Christiaan Barnard Realizo el primer transplante de Corazon


Christian Barnard: Primer Transplante de Corazón

Christiaan Barnard

Christian Barnard, el autor del primer trasplante de corazón, nació en Beaufort West, Sudáfrica, en 1922. Hijo de un religioso protestante y de una maestra que no ejercía la profesión, creció en un ambiente pobre y en pleno contacto con la naturaleza.

Esto último agudizó su natural sentido de la observación y le despertó precozmente la vocación científica. Muerte y vida se confundían en un país en el que no sólo los animales salvajes libraban una batalla por la supervivencia, sino donde también los hombres, divididos por el color de la piel, parecían más feroces que aquéllos.

Convertido en médico, Christian será el primero en aplicar unas técnicas quirúrgicas que ya se estudiaban en otros países del mundo, y por lo tanto también el primero en desencadenar un conjunto de preguntas de orden moral con repercusiones científicas. La medicina contemporánea, sobre todo en ese campo apasionante de la cirugía, ha recogido el desafío de las viejas preguntas, esas que siempre han inquietado al hombre, y se ha adentrado en terrenos que lindan con el misterio: la prolongación de la vida, su final, y la soñada resurrección.

La llamada telefónica que dejó huella en la historia de la medicina sonó cuando el doctor Christian Barnard (imagen izquierda) tomaba una siesta en su casa de El Cabo, Sudáfrica.

La persona que llamaba —una monja del hospital Groote Schuur de la ciudad— le informó que habían llevado a una joven atropellada que había resultado con daños cerebrales irreparables. Si moría, su corazón se podría usar en el primer trasplante de ese órgano en el mundo; era del grupo sanguíneo adecuado y su padre estaba dispuesto a dar su consentimiento.

Siempre rezo antes de cualquier operación”, escribiría posteriormente el doctor Barnard. Suelo hacerlo al dirigirme hacia el hospital, porque voy solo en el auto en esos momentos. En esa ocasión sentí mas que nunca la necesidad de hacerlo, pero no pude,…. mis pensamientos se interponían“.

Hasta entonces solo había realizado transplantes de esa índole con perros de laboratorio. Pero ese sábado 2 de diciembre de 1967, estaba a punto de transplantar el corazón de un ser humano a otro. La donadora era Denise Darvall, de 25 años , y el receptor Louis Washkansky, comerciante de la ciudad a quien le restaban pocas semanas de vida por su avanzada enfermedad cardiaca. Washkansky, ya había sobrevivido a varios infartos, pero antes de la operación presentaba la dificultad para respirar, insuficiencia renal, y hepática y tenia las piernas hinchadas.

Se suponía que no debía comer ni beber nada dulce debido a su diabetes, pero se lasingeniaba para que su esposa le llevara limonada y caramelos a escondidas. Parecía más interesado en leer novélas de aventuras que en pensar en la ggravedad de su enfermedad. Pero demostró valor cuando Barnard le habló de la posibilidad de salvarle la vida. “Eso me han dicho”, le confió, ‘Así que estoy dispuesto a jugármela”.

Por extraña coincidencia, cuando la esposa de Washkansky, volvía ya tarde a casa en su auto, tras visitar a su marido en el hospital, vio una muchedumbre congregada donde había ocurrido el accidente de transito.



Mientras la policía le hacia señas de que siguiera su camino, se fijo en que una de las victimas del percance era una joven mujer que estaba tendida en el suelo. Más tarde se enteraría de que esa desafortunada chica era Denise Darvall. (imagen izquierda)

Hacia las 21:00 horas de esa noche el doctor Barnard examinó el cuerpo de la señorita Darvall: desde el punto de vista clínico había muerto, pero su corazón seguía estando sano y firme.

Barnard no perdió tiempo. Un ordenanza empezó a afeitar el pecho de Washkansky mientras una enfermera preparaba la máquina cardiopulmonar del hospital, que el propio Barnard había importado de Estados Unidos al concluir su especialización en trasplantes en la Universidad de Minnesota.

WashkanskySe bañó, se frotó las manos y los brazos con jabón antiséptico, se puso ungüento germicida en las fosas nasales y se enfundó una bata desinfectada, con un gorro y mascarilla, además de las botas de hule esterilizadas. Al entrar al quirófano vio a Washkansky sentado en la toesa de operaciones, sostenido por varios cojines.

Aunque apenas tenía aliento para hablar, Washkansky bromeó: Conque el viejo va para afuera y el nuevo adentro, ¿No?”

Poco después el paciente ya estaba anestesiado, y a la medianoche se inició la histórica operación. Bajo la hábil dirección de Barnard, su jefe de ayudantes, Rodney Hewitson, abrió el tórax de Washkansky.

“El corazón del enfermo quedó a plena vista”, escribió el doctor Barnard más tarde, agitándose como un mar embravecido, amarillo por medio siglo de tormentas, pero aún veteado por las azules corrientes de sus profundidades.”

Entretanto, en otro quirófano contiguo Denise Darvall se conservaba “viva” gracias a un respirador. Barnard entró corriendo y apagó la máquina; sus dedos ya mostraban señales de artritis, que pondría prematuro fin a su carrera de cirujano, pero en breve tiempo abrió el tórax de Denise y extrajo el corazón. Le colocó en un recipiente llenode una solución salina helada y luego lo llevó al quirófano principal, donde lo conectaron a una bomba que hacia circular  la sangre de Washkansky, desde la máquina cardiopulomonar:

Barnard extrajo después el corazón hipertrofiado de Washkansky, y dejo un colgajo que se saturaría al órgano transplantado, este fue entonces acomodado en el tórax vacío del paciente. Por lo general un corazón femenino es un 20% menor que uno masculino, pero la cavidad de Washkansky tenia el doble del tamaño normal!

Usando hilo de seda y dos agujas Barnard inició entonces la delicada tarea de coser en su lugar el corazón transplantado. Se apagó la bomba que suministraba sangre al órgano y así al instante empezó a amoratarse. Mientras saturaba, Barnard echó un vistazo al reloj del quirófano: eran las 5 30 am. y el corazón ya había pasado 15 minutos sin sangre ni oxígeno.



Transcurrieron otros cuatro minutos y por fin Barnard  dio el último punto de sutura. ordenó que se volvieran a conectar la bomba y el corazón comenzó a llenarse de sangre.

Dr. Halmiton NakiPara hacerlo latir de nuevo, se le aplicó una potente descarga eléctrica a través de dos discos colocados como copas sobre él.

 El cuerpo inconsciente de Washkansky se convulsionó y, mientras Barnard y sus 20 colaboradores lo observaban con ansiedad, el corazón empezó a palpitar una y otra vez, sin cesar.

Desconectaron la máquina cardiopulmonar y, más de echo horas después de haber iniciado la operación, llevaron al paciente a tina habitación esterilizada y lo colocaron debajo de una tienda de plástico, tenía el cuerpo erizado con 18 venoclísis y cables conectados a diversos instrumentos y aparatos clínicos.

Dr. Halmiton Naki ayudante clandestino de Barnard. Una historia de vida para conocer

Entonces dio principio la lucha contra las infecciones postoperatorias y contra el rechazo del órgano transplantado, que el organismo del paciente tendía a destruir. Se de administraron medicamentos antirrechazo, y una vez que paso el periodo de peligro Washkansky, disfruto cinco días maravillosos y de optimismo.

Pero el 15 de diciembre, 12 días después de la cirugía, una radiografía revelo que Washkansky, tenia una mancha oscura en un pulmón. Su esposa ya había notado que parecía tener catarro leve, pero en realidad era una pulmonía. Los fármacos que había estado tomando debilitaron demasiado el sistema inmunológico y lo dejaron indefenso contra gérmenes , que invadieron e inflamaron sus pulmones.

A pesar de los esfuerzos heroicos de Barnard y sus colegas, murió al amanecer del 21 de diciembre. Su nuevo corazón , implantado 18 días antes, funcionó perfectamente hasta el momento final.

elogios importantes para la mujer

IMPORTANCIA DE LA CIRUGIA: Washkansky murió a consecuencia de una infección a los dieciocho días de haberse efectuado la operación. Pero, de hecho, ésta había sido todo un éxito. Se había demostrado que el órgano más delicado del ser humano, aquel que normalmente uno identifica con su propio yo, con su hálito vital, podía ser trasladado de organismo y podía seguir cumpliendo sus funciones.

Muchos perros habían muerto para que aquel primer experimento de refrigeración gástrica alcanzara éxito. La ciencia avanza a base de vacilaciones, riesgos, fallos y errores. Pero el camino ya se había abierto. Christian Barnard pasó de pronto a las primeras páginas de todos los periódicos. Su éxito se convierte en motivo de enardecidas polémicas y alguna parte de la prensa se ensañó con él y con sus experimentos; fue acusado de usar en sus pruebas a la población negra; entonces con una casi nula capacidad de decisión y de protesta.

De este modo el avance científico, extraordinario en el terreno de la cirugía cardiovascular, se vio enturbiado por consideraciones éticas y morales. Pero el ejemplo de Barnard pronto iba a ser seguido en casi todo el mundo. El corazón, ese inmenso territorio por explorar, había sido traspuesto y comenzaba a ser dominado. La investigación podía seguir adelante.

El mismo Barnard continuó con sus investigaciones e intervenciones, al tiempo que luchaba contra el rechazo inmunológico, y el 25 de noviembre de 1974 realizó un nuevo tipo de operación, la llamada piggy back, o doble trasplante, que consiste en incorporar un nuevo corazón sin extirpar el del enfermo, de modo que este segundo corazón que se coloca en la parte derecha de la cavidad torácica sirva de apoyo al primero, asistiéndole en la circulación de la sangre.

Se le concede el premio Dag Hammarskjóld de la paz y pronto se convierte en una «pieza» codiciada por la prensa del corazón y requerida para todas las fiestas de la «alta sociedad». Este rápido salto a la fama trastoca la vida privada del médico sudafricano: se divorcia de su primera mujer y contrae matrimonio con una joven de diecinueve años, Barbara Zoellner, hija de uno de los hombres más ricos de Sudáfrica. El investigador concienzudo se convierte en un play-boy que reparte sus sonrisas en la primera plana de los periódicos, rodeado de mujeres hermosas y de un lujo de película de Hollywood.

En cualquier caso Barnard no abandonaba sus experimentos, aunque muchos de sus métodos comenzaban a ser muy criticados. En 1978 realiza el trasplante de corazón de un babuino al pecho de la joven Maria Mattiuzzo, de veintiséis años, quien muere en el transcurso de la operación.

La prensa recoge la noticia y plantea duras críticas al médico, a quien se comienza a considerar como un hombre sin escrúpulos, que sólo busca la fama y el sen-sacionalismo. La carrera de Barnard se tambalea, y a los cuestidnamientos éticos y profesionales se suma la aparición de una artritis progresiva que, desde 1977, le afecta las manos y le impide operar. Son años de crisis y de despilfarro. Monta varios restaurantes de tipo italiano, bajo el rótulo de «La vita». Parece que el afán científico había declinado definitivamente tras el éxito económico y el reconocimiento social.

En 1981 se divorcia de su segunda mujer y en 1984 recibe un duro golpe con la muerte de su hijo Andrés, producida a los 32 años a causa de una sobredosis de droga. Barnard abandona su vida de play-boy y comienza a realizar películas pedagógicas y científicas sobre el cuerpo humano y sus órganos, da conferencias, frecuenta congresos y, de vez en cuando, anuncia que pronto volverá a operar, al haberse recuperado, en gran parte, de la enfermedad que inmovilizaba sus manos.

Aquel niño que jugaba por el gran Karroo ha recorrido en pocas décadas un enorme camino. Sea cual sea la actividad a la que se dedique el tan criticado y admirado doctor Barnard, es indudable que él ha abierto las puertas a la esperanza de que la vida pueda prolongarse. Como el mago de los cuentos ha cumplido el milagro de la resurrección, aunque a veces los métodos empleados parezcan empañar sus propósitos.

Test y Sugerencias Para Un Corazón Sano

Fuente Consultada: El Funcionamiento de la Mayoría de las Cosas de Readers Digest

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