de 1194. Las novedades eran poco agradables. Su hermano Juan sin Tierra se había aliado con Felipe Augusto en contra suyo.

Guerreó contra ambos y los derrotó. Además, formó una coalición entre los condes de Flandes, Bretaña y Toulouse, contra el rey francés. Por último, hizo elegir a Otón de Brunswick, sobrino suyo, como emperador de Alemania. Ricardo había concebido un grandioso plan para dominar Europa.

Sin embargo, estaba en grandes dificultades financieras. Los ingleses no se prestaban de buen grado a financiar otra costosa expedición del soberano. Mientras se hallaba en los preparativos para invadir el continente, Ricardo supo que en las tierras del señor de Chaluz se había descubierto un tesoro fabuloso. De inmediato partió con sus hombres y puso sitio al castillo. Mientras peleaba, una flecha lanzada por Gourden, uno de los sitiados, lo hirió mortalmente en un ojo.

Ricardo Corazón de León murió el 6 de abril de 1199, sin poder realizar sus proyectos. Gourden fue desollado vivo y todos los habitantes de la fortaleza pasados a cuchillo.

PARA SABER MAS…
FIRMA DE LA PAZ Y RETIRO DE RICARDO CORAZÓN DE LEÓN:

Terminada la toma de los Santos Lugares,  Ricardo ofrecía la creación de un reino cristiano, sometido al protectorado musulmán. Enrique de Champaña, “rey de Jerusalén”, dominaría el litoral sirio (Tiro, Acre, Ascalón, Jafa, ya conquistadas por los cristianos) y se haría vasallo del sultán. En Jerusalén, los cristianos poseerían el Santo Sepulcro y tendrían libertad de peregrinación a todos los lugares santos, desarmados y en pequeños grupos.

Después de haber logrado dominar Jafa (retomada en esos momentos por los musulmanes) y renunciando a la esperanza de mantener Ascalón, Ricardo firmó la paz con Saladino. Los dos soberanos afirmaron su estima mutua y la gran admiración que sentían por sus respectivas cualidades guerreras y caballerescas. Los franceses no compartían esa admiración extraordinaria. Su descontento se traducía en recriminaciones, amargas burlas, canciones satíricas. No llegaban, sin embargo, a la abierta rebelión. Estaban cansados de la guerra.

Enfurecido con las noticias de deserción, Ricardo intentó convencer a Saladino para que se prohibiera a los soldados franceses la peregrinación a Jerusalén. El sultán se dio el placer de avergonzar al soberano inglés por su mezquindad: “Hay aquí gente que vino de muy lejos para visitar los Santos Lugares. Nuestra religión nos prohibe impedírselo”.

PARA SUSTITUIR AL REY, CRIATURAS EUROPEAS
El 9 de octubre de 1192, Ricardo Corazón de León abandona Tierra Santa, acompañado por la mayor parte de los caballeros y soldados. No hay más Cruzada. La paz implica el abandono de Jerusalén, de Galilea, de Judea y de Transjordania. Del reino cristiano de Jerusalén sólo restan, prácticamente, algunas ciudades en el litoral. Un “rey de Jerusalén” establece su corte en Acre, bajo el protectorado del sultán. Para esto murieron musulmanes y cristianos durante los dos años de lucha bajo los muros de Acre.

La Cruzada de los Reyes terminó después de estar a las puertas de Jerusalén y de la victoria. Otras tentativas de reconquista serían todavía realizadas, inclusive por criaturas, en 1212. Seducidas por aventureros, bajo el pretexto de transportarlas hacia Palestina, fueron reunidas a millares y vendidas como esclavos en Egipto. Otra Cruzada, la Cuarta, no alcanzó nunca la Tierra Santa. Era, en realidad, un ataque deliberado a Constantinopla por parte de Venecia, que logró apoderarse de gran parte de las costas e islas del Imperio Bizantino.

Los mismos pontífices despojaron la idea de guerra santa de todo significado, por medio de cansadoras repeticiones. La Santa Sede organizaba cruzadas contra cualquiera de sus enemigos políticos o temporales. Hubo cruzadas contra Juan sin Tierra, contra Federico II, emperador del Sacro Imperio Germánico, contra los albigenses, etc. Nunca más volvería el fanatismo de las primeras cruzadas, o los combates caballerescos entre Ricardo y Saladino.

Inglaterra había tenido una participación limitada en las dos primeras cruzadas. Hubo personas que habían prometido participar en ellas que sustituían a último momento su voto de cruzado por la entrega de un óbolo. Un caballero, sorprendido en adulterio con la esposa de un amigo, se comprometió a enviar a Tierra Santa a un soldado equipado, y a pagar 100 libras en caso de reincidencia.

La Cruzada de los Reyes modificó este cuadro. Muchos ingleses se batieron bravamente en Palestina, junto a su soberano. Los navíos traían noticias de heroicos hechos de armas, de la bravura de Ricardo, respetado por el propio sultán enemigo. Eran pocas las aldeas que no tenían a alguno de sus pobladores como miembro de la Cruzada. Los súbditos de los Plantagenets respetaban la “tarea divina” de su amado señor. Muchos atribuían a su ausencia la miseria en que vivían. Un día él volvería al trono, y castigaría a los expoliadores del pueblo, decían.
Ese día demoraría bastante.

De regreso en Europa, en 1193, Ricardo fue hecho prisionero por Leopoldo, duque de Austria, que no había olvidado las afrentas sufridas en Palestina. El soberano inglés fue entregado al monarca de mayor jerarquía, Enrique VI, Emperador del Sacro Imperio. Para libertar al “peligro de Europa” fue exigido enorme rescate.

Los Justices que gobernaban a Inglaterra en ausencia del rey, se esforzaron por recaudar la suma exigida entre las diversas capas de la sociedad: caballeros, ricos habitantes de las ciudades y clero. A pesar de eso, la cantidad recogida distaba mucho de la solicitada. El hermano de Ricardo, Juan, aliado a los franceses, intentaba usurpar el trono. Sus pretensiones fueron frenadas por el arzobispo de Canterbury. Finalmente, en 1194, Enrique VI se resignó a aceptar un rescate menor del que se había pedido. Ricardo estaba nuevamente libre.

La desilusión llegó luego. La primera medida de Ricardo Corazón de León fue la de aumentar los impuestos. Era necesario mucho dinero para enfrentar a los soldados de Francia. La Aquitania se sublevaba contra los Plantagenets. Felipe Augusto había invadido la Normandía. Para defenderla, Ricardo gastó mucho e hizo construir una maravillosa fortaleza, el Cháteau Gaillard.

Las luchas por la defensa del imperio anglo-angevino proseguirían por algunos años. Cierto día, uno de los vasallos de Ricardo, el vizconde de Limoges, encontró en el campo un ornamento de oro, herencia de los romanos. Ricardo reclamó el tesoro. La disputa originó una de aquellas pequeñas guerras feudales entre señor y vasallo. Mientras sitiaba Chalus, Ricardo fue alcanzado por una flecha perdida. La herida se infectó y el rey murió en su tienda, el 6 de abril de 1199.

Su cuerpo fue enterrado en Fontevrault, el corazón en Rúan. De este modo, el rey de los ingleses, tan amado por sus subditos insulares justamente porque no tuvo tiempo de oprimirlos demasiado, permaneció para siempre lejos de su reino.

Causas de las Cruzadas a Tierra Santa

Causas de las Cruzadas a Tierra Santa

Urbano II encendió en el Concilio de Clermont una chispa que hizo explosión no sólo por razones religiosas, sino por el ansia de aventura de los caballeros, la vida miserable de los siervos, que nada tenían que perder, y por el acicate interesado de comerciantes que esperaban abrir nuevos mercados.

CUAL fue la chispa que encendió las cruzadas y de qué manera pudo mantenerse el fuego de las marchas, peregrinaciones y batallas durante doscientos años de casi continuos desastres? Los historiadores no se han puesto de acuerdo. Lo prudente es concluir que las causas fueron muchas y diversas. Durante esos dos siglos, emperadores, reyes, nobles, caballeros, monjes, siervos y hasta niños se precipitaron, generación tras generación y marejada tras marejada, hacia el Oriente con el anhelo declarado de conquistar el Santo Sepulcro.

En la épica y en general desafortunada empresa participaron ejércitos organizados, los mejores contingentes caballerescos de la cristiandad y, junto a estas huestes guerreras, muchedumbres de pobres y masas de pastorcillos y niños de las aldeas, en una eclosión de ímpetu, fe, misticismo y fervor como probablemente hay pocos otros ejemplos en la historia.

El ardor de las cruzadas se mantuvo vivo a pesar de las constantes catástrofes, de la muerte, de las inimaginables penalidades y de la creciente y cada día mayor resistencia del Islam. Dos siglos después del último fracaso aún seguía hablándose en la cristiandad occidental de esta empresa y de la posibilidad de reanudarla, y aún hoy el folklore francés conserva viejas canciones campesinas en que se recuerdan las penas y los triunfos de esa tremenda aventura.

Es imposible dejar de lado, como un factor de suprema importancia, la profunda religiosidad de la gente de la Edad Media, en un grado tal, que no puede ser medido por los cánones del mundo de hoy. Pero es evidente, al mismo tiempo, que hubo otros poderosos factores que empujaron a caballeros, monjes y siervos en la lucha con el Islam. Entre ellos está, por cierto, el espíritu bélico de una sociedad joven, dividida por guerras constantes y unida por el anhelo común de expandirse hacia el Asia y el Levante.

Al lado de esta ansia conquistadora y guerrera se ubican los intereses comerciales, en particular de las ciudades italianas del norte. V en el fondo de este vasto drama histórico, las ansiedades y las esperanzas de una masa de campesinos, aldeanos, artesanos y siervos, de condición miserable, con poco que perder. En su Historia Universal, Charles Seignobos dice brevemente: “El Sepulcro de Cristo en Jerusalén, el Santo Sepulcro, había sido siempre el más venerado de los lugares de peregrinación. Los musulmanes, dueños de Jerusalén, no impedían que los peregrinos cristianos fueran allí para sus devociones, e iban de todos los países cristianos, basta de Noruega. Pero en el siglo XI una nueva especie de musulmanes invadió el Asia Menor y se apoderó de Jerusalén (1074). Eran turcos, más ignorantes y de menor tolerancia, y empezaron a maltratar a los peregrinos”.

En aquella época el viaje de Tierra Santa duraba varios años. Estaba lleno de riesgos y no había ninguna seguridad de volver con vida. Los peligros acechaban a lo largo de toda la ruta. Además de los existentes en la misma Siria, donde aun en las épocas de paz eran recibidos con desconfianza y sospecha —y hasta con cierto desprecio—, existían muchas otras contingencias. Las penalidades de la navegación en las inseguras naves de aquella época, que naufragaban fácilmente —como le ocurrió en una oportunidad al propio Ricardo Corazón de León—, y la presencia de los piratas.

Muchos peregrinos terminaron vendidos en los mercados de esclavos. En la misma Europa, los riesgos eran grandes. En los caminos solitarios esperaban los bandidos, incluyendo muchos señores que se dedicaban al lucrativo bandolerismo, para despojarlos. En las peregrinaciones tomaban parte los altos prelados de la Iglesia Católica. En el siglo XI hay constancia de que los obispos italianos y franceses partieron frecuentemente hacia la Tierra Santa. También lo hacían los alemanes, los escandinavos y los ingleses. Desde la época de Constantino existían iglesias en Siria, en los lugares de la pasión y muerte de Cristo, construidas por orden de Santa Elena, la madre del emperador. El número de peregrinos era siempre grande y creciente.

Los papas les concedían gracias espirituales especiales. Era natural que en la cristiandad surgieran voces condoliéndose por el hecho de que la Ciudad Santa —aunque hubiera pasado sucesivamente de manos de los persas, los fatimitas de Egipto y los turcos selyúcidas— siempre estuviera en poder de hombres de otra religión. En lugar de enormes rascacielos y de cohetes lunares, los hombres de la Edad Media construían catedrales. La mayoría de ellas puede verse aún en Europa al cabo de ocho o nueve siglos. Se trata de templos magníficos, algunos de los cuales demoraron más de cien años en ser terminados.

Todos, desde el rey hasta el siervo más humilde, daban dinero para levantarlos. Un ejército infatigable de obreros trabajaba en la construcción, día tras día, desde el amanecer hasta la puesta del sol. Simultáneamente se observaban otras muestras de este renacimiento religioso. Miles de hombres dedicaban su vida a la oración y a la meditación de Dios. Alejados de las ciudades vivían en completa soledad en los bosques, en rústicas cabañas o en cuevas. De estos ermitaños surgió la palabra “monje”, derivada de la voz griega que significa “solitario”.

Poco a poco surgieron, también, siguiendo a San Benedicto, los monasterios, donde los hombres del Medievo se reunían, acatando reglas muy estrictas de pobreza, obediencia y castidad, a vivir y a trabajar juntos Más adelante se organizaron otros grupos de religiosos ambulantes, que recorrían toda Europa: los frailes, que predicaban, enseñaban y cuidaban a los enfermos. Los monasterios eran, a la vez, granjas, fábricas, bibliotecas y hoteles, además de un centro religioso agrupado alrededor de la capilla, donde los monjes oraban por lo menos siete veces al día.

El resto del tiempo lo ocupaban en cultivar la tierra, plantar y cosechar, fabricar vino, criar vacas y gallinas, copiar manuscritos y libros valiosos, asistir a los enfermos y dar hospedaje a los viajeros. Era, también, una época cargada de innumerables supersticiones. Se creía en la magia, en la brujería, en los dragones y los gigantes. Con frecuencia los médicos recetaban brebajes y entregaban amuletos a los enfermos, de quiénes solía pensarse que tenían el diablo en el cuerpo y había que expulsarlo.

Entre las supersticiones llegadas hasta nuestros días figura la creencia de que las herraduras traen suerte. La herradura se asimilaba a la luna creciente, símbolo de buena fortuna. Rasgo característico son los “juicios de ordalía, aberraciones que se mantuvieron durante mucho tiempo. Para un miembro de la plebe, ser llevado ante un juez constituía una terrible experiencia. E1 juicio por fuego era uno de los más usados.

El acusado debía sostener un lingote de hierro al rojo en una mano durante el tiempo que tardara en ascender tres escalones. Pasados tres días se le examinaba la herida. Si tendía a cicatrizar, era considerado inocente y dejado en libertad de inmediato. De lo contrario, se le condenaba a muerte. Un conflicto entre dos nobles no se resolvía mediante la exposición de razones, sino en una pelea. Se concertaba un duelo —el querellante comenzaba por arrojarle un guante al querellado— y ambos luchaban. El ganador de la justa obtenía o la absolución o el derecho sobre la vida del adversario, según fuera el caso. Ambos procedimientos para administrar justicia, el de los siervos y el de los caballeros, se basaban en la creencia aceptada de que Dios inclinaría la balanza en favor del inocente.

Esta mezcla de religiosidad profunda y de ingenuas supersticiones contribuyó a atizar el fuego de las cruzadas. Ahí se explica, tal vez, el increíble espectáculo de masas de cristianos desarmados, entonando cánticos, que se lanzaban indefensos contra los soldados del Islam, sin arredrarse ante las carnicerías y masacres con la Siria de entonces.

HABÍA una razón política y militar. Para toda Europa constituyó un motivo de profunda inquietud la vigorosa embestida de los turcos selyúcidas, guerreros nómades que surgieron repentinamente desde las profundidades del Asia Central. Los selyúcidas, durante la cuarta década del siglo XI, se apoderaron de todas las regiones al sur del Mar Caspio, del Irán Occidental y Central.

Conquistaron toda la Mesopotamia y en 1055 ocuparon Bagdad, la capital del que había sido poderoso imperio de los abasidas. El avance de los turcos continuó durante los años siguientes. Entre 1063 y 1071 invadieron Armenia, donde chocaron por primera vez con el imperio de Bizancio. Lucharon contra Georgia e incursionaron cada vez con mayor ímpetu en las provincias bizantinas del Asia Menor, como Capadocia y Frigia. Por último, en 1074 ocuparon de Jerusalén, Antioquia y otras ciudades bizantinas.

Los esfuerzos de Constantinopla por contenerlos fueron vanos. El emperador Román IV Diógenes, al frente de un poderoso ejército, había sufrido una desastrosa derrota en el combate de Manazquerta, donde él mismo cayó prisionero. Incidentalmente, cuando el emperador fue dejado en libertad por los turcos, descubrió que sus compatriotas habían elegido a otra persona en su trono, al regresar, conforme a la costumbre bizantina, fue apresado y dejado ciego. Las pérdidas de las prósperas provincias del Asia Menor y las derrotas sufridas a manos de los turcos empujaron a Bizancio a pedir ayuda a los cristianos de Occidente.

El Papa Gregorio VII comenzó inmediatamente a organizar un ejército, haciendo un llamamiento a los señores feudales de la época. Alcanzó a reunir 50 mil hombres, pero, entretanto, se había enfriado el entusiasmo bizantino por la ayuda occidental, y la expedición nunca partió a cumplir su misión. LA chispa de esta empresa que había de durar dos siglos fue encendida por el Papa Urbano II, al finalizar el Concilio de Clermont. En realidad, el motivo oficial de la convocatoria del concilio fue la condena al rey Felipe I de Francia que se negaba a unirse de nuevo con su esposa.

Había, no obstante, otro propósito más amplío y profundo. Concurrieron caballeros de muchas regiones francesas, tantos que el pueblo de Clermont no pudo acogerlos a todos y la mayoría debió levantar sus tiendas en la llanura próxima. Muchos sacerdotes y gente del pueblo estaban también allí. Las crónicas dicen que asistieron catorce arzobispos, más de doscientos obispos y cuatrocientos abades.

En esa atmósfera solemne, el Papa exhortó a los cristianos a iniciar una guerra contra los infieles. Citó una frase de los Evangelios: “El que no lleva su cruz para seguirme no puede ser mi discípulo. —Y agregó—: Debéis, colocaros una cruz en vuestras ropas”. La multitud, llena de entusiasmo, gritó: “Dios lo quiere”. Ese fue, más tarde, el grito de guerra de los cruzados.

El primero en acercarse al Papa fue el obispo de Puy, quien se arrodilló y pidió ser consagrado para la expedición. El ejemplo fue seguido por la muchedumbre de caballeros. Todos juraron ir a pelear contra los infieles y prometieron no regresar sin antes visitar el Santo Sepulcro. El Papa, a su vez, los declaró libres de todas las penitencias en que hubieren incurrido por sus pecados.

EL caballero medieval era un “animal de combate”. Toda la educación recibida tendía a hacerlo un guerrero. Ninguna propiedad estaba segura si no se defendía con la tuerza. Cada uno debía tener su propia policía para proteger sus derechos. La manera clásica de conquistar honores y fortuna era combatir contra otros señores, apoderarse de sus tierras, castillos y siervos.

Las “faidas” o guerras entre señores eran muy frecuentes. Los señores feudales peleaban con sus vecinos, los nobles contra otros nobles, los reyes contra otros reyes o contra sus propios señores insubordinados. Esto era tan frecuente, que muchos caballeros sin fortuna recorrían toda Europa para luchar en uno u otro lado. El “entrenamiento” comenzaba desde temprano. La educación del niño estaba orientada a la guerra. Los jóvenes de buena familia seguían un largo y duro adiestramiento, desde los siete años, cuando empezaba por ser paje de un señor. Recibía armas, jugaba a la guerra con otros pajes, aprendía la esgrima y a cabalgar.

A los 14 años de edad podía convertirse en escudero y desde ese instante podía usar armadura y espada. Pero el gran día de su vida era cuando era armado caballero. Pasaba una noche entera en vela, orando en la capilla, del castillo, antes de la ceremonia en la cual el señor le entregaba una espada, un escudo, espuelas y un caballo. Los deportes de la época eran extremadamente duros, destinados a reforzar la resistencia y habilidad de los caballeros en las justas y torneos. Era frecuente que el vencido muriera o saliera malherido.

PERO ¿por qué peleaban los siervos? Muchedumbres de pobres se dirigían al oriente. No eran señores de la guerra. La mayoría de ellos estaban imbuidos de exaltación religiosa y el espíritu ardiente que animaban a estos hombres de la Edad Media. Sin embargo, había algunos motivos materiales para enrolarse. La vida de los siervos era prácticamente insoportable. Estaban adheridos a la tierra y cambiaban de señor según fueran las vicisitudes de las guerras locales.

Trabajaban duramente, pero tenían que repartir gran parte del fruto ganado con el .señor feudal. Pagaban por el derecho a pescar o a cazar, por usar el molino, el lagar, el horno, todos del dueño del castillo. Pagaban también una indemnización si enviaban al hijo a aprender un oficio, para compensar la pérdida de un trabajador. Cuando el señor caía prisionero, los siervos ayudaban a la cancelación del rescate. La vida era atada y miserable, con muchos impuestos y gabelas. En cierto modo, la participación en las cruzadas, que los liberaba de la virtual esclavitud por lo menos por un tiempo y les prometía algunas recompensas, espirituales y materiales, era una puerta de escape para ellos.

ALGUNOS historiadores modernos creen igualmente que influyeron en las campañas contra los infieles, después de las primeras cruzadas, algunos poderosos intereses comerciales, en particular de las ricas ciudades marítimas italianas. La ciudad de Bari, por ejemplo, realizaba un comercio sistemático con el Oriente. Los comerciantes de Amalfi iban frecuentemente a Egipto. Incluso el sultán les concedió un barrio especial en Jerusalén para que instalaran sus negocios. Había un intercambio activo entre Venecia y el Levante.

Las embajadas comerciales venecianas visitaban las .principales ciudades árabes. Para los activos comerciantes del norte de Italia, las cruzadas fueron un medio para fortalecer su posición comercial, conquistar otros mercados y eliminar a Bizancio de la competencia.

Expediciones Militares a Jerusalem en la Edad Media Historia

UNA EXPEDICIÓN MUY PARTICULAR: LA CRUZADA DE LOS NIÑOS

DECENAS de miles de niños, provenientes de Francia y Alemania, participaron en las cruzadas infantiles ocurridas en 1212. Pobres, sin armas, en abigarrada procesión, desfilaron por los caminos y aldeas de la Europa medieval para tratar de conseguir lo que no habían obtenido sus mayores: la conquista del Santo Sepulcro. Casi todos murieron en el continente y unos pocos, que lograron atravesar el Mediterráneo y desembarcar en territorio sarraceno sufrieron una suerte igualmente desdichada.

La Cruzada de los Niños produjo profundo impacto entre los contemporáneos de la Europa cristiana. Numerosos cronistas consignan el paso de los niños y la reacción, no siempre benévola, que hallaron durante su marcha.

Algunos de ellos hablan del fenómeno como de una sola cruzada, pero los modernos historiadores coinciden en señalar que se trató de varios movimientos simultáneos, que se unieron en dos grandes expediciones, la francesa y la alemana, y cuya patética trayectoria puede relatarse separadamente.

“No hay apenas en la Edad Media, salvo si» duda el caso de Juana de Arco, una serie de hechos en que la historia se revele tan impregnada de mito, y en que el mito parezca también recubrir la historia por completo, contó esas cruzadas infantiles que conmovieron a la cristiandad occidental durante el año 1212 tan profundamente, que los cronistas que omiten referirse a la Cuarta Cruzada hablan de esas partidas misteriosas”, dice el historiador francés Paul Alphandéry.

Una de las referencias más antiguas con que se cuenta es una crónica francesa:

“En el mes de junio, un niño pastor llamado Esteban, que era del pueblo denominado Cloyes, decía que el Señor se le había aparecido en la figura de un pobre peregrino. Después de haber aceptado de él el pan, le dio unas cartas dirigidas al rey de Francia. Esteban se dirigió donde el monarca, acompañado por otros pastores de su edad. Poco a poco se formó en torno suyo una gran multitud, procedente de todas las Gallas, de más de treinta mil personas”.

Todos los testimonios coinciden en que se trataba de niños pobres, pastorcillos o hijos de los aldeanos. Durante el camino se les unían miles y miles de personas. Poco a poco se agregaban adultos: criados y criadas, campesinos, siervos, artesanos, pobres habitantes de las villas.

El rey de Francia, Luis VIII, no aprueba la aventura. Después de consultar a los maestros de la Universidad de París, ordena disolver las falanges infantiles. Una parte obedece, pero la mayoría se reorganiza y prosigue la peregrinación. A medida que progresa la marcha, los niños se organizan en grupos, encabezadas por estandartes. No llevan alimentos, ropas ni dinero, y viven apenas de la limosna que les entregan los vecinos de las villas y ciudades por donde cruzan en su marcha iluminada hacia el Santo Sepulcro.

Cuando se les pregunta hacia dónde se dirigen, contestan: “Hacia Dios“. En general, la Iglesia parece haberse opuesto a esta peregrinación. Los “Annales Marbacenses” dicen: “Canto generalmente somos de una gran credulidad para tales novedades, muchos creyeron que esto procedía no de ligereza de espíritu, sino de devoción e inspiración divina. Les ayudaban, entonces, a sus gastos y les proveían de alimentos y de todo lo que era necesario. Los clérigos y algunos otros cuyo espíritu era más cuerdo, estimando este viaje vano e inútil, se declaraban en contra, a lo que los seglares se resistían con violencia, diciendo que su incredulidad y su oposición procedían de su avaricia más que de la verdad y la justicia”.

Durante la marcha se consignan numerosos otros testimonios que hablan de la conmoción y de las disensiones que provocaba el paso de los animosos peregrinos por las ciudades francesas. En San Quintín se registró un hecho curioso, cuando una sentencia arbitral castigó por igual al Cabildo y a los burgueses.

A los últimos por haber querido prestar ayuda a los peregrinos quitando los bienes a los canónigos, y al primero, por haberlo evitado. A pesar de las penalidades de la larga caminata, del hambre, las enfermedades y, en algunos casos, de la hostilidad pública, una parte importante de estos pequeños cruzados franceses logró arribar al puerto de Marsella. Allí llegaron a un acuerdo con dos armadores que prometieron llevarlos a Siria. Miles de ellos se embarcaron en siete grandes bajeles.

A los pocos días fueron sorprendidos por una furiosa tempestad y dos de las embarcaciones naufragaron cerca de la isla de Cerdeña, en la roca denominada Reclus. Todos los pasajeros se ahogaron. Los cinco navíos restantes llegaron a Alejandría y Bujía. Allí los dos armadores, traicionando a los niños, los vendieron a los mercaderes y a los jefes sarracenos como esclavos. Según Alberico de Troyes, que relata el fin de esta patética aventura, 400 de los pequeños cruzados fueron comprados por el califa.

Otro relato de la época dice que en 1230, es decir, dieciocho años después de la Cruzada de los Niños, Maschemuc de Alejandría “conservaba aún 700 que ya no eran niños, sino hombres en toda la plenitud de la edad”. A los que quedaron en Marsella y otros que se desperdigaron durante la caminata, el Papa les ordenó que recibieran la cruz, pero que esperaran atravesar el mar y combatir contra los sarracenos cuando tuvieran la edad suficiente.

EL pastor Esteban, que inició este vasto movimiento de los niños, hay pocas referencias concretas. Tenía unos doce años de edad. Se sabe que casi inmediatamente después de aparecer con el mensaje que le “ordenaba” dirigirse a Jerusalén para recuperar el Santo Sepulcro, se vio rodeado por la fe y la adhesión de miles de otros niños y, luego, por adultos que se agregaban a la extraordinaria caravana.

Algunos de sus contemporáneos le atribuían milagros. Se le llamaba el pequeño profeta y el niño milagroso. Un cronista lo describe sobre una carreta adornada con alfombras, rodeado por una muchedumbre de grandes y pequeños adictos, que caminaban cantando himnos religiosos y enarbolando estandartes. Al mismo tiempo, otros niños, arrastrados por el ejemplo, comenzaron igualmente a predicar en los pueblos franceses y a reunir otros pequeños ejércitos de inocentes. Nada detiene a estos muchachos que abandonan todo y arrostran cantando los mayores peligros y penalidades, arrastrados por una suerte de mística vorágine hacia su desdichado destino final.

EN EL mismo año se produjo el mismo fenómeno colectivo en Alemania: “Apareció un niño, cuenta un cronista, Nicolás de nombre, que reunió en torno suyo a una multitud de niños y de mujeres. Afirmaba que por orden de un ángel debía dirigirse con ellos a Jerusalén para liberar la cruz del Señor, y que el mar, como en otro tiempo al pueblo israelita, les permitiría atravesarlo a pie enjuto.” Otro cronista dice que Nicolás llevaba una cruz sobre sí “que debía ser en él señal de santidad y de poder milagroso; no era fácil reconocer cómo estaba hecha, ni de qué metal”.

Tapeaie hablaba sobre el poder marcha y atravesó la mitad de Europa hacia Genova, donde esperaban embarcarse. Pero sólo una parte del grupo original llegó, en realidad, a la costa italiana. En la primera parte del camino el paso de esta tropa irreflexiva suscitó oleadas de emoción y sentimiento popular. Se les socorría con gran liberalidad. Las ciudades a veces los esperaban para alimentarlos y hacían colectas para ayudarlos en la prosecución de su peligrosa ruta. Hubo también reacciones de violencia contra el clero, que trató de oponerse a esta marcha infantil hacia el Santo Sepulcro.

La hueste estaba integrada por niños de ambos sexos, y, poco a poco, tal como ocurrió en el caso de la marcha de los infantes franceses, se agregaron personas mayores, sobre todo criados, criadas y campesinos. Se trata de un fenómeno que ocurrió frecuentemente en las cruzadas y que sería muy difícil de explicar hoy. La gente sencillamente dejaba sus ocupaciones, su familia, su vida común y corriente y tomaba la cruz, por lo general para ir a sufrir una suerte dura en tierras extranjeras. Se había extendido, además, la firme convicción de que los niños conseguirían aquello en que habían fracasado sus mayores. Se trata de “Nicolás, servidor de Dios, parte para la Tierra Santa. Con los Inocentes él entrará en Jerusalén.”

Los niños alemanes que partieron de Colonia parecen haber seguido la ruta que va hacia Maguncia, Spira, Colmar, toda la orilla izquierda del Rin y los Alpes, para entrar en la Italia del norte. En esta etapa del viaje el recibimiento no fue nada de amistoso. Numerosas pruebas habían caído ya sobre los niños, obligados a soportar sucesivamente el hambre, la sed, el calor y el frío. Unos pocos de ellos regresaron y otros murieron en la ruta. Pero el empeñoso ejército de niños, sin embargo, seguía adelante. Las poblaciones de la Italia del norte se mostraron, en general, hostiles a esta marcha.

Muchos niños fueron capturados por los montañeses y convertidos en sirvientes. Otros .fueron despojados de lo poco que llevaban. La partida, muy disminuida, pero, a pesar de todo, compuesta por unas siete mil personas, niños y adultos, encabezados por Nicolás, llegó a Genova. Los habitantes de la ciudad ordenaron, sin embargo, a los peregrinos que abandonaran inmediatamente el lugar. Los motivos de la medida: “Porque estimaban, dice un cronista, que ellos se dejaban llevar más bien por la ligereza de su espíritu que por la necesidad”

Había otros motivos mas materiales. Se temía que el aumento súbito de la población fuera un motivo de encarecimiento del pan, en una ciudad con un abastecimiento alimenticio limitado. Creían, asimismo, los genoveses, que la multitud de peregrinos podía ser origen de disturbios. Por último, había un motivo de alta política esgrimido por los notables. El emperador alemán estaba en pugna con el Papa, y los genoveses, en esta contienda, se ponían del lado de la Iglesia.

Fue un momento terrible para los miles de pequeños cruzados, que habían conseguido llegar hasta la costa luego de tremendas penalidades. La multitud, desanimada, se dispersó. Un grupo logró llegar a Roma, donde “se convencieron de su fervor inútil. Hubieron de reconocer que ninguna autoridad los sostenía”, como dice un historiador. “Comprometidos por su voto de cruzada, no podían ser relevados del cumplimiento del mismo, salvo los niños, que no habían alcanzado la edad de la discreción, y para ayudarles no encontraban a nadie, como no juera por parte del Papa, que las señales de la más completa desaprobación. Habían cedido al impulso del milagro y según parece ya había pasado la edad del milagro”.

El regreso fue lamentable. En los “Anuales Marbacenses” se dice que “volvieron hambrientos y descalzos, uno a uno y en silencio”, Frustrada la “gran esperanza”, ya nadie les daba nada. Por el contrario, eran recibidos con hostilidad en todas partes. A fines de año, en el invierno, volvieron a atravesar los Alpes. Apenas unos pocos pudieron sobrevivir a esta última prueba, a través de los senderos intransitables, la nieve, la escarcha y el frío. Otros pocos, demasiado desanimados para volver a su patria, se quedaron en las ciudades italianas, acampando en las plazas o los alrededores. Los mismos “Aúnales” señalan que “una gran parte de ellos yacían muertos de hambre en las ciudades, en las plazas públicas, y nadie los enterraba”.

La población sedentaria se volvió abiertamente ahora en contra de ellos. Lo que al principio fue visto como una anarquía mística, la presencia en este ejército de muchachos y muchachas ahora se veía como una señal de deshonestidad y licencia. Por otra parte, parece indudable que a las tropas de niños se unió un cierto número de gente indeseable, mujeres de mal vivir y hasta delincuentes comunes, cuya presencia, entre o detrás de los destacamentos infantiles, acabó por dar el golpe de muerte a este extraordinario movimiento que en su oportunidad emocionó y conmovió a toda Europa.

ALPHONSE Dupront ha tratado de explicar este movimiento casi misterioso. En primer lugar ¿que pensaron los contemporáneos?. “Todos notan en su lengua asombrada , el prodigio: Esta cosa inaudita en su curso de los siglos…” El prodigio es sensible a todos. Todos se asombran. Pero este asombro no es más que muy rara vez admiración y simpatía. El prodigio no es el milagro. Únicamente Alberico de Troyes hablará de “esta expedición milagrosamente llevada a cabo”.

Richter de Sénones es el único que se apiada del desastre de estas tropas de niños y deja oír, al evocarlas, las lamentaciones de Jeremías: “Los niños han pedido pan y no ha habido persona que se los dé”, El redactor de la Crónica de San Medarno de Soisspns escribe: “Algunos afirman que antes de producirse esa extraña partida de niños, cada diez años los peces, las ranas, las mariposas, los pájaros, habían partido de la misma manera, cada uno según el orden y la estación de su especie”.

Dice Dupront: “La historia, por lo demás, se muestra poco preocupada por explicar el fenómeno singular de las expediciones infantiles. Los historiadores que han presentido su originalidad observan inmediatamente lo extraordinario que hay en ellas al compararlas, sin más, a las procesiones generales, ordenadas por Inocencio lll en 1212, para obtener del cielo la paz de la Iglesia universal y el éxito de los ejércitos cristianos contra los sarracenos de España. Todos, sin excepción, están invitados a unirse a la procesión, sin que nadie pueda excusarse”. Levantamiento en masa que no puede menos que emocionar a los espíritus en que las procesiones celebraban.

DOS vías de explicación pueden permitir aclarar la significación histórica de esas partidas. Una completamente externa; en efecto, esas procesiones infantiles no son en la historia de la Edad Media una singularidad sin precedentes; desde hace menos de un siglo se desarrolla, en el país normando, en particular, la “Cruzada Monumental” de los penitentes constructores, que, arrastrando pesadas carretas cargadas de herramientas, de piedras y de morteros, marchan para ayudar a levantar o a restaurar no pocos lugares del culto de la religión de Chartres o de Caen, y al atravesar un río se detienen junto con sus carros, se ponen en oración y pasan, si no a pie enjuto, al menos vadeando…

Algunas de estas piadosas procesiones estaban compuestas de elementos diversos: hombres, mujeres y niños, pero otras lo estaban únicamente de niños, y nada se asemeja más a las cruzadas infantiles que estas columnas de jóvenes penitentes que llegan, desafiando los riesgos del camino, con cirios y estandartes al frente, entonando cánticos. Maimón de Saint-Pierre-sur-Dive, que ha descrito en su abadía la obra de los penitentes constructores, nos descubre detalles sorprendentes. En primer lugar, el hecho de que los niños se flagelaran, invocando la piedad de la Virgen para los enfermos.

Los jóvenes penitentes de Saint-comparan con las huestes infantiles que sucumbieron bajo los golpes de los soldados de Herodes y las cruzadas infantiles llevan la marca constante de esta identificación. Cuando el Papa Gregorio IX erige una capilla en la isla de San Pietro, en la costa de Cerdeña, cerca del lugar donde se destrozaron los navíos de los armadores marselleses cargados de peregrinos infantiles, la dedica a “los nuevos Inocentes”. ¿Rito litúrgico o rito de sacrificio? Como los Inocentes de la Natividad, los niños se ofrecen como primeras víctimas. “Lo que quiera Dios hacer de nosotros, lo aceptaremos con toda alegría”. Claramente el canto de marcha celebrará la redención por medio de la sangre. El sacrificio de los niños se ofrece por la salvación de la cristiandad entera.

Dupront dice también: “Si bien hay en la Cruzada de los Niños una manifestación de sacrificio, el espíritu pasivo de población no parece, sin embargo, prevalecer. Por el contrario, Nicolás lleva la cruz de la victoria; esos niños quieren la victoria, así como saben que no depende más que del milagro, el de su cruzada misma. Jerusalén ha sucumbido por los pecados de los grandes^ y de los orgullosos. La reconquista de los Santos Lugares no puede esperarse ya más que del milagro, y el milagro no puede producirse ya más que en favor de los más puros: de los, niños y de los pobres”.

En conclusión, para Dupront, por medio de los niños y de su sacrificio, “se logra la renovación de la idea de la cruzada y, con más seguridad aún, su continuidad”.

Fuente Consultada: Revista Hechos Mundiales N°22 Las Cruzadas – Wikipedia – Historia Universal Tomo II – Tomo de Historia Enciclopedia Cosmos