La Montaña Sagrada de China TaiShan Montes Sagrados Taoismo



La Montaña Sagrada de China Taishan

TAISHAN: MONTAÑA SAGRADA DE CHINA
La montaña sagrada de T’ai-shan se alza sobre la amplia llanura aluvial del río Amarillo, cuna de la civilización china. En los comienzos del Imperio chino, la montaña marcaba la frontera entre lo conocido y lo desconocido, entre el mundo de los impuestos, las obras públicas, el trabajo y la muerte, y el mundo bárbaro de Shantong, más al este.

En Shantong vivían magos que estudiaban los secretos de la vida eterna y que visitaban a los inmortales que habitaban las islas del mar oriental. Los antiguos pueblos han adoraban la naturaleza, honrando entre sus muchos dioses a ríos y montañas. T’ai-shan es lugar venerado desde aquellos tiempos. Según la tradición, el legendario emperador Shun celebraba en T’ai-shan los grandes sacrificios al Cielo y la Tierra dos mil años aC.

El primer emperador ch’in, que conquistó y unificó los estados guerreros, acudió a los oficios de T’ai-shan el año 219 aC. El emperador Wu Ti fue en peregrinación a la montaña, para prestar sus sacrificios, en 110 aC. Y a lo largo de los siglos, el patrocinio imperial continuó: un emperador sung del siglo XI concedió a T’ai-shan el título de Igual al Cielo, y en 1736 el emperador Chien Lung ofrendó una magnífica lápida de jade con poderes mágicos.

Pero T’ai-shan jamás se vio relacionada con la fe de la China oficial, las enseñanzas de Confucio; de hecho, constituye la más sagrada de las cinco montañas del taoísmo, de la fe del mago y el alquimista, del marginado y el rebelde.

Fundamentos de la doctrina taoísta
El taoísmo es, a la vez, la más austera y la más mundana de las religiones. En el siglo IV aC, las tierras de los pueblos han se veían sacudidas por continuas guerras. Según los primeros taoístas, la paz sólo podía alcanzarse si se renunciaba a las ambiciones materiales para entregarse a la observación y la comprensión de los mundos interior y exterior.

El padre del taoísmo, Lao-tsé, describió la Vía (Tao) del siguiente modo: «Quienes saben, no hablan; quienes hablan, no saben.» La ética taoísta era individualista y democrática, basada en el retorno a comunidades pequeñas y autogobernadas de individuos libres, tal como los taoístas creían que habían existido en otros tiempos. Los enfrentamientos se consideraban consecuencia de la incapacidad de actuar en sintonía con la verdadera naturaleza de la realidad, el Tao.

El taoísmo insiste en el aspecto receptivo, pasivo y observador de la naturaleza humana. Para la filosofía china, éste es el yin o fuerza femenina. Los primeros taoístas rechazaban la distinción entre los conceptos de «superior» e «inferior» en los mundos humano y animal, prefiriendo observar y procurar la unidad y la armonía esenciales de todas las cosas.

Como resultado de ello, se convirtieron en maestros en alquimia y adivinación. Con el paso del tiempo, el taoísmo se fue identificando paulatinamente con los cultos populares misteriosos y mágicos. Para muchos, el panteón taoísta se confundía con los dioses y los demonios asociados a la nueva doctrina budista.

Desde tiempos muy antiguos, los peregrinos suben los miles de escalones que llevan al Templo del Emperador de Jade, en la cima de T’ai-shan, la montaña más sagrada de China, venerada desde hace siglos por budistas y taoístas. Las numerosas deidades que habitan sus laderas rocosas controlan el destino del hombre. Los peregrinos inician la ascensión, que dura seis o siete horas, por la noche, y pasan por la Puerta Sur del Cielo de madrugada, con el propósito de contemplar un objetivo especial de su viaje: la espectacular salida del sol sobre las montañas.En la tierra natal de Confucio, la sagrada montaña taoísta de T’ai-shan se eleva a una altura de 1.524 m sobre la llanura del río Amarillo, en la provincia oriental de Shan-tong. Una vez tras otra, los rebeldes taoístas han bajado de las colinas de Shan-tong; al pie de T’ai-shan los bóxers mataron en 1899 a un misionero europeo, dando pie a un levantamiento que conmovió al mundo.



Una multitud de dioses
A medida que sube los 7.000 escalones de T’ai-shan —desde el pueblo de T’ai-an al Templo del Emperador de Jade, situado en la cima—, el visitante va encontrando templos, arboledas de cipreses y pinos, estanques y cascadas. En la década de 1930, un viajero occidental informó que en la época de la peregrinación anual, entre febrero y mayo, subían a T’ai-shan diez mil personas por día, y algunas de ellas efectuaban de rodillas el ascenso de seis horas.

Al pie de T’ai-shan se halla el Templo de la Cumbre, dedicado al dios de la montaña, con magníficas pinturas en la sala central que representan una procesión en su honor. Tras la introducción del budismo en el siglo IV, este dios resultó identificado con el Juez de los Muertos.

Los templos que se dejan a un lado durante el ascenso están dedicados a divinidades femeninas: la Emperatriz del Oeste, Wang Mu Chi, y la Diosa de la Estrella del Norte, Tai Mu. Tai Mu posee un tercer ojo, muchos brazos y un probable origen indio. Su palacio es la constelación de la Osa Mayor, que gira eternamente alrededor de la Estrella Polar. Otra prueba de las relaciones de este centro esencialmente taoísta con el budismo es la gran roca plana que tiene tallada la Sutra del diamante, que para los chinos es la más respetada de todas las escrituras budistas, y que enseña que todo es ilusión.

Según la leyenda, Lao-tsé fue el fundador del taoísmo y autor del texto sagrado Tao Té-king, cuya traducción seria Libro de la Vía y de la Virtud. No se sabe mucho de este maestro místico, que nació hacia el 604 aC y que, con el nombre de Li Po-yang fue bibliotecario de la corte de los Cheu.

 Contemporáneo de Confucio, enseñaba a actuar con el mínimo esfuerzo, siguiendo las tendencias de los hechos naturales sin luchar contra ellas. En el siglo V el taoísmo era ya una religión elaborada, y el budismo mahayana adoptó muchas de sus características.

En el último tramo de escaleras, el peregrino pasa por la Puerta Sur del Cielo, entrando en el templo dedicado a la Hija de la Montaña, Pi Hsia Yuan Chun, Diosa del Amanecer y primera señora de T’ai-shan. El templo más importante de la cima es el del Emperador de Jade, Yu Huang, ensalzado como divinidad suprema por el emperador Chen Tsung, de la dinastía sung, hace unos mil años. Desde entonces, el Emperador de Jade ha mantenido su posición privilegiada en el panteón taoísta y es Señor del Tiempo Presente.

Centro de energía vital
Desde la cima de T’ai-shan se disfruta de una vista espectacular: al norte, el curso del río Amarillo, y al sur, la provincia donde nació el gran filósofo Confucio, el año 551 aC. Junto con su discípulo Mencio, nacido también en la misma provincia. Confucio difundió la filosofía que habría de servir de guía al gobierno de China durante dos mil años. Quizá la ética del taoísmo no resultara muy útil en cuanto a temas de gobierno, pero se acostumbraba solicitar los servicios de expertos taoístas para dar cumplimiento a las obligaciones con los antepasados.

Con el fin de determinar la localización más favorable de una sepultura se necesitaba Feng-Shui, la «comprensión del viento y el agua», y los taoístas, que consideraban la Tierra como organismo vivo, lleno de energía vital, eran diestros en estas materias.

Los lugares sagrados del taoísmo fueron elegidos en su totalidad como centros de energía vital, y T’ai-shan, el más excepcional y misterioso de ellos, captó prácticamente todos los poderes para sí. Docenas de otros templos, donde se puede ofrecer oraciones para obtener fertilidad, suerte en los negocios, larga vida o el conocimiento del futuro, están situados en la ladera que conduce a T’ai-shan.

Los dioses venerados en estos templos representan todas las religiones tradicionales chinas, incluida la más primitiva del Dios de la Montaña. Pero para el taoísmo esto no resulta extraño, sino natural. Ninguna respuesta simple a las interrogantes más profundas será la verdadera, porque la verdad debe ser hallada en la variedad de la naturaleza y la experiencia humanas.



Hoy, los dioses se han marchado de T’ai-shan. Hay pocos peregrinos. Y los turistas sólo acuden a admirar la gran escalinata, las puertas, los templos. las cuevas, los murales, el jade y el bronce, la madera, el agua y la piedra, así como los propios vientos volcados hacia las oscuras intenciones de los hombres.

En santuarios laterales de las laderas de T’ai-shan, algunos peregrinos siguen observando el antiguo ritual de quemar «dinero» especial de papel. Tradicionalmente, el festival de Qing Ming en primavera es la mejor época para estos sacrificios, destinados a aplacar o sobornar a los funcionarios que administran el más allá. Dada la perenne obsesión china por la burocracia, se considera prudente efectuar tales ofrendas para facilitarse el viaje final.

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