Las Armas Biologicas Fabricar Agentes Infecciosos Para Guerras



Las Armas Biológicas: Fabricar Agentes Infecciosos Para Guerras

Microbios a medida: La gran mayoría de las enfermedades humanas y animales de etiología conocida son producidas por agentes biológicos, virus, rickettsias, hongos, protozoarios y nematodos. La importancia de las enfermedades infecciosas en la medicina reside precisamente en su enorme incidencia y en la contagiosidad.

Si bien el desarrollo de la quimioterapia y de las técnicas de inmunización han permitido, junto a los avances de la ingeniería sanitaria y el control de insectos transmisores, eliminar ciertas infecciones, curar otras y, en general, reducir grandemente la mortalidad y morbilidad, el problema de las enfermedades infecciosas persiste.

El porcentaje total de enfermedades causadas por agentes microbianos no ha decrecido, y han proliferado nuevas infecciones de muy difícil tratamiento. Para que un microorganismo pueda ser utilizado como arma de guerra, tiene que ser altamente infeccioso, conservar su virulencia y su capacidad multiplicativa durante el almacenamiento, transporte y diseminación; debe ser resistente a las condiciones extremas que le espera una vez diseminado; la tasa de inactivación espontánea debe ser mínima y la estabilidad genética máxima, para no retromutar a “formas convencionales”; y, finalmente, debe ser factible su cultivo en gran escala.

En Fort Detrick se ocupaban, en síntesis, en seleccionar ciertas enfermedades tácticamente apetecibles para un enemigo y en forma meticulosa —una verdadera ingeniería de la infección— manipulaba su agente causal hasta convertirlo en un arma biológica, a la vez desarrollaba vacunas para proteger a los soldados norteamericanos.

La aerobiología: Fort Detrick fue uno de los principales centros de investigación en el área de la aerobiología, que es algo así como el estudio de los mecanismos de infección por vía inhalatoria. La aerobiología es especial mente importante para la guerra biológica, porque la idea de vehiculizar agentes infecciosos por medio de aerosoles —suspensión de pequeñas partículas en el aire— está desplazando los métodos convencionales para transmitir enfermedades.

El análisis estadístico de los recursos “clásicos’ de infección masiva —por ejemplo, el envenenamiento o la contaminación de fuentes de agua o sistemas de ventilación cerrados— ha demostrado que el número de personas simultáneamente afectadas por la enfermedad es relativamente pequeño y que las posibilidades de contrarrestar la maniobra son numerosas.

Por el contrario, utilizar el aire como vehículo ofrece una masividad excepcional a la vez que hace muy difícil una respuesta sanitaria rápida y efectiva. Muchas de las enfermedades infecciosas se transmiten normalmente por vía aérea.

El resfrío común, las influenzas, infecciones micótícas como la coccidioidomicosis, son unos pocos ejemplos que ilustran la efectividad de la puerta de entrada respiratoria. Las enfermedades virales respiratorias son, como grupo, responsables de la mitad o más de las enfermedades agudas que aquejan al hombre y del 30 al 50 por ciento del ausentismo al trabajo de adultos.

En las pocas ocasiones en que los científicos de Fort Detrick emergieron de sus laboratorios secretos para asistir a congresos técnicos, mostraron una especial predilección por las conferencias multidiscíplinarias  sobre infecciones respiratorias, donde casi todos los trabajos versaban sobre técnicas de aerosolización y desarrollo de infecciones por puertas de entrada no convencionales.

Por ejemplo, les interesaba la obtención de aerosoles microbianos de gérmenes normalmente infecciosos por otras vías. Es muy ilustrativo el caso de la infección de monos con aerosol conteniendo Rickettsia Rickettsi, el organismo responsable de la terrible fiebre moteada de las montañas Rocallosas, y la infección con aerosol con virus de la fiebre amarilla.



El virus de la fiebre amarilla cumple normalmente un ciclo en el que interviene un reservorio —el hombre o el mono enfermo— y un vector, el mosquito Aedes aegypti. El hombre enfermo se convierte en un dador de virus, que el mosquito transporta infectando al picar. La profilaxis clásica de la enfermedad consiste en vacunar a los habitantes de una zona endémica y exterminar al mosquito. Es decir, en la forma natural de la enfermedad, la infección respiratoria no existe. Fort Detrick la inventó.

Desde, el punto de vista clínico, el tipo de puerta de entrada utilizado por un microorganismo dado puede o no afectar el desarrollo ulterior de la enfermedad. De por sí, el utilizar una nueva vía de acceso confunde radicalmente la sintomatología clínica y convierte, en el caso de la infección por vía respiratoria, a cada enfermo en un potencial diseminador —a través de las expectoraciones y la tos o el estornudo, clásicos aerosoles biológicos.

En Fort Detrick se enfermó  un técnico de laboratorio, de una fulminante peste bubónica de forma pulmonar. Si bien por varios años se mantuvo el sumario en secreto, como información clasificada, el Departamento de Estado finalmente reconoció que la persona trabajaba en un laboratorio donde se perfeccionaban aerosoles de Pasteurella pestis, la bacteria causante de la peste bubónica.

La forma pulmonar de la peste, invariablemente mortal en 1 a 5 días si no se inicia inmediatamente el tratamiento específico con antibióticos es sensacionalmente contagiosa y es la más temida porque prescinde de la rata como vector; por otra parte, su sintomatología es tan diferente a la de la peste bubónica ganglionar que los médicos —si no sospechan la posibilidad de una infección con P. pestis—, encuentran muy difícil llegar al diagnóstico (y por ende al tratamiento) con la requerida celeridad.

Posibilidades biológicas: Los manuales no clasificados del ejército norteamericano sobre guerra biológica, los folletos del Departamento de Defensa y de Fort Detrick utilizados para atraer y reclutar investigadores y las publicaciones para militares permiten obtener una idea del tipo de enfermedades consideradas útiles por el Pentágono. Todas son invalidantes, algunas con períodos agudos de gran mortalidad, otras con tendencia a una criticidad siderante.

Entre los organismos estudiados y presumiblemente en primera línea de utilidad, están los causantes de la brucelosis, la tularemía, la fiebre moteada de las Montañas Rocallosas, la psitacosis, la coccidioidiomicosis y el botulismo.

La magnitud de los proyectos de guerra química y biológica y la enorme cantidad de dinero disponible hicieron muy popular en el ambiente científico norteamericano, tanto industrial como universitario, el tema de la guerra biológica. La cooperación e interrelación entre organismos militares y otros centros de investigación comenzó cuando el “Army Chemical Corps” transfirió al Servicio de Salud Pública un cuantioso subsidio, que aseguró la ayuda de esta última institución a proyectos clasificados ‘de interés nacional”.

Poco tiempo después, la “National Academy of Sciences”, el organismo más prestigioso e importante de la ciencia norteamericana —inspirada por el “Servicio de Salud Pública’ y presionada por ciertos grupos de La “American Chemical Society” y de la “American Society for Microbiology”— inició la colaboración con el Departamento de Defensa y abrió una serie de oportunidades para investigaciones en guerra biológica y química, muy bien remuneradas, para atraer talento a Fort Detrick.

Una vez que la Academia estableció este contacto, con las universidades norteamericanas se abalanzaron sobre esta jugosa fuente de fondos y se formó así una enorme red de laboratorios que, funcionando en diferentes instituciones, dependían económica y temáticamente de Fort Detrick.

Pennsylvania State U. estaba enteramente dedicada al D. O. D. John Hopkins University, por ejemplo, recibió entre 1955 y 1963 más de un millón de dólares dedicado a estudio sobre la patología y la clínica de enfermedades de potencial uso como agentes de guerra química y biológica y la evaluación de ciertas respuestas inmunológicas y clínicas a toxoides y vacunas.



Estas investigaciones, que prosiguieron hasta 1967, no eran comentadas en los seminarios normales de la universidad, y sus resultados no se publicaron nunca en las revistas científicas habituales. El Centro Médico de la Universidad de Duke ha estado trabajando desde hace 40 años en la producción de una vacuna contra el Coccidiodes immitis, y solo parte de los hallazgos ha sido publicada.

En Stanford, la totalidad de los proyectos relacionados con CBW son clasificados. Varios grupos del M. I. T., Michigan State University, Ohio State University ,University of Minnesota y University of Chicago, están subvencionados por proyectos de defensa pero pueden publicar en los canales convencionales. Uno de los medios más atrayentes para desviar talento y recursos a la investigación sobre guerra química y biológica es el de ofrecer becas para doctorado a estudiantes, graduados.

Importante como es la contribución de las universidades al desarrollo de la guerra química y biológica, más de la mitad del dinero invertido con este propósito es otorgado a firmas industriales y de centros de investigación independientes, como la Arthur D. Little, Inc., que son considerados como la más prolífica fuente de nuevos compuestos y agentes químicos.

Nuevamente J. F. Kennedy: El cientificismo del malogrado presidente Kennedy produjo otro proyecto, Biografia de John F Kennedydenominado «Agile”, con un presupuesto inicial de 30 millones de dólares anuales, destinado a la investigación y desarrollo de productos tóxicos para plantas, a ser utilizados en guerras de contrainsurgencia.

Las ventajas de estos productos aparecen expuestas en detalle en el Manual del Ejército Norteamericano TM 3-216, “Biología Militar y Agentes Biológicos”, en el que se describen a los productos químicos defoliantes y herbicidas como dotados de “un alto poder ofensivo para destruir o limitar seriamente la producción de alimentos agrícolas y para defoliar vegetación”.

Agrega que “no existen recursos defensivos probados contra estos compuestos. Cuando los síntomas aparecen en las plantas tratadas, nada puede hacerse para evitar la destrucción. Los productos son detoxifícados en el suelo después de un período de varias semanas o meses.” vietnamita Ngo Dinh Diem

Otro malogrado dirigente de pueblos libres, un premier sur vietnamita Ngo Dinh Diem, fue el inspirador del uso masivo de estos agentes químicos.

Los norteamericanos comenzaron en 1961 un plan de defoliación de Vietnam del Sur, cuyo objetivo táctico era la destrucción de las selvas utilizadas por el Frente de Liberación Nacional como refugios, bases de operaciones militares y sitios de emboscada.

El pobre Diem tenía otras ideas del respecto, y no cesaba de repetir, en un show bien estudiado lleno de mapas y cifras, que la destrucción de la selva no era lo importante.

Lo que Diem quería era la destrucción sistemática de todos los campos cultivados en zonas de influencia del Frente de Liberación Nacional. Después de mucho insistir —ningún visitante norteamericano podía evitar, en Saigón, el show de Diem— accedieron a llevar en cada vuelo de rociamiento con gases fitotóxicos, un oficial sur vietnamita responsable, encargado de identificar y ordenar el tratamiento de cultivos en zonas dominadas por el FLN.



Fue entonces cuando Roger Husman, jefe de Inteligencia del Departamento de Estado y Secretario Asistente para Asuntos del Lejano Oriente durante la administración Kennedy, se opuso a la utilización de aviones y pilotos norteamericanos porque las “repercusiones políticas a la larga serían tales que dejarían sin valor las posibles ventajas tácticas” de la defoliación, ya que la guerra fitotóxica era “muy reminiscente de la guerra de gases”.

Fuente Consultada: Enciclopedia de los Grandes Fenómenos del Siglo XX Tomo 3

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