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Sugerencias: Consejos Para Evitar El Cáncer

Un trabajo monumental:
El informe Alimentación, nutrición, actividad física y la prevención del cáncer: una perspectiva global , es el más completo que se haya publicado jamás sobre el vínculo entre el cáncer, la dieta, la actividad física y el peso.

Resultado de un proceso de cinco años de análisis, que involucró a nueve equipos independientes de científicos de todo el mundo, cientos de críticos, también científicos, y 21 expertos internacionales que evaluaron y revisaron más de 7000 estudios a gran escala, el informe incluye 10 recomendaciones para reducir el riesgo de desarrollar la enfermedad.

Tras reunir suficiente evidencia que sugiere que tener exceso de grasa corporal aumenta las probabilidades de padecer cáncer de esófago, páncreas, colon, riñón y endometrio, así como de cáncer de mama, el informe recomienda que las personas intenten mantenerse dentro del rango de peso saludable durante toda su vida adulta. Es más, aconseja mantenerse tan delgado como sea posible.

El panel insta también a limitar el consumo de carnes rojas a un máximo de medio kilo por semana. La nueva evaluación encuentra que la evidencia que vincula las carnes rojas (vaca, cerdo, cordero y cabra) con el cáncer colorrectal es más convincente de lo que se pensaba hace diez años.

La recomendación en lo que se refiere a carnes procesadas es incluso más rigurosa. Basándose en evidencia elocuente, los especialistas recomiendan evitar las carnes procesadas, tales como tocino, jamón, salchichas y carne enlatada.

El panel de expertos de WCRF/AICR también encontró evidencias convincentes respecto de que las bebidas alcohólicas se vinculan con cánceres de la boca, faringe, laringe, esófago, así como con el cáncer colorrectal en los hombres, y con el que aparece en la premenopausia y en la pos-menopausia en las mujeres.

DIETA Y CÁNCER: UN INTERESANTE TRABAJO DE INVESTIGACIÓN
Hace unos años el Consejo Nacional norteamericano de Investigación, una rama de la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos, propuso unas directrices provisionales para limitar el riesgo de aparición del cáncer relacionado con la alimentación.

La principales recomendaciones consistían en reducir la ingesta de grasa, desde la media del mundo occidental, cifrada en el 40 por ciento de las calorías totales, hasta el 30 por ciento, consumir más fibra, más fruta y más verduras, aumentar la ingesta de hidratos de carbono complejos (fécula de harina y de patatas, por ejemplo) y disminuir el consumo de alimentos adobados, salados o ahumados, así como el de hidratos de carbono simples (verbigracia, el azúcar refinado)… …En la actualidad se consideran promotores o antipromotores de diversos tumores varios elementos de la dieta.

La grasa alimentaria constituye el promotor mejor definido. Entre los antipromotores posibles merecen citarse la fibra, las vitaminas A, C y E, el oligoeiemento selenio y ciertos componentes del brécol, la col y la coliflor, es decir, aquellos vegetales que, por pertenecer a la familia de las Crucíferas, se denominan cruciferos.

Las pruebas aportadas por estudios clínicos y experimentos de laboratorio sugieren que algunos de los componentes de esas hortalizas podrían actuar en más de una ocasión a lo largo de la secuencia carcinógena, influyendo sobre las enzimas que de-toxifican los carcinógenos iniciadores y actuando también como antipromotores.

WalterTroll, de la Facultad de Medicina de la Universidad de Nueva York, ha investigado otro tipo de posibles antipromotores dietéticos. Se trata de inhibidores de las proteasas presentes en las judías y la semillas vegetales: contrarrestan los efectos de las enzimas que digieren proteínas y que, posiblemente, ayudan al tumor en su invasión de los tejidos adyacentes.

Dos son las principales fuentes de datos que sugieren la posible influencia de factores dietéticos en la aparición del cáncer: los estudios epidemiológicos y los experimentos de laboratorio con roedores. Los primeros pueden llevarse a cabo considerando la población entera de un país o entre grupos de individuos. La comparación de las tasas de mortalidad por cáncer entre las poblaciones de distintos países ha proporcionado claves fundamentales sobre las causas que lo provocan.

Una de las comparaciones más ilustrativas es la de los Estados Unidos con Japón. Ambas naciones presentan cotas similares de industrialización y de nivel educativo, un régimen sanitario elevado y estadísticas fiables. Sorprendentemente, y pese a que las tasas generales de cáncer son parecidas, ambos presentan imágenes especulares cuando se comparan tipos específicos de cáncer.

Por ejemplo, abundan en los Estados Unidos las neoplasias de mama, colon y próstata, que en Japón escasean. Y a la inversa: el cáncer de estómago es común en Japón, pero poco frecuente en los Estados Unidos. ¿Se dan en mayor grado en los Estados Unidos los factores ambientales que favorecen la aparición de los cánceres de mama, de colon y de próstata, o predominan en Japón los factores que protegen contra tales tumores?

Cabría pensar que las diferencias estriban en las peculiaridades genéticas de cada país, pero esa hipótesis la han invalidado los estudios realizados sobre los emigrantes de una nación a otra; demuestran éstos que las variaciones geográficas mundiales de las tasas de cánceres organo-específicos obedecen a factores ambientales, no a los genéticos.


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En este sentido, al cabo de dos generaciones, los inmigrantes japoneses afincados en Hawai o en California presentaban tasas de cáncer de mama cercanas a las de la población blanca de Hawai y significativamente más altas que las de la población nativa japonesa. Y a la inversa, la incidencia de cáncer gástrico era notablemente menor entre los japoneses hawaianos que entre los ciudadanos del Japón.

También se ha apreciado un aumento de las tasas de cáncer de mama en las poblaciones llegadas a Estados Unidos procedentes de Polonia, donde el riesgo es bajo. Tales variaciones obligan a plantearse la posibilidad de que las diferencias de dieta constituían un factor de peso. Así lo sugirió, hace más de cincuenta años, el epidemiólogo inglés Percy Stocks, quien asoció las diferencias entre las tasas de cáncer de varias regiones de Inglaterra con el consumo de determinados alimentos.

En la década de 1950, Ernest L. Wynder, de la norteamericana Fundación de la Salud, concluyó que la enorme disparidad entre las tasas de cáncer de mama japonesa y estadounidenses no podían aplicarse en función de factores de riesgo conocidos como la historia familiar o las características reproductoras; propuso que el determinante principal debía ser un factor ambiental, como la dieta.

En los años sesenta, Kenneth K. Carrol, de la Universidad de Ontario Occidental, publicó un serie de comparaciones geográficas que demostraban la existencia de una estrecha correlación entre la ingesta de grasa alimentaria y la mortalidad por cáncer de mama en 39 países. En el caso de los cánceres de colon y de próstata se advirtieron correlaciones similares, si bien más débiles.

El análisis de las tendencias, a largo plazo, de la incidencia y la mortalidad por cáncer habría de brindar una nueva clave epidemiológica. Los datos revelan que, en un mismo país, las tasas de mortalidad por un cáncer particular suelen oscilar con el tiempo. Tales cambios podrían relacionarse con variaciones ambientales generales, en especial con hábitos dietéticos de la población Así, en los países en vías de desarrollo, hasta el 80 por ciento de las calorías totales procede del consumo de cereales y grano, que están compuestos por hidratos de carbono complejos. Con la industrialización y el desarrollo económico, la ingesta calórica se inclina hacia las grasas derivadas de la carne y del aceite vegetal.

También aumenta el consumo de azúcar (un hidrato de carbono simple). Estamos asistiendo, hoy mismo, a esos cambios en muchos países: Islandia, Italia, Grecia y Japón. Conforme se afianza esas inclinaciones dietéticas, se observa un aumento en las tasas de cáncer de mama y de colon (y, en determinadas zonas, de próstata).

Esos mismos cambios se han producido en los Estados Unidos. Así, desde 1900, la ingesta de grasas animales y vegetales ha aumentado en un 40 por ciento, a la vez que se reducía en un 60 por ciento el consumo de patatas y, en un 50 porciento, el de harina. Desde 1930, la incidencia de cánceres de mama, de colon y de próstata ha crecido paulatinamente. Por el contrario, han caído de forma brusca las muertes por cáncer de estómago. Tal descenso se ha atribuido a la sustitución de los procesos de salado, adobado y ahumado de los alimentos en favor de su conservación por refrigeración…
Leonard A. Cohén

LA SUPERVACUNA CONTRA EL CÁNCER

Fuente Consultada: Diario La Nación





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