Toma de Jerusalem

Enrique II Plantagenet Biografía Rey de Inglaterra

BIOGRAFÍA Y REINADO DE ENRIQUE II
INGLATERRA LA PRIMERA POTENCIA DE OCCIDENTE

Enrique II (de Inglaterra) (1133-1189), rey de Inglaterra (1154-1189) uno de los soberanos más poderosos de su tiempo, fue el primer monarca inglés perteneciente a la dinastía Plantagenet. Reinó entre los años 1154 y 1189. Fue el primer monarca de la Casa de Anjou o Plantagenet, fue un importante reformador de la administración y uno de los soberanos europeos más poderosos de su época. Nació en Francia, ciudad de Le Mans el 5 de marzo de 1133, fue duque de Normandía en 1151.

Cuando fallece su padre  heredó los territorios franceses que pertenecían a los Angevinos (miembros de la casa de Anjou). Mediante su matrimonio en 1152 con Leonor de Aquitania, añadió a sus posesiones una serie de extensos territorios del suroeste de Francia.

Enrique II de Inglaterra Plantagenets

El gobierno de los Plantagenet: Al rey Guillermo El Conquistador I le sucedió su hijo Guillermo II, llamado El Rojo, que luego de un gobierno mediocre pereció asesinado (año 1100); entonces ocupó el trono su hermano Enrique I, soberano que logró el favor popular, eliminando rencores entre anglosajones y normandos. A su muerte, heredó la corona su hija Matilde, quien casóse con el conde francés Godofredo Plantagenet, representante de la Casa de Anjou. Sin embargo, Matilde no pudo gobernar porque las ambiciones de su primo Esteban de Blois originaron diversas luchas.

Finalmente ocupó el trono de Inglaterra el hijo de Matilde, llamado Enrique II, Plantagenet, conde de Anjou (año 1154). La nueva dinastía se mantuvo en el poder cerca de trescientos años. Además del territorio inglés, Enrique II dominaba toda la región occidental de Francia hasta los Pirineos.

ENRIQUE II PLANTAGENET Y SUS POSESIONES FRANCESAS

mapa dominio de enrique plantagenets

Enrique II, buen mozo, pelirrojo, de apariencia muy sencilla, inclinado a terribles furores, pero encarnizado trabajador, dotado de una gran inteligencia y habiendo recibido una buena educación, Enrique II fue uno de los reyes más grandes que tuvo Inglaterra. No se entendía bien con Leonor, y profesó una verdadera hostilidad a los hijos que ella le dio, atrayéndose así el odio de toda su familia. Fue, sin embargo, capaz de una gran amistad, como la que le unió, durante muchos años, con Tomás Becket.

Continuando con la política centralizadora de su abuelo, pasó gran parte de su reinado recorriendo sus dominios y reorganizándolos. Si no pensó nunca en la unificación de sus posesiones francesas, que era irrealizable, intentó, sin embargo, atenuar las diferencias que había entre ellas. Realizó una obra considerable en el ducado de Normandía, donde introdujo el Excbequer que tuvo lugar dos veces al año en Caen, ciudad en la que estaba depositado el tesoro del ducado; reemplazó los vizcondes por bailes, encargados de hacer justicia y de percibir los impuestos en cada bailía (tierras bajo su juridicción) ; hizo fructificar los ingresos de sus dominios, creó derechos sobre el comercio y sobre la pesca, acumulando así un tesoro considerable. Supo aliarse hábilmente con el clero, cubriéndolo de oro, y obtuvo el apoyo de la burguesía de las ciudades, concediéndole ciertas libertades municipales, a cambio de estrictas obligaciones militares.

Sus estados de Anjou, Turena y Maine estaban mucho más retrasados que Normandía, y Enrique tuvo que recurrir a un virrey para imponer su autoridad en ellos.

Leonor, que seguía siendo la soberana de Aquitania, fue una excelente administradora; ella estimuló la promulgación del Código de Oloron, que fue durante siglos la base del derecho marítimo. Sin embargo, la nobleza, el clero e incluso las ciudades de esta provincia estaban muy indisciplinadas, y no esperaban más que una ocasión pata sublevarse y reclamar su independencia.

A causa de todas estas posesiones, los Plantagenet eran vasallos del rey de Francia, a quien debían homenaje y asistencia. Pero Enrique II, vasallo mucho más poderoso que su soberano, omitió el cumplimiento de las obligaciones que los lazos de vasallaje exigían, ocasionando así conflictos permanentes entre los dos reinos.

Además de las posesiones que había recibido por herencia, Enrique II intentó conquistar más, por alianzas o por guerras: así, el Vexin francés, aportado como dote por Margarita de Francia, hija de Luis VII, a su hijo y heredero Enrique Court Mantel igualmente, Enrique se apoderó de la Bretaña, casando a su cuarto hijo Godofredo con la heredera de este ducado; tomó por la fuerza el Quercy, y obligó al conde Raimundo de Toulouse a rendirle homenaje.

INGLATERRA, PRIMERA POTENCIA DE OCCIDENTE
Prosiguió esta política hegemóníca en Irlanda, donde, en 1170, llevó a cabo una expedición e instaló a numerosos señores ingleses en el país de Gales, imponiendo ro soberanía, y también en Escocia, a cují rey. Guillermo el León, obligó a prestarle juramento y a rendirle homenaje despues de haberle infligido una terrible derrota en 1174, en la batalla de Alnwick. Escocia se convirtió en un feudo de la corona de Inglaterra, su clero fue sometido al clero inglés, y se instalaron guarniciones en todas sus plazas fuertes.

En 20 años, Enrique II había hecho de Inglaterra la primera potencia de Occidente. En la propia Inglaterra, supo rodearse de excelentes consejeros, adictos a la idea del absolutismo real; tres de ellos desempeñaron funciones muy importantes: el Canciller, guardián del sello real y consejero jurídico y político del soberano. Este cargo adquirió un gran relieve cuando Enrique II lo confió a un hombre cuya personalidad igualaba a la suya, y que, después de haber sido su más fiel servidor, se convirtió en su irreductible enemigo: Tomás Becket.

Hijo de un noble inglés consagrado a la causa de los Plantagenet, y de la hija de un emir de Palestina, Tomás Becket fue, desde muy joven, el amigo y confidente de Enrique II. Ambos eran jóvenes, brillantes y despreocupados, y tenían la misma pasión por los festines, la caza y las mujeres. Enrique quiso hacer Canciller a su amigo más querido, y Tomás probó rápidamente sus cualidades de hábil político.

En materia de finanzas, el Tesorero del Exchequer tenía un papel coordinador tanto más considerable cuanto que Enrique había separado la Tesorería o Bajo-Exchequer de la Cámara de Cuentas o Alto-Exchequer, encargada de registrar los gastos y los ingresos. Por último, el Consejo del rey, presidido por el Justicia Mayor, se convirtió en un tribunal permanente, que enviaba, todos los años, a provincias, delegaciones encargadas de hacer justicia en nombre del rey y de constituir jurys, nueva institución creada por Enrique II.

LA REBELIÓN DE LEONOR Y DE SUS HIJOS
Enrique II intentó disminuir el poderío de los nobles, reforzando los órganos que dependían directamente de él; revocó todas las concesiones que les había otorgado Esteban de Blois, confiscó sus dominios, destruyó los castillos. Disminuyó la importancia de los ejércitos feudales instituyendo una tasa mediante la cual se podía sustituir la obligación del servicio militar. Los ingresos derivados de esta tasa permitieron la formación de un ejército profesional, mucho más dócil que el feudal. Gracias aél, pudo vencer Enrique II la rebelión de ¡os señores que estalló en el continente.

En 1173, Enrique desembarcó en Guyena, acompañado de su esposa y sus hijos, para recibir el homenaje de sus vasallos. Pero la rebelión se estaba incubando hacía largo tiempo, y el joven delfín, Enrique Court Mantel, la hizo estallar poniéndose a la cabeza de ios rebeldes; Luis VII, aprovechándose de estas querellas internas, apoyó a su yerno. Muy pronto, los dos hijos menores, Godofredo y Ricardo, instigados por Leonor, traicionaron también a su padre y levantaron contra él a los barones de la Marca del Perigord y de Angulema. Enrique derrotó al ejército de sus hijos y al del rey de Francia, primero en Verneuil y luego en Ruán. Entonces, Enrique Court Mantel y Ricardo imploraron su perdón y se firmó la paz, en Mont-Louis, en septiembre de 1174.

Si Enrique se mostró clemente con sus hijos, no perdonó, en cambio, a su esposa, a quien hizo encerrar durante dieciséis años, no dejándola aparecer en la Corte más que en raras ocasiones. En Guyena y en Poitiers se produjo un gran descontento, pues el pueblo reclamaba a su soberana. Para mantener a raya toda nueva rebelión, Enrique impuso un nuevo juramento de fidelidad a sus vasallos, por una disposición del año 1176.

TOMAS BECKET O EL ASESINATO EN LA CATEDRAL
Todavía con más violencia que con la nobleza, tuvo que enfrentarse con el clero. La Iglesia constituía entonces una fuerza muy bien organizada, con inmensas riquezas, y cuyos miembros, los personajes más cultivados de la época, alcanzaban las más altas funciones políticas. Favorable a una concepción de realeza electiva, en la que el soberano debe, ante todo, hacer respetar la voluntad divina, constituía un importante foco de resistencia a la monarquía, tal como la concebía Enrique II.

En 1162, moría el arzobispo de Canterbury. Decidido a imponer su intervención sobre la Iglesia, Enrique designó a Tomás Becket para reemplazarlo; éste, tras algunas vacilaciones, aceptó el honor que se le hacía. Pero, tan pronto como fue investido de su nuevo cargo, se operó en él un gran cambio; renunciando a todos los placeres que el dinero y sus funciones le habían procurado hasta el momento, se convirtió en un hombre austero, y llevó una vida muy sencilla, repartida entre las plegarias y la administración de su diócesis. (continuar: Asesinato de Tomas Becket)

Fuente Consultada:
HISTORAMA La Gran Aventura dell Hombre Edit. CODEX Tomo III
HISTORIA I  José Ibañez Edit. Troquel

La Edad Media Costumbres,tradiciones,pecados y castigos

LA VIDA, COSTUMBRES Y TRADICIONES EN LA EDAD MEDIA
la vida en la edad media

Los Viajes y Viajeros
Medir El Tiempo
Leyes y Castigos – Los Penitenciales
Casas, Comidas y Alimentación
Vestidos y Aseos
Demografía
Diversiones
La Homosexualidad, ida Conyugal y Extraconyugal
Violencia y Muerte
Paganismo
Pecados y Penitencias
La Familia
Medicina Medieval y Salud
La Muerte
Acontecimientos en  la Edad Media

Los ejércitos bárbaros, al mando de Alarico el Godo, entraron a Roma durante la calurosa noche del 24 de agosto del año 410 d.C. Los guerreros
germánicos saquearon la capital imperial durante tres días, y así pusieron un final simbólico al esplendor romano. “El mundo entero pereció en una sola ciudad”, escribió San Jerónimo.

En los turbulentos siglos que siguieron, las tribus germánicas paganas, como las de sajones y francos, devastaron lo que quedó del orgulloso
imperio y se asentaron, sólo para ser devastados, a su vez, por los vikingos escandinavos.

El cataclismo orilló a los celtas a emigrar al oeste, y su cultura sólo perduró en la costa atlántica de Europa: Cornualles, Gales, Bretaña e Irlanda. Algunos historiadores llaman Edad Oscura a este caótico periodo. Pero las tribus guerreras enriquecieron la cultura europea con su arte y su energía: un espíritu pionero, técnicas agrícolas vigorosas y mitos heroicos que celebraban los triunfos propios.

La caída del Imperio Romano fue acompañada en toda Europa por un enorme flujo de emigrantes; algunos ya convertidos al cristianismo. Hablaban idiomas distintos, sus indumentarias eran diferentes y no comían los mismos alimentos, pero todos dependían de la tierra, los ríos y el mar para su subsistencia. Se trabajaba duramente para arar la tierra, y la cantidad de cultivos aumentó con la tala de bosques. Hacia el año 1000 d.C., los escandinavos se asentaron, construyendo castillos y fundando reinos.

El orden se restauró lentamente en Europa occidental: la vida se volvió más estable, próspera y refinada. La población aumentó hasta que la escasez de tierras y las epidemias la menguaron en el siglo XIV.

A partir del siglo XII, en Asia y en Europa había aumentado la proporción de habitantes de ciudades y pueblos. Hombres y mujeres escaparon de la dependencia de los señores feudales hacia la libertad de las ciudades. El comercio de vino y lana cruzó las fronteras de Europa; y la seda y las especias viajaron de Asia a Europa. Donde se cruzaban las rutas comerciales, surgían bulliciosos mercados y ferias.

En el campo, la vida cotidiana se adecuaba a las estaciones; en las ciudades, se enriquecía con las fiestas religiosas. Arquitectura, pintura, música y literatura captaron el espíritu de estos tiempos vibrantes y a veces violentos. Todavía perdura la magnificencia de las catedrales, que
tardaron generaciones en construirse; y las universidades de Boloña, París y Oxford demuestran el interés medieval por el conocimiento. Este fue valorado aún más en los países del Islam, en el siglo x, y ciudades como El Cairo, Córdoba y Bagdad eran famosas por sus bibliotecas y palacios. Los sabios islámicos sobresalieron en filosofía, ciencia y medicina.

Sin embargo, la mayoría de hombres y mujeres nunca vieron una ciudad, y no sabían leer ni escribir. Las autoridades religiosas normaban todo comportamiento. La Iglesia construyó monasterios y conventos donde la manera de vivir era sumamente disciplinada. Cristianismo e Islam se enfrentaron, especialmente durante las Cruzadas, pero el cristianismo también sufrió conflictos internos, y Asia y África compartieron la violencia.

El siglo XV en Europa fue de extravagancia, herejía y superstición, pero también se caracterizó por las mejoras materiales que beneficiaron a las mayorías y por el alto nivel de imaginación que las artes alcanzaron. Tres innovaciones impulsaron una nueva etapa. La imprenta, ya conocida en China, llegó a Europa cuando Gutenberg introdujo el uso de los tipos móviles. La pólvora, otra invención china, hizo que el castillo de la Edad Media pasara de moda. La brújula posibilitó los viajes de los primeros exploradores europeos. Uno de ellos, Cristóbal Colón, “descubrió” América en 1492.(ver: Grandes Descubrimientos)

VIDA DETRÁS DETRÁS DE LAS MURALLAS: “El aire de las ciudades hace libres a los hombres”; así rezaba un proverbio medieval. En la época en que casi todos dependían de la tierra, propiedad del señor feudal, las ciudades surgieron como cunas de la libertad. Dentro de estas bulliciosas —y a veces corruptas—colmenas, se vivía bajo normas muy distintas a las del campo. Sus residentes obedecían al alcalde y demás funcionarios electos. En vez de trabajar para mantener a un noble y su castillo, pagaban impuestos al rey y reunían entre ellos la suma necesaria para defender la ciudad.

La vida urbana resurgió en el siglo XI. Cuando las llamas de los disturbios se apagaron, algo similar a un gobierno organizado se asentó en los reinos europeos. Los príncipes jugaron un importante papel en este resurgimiento. Siempre escasos de fondos, permitieron que algunos poblados se independizaran y se desligaran del castillo local, a cambio de pagos en efectivo.

El otorgamiento del estatuto del poblado era el gran acontecimiento de este proceso. Una vez otorgado, el concejo municipal se encargaba de la administración. Los poblados eran a veces ciudades romanas que renacían tras la destrucción bárbara, o nuevas comunidades que crecían a las puertas de un castillo medieval. Muchas emergieron de modo caótico alrededor de los senderos y límites de los conjuntos de parcelas, lo que explica las estrechas y sinuosas callejuelas. Los constructores también favorecían este estilo: la intrincada retícula de edificios era una protección contra el viento, en una época en que las ventanas de vidrio eran poco conocidas. De entre las ciudades europeas, París era la única que no tenía alcalde, sino un preboste o superintendente del rey. Era típico de las incipientes ciudades constituirse a partir de una asamblea de aldeas dispersas e interconectadas. Esto explica la abundancia de iglesias y abadías. Pastizales y pantanos en ambas márgenes del Sena, que eran linderos entre las aldeas, fueron cubiertos gradualmente con construcciones.

Como en otras ciudades medievales, los puentes parisinos tuvieron gran importancia, pues fueron los primeros centros comerciales: en ellos se instalaban tiendas y establos. Los cambistas ocuparon un puente que, a partir de 1142, fue conocido como Pont-au-Change (Puente del Cambio). Bajo Felipe Augusto II (1180-1223), rodeada por una muralla, la ciudad se convirtió en una unidad.

La gruesa muralla protegía el poblado y sus portones se cerraban al ocaso. Las calles no tenían alumbrado. Guardias de ciudadanos patrullaban las calles con antorchas  y si alguien deambulaba por la noche sin motivo era encerrado. Los pregoneros daban la voz de alarma.

FERIA, FIESTA Y COMERCIO
Uno de los grandes acontecimientos en las ciudades de la Europa medieval era la feria anual, que tenía lugar en las afueras de la muralla y duraba varios días. Los monarcas estimulaban estas ferias para promover el comercio y sacar ganancias de los impuestos con que gravaban las mercancías. Los negocios de la feria transcurrían en una atmósfera de carnaval. Un bufón en zancos se eleva sobre la concurrencia, los malabaristas siguen sus pasos, y trovadores con laúd divierten a los transeúntes. Un mercader muestra sedas que quizá sean chinas, y otro tiene suficientes ollas para abastecer por todo un año a los vinateros. En otras tiendas, los clientes regatean pieles rusas, vinos franceses y cristal italiano. La feria está vigilada y bajo control. Los guardias montados supervisan todo, y la tienda pintada de colores brillantes aloja una corte especial llamada píedpoudre (pies enlodados), donde se dirimen las disputas de los quejosos que aún no se han aseado.

LAS FIESTAS
Bajo el signo de la religión, se organizaban, sin embargo, numerosas fiestas en las ciudades. Todo era pretexto para hacer procesiones, tanto la necesidad de conjurar un peligro invocando la protección de los santos, como el deseo de realizar una acción de gracias. En París no pasaba semana sin que se organizara una de estas procesiones. Además, el pueblo podía divertirse con el castigo de los condenados (¡qué extraña esta complacencia de los miserables en la desgracia de alguien aún más mísero que ellos!).

Las ejecuciones siempre tenían lugar en las plazas más frecuentadas, y la masa no cesaba de dirigir pullas y de gozar ante las diversas torturas con las que se afligía a los reos. Las calles estaban animadas, además, por diversos saltimbanquis, titiriteros y domadores de animales. Para las grandes ocasiones, se organizaban fiestas públicas: se distribuían víveres, y toda la población podía embriagarse en las fuentes de vino. Se podía admirar, también, la llegada de los príncipes, y participar en diferentes representaciones teatrales:   farsas y, sobre todo, misterios.

Todos los habitantes aportaban su concurso a la realización de estos espectáculos, como actores o como confeccionadores de trajes. Estas representaciones eran ofrecidas, generalmente, por señores de la ciudad, por el municipio o por algunos gremios. Así, los zapateros montaban a su costa el «Misterio de San Crispín», que era su patrono.
Los ciudadanos de la Edad Media tenían, como se ve, muchas ocasiones de abandonar su trabajo, pero sus días festivos no estaban codificados y regularizados como en las sociedades modernas. El trabajo no se caracterizaba todavía por ese ritmo y esa preocupación por la productividad que nos imponen las máquinas.

Los textos de la Edad Media son, por otra parte, muy discretos en lo que respecta al mundo del trabajo. Según el orden del mundo, los hombres debían estar agrupados en tres categorías: los que combaten, los que rezan y los que trabajan; estos últimos eran considerados despreciables y poco interesantes, pues se pensaba que eran incapaces de hacer otra cosa.

Características Sociedad Feudal

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PARA SABER MAS…

EN LA EUROPA MEDIEVAL, el trabajo de una persona, su alimentación, sus vestidos y su vivienda se correspondía estrictamente con el lugar que ocupaba en la sociedad.

LA VIDA DEL CAMPESINO Los campesinos ocupaban el grado más bajo de la escala social. Vivían en aldeas y cultivaban la tierra, propiedad del señor, a quien debían entregar una parte de la cosecha. Vestían ropas de tejidos toscos y zapatos de madera. Su dieta consistía en legumbres, pan y poca cantidad de productos animales (huevos y tocino).

SEÑORES Y DAMAS
Los señores y sus esposas pasaban mientras tanto su vida privilegiada en el castillo. Usaban ropa lujosa procedente de fábricas a veces muy lejanas y hecha de telas preciadas, como la seda y el terciopelo. Comían carne y pan blanco, y bebían vino en lugar de cerveza.

DIETA MEDIEVAL
Sin embargo, la dieta medieval no contenía todos los nutrientes esenciales, ni siquiera en las clases privilegiadas. La leche era muy escasa, y en invierno no había ni frutas ni verduras frescas.

LA FORMACIÓN DEL SEÑOR A los siete años, un niño de noble nacimiento comenzaba a educarse como caballero. Su primer paso consistía en trasladarse al castillo de otro señor feudal en calidad de paje. Allí servía a la mesa y aprendía a manejar la espada y a montar un caballo de batalla, dos tareas indispensables para un caballero. A los 14 años se convertía en escudero. A la edad de 21 años, el señor del castillo lo armaba caballero golpeándole suavemente los hombros con su espada.

LA VIDA DE UNA MUCHACHA Las hijas de familias nobles debían aprender a comportarse como castellanas, es decir, como señoras del castillo. Un cruzado, por ejemplo, podía estar lejos del castillo durante años, dejando éste a cargo de su esposa. Usualmente, las mujeres se casaban entre los 14 y los 16 años. Los matrimonios eran concertados por las familias. La prometida debía entregar a su marido una dote de oro y tierras.

TORNEOS
La guerra era la principal ocupación de un señor feudal. Pero en tiempos de paz, los caballeros la simulaban mediante la celebración de combates deportivos llamados torneos. En 1180, en Lagny-sur-Manie (Francia), 3-000 caballeros armados lucharon contra otros tantos en un torneo multitudinario. Los torneos se regían por reglas estrictas: los participantes debían usar armas sin afilar, y un caballero no podía ser atacado si había perdido su casco. Asimismo, los golpes bajos eran una grave ofensa.

HERÁLDICA
Debido a que los contendientes llevaban el rostro cubierto por el yelmo, cada caballero que competía en un tomeo llevaba un estandarte y un escudo con una insignia particular. Estas divisas se hicieron importantes para identificar a los caballeros durante la batalla. Con el tiempo, estos emblemas sirvieron para identificar a las familias nobles. El sistema de codificación de las enseñas se conoce como “heráldica”.

CAZA Y CETRERÍA Los nobles también se entretenían con la caza y la cetrería, actividades que los proveían de carne fresca. Las damas medievales participaban también en las partidas de caza.

MERCADERES MEDIEVALES
El comercio era una actividad próspera. Los principales comerciantes recibieron el nombre de “burgueses”, palabra proveniente del alemán Burg (ciudad amurallada). Los comerciantes comenzaron a adquirir casas lujosas y a establecer vínculos con otras naciones.

LA LIGA HANSEÁTICA
En 1241, los comerciantes de Lübeck y Hamburgo, en el norte de Alemania, formaron la Liga H anseática, que estableció vínculos con países tan alejados como Rusia. Los mercaderes de la Liga H anseática se hicieron ricos y poderosos y comenzaron a considerarse iguales a los príncipes.

LA PESTE NEGRA
Durante cuatro años —de 1347 a 1351 — una epidemia de peste acabó con la vida de 25 millones de personas, casi una cuarta parte de la población de Europa. Después de esta plaga hubo una enorme escasez de mano de obra. Las gentes comenzaron a exigir mejores pagas y mejor tratamiento por parte de los señores.

Fuente Consultada:
Civilizaciones de Occidente Tomo A y B Jackson Spielvogel
La Aventura del Hombre en la Historia Tomo 1
Historia del Mundo Grupo Z Multimedia DK
Atlas de la Historia del Mundo Kate Santon y Liz McKay
Gran Enciclopedia de la Historia Todolibro

Federico II Barbarroja Emperador de Alemania Las Cruzadas Felipe II

Federico II Barbarroja Emperador de Alemania

Nieto de Federico Barbarroja. Después de guerras dinásticas y largas complicaciones Federico II Barbarroja Emperador de Alemaniafue elegido emperador de Alemania, en 1212, a los 18 años de edad. En junio de 1228 partió en la Sexta Cruzada, donde, por medio de negociaciones diplomáticas, obtuvo que el sultán Malek-al-Kamil restituyera los lagares sagrados.

De esta manera, sin derramamiento de sangre, logró éxito en una empresa en que habían fracasado los cruzados durante cincuenta años. Federico II fue excomulgado en una oportunidad y acusado varias veces de ateo y librepensador, pero fue, al mismo tiempo, enconado perseguidor de la herejía en su país.

Llegó a aplicar penas gravísimas, como la muerte, la prisión perpetua y la confiscación total de los bienes a los acusados de herejía. Un pueblo alemán que se negó a pagar el diezmo a la Iglesia fue completamente destruido por orden del emperador y gran parte de los habitantes exterminados.

A pesar de estas demostraciones de ferocidad, Federico II fue un notable gobernante que llevó la prosperidad y el bienestar a su país durante un largo período. Nacido en 1194, murió en 1250, dejando tras él una verdadera leyenda, hasta tal punto que, después, hubo varios impostores que se hicieron pasar por un Federico “resucitado”.

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FELIPE AUGUSTO: Felipe II de Francia ocupa con Ricardo Corazón de León y Federico Barbarroja un lugar predominante en la III Cruzada. Cuando contaba 14 años de edad, en 1179, fue proclamado rey de Francia. Poco después se encontró en lucha con el conde de Flandes, nombrado regente. A pesar de sus cortos años actuó con gran sagacidad y energía y rápidamente se deshizo de sus enemigos.

Robustecido por la popularidad, se propuso la tarea de recuperar los territorios que estaban en manos de los ingleses, y, mediante intrigas diplomáticas, consiguió que los dos hijos del rey británico, Ricardo y Juan sin Tierra, se volvieran contra el padre.

Felipe II acompañó a Ricardo Corazón de León a Tierra Santa, pero poco después de la toma de San Juan de Acre emprendió solo el regreso para aprovecharse de la ausencia de Ricardo, que entonces ya era rey. Después de una larga guerra, Felipe II consiguió aumentar el patrimonio heredado de su padre, agregando Normandía, Ániou, Turena y muchos otros territorios.

Preparó la unidad de Francia, Se le describe como un hombre valeroso, aficionado a los placeres de la buena mesa y un político muy hábil. Era, también, doble, suspicaz y cruel. Nació en París en 1165 y murió en Ñames en 1223. Fue hijo de Luis VII y de Adela de Champaña y padre del rey Luis VIII.

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PEDRO EL ERMITAÑO Nació a mediados del siglo XI en Amiens. Peleó en las guerras de Flandes. A los 20 años, alrededor de 1070, contrajo matrimonio con Ana de Roussi, quien falleció muy pronto. Pedro se retiró entonces a una eremita.

Según la leyenda, Pedro, después de haber ido a Tierra Santa, comenzó a recorrer Europa predicando la necesidad de recuperar el Santo Sepulcro. Montado en una muía y vestido con un viejo hábito recorrió toda Francia y gran parte de Europa.

Hablaba en forma muy elocuente y sus palabras conmovían a las multitudes, que poco a poco se reunieron en torno a él.

Una gran muchedumbre lo siguió a Tierra Santa. La mayoría de sus seguidores pereció en la aventura. Pedro el Ermitaño estaba dotado de muy pocas virtudes militares. Se dice que volvió a Francia y fundó un monasterio en Neufmoutier, donde murió en julio de 1115.

Hombres Lideres de las Cruzadas SIMÓN DE MONTFORT Barbarroja Pedro el Ermitaño

Hombres Líderes de las Cruzadas
SIMÓN DE MONTFORT

SIMÓN DE MONTFORT El conde de Montfort fue un caudillo galo que nació en 1160 y murió en 1218, víctima de una pedrada mientras participaba en el sitio de Toulouse.

Pasó toda su vida “combatiendo a. infieles y herejes” y ha sido juzgado muy diversamente por la historia. Para unos fue un “defensor de la fe y paladín de la religión”. Para otros, “un fanático sanguinario y cruel”. En lo que parece no hay dudas es en cuanto a sus cualidades militares.

Desde un puesto relativamente secundario se destacó en la Cuarta y Quinta Cruzada y luego participó en las luchas de religión y dinásticas de su país.

Entre las batallas que ganó se recuerdan las de Castelnaudary en 1212 y la de Muret en 1213. En esta última, con fuerzas inferiores, batió al rey de Aragón, Pedro II, quien murió en la batalla, y a los condes de Toulouse y de Foix. Luchó largamente contra el conde Raimundo VI de Toulouse y murió cuando atacaba la ciudad del mismo nombre al frente de su ejército.

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FEDERICO BARBARROJA El emperador Federico I de Alemania fue descrito como un hombre cortés, instruido, inteligente y valeroso. Pasó gran parte de su vida guerreando contra los Estados italianos y el Papa Alejandro III. En esta última pugna apoyó sucesivamente a tres Antipapas.

Sin embargo a los 70 años se reconcilió con la Iglesia y fue uno de los dirigentes de la Tercera Cruzada, que fue encabezada por los monarcas de Alemania, Francia e Inglaterra. Federico I no alcanzó a llegar al Santo Sepulcro.

Murió ahogado en un río cuando dirigía un poderoso ejército, muy bien adiestrado, capaz de batir a los musulmanes, y que se desbandó a raíz de su muerte. Federico nació en 1123. Era sobrino del emperador Conrado III de Alemania, quien lo nombró su sucesor. Ocupó el cargo desde 1152, a los 29 años de edad.

Desde el comienzo de su reinado se aplicó a construir un gran imperio, tarea a la que se dedicó sin descanso durante los próximos 40 años. Después de pacificar su país se dirigió a Italia, que estaba dividida entonces en una serie de ciudades independientes. Asnaldo de Brescia había expulsado al Papa Adriano IV y apoderándose de Roma.

Federico lo derrotó, se erigió en rey de Italia y devolvió el trono pontificio a Adriano IV. Federico volvió a Alemania, nuevamente sacudida por guerras intestinas, y logró restablecer la paz. Al cabo de un tiempo disputó con el Papado e invadió otra vez a Italia.

El Papa Alejandro III le hizo frente, pero las fuerzas de Federico derrotaron fácilmente a los soldados italianos y entraron a Roma. Federico instaló en la Santa Sede a Pascual III (el segundo de los Antipapas), pero entonces ocurrió un acontecimiento que hizo pensar a la gente de esa época en un milagro. Se desató una terrible peste que diezmó al ejército de Federico Barbarroja. En una sola semana perecieron 25 mil alemanes.

Los sobrevivientes huyeron a otras ciudades, donde continuaron siendo víctimas del mal. El emperador, sin embargo, mantuvo su dominio sobre Italia durante los años siguientes y apoyó a un tercer Antipapa, Calixto IV. En 1189, en el deseo de terminar su vida en forma gloriosa, Federico Barbarroja organizó un gran ejército para participar en la Tercera Cruzada. Derrotó al sultán de Iconium en el Asia Menor, en 1190, pero no pudo seguir adelante.

Federico quiso bañarse en las aguas del río Cidno, a pesar de la oposición de sus acompañantes. Mientras estaba sumergido sofrió una apoplejía y fue arrastrado por la corriente. El corazón y las entrañas del emperador fueron llevados a Tarso, las carnes a Antioquia y los huesos a Tiro.

BALDUINO I BONIFACIO II Hombres que dirigieron las cruzadas a Jerusalen

BALDUINO I BONIFACIO II
Hombres que dirigieron las Cruzadas

BALDUINO I Fue el primer emperador latino de Constantinopla, como resultado de las cruzadas. Nació en Valenciennes en 1171, hijo del conde de Flandes. A los 14 años casó con María de Champaña. En 1202 fue designado como uno de los jefes de la Cuarta Cruzada, que no llegó a la Tierra Santa, sino terminó con el sojuzgamiento del Imperio Bizantino.

BALDUINO I BONIFACIO II Hombres que dirigieron las cruzadas a JerusalenEn 1204 fue proclamado emperador. Se dice que tenía un carácter poco enérgico y que actuó, además, impolíticamente, al desatar persecuciones religiosas contra los griegos, las que provocaron un levantamiento general.

En la conjuración, desatada en 1205, pereció gran número de cristianos. Varias ciudades importantes cayeron en manos de los rebeldes y Filípolis fue sitiada. El emperador se dirigió en auxilio de la ciudad, pero cayó en manos de sus enemigos, que lo derrotaron y lo hicieron prisionero. Nunca volvió a saberse de él. Hay muchas versiones sobre su suerte. Algunos historiadores creen que pereció en el campo de batalla de Adrianápolis, pero hay pruebas que indicarían que fue vendido como esclavo en Siria.

Una tercera versión sostiene que fue asesinado en una prisión búlgara. Balduino II, sobrino del anterior, fue más tarde emperador de Constantinopla. Perdió la ciudad en 1261, al cabo de prolongadas luchas con los griegos. Peregrinó, después de su derrota, largos años por las cortes europeas en busca de ayuda para recuperar la ciudad, sin éxito. Nació en 1217 y murió en 1272.

BONIFACIO II Bonifacio II, marqués de Montferrato, fue, igual que Balduino I, uno de los dirigentes de la Cuarta Cruzada. Vivió largos años en Palestina. Fue uno de los señores italianos más fieles al emperador Enrique IV, quien en premio a sus servicios le donó la ciudad de Alejandría en 1193.

En el curso de la Cuarta Cruzada se opuso al principio a la conquista de Zara, exigida por los venecianos como parte del precio por conducir a los cruzados a través del Mediterráneo a Siria, negándose a tomar las armas contra otro príncipe cristiano.

Más adelante, sin embargo, participó activamente en las guerras que siguieron entre cristianos romanos y ortodoxos. Después de la derrota del Imperio Bizantino, el marqués tomó para sí la isla de Candía y las provincias situadas al otro lado del Bósforo. Más tarde cambió esas posesiones por Tesalónica, de la cual se erigió rey. Bonifacio contrajo matrimonio con Margarita de Hungría, esposa del fallecido emperador Isaac El Ángel, de Constantinopía, y enseguida inició una campaña para apoderarse de Grecia.

Tomó Beocia, el Ática y Corinto y capturó al emperador Alejo. Poco después, sin embargo, el marqués cayó en una emboscada preparada por los búlgaros y fue muerto de un lanzazo, en 1207.

Bohemundo I de Tarento Reyes que dirigieron las Cruzadas a Santos Sepulcros

Bohemundo I de Tarento
Reyes que dirigieron las Cruzadas

BOEMUNDO I Boemundo de Tarento era hijo del príncipe normando Roberto Guiscard, de Sicilia, quien guerreó largamente contra el Imperio Bizantino. Boemundo participó en las luchas de su padre y se distinguió en una serie de batallas por su bravura.Bohemundo I de Tarento Reyes que dirigieron las Cruzadas

A la muerte de Roberto Guiscard no pudo ocupar la corona debido a una intriga palaciega que protagonizó su madrastra para entregar el poder a su hermano Roger Boemundo abandonó sus dominios y emprendió una larga lucha para recuperar lo que consideraba suyo. Al cabo de cuatro años logró obtener el Principado de Tarento.

Enseguida se incorporó a la Primera Cruzada, donde desempeñó un papel muy importante.

Para algunos historiadores, Boemundo fue el verdadero vencedor de las principales batallas que terminaron con la ocupación de Jerusalén. Era, tal vez, el más capaz de todos los capitanes que participaron en esa empresa.

Boemundo fue uno de los gestores de la victoria de Doryliun y luego dirigió la marcha del ejército cruzado por el Tauro hasta Siria, apoderándose de Antioquía. Aquí se hizo nombrar príncipe de la ciudad.

En el curso de una expedición a la Mesopotamia fue hecho prisionero por el emir Kamschetgin, en 1100. Quedó en libertad dos años después, luego de pagar una crecida suma por el rescate. De regreso se embarcó en una nueva guerra con el Imperio Bizantino, en una empresa “fantásticamente superior a sus fuerzas”, según los historiadores.

La lucha contra el gran imperio, con recursos muy superiores a los suyos, duró dos años. Comprendiendo que era imposible derrotar a su enemigo, el emperador Alejo I, se dirigió a Europa.

Allí casó con Constanza, hija del rey Felipe I, reunió un ejército y volvió a la carga. Puso sitio a Durazzo, pero al cabo de un largo asedio, infructuoso, terminó por firmar un tratado de paz con el emperador. Volvió a Italia, donde emprendió nuevas aventuras. Murió en 1111, a los 46 años de edad.

Luis IX de Francia Rey Santo que Dirigio las Cruzadas a Santos Sepulcros

Luis IX de Francia
Rey Santo que Dirigió las Cruzadas

SAN LUIS El rey Luis IX de Francia, uno de los santos de la Iglesia Católica, dirigió las dos últimas cruzadas y es uno de los personajes más notables de esa época turbulenta. Nació el 25 de abril de 1215, hijo del rey Luis El León. Recibió una educación muy esmerada, en particular de su madre, Blanca de Castilla, quien según una difundida biografía solía decir: “Hijo, prefiero verte muerto antes que en desgracia de Dios por el pecado mortal”.

Luis IX de Francia Rey Santo que Dirigio las CruzadasA los 11 años fue consagrado rey de Francia, en Reims. Su madre asumió la regencia durante un período bastante tumultuoso. Varios nobles se sublevaron, pero fueron sometidos finalmente por doña Blanca.

A los 21 años de edad, Luis se hizo cargo de su reino. San Luis fue un excelente legislador. Estableció leyes eficaces para evitar las arbitrariedades tan frecuentes en esa época. Tuvo que combatir, además, con los grandes señores feudales, a quienes derrotó, concertando una paz de diez años. En 1248 sufrió una grave enfermedad y prometió que tomaría la Cruz si se reponía.

Cumplió su promesa en 1248 y se embarcó con 40 mil hombres y 2.800 caballos hacia Tierra Santa. Capturado por los egipcios en la infructuosa lucha en la desembocadura del Nilo, quedó en libertad luego del pago de un fuerte rescate en dinero.

Estuvo aún cuatro años en Palestina, intentando pacificar a los cristianos, cuyas disensiones eran frecuentes, y fortificando las plazas que quedaban en poder de los cruzados. Volvió a Francia al saber la noticia de la muerte de su madre, en 1254, y fue recibido “con grandes muestras de veneración y amor”. Continuó su obra civilizadora. Se le recuerda, en particular, porque administraba justicia por sí mismo, dos veces por semana. Abolió el duelo y protegió la enseñanza.

Favoreció a Roberto Sorbon, quien fundó en París la Facultad de Teología, que se llamó La Sorbona. En 1267 emprendió la Octava Cruzada, que fue el último esfuerzo de la Europa Cristiana por rescatar el Santo Sepulcro. Mientras ponía sitio a la ciudad de Túnez se declaró una epidemia de peste en el campamento. San Luis se destacó en los cuidados que proporcionaba a los apestados.

Uno de sus hijos murió de este mal. Poco después el mismo rey se contagió y pereció en tierra africana. Su cuerpo fue trasladado a Francia y enterrado en el Panteón real de San Dionisio de París. Fue canonizado por Bonifacio VIII en 1298. Uno de los libros que se han escrito en su memoria es el de Antonio de Guzmán, que se llama: “Vida del mayor monarca del mundo, San Luís, rey de Francia”.

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LUIS VII EL JOVEN Un siglo antes que San Luis había vivido este rey francés, quien nació probablemente en 1121 y a los 16 años de edad se convirtió en monarca de su país. Estuvo casado con Leonor de Aquitania, la que fue, posteriormente, luego de divorciarse del rey galo, esposa del rey Enrique Plantagenet de Inglaterra y madre de Ricardo Corazón de León. Leonor fue, de esta manera, reina de Francia y de Inglaterra, países que estaban envueltos en frecuentes guerras.

Luis VII tomó parte en la Segunda, Cruzada, bajo el imperio de los remordimientos por haber incendiado la catedral de Vitry, en una guerra contra el conde Teobaldo de Champaña. En el templo perecieron 1.300 vasallos del conde. El rey participó con variada suerte en la campaña contra los sarracenos. Murió en París en 1180.

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GODOFREDO DE BOUILLON Godofredo IV de Bouillon, duque de la Baja Lorena, fue uno de los principales caudillos de la Primera Cruzada. Nació en Lorena entre 1058 y 1061. Es una de las figuras más populares de la Edad Media. Es el héroe de la “Jerusalén Libertada”, de Tasso.

Fue un fiel servidor del emperador Enrique IV, por quien combatió en la batalla de Elster contra Rodolfo de Suabia y en la campaña contra Roma. Fue el líder de una parte del ejército cruzado en 1096. Después de una sangrienta lucha con los griegos en enero de 1097, obligó al emperador Alejo de Constantinopla ,a prestar juramento de fidelidad.

Enseguida se distinguió por su valentía en el sitio y la toma de Jerusalén, en 1099. El 22 de julio de ese año fue elegido rey de Jerusalén, pero se negó a recibir ese título: “No quiero ceñir corona de oro donde Jesucristo llevó la de espinas”, y se tituló Barón del Santo Sepulcro. Estuvo un año en el cargo.

Durante este corto reinado Godofredo organizó los nuevos estados y promulgó el código de leyes feudales que se conoce con el nombre de Assises de Jerusalén. Derrotó a los egipcios en Ascalón. El 18 de julio de 1100 murió en la Ciudad Santa.

Saladino Lider Musulman que Recupero Santos Sepulcros a los Cruzados

Saladino Líder Musulman que Recuperó Los Santos Sepulcros

SALADINO, EL PRÍNCIPE VICTORIOSO Salah adDin, llamado El Malik en Nasr, el Príncipe Victorioso, pasó a la Saladino Lider Musulman que Recupero Santos Sepulcros a los Cruzadoshistoria occidental con el nombre de Saladino, el más destacado, hábil y generoso de los caudillos musulmanes que combatieron contra los cruzados, y su nombre estuvo por encima de Federico Barbarroja y Ricardo Corazón de León. Kurdo de nacimiento, era un soldado para quien las leyes de la espada y de la lealtad constituían los principios básicos de su acción.

De cuerpo pequeño, enfermo de fiebres intermitentes, más que un guerrero fue al comienzo un buen vividor, que prefería el vino y los libros al combate y la política.

Llevado por las circunstancias a visir de Egipto, se convirtió luego, por golpes de audacia política y religiosa, en sultán indiscutido, temido de sus enemigos musulmanes, respetado por los cristianos, amado por sus soldados y con plena conciencia de su responsabilidad, e impuso orden y disciplina entre las huestes a su mando, sin vacilar cuando su decisión llevaba a la muerte a quienes quebrantaran sus leyes.

Los asesinos del Viejo de la Montaña, embriagados con drogas, fracasaron en dos tentativas por ultimarlo, porque consideraban que su ascenso de simple oficial a amo absoluto contrariaba la voluntad de Alah.

Una vez en el poder, abandonó el vino y los deportes, asumiendo con el fatalismo propio de su religión el nuevo destino al que había sido llamado.

Se levantaba muy temprano, hacía sus abluciones y oraba, para recibir luego a sus oficiales y ayudantes, conocer los informes de cuanto ocurría en su campo y en el de los cruzados, manteniendo franco el paso de su tienda para quien quisiera verlo. “La avaricia es propia de mercaderes, no de monarcas”, solía decir Saladino a su tesorero cuando ,le ordenaba que repartiera a dos manos las riquezas que poseía.

En menos de dos meses Saladino reconquistó la mayor parte del territorio que los cruzados habían ganado en el curso de dos o tres generaciones, ochenta y ocho años atrás, con el éxito alcanzado en la Primera Cruzada.

Después de 25 años de batallas, treguas, asaltos y un incesante ir y venir por las caldea comenzó a sentir el peso de los años y los estragos que la fiebre causaba en su organismo. Profundamente religioso, en el último año de su vida comenzó a guardar los ayunos que no pudo observar durante la prolongada campaña, debilitándose cada vez más, a pesar de las recomendaciones de su médico.

El 3 de marzo de 1193 murió El Malik en Nasr Salah adDin y un historiador musulmán llamado Baba adDin, señaló: “Quien tanto había poseído, sólo dejó al morir cuarenta y siete dirhems y una sola moneda de oro. No dejó casas, muebles, ni pueblos, ni tierras cultivadas o bienes de otra clase”.

ALGO MAS SOBRE SOLIMÁN…

Preparado desde un principio para ser jefe, el joven Solimán tuvo una educación más esmerada que sus predecesores. No aprendió solamente a empuñar el sable y a montar a caballo, como lo proscribía la tradición nómade. El programa educativo para el futuro sultán incluía conocimientos de política y diplomacia.

Corrían otros tiempos; era necesario conocer la situación de Europa y los conflictos entre los diversos reinos, para poder aprovechar mejor las divisiones en el campo del enemigo. A los diecisiete años había sido nombrado gobernador de Caifa (actualmente Haifa).

Allí debería habituarse a gobernar con el objeto de prepararse para administrar el imperio, que heredaría a los 25 años. Sultán (Soberanía, en árabe) de los otomanos (hijos o súbditos de Osmán), sería considerado también como el “Enviado de Alá sobre la Tierra, Señor de los Señores de este Mundo, Poseedor de rebaños de hombres, Jefe de los Creyentes y de los Incrédulos, Rey de Reyes, Emperador de Oriente y de Occidente, Príncipe y Señor de feliz constelación, César Majestuoso, Remate perfecto de la Victoria, Refugio de todos los Pueblos del Mundo, Sombra del Todopoderoso, Dispensador de quietud sobre la Tierra”.

Para hacerse cargo de esa pesada responsabilidad, Solimán dispone de poder absoluto, limitado sólo por la religión, la ley y la costumbre. Su principal funcionario es el gran visir, quien es asistido, a su vez, por cinco ministros. Juntos constituyen el diván (diwán) o gabinete. El ejército tiene también sus jefes, los agás, y la marina es comandada por los bajas. Se cree que las rentas del sultán eran tan fabulosas, que su fortuna duplicaba la del emperador Carlos V.

El imperio está dividido en provincias, cada una gobernada por un bey. Se recoge un impuesto sobre la renta de cada campesino súbdito, y una capitación cuyo importe varía según la religión del contribuyente. Con ese dinero, con las tasas aduaneras, los botines de guerra y otros recursos, la corte vive en medio de un fastuoso lujo y el ejército está bien alimentado y equipado.

Desde una de las alas del palacio, después de trasponer la Puerta de la Felicidad, Solimán penetra en su harén particular. Cientos de mujeres, escogidas entre las más bellas del mundo, lo esperan, custodiadas por eunucos, y se disputan entre sí el gran honor de ser la favorita del sultán. Centenares de servidores obedecían las órdenes del monarca.

Estaba quien le cortaba las uñas, el primer peluquero, el gran maestro del guardarropa, el gran maestro del turbante, quien tenía el privilegio de rodear la cabeza real con las más finas telas, y, además de seiscientos cocineros, había también un probador-jefe y cincuenta subcatadores de comida. De ese modo, jamás veneno alguno podía llegar a la boca del sultán. Astrólogos, médicos, 2.500 jardineros, 1.000 escuderos y 6.000 funcionarios de las caballerizas completaban el cuadro de sus servidores domésticos.

Ricardo Corazon de Leon Tercera Cruzada de los Reyes

Ricardo Corazón de León
Tercera Cruzada de los Reyes

LOS HOMBRES DE LA CRUZ: En los dos siglos que duraron las cruzadas hubo numerosos personajes que se destacaron en ese clima de misticismo, renunciamientos, guerras, traiciones y cambios de fortuna, y que han quedado hasta hoy en la historia y la leyenda.

Entre ellos se encuentran San Luis, rey de Francia, que encabezó dos cruzadas y murió víctima de la peste en su campamento en las costas africanas; el pastorcillo Esteban de Cloyes, que encendió el fervor de la Cruzada de los Niños, una patética marcha infantil a través de Europa que terminó en el desastre; Pedro de Amiens, el eremita que recorrió Francia montado en una muía predicando la guerra contra los infieles; Federico Barbarroja, el poderoso emperador alemán, ahogado en un río cuando se aprestaba a conquistar la Tierra Santa, y, entre muchos otros, Ricardo Corazón de León, además del gallardo y noble Saladino, entre las filas musulmanas.

Ricardo Plantagenet, rey de Inglaterra, es un personaje clave de aquella época y, en cierto modo, representa algo de lo peor y de lo mejor de unos tiempos turbulentos. Nació en Oxford en septiembre de 1157, y es considerado el abanderado de las historias de caballería y héroe por la lucha de justicia. Tercer hijo de Enrique II y Leonor de Aquitania, una noble francesa. A los tres años, fue prometido a la princesa Alicia, hija del rey Felipe Augusto de Francia.

Ya cuando contaba doce fue obligado a prestar homenaje a su futuro suegro como usufructuario del Ducado de Aquitania. Desdé niño dio pruebas de una energía indomable y tenía apenas 16 años cuando se rebeló contra su padre, Enrique III, quien no le quería demasiado. Ricardo fue vencido y tuvo que pedir perdón para ser amnistiado.

Desde ese momento se dedicó a administrar su ducado, y lo hizo con gran energía, combatiendo a sus enemigos. En 1189, a la muerte de su padre. Ricardo subió al trono británico. De inmediato cambió su política hacia Francia. Comenzó por anular su noviazgo con la hija de Felipe II, y casó con Berenjuela, hija del rey de Navarra. Con gran entusiasmo comenzó a preparar una expedición contra Francia.

Para esto tuvo que recaudar grandes sumas, que el pueblo inglés entregó con poco gusto. Durante un tiempo guerreó con Felipe Augusto, con resultados indecisos. Por último, los dos monarcas decretaron una tregua para participar en la Tercera Cruzada, que se llamó, también, la cruzada de los reyes, y donde intervino junto a ellos Federico Barbarroja.

En el camino, Ricardo Corazón de León conquistó Chipre y luego desembarcó en Siria. Se sumó al sitio a San Juan de Acre, ciudad que acabó por capitular poco después. En agosto de 1192, el rey Felipe II regresó a Francia y dejó a Ricardo como el jefe absoluto de la campaña. El rey inglés desarrolló una gran actividad, fortificó su base de operaciones y emprendió diversas acciones contra los musulmanes. El 7 de septiembre ganó la batalla de Arsuf, donde Ricardo realizó valerosas proezas.

Ricardo, sin embargo, dio simultáneas muestras de brutalidad y crueldad innecesarias. Hizo ejecutar a 2.700 prisioneros musulmanes cuyo rescate no llegó a tiempo. Se enemistó con otros jefes de la expedición, en particular con Leopoldo, duque de Austria, cuyo estandarte hizo arrastrar por el fango. Más adelante se apoderó de Jafa y de una rica caravana. Debido a las disensiones con sus aliados, no avanzó contra Jerusalén. Por último, firmó una tregua con Saladino, por la cual se declaraban suspendidas las operaciones por tres años, tres meses , tres semanas y tres días. En estas circunstancias Ricardo Corazón de León recibió noticias de que Felipe Augusto aprovechaba su ausencia para apoderarse de sus posesiones.

Se embarcó inmediatamente, pero la nave que lo llevaba naufragó en las costas del Adriático. Impaciente, siguió via’je por tierra, disfrazado de comerciante. Al pasar por las tierras del duque de Austria fue reconocido y encarcelado. Estuvo preso durante más de un año en la fortaleza de Durnstein, sobre el Danubio. Finalmente obtuvo su libertad pagando un fuerte rescate de 150 mil marcos de plata y la promesa de reconocerse vasallo del emperador. Regresó a Inglaterra en marzo de 1194. Las novedades eran poco agradables. Su hermano Juan sin Tierra se había aliado con Felipe Augusto en contra suyo.

Guerreó contra ambos y los derrotó. Además, formó una coalición entre los condes de Flandes, Bretaña y Toulouse, contra el rey francés. Por último, hizo elegir a Otón de Brunswick, sobrino suyo, como emperador de Alemania. Ricardo había concebido un grandioso plan para dominar Europa.

Sin embargo, estaba en grandes dificultades financieras. Los ingleses no se prestaban de buen grado a financiar otra costosa expedición del soberano. Mientras se hallaba en los preparativos para invadir el continente, Ricardo supo que en las tierras del señor de Chaluz se había descubierto un tesoro fabuloso. De inmediato partió con sus hombres y puso sitio al castillo. Mientras peleaba, una flecha lanzada por Gourden, uno de los sitiados, lo hirió mortalmente en un ojo.

Ricardo Corazón de León murió el 6 de abril de 1199, sin poder realizar sus proyectos. Gourden fue desollado vivo y todos los habitantes de la fortaleza pasados a cuchillo.

PARA SABER MAS…
FIRMA DE LA PAZ Y RETIRO DE RICARDO CORAZÓN DE LEÓN:

Terminada la toma de los Santos Lugares,  Ricardo ofrecía la creación de un reino cristiano, sometido al protectorado musulmán. Enrique de Champaña, “rey de Jerusalén”, dominaría el litoral sirio (Tiro, Acre, Ascalón, Jafa, ya conquistadas por los cristianos) y se haría vasallo del sultán. En Jerusalén, los cristianos poseerían el Santo Sepulcro y tendrían libertad de peregrinación a todos los lugares santos, desarmados y en pequeños grupos.

Después de haber logrado dominar Jafa (retomada en esos momentos por los musulmanes) y renunciando a la esperanza de mantener Ascalón, Ricardo firmó la paz con Saladino. Los dos soberanos afirmaron su estima mutua y la gran admiración que sentían por sus respectivas cualidades guerreras y caballerescas. Los franceses no compartían esa admiración extraordinaria. Su descontento se traducía en recriminaciones, amargas burlas, canciones satíricas. No llegaban, sin embargo, a la abierta rebelión. Estaban cansados de la guerra.

Enfurecido con las noticias de deserción, Ricardo intentó convencer a Saladino para que se prohibiera a los soldados franceses la peregrinación a Jerusalén. El sultán se dio el placer de avergonzar al soberano inglés por su mezquindad: “Hay aquí gente que vino de muy lejos para visitar los Santos Lugares. Nuestra religión nos prohibe impedírselo”.

PARA SUSTITUIR AL REY, CRIATURAS EUROPEAS
El 9 de octubre de 1192, Ricardo Corazón de León abandona Tierra Santa, acompañado por la mayor parte de los caballeros y soldados. No hay más Cruzada. La paz implica el abandono de Jerusalén, de Galilea, de Judea y de Transjordania. Del reino cristiano de Jerusalén sólo restan, prácticamente, algunas ciudades en el litoral. Un “rey de Jerusalén” establece su corte en Acre, bajo el protectorado del sultán. Para esto murieron musulmanes y cristianos durante los dos años de lucha bajo los muros de Acre.

La Cruzada de los Reyes terminó después de estar a las puertas de Jerusalén y de la victoria. Otras tentativas de reconquista serían todavía realizadas, inclusive por criaturas, en 1212. Seducidas por aventureros, bajo el pretexto de transportarlas hacia Palestina, fueron reunidas a millares y vendidas como esclavos en Egipto. Otra Cruzada, la Cuarta, no alcanzó nunca la Tierra Santa. Era, en realidad, un ataque deliberado a Constantinopla por parte de Venecia, que logró apoderarse de gran parte de las costas e islas del Imperio Bizantino.

Los mismos pontífices despojaron la idea de guerra santa de todo significado, por medio de cansadoras repeticiones. La Santa Sede organizaba cruzadas contra cualquiera de sus enemigos políticos o temporales. Hubo cruzadas contra Juan sin Tierra, contra Federico II, emperador del Sacro Imperio Germánico, contra los albigenses, etc. Nunca más volvería el fanatismo de las primeras cruzadas, o los combates caballerescos entre Ricardo y Saladino.

Inglaterra había tenido una participación limitada en las dos primeras cruzadas. Hubo personas que habían prometido participar en ellas que sustituían a último momento su voto de cruzado por la entrega de un óbolo. Un caballero, sorprendido en adulterio con la esposa de un amigo, se comprometió a enviar a Tierra Santa a un soldado equipado, y a pagar 100 libras en caso de reincidencia.

La Cruzada de los Reyes modificó este cuadro. Muchos ingleses se batieron bravamente en Palestina, junto a su soberano. Los navíos traían noticias de heroicos hechos de armas, de la bravura de Ricardo, respetado por el propio sultán enemigo. Eran pocas las aldeas que no tenían a alguno de sus pobladores como miembro de la Cruzada. Los súbditos de los Plantagenets respetaban la “tarea divina” de su amado señor. Muchos atribuían a su ausencia la miseria en que vivían. Un día él volvería al trono, y castigaría a los expoliadores del pueblo, decían.
Ese día demoraría bastante.

De regreso en Europa, en 1193, Ricardo fue hecho prisionero por Leopoldo, duque de Austria, que no había olvidado las afrentas sufridas en Palestina. El soberano inglés fue entregado al monarca de mayor jerarquía, Enrique VI, Emperador del Sacro Imperio. Para libertar al “peligro de Europa” fue exigido enorme rescate.

Los Justices que gobernaban a Inglaterra en ausencia del rey, se esforzaron por recaudar la suma exigida entre las diversas capas de la sociedad: caballeros, ricos habitantes de las ciudades y clero. A pesar de eso, la cantidad recogida distaba mucho de la solicitada. El hermano de Ricardo, Juan, aliado a los franceses, intentaba usurpar el trono. Sus pretensiones fueron frenadas por el arzobispo de Canterbury. Finalmente, en 1194, Enrique VI se resignó a aceptar un rescate menor del que se había pedido. Ricardo estaba nuevamente libre.

La desilusión llegó luego. La primera medida de Ricardo Corazón de León fue la de aumentar los impuestos. Era necesario mucho dinero para enfrentar a los soldados de Francia. La Aquitania se sublevaba contra los Plantagenets. Felipe Augusto había invadido la Normandía. Para defenderla, Ricardo gastó mucho e hizo construir una maravillosa fortaleza, el Cháteau Gaillard.

Las luchas por la defensa del imperio anglo-angevino proseguirían por algunos años. Cierto día, uno de los vasallos de Ricardo, el vizconde de Limoges, encontró en el campo un ornamento de oro, herencia de los romanos. Ricardo reclamó el tesoro. La disputa originó una de aquellas pequeñas guerras feudales entre señor y vasallo. Mientras sitiaba Chalus, Ricardo fue alcanzado por una flecha perdida. La herida se infectó y el rey murió en su tienda, el 6 de abril de 1199.

Su cuerpo fue enterrado en Fontevrault, el corazón en Rúan. De este modo, el rey de los ingleses, tan amado por sus subditos insulares justamente porque no tuvo tiempo de oprimirlos demasiado, permaneció para siempre lejos de su reino.

Causas de las Cruzadas a Tierra Santa

Causas de las Cruzadas a Tierra Santa

Urbano II encendió en el Concilio de Clermont una chispa que hizo explosión no sólo por razones religiosas, sino por el ansia de aventura de los caballeros, la vida miserable de los siervos, que nada tenían que perder, y por el acicate interesado de comerciantes que esperaban abrir nuevos mercados.

CUAL fue la chispa que encendió las cruzadas y de qué manera pudo mantenerse el fuego de las marchas, peregrinaciones y batallas durante doscientos años de casi continuos desastres? Los historiadores no se han puesto de acuerdo. Lo prudente es concluir que las causas fueron muchas y diversas. Durante esos dos siglos, emperadores, reyes, nobles, caballeros, monjes, siervos y hasta niños se precipitaron, generación tras generación y marejada tras marejada, hacia el Oriente con el anhelo declarado de conquistar el Santo Sepulcro.

En la épica y en general desafortunada empresa participaron ejércitos organizados, los mejores contingentes caballerescos de la cristiandad y, junto a estas huestes guerreras, muchedumbres de pobres y masas de pastorcillos y niños de las aldeas, en una eclosión de ímpetu, fe, misticismo y fervor como probablemente hay pocos otros ejemplos en la historia.

El ardor de las cruzadas se mantuvo vivo a pesar de las constantes catástrofes, de la muerte, de las inimaginables penalidades y de la creciente y cada día mayor resistencia del Islam. Dos siglos después del último fracaso aún seguía hablándose en la cristiandad occidental de esta empresa y de la posibilidad de reanudarla, y aún hoy el folklore francés conserva viejas canciones campesinas en que se recuerdan las penas y los triunfos de esa tremenda aventura.

Es imposible dejar de lado, como un factor de suprema importancia, la profunda religiosidad de la gente de la Edad Media, en un grado tal, que no puede ser medido por los cánones del mundo de hoy. Pero es evidente, al mismo tiempo, que hubo otros poderosos factores que empujaron a caballeros, monjes y siervos en la lucha con el Islam. Entre ellos está, por cierto, el espíritu bélico de una sociedad joven, dividida por guerras constantes y unida por el anhelo común de expandirse hacia el Asia y el Levante.

Al lado de esta ansia conquistadora y guerrera se ubican los intereses comerciales, en particular de las ciudades italianas del norte. V en el fondo de este vasto drama histórico, las ansiedades y las esperanzas de una masa de campesinos, aldeanos, artesanos y siervos, de condición miserable, con poco que perder. En su Historia Universal, Charles Seignobos dice brevemente: “El Sepulcro de Cristo en Jerusalén, el Santo Sepulcro, había sido siempre el más venerado de los lugares de peregrinación. Los musulmanes, dueños de Jerusalén, no impedían que los peregrinos cristianos fueran allí para sus devociones, e iban de todos los países cristianos, basta de Noruega. Pero en el siglo XI una nueva especie de musulmanes invadió el Asia Menor y se apoderó de Jerusalén (1074). Eran turcos, más ignorantes y de menor tolerancia, y empezaron a maltratar a los peregrinos”.

En aquella época el viaje de Tierra Santa duraba varios años. Estaba lleno de riesgos y no había ninguna seguridad de volver con vida. Los peligros acechaban a lo largo de toda la ruta. Además de los existentes en la misma Siria, donde aun en las épocas de paz eran recibidos con desconfianza y sospecha —y hasta con cierto desprecio—, existían muchas otras contingencias. Las penalidades de la navegación en las inseguras naves de aquella época, que naufragaban fácilmente —como le ocurrió en una oportunidad al propio Ricardo Corazón de León—, y la presencia de los piratas.

Muchos peregrinos terminaron vendidos en los mercados de esclavos. En la misma Europa, los riesgos eran grandes. En los caminos solitarios esperaban los bandidos, incluyendo muchos señores que se dedicaban al lucrativo bandolerismo, para despojarlos. En las peregrinaciones tomaban parte los altos prelados de la Iglesia Católica. En el siglo XI hay constancia de que los obispos italianos y franceses partieron frecuentemente hacia la Tierra Santa. También lo hacían los alemanes, los escandinavos y los ingleses. Desde la época de Constantino existían iglesias en Siria, en los lugares de la pasión y muerte de Cristo, construidas por orden de Santa Elena, la madre del emperador. El número de peregrinos era siempre grande y creciente.

Los papas les concedían gracias espirituales especiales. Era natural que en la cristiandad surgieran voces condoliéndose por el hecho de que la Ciudad Santa —aunque hubiera pasado sucesivamente de manos de los persas, los fatimitas de Egipto y los turcos selyúcidas— siempre estuviera en poder de hombres de otra religión. En lugar de enormes rascacielos y de cohetes lunares, los hombres de la Edad Media construían catedrales. La mayoría de ellas puede verse aún en Europa al cabo de ocho o nueve siglos. Se trata de templos magníficos, algunos de los cuales demoraron más de cien años en ser terminados.

Todos, desde el rey hasta el siervo más humilde, daban dinero para levantarlos. Un ejército infatigable de obreros trabajaba en la construcción, día tras día, desde el amanecer hasta la puesta del sol. Simultáneamente se observaban otras muestras de este renacimiento religioso. Miles de hombres dedicaban su vida a la oración y a la meditación de Dios. Alejados de las ciudades vivían en completa soledad en los bosques, en rústicas cabañas o en cuevas. De estos ermitaños surgió la palabra “monje”, derivada de la voz griega que significa “solitario”.

Poco a poco surgieron, también, siguiendo a San Benedicto, los monasterios, donde los hombres del Medievo se reunían, acatando reglas muy estrictas de pobreza, obediencia y castidad, a vivir y a trabajar juntos Más adelante se organizaron otros grupos de religiosos ambulantes, que recorrían toda Europa: los frailes, que predicaban, enseñaban y cuidaban a los enfermos. Los monasterios eran, a la vez, granjas, fábricas, bibliotecas y hoteles, además de un centro religioso agrupado alrededor de la capilla, donde los monjes oraban por lo menos siete veces al día.

El resto del tiempo lo ocupaban en cultivar la tierra, plantar y cosechar, fabricar vino, criar vacas y gallinas, copiar manuscritos y libros valiosos, asistir a los enfermos y dar hospedaje a los viajeros. Era, también, una época cargada de innumerables supersticiones. Se creía en la magia, en la brujería, en los dragones y los gigantes. Con frecuencia los médicos recetaban brebajes y entregaban amuletos a los enfermos, de quiénes solía pensarse que tenían el diablo en el cuerpo y había que expulsarlo.

Entre las supersticiones llegadas hasta nuestros días figura la creencia de que las herraduras traen suerte. La herradura se asimilaba a la luna creciente, símbolo de buena fortuna. Rasgo característico son los “juicios de ordalía, aberraciones que se mantuvieron durante mucho tiempo. Para un miembro de la plebe, ser llevado ante un juez constituía una terrible experiencia. E1 juicio por fuego era uno de los más usados.

El acusado debía sostener un lingote de hierro al rojo en una mano durante el tiempo que tardara en ascender tres escalones. Pasados tres días se le examinaba la herida. Si tendía a cicatrizar, era considerado inocente y dejado en libertad de inmediato. De lo contrario, se le condenaba a muerte. Un conflicto entre dos nobles no se resolvía mediante la exposición de razones, sino en una pelea. Se concertaba un duelo —el querellante comenzaba por arrojarle un guante al querellado— y ambos luchaban. El ganador de la justa obtenía o la absolución o el derecho sobre la vida del adversario, según fuera el caso. Ambos procedimientos para administrar justicia, el de los siervos y el de los caballeros, se basaban en la creencia aceptada de que Dios inclinaría la balanza en favor del inocente.

Esta mezcla de religiosidad profunda y de ingenuas supersticiones contribuyó a atizar el fuego de las cruzadas. Ahí se explica, tal vez, el increíble espectáculo de masas de cristianos desarmados, entonando cánticos, que se lanzaban indefensos contra los soldados del Islam, sin arredrarse ante las carnicerías y masacres con la Siria de entonces.

HABÍA una razón política y militar. Para toda Europa constituyó un motivo de profunda inquietud la vigorosa embestida de los turcos selyúcidas, guerreros nómades que surgieron repentinamente desde las profundidades del Asia Central. Los selyúcidas, durante la cuarta década del siglo XI, se apoderaron de todas las regiones al sur del Mar Caspio, del Irán Occidental y Central.

Conquistaron toda la Mesopotamia y en 1055 ocuparon Bagdad, la capital del que había sido poderoso imperio de los abasidas. El avance de los turcos continuó durante los años siguientes. Entre 1063 y 1071 invadieron Armenia, donde chocaron por primera vez con el imperio de Bizancio. Lucharon contra Georgia e incursionaron cada vez con mayor ímpetu en las provincias bizantinas del Asia Menor, como Capadocia y Frigia. Por último, en 1074 ocuparon de Jerusalén, Antioquia y otras ciudades bizantinas.

Los esfuerzos de Constantinopla por contenerlos fueron vanos. El emperador Román IV Diógenes, al frente de un poderoso ejército, había sufrido una desastrosa derrota en el combate de Manazquerta, donde él mismo cayó prisionero. Incidentalmente, cuando el emperador fue dejado en libertad por los turcos, descubrió que sus compatriotas habían elegido a otra persona en su trono, al regresar, conforme a la costumbre bizantina, fue apresado y dejado ciego. Las pérdidas de las prósperas provincias del Asia Menor y las derrotas sufridas a manos de los turcos empujaron a Bizancio a pedir ayuda a los cristianos de Occidente.

El Papa Gregorio VII comenzó inmediatamente a organizar un ejército, haciendo un llamamiento a los señores feudales de la época. Alcanzó a reunir 50 mil hombres, pero, entretanto, se había enfriado el entusiasmo bizantino por la ayuda occidental, y la expedición nunca partió a cumplir su misión. LA chispa de esta empresa que había de durar dos siglos fue encendida por el Papa Urbano II, al finalizar el Concilio de Clermont. En realidad, el motivo oficial de la convocatoria del concilio fue la condena al rey Felipe I de Francia que se negaba a unirse de nuevo con su esposa.

Había, no obstante, otro propósito más amplío y profundo. Concurrieron caballeros de muchas regiones francesas, tantos que el pueblo de Clermont no pudo acogerlos a todos y la mayoría debió levantar sus tiendas en la llanura próxima. Muchos sacerdotes y gente del pueblo estaban también allí. Las crónicas dicen que asistieron catorce arzobispos, más de doscientos obispos y cuatrocientos abades.

En esa atmósfera solemne, el Papa exhortó a los cristianos a iniciar una guerra contra los infieles. Citó una frase de los Evangelios: “El que no lleva su cruz para seguirme no puede ser mi discípulo. —Y agregó—: Debéis, colocaros una cruz en vuestras ropas”. La multitud, llena de entusiasmo, gritó: “Dios lo quiere”. Ese fue, más tarde, el grito de guerra de los cruzados.

El primero en acercarse al Papa fue el obispo de Puy, quien se arrodilló y pidió ser consagrado para la expedición. El ejemplo fue seguido por la muchedumbre de caballeros. Todos juraron ir a pelear contra los infieles y prometieron no regresar sin antes visitar el Santo Sepulcro. El Papa, a su vez, los declaró libres de todas las penitencias en que hubieren incurrido por sus pecados.

EL caballero medieval era un “animal de combate”. Toda la educación recibida tendía a hacerlo un guerrero. Ninguna propiedad estaba segura si no se defendía con la tuerza. Cada uno debía tener su propia policía para proteger sus derechos. La manera clásica de conquistar honores y fortuna era combatir contra otros señores, apoderarse de sus tierras, castillos y siervos.

Las “faidas” o guerras entre señores eran muy frecuentes. Los señores feudales peleaban con sus vecinos, los nobles contra otros nobles, los reyes contra otros reyes o contra sus propios señores insubordinados. Esto era tan frecuente, que muchos caballeros sin fortuna recorrían toda Europa para luchar en uno u otro lado. El “entrenamiento” comenzaba desde temprano. La educación del niño estaba orientada a la guerra. Los jóvenes de buena familia seguían un largo y duro adiestramiento, desde los siete años, cuando empezaba por ser paje de un señor. Recibía armas, jugaba a la guerra con otros pajes, aprendía la esgrima y a cabalgar.

A los 14 años de edad podía convertirse en escudero y desde ese instante podía usar armadura y espada. Pero el gran día de su vida era cuando era armado caballero. Pasaba una noche entera en vela, orando en la capilla, del castillo, antes de la ceremonia en la cual el señor le entregaba una espada, un escudo, espuelas y un caballo. Los deportes de la época eran extremadamente duros, destinados a reforzar la resistencia y habilidad de los caballeros en las justas y torneos. Era frecuente que el vencido muriera o saliera malherido.

PERO ¿por qué peleaban los siervos? Muchedumbres de pobres se dirigían al oriente. No eran señores de la guerra. La mayoría de ellos estaban imbuidos de exaltación religiosa y el espíritu ardiente que animaban a estos hombres de la Edad Media. Sin embargo, había algunos motivos materiales para enrolarse. La vida de los siervos era prácticamente insoportable. Estaban adheridos a la tierra y cambiaban de señor según fueran las vicisitudes de las guerras locales.

Trabajaban duramente, pero tenían que repartir gran parte del fruto ganado con el .señor feudal. Pagaban por el derecho a pescar o a cazar, por usar el molino, el lagar, el horno, todos del dueño del castillo. Pagaban también una indemnización si enviaban al hijo a aprender un oficio, para compensar la pérdida de un trabajador. Cuando el señor caía prisionero, los siervos ayudaban a la cancelación del rescate. La vida era atada y miserable, con muchos impuestos y gabelas. En cierto modo, la participación en las cruzadas, que los liberaba de la virtual esclavitud por lo menos por un tiempo y les prometía algunas recompensas, espirituales y materiales, era una puerta de escape para ellos.

ALGUNOS historiadores modernos creen igualmente que influyeron en las campañas contra los infieles, después de las primeras cruzadas, algunos poderosos intereses comerciales, en particular de las ricas ciudades marítimas italianas. La ciudad de Bari, por ejemplo, realizaba un comercio sistemático con el Oriente. Los comerciantes de Amalfi iban frecuentemente a Egipto. Incluso el sultán les concedió un barrio especial en Jerusalén para que instalaran sus negocios. Había un intercambio activo entre Venecia y el Levante.

Las embajadas comerciales venecianas visitaban las .principales ciudades árabes. Para los activos comerciantes del norte de Italia, las cruzadas fueron un medio para fortalecer su posición comercial, conquistar otros mercados y eliminar a Bizancio de la competencia.

Expediciones Militares a Jerusalem en la Edad Media Historia

UNA EXPEDICIÓN MUY PARTICULAR: LA CRUZADA DE LOS NIÑOS

DECENAS de miles de niños, provenientes de Francia y Alemania, participaron en las cruzadas infantiles ocurridas en 1212. Pobres, sin armas, en abigarrada procesión, desfilaron por los caminos y aldeas de la Europa medieval para tratar de conseguir lo que no habían obtenido sus mayores: la conquista del Santo Sepulcro. Casi todos murieron en el continente y unos pocos, que lograron atravesar el Mediterráneo y desembarcar en territorio sarraceno sufrieron una suerte igualmente desdichada.

La Cruzada de los Niños produjo profundo impacto entre los contemporáneos de la Europa cristiana. Numerosos cronistas consignan el paso de los niños y la reacción, no siempre benévola, que hallaron durante su marcha.

Algunos de ellos hablan del fenómeno como de una sola cruzada, pero los modernos historiadores coinciden en señalar que se trató de varios movimientos simultáneos, que se unieron en dos grandes expediciones, la francesa y la alemana, y cuya patética trayectoria puede relatarse separadamente.

“No hay apenas en la Edad Media, salvo si» duda el caso de Juana de Arco, una serie de hechos en que la historia se revele tan impregnada de mito, y en que el mito parezca también recubrir la historia por completo, contó esas cruzadas infantiles que conmovieron a la cristiandad occidental durante el año 1212 tan profundamente, que los cronistas que omiten referirse a la Cuarta Cruzada hablan de esas partidas misteriosas”, dice el historiador francés Paul Alphandéry.

Una de las referencias más antiguas con que se cuenta es una crónica francesa:

“En el mes de junio, un niño pastor llamado Esteban, que era del pueblo denominado Cloyes, decía que el Señor se le había aparecido en la figura de un pobre peregrino. Después de haber aceptado de él el pan, le dio unas cartas dirigidas al rey de Francia. Esteban se dirigió donde el monarca, acompañado por otros pastores de su edad. Poco a poco se formó en torno suyo una gran multitud, procedente de todas las Gallas, de más de treinta mil personas”.

Todos los testimonios coinciden en que se trataba de niños pobres, pastorcillos o hijos de los aldeanos. Durante el camino se les unían miles y miles de personas. Poco a poco se agregaban adultos: criados y criadas, campesinos, siervos, artesanos, pobres habitantes de las villas.

El rey de Francia, Luis VIII, no aprueba la aventura. Después de consultar a los maestros de la Universidad de París, ordena disolver las falanges infantiles. Una parte obedece, pero la mayoría se reorganiza y prosigue la peregrinación. A medida que progresa la marcha, los niños se organizan en grupos, encabezadas por estandartes. No llevan alimentos, ropas ni dinero, y viven apenas de la limosna que les entregan los vecinos de las villas y ciudades por donde cruzan en su marcha iluminada hacia el Santo Sepulcro.

Cuando se les pregunta hacia dónde se dirigen, contestan: “Hacia Dios“. En general, la Iglesia parece haberse opuesto a esta peregrinación. Los “Annales Marbacenses” dicen: “Canto generalmente somos de una gran credulidad para tales novedades, muchos creyeron que esto procedía no de ligereza de espíritu, sino de devoción e inspiración divina. Les ayudaban, entonces, a sus gastos y les proveían de alimentos y de todo lo que era necesario. Los clérigos y algunos otros cuyo espíritu era más cuerdo, estimando este viaje vano e inútil, se declaraban en contra, a lo que los seglares se resistían con violencia, diciendo que su incredulidad y su oposición procedían de su avaricia más que de la verdad y la justicia”.

Durante la marcha se consignan numerosos otros testimonios que hablan de la conmoción y de las disensiones que provocaba el paso de los animosos peregrinos por las ciudades francesas. En San Quintín se registró un hecho curioso, cuando una sentencia arbitral castigó por igual al Cabildo y a los burgueses.

A los últimos por haber querido prestar ayuda a los peregrinos quitando los bienes a los canónigos, y al primero, por haberlo evitado. A pesar de las penalidades de la larga caminata, del hambre, las enfermedades y, en algunos casos, de la hostilidad pública, una parte importante de estos pequeños cruzados franceses logró arribar al puerto de Marsella. Allí llegaron a un acuerdo con dos armadores que prometieron llevarlos a Siria. Miles de ellos se embarcaron en siete grandes bajeles.

A los pocos días fueron sorprendidos por una furiosa tempestad y dos de las embarcaciones naufragaron cerca de la isla de Cerdeña, en la roca denominada Reclus. Todos los pasajeros se ahogaron. Los cinco navíos restantes llegaron a Alejandría y Bujía. Allí los dos armadores, traicionando a los niños, los vendieron a los mercaderes y a los jefes sarracenos como esclavos. Según Alberico de Troyes, que relata el fin de esta patética aventura, 400 de los pequeños cruzados fueron comprados por el califa.

Otro relato de la época dice que en 1230, es decir, dieciocho años después de la Cruzada de los Niños, Maschemuc de Alejandría “conservaba aún 700 que ya no eran niños, sino hombres en toda la plenitud de la edad”. A los que quedaron en Marsella y otros que se desperdigaron durante la caminata, el Papa les ordenó que recibieran la cruz, pero que esperaran atravesar el mar y combatir contra los sarracenos cuando tuvieran la edad suficiente.

EL pastor Esteban, que inició este vasto movimiento de los niños, hay pocas referencias concretas. Tenía unos doce años de edad. Se sabe que casi inmediatamente después de aparecer con el mensaje que le “ordenaba” dirigirse a Jerusalén para recuperar el Santo Sepulcro, se vio rodeado por la fe y la adhesión de miles de otros niños y, luego, por adultos que se agregaban a la extraordinaria caravana.

Algunos de sus contemporáneos le atribuían milagros. Se le llamaba el pequeño profeta y el niño milagroso. Un cronista lo describe sobre una carreta adornada con alfombras, rodeado por una muchedumbre de grandes y pequeños adictos, que caminaban cantando himnos religiosos y enarbolando estandartes. Al mismo tiempo, otros niños, arrastrados por el ejemplo, comenzaron igualmente a predicar en los pueblos franceses y a reunir otros pequeños ejércitos de inocentes. Nada detiene a estos muchachos que abandonan todo y arrostran cantando los mayores peligros y penalidades, arrastrados por una suerte de mística vorágine hacia su desdichado destino final.

EN EL mismo año se produjo el mismo fenómeno colectivo en Alemania: “Apareció un niño, cuenta un cronista, Nicolás de nombre, que reunió en torno suyo a una multitud de niños y de mujeres. Afirmaba que por orden de un ángel debía dirigirse con ellos a Jerusalén para liberar la cruz del Señor, y que el mar, como en otro tiempo al pueblo israelita, les permitiría atravesarlo a pie enjuto.” Otro cronista dice que Nicolás llevaba una cruz sobre sí “que debía ser en él señal de santidad y de poder milagroso; no era fácil reconocer cómo estaba hecha, ni de qué metal”.

Tapeaie hablaba sobre el poder marcha y atravesó la mitad de Europa hacia Genova, donde esperaban embarcarse. Pero sólo una parte del grupo original llegó, en realidad, a la costa italiana. En la primera parte del camino el paso de esta tropa irreflexiva suscitó oleadas de emoción y sentimiento popular. Se les socorría con gran liberalidad. Las ciudades a veces los esperaban para alimentarlos y hacían colectas para ayudarlos en la prosecución de su peligrosa ruta. Hubo también reacciones de violencia contra el clero, que trató de oponerse a esta marcha infantil hacia el Santo Sepulcro.

La hueste estaba integrada por niños de ambos sexos, y, poco a poco, tal como ocurrió en el caso de la marcha de los infantes franceses, se agregaron personas mayores, sobre todo criados, criadas y campesinos. Se trata de un fenómeno que ocurrió frecuentemente en las cruzadas y que sería muy difícil de explicar hoy. La gente sencillamente dejaba sus ocupaciones, su familia, su vida común y corriente y tomaba la cruz, por lo general para ir a sufrir una suerte dura en tierras extranjeras. Se había extendido, además, la firme convicción de que los niños conseguirían aquello en que habían fracasado sus mayores. Se trata de “Nicolás, servidor de Dios, parte para la Tierra Santa. Con los Inocentes él entrará en Jerusalén.”

Los niños alemanes que partieron de Colonia parecen haber seguido la ruta que va hacia Maguncia, Spira, Colmar, toda la orilla izquierda del Rin y los Alpes, para entrar en la Italia del norte. En esta etapa del viaje el recibimiento no fue nada de amistoso. Numerosas pruebas habían caído ya sobre los niños, obligados a soportar sucesivamente el hambre, la sed, el calor y el frío. Unos pocos de ellos regresaron y otros murieron en la ruta. Pero el empeñoso ejército de niños, sin embargo, seguía adelante. Las poblaciones de la Italia del norte se mostraron, en general, hostiles a esta marcha.

Muchos niños fueron capturados por los montañeses y convertidos en sirvientes. Otros .fueron despojados de lo poco que llevaban. La partida, muy disminuida, pero, a pesar de todo, compuesta por unas siete mil personas, niños y adultos, encabezados por Nicolás, llegó a Genova. Los habitantes de la ciudad ordenaron, sin embargo, a los peregrinos que abandonaran inmediatamente el lugar. Los motivos de la medida: “Porque estimaban, dice un cronista, que ellos se dejaban llevar más bien por la ligereza de su espíritu que por la necesidad”

Había otros motivos mas materiales. Se temía que el aumento súbito de la población fuera un motivo de encarecimiento del pan, en una ciudad con un abastecimiento alimenticio limitado. Creían, asimismo, los genoveses, que la multitud de peregrinos podía ser origen de disturbios. Por último, había un motivo de alta política esgrimido por los notables. El emperador alemán estaba en pugna con el Papa, y los genoveses, en esta contienda, se ponían del lado de la Iglesia.

Fue un momento terrible para los miles de pequeños cruzados, que habían conseguido llegar hasta la costa luego de tremendas penalidades. La multitud, desanimada, se dispersó. Un grupo logró llegar a Roma, donde “se convencieron de su fervor inútil. Hubieron de reconocer que ninguna autoridad los sostenía”, como dice un historiador. “Comprometidos por su voto de cruzada, no podían ser relevados del cumplimiento del mismo, salvo los niños, que no habían alcanzado la edad de la discreción, y para ayudarles no encontraban a nadie, como no juera por parte del Papa, que las señales de la más completa desaprobación. Habían cedido al impulso del milagro y según parece ya había pasado la edad del milagro”.

El regreso fue lamentable. En los “Anuales Marbacenses” se dice que “volvieron hambrientos y descalzos, uno a uno y en silencio”, Frustrada la “gran esperanza”, ya nadie les daba nada. Por el contrario, eran recibidos con hostilidad en todas partes. A fines de año, en el invierno, volvieron a atravesar los Alpes. Apenas unos pocos pudieron sobrevivir a esta última prueba, a través de los senderos intransitables, la nieve, la escarcha y el frío. Otros pocos, demasiado desanimados para volver a su patria, se quedaron en las ciudades italianas, acampando en las plazas o los alrededores. Los mismos “Aúnales” señalan que “una gran parte de ellos yacían muertos de hambre en las ciudades, en las plazas públicas, y nadie los enterraba”.

La población sedentaria se volvió abiertamente ahora en contra de ellos. Lo que al principio fue visto como una anarquía mística, la presencia en este ejército de muchachos y muchachas ahora se veía como una señal de deshonestidad y licencia. Por otra parte, parece indudable que a las tropas de niños se unió un cierto número de gente indeseable, mujeres de mal vivir y hasta delincuentes comunes, cuya presencia, entre o detrás de los destacamentos infantiles, acabó por dar el golpe de muerte a este extraordinario movimiento que en su oportunidad emocionó y conmovió a toda Europa.

ALPHONSE Dupront ha tratado de explicar este movimiento casi misterioso. En primer lugar ¿que pensaron los contemporáneos?. “Todos notan en su lengua asombrada , el prodigio: Esta cosa inaudita en su curso de los siglos…” El prodigio es sensible a todos. Todos se asombran. Pero este asombro no es más que muy rara vez admiración y simpatía. El prodigio no es el milagro. Únicamente Alberico de Troyes hablará de “esta expedición milagrosamente llevada a cabo”.

Richter de Sénones es el único que se apiada del desastre de estas tropas de niños y deja oír, al evocarlas, las lamentaciones de Jeremías: “Los niños han pedido pan y no ha habido persona que se los dé”, El redactor de la Crónica de San Medarno de Soisspns escribe: “Algunos afirman que antes de producirse esa extraña partida de niños, cada diez años los peces, las ranas, las mariposas, los pájaros, habían partido de la misma manera, cada uno según el orden y la estación de su especie”.

Dice Dupront: “La historia, por lo demás, se muestra poco preocupada por explicar el fenómeno singular de las expediciones infantiles. Los historiadores que han presentido su originalidad observan inmediatamente lo extraordinario que hay en ellas al compararlas, sin más, a las procesiones generales, ordenadas por Inocencio lll en 1212, para obtener del cielo la paz de la Iglesia universal y el éxito de los ejércitos cristianos contra los sarracenos de España. Todos, sin excepción, están invitados a unirse a la procesión, sin que nadie pueda excusarse”. Levantamiento en masa que no puede menos que emocionar a los espíritus en que las procesiones celebraban.

DOS vías de explicación pueden permitir aclarar la significación histórica de esas partidas. Una completamente externa; en efecto, esas procesiones infantiles no son en la historia de la Edad Media una singularidad sin precedentes; desde hace menos de un siglo se desarrolla, en el país normando, en particular, la “Cruzada Monumental” de los penitentes constructores, que, arrastrando pesadas carretas cargadas de herramientas, de piedras y de morteros, marchan para ayudar a levantar o a restaurar no pocos lugares del culto de la religión de Chartres o de Caen, y al atravesar un río se detienen junto con sus carros, se ponen en oración y pasan, si no a pie enjuto, al menos vadeando…

Algunas de estas piadosas procesiones estaban compuestas de elementos diversos: hombres, mujeres y niños, pero otras lo estaban únicamente de niños, y nada se asemeja más a las cruzadas infantiles que estas columnas de jóvenes penitentes que llegan, desafiando los riesgos del camino, con cirios y estandartes al frente, entonando cánticos. Maimón de Saint-Pierre-sur-Dive, que ha descrito en su abadía la obra de los penitentes constructores, nos descubre detalles sorprendentes. En primer lugar, el hecho de que los niños se flagelaran, invocando la piedad de la Virgen para los enfermos.

Los jóvenes penitentes de Saint-comparan con las huestes infantiles que sucumbieron bajo los golpes de los soldados de Herodes y las cruzadas infantiles llevan la marca constante de esta identificación. Cuando el Papa Gregorio IX erige una capilla en la isla de San Pietro, en la costa de Cerdeña, cerca del lugar donde se destrozaron los navíos de los armadores marselleses cargados de peregrinos infantiles, la dedica a “los nuevos Inocentes”. ¿Rito litúrgico o rito de sacrificio? Como los Inocentes de la Natividad, los niños se ofrecen como primeras víctimas. “Lo que quiera Dios hacer de nosotros, lo aceptaremos con toda alegría”. Claramente el canto de marcha celebrará la redención por medio de la sangre. El sacrificio de los niños se ofrece por la salvación de la cristiandad entera.

Dupront dice también: “Si bien hay en la Cruzada de los Niños una manifestación de sacrificio, el espíritu pasivo de población no parece, sin embargo, prevalecer. Por el contrario, Nicolás lleva la cruz de la victoria; esos niños quieren la victoria, así como saben que no depende más que del milagro, el de su cruzada misma. Jerusalén ha sucumbido por los pecados de los grandes^ y de los orgullosos. La reconquista de los Santos Lugares no puede esperarse ya más que del milagro, y el milagro no puede producirse ya más que en favor de los más puros: de los, niños y de los pobres”.

En conclusión, para Dupront, por medio de los niños y de su sacrificio, “se logra la renovación de la idea de la cruzada y, con más seguridad aún, su continuidad”.

Fuente Consultada: Revista Hechos Mundiales N°22 Las Cruzadas – Wikipedia – Historia Universal Tomo II – Tomo de Historia Enciclopedia Cosmos

Las cruzadas en la edad media Toma de Jerusalem Saladino

LA EDAD MEDIA: LAS CRUZADAS

resumen de la edad media 

Las Cruzadas Se designan con este nombre las expediciones que, bajo el patrocinio de la Iglesia emprendieron los cristianos contra el Islam con el fin de rescatar el Santo Sepulcro y para defender luego el reino cristiano de Jerusalén.

La palabra “Cruzada” fue la “guerra a los infieles o herejes, hecha con asentimiento o en defensa de la Iglesia”. Aunque durante la Edad Media las guerras de esta naturaleza fueron frecuentes y numerosas, sólo han conservado la denominación de “Cruzada” las que se emprendieron desde 1095 a 1270. Según Molinier, las Cruzadas fueron ocho.

Cuatro a Palestina, dos a Egipto, una a Constantinopla y otra a África del Norte. Las causas de las Cruzadas deben buscarse, no sólo en el fervor religioso de la época, sino también en la hostilidad creciente del Islamismo, en el deseo de los pontífices de extender la supremacía de la Iglesia católica sobre los dominios del Imperio Bizantino, en las vejaciones que sufrían los peregrinos que iban a Tierra Santa para visitar los Santos Lugares, y en el espíritu aventurero de la sociedad feudal. Cuando los turcos selúcidas (selyúcidas) se establecieron en Asia Menor (1055) destruyendo el Imperio Árabe de Bagdad, el acceso al Santo Sepulcro se hizo totalmente imposible para los peregrinos cristianos.

Un gran clamor se levantó por toda Europa, y tanto los grandes señores como los siervos acudieron al llamamiento del papa Urbano II. Los caballeros aspiraban a combatir para salvar su alma y ganar algún principado, los menestrales soñaban hacer fortuna en el Oriente, país de las riquezas, los siervos deseaban adquirir tierras y libertad. En el concilio de Clermont, ciudad situada en el centro de Francia, el papa Urbano II predicó la Primera Cruzada, prometiendo el perdón de los pecados y la eterna bienaventuranza a todos cuantos participasen en la campaña. “Vosotros, los que habéis cometido fratricidio -decía el Santo Padre-, vosotros, los que habéis tomado las armas contra vuestros propios padres, vosotros, los que habéis matado por paga y habéis robado la propiedad ajena, vosotros, los que habéis arruinado viudas y huérfanos, buscad ahora la salvación en Jerusalén.

Si es que queréis a vuestras propias almas, libraos de la culpa de vuestros pecados, que así lo quiere Dios…” “¡Dios lo quiere! ¡Dios lo quiere!” -gritaron a una voz millares de hombres de todas las clases sociales, reuniéndose en torno del Papa, para recibir cruces de paño rojo que luego fijaban en su hombro izquierdo como señal de que tomaban parte en la campaña. Pedro el Ermitaño recorrió los burgos y campos de Italia y Francia predicando la Cruzada a los humildes. Era un hombre de pequeña talla, de faz enjuta, larga barba y ojos negros llenos de pasión; su sencilla túnica de lana y las sandalias le daban un aspecto de auténtico asceta. Las multitudes le veneraban como si fuera un santo y se consideraban felices si podían besar o tocar sus vestidos. Reunió una abigarrada muchedumbre de 100.000 personas, entre hombres, mujeres y niños. (ver: Cruzada de los Niños)

La mayoría carecía de armas, otros se habían llevado las herramientas, enseres de la casa y ganados, como si se tratara de un corto viaje. Atravesaron Alemania, Hungría y los Balcanes, creyendo siempre que la ciudad próxima sería ya Jerusalén. Llegaron a Constantinopla, donde el emperador griego Alejo les facilitó buques para el paso del Bósforo. En Nicea fueron destrozados por los turcos seljúcidas. Pedro el Ermitaño y un reducido número de supervivientes regresaron a Constantinopla, donde esperaron la llegada de los caballeros cruzados.

LA TOMA DE JERUSALÉN. A estas masas indisciplinadas sucedió después la marcha de los ejércitos. Calculaban los historiadores que se movilizaron 100.000 caballeros y 600.000 infantes. Emprendieron la marcha formando cuatro grupos o ejércitos, constituidos por los nobles de Europa entera, acompañados de sus vasallos. Entre ellos descollaban el normando Bohemundo y su primo Tancredo, el guerrero más brillante de aquella expedición; el conde Raimundo de Tolosa, los condes de Flandes, Blois y Valois; el duque de Normandía y Godofredo de Bouillón, a quien acompañaban sus hermanos Eustaquio de Bolonia y el intrépido conde Balduino. Al frente iba el legado del Papa, Ademar de Monteril, obispo de Puy, que ostentaba la dirección espiritual de la Cruzada.

Los cruzados se dieron cita frente a los muros de Constantinopla. Alejo I era en aquella época el emperador de Bizancio y temeroso de aquellas bandas de “bárbaros” los transportó a la ribera asiática, comprometiéndose a facilitarles provisiones a cambio del juramento de fidelidad, es decir, que les investiría de las tierras que ganasen a los turcos. Éstos se hallaban muy divididos, por lo que Nicea pronto sucumbió a los ataques de los cristianos. Seguidamente conquistaron Dorylea y Antioquía, siendo luego sitiados en esta localidad por 200.000 turcos al mando de Kerboga, general del califa de Bagdad. La ruina del ejército cruzado parecía inminente; Godofredo, impelido por el hambre, había sacrificado sus últimos caballos. El descubrimiento de la Santa Lanza en la ciudad dio ánimos a los sitiados; las huestes cristianas salieron al encuentro de Kerboga llevando al frente la lanza con la que había sido herido el costado de Cristo y deshicieron aquel poderoso ejército.

Tras estas luchas sobrevino una epidemia que redujo el ejército cruzado a sólo 50.000 hombres. Avanzaron hacia Siria, continuaron por el Líbano y penetraron en Palestina. Al llegar a las proximidades de Jerusalén, los cruzados se arrodillaron para besar la tierra mientras exclamaban: “¡Jerusalén, Jerusalén!… ¡Dios lo quiere, Dios lo quiere!…” Los cruzados sitiaron la ciudad, construyendo grandes torres con ruedas para acercarse a las murallas; a pesar de la falta de agua prosiguieron las operaciones con entusiasmo; después de celebrar una solemne procesión alrededor de la ciudad y por el monte de los Olivos, comenzó el asalto dirigido por Tancredo y Godofredo de Bouillón, el día 15 de julio de 1099. La matanza de musulmanes fue horrible y duró una semana entera.

Los Santos Lugares habían sido rescatados y se constituyó un Estado cristiano. La corona fue ofrecida a Godofredo de Bouillón (1058-1100) quien adoptó solamente el título de “barón del Santo Sepulcro”, puesto que no era propio llevar corona de oro en el lugar donde Cristo fue coronado de espinas. La caída de Jerusalén causó una alegría grande en Occidente por considerar el hecho como la victoria definitiva sobre el Islam. Desde entonces, el reino de Jerusalén fue el amparador de los peregrinos cristianos y las Cruzadas posteriores fueron suscitadas para defenderlo de los ataques turcos. Eran feudatarios del reino de Jerusalén los condados de Edesa y Trípoli, así como el principado de Antioquía. Para el mantenimiento de este reino era preciso dominar las ciudades de la costa mediterránea y los puertos de Siria. Las ciudades marítimas del Mediterráneo; Pisa, Génova, Marsella, Barcelona y Venecia, facilitaron naves y mantuvieron un activo comercio gracias a las facilidades que recibieron por parte de los cristianos de Tierra Santa, quienes concedieron acuartelamientos, almacenes en los puertos, privilegios aduaneros y exenciones de impuestos.

De este modo, en las sucesivas Cruzadas, el interés comercial pesó tanto como el religioso. Cuando en 1144 Edesa cayó en poder de los turcos y el sultán Nuredín amenazó el reino de Jerusalén, una nueva oleada de emoción cundió por Europa. San Bernardo predicó la Segunda Cruzada que fue dirigida por Conrado III, emperador de Alemania, y Luis VII rey de Francia. El Ejército se componía de unos 150.000 hombres, pese a lo cual los resultados que obtuvieron fueron mezquinos. Conrado III estuvo a punto de perecer con sus tropas en Asia Menor, llegaron a Palestina diezmados y el emperador, enfermo, tuvo que regresar a Constantinopla. Los franceses fracasaron en su intento de atacar Damasco y se disolvieron.

LAS ORDENES MILITARES. La custodia y defensa de los territorios conquistados en Tierra Santa fueron confinados a milicias especiales de carácter mitad religioso mitad militar, que recibieron el nombre de Ordenes Militares. Todos sus componentes estaban sujetos al triple voto de obediencia, castidad y pobreza. Al frente de la Orden se hallaba un Gran Maestre que residía en Tierra Santa. Los fieles o miembros se dividían en tres grupos: caballeros, religiosos y hermanos. Los primeros tenían por misión acompañar y proteger a los peregrinos que visitaban los Santos Lugares, y luchar contra los infieles. El servicio divino de los castillos estaba encomendado a los religiosos.

Los hermanos atendían los quehaceres domésticos, cuidaban de los pobres y de los enfermos. La Orden de los Hospitalarios fue constituida por varios nobles franceses con el fin de atender a los peregrinos y cuidar a los enfermos. Más tarde esta Orden cambió de finalidad e intervino en las luchas contra los infieles y en la defensa de los territorios cristianos. Al evacuar Tierra Santa, se establecieron en la isla de Rodas e hicieron frente a los turcos por espacio de dos siglos. De todas las órdenes militares, la más famosa fue la de los Templarios, creada en 1118 por Hugo de Payens y nueve caballeros borgoñeses, con la misión de proteger a los peregrinos y limpiar los caminos de salteadores infieles. Su Gran Maestre residía en el mismo lugar donde se había levantado el templo de Salomón, de aquí el nombre de “templarios”. La mayor parte de ellos eran franceses y vestían un manto blanco con una cruz roja colocada sobre la armadura. Su bandera era blanca y negra. Gracias a las herencias y donativos los caballeros templarios llegaron a reunir gran número de castillos y territorios en Europa y Oriente, pero esta prosperidad suscitó envidias y dio pie a toda clase de calumnias.

Felipe IV de Francia les acusó ante el papa Bonifacio VIII de herejía, impiedad, prácticas idolátricas, etc., hasta conseguir el encarcelamiento de sus miembros, que fueron juzgados por tribunales de la Inquisición. Las acusaciones se apoyaron en declaraciones obtenidas por el tormento, la amenaza de la hoguera o la promesa del perdón, por lo que acabaron confesando todo cuanto sus jueces quisieron. El Papa suprimió la Orden, cuyos bienes fueron cedidos a otras órdenes o al poder civil, sobre todo en provecho del rey de Francia. La tragedia de los Templarios fue debida a la falta de escrúpulos de Felipe el Hermoso, quien de esta forma vio saldada a su favor la suma de quinientas mil libras que adeudaba a los caballeros del Temple. En los reinos cristianos de España que, a la sazón, se hallaba empeñada en la Cruzada contra los musulmanes, también surgieron instituciones parecidas: las Ordenes de Santiago, Calatrava y Alcántara.

SALADINO: A partir del año 1174 nuevas amenazas se cernieron sobre los cristianos de Tierra Santa, ya que Saladino (1137- 1193) un musulmán con talento y audacia reorganizó el ejército y conquistó Egipto, Siria y Jerusalén. (Saladino, el victorioso)

El rey de esta última ciudad, Guy de Lusignan, fue hecho prisionero por los musulmanes tras la batalla de Tiberíades. Saladino en persona arrancó la Cruz del Templo, mandó fundir las campanas y destruir las iglesias cristianas y purificar las mezquitas. La Iglesia entonces predicó con fervor la Tercera Cruzada, acudiendo al llamamiento tres soberanos famosos en la Historia: Federico I Barbarroja, emperador alemán; Felipe II, de Francia, y el rey inglés, Ricardo Corazón de León. Todos ellos eran monarcas valientes, poderosos y aguerridos; sin embargo, cometieron el error de no aunar sus fuerzas y presentar combates por separado.

Barbarroja murió al vadear el río Salef; Felipe II y Ricardo Corazón de León, lucharon entre sí con gran escándalo de la Cristiandad. El rey inglés, que era muy altivo, al ver un día la bandera del Duque de Austria, Leopoldo, izada en un torreón de San Juan de Acre, la arrancó echándola luego al foso de la fortaleza.

El duque reclamó satisfacciones y su mensajero fue despedido por el rey con un fuerte puntapié. Si bien Ricardo conquistó Chipre y derrotó a Saladino en Arsuf, no pudo recuperar Jerusalén, teniéndose que conformar con la estipulación de un tratado que permitía a los cristianos visitar el Santo Sepulcro, siempre que fueran desarmados y en pequeños grupos. Ricardo Corazón de León emprendió el regreso a Inglaterra disfrazado de peregrino, con sayal y largas barbas.

Cuenta la leyenda que al atravesar el territorio del duque de Austria fue descubierto y reducido a prisión en venganza del ultraje inferido a la bandera de Leopoldo, en los muros de San Juan de Acre. Blondel, trovador de Arras, cumpliendo el juramento que había hecho de encontrar a su señor, recorría los castillos de Europa cantando una canción conocida por el rey Ricardo. En una ocasión su canto fue coreado tras la ventana de un muro, descubriendo así el paradero de Ricardo Corazón de León, que poco después era rescatado por sus vasallos. La Cuarta Cruzada estuvo llena de intrigas, intereses políticos y mercantiles, escapando su dirección de manos del Papa, que tuvo que excomulgar a los venecianos por haber desviado la finalidad religiosa de la empresa. Éstos pusieron su Marina a disposición de los cruzados, a condición de que ganaran Constantinopla y estableciesen allí un imperio latino, como así sucedió.

ULTIMAS CRUZADAS. La quinta, iniciada por el papa Inocencio III y continuada por Honorio III, fue secundada por Juan de Brienne, rey de Jerusalén en el exilio, el duque Leopoldo VI, de Austria, y el rey de Hungría, Andrés II. El único resultado práctico fue la conquista de Damieta, después de un asedio memorable, sin que ello tuviese consecuencias para la Cristiandad. La importancia de las Cruzadas va disminuyendo a medida que nos acercamos a las últimas. La sexta fue dirigida por Federico II, de Alemania, a pesar de la oposición del papa Gregorio IX, que no quería ver convertido en caudillo de los cruzados a un rey como Federico que se hallaba excomulgado. Llegadas las fuerzas alemanas a Tierra Santa, su emperador siguió una política complicada y realista, usando más de la diplomacia que de las armas, concertando en 1229 una tregua de diez años con el sultán de el Cairo, Malek-el-Kumel, durante la cual los cruzados conservarían Jerusalén, Nazaret, Belén y otras localidades estratégicas. Jerusalén se declaraba ciudad santa para los cristianos, aunque se permitió la continuación del culto musulmán en las mezquitas.

La Séptima Cruzada fue propuesta en el Concilio de Lyon (1245) por el papa Inocencio IV, con el fin de recobrar la ciudad de Jerusalén, que había sido conquistada por los turcos. El llamamiento del pontífice tuvo un eco muy débil en Europa. Sólo fue escuchado por Luis IX, rey de Francia, quien movilizó un gran ejército y marchó hacia Damieta que fue tomada. Después de algunos fracasos y epidemias que descorazonaron a los cruzados, Luis IX cayó prisionero y pudo recobrar su libertad mediante el pago de un millón de escudos y la evacuación de Damieta. El fracaso había sido completo. Una vez en Francia, el rey francés organizó la Octava Cruzada, esta vez dirigida contra Túnez.

A los pocos días de desembarcar, San Luis fue atacado por la peste y murió ante los muros de la ciudad. Las Cruzadas, consideradas desde el punto de vista militar, fueron un verdadero fracaso toda vez que los Santos Lugares que se querían conquistar para la Cristiandad, continuaron en poder de los musulmanes. Sin embargo, las consecuencias indirectas de ellas fueron importantísimas en todos los órdenes de la vida y contribuyeron a transformar la sociedad y el pensamiento europeos. En el orden social y político ayudaron a la decadencia del Feudalismo; millares de señores murieron en las expediciones y los que consiguieron regresar quedaron empobrecidos, en incremento del poder real, que adquirió desde entonces una gran preponderancia sobre los nobles.

En el orden religioso contribuyeron a atenuar al fanatismo propio de la época y a crear cierta tolerancia, ya que los cruzados comprobaron que el infiel no era un hombre salvaje sino que en muchos aspectos vivía mejor que los europeos. En efecto, los orientales eran más civilizados en el orden científico y comercial que los cristianos, y éstos llevaron a sus tierras muchos conocimientos que fueron altamente beneficiosos: los damascos, telas brochadas, el terciopelo, los espejos, los vidrios artísticos, el papel, el azúcar de caña, el alcohol, etc., que en Europa sólo se conocían a través de los árabes españoles.

Resumen De La Primera Cruzada y El reino De Jerusalén
1074 Gregorio Vil lanza la primera llamada a la cruzada, para auxiliar el Imperio bizantino, en retroceso rápido frente a los turcos selyúcidas, pero la campaña, que quería dirigir personalmente el pontífice, no puede realizarse.

1089 La situación militar del Imperio bizantino continúa degradándose y el avance ininterrumpido de los turcos hacia Constantinopla obliga a Alejo Comneno a pedir la intervención de Urbano II.

1095 Urbano II, en el sínodo de Clermont-Ferrand, predica la guerra santa y promete a los voluntarios la protección de la Iglesia y la remisión de sus pecados. Cruzada popular iniciada por Pedro el Ermitaño, que fracasa estrepitosamente en el Asia Menor.

1096 Constantinopla recibe a los cruzados, y Alejo, hábil diplomático, consigue asegurarse la soberanía sobre las eventuales conquistas y la restitución de los territorios antaño bizantinos.

1097 Sitio de Nicea por los cruzados. La ciudad será devuelta al emperador Alejo. Victoria cristiana en Dorilea sobre el sultán selyúcida. Habiéndose separado del grueso de la armada, Balduino de Flandes pasa el Eúfrates y en 1098 crea el principado de Edesa.

1098 Tras largo asedio, Antioquía cae en manos de los cruzados. El sultán de Mosul asedia a los cruzados en Antioquía. Animados por el supuesto hallazgo de la Santa Lanza, los cristianos rechazan a los selyúcidas. Bohemundo de Sicilia funda el principado de Antioquía.

1099 Asedio de Jerusalén, tomada al asalto a las cinco semanas (15 de julio). Cruenta persecución “” de musulmanes y judíos, Jerusalén y sus alrededores se convierten en un reino cristiano, del que es nombrado primer soberano, aunque sin título real, Godofredo de Bouillon, “protector del Santo Sepulcro”. Godofredo rechaza, cerca de Ascalón, un ataque del sultán de Egipto.

1100 Acabada la Primera Cruzada con pleno éxito, muere Godofredo de Bouillon, sucediéndole
entonces su hermano Balduino, que toma el título real.

1118 Muerte de Balduino I; le sucede su primo Balduino de Bourcq.

1119 Creación de la Orden del Temple.

1131 El yerno de Balduino II, Fulco V de Anjou, reina en Jerusalén, dominando la mayor parte de Siria y Palestina. El reino comprende los cuatro principados de Jerusalén, Trípoli, Antioquía y Edesa.

1137 Creación de la Orden de San Juan.

1143 Muerte de Fulco y ocaso del reino de Jerusalén.

Los Efectos de las cruzadas
Que las cruzadas tuvieran influencia sobre la civilización europea es cuestionable. Los cruzados no lograron un impacto permanente en Medio Oriente, donde los únicos restos visibles de las conquistas fueron sus castillos. Quizá ampliaron su perspectiva como resultado del intercambio entre dos culturas, pero la interacción de la Europa cristiana en el mundo musulmán fue, en verdad, más intensa y más significativa en España y Sicilia que en Tierra Santa.

¿Los cruzados ayudaron a estabilizar la sociedad europea al desembarazarse de una gran cantidad de jóvenes guerreros que habrían estado luchando entre sí en Europa? Algunos historiadores piensan que sí y creen que, como resultado, los monarcas establecieron su control con mayor facilidad. No existe la menor duda de que los cruzados contribuyeron al crecimiento económico de las ciudades porteñas italianas, sobre todo de Genova, Pisa y Venecia. Pero es importante recordar que, en primer lugar, la creciente riqueza y población de Europa en el siglo XI hicieron posible las cruzadas. Los cruzados tal vez hayan alentado el resurgir del comercio, pero, ciertamente, no lo originaron. Incluso sin los cruzados los mercaderes italianos habrían ido en busca de nuevos contactos comerciales en el mundo oriental.

Los cruzados provocaron efectos colaterales desafortunados que persistirían por generaciones en la sociedad europea. Los primeros ataques de gran alcance contra los judíos comenzaron con las cruzadas. Tal como un cristiano argumentó, era impensable llevar a cabo las guerras santas contra los musulmanes infieles, mientras los “asesinos de Cristo” corrían libremente en casa. La masacre de los judíos se convirtió en una característica regular de la vida europea medieval.

CONCLUSIÓN DE ESTA ETAPA DE LA HISTORIA:

El periodo que abarca los anos 1000 a 1300 fue dinámico en el desarrollo de la civilización europea. Presenció cambios políticos, económicos y sociales que algunos historiadores consideran que pusieron la civilización europea sobre una senda que se extendió hasta el siglo XVIII, en que la Revolución Industrial creó un nuevo modelo.

El renacimiento del comercio, la expansión de las ciudades y villas, y la evolución de una economía monetaria no supusieron el fin de una sociedad europea predominantemente rural, sino que abrieron la puerta a nuevas formas de ganarse la vida y a nuevas oportunidades para que la gente ampliara y enriqueciera sus vidas. Con el tiempo, esto formó los fundamentos de la evolución de una sociedad predominantemente urbana e industrial.

Los nobles, cuyas actitudes belicosas fueron racionalizadas al nombrárseles defensores de la sociedad cristiana, siguieron dominando el mundo medieval desde el punto de vista económico, político y social. Pero, de una forma subrepticia y segura, dentro de este mundo de castillos y de poder privado, los reyes comenzaron de manera gradual a extender sus poderes públicos.

Aunque los papas en algunas ocasiones trataron a los gobernantes como si fueran sus propios sirvientes, en el siglo XIII los mismos monarcas establecieron la maquinaria de gobierno que permitiría desafiar estos exagerados redamos por parte del poder papal, y convertirlos en centros de autoridad política de Europa. Aunque no lo podían saber entonces, las medidas impuestas por estos monarcas medievales sentaron los fundamentos de los reinos europeos, que de alguna u otra manera dominaron desde entonces la escena política europea.

La iglesia católica tomó parte en la empresa de lograr un nuevo crecimiento mediante la reforma y un mayor poder papal dentro de la misma iglesia y sobre la sociedad europea. En la Alta Edad Media hubo una renovación espiritual que originó numerosos y hasta divergentes caminos: un reanimado liderazgo del papa, el desarrollo de la maquinaria administrativa centralizada que apoyó la autoridad papal y nuevas dimensiones para la vida religiosa de los clérigos y los laicos. En esta renovación espiritual también surgió el guerrero santo cruzado que mataba en nombre del Señor.

El entusiasmo religioso del siglo XII continuó hasta el siglo XIII. Por entonces, nuevas órdenes de frailes dieron testimonio de crecimiento y pasión espirituales, pero debajo de la calma exterior yacían las semillas del descontento y del cambio. La disensión respecto de las enseñanzas y de las prácticas de la iglesia creció en el siglo XIII causando un clima de temor e intolerancia a medida que la iglesia respondía con los instrumentos inquisitoriales para obligar a la adhesión de sus enseñanzas.

El poder creciente de la nueva generación de autoridades monárquicas desafiaba cada vez más las afirmaciones del papa acerca de su supremacía sobre las autoridades seglares. Las autoridades monárquicas, gracias al crecimiento de las ciudades, la renovación del comercio y el surgimiento de una economía donde rige el dinero tuvieron la capacidad de contratar soldados y oficiales para lograr sus deseos.

La Alta Edad Media de los siglos XI, XII y XIII fue un periodo de grandes innovaciones, evidentes en cambios culturales, intelectuales, religiosos, políticos, sociales y económicos importantes. Además, afínales del siglo XIII ciertas tensiones habían empezado a recorrer la sociedad europea. Como se explica en el siguiente capítulo, dichas tensiones se convirtieron pronto en un cúmulo de problemas.

LAS CRUZADAS: En 1076, los turcos selyúcidas toman Jerusalén. En 1095, en el Concilio de Clermont, en Francia, el Papa Urbano II pide auxilio a príncipes y caballeros para reconquistar Tierra Santa. Lo ayuda, proclamando la cruzada, Pedro el Ermitaño, que había estado en Palestina y viaja ahora por Francia, Alemania e Italia, contando las crueldades a que fue sometido. Es él quien dirige la llamada Cruzada Popular, constituida por 18.000 campesinos, mendigos, aventureros y místicos, casi todos masacrados por los turcos.

La primera gran Cruzada, organizada en 1096, toma Antioquía tres años después. Logra dominar Jerusalén y la transforma en un reino con organización feudal. En 1147 se organiza la Segunda Cruzada, que no obtuvo ninguna victoria notable. La reconquista de Jerusalén por Saladino, en 1187, provoca la organización de la Tercera, llamada de los Reyes, que llega a las costas de Siria pero no a la ciudad santa.

La Cuarta Cruzada se dirige a Constantinopla, dominándola y constituyendo en el oriente bizantino el Imperio Latino, que durará cincuenta años. En 1228, Federico II entra en Jerusalén e impone una solución realista, estableciendo un condominio de cristianos y musulmanes. Mas éstos terminan por retomar enteramente el control de la ciudad en 1244.

Cuatro años después, Luis IX, rey de Francia, se dirige a Egipto, donde es aprisionado y liberado después de pagar un alto rescate. En 1270, en camino a Túnez, una epidemia de peste a bordo hace víctima a parte de la tripulación y al rey. En 1291,- Acre, último reducto católico del Cercano Oriente, es retomado por los musulmanes.

CRONOLOGÍA DE LAS CRUZADAS
——— 1071 ———

Los turcos musulmanes derrotan al ejército cristiano del imperio bizantino en la batalla de Manzikert, en Turquía.
Los musulmanes inician la conquista de Palestina y atacan a los peregrinos cristianos.

——— 1095 ———
El papa Urbano II solicita que los ejércitos cristianos se levanten en armas contra los turcos musulmanes
para reconquistar la ciudad sagrada de Jerusalén.

——— ABR. 1096 ———
El predicador francés Pedro el Ermitaño encabeza un grupo de campesinos, con los que se dirige a Tierra Santa.

——— AGT. 1096———
Cuando los seguidores de Pedro el Ermitaño llegan a Asia Menor, sufren el ataque de los ejércitos turcos. Un ejército formado por nobles y caballeros parte de Le Puy, Francia. Es la primera cruzada.

——— JUN. 1099———
Tras un peligroso viaje de casi tres años, los cruzados llegan a Jerusalén.

——— JUL. 1099 ———
Después de un breve sitio, los cruzados toman Jerusalén y matan cruelmente a todos los habitantes, ya sean judíos o musulmanes. Algunos judíos se refugian en la sinagoga y son quemados vivos.

——— 1119 ———
Los cruzados establecen un nuevo estado cristiano en Tierra Santa. Se fundan dos nuevas órdenes de
caballeros: los Templarios y los Hospitalarios (en el s. XVI Orden de Malta). Estos monjes-caballeros defendían
los estados cristianos de los ataques musulmanes y protegían a los peregrinos que visitaban Tierra Santa.

——— 1142 ———
Algunos cruzados se establecen en Tierra Santa. Construyen en Siria el Krak des Chevaliers (Castillo de los caballeros). En sus almacenes subterráneos guardaban Suficientes armas y provisiones para resistir un sitio de cinco años.

——— 1147-49———
Parte la segunda cruzada, bajo el mando de los reyes Luis VII de Francia y Conrado III de Gemianía. Los cruzados regresan sin haber podido tomar la ciudad de Damasco.

——— 1181 ———
El guerrero musulmán Saladillo se convierte en sultán de Egipto. Este brillante militar consigue unir a los ejércitos musulmanes.

———1187———
Los ejércitos de Saladillo vencen a las fuerzas cristianas en la batalla de los Cuernos de Hattin. Uno a uno, los castillos de los cruzados caen en poder de Saladillo, que conquista de nuevo Jerusalén.

———1189-92 ———
La tercera cruzada, a las órdenes de Felipe II de Francia y Ricardo I de Inglaterra (Ricardo Corazón de León)
detiene el avance de Saladino, pero los cruzados no consiguen reconquistar Jerusalén. Un tratado de paz firmado en Arsuf, en Tierra Santa, permite que los cruzados conserven el control de las fortalezas de la costa. Los peregrinos pueden visitar Jerusalén. Durante el viaje de regreso a Inglaterra, Ricardo Corazón de León es apresado por el duque Leopoldo de Austria, quien pide un rescate por el rey inglés.

———1204———
Los ejércitos de la cuarta cruzada  no llegan a Tierra Santa. Invaden Constantinopla, capital del imperio cristiano bizantino. Los cruzados saquean la ciudad y asesinan a los habitantes.

———1212 ———
Miles de niños parten hacia Tierra Santa. La Cruzada de los niños es un completo fracaso. La mayoría de sus integrantes muere durante el viaje o son vendidos como esclavos.

———1217 – 22 ———
Los ejércitos de la quinta cruzada no consiguen conquistar Egipto.

———1228 -29———
La sexta cruzada, a las órdenes del emperador Federico II, reconquista Jerusalén gracias a un tratado de paz
provisional firmado con los musulmanes.

———1248-50———
Luis IX (san Luis) lidera la séptima cruzada y consigue conquistar Egipto. El final de la cruzada es un completo
desastre debido a que Luis es hecho prisionero.

———1291 ———
Los musulmanes conquistan la ciudad de Acre, la última fortaleza cristiana en Tierra Santa. Este avance significa
el fin de las cruzadas.

Fuente Consultada:
Civilizaciones de Occidente Tomo A y B Jackson Spielvogel
La Aventura del Hombre en la Historia Tomo 1
Historia del Mundo Grupo Z Multimedia DK
Atlas de la Historia del Mundo Kate Santon y Liz McKay
Gran Enciclopedia de la Historia Todolibro

Cruzadas del siglo XII Cronologia Principales Sucesos

Cruzadas del siglo XII Cronología
Principales Sucesos

Las Cruzadas Se designan con este nombre las expediciones que, bajo el patrocinio de la Iglesia emprendieron los cristianos contra el Islam con el fin de rescatar el Santo Sepulcro y para defender luego el reino cristiano de Jerusalén.

La palabra “Cruzada” fue la “guerra a los infieles o herejes, hecha con asentimiento o en defensa de la Iglesia”. Aunque durante la Edad Media las guerras de esta naturaleza fueron frecuentes y numerosas, sólo han conservado la denominación de “Cruzada” las que se emprendieron desde 1095 a 1270. Según Molinier, las Cruzadas fueron ocho.

Cuatro a Palestina, dos a Egipto, una a Constantinopla y otra a África del Norte. Las causas de las Cruzadas deben buscarse, no sólo en el fervor religioso de la época, sino también en la hostilidad creciente del Islamismo, en el deseo de los pontífices de extender la supremacía de la Iglesia católica sobre los dominios del Imperio Bizantino, en las vejaciones que sufrían los peregrinos que iban a Tierra Santa para visitar los Santos Lugares, y en el espíritu aventurero de la sociedad feudal.

Cuando los turcos selúcidas (selyúcidas) se establecieron en Asia Menor (1055) destruyendo el Imperio Árabe de Bagdad, el acceso al Santo Sepulcro se hizo totalmente imposible para los peregrinos cristianos.

Las dos Cruzadas del siglo XII
1144 Muerto Fulco de Jerusalén, los musulmanes pueden conquistar el principado de Edesa. El papa Eugenio III apela a Luis Vil de Francia y hace predicar la Cruzada a Bernardo de Claraval. Predicando también en Alemania, Bernardo se separa de la voluntad pontificia, aunque consigue la adhesión del emperador Conrado III y de numerosos príncipes.

1147 La dieta de Francfort pone fin, al menos por el tiempo de la Cruzada, a las disensiones entre los príncipes alemanes. Durante la ausencia del emperador se hará cargo de la regencia el arzobispo de Maguncia. Los príncipes sajones son autorizados a seguir el voto de Cruzada luchando contra los eslavos aún paganos.

El ejército alemán llega a Constantinopla a través de Hungría y Bulgaria. Contra los consejos del emperador Manuel I, Conrado divide su ejército: mientras el grueso, conducido por él, atraviesa directamente el Asia Menor, el obispo Otón de Freising bordea la costa con un pequeño destacamento, que pronto es aniquilado por los turcos en Laodicea. Hostigado constantemente por los turcos, con pocos víveres y diezmado por la enfermedad, el ejército imperial sufre grandes pérdidas y debe retroceder. Mientras Conrado III, herido, permanece en la corte de Manuel I, el resto de sus tropas se unen a las francesas en Nicea. Por vía marítima Luis Vil alcanza Antioquía con una parte de sus caballeros.

1148 El rey de Francia, a quien se ha unido el emperador a finales del invierno, entra en  Jerusalén. Dos ataques comunes contra Damasco y Ascalón no consiguen ningún triunfo y hacen renunciar a la finalidad misma de la expedición: la reconquista de Edesa. Mientras, la presencia de la reina Leonor de Aquitania en Tierra Santa ha provocado escándalos que comprometen la eficacia de las operaciones. Conrado III deja Palestina para pasar el j, invierno en la corte bizantina.

1149 Conrado y Luis vuelven a sus estados. El fracaso militar de la Cruzada compromete el prestigio del papado. A partir de este momento, la situación de los estados cristianos de Oriente se hace más delicada, mientras el Islam encuentra un caudillo que sabe coordinar los esfuerzos: Saladino.

1185 Muerte de Balduino IV y apertura de una crisis dinástica en Jerusalén.

1187 Batalla de Hattin. Caída de Jerusalén en manos de Saladino. El papa Gregorio VIII apela a ‘”‘ los reyes católicos de Occidente.

1188 Dieta de Maguncia: el emperador Federico Barbarroja organiza la Tercera Cruzada. Auxilio del normando Guillermo de Sicilia a los reductos cristianos en Palestina y Siria.

1189 Acuerdo de Nonancourt entre Felipe Augusto de Francia y Ricardo I de Inglaterra. Federico I parte de Ratisbona hacia Oriente.

1190 Federico Barbarroja en Asia. Creación de la Orden de los Caballeros Teutónicos. Muerte accidental del emperador en Cuida.

1191 Recuperación de San Juan de Acre por Ricardo Corazón de León. El rey de Francia se retira de la Cruzada.

1192 Tregua de tres años entre Ricardo I y Saladino: el reino de Jerusalén en poder de Saladino; los peregrinos cristianos podrán visitar libremente Tierra Santa en pequeños grupos y sin armas.

LAS CRUZADAS: En 1076, los turcos selyúcidas toman Jerusalén. En 1095, en el Concilio de Clermont, en Francia, el Papa Urbano II pide auxilio a príncipes y caballeros para reconquistar Tierra Santa. Lo ayuda, proclamando la cruzada, Pedro el Ermitaño, que había estado en Palestina y viaja ahora por Francia, Alemania e Italia, contando las crueldades a que fue sometido. Es él quien dirige la llamada Cruzada Popular, constituida por 18.000 campesinos, mendigos, aventureros y místicos, casi todos masacrados por los turcos.

La primera gran Cruzada, organizada en 1096, toma Antioquía tres años después. Logra dominar Jerusalén y la transforma en un reino con organización feudal. En 1147 se organiza la Segunda Cruzada, que no obtuvo ninguna victoria notable. La reconquista de Jerusalén por Saladino, en 1187, provoca la organización de la Tercera, llamada de los Reyes, que llega a las costas de Siria pero no a la ciudad santa.

La Cuarta Cruzada se dirige a Constantinopla, dominándola y constituyendo en el oriente bizantino el Imperio Latino, que durará cincuenta años. En 1228, Federico II entra en Jerusalén e impone una solución realista, estableciendo un condominio de cristianos y musulmanes. Mas éstos terminan por retomar enteramente el control de la ciudad en 1244.

Cuatro años después, Luis IX, rey de Francia, se dirige a Egipto, donde es aprisionado y liberado después de pagar un alto rescate. En 1270, en camino a Túnez, una epidemia de peste a bordo hace víctima a parte de la tripulación y al rey. En 1291,- Acre, último reducto católico del Cercano Oriente, es retomado por los musulmanes.