Gobierno de Juarez Celman Apoyo y Criticas de la Juventud



Críticas a una manifestación de apoyo al gobierno de Miguel Juárez Celman
por parte de un grupo de jóvenes
, según una difundida y resonante nota aparecida en el diario La Nación (Francisco Barroetaveña, «Tu quoque juventud«, en diario La Nación, 20 de agosto de 1889, La nota le valió a Barroetaveña el ser nombrado presidente del opositor Comité de la Juventud)

El paso político que va a dar la juventud juarista no es nuevo en nuestro país, ni tampoco honroso para el civismo argentino («,) ésta y aquella adhesión no significan otra cosa que la renuncia a la vida cívica activa de los jóvenes, para desaparecer absorbidos por una voluntad superior que los convierte en meros instrumentos del jefe del Poder Ejecutivo, («,) iY en qué momento la Juventud ofrece su adhesión incondicional al presidente! Precisamente cuando en la capital y en muchas provincias se realizan actos de cobardía cívica que nos avergüenzan ante propios y extraños ( ..)

Las finanzas de la Nación están entregadas a un ilusionista culpable que las llevan fatal y velozmente, por la pendiente del abismo; la moral administrativa de gran número de reparticiones públicas gime bajo el peso abrumador de terribles acusaciones […] la vida política del país totalmente suprimida (…)  En todas partes malestar, desgobierno y escándalos, que arruinarán al pueblo cuando estalle una crisis inevitable que todos la presienten.

ALGO MAS…

Desde 1886 presidía la República don Miguel Juárez Celman (1844-1909), un hombre de 39 años. De una tradicional familia cordobesa, era un hombre de maneras corteses, afable sin exageración, zumbón y agudo; parecía, empero, frívolo y despreocupado en ocasiones. Estaba casado con la hermosa Elisa Funes, hermana de Clara, la esposa del general Roca.

El doctor Juárez era irascible en las cosas pequeñas y, sin embargo, tolerante y comprensivo en general. Su casa de la calle 25 de Mayo, que existe aún, era una mansión de imponentes proporciones donde se reunían, noche a noche, centenares de personas; todas ellas ansiosas de mostrar acatamiento, cuando no adulación y servilismo, al primer mandatario. Muchos amigos personales, allegados políticos, senadores y diputados, algún diploma-tico, industriales y poderosos comerciantes.

El general Mansilla, con su apostura y su monóculo, llevaba a sus sobrinos a las reuniones en casa del presidente, y en una ocasión doña Elisa Funes le dijo al brillante causeur, con fuerte tonada cordobesa: «Por favor, Mansilla, dígales a sus sobrinos que no me besen la mano porque me da vergüenza».

Todos estos invitados se disputaban el honor de regalarle al presidente cuadros, mármoles, bronces y Joyas. Muy pocos fueron los que no le hicieron regalos, su círculo se trocó en corte y el día de su santo en besamanos… En la atmósfera viciada por el humo de esos salones los concurrentes hallaban la oportunidad de enterarse del dato que facilitaría finiquitar fabulosos negocios o alguna transacción con fines especulativos.

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