Vida del Gaucho

Historia de la Fundacion del Club Progreso Vida Social Oligarca Argentina

El Club del Progreso
La fusión de las grandes familias porteñas unitarias y federales, al día siguiente de Caseros, con el objeto de defender los intereses porteños, debía concretarse en una institución en donde pudieran volver a confraternizar los que hasta ayer no más eran enemigos. Esta institución fue el Club del Progreso, fundada a pocos días de la caída de Rosas, el 25 de marzo de 1852.

edificio del club prgreso

Frente del Club Progreso 2° a la derecha

Los objetivos políticos de unificar a la oligarquía porteña están claramente explícitos en una carta que el presidente del Club, Diego de Alvear, envía a Mariano Várela, director del diario La Tribuna. Allí dice, refiriéndose a la fundación del Club: “Era pues necesario destruir los efectos de ese gobierno maquiavélico, y nada podría mejor llenar ese objeto importante que la creación de una sociedad donde todos pudiésemos, libre y recíprocamente, cambiar nuestras ideas y sentimientos.

Allí se han reanudado, mi querido amigo, relaciones de partido, de amistad y aun de parentesco; que se habían hecho casi extrañas durante la Dictadura. Allí empezó a verificarse la única fusión honorable y útil que reclamaba nuestro país: no la fusión de los caracteres honrados con los perversos; no la fusión de los hombres de opiniones erróneas con los famosos criminales, sino la fusión de los que, sirviendo a la Dictadura, no envilecieron su nombre con la exageración de pasiones innobles, con los que habían tenido la fortuna de salvar sus convicciones y su fama fuera del látigo abrumador de la tiranía”.

En el primer acto público del Club del Progreso, un banquete realizado el 25 de mayo de 1852 en su sede de Perú 135, el ministro José B. Gorostiaga, para dejar bien asentados los objetivos políticos del Club, exclamó en su brindis: “Por la fraternidad de los dos grandes partidos políticos que ‘han dividido la República Argentina, por su reunión para trabajar ayudados por los extranjeros al mayor bien y prosperidad de la Patria”.

Por su parte, en el estatuto del Club se reconocían como sus fundamentos “desenvolver el espíritu de asociación, completamente extinguido entonces, con la reunión diaria de los caballeros más respetables, tanto nacionales como extranjeros; borrar prevenciones infundadas, creadas por el aislamiento y la desconfianza, uniformando en lo posible las opiniones políticas”.

No obstante, ciertos resquemores entre unitarios y federales hicieron que estos últimos poco después fundaran el Club de! Plata, cuyo primer presidente fue Bernardo de Irigoyen, pero que nunca pudo llegar a alcanzar el prestigio del Club del Progreso.

El carácter de clan porteño contra el resto del país que tuvo en sus comienzos e! Club se muestra en el hecho de que el gobernador de la provincia de Buenos Aires y sus ministros de Estado fueron considerados miembros honorarios, en tanto que Justo José de Urquiza tuvo que someterse a la votación de los demás socios para ser admitido.

En el discurso conmemorando los 50 años de su existencia, el 1° de mayo de 1902, el doctor Roque Sáenz Peña denunció este carácter porteñista del Club: “El Club del Progreso, señores, como factor político, complementario de la acción de Caseros, desconoció la amplitud de su misión y confundió la ruta clara de una política expansiva y esencialmente argentina; en otras palabras, fue exclusivista y fue porteño”.

El carácter restringido del Club lo muestra el hecho de que en 1857 el número de socios no pasaba los doscientos sesenta y cinco, y en 1896 no llegaba a mil cuatrocientos. En ese reducido número de socios se encontraba, no obstante, lo más granado de la oligarquía porteña: entre sus socios estaban Bartolomé Mitre, Julio A. Roca, Domingo F. Sarmiento, Marcos Avellaneda, Leandro Alem, Adolfo Alsina, José, Marcos y Carlos Paz, Carlos Pellegrini, Lucio V. Mansilia, Dalmacio Vélez Sárs-field, Victorino de la Plaza, Roque y Luis Sáenz Peña, Diego de Alvear, Nicolás, Tomás y Juan Anchorena, Otto Bemberg, Miguel Cañé, Vicente Casares, Emilio Castro, Nicolás Calvo, Mariano Drago, Rufino de Elizalde, Juan Agustín García, Tomás Guido, José Mármol, Pastor Obligado, Vicente Quesada, Miguel Riglos, Marcelino Ugarte, etcétera.

Cumplido o no su primer objetivo de fusionar a los dos partidos políticos, el Club sirvió en los años sucesivos como factor aglutinante de la oligarquía porteña. En sus salones exclusivos los distintos miembros de la clase alta se conocían entre sí, entremezclando sus intereses mediante relaciones amistosas o sentimentales.

El Club siguió por muchos años su carrera triunfal: de la modesta sede inicial de Perú 135 pasó en 1857 al edificio renacentista de la esquina de Perú y Victoria (hoy Hipólito Yrigoyen), que acaba de ser demolido. En 1900 el Club se encuentra en su apogeo; es entonces cuando inaugura su palacio de la avenida de Mayo 633. Su decadencia comienza con el auge del Jockey Club. Entonces el Club del Progreso debe abandonar su suntuoso palacio de la Avenida de Mayo para reducirse a un edificio más modesto, en Sarmiento 1300, donde sobrevive hasta la actualidad.

Lucio V. López, en La gran Aldea, nos ha dejado una descripción del Club del Progreso en su momento de mayor esplendor: “¿Quién no conoce el Club en una noche de baile? La entrada no es por cierto la entrada del palacio del Elíseo y la escalera no es una maravilla de arquitectura. Sin embargo, para el viejo porteño que no ha salido nunca de Buenos Aires, o para el joven provinciano que recién llega de su provincia, el Club es, o era en otro tiempo, algo como una mansión sonada cuya crónica está llena de prestigiosos romances y en el cual no es dado penetrar a todos los mortales. “Es en un baile del Club del Progreso donde pueden estudiarse por etapas treinta años de la vida social de Buenos Aires: allí han hecho sus primeras armas los que hoy son abuelos. La dorada juventud del año 52 fundó ese centro de buen tono, esencialmente criollo, que no ha tenido nunca ni la distinción aristocrática de un club inglés ni el chic de uno de los clubs de París.

Sin embargo, ser del Club del Progreso, aun allá por el año 70, era chic, como era cursi ser del Club del Plata, con perdón previo de sus socios. “La entrada era cosa ardua: no entraba cualquiera; era necesario ser crema batida de la mejor burguesía social y política para hollar las mullidas alfombras del gran salón o sentarse a jugar un partido de whist en el clásico salón de los retratos que ocupa al frente de la calle Victoria.

“En esta última sala, larga y fría como un zaguán, que ha sido .empapelada cien veces por lo menos de verde o celeste claro y que ha consumido cincuenta distintas partidas de tripe de lo de Iturriaga, ha nacido una generación de la cual van quedando muy pocos representantes. Allí ha mordido la maledicencia urbana a los jugadores trasnochadores, a los maridos calaveras, a la juventud disoluta y disipada, y cada mordisco de mamá indignada ha hecho los estragos de la viruela en el retrato moral de las víctimas…

El Club del Progreso ha sido la pepinera de muchos hombres públicos que han estudiado en sus salones el derecho constitucional; literatura fácil que se aprende sin libros, trasnochando sobre una mesa de ajedrez; y a mí, no sé por qué, se me ocurre que algunos de los retratos de los hombres de Mayo que presencian aquel grupo de pensadores hacen una mueca cada vez que un pollo acompaña un discurso sobre la libertad del sufragio con un golpe que asienta sobre el damero una reina jaqueada por la chusma de los peones sobrevivientes!”‘

Durante su período de apogeo el Club del Progreso fue el telón de fondo de los principales sucesos políticos. En sus salones se tramó la revolución de 1874. Allí se refugió el coche de Cambaceres y Victorino de la Plaza cuando se intentó el asesinato de Roca, en 1879. En sus puertas se mató, en el interior de un coche, el 1? de abril de 1896, Leandro Alem.

En un papel que se encontró entre sus ropas explicó la causa de haber elegido morir en plena calle frente al Club del Progreso: “Quiero que mi cuerpo sea recibido por manos amigas”. La mesa donde fue depositado el cadáver se conservó como una reliquia del Club.

Fuente Consultada: Los Oligarcas Juan J. Sabreli – La Historia Popular Tomo 15 – Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo

Historia de las Prisiones Bentham Carcel Panoptico Origen de la Prision

Historia de las Prisiones Bentham
Cárcel Panóptico

LA PRISIÓN MODERNA: La prisión surgió en un orden social nuevo en el que, a partir de las normas, se pretendía modelar los gestos, las conductas y las actitudes de los hombres.

Los países anglosajones encaraban una reforma carcelaria que, a poco, conmovería los sistemas carcelarios de todo el mundo. En materia arquitectónica, el inglés Jeremías Bentham ideaba el panóptico, un presidio que observado a vuelo de pájaro aparecía como la rueda de un carro: los rayos eran los pabellones carcelarios, y el centro de esa rueda el sitial que ocupaban las autoridades de la cárcel. Como es fácil imaginarse, de un vistazo abarcaban todo lo que pudiera ocurrir allí.

El la de la Durante el siglo XIX las sociedades europeas se replantearon uso del poder de castigar en la fábrica, en el taller, en la escuelas,  en el ejército o en los hospitales.

Entre 1830 y 1848, ciertas formas tradicionales de castigo fueron reemplazadas por otras.

• El cuerpo dejó de ser el blanco de la represión penal. El descuartizamiento, la amputación y las marcas en los cuerpos dejaron de practicarse.

• Se abandonó la exposición pública de los castigados. Hasta entonces era una práctica común exponer a los castigados vive o muertos en las plazas, a modo de espectáculo ejemplar.

• La privación del bien máximo de la sociedad burguesa libertad pasó a ser el principal castigo.

La sociedad burguesa creó un lugar cerrado para ejecutar la pena de los condenados -la prisión- en donde los condenados serían corregidos para reingresar dóciles y capacitados al seno de una sociedad productivista.

Entre 1830 y 1840, se elaboró un programa arquitectónico para la mayoría de los proyectos de prisiones europeas, siguiendo el modelo de Jeremy Bentham. Estas prisiones-máquinas imaginadas por Bentham constaban de un punto central -una torre de vigilancia- desde donde partían pabellones de celdas, como si fueran los rayos de un rueda que convergen sobre el eje central.

Con este diseño, un mirada permanente instalada en la torre de vigilancia a la que Bentham bautizó “panóptico“- podía controlar todo el funcionamiento del interior del edificio, tanto el movimiento de lo presos como el del personal.

La prisión generó un vínculo estrecho entre la policía y le presos liberados que no lograban insertarse en el mercado liberal. Una vez excarcelados, los antiguos presidiarios fueron utilizados para espiar y delatar a otros ex-condenados ligados al delito común o a actividades políticas (anarquistas, socialistas, liberales radicales), o para infiltrar grupos sindicales obreros. De ese modo se amplió un sistema de vigilancia social de los sectores populares y de los marginados del orden económico burgués.

Jeremy Bentham

Jeremy Bentham fue un pensador y publicista inglés de orientación liberal. Adhirió al utilitarismo, una corriente filosófica que sostenía que los individuos actúan movidos por la búsqueda de la felicidad. El mandato de una sociedad debía ser la búsqueda de la mayor felicidad para el mayor número de individuos. De este modo, Bentham y sus seguidores -que fueron muchos, tanto en Europa como en América- justificaban una mayor intervención del estado para garantizar “la mayor felicidad para el mayor número”.

Paralelamente en Filadelfia, la secta de los cuáqueros, allá por 1786, fundaba la Asociación para el alivio de las miserias en las cárceles públicas. El tono religioso de la reforma propiciada por los cuáqueros —el líder fue Guillermo Penn—, arrojó un saldo positivo: comenzó tímidamente a nacer la idea de privación de la libertad como pena en sí misma.

Por otra parte, la cárcel dejaba de entenderse como un depósito superseguro del que los delincuentes no pudieran huir. Se ampliaban sus funciones al adoptarse una nueva noción: la de convertirla en un instituto —casi terapéutico— que readaptara al preso para reintegrarlo a la sociedad.

Conceptualizado el delito como “pecado” en la Filadelfia de ese entonces, no extrañó que a los presos se aplicara la misma “terapia” a la que se sometían los monjes cuáqueros después de pecar: la celda, lugar donde se mantenía silencio absoluto para expiar la culpa y quedar en paz con la conciencia. A este sistema aplicado a los penados se lo denominó celular o filadélfico.

Pero como los presos no eran monjes y sometidos al rigor de la soledad y el silencio —lejos de “expiar” la falta— muchos enloquecieron, en 1779 en la ciudad de Nueva York y en 1818 en la de Auburn, en los Esta-dos Unidos, se intentó un nuevo régimen cuyo nombre devenía de esta última ciudad: el auburniano.

Elam Lynds, su inventor, redujo el sistema celular para el descanso nocturno y, durante el día —como cura complementaria readaptativa—, aplicó a todos los presos el trabajo en común. Esa reforma no lo movió a modificar la regla de silencio absoluto que siguió manteniéndose día y noche. Poco después en Inglaterra Alexander Maconochie y en Irlanda Walter Crofton, perfeccionaban el primitivo intento introduciéndole importantes modificaciones.

Maconochie en 1845 sostenía que la readaptación del preso requería tres etapas: una de reclusión celular, otra de reclusión celular nocturna y trabajo en silencio diurno (como vemos combinaba los sistemas anteriores) y una tercera etapa para él, consistía en la libertad condicional. Crofton a su vez, a los pasos recomendados por Maconochie, añadía un cuarto, que era intermedio: entre la reclusión celular nocturna combinada con el trabajo diurno en silencio y la libertad condicional, él recomendaba que el preso viviera una etapa en cárceles sin muros ni cerrojos. Todos, estos ensayos variaron fundamentalmente la idea, de cárcel.

Del trabajo emprendido por el preso con fines terapéuticos (muy diferente al que se programaba en las Provincias Unidas del Río de la Plata donde, como en el resto del mundo hasta ese entonces, al Estado no le interesaba (a salud del preso sino los beneficios que aportaba su mano de obra), devino el peculio, una retribución que el encarcelado recibía para atender sus necesidades.

Por otra parte, se hizo obligatoria la enseñanza de manualidades, oficios y actividades varias en las prisiones. Además, se entendió como saludable la enseñanza de tipo religioso para el penado y comenzó a favorecerse el ingreso de sacerdotes a las cárceles. Básicamente, la mayor parte de estos conceptos readaptativos —apuntalados por las ciencias modernas como psicología, sociología, biología, etcétera, y desprendidos de las connotaciones religiosas de “expiación de la falta”—, predominan en los establecimientos actuales.

Ver: Métodos de Tortura en la Antiguedad

Ver: Derecho Penal – Agravantes y Atenuantes

Fuente Consultada:
Cáceles  Historia Popular  Tomo 19  Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo
Historia 3 – El Mundo Contemporáneo –

El Pibe Cabeza Biografia Historia de Delicuentes Argentinos

 

Al principio lo perdió una mujer. Rogelio Gordillo había nacido en Colón, provincia de Buenos Aires, el 9 de junio de 1910. Fue uno de los siete hijos de un matrimonio de chacareros. Cuando su padre murió, su mamá —Gregoria Laparda— dejó el campo y se instaló en General Pico, La Pampa. Rogelio le tomó el gustito a la puerta de calle.

“Anda en malas juntas”, se quejaban sus hermanas. A los 18 se enamoró de una chica de 15. Como la madre de ella se oponía a la relación, la fue a ver y le pegó dos balazos. No la mató de casualidad. Fue así: al principio lo perdió una mujer.

Estuvo preso dos años en Rosario y durante la misma semana en que salió asaltó un comercio en un pueblo rural. Ya andaba con Antonio “El Vivo” Caprioli y con Florián “El Nene” Martínez. Ya no era Rogelio, sino “el Pibe Cabeza”.

Después de algunos golpes famosos a comienzos de la década del 30 se compran dos coches nuevos y agrandan la banda a cinco miembros. Enseguida ganan celebridad por dos características únicas para la época. Uno: dan un golpe tras otro en cualquier pueblito de Buenos Aires, Córdoba o Santa Fe. Así cambian de jurisdicción y enloquecen a los policías que los siguen. Dos: llevan armamento abundante y pesado: ametralladoras, pistolas y fusiles Winchester.

Los diarios alimentan el mito: “La banda del Pibe Cabeza roba en Buenos Aires y Santa Fe”, titula Crítica en 1935.

En enero del 37 asesinan a un policía en Córdoba y ya son la banda más buscada del país. Sus cómplices aconsejan “guardarse” por un tiempo, pero el Pibe Cabeza quiere ir a la Capital. “¿Para qué? ¿Estás loco? Ahí está toda la poli”, se enojan los demás miembros de la banda. El insiste. Sólo su amigo Caprioli sabe la verdadera razón. El Pibe Cabeza quiere ver a María, una novia que vivía en Mataderos.

Llegaron para carnaval. Un “soplón” le había pasado el dato a la Federal y cuatro agentes de Robos y Hurtos empezaron a vigilar la casa. Un martes, El Pibe y Caprioli salen a dar una vuelta. María se queda. A la hora en que se va la tarde caminan entre el corso. Los policías los siguen en un auto, despacio, entre la gente.

El Pibe Cabeza pasa detrás de un árbol, saca dos pistolas y empieza a disparar contra el coche policial. Caprioli escapa. El Pibe tira con las dos manos hasta que cae muerto, acribillado por la Policía. Tenía 27 años. Al final, lo perdió una mujer.

Héctor Gambini
Diario Clarín

DESDE ITALIA UN COLABORADOR LLAMADO Roberto Rivera NOS ENVIO OTROS DATOS DE LAS ANDANZAS DE ESTE SINGULAR PISTOLERO

Rogelio Gordillo, más conocido como el “Pibe Cabeza” nació en 1910 en la
ciudad de Colón (Bs. As.) y era de profesión peluquero. Pero su fama se
debió a los cuantiosos y espectaculares asaltos que junto a su banda realizó
en la década del ’30 en ciudades y pueblos de las provincias de Santa Fe,
Buenos Aires y Córdoba, en la zona que actualmente se denomina “el Triángulo
de las Bermudas”. Junto a él solían actuar, entre otros, los también famosos
Antonio Caprioli y los hermanos Alfredo y Daniel Ritondale, estos últimos
afincados junto al resto de su familia en Santa Isabel.
En el verano de 1936 la banda del Pibe Cabeza imperaba sin inconvenientes, y
su raid delictivo también incluyó esta localidad.
La señora “Mary” Arona de Lombardi, testigo del hecho, nos dice: El 13 de
enero asaltaron la tienda de Dana Hermanos, que estaba en la esquina de
Santa Fe y San Martín y que atendía “Nisín” Alianack. Yo tenía 10 años y a
las tres y media de la tarde fuí a llevarle unas cosas que mi mamá le
mandaba. La tienda a esa hora estaba cerrada pero me abrió una puerta del
costado, sobre calle Santa Fe. Cuando entré, detrás mío lo hicieron el Pibe
Cabeza, Caprioli y uno de los Ritondale. Pusieron una ametralladora arriba
del mostrador y lo saltaron para dedicarse a desvalijar la caja. A mi,
mientras sacaban el dinero, me sostenía Ritondale y me decía: “no te asustes
nena que no es nada”. A Nisín le querían sacar el anillo y lo amenazaban con
cortarle el dedo mientras que a Obdulio Rivero, que era empleado, lo
llevaron hasta el fondo apuntándole con un revólver de cada lado para que
les entregara más plata. También le bajaron las piezas de tela de las
estanterías porque pensaban que tenía plata escondida, pero al dinero lo
habían depositado a la mañana en el Banco Nación de Villa Cañás. Después
llevaron a Nisín detrás de un tabique , donde había unos neumáticos, y le
pusieron el revólver en el pecho. Ahí empecé a desesperarme porque
amenazaban con matarlo. Pero como no encontraron más plata se fueron. Se
llevaron unos 360 pesos de aquella época y unas libras esterlinas.
El Pibe Cabeza murió el 9 de febrero de 1937 al resistirse a la policía que
lo había cercado en Mataderos, Buenos Aires.
Además de este relato se puede agregar una crónica que tal vez pertenezca
más al ámbito de las leyendas locales que al de la realidad. Es sobre un
túnel que conectaba el sótano de un boliche, ubicado en la esquina de
Francia y Brasil, con un aljibe de una casa vecina. Se decía que era
utilizado por estos ampones para escapar de una posible llegada de la
policía. Hay algo de cierto: hasta mediados de la década del ’70 el pozo
rectangular del sótano aún estaba, y de una de sus paredes partía un
estrecho túnel con dirección a una casa vecina.

EL BICENTENARIO PERÍODO 1930-1949 FASC. N°7
NOTA DE FERNANDO CASULLO Historiador
CAYÓ EL PIBE CABEZA

El carnaval de este año trajo un deceso que sacudió las noticias policiales del país entero: fue abatido Rogelio Gordillo, mejor conocido como “el Pibe Cabeza”. Era el líder de una de las bandas de asaltantes más prolíficas del país y fue repetidas veces considerado el enemigo público número uno de la sociedad.

Cuando sus ataques en varias provincias recrudecían como nunca, fue interceptado por agentes policiales en las inmediaciones del barrio porteño de Mataderos. Según testigos, se encontraba viajando en colectivo con un cómplice cuando una comisión policial que circulaba con su vehículo por calle Alberdi los avistó y comenzó a seguir. Advertidos, los malvivientes se arrojaron a la calzada y comenzaron el escape. Pero el Pibe Cabeza no pudo eludir a sus persecutores y con su esbirro comenzaron un intenso tiroteo. En breves instantes 51 fogonazos tronaron, hiriendo uno de ellos de muerte a Gordillo que, sin embargo, siguió disparando unos segundos más, como muestra final de su fiereza.

El cómplice que lo acompañaba escapó en audaz maniobra, secuestrando a punta de pistola un colectivo. Como tenía ensangrentada una pierna, obligó a un pasajero a darle su pantalón para ocultar la mancha carmesí que le brotaba, y luego de unas cuadras bajó, perdiéndose entre la gente.

Gordillo había comenzado sus días en la provincia de Buenos Aires, para luego vivir en La Pampa. Allí, muy joven, tuvo su primer e impactante encuentro con el delito: al tener prohibido el contacto con una novia menor que él, en venganza baleó a su madre. Tras una estadía en la cárcel, trabajó durante un tiempo de peluquero sin que ello implicara abandonar sus sueños delictivos. Incluso en esos tiempos fue sindicado como un poblador estable de la “mala vida”. Así, carterista, jugador tramposo y otras fueron sus supuestas ocupaciones en el bajo mundo hasta consolidar una carrera más firme.

Paulatinamente crecería tanto su reputación que al momento de su muerte ya era el jefe de la banda más buscada de la Argentina, criminales muy temidos desde comienzos de esta década al haber sofisticado su accionar con la incorporación de coches nuevos y armamento abundante y pesado nunca antes visto; maleantes que no dudaron en establecer microscópicos vasos comunicantes en las provincias de Buenos Aires, Córdoba o Santa Fe, cambiando de jurisdicción y enloqueciendo a los policías que los seguían. Creadores en la zona donde actuaban de un verdadero Triángulo de las Bermudas. Sin embargo, es más que probable que la muerte de Gordillo implique el ocaso de aquella asociación ilícita.

Caracteristicas de la Delincuencia Juvenil Causas Drogas Ley Calle

CONCEPTO DE DELINCUENCIA:

Conjunto de delitos entendido en términos generales y en relación directa con la sociedad en la que se manifiestan. En las últimas décadas, se ha registrado a nivel mundial un alarmante incremento de las actividades delictivas en los grandes núcleos urbanos, con proliferación de grupos organizados que, mediante la violencia y la agresión’ física, han creado un clima de inestabilidad ciudadana: la actuación de estas bandas marginales se ha centrado en los asaltos domiciliarios, atracos a entidades bancarias y ataques con violencia sexual.

En este sentido, las cotas más altas de participación delictiva las ostenta la población juvenil; este tipo de delincuencia en el que participan jóvenes de 16 a 21 años constituye uno de los principales problemas con los que se enfrentan las naciones industrializadas y es consecuencia, entre otras cosas, de la superpoblación, el desempleo, la desvinculación de los valores tradicionales, y la carencia de espectativas, y se presenta como una respuesta a problemas de adaptación social.

El consumismo crea necesidades artificiales que la juventud no puede satisfacer y, como consecuencia, surgen desviaciones de la conducta social homogénea que inciden negativamente en la cohesión del sistema. Uno de los aspectos en los que se particulariza dicha situación es en la drogadicción, que en la actualidad está configurada como uno de los delitos más alarmantes dentro de la delincuencia juvenil. El índice de drogadictos, cada vez más jóvenes, y de politoxicómanos ha aumentado considerablemente en las últimas décadas.

La drogadicción constituye a su vez fuente generadora de otros delitos comunes, la mayoría de las veces robos y homicidios encaminados a obtener las grandes sumas de dinero que cuestan ciertos estupefacientes. El panorama de la delincuencia juvenil es objeto, hoy en día, de la atención de los medios de comunicación social y de la cultura. (Fuente Consultada: Actualizador Basico de Conocimientos Universales Tomo 1 – Editorial Océano)

Radiografía de una patota:

Los amantes de las estadísticas han descubierto también una tendencia sostenida hacia el crecimiento concreto de la delincuencia juvenil grupal, en detrimento de la individual.

Características de la delincuencia juvenil:
A—Predominaría, en efecto, la delincuencia en banda frente a la delincuencia ejercitada individualmente.
B—Las bandas están integradas por un número de personas que van de tres a ocho miembros.
C—Las bandas integradas por mayores y menores conjuntamente excedencias integradas exclusivamente por menores.
D—Son predominantemente constituidas por varones y en un número mínimo de casos por mujeres, conjuntamente.
E—Predominan los hechos de delincuencia violenta, especialmente robo, y con armas de fuego.
F—La Capital Federal y luego la provincia de Buenos Aires constituyen las áreas de más alto índice.
G—Los menores que integran las bandas vienen de sectores socioeconómicos desfavorecidos y con hogares desquiciados.
H—Comienzan a advertirse los primeros indicios de una creciente delincuencia de las clases media y alta.

patotas delictivas

Para Teodoro Newcomb, “una gran proporción de los robos los llevan a cabo muchachos que son miembros de pandillas de algún tipo. Está bien establecido ahora que tales muchachos, en general, no son más anormales, sociológicamente, que otros muchachos. En ciertos grupos las normas indican robar, tal como en otros grupos llevan a tomar té, o a rezar, o a jugar a los dados. No son los muchachos sino las normas las que son anormales desde el punto de vista de la sociedad. No es accidental —escribe Newcomb—, que tales pandillas sean características de las zonas pobres de la ciudad.

Los muchachos que viven en esas zonas se hallan sujetos a privaciones, y la pertenencia a las pandillas les proporciona ciertas compensaciones, ciertos sustitutos que la sociedad falla en dar. Las pandillas representan el esfuerzo de los muchachos por crear una sociedad para ellos mismoSj donde no existe nada adecuado para sus necesidades. En tales condiciones, el pertenecer a una pandilla de delincuentes se torna deseable para el muchacho medio de los barrios pobres. Los roles establecidos para tal pertenencia traen muchas satisfacciones.

Los muchachos más jóvenes se hallan motivados para entrar a tales pandillas porque observan las satisfacciones que los muchachos más grandes hallan al adoptar tales roles. La conducta delictiva es así parte de un rol que es atractivo bajo ciertas condiciones sociales”.

Las leyes de la calle
Finalmente, para la doctora Pascual, “el fenómeno de la patota es un fenómeno natural que se dio en todas las épocas. Lo que hay ahora es una gran agresividad en toda la sociedad y el chico se ve impulsado a integrar un equipo que lo proteja precisamente de esa agresividad. Antes, por ejemplo, los “patoteros” iban juntos a bailar, rompían un foquito y tocaban los timbres. Hoy, la incidencia de la droga y la degradación social los empuja a cometer hechos vandálicos”.

Un largo aunque muy rápido camino han transitado estos menores antes de ingresar de lleno en la ilegalidad. Las llamadas “instituciones básicas” le han vuelto la espalda y los irá empujando al precipicio del delito y a la sordidez de los reformatorios. La familia ya los ha expulsado con su indiferencia y sus degradaciones cotidianas. La escuela se ha desecho de ellos, incomprendiendo su realidad y marginándolos del resto. La sociedad, finalmente, les ha negado toda posibilidad de trabajo digno y los ha obligado “a dar el mal paso”.

Esos menores desamparados se ven entonces impulsados casi naturalmente a refugiarse en el interior de un grupo, donde compartir los sinsabores de la vida con marginales de la misma estatura y donde sustituir los roles familiares perdidos por un nuevo orden que les garantice cierta estabilidad afectiva. En el seno de estas patotas, el líder asume una paternidad que muchos de esos menores no han tenido y ofrece, por lo tanto, un referente para esa personalidad que aún no se ha desarrollado.

Los nuevos “patoteros” aprenden allí las nuevas reglas, consistentes en ser valientes y solidarios con el grupo, rechazando de plano las normas que rigen el mundo adulto. Aprende un nuevo sistema de comunicación, una nueva organización y un nuevo escalonamiento de jerarquías. Aceptan un apodo, por más despectivo que sea, y buscan en la “pandilla” todas las respuestas de la vida. Nacen, en suma, a una subcultura de rígidos códigos, donde cunden el machismo, la violencia gratuita y la ética de la calle. Las propias normas del grupo determinaran el tipo de modalidad delictiva que cada menor adopte para su subistencia.

El “iniciado” se convertirá así en un punguista, en un arrebatador, en un escruchante, en un asaltante a mano armada, en un alcohólico o en un drogadicto, según las pautas elaboradas por cada grupo y no de acuerdo, como piensan ciertos sectores, a condicionamientos psicofísicos ni apetencias personales. Si cada niño es el fiel reflejo de su familia, cada menor infractor es la viva imagen del grupo callejero que ha integrado.

Cuando, por diferentes circunstancias, la patota se deshace, sus miembros se ven obligados a integrar inmediatamente otra. Esa necesidad de agruparse los perseguirá a través de toda su historia y mientras no se aparte de la delincuencia, lo que denota una falta de madurez primaria y el padecimiento continuo de lo que se ha dado en llamar “la soledad del marginado”.

El delincuente juvenil será confinado a un reformatorio, donde se adaptará a un nuevo grupo. Se juntará luego en la calle con otros menores y dará un “golpe”. Integrará una “ranchada” en su paso por la cárcel de mayores. Formará una
asociación ilícita al salir de la “sombra” y volverá, si sigue aún con vida, a refugiarse bajo las alas de un “cacique” de pabellón, quien nuevamente tratará de ordenarle la vida en cautiverio.

Sobrevivirá oscuramente en aguantaderos, codo a codo con “buenos muchachos que se ganan el puchero chorreando”. Y, ya convertido en un “delincuente de frondoso prontuario”, encontrará paradójicamente la muerte en la peor y más temida de las soledades.

Desmembración de una pandilla
Estas “asociaciones de la intemperie”, como alguien las denominó, viven su apogeo y entran inevitablemente en crisis. La dispersión se puede dar a raíz de que algunos de sus miembros sean recluidos durante mucho tiempo en algún instituto correccional para menores, o que diferentes situaciones lleven a la mayoría de sus integrantes a ingresar en el mundo del trabajo y a la formación de una familia.

Quien continúa fiel de alguna manera al mundo del delito, se integrará a otros grupos por cuestiones “profesionales” y cambiará de entorno según las circunstancias. Suele ocurrir que, cuando va a parar a los pabellones de alguna penitenciaría de mayores, este delincuente ya avezado se reencuentre con algún miembro de aquellos grupos que fue dejando en el camino.

¿Por que aumenta la delincuencia?: Jorge Goldman, secretario de la Asociación Argentina de Psiquiatría y Psicología de la Infancia y de la Adolescencia opina:  “El agravamiento de la situación adolescente deriva del profundo cambio que tuvo la sociedad argentina. Me refiero a cambios socioculturales. Antes existía el barrio, donde la vida era totalmente distinta. Uno tenía el club, las sociedades de fomento, los amigos, tenía casi sin darse cuenta una infraestructura montada. Luego ocurrió que la mujer tuvo que salir a trabajar y la relación materno-filial cambió entonces rotundamente. Porque cuando ella quedaba al cuidado de sus hijos, creo que se formaba una especie de “pool” de madres que se hacía cargo de los chicos de barrio. Uno salía y veía a doña María, que lo conocía, o siempre en la plaza había una doña Ñata en el costado, o iba a la panadería y lo atendía doña Marta, amiga de toda la vida de toda la familia. Y había como una especie de seguridad, fundamentalmente, porque las madres podían estar con sus hijos, cuidarlos, y tenían la energía suficiente para hacerlo. En este momento, ¿cuánto más se le puede pedir a una madre que trabaja? Además del trabajo, tiene que atender la casa, ayudar a los chicos en la escuela y prepararse para otro día agobiante.

En estas circunstancias, los hijos se van criando con muchos accidentes afectivos. Y esto no es un problema de clases. El cambio en la inserción de la mujer no obedece sólo a cuestiones económicas. Quizás ese cambio fue positivo para la mujer, pero creo que no se contempló el hecho adecuadamente, y entonces las resultantes son todos estos grupos antisociales que empiezan a aparecer ahora, como las patotas. El adolescente se incorpora a un grupo de “pares” donde siente cierto respaldo.

Subcultura del delincuente juvenil
En el seno de esos grupos callejeros, suelen formarse subculturas. Saucedo desglosó las características generales de estas sub-culturas en un extenso trabajo presentado por la Universidad Kennedy:

1. Culto al machismo: Sinónimo de malo; es forma de probarse; reacción por la falta de hombre en el hogar; haber aprendido que en la calle se hace hombre; arrojado fuera de la casa, a una edad temprana, por la falta de control. Desprecio por la mujer, a la que ven como destinada a servirlos; relegada a tareas secundarias.

2. Culto a la violencia gratuita: Identificación con la brutalidad física.

3. Rivalidad con el mundo adulto: La sociedad los rechaza y ellos buscan pertenecer a ella, mienten y se mienten para llegar a ser lo que quieren.

4. Invención de un código de vida: Calma provisionalmente el vacío de la inadaptación social.

5. Los agrupamientos revisten la forma de pandilla o patotas: Lo principal es el vagabundeo por calles, lugares de juego, medios de transporte. Los hay de sectores humildes (arrebatadores, punguistas y descuidistas) y acomodados.

El grupo ofrece:
1. Una forma de vida.
2. Una definición de la situación, diferente a la de la sociedad.
3. Status: Puede ser alguien.
4. Motivación para sentirse adulto.
5. Estabilidad como respuesta a desajustes familiares (familia y comunidad actúan como centros de expulsión).
6. Modelos de rol, en especial el líder.
7. Recompensas: Las solas relaciones personales son, de por sí, suficiente premio y estímulo.
8. Autonomía para desafiar al mundo.
9. Ligazón afectiva.
10. Posibilidad de aprendizaje, aunque sea en la conducta divergente. Aquí compite con armas propias, que puede manejar y no como en la escuela, donde debe competir en un campo que le es desconocido y con armas que no sabe utilizar.
11. Racionalización grupal: El grupo le ofrece todas las respuestas.
12. Un sistema de comunicación: A través de un lenguaje propio.
13. Una reproducción de la sociedad: Donde rige la competencia, se asciende y desciende rápidamente; puede estar tan organizada o más que la sociedad; cuanto más desorganizada está la sociedad, más organizado está el grupo.
14. Autoridad y jerarquía: Se las respeta; los apodos reproducen el mundo animal; hay liderazgo: el jefe manda e impone su prestigio; hay intentos para parecerse al jefe, sin tener en cuenta la capacidad necesaria; pero la perspectiva de ser jefe es suficiente estímulo. El liderazgo se prueba todos los días; basta una falla, para que el jefe descienda y una hazaña para que el subalterno ascienda.
15. Hay pactos de fidelidad y sangre: El compromiso vale más que en la sociedad. La búsqueda de la admiración y el respeto se convierte en preocupación de vida (…).
16. Importan las actividades del grupo: Se quiere ser uno más y querer ser del grupo se convierte en esfuerzo profesional. Para cultivar el machismo, se debe fingir que se es como los demás; finge que puede fingir.
17. La alienación del grupo importa más que la familia: precisamente porque el grupo es su grupo de referencia y pertenencia y le brinda la posibilidad de ser alguien.
18. En el grupo se carece de vida propia: Se abandona la reflexión. Se acepta todo lo que viene del grupo, inclusive un mote despectivo; identificarse con él, es forma de integrar el grupo; el serle otorgado significa aceptación grupal.
19. Organización: Subcultura no es sinónimo de desorganización; algunas revelan una superorganización, cuya consecuencia es el adiestramiento coactivo en el comportamiento divergente.

Los jóvenes drogadictos
El propio Enrique De Vedia, secretario del Menor y la Familia, ha admitido que el consumo de drogas entre grupos juveniles está alcanzando por primera vez en la historia del país y en determinadas áreas, “índices preocupantes”. Al margen de explicaciones simplistas y frases apocalípticas sobre el “libertinaje democrático” y “las garras del narcotráfico internacional”, la sociedad parece negarse a buscar una respuesta veraz y objetiva sobre el significado y la ascendencia que tiene la droga entre los jóvenes de hoy.

El psicólogo Jorge Goldman, ensaya al respecto una hipótesis inquietante: “La droga es una especie de pecho: un adolescente se puede prender a la droga como un chiquitín se prende al seno materno. La falta de seno materno —en el sentido de la situación de ‘maternaje’ que lo rodea—, puede devenir en esa situación de salida a todo tipo de adicciones, particularmente en la adolescencia, donde los chicos son profundamente actuadores.”

Según Graciela Saucedo, “la droga es vivida por el adolescente como instrumento de liberación; hay drogas para negar la realidad (narcóticos); para distorsionarla (LSD, marihuana); para desafiarla (alcohol, anfetaminas). La drogadicción representa la agresividad contra los jóvenes mismos. El componente suicida de la drogadicción puede simbolizar el suicidio general de la sociedad”.

El consumo de estupefacientes liga, de alguna manera, al adicto con el siniestro mundo del traficante. La propia desesperación y el abandono general, terminan obligando al joven drogadicto a robar para comprar más droga o a agredir para aliviar tensiones.

Actualmente, la población de adictos en nuestro país sobrepasa las 80.000 personas. La edad promedio de mayor consumo se ha fijado en los 17 años, se calcula que el 80 % de los consumidores son menores de edad v que el 20 % de los estudiantes secundarios del país ha probado droga alguna vez. Pero, el problema parece estar, ciertamente, mucho más allá de estos datos oficiales. Un chico drogado es, de algún modo, “un chico abandonado que quiere evadirse de la realidad”.

Un chico pidiendo a gritos sordos que alguien cambie esa cruel, esa desoladora e injusta realidad. “Es por eso que el éxito del control del narcotráfico y de la fármaco-dependencia están condicionados por las posibilidades de dar ocasiones de trabajo a nuestros jóvenes, seguridad a las familias y fortalecimiento a los programas sociales de participación y solidaridad” (Julio Bello, subsecretario de Desarrollo Humano y Familia).

Fuente Consultada: Yo Fui Testigo J.C. Cernadas – Ricardo Halac  – Tomo 14

Fin del gobierno rosista Batalla de Casero Exilio de Manuel de Rosas

La Batalla de Caseros
El progreso de la ganadería encontraba un obstáculo en el estancamiento técnico en que la mantenía el saladerorosista. Se hacía necesario realizar un cambio en los modos de producción —introducción de razas finas, alambrado, selección zootécnica—, con las miras puestas en el ‘mercado europeo.

Estas reformas se imponían primeramente en el mercado lanar, contraponiendo los intereses de estos ganaderos más progresistas, por necesidad de su propia producción, a la oligarquía vacuna, quien, ligada a la industria del tasajo, seguía empeñada en mantener la estructura atrasada que había determinado el tasajo.

Pero la industria del tasajo perdía fuerza a medida que la esclavitud desaparecía de América, en tanto que la demanda de lana iba en creciente aumento como consecuencia de la expansión de la industria textil en Inglaterra.

Del mismo modo que el tasajo había desplazando al cuero, ahora la lana desplazaba al tasajo. La industrialización ganadera introducía en el seno del régimen monolítico rosista un elemento de contradicción que le impedía fijarse. Esta modificación de los modos de producción no podía dejar del tener repercusiones políticas y social les.

Caseros sería el resultado de la coincidencia de intereses entre el ala progresista de la ganadería bonaerense y los ganaderos del litoral. La oligarquía bonaerense estaba dispuesta a entrar en la nueva onda europea, pero Rosas no estaba preparado mentalmente “para seguir la nueva corriente. El hombre que había sido la expresión de un determinado momento económico del país, no podía adaptarse a la nueva situación] cuando la situación expresada por él era superada por los hechos.

Por otra parte, la dictadura empezaba a resultar un gasto superfluo, había sido necesaria para afianzar a la oligarquía en el poder, pero ahora podía solo en la vitalidad inherente a la pujante fuerza económica de la ganadería. La refinada oligarquía porteña empezó a ver con desagrado los métodos brutales de Rosas porque la violencia, aunque se producía en el propio interés de la oligarquía, no podía dejar de mancharle la ropa y arrojarla a veces a situaciones ridículas y humillantes que terminaron por irritarla.

Ya Anchorena exclamaba: “Ha entrado en un camino (Rosas) en el que yo no debo seguirlo ni puedo contrariarlo”. Rosas había creado una situación en la que sus amigos podían seguir gobernando sin necesidad de él. El rosismo había agotado su función histórica. Perdido el apoyo de la oligarquía que lo había levantado, ni siquiera intentó defenderse, y dejó el poder en las mismas manos de quienes lo había recibido. No es difícil imaginar cuál sería la actitud de los más notorios rosistas, pertenecientes a la oligarquía bonaerense, con respecto al vencedor de Caseros.

Al día siguiente, Nicolás Anchorena, Perrero, Vélez Sársfield y otros miembros representativos de la “clase decente” de Buenos Aires acudieron a Palermo a abrazar a Urquiza. Alberdi cuenta:“Le oí decir a Rosas que Anchorena, al acercarse Urquiza a Buenos Aires, le dijo que si triunfaba Urquiza «no le quedaba más remedio que agarrarse a los faldones de Urquiza y correr su suerte aunque fuese al infierno» y que en seguida lo abandonó”.

Es característico de la oligarquía argentina no ser fiel a sus amistades políticas, sino tan solo a sus intereses económicos más inmediatos. Rosas había servido de chivo expiatorio, y cargó con la culpa de toda la tribu. Cuanto más comprometida estaba con el rosismo, más visiblemente antirrosista sería la oligarquía después de Caseros.

Para que los Anchorena, los Torres, los Terrero, pudieran seguir en el poder era preciso que Rosas no volviera nunca: “el tirano emigró sin la tiranía“, como diría Alberdi.

Fuente Consultada: Los Oligarcas Juan J. Sabreli – La Historia Popular Tomo 15 – Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo

Los primeros saladeros Politica economica de Rosas Expotacion tasajo

El auge del saladero
La consecuencia del comercio libre fue el desplazamiento de los comerciantes criollos por los ingleses. Aquellos optaron por retirarse luego de un intento de lucha a través del Consulado, y cambiaron las actividades comerciales por las ganaderas, integrándose dé ese modo a la división del trabajo mundial propugnada por Inglaterra. El saladero traerá el auge de la producción agropecuaria a partir de 1815, año en que Rosas abre su primer saladero, Las Higueritas, en Quilmes.

Primeros Saladeros

Primeros Saladeros

El saladero rosista no tendrá un carácter feudal como se lo asigna José Ingenieros —La evolución de las ideas políticas en la Argentina—, sino que constituye una etapa en el desarrollo del capitalismo argentino. Pero al mismo tiempo, y eso lo escamotean los resistas, marca el carácter dependiente, atrasado, semicolonial del capitalismo argentino! desde sus orígenes.

Con Rosas quedó establecido el sistema económico que convertiría al país en exportador de materias primas e importador de productos manufacturados, procedentes principalmente de Inglaterra, con la consiguiente dependencia que! estas relaciones implicarán, sobre todo a partir de la aparición del imperialismo, en las últimas décadas del siglo. La impotencia de la burguesía comercial para transformarse en una burguesía industrial provocó su sustitución política por la burguesía ganadera, la única clase productora, aunque de una producción subordinada al exterior.

El programa de una economía nacional, esbozado por Moreno e intentado vanamente por el grupo rivadaviano en su última época, será reemplazado en el grupo rosista por una economía estrechamente localista; los intereses del país serán desde entonces los intereses de la provincia de Buenos Aires, y los intereses de la provincia de Buenos Aires los intereses de la clase ganadera bonaerense. La rápida riqueza que trajo el desarrollo de la ganadería provocó el total desinterés de la oligarquía porteña por fomentar un desarrollo industrial, lo que, por otra parte, la hubiera malquistado con su principal consumidor de cuero, Inglaterra.

Esta grave deformación de la economía nacional, iniciada por Rosas y los estancieros saladeristas entre los años 20 y 30, se prolongará casi hasta la tercera década del siglo siguiente. Algunos resistas —José María Rosa en Defensa y pérdida de nuestra independencia ‘económica— alegarán que la apertura de los saladeristas hacia el mercado esclavista americano —Estados Unidos, Brasil, las Antillas— permitía a los ganaderos prescindir del mercado inglés y realizar, de ese modo, una política independiente. Tal enfrentamiento en realidad no existió. Los ingleses seguían siendo consumidores de los productos ganaderos al margen del tasajo y, por otra parte, el proceso de comercialización externo seguía en sus manos.

El total desinterés de la oligarquía ganadera bonaerense por el desarrollo de una industria nacional se mostró en la defensa del librecambio que hizo en 1830 el delegado de Rosas, José María Roxas y Patrón, él también un gran estanciero, frente a la posición proteccionista del gobernador de Corrientes, Ferré.

En tal ocasión, Roxas y Patrón, haciéndose portavoz de la oligarquía ganadera bonaerense, sostuvo que la ganadería era la industria madre del país y que no era justo que el consumo nacional pagara precios elevados por un producto industrial mediante una política proteccionista. Esta tesis sería repetida en diversas épocas por los representantes de la oligarquía ganadera para oponerse a todos los intentos de industrialización del país. Le cupo a Rosas el triste honor de ser el precursor de esta doctrina antinacional.

Los rosistas, que no pueden ocultar esta posición de Rosas, hacen una artificiosa división entré el primer gobierno de Rosas, en el que éste todavía estaría representando los intereses locales, y el segundo gobierno, donde, según ellos, expresaría los intereses nacionales a través de la ley de Aduana de 1835.

En realidad, esta ley, limitadamente proteccionista, solo estuvo en vigencia seis años; fue levantada en diciembre de 1841, después del bloqueo francés. Había sido impuesta, en contra de la voluntad del grupo rosista, por la enorme presión de las provincias y de los pequeños industriales y artesanos de Buenos Aires.

PRIMEROS SALADEROS DE ARGENTINA: El primer establecimiento saladero de Buenos Aires fue creado en 1810 por los ingleses Roberto Staples y Juan Me Neile. En 1812, trabajaban en él cerca de sesenta hombres. En 1815, la sociedad formada por Juan Manuel de Rosas, Juan Terrero y Luis Dorrego estableció en Quilmes (provincia de Buenos Aires) el famoso saladero Las Higueritas. Posteriormente se instalaron otros en las orillas del Riachuelo. La actividad de los saladeros permitió el aprovechamiento integral del vacuno y la producción de carne para la exportación, y contribuyó a valorar la ganadería. El tasajo se exportaba a Cuba y Brasil para el consumo de los esclavos.

En 1821, la eliminación de los derechos de exportación de la carne salada transportada en buques nacionales favoreció ampliamente al sector que controlaba la actividad. A fines de 1820 había más de veinte saladeros en Buenos Aires.

Los saladeros emplearon trabajadores asalariados que tenían a su cargo una etapa de la producción. Luego de enlazar y matar a los animales elegidos, se les sacaba el cuero y se trozaba su carne en tiras. Éstas se apilaban con abundante sal entre capa y capa. Cada diez días se asoleaba la carne y se la apilaba nuevamente. Al cabo de cuarenta o cincuenta días el producto estaba listo.

Fuente Consultada:
Los Oligarcas Juan J. Sabreli – La Historia Popular Tomo 15 – Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo
Historia Argentina de Luchilo-Romano-Paz
Historia 3 Historia de una Nación Miretzky y Otros

Rivadavia y la oligarquia Formacion de la clase oligarca porteña

La oligarquía se hace federal: En tanto Rivadavia representaba los intereses locales de la provincias de Bs.As., la oligarquía porteña fue unitaria. Cuando con el Congreso Constituyente de 1826 Rivadavia decide la organización nacional, la división de la provincia de Buenos Aires y la capitalización de la ciudad de Buenos Aires, la oligarquía bonaerense se hace furiosamente antirrivadaviana. ¡No era para menos!.

La nacionalización de Buenos Aires implicaba la nacionalización del puerto y de los derechos aduaneros, privilegios hasta entonces de la oligarquía porteña. “En realidad —explica Mirón Burgin—, la federalización de la ciudad de Buenos Aires era para la provincia la pérdida, primero, de una parte considerable de su territorio (comercialmente la más importante); segundo, de un cincuenta por ciento de la población y una proporción mayor de sus riquezas, y tercero, de casi todos sus ingresos”. Como comenta Enrique Barba: “A Anchorena más que interesarle el problema de la Capital, le preocupaba el problema del Capital”.

La oligarquía porteña comprendió que la política nacional de Rivadavia la despojaba de sus privilegios locales, ya que no podía disponer a su arbitrio de la tierra pública ni vender libremente sus productos a los ingleses ni mantener el monopolio de la Aduana. La ruptura con Rivadavia era inevitable. A partir de entonces adheriría al partido federal, capitaneado por Dorrego.

Sin embargo, los antecedentes políticos de la oligarquía estaban en una línea opuesta a la de Dorrego: venían del saavedrismo, pasaron luego al régimen directorial y, por último, al unitarismo. Dorrego, en cambio, procedía del morenismo, había sido antidirectorial, y admitía como antecedente directo a Artigas, en quien la burguesía porteña había centrado todos sus odios. Esa especie de Robín Hood de las pampas había tenido la osadía de promulgar una reforma agraria en la que se repartía la tierra entre los gauchos.

La inusitada adhesión de la oligarquía porteña, rabiosamente antiartiguista, al federalismo, fue observada por López: “Algunos de sus nombres servirían para que se juzgue de los elementos de acción que en su nueva forma había recibido el partido federal; partido que por su denominación al menos se ligaba a la insurrección litoral de los artiguistas, a quienes éstos habían combatido a muerte, rechazándolos antes como bárbaros, y adoptando ahora sus principios como necesarios y útiles a la provincia de Buenos Aires: García Zuñiga, Arana, Aguirre, Cavia, Rojas, Anchorena, Masa, Rosas, Ezcurra, Arguibel, Moreno, Balcarce, Escalada, Medrano, Obligado, Perdriel, Wright, Del Pino, Echevarría, Terrero, Vidal (Celestino), Izquierdo y .otros, en cuyo cómputo están todavía entroncados gran número de familias afincadas y notables de nuestro tiempo”.

Pronto el grupo oligárquico desplazaría del partido federal al sector democrático apoyado en las masas populares urbanas. El federalismo democrático de Dorrego sería reemplazado por el federalismo oligárquico de Rosas, Anchorena y su pandilla.

El rosismo, expresión de la oligarquía:
La línea “populista” del rosismo intenta mostrar a Rosas como expresión de las masas populares. José María Rosa llega a hablar del “socialismo de Rosas”. Los historiadores clásicos de la burguesía, en cambio, no se engañan al respecto, y nos muestran a Rosas como un típico representante de la oligarquía terrateniente bonaerense. El propio sobrino de Rosas, Lucio V., Mansilla, dirá: “En sus primeros tiempos, ser rico significaba para él todo; es un fin supremo. Todavía no ve que es un medio también. No hay antecedente que demuestre que el estanciero podrá llegar a tener gran ambición política. Despertóse esta después. En tal sentido, Rosas no se hizo; lo hicieron los sucesos, lo hicieron otros, algunos ricachones egoístas, burgueses con ínfulas señoriales, especie de aristocracia territorial que no era por cierto la gentry inglesa. Era hombre de orden, moderado, de buenas costumbres, con prestigio en el gauchaje; tras de él, estarían ellos gobernando”.

Basta ver los nombres que componían la Legislatura que eligió a Rosas otorgándole las facultades extraordinarias, para tener una idea cabal del contenido de clase del gobierno rosista. Entre los legisladores estaban Nicolás y Tomás Anchorena, Aguirre, Obligado, Irigoyen, García Zuñiga, Escalada, Peña, Seguróla, Posadas.

Entre las familias que adornaban sus casas en la celebración de las fiestas federales se contaban las de Anchorena, García Zuñiga, Irigoyen, Escalada, Peralta, Elía, Azcuénaga, etc. La Sociedad Popular Restauradora estaba compuesta también por miembros prestigiosos de la oligarquía: Miguel de Riglos, Miguel de Iraola, Saturnino Unzué, Francisco Obarrio, Francisco Salas, Miguel Peralta, etc.

Pero será el propio Rosas quien en una reveladora carta del destierro nos diga que toda su acción política estuvo al servicio de los intereses económicos de los Anchorena: “Entré y seguí por ellos, y por servirlos en la vida pública.  Durante ella los serví, con notoria preferencia, en todo cuanto me pidieron y en todo cuanto me necesitaron. Estas tierras que tienen en tan grande escala, por mí se hicieron de ellas, comprándolas a precios muy moderados. Hoy valen muchos millones, las que entonces compraron por pocos miles. Podría agregar mucho más, si el asunto no me fuera tan desagradable y el tiempo tan corto”.

Fuente Consultada: Los Oligarcas Juan J. Sabreli – La Historia Popular Tomo 15 – Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo

Ley de Enfiteusis de Rivadavia Reparto de la Tierra Publica Objetivo

La ley de Enfiteusis y el reparto de tierras públicas:
En 1822 Rivadavia dictó la ley llamada de Enfiteusis, que fue aprobada el 18 de agosto por la Junta deRepresentantes, entre cuyos miembros se contaban, como siempre desde su creación, los Anchorena y los apellidos más prominentes de la oligarquía.

Teóricamente la ley se proponía una distribución racional de la tierra, una diversificación de la producción rural, fomentando la agricultura y la creación de una nueva clase media de colonos que enfrentara a la oligarquía terrateniente. Pero al ser llevada a la práctica esta ley produjo su propia negación: no fueron los inmigrantes labriegos, con los que soñaba utópicamente Rivadavia, quienes se repartían la tierra, sino precisamente la gran oligarquía terrateniente y hacendada, que ya tenía tierras desde la época de la colonia y que no hizo sino extender sus posesiones.

Basta leer las listas de enfiteutas para comprobarlo. “La mayoría de los nombres de los enfiteutas —dice Jacinto Oddone— son bien conocidos. Los oímos pronunciar todos los días. En cualquier momento los podemos leer en la crónica social de los grandes diarios de la Capital Federal y de las ciudades y pueblos de campaña. Los llevan los personajes más encumbrados de nuestro gran mundo y muchos directores de la política nacional y provincial. Sin embargo, es seguro ¿que por más previsores que hayan sido aquellosenfiteutas, han de haber estado lejos de sospechar que la tierra pública que el gobierno concedía en el año 1822, de valor ínfimo, casi nulo, convertiría en millonarios a sus descendientes de tercera o cuarta generación, haciéndolos dueños del suelo de la provincia”.

En la lista de enfiteutas figuran los siguientes apellidos famosos: Aguirre, Anchorena, Alzaga, Alvear, Arana, Arroyo, Azcuénaga, Basualdo, Bernal, Bosch, Bustamante, Cabral, CascaMares, Castro, Díaz Vélez, Dorrego, Eguía, Echeverría, Escalada, Ezcurra, Gallardo, Gowland, Guerrico, Irigoyen, Lacarra, Larrea, Lastra, Lezica, Lynch, López, Miguens, Obarrio, Ocampo, Olivera, Ortiz Basualdo, Otamendi, Pacheco, Páez, Quiroga, Quirno, Rozas, Sáenz Valiente y tantos otros. Los inmigrantes que quería Rivadavia, por supuesto, no llegaron nunca .a ocupar esas tierras.

Es fácil prever cómo se sabotearía el proyecto de inmigración, si observamos que la comisión para organizar la contratación de inmigrantes europeos —creada por decreto de Rivadavia del año 1824— estaba presidida por el primo de  Anchorena, Juan Pedro Aguirre, e integrada entre otros por el propio Juan Manuel de Rosas.

En 1828, la oligarquía terrateniente que domina la Legislatura consiguió  modificar laLey de Enfiteusis para que aprovechara más aun a sus intereses. En un debate de la Legislatura llevado a cabo en enero de 1828, el general Viamonte combatió la cláusula de la ley que prohibía a los enfiteutas adquirir nuevas tierras, limitando así el derecho de propiedad. En sesiones que van del 6 al 16 de febrero, Tomás de Anchorena sostuvo el proyecto de reforma en el sentido en que lo promulgaba Viamonte. De este modo la Ley de Enfiteusis perdía hasta su último rasgo progresista, para convertirse lisa y llanamente en el gran negociado de la burguesía terrateniente bonaerense.

Como los que resultaban favorecidos con la Ley de Enfiteusis eran los mismos que la habían votado en la Legislatura, puede decirse que comenzó con esa Ley la historia del latrocinio y el despojo de las tierras» públicas por la oligarquía porteña. Durante el gobierno de Rosas no le resultaría muy difícil a esta misma oligarquía, que seguía vinculada al gobierno, conseguir que éste les concediera la propiedad privada de las tierras que les habían sido entregadas en carácter de enfiteusis. El despojo quedaba de ese modo legalizado. En 1837 vencían los diez años de plazo otorgado a la enfiteusis: se aumentaba a partir de entonces el canon al doble.

El gobierno de Rosas, mediante un decreto del 19 de mayo de 1836, vendió 1.427 leguas —de las otorgadas en enfiteusis— a 253 adquirentes. En la nómina de los compradores se repiten los mismos nombres que en la de los enfiteutas, es decir, los tradicionales apellidos de la oligarquía porteña. Pero no solamente la oligarquía se aprovechaba de todos los privilegios que le otorgaba su participación en el gobierno, sino que, además, trataba, cuantas veces podía, de estafar al propio gobierno. En 1825 y 1826 fueron multados, entre otros, Tomás, Juan José y Nicolás Anchorena por evasión de impuestos.

La enfiteusis
La enfiteusis dejó triste saldo de su tortuosa aplicación: de 1822 a 1830. 538 propietarios en total obtuvieron por lo menos 3.026 leguas, o sea 8.656.000 hectáreas. Alcanzado este limite, la enfiteusis no convino más a los propios interesados que la votaron: son los grandes enfiteuta —los mismos que clamaban por limitaciones en las superficies acordadas cuando ellos alcanzaron límites casi infranqueables— los que ahora desean abolir el régimen. La actitud era lógica pues no convenía mantener esas enormes extensiones bajo un sistema que en definitiva reservaba las tierras al Estado: además, pese a todos los favoritismos, no se pudo evitar que se abrieran camino hacia la tierra, y su explotación directa, otros productores cuya proliferación afectaría fundamentalmente privilegios creados de antiguo.

GIBERTI, Horacio C.E.. Historia económica de la ganadería argentina

ENFITEUSIS
“Enfiteusis” es la “cesión perpetua o por largo tiempo del dominio útil de una finca mediante el pago anual de un canon al que hace la cesión, el cual conserva el dominio directo”.

El ingeniero agrónomo Emilio A. Coni publicó en 1927, en la imprenta de la Universidad de Buenos Aires, La verdad sobre la enfiteusis de Rivadavia. Coni asegura: “No se había hecho hasta hoy un estudio serio, cronológico y documentado de la enfiteusis y su aplicación. Dos hombres solamente la habían estudiado, y superficialmente, Andrés Lamas, panegirista de Rivadavia, y Nicolás Avellaneda. Los demás autores no hicieron sino repetirlos. […] Confieso que antes de iniciar el estudio tenía ya mis dudas sobre la excelencia del sistema eufitéutico. Algunos datos aislados que había conseguido me lo hacían sospechar. Pero lo que más pesaba en mi espíritu para mantener esa duda era la opinión francamente contraria a la enfiteusis de todos los hombres de valer que actuaron después de Caseros y que habían sido testigos del sistema. Mitre, Sarmiento, Tejedor, Alberdi y Vélez Sarfield, por no citar sino a los principales, fustigaron a la enfiteusis con frases lapidarias y la calificaron de perniciosa. […] La enfiteusis rivadaviana no es de Rivadavia, sino el producto de un proceso histórico en el que participaron muchos hombres públicos, y que empieza con la hipoteca de las tierras públicas de acuerdo con el criterio de la época.

de que la mejor garantía para el crédito era la inmobiliaria. Y no pudiendo venderse la tierra hipotecada se dio en enfiteusis. Descubrí en la enfiteusis de 1826 tres gravísimos defectos, fundamentales para una ley de tierras públicas. Faltábale el máximo de extensión, lo que permitía otorgar 40 leguas cuadradas a un solo solicitante. No obligaba a poblar, de lo cual resultaba que la tierra se mantenía inculta y baldía esperando la valorización. Y la libre transmisión de la enfiteusis sólo servía, sea para acaparamientos, algunos superiores a 100 leguas cuadradas, o para el subarrendamiento expoliatorio de los infelices de la campaña por los poderosos de la ciudad.”

Ley Nacional de Enfiteusis del 18 de mayo de 1826
Artículo 1°) Las tierras de propiedad pública… se darán en enfiteusis durante el término, cuando menos, de 20 años, que empezarán a contarse desde el 1° de enero de 1827.

Artículo 2°) En los primeros 10 años, el que los reciba en esta forma pagará al tesoro público la renta o canon correspondiente a un ocho por ciento anual sobre el valor que se considere a dichas tierras, si son de pastoreo, o a un cuatro por ciento si son de pan llevar.

Artículo 3°) El valor de la tierra será graduado en términos equitativos por un jury de cinco propietarios de los más inmediatos…

Artículo 5°) Si la evaluación hecha por el jury fuese reclamada, o por parte del enfiteuta, o por la del fisco, resolverá definitivamente un segundo jury, compuesto del mismo modo que el primero.

Artículo 6°) La renta o canon que por el artículo 2° se establece, empezará a correr desde el día en que al enfiteuta se mande dar posesión del terreno.

Artículo 7°) El canon correspondiente al primer año se satisfacerá por mitad en los dos años siguientes.

Artículo 9°) Al vencimiento de los 10 años que se fijan en el artículo 2°, la Legislatura Nacional reglará el canon que ha de satisfacer el enfiteuta en los años siguientes sobre el nuevo valor que se graduará entonces a las tierras en la forma que la Legislatura acuerde”.

PARA SABER MAS…
ESTADO Vs. IGLESIA EN ESTA ETAPA RIVADAVIANA

En el Argos de Bs.As. del sábado 19 de octubre 1822, se publicaba un comentario acerca de la discusión sobre la reforma eclesiástica propuesta por el gobierno , que había tenido lugar en la sala de Representantes:

(…) ha quedado decretada la abolición del fuero personal del clero (…) El público ha quedado prendado del celo y patriotismo con que estos señores eclesiásticos, que han atacado con calor, y con los más vivos coloridos los perjuicios que resultan a La sociedad de esta distinción que les había sido concedida; (…). La representación y el gobierno caminan con pasos de gigante, y Buenos Aires, de día en día va dando pruebas que dentro de breve presentará el modelo de una de las sociedades más bien organizadas, y a donde correrán habitantes de todas naciones a disfrutar en su seno el libre ejercicio de su industria, la abundancia y la seguridad.”

Como parte del plan orgánico concebido por el ministro Bernardino Rivadavia y su grupo, el gobierno se ocupó también de la Iglesia. La revolución de 1810 había alcanzado con su impacto a la jerarquía eclesiástica del Río de la Plata, la había separado de Roma y privado de muchas de  sus autoridades legítimas. Corno resultado de la conmoción social que la afectó, la Iglesia ofrecía un cuadro de desorden interno que acusaba problemas de todo tipo. Rivadavia se propuso poner coto al desquicio de esa situación, pero la reforma se impuso desde el gobierno  que asumió de esta manera, una potestad que subordinaba la Iglesia al poder civil.

Se inventariaron los bienes eclesiásticos, inclusive los de las órdenes religiosas; se suprimió toda autoridad eclesiástica sobre franciscanos y mercedarios, que quedaron sujetos a la del gobierno; se fijaron normas de conducta para los frailes, entre otras medidas que se arbitraron.

La iglesia dividió sus posiciones frente al avance reformista del gobierno y Francisco de Paula Castañeda, un fraile recoleto, se erigió en el más firme y vocinglero contradictor de la reforma y su alma mater. Agitó la opinión a través de una serie de periódicos de vida efímera y nombres estrafalarios que, pese a constituir una campaña de verdadero asedio, no pudieron contener la resolución del gobierno.

La ley de reforma eclesiástica se sancionó en noviembre de 1822 después de un prolongado y ardoroso debate. Por ella se dispuso la anulación del diezmo, la secularización de las órdenes monásticas; los bienes de los conventos disueltos se declararon como propiedad del Estado, a cambio de lo cual el gobierno se comprometía a proveer el presupuesto de la iglesia. Así nació, dicen algunos autores, el primer presupuesto de culto y en el predio de los monjes recoletos se estableció el cementerio del Norte o de “la Recoleta” , bajo la administración estatal.

Con el apoyo de algunos eclesiásticos comprometidos con la reforma, en Buenos Aires ésta pudo llevarse adelante. En el resto del país, una sociedad más ligada a las tradiciones hispánicas no podía comprenderla y se hizo inaplicable. El gobierno y, especialmente su ministro, se ganaron una acusación de anticlericalismo que excedió con creces las intenciones de Rivadavia. La reforma tuvo, además, un correlato político de carácter más violento, como fue la revolución encabezada por Gregorio Tagle en 1823, rápidamente sofocada.

Establecimiento de la Enfiteusis
Dos decretos del gobierno de Buenos Aires establecieron las bases del régimen de enfiteusis. El del 17 de abril de 1822 que ordenó la inamovilidad de las tierras públicas prohibiendo su venta, y el del 1- de julio del mismo año que, además de ratificar el anterior, dispuso en el artículo 2a que: “Los terrenos que expresa el artículo anterior (los fiscales) serán puestos en enfiteusis con arreglo a la minuta de ley sobre terrenos”.

Como consecuencia de esto último se comenzaron a otorgar tierras en enfiteusis, pese a que no se dictó la legislación necesaria para reglamentarla. De esta forma se entregaron propiedades sin límites de extensión que en lugar de fomentar el poblamiento de la campaña favorecieron la especulación y la concentración de la tierra en pocas manos.

Después que se constituyeron las autoridades nacionales, el Congreso nacional y la presidencia de la República, fue sancionada el 18 de mayo de 1826 la ley nacional de enfiteusis. En el art. 12 establecía que las tierras “se darán en enfiteusis durante el término, cuando menos de 20 años, que empezarán a contarse desde el 1e de enero de 1827”.

El art. 2a que “En los primeros diez años el que la reciba en esta forma pagará al Tesoro Público la renta o canon correspondiente a un 8 por ciento anual sobre el valor que se considere a dichas tierras, si son de pastoreo, o a un 4 por ciento si son de para llevar”. El 39 decía que el valor de las tierras sería fijado “por un jury de propietarios de los más inmediatos…”. Los art. 4° y 5° se referían al funcionamiento del jury; el 62 a la fecha en que comenzaba a correr el canon; el art. 7- concedía que “El canon correspondiente al primer año se satisfará por mitad en los dos años siguientes”; el 8a se refería a que el Gobierno fijará los períodos para pagar el canon; y el que disponía que al término de los primeros diez años la legislatura fijaría el canon según el nuevo valor de las tierras.

Esta ley tenía dos fallas fundamentales. La primera y más importante era que no establecía límites de extensión ni de cantidad de contratos a los enfiteutas. De esta manera, los más influyentes consiguieron cesiones que, en algunos casos, superaron más de 100 leguas cuadradas (Tomás de Anchorena 118, es decir, 318.581 hectáreas) en las mejores zonas de la pampa húmeda.

Otro de los errores de la ley, en perjuicio del Estado y de sus fines, era que un jury de propietarios, según el art. 3-, fijaría el valor de las tierras. Como obviamente éstos era estancieros, y también enfiteutas, indudablemente deprimirían los valores. Pero no terminaba aquí el perjuicio para el Estado. Al respecto señala Jacinto Oddone en “La burguesía terrateniente argentina”: “No paró allí la audacia de los especuladores. Hemos visto con la lectura de la ley, que los enfiteutas debían abonar un canon al Estado por el uso de la tierra. Pues bien; pocos fueron quienes lo pagaron. Y el gobierno, que había cifrado sus esperanzas en ese grupo para abonar sus gastos, mayores después del empréstito del 27 de octubre (se refiere al empréstito Baring) y la guerra con el Brasil, se encontró de repente sin tierras y sin rentas”.

De acuerdo con estos resultados, la enfiteusis rivadaviana, pese a que tenía objetivos muy distintos, significó el comienzo de la formación de los grandes latifundios en la provincia de Buenos Aires, en donde están las mejores tierras del país, que fueron consolidados por Rosas al entregar en propiedad las tierras concedidas a los enfiteutas, y por los gobiernos provinciales y nacionales que le siguieron, quienes otorgaron donaciones y cedieron, por ventas a baje precio, ingentes extensiones.

Ver También: Grupo Que Acompañaba a Rivadavia

Fuente Consultada:
Los Oligarcas Juan J. Sabreli – La Historia Popular Tomo 15 – Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo
Argentinos de Jorge Lanata

La Oligarquia en la Revolucion de Mayo Historia Gobiernos Oligarquicos

La oligarquía toma el poder
La Revolución de Mayo fue dirigida por intelectuales como Moreno, Belgrano y Castelli, que no pertenecían al grupo de los ricos comerciantes; formaban más bien lo que hoy se llamaría la clase media. Los ricos comerciantes, almaceneros, contrabandistas, agiotistas y especuladores de Buenos Aires, con su limitado horizonte de intereses exclusivamente personales, no podían ver de buen modo la revolución que venía a perturbar sus negocios.

semana de mayo, el cabildo porteño

De ellos nos dirá José María Ramos Mejía: “Eran ante todo comerciantes, y el comercio se aviene poco con las locuras juveniles y las improvisaciones impulsivas de la muchedumbre que venía empujándolos de atrás. Su espíritu mercantil, estimulado por la ausencia de vida intelectual, se les había ido en vicio, y cuando las exigencias del momento los obligó a actuar en la vida pública se les vio entrar con cierta parquedad recelosa, revelando la fuerte gravitación de sus costumbres seculares y la ausencia ingénita de actitudes para otras cosas que el menudo negocio, a los pechos del cual habían amamantado sus ideas”.

La oligarquía fue, pues en un primer momento, desplazada por los jóvenes revolucionarios, pero esperaba la oportunidad para tomar el poder. En julio de 1812 se descubrió una conspiración de los reaccionarios encabezada por Martín de Alzaga. La conspiración fracasó y Alzaga fue ahorcado, pero, a poco, los Anchorena, los Lezica y las principales familias de Buenos Aires, que no podían ver con buenos ojos la política progresista de la Asamblea del año 13, se fueron reuniendo, si no todavía en un partido, al menos en una agrupación anónima de opositores a! gobierno, que tenía, como dice Vicente Fidel López, “su base principal en las clases antiguas del municipio, especie de aristocracia colonial que había entrado en la Revolución con un fuerte sentimiento de americanismo, pero con el ánimo de mantenerla circunscripta y prudente bajo su influjo, sin darse cuenta de los fines propios y nuevos que ella entrañaba”.

Altivos y caballeros, por la tradición y por la acendrada honorabilidad de su viejo y rico hogar, los hombres que componían esa elevada burguesía conservaban en sus perfiles patricios algo del pater familias. Reaccionarios, por consiguiente, en cuanto al desarrollo político de la Revolución, miraban con profundo enojo que ella se extraviara en manos de una oligarquía joven que los humillaba por la condición de sus talentos y que monopolizaba el poder político en nombre de ideas y de intereses abiertamente contrarios al influjo personal y colectivo de sus antecedentes”.

Pero la situación internacional se volvería a partir de 1814 favorable para los viejos pelucones de Buenos Aires. Una ola de reacción inundaba el mundo entero. Napoleón había sido derrotado. En toda Europa se restauraba el régimen monárquico. Fernando VII volvía a ocupar el trono de España. Esta situación europea no podía dejar de reflejarse en América, donde la reacción desplazaba por completo al poder ya bastante diezmado del grupo jacobino.

A la revolucionaria Asamblea del año  13 sucederá el reaccionario Directorio y la Junta de Observación, integrada por los miembros de la más rancia oligarquía, los Anchorena en primer término. Ahora los Moreno, los Castelli, los Monteagudo desaparecían de la escena política y volvían los viejos pelucones, dispuestos a vengar los agravios. Había pasado la época romántica de la revolución, donde ellos, ni por los intereses que representaban ni por sus aptitudes personales, podían jugar ningún papel preponderante. Ahora, en el momento del reflujo revolucionario, les llegaba su turno. Alberdi explica con su habitual agudeza este cambio de hombres: “El tiempo y el trabajo que emplearon para crear la nación lo perdieron para hacer su fortuna propia y personal; al revés de otros, que emplearon el tiempo y trabajo que no dieron al país en hacerse ricos”.

Cuando acabó la guerra y estuvo hecha la independencia de la patria, los hombres capaces de ideas generales se encontraron sin el poder que da la fortuna; y los que se encontraron ricos y poderosos no tenían ideas generales ni más capacidad que la de comprender y conducir cosas y negocios de un gobierno de provincia”.

Entre estos últimos se encontraría Juan Manuel de Rosas, retraído en las tareas rurales que lo enriquecían en tanto los jóvenes de su generación sacrificaban su fortuna, su vida por la causa de la emancipación.

La Honorable Junta de Representantes:
Parlamento de la oligarquía:
A partir de 1820, fecha clave de la historia argentina, el Cabildo sería sustituido por una Honorable Junta de Representantes, que luego sería llamada Sala de Representantes o, más comúnmente, la Sala. Algunos historiadores consideran a esta Junta como el origen del gobierno representativo y la democracia argentina.

Ricardo Levene la llama “institución típica del gobierno representativo federal”. La verdad es que se trataba de una institución típicamente oligárquica, surgida de elecciones restringidas, por medio de la cual la oligarquía terrateniente y hacendada porteña controlaba el poder. Basta para probar el contenido oligárquico de esta Junta, ver en qué forma fueron elegidos sus miembros. En una ciudad que contaba en esos años con 98.000 habitantes, solo votaron 128 ciudadanos, elegidos por supuesto entre los más ricos, a los que en el folklore local se conocía con el nombre de los “Viejos”.

De esa elección saldrían elegidos legisladores de nombres muy representativos, entre los que se contaban los principales apellidos que constituirían durante más de un siglo las grandes familias; Anchorena, Lezica, Aguirre, Oliden, Obligado, Escalada. Bastaba con el voto de parientes y amigos para poder ser elegido. Tomás Anchorena, por ejemplo, fue elegido por el reducido margen de solo diez votos. Estas t gras cifras dejan al descubierto falacia de quienes siguen hablan de la representatividad de la Junta.

De todos modos, la oligarquía teñía sus excusas. Así, cuando alguien do nuncio que de una ciudad de 90.000 habitantes solo habían votado menos de doscientos, se le respondió quo esos doscientos eran la parte más sensata de la población: la sensatez; por supuesto, implicaba la posesión de las mayores riquezas.

Esta primera Sala de Representantes sería un factor de nucleamiento del nuevo grupo político destinado a gobernar en los próximos treinta años, teniendo como único objetivo los intereses de la ciudad de Buenos Aires y la defensa de sus’ privilegios aduaneros. Muchos de sus miembros pasarían a formar parte del unitarismo en el momento en que Rivadavia estaba en auge, para convertirse pronto en sus tenaces enemigos y pasar a formar parte del federalismo porteño o rosismo, que sería el partido que mejor los representaría, como que su máximo líder, Juan Manuel de Rosas, era, como todos ellos, un rico hacendado.

El “17 de octubre” del siglo XIX
En ese mismo año 20, la oligarquía porteña pasa por la más grave crisis sufrida en todo el siglo XIX. Cuando el gobernador Sarratea firmo con los caudillos López y Ramírez el Tratado del Pilar, volvió a la ciudad acompañado por estos y numerosa escolta de hombres desaliñados, vestidos de bombachas y ponchos, sin que pudiera distinguirse quiénes eran jefes y quiénes soldados.

Toda esa chusma ató los redomones en las verjas de la Pirámide y subió al Cabildo de Mayo, donde se les había preparado un refresco de brebaje en festejo de la paz. Fácil es conjeturar la indignación y la ira del vecindario al verse reducido a soportar tamañas vergüenzas y humillaciones”.” Todas las grandes familias de la oligarquía porteña, desde los balcones con rejas de sus casas, vieron llegar a la Plaza de la Victoria a esas masas gauchescas con e! mismo estupor con que ciento veinte años después sus nietos verían llegar a los obreros el 17 de octubre de 1945.

Vicente Fidel López, coherente defensor de su clase, describiendo aquella escena reflexiona amargamente sobre los inconvenientes de la democracia. “Se esperaba por unos momentos un saqueo a mano armada de cinco mil bárbaros desnudos, hambrientos, excitados por las pasiones bestiales que en esos casos empujaban los instintos destructores de la fiera humana, que, como «multitud inorgánica», es la más insaciable de las fieras conocidas: cosas que debe tener presente la juventud expuesta por exceso de liberalismo a creer en la excelencia de las teorías democráticas que engendran las teorías subversivas del socialismo y del anarquismo contra las garantías del orden social”.

Fuente Consultada: Los Oligarcas Juan J. Sabreli – La Historia Popular Tomo 15 – Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo

Ganaderos en el Virreinato del Rio de la Plata Criadores Invernadores

Los comerciantes se convierten en ganaderos
Con el permiso acordado por el virrey al comercio inglés en 1809, comenzó la rápida e inexorable ruina de los comerciantes porteños. La falta de iniciativa de un comercio cómodamente protegido por el monopolio, pasivo, limitado como hemos visto al papel de mero intermediario de Cádiz, no era condición adecuada para enfrentar al pujante comercio inglés que avasallaba todo, con la ventaja de su mayor experiencia y vinculaciones comerciales, su abundancia de capital comercial, la protección de su país y la introducción de métodos más modernos y eficientes, y también, de algún modo, un nuevo espíritu de aventura pionera, de la que carecían los apoltronados burgueses locales.

De ese modo el poder económico pasó directamente del monopolio español a monopolio inglés, de Cádiz a Liverpool, sin pasar por las manos de los comerciantes criollos. Las actas de Consulado de los años posteriores a la Revolución de Mayo están llenas de las amargas quejas de los comerciantes por esta situación.

Barcos ingleses llegan a Bs.As.

En septiembre de 1814, uno de los más poderosos comerciantes, Juan José Anchorena, habló en el Consulado del que formaba parte sobre la ruina del comercio porteño, como consecuencia de las actividades de los comerciantes ingleses, que manejaban hasta la moneda y el crédito. En esta ocasión Anchorena hizo una defensa apasionada del proteccionismo.

En intento de salida para esta grave situación por la que pasaban los comerciantes porteños se hizo en agosto de 1817, cuando miembros del Consulado —Juan José Anchorena y Ambrosio Lezica, entre otros— integraron una comisión para estudiar un proyecto de Pueyrredón sobre la creación de una Compañía Comercial que, protegida por el gobierno, ejerciera el comercio en todas sus posibilidades.

Esta compañía estaría formada corporativamente por los comerciantes porteños y dominada por os más importantes. Pero el proyecto no pasó nunca de tal, porque los comerciantes locales carecían de una verdadera fuerza como para poder luchar con eficacia frente a un enemigo mucho más poderoso.

El comercio porteño fue meramente pasivo, no se basaba en la producción nacional, y por lo tanto dependía de Inglaterra. El Consulado, defensor de los intereses de los comerciantes criollos, fue perdiendo poco a poco su importancia en la vida económica del país hasta desaparecer del todo. Los comerciantes porteños, conscientes de su impotencia, trataron de salvarse de la catástrofe adecuándose a las nuevas circunstancias.

Algunos —como Braulio Costa, los Aguirre, Félix Castro— se resignaron a subordinarse a los comerciantes ingleses en el papel de socios menores; otros, como los Anchorena, se transformaron en terratenientes y hacendados. Se adecuaban de ese modo a los intereses de Inglaterra y sellaban por largos años el destino del país, limitado a importar materias manufacturadas y exportar productos agrarios.

De la ruina de los comerciantes surgidos del monopolio español surgirá la nueva burguesía terrateniente y ganadera que comenzaba su carrera triunfal alrededor de 1820, se afianzaría con el gobierno de Rosas y llegaría hasta nuestro siglo dirigiendo los destinos económicos del país.

Fuente Consultada: Los Oligarcas Juan J. Sabreli – La Historia Popular Tomo 15 – Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo

Los Comerciantes Porteños Durante el Monopolio Español Contrabando

Los privilegios del monopolio

El enorme acrecentamiento de la fortuna de estos comerciantes y sus hijos en el Río de la Plata tuvo como causa los privilegios que les otorgaba el monopolio comercial de España.

La mayoría de estas ricas familias —Anchorena, Alzaga, Lezica, Santa Coloma, Gainza, Ugarte, Martínez de Hoz, Ezcurra, Agüero y otros— pertenecían a un grupo económico muy definido, al que se ha dado en llamar el de los “registreros”. Más que introductores directos de mercancías, eran consignatarios, comisionistas, apoderados, agentes, intermediarios de los comerciantes monopolistas de Cádiz, de acuerdo a las concesiones de comercio otorgadas en 1778.

La mayoría de los “registreros” eran parientes de los comerciantes españoles, y aun cuando no existiera ese lazo familiar la dependencia era muy estrecha. Como observa Halperin Dongui, “basta hojear la correspondencia de Anchorena para advertir hasta qué punto su papel se reducía al de un intermediario entre la península y el hinterland cada vez más amplio de Buenos Aires; ese papel pudo cumplirse mediante unas cuantas operaciones rutinarias, de cuyo ejercicio no se apartaba quien sin embargo logrará formar el más rico linaje de la Argentina independiente”

La fortuna de los “registreros” se contaba entre las más grandes de los habitantes de la Colonia. Concorde con su fortuna era su influencia política; ocupaban los más altos cargos: alcaldes o síndicos.

monopilo español en america

Los “registreros” eran beneficiarios directos del monopolio comercial ejercido por España, y consecuentemente lo defenderán hasta el último momento. Cuando un grupo de comerciantes, representados por Belgrano y Castelli, piden la libertad de comercio, los “registreros”, con Martín Alzaga a la cabeza, se oponen sistemáticamente.

Los apologistas del período hispánico alegarán que la defensa del monopolio comercial español era la posición correcta, pues constituía una defensa contra la introducción del imperialismo mercantil inglés. Pero la realidad es que ni nuestra demasiado rudimentaria artesanía ni la atrasada economía española estaban capacitadas para abastecer suficientemente a las colonias, haciendo de ese modo necesario el contrabando.

Precisamente si los “registreros” defendían con tanto afán el monopolio es porque, además de obtener ventajas de él, también se beneficiaban con el contrabando que todos ellos ejercían desembozadamente. “Contrabando y monopolio se complementaban —dice Rodolfo Puiggrós—. Sin monopolio no podía haber contrabando y viceversa.

Barcos extranjeros en las costas porteñas

Barcos extranjeros en las costas porteñas

El capital comercial sacaba provecho de los dos. La contradicción entre monopolio y contrabando se resolvía dentro de los intereses generales del capital comercial, que abordaba a ambos”.

La burguesía porteña llegó, de ese modo, a ser muy conocida por su afición al contrabando en todos los centros comerciales de Europa, donde se la designaba con el nombre de “la pandilla del barranco“.

Fuente Consultada: Los Oligarcas Juan J. Sabreli – La Historia Popular Tomo 15 – Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo

Transformacion social de las clases porteñas La Aristocracia Porteña

¿Aristocracia o burguesía?
Esta ascensión social de estantes a vecinos, de modestos pulperos a miembros del Cabildo, es por supuesto celosamente ocultada por los descendientes de aquellos self made men hispánicos, quienes, con un muy discutible criterio, consideran que un origen más honorable que una pulpería o un tendejón es un hecho de armas o aun la condición de halconero o fiel servidor del rey, recompensada por un título de nobleza.

oligarquia argentina

Los apologistas de la aristocracia española, por su parte, ven con disgusto este aburguesamiento de la sociedad colonial. Este prejuicio contra la burguesía se da aun en un escritor conocido por sus inclinaciones populistas. Dice José María Rosa: “Esta aparente igualdad política entre vecinos y estantes produce una desigualdad. Al advenir una clase dominante por el dinero, Buenos Aires no será gobernada por patricios, que encuentran en los fundadores y primeros pobladores su tronco originario, sino pornoviles —nuevos— que poseen el dinero y adquieren los rangos principales en la sociedad. Se forma una oligarquía mercantil, de oscuro origen, como clase privilegiada, mucho más exclusiva que la otra: la gente principal o de posibles, también llamada “sana del vecindario” o gente decente. Enriquecidos por el comercio ilícito o allegados a él, tendrán la hegemonía social”.

La mayor parte de las grandes familias de la oligarquía argentina descienden solo en una mínima parte de los primitivos pobladores, y sí, en cambio, de esa burguesía mercantil de origen plebeyo. Resultan, por lo tanto, una falsedad histórica los nostálgicos lamentos de algunos representantes de la oligarquía en nuestros días, cuando se quejan por el aburguesamiento de la supuesta aristocracia argentina.

Silvina Bullrich, por ejemplo, dice: “En nuestros días ocurre un fenómeno curioso: los burgueses descienden de los aristócratas; caminamos al revés, como los cangrejos”.

En realidad, no existe tal aburguesamiento de la aristocracia argentina, por la sencilla razón de que la supuesta “aristocracia” fue burguesa desde su mismo origen. Tenderos fueron Juan Esteban Anchorena y sus hijos, Sebastián Lezica, Miguel Rigios, José Ortiz Basualdo, Jaime Llavallol, Mariano Losano, Ladislao Martínez, Benito Gándara, José Julián Arrióla, Tomás Gowland, Lucas González, Jorge Lamarca, José Borbón y tantos otros de quienes descienden las más representativas familias de la oligarquía argentina.

Fuente Consultada: Los Oligarcas Juan J. Sabreli – La Historia Popular Tomo 15 – Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo

La Vida de la Oligarquia Argentina Diversion de la Oligarquia Porteña

La “dolce vita” en el siglo XIX
Las diversiones de ia época, aun para las clases más altas de la sociedad, eran muy reducidas y modestas. Los hombres, después de dormir una siesta de dos o tres horas, iban al Café de Marcos o de los Catalanes a jugar a las cartas, al billar o a conversar de política. Recién a comienzos del nuevo siglo, con la influencia de los ingleses, comenzaron a ponerse de moda los deportes. Las mujeres, por su parte, después de dormir la siesta se dedicaban a hacer “tiendas”.

En los negocios que frecuentaban eran recibidas por los dependientes —generalmente jóvenes también de clase alta—, quienes les ofrecían asiento y las convidaban con mate, compartiendo una amable conversación durante largo rato, mientras se revisaba la mercadería. Cuando no se salía de compras se hacían visitas de poca etiqueta a parientes y amigos.

Estas visitas eran anunciadas previamente por la mañana por medio de la “criada de razón”. Casi todas las noches se realizaban tertulias, que eran el equivalente de la soirée francesa o de la conversazione italiana. La mayoría do esas tertulias tenían su elenco estable de tertulianos, que concurrían todas las noches al mismo salón, siendo las únicas novedades los extranjeros de paso. Aunque muchos acostumbraban también asistir durante la misma noche a varias tertulias.

Además de la conversación, !as magras diversiones de esas tertulias eran complementadas por la música —piano, guitarra y canto—, ejecutada por las señoritas. Toda joven bien educada estaba obligada a saber tocar el piano. Con frecuencia también se bailaba la contradanza española, el minué y, más tarde, el vals. Después de servirse un refrigerio, consistente en mate o chocolate, los visitantes se retiraban hacia la medianoche.

Las tertulias más importantes se realizaban en las casas de Escalada Riglos, Alvear, Oromí, Soler, Barquín, Sarratea, Balbastro, Rondeau, Rubio, Casamayor. Pero la más prestigiosa de esas tertulias era la celebrada en la casa de Mariquita Sánchez, de la que ya hablamos. ‘El otro entretenimiento de que disponían las altas clases en el Buenos Aires aldeano era el teatro.

Por muchos años no existió otro que el Argentino, frente a la iglesia de la Merced, hasta que en 1833 se edificó el teatro de la Victoria. Alrededor de la platea, a la cual no concurría ninguna señora, se encontraban los palcos. Los palcos altos eran más caros que los bajos, aunque los concurrentes a unos y otros pertenecían indistintamente a la misma clase social, la alta burguesía. La diferencia estaba en que en los palcos bajos se podía aparecer en trajes más sencillos. Los palcos altos, en cambio, debían ser una verdadera vidriera de elegancia. La cazuela, comúnmente llamada el gallinero, era exclusiva para mujeres solas.

Allí concurrían mujeres de extracción social más modesta, mezclándose con algunas mujeres, de la clase alta, que iban allí, alguna vez, cuando no tenían compañía masculina o no querían arreglarse para mostrarse en un palco. La cazuela era, sobre todo, preferida por las jóvenes, que se encontraban allí con sus amigas para mantener conversaciones lejos de la tutela familiar.

La diversión preferida del verano era el baño nocturno en el río.  El 8 de diciembre —día de la Inmaculada Concepción— se inauguraba la temporada de baños. La playa porteña se extendía entre el bajo de las Catalinas. —actual calle Viamonte— y la bajada de los Dominicos —actual calle Bel-grano—. Pero pronto las damas de la élite comenzaron a abandonar esas zonas, demasiado populares por su cercanía a la ciudad, para irse más al norte o más al sur, a los lugares de la costa donde comenzaron a instalar sus residencias veraniegos. A nadie se le hubiera ocurrido ir al río antes que cayera el sol.

Hombres y mujeres esperaban que se hiciera de noche, sentados en el césped; a veces se cenaba allí mismo. Las jóvenes se paseaban en grupo del brazo, por la orilla del río, como años más tarde lo harían sus descendientes en la rambla de Mar del Plata.

Para la preparación del baño se extendía, sobre el pasto o las piedras, una alfombra o estera y se encendía un farolito. El concepto del pudor que existía en esos baños era tal que los hombres no se bañaban junto a las mujeres, ni los padres junto a los hijos.

Por el tiempo de Rosas comenzaron a ponerse de moda, entre los jóvenes de ambos sexos, las cabalgatas nocturnas. Salían en las noches de luna en grupos de veinte o treinta personas. Las jóvenes solteras podían asistir acompañadas de sus hermanos o de sus madres. Todavía no se había impuesto el traje de amazona para las mujeres, y estas cabalgaban en traje de entrecasa, pero con el infaltable peinetón.

Recorrían lentamente la ciudad hasta desembocar en la calle Larga de Barracas —los paseos se hacían generalmente hacia el sur—, donde comenzaban a galopar. Las jóvenes cabalgaban haciendo pareja con sus galanes, y todos cantaban en coro.

Manuel Calvez dice de estas pintorescas cabalgatas: “En las noches de luna totalmente llena, cuando la ancha calle se vestía con una blancura espectral, esas canciones pausadas, lentas y dolorosas, estilos o tristes, entonadas al lento paso de las cabalgaduras, cobraban un poético y misterioso encanto. Y para quienes veían la cabalgata y no carecían de sensibilidad, alcanzaba el espectáculo una extraña belleza”. No existían todavía la calle Florida ni Palermo como lugares de cita obligada de la gente “distinguida”.

El paseo público donde las grandes familias se encontraban era entonces la Alameda, avenida bordeada de ombúes, que corría a lo largo de la actual avenida Leandro Alem, a la altura de la calle Cangallo. La “vuelta del perro” en la Alameda se daba exclusivamente los domingos por la tarde; los restantes días de la semana el paseo quedaba casi desierto.

Nuevas diversiones
El empleo del tiempo libre en actividades banales está sujeto en la oligarquía a un complicado ritual, que tiene por objetivo la ostentación de riquezas. Hemos visto que este ritual hasta mediados del siglo XIX era sumamente simple. El apogeo económico de fines de siglo trajo un cambio en las costumbres, y el ritual se organizó en forma más pomposa. La vuelta del perro por la plaza de la Victoria o por la Alameda fue sustituida por la calle Florida.

Las cabalgatas por la calle Larga hacia los pueblos del sur fueron sustituidas por los paseos a la Recoleta o a las barrancas de Belgrano. Pero el número principal de este programa era el “corso” de Palermo, las tardes de los jueves y domingos. Cuatro filas de coches, tirados por animales de raza, iban y venían en un tramo de tres cuadras por la actual avenida Sarmiento, intercambiando en cada vuelta la ubicación para que todos pudieran cruzarse inevitablemente con todos. La ceremonia tenía sus reglas fijas: en la primera vuelta se saludaban, en las siguientes se fingía no verse y en la última se hacía el saludo de despedida.

Los “niños bien”, por su parte, hacían ostentación de la inmunidad de que gozaban por la posición de sus padres, dándole una paliza a algún pobre sereno o provocando escándalos nocturnos en los teatros de variedades, en los cafés concerts, en lo de Hansen.

La “indiada” del 90 se transformó en la “patota” del 900, más refinada y elegante, pues había pasado por Europa dejando sus medidas a los sastres más famosos de París y de Londres. Eran los precursores del “muchacho distinguido” de los años locos que “tiraba manteca al techo” en los cabarets de París, y del play boyde la segunda posguerra. Las confiterías de moda fueron, sucesivamente, la del Gas, en Rivadavia y Esmeralda, y La Perfección, en la calle Corrientes.

Años más tarde, cuando comienza el auge del Barrio Norte, surgen el Águila, de Callao y Santa Fe, y la París, de Charcas y Talcahuano, único lugar, este último, en que era “decente” mostrarse los sábados, además de dos o tres cines, llamados de “familia”, que quedaban por la calle Santa Fe.

En la belle epoque comienza también la moda de los viajes a Europa, es decir a París. Y allí, veraneando enDeauville, la oligarquía concibe por primera vez la idea de crear una ciudad balnearia cerca de Buenos Aires. Surge así Mar del Plata, y en 1887 se inaugura el Bristol Hotel, que constituirá uno de los más importantes lugares de reunión de la oligarquía en aquellos años.

Los bailes del Bristol llegaron a ser tan famosos en el mundo entero que una noche, en París, la bella Otero le dijo a Benito Villanueva: “No moriré sin bailar un cotillón en Mar del Plata“. Por los años veinte, con la difusión del automóvil, la oligarquía comienza a abandonar el Bristol y construye sus propias residencias en la Loma.

Por esos años, el chalet en la Loma se convirtió en un símbolo de status comparable a la residencia en el Barrio Norte de Buenos Aires, la pertenencia al Jockey Club, el palco en el teatro Colón o la bóveda en la Recoleta.

Fuente Consultada: Los Oligarcas Juan J. Sabreli – La Historia Popular Tomo 15 – Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo

Mitre y la Oligarquia Fraude Electoral Gobierno Oligarca Historia

El nuevo líder de la oligarquía: Mitre
Las buenas relaciones entre la oligarquía bonaerense y Urquiza estaban destinadas a durar pocos meses. Siguiendo una vieja tradición, utilizó los servicios de Urquiza cuando lo necesitó, para abandonarlo en seguida cuando sus intereses empezaron a ser divergentes; ya había hecho lo mismo con Rivadavia, con Dorrego, y acababa de hacerlo con Rosas. La traición a Urquiza no ofrecía, por lo tanto, ninguna novedad.

Como en los tiempos del general Martín Rodríguez, cuando los futuros rosistas se unieron a los unitarios para defender los privilegios porteños contra el ataque de los caudillos federales, ahora nuevamente los ex rosistas se unirán a los ex unitarios para defender una vez más los privilegios del puerto de Buenos Aires frente a los intentos de Urquiza por organizar la nación.

El 11 de setiembre de 1852, la oligarquía porteña, que ahora tiene un nuevo líder en Bartolomé Mitre, dio un golpe de estado aprovechando la ausencia de Urquiza y nombró gobernador al fanático porteñista Valentín Alsina. La unión de unitarios y rosistas en contra de Urquiza fue total. Él propio Mitre afirmó que, dispuesto a pelear, se puso la casaca que le trajo un sobrino de Rosas, Felipe Ezcurra, y tomó la espada y las pistolas que le alcanzaba otro sobrino de Rosas, Franklin Bond.

Años después, Mitre, el gobernador, y Mitre, el presidente, se rodeará de rosistas. No podía ser de otro modo: Mitre hoy, como Rosas ayer, representaban los intereses de la oligarquía terrateniente bonaerense; no había por lo tanto otro equipo político con el que trabajar. Los Anchorena, los Torres, los Obligado seguían siendo los auténticos amos de Buenos Aires,, Alsina y Mitre eran tan solo sus instrumentos.

La era del fraude
Con la organización del país después de 1853, fue necesario armar pour la galeríe el aparato de las elecciones populares llenando con apariencias todos los requisitos legales. La oligarquía necesitó desde ese momento, para poder seguir manteniendo el poder, recurrir al fraude.

El fraude empezaba mucho antes de las elecciones con la inscripción de ciudadanos en los padrones. Se procuraba por todos los medios de que no se inscribieran aquellos de quienes no se tenía la seguridad de que votarían por el candidato auspiciado por el gobierno. En compensación se inscribe por la fuerza a todos los que dependen del gobierno y, como si eso fuera poco, en cada distrito electoral se agrega un número de nombres supuestos igual al de los inscriptos.

El fraude sigue el día de las elecciones impidiendo de todas formas, aun a balazos, que los opositores se acerquen a la mesa electora, en tanto que el votante oficialista vota, repetidas veces, cada vez con un nombre distinto.
El verdadero elector de la Argentina, hasta la Ley Sáenz Peña, era el  presidente de la República, que elegía gobernadores de provincias, diputados, senadores y hasta su propio sucesor.

Con la implantación de la Ley Sáenz Peña se suceden catorce años de elecciones limpias, hasta que la oligarquía, cansada de qué el juego le fuera adverso, decide voltear el tablero. Luego del golpe militar de 1930 vuelve nuevamente el régimen del fraude más escandaloso en las elecciones de Justo, primero, y de Ortiz, después.

A la caída del peronismo el país ya estaba demasiado evolucionado para el fraude, se creó entonces el sistema más elegante de las elecciones “restringidas”, donde se excluye todo partido que no convenga a! mantenimiento del régimen.

El reparto de la tierra pública
El reparto de la tierra pública, el latifundismo y la creación de una oligarquía terrateniente, tres aspectos de un mismo proceso, tienen, como ya vimos, su lejano origen en la época colonial con las “mercedes de estancia” otorgadas por el rey. Se acentúa mucho después de la Revolución de Mayo y conoce sus momentos más altos con la ley de Enfiteusis de Rivadavia, con el gobierno de Rosas y después de Caseros, sobre todo con el gobierno de Roca.

En el período comprendido entre 1876 y 1893 se enajenaron 42 millones de hectáreas de tierras públicas, llegando a subastarse 400 leguas en una sola operación en Londres a $ 0,48 la hectárea.

En los comienzos del siglo XX la tierra estaba completamente repartida. E! censo nacional de 1914 indicaba la existencia de 2.958 propiedades de 5.000 a 10.000 hectáreas; 1.474 de 10.000 a 25.000, y 485 de más de 25.000 hectáreas. Entre estas últimas, aunque no lo diga el Censo, existían algunas cuyas superficies pasaban las 100.000 hectáreas.

En cuanto a la provincia de Buenos Aires, según datos extraídos por Jacinto Oddone de la Guía de Contribuyentes, tan solo cincuenta familias son dueñas, en conjunto, de más de cuatro millones de hectáreas, valuadas, a los efectos de su contribución, en cerca de mil millones de pesos.

Entre esas familias se cuentan los, clásicos apellidos de la oligarquía: Anchorena, Alzaga Unzué, Luro, Pereyl ra Iraola, Pradere, Guerrero, Leloir, Graciarena, Santamarina, Duggan, Pereda, Duhau, Herrera Vegas, Zuberbühler, Martínez de Hoz, Estrugamou, Díaz Vélez, Casares, Atucha, Drysdale, Cobo, Bosch, Drabble, Bunge, Pueyrredón, Ortiz Basualdo, Mulhall, Pourtalé, Llaudé, Saavedra, Deferrari, Crotto, Stegmann,Perkins,Otamendi,Aguirre, López Lecube, Taillade, Lastra, Apellanis, Alvear, Tornquist, Lyne Stivens, Fernández, Van Pennewitz, Rooth, Hale, Durañóna, Parravicini.

El general Roca, uno de los mayores entregadores de la tierra pública, informaba al Congreso que hasta 1904 el Estado había otorgado títulos de propiedad a particulares, que abarcaban 32.447.045 hectáreas.

Todas las tierras concedidas estaban ubicadas en las zonas más fértiles; las que conservaba el Estado se encontraban, en cambio, en lejanos territorios nacionales y eran, por lo tanto, de menor valor. La enorme valorización de la tierra la fortuna de los terratenientes, que la habían comprado por nada o la habían recibido como regalo de gobiernos excesivamente complacientes con sus familiares y amigos.

Para darnos una idea de la valorización, Jacinto Oddone calcula que el precio de una hectárea en 1836 era de 0,42 centavos, y en 1927 llegaba a $ 1.840 por hectárea. Un peso invertido en tierra en el año 1836 se convertía en el año 1927 en $ 4.380. En el curso de menos de cien años el valor de la tierra había aumentado el 438,000 por ciento.

En el momento actual puede decirse que el 1 % de los propietarios tiene en su poder el 70 % de la tierra explotable, en tanto que el(50 % de todo el ganado vacuno está en poder del 2,4 % de los propietarios. 11.002 propiedades, que constituyen el 1,95’% de los establecimientos de más de 2.500 hectáreas, cubren el 59,45 % de la tierra.

En la provincia de Buenos Aires tan solo 272 personas poseen casi la sexta parte de la provincia;  5 familias tienen más de un millón de ha. Pero la oligarquía latifundista consigue todavía hoy escritores que hagan la apología del latifundio.

En tanto los productos agropecuarios se cotizaron bien en el mercado mundial, el país, gobernado por la oligarquía agropecuaria, prosperó; pero cuando estos productos comienzan a perder su valor y los países exportadores de materias primas entran en crisis, la oligarquía agropecuaria, más atenta a sus propios intereses que a los de la nación, se constituye en el principal factor de estancamiento y atraso, obstaculizando por todos los medios la industrialización del país.

Por su parte, una burguesía industrial débil e incoherente y demasiado ligada a la oligarquía agropecuaria por una red de intereses o de meras ilusiones, no supo llevar una batalla a fondo contra ésta. El propio Perón, a pesar de las repetidas amenazas de llevar a cabo la reforma agraria, no se atrevió nunca a la expropiación de los latifundios. La oligarquía ganadera perdió de ese modo el poder político, pero mantuvo la principal fuente de su poder económico: las tierras.

Fuente Consultada: Los Oligarcas Juan J. Sabreli – La Historia Popular Tomo 15 – Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo

Origen de la Oligarquia en Argentina Clases Sociales Colonial Vecinos

Entre vecinos y estantes La población de la ciudad de Buenos Aires en la época colonial se dividía en dos grandes clases, los vecinos los estantes. Los vecinos eran los descendientes de los primitivos habitantes de la ciudad, los hijos de los colonizadores, y constituían por lo tanto la clase de los patricios.

En los estantes se agrupaban los comerciantes, los profesionales, los maestros y también los artesanos y los jornaleros. Solo los vecinos podían adquirir propiedades, tener encomiendas de indios y formar parte del Cabildo como alcaldes y regidores. Durante el siglo XVII, el status de los vecinos, que eran los oligarcas del virreinato, consistía en descender de primeros, segundos, etc., conquistadores. Pero esta división en castas no estaba destinada a perdurar. La entrada de la colonia en la órbita del capitalismo comercial rompería los más rígidos estamentos sociales.

Surgía una nueva clase social, la de los comerciantes, que en poco tiempo llegaron a tener las más grandes fortunas de la ciudad. Es entonces cuando los estantes comenzaron a fusionarse con los vecinos. Ni aun en la propia época colonial Buenos Aires pudo constituir una sociedad aristocrática con una clase patricia, pese a los pujos aristocráticos de los primeros pobladores. Desde el comienzo Buenos Aires y Montevideo estaban destinadas a ser sociedades mercantiles, regidas pura y exclusivamente por la posesión del dinero.

Como dice Ricardo Rodríguez Mola, “el dinero fue el único escudo de nobleza que pueden presentar los habitantes de la ciudad colonial; los mercaderes y los estancieros, españoles o criollos, ven en él, y en el ganado que lo produce, el. fin de sus afanes: la única forma de poder entrar en el ámbito social elevado y en la política de la colonia”.Enriquecidos por el comercio, el contrabando y el tráfico de esclavos, los estantes se hicieron también prestamistas: prestaban dinero a los vecinos con garantía hipotecaria sobre sus casas.

Estos préstamos eran muy frecuentes, dado el tradicional menosprecio por las actividades productivas que ostentaban los hidalgos. Mediante el préstamo de dinero y los matrimonios con las hijas de os vecinos, los estantes más afortunados se vinculaban con las viejas familias patricias y conseguían, a través de ellas, presionar sobre el Cabildo para obtener el derecho de vecindad acreditando residencia, buen concepto social y ser padres de familia. Luego, también por medio del Cabildo, conseguían mercedes de estancias, y de ese modo pasaban de a categoría inferior de comerciantes la de terratenientes, que en un principio era solo privilegio de los vecinos.

De la pulpería al Cabildo
El vertiginoso ascenso de los pulperos y comerciantes de Buenos Aires, que constituirían en pocos los la clase alta, ha sido testimoniado por los cronistas de la época, jesuita José Cardiel dice al respecto: “Todos son mercaderes, que ;á no es mengua de nobleza. Vemos varias transformaciones. Viene un grumete, calafate, marinero, albañil o carpintero de navío.
Comienza aquí a trabajar como allá (que espanta a los de la tierra, que no están a tanto), haciendo casas, barcos, carpinteando, aserrando todo el día; o metiéndose a tabernero, que aquí llamar: pulpero, o a tendero. Dentro de pocos meses .se ve que con su industria y trabajo ha juntado alguna plata: hace un viaje con yerba o géneros a Europa, a Chile o a Potosí. Ya viene hombre de fortuna: vuelve a hacer otro, y ya a ese segundo lo vemos caballero, vestido de seda y galones, espadín y pelucas, que acá hay mucha profanidad en galas. Y luego lo vemos oficial real o tesorero, alcalde o teniente de gobernación; y tal cual gobernador, aunque éstos comúnmente vienen de España, gente noble”.

Otro testigo de la época, Pedro Juan Andreu, corrobora lo dicho por Cardiel: “Cualquier hombre que venga de España bien criado, y si sabe leer y escribir y contar, hará aquí caudal grande como no tenga vicios. Aquí todo hombre de caudal es mercader, y el que blasona más nobleza está todo el día con la vara de medir en la mano. El que fuera, pues, recién venido, como conocen que es bien criado, hallará paisanos en Buenos Aires de caudal que le fiarán de dos a tres mil pesos en efectos de las tiendas, y con esto y en tres o cuatro viajes ya se hallan ricos los que vinieron sin un cuarto y ya hallan casamiento con dotes superiores”.

Estos relatos de Cardiel y de Andreu son sociológicamente típicos, y representan, con variantes personales, la de tantos otros tenderos y pulperos españoles que años más tarde constituirían la clase alta de Buenos Aires y de Montevideo. El origen de todas las grandes fortunas de las familias tradicionales rioplatenses estaba indefectiblemente en el mostrador de la tienda o la pulpería.

Esta nueva burguesía comercial, que trataba de acrecentar más y más sus rentas en una dura lucha competitiva, venía a destruir el idilio precapitalista de los primitivos habitantes, su apacible vida y su elemental economía, limitada simplemente a la subsistencia. La aldea dormida cambiaba de ritmo; las plazas se volvían mercados públicos adonde llegaban las carretas a vender a los comerciantes minoristas toda clase de artículos.

El desdén por la acumulación primitiva de capital de los primitivos habitantes es proclamado por los apologistas de la colonia como espíritu de aristocracia. Los críticos liberales, por su parte, lo atribuyen a ocio atávico de la raza hispánica. En realidad no era un estilo de vida deliberadamente impuesto por ningún misterioso instinto, sino que respondía a determinadas condiciones económicas: la imposibilidad de un desarrollo capitalista en Buenos Aires en tiempos en que Lima detentaba el monopolio comercial.

Cuando las condiciones cambiaron porque las concesiones hechas a la libertad de comercio en 1778 permitían a Buenos Aires competir económicamente con Lima, surgiría una nueva clase burguesa con otro ímpetu.

La búsqueda del “status”
Ya a partir de los siglos XVII y XVIII la clase principal o gente “decente” de la ciudad de Buenos Aires estaba compuesta principalmente por los tenderos. Sociedad sin títulos nobiliarios ni mayorazgos, no por ello fue democrática: la burguesía, adquirió pronto todos los hábitos aristocráticos, con sus prejuicios de sangre, religión y raza, tanto más fanáticamente cuanto más difícil era probar su legitimidad.

Ese proceso de aristocratización de la burguesía se acentuó aún más cuando el rey Carlos III emitió una real orden, del 18 de mayo de 1773, que declaraba compatible la hidalguía con el comercio. La nueva burguesía tenderil comenzó desde entonces a inventarse antecedentes hidalgos.

Ya en 1795 el título de Don era posible obtenerlo, según Real Cédula, por la suma de mil reales de vellón. Sin embargo, esta burguesía advenediza, este nuevorriquismo virreinal se sentía inseguro: sabía que el dinero solo no bastaba para adquirir prestigio social, y comenzó entonces la búsqueda desesperada del status, en mil detalles de la vida cotidiana. Necesitaba vivir en la zona del Fuerte —el Barrio Norte de la época—, que comprendía los alrededores de lo que hoy es la Plaza de Mayo.

Poco a poco fueron despojando de esa zona exclusiva a los primitivos habitantes, los patricios, muchos de los cuales perdían sus casas por la ejecución hipotecaria sobre dinero prestado a un estante o simplemente por venta, al no poder seguir manteniendo el mismo nivel de vida. A medida que los solares pasaban de los patricios a los comerciantes, los ranchos de barro y sauce de aquellos se transformaban en casas con algo más de confort, hechas de ladrillo cocido con pisos también de ladrillos.

La primera generación de advenedizos era generalmente despreciada por las viejas familias, que designaban a aquellos con el despectivo mote de guarangos —de guaran, garañón—, por sus malos modales. Pero ya los hijos de los guarangos educados en el Colegio de la Compañía, adquirían buenos modales, y no tenían dificultades en fusionarse con las mejores familias.

Fuente Consultada: Los Oligarcas Juan J. Sabreli – La Historia Popular Tomo 15 – Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo

Primer Envenenador Asesino Argentino Curiosiades Historia Argentina

Primer Envenenador – Asesino Argentino

Luis Castruccio decidió poner un aviso en los diarios buscando un criado (a quien matar). Habían pasado 10 años  desde que llegara desde Italia y se había cansando de los corretajes comerciales. La vida no le había dado grandes cosas, apenas un cerebro embotado.

Era de baja estatura, de cabellos rubios y lacios, ojos azules, cabeza grande y redonda y brazos largos. Corría 1888 y tenía 25 años.En el aviso pedía un chico de 7 o 9 años para “servir a su señor”, con educación garantizada. Su plan se derrumbó y no por falta de oferentes.

primer envenenador argentino

Consistía en hacerse beneficiario de un seguro de vida y cometer el crimen perfecto. Pero no encontró ninguna compañía que aceptase el convenio pues les parecía inmoral que un adulto sin parentezco sea beneficiario del seguro de un nene.

Puso otro tipo de aviso, pidiendo mucamo, y tomó al primero que se presentó, Alberto Bouchot Constantin, un francés sin parientes en la Argentina.

A este sí lo aseguró, haciéndose pasar por el cuñado. Compró, con receta falsa, 20 gramos de arsénico y se lo fue dando en las comidas. En la agonía del pobre Constantín, le tapó la nariz y la boca. Nunca se sabrá si fue piedad o apuro.Llamó a la compañía de seguros, pero sospecharon de inmediato porque había pasado poco tiempo desde el contrato.

Las autoridades judiciales ordenaron la autopsia y agregaron que Castruccio debía estar presente. Los médicos descubrieron el arsénico y la asfixia. Tomándole la mano al muerto, Castruccio confesó su dolor por el fracaso comercial.

Fue condenado a muerte.

Mientras iba hacia el pelotón de fusilamiento en la Penitenciaría Nacional, de la mano de un cura, llegó el indulto. Castruccio no advirtió que ese día no iba a morir.

Pasó 20 años preso y su cerebro daba cada vez menos señales de cordura. Hasta que lo mandaron al Hospicio de las Mercedes. Allí murió el primer envenenador argentino, balbuceando cosas sobre arsénico y dinero

 

Vida del Gaucho Argentino Costumbres Caracteristicas del Gaucho

Vida del Gaucho Argentino
Costumbres y Características

EL GAUCHO , UN PERSONAJE CONTRADICTORIO: Muchos viajeros del viejo mundo y de EE.UU. han pasado por nuestras tierras, cuando el país recién comenzaba a dar sus primeros pasos de independencia y organización nacional y bien de acuerdo a los viajeros, ¿cuál es el carácter del gaucho?. Es difícil contestar esta pregunta porque, precisamente, los viajeros atribuyeron a éste un carácter ambivalente con virtudes y defectos, una especie de noble salvaje, capaz a la vez de bajezas y sentimientos elevados.

Vida del Gaucho Argentino Costumbres Caracteristicas del GauchoVeamos si no lo que escribía Armaignac en 1871: “Son chicaneros, borrachos, orgullosos, presuntuosos, derrochadores y perezosos: pero redimen la mayoría de sus defectos por su generosidad, desinterés, resistencia a la fatiga o la intemperie en cualquier clima, paciencia a toda prueba y sobriedad en su vida ( … ). El gaucho es generalmente tranquilo, frío y ágil jinete. Muy cortés. humilde, dócil, hospitalario, compasivo, servicial, buen padre y esposo. Es gran amante de la poesía, admira la naturaleza y contempla todo aquello que es bello. Espíritu melancólico, enemigo de las ideas abstractas y sutiles, expresa en un lenguaje simple y armonioso los pensamientos y sentimientos más elevados (. .. )”

De la misma forma, otros autores representan al gaucho como un ser al mismo tiempo sanguinario y sensible, malicioso y hospitalario, ignorante y amante de la música y la poesía. Estas contradicciones no deben preocupamos.

Ellas reflejan una posición ambivalente de los autores frente a un personaje que evoca lo noble, tradicional y pastoral de la sociedad europea, ahora bajo el ataque del industrialismo.

Un personaje que a la vez, no puede ser considerado europeo, alguien que debe permanecer extraño, por sus diferencias con la ética, las costumbres y los gustos de un europeo.

Como la abundancia los transforma en holgazanes: indolencia y abundancia son motivos comunes en las narrativas de viaje: ambos son presentados como «naturales». Una colección de las narrativas de viaje más populares, publicada en Londres en 1835, contenía la siguiente descripción acerca de las necesidades del gaucho: “El principal rasgo del carácter del gaucho es que él es una persona sin necesidades”.

Acostumbrado a vivir constantemente en la intemperie, y a dormir en el suelo, él no considera que el tener unos pocos agujeros en su rancho sean de alguna consecuencia. No le desagrada la leche, pero prefiere no tener la que tomarse el trabajo de buscarla» [A., G., The Young Travellers in South America (London, J. Macrone, 1835), p. 258 y 259].

Habiendo crecido en libertad y acostumbrado a lacaza para subsistir, el gaucho se habitúa a no tener nada y no desear nada. Su indolencia natural le impide ampliar la gama de sus satisfacciones. Escribe MacCann: «El paisano rehúye todo trabajo cuyo éxito dependa del transcurso del tiempo; no sabe valorar éste, y no lo cuenta en horas ni por minutos sino por días; es hombre moroso y su vida transcurre en un eterno mañana; tiene hábitos migratorios y  por donde quiera que se encamine, sabe que encontrará de qué alimentarse, debido a la hospitalidad de las gentes» [W. MACCANN, Viaje a caballo por las provincias argentinas (Buenos Aires, Solar-Hachette, 1969). p. 116].

Pero es la posibilidad de obtener su sustento libremente lo que lo mantiene en su condición casi salvaje, Una y otra vez, los viajeros contraponen la «pobreza» del rancho del gaucho la falta de muebles, los pisos de tierra, los agujeros en las paredes, la escasa vajilla, la suciedad, el hacinamiento de hombres, mujeres, niños y perros con la «abundancia» de la naturaleza y la facilidad para obtener el sustento.

Son consabidos los relatos de la apropiación de ganado en el campo «esa gran facilidad de subsistir casi sin trabajo: de vestirse con los productos del despojo de un buey», escribe Isabell el pero hay también abundancia en la ciudad.

Campbell Scarlett describe cómo dos gauchos acaballo pescan en el río, tirando cada uno una punta de la red. En la costa, en cada marea baja, quedan pescados en abundancia para quien quiera tomarlos. «Toda la costa, después de un temporal de viento, queda a menudo cubierta con esta tribu armada de aletas: y si los mendigos que piden limosna (siempre a caballo), condescendieran a desmontar para obtener con qué cenar, no solamente encontraríamos trozos de carne todos los días, tirados alrededor de los caminos de los mataderos, que caen de los carros de los carniceros, sino también peces sobre la costa, donde los consiguen por nada, a no ser la molestia de levantarlos» [P. CAMPBELL SCARLETT, Viajes por América a través de las Pampas y los Andes (Buenos Aires, Claridad, 1957), primera edición, Londres 1838, p. 43].

La abundancia favorece la indolencia, y ésta impide la difusión de la «civilización», que es sinónimo de diversidad de deseos y de bienes. Los viajeros. al combinar estos dos mitos (las limitadas necesidades de los paisanos y su «indolencia natural»,) acercan al gaucho ala «vida natural», una de las estrategias narrativas preferidas por los románticos, mientras que deniegan al paisano su carácter de consumidor, uno de los atributos de la modernidad.

Fuente: Todo Es Historia Viajes y Viajeros Nro. 315

La Forestal Maderas y Tanino
La Brutal Explotación del Hombre en el Norte Santafesino

Historia de los Reformatorios en Argentina Los Institutos de Menores

Historia de los Reformatorios en Argentina

La falta de cifras oficiales sobre “los chicos de la calle” y los jóvenes que padecen conductas antisociales, mantiene el problema global de la delincuencia juvenil y la niñez abandonada en una peligrosa abstracción, donde funcionarios, jueces, policías y políticos polemizan acerca de su verdadera magnitud. Se sabe, no obstante, que sobreviven en la Argentina contemporánea aproximadamente 3.500.000 niños menores de 13 años con graves carencias y que por lo menos la mitad de ellos no ha cumplido aún los cinco años. A su vez, se ha podido establecer la existencia de unos 800.000 chicos “en situación de alto riesgo”.

Los senderos que conducen al encierro

Variados son los caminos por los que puede arribar un menor a un instituto correccional. Un cuerpo de prevención juvenil, dependiente de la Secretaría de Desarrollo Humano y Familia, puede “levantarlo” de las estaciones ferroviarias y de las calles, donde estos chicos hacen de vendedores ambulantes o abre-puertas de taxis.

Puede ocurrir que, ante un determinado delito, un juzgado decida su internación. Pero puede suceder también que la misma policía invente una causa e introduzca a uno de estos niños en el asfixiante circuito de los reformatorios.

“Al referirme a la invención de la conducta desviada y criminal, pretendo reflejar el proceso que me han narrado policías, al ser entrevistados, y que puede resumirse así: Observo determinados menores por algún tiempo, cuando voy patrullando la ciudad. Cuando tengo la impresión de que algún muchacho está creando problemas, tomo la decisión de detenerlo. Al tomar la decisión de detenerlo ya lo inventó como presunto cliente de la policía; y por primera vez, si no tiene el niño un padre que interceda ante los organismos preventores, comienza a ser inventado en las estadísticas policiales” (P.D., “Criminología y Sociedad”).

Por uno u otro motivo, lo cierto es que el menor ingresa por primera vez a ese “infierno tan temido”. Generalmente, hace su “entrada triunfal” a bordo de un camión celular, en el interior de una de esas celdillas que todos llaman “ataúdes” y cuya capacidad máxima no tolera más de un cuerpo humano, pero que por obra y gracia de la “magia carcelaria” recibirá dos, tres y hasta cuatro, si es que el encargado de transportarlos quiere evitar un viaje para irse temprano de franco. “Son camiones idénticos a los que se utilizan en las penitenciarías de mayores —describe Matías Ripoll, especialista en minoridad—.

Los diferencia solamente el tamaño. Son toda una metáfora de los reformatorios, que vienen a ser cárceles pequeñas habitadas por  pequeños en donde se reproduce la vida de los presos mayores, con apenas algunos matices propios de la edad”.

El vía crucis del cautiverio

Esos matices conspiran también contra el menor que le ha tocado vivir el “vía crucis” de su propio cautiverio. Los especialistas no se cansan de señalar que la poco desarrollada personalidad de estos niños y adolescentes los hace sumamente vulnerables a todo tipo de sometimiento. El delincuente adulto, en cambio, posee mayores reservas morales como para soportar esa especie de ley de la selva que impera en los institutos correccionales y en las penitenciarías. Allí los más débiles y los más pequeños sufren el abuso y las denigraciones, se convierten en “mujeres” o esclavos de los más grandes, aprenden rápidamente sus vicios y tienden a imitarlos.

La falta de un criterio seleccionador, que permita discriminar a los menores por edades y características, ayuda en buena medida a que esto ocurra. En el interior de esas “tumbas” es muy común encontrar en el mismo pabellón a niños detenidos en la vía pública por vagabundear, con ladrones consumados o con parricidas, pasando por patoteros, drogadictos o simples desertores de la escuela. Cualquier tarea de resocialización, tropieza entonces con este obstáculo insalvable y ya tradicional en los reformatorios argentinos.

Como si no fuera suficiente castigo tener que soportar las penurias de una vida desdichada, el menor es forzado a descender a ese laberinto de crueldades, donde debe purgar religiosamente el pecado de ser un desplazado social, un niño abandonado a su suerte, una pobre víctima de su circunstancia.

La historia de los reformatorios comienza a principios de siglo. Por aquel entonces se ponía el acento en un supuesto espíritu de grandeza, que luego se tradujo en la construcción de enormes edificios, algunos de los cuales subsisten aún hoy en día, invariablemente encuadrados en el art decó y con inmensas galerías y enormes pabellones, pero donde los chicos perdían de vista su identidad y en donde se pretendía hacer vivir a los adolescentes marginados, quienes debían crecer en el respeto a los adultos. Adultos que, por supuesto, detentaban el poder y el saber.

Ese sistema tuvo algunos aciertos, pero contribuyó también de manera notable a crear una mentalidad dependiente y sumisa. Estos chicos no podían desarrollar una visión de futuro y de libertad, no podían pensar en un futuro mejor, como una ambición colectiva.

Las cosas comenzaron a cambiar lentamente durante el gobierno de Yrigoyen. Hubo una generación de juristas y científicos que comenzaron a preocuparse por tecnificar y humanizar el tratamiento de menores. Surgió entonces la ley Agote que establecía el Patronato Nacional de Menores y comienza así a hablarse de tratamiento terapéutico.

El Estado, recogiendo experiencias europeas y norteamericanas, estableció las colonias-hogares, con grupos de adolescentes y con tratamiento familiar en casas de matrimonios. Se puso en práctica así toda una nueva modalidad, que ha permanecido invariable en el sistema y que consiste en la coexistencia de lo antiguo con lo moderno, porque pese a implantarse esas colonias-hogares subsistían establecimientos a cargo de la Sociedad de Beneficencia.

En la década del treinta, bajo la influencia de personalidades como Jorge Cobi y Carlos Arenaza, en lo jurídico; la doctora Carolina Tobar García, en psiquiatría; o Thelma Reca desde el enfoque psicoanalítico, modelan un nuevo sistema que fue, en su momento, orgullo para el país. Hay muchas de sus propuestas que continúan teniendo vigencia en la actualidad y que, sin embargo, aún no han sido totalmente efectivizadas.

La era del peronismo

El peronismo puso luego el acento en la atención de las necesidades básicas y en la ruptura de la marginación de los trabajadores, promoviendo a gran escala la justicia social.

En lo que se refiere específicamente al área de menores, el peronismo puso énfasis en la educación, canalizada durante aquella época por medio de la construcción de escuelas y la apertura de centros, para dar cabida a más chicos de los que eran atendidos por el sistema hasta ese entonces. Otra ayuda fundamental provino de la Fundación Eva Perón.

Se podría recordar también esos edificios grandes de paredes blancas y techos de teja, las es-cuelas-hogares que han quedado en casi todas las ciudades importantes de nuestras provincias. Pero es preciso anotar que durante esa década comenzó a darse importancia a los tratamientos preventivos y ambulatorios, y en forma institucionalizada. También se puso énfasis en los problemas de salud, en el deporte, en las colonias de vacaciones.

El tratamiento de menores con problemas de conducta, sin embargo, no cambió de posición y continuó con las líneas implementada; en la década del treinta, con todos sus aspectos positivos pero también con los negativos.

Política de menores, según Illia y Frondizi

A fines de la década del cincuenta, se crea el Consejo Nacional c¿ Menor. Se trata de una institución que intenta hacer una especie de coordinación entre las áreas que ocupan de los problemas del abandono y de conducta.

Este es   un momento particularmente significativo, inclusive para toda la sociedad argentina, dado que, por ejemplo, el Gran Buenos Aires crece de una manera formidable y también se modifica la forma y la psicología del adolescente con respecto al sistema. Hay una importante cooperación de los equipos terapéuticos. Estos se nutren en forma creciente de psicólogos y de asistentes sociales, quienes junto con los equipos docentes y jurídicos, son los que van a determinar el curso de los tratamientos. Ya no se piensa en aislar al menor de la sociedad, sino que empiezan a buscar integrarlo socialmente.

Para finalmente definir éste sistema, que se va a extender durante todo el gobierno del doctor Arturo Illia, habría que explicar que la búsqueda de lanzar cambios positivos en el tratamiento de menores se dio principalmente a través de los siguientes rasgos: apertura, investigación, capacitación y planificación de políticas. Esto fue lo que intentó hacer, aunque no lo ha logrado plenamente.

El signo distintivo y fatal de la última dictadura

Durante la época del Proceso, estos reformatorios conocieron la superpoblación y una rigidez casi inédita en cuanto a los sistemas disciplinarios internos. Los menores con serios trastornos de conducta eran recluidos en pabellones especiales, dentro mismo de las cárceles de mayores dependientes del Servicio Penitenciario Federal.

Como el instituto para enfermos mentales Tobar García no aceptaba adolescentes con problemas psíquicos, éstos debían resignarse a vivir en hospicios para adultos o hacerse “forzosamente imputables” para ser remitidos a los correccionales. A juicio del subsecretario de Desarrollo Humano y Familia, Julio Bello, “estamos observando hoy la consecuencia de muchos años de desmantela-miento que el aparato represivo militar ejerció sobre el trabajo que realizaban nuestras asistentes sociales. Los chicos abandonados y la falta de referencia de los mismos, son la mejor prueba de esta lamentable verdad histórica”.

Eroles sostiene además que “durante el Proceso, los psicólogos tenían prohibido construir comunidades terapéuticas dentro de los institutos, cuando ése es el instrumento más eficaz en la estrategia de salud comunitaria”. Esto resintió obviamente el trabajo de asistencia y resocialización que, en la teoría, debía llevarse a cabo en los ámbitos de la minoridad, donde terminó aplicándose lo que la doctora Pascual denomina “trompada pedagógica“. “Se trata de un método muy común en el mundo de los menores infractores —especifica—.

El chico que no se adaptaba a una institución había que sacudirle un golpe pedagógico para meterlo en caja”. Esta “ideología del castigo” sería reconocida públicamente por la señora Ruth Fernández de Monjardín, funcionaria durante la última etapa del régimen militar: “Hay que ponerse también en el lugar de un director de un instituto que trata con hasta 100 menores con problemas graves de conducta, que discuten y se agreden entre sí o le pegan a un celador, y que provocan disturbios. No es fácil para nadie aplicar un castigo sin que provoque una dolorosa reacción de injusticia en la gente que ve el problema desde afuera. Los niños del Agote, por ejemplo, reciben certificados de estudios y van a trabajar en talleres. Todo eso necesita un orden y una armonía, y a veces hay menores que no se adaptan y perturban al resto. Por eso es lógico que el menor reciba una sanción. Creo que hay gente que hace terrorismo personal formulando declaraciones donde se quiere mostrar a un instituto siempre como algo negativo” (Tiempo Argentino, 24 de noviembre de 1982).

Historia de la Fundacion del Jockey Club Vida de la Oligarquia

Historia de la Fundación del Jockey
Club Vida de la Oligarquía

El Jockey Club
Sin duda alguna el Jockey Club se ha convertido en el signo más representativo de status y prestigio social entre la oligarquía argentina. El incendio del Jockey durante el peronismo tuvo, por eso, un valor casi simbólico en la campaña contra la oligarquía.

El Jockey Club fue creado en 1883, durante la primera presidencia de Roca, por iniciativa de Carlos Pellegrini quien tuvo la idea contemplando el espectáculo del Derby en el hipódromo Chantilly de París. El grupo inicial que formaba el Club era tan reducido que no pasaba de 143 socios. Su primera comisión directiva estaba compuesta por Carlos Pellegrini, presidente; Eduardo Casey, vicepresidente; Santiago Luro, tesorero; Carlos Rodríguez, secretario; y Emilio Casares, Nicolás Lowe, Tomás Duggan, Emilio Nougués, Anascarsis Lanús, Juan Shaw (hijo), Bernabé Castex, vocales.

En 1896 se comenzó la construcción del edificio de la calle Florida 559, que se inauguró con un gran baile el 2 de setiembre de 1897. Carlos Pellegrini le describe en una carta a Miguel Gané la magnificencia del flamante edificio: “el hall es hermosísimo, pero todo desaparece ante la escalera soberbia, que se levanta y desarrolla con una curva armoniosa. Allá en el primer descanso un foco de luz divina, la Diana ideal, parece que se eleva lanzando una flecha que sus ojos miran e irradiando en torno una aureola de arte que envuelve la escalera entera y hace de todo un conjunto artístico, una de esas trauvailles que es necesario ver”.

El edificio, incluidos muebles, costó en la época tres millones de pesos. En un tiempo en que el peso argentino cotizaba muy bien, y en que las finanzas del Club iban mejor aun, sus dirigentes aprovecharon para comprar en Europa importantes colecciones de arte, destacándose un biombo coromandel de China, pieza antiquísima y dos cuadros de Goya: La Boda y El Huracá.

La biblioteca también contaba con valiosas piezas, entre ellas algunos libros pertenecientes al general San Martín, vendidos por el albacea de su nieta, señora Balcarce de Gutiérrez Estrada, También se adquirió el archivo completo y el diario íntimo del almirante Le Blanc, jefe de la escuadra bloqueadora de Buenos Aires durante el conflicto bélico en la época de Rosas.

La comisión directiva del Jockey Club consta de un presidente y 20 miembros elegidos por los propios socios. Hay una comisión de carreras, cuyo presidente es a la vez el vicepresidente 19 del Club, y una comisión de interior, cuyo presidente es el vicepresidente 2° del Club. Los presidentes del Club, desde su fundación a nuestros días, han sido Carlos Pellegrini, Santiago Luro, Eudoro Balsa. Carlos P. Rodríguez, Miguel Cañé, Vicente Casares, Benito Villanueva, Francisco Beazley, Enrique Acebal, Samuel Hale Pearson, Agustín de Elía, Miguel Martínez de Hoz, Saturnino Unzué, Joaquín Anchorena, Tomás E. de Estrada, Eduardo Bullrich, Félix de Alzaga Unzué, Horacio Bustillo y Manuel Anasagasti.

De los 143 socios iniciales, el Club se ha ampliado mucho a través de los años, pero su carácter restringí do le impide pasar el número de 7.500 socios, que es el que tiene en la actualidad. Para admitir un socio nuevo es preciso que se produzca alguna vacante. La votación para la admisión de socios nuevos es secreta y se utilizan bolillas negras y blancas. Con dos bolillas negras, el aspirante a socio no puede entrar y no puede presentarse nuevamente hasta pasados los dos años. Si hay una sola bolilla negra, se vuelve a votar, y en el caso de que vuelva a haber una sola bolilla negra se lo admite.


Con la llegada del peronismo, el Jockey pasó el peor momento de su historia. Durante el primer gobierno de Perón, la Municipalidad, mostrando su sentido del humor, instaló frente a las escalinatas del Jockey un maloliente puesto de pescado. Los atildados socios se encontraron de pronto con el ambiente de mercado popular invadiendo su exclusivo recinto.

En 1953 las relaciones entre Perón y la oposición se ponen más tensas, y la burla displicente con que se trato al Jockey se convierte en violencia. El 15 de abril de ese año, un acto peronista en Plaza de Mayo es interrumpido por el estallido de un par de bombas. En revancha, grupos de jóvenes pertenecientes a la Alianza Libertadora Nacionalista queman los edificios de la Casa del Pueblo, la Casa Radical, la sede del Partido Demócrata Progresista y el Jockey Club.

A las 12 y 20 de la noche el Jockey Club fue invadido por un grupo que entró por la ventana de la gerencia, que daba a la calle Tucumán. Los testigos presenciales hablan de una batahola de gritos, balazos y maderas encendidas en medio de la oscuridad.


La Diana cazadora de Falguieri, estatua que adornaba el hall central, rodó por la escalera y se hizo pedazos. La pinacoteca se perdió completamente, incluyendo los cuadros de Goya. A la mañana siguiente, seis dotaciones de bomberos conseguían apagar el incendio.


El 21 de mayo el gobierno da el golpe definitivo al Jockey; los hipódromos son nacionalizados, pasando a depender de Lotería y Casinos. No obstante, el núcleo más exclusivo de sus socios no se disolvió pese a tantas adversidades, y uno de sus ex presidentes, Joaquín Anchorena, cedió su vieja casona de la calle Charcas al 900 como sede improvisada del semiclandestino Jockey Club.

A la caída de Perón se forma un comité de Recuperación del Jockey Club, y el 21 de abril de 1958, conseguida la personería jurídica se nombra la nueva comisión directiva, con Joaquín de Anchorena como presidente. Para la nueva sede se compra la vieja mansión de Samuel Hale Pearson, uno de los ex presidentes de la institución, en Cerrito 1353, casualmente frente a la estatua del fundador, Carlos Pellegrini.

Fuente Consultada: Los Oligarcas Juan J. Sabreli  La Historia Popular Tomo 15  Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo

Huelga de los Inquilinos Historia de los Conventillos Buenos Aires

Huelga de los Inquilinos-Historia de los Conventillos Buenos Aires

Las malas condiciones de vida en los conventillos, los aumentos en el monto de los alquileres, la arbitrariedad con que eran tratados los inmigrantes por parte de los encargados —los caseros— y el desamparo judicial, fueron algunos de los factores que provocaron una inédita huelga de inquilinos en 1907. El conflicto —organizado por una Liga de lucha contra los altos alquileres e impuestos y apoyado por las organizaciones obreras de tendencia anarquista y socialista—, se inició en los barrios porteños del sur y se extendió a Avellaneda, Lomas de Zamora y a ciudades en rápido crecimiento como Rosario y Bahía Blanca.

HUELGA DE LOS INQUILINOS: En 1907 se produjo un hecho inédito en la historia de las luchas populares argentinas: la huelga de inquilinos. Los habitantes de los conventillos de Buenos Aires, Rosario, La Plata y Bahía Blanca decidieron no pagar sus alquileres frente al aumento desmedido aplicado por Los propietarios. La protesta expresó además, el descontento por las pésimas condiciones de vida en los inquilinatos.

conventillos , huelga de inquilinosLos protagonistas de estas jornadas fueron las mujeres y los niños, que organizaron multitudinarias marchas portando escobas con las que se proponían “barrer la injusticia”.

La represión policial no se hizo esperar y comenzaron los desalojos. En la Capital estuvieron a cargo del jefe de Policía, coronel Ramón Lorenzo Falcón, quien desalojó a las familias obreras en las madrugadas del crudo invierno de 1907 con la ayuda del cuerpo de bomberos. El gremio de los carreros se puso a disposición de los desalojados para trasladar a las familias a los campamentos organizados por los sindicatos anarquistas.

Las demandas de los huelguistas eran una rebaja del 30% de los alquileres, la eliminación de los tres meses de depósito que exigían los propietarios, el mejoramiento de las condiciones sanitarias y la flexibilidad en los vencimientos y desalojos. Se calcula que unas 100.000 personas participaron del movimiento, cuya principal medida fue no pagar el alquiler.

Luego de algunos meses de conflicto, en el que se produjeron desalojos con apoyo judicial y policial, situaciones violentas y, en ocasiones, rebajas en el precio de los alquileres, el movimiento se fue diluyendo. A los dirigentes más combativos, algunos de ideas anarquistas, les fue aplicada la ley de Residencia —fueron encarcelados o deportados— y muchos huelguistas abandonaron la lucha.

La presión de los propietarios, que contó con el apoyo del Estado, rindió sus frutos, y las mejoras otorgadas en los meses de auge de la huelga fueron luego descartadas, por lo que las condiciones de vida de los habitantes de los conventillos no variaron sustancialmente, pero este movimiento representó un llamado de atención sobre las dramáticas condiciones de vida de la mayoría de la población.

LOS CONVENTILLOS: Los conventillos y las casas de inquilinato eran las viviendas populares predominantes en Buenos Aires, Rosario y Córdoba, y estaban localizadas en su mayor parte en las zonas céntricas y próximas al puerto. En estas viviendas llegaron a habitar cerca de 150.000 personas, en forma precaria y en graves condiciones de hacinamiento, a tal punto que podían convertirse en focos de difusión de enfermedades infectocontagiosas.

Se trataba de grandes casas de varias habitaciones y un patio central, construidas en su momento por familias pudientes, y luego adaptadas, aunque otras fueron construidas especialmente para dar albergue a varias familias. Los propietarios de los conventillos alquilaban las habitaciones a familias enteras o a grupos de individuos. Algunos conventillos llegaron a albergar a trescientas personas.

En general, carecían de ventilación, los escasos cuartos de baño eran compartidos y también se compartían los picos de agua. Los altos alquileres que se pagaban subieron durante los primeros años del siglo XX, situación que dio lugar, en 1907, a una protesta conocida como “la huelga de inquilinos”, en la que intervinieron unas 100.000 personas. Se inició en La Boca, San Telmo y el Centro, y se extendió a otros barrios.

La vivienda familiar y, en lo posible, propia, era el sueño y la aspiración de la mayoría de los trabajadores, frente a la miserable vida cotidiana del conventillo. El crecimiento del municipio y la extensión del tranvía eléctrico posibilitaron que algunos obreros comenzaran a trasladarse lejos del centro. Muchos de ellos pudieron, incluso, acceder a la compra de un lote y construir su vivienda.

EL PROBLEMA DE LOS ALQUILERES
En 1883 el alquiler promedio de una pieza de conventillo ascendía a $ 5,80, cifra que siete años después, a favor de la voracidad especuladora que caracteriza a la vida económica del 80, se duplicaba con creces. Para evaluar la incidencia de los alquileres en e! presupuesto obrero debemos tener en cuenta que hacia 1886, sobre la base de datos confiables, el salario promedio de un obrero calificado era de $ 2,50, en tanto que la mano de obra no especializada —que constituía un porcentaje importante de la población activa— llegaba excepcionalmente a salarios de $ 2.

En 1895 el primer sector alcanzaba los $ 3,50 y el segundo había crecido apenas proporcionalmente, mientras que los alquileres, en contraste con este parsimonioso incremento salarial, habían sobrepasado con generosidad la barrera del 100 %. Para una visión más ajustada de las fluctuaciones del salario hay que tener en cuenta, como lo señalaba Adrián Patroni al referirse a la situación de la clase obrera en 1897, que el total real de días de labor era de 257 días, con lo cual el salario real descendía en aproximadamente un 10%.

Teniendo en cuenta la desvalorización de la moneda entre 1880 y 1891 (332 %) José Pa-nettieri ha calculado, en su libro Los Trabajadores, un deterioro en pesos oro de orden de los 0,69 centavos y, entre 1885 y 1891, un deterioro de $ 1,14.

Tabla con  las fluctuaciones de los alquileres en el lapso 1904-12 en cuatro parroquias representativas:

Parroquias 1904 1912
San Cristóbal 13 26 a 30
San Telmo 15 28 a 32
Catedral Sur 18 40
Socorro 16 30 a 35

Hacia 1912, como podemos observar, la especulación había llevado los precios de locación a las nubes, y aunque se insistía en explicar este fenómeno a través de factores como el aumento de los materiales, e! precio de la tierra y los intermediarios parasitarios, los inquilinos de conventillos verificaban, cada mes, que la Argentina era uno de los países con alquileres más caros.


En 1907 se produjo un hecho insólito: la “huelga de inquilinos”, que rápidamente ganó las barriadas populares con tres consignas básicas: reducción de alquileres en un 30 %, mejoras en las casas, garantía contra el desalojo.

El inusual movimiento de resistencia se inició a comienzos de setiembre en los conventillos de la calle Ituzaingó 279-325, en los que residían aproximadamente 130 familias, y se fue extendiendo velozmente por la ciudad. Algunos propietarios transaron.

pero otros trataron de recurrir al desalojo compulsivo. En el inquilinato de San Juan 677 la intervención de la policía de Ramón Falcón dejó un muerto y varios heridos. El 28 de octubre los inquilinos realizaron un mitin en plaza San Martín, y a su término marcharon en manifestación hacia la avenida de Mayo. El escuadrón de seguridad intervino y se produjo un tiroteo con saldo favorable para los huelguistas: cuatro vigilantes heridos.

En Hechos y comentarios (1911) E. G. Gilimón describió así la famosa huelga:
“Buenos Aires es una ciudad que crece desmesuradamente. El aumento de la población es extraordinario por preferir la mayor parte de los inmigrantes quedarse en ella a ir a vivir al interior del país, cuya fama es desastrosa.

“Las pésimas policías de campaña; la verdadera inseguridad que existe en el campo argentino, del que so señores absolutos los caciques electorales, influyen en el ánimo de los europeos, aun sabiendo que hay posibilidades de alcanzar una posición económica desahogada con mucha mayor facilidad que en la capital, a quedarse en ésta, en la que de todas maneras hay más seguridad, mayor tranquilidad para el espíritu.

“La edificación no progresa lo suficiente para cubrir las necesidades de la avalancha inmigratoria, y esto hace que los alquileres sean cada día más elevados, y que para alquilar la más mísera vivienda sean necesarios una infinidad de requisitos. “Si a un matrimonio solo le es difícil hallar habitación, al que tiene hijos le es poco menos que imposible, y más imposible cuantos mas hijos tiene.

“De ahí que las más inmundas covachas encuentren con facilidad inquilinos, ya que Buenos Aires no es una población en la que sea dado andar eligiendo…

“Desde muchos años atrás, esta formidable y casi insolucionable cuestión de las viviendas, había sido tema de batalla para los oradores de mitin.

“Socialistas, anarquistas y hasta algunos políticos sin contingente electoral, habían en todo tiempo clamado
contra la suba constante de los alquileres, excitando al pueblo, ora a la acción directa, ora a la electoral, según que el orador era un anarquista o tenía tendencias políticas.

“Un buen día se supo que los vecinos de un conventillo habían resuelto no pagar el alquiler de sus viviendas en tanto que el propietario no les hiciese una rebaja. La resolución de esos inquilinos fue tomada a risa y a chacota por media población. “Pronto cesaron las bromas. De conventillo a conventillo se extendió rápidamente la idea de no pagar, y en pocos días la población proletaria en masa se adhirió a la huelga.

“Las grandes casas de inquilinato se convirtieron en clubes. Los oradores populares surgían por todas partes arengando a los inquilinos y excitándolos a no pagar los alquileres y resistirse a los desalojos tenazmente. “Se verificaban manifestaciones callejeras en todos los barrios sin que la policía pudiese impedirlas, y de pronto, con un espíritu de organización admirable, se constituyeron comités y subcomités en todas !as secciones de la capital.”