Carlos De Vicenzo Gran Golfista Argentino Un Ejemplo de Vida



Carlos De Vicenzo, Gran Golfista Argentino: Un Ejemplo de Vida

Roberto De Vicenzo: el embajador del deporte argentino A los 48 años, todavía en la plenitud de sus medios, sería difícil, injusto, elogiar a Roberto De Vicenzo por una de sus actuaciones.

Profesional integro, hizo del golf su trabajo sin olvidarse de los elementales principios de ética deportiva. Una actitud que sin embargo no le impidió cosechar triunfos en más de 160 certamen a lo largo de 31 años de pisar links.

Carlos De Vicenzo, Golfista ArgentinoTrotamundos incansable —dio la vuelta a la Tierra en más de cinco oportunidades—, tuvo oportunidad de alternar con personajes destacados en actividades más disímiles.

De Gaulle, Kennedy, Eisenhower, Perón, Nixon, Leopoldo de Bélgica, Gina Lollobrígida, Sofía Loren, Frank Sinatra, Danny Kaye, Dean Martin, Bob Hope, entre otros, supieron de su caballerosidad.

El primer contacto con el golf fue a los 7 años, en 1930, cuando ingresó un el Golf de Migueletes, primero para extraer las pelotas que los socios tiraban a la laguna y oficiar de caddie después.

A los 17 años ya habitaba una piecita en el sótano del club He Ranelagh, escenario de sus comienzos. Dos años después todo se precipitaba y Spaghetti —lo apodaron así porque entre 1944 y 45 cumplió d servicio militar en la marina y llegaba a jugar de uniforme— comentó a conocer la dulce y peligrosa caricia de la fama.

Alternativa que no logró apartarlo de una conducta austera, sobria, que lo caracterizó desde el comienzo. Quizás por eso, una y otra vez, sacudió al mundillo golfístico internacional con actuaciones sorprendentes.

En 1962, en pareja con Fidel De Lúea representó a Argentina en la Copa Canadá —ahora Copa del Mundo— y obtuvo el primer puesto individual, clasificándose segundo en el puntaje por equipos.

Las canchas del Jockey Club de San isidro, testigos de aquella victoria, volvieron a verlo triunfar en ese mismo certamen, en 1970, ahora en compañía de Vicente Chino Fernández, con quien obtuvo el segundo lugar por parejas. En julio de 1967, De Vicenzo coronó un anhelo acariciado durante dos décadas: con 44 años se consagró como el jugador de mayor edad que obtuvo el campeonato británico.

Además de De Vicenzo, solo dos argentinos, José Jurado y Leopoldo Ruiz, estuvieron al borde de alcanzar esa proeza. En 1931, Jurado escoltó a Tommy Armour y en 1950, Ruiz perdió todas sus posibilidades en el último hoyo. Con un 4, Ruiz empataba el primer puesto, pero perdió su autodominio, equivocó el palo a jugar y marcó un 7 que lo relegó al tercer lugar. También supo de grandes desencantos Spaghetti.



En abril de 1968, en el torneo de Maestros de Augusta, en los Estados Unidos de América, un error en la anotación de su tarjeta lo relegó al segundo puesto al cargársele un golpe más en el hoyo 17, el penúltimo de la jornada final.

Con su segunda colocación, recibió más cartas y telegramas de felicitación —según una costumbre iniciada por Perón e imitada en los últimos años por todos los mandatarios argentinos, Juan Carlos Onganía— que Robert Goalby, el ganador de los 20.000 dólares de premio y el saco verde distintivo.

El score real de los dos en la cancha fue de 277, pero De Vicenzo firmó la tarjeta que totalizaba 278 sin advertir el error. Fue en esas circunstancias que puso de manifiesto toda su calidad humana al aceptar, sin acusaciones ni lamentos, un fallo que además del perjuicio deportivo le produjo otros quebrantos: perdió los 5.000 dólares de diferencia entre el segundo y el primer puesto y el derecho a participar en el certamen exclusivo de los cuatro grandes, en el que intervino en 1967 a raíz de su actuación en el campeonato británico.

Acaudalado, reconocido en más de una oportunidad como un verdadero embajador ambulante, el célebre golfista es un raro ejemplo dentro de los deportistas profesionales argentinos.

Es que en un medio donde la mayoría lucha por conseguir mejores condiciones sin reparar en los medios, él intenta ser mejor, aun cuando, como todos los demás, vive del deporte. Algo que quizás, con el tiempo, logre contagiar a otros ambientes, descompuestos por la fiebre del dinero.

Fuente: Las Grandes Hazañas del Deporte Tomo 49 La Historia Popular

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