Crisis del Capitalismo en el Siglo XIX Revolucion Industrial



RESUMEN DE LA PRIMERA CRISIS CAPITALISTA

Entre 1873 y 1896 aproximadamente, la economía capitalista mundial sufrió los efectos de una gran depresión. La crisis se originó por la superproducción que tuvo lugar a partir del desarrollo tecnológico y el aumento de la producción. Los precios de los productos industriales y agrícolas bajaron y disminuyeron las ganancias de los capitalistas.

Las acciones que se emprendieron para salir de la depresión económica significaron el fin del capitalismo liberal, organizado sobre los principios de la libre competencia entre empresas privadas en el interior de un país, la no intervención del Estado en la economía, y la libre competencia entre los Estados por los mercados del comercio mundial.

Con el objetivo de evitar futuras superproducciones que originaran la caída de los precios de los productos y de las ganancias, los capitalistas y, desde entonces, también los Estados, decidieron intervenir en la economía y regular el libre juego del mercado —es decir, de la oferta y la demanda— mediante acciones de diferente tipo.

Fabrica de la 2° Revolución Industrial

Fabrica de la 2° Revolución Industrial

LA CRISIS ECONÓMICA: Puede resultar extraño que, al referirse a este período, haya que hablar de crisis, pues podría parecer que esta palabra introduce una nota discordante en esta gran sinfonía del progreso mundial. En efecto, las crisis no se debieron al retroceso de la producción, sino que fueron provocadas por el cambio de relaciones entre la oferta y la demanda, y también a la relación entre la cantidad de las transacciones comerciales efectuadas y la masa monetaria que regulaba tales transacciones.

En este período de prosperidad general, hay que distinguir tres fases, pero sin creer que cada una de ellas fuese homogénea, ni que sus fechas tuvieran un valor absoluto. Aun en plena prosperidad, se producen indudables fracturas en la curva de su desarrollo.

La primera fase de expansión hay que situarla entre 1850 y 1873, y se debió, principalmente, al descubrimiento y explotación de las minas de oro de California (1859) y de Australia (1861). Esta masa de metal precioso determinó la cantidad de moneda puesta en   circulación,   ya  directamente en forma, de piezas metálicas, ya de moneda fiduciaria. Fue la época de la «quimera del oro».

El optimismo se hizo general. Pero se produjo una gran crisis a partir de 1873, cuyo principal agente fue el agotamiento de los «stocks» de oro. Los negocios empeoraban y la crisis agrícola era general. La industria sufrió la situación, al encontrarse falta de salidas. Era la crisis.

Una banca de Viena, la «Kreditanstalt», fue la primera afectada. En seguida, Inglaterra sufrió el contragolpe (pues, en efecto, había situado muchos de sus capitales en Austria y Alemania); después, le llegó el turno a los Estados Unidos. Entonces, comenzó a desarrollarse el ciclo infernal de la caída de los precios, del paro, de la baja del poder de compra. Esta depresión provocó, en seguida, el abandono del libre cambio, pues la reacción general de cada país fue protegerse contra las producciones rivales. Se adoptó el proteccionismo, salvo en los países que vivían del comercio: Bélgica, Inglaterra y los Países Bajos. En los últimos años del siglo, volvió la prosperidad:

La producción de oro creció, debido a la explotación de nuevas minas. Inmediatamente, se produjo el aumento de las operaciones bancarias y de los negocios. La producción masiva bajó los precios de venta. El aumento de población hizo creer la demanda. Los países subdesarrollados tenían necesidad, cada vez más, de los productos procedentes de Europa. Y, por si fuera poco, el peligro de guerra fue seguido por una carrera de armamentos, que «relanzó» la economía (por ejemplo, en Inglaterra y Alemania).

Pero este segundo período de prosperidad fue más vacilante que el primero, pues se sucedieron crisis pasajeras, aunque menos graves que la anterior (1901 y 1908). La guerra estalló en el momento en que la economía mundial se encontraba desequilibrada. El mundo se hallaba amenazado de saturación, ya que el poder de compra de cada país no se correspondía con la expansión de la producción.



Las nuevas condiciones económicas llevaron consigo un desarrollo demográfico considerable. La población mundial aumentó, entre 1850 y 1914, de un modo asombroso, pasando de 1.100.000.000 de habitantes a más de 1.650.000.000. Europa casi duplicó su población en esos años. El hambre como azote desapareció, debido al aumento de la producción agrícola y al perfeccionamiento del transporte.

Por otra parte, gracias al progreso de la medicina, se alargó la duración del término medio de la vida del hombre. Por ejemplo, en Francia, donde a principios del siglo xix era de 30 años, pasó a ser de 39 en 1860, y de 50 en 1914. En cambio, disminuyó la natalidad, fenómeno que pueden explicar estas tres razones: práctica de la limitación de nacimientos, deseo de no dividir las herencias entre muchos vastagos, y una menor influencia de la religión. El resultado de esta situación fue un sensible envejecimiento de la población, que frenó el dinamismo de los países.

El progreso del transporte, la necesidad de mano de obra de los centros industriales y la baja del nivel de vida de los campesinos fueron otros tantos factores del éxodo rural. El campesino pobre, el jornalero agrícola, el arrendatario, abandonaron el campo, atraídos por un salario mejor y un trabajo, a menudo, menos penoso. Pero el éxodo no se podujo igualmente en todo momento, sino  que procedió  por  etapas, siendo especialmente fuerte el que tuvo lugar entre 1875 y 1895, es decir, durante la gran depresión económica.

Se constituyeron grandes aglomeraciones urbanas: por ejemplo, alrededor de París, que pasó de tener 1 millón de habitantes, en 1848, a tener 5 millones en 1914. Así como Roubaix pasó de 20.000 habitantes en 1836, a 125.000 en 1896. En Francia, la población de las ciudades, que, en 1850, representó el 25 por 100 del total de la población del país, pasó a ser casi el doble en 75 años. Mientras que, en 1861, sólo cinco ciudades francesas superaban los 100.000 habitantes, en 1911 eran ya dieciséis las que sobrepasaban dicha cifra. En cuanto a la ciudad de Berlín, sufrió un aumento de población del 850 por 100, entre 1815 y 1914. En 1970, diez ciudades alemanas tenían 100.000 habitantes; en 1910, serían cinco veces más numerosas.

Esta enorme población urbana estaba formada, en su mayor parte, por los trabajadores, quienes fueron, poco a poco, tomando conciencia de su necesidad de unión, y llegaron a constituir una nueva clase: la clase obrera, la cual pronto representaría una fuerza política organizada, que habrían de tener en cuenta los Gobiernos, y que se opondría a la burguesía, detentadora del capital, en una serie de conflictos inevitables.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IX La Gran Aventura del Hombre

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