Era Meiji en Japon Su apertura a Occidente Características y Objetivos



La Era Meiji en Japón-Apertura a Occidente
Características y Objetivos

Antecedentes: Los primeros europeos que llegaron al Japón fueron los portugueses y los jesuítas en el siglo XVI. Si bien durante casi un siglo los japoneses comerciaron con los países europeos y aceptaron sus misioneros cristianos, a partir del año 1638 el intercambio cultural y comercial fue cerrado totalmente. Recién a mediados del siglo XIX la clausura en la que se encontraba Japón fue reabierta por medio de la violenta presión de los países occidentales.

Tanto los Estados Unidos como Rusia intentaron sin éxito intervenir en Japón. El 8 de julio de 1853, el comodoro norteamericano M. C. Perry apareció con una fragata en la bahía de Ye-Do (capital de la isla) y entregó al gobierno un documento pidiendo la apertura de sus puertos.

El Shogun (funcionario real con amplias atribuciones políticas) estaba dispuesto a aceptar la propuesta de Perry, mientras que el emperador y los dai-myos (príncipes terratenientes con características feudales) eran partidarios de mantener el ya tradicional hermetismo japonés.

El país se dividió en dos: mientras el Shogun firmaba el Tratado de Ka-Na-Gawa (que permitía a los extranjeros de América y Europa el tráfico comercial con tres puertos del Norte), el gobierno imperial con capital en Kyoto, al Sur, se negó a aprobar los tratados.

LA HISTORIA: La entrada de Japón en la etapa de la industrialización muestra características peculiares de desarrollo capitalista, apartándose considerablemente de los modelos europeos de la Revolución Industrial. Dos factores determinaron la revolución Meiji y el fuerte intervencionismo estatal.

En 1853 el comodoro Perry entro en la bahía de Yedo. Los japoneses quedaron impresionados: los norteamericanos tenían armas superiores a las suyas y buques de vapor, y Yedo dependía de las provisiones que llegaban por mar. Aceptaron a un cónsul norteamericano y abrieron dos puertos al comercio con Estados Unidos. Poco después firmaron varios tratados que permitían la entrada de otros comerciantes extranjeros y la creación de misiones diplomáticas.

Muchos japoneses pensaron que, si no eran cautelosos, su país podía verse controlado por los extranjeros con tanta impotencia como China. Dos clanes principales adoptaron métodos militares europeos y enviaron emisarios al extranjero para que aprendieran de los bárbaros. Finalmente se dedicaron a organizar la oposición a los Takugawa.

Hubo enfrentamientos. El 3 de enero de 1868 dieron un golpe de estado en Kyoto y tomaron la corte imperial. Pusieron término al cargo hereditario de shogun, sacaron al emperador de las bambalinas del gobierno japonés y lo situaron en el centro del escenario, reafirmando su responsabilidad directa en el gobierno del país. Estas acciones, simbolizadas por el traslado de la corte a Yedo, fueron el origen de lo que se conoce como «restauración Meiji».

Así, los dirigentes japoneses emprendieron la modernización del país. Quedaron impresionados por Perry (entre otras cosas, probablemente, por la pequeña locomotora de vapor que el comodoro llevó y exhibió en un tendido especialmente construido durante la gran fiesta que dieron para celebrar la firma del primer tratado, y quizá también por las ingentes cantidades de whisky y champán que consumieron) y poco después de su llegada varios clanes enviaron jóvenes a Europa y Estados Unidos para que recabaran información sobre sus misteriosas fuentes de energía.

En las fincas de algunos clanes se montaron los primeros establecimientos industriales de corte occidental: astilleros, fábricas de armas e hilanderías.



El objetivo de los dirigentes japoneses era aprender cuanto podían enseñarles los países occidentales y aprovecharlo para modernizar el país sin occi-dentalizarse y sin perder sus tradiciones en el proceso. Su éxito fue extraordinario.

La apertura de Japón al comercio internacional provocó entre 1859 y 1865 una fuerte crisis económica y social, cuyo detonante fundamental fue el alza del precio del arroz, cuya exportación había estado prohibida. Durante ese periodo se sucedieron revueltas populares, urbanas y campesinas, hostiles a la presencia de los extranjeros, y contra la política prooccidental del shogun.

El estado de conflictividad general creado por la crisis fue aprovechado por los grandes señores feudales del sur (daimyo) y los jóvenes samurais, que organizaron el llamado “movimiento legalista”, sobre la base de un programa político en el que se mezclaba un notable espíritu tradicionalista y conservador con la aspiración de reformas económicas de talante abiertamente moderno.

La Revolución Meiji

Por qué estos fuertes grupos de poder político y económico, tradicionales de la historia japonesa, tomaron una iniciativa de recambio del poder establecido sobre la oportunidad que brindaban las agitaciones populares?

El viejo shogun (especie de consejo cerrado a una casta de grandes propietarios rurales) venía acaparando el poder político desde hacía siglos. La figura del emperador flotaba como un títere bajo el omnipotente shogun. De 1603 a 1868 la familia Tokugawa, poseedora de la cuarta parte del territorio nacional, había ocupado el trono por vía hereditaria en mutua correlación de interés con el shogunado.

Los grandes propietarios del sur veían como sus feudos, a pesar de ser los más evolucionados del país, se ahogaban en el estrecho marco del feudalismo nipón. Las nuevas generaciones de samuráis eran abiertamente adversarias a la dinastía Tokugaway al shogunado.

En 1865 la revuelta de los samurais “choshu” demostró la debilidad y el aislamiento político del shogun. Dos años después murió el emperador Komei. El vacío político que se originó fue ocupado por los reformistas del movimiento legalista, consiguiendo que el joven emperador Mutsu-Hito asumiera el poder y eligiera el nombre de Meiji (gobierno de las luces) para designar su reinado. Inglaterra y Estados Unidos apoyaron discretamente el movimiento de renovación de los jóvenes samurais reformistas.

En 1868 las escasas fuerzas reaccionarias en torno al antiguo shogun fueron aplastadas. Comenzaba a desmantelarse el sistema feudal japonés. La revolución Meiji había triunfado. La carta de abril de 1868, dirigida a toda la nación, resumió todos los planes de reforma que sepultarían el viejo aparato del Estado feudal.

En ella se pedía la abolición de las costumbres “absurdas”, se anunciaba el fin del gobierno absoluto, y se recurría a los conocimientos científicos y técnicos del mundo occidental. En 1869 se anuló el monopolio económico de los feudos y se dio luz verde a la libertad de iniciativa comercial e industrial. Los derechos señoriales ya no se pagarían en especies, si no en impuestos sobre la tierra. La venta de tierras se hizo libre.

En el terreno político se abolió la distinción entre los cuatro Estados: daimyo, samurai, campesinos y comerciantes. Los feudos se transformaron en prefecturas administradas por el gobierno central. Se aprobó el calendario occidental, se instituyó la enseñanza moderna y obligatoria, y se dedicó un intenso empeño en el cultivo de la ciencia y la técnica.



La revolución Meiji fue una “revolución desde arriba”, dirigida por los altos estamentos contra el secular feudalismo japonés, que paralizaba el desarrollo económico de las islas, en favor de las todopoderosas familias del shogunado. Había que entrar en la órbita del mundo moderno y “contestar” al “desafío” de Occidente.

Se enviaron varios especialistas japoneses para analizar los gobiernos extranjeros y para seleccionar sus mejores características que se aplicarían en Japón; se redactó un nuevo código penal a imagen del francés, se estableció un Ministerio de Educación en 1871 para desarrollar un sistema educativo basado en el de Estados Unidos, que fomentaría una ideología nacionalista y la exaltación del emperador a partir del desarrollo del sintoísmo. El país experimentó un rápido crecimiento industrial bajo la supervisión del gobierno. En 1872, se decretó el servicio militar universal y, unos años después, en 1877, un decreto abolió la clase de los samuráis, no sin un trágico enfrentamiento entre los soldados y los samuráis en Satsuma.

Intervencionismo estatal

La base social del Estado, sin embargo, no se transformó en absoluto, sino que se amplió. En realidad, los antiguos señores feudales continuaron en el poder, y desde el Estado dosificaron tácticamente las reformas precisas para iniciar la industrialización, protegiendo firmas comerciales o aboliendo las aduanas interiores y los monopolios feudales. A la sombra del intervencionismo estatal se desarrolló un bloque oligárquico Meiji, bien dotado de mano de obra y materias primas.

El Estado, por su parte, garantizaba la distribución de capitales, la importación de cuadros técnicos y mano de obra especializada, construyó las primeras líneas de ferrocarril y la primeras fábricas. El Estado Meiji fue el instrumento de dominación de una nueva clase dirigente, enriquecido por las confiscaciones hechas a los antiguos miembros del shogunado y a la familia Tokugawa, al empréstito exterior y la fiscalía, que absorbía constantemente los pesados impuestos que recaían sobre el campesino. Desde 1893 los intereses privados comenzaron a organizarse en cárteles.

El desarrollo del capitalismo en Japón

El crecimiento del capitalismo en Japón fue muy rápido. Hasta el siglo XX dependía de Occidente: le pedía técnicos y le enviaba estudiantes y capataces; le compraba material de equipo y tomaba capitales a préstamo. Sin embargo, a comienzos del siglo XX el comercio japonés dejó de tener una estructura puramente colonial. Las exportaciones de materias primas disminuyeron en beneficio de las exportaciones de productos manufacturados, mientras aumentaban las exportaciones de materias puras.

Para comprender la rapidez con que se desarrolló el capitalismo en Japón bastarían estos datos: su volumen industrial, el gran comercio y la banca se calculaban en 253 millones de yenes para 1894; en 1903 este volumen se situaba en 887 millones de yenes.

La víctima del desarrollo capitalista de Japón fue, sin duda, el campo. Los campesinos pagaban pesados impuestos sobre la propiedad de la tierra a la fiscalía, aunque la comercialización de la producción agrícola, estimulada por el hecho de que en lo sucesivo los impuestos se pagarían en especie, enriquecería solo a los grandes propietarios de la tierra y a los comerciantes de arroz.

El pequeño propietario vivía cada vez más miserablemente. La base social de la producción agrícola permaneció durante mucho tiempo en el marco de la pequeña explotación individual, es decir, en una etapa marcadamente precapitalista. Este desequilibrio fundamental afectó a Japón desde el principio de su desarrollo industrial.

Cuadro resumen de la Era Meiji

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