Perú Precolombino Historia de los Incas Opticas Historicas



Perú Precolombino – Historia de los Incas

Cuando, por primera vez, Francisco Pizarro y sus compañeros desembarcaron en Túmbez, se sintieron sorprendidos, no obstante los relatos que ya habían escuchado en Panamá, al encontrarse con templos y palacios, con fortalezas, con campiñas surcadas de caminos y canales; al descubrir, en fin, un Imperio, harto bien administrado.

La palabra imperio no es exagerada para designar un Estado que se extendía desde el río Ancasmayo, sobre el límite actual de Colombia y Ecuador, hasta el río Maule en Chile central; que cubría la mayor parte de la actual República del Ecuador, el Perú casi por entero, más de la mitad de Solivia, Chile, la región noroeste de la República Argentina y que contaba aproximadamente con doce millones de habitantes.

Tantos juicios contradictorios se han formulado sobre el Perú precolombiano, tantas leyendas se han incorporado a su historia, que el investigador siente la impresión de entrar en un mundo desconocido. Se hace menester, en efecto, realizar un verdadero trabajo de exploración, porque si bien las obras relativas a los Incas son numerosas, raros son los autores que abordan las cuestiones económicas y sociales, y asimismo, los pocos que lo han intentado, sólo han escrito a este respecto monografías sin interés.

La información debe adquirirla el economista espigando los elementos necesarios para la reconstrucción del imperio desaparecido, en los documentos del Archivo de Indias y en las crónicas españolas. Debe extraer de las obras de Francisco de Jerez, Pedro Sancho, Zarate, Gomara, Lizárraga, Betanzos, Balboa, Oliva, los datos perdidos entre los relatos de correrías y batallas, seguir al cronista Acosta en sus puerilidades y a Las Casas en sus exageraciones, recorrer con el bueno y bravo soldado Pedro de Gieza de León la prolongada ruta que va desde las fronteras de Colombia hasta el Cuzco, recorrer las compilaciones de Antonio de Herrera y de Oviedo Valdés y los interminables sermones del padre Calancha.

Pondrá cuidado en recelar del entusiasta Garcilaso de la Vega, siempre dispuesto, como descendiente de los Incas, a exagerar los méritos de sus antepasados, y del feroz Sarmiento, presto, por el contrario, a empañar la fisonomía de los vencidos; buscará las huellas de verdad esparcidas en los relatos del fantástico Montesinos y en los del padre Velasco, ingenuo historiador del Reino de Quito; tratará de descubrir en la obra voluminosa del padre Cobo, algunas observaciones que no sean remedo de sus antecesores; estudiará sobre todo, las obras de los grandes jurisconsultos de la época colonial, de Polo de Ondegardo, de Fernando de Santillán, de Damián de la Bandera, de Cristóbal de Castro, del licenciado Falcón, de Juan de Matienzo y de todos los funcionarios cuyas relaciones ha publicado Jiménez de la Espada en sus «Relaciones Geográficas de Indias».

Muchas de estas fuentes históricas fueron conocidas en Europa desde el siglo XVI y algunas traducidas, pero, ¡cuánta incompetencia en la manera de utilizarlas! Garcilaso hizo escuela y provocó torrentes de sensiblería humanitaria cuya más perfecta expresión nos la da, en el siglo XVIII, la obra de Marmontel titulada «Los Incas o la destrucción del Imperio del Perú», agregado de errores groseros, de grandilocuencia empalagosa, donde los Incas se muestran como padres de familia, suaves hasta la molicie y tan virtuosos, que terminamos por lamentar en ellos la ausencia de vicios de alguna especie. ¡Y cuántos franceses sólo conocen a los Incas al través de Marmontel!

Por aquella misma época, el abate Reynal habló extensamente del Perú, pero en forma confusa; y Norelly inventó un imperio, inspirado por el estudio de los Incas, que hace honor a su imaginación, pero no a sus conocimientos. Es de lamentar que los investigadores no fueran para entonces más conscientes y sagaces, porque el Perú estaba de moda, en Francia, en vísperas de la Revolución de 1789. Madame Graffigny llegó hasta publicar las supuestas cartas de una peruana, traducidas de un «kipu» (cuerdecillas anudadas), cuyo estilo ampuloso hubiera sorprendido en extremo a los descendientes de Manco Capac.

Hasta el siglo XIX no aparecen las obras científicas. Desde entonces un gran número de sabios han profundizado la historia, la arqueología, la lingüística, la etnología, la geografía del Perú; pero, si exceptuamos el folleto, por otra parte muy discutible, de Cünow, no podemos señalar ningún estudio económico completo.

Esa laguna es la que hemos intentado llenar, primero con nuestro tratado El imperio socialista de los Incas y luego con un volumen de divulgación, donde procuramos hacer revivir esa sorprendente sociedad y que se llama: La vida de Francisco Pizarro.

Es singular que existan aún en Europa historiadores que se nieguen a admitir la existencia de civilizaciones no-mediterráneas. Atenas y Roma les han deslumbrado a tal punto, que son incapaces de percibir otras luces.



El medio en que vivieron los Incas es harto conocido para describirlo aquí. La naturaleza, en el Perú, es avara en el altiplano y, por el contrario, pródiga hasta hacerse sofocante, en las regiones arboladas. Los centros de vida están separados por desiertos, montañas, florestas, torrentes, «punas», y es de extrañar que haya podido constituirse un Estado unificado sobre un territorio de tal distribución.

He ahí el cuadro y los materiales de que dispone el economista. Emprendamos ahora la construcción del edificio.
Distinguiremos una infraestructura y una superestructura. La primera se remonta a tiempos muy antiguos y ha subsistido hasta nuestros días, después de arruinado el monumento, tal como esos vestigios que se descubren en el suelo donde se levantaron antaño ciudades opulentas. La superestructura data solamente de la época de los Incas y desapareció con ellos bajo el golpe de la conquista española, no sin haber dejado en el espíritu del indio una amargura que cuatro siglos no han bastado a desvanecer.

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