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Biografia de Bryant William Cullen Vida y Obra del Poeta

Biografia de Bryant William Cullen Vida y Obra del Poeta

William Cullen Bryant (3 de noviembre de 1794- 12 de junio de 1878) Nació en Cummington, Massachusetts, Estados Unidos. Poeta, ensayista, traductor y editor estadounidense, considerado una de las figuras claves del naturalismo norteamericano.

El doctor Pedro Bryant era el médico más estimado de Cummington, y los ratos libres que le dejaba su profesión, los dedicaba a la política local y la poesía.

Cierta vez, Willard Phillips, editor de la North American Review, le sugirió la posibilidad de publicar en la revista una de sus poesías.

Dio la casualidad de que el doctor llevase en su bolsillo un poema escrito per su joven hijo William Cullen, que contaba con diecisiete años. El título del poema era Thanaptosia.

El doctor Bryant pasó en limpio el poema y, sin estampar al pie el nombre del autor, lo llevó a la redacción de la revista. Cuando el sr. Phillips leyó el poema, apenas pudo dar crédito a sus ojos. Corrió a casa del co-editor, Ricardo H. Dana, para leérselo.

Dana le escuchó cortésmente, y dijo al instante: —Phillips, te han engañado. No hay nadie en este lado del Atlántico capaz de escribir esos versos.

—¡Pero yo conozco al que ios escribió. Es el doctor Pedro Bryant, un viejo amigo mío. Es más, en este instante ocupa su escaño en el Senado.

Ni el doctor Pedro Bryant ni ningún otro de los antecesores de William Cullen habían llevado impreso el sello del genio. La mayoría de ellos habían sido gigantes en el sentido físico más que en el cerebral.

De la línea materna habían salido hombres y mujeres de vigor extraordinario.

A los dos días de nacido Cullen (3 de noviembre de 1794) su madre estaba ya en la cocina haciendo una chaqueta para otro de sus niños.



Pero Cullen no heredó el vigor físico de su familia. Era un niño delicado y enfermizo. Su padre debió echar mano de todos los recursos de su ciencia para librarle de una enfermedad tras otra.

Desde muy temprana edad se manifestaron en su organismo síntomas de tuberculosis y no había niño más susceptible que él al menor cambio de temperatura. El padre, decidido a fortalecer su frágil cuerpecito, recurrió a un tratamiento enérgico.

Durante todo el verano no hubo mañana en la que no sumergiera al niño en las aguas frías de una fuente cercana a la casa, «continuando el tratamiento, a pesar de los gritos y protestas del paciente, hasta bien entrado el otoño, de modo que en ocasiones era necesario romper antes el hielo que cubría la superficie de las aguas».

Junto a su cuerpo anormalmente endeble se desarrollaba una mente anormalmente precoz. «Unos pocos días después de cumplir dieciséis meses de vida, ya conocía yo todas las letras del abecedario», nos dice.

Ingresó en la escuela a los cuatro años, desde sus más tiernos años le gustó leer y escribir poesías.

Había descubierto en la biblioteca paterna la traducción de la Ilíada, hecha por Pope, las obras de Spencer y Milton y el teatro de Shakespeare. Y luego su padre le trajo un día un volumen de poesías de Wordsworth.

Hacer por América lo que Wordsworth había hecho por Inglaterra, tal sería en adelante el norte de su vida.

En el otoño de 1810 ingresó en el colegio Williams, una escuelita de reciente fundación y precarios medios, donde el cuerpo docente estaba constituido tan sólo por un profesor y dos preceptores.

Bryant no pudo tolerar durante mucho tiempo la escasez de elementos de estudio y volvió a Cummington con la intención de prepararse por sí solo para ingresar en Yale.

Se aplicó al estudio con ahinco por espacio de varios meses, para llegar al cabo a la conclusión de que su padre no podía costearle los estudios.



Hondamente decepcionado, decidióse por un puesto de pasante como lo más aceptable después de la carrera universitaria. Entró a trabajar en un bufete de Worthington, próximo a su ciudad natal, y tres años más tarde recibía el diploma de «Abogado en Causas Civiles».

Su aversión por los asuntos legales fue la causa indirecta que le indujo a escribir sus más hermosos poemas. Animado de una fuerza y un valor desconocidos para él una tarde, se sentó y escribió el poema: A una cerceta:

Las poesías de Bryant son de calidad excepcional, pero muy escasas. Sus obligaciones de abogado relativamente pobre, le sustraían de continuo a los encantos de la Musa. Y para colmo de males, los pobladores de la región le habían honrado —o mejor sería decir «cargado»— con la secretaría del municipio.

Sus actas pueden verse aún hoy en el Ayuntamiento de Great Barrington. Uno de los asientos tiene particular importancia, pues registra su propia boda con Fanny Fairchild, «la más bella de las mozas de la campiña de Great Barrington».

La había conocido en una «fiesta» del pueblo, y se había enamorado a primera vista de su «hermoso y áureo cabello, su pequeña y grácil estampa». Con ocasión de la boda, Bryant compuso una plegaria, que fue el vademécum del sereno afecto que reinó en la larga existencia que juntos llevaron.

«Dios todopoderoso, te rogamos salvaguardes nuestra felicidad de ahora y de siempre con tu infinita misericordia. Haz que seamos fieles el uno al otro, y que no olvidemos nuestras mutuas promesas de cariño y sinceridad. . . Haz que llevemos una larga e inocente vida feliz, sin que nuestro afecto disminuya hasta la muerte. Haz que nunca haya entre nosotros celos, desconfianzas, indiferencia ni recelo —ni ocasión propicia para ello—; nada que no sea indulgencia, dulzura, confianza mutua y dedicación a la felicidad del otro. Y para que no seamos tan indignos de tamaña merced, ayúdanos a cultivar el bien y la caridad, no gólo en nosotros dos, sino con nuestros vecinos, con la especie humana y con toda criatura viviente.»

A este gran acontecimiento sucedió otro de importancia aún mayor. Bryant recibió una invitación de la Phi Beta Kappa de Harvard para que leyera un poema suyo durante la colación de grados universitarios.

Esto era de por sí una alta distinción para un poeta tan joven. Pero más importante aún que el honor que se le dispensaba era la oportunidad de hacer un viaje a Boston —el primero de su vida, no obstante haber nacido a pocas millas de la ciudad—, y de trabar relación con sus sabios y escritores más destacados.

Conoció allí, entre otros, a John Quincy Adams, Edward Everett, William Ellery Channing, Willard Phillips y Richard Henry Dana.

Pertenecían a ambientes tan dispares como dos polos opuestos. Dana descendía del gobernador Dudley, habíase graduado en Harvard y era miembro del exclusivo círculo social.



Bryant, por el contrario, era vástago de un oscuro árbol genealógico, no se había graduado en colegio alguno y a través de los arrogantes monóculos de los ilustrados intelectuales de Boston, habrá aparecido seguramente cual rústico provinciano.

Pero tenían algo muy grande en común: una pasión rayana en la adoración por la poesía de Wordsworth. Dana se convirtió no sólo en su más íntimo amigo, sino en su consejero literario más atendido.

Le instó a publicar un volumen de poesías, y como el libro tuvo muy buena acogida, le indujo a deshacerse del fardo de su profesión legal; para dedicarse por entero a la literatura.

Bryant tenía treinta y un años cuando se decidió a dar ese paso que había de cambiar por completo el curso de su existencia. Dana y otros amigos le aconsejaron que prefiriera Nueva York a Boston.

Por ese tiempo le abatieron dos grandes desgracias:la muerte de su padre, y de la hermana. Siempre había venerado a su padre, no sólo por ser el hombre que «me enseñó en la niñez el arte de hacer verso», sino porque era un médico que valuaba su éxito más por la gratitud del paciente que por la importancia de sus honorarios.

Para aliviar su congoja, entregóse con alma y vida a su trabajo. Pálido, delgado, «casi diminuto», poseía, en cambio, voracidad por el trabajo. Y una propensión asombrosa para ganarse amigos.

«Tenía una rara simpatía —decía de él un vecino— para conversar con la gente del pueblo, ya fueran labriegos, leñadores o cocheros. Celebraba jovialmente los chascarrillos que le contaban y —seguía diciendo su vecino— sus chanzas tiraban por lo general a lo picante.»

El buen humor era algo innato en él, esa gracia que salva al poeta de degenerar en pedante y jactancioso.

Consumido el capital, los editores suspendieron la publicación del diario.
Ante situación tan desesperada, recurrió Bryant nuevamente a su profesión, obteniendo una licencia para atrabajar el los tribunales neoyorquinos.

La suerte le acompañaba, sin embargo. Entró a colaborar en el New York Evening Post, y siguió allí hasta el fin de sus días.

Como de costumbre, sus ocupaciones editoriales y políticas —el periódico sostenía firmemente a Andrew Jackson— le dejaban muy pocos minutos libres para cultivar la poesía.

Ahorró durante un tiempo merced a la proverbial economía yanqui, y pudo entonces adquirir buena parte de las acciones del diario. Bajo su directiva, el Evening Post llegó a colocarse a la vanguardia del pensamiento liberal americano.

Bryant se ocupó activamente de la formación del partido republicano, en la campaña a favor de Lincoln, en la cruzada por la emancipación de los eeclavos y en el debate por el reconocimiento de los derechos de los trabajadores.

Vivir, dejar vivir y ayudar a vivir, ésa, a su parecer, debía ser la suma del código político, poético y religioso del Nuevo Mundo.

Fue el primero de los poetas nacionales de Norte América. Era norteamericano no sólo en sus paisajes sino en el idioma.

A medida que transcurría el tiempo y florecía el diario, se contentó con su «plato de lentejas», especialmente desde el momento en que se lo ganaba honestamente y lo repartía con generosidad entre los menos afortunados.

Su prosperidad le permitió sacar a sus amigos de múltiples atolladeros, comprar una residencia de campo en Long Island Sound —»un rinconcito encantador, como hecho para un poeta»—, realizar varios viajes a Europa y ver endulzada su vejez al comprobar que al fin se veía libre de cuidados, si no de trabajo.

Ya es anciano, pero sigue trabajando de firme. Cada mañana, a las siete, luego de haberse andado tres millas, comienza su tarea en el Post.

Los últimos años de su existencia han sido los más activos. Con los setenta ya cumplidos, emprendió el más ambicioso de sus proyectos —traducir la Ilíada, y la Odisea— y en el filo de los ochenta concluyó la empresa de «trasplantar las flores de Troya a las riberas del Hudson».

Su vigor seguía intacto, pero su corazón estaba apenadísimo. La muerte se llevaba, año tras año, las mejores espigas del trigal de sus amigos. Y la mejor y más dolorosa de todas, su esposa. Casi le es imposible soportar este último golpe.

Y pronunciando uno de esos inspirados discursos recibe su sentencia de muerte. La estatua del patriota Mazzini acaba de descubrirse en el Central Park. Bryant, con «su hermosa cabeza gris» reluciendo al sol, pronuncia el último párrafo de su arenga… El sol abrasador le marea. Tropieza y cae de espaldas hiriéndose la cabeza.

Por espacio de tres semanas permaneció inconsciente y luego (el 12 de junio de 1878), su corazón grande y sencillo latió por última vez.

LOS MEJORES POEMAS DE BRYANT

Thanaptosia.
A una cerceta.
Himno de la fronda. La fuente.
Los hombrecitos de la nieve.
El venado de patas blancas.
Sella.
Voces de la naturaleza.
Pastoral de otoño.
Las praderas. Una vida.
Las edades.
Muerte de Lincoln.
La violeta amarilla.
La genciana florecida.
La montaña monumental.
El pasado.
Roberto de Lincoln.
A la más bella de las zagalas.
Vagabundeo estival.
El viento del atardecer.
El poeta.
La corriente de los años. Himno a la muerte.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Bryant William Cullen – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina




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