Historia de la Penicilina Lucha Contra las Infecciones en las Guerras



Historia del Descubrimiento de la Penicilina – Fleming Alexander
Lucha contra las Infecciones en las Guerras

FLEMING, Sir ALEXANDER (1881-1955)
Médico, bacteriólogo y químico escocés
Se educó en la Academia Kilmarnouk y en el Hospital Universitario St. Mary, de la Universidad de Londres, donde se recibió con medalla de oro. Durante la Primera Guerra Mundial sirvió como capitán del cuerpo médico del ejército y, una vez terminada la guerra, orientó sus investigaciones hacia la bacteriología y el uso de los antisépticos. Se desempeñó como director del Instituto de Vacunación y como profesor de bacteriología.

En 1922, descubrió las propiedades inhibidoras de la lisozima, sustancia antibiótica que lo llevó a un hallazgo posterior que fue, tal vez, su aporte científico más destacado. Estudiando las propiedades del moho (identificado en el género Penicilium), que secretaba una sustancia capaz de inhibir los estreptococos, descubrió en el año de 1929 la penicilina. Publicó los resultados de su investigación en el Journal of Experimental Pathology, ese mismo año.

“Por el descubrimiento de la penicilina y de sus efectos curativos sobre varias enfermedades infecciosas”, recibió el premio Nobel de medicina en 1945, el cual compartió con Chain y Florey.

Ver: Vida y Obra Científica de Alexander Fleming

Fleming Alexander en el laboratorio

Alexander Fleming en su laboratorio
El bacteriólogo escocés sir Alexander Fleming revolucionó el tratamiento de las infecciones bacterianas cuando descubrió la penicilina, el primer antibiótico. Aunque este fármaco fue descubierto en 1929, se tardaron más de diez años en producir penicilina a gran escala. Dado el gran número de víctimas durante la Segunda Guerra Mundial, un grupo de científicos fundó una red de pequeñas fábricas de penicilina para poder comercializarla en grandes volúmenes, lo que permitió salvar millones de vidas.

Descubrimiento de la  Penicilina:

Durante la Primera Guerra Mundial se mejoraron muchas técnicas quirúrgicas para curar a los heridos, pero muchos murieron por la falta de un tratamiento efectivo contra Infecciones. Muchos científicos trabajaron en la búsqueda de un agente antibacteriano, incluyendo el bacteriólogo británico Alexander Fleming, quien en 1922 descubrió que la lisozima, una sustancia química encontrada en las lágrimas humanas, tenía propiedades antibacterianas. Pero investigaciones posteriores revelaron que no era efectiva contra la mayoría de Infecciones, sino que mataba bacterias que no causaban enfermedades.

En 1928, Fleming,  dejó un cultivo de gérmenes de esta filococos al descubierto durante unos días. Al darse cuenta, se disponía a dése char el recipiente que contenía el cultivo, cuando se percató de que habían caído en él unas motas de moho. En torno a cada una de ellas, la colonia de bacterias se había disuelto hasta cierta distancia. Las bacterias habían muerto, y ningún crecimiento nuevo había invadido el área.

Fleming aisló el moho y, con el tiempo, lo identificó como el llamado Penicillium notatum, muy parecido al moho ordinario del pan. Decidió que liberaba algún compuesto que, en última instancia, inhibía el crecimiento bacteriano, y llamó a esa sustancia penicilina.

Fleming probó el moho en varios tipos de bacterias, y halló que algunas se veían afectadas y otras no. Las células humanas no eran afectadas. No prosiguió las pruebas, y se precisaron diez años para que los científicos volvieran a ocuparse del problema. Sin embargo, su descubrimiento valió a Fleming el premio Nobel de medicina y fisiología —compartido— en 1945.

Cultivo de virus: Gran parte de los avances en la lucha contra la infección bacteriana realizados en los tres cuartos de siglo XX anteriores eran el resultado de la capacidad para hacer crecer cultivos bacterianos puros en el laboratorio. Esto significaba que las bacterias podían estudiarse con facilidad, y que cabía desarrollar métodos para frenar o detener su crecimiento.

Pero los virus sólo crecían en células vivas, y trabajar con organismos es mucho más lento y menos seguro que hacerlo con recipientes de Petri. Por esta razón, las enfermedades virales eran mucho más difíciles de combatir que las bacterianas.

Naturalmente, no era preciso dejar crecer los virus en organismos adultos; podían hacerse crecer en embriones en desarrollo en huevos de pollos o en células de esos mismos embriones mezcladas con sangre. El problema se presentaba porque si bien los virus crecían allí, también lo hacían las bacterias, y éstas podían enmascarar aquéllos.
Una vez estuvo disponible la penicilina, se pudo añadir al caldo de embrión de pollo. Con esto se impedía el crecimiento de las bacterias sin afectar a los virus.

El microbiólogo norteamericano John Franklin Enders (1897-1985) desarrolló esta técnica en 1948, que demostró su utilidad en la búsqueda de procedimientos para luchar contra las enfermedades virales, sobre todo la poliomielitis (parálisis infantil).

Por estos trabajos, Enders compartió con sus colegas Thomas Huckle Weller (n. 1915) y Frederick Chapman Robbins (1916-2003) el premio Nobel de medicina y fisiología en 1954.



SE RETOMA LA INVESTIGACIÓN: Hasta 1939 no se volvieron a realizar investigaciones relevantes sobre la penicilina. Ese año, Howard Florey y Ernst Chain, que trabajaban en la Escuela de Patología Sir William Dunn, en Oxford, decidieron emprender un estudio general de la antibiosis con el fin de descubrir los factores científicos implicados, más que la posibilidad de su aplicación médica. Por una afortunada coincidencia, uno de los ejemplos que escogieron fue la penicilina.

Ernst Chain

“Me gustaría señalar que la posibilidad de que la penicilina tuviera aplicaciones prácticas en medicina clínica ni siquiera nos había pasado por la cabeza cuando empezamos a trabajar…” ERNST CHAIN

Howard Florey

En mayo de 1940, durante el imparable avance del ejército alemán por Europa occidental, habían establecido ya que la penicilina era extraordinariamente eficaz para controlar infecciones estreptocócicas potencialmente mortales en cobayas. Sin embargo, el moho producía cantidades minúsculas de penicilina y la producción de una cantidad suficiente de la sustancia para realizar una modesta prueba clínica se presentaba como un obstáculo prácticamente insuperable, sobre todo en Gran Bretaña en tiempo de guerra.

Así pues, Florey buscó y obtuvo el apoyo de la industria farmacéutica de Estados Unidos, donde la participación en la guerra, después del bombardeo de Pearl Harbor en 1941, había suscitado un intenso interés en la penicilina para el tratamiento de los heridos. De esta forma, fue posible disponer de suficiente penicilina para tratar a todos los soldados heridos en los desembarcos del día D en Normandía. En 1950, el nuevo fármaco estaba ya a disposición de la población civil, a un coste muy reducido.

Las bacterias no son los únicos microorganismos que pueden causar enfermedades. En las regiones tropicales, ciertas enfermedades mortales o incapacitantes, como la enfermedad del sueño, la disentería amebiana y el paludismo estan causadas por tripanosomas, amebas y plasasmodios, respectivamente. La mayoría de estos microorganismos tienen complejos ciclos vitales, por lo que el éxito de la quimioterapia depende de la posibilidad de atacarlos durante una fase especialmente vulnerable.

El paludismo, por ejemplo, es transmitido por mosquitos, cuya población se puede reducir mediante el uso de insecticidas y el drenaje de las zonas pantanosas. El parásito que transmiten cuando pican invade los glóbulos rojos de la sangre. El remedio tradicional era la quinina, sustancia obtenida de la corteza del árbol Chichona, introducido en Europa durante el siglo XVII desde Sudamérica.

En 1933, la empresa Bayer, de Alemania, desarrolló el producto sintético mepacrina (atebrina), seguido en 1943 por la paludrina, elaborada por ICI en Gran Bretaña cuando los japoneses cortaron los suministros de quinina desde Asia. Sin embargo, el paludismo puede asumir diversas formas y los parásitos, como las bacterias, pueden desarrollar resistencia.

la penicilina en la guerra mundial

 Durante los primeros tiempos, la producción de penicilina en Estados Unidos se llevaba a cabo mediante la repetición a escala gigantesca del método desarrollado en el laboratorio por los investigadores de Oxford. El moho se inoculaba en miles de recipientes y se dejaba fermentar durante 12 días a 23 °C. A continuación, se aplicaban disolventes para extraer la penicilina del caldo resultante. El sistema era engorroso, pero era el único que se conocía. Más adelante surgieron métodos mucho más eficaces, semejantes a los que intervienen en la producción de cerveza.

ALGO MAS…
Otros  Descubrimientos Revolucionarios:

El desastre que supuso la Gran Guerra tuvo al menos una vertiente positiva; estimuló la investigación clínica y el desarrollo de algunos medicamentos clave, como las sulfamidas y los antibióticos. Entre los médicos que trabajaron en un hospital de campaña estuvo el bacteriólogo escocés Alexander Fleming, que comprobó las heridas letales que provocaban las nuevas armas y la dificultad que entrañaba frenar las infecciones producidas por la metralla.

En la posguerra comenzó sus investigaciones para encontrar un antiséptico capaz de frenar el proceso infeccioso y en 1928 logró el famoso descubrimiento accidental que cambió la lucha contra las infecciones: la penicilina.

Diez años después, el bioquímico británico Ernst Boris Chain y el patólogo australiano Howard Walter Florey descubrieron la manera de purificarla y fabricarla de forma industrial. Pero en 1939, el comienzo de la Segunda Guerra Mundial saturó los laboratorios ingleses, que se volcaron en el esfuerzo bélico, y Chain y Florey viajaron a los Estados Unidos para poner en marcha plantas industriales capaces de producir grandes cantidades del antibiótico. Las primeras remesas llegaron a tiempo para salvar a muchos soldados que cayeron heridos en los campos de batalla.

Otro de los adelantos que contribuyó a salvar vidas en aquel enfrentamiento global fue la posibilidad de reemplazar la sangre por plasma, un logro del médico e investigador estadounidense Charles Drew (1904-1950). La necesidad de combatir enfermedades exóticas en el frente del Pacífico, las deficiencias nutritivas en muchas partes de Europa y la atención de los heridos impulsaron la coordinación de los servicios sanitarios en todos los ejércitos.

La escasez de ciertos fármacos, como la quinina, hizo preciso desarrollar sustitutos sintéticos para combatir el paludismo. En esa época el británico Peter Medawar llevó a cabo los primeros estudios que aportaron datos importantes sobre inmunología.

Su gobierno le había encargado una investigación para averiguar las razones del rechazo de los injertos de piel de cadáveres que se aplicaban a los pilotos de la RAF con graves quemaduras. Medawar demostró las tres características de la reacción inmunitaria: reconocimiento de elementos ajenos, memoria y especificidad.

Ver: Descubrimientos Casuales

Ver: Inventos Casuales

Fuente Consultada:
El Estallido Científico del Siglo XX Tomo 2 Trevor Williams
Revista TIME El Siglo de la Ciencia
Revista Muy Interesante Especial N°5 El Libro de la Historia de la Medicina





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