Javier Mendez Autor de Cuentos Pendientes



MI JUEGO:

Existe un territorio indefinido que divide las imágenes de la vigilia y lo que otros llaman la realidad.

Negar su existencia puede llevar a engaño. Intentar transitarlo resulta a menudo peligroso y revelador.

Recordaré siempre aquella mañana en que aun después del desayuno continuaba exigiendo que bajaran desde el armario mi juego de «Jim West», un ingenioso entretenimiento de mesa -especial para los días de invierno en Bahía Blanca- que mis padres y hermanos se negaron, en una conjura injustificable, a entregarme.-

Aducían que tal juego no existía y, en su reemplazo, se esforzaban en ofrecerme otros aburridísimos, tales como «La Oca», «El Ludo» o «Chan, el mago que contesta».

Nada me conformaba (ni me conformó jamás), ya que no podía explicarme el porqué de esa persistente negativa  a alcanzarme el «Jim West».

Recuerdo, aunque no perfectamente, su tapa predominantemente roja, con letras amarillas de rebordes oscuros y la figura de los héroes del juego plasmadas en la caja rectangular.

Desgraciadamente, por más que me esfuerzo, no consigo recordar las reglas del «JimWest», pero puedo asegurar que se trataba del juego más entretenido y apasionante que jamás se haya inventado.

Guardé  siempre un inocultable resentimiento contra mi familia por aquella injusta negativa.

Un mal día intenté aprovechar el desorden producido por nuestra mudanza para dar, de una vez por todas, con mi juego de «Jim West».



Por fin iban a vaciar el armario y allí sí, se descubriría la inicua conjura.

Permanecí expectante toda la mañana, controlando disimuladamente  los movimientos de mis padres y hermanos mayores, esperando el momento en que vaciaran el armario, para arrebatarle el «Jim West» a quien lo pusiera a mi alcance.

Grande fue mi desilusión cuando el armario estuvo vaciado totalmente, sin que mi juego apareciera.

¿Lo habrían sacado por la noche, mientras yo dormía?

Nunca lo sabré.

Lo cierto es que aun cuando logré revisar a escondidas los cajones preparados para la mudanza, no pude dar con mi «Jim West», hábilmente escondido por mi familia.

Decepcionado, se apoderó de mí un creciente mutismo, al principio justificado por mis padres en mi nostalgia por la vieja casa que me vio nacer, pero que al poco tiempo, sin dudas, comenzó a preocuparlos a tal punto que decidieron pagar costosas sesiones de terapia psicológica (infrecuentes en aquella época para una típica familia de clase media).

Finalmente, cuando me consideré satisfecho con mi muda venganza, confesé el porqué de mi silencio.- Me ocultaban sin justificación alguna el «Jim West».

Con estupor, vi a mis padres mirar desesperados al psicólogo que los observaba interrogante y jurar una y otra vez que el «Jim West» no existía y que ni siquiera sabían de qué se trataba.

Mi madre llegó incluso al paroxismo de las lágrimas.



El tiempo pasó sin que yo pudiera superar la creciente y angustiante sensación de saberme un extraño en el seno de mi propio hogar.

No podía abrirme plenamente a los sentimientos familiares y, a partir de aquel injusto e inexplicable ocultamiento de mi juego favorito, fui descubriendo a veces e intuyendo otras, numerosas conspiraciones -tan arbitrarias e incomprensibles como la primera- urdidas por mis hermanos y mis padres.

Ciertas veces irrumpía súbitamente en el comedor, donde los encontraba conversando, seguramente acerca de mi persona, y ante mi mirada inquisitiva de inmediato todos callaban, observándome entre asustados e inquietos.

Apenas cumplidos los dieciocho, aproveché la excusa de un trabajo en Chivilcoy para irme de casa.

De nada valieron las insistencias de mis padres para que continuara mis estudios universitarios.

Sólo deseaba abandonar cuanto antes aquella farsa hipócrita que llamaban familia y que apenas me contaba para ser blanco de oscuras componendas cuyos motivos nunca logré descifrar.

Mi vida ha transcurrido en una gris normalidad, solamente alterada por los inevitables llamados telefónicos cargados de falsedad que recibo los días de mi cumpleaños y la formulación de excusas para evitar sistemáticamente concurrir  a las fiestas de fin de año que tanto odio.

He montado mi propio taller de juguetes artesanales e incluso he buscado, viajando específicamente a Buenos Aires para ello, de manera infructuosa, otro juego de “Jim West”, para plagiarlo cambiándole el nombre y desarrollar un vistoso tablero de madera lustrada.

Nunca conseguí el juego, ni logro recordar sus reglas.

Para colmo de males, sus imágenes me resultan cada vez más oscuras y se entremezclan confundiéndose con otras producto de mi esforzada imaginación, a punto tal que cada día que pasa, no puedo asegurar si el juego que tengo en mente es aquel que hizo felices los días de mi infancia u otro, totalmente distinto plagado de mis propios artificios mentales que han venido a usurpar las piezas y los casilleros del original desvirtuándolo totalmente.



De cualquier modo, mi viejo juego de “Jim West” ha determinado el rumbo de mi vida y conforma una porción esencial de mi persona.

No hay conjura que pueda arrebatarme los sueños ni borrarme los recuerdos, por difusos que estos se tornen.

Y si en esta vida no logro reencontrarme con mi juego -asumo que he perdido casi por completo las esperanzas-, no concibo un paraíso que seguramente me espera como a todos quienes hemos sufrido injusticias en este mundo, sin un flamante juego de “Jim West” listo para desplegar su colorido tablero y transitar la eternidad partida tras partida.

Cuentos Pendientes – Javier Mendez

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