Juan Diaz de Solis Descubrimiento del Rio de la Plata Leyenda Rey Blanco(301)



Juan Diaz de Solis Descubrimiento del Rio de la Plata

La leyenda del Río de la Plata: Otro marino portugués al servicio de España, Hernando de Magallanes, comandó la segunda expedición enviada con el propósito –insistente y urgente de la Corona- de descubrir el paso interoceánico. Magallanes juzgó impracticable la exploración del Mar Dulce y navegó hacia el sur.

La expedición hizo escala en la costa patagónica, descubrió el Estrecho y se internó en el Océano Pacífico. Una sola nave de las cinco que componían la armada regresó a España. Había dado la primera vuelta al mundo y comprobado que las codiciadas Molucas estaban en poder de Portugal y por explotaba comercialmente.

 Mientras la Corona diseñaba sus ambiciosas expediciones, los exploradores atendían a los relatos de los aborígenes. Una de las más conocidas era la leyenda de que el “Río de Solís” o “Mar Dulce” que atravesaba toda una región de clima amable y templado, conducía hacia una Sierra de Plata, también llamada el “Imperio del Rey Blanco”, o “Ciudad de los Césares” donde los metales preciosos estaban al alcance de la mano.

En realidad se trataba de una “poética” referencia a la riqueza minera del Perú, de la que los españoles empezaban a tener vagas noticias. Y como la ilusión –acompañada de la avaricia- desempeñó un papel clave en esta serie de mutuos descubrimientos. La región del Plata despertó el interés de muchos por estas reseñas.

La tentación de acceder a ella torció el rumbo de una nueva expedición, esta vez al mando del marino veneciano Sebastián Caboto, quien por encargo de la Corona debía repetir el itinerario de Magallanes.

Caboto oyó hablar de las riquezas del río de Solís a través de relatos de los náufragos y desertores que abundaban en las factorías portuguesas de la costa del Brasil. Alentado por estos indicios, este marino astuto y de carácter despótico decidió desobedecer al rey: – “Yo haré aquí lo que se me antojase”.

Sin razones, castigó a los que protestaban dejándolos en tierra. Contaba en su nueva aventura con la valiosa colaboración de Enrique Montes, un sobreviviente del viaje de Solís. Con alimentos frescos, patos, miel, iguanas, raíces de mandioca y palmitos, mejoró la salud de los exploradores afectada a raíz de la larga navegación.

La expedición de Caboto retomó el viaje rumbo al Gran Río y en la confluencia del Paraná con el Carcarañá construyó el fuerte de “Sancti Spiritu” (1527). Esta primera fortaleza española de la región era precaria, de barro y madera, rodeada por una veintena de ranchos destinados a los tripulantes. De inmediato se sembró trigo, cebada y abatí (maíz) para alimento de estos hombres osados.

Al principio la convivencia con los nativos fue pacífica y las mujeres indígenas fueron dadas como concubinas y trabajadoras a los hombres de piel clara. Pero muy pronto se desencadenaron los conflictos debido al régimen de tareas que exigían los recién venidos.

Mientras Caboto se abocaba a la exploración del Paraná en busca de la Sierra de Plata, uno de sus capitanes, Francisco César, marchaba por tierra en pos del mismo objetivo pero en dirección al sudoeste. Se supone que se internó hasta la serranía de la actual San Luis, un periplo que la imaginación de sus contemporáneos convirtió en la leyenda de la Ciudad de los Césares. Esta leyenda se sumó a la de la Sierra de Plata, el imperio del Rey Blanco, Trapalanda y Lin-Lín. Una suma de leyendas, mitos que incrementaban peligrosamente el apetito por la riqueza.

La llegada de un marino veterano de otras expediciones, Diego García, vecino de la villa de Moguer, con dos bergantines y 60 hombres, estuvo a punto de provocar una lucha por el poder entre los dos jefes (1528). García, lo mismo que Caboto, había torcido el rumbo hacia el Río de la Plata en lugar de dirigirse a las Molucas. Mientras discutían sus respectivos derechos, los indígenas procedieron a destruir el Sancti Spiritu.



En la época colonial, el relato aseguraba que común ese ataque se gestó por culpa del amor contrariado del cacique Sirípo hacia la bella española Lucía Miranda, esposa de uno de los soldados. Así lo afirmaba Ruy Díaz de Guzmán, el primer historiador criollo del Río de la Plata. Sin embargo, ningún dato fehaciente respalda esta romántica leyenda que justifica la catástrofe del fuerte en la pasión, la venganza y los celos.

Caboto se apresuró a volver a España dejando abandonados a varios de sus compañeros. Por su desobediencia y por las crueldades cometidas contra su propia gente, fue sometido a juicio en la Península. Pero debido a los indicios de riquezas que había encontrado, unas piezas de metal que tenían los indígenas, “el río de Solís” empezó a ser conocido por su nombre definitivo: el Río de la Plata.

Fuente Consultada: La Argentina, Historia del País y Su Gente de María Sánchez Quesada
Por Prof. Historia Adriana Beresvil

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