Vida De La Santa de Calcuta, Pensamientos de la Madre Teresa



Vida De La Santa de Calcuta

MARÍA TERESA DA CALCUTA: La India es uno de los estados más grandes del mundo. Posee inmensas riquezas en todo su territorio y su subsuelo, además de una de las poblaciones más numerosas del planeta. Bombay, Delhi o Calcuta son grandes centros urbanos donde unos pocos privilegiados llevan una vida fácil, rodeados de un pueblo hambriento y enfermo, en los límites de la dignidad humana, resignado con su situación por una filosofía fatalista.

Allí, entre la muchedumbre, actúa sin descanso una monja menuda, vestida con su sari blanco bordeado de azul, sostenida sólo por una fe inquebrantable; es la madre Teresa de Calcuta.  Agnes Gonscha Boyaxhiu -su verdadero nombre-, nació en Skopje (Yugoslavia),en 1910, en una familia de la pequeña burguesía. Nació el 26 de agosto de 1910 en Skopje, una antigua ciudad Albania hoy perteneciente a la República Yugoslava de Macedonia.

Sus padres tenían pensado llamarla solamente Agnes, pero cuando vieron su cara parecida a un capullito, le agregaron Gonxha, que en albanés quiere decir capullo en flor.

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DESCRIPCIÓN Y PENSAMIENTO DE MARIA TERESA DE CALCULTA
Por J.L. Martín Descalzo
El misterio de una sonrisa
Antes de conocerla, uno se imaginaba teóricamente a la Madre Teresa de Calcuta como un volcán, una mujer de rompe y rasga, capaz de arrasar y derribar montañas. Una obra como la suya, con rastros ya en todo el mundo, no se construye con sueños ni mantequilla. Por eso el desconcierto al conocerla —diminuta, encogida, mucho más vieja aparentemente de lo que es, frágil—; pero mayor lo es cuando, detrás de su fragilidad, contemplas su transparencia, esa como mágica luminosidad que la habita por dentro, su rostro de porcelana rugosa y luz, la luz de su mirada inocente.

¿Por qué sonríe?, ¿de qué sonríe esta mujer que, durante toda su vida, no ha tenido entre los ojos otra cosa que la miseria e incluso la más miserable de las miserias del mundo? Allí donde alguien sufre aparece la Madre Teresa. Allí donde ya no hay nada que hacer, ni vida que salvar, ni esperanza que alimentar, donde sólo queda el consuelo de morir con un poco menos de indignidad, allí están sus manos. Y entonces, ¿de qué ríe?, ¿por qué ríe?.

Durante muchos años me obsesionaron esos ojos de vieja luminosa. Y haciéndole una entrevista en Madrid la tenté un día: ¿Tal vez el éxito de su nombre conocido en el mundo entero? ¿Tal vez los premios que últimamente se acumulan sobre ella? ¿Quizá el haber podido ver con sus ojos el multiplicarse más que ninguna otra en el siglo o el haber sido cariñosamente privilegiada por los últimos Papas?.

Recuerdo que su contestación fue tajante: «Mi mayor alegría ha sido conocer a Cristo, naturalmente.» Y vi arder sus ojos como cuando atizas un brasero dormido. No le den ustedes más vueltas: la explicación se llama Jesús. Esta mujer cree; esta mujer ama; esta mujer sabe y se siente amada, y con un amor que llenó su juventud y que llena su vejez. Está enamorada, y vean qué cosa. ¡Enamorada a sus ochenta años! Con uno de esos amores que los jóvenes de ahora no se atreven a garantizar para media docena de años, pero que a ella le llena la vida entera.

Por si alguien lo dudaba, ella lo ha dejado escrito en una y mil ocasiones: «Nosotras somos, ante todo, religiosas, no asistentes sociales, profesoras, enfermeras ni médicas. Somos religiosas. Servimos a Jesús en los pobres; lo cuidamos, lo alimentamos, lo vestimos, lo visitamos, lo consolamos en los pobres, en los abandonados, en los enfermos, en los huérfanos, en los moribundos. Todo cuanto hacemos —la oración, el trabajo, el sufrimiento— es por Jesús.



Nuestras vidas no tienen razón ni motivación alguna fuera de Él. Éste es un punto que muchos no comprenden. Nosotras servimos a Jesús durante las venticuatro horas del día. Todo cuanto hacemos es por Él, y Él es quien nos da fuerza para hacerlo. Lo amamos en los pobres más pobres. Él está siempre en primer término para nosotras. Por Él trabajamos, a Él vivimos consagradas. Él nos da la fuerza para llevar la vida que llevamos y para sentirnos felices en ella. Sin Él, no seríamos capaces de hacer lo que hacemos.

Y de lo que no seríamos, desde.luego, capaces es de hacerlo durante toda una vida. Un año quizá; algunos años posiblemente. Pero no una vida entera, sin miras de reconocimiento, sin esperar a cambio nada que no sea sufrir con Aquel que nos amó tanto que dio su vida por nosotros. Sin Jesús, nuestras vidas carecen de sentido, resultan incomprensibles. Jesús es la explicación, la única, de nuestras vidas.»

La cosa no tiene vuelta de hoja: aquí no hay fáciles explicaciones humanitarias o, más o menos vagas aspiraciones reformistas. Aquí se ama sin más historias. Y se ama con las manos, actuando, para que no se nos quede el amor enredado en las lejanías románticas del corazoncito lleno de deseos inútiles.

Pero es que además y tal vez sobre todo, la Madre Teresa de Calcuta ha roto para siempre la vieja distinción: ¿amamos al hombre por amor al hombre o por amor a Cristo? Teresa habría sonreído: ¡Qué tontería! ¡Qué pregunta tan tonta! ¡Pero si el hombre «es» Cristo! ¡Pero si Cristo «es» el hombre, este hombre!

Haber tomado la encarnación de Dios al pie de la letra es probablemente la mayor aportación teológica y cristiana que la Madre Teresa ha hecho a nuestro siglo. La vieja distinción entre caridad y filantropía ha muerto. No hay que amar al hombre «por» Cristo; basta amar a Cristo «en» el hombre; basta saber que no hay dos amores, sino uno solo, pero siendo el segundo la expresión del primero.

Para la Madre Teresa es evidente. Dice a sus religiosas que deben tratar a los enfermos como el sacerdote trata la hostia consagrada: en ella bajo las apariencias del dolor, está la realidad total de Cristo. Cristo se transubstancia en pobre, en dolor, en miseria. No es que el pobre se parezca a Él, no es que el miserable nos lo recuerde, es que «es» Él, escondido, invisible, real, eucarístico.

Todo esto, naturalmente, es locura para el no creyente y es algo admirable pero no imitable para los mediocres, sin embargo ¡qué iluminador para quien se atreve a asumirlo como una realidad y no como una teoría!

Se explica por ello que para la Madre Teresa servir y dar a los pobres sea no sólo un deber cristiano, sino ante todo y sobre todo, un honor y un privilegio. Lo dice sin rodeos: «Para nosotras constituye un gran honor y privilegio poder amar y servir a Jesús bajo el disfraz de los pobres más pobres y hacerlo con nuestras tareas más humildes. Por eso damos gracias a Dios y a nuestros pobres por haber aceptado nuestro amor y humilde servicio haciendo posible de esta suerte nuestra existencia como Misioneras de la Caridad.»

Nunca ha temido Teresa la muerte. Al contrario, ¿cómo no soñar con el encuentro con el Amado? Tampoco le preocupa el futuro de su congregación: «Dios encontrará una persona más humilde, más obediente a Él, más fiel, más pequeña, con una fe más profunda y por su medio realizará cosas mayores.»

J. L. Martín Descalzo (Último artículo publicado en ABC de Madrid el 12-6-91).



Fuente Consultada:
Libro: Teresa de Calcuta Mensajes de Vida de Pedro Arribas Sánchez

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