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Biografia de Swinburne Charles Historia, Vida y Obra del Poeta

Biografia de Swinburne Charles Historia, Vida y Obra del Poeta

Algernon Charles Swinburne (1837-1909), poeta inglés famoso por sus temas libertarios y su virtuosismo estilístico.

Swinburne nació en Londres y estudió en la Universidad de Oxford. En 1860 publicó los dramas en verso La reina madre y Rosamunda. Se estableció en Londres y comenzó una larga relación con el poeta y pintor Dante Gabriel Rossetti y los escritores William Morris y George Meredith.

De pequeño, cuando estudiaba en Eton, cayó enfermo con el sarampión y su madre acudió a su lado. Sentada junto al lecho se pasaba el día leyéndole a Shakespeare y otras obras clásicas. Recitaba Hamlet saltando en la cama.

Heredó su temperamento apasionado del abuelo paterno, Sir John Swinburne, y la sensibilidad aristocrática, de su madre, hija del tercer conde de Ashburnham.

Tuvo un crecimiento raro y parecía que lo único que crecía en él era la cabeza. Y ésta adquirió un tamaño tan superior al normal, con relación al cuerpo, que cuando se matriculó en Eton parecía una calabaza bamboleándose sobre una zanahoria y hasta daba miedo que se desprenda.

Fue un niño bastante porfiado y en el hogar, cuidaban muy bien de no hacerle el menor reproche, porque entraba en un estado cataléptico que daba temor.

Los ingredientes que formaron al joven poeta fueron cabeza grande y hermosa, envuelta en una aureola de llamas, un cuerpo debilucho, en compensación de lo cual aprendió a tomar posturas desafiadoras y atrevidas, una pasión por la lectura de las grandes obras del pasado, una energía «eléctrica» que le hormigueaba en las carnes de continuo, y unas ansias apasionadas y rebeldes por una total independencia.

Por espacio de tres años estuvo Swinburne flirteando con la idea de alistarse en la caballería. En el invierno de 1856 se matriculó en Oxford, y a poco halló las exigencias de la Universidad tan desagradables como las restricciones del colegio preparatorio.

Le era imposible ajustarse a las normas que rigen la vida del común de los mortales. Tampoco participaba en los juegos ni aparecía en las fiestas de sus compañeros.

A sus profesores no les impresionó su personalidad, y mucho menos sus poesías. Durante el primer año aspiró al premio Newdigate con un poema sobre el Paso del Noroeste. El jurado desechó su trabajo y adjudicó el premio a un tal Francis Law Latham, un joven que como poeta «ascendió como un cohete y cayó como una piedra».



Por otra parte, alimentaba un sordo desprecio por la vida académica de Oxford. Tampoco completó esta vez sus estudios, y los abandonó, lo mismo que en Eton, antes de diplomarse.

Por segunda vez un fracasado, el imperturbable joven poeta accedió al ruego de su padre y se fue a vivir como alumno privado en casa de William Stubbs, clérigo de gran cultura a cargo de la apacible y campestre parroquia de Navestock.

Una tarde, él y su esposa preguntaron al joven qué había de cierto en eso de que escribía poesías.
—-Es verdad —repuso Swinburne—. He emborronado un par de cuartillas en mis horas libres.
—¿Por qué no nos da el gusto de leernos algo? —pidióle la señora Stubbs.
Swinburne subió a su aposento y volvió con un grueso fajo de papel, una larga tragedia histórica en verso libre.

Empezó su lectura la primera noche, y después de media noche llegaba al final. Levantó entonces la vista del papel y preguntó:
—Les ha gustado?
—En general, sí —replicó el reverendo—. Pero para serle sincero, Mr. Swinburne, yo atenuaría algunos pasajes amorosos. Son, ¿cómo le diré?, un poco demasiado íntimos para un joven poeta sin experiencia.

El vicario esperaba que su pupilo reconociera modestamente lo exacto de la observación. Pero lo que siguió fue desconcertante.

Una larga e intensa mirada que terminó en un chillido atroz y diabólico. —¡Eh!, Mr. Swinburne. Mas éste ya había recogido el manuscrito y huía escaleras arriba.

El sol brillaba bien alto al día siguiente cuando Swinburne, con la mirada afiebrada, bajó de su habitación. —Siento lo ocurrido anoche. —Oh, no se preocupe.

Contrajo una cálida amistad con William Morris y Dante Gabriel Rossetti. Rossetti, el brillante pintor-poeta, que pensaba como inglés y sentía como italiano, estaba casado con una bella jovencita. Los tres jóvenes bohemios formaban un trío inseparable, hasta que un día Dante encuentra muerta a su mujer, siendo un enigma hasta hoy las razones de su deceso.


Poco después, otra experiencia dolorosa contribuiría a acerarle el carácter. Se enamoró a primera vista de una muchacha, «graciosa y vivaz», que pareció corresponder con placer sus atenciones, hasta que un día se le ocurrió declararle formalmente su amor, ella se le rió en las narices. . . así como Lady Montagu lo había hecho antaño con Alejandro Pope

Cantó su enlace mítico con el mar en un magnífico poema: El triunfo del tiempo



Mas adelnate publicó su primer volumen, La reina madre, y sentó un precedente sin par; no vendió ni un solo ejemplar. En su «tragedia griega» Atalanta, el primer poema que reveló su «sobrehumana inteligencia y su superdiabólica audacia», atacó a los dioses consagrados en una oda coral de punzante invectiva y soberbia música.

Swinburne era un rebelde pero sin llegar a ser ateo. Los dioses malos contra los cuales lucha no son más que los aspectos nocivos de la naturaleza. Son conceptos supersticiosos de mentalidades primitivas; dioses hechos a imagen del hombre pero del hombre en estado salvaje. Swinburne reniega de esos dioses y de la vida que a su sombra se dea liza. Pero no reniega de Dios ni de la vida. La vida es hermosa, es breve, pero bella.

Por eso, debemos beber la belleza de la vida, bañarnos en su luz, desafiar sus peligros, luchar contra la opresión y hacer frente a los vaivenes de la fortuna con corazón resuelto. «Así se encuentra a Dios: siendo hombre con todas las fuerzas.»

Tal era el credo poético y la concepción filosófica de su vida. Hizo de ella un canto a la primavera; abril corría por sus venas. A pesar de su constitución endeble —más de una vez sufrió ataques epilépticos—, entró de lleno en el turbión de la vida londinense y llevó al verso la fogosidad de sus primeras experiencias.

Una vez, su pasión por el agua casi le cuesta la vida. Sobreestimando el poder de sus débiles extremidades permitió que las olas le internaran más de la cuenta. Y cuando quiso volver a la costa se encontró a merced de ellas, flotando como «corcho indefenso».

Por fortuna, en el momento en que desmayaban sus fuerzas, fue avistado por una embarcación. «Y mientras flotaba hacia la muerte» —contaba más tarde a sus amigos—, pensé que mi volumen de poesías republicanas (Cantos antes de la aurora) estaba listo para la prensa.»

Cada vez se volvía más excéntrico. Si se le ocurría, caminaba por las calles más concurridas de Londres, recitando su poesía a voz en cuello. En una oportunidad fue a pasar unos días en casa de una familia de admiradores suyos.

La dueña de casa, no sabiendo qué hacer para colmarlo de honores, llenóle el dormitorio de lirios japoneses. En medio de la noche, unos alaridos desesperados arrancaron del sueño a los moradores.

Era Swinburne que gritaba: «¡Me han envenenado! ¡Me han envenenado con perfume!

Alarmado ante estas manifestaciones de orate, uno de sus amigos más íntimos, el abogado Theodore Watts-Dunton, le tomó bajo su protección, rescatándolo del torbellino de la sociedad londinense y llevándoselo a vivir en la quietud de Putney, donde le cuidó con la atención que un solícito jardinero prestaría a una flor exótica.



Swinburne vivió con Watts-Dunton treinta años, que fueron los más plácidos de su existencia y a la vez, los menos productivos.

Watts-Dunton no sólo alejó a Swinburne de la excitación de la compañía de los viejos amigos sino también de la de los viejos pensamientos. Su juicio crítico había empezado a fallar, al par que mermaba su facultad creadora. Intentó reverdecer el tronco de sus valores, pero en vano

Su ocaso no fue dejando estela gloriosa. De viejo, una sordera total le aisló por completo del mundo. Y la conciencia de haber perdido sus facultades hacíale sufrir intensamente. «Estoy rancio —escribíale a un amigo—, como algo que ha pasado de moda.»

Su carácter habíase tornado suave. Mucho más amable, pero menos entretenido. Sus últimos años transcurrieron en un desolado desierto espiritual. Iban yéndose sus amigos uno tras otro… pero la muerte no parecía interesarse por él.

En esta última parte de su carrera dedicó sus energías a la crítica y a la poesía. Escribió estudios detallados e imaginativos sobre el drama isabelino en su Estudio sobre Shakespeare (1880) y La época de Shakespeare (1909).

Destacan también sus tragedias en verso Chastelard (1865), Bothwell (1874) y María Estuardo (1881).

LOS MEJORES POEMAS DE SWINBURNE

Atalanta en Calydon,
Erectheus.
Bothwell.
Mary Stuart.
Rosamunda.
El duque de Gandía.
Astrophel.
El triunfo del tiempo.

Dolores.
Tristón de Lyonesse.

La reina madre. Hesperia.
Cantos antes de levantarse el sol.
Baladas de ta frontera.

Las hermanas.
El cuento de Balen.
Oda al cumpleaños.
Oda a la proclamación de la República Francesa.
El último oráculo.
Las manos de un niñito.
El jardín abandonado.
Balada a la Tierra Soñada.
Las Náyades.
Una canción de Italia.
Un siglo de redondillas.





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