Caida de las Dictadura de Egipto y Tunez Conflictos en el Magreb



Caída de las Dictadura de Egipto y Túnez
Conflictos en el Magreb

A mediados de los años ochenta, cuando nadie imaginaba la caída del Muro de Berlín —el derrumbe de los regímenes socialistas europeos—, desde estas columnas Antonio M. Baggio señalaba que el proceso político abierto por el entonces presidente Gorbachov —solían usarse las expresiones en ruso perestroika (reforma) yglasnost (transparencia)— podría llegar mucho más lejos de lo que se imaginaba el líder soviético. Y así fue.

Del mismo modo, si se tiene en cuenta la complejidad del mundo islámico en el que, desde el pasado mes de diciembre, se han verificado vuelcos políticos inesperados, puede que estemos frente a un fenómeno análogo a la caída del Muro de Berlín. También está aconteciendo algo inédito que abre expectativas inesperadas en un mundo que Occidente no suele comprender con facilidad.

El área interesada por el fenómeno es muy amplia y con características distintas. Los hechos comenzaron en los países del Magreb, tal como se denomina la región occidental de los países árabes del norte de África (al-magrib significa precisamente “poniente”) y que abarca Túnez, Libia, Marruecos, Argelia, Sahara Occidental y Mauritania. El Magreb es parte de la cuenca del Mediterráneo, con vínculos históricos con sus vecinos europeos.

 Zine el Abidín Ben Ali

El ex presidente tunecino Zine el Abidín Ben Ali se encuentra en coma tras haber sufrido un accidente cerebrovascular en Arabia Saudí, donde se refugió tras ser derrocado el pasado 14 de enero por una revolución popular

Allí la insurrección popular provocó la caída del dictador tunecino Ben Alí, quien tuvo que refugiarse en el exterior con su clan familiar, considerado una suerte de “cleptocracia». Como mancha de aceite, las protestas se extendieron a Argelia y Marruecos, para luego llegar al área de Medio Oriente, provocando en Egipto la caída del presidente Hosni Mubarak, en Jordania cambios en el gobierno y medidas preventivas de seguridad en Siria.

Hubo manifestaciones en Yemen y reclamos en Arabia Saudita, y luego el fenómeno se extendió al área asiática con manifestaciones en Irán.

Ante la persistencia de las protestas en Egipto y la inicial negativa de Mubarak de abandonar el poder, el mundo (y en especial los Estados Unidos), contuvo la respiración. Ese tembladeral mantuvo a los analistas en la incertidumbre, pues se trataba nada menos que del país que controla el estratégico canal de Suez y de una pieza clave del tablero medioriental, firmante del tratado de paz con Israel.

Cambios tan importantes en países donde cada gobierno o casa real se mantiene firme en el poder desde hace décadas son inéditos. Las causas se encuentran quizás en la combinación de descontento social, agudizado por la crisis financiera estallada en 2008 que impacta fuertemente en el norte de África, y de desgaste de regímenes autoritarios y corruptos que sólo favorecen una elite.

En este contexto, el dato nuevo es que en estos años muchos jóvenes, pese a los altos niveles de analfabetismo en la sociedad, han podido completar los estudios secundarios y hasta universitarios —aunque el desempleo entre quienes poseen un título de estudio es muy alto, con puntas del 60-70%.

Otro factor ha sido el acceso a internet y a redes sociales como twitter y facebook. En efecto, la mecha de la rebelión fue encendida por un sector instruido con acceso a información del resto del mundo. Y no es casual que en China, Corea del Norte, Myanmar y Cuba se limite preventivamente el uso de internet.

En todos los casos, el mayor temor de las miradas occidentales se centró en el rol que desempeñarían en esta situación los sectores más radicalizados de inspiración islámica, como los Hermanos Musulmanes o el Gia argelino.

Ese temor no sólo no se vio confirmado sino que, por ejemplo, los Hermanos Musulmanes participaron de las negociaciones entre gobierno y oposición en Egipto. Lo cual indica que la amenaza de estos sectores radicalizados fue exagerada por Occidente o por los mismos regímenes para justificar su continuidad, o que estos sectores han ingresado a una etapa de mayor racionalidad y disponibilidad para la discusión política.

Sharm el Sheij

El estado de salud de Hosni Mubarak, de 82 años, es “inestable”, citando a una fuente médica del hospital
de Sharm el Sheij, donde el ex presidente egipcio está en detención provisoria

El tema del radicalismo de matriz islámica no es menor. El temor a su influjo en la vida local ha motivado el apoyo de Occidente a las dictaduras de estos países, pese al discurso oficial de difusión de la democracia en las sociedades islámicas. El caso más evidente es el de la invasión armada a Irak y Afganistán.

Es innegable el apoyo que ha recibido el gobierno de Mubarak por parte de los Estados Unidos y otros países occidentales durante tres décadas, al tiempo que el tunecino Ben Ali llegó al poder en 1987 con la complicidad del gobierno de Italia, y la actual dictadura argelina se instaló en 1991 con el apoyo de Francia. Del mismo modo, Occidente levanta su dedo acusador contra el régimen de Irán, pero soslaya y no se indigna frente a las dictaduras de Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Pakistán o Libia, que nada tienen que envidiar a los así llamados “estados canallas”.

A nivel popular, y entre las elites políticas locales, este doble discurso de Occidente —y el recelo por el pasado colonialista desempeñado por las potencias europeas— siempre ha sido evidente y no ha contribuido a mejorar relaciones que, en realidad, podrían haber favorecido el mutuo interés por el desarrollo de estos países en lugar de imponer una cuestionable razón de Estado, tras la que se ocultaban intereses económicos. En efecto, sobre todo del Magreb provienen las olas migratorias que hoy los europeos intentan frenar desesperadamente.

¿Hacia dónde va este proceso? Es muy probable que el estallido social haya abierto un resquicio que conduzca a la introducción de reformas políticas. Quizás, antes que una democracia formal al estilo occidental la gente esté buscando una vida mejor. Escribió el periodista alemán Volkhard Windfuhur, corresponsal en El Cairo desde hace 56 años: “Durante 30 años en funciones, Mubarak no se tomó ni un solo minuto para hablar al corazón de su gente. No tenía esa capacidad”.

Los caminos hacia la democracia —y es difícil no tender a ella en un mundo globalizado— van por sendas diferentes de las de muchos de estos regímenes.

Fuente: Revista Cn Marzo 2011 Nro. 519

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